19 de Mayo: San Pedro Celestino, Papa y Confesor (1221-1296)

19 de Mayo
Año: 1296 / Lugar: L’AQUILA, Italia
Apariciones de Jesús y María, Ángeles y Santos / Milagros / Profecías / Cuerpo Incorrupto
San Pedro Celestino, Papa (1221-1296)

Profecía sobre la Iglesia:

“Antes que la Iglesia sea renovada, Dios permitirá que el trono de San Pedro sea vacante.” “El emperador de Alemania, pleno de confianza en su fuerza y su poder, querrá instituir un Papa de su hechura, pero los miembros del Sacro Colegio muy encolerizados se opondrán. Entonces el águila negra levantará un gran ejército, no sólo de alemanes, mas también de extranjeros, sus aliados. Este ejército teniendo el águila negra a la cabeza, entrará en Roma donde ella se instalará y pondrá en cautividad un gran número de prelados y de religiosos. Hará morir multitudes por tormentos crueles y diversos…” “Entonces vendrá un hombre que pondrá la paz en la Iglesia y la re-erguirá. Este hombre, de solitario eremita que él era, será elegido Papa; y por él Dios renovará los tiempos de los milagros” (M. Servant, págs. 523-524).

Nota:
Las Profecías de San Malaquías se refieren a este papa como Ex eremo celsus (“Elevado de la ermita”), cita que hace referencia a que antes de ser elegido pontífice, fue ermitaño del monasterio de Pouilles.

 

 

 

 

 

En febrero de 1317, los restos del Papa San Celestino V fueron trasladados a L’Aquila, y depuestos en la basílica de Santa Maria di Collemaggio, donde había sido coronado Papa. Luego del terremoto de 2009 sus restos fueron recuperados por los bomberos con la colaboración de la guardia civil y la guardia de finanzas de L’Aquila. El reconocimiento de las reliquias lo hizo el papa Benedicto XVI en su visita a la ciudad el 18 de abril de 2009 y fueron colocadas nuevamente en la basílica.10

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 19, Página 120.

San Pedro Celestino, Papa y Confesor

San Pedro Celestino nació el año de 1215, en Isernia, que hoy se llama Serni, ciudad de la Tierra de Labor, que es provincia del reino de Nápoles. Sus padres eran pobres, pero virtuosos y buenos cristianos. Su padre se llamó Angelérico, y su madre María. Tuvieron estos casados doce hijos, y rogaban siempre a Nuestro Señor que de ellos escogiese alguno que fuese todo Suyo y le dedicase perpetuamente a Su servicio. Escogió el Señor a Pedro, que como otro José fue el onceno entre sus hermanos, y desde el vientre de su madre mostró que le había escogido Dios para Sí, porque cuando salió a luz salió como vestido de una vestidura de religioso. Cuando tuvo seis años era tan inclinado a todas las obras de virtud, que hablando con su madre le solía decir: «Madre, yo quiero ser buen siervo de Dios.» Murió su padre, y la madre con gran cuidado le puso al estudio, aunque el demonio por muchos caminos se lo pretendía estorbar. Era Pedro muchacho sincerísimo, y cuando comenzó a aprender a leer el Salterio se entretenía a mirar una imagen en que la Santísima Virgen y San Juan Evangelista estaban al pié de la Cruz de Jesucristo Nuestro Redentor, el cual bajaba de la Cruz, y regalando a Pedro cantaba con él los Salmos suavísimamente, y a las noches, cuando dormía, le parecía ver en sueños los Ángeles que como maestros le venían a enseñar y le reprendían si aquel día había hecho alguna cosa mal hecha.

Era de solos veinte años cuando, saliéndose de su casa paterna, se retiró a un alto monte, donde encontró una peña, y cavó al pie de ella una estrecha y cueva, en que no cabía echado, ni podía estar de pie. Aquí pasó tres años en asombrosas penitencias, y en continuas tentaciones, y no menores consuelos y regalos del Señor.

Pasados los tres años, por consejo y ruego de algunos amigos y devotos suyos, fue a Roma y allí se ordenó de Misa, y en el monasterio de Santa María de Piésoli tomó el hábito de San Benito. Mas como muchos le viniesen a visitar y el Santo fuese enemigo de bullicio, con licencia de su abad se volvió a su soledad, y en el monte llamado Murrone, eligió para su domicilio una estrecha cueva, que parecía sepultura, en la que tenía su habitación una monstruosa serpiente, que huyó luego que el Santo entró a tomar posesión de ella; allí estuvo cinco años haciendo vida angelical. De este lugar tomó el sobrenombre, y le llamaron Pedro Murrone. Mas como la fama de su santidad se divulgase, y en los ojos de los hombres resplandeciese, y por esta causa muchos le viniesen a buscar e inquietar, se partió de este lugar con dos solos discípulos a otro monte llamado la Magela, que está cerca la ciudad de Sulmona, donde le pareció que podría estar más apartado, secreto y seguro.

Era extremada su penitencia, traía una cadena de hierro sobre su carne, se vestía un áspero cilicio, su comer era poquísimo, y ayunaba casi todo el año, y muchos días a pan y agua; su cama era el suelo, y por cabecera un madero, y la ropa con que se cubría era un pobre, roto y vil vestido; era humildísimo, y aunque en el decir Misa sentía mucho gusto y devoción, considerando por una parte la alteza de aquel soberano Misterio y la majestad incomprensible del Señor, y por otra su grande indignidad, quiso dejar de decir Misa. Pero con una visión que tuvo de un santo abad que le había dado el hábito, y siendo ya difunto le apareció, y por consejo de su confesor se animó y perseveró en decir Misa, entendiendo que agradaba más a Nuestro Señor en llegarse a él con humildad, confianza y devoción, que en apartarse de Él por reverencia y temor.

Siendo la vida de San Pedro tan excelente, y más divina que humana, el Señor, que se quería servir de él, le manifestó y movió a muchos deseosos de la perfección a venir a Él y ponerse en Sus manos para que los encaminase como buen maestro al cielo. Y él por inspiración divina comenzó a fundar la Orden de los Celestinos, y edificó una pequeña iglesia que llamaron, Sancti Spiritus de Magela; porque por espacio de tres años, celebrando el Santo Misa, fue visto el Espíritu Santo allí en forma de paloma. Y éste fue el primer monasterio de la religión de los Celestinos, la cual se multiplicó mucho y se dilató en gran manera, viviendo los religiosos en pobreza y suma perfección. Los visitaba San Pedro y los animaba con su ejemplo y con sus palabras y consejos. Y para que aquella obra, que Dios había comenzado, tuviese más firmes fundamentos y quedase establecida con la autoridad apostólica, se fue a pie con dos solos compañeros a León de Francia, en donde se celebraba el concilio universal, y suplicó humildemente al Sumo Pontífice Gregorio X, que en él presidía, que se dignase confirmar su Orden, y el Papa lo hizo con muy entera voluntad. Desde aquel tiempo creció mucho la religión de los Celestinos, y San Pedro edificó treinta y seis conventos, en los cuales vivían como seiscientos frailes, con grande provecho de ellos y edificación y admiración del mundo; y además de esto reformó otros muchos monasterios de la Orden de San Benito, cuyo hábito él había tomado y debajo de cuyas reglas sus monjes vivían.

Ya se hallaba el Santo varón viejo en la edad y en el espíritu y fervor vigoroso y robusto, y así cada día acrecentaba nuevas penitencias, y hacía una vida tan austera como si no fuera de carne, sino ángel sin cuerpo mortal. Estando, pues, muy retirado, y mudándose muchas veces de un lugar a otro, por estar más escondido y apartado de la mucha gente que de diversas partes le venía a visitar, el Señor, que levanta a los humildes y descubre y manifiesta a los que por Su amor se esconden y menosprecian, le sacó de donde estaba, y como una hacha encendida le puso sobre el candelero de Su Iglesia, para que alumbrase y fuese Sumo Pastor y Vicario Suyo en la Tierra, de la manera que aquí diré.

Por la muerte de Nicolás, Papa V, se juntaron los Cardenales para elegir sucesor; había entre ellos muchos bandos y diferentes pareceres, y no se concertaban ni convenían en la persona que habían de elegir; de tal manera, que duró la sede vacante veinte y siete meses, sin que los electores se concertasen ni eligiesen Sumo Pontífice. Estaba toda la Iglesia católica viuda, y las ovejas sin pastor, y muchos lobos las robaban y pretendían tragar. De lo cual resultaban muchos y graves daños en toda la república cristiana. Pues para atajarlos ordenó Nuestro Señor que los Cardenales que estaban en la ciudad de Perusa en su cónclave eligiesen por Sumo Pastor a Pedro de Murrone, que estaba en su cueva haciendo penitencia, muy descuidado y contento de que nadie le inquietaba, ni se acordaba de él; pero cuando entendió su elección y vio los embajadores que el sagrado colegio de los Cardenales le envió postrados a sus pies, suplicándole que le aceptase , ¿quién podrá explicar la admiración, espanto y turbación que tuvo con aquella novedad? No sabía si era sueño o si era verdad lo que decían, porque por una parte, mirando los recados que le traían y la calidad de los embajadores, no podía dudar de la verdad. Pero como él era humilde y temeroso de conciencia, determinó huir y desaparecerse por no tomar cargo sobre sí que no pudiese llevar, ni dar buena cuenta de tantas almas al Sumo Pastor, no pudiéndola dar a su parecer de sola la suya. Estando con este propósito y buscando manera para ponerlo en ejecución, fue tan grande el concurso de la gente que movida de la fama de la santidad y de aquella maravillosa elección concurrió de muchas partes a verle, que le tomaron los pasos y no le dejaron salir con lo que él pretendía. Finalmente, entendiendo que era voluntad de Dios bajó su cabeza y consintió en su elección, y mandó a los Cardenales que viniesen a la ciudad de Aquila, que es la más principal de toda la provincia de Abruzzo, y allí fue coronado el año del Señor de 1294, siendo él de edad de setenta y nueve, y tomó nombre de Celestino V. Se hallaron a su coronación el rey Carlos de Nápoles, el rey de Hungría, y (a lo que escriben los historiadores) más de doscientas mil personas, que concurrieron por solo verle y tomar su santa bendición. Allí en Aquila hizo doce Cardenales y dio el capelo a dos de sus monjes, varones santos y dignos de aquella sagrada dignidad, con los cuales había vivido antes y después pensaba vivir. Los otros diez fueron también personas señaladas y de grandes partes para servir a la Santa Iglesia.

No se desvaneció ni se trocó un punto el antiguo anacoreta, nuevo y Santo Pontífice, por aquella dignidad, antes con la misma humildad con que antes había vivido procuró conservarse en su antigua manera de vida, fuera de lo que le obligaba la nueva dignidad; y así, cuando fue a Aquila para coronarse, no quiso grande aparato de caballería, antes se fue en un pobre jumento para imitar a Cristo Nuestro Señor, sin que los reyes de Nápoles y de Hungría, por muchas razones que le dieron, se lo pudiesen estorbar; no porque él con este hecho pretendiese tachar lo que otros Sumos Pontífices y santísimos habían hecho y hoy día hacen, sino porque como él era tan humilde y tan apartado de toda vanidad y pompa del mundo, no pudo su corazón dejar tan presto lo acostumbrado y lo que era más precioso en sus ojos. Con este mismo espíritu mandó hacer en su palacio apostólico un aposento apartado de madera para retirarse en él y vivir lo que más pudiese como religioso. Y como él era tan Santo y criado toda su vida en mortificarse a la oración y contemplación de Dios, y no tenía uso de los negocios y malicias del mundo, cuando se vio fuera de su puerto y quietud, y metido en un golfo tan profundo y tempestuoso, y de tantas ondas y tan contrarios vientos por todas partes combatido, no se puede creer la angustia y congoja de corazón que cayó sobre el Santo varón, temiendo que por sus pecados no le hubiese levantado Dios a la cumbre de la más alta dignidad que hay en Su Iglesia para condenarle con más graves penas. Por esta poca experiencia y resolución que tenía en los negocios, algunos de los que antes se habían holgado de su elección, mirando solamente a su santidad, después les pesó y comenzaron a tenerle en poco por verle tan atado y encogido. Vino a su noticia lo que se decía y murmuraba de él, y comenzó a afligirse y a tener escrúpulo y a dudar si estaba obligado a renunciar el Sumo Pontificado y dejar aquella carga que no podía llevar. Este escrúpulo crecía más en el pecho de San Pedro Murrone, porque un cardenal de grandes letras y prudencia del siglo, de quien él mucho confiaba, atizaba el fuego, y con sus soplos hacía crecer aquellas llamas, dando a entender al Papa que estaba obligado en conciencia a hacerlo, y Dios le demandaría cuenta de todos los daños que viniesen a la Iglesia por su culpa; que a lo que él veía y temía serían innumerables. Y aunque el cardenal aconsejaba esto al Papa por entrar en su lugar y ocupar la silla apostólica si él la dejase; mas como el Papa era Santo, sincero y tan ayuno de semejantes artificios y astucias del mundo, creía fácilmente lo que le decía y lo que era más conforme a su gusto e inclinación; y así se resolvió de hacer dejación del Sumo Pontificado y volverse a su recogimiento y antigua soledad; pero antes de que lo ejecutase, habiéndose entendido esta deliberación, estando en la ciudad de Nápoles, el rey Carlos mandó hacer una solemnísima procesión para suplicar a Nuestro Señor que no permitiese que aquel Santo varón dejase el gobierno de la nave de Su Iglesia y le tomase otro que diese con ella al través. Y pasando la procesión que era de gente innumerable delante del palacio del Papa, que estaba mirándola de una ventana, el arzobispo de Nápoles, puesto de rodillas, con muchas lágrimas comenzó a decir en voz alta: «Beatísimo Padre, no dejéis lo que Dios os dio, no creáis a quien os quiere engañar; gobernad vos la Iglesia de Dios, y no tengáis escrúpulo ninguno, que ésta es la voluntad de Dios.» Tras estas voces se levantó una grita de todo el pueblo, llorando y diciendo: «Padre Santo, no nos desamparéis y no nos pongáis en poder de algún lobo que nos desuelle» No se alteró ni mudó el Santo Pontífice por estas voces y lágrimas, antes mandó a uno de los Obispos que con él estaban que respondiese de su parte que él haría lo que Dios ordenase y fuese servido. Ninguna diligencia bastó para hacerle mudar de propósito: tanto había cavado el escrúpulo en su pecho y tanto las palabras del cardenal y fingido amigo le habían persuadido hacer la renunciación. Mas porque se comenzó a dudar si de derecho se podía hacer, por consejo del mismo cardenal hizo un estatuto y declaración, que así como los prelados inferiores pueden exonerarse de la carga de sus prelacías, así lo puede hacer el Sumo Pontífice, especialmente conociéndose inhábil o insuficiente para ejercitar su oficio como debe. Y ese decreto confirmó después Bonifacio VIII, que le sucedió en el pontificado, y lo mandó poner en el derecho. Hecho este decreto el Santo Pontífice hizo luego solemnísima renunciación del Pontificado, el día antes de Santa Lucía, a 12 de diciembre del mismo año de 1294, habiéndolo tenido solo seis meses, y dio libre facultad a los Cardenales que pudiesen elegir Pontífice a su voluntad; y dejando las insignias pontificales con más contento que ninguno jamás las tomó, el que era Papa y Sumo Pastor de todos, bajando de la silla apostólica de San Pedro para subir más seguramente a la del Cielo, se postró como un pobre monje a los pies de los que poco antes eran sus ovejas, con admiración y espanto de todos. Y para que se viese que el Señor aprobaba aquella estupenda renunciación (que algunos reprendían, atribuyéndola, no a humildad, sino a pusilanimidad), al día siguiente sanó San Pedro un cojo con su bendición, y después hizo otros muchos milagros; y el mayor de todos fue la paciencia y alegría con que sufrió la persecución tan inhumana que le hizo Bonifacio, su sucesor, y la constancia y tesón que tuvo en no tomar medio ninguno para salir de ella, que fuese contrario a lo que había hecho, como algunos se lo aconsejaban; porque deseando el Santo varón sumamente tornar a su quieta soledad, como a puerto sagrado, y yendo camino de su yermo, más gozoso de verse libre que cuando le eligieron Pontífice, Bonifacio, temiendo alguna novedad y desunión en la Iglesia, le mandó recoger, y finalmente encerrar en una estrecha cárcel de una fortaleza, donde estuvo con dos de sus monjes, guardado de muchos soldados, y haciendo Dios Nuestro Señor muchos y grandes milagros en aquella prisión por él. Estaba el Santo en aquel trabajo tan indigno de su persona con increíble paz y tranquilidad de su alma; no se enojaba, no se turbaba ni se arrepentía de lo que había hecho, antes con maravillosa y celestial alegría decía muchas veces: «Pedro, celda deseaste, celda tienes.»

No fue larga la estancia en esta nueva especie de soledad; su avanzada edad, el rigor de sus excesivas penitencias, que jamás mitigó, y la debilidad de su salud le advertían ya que no estaba distante el fin de su carrera. Y acabando de decir Misa con un fervor extraordinario el día de Pentecostés del año 1296, dijo a dos Monjes de su Orden, que le hacían compañía, que ciertamente moriría dentro de la Octava. Cayó malo el día siguiente, y pidió la Extrema Unción, que recibió echado en el suelo sobre una tabla, no habiendo querido usar jamás de otra cama, y murió con la muerte de los Santos el día 19 de Mayo, pronunciando aquellas palabras del último salmo de las Laudes: Omnis spíritus laudet Dóminum: Que todo espíritu alabe al Señor. Murió de casi 75 años, a los diez y siete meses después de haber renunciado la Tiara, y a los diez de su prisión en el Castillo de Fumona.

Cuando el Papa Bonifacio supo su muerte mostró exteriormente mucho sentimiento de ella, y en la iglesia de San Pedro de Roma le hizo muy solemnes honras con todo el Colegio de los Cardenales, y envió a uno de ellos, para que, juntando los obispos y religiosos de la provincia de Campania, donde el Santo había muerto, le llevasen a la iglesia de San Antonio de la ciudad de Ferentino, que poco antes él había hecho, y allí, cabe el altar mayor, con gran solemnidad le sepultaron, y el Señor le ilustró con muchos milagros después de muerto, como lo había hecho en vida. Por los cuales el Papa Clemente V de este nombre le canonizó el año de 1313 y le puso en el catálogo de los Santos, y se mandó que su fiesta se celebrase a los 19 de mayo, que es día de su glorioso tránsito, y esto es lo cierto. Palmerio dice que el Concilio vienense, como lo refiere Genebrardo en el cuarto libro de su crónica, año de 1294.

La religión de los Celestinos, que este Santo varón instituyó, se multiplicó mucho en Italia, Alemania, Francia y Flandes; tiene al presente trece provincias, y en ellas ciento veinte y cuatro conventos, a lo que dice Paulo Morigia en la Historia del origen de las religiones. De San Pedro Celestino, que por haber dejado el Sumo Pontificado, otros llaman Pedro Murrone, escriben todos los autores de la historia eclesiástica y de las vidas de los Pontífices, y muy a la larga Pedro de Aliaco, cardenal y arzobispo de Cambray, que fue maestro de Juan Gerson. Hace mención de él el Martirologio romano y el cardenal Baronio en sus Anotaciones a los 19 de mayo, y san Antonino en la tercera parte de su historia, y últimamente Paulo Regio.

Pues, ¿quién en la vida y muerte de este Santo varón no se admira de los caminos y consejos de Dios, que escogió a San Pedro desde niño para Santo, y le adornó de tantas y tan admirables virtudes, y le encerró en una cueva para enseñarnos el menosprecio del mundo, y de allí le sacó y levantó a la mayor grandeza y dignidad que hay en la Tierra, y quiso que la renunciase para que el mundo entendiese que no merecía tal Pastor, y que al verdadero humilde la honra es carga, y que el corazón humano ninguna cosa puede hartar sino Dios? El cual asimismo permitió que fuese atribulado y muriese en prisión para afinarle más, y declararnos con este ejemplo la mutabilidad de las cosas humanas y la fuerza que en los príncipes tiene la ambición y la que ellos llaman razón de estado para atropellar la Ley de Dios.

(P. Ribadeneira.)

La tumba del Papa Celestino V antes del terremoto de L’Aquila de 2009.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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12 de Mayo: Milagro Eucarístico Beata Imelda (1333)

12 de Mayo – Fiesta de la Ascensión
Año: 1333 / Lugar: Iglesia de San Sigismondo, BOLONIA, Italia
Milagro Eucarístico
Beata Imelda Lambertini (1322-1333)

En la Fiesta de la Ascensión, el 12 de mayo de 1333… el coro se iluminó y se llenó de un perfume suavísimo… Vieron aparecer frente a Imelda una Hostia suspendida en el aire…

Milagro Eucarístico Beata Imelda

Esto ocurrió en 1333, en la ciudad italiana de Bolonia, porque una niña de once años tenía un amor muy grande a Jesús en la Eucaristía.

La esposa del Conde Eagno Lambertini sufría por su esterilidad. Pidió insistentemente a la Virgen, con el rezo del Rosario, poder tener hijos.

En 1322 tuvo una hija, Imelda, que fue una niña muy piadosa. A los nueve años pensó que tenía vocación consagrada. Sin atender a las múltiples razones de familiares, entró decidida en el Monasterio de las Dominicas de Val-di-Pietra. Desde pequeña amaba muchísimo a la Eucaristía. No entendía cómo la gente no moría de amor al recibir la Comunión. Su mayor deseo era comulgar, pero no tenía todavía doce años, que era la edad requerida entonces para hacer la Primera Comunión.

El Señor le quiso hacer un regalo: En la Fiesta de la Ascensión, el 12 de mayo de 1333, al acabar la Misa, Imelda se quedó orando, desconsolada por no haber podido comulgar. En un momento dado, el coro se iluminó y se llenó de un perfume suavísimo que, esparciéndose por el convento, atrajo otra vez a la Comunidad. Vieron aparecer frente a Imelda una Hostia suspendida en el aire.

Comprendieron que el Señor quería darse en Comunión a la niña. Llamaron a un sacerdote y se la administró. Ésta juntó las manos, cerró los ojos y se concentró en oración. Como ésta se prolongaba mucho, las monjas se acercaron y comprobaron que la niña, que seguía arrodillada ante el altar, había muerto en éxtasis.

Murió de amor al recibir su Primera Comunión.

Comenzó una gran devoción a Imelda. Su cuerpo incorrupto descansa en la iglesia de San Segismundo, cerca de la Universidad de Bolonia. El Papa S. Pío X la nombró Protectora de los que hacen la Primera Comunión.

Iglesia de San Segismundo, cerca de la Universidad de Bolonia.


Fuente:
P. Ángel María Rojas S.J.  LA EUCARISTÍA MILAGRO VIVO.

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Nuevo Mensaje de la Virgen a Marga, para el Mes de Mayo 2018

10-05-2018
Virgen:

Querida, mes de María… las realidades se os hacen más hermosas.

Cómo recuerdo antes, cuando en vuestra Patria todo era hermoso a través Mío. Las relaciones entre los hombres eran buenas, los noviazgos eran castos. Socialmente estaba bien visto ser cristiano, ¡y eso era bueno! Eso era bueno.

Las Avemarías de los Rosarios se elevaban desde vuestro suelo a Dios. ¿Dónde ha quedado todo eso? Dios miraba a vuestra Patria y la encontraba como una alfombra de rosas para su Venida, preparando su Venida.

Ahora, en estas Adoraciones del mes de mayo o en vuestros Rosarios de este mes, hay reminiscencias de aquello para vosotros, y reminiscencias de aquello para Dios… Y ¡cuán hermoso es! ¿Veis cuán hermoso es?

Hija mía, Yo quisiera que vierais, como Yo, como Yo lo veo, que no todo está perdido entre vosotros. Quisiera que escarbarais entre eso, ¡empezarais por aquí! Por “la piedad popular” aún no perdida, para Reconquistar vuestra Patria.

Queridos, os mueven aún las Procesiones, las Cofradías… Queridos, ¿quién no en vuestros pueblos se acuerda de la Patrona o las fiestas del Santo?

¿Ves vuestra riqueza? ¿No la veis?

Que nadie entre los míos desprecie esta piedad popular. Yo, vuestra Madre, la quiero y la amo. Amo vuestros honores prestados a Dios a través de Mí en todos los actos populares que hacéis. Sabed que ni una simple margarita puesta por vosotros en mi Trono, es tomada como desprecio, al revés: todo, Dios Nuestro Señor, os lo cuenta. Os cuenta todos los honores tributados a su Madre. Él también es Hijo agradecido y bien-nacido, como vosotros decís. “Es de bien-nacidos ser agradecidos.”

Y todas las alabanzas que me reputáis dándome gracias, hace que Dios nuestro Señor os las sea tenidas en cuenta. Hasta la más pequeña.

Al revés diríamos de las blasfemias.

Quien blasfema contra la Madre de Dios, Dios le aleja de su lado. Quien alaba a la Madre de Dios, Dios le atrae.

Rechazar estas Apariciones y Manifestaciones Marianas le ofende mucho a Dios. Hacéis que Dios aparte la vista de vosotros.

Dios me pone entre vosotros, Dios me retira si no me tributáis gloria.

Por favor, no haced que Dios aparte su mirada de vuestra alma ¡Dirigíos a Mí! ¡Es tan fácil, hijo! ¡Es tan fácil, hijos!

¡Venid! Venid en el mes de mayo a Mí. Venid. Yo os estoy esperando. Yo os estoy esperando.

Amada hija, ¿crees que estos otros tus hermanos vendrán? Es éste mi último Llamamiento.

Madre, ¡vendrán! Lo daré a conocer.

Dalo. Y por los confines del orbe.

Yo les amo. Y Yo Soy el Camino para ir a Dios por Jesús.

¡Bendita y alabada sea su estirpe! La estirpe del Dios Altísimo.

En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Fuente:
https://vdcj.org/mensaje-virgen-mes-mayo

libros_margaSitio Oficial de La Verdadera Devoción al Corazón de Jesús. Libros Rojo, Azul y Blanco: http://vdcj.org/
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Dictados de Jesús a Marga aquí publicados:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/dictados-de-jesus-a-marga/

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15 de Mayo: San Isidro Labrador (1082-1172)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 15, Página 85.

San Isidro Labrador, Natural de La Villa de Madrid

En la vida de San Isidro Labrador, que escribió antiguamente Juan, diácono, se echa de ver claramente como no es el Señor aceptador de personas, pues no niega su gracia a los de más humilde condición, y que en cualquiera estado puede subir un hombre a gran perfección y santidad con el favor divino.

Era san Isidro de la villa de Madrid, que es ahora Corte de los reyes de España, porque no sin grande providencia tiene por patrón a un labrador aquel lugar, donde está la nobleza del mundo. Fue San Isidro casado, y hombre del campo, sustentándose siempre del sudor de su rostro, y ocupado en la labranza. Era muy devoto, callado y amable de todos. Madrugaba muy de mañana, y antes de ocuparse en la labor del campo, visitaba las iglesias de Madrid, oía Misas, y se encomendaba a Dios, empleando mucha parte del día en oración. Pero aunque acudía tarde a su labranza, cuando los demás habían arado mucho tiempo, él se daba tan buena maña, que trabajaba más que todos, y al cabo del día se hallaba haber sido mayor su trabajo; porque fuera de ser mayor su diligencia, los Ángeles araban con él y le ayudaban. Entendió de sí aquella sentencia que se intimó a nuestro primer padre Adán: «En el trabajo de tus manos y en el sudor de tu rostro comerás tu pan;» y así hizo elección de no vivir de otra manera ni ganar su vida y sustento con otra industria sino con el trabajo de sus manos, aunque le aumentase mucho más que otros, por dar tiempo también a la oración.

Se puso a servir con humildad a un caballero de Madrid, llamado Iván de Vargas, en una casería suya, encargándose de tenerle cuenta con sus heredades, por cierta soldada en que se concertaron. Los que vivían en semejantes caserías por allí cerca, por envidia que le tuvieron, viéndole ir tarde a trabajar, y que trabajaba más que todos, quisieron ponerle mal con su amo, y para eso le dijeron que Isidro acudía muy tarde al trabajo, porque primero se iba en peregrinación a visitar todas las iglesias de Madrid, por lo cual cuando llegaba al campo era muy entrado el día; y así que mirase por su hacienda, porque si no, Isidro se la perdería presto. Se enojó el amo con su santo criado, y le reprendió severamente, diciéndole que no correspondía con él en la confianza que de él había hecho, fiándole su hacienda; que era verdaderamente hurto llevar el jornal de todo el día y no trabajar el medio; ni era servicio de Dios que se estuviese rezando el tiempo que tenía obligación de justicia a trabajar, y con agravio de otro; que no le aprovecharían las devociones, para las cuales bastaban los días de fiesta, en los cuales podría rezar lo que quisiese; y que entendiese, si no se enmendaba, que le despediría y pondría otro en su lugar que cuidase más de su hacienda. El Santo, con grande humildad y paciencia, le respondió que no le quería agraviar en nada, y si temía que por lo que tardaba al principio en acudir al trabajo se había de disminuir su hacienda, que lo mirase y tantease bien, y si en ello se hallaba agraviado, que él se lo restituiría de su propia hacienda; y así le rogaba que no llevase a mal que acudiese a sus devociones y servicio del Rey del Cielo. Se sosegó por entonces aquel caballero, viendo la bondad de su criado; con todo eso, para enterarse mejor de todo, quiso ver él por sí mismo lo que pasaba. Fue al campo, y estuvo acechando al Santo, y viendo de lejos cómo se había puesto muy tarde a arar, se fue para él para reñirle; mas acercándose a la heredad vio cómo estaban arando a una parte y otra de su criado dos pares de bueyes más, los cuales eran blancos como la nieve. Quedó admirado no sabiendo cómo era aquello, porque sabía muy bien que no tenía posibilidad Isidro para hacer que arasen con él dos mozos, y sospechando que era aquello cosa sobrenatural, se holgó mucho, y dándose más prisa para enterarse de aquella novedad, cuando llegó halló solo a su criado. Se maravilló más de aquello, y preguntándole quiénes eran aquellos que poco antes estaban arando con él y ayudándole, respondió el varón de Dios con grande encogimiento y simplicidad: «Ningún hombre ha estado aquí, ni me ha ayudado sino Dios, que me ayuda siempre, y a quien invoco, y nunca me falta Su misericordia y amparo.» Con esto quedó cierto el caballero que eran Ángeles los que había visto y ayudaban al trabajo de Isidro, supliendo por él el tiempo que había gastado en oír Misas y hacer oración, y así le dijo que de allí adelante hiciera lo que quisiese, porque no haría caso de lo que murmuraban contra él, y le acusaban, que antes toda su hacienda y heredades se las encomendaba, y que estuviese cierto que nunca le despediría. Con esto el Santo prosiguió en su modo de vida, confirmando el Señor con nuevas maravillas lo que se agradaba de sus devociones.

Un día de fiesta por la tarde había ido el Santo a la iglesia de Santa María Magdalena, que estaba cerca de Caramanchel de Abajo, y habiendo dejado fuera su jumento, le acometió un lobo para comérsele. Unos mozuelos que lo vieron fueron corriendo con grande alboroto a avisar a San Isidro, dándole voces para que acudiese presto, porque un lobo despedazaba su jumento. Les respondió el siervo de Dios con mucha serenidad y quietud: «Hijos, idos en paz, y hágase la Voluntad de Dios;» quedándose él en su oración. Cuando la acabó salió a ver lo que pasaba, y halló al lobo muerto, y su jumento sano y bueno, sin herida alguna. Otra vez sucedió, yendo unos hombres a buscar a San Isidro a la heredad, no le hallaron, sino solo a los bueyes uncidos que estaban por sí arando, sin regirles nadie, y habían arado mucha tierra. Avisaron al amo del Santo, el cual fue luego a ver lo que pasaba, y maravillado de aquel caso sospechó que entre tanto estaría su criado en alguna iglesia; volvió a Madrid a buscarle y le halló en la iglesia de San Andrés, que estaba con mucha devoción rezando. Otro día de trabajo sucedió que no pudo el siervo de Dios oír Misa como solía; lo sintió mucho, y a la tarde, después de haber venido del campo se fue a la iglesia de San Andrés, que estaba ya cerrada, se hincó de rodillas a la puerta, y allí fue arrebatado en un éxtasis maravilloso, en que se le abrieron las puertas del Cielo y vio que celebraban los bienaventurados una Misa con gran solemnidad, la cual, habiéndola oído el siervo de Dios, volvió a sus sentidos con gran consuelo de su espíritu.

La caridad de este Santo no fue menor que su devoción, porque no sólo daba de comer a los hombres; pero aun a los animales del campo y aves tenía compasión y proveía del sustento, compadeciéndose del hambre y frío que padecían. Un día muy riguroso del invierno, estando la tierra toda cubierta de nieve, iba a moler trigo al molino; vio desde el camino en unos árboles gran multitud de palomas, y pareciéndole que estaban hambrientas, movido de misericordia, limpió con los pies y las manos la tierra, apartando la nieve, y del trigo que para su necesidad llevaba a moler derramó grande cantidad, para que viniesen allí a comer. Un hombre que iba con él se enojó mucho y hacía burla del siervo de Dios, teniendo por desprecio echar a mal tanto trigo; mas llegando al molino no se hallaron faltos los costales, sino enteros y llenos, como si no se hubiera sacado nada de ellos, de que quedaron todos admirados y llenos de un afecto tierno y devoto para con Dios, obrador de tales maravillas por aquellos que le sirven de corazón. Cuando iba el Santo labrador a sembrar repartía del trigo que llevaba a los pobres que encontraba, echando también puñados de él a las avecillas del campo, diciendo: «Tomad, avecillas de Dios, que cuando Dios amanece para todos amanece:» y aunque en el camino iban los costales menguados con tanto repartimiento, en llegando a la heredad los hallaba llenos de trigo. Allí también cuando empezaba a sembrar decía: «En nombre de Dios, esto para Dios, esto para nosotros, y esto para las hormigas.»

Le aconteció también, yendo al molino, repartir en el camino gran cantidad de trigo a los pobres y aves, y moliendo después lo poco que le había quedado, salió tanta harina que no cupo en el costal. Lo advirtieron los molineros, y sospechando que la había hurtado en el molino, le preguntaron cómo habiendo traído tan poco trigo llevaba tanta harina, porque no podía ser sino porque lo había hurtado de los costales ajenos. El Santo respondió con grande paciencia: «Yo no soy ladrón; pero si todavía pensáis que lo he hurtado, no puedo satisfaceros de otra manera que con daros la harina, volviéndome otro tanto trigo como traje.» Así se hizo; pero tornando a moler aquella poca cantidad de trigo, salió igual que antes.

A los pobres daba el Santo más que podía, concurriendo Dios con notables maravillas. Tenía en la memoria aquel documento del Santo Tobías: «Si tuvieres mucho, da abundantemente; si poco, préciate de aquello poco dar algo de buena gana:» porque con sus entrañas llenas de misericordia jamás cesaba de dar limosna. Un sábado, habiendo dado a pobres todo lo que tenía de comer, vino un peregrino de nuevo, que dicen fue Cristo o algún Ángel, a pedirle limosna, y no teniendo ya qué darle, ni sabiendo qué hacerse, dijo con grande confianza y humildad a su mujer: «Te ruego por Dios, hermana, que si sobró algo de la olla des limosna a este pobre.» Ella, con estar cierta que no había sobrado nada, fue a la cocina para mostrar la olla vacía a su marido; mas la halló toda llena como estaba antes que comiesen ni diesen limosna a los pobres, con lo cual dio de comer a aquel peregrino y a otros muchos que acudieron luego. Tenía costumbre el Santo todos los sábados de hacer otra olla aparte para los pobres, fuera de su comida ordinaria; y así quiso Dios con este favor tan grande darle a entender lo que se agradaba de aquella devoción que usaba en honra de Su Madre Santísima.

Era el Santo cofrade de una piadosa cofradía, y juntándose todos los hermanos a comer en cierto día que tenían de costumbre, faltó San Isidro, porque se detuvo mucho en visitar las iglesias como solía, y cumplir sus devociones; entre tanto comieron los otros, guardando a San Isidro su parte, el cual vino después, y halló unos pobres a la puerta que esperaban limosna, y los metió consigo. Le dijeron los demás cofrades que no tenía que entrar ninguna persona, porque no había más comida que para él, porque ya todos habían comido. A los cuales respondió el Santo: «Lo que Dios nos diere, y eso que me habéis guardado, partiremos entre nosotros.» Fueron los que servían por la comida de San Isidro, y la hallaron multiplicada, viendo la olla llena de carne, y comida bastante para todos aquellos pobres y otros que luego se llegaron. De esta manera favorecía el Señor a las entrañas de su siervo, tan llenas de misericordia, que algunas veces se quedaba él sin comer para darlo todo a los pobres.

Fuente de los dos caños, situada en la Plaza del Ayuntamiento.

Una vez había ido su amo Iván de Vargas a visitar sus heredades, y estando con gran sed en tiempo muy caloroso, se lo dijo a su criado Isidro, pidiéndole agua: el cual con su acostumbrada caridad, no habiendo cerca agua, para que bebiese su señor, le señaló con el dedo un lugar, diciendo que allí hallaría una fuente. Fue allá Iván de Vargas, y no hallando nada, llamó a San Isidro, diciendo: «¿Dónde está la fuente? Por ventura, ¿queréis hacer burla de mí?». Fue allá el siervo de Dios con su ahijada, que hoy se guarda por reliquia, e hiriendo con ella una piedra, como otro Moisés, dijo: «Aquí, cuando Dios quería, agua había;» y al punto salió una fuente de agua clara, la cual dura hasta hoy, cerca de Madrid, en una ermita del Santo, y ha hecho y hace innumerables milagros, sanando a los enfermos de calenturas y otras enfermedades, y llevan su agua para este efecto de darla a beber a los enfermos. Nunca se ha secado esta fuente con estar en parte muy alta y seca, si no es cuando el año de 1575 los moriscos vendían su agua. Otras muchas fuentes y pozos sacó este glorioso Santo en varias villas y lugares, como en Longares, en Val de la Salud, en Valpermin, la Peña del Cuervo, y en Soto de Caraquiz, y esta fuente sana asimismo de todas enfermedades a los que la beben, y afirman los de aquel pueblo que pasó con ella otro tanto que con la fuente de Madrid. Sacó también el glorioso San Isidro otra fuente o pozo en Madrid, en la calle Mayor, que entonces era campo, y en la calle de Toledo dos; y es tradición muy recibida, aprobada en las informaciones, con mucho número de testigos contestes, que en las casas que fueron de don Felipe de Vera, regidor de Madrid, y hoy están metidas en el colegio imperial de la Compañía de Jesús, en la calle de Toledo, junto a un arca de agua arrimada a los estudios reales del mismo colegio, que en aquel tiempo eran de un antecesor suyo del propio apellido, persona muy rica y de muy grande labranza, hizo San Isidro un pozo, cuya agua ha sanado de muchas enfermedades, acudiendo a él mucha gente por ella para enfermos. Y asimismo hizo la cueva que está junto a él en la misma casa. Y algunas personas, que en sus casas han abierto pozos, y no hallando agua en ellos, encomendándolos a San Isidro luego han manado agua dulce y saludable para muchas enfermedades.

Tenía su amo una hija única, llamada María, a quien quería mucho: sucedió que, cayendo en una grave enfermedad, murió. Cuando vino el Santo del campo halló a sus amos muy afligidos, llorando y lamentándose amargamente por la muerte de su hija, porque no tenían otra; estaba ya aparejada la cera y todo lo demás que era necesario para el entierro. Pero el siervo de Dios, con el amor y ley que tenía a sus Señores, se compadeció de su pena, hizo devotamente oración a Dios Nuestro Señor, y tocando luego a la difunta con su rostro, la resucitó, dando todos muchas gracias y alabanzas al obrador de tales milagros.

Vivió algún tiempo el Santo en un lugar llamado Caraquiz, donde tuvo otro amo, con el cual dicen le sucedieron semejantes maravillas. Teniendo un montón de trigo limpio en las eras y aparte la paja, dijo su amo a San Isidro: «Poco trigo tenemos.» El siervo de Dios dijo que no tuviese pena, que Dios les daría más; se fue a la paja, que estaba aparte, y aventándola otra vez, sacó mucho trigo de ella, con grande admiración de todos los que lo vieron. Pidió luego a su señor que le diese el grano que había quedado en la paja; él le respondió que allí no había quedado nada, más que lo tomase todo. Volvió el Santo a aventar la paja y sacó más trigo que antes, con lo cual tuvo mucho que dar a pobres.

En Torde laguna estuvo San Isidro algún tiempo, donde tuvo otro amo, el cual, viendo que su cosecha no había sido tan grande como deseaba, y que la que San Isidro había cogido de un corto pegujar suyo había sido muy copiosa, sospechando que su criado había pasado trigo de su montón, le dijo que ¿cómo era posible que él hubiese cogido tanto de tan poco como había sembrado? El siervo de Dios le respondió con una boca llena de risa: «Dios es el repartidor de Sus bienes, y así reparte como quiere y es servido; pero porque salgáis de la duda que tenéis, tomad para vos el un montón y el otro, que yo estaré muy contento con sola la paja de mi pegujar;» y después de haber hecho oración, tomando el bieldo con grande confianza, tornó a aventar la paja, de la cual sacó más trigo que la primera vez, el cual luego repartió a los pobres.

Yendo a visitar sus heredades el amo de San Isidro se le murió el caballo; avisado el Santo fue allá, y cuando le vio muerto le dio una palmada, diciendo: «Levántate en el nombre de Dios;» y al punto se levantó el caballo vivo y sano.

Tuvo San Isidro un hijo en su mujer la bendita María de la Cabeza, que fue también Santa. Pero habiendo crecido el muchacho cayó en un pozo muy hondo, donde se ahogó. Llegó San Isidro del campo, y viendo a su mujer afligida y muy llorosa, supo lo que pasaba. Se pusieron entrambos en oración, hincadas las rodillas, suplicando a Nuestro Señor con lágrimas les favoreciese en aquel trabajo. Estando así creció el agua del pozo hasta el brocal, viniendo el hijo vivo sobre las aguas. Entonces el Santo, tomándole por la mano, le sacó bueno y sano. Este pozo se dice que está en las casas de los Lujanes de Madrid, que son descendientes de Iván de Vargas, amo de San Isidro. Quiso el enemigo común inquietar al siervo de Dios y sembrar cizaña entre los dos Santos casados; porque viviendo apartados para más agradar a Dios en castidad y pureza, y emplearse en obras del servicio divino, se quedó su Santa mujer en Caraquiz en una ermita de Nuestra Señora, que después se llamó Santa María de la Cabeza. Pedía limosna a los del lugar para la lámpara que ardía delante del altar de la Sacratísima Virgen; iba cada día a encenderla y barrer la ermita, pasando el río Jarama, que por aquella parte no tenía barca ni puente en más de dos leguas, y así le pasaba por el vado; y cuando venía crecido iba sobre las aguas sin hundirse, llevando siempre lumbre y aceite y lo demás necesario para el adorno y limpieza de la ermita. Pedía juntamente limosna a los moradores y caseros de aquellos contornos para las lámparas de otras ermitas, ocupándose en oración por los campos; pero como no hay cosa, por buena que sea, que no la pueda interpretar mal la malicia humana, la acusaron unos calumniadores a San Isidro, diciendo que su mujer, con capa de devoción, vivía deshonestamente, conversando con los pastores que estaban a la orilla del Jarama; y no sólo los hombres, sino el mismo demonio, tomando forma de uno de aquellos villanos malsines, se lo procuró persuadir. El Santo varón, aunque no le dio crédito, con todo eso quiso él por sí mismo enterarse de lo que pasaba; fue de Madrid al pueblo de Caraquiz, sin saberlo su mujer, y esperándola un día en parte donde no pudiese ser visto de ella, vio que caminaba a la ermita cargada de lumbre y aceite, y llegando a la ribera del río, que venía muy crecido y con grande raudal, hecha la Señal de la Cruz y tendida su mantellina sobre las aguas, se puso sobre ella, y así pasó el río sin mojarse como si caminara por un enladrillado, y después de haber cumplido con su devoción, hizo a la vuelta lo mismo. Con lo cual se consoló mucho el siervo de Dios, y se confirmó en la buena opinión que tenía de su santa mujer, dejándola, como antes, cumplir sus devociones; pues con tales maravillas mostraba el Señor que le eran muy aceptas.

Otra vez, pasando el río, juntos, San Isidro y su Santa mujer, yendo entrambos sobre las aguas, la Virgen Nuestra Señora les pasó a la otra parte, adonde estaba la ermita, y puestos allí, hincados de rodillas, dieron muchas gracias a Nuestro Señor y a Su Santísima Madre.

Tornaron otra vez algunos a infamar a la sierva de Dios, María de la Cabeza, de que no guardaba fe a su marido, sino que andaba a buscar e inquietar a los pastores y vaqueros del Jarama, no teniendo otro fundamento para esto, sino que salía cada día al campo a encender la lámpara de la ermita, y que no podía pasar a la ermita por ir el río crecido y no haber barca ni puente: porque no sabían el modo maravilloso con que atravesaba las aguas. Dieron otra vez aviso al Santo, el cual, satisfecho de la inocencia de su esposa, y sintiendo en el alma la ofensa que se podía hacer en levantar testimonio de cosa tan grave a la que no tenía culpa, derramó muchas lágrimas delante de un Crucifijo; y confiado en Dios le pareció tornar otra vez a Caraquiz, donde estaba su Santa mujer, para satisfacer los ánimos de los malintencionados, y que se declarase la inocencia de su Santa mujer. Para esto dispuso que estuviese gente con él, cuando iba su mujer a la ermita al pasar el río, y viéndola todos que echando su mantellina sobre las aguas le pasó a ida y vuelta sin mojarse, quedaron maravillados todos y confusos los que la habían infamado, dando todos muchas gracias a Nuestro Señor por las cosas maravillosas que obra por los que fielmente le sirven.

Iglesia de San Andrés en Madrid, anexa a plaza de la Paja, fue el sitio donde se diera entierro a San Isidro.

Llegando el tiempo en que quiso el Señor premiar la caridad y virtudes de su siervo cayó malo en la cama, y como conociese que se le acercaba el último día de su vida, habiendo recibido devotísimamente los Sacramentos y exhortado a los de su casa al temor de Dios, hiriendo muchas veces con lágrimas y gran ternura sus pechos, las manos juntas, y todo su cuerpo compuesto, cerrados los ojos, entregó su humilde espíritu a su Creador. Fue su muerte, según dice Juliano, a 28 de noviembre del año 973, siendo el Santo ya muy lleno de años y de virtudes. Fue sepultado su santo cuerpo en el cementerio de San Andrés de Madrid, que era la postrera iglesia que cuando vivía visitaba cada día, y de donde últimamente se partía para su trabajo. Allí estuvo sepultado cuarenta años con tanto olvido, que en tiempo de lluvias pasaba un arroyo de agua sobre su sepultura, llevándose la tierra de ella, de manera que la henchía toda de agua, y llegó casi a descubrir el cuerpo. Mas el misericordioso Dios, que dijo en Su Evangelio: «No perecerá un cabello de vuestra cabeza,» ordenó que de este su siervo fiel no pereciese cabello, ni miembro alguno, honrando a San Isidro y publicando milagrosamente su santidad en el mundo; porque pasados los cuarenta años de su muerte, apareció el siervo de Dios a un buen hombre, que había sido compadre y amigo suyo, que vivía cerca de la iglesia, encargándole que dijese a los clérigos y parroquianos de San Andrés que mandaba Dios trasladasen su cuerpo del cementerio a la iglesia. Rehusó el hombre publicar esta revelación, temiendo no ser creído, por lo cual cayó luego enfermo. Apareció segunda vez el Santo a una noble matrona de Madrid, mandándola lo mismo, lo cual hizo como el siervo de Dios se lo ordenó, siendo fácilmente creída por la buena fama que había dejado de sí en Madrid aquel Santo labrador.

Fueron todos con gran devoción al cementerio, cavaron y descubrieron la sepultura del Santo, y hallaron el bendito cuerpo sin corrupción alguna, y la mortaja entera, que olía todo suavísimamente. Fue grande la devoción que causó a todos, la cual creció mucho más con un raro prodigio que obró Nuestro Señor, para mostrar la santidad de Su siervo; porque al tiempo que le trasladaban se tocaron todas las campanas de la iglesia de San Andrés por sí mismas, sin manos de hombres, ni otro humano artificio.

Estaban en este tiempo algunos pobres tullidos y ciegos pidiendo limosna en el camino real cerca de Madrid, los cuales, oyendo lo que pasaba en la iglesia de San Andrés, se fueron como mejor pudieron allá, acudiendo a la sepultura vacía donde había estado enterrado San Isidro, y tomando la tierra de ella, tocaron con viva fe sus miembros doloridos y enfermos, con lo cual sanaron milagrosamente. Con estas maravillas tuvieron todos al siervo de Dios por Santo, y empezaron a decir Misa de él, y dedicarle templo, con aprobación de los prelados. Manaba de su santo cuerpo un licor suavísimo a manera de bálsamo, que llenaba toda la iglesia de un olor celestial, con el cual sanaban los enfermos de varias enfermedades, aumentándose la devoción para con el siervo de Dios en todo género de gente. El rey don Alonso, que ganó la batalla de las Navas, fue muy devoto suyo, se encomendó a este Santo, el cual le apareció antes de entrar en la batalla contra Miramamolin, y le guió y favoreció, de manera que ganó aquella milagrosa victoria, quedando muy agradecido al siervo de Dios; y visitando su santo cuerpo echó de ver como era el mismo que se le había aparecido en forma de pastor y guiado su ejército.

Crecían cada día los milagros que el Señor hacía para significar la santidad de San Isidro. En tiempo del rey don Fernando el Santo, estando la tierra con grande necesidad de agua, y casi perdidos los panes, sacó el pueblo y clerecía de Madrid el santo cuerpo, y luego llovió con gran abundancia. Cuando quisieron volver el cuerpo de San Isidro a su sepulcro, un sacerdote porcionista de Santa María, llamado Pedro García, cortó de los cabellos de la cabeza del Siervo de Dios, para que se pusiesen decentemente en su iglesia entre otras reliquias. Acabados los oficios se fue a su casa por ser tarde, a comer, puso sobre una ventana los cabellos, con propósito de llevarlos a Santa María después de haber comido; al asentarse a la mesa le dio de repente un temblor tan grande y turbación de cabeza, que parecía se había de morir allí. Cayó en la cuenta que aquello era castigo de Dios, porque no estaba en lugar decente la santa reliquia; se levantó y los llevó luego a la iglesia de Santa María poniéndolos sobre el altar de la Virgen, quedando con esto libre de aquel accidente tan extraordinario, y muy contento y consolado en su espíritu. Volvió a su casa y comió, contando a todos aquel prodigio. Y Juan Diácono, que escribió la vida de San Isidro, dice que se lo oyó contar al mismo Sacerdote.

El mismo Juan Diácono escribe que otra vez no llovió desde el primer día del mes de mayo hasta el día de San Gregorio: la sequedad fue tan grande, que muchos labradores no se atrevieron a sembrar. Acudió la gente de Madrid y de los lugares circunvecinos al sepulcro de San Isidro con gran devoción, por espacio de un mes, y en este tiempo apareció el Santo a un religioso de San Francisco, y le dijo: «No dejéis de rogar a Dios que da comida a toda carne viviente, y Él nos hizo a nosotros, y no nosotros mismos, porque por Su inefable Misericordia os concederá lluvia.» Perseveró la gente animada con esta revelación en orar al Santo. Llovió luego tan abundantemente, que se reparó aquella sequedad tan notable. Sucedió esto año 1252. En otra grande sequedad concurrieron muchos pueblos a Madrid, y sacaron en procesión el cuerpo de San Isidro hasta una iglesia que estaba algunas millas lejos; allí encontraron mucha gente que había venido de las partes de Illescas, trayendo la imagen de Nuestra Señora, y estaban todos esperando lluvia. Se celebraron devotamente los Divinos Oficios, y acabado el sermón, viendo que no llovía, la infinita gente que allí se había juntado comenzó a romper el aire con muchos clamores y gemidos, espantados de que Dios por tales intercesores no los socorría con agua, porque no pereciesen. Dijo entonces el predicador: «Saquen el cuerpo de San Isidro de su arca, y pónganle delante de la Virgen, y con esto hágase la Voluntad de Dios.» Lo hicieron así, y descubriendo el bendito cuerpo delante de la Madre de Dios, el pueblo se deshacía en lágrimas; fue cosa maravillosa, que no habiendo traza de llover, se fraguó de repente una lluvia tan grande, que bastó a satisfacer el deseo de los labradores, sucediendo en aquel año la cosecha muy colmada. Otras muchas veces remedió el Señor faltas muy grandes de aguas por la intercesión de este Santo. En una de estas sequedades, un moro, llamado Garfas, hizo voto delante de muchos otros moros y cristianos en esta forma: «Yo prometo a Dios y a la fe cristiana que si en este tiempo de sequedad, en el cual los cristianos han sacado el cuerpo de su San Isidro para alcanzar lluvia, Dios la concede, me tornaré cristiano; y si no lo cumpliere, muera yo mala muerte.» Antes de ocho días fue Dios servido de llover luego con gran abundancia. Pero no haciendo caso aquel hombre miserable de cumplir el voto, antes de acabarse los ocho días fue muerto a puñaladas.

En el mismo tiempo que reinaba el santo rey don Fernando, el que ganó a Sevilla, llegó un ministro real a Madrid a cobrar el derecho que llamaban de la martiniega; el cual, como a prima noche oyese contar muchas maravillas que Dios obraba por aquel Santo labrador, no lo creía, diciendo que no se persuadía que un trabajador, quintero pobre, hubiese sido tan santo. Se acostó después; pero no pudo pegar los ojos de una gran pena y aflicción mortal que sentía en su corazón. Echó de ver que aquello era castigo por lo que había dicho contra el Santo; comenzó a dar voces y despertar a sus criados, llamándolos a prisa para que le socorriesen luego. Porque tal enfermedad y pena no había sentido en su vida, reconociendo que Dios le castigaba por haber hablado y sentido mal de San Isidro; les pidió que ellos y los huéspedes, y otros amigos suyos le ayudasen y llevasen al sepulcro del siervo de Dios, y no sosegó hasta que en amaneciendo se hizo llevar allá con una procesión de mucha gente que le acompañó, todos con velas encendidas en las manos; y llegando al sepulcro del Santo le pidió perdón con muchas lágrimas, y ofreció algunos dones, con lo cual se sosegó y fue libre de aquel accidente, volviendo a su casa muy consolado y sano ya del cuerpo y alma, siendo de allí adelante un perpetuo pregonero de las alabanzas del Santo.

Se les murió a dos buenos casados un hijo que tenían, pidieron al Santo (teniendo delante de su sepulcro la criatura muerta) les tornase su hijo vivo; los oyó San Isidro, y allí luego les restituyó su hijo, sano y bueno. Una lámpara que estaba delante del sepulcro del siervo de Dios se encendía cada sábado por manos de Ángeles, la cual fue también vista que la traían los Ángeles por la iglesia de San Andrés.

El año de 1270, un hombre honrado, llamado Juan Domingo, vecino de la ciudad de Córdoba, habiendo ido a la guerra contra los moros, fue cautivo de ellos; rogaba continuamente a Dios que le sacase de aquel trabajo y tiranía. Oyó Dios su petición, y apareciéndole San Isidro, le dijo: «Da gracias a Dios que te ha oído y se ha compadecido de ti, y me envía a que te libre de las manos de tus enemigos.» Con esto se le cayeron las cadenas y prisiones, y el Santo le fue guiando hasta que le dejó en parte segura. Por este milagro hizo voto de ir a Madrid a visitar el sepulcro del siervo de Dios; pero descuidándose en cumplirle, fue otra vez cautivo de moros. Reconoció su culpa, pidió perdón de ella al glorioso San Isidro, suplicándole que se compadeciese de él otra vez y le librase de aquella esclavitud. Le oyó el Santo y le libró tan milagrosamente como antes lo había hecho. Viéndose libre se fue a su casa y contó a todos los suyos las maravillas que el Señor había obrado por su siervo, dando las señales de su rostro, estatura y disposición, no habiendo visto retrato de San Isidro, ni oído de él cosa alguna. Fue luego a cumplir su voto, ofreciendo algunos dones al sepulcro del Santo. Otro hombre, llamado Pedro García, fue acusado de haber hecho moneda falsa; al cabo de diez meses de prisión fue sentenciado a muerte. Daba voces el hombre, viéndose inocente, y decía: «¡Oh, bienaventurado San Isidro!, ayudadme, y libradme de este trabajo y de la muerte.» Le apareció el Santo, diciéndole: «Pedro, no temáis, que no prevalecerán vuestros enemigos contra vos, porque mañana os hallaréis sin grillos.» Sucedió como el Santo lo dijo, que libró a aquel hombre por este modo de la muerte.

Un mayordomo de la cofradía de San Isidro, habiendo dado de comer a diez y seis pobres por mandado de los otros cofrades, sobró en la olla un pedazo de carne; vinieron dos pobres más, a los cuales dieron de comer bastantemente con aquello poco, que se multiplicó por virtud divina. Hallaron después la olla que había dejado vacía llena de carne, como si no hubiera tocado a ella, y así llamaron a otros tantos pobres, y les dieron de comer cumplidamente.

A un hombre, llamado Hernando Domínguez, habiendo cegado totalmente, le llevaron sus parientes al sepulcro del Santo; le pidió la vista y salud de sus ojos con tanto afecto, que luego fue oído, sintiéndose con vista. Vuelto a su casa sin guía alguna, para hacer algún servicio agradable a San Isidro, dio de comer a muchos pobres. Fue cosa maravillosa que toda la harina y vino que en esto se gastó no se disminuyó, sino que quedó otro tanto, con grande admiración de todos los que lo vieron.

Recibió un caballero, para que cultivase sus tierras, a un quintero, y para pagarle algo adelantado le pidió fiador, y no teniendo quién le fiase, le prometió delante del sepulcro de San Isidro que cumpliría su palabra, y si no, que el Santo le castigase. Con lo cual el caballero le pagó toda su soldada y le fió. Mas desagradecido aquel hombre, no haciendo caso de su promesa, se huyó sin acabar de servir el tiempo concertado. Pasó de noche sin reparar en ello por la iglesia de San Andrés, donde está el cuerpo de este siervo de Dios. Fue cosa maravillosa que, andando corriendo toda la noche, no se partió de la iglesia, sino que toda se le fue en dar mil vueltas alrededor de ella, hasta que por la mañana, yendo el amo a quejarse a San Isidro y pedirle cumpliese su fianza, halló su quintero allí, dando más y más vueltas, sin poderse haber apartado de aquel sitio. Pidió perdón al Santo y a su amo, al cual satisfizo después enteramente por su trabajo.

Estándose muriendo un hombre vio que muchos demonios le rodeaban, porque estaba en pecado mortal; imploró el favor de San Isidro, cuyo devoto era. Vino el Santo a favorecerle, apareciéndosele visiblemente, y ahuyentó con su presencia los malos espíritus, dándole lugar para que se confesase. A otro hombre, estando acostado en su cama, se le apareció en sueños el demonio en una horrible figura, y tomándole de la mano lo quería echar en un pozo. Pero apareciéndosele entonces el bienaventurado San Isidro, dijo al común enemigo: «No tienes poder en este hombre, porque yo soy su fiador.» Replicó el demonio: «¿Cómo le has fiado, porque está en pecado mortal?» El Santo dijo: «Hace muchos días que es mi devoto, y el poder y gracia de Cristo le quitará de tus manos.» Al punto desapareció el demonio, y el Santo dijo a aquel hombre: «Toma mi consejo, y confiesa luego tus pecados con verdadero dolor, sin callar cosa alguna.» No vio la hora de amanecer, cuando luego se fue a confesar con grandes lágrimas y sentimiento, quedando libre del demonio espiritualmente. Estos milagros y otros muchos, que sería largo de contar, refiere Juan Diácono, y después acá son sinnúmero los que ha hecho y hace este grandísimo amigo de nuestro Dios verdadero.

A un moro que servía al licenciado Benito de Luján, estando un día una hermana de su amo y otras mujeres echando suertes de Santos, le dijeron si quería le metiesen en ellas; él, haciendo burla de ello, dijo que hiciesen lo que quisiesen. Ellas le metieron; y habiéndole salido San Isidro, le dieron el papelillo en que estaba escrito el nombre del Santo, encargándole que le guardase; él le tomó, pero sin pensamiento de hacerse cristiano, aunque su amo se lo había exhortado mucho, prometiéndole que le daría luego libertad; mas él respondía que más quería ser esclavo toda su vida, siendo moro, que libre siendo cristiano. Sucedió que, cayendo su amo en la cama, le mandó que fuese por un cántaro de agua a la fuente de San Isidro; la trajo, y a la noche, estando durmiendo y a oscuras, oyó que le daban voces por su nombre, que era Amete, pareciendo que le tiraban por los cabellos, para sacarle de la cama. Despertó muy espantado y halló el aposento lleno de claridad, salió al patio de la casa a ver si le llamaba alguno, y no sintiendo nada se tornó a echar en la cama, y luego tornó a oír la misma voz que le decía: «Amete, hazte cristiano, que San Isidro, de cuya fuente trajiste el agua, te lo dice;» pareciéndole también que le tiraban para sacarle de la cama, y volviendo en sí halló el aposento con la misma claridad.  Se levantó a ver si era de día o si topaba alguno, y viendo que era de noche, se tornó a acostar bien temeroso; mas le sucedió lo mismo tercera vez. Con esto acabó de entender que aquello era cosa milagrosa, y a la mañana pidió luego a su amo que le hiciese cristiano, sin otra merced alguna; porque no quería libertad ni otro premio, por lo que tan bien le estaba; y así, después de bien catequizado le bautizaron.

Una beata, llamada Catalina de Lerma, estando muy apretada de tercianas dobles, pidió al Santo la sanase, el cual la vino a visitar del Cielo, poniéndosele junto a la cama, con lo cual nunca más vino el crecimiento.

Juan López, portugués, habiendo recibido la extremaunción y los demás Sacramentos, estando desahuciado de los médicos, mandó en su testamento diez ducados para la canonización de San Isidro; una noche que entendían se moriría, amaneció a la mañana bueno y sano, diciendo que ya no tenía necesidad de médicos, porque un médico del Cielo le había sanado. Preguntándole qué médico, respondió que aquella noche habían estado en su compañía unos niños, y entre ellos un hombre, y que pensando que venían por la limosna de ciertas Misas, que él había dicho las pagasen, respondió el hombre: «No venimos por esa limosna, sino a visitarte, que yo soy San Isidro;» y desde entonces quedó el enfermo sin calentura, bueno y sano.

Con más rigor ejecutó otra manda que se había hecho para la canonización de San Isidro su Santa mujer María de la Cabeza, por lo que interesaba que se tratase de ella, no sólo por la parte de la honra que le cabía en que su glorioso marido tuviese en la Iglesia militante título de Santo canonizado solemnemente por el Vicario de Jesucristo, sino también porque de ahí se había de tomar ocasión para colocar sus santos huesos en lugar más digno, y tratarse de su canonización con veras. En la información plenaria de esta sierva de Dios, hecha en Madrid ante el nuncio de su Santidad y otros jueces apostólicos, el año de 1616, consta cómo doña Ana María Remesal prometió a San Isidro, que el día que casase a su hermana, doña María Remesal daría cierta cantidad de dinero para ayuda de su canonización. La casó, y ocupada en los embarazos de las bodas, se olvidó de la promesa. Luego al otro día, estando a su parecer durmiendo, le pareció que entraba una labradora vestida de colores, como está pintada en Nuestra Señora de Atocha la sierva de Dios, María de la Cabeza, con una presencia muy grave y una toca rebozada, la punta postrera suelta, y traía consigo junto a ella un hombre moreno y grosero, con vara en la mano, como portero de vara, el cual traía un perro negro tras ella con una cadena. La labradora, poniendo la mano en la dicha doña Ana María, dijo al portero: «Ésta es la que debe el dinero para la canonización de San Isidro.» El alguacil, echándola el perro, la asió de los vestidos, y se volvió con gravedad la labradora para irse. La presa daba voces con gran temor, que ella llevaría el dinero. Entonces la mandó soltar y desapareció. No había visto jamás doña Ana María pintada a la Santa mujer de San Isidro, María de la Cabeza; pero cuando la vio en Atocha, en la ermita de San Isidro, dijo que era la que le había aparecido. Luego cumplió su promesa, porque no sosegó su corazón, pareciéndole que la sierva de Dios había venido de parte de Dios y San Isidro a ejecutarla.

El año de 1600 sucedió en la cofradía de San Isidro otro milagro aun más maravilloso que el que arriba referimos haber acontecido antiguamente. Habiéndose juntado los cofrades de San Isidro de Madrid un día a comer juntos como suelen, por haber concurrido muchos a la comida, quedó menos de lo que habían menester para dar limosna a veinte pobres. No obstante eso, Jerónimo Fex, tesorero de la cofradía, vino tarde a comer, y llevó consigo cosa de trescientos pobres; viéndolos los oficiales de la cofradía dijeron que para qué traía tanta gente, no habiendo comida ni para veinte, porque todas las ollas estaban vacías, sino sola una donde había comida para solos muy pocos. Él respondió que Dios y San Isidro lo remediarían. Hizo sentar a todos, y habiéndoles dado de comer abundantemente, sobró mucho para dar a otros pobres. Fue también notable maravilla que no habiendo más de una redoma de vino en la cofradía, se multiplicó de manera que, habiéndose satisfecho a todos, sobró mucho vino en ella.

Arca mortuoria en el altar mayor de la Real Colegiata de San Isidro, en Madrid, donde descansa el cuerpo incorrupto de San Isidro Labrador; debajo, las reliquias de su esposa, Santa María de la Cabeza.

Es un continuo milagro la incorrupción del cuerpo de San Isidro, y el suave olor que echa de sí, muy diferente de todos los olores que produce la naturaleza y puede componer el arte. Marineo Sículo dice estas palabras: «Yo he visto su santo cuerpo, y está tan entero que no parece sino que hace dos o tres meses que murió;» y lo que admira es que en cualquiera cuerpo lo primero que empieza a faltar es la punta de la nariz y los blancos de los ojos: esto tiene tan entero, que admira, y cuando así lo vi, me acordé de aquel lugar de la Sagrada Escritura que dice: Capillus de capite vestro non peribit. Esto es del autor citado, y los que viven ahora pueden ser testigos de lo mismo, como yo lo soy, que he visto entero el cuerpo de este glorioso Santo, con gran admiración y consuelo de mi alma.

La reina doña Juana, mujer del rey don Enrique II, por la devoción que tenía al Santo quiso trasladar un brazo de su santo cuerpo; mas no pudo salir de la capilla por sobrevenirle un mal repentino, por donde conoció que no era la voluntad de Dios que se apartase aquel brazo del resto del cuerpo, y volviéndole a restituir cobró al punto salud. Habiendo sanado la reina doña Isabel la Católica de una grave enfermedad, por intercesión de San Isidro, fue a visitarle, y una dama de la reina, llegando a besar los pies del Santo, le quitó con los dientes el dedo segundo del izquierdo; pero cuando la reina se iba y toda la gente, aquella dama que cortó el dedo no pudo salir de la capilla, hasta que viniendo esta maravilla a oídos de la reina, y descubriendo la dama lo que había hecho, mandó la reina restituyese el dedo, con lo cual pudo moverse.

Han sido innumerables los milagros que en todo tiempo ha obrado el Señor por intercesión de su siervo San Isidro, sanando enfermos desahuciados, resucitando niños muertos, dando brazos sanos a los mancos, pies a los tullidos, vista a los ciegos, consuelo a los afligidos, remedio a los pobres, que sería largo el referirlos. Quien quisiere ver gran multitud de ellos, vea al padre fray Jaime Bleda; y aunque siempre ha sido tenido por Santo, y venerado por tal de los pueblos, con todo esto, por mostrarse agradecida la villa de Madrid a su Santo benefactor y Patrón, ha alcanzado de la Santa Sede Romana le canonice con la solemnidad con que usa ahora declarar los Santos; y así Gregorio XV, el año de 1622, a 12 de marzo, le canonizó juntamente con otros cuatro grandes Santos, y los tres fundadores de santos institutos de gran gloria de Dios y provecho de la Iglesia, que son San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y San Francisco Javier, de la misma Compañía y apóstol de la India, Santa Teresa de Jesús, fundadora del Carmen descalzo, y San Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio: que es para alabar a Dios haber sido honrado con esta suprema honra un humilde labrador entre Santos tan grandes y patriarcas de tan ilustres congregaciones, y de celo y espíritu apostólico; y no es menos de admirar la Suma Sabiduría de Dios, que ha hecho a un Santo labrador Patrón de la Corte de tan gran monarca como el rey de España, donde los príncipes y grandes veneran a un pobre quintero e imploran su favor y ayuda. Para que se vea la ventaja que hace la virtud a todas las grandezas humanas. Escribieron la vida de San Isidro Juan Diácono, autor muy antiguo, Basilio Sanctoro, el maestro Alonso de Villegas, fray Juan Ortiz, Lucio, y el padre fray Jaime Bleda. Muchos hacen mención de él: Juliano Archipreste, Marineo Sículo, y otros escritores.

(P. Ribadeneira.)

Casa de San Isidro en el arrabal de San Andrés de la villa de Madrid.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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8 de Mayo: Padre Stefano Gobbi (1930-2011) – Fundación del Movimiento Sacerdotal Mariano

Apariciones de Jesús y María

8 de Mayo 
Años: 1972-1997 / Lugar: DONGO, Italia
Locuciones interiores del Inmaculado Corazón de María /
Fundación del Movimiento Sacerdotal Mariano.
Vidente: Padre Stefano Gobbi, (1930-2011)

El Sacerdote italiano Stefano Gobbi nace en Dongo (Como), el 22 de marzo de 1930.  Pertenecía como Sacerdote a la Asociación Paulina fundada por Don Alberione.

El 8 de mayo de 1972, durante un una peregrinación a Fátima, el padre Gobbi, mientras rezaba en la Capilla de las Apariciones por algunos Sacerdotes rebeldes contra la Iglesia, se sintió inspirado interiormente por la Virgen María a invitarles a consagrarse a Su Corazón Inmaculado. Habiendo recibido en ese mismo mes, el padre Gobbi un pequeño signo que confirmaba esa inspiración, en el Santuario de la Anunciación en Nazaret.

Siguiendo las inspiraciones de la Santísima Virgen María, el padre Gobbi funda el Movimiento Sacerdotal Mariano que tuvo su primera reunión, de 80 Sacerdotes, en septiembre…

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“Esta Herida de Mi Corazón, de Mi Costado, se convierte en Fuente Inagotable de Virtud.”

MENSAJE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
Recibido por Discípulo.

Amada humanidad, hoy os entrego otra lección de amor. La perfecta caridad hace que vuestros pecados queden perdonados.

El que perdona mucho, mucho ama.

El alma que se acerca a Mí sintiendo horror por sus pecados se hace merecedora de una gracia especial que brota de la Herida abierta de Mi Costado, recibe la Sangre y el Agua que brotó de Mi Costado traspasado por la lanza del soldado, cuando Me encontraba clavado en la Cruz. Esta Herida de Mi Corazón, de Mi Costado, se convierte en Fuente Inagotable de Virtud.

Esta alma que repara y adora sabe, por un conocimiento extraordinario, que ha encontrado la Fuente Inagotable del Divino Amor. Esta Sangre y esta Agua purificarán a la Tierra entera y a toda criatura que habita en ella.

Voy a envolver la Tierra con este fuego santificador, antes de que el mal destruya lo poco de bueno que quede en ella.

Mi Padre permitirá entonces, que este fuego queme el interior de cada ser con esta gracia de la Herida abierta de Mi Corazón. Entonces será un refugio seguro. Y nadie tendrá miedo a nada. Pues escrito está, el amor perfecto echa fuera todo temor.

Este fuego espiritual los purificara de toda imperfección y serán totalmente uno Conmigo, como Yo Soy uno con Mi Padre.

Levantaré así a la Casa de Israel, reuniéndolos el día en que el Juicio de Mi Padre venga sobre la Tierra.

Temblarán entonces los pueblos y naciones ante la Majestad de Mi Padre, el día en que Su Santa Ira consuma toda vida.

El resto que habrá sido preservado, mirará con alegría aquel día, no tendrán ningún miedo ni temor, pues a Mí se acogieron, confiaron en Mi Promesa del Cielo nuevo y una Tierra nueva. La descendencia de Jacob será reunida en un solo lugar y será todo hecho por el poder de esta Llaga abierta de Mi Corazón. De esta Herida brotará la Luz del Perfecto Amor.

Yo, Jesús, deseo que este Fuego ya os inunde a vosotros. La luz que brota de Mi Corazón vencerá al anticristo. Todo aquel hijo Mío que reciba esta luz habrá salido vencedor.

¿Cuál es el requisito único para recibir esta bondad?

Solamente creer en Mí y en Mi protección, en Mi poder, y el alma que no cree en Mí ni en Mi Padre, ya ha sido envuelta por el poder del engañador, del anticristo.

Él, (el anticristo) no tiene ningún poder sobre esa alma que cree, pues ha sido inundada del Perfecto Amor de Mi Padre, del Mío y del Espíritu Santo, éste es el Misterio de la Santísima Trinidad que ya está siendo revelado el mundo. Y a todos Mis hijos.

¡Ah!… Discípulo, sigue escribiendo, participa de este Misterio de Amor que Mi Remanente fiel empieza recibir ahora mismo.

Elías ha vuelto; Elías, el profeta de este Fuego. Elías profeta ha venido a cumplir esta misión. Él restaurará todo, él tendrá el mensaje final para el remanente fiel, él hablará por Mí, él actuará en vosotros con gran fuerza, con gran poder.

Entonces vendrá lo inevitable lo que tiene que suceder.

Enoch también será testigo de este gran poder que vendrá a la Tierra y hará que el mundo entero reconozca, que hay un poder actuando ya, por eso es muy necesario que se establezca ya Mi Reino y se consolide.

Vosotros, hijos Míos, estáis siendo llamados a vivir un gran tiempo de gracia. Mi Corazón os mantendrá unidos, fuertemente unidos.

Permanezcan fieles, porque ya Estoy cumpliendo Mi Promesa.

Todo aquel que lea y medite en cada una de Mis palabras este mensaje recibirá Luz para entenderlo.

Yo Soy Jesús de Nazaret.

Y os imparto Mi Bendición.


Fuente:
APOSTOLADO DE REPARACIÓN Y DESAGRAVIO A LOS SAGRADOS CORAZONES:
https://sagradoscorazones.wixsite.com/apostolado/2018-marzo
https://www.facebook.com/pg/Apostolado-de-Desagravio-y-Reparaci%C3%B3n-a-Los-Sagrados-Corazones-444220985610372/posts/?ref=page_internal

Para descargar los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

Todos los Mensajes de Julián Soto, “El Discípulo”, publicados en este blog:
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14 de Mayo: San Matías, Apóstol y Mártir (†60)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Febrero, Día 24, Página 377.

San Matías, Apóstol y Mártir

Habiendo venido el Hijo de Dios del Cielo, para redimir al mundo y para conquistar los corazones de los hombres, tomó para esta conquista doce Apóstoles, pescadores, pobres y bajos, y les armó de Su Gracia y Espíritu, para que, como valerosos y fortísimos capitanes Suyos, hiciesen guerra al pecado, al demonio y al mismo infierno. Quiso que fuesen doce, y no más ni menos, figurados por los doce patriarcas, por los doce títulos del altar, por los doce príncipes que llevaban el Arca del Testamento, por las doce piedras del río Jordán, por las doce fuentes, por los doce bueyes del mar de metal que estaba en el templo, por las doce espías de los hebreos, por los doce leones del trono de Salomón, por las doce piedras preciosas del racional de Aarón, por las doce estrellas de la corona, que la Mujer vestida del sol tenía en Su cabeza, y por los doce fundamentos y doce puertas de la ciudad celestial. Entre estos doce apóstoles fue uno Judas Iscariote, el cual después de haber sido sublimado a la mayor dignidad, que hay en la Iglesia, que es el apostolado, y haber estado algunos años en la escuela de Jesucristo, y predicado y hecho muchos milagros en Judea; vencido de la codicia, vendió a su santísimo y dulcísimo Maestro por treinta dineros, y le entregó en manos de sus enemigos: y viéndole condenado a muerte, y desesperado de poder alcanzar perdón de su culpa; él mismo por sus manos se ahorcó, y reventó, y dio su alma infelicísima al demonio: para que con este tan lastimoso ejemplo todos temblemos y sepamos, que no hay seguridad en esta vida; y el que está en pié, no se desvanezca, sino agradezca al Señor que le tiene en pie, y le suplique humildemente, que no le aparte de Su mano para que no caiga: y para que entendamos, que para ser buenos, no aprovecha solamente la compañía de los buenos, si no nos aprovechamos de su buena vida, e imitamos sus ejemplos: y que no hay lugar seguro, por santo que sea, si el hombre no vive en él con cuidado y recato; pues el ángel cayó en el cielo, nuestro padre Adán en el Paraíso, y Judas en el colegio apostólico en compañía del Señor. Y además de esto, de la caída de Judas podemos aprender, que cuando cae el que recibió mayores dones de Dios, y por ellos está más obligado a servirle, no cae como quiera, sino que se despeña hasta lo más profundo del abismo de la maldad, haciéndose capitán y guía de los malos, como San Pedro dice que se hizo Judas de los judíos, para prender al Señor, porque del buen vino, como dicen, se hace buen vinagre, y de un gran santo, un gran demonio, cuando no persevera en su santidad. Y ésta es la causa, porque el religioso, que vive en su religión santamente y persevera en ella hasta la muerte, es dechado de virtud y un retrato del cielo; y el que, vencido de su flaqueza, vuelve las espaldas a Dios y como apóstata deja los hábitos, comúnmente es escándalo y es tropiezo de los que con él viven; aunque no es de maravillar, por lo que se ha dicho. Habiendo, pues, tenido Judas tan desdichado fin, y caído de la cumbre del apostolado en tan extrema miseria, escribo San Lucas en los Hechos apostólicos, que después de la Ascensión a los cielos de Cristo Nuestro Salvador, estando todos los apóstoles y los otros discípulos del Señor juntos, se levantó San Pedro, como cabeza y pastor universal de todos, y después de haberles referido brevemente la maldad y castigo de Judas, les dijo: que para cumplirse la profecía de David, se había de escoger uno, de los que allí estaban, y habían conversado con Cristo, desde el bautismo de San Juan Bautista hasta el día, en que subió a los Cielos, para que entrase en el lugar de Judas, y fuese testigo y predicador de la resurrección del Señor, con los demás Apóstoles: y pareciendo bien a todos los que allí estaban, y eran como ciento y veinte personas, de común consentimiento escogieron entre todos, dos, á José, que tenia por nombre Barsabas, y por su gran santidad llamaban Justo, y a Matías, que ambos eran de los setenta discípulos del Señor: y puestos todos en oración, le suplicaron humildemente, que pues Él solo conocía los corazones, y sabia, cuál de los dos era más a propósito para aquel ministerio; declarase su voluntad y manifestase, a cuál de los dos, que ellos le presentaban, había escogido, para que en lugar de Judas en el apostolado le sirviese. Declaró Dios Su Voluntad, y cayó la suerte sobre Matías: la cual suerte, dice San Dionisio Areopagita, y otros doctores, que le siguen, que fue un rayo de divina luz, que vino sobre Matías, y una sensible señal, de que Dios lo había escogido. Aunque otros doctores dicen, que aquella suerte fue de las que en el viejo Testamento usaban los judíos, y que puesta en las manos de Dios con aquella humilde, y devota oración de los fieles, él la encaminó de aquella manera: pero otros hay, que interpretan estas suertes, por la elección de los apóstoles, y otros fieles, en la persona de Matías, alumbrados, y movidos de Dios, a quien ellos suplicaban, que los inclinase, y pusiese en el corazón aquel, que de los dos propuestos era más a propósito; y el Señor acudió a su petición, inspirándoles, que escogiesen a Matías: y así lo hicieron, concurriendo con gran consentimiento todos los votos en su persona: y esta exposición parece más conforme al texto griego, el cual donde nosotros leemos: Adnumeratus est cum undecim: Fue contado con los otros once; dice: Suffragiis additus est: Fué añadido a los once por votos. De manera, que se dice, que cayó la suerte sobre Matías; porque declararon, que él había de ser preferido a Barsabas, y gozar de la dignidad apostólica: y que fue elegido de Dios; porque los apóstoles en elegirle no siguieron el afecto de la carne, y de la sangre, ni tuvieron respeto, a que José era deudo de Cristo, y hermano de otros tres apóstoles; sino solo a la luz, o instinto del Espíritu Santo, que los inspiró que eligiesen a Matías, dejando a José, que tenía nombre, y obras de justo: para enseñarnos, que en la provisión de los oficios, y beneficios eclesiásticos, no nos movamos por carne, y sangre: y escogió a Matías, para darnos a entender, de cuán santa vida, y altos merecimientos era, el que en aquella oposición de tanta dignidad había sido preferido al justo, y puesto en el número de los doce Apóstoles. Y llamarse suerte esta elección de Dios no es cosa nueva en la Sagrada Escritura; porque en este mismo razonamiento, que hizo San Pedro a los discípulos, para que eligiesen otro en lugar de Judas, llama al apostolado, que tuvo Judas: Suerte: no porque se le hubiese dado por suerte (que no se dio, sino el beneplácito, y mera voluntad del Señor); sino porque así como no está en la mano del hombre, que le caiga la tal, o tal suerte; tampoco estuvo en manos de Judas ser escogido para tan alta dignidad. Y San Pablo llama suerte a la misma elección, y Salomón dice de sí, que como por suerte había alcanzado buena alma; porque Dios se la había dado por su gratuita voluntad.

Comenzó San Matías, luego que fue hecho Apóstol, a hacer su oficio, habiendo recibido con los otros Apóstoles, y discípulos del Señor el Espíritu Santo, y a predicar a los pueblos el misterio escondido, o inefable de la Cruz con gran santidad de vida, fervor de espíritu, y celestial doctrina: porque además de la que siendo mozo había aprendido, el mismo Espíritu Santo era su Maestro, y su Doctor, y el que le alumbraba el entendimiento con Su Luz, abrasaba el afecto con Su ardor, y le daba lengua de Fuego Divino, para encender los corazones de los que le oían.

Después en el repartimiento, que hicieron los sagrados Apóstoles de las provincias, en que habían de predicar, a San Matías le cupo Judea, y en ella predicó admirablemente, y convirtió innumerables pueblos al Señor, como dice San Isidoro en su vida, y penetró su predicación, y doctrina, hasta lo interior de Etiopía, como dice Sofronio, Nicéforo, y Doroteo; y padeció muchos, y muy graves trabajos, de caminos por tierras ásperas y fragosas, de persecuciones de los judíos y gentiles: de los cuales finalmente fue apedreado, y descabezado por el Señor. Murió cerca de los sesenta años de Cristo, imperando Nerón. El cuerpo de San Matías con el tiempo se trajo a Roma, y está en Santa María La Mayor, donde se muestra su cabeza; aunque Juan Ekio, alemán, varón grave, docto, que disputó, e hizo callar a Lutero, escribe, que el cuerpo de San Matías se llevó de Roma a la ciudad de Augusta; y puede ser, que se haya llevado alguna reliquia, o parte de él, quedando en Roma la mayor parte del cuerpo, y la cabeza, donde hoy día es reverenciada.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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12 de Mayo: San Pancracio, Mártir (†303)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 12, Página 71.

Ubicación…

San Pancracio, Mártir

Con los santos Nereo y Aquileo junta la Iglesia este mismo día a San Pancracio, mártir, niño de catorce años; el cual en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano venció varonilmente la flaqueza de su tierna edad, y con la fortaleza y ardor de la fe triunfó gloriosamente del demonio. Fue San Pancracio de la provincia de Frigia, hijo de un caballero nobilísimo, llamado Cledonio, el cual a la hora de la muerte encargó a un hermano suyo, que se llamaba Dionisio, que tuviese cuidado de Pancracio, su hijo, y de la mucha hacienda que dejaba, porque quedaba solo y sin madre, y no tenía otro padre ni arrimo sino a él. Dionisio le prometió que así lo haría, y muerto el padre, Cledonio tomó por hijo a Pancracio; y como a tal le amó, regaló y crió; y partiéndose de su patria de allí a tres años para Roma, le llevó consigo, y vino a morar y tener casa en un barrio apartado de la ciudad, donde San Marcelino, Papa, por la persecución de los emperadores estaba escondido. Era grande la santidad del Santo Pontífice y la fragancia que por todas partes se derramaba de sus virtudes y milagros, que llegó a noticia de Dionisio y Pancracio, y ellos, tocados del Señor, desearon verle y tratarle y ser de él enseñados, como lo fueron, y convertidos a la fe de Cristo Nuestro Señor, con tanto fervor y deseo de morir por Él, que se ofrecían sin ser buscados a los ministros de justicia.

Murió de su muerte natural Dionisio de allí a pocos días, y Pancracio fue preso; y sabiéndose que era muy noble y de alta sangre, le presentaron al emperador Diocleciano, el cual por haber sido (a lo que él mismo decía) amigo de su padre, y verle de tan poca edad y de extremada hermosura, procuró con halagos y caricias persuadirle que sacrificase a los dioses; mas el Santo Niño le respondió que se maravillaba que el emperador, siendo hombre cuerdo, le mandase tener por dioses a unos hombres que habían sido tan viciosos, que si sus criados fueran tales como ellos, severamente los castigara; por cuyas palabras, enojado el emperador, le mandó degollar, y una santa mujer, llamada Octavila, tomó de noche secretamente su Cuerpo, y envolviéndole en lienzos y ungüentos preciosos, le enterró honoríficamente en una sepultura nueva, a los 12 de mayo del año del Señor de 303, según el Cardenal Baronio. Muchos santos autores hacen particular mención de San Pancracio. Tiene iglesia propia en Roma, y la puerta de la ciudad que antiguamente se llamaba Aurelia, hoy se llama de San Pancracio, y muchos años hace que tiene este nombre, como se ve en Procopio, en el primer libro de la Guerra gótica. San Gregorio, Papa, trata de sus reliquias, y San Gregorio Turonense, contemporáneo de este Santo Pontífice, dice que fueron trasladadas a Francia, y refiere un milagro perpetuo que Dios obró por los merecimientos de este santo niño mártir, y era que los que llevados a su templo juraban falso, visiblemente Dios los castigaba y caían luego muertos, o el demonio entraba en ellos y los atormentaba.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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Rosario de la Inmaculada por Venezuela

Rosario de la Inmaculada por Venezuela 

La Señal de la Cruz

†  Por la Señal de la Santa  Cruz,
†  de nuestros enemigos,
†  líbranos, Señor, Dios nuestro.

†  En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo

El Credo 

Creo en Dios, / Padre Todopoderoso, / Creador del Cielo y de la Tierra. / Creo en Jesucristo,  Su Único Hijo, nuestro Señor, / que fue concebido por Obra y Gracia del Espíritu Santo, / nació de Santa María Virgen, / padeció bajo el poder de Poncio   Pilato, / fue crucificado, muerto y sepultado, / descendió a los infiernos / y al tercer día, resucitó de entre los muertos; / subió a los Cielos / y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso. / Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. / Creo en el Espíritu Santo, / en la Santa Iglesia Católica, / en la Comunión de los Santos, / en el perdón de los pecados, / en la resurrección de la carne / y en la vida eterna. / Amén.


En las cuentas grandes del Padre Nuestro:

V:   Si la Inmaculada Concepción libera a Venezuela de _______ , seremos verdaderamente libres.


En las cuentas pequeñas se repite DIEZ VECES:

Primer Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, salva a Venezuela”.
Segundo Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, protege a Venezuela”.
Tercer Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, guía a Venezuela”.
Cuarto Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, santifica a Venezuela”.
Quinto Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, gobierna a Venezuela”.


Al final de cada decena se dice:

V:   ¡Oh, María, Sin Pecado Concebida!
R:   Ruega por nosotros que recurrimos a Ti, y por los que no recurren a Ti.


En las tres últimas cuentas del Rosario se reza:

Dios Te Salve, María Santísima, Hija de Dios Padre, en Tus Manos ponemos nuestra FE para que la aumentes, llena eres de Gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas…

Dios Te Salve, María Santísima, Madre de Dios Hijo, en Tus Manos ponemos nuestra ESPERANZA para que la alientes, llena eres de Gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas…

Dios Te Salve, María Santísima, Esposa de Dios Espíritu Santo, en Tus Manos ponemos nuestro AMOR A DIOS Y AL PRÓJIMO para que lo inflames, llena eres de Gracia, el Señor es Contigo. Bendita eres entre todas…

V.  Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R.  Como en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.


La Salve

¡Dios Te Salve, Reina y Madre!  ¡Madre de Misericordia!  ¡Vida, Dulzura y Esperanza nuestra, Dios Te Salve! A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Ea, pues, Señora, Abogada nuestra!, vuelve a nosotros esos Tus Ojos Misericordiosos, y después de este destierro, muéstranos a Jesús, Fruto Bendito de Tu Vientre.

¡Oh, Clemente! ¡Oh, Piadosa! ¡Oh, Dulce, siempre Virgen María!

V:  Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R:  Para que seamos dignos de alcanzar las Promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén. 

Consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y María

Sagrados Corazones de Jesús y de María, postrados ante Vuestra Augusta y Real Presencia queremos nosotros, pecadores infieles, renovar y ratificar los votos y promesas de nuestro Bautismo y Primera Comunión:

Renunciamos al mundo, a satanás y a todas sus obras y seducciones. Consagramos y entregamos nuestras personas y familias, total y enteramente a Ustedes, ¡oh, Sagrados Corazones! Es nuestra plena voluntad, entregarnos en calidad de esclavos por amor a Ustedes, dispongan de nuestra alma y nuestro cuerpo, de nuestros bienes interiores y exteriores y del valor y mérito de nuestros propósitos y obras; confiriendo a Ustedes el pleno derecho sobre nuestra familia y sobre cada uno de sus miembros, para que dispongan de todo lo que nos pertenece. Amén.


Fuente:
https://aparicionesdejesusymaria.blog/2018/05/11/13-de-mayo-apariciones-de-la-virgen-en-marienfried-alemania-1940/

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13 de Mayo: Apariciones de la Virgen en Marienfried, Alemania (1940)

13 de Mayo – 78º Aniversario
Años: 1940 y 1946 / Lugar: MARIENFRIED, Pfaffenhofen, Alemania
Gran Medianera de las Gracias
Vidente: Barbel (Bárbara) Reuss (1924-1996)

Ubicación…

Las Apariciones de la Virgen en Marienfried, Alemania

Reconocimiento Eclesiástico: grado intermedio

La Iglesia ha autorizado el culto a María bajo la Advocación de Medianera de las Gracias; todas las restricciones de parte de las autoridades eclesiásticas fueron levantadas a partir de 1966. Desde el 13 de setiembre de 1966, puede celebrarse la Santa Misa en la Capilla y conservar el Santísimo Sacramento. Se obtiene también el permiso eclesiástico para la estampa del Rosario de la Inmaculada y del himno a la Santísima Trinidad.

La primera Capilla siempre resultaba pequeña por la cantidad de peregrinos que asistían, pero después de un incendio en la Capilla en el año 1973 se propuso la construcción de un nuevo Santuario.

Nuevo Santuario solemnemente bendecido por Mons. Stimpfle de Augusta, el 5 de octubre de 1974, junto con la “Casa de Marienfried”, y la casa para los clérigos.

 

 

 

 

 

 

Las Apariciones de Marienfried conservan un status “de no constatación de la sobrenaturalidad”. Aunque no están afirmadas, no se las niega, y los fieles están libres de peregrinar al sitio Mariano, según lo subrayado por el Obispo de Augsburgo, el 20 de marzo del 2000.

La Medianera de Todas las Gracias riega bendiciones y gracias especiales de conversión, de reconciliación y de paz a Sus hijos queridos en Alemania.


Aparición única de 1940

El 13 de mayo de 1940 la Virgen se aparece en Marienfried, Pfaffenhofen, Alemania, a Bárbara Reuss, una joven de 22 años, que llegará a casarse y ser madre de cinco hijos. María le enseña a rezar el “Rosario de la Inmaculada”.

El Rosario que Nuestra Señora le enseñó, consistía en rezar igual los Misterios habituales, el Padre Nuestro, las 10 Ave Marías para cada misterio y el Gloria. Sin embargo, había jaculatorias a la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios; después de cada Ave María debería recitar así:

Primer Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, sálvanos”.
Segundo Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, protégenos”.
Tercer Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, guíanos”.
Cuarto Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, santifícanos”.
Quinto Misterio: “Por Tu Inmaculada Concepción, gobiérnanos”.

La Señora, le propone a Bárbara de recitar el Rosario por su patria, pues se asomaba la Segunda Guerra Mundial, diciendo: “Por Tu Inmaculada Concepción, salva nuestra Patria”; “… protege nuestra Patria”; “… guía nuestra Patria”; “… santifica nuestra Patria”; “… gobierna nuestra Patria”.


Primera Aparición
25 de Abril de 1946

Habiendo prometido construir una Capilla en honor de Nuestra Señora si el pueblo de Pfaffenhofen fuera preservado de destrucción durante la Segunda Guerra Mundial (1943-1945), el párroco y varios de los feligreses fueron a un área cercana de Marienfried a elegir un sitio para la capilla en cumplimiento de la promesa que habían hecho a La Virgen.

La primera visión se dio el 25 de abril, cuando el vicario de la parroquia, su hermana y la vidente buscaban en la floresta el lugar en que debían construir la Capilla que habían prometido a Nuestra Señora. Bárbara siente que alguien le llama, se introduce en la floresta y exclama: “Vengan, vengan a ver qué Señora es ésta”.

El párroco y su hermana fueron pero no vieron nada. Cuando le preguntaron qué le había dicho la Señora, respondió: Ella dijo:

“Son cosas incomprensibles. Allá donde hubiere mayor confianza y donde se enseñare a los hombres que Yo puedo todo, propagaré la paz. Entonces, si todos los hombres creyeren en Mi poder, habrá paz. Yo Soy la Señal de Dios Vivo. Grabo Mi signo en la frente de Mis hijos. La estrella perseguirá la Señal; Mi Señal, sin embargo, vencerá a la estrella”.

Bárbara no sabía quién era la Señora, mas dijo que fue la misma que el 13 de mayo de 1940 se le apareció en la floresta y le enseñó a rezar el Rosario de la Inmaculada, en el que se reza en cada cuenta: “Por Tu Inmaculada Concepción, salva nuestra Patria… protege nuestra Patria… guía nuestra Patria… santifica nuestra Patria… gobierna nuestra Patria”.


Segunda Aparición
25 de Mayo de 1946

Ese día un Ángel invitó a Bárbara a ir a Marienfried —así se llama el lugar donde la Capilla iba a ser construida. Nuevamente la Señora apareció y Bárbara la reconoció como a María, Madre de Nuestro Señor. Ella exclamó: “María”, y Nuestra Señora le dijo:

“Sí, soy la gran Medianera de las Gracias. Así como el mundo puede encontrar misericordia junto al Padre sólo por medio del sacrificio del Hijo, así también, sólo por Mi intercesión podéis ser oídos por el Hijo. De ahí que Cristo es tan desconocido, porque Yo no soy conocida.

El Padre Eterno derrama Su copa de ira sobre los pueblos, porque ellos rechazaron a Su Hijo. El mundo fue consagrado a Mi Inmaculado Corazón, mas la consagración se transformó en una terrible responsabilidad. Yo exijo que el mundo viva la Consagración.

Tened ilimitada confianza en Mi Inmaculado Corazón. Creed que todo lo puedo delante del Hijo. Colocad Mi Inmaculado Corazón en lugar de vuestros corazones pecaminosos. Cumplid Mi pedido para que en breve Cristo reine como Rey de la Paz. El mundo debe beber hasta el fondo el cáliz de la ira por causa de los innumerables pecados con los cuales Mi Corazón es injuriado.

La estrella del abismo[1] se indignará con más furor que antes y causará terribles devastaciones, porque ella sabe que su tiempo es corto y porque ve que ya muchos se han unido alrededor de Mi Signo. Sobre este Signo, ella no tiene poder, aunque mate los cuerpos. Pero de esos sacrificios ofrecidos a Mí, crece Mi poder de conducir las multitudes a la victoria por Cristo. Unos ya mandaron grabar Mi Señal y otros todavía lo harán.

A vosotros, hijos Míos, quiero decir: en los días sangrientos no os olvidéis de que justamente esta cruz es una gracia, y agradeced siempre al Padre esta gracia. Rezad y haced sacrificios por los pecadores. Ofreceos a vosotros mismos, y a vuestras acciones al Padre por Mi intermedio. Rezad el Rosario, no apenas para alcanzar los bienes exteriores. Hoy se trata de más.

No esperéis señales o milagros. Operaré secretamente como Medianera de todas las Gracias. Quiero transmitir la paz a vuestros corazones si cumpliereis Mi pedido. Solamente sobre esta paz podrá ser edificada la paz entre las naciones. Entonces Cristo reinará sobre todos los pueblos como Rey de la Paz. Procurad divulgar Mi voluntad. Te daré la fuerza necesaria.

Si colocaren Mi Corazón en lugar de sus corazones pecaminosos, el demonio no tendrá poder

Aparentemente el demonio tendrá tal poder, que muchos que no estuvieren fuertemente ligados a Mí, se dejarán engañar. Vendrá un tiempo en que tú te encontrarás completamente sola y serás terriblemente calumniada, pues el demonio sabe cegar los hombres de modo que hasta los mejores se engañan. Tú, sin embargo, debes tener confianza. En todas partes donde los hombres no confiaren en Mi Corazón, el demonio tendrá poder.

Donde, sin embargo, colocaren Mi Corazón en lugar de sus corazones pecaminosos, el demonio no tendrá poder. Él, mientras tanto, perseguirá a Mis hijos que serán despreciados. Mas el demonio no conseguirá vencerlos”.

Un Ángel apareció y llamándose a sí mismo, “el Ángel de la Gran Mediadora de Gracias”, dijo a Bárbara:

“Arrodíllense” —mientras que él hizo una plegaria a la Virgen María Santísima:

“¡Obra como la Madre de la Gracia; obra como La Tres Veces Madre Milagrosa; La Tres Veces Admirable Madre de la Gracia, Vos, la Gran Mediadora de las Gracias!”.

A esa oración la Aparición se volvió más hermosa, enteramente luminosa y diáfana, como si fuera hecha de luces y rayos. Los ojos tenían un brillo extraordinario. Cuando levantó Su mano para dar una bendición Ella se hizo increíblemente brillante y transparente. Tan brillante era que Bárbara no podía mirarla.

Al finalizar la oración del Ángel, Nuestra Señora dio la bendición diciendo:

“Yo os transmito la Paz de Cristo, en Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.


Tercera Aparición
25 de Junio de 1946

El 25 de Junio apareció la Nuestra Señora rodeada de Ángeles, que se arrodillaron ante Ella en reverencia profunda y después adoraron a la Santísima Trinidad.

La Virgen fue descrita como de “inenarrable belleza y luminosidad, con una pura y enceguecedora luz sobre Su cabeza, que eran los rayos brillantes que formaban una triple corona.”

Nuestra Señora dice:

“Soy la Gran Medianera de las Gracias. El Padre quiere que el mundo reconozca esta posición de Su Sierva. Los hombres deben creer que Yo, como eterna Esposa del Divino Espíritu Santo, soy la fiel Mediadora de todas las Gracias.

Solamente Mis hijos conocen Mi señal que se manifiesta ocultamente, y por eso dan al Eterno la honra que le conviene. Mi poder aún no puedo revelarlo al gran mundo. Debo recogerme con Mis hijos. Ocultamente quiero obrar maravillas en las almas hasta que esté completo el número de oblaciones. En vosotros está la posibilitad de abreviar los días de oscuridad.

Vuestras oraciones y sacrificios han de destruir la imagen de la bestia; entonces podré revelarme al mundo entero en honra al Altísimo. Escogí Mi señal para que en breve la Santísima Trinidad sea adorada y reverenciada por Mi intermedio.

Orad siempre. Rezad el Rosario. Suplicad todo al Padre por medio de Mi Inmaculado Corazón. Si fuera para Su Gloria Él os lo dará. Rezad el Rosario de la Inmaculada, el Rosario lleno de gracias que os enseñé. Pedid con él, no cosas efímeras, mas sí gracias para las almas, para vuestra comunidad, para los pueblos, para que todos amen y honren el Divino Corazón.

Observad el sábado consagrado a Mí, como Yo lo deseo. Los apóstoles y los sacerdotes deben consagrarse especialmente a Mí, para que los grandes sacrificios que el Inescrutable exige de ellos, crezcan en santidad y valor, si fueren colocados en Mis manos. Si en eso os empeñareis con ahínco, Yo cuidaré del resto.

Sobre Mis hijos colocaré cruces pesadas y profundas como el mar porque los amo en Mi Hijo Inmolado, os pido que estéis preparados para cargar la cruz, para que en breve haya paz. Exijo que los hombres cumplan luego Mi voluntad, porque ésta es la Voluntad del Padre Celestial y porque es también necesaria, hoy y siempre, para Su mayor honra y gloria.

Dolor terrible está prometido por el Padre a aquellos que no quisieren someterse a Mi voluntad.

El Padre nos hace saber que sucesos terribles acontecerán a los que no se sometan a Sus Deseos Santos. Mis hijos deben amar y alabar al Señor porque Él los ha creado a Su semejanza”.

Dijo también que éste era Su mensaje al mundo y respecto del cual los hombres deben ser instruidos.

Entonces Bárbara preguntó cómo se debía hacer esto. La Virgen respondió que se debía decir a los hombres que Ella poseía un nuevo mensaje para el mundo. No debía, no obstante, revelar pormenores y circunstancias exteriores. Es preciso que los hombres reconozcan que la voluntad de ellos debe ser la Voluntad del Padre. Los espíritus se separarán ante este mensaje. Un gran grupo quedará escandalizado con él; mas habrá un grupo menor que los comprenderá bien y le dará valor. Este pequeño grupo reconoce su lugar en los tiempos actuales y le dará alegría. En muchas naciones ese grupo ha de tener representantes que cuidarán que el mensaje sea propagado. Muchos de este grupo ya podrán ver sus maravillas ocultas. Reconocerán que Ella es su Madre Admirable y han de honrarla bajo este título.

Siguió un largo diálogo entre Nuestra Señora y Bárbara, ésta pidió una señal exterior como prueba de la autenticidad de aquella visión. La Virgen respondió:

“Ya di tantas señales y ya hablé tantas veces al mundo, mas los hombres no las tomaron en serio. Por causa de las señales exteriores vinieron grandes multitudes, a las cuales no les importaba lo esencial”.

Nuestra Señora deseó que en ese lugar se erigiese la Capilla tal como lo habían prometido y que la imagen que debería colocarse fuese la de Mater Admirábilis.

Después que María dejó de hablar, Ella fue rodeada de un número inmenso de Ángeles. Usaban túnicas blancas largas y se arrodillaron en tierra en una reverencia profunda. Ellos hicieron una plegaria inusual, un homenaje a la Santísima Trinidad. Cuando la plegaria fue terminada, el Ángel, que había estado presente desde el principio, solicitó repetir la plegaria.

El padre Humf y su hermana, que estaban presentes, no vieron nada, excepto a Bárbara mover los labios. Oyeron claramente a Bárbara decir su plegaria en un ritmo fluido en honor de la Santísima Trinidad. Bárbara oró con los Ángeles la oración siguiente y el padre Humpf tomó nota en taquigrafía lo mejor que pudo:

“¡Te alabo a Ti, Soberano Eterno, Dios Vivo, Omnipresente, Juez Amoroso y Justo, Padre siempre Bueno! Tu radiante hija Te adorará, alabará, honrará y obedecerá siempre”.


La Vidente

Es una joven de 22 años llamada Bárbara Reuss. Nació el 15 de Junio de 1924, se casó el 15 de Agosto de 1952 a los 28 años. Después de vivir en silencio con una vida ejemplar y familiar, Bárbara fallece el 4 de Noviembre de 1996, a los 72 años de edad.

Bárbara fue la primera de seis hermanos, nació en el pueblo de Pfaffenhofen. De carácter sociable y bondadosa. Recibió una sólida educación religiosa, participando regularmente en la Santa Misa y recurriendo frecuentemente a la Santa Comunión. Desde su tierna infancia, Bárbara sentía el deseo de estar siempre sola y en intimidad con Jesús por medio de la contemplación y oración. Realizó su Primera Comunión en el año 1934 y quedó huérfana de madre en el año 1938, con la responsabilidad del cuidado de sus hermanos menores. En aquel mismo año, el 8 de Diciembre, se consagró totalmente a la Santísima Virgen María según el método de Consagración de San Luis María Grignion de Montfort.

En 1939 el padre se vuelve a casar y Bárbara pudo seguir libremente su vocación. Después de las Apariciones y Mensajes de la Santísima Virgen en 1946, Bárbara desarrolló varios dones místicos, como la capacidad para hacer expiación por las almas del Purgatorio, de percibir la situación de pecado mortal de los fieles que se presentan en especial durante la Misa, y finalmente de vivir la Pasión de Cristo, durante el llamado período de “estigmas” que van desde el 21 de Febrero 1947 a 1950, cuando, después de regresar de una peregrinación a Roma y Asís, obtiene la gracia que se convierte en los estigmas invisibles.

Una experiencia traumática que sufrió la vidente Bárbara, fue el secuestro de su persona, por parte de una secta satánica que la secuestró con la intención de matarla. Esto ocurrió el 25 de Marzo de 1950. Bárbara se salvó de esta situación desesperante gracias al arrepentimiento de uno de los miembros de dicha secta que la dejó libre el 28 de Marzo.

Bárbara se casó en 1952 y se convirtió en madre de 5 hijos y llevó una vida normal y piadosa. Participada siempre en Misa con su esposo. Ella se enfermó de esclerosis múltiple en el año 1966. En 1996 dejó este valle de lágrimas, para ir a recibir la recompensa eterna.


[1] Lucifer.

Fuente:
Ángel Peña O.A.R. Lima, Perú, 2001. APARICIONES Y MENSAJES DE MARÍA, Segunda Parte, Apariciones Aprobadas por el Obispo”.
https://moimunanblog.files.wordpress.com/2011/04/profecias-catolicas.pdf
http://forosdelavirgen.org/44/mediadora-de-todas-las-gracias-de-marienfried-alemania-25-de-abril/
http://apostolesdelosultimostiempos.blogspot.com/p/marienfried-alemania-1946.html

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