“Los humildes y los mansos que sobre llevan sus dolores y sufrimientos en silencio, con sus esperanzas y sobre todo con su fe. Son los apóstoles de Mi amor.”

Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
Mensajes de la Reina de la Paz

Mensaje, 25 de Dicembre de 2018
Vidente Marija

“Queridos hijos, les traigo a Mi Hijo Jesús que es el Rey de la Paz. Él les da la paz y que esta paz no sea solo para ustedes, hijitos, sino llévenla a los demás en alegría y humildad. Yo estoy con ustedes y oro por ustedes en este tiempo de gracia que Dios desea darles. Mi presencia aquí es un signo de amor, mientras estoy con ustedes, para protegerlos y guiarlos a la eternidad.

¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”


Aparición anual a Jakov del 25 de diciembre de 2018

En la última aparición diaria del 12 de setiembre de 1998, la Virgen le dijo a Jakov Colo que tendría una aparición cada año, el 25 de Diciembre. Así ha ocurrido también este año. La Virgen vino con el Niño Jesús en brazos. La aparición comenzó a las 13:38, y duró 9 minutos.

La Virgen vino con el Niño Jesús en brazos. La Virgen dirigió el siguiente mensaje a través de Jakov:

“Queridos hijos, en este día de gracia los invito al amor. Hijitos, Dios los ama inmensamente y por eso, hijitos, llenos de confianza, sin mirar hacia atrás y sin temor, entréguenle completamente sus corazones para que Dios los colme de Su amor. No tengan temor de creer en Su amor y misericordia porque Su amor es más fuerte que cualquier debilidad y temor de ustedes. Por eso, hijos Míos, llenos de amor en sus corazones, confíen en Jesús y exprésenle su Sí, porque Él es el único camino que los lleva al Padre Eterno.

Gracias por haber respondido a Mi llamado”.


Mensaje,
2 de Enero de 2019
Vidente Mirjana

“Queridos hijos, lamentablemente entre ustedes, Mis hijos, hay mucha lucha, odio, intereses personales y egoísmo. Hijos Míos, ¡cuán fácilmente olvidan a Mi Hijo, Sus palabras, Su amor! La fe se extingue en muchas almas y los corazones están siendo atrapados por las cosas materiales del mundo. Pero Mi Corazón maternal sabe que aún hay quienes creen y aman, que intentan acercarse lo más posible a Mi Hijo, que incansablemente buscan a Mi Hijo y, de esta manera, Me buscan a Mí. Son los humildes y los mansos que sobre llevan sus dolores y sufrimientos en silencio, con sus esperanzas y sobre todo con su fe. Son los apóstoles de Mi amor.

Hijos Míos, apóstoles de Mi amor, les enseño que Mi Hijo no solo pide oraciones continuas, sino también obras y sentimientos; pide que crean, que oren, que con sus oraciones personales crezcan en la fe, crezcan en el amor. Amarse unos a otros es lo que Él pide: éste es el camino a la vida eterna. Hijos Míos, no olviden que Mi Hijo trajo la luz a este mundo y la trajo a quienes quisieron verla y recibirla. Sean ustedes de esos; porque es la luz de la verdad, de la paz y del amor. Los conduzco maternalmente a adorar a Mi Hijo, a amar Conmigo a Mi Hijo; a que sus pensamientos, palabras y obras se orienten hacia Mi Hijo y que estos sean en Su nombre. Solo entonces Mi Corazón estará colmado.

¡Les doy las gracias!”


Fuente:
https://rosasparalagospa.com/

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30 de Diciembre: Milagro Eucarístico de Florencia (1230)

30 de Diciembre y 24 de Marzo
Años: 1230 y 1595 / Basílica de San Ambrosio en FLORENCIA, Italia
Dos Milagros Eucarísticos



Milagro Eucarístico de Florencia

En la iglesia de San Ambrosio en Florencia se custodian las Reliquias de dos Prodigios Eucarísticos sucedidos en 1230 y 1595. En el milagro del año 1230, un Sacerdote, luego de haber celebrado la Misa, dejó por distracción algunas gotas de vino consagrado en el cáliz. Al día siguiente, regresando a la iglesia para celebrar la Misa, encontró dentro del cáliz gotas de Sangre viva coagulada y convertida en carne. Fue recogida inmediatamente en una ampolla de cristal. El otro Milagro Eucarístico sucedió el Viernes Santo del año 1595. Habiéndose desatado un furioso incendio en la iglesia, permanecieron prodigiosamente intactas algunas Partículas consagradas.

Reliquia de las gotas de vino transformadas en Sangre viva.

Reliquia de las Hostias que sobrevivieron al incendio.

 

 

 

 

 

 

 

 

1230

El primer Milagro ocurrió el 30 de diciembre de 1230. Un Sacerdote llamado Uguccione, al momento de concluir la Misa no se dio cuenta que había dejado algunas gotas de vino consagrado en el cáliz; estas mismas se convirtieron luego en Sangre visible. El historiador Juan Villani hizo una cuidadosa descripción del Milagro:

“Al día siguiente, tomando nuevamente aquel cáliz, encontró dentro de él Sangre viva coagulada […] Esto fue manifestado a todas las mujeres de aquel monasterio y a todos los vecinos allí presentes, al Obispo y a todo el Clero. También fue expuesto ante la vista de todos los florentinos, los cuales, con gran devoción, se reunieron alrededor para observar. Luego, depositaron la Sangre en una ampolla de cristal, que aún hoy se muestra al pueblo con gran reverencia”.

Fresco presente en la Basílica. Está representado el primer Milagro de 1230 en el que el sacerdote Uguccione lleva la Sangre en procesión.

El Obispo Ardingo de Pavia ordenó que se llevase la Reliquia al Obispado, y luego de algunas semanas fue restituida a las Monjas del monasterio que la custodiaron en la iglesia de San Ambrosio. El Papa Bonifacio IX, en 1399, concedió la misma indulgencia de la Porciúncula a los fieles que visitaran la iglesia de San Ambrosio y contribuyesen en el adorno de la Reliquia del Milagro. En 1980 se celebró el 750° aniversario del Prodigio.

La Reliquia del Milagro (algunas gotas de Sangre de un centímetro cuadrado) se conservan en una preciosa Custodia colocada al interior de un tabernáculo de mármol blanco, realizado por Mimmo de Fiesole.

Tabernáculo, obra de Mino de Fiesole, donde se conservan las Reliquias de los dos Milagros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1595

El 24 de marzo de 1595, Viernes Santo, durante la celebración litúrgica se desató un incendio en la iglesia de San Ambrosio. Una vela encendida, puesta sobre el altar de la capilla lateral, llamada del Sepulcro, cayó en el suelo causando un gran incendio. Todos procuraron salvar el Santísimo Sacramento, pero en la confusión la Píxide que contenía las Hostias para la Comunión de los enfermos cayó al suelo y salieron seis Hostias que se perdieron en el fuego. Acabado el incendio, encontraron las seis Hostias totalmente intactas y unidas entre sí. Todavía son visibles.

En 1628, el Arzobispo de Florencia, Marzio Medici, después de haberlas examinado, las encontró incorruptas, ordenando que fuesen colocadas en un precioso relicario. Cada año, durante las Cuarenta horas celebradas en el mes de mayo, las dos Reliquias son expuestas juntas en un Relicario junto con una Hostia consagrada para la adoración pública.

Basílica de San Ambrosio en Florencia.


Fuente:
P. Ángel María Rojas S.J.  LA EUCARISTÍA MILAGRO VIVO.
Carlo Acutis: Florencia-spanish

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29 de Diciembre: Visiones del Infierno por Sor Josefa Menéndez (1890-1923)

29 de Diciembre
Años: 1920-1923 / Lugar: DES FEUILLANTS-POITIERS, Francia
Revelaciones del Corazón de Jesús
Vidente: Sor Josefa Menéndez (1890-1923)

Josefa Menéndez nació en Madrid el 4 de Febrero de 1890. Provenía de una familia modesta. Como hija mayor se desempeñó como costurera desde 1907. Poseía cualidades de liderazgo y carácter alegre. En 1912 murió su padre. Sentía vocación monacal pero sólo cuando su hermana menor fue capaz de hacerse cargo de la casa, fue que ingresó en 1917, al Noviciado de las Filles Réparatrices du Divin-Cœur, con una gran pena para su madre. El 5 de febrero de 1920, se unió a la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús en el monasterio de las monjas Des Feuillants de Poitiers, en Francia. En el monasterio, la Hermana Josefa experimentaba visiones del Sagrado Corazón de Jesús, de las cuales hacía registros escritos. También tuvo numerosas visiones del Infierno y de los pecadores que allí habitan. En sus escritos, Sor Josefa explica cómo los condenados son torturados por demonios según las causas de sus pecados terrenales. Sor Josefa explica con detalles el sonido de los lamentos, cadenas y gritos de espanto que se pueden escuchar en el inframundo, así como el olor tóxico a azufre y carne podrida de los pecadores que se abrasan; tras la vuelta en sí de la visiones, las hermanas del monasterio podían apreciar en las vestimentas de Sor Josefa un extraño olor a carne podrida. Su investidura la realizó el 16 de julio de 1920, y profesó sus votos monásticos el 16 de julio de 1922. Murió el 29 de diciembre de 1923, a los 33 años.



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UN LLAMAMIENTO AL AMOR
De Sor Josefa Menéndez (1890–1923)

Religiosa Coadjutora de la Sociedad
del Sagrado Corazón de Jesús


Visiones del Infierno por Sor Josefa Menéndez

Jesucristo se le apareció a menudo, a Sor Josefa Menéndez, una monja de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, durante los años 1921, 1922 y 1923.

Sus Memorias están publicadas en un libro de más de 500 páginas titulado: Un Llamamiento al Amor.

En este Libro se explica el empeño de Jesús en salvar nuestras almas por el encuentro con Su Amor antes de “la aproximación de los últimos días del mundo”.

En la vida de Sor Josefa tuvo lugar un fenómeno muy raro en la vida de los Santos: conocer en carne propia los sufrimientos del infierno. Dios permitió al diablo que la bajase hasta el infierno. Allá, pasa largas horas, algunas veces una noche entera, en una indescriptible agonía. A pesar de que fue llevada al infierno más de un centenar de veces, a ella le parece que cada vez es la primera, y cada una le semeja tan larga como una eternidad. Soporta todas las torturas del infierno, con una sola excepción: el odio a Dios. No fue el menor de estos tormentos oír las estériles confesiones de los condenados, sus gritos de odio, de dolor y de desesperación.

A pesar de todo, cuando tras una larga espera vuelve a la vida, destrozada y agotada, con su cuerpo agonizante por el dolor, ella no se fija en el sufrimiento, por muy severo que sea, si con ello consigue salvar un alma de aquella espeluznante caverna de tormentos. A medida que empieza a respirar mejor, su corazón estalla de alegría al saber que aún puede amar al Señor.

Sor Josefa escribe con gran reticencia sobre el tema del infierno. Ella lo hizo solamente para conformar los benditos deseos de Nuestro Señor.

Nuestra Señora le dijo el 25 de octubre de 1922:

“Todo lo que Jesús te da a ver y a sufrir de los tormentos del infierno es para que puedas hacerlos conocer al mundo. Por lo tanto, olvídate enteramente de ti misma, y piensa en la gloria de la salvación de las almas.”

Ella repetidamente testifica sobre el mayor tormento del infierno:

«Una de estas almas condenadas gritó con desesperación: “Ésta es mi tortura… que deseo amar, y no puedo hacerlo; no hay nada que salga de mí excepto odio y desesperación. Si uno de nosotros pudiese hacer tanto como un simple acto de amor… esto ya no sería el infierno, pero no podemos. Vivimos en el odio y la malevolencia.” (23 de marzo 1922)»

Otro de estos desgraciados dijo: “El mayor de estos tormentos aquí es que no podemos amar a Dios. Mientras tenemos hambre de amor, estamos consumidos con el deseo de Él, pero ya es demasiado tarde.”

Ella registra también las acusaciones hechas contra sí mismos por estas infelices almas:

«Algunos gimen a causa del fuego que quema sus manos. Quizás ellos eran ladrones, porque dicen: “¿Dónde está nuestro botín ahora?… Malditas manos… ¿Por qué deseé poseer lo que no era mío… y que en cualquier caso, sólo podría haber poseído por unos pocos días?”

Otros maldicen sus lenguas, sus ojos… cualquier miembro que fuese la ocasión con la que pecaron… “¡Ahora, oh cuerpo, estás pagando el precio de los placeres con que te regalaste a ti mismo!… ¡Y todo ello lo hiciste por tu propia y libre voluntad!”… (2 de abril 1922)»

«Me pareció que la mayoría se acusaban a sí mismos de pecados de impureza, de robo, de comercio fraudulento; y la mayor parte de los condenados están en el infierno por estos pecados. (6 de Abril de 1922)»

«Algunos acusan a otras personas, otros a las circunstancias, y todos maldicen las ocasiones de su condenación. (Septiembre de 1922)»

«Vi a mucha gente del mundo terrenal caer dentro del infierno, y ahora las palabras no pueden describir ni por asomo sus horribles y espantosos gritos: “Condenado para siempre… Yo me engañaba a mi mismo… Estoy perdido… ESTOY AQUÍ PARA SIEMPRE JAMÁS”

«Hoy vi un vasto número de gente caer dentro del ardiente abismo… Parecían unos vividores acostumbrados a los placeres del mundo, y un demonio gritó con estruendo: “El mundo está maduro para mí… Yo sé que la mejor manera de conseguir el control de las almas es acrecentar su deseo por la diversión y el disfrute de los placeres… “Ponme a mí en primer lugar…”; “Yo antes que los demás…”; “Y sobre todo nada de humildad para mí, sino que déjame disfrutar a mis anchas…” Esta clase de palabras asegura mi victoria… y ellos mismos se lanzan en multitudes al fondo del infierno”. (4 de octubre de 1922)»

“Hoy”, escribe Josefa, “no bajé al infierno, sino que fui transportada a un lugar donde todo estaba oscuro, pero en el centro había un enorme y espantoso fuego rojo. Me dejaron inmóvil y no podía hacer ni el más mínimo movimiento. Alrededor de mí había siete u ocho personas, sus cuerpos negros estaban desnudos, y yo podía verlos sólo por los reflejos del fuego.

Estaban sentados y hablaban. “Un diablo dijo a otro: “Tenemos que ser muy cuidadosos para que no nos perciban. Podríamos ser fácilmente descubiertos”. “El diablo respondió:

“Insinuaos procurando que el descuido y la negligencia se apoderen de ellos, pero manteniéndoos en la sombra, para que no os descubran… gradualmente, ellos se volverán más y más descuidados, indiferentes al bien y al mal, sin ningún tipo de compasión ni amor, y vosotros seréis capaces de inclinarlos hacia el mal. Tentad a estos otros con la ambición, con el amor por sí mismos, que no busquen nada más que su propio interés, CON ADQUIRIR RIQUEZAS SIN TRABAJAR… de forma legal o no. Excitad a aquellos otros hacia la sensualidad y el amor al placer. Dejad que el vicio los ciegue”. (Aquí usaron palabras obscenas).

Y con el resto… explorad sus corazones… así conoceréis sus inclinaciones… haced que amen apasionadamente… Actuad sin ningún escrúpulo… no descanséis… no tengáis piedad… El mundo debe ir hacia la condenación… y que las almas no se me escapen.

De vez en cuando, los discípulos de Satán respondían: “Somos tus esclavos… trabajaremos sin descanso. Sí, muchos luchan contra nosotros, pero trabajaremos noche y día. ¡Conocemos tu poder!”

Hablaban todos a la vez, y el que yo entendí que era Satán usaba palabras espantosas. En la distancia, pude oír un bullicio de fiesta, el tintileo de las copas, y gritó: “¡Dejad que ellos mismos se junten en sus comidas! Eso lo pondrá todo más fácil para nosotros. Dejadlos que vayan a sus banquetes. El amor al placer es la puerta por la que vosotros os apoderaréis de ellos… Y esas almas ya no serían capaces de escapar de mí”. Añadió cosas tan horribles que nunca podrían ser escritas ni dichas. Luego, como sumergidos en un remolino de humo, se desvanecieron. (3 de febrero de 1923)

El demonio gritaba rabiosamente por un alma que se le escapaba: “Llenad su alma de miedo, llevadla a la desesperación. ¡Si ella pone su confianza en la misericordia de ese… (aquí usó palabras blasfemas contra Nuestro Señor) todo estará perdido! Pero no; llevadla a la desesperación, no la dejéis ni por un instante, por encima de todo, haced que se desespere…”

Entonces el infierno resonó con gritos frenéticos, y cuando finalmente el diablo me arrojó fuera del abismo, se fue amenazándome.

Entre otras cosas, decía: “¿Es posible que tales enclenques criaturas tengan más poder que yo, que soy tan poderoso?… Debo enmascarar mi presencia, trabajar en la sombra, cualquier esquina será buena para tentarlos… susurrando a un oído… en las hojas de un libro… debajo de una cama… Algunas almas no me prestan atención, pero hablaré y hablaré, y a fuerza de hablar, alguna palabra quedará… ¡Sí, debo ocultarme en lugares en los que no pueda ser descubierto!” (7, 8 febrero de 1923)

Josefa, en su retorno desde el infierno, notó lo siguiente: “Vi varias almas caer dentro del infierno, y entre ellas estaba una niña de quince años, maldiciendo a sus padres por no haberle hablado del temor de Dios ni por haberla avisado de que existía un lugar como el infierno. Su vida fue muy corta, decía ella, pero llena de pecado, porque ella le concedió hasta el límite todo lo que su cuerpo y sus pasiones le pedían en el camino de su autosatisfacción, especialmente había leído malos libros.” (22 de marzo de 1923)

“Los ruidos de confusión y blasfemias no cesan ni por un solo instante. Un nauseabundo olor asfixia y corrompe todo; es como el quemarse de la carne putrefacta, mezclado con alquitrán y azufre… una mezcla a la que nada en la Tierra puede ser comparable”. (4 de septiembre de 1922).

Otra vez, escribe: “Las almas estaban maldiciendo la vocación que habían recibido, pero no seguido… la vocación que habían perdido, porque no tenían la voluntad de vivir una vida oculta y mortificada…” (18 de marzo de 1922)

“La noche del miércoles al jueves 16 de marzo, serían las diez, empecé a sentir como los días anteriores ese ruido tan tremendo de cadenas y gritos. En seguida me levanté, me vestí y me puse en el suelo de rodillas. Estaba llena de miedo. El ruido seguía; salí del dormitorio sin saber a dónde ir ni qué hacer. Entré un momento en la celda de Nuestra Beata Madre… Después volví al dormitorio y siempre el mismo ruido. Sería algo más de las doce cuando de repente vi delante de mí al demonio que decía: “atadle los pies… atadle las manos”. Perdí conocimiento de dónde estaba y sentí que me ataban fuertemente, que tiraban de mí, arrastrándome. Otras voces decían: “No son los pies los que hay que atarle… es el corazón”. Y el diablo contestó: “ése no es mío”. Me parece que me arrastraron por un camino muy largo.

Empecé a oír muchos gritos, y en seguida me encontré en un pasillo muy estrecho. En la pared hay como unos nichos, de donde sale mucho humo pero sin llama, y muy mal olor. Yo no puedo decir lo que se oye, toda clase de blasfemias y de palabras impuras y terribles. Unos maldicen su cuerpo… otros maldicen a su padre o madre… otros se reprochan a ellos mismos el no haber aprovechado tal ocasión o tal luz para abandonar el pecado. En fin, es una confusión tremenda de gritos de rabia y desesperación.

Pasé por un pasillo que no tenía fin, y luego, dándome un golpe en el estómago, que me hizo como doblarme y encogerme, me metieron en uno de aquellos nichos, donde parecía que me apretaban con planchas encendidas y como que me pasaban agujas muy gordas por el cuerpo, que me abrasaban. En frente de mí y cerca, tenía almas que me maldecían y blasfemaban. Es lo que más me hizo sufrir… pero lo que no tiene comparación con ningún tormento es la angustia que siente el alma, viéndose apartada de Dios.

“Me pareció que pasé muchos años en este infierno, aunque sólo fueron seis o siete horas… Luego sentí que tiraban otra vez de mí, y después de ponerme en un sitio muy oscuro, el demonio, dándome como una patada me dejó libre. No puedo decir lo que sintió mi alma cuando me di cuenta de que estaba viva y que todavía podía amar a Dios.

“Para poderme librar de este infierno y aunque soy tan miedosa para sufrir, yo no sé a qué estoy dispuesta.

Veo con mucha claridad que todo lo del mundo no es nada en comparación del dolor del alma que no puede amar, porque allí no se respira más que odio y deseo de la perdición de las almas.” (…)

“Cuando entro en el infierno, oigo como unos gritos de rabia y de alegría, porque hay un alma más que participa de sus tormentos. No me acuerdo entonces de haber estado allí otras veces, sino que me parece que es la primera vez. También creo que ha de ser para toda la eternidad y eso me hace sufrir mucho, porque recuerdo que conocía y amaba a Dios, que estaba en la Religión, que me ha concedido muchas gracias y muchos medios para salvarme… ¿Qué he hecho para perder tanto bien…? ¿Cómo he sido tan ciega…? ¡Y ya no hay remedio…! También me acuerdo de mis Comuniones, de que era novicia, pero lo que más me atormenta es que amaba a Nuestro Señor muchísimo… Lo conocía y era todo mi tesoro… No vivía sino para Él… ¿Cómo ahora podré vivir sin Él…? Sin amarlo… oyendo siempre estas blasfemias y este odio… siento que el alma se oprime y se ahoga… Yo no sé explicarlo bien porque es imposible”.

Más de una vez presencia la lucha encarnizada del demonio para arrebatar a la Misericordia Divina tal o cual alma que ya creía suya. Entonces los padecimientos de Josefa entran, a lo que parece, en los planes de Dios, como rescate de estas pobres almas, que le deberán la última y definitiva victoria, en el instante de la muerte.

“El diablo estaba muy furioso porque quería que se perdieran tres almas… Gritaba con rabia: ¡Que no se escapen…! ¡Que se van…! ¡Fuerte…! ¡Fuerte! “Esto así, sin cesar, con unos gritos de rabia que contestaban, de lejos, otros demonios. Durante varios días presencié estas luchas.

“Yo supliqué al Señor que hiciera de mí lo que quisiera, con tal que estas almas no se perdiesen. Me fui también a la Virgen y Ella me dio gran tranquilidad porque me dejó dispuesta a sufrirlo todo para salvarlas, y creo que no permitirá que el diablo salga victorioso” (…)

“El demonio gritaba mucho: ¡No la dejéis…! ¡Estad atentos a todo lo que las pueda turbar…! ¡Que no se escapen… haced que se desesperen…! Era tremenda la confusión que había de gritos y de blasfemias. Luego oí que decía furioso: ¡No importa! Aún me quedan dos… Quitadles la confianza… Yo comprendí que se le había escapado una, que había ya pasado a la eternidad, porque gritaba: Pronto… De prisa… Que estas dos no se escapen… Tomadlas, que se desesperen… Pronto, que se nos van.

“En seguida, con un rechinar de dientes y una rabia que no se puede decir, yo sentía esos gritos tremendos: ¡Oh, poder de Dios que tienen más fuerza que yo…! ¡Todavía tengo una… y no dejaré que se la lleve…! El infierno todo ya no fue más que un grito de desesperación, con un desorden muy grande y los diablos chillaban y se quejaban y blasfemaban horriblemente. Yo conocí con esto que las almas se habían salvado. Mi corazón saltó de alegría, pero me veía imposibilitada para hacer un acto de amor. Aún siento en el alma necesidad de amar… No siento odio hacia Dios como estas otras almas, y cuando oigo que maldicen y blasfeman, me causa mucha pena; no sé qué sufriría para evitar que Nuestro Señor sea injuriado y ofendido. Lo que me apura es que pasando el tiempo seré como los otros. Esto me hace sufrir mucho, porque me acuerdo todavía que amaba a Nuestro Señor y que Él era muy bueno conmigo. Siento mucho tormento, sobre todo estos últimos días. Es como si me entrase por la garganta un río de fuego que pasa por todo el cuerpo, y unido al dolor que he dicho antes. Como si me apretasen por detrás y por delante con planchas encendidas…

No sé decir lo que sufro… es tremendo tanto dolor… Parece que los ojos se salen de su sitio y como si tirasen para arrancarlos… Los nervios se ponen muy tirantes. El cuerpo está como doblado, no se puede mover ni un dedo…

El olor que hay tan malo, no se puede respirar, pero todo esto no es nada en comparación del alma, que conociendo la Bondad de Dios, se ve obligada a odiarle y, sobre todo, si le ha conocido y amado, sufre mucho más…”.

Josefa despedía este hedor intolerable siempre que volvía de una de sus visitas al infierno o cuando la arrebataba y atormentaba el demonio: olor de azufre, de carnes podridas y quemadas que, según fidedignos testigos, se percibía sensiblemente durante un cuarto de hora y a veces media hora; Y cuya desagradable impresión conservaba ella misma mucho más tiempo todavía.

“Oí a un demonio, del cual había escapado un alma, forzado a confesar su impotencia. ‘Desconcertante… ¿cómo pueden hacer para que se me escapen tantas? Eran mías’ (y enumeró sus pecados)… ‘Trabajé muy duramente, y aún así se escaparon entre mis dedos… Alguien debe estar sufriendo y reparando por ellos.'” (15 de enero de 1923).


Aquí está, finalmente, el texto completo de las notas de sor Josefa sobre “El infierno de las almas consagradas”.
(Biografía: Capítulo VII, 4 de septiembre de 1922).

“La meditación del día fue sobre el Juicio particular de las almas religiosas. Yo no podía liberar mi mente de este pensamiento, a pesar de la opresión que sentía. De pronto, me sentí rodeada y oprimida por un gran peso, de tal forma que en un instante, vi más claramente que nunca antes lo maravillosa que es la Santidad de Dios y Su aborrecimiento del pecado.

“Vi en un instante mi vida entera, desde mi primera confesión hasta este día. Todo me fue vívidamente presentado: mis pecados, las gracias que recibí, el día que entré en religión, mis vestidos de novicia, mis primeros votos, mis lecturas espirituales, mis tiempos de oración, los avisos que me fueron dados, y todas las ayudas de la vida religiosa. Imposible describir la confusión y la vergüenza que una alma siente en ese momento, cuando se da cuenta: ‘todo está perdido, y estoy condenada para siempre.'”

Como en sus anteriores descensos al infierno, sor Josefa nunca se acusaba a sí misma de ningún pecado específico que pudiera haberla conducido a tal calamidad. Nuestro Señor había proyectado únicamente que ella sintiera las consecuencias, si hubiera merecido tal castigo. Sor Josefa escribió:

“Instantáneamente, me encontré a mí misma en el infierno, pero no arrastrada allí como antes. El alma se precipita allí ella misma, como si fuera para esconderse de Dios y así ser libre de odiarlo y maldecirlo.

“Mi alma se precipitó en las profundidades abismales, cuyo fondo no puede ser visto, porque es inmenso… al mismo tiempo que oí a otras almas riéndose y alegrándose de verme compartir sus tormentos. Fue martirio suficiente oír las terribles imprecaciones provenientes de todas partes, pero que no puede ser comparado con la sed de lanzar maldiciones que se apodera de las almas, y cuanto más se maldice, más se desea maldecir y más aumenta esta sed. Nunca había sentido lo mismo antes. Las últimas veces mi alma había sido oprimida de angustia al oír estas horribles blasfemias, a pesar de ser completamente incapaz de producir ni un solo acto de amor. Pero hoy fue de otra manera.

“Vi el infierno como siempre antes, los largos corredores oscuros, las cavidades, las llamas… Oí las mismas blasfemias e imprecaciones, porque —y de esto he escrito ya antes— a pesar de que no eran visibles formas corporales, los tormentos se sentían como si estuvieran presentes, y las almas se reconocen las unas a las otras. Una dijo: ‘Hola, ¿tú por aquí? ¿Y estás tú como nosotros? Nosotros éramos libres de tomar esos votos o no… ¡Pero no!’ Y maldecían sus votos.

Algunas almas maldecían la vocación que habían recibido, y a la que no habían correspondido… la vocación que habían perdido porque no habían querido vivir humildes y mortificados…

En una ocasión, cuando estaba en el infierno, vi un gran número de sacerdotes, religiosos y monjas, maldiciendo sus votos, sus órdenes, a sus superiores y a todo aquello que les había dado la Luz y la gracia que habían perdido.

Vi también a algunos prelados. Uno se acusaba a sí mismo de haber utilizado ilícitamente los bienes pertenecientes a la Iglesia. (28 de septiembre de 1922)

Los sacerdotes lanzaban maldiciones contra sus lenguas, las cuales habían consagrado; contra sus dedos, que habían portado el Sagrado Cuerpo de Nuestro Señor; contra las absoluciones que habían concedido; mientras ellos estaban perdiendo sus propias almas; y contra la ocasión por la cual habían caído en el infierno. (6 de abril de 1922)

Un sacerdote decía: “Trago veneno porque usé dinero que no era mío… el dinero que me daban por las Misas que no ofrecí”.

Otro decía que había pertenecido a una sociedad secreta que había traicionado a la Iglesia y a la religión. Y que había sido sobornado para cometer toda clase de terribles profanaciones y sacrilegios.

Y otro más decía que había sido condenado por asistir a diversiones obscenas, tras las cuales no debería haber celebrado la Misa… y que él había pasado unos siete años así.

“Todo esto lo sentí como antes, y a pesar de que estas torturas eran terroríficas, serían soportables si el alma estuviera en paz. Pero sufre indescriptiblemente. Hasta ahora, cuando bajaba al infierno, pensaba que había sido condenada por abandonar la vida religiosa. Pero esta vez fue diferente. Portaba una marca especial, un signo de que yo era una religiosa, un alma que había conocido y amado a Dios, y había otros que portaban el mismo signo. No puedo decir cómo lo reconocí, quizás en la manera especial de insultarlos con que los trataban los espíritus malvados y otras almas condenadas. También había muchos sacerdotes allí. Este sufrimiento particular no soy capaz de explicarlo. Era mucho más diferente del que había experimentado en otras ocasiones, porque si las almas de esos que vivieron en el mundo sufren terriblemente, infinitamente peor son los tormentos de los religiosos. Incesantemente, las tres palabras, Pobreza, Castidad y Obediencia, son impresas sobre el alma con punzante remordimiento.

“Pobreza: ¡Eras libre y lo prometiste! ¿Por qué, entonces, buscaste aquella comodidad? ¿Por qué tomaste aquella cosa que no te pertenecía? ¿Por qué diste ese placer a tu cuerpo? ¿Por qué te permitiste disponer de la propiedad de la comunidad? ¿No sabías que ya no tenías el derecho de poseer nada, que habías renunciado libremente al uso de esas cosas?… ¿Por qué murmurabas cuando no había nada para ti, o cuando te imaginabas peor tratado que los otros? ¿Por qué?

“Castidad: Tú mismo hiciste ese voto libremente y con pleno conocimiento de sus implicaciones… te obligaste a ti mismo… lo querías… ¿Y cómo lo has observado? Siendo así, ¿por qué no permaneciste donde habría sido lícito para ti concederte placeres y alegría?

“Y el alma torturada responde: ‘Sí, hice esos votos; era libre… habría podido no hacer el voto, pero lo hice y era libre…’ ¿Qué palabras pueden expresar el martirio de tal remordimiento?” —escribe sor Josefa—, “y todo el tiempo las imprecaciones e insultos de otras almas condenadas continúan.

“Obediencia: ¿No te comprometiste completamente a obedecer la Regla y a tus Superiores? ¿Por qué, entonces, juzgabas las órdenes que te eran dadas? ¿Por qué desobedecías la Regla? ¿Por qué te dispensabas de la vida comunitaria? Recuerda qué dulce era la Regla… y no la guardaste… y ahora,” —gritan voces satánicas—, “tienes que obedecernos a nosotros no sólo por un día o un año, o un siglo, sino por siempre jamás, por toda la eternidad… Es tu propia obra… Eras libre.

“El alma constantemente recuerda cómo había elegido para sí a Dios como su Esposo, y que una vez Lo amara sobre todas las cosas… que por Él había renunciado a los más legítimos placeres y a todo lo que consideraba más querido en la Tierra, que en el comienzo de su vida religiosa había sentido toda la pureza, dulzura y fuerza de este Amor Divino, y que por una pasión desordenada… ahora debe odiar eternamente al Dios que había elegido para amar.

“Este odio forzado es un tormento devorador que consume el alma, ninguna alegría del pasado puede aportar ni el más mínimo alivio.

“Uno de sus mayores tormentos es la vergüenza”, —añade sor Josefa—. “Le parece que todos los condenados de su alrededor se burlan continuamente de ella diciendo: ‘Que se perdiera quien nunca tuvo las ayudas de las que tú disfrutaste no sería una sorpresa… pero tú… ¿de qué careciste? Tú, que vivías en el palacio del Rey… que festejabas en la Mesa de los elegidos.’

“Todo lo que he escrito,” —concluye—, “no es más que una sombra de lo que el alma sufre, porque las palabras no pueden expresar tan espantosos tormentos.” (4 de septiembre de 1922).


Fuente:
http://tealabamos.com/wp-content/uploads/2018/10/un-llamamiento-al-amor.pdf

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29 de Diciembre: Santo Tomás Becket, Arzobispo de Canterbury y Mártir (1117 †1170)

Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año – Madrid, 1780 – Diciembre, Día 29, Página 550.



Santo Tomás Becket, Arzobispo y Mártir

Santo Tomás era inglés, de una familia distinguida por su nobleza antigua y por su piedad. Nació en Londres a 21 de Diciembre del año 1117. Sus padres le pusieron el nombre de Tomás, por haber nacido el día de este Santo Apóstol. Su padre, llamado Gilberto Beker, siendo todavía joven, se cruzó por devoción, e hizo el viaje de la Tierra Santa con otros Caballeros ingleses, para servir en la guerra contra los infieles. Habiendo caído en una emboscada de sarracenos, visitando los Santos Lugares, fue preso y hecho esclavo el año de 1114. Sus bellas prendas le merecieron una particular atención de su señor, que era uno de los primeros oficiales de su Nación, y lo hicieron amar de la hija única de aquel Emir, la que embelesada con lo que le había oído decir de nuestra Religión, deseó hacerse cristiana. Habiéndose escapado Gilberto de su prisión, al cabo de diez y ocho meses, la hija del Emir huyó de la casa de su padre, dejó su país, y vino a Inglaterra a encontrar a Gilberto. El Obispo la bautizó, y la puso el nombre de Matilde: la que habiendo casado con Gilberto, fue madre de nuestro Santo: a quien crió con el mayor cuidado en el espíritu y máximas de la Religión cristiana, siendo ella misma el ejemplo de las señoras cristianas. De ella con especialidad aprendió Tomás a honrar con ternura a la Santísima Virgen, a quien hizo escogiera por su singular Patrona, y de quien fue tan devoto toda su vida.

El joven Tomás sacó del vientre de su madre las más bellas partidas, las que fueron cultivadas con una dichosa educación. Tenía un entendimiento vivo y despejado, un juicio sólido, y una memoria, que conservaba tenazmente cuanto se la confiaba. Su aire, su vivacidad, sus modales se llevaban tras sí a todos. Vuelto su padre del segundo viaje de la Tierra Santa, lo puso de pensionista en un Monasterio, para formarlo en los principios de la Religión, y en los ejercicios de la piedad cristiana. Hizo allí tantos progresos en la virtud, como en las letras humanas, en las cuales salió muy hábil. Era el honor y la gloria de sus maestros, y daba a conocer lo mucho que se aprovechaba de los cuidados que empleaban en su educación, cuando perdió a su padre y a su madre casi a un mismo tiempo. A los veinte y un años de edad se vio abandonado a sí mismo, pero sin embargo de los malos ejemplos que veía, supo usar bien de su libertad. Fue a París a continuar sus estudios, donde se distinguió, especialmente en la ciencia del derecho.

Sus padres le habían dejado muchas virtudes, pero pocos bienes. Habiéndolo tomado un señor principal por su secretario, quiso que le acompañara en todas sus diversiones. La caza fue donde más gusto hallaba; pero Dios hizo un milagro para sanarlo de esta pasión. Un día que cazaba al vuelo, o de cetrería, a la orilla de un río, habiendo su halcón hecho meter en el río a una Ánade, a quien perseguía, y habiéndose metido en el agua con ella, el temor de perderlo le hizo arrojarse al río, sin advertir el peligro a que se exponía, por libertar su halcón: la corriente del agua lo llevó hasta un molino, donde iba a ser estrellado contra el rodezno, cuando por un milagro visible el rodezno paró de repente, hasta que fue sacado Tomás del agua. Reconoció el favor de una protección tan visible, y renunció a todas estas diversiones, aplicándose desde entonces a ocupaciones más serias. Sin embargo de la reputación que adquirió en la administración de los negocios civiles, se disgustó de ellos, y no pudiendo su rectitud sufrir las vejaciones, y las injusticias que veía, se arrimó a Teobaldo, Arzobispo de Cantorberi, quien reconociendo en él un ingenio sobresaliente, y un gran fondo de piedad, lo empleó en el despacho de los mayores negocios de su Diócesis. Lo envió a Roma por negocios muy delicados; pero Tomás nada emprendió jamás conque no saliera felizmente. Advirtiendo cada día el Arzobispo más mérito en su superintendente, creyó no podía hacer mayor servicio a la Iglesia que conquistarle un tan digno sujeto, y así lo ordenó de Diácono.

Era demasiado grande su mérito para no tener envidiosos. Rogerio, Arcediano de Cantorberi, fue toda su vida su enemigo mortal. Tomás no le correspondió sino con una inalterable paciencia. Habiendo sido creado el Arcediano el Arzobispo de Yorck, Thobaldo dio a nuestro Santo el Arcedianato, y proveyó también en él algún otro Beneficio. El aumento de rentas solo sirvió para hacerlo más limosnero, tanto, que sus grandes limosnas le consiguieron bien pronto el nombre de padre de los pobres. Haciéndose cada día más visible el mérito del nuevo Arcediano, el Rey Enrique II quiso conocer y tratar personalmente a un ingenio tan extraordinario, y de una virtud, que era el objeto de los aplausos de toda la Corte. Apenas hubo hablado con él, cuando conoció que su mérito era muy superior a su fama, y sin detenerse lo hizo su Canciller.

Jamás se vio Ministro de Estado, ni tan celoso de los intereses de su Rey, ni tan deseoso del bien público. Jamás se sirvió del favor que lograba con el Rey, sino para el alivio del pueblo; y si el Rey lo honraba con toda su confianza, el canciller hacía a su Reino feliz. El puesto que tenía en la Corte no le hacía olvidarse del que tenía en su Iglesia; y se veía en el Ministro de Estado más prudente y más hábil que hubo jamás, el Eclesiástico más ejemplar y más perfecto que jamás se había visto en Inglaterra. Empleaba el día en el despacho, y pasaba la mayor parte de la noche en oración; tan modesto y tan mortificado en la Corte, como el más fervoroso Religioso en el Claustro; y si después de sus largas oraciones le obligaban a tomar algunos momentos de descanso, no dormía en la cama que tenía de perspectiva, sino en tierra. El mismo Rey lo sorprendió alguna vez en este ejercicio de austeridad. Pocas noches se pasaban sin que maltratara su cuerpo con sangrientas disciplinas. La penitencia fue, por decirlo así, su pasión dominante, y la profusión y liberalidad con los pobres, a quienes jamás rehusó la limosna, hadan todas sus delicias.

Advirtiendo el Rey los prodigiosos talentos de su Canciller, y su raro mérito, le confió la educación del Príncipe Enrique su hijo. Nada omitió nuestro Tomás para hacer de él un Rey según el corazón de Dios, no se vio jamás educación más bella. Los servicios que Tomás hacía al Estado, no se estrecharon a la Familia Real; lo envió el Rey a Francia, en calidad de Embajador extraordinario, acompañó a Enrique a Guinea, y en todas partes dio pruebas visibles de cordura, de prudencia, de habilidad y de valor. Mientras que el Canciller de Inglaterra, brillaba tanto en la Corte, y era la admiración de las Cortes extranjeras, el Arzobispo Teobaldo dejó vacante por su muerte la Silla de Cantorberi; desde luego, pusieron todos los ojos en el Canciller; el mismo Rey creyó no podía encontrar sujeto más digno; y así, lo mismo fue verlo, que decirle lo había escogido para la primera Silla de Inglaterra. Tomás se asustó al oír la propuesta del Rey; le representó su insuficiencia para un cargo, que pedía otra virtud y otra ciencia que la que podía él tener. Estos humildes sentimientos, y toda su respetuosa, representación, solo sirvieron para confirmar su elección. Viendo entonces que era preciso obedecer, dijo nuestro Santo: Señor, estoy muy seguro, que si Dios permite que yo sea Arzobispo de Cantorberi, perderé bien pronto la gracia y el favor de Vuestra Majestad, y que el grande afecto con que ahora me honra se convertirá en un odio implacable porque las disposiciones con que veo a Vuestra Majestad me dan sobrado motivo para temer ha de querer exigir de mí muchas cosas contrarias a los derechos de la Iglesia, y que no me permitirá concederos mi ministerio; lo cual servirá de pretexto a todos los que no me quieren bien, para desacreditarme con vuestra Majestad, y hacerme perder los frutos del celo y fidelidad con que hasta aquí le he servido.

El Rey pareció pasmarse al oír una respuesta tan libre, pero sin embargo perseveró en su resolución, y como se hallaban en Normandía, le mandó pasase al instante la mar, y fuese a tomar posesión de su Obispado; lo que se ejecutó, por mas súplicas y representaciones que hizo Santo Tomás. Se juntó el Clero en Londres en la Abadía de Westminster, y todos confirmaron elección del Rey, quedando Tomás elegido Arzobispo de Cantorberi con general aplauso en presencia del joven Príncipe Enrique, su discípulo; fue luego conducido a Cantorberi, donde se ordenó de Presbítero el Sábado 2 de Junio, y el día siguiente fue consagrado Obispo por el Obispo de Winchester, con asistencia de otros 14 Prelados más, en presencia del Príncipe y de toda la Nobleza.

Jamás se vio consagración más aplaudida, ni Obispo que mantuviese más dignamente su carácter. La alta dignidad a que nuestro Santo acababa de ser ensalzado, no aflojó el espíritu de penitencia y de humildad del nuevo Prelado: apenas recibió el Palio, que el Papa Alejandro III le envió, cuando abrazó la disciplina Monástica Regular del Cabildo de su Catedral, llevando el hábito religioso debajo del de Prelado, y teniendo la vida más austera. Se aplicó más que nunca a mortificar su carne y sus sentidos con continuos ayunos, vigilias y otras mortificaciones corporales, se vistió asimismo un áspero silicio, el que no se quitó en toda su vida. Lavaba los pies a trece pobres al amanecer, y daba de comer cada día en su palacio a ciento y doce. Decía Misa todos los días con una devoción tan grande, que se comunicaba hasta a los asistentes; después de lo cual iba a visitar los hospitales, y a otros pobres enfermos. Tenía tan arregladas en su casa las horas del Oficio Divino, las conferencias, y otros ejercicios de piedad, que vino a ser el ejemplo de las Casas más regulares, y si se había hecho tan célebre siendo Canciller, siendo Arzobispo fue el modelo de los más grandes y más santos Prelados de la iglesia.

La ejemplar piedad y la constante regularidad del Pastor reformaron bien pronto el rebaño. En muy poco tiempo los abusos fueron abolidos, corregidos los desórdenes, y toda la Diócesis mudó de semblante. No hacía, más que un año que el Santo Prelado ocupaba la Silla Metropolitana, cuando se vio precisado a pasar la mar, para asistir al Concilio de Tours, en que presidía el Papa. Todos los Cardenales salieron a recibirlo, y Alejandro III lo recibió asimismo como a un Prelado, que era el ornamento de la Iglesia. El Concilio pronunció anatema contra todos los usurpadores de los bienes de la Iglesia y contra los Obispos y Monjes que no se opusieran a semejantes, usurpaciones.

Vuelto Santo Tomás a Inglaterra, fue recibido del Rey con unas demostraciones de honra y amistad todavía mayores, que las que había experimentado hasta entonces: pero este favor no duró mucho tiempo. El Rey llevó mal que el Santo quisiera hacer dejación del empleo de Canciller, y que hubiera ejecutado la disposición del Concilio de Tours y excomulgando a un señor, patrono de una Parroquia. Pero lo que acabó de exasperar al Rey contra el Santo, fue la constancia con que defendió que los Eclesiásticos no debían ser juzgados por los Jueces seculares, sino por los Obispos, o sus Vicarios. El Rey miró esta pretensión como una injuria de la autoridad Real, y juntó una Asamblea de Obispos de Westminster, en la que el Santo Arzobispo defendió con vigor los derechos de la Iglesia; y aunque la indignación del Rey inclinó hacia sí a la mayor parte de los Prelados, Santo Tomás se mantuvo inflexible, pero en fin, movido de las lágrimas de la mayor parte, que no cesaban de rogarle, y representarle que mirase por la quietud del Estado, y por la paz de la Iglesia, hubo de ceder, y obligarse bajo de juramento a seguir la costumbre. Pero no estuvo mucho tiempo sin arrepentirse; su Porta-Cruz, o Crucero, hombre piadoso y celoso, no temió echarle en cara que había vendido a la Iglesia, y la había sido traidor. La voz de este hombre dice el Cardenal Baronio, fue el canto del gallo que despertó a San Pedro. Nuestro Prelado detestó su cobardía, lloró su culpa, y se abstuvo de decir Misa, hasta que el Papa, que estaba en Sens, le hubo enviado la absolución de su culpa. Creyó debía ceder a la tempestad, y retirarse a Francia, cerca del Papa; pero los vientos contrarios le obligaron a volverse a su Iglesia, donde trabajó con mas celo que nunca. El Rey siempre irritado contra el Santo Prelado, suplicó al Papa nombrara por su Legado al Arzobispo de Yorck, en lugar del de Cantorberi. El Papa lo rehusó mucho tiempo, pero temiendo las consecuencias que podrían resultar de no asentir a las instancias de un Rey irritado y violento, vino en elfe por el bien de la paz: pero aunque transfirió la Dignidad de Legado Apostólico al Arzobispo de Yorck, no le dio jurisdicción alguna sobre el de Cantorberi, ni sobre alguno de sus sufragáneos.

El Rey poco contento de esta exención, le volvió a enviar el Breve al Papa, y determinó hacer deponer al Santo Arzobispo. Hizo amontonar varias acusaciones contra el Santo; convocó un Parlamento en Nortantón, en el que fue obligado Santo Tomás a comparecer como reo, y no como Arzobispo: fue condenado en él por los Obispos y Señores: todos sus bienes fueron confiscados, y la confiscación se puso en manos del Rey como por gracia. En medio de una tan violenta borrasca el Santo no perdió su tranquilidad y su paz. Se vio despojado de todo sin quejarse; y sabiendo que había de haber una junta para deponerlo, creyó que este día iba a ser el último de su vida. Dijo Misa de San Esteban con el Palio, para disponerse a morir; y tomando él mismo el Sacramento con la Cruz, se presentó ante el Rey, el cual tomó esté procedimiento por un insulto. Recibió mil ultrajes en palacio; y habiéndole dicho que había sido depuesto, oyó con serenidad su deposición, y apeló a la Santa Sede. El Santo Prelado cargado de injurias por sus propios hermanos, insultado por los Barones y Cortesanos, y ultrajado de varios modos por los oficiales del rey y por sus criados, salió de palacio muy gozoso por haber sido juzgado digno de padecer por la justicia. Pero habiéndole dicho que su vida no estaba segura, se huyó secretamente una noche, y pasó a Francia, donde fue muy bien recibido del rey, quien le ofreció su protección. El mismo acogimiento halló en el Papa, a quien le hizo una simple, pero verdadera relación de todo lo que había pasado, y le suplicó, que, pues él solo había sido la causa de la tempestad, se dignase admitir su dejación; y sacando al punto el anillo Episcopal de su dedo, se lo presentó al Papa, y se retiró de la junta. Pero habiéndolo hecho llamar el Soberano Pontífice, alabó su celo y su piedad, le puso él mismo en el dedo el anillo, y lo restableció en su Silla; pero por no exasperar más a Enrique, aconsejó al Santo se retirara a la Abadía de Pontiñi, del Orden del Cister, esperando reconciliarlo bien pronto con el rey.

No se puede explicar, el gozo que mostró, el Santo al verse en este sagrado asilo después de tantos trabajos; aquí fue donde se entregó a todas las dulzuras de la oración, y a todos los rigores de la penitencia. El rey de Inglaterra, irritado del favor que el Santo había experimentado en Francia del Papa y del rey, hizo confiscar todos sus bienes, y los de sus parientes y amigos, los desterró a todos de sus estados, y los obligó, bajo de juramento, a ir a buscar al Santo en su retiro. Santo Tomás vio muy en breve llegar a Pontiñi esta tropa de gentes proscritas y desterradas por él, las cuales se le iban a quejar de su desgracia. El Santo se enterneció al ver este espectáculo; las lágrimas y los clamores de tantos inocentes fueran para él el más cruel suplicio, pero su consciencia quedó siempre invicta. El rey cada día más furioso, hizo grandes amenazas al Papa, diciéndole que llevaría su resentimiento hasta los últimos excesos; pero todo fue en vano. Restablecido Enrique de una peligrosa enfermedad, suplicó al Papa enviara a Inglaterra un Legado a latere, para terminar todas estas diferencias. Pero temiendo igualmente que el Santo Prelado fulminase contra él desde Pontiñi las anatemas de la Iglesia, escribió una carta llena de amenazas al Capitulo General del Cister, diciendo, que si proseguían en dar asilo al Santo Prelado, iba a echar de Inglaterra a todos los Religiosos Cistercienses.

Luego que nuestro Santo tuvo noticia de esta carta, salió de Pontiñi, y se retiró al Monasterio de Santa Columba. No habiendo surtido efecto las proposiciones de paz que se le hicieron a Enrique; el rey de Francia compadecido de la larga opresión de nuestro Santo, determinó ser él mismo el mediador entre el Santo y su rey, y hacer que volviera a ocupar su Silla. Tuvo algunas conferencias con Enrique, que se hallaba en Normandía, y consiguió de él, que se viera con el Santo Prelado, el cual habiendo entrado en la junta, donde estaba su Rey, se fue a echar a sus pies; pero éste no se lo permitió, antes bien se bajó para levantarlo; imploró su clemencia, y le dijo, que dejaba toda su causa al arbitrio del rey, como quedase salva la honra de Dios. Esta cláusula alteró al rey, y lo irritó; pero vuelto de su rebato, se serenó y se aplacó; pero habiendo hecho algunas proposiciones que el Santo creyó no podía aceptar en conciencia, esta conferencia solo sirvió para aumentar el mérito del Prelado, y dar nuevo lustre a su paciencia, la que le fue bien necesaria en las humillaciones que tuvo que sufrir. Estando el rey de Inglaterra en Mont-Marteré, le dijo el rey de Francia, que echaba a un lado todos sus resentimientos, y que Tomás podía volverse a su Iglesia. Un santo Sacerdote volviendo a Sens con el Santo, le dijo con espíritu profético, que se había tratado de la paz de la Iglesia en la Capilla de los Mártires, pero que según le parecía, la paz solo se lograría con su martirio, a lo que el Santo le respondió, que nada deseaba tanto, como que su sangre fuese el precio de esta libertad.

No habiendo podido el Rey conseguir la deposición del Arzobispo de Cantorberi, buscaba todos los medios de molestarle, y hacerle perder los derechos de su Iglesia. Hizo coronar por el Arzobispo de Yorck al Príncipe Enrique su hijo, resistiéndolo el Papa, y el Primado, pero bien pronto se arrepintió de lo hecho. El Papa declaró al Arzobispo de Yorck por suspenso y excomulgado, y fulminó las mismas censuras contra todos los Obispos, que habían asistido a la coronación del joven Príncipe, e hizo decir al Rey de Inglaterra, que si no volvía la paz a la Iglesia, se vería precisado a poner Entredicho en todos sus Estados. El rey que estaba ya arrepentido de todas sus violencias, se rindió a las paternales amonestaciones del Papa. Dijo quería verse con el Arzobispo de Cantorberi; se tuvo la conferencia en una gran pradería, que se llamaba el Prado de los traidores. Se concluyó la paz con mucha sinceridad por parte del Santo, y con grandes demostraciones de benevolencia de parte del rey, el que no pudo dejar de derramar lágrimas de ternura, cuando vio al Santo a sus pies. Habiéndose despedido el Arzobispo del rey, y dado muchas gradas a todos los que le habían favorecido en Francia, se fue al Puerto de Witsan en Picardía, para pasar a Inglaterra. El Arzobispo de Yorck, su enemigo personal, y los otros Obispos de su partido nada omitieron para hacerle perecer, o a lo menos embarazarle el que desembarcara. Llegó felizmente a Sandwich, no lejos de Cantorberi, donde entró el día siguiente 2 de Diciembre, y fue recibido con aclamaciones y aplausos de todo el pueblo y de todo el Clero, así secular, como regular. Su entrada fue una especie de triunfo, y tuvo, al parecer, alguna semejanza con la de Jesucristo en Jerusalén, que fue seguida de su muerte pocos días después.

Apenas había llegado el Santo a su Iglesia, cuando el Arzobispo de Yorck y los Obispos de Londres y Sarisberi le enviaron a decir de parte del rey, que absolviera a todos los Obispos que estaban entredichos o excomulgados. Pero como no admitían las justas condiciones que les pedía, creyó no podía pasar adelante. Los tres Prelados, autores y cabezas de la cábala, pasaron a Normandía a calumniar al Santo delante del rey, a quien tuvieron la insolencia de decir, que desde que el Santo había llegado a Cantorberi, no había hecho otra cosa que obrar y hablar contra la honra y servicio de S. M. y contra las costumbres del reino. El rey crédulo, y todavía resentido contra el Santo, se arrebató hasta decir en presencia de toda su Corte, que maldecía a cuantos había honrado con su amistad, pues no tenían valor para vengarlo de un Sacerdote, que lo ejercitaba, y le daba más sinsabores él solo, que todos sus vasallos juntos; Cuatro de sus Oficiales, Raynalde de Ours, Hugo Norvilla, Guillermo de Traci, y Ricardo Bretón, hombres sin conciencia, y de una vida derramada, se obligaron allí mismo con juramento a ir a asesinar al Santo Arzobispo.

El Santo que había tiempo no hablaba sino de su próxima muerte, se retiró a su Iglesia a celebrar la gran fiesta de Navidad con su Clero y su pueblo, predicó por la última vez, y les anunció su muerte como si hubiera tenido revelación de ella; pasó las tres festividades en la Iglesia de día y de noche, ofreciéndose sin cesar en sacrificio con un fervor extraordinario; al otro día de los Inocentes, 29 de Diciembre, llegaron los asesinos a Cantorberi, y habiendo entrado en su cuarto, le hicieron unas proposiciones las más escandalosas, sin tener para ello orden alguna del rey. El Santo les respondió como correspondía a un gran Prelado, y aun Héroe Cristiano. Mas aquellos impíos le dijeron al retirarse, que su constancia espiritual le costaría la vida. No huiré, les dijo, sonriéndose, y con su mansedumbre ordinaria; esperaré tranquilamente la muerte, y me tendré por muy dichoso en morir por los intereses de la Iglesia.

Habiéndose retirado a la Iglesia después de esta mortificación, a cantar el Oficio Divino, vio muy luego rodeada la Iglesia de soldados con los asesinos a su frente. Los Religiosos y los Clérigos se sorprendieron e hicieron ademán de cerrarla, y defenderse, para lo cual se ofrecía el pueblo a ayudarles: pero el Santo lo embarazó, diciendo, que el Templo del Señor no debía fortificarse ni guardarse como el campo de un ejército. Entonces habiendo entrado los asesinos con espada en mano, empezaron a gritar: ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde está el Arzobispo? A estos gritos, dejando el Santo su Silla, y poniéndoseles delante, les dijo: Yo soy el Arzobispo, pero no soy traidor; estoy, sí, pronto a morir por mi Dios, por la justicia, y por la libertad de la Iglesia; pero con toda la autoridad que Dios me ha dado, os conjuro que no hagáis el menor mal a ninguno de mis Religiosos, de mis Clérigos o de mi pueblo. Luego volviéndose hacia el Altar, y juntando las manos, exclamó: Encomiendo mi alma y la causa de la Iglesia a Dios, y a la Virgen Santísima, a los Santos Patronos de este Lugar, y a San Dionisio Mártir. Apenas hubo dicho estas palabras, cuando Raynaldo, uno de los asesinos, le descargó el primero en la cabeza un golpe de sable, con lo que el Santo cayó de rodillas cubierto todo de sangre, y al mismo tiempo dos de los otros asesinos le atravesaron sus espadas por el pecho; y al ir a expirar, el cuarto de estos malvados le rajó la cabeza y le hizo arrojar los sesos sobre el pavimento. Así consumó su martirio este ilustre y Santo Prelado, gloria de su nación, y uno de los más gloriosos ornamentos de su Iglesia; murió el 29 de Diciembre del año de 1170, a los 53 de su edad, y 9 de su Obispado.

Toda la Europa mostró el dolor que le causaba la muerte del Obispo de Cantorberi, y todo el mundo cristiano se horrorizó al oír el asesinato ejecutado en la persona del más santo y más eminente Prelado de su tiempo. Su cuerpo, que se halló vestido de un áspero silicio, muy mortificado con sus continuas penitencias, y consumido por sus muchos trabajos, fue enterrado en la Iglesia sin ceremonia alguna. Los asesinos saquearon el palacio Arzobispal, y consternaron toda la Ciudad. Varios santos Religiosos de Inglaterra, Francia y Palestina, tuvieron revelación de su muerte al mismo tiempo que sucedió.

La nueva de esta muerte consternó tanto al rey Enrique, que arrepentido de cuanto había hecho, estuvo muchos días sin comer ni beber, hecho un mar de lágrimas. Envió al instante Embajadores al Papa Alejandro III que le protestaran, que este asesinato se había ejecutado sin preceder la menor orden suya; que confesaba, que él había sido la causa, y el motivo por una palabra indiscreta que se le había soltado, y que se sujetaba a la penitencia que gustase imponerle. El Papa envió dos Legados para informarse de lo acaecido, los que viendo, que el rey a todo se sometía, le impusieron una penitencia pública, proporcionada al delito; y habiendo ido después a la puerta de la Iglesia, se postró en tierra, y bañado en lágrimas, recibió la absolución de los Legados en presencia del Clero y del pueblo. Se miró esta conversión del rey como uno de los primeros milagros del Santo, al que se siguieron otros muchos estupendos, que se obraban todos los días en su sepulcro, lo que obligó al Papa Alejandro III a canonizarlo solemnemente tres años después de su muerte, habiendo precedido todas las formalidades ordinarias. Por sincero que fuese el arrepentimiento de Enrique, sin embargo no dejó Dios de vengar la muerte del Santo de un modo muy terrible.

La espada de la disensión no salió de su familia desde entonces. Los dos Príncipes sus hijos se rebelaron contra él, y trajeron a su partido al Conde de Flandes y al Rey de Escocia. Se vio a pique de ser destronado, y aun de perder la vida. Pero comprendiendo de dónde le venían tantas desdichas, determinó expiar su pecado con una penitencia pública. Habiendo hecho juntar un gran número de Obispos en Cantorberi, se presentó ante ellos con los pies descalzos, con un vestido ordinario, y sin séquito. Habiendo llegado al sepulcro del Santo, bañado en lágrimas, y prorrumpiendo en grandes sollozos, se postró con el rostro en tierra, confesó públicamente su pecado, pidió perdón a Dios y al Santo; luego descubriéndose las espaldas, quiso que todos los Prelados le diesen cinco golpes de disciplina, y más de ochenta Religiosos cada uno tres, pasando lo restante del día y de la noche siguiente en vela, en oración y en ayuno. Se olvidó para siempre de las injustas pretensiones que habían sido el asunto de su querella contra Santo Tomás, y aumentó los derechos y rentas de su Iglesia. Dios aceptó su penitencia. El rey de Escocia fue vencido y hecho prisionero, y los dos Príncipes sus hijos vinieron a echarse a sus pies, para implorar su clemencia. Los asesinos fueron asaltados de un terror continuo, que les hizo pasar el resto de sus días en una especie de frenesí, que no los dejó hasta la muerte, y todo el mundo fue testigo de su terrible suplicio. El rey de Francia, Luis el joven, fue en persona al sepulcro de Santo Tomás, a pedirle la salud de su hijo primogénito, que fue después Felipe Augusto. San Luis dio a la Abadía de Royaumonte la Cabeza del Santo, la que obtuvo del rey de Inglaterra. Enrico VIII habiéndose rebelado contra la Iglesia, concibió tanta aversión a nuestro Santo, que cometió la impiedad de hacer quemar sus santas Reliquias.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=5BXnpaMwVbgC&pg=PA276&lpg=PA276&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Diciembre&source=bl&ots=pKUgvcwYf6&sig=-oRWqoopWmWW_sLtwovee77-okQ&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwiAx93xssbOAhUDrB4KHR1JB18Q6AEINTAF#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Diciembre&f=false

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El Antifaz del Mal, por Marino Restrepo


Fuente:
Peregrinos del Amor – Pilgrims of Love

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Ésta es la Hora de los Ángeles

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Fuente:
SAGRADOS CORAZONES UNIDOS DE JESÚS Y DE MARÍA

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Cenáculo 3 – Diciembre 2018 – Año C – Tercer Viernes de Mes.

Apostolado de la Preciosa Sangre – Venezuela
¡Consolar es Adorar!
sangrepreciosa.venezuela@hotmail.com

Las Lecturas del Cenáculo 3 – Diciembre 2018 – Año C – Son las mismas del 27° Programa de Reparación Diciembre 2015.

Instrucciones para El Cenáculo

NOTA:

  • El llamado del Cenáculo es para todos los hombres y mujeres que aman a Dios.
  • El Cielo requiere al menos un tercio (1/3) de almas Consagradas a la Preciosa Sangre de Jesucristo que participen activamente durante los nueves meses de los Cenáculos de Oración desde el Tercer Jueves hasta la mañana del Sábado, comenzando en Octubre de 2018 y terminando en Junio de 2019.
  • A las 3:00 pm en punto en cada Tercer Viernes del Cenáculo Mensual, todos los participantes renovarán su Consagración y serán bendecidos con las siguientes oraciones:

Oración de Consagración de la Nación
a La Preciosa Sangre de Jesucristo

¡Oh, Infinita Bondad, Dios del Cielo y la Tierra! En Tu Bondad creaste al mundo, y lo que creaste revelaba Tu Bondad; y he aquí que son buenos. Padre, Tú amaste lo que creaste y lo bendijiste. A Tu imagen y semejanza Tú los creaste, y en el tiempo hiciste al hombre Tu Templo en la Tierra. Padre, ¡con cuánta infidelidad Te hemos correspondido! Te hemos correspondido con maldad ante toda Tu benevolencia y amor. Perdónanos, porque hemos pecado contra Ti. Tienes razón en condenarnos.

Ahora, ¿vas a olvidar Tu Amor y no amarás al mundo que Tú has creado? Padre, contempla a Tu Hijo, quien fue condenado a una muerte vergonzosa por amor a Tu pueblo, ten misericordia de ellos. Mira Su Sangre derramada por la humanidad y perdona a Tu pueblo.

Que la Preciosísima Sangre de Cristo sane al mundo de la ceguera del error y del pecado. Que la Preciosa Sangre de Cristo sane al mundo de las llagas de la corrupción y la descomposición. Que la Sangre de Cristo abra los ojos y mentes de Tus hijos para que vean lo verdaderamente valioso. Mantén a Tus hijos fieles a Tu Nombre. Que el mundo sea purificado de su ceguera por el mérito de la Preciosísima Sangre de Jesucristo.

¡Acaba con la maldad del terrorismo, de la guerra y del derramamiento de sangre! Protege al inocente, al débil y al joven, ¡oh, Misericordiosa Sangre de Jesucristo! Vence a las naciones y lleva a todos los hombres al conocimiento del Precio de su Salvación. Establece en todos los corazones el Reino de Tu Gloria, ¡oh, victoriosa Sangre de Jesucristo! Inflama todos los corazones con el fuego del Divino Amor. Cúbrelos con Tu Amor.

Hoy, nos sumergimos a nosotros y a todos los hombres en el océano de la Preciosa Sangre de Cristo. Traemos a nuestra nación y a todas las naciones del mundo ante Tu Trono de Misericordia para consagrártelas a Ti, ¡oh, Precioso Precio de nuestra Salvación!

Jesús, Tú eres nuestra Esperanza, nuestro Refugio y nuestra Salvación. A Ti nosotros prometemos nuestra fidelidad y amor de ahora en adelante.

Prometemos, con la ayuda de Tu gracia, defender la causa de la Preciosa Sangre de Jesús, y promover la Devoción a la Adorable Sangre de nuestra Salvación. Prometemos defender la vida y dedicarnos al servicio de Tu Reino. Acéptanos y haznos uno con el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Conságranos en el amor y renueva todo en Ti, ¡oh, Divino Conciliador! Tráenos y a todos los hombres al conocimiento, que somos una sola familia en la misma morada: la Tierra. Que tenemos un solo Padre: Dios. Y que tenemos un hogar eterno: el Cielo. ¡Restaura las diferentes lenguas de Babel y ayuda a todos los hombres para que vuelvan hablar un solo idioma de amor, ¡oh, Amor Misericordioso! ¡Que todos sean unidos en Cristo para el Reino de Paz en el mundo!

¡Baña y riega la Tierra, y haz todas las cosas nuevas en Cristo, ¡oh, Poderosa Sangre de nuestra Salvación! ¡Vence la maldad de nuestros días! Somete a los poderes de la oscuridad y lanza a lucifer y a sus agentes de regreso al abismo. Rocía la Tierra y a todos los hombres con Tu Preciosa Sangre, ¡oh, Divino Salvador!, y otórgales Tu Salvación. Vence y derriba a los agentes de lucifer, que están sirviendo como líderes de Tu pueblo, y pon fin a sus reinos. Entroniza a un Pastor que siga Tu Corazón para que gobierne a Tu pueblo. Rompe las cadenas de los gobernantes malvados, ¡oh, poderosa Arma de nuestra Redención!, y reconstruye nuestras ciudades en justicia y amor. Libera a Tu pueblo del yugo del comunismo, de la falsa libertad, de la maldad de la voluntad humana y del orgullo de lucifer. Reconstruye a las naciones en Tu Amor, y fortalece a las ciudades en el temor de Tu Nombre. Abre a todos los hombres la puerta de Tu Salvación, y permíteles reconocerte el Precio de nuestra Salvación. Tú eres nuestra Esperanza, nuestro Descanso y nuestra Salvación, ¡oh, Preciosa Sangre de Jesucristo!

Nos sumergimos a nosotros, y a todos los hombres, hoy y siempre, en el Océano de la Preciosa Sangre al Consagrarnos a Ti. Refugia a todos los hombres en Tu Amor y atráelos cerca de Ti. Dependemos de Tu Gracia, para permanecer fieles a Ti. Así que le pedimos a Tus Santos, Ángeles, y sobre todo a Tu Madre, que intercedan por nosotros.

A Ti, ¡oh, Madre María!, entregamos este Acto de Consagración. Presérvalo y perfecciónalo, para la gloria de Dios y para la salvación de las almas. Te lo pedimos, por Cristo, Nuestro Señor. Amén.

María, Rosa Mística, Madre de Jesucristo Agonizante,
     –Ruega por nosotros.

San José, Esposo de María,
     –Ruega por nosotros.

Santos Pedro y Pablo,
     –Rueguen por nosotros.

San Miguel Arcángel,
     –Ruega por nosotros.

Santa Cecilia, Patrona de las Corales,
     –Ruega por nosotros.


Fuente:
Apostolado de la Preciosa Sangre – Venezuela
                    ¡Consolar es Adorar!
         sangrepreciosa.venezuela@hotmail.com

Para descargar los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

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Apariciones de Jesús y María

VIDENTE BERNABÉ NWOYE / OLO, ESTADO DE ENUGU, NIGERIA
(Con Aprobación Eclesiástica)

NiñoJesúsechadito enunaCruzA continuación presentamos el 27º (Vigésimo séptimo) Programa de Peregrinación y Reparación, corrspondiente al mes de Diciembre de 2015, —Tercer Viernes del Mes—, en Tierra Santa de Adoración y Renovación, Estado de Enugu, Nigeria, y que ha sido pedido por la Santísima Virgen y Nuestro Señor Jesucristo a Bernabé Nwoye, como Día de Reparación y como parte de la Devoción a la Preciosísima Sangre. 

Las Pereginaciones de Reparación comenzaron en el mes de Agosto de 2013, en Nigeria, y las estamos publicando semanalmente desde el comienzo. 

Cada Programa de Oración tiene Mensajes distintos y el horario se puede adaptar  para realizar la Reparación de la mejor manera desde nuestros hogares  o parroquias. La Virgen le dijo a Bernabé el 15 de enero de 2004:

“Que todas las rodillas se doblen en reparación. Que todas las manos se levanten en reparación…

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14 de Diciembre: San Juan de La Cruz (1542-1591)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid – Barcelona 1853. Tomo III. Noviembre, Día 24, Página 437.



San Juan de La Cruz, Confesor

Muy favorecida ha sido siempre del Cielo nuestra España; pues en todas las edades la ha enriquecido Nuestro Señor de varones insignes: y si ha sido madre de muy ilustres sujetos en otras materias; mucho más lo ha sido en la santidad, dando a la Iglesia esclarecidos escuadrones de innumerables y fortísimos mártires, santísimos patriarcas, perfectísimos monjes, purísimas vírgenes y devotísimos confesores. Uno de ellos fue el bienaventurado San Juan de La Cruz, en quien en estos últimos tiempos (cuando la naturaleza humana parecía estar desmayada para la virtud, como avivada y poderosa para los vicios) resucitó Nuestro Señor la austeridad de los profetas, la desnudez de los apóstoles, el fervor y pureza de Elías, la penitencia y soledad de Pablo, la contemplación de Antonio, la santidad de Benito, el amor de la cruz y del padecer de Francisco, y la celestial y mística sabiduría de San Dionisio Areopagita: porque en todas estas virtudes resplandeció admirablemente este santísimo varón, ayudando a la portentosa madre y virgen Santa Teresa de Jesús a levantar con sus hombros la esclarecida reforma de los padres carmelitas descalzos, para mucha gloria de Dios y edificación de la Iglesia, siendo el primer carmelita descalzo que vio el mundo, para padre de tantos santísimos hijos como ha tenido y tiene esta gloriosa reforma.

Para escribir su vida, se ha de notar que, como le escogió Nuestro Señor para capitán y caudillo de tan gloriosa empresa (contra la cual se había de armar el mundo y todo el infierno, con tan terribles y molestas persecuciones como se leen en su historial, está toda entretejida de varios sucesos y raros acontecimientos: y aunque en todos ellos resplandece la santidad de este admirable varón; pero en unos más que en otros: y porque para algunos fuera menester referir largas historias, iremos entresacando lo que pareciere de más utilidad y edificación de las almas (que es lo que aquí se pretende), dejando lo demás para las historias, y contentándonos con la brevedad suficiente para nuestro propósito.

Nació el Santo Padre en Hontiveros, villa antigua y noble, en el obispado de Ávila de Castilla la Vieja. Su padre se llamó Gonzalo de Yepes, rama noble y antigua de la alcuña y villa de este nombre, de quien, entre otros, procedieron el ilustrísimo don Diego de Yepes, obispo de Tarazona, y el doctísimo Fr. Antonio de Yepes, cronista de la religión de San Benito. Se enamoró Gonzalo de una virtuosa y honesta doncella, llamada Catalina Álvarez, natural do Toledo, y se casó con ella sin dar cuenta a sus parientes. Tanto lo sintieron los de Gonzalo, que del todo lo desampararon. Viéndose así y falto de caudales, se aplicó al ejercicio de su mujer, que era un telar de sedas, cuya pobreza y humildad vivió alegre y satisfecho, acaudalando más virtudes que riquezas. Tuvieron tres hijos: el primero, Francisco de Yepes, que casado en Medina del Campo, supo vivir tan religiosa y santamente, que le acreditó el Señor con maravillas; el segundo se llamó Luis, que en su temprana edad se lo llevó Nuestro Señor; el tercero Juan, de quien aquí hablaremos, que nació (a lo que se presume) a los 24 de junio de 1542.

Toda su niñez fue pronóstico de la admirable vida y gloriosos asuntos para que le tenía destinado el Cielo; porque la mansedumbre, la quietud, el silencio y la devoción no fueron en él de niño, sino de religioso y de santo. Cooperaba la buena madre, que habiendo enviudado presto, criaba sus hijos con toda virtud, y con especialidad les imponía en la devoción de Nuestra Señora. Tanto se le entrañó al niño Juan, que desde luego obligó a la Santísima Virgen a favorecerle, pues desde los cuatro a los cinco años empezó a experimentar los favores de tal Madre. Jugando un día con sus iguales a la orilla de una balsa profunda y cenagosa, arrojando unas varillas al agua, cayó en ella y se hundió a lo profundo: y aunque tres veces volvió a salir, la última se desapareció por grande rato. Huyeron asustados los otros niños, y él volvió a la lengua del agua muy sosegado y alegre. Vio entonces a la orilla a la Santísima Virgen, que le ofreció la mano para que saliese afuera. Rechazó el niño darle la suya, por verla llena de cieno para no manchar tanta belleza: duró algún rato la recíproca y devota porfía, hasta que pasando un labrador (que sin duda fue el ángel de su guarda), le alargó la aguijada y le sacó a tierra como a otro Moisés, para que fuese maestro y legislador en los desiertos del Carmelo.

Éste fue el primer favor que recibió de María santísima; pero causó tanta envidia al demonio, que barruntando de aquí mayores cosas en aquel niño, quiso acabarlo de una vez. Siendo ya de siete años, le salió a un camino en figura de un monstruo horrible, abierta su infernal y espantosa boca para tragarlo. No se asustó Juan, sino que con valor y reposo muy superior a sus años le hizo la Señal de la Cruz: se retiró al momento el enemigo, y desapareció guardando para mejor tiempo mayores batallas; y Juan tomó también la Cruz por defensa para los combates futuros.

Creciendo más en las virtudes, que en los años, le acomodó su madre en un seminario de niños, para que aprendiese las primeras letras. Las aprendió con facilidad, y señalándose entre los demás en la virtud y buenas inclinaciones, como el sol entre las estrellas, era el imán y la admiración de todos. Quien más se prendó de tanta virtud fue don Alonso Álvarez de Toledo, administrador de un insigne hospital que había en aquella villa de Medina del Campo: y teniendo ya doce años Juan, se lo pidió a su madre para que asistiese en el hospital, ofreciendo darle alimentos, estudios y capellanía. Presto conoció don Alonso la buena elección que había hecho, con el cumplido desempeño y raro ejemplo que daba de sí Juan de Yepes. Creció todo con el caso siguiente.

Había en el patio del hospital un pozo profundo: y como el santo mozo era nuevo en la casa, y andaba tan encogido dentro de sí, cayó en él, sin que le pudiesen valer. Las voces fueron iguales al espanto de los que lo vieron, y presto se convocó la vecindad. Llegándose algunos a la boca del pozo, vieron a San Juan sentado sobre las aguas: le alargaron una soga; y asido de ella saltó muy alegre. Le preguntaron, cómo no se había abogado, y tan sin turbación estaba sobre las aguas. Respondió con humildad muy sincera, que una hermosísima Señora, al tiempo de caer lo recibió en Su manto, y hasta entonces lo había sostenido sobre el agua, para que no se hundiese a lo profundo; y que así a la Santísima Virgen debía él la merced y todas alabanzas.

Reconocido a este nuevo favor de la Virgen, crecía por instantes en Su devoción: rezaba Su Oficio menor de rodillas: gastaba en su presencia largas horas; y sabiendo que servía a la Madre y al Hijo en sus pobres, se dedicó con nuevo fervor a servirlos, y lo hacía con extraña caridad, siendo para todos de grande consuelo y alivio. Para poder cumplir con esto y con los estudios, se quitaba mucho del sueño, gastando gran parle de la noche, ya en oración, ya en asistir a los que veía de peligro. Para que el cuerpo estuviese más ágil en el servicio del alma, hizo su cama de unos sarmientos desiguales: su comida era parca: el vestido honesto: la mortificación continua, así en el cuerpo, castigándole con cilicios, disciplinas y ayunos, como en los sentidos, que traía siempre reprimidos.

Con tan buena disposición le alumbraba el Señor copiosamente: porque le quería para farol de Su Iglesia: corrió con facilidad la gramática, retórica y filosofía, en que salió muy consumado. Ya entraba por este tiempo en los veinte años, en que dándole el administrador más tiempo para sus estudios y ejercicios, él frecuentaba más el de la oración, en la cual pedía continuamente al Señor que le encaminase en Su servicio y diese el estado de vida, en que le pudiese servir y serle más agradable. Estando un día encendido en esta oración, oyó una voz que le dijo: «Servirme has en una religión, cuya perfección antigua ayudarás a levantar.» No entendió por entonces lo que el Señor pretendía en estas palabras; pero las depositó en su corazón, humilde y resignado a Su Santísima Voluntad.

No pasó mucho tiempo, que llegaron a fundar convento en aquella villa los padres carmelitas de la Observancia: y sabiendo él que aquella religión se fundó bajo el patrocinio de la Sacratísima Virgen, se le renovaron los ecos de la Voz; y entendiendo ser aquella profesión para donde Dios le llamaba, trató de vestir su hábito. Se lo dieron gustosos los religiosos, sabiendo cuán religioso era ya en las virtudes. Le recibió, siendo ya de edad de veinte y un años, y dejando el apellido de Yepes, se llamó Fr. Juan de San Matías. Estando en el noviciado, corrió tan veloz, que su humildad, su obediencia, su puntualidad en el coro y oración, servían más a la admiración que a la imitación. Profesó al siguiente año, y poco después pasó al colegio que la religión tiene en Salamanca, donde estudió la teología con suma aprobación, juntando siempre la oración y espíritu con las letras. Aunque en lo público profesó la regla mitigada por el Papa Eugenio, en lo secreto guardaba la primitiva dada por San Alberto, patriarca de Jerusalén, en cuanto los superiores se lo permitían. No comía carne, y continuaba los siete meses de ayuno: guardaba grande recogimiento en la celda, sumo retiro de seglares y perpetua asistencia en el coro; y cuando rezaba el Oficio Divino a solas, siempre era de rodillas. Le dieron una celda estrecha y oscura: abrió un pequeño agujero en el tejado para recibir un rayo de luz con que poder repasar sus lecciones: pero gozaba de una ventanilla con su vidriera que salía al Santísimo Sacramento, que era todo su consuelo y Celestial Luz de su alma. Esta breve clausura, desnuda de toda alhaja y curiosidad, era su celda: su cama de tablas desiguales, sin lienzo, sin colchón y un leño por cabecera: los hábitos exteriores eran muy pobres, y los interiores tan penitentes, que a raíz de las carnes vestía un jubón hecho de esparto, anudado y torcido, a modo de malla o red, y los calzones de lo mismo; y cuando se los desnudaba, era para tomar sangrientas disciplinas, o ponerse más ásperos cilicios.

Acabada la teología, y entrando en los veinte y cinco años de edad, le mandaron los prelados se ordenase de Misa, aunque resistiéndolo su humildad. Después de haberse ordenado, se preparó para celebrar la Misa primera, con largas vigilias, con tan fervientes deseos, con tanta humildad y encendido amor de Dios, que parece quería exceder a los Serafines. Lo que sumamente deseaba y pedía a Dios con instancia, era que le conservase Su Majestad toda su vida la blanca estola que le vistió en el Bautismo, y que hasta entonces, por especial gracia Suya, había procurado guardar intacta. Cuando en la Misa tuvo al Señor en sus manos, de suerte enfervorizó la súplica, que mereció oír por respuesta: «Yo te concedo lo que Me pides.»

Quedó el Santo Sacerdote tan agradecido como consolado; porque juntamente sintió en su alma una espiritual renovación, y haberle el Señor concedido una pureza tan feliz, que le restituyó a la inocencia de un niño de dos años, y confirmó en gracia, al modo que a los Sagrados Apóstoles, para que jamás le llegase a ofender con culpa grave, como se supo de sus confesores y de dos personas espirituales a quienes Nuestro Señor lo reveló: y a esto parece aludía lo que la Santa Madre Teresa solía repetir (siendo ya el siervo de Dios carmelita descalzo), diciendo, que el P. Fr. Juan de la Cruz era una de las almas más puras y santas que Dios tenía en Su Iglesia, y que le había infundido grandes tesoros de luz, pureza y sabiduría del Cielo.

Para asegurar más tales tesoros, deseaba esconderlos y retirarlos más del mundo: y para hacerlo iba tratando de pasarse a la Cartuja para vivir más desconocido y más a solas con Dios. Andando con estos pensamientos, vino de Salamanca a Medina en ocasión que la Santa Madre Teresa acababa de fundar el convento de sus monjas en aquella villa, y disponía el fundar otro de frailes, también descalzos, porque hasta entonces sólo había fundado monjas.

Tenía para todo, las debidas licencias; pero le faltaban sujetos que lo principiasen. Noticiada de las buenas calidades de Fr. Juan de San Matías, le declaró sus intentos de fundar un convento de la misma orden muy reformado, y en donde los frailes profesasen también la misma austeridad, pobreza, retiro y regla primitiva que ya había entablado en las monjas: y que pues este mismo espíritu le tiraba a la Cartuja; buena Cartuja tendría aquí dentro de su orden.

No fue menester más para que le diese su consentimiento el siervo de Dios; porque mientras hablaba la Santa, le acordó el Señor, que esto era lo que le dijo antes de tomar el hábito en aquellas palabras, «que sería religioso en una religión, cuya perfección antigua ayudaría a levantar», con que desde luego se ofreció con gusto a la Santa.

Aún no tenía la Santa Madre sitio ni casa alguna para el efecto; pero Dios, que era el principal Autor de este negocio, presto le envió un caballero que le ofreció una casa o cortijuelo en la aldea de Domelo, entre Valladolid y Medina del Campo, que es en Castilla la Vieja. Estaba la casa en un campo desabrigado, expuesto a todos vientos y soles, junto a un arroyuelo llamado Risalmar: consistía toda ella en un razonable portal: a un lado de él corría una cámara no muy larga, tan baja, que casi ofendía las cabezas: encima un desván a teja vana, a quien daba o quitaba luz una teja que servía de ventana: fuera de esto había una cocinilla, y todo lo abrazaba una cerca rústica.

Aquí envió Santa Teresa al bendito Fr. Juan con un peón, para que aliñasen y compusiesen aquella pobre posada en forma de convento, mientras iban dos frailes más que ya tenía prevenidos, para que diesen principio a la reformación. Todo el ajuar que llevaba era un recado para decir Misa, y el hábito de pobre y riguroso sayal que la Santa Madre le dio, cosido por sus manos para vestirlo en descalzándose. Con este pobre aparato llegó a Duruelo; y con el grande fervor de espíritu que llevaba, le pareció haber llegado a las Indias de sus mayores riquezas y al centro de sus deseos. Todo el día gastó en formar y componer aquel resumido convento, modelo y ejemplar originario de todos los que ahora ocupan las cuatro partes del mundo.

Comenzó barriendo toda la casa, y después de bien limpia la adornó de calaveras y cruces que hizo de palo rústico. A la noche, cuando le faltó la luz del día para poder trabajar, se acordó habían pasado lodo el día sin comer. Envió al compañero a pedir alguna limosna, con que pasaron aquella noche. Al otro día, dispuesto el monasterio bien pobremente, se vistió su hábito descalzo, angosto y breve, hasta el tobillo, en la forma que ahora lo llevan los padres carmelitas descalzos, todo muy estrecho y reformado, descalzo del todo, sin abrigo, sin defensa de pies y piernas; porque después admitieron las sandalias o alpargatas que ahora usan. Así desnudo y recoleto presentó a los ojos del mundo la figura del primer descalzo carmelita, renovador de la antigua severidad profética. Admiraban los labradores en aquel nuevo ermitaño el áspero traje nunca visto, la aspereza de vida, el aspecto endiosado y el trato todo del Cielo. Le oían palabras de vida, y al olor de tanta santidad se iban tras él; y no se hablaba de otra cosa por las aldeas comarcanas, sino del fraile descalzo. No dejó de acometer el demonio al nuevo guerrero de muchas maneras en este tiempo; pero no sacando más que confusión lo dejó por entonces.

Casi dos meses estuvo solo el Santo Padre aguardando los compañeros que llegaron a 27 de noviembre de 1568: y habiendo pasado la noche en larga y fervorosa oración, dijeron Misa al otro día; e hincándose de rodillas delante del Santísimo Sacramento, renovaron la profesión y renunciaron solemnemente la regla mitigada en que antes habían vivido, y prometieron a Dios Nuestro Señor y a la Virgen María del Monte Carmelo, y al reverendísimo padre general, vivir conforme a la primitiva sin mitigación hasta la muerte. Mudaron los sobrenombres, por haberlo así introducido la Santa Madre en las religiosas: el P. Fr. Antonio de Heredia se llamó Fr. Antonio de Jesús: el padre Fr. Juan de San Matías se apellidó de la Cruz; y el hermano Fr. José se nombró de Cristo; haciendo todos tres un Cristo Jesús crucificado, con que dieron principio a la familia de los carmelitas descalzos, para grande edificación del mundo y gloria de Dios. Presto llegó el padre provincial de la Observancia, y nombró por prior al P. Fr. Antonio de Jesús: por superior al P. Fr. Juan de la Cruz; y al hermano Fr. José de Cristo cupieron las llaves de portería y sacristía.

Dejando lo demás para la historia de la religión, proseguiremos la vida del glorioso San Juan de la Cruz, a quien cupo la mejor parle de aquellos primitivos favores, por ser el primero que se descalzó, y en quien Dios derramó las primicias del espíritu de que se había de alimentar la religión, y su buen olor alegrar toda la Iglesia. Adelantó aquí su penitencia con extraños rigores: el jubón y calzoncillos de esparto le parecían suaves: las disciplinas no le satisfacían si no las teñía en sangre: los cilicios, cobardes si no taladraban sus miembros: la cama era un rincón del coro con una piedra por almohada: después de maitines se quedaba en oración hasta la mañana: tan absorto estaba en ella, que calándose muchas veces de la nieve que caía por entre las tejas, se iba a prima sin repararlo: gastaba la mañana en decir Misa, y confesar e instruir a aquellos serranos bien necesitados de doctrina: iba a predicar una y dos leguas lejos a pie descalzo, y volvía a desayunarse al convento.

Pasó con el oficio de maestro de novicios a la fundación de Mancera, donde mostró la gracia que Dios le había dado para discernir los espíritus y conocer los talentos y discreción admirable para el magisterio de las almas. Careciendo de todo esto el que gobernaba el noviciado de Pastrana en Castilla la Nueva, hubo de ir el siervo de Dios a componer aquel seminario, que con los indiscretos fervores y penitencia que el maestro introducía necesitaba de moderación prudente. Reducido aquel noviciado al debido temple, pasó al colegio recién fundado en Alcalá y fue su primer rector. Edificó aquella insigne universidad con notable ejemplo, admirando todos, no menos sus letras que su santidad, cogiendo la religión el fruto de muchos y grandes sujetos, que movidos con tal ejemplo renunciaron el mundo y abrazaron el nuevo instituto.

Pasado un año volvió a Pastrana, y de allí a Ávila a petición e instancia de la Santa Madre, para confesor del ilustre convento de la Encarnación de aquella villa, de monjas carmelitas de la Observancia, en la cual había tomado el hábito y profesado la misma Santa: y ahora los prelados (aunque ya descalza) la habían hecho priora de dicho convento, para que le regulase e impusiese en el retiro, espíritu y oración que a sus descalzas: y conociendo la Santa que nadie le podía ayudar más para conseguir este efecto que el padre Fr. Juan de la Cruz, negoció se lo enviasen. Fue allá con el P. Fr. Germán de San Matías por compañero; y con tal arte, prudencia y espíritu, confesó y supo llevar y enseñar aquellas benditas religiosas, que si antes era convento de mucho tráfago, ya se podía ahora contar por uno de las descalzas: ya no se trataba allí sino de oración y de muy grande recogimiento: las rejas estaban desiertas y sólo trataban con Dios y con el Santo Padre, aunque con tanta circunspección, que no admitía de ellas cosa alguna ni comunicación, sino para confesión o provecho de sus almas: con que fue muy grande el fruto espiritual que hizo en las religiosas, con igual ejemplo y edificación de toda la ciudad.

No se olvidó Nuestro Señor de acreditar con maravillas al siervo que tan de veras trabajaba en su mayor servicio. A doña María de Yera, religiosa grave de aquel convento, dio tan súbita y mortal enfermedad, que antes que obrasen los remedios, le privó de los sentidos, y lo que se tuvo por cierto, también de la vida. Desconsoladas las monjas llamaron al Santo Padre y una le dijo: Buena cuenta ha dado vuestra reverencia, padre nuestro, de su hija; pues la ha dejado morir sin sacramentos. Calló el siervo de Dios, y retirado al coro, se puso en oración, y haciendo instancias a Su Majestad, fue tan eficaz, que la religiosa ya difunta a vista de muchas comenzó a mudar semblantes, abrir los ojos, menear las manos y mostrar alientos de vida. Alegres las monjas, acudieron de tropel al coro a dar al Santo Padre el aviso, el cual sin turbación respondió a aquella religiosa que le había dado quejas: Hija, ¿está contenta? Con que las confirmó en lo que ya ellas creían, de que aquella maravilla fue efecto de su oración; y aun se confirmaron más viendo que en habiéndola el Santo confesado y administrado los demás Sacramentos se quedó luego difunta.

Estando también un día de la Santísima Trinidad en el locutorio hablando con la Santa Madre, que, como hemos dicho, era priora, de suerte se engolfaron en la consideración de aquel inefable Misterio, y tan altamente los ilustró Su Majestad, que aquellas dos almas seráficas se fueron desprendiendo de los sentidos, volando a la esfera adonde el Señor los llamaba. La Santa quedó arrobada, sentada en un banco dentro de su locutorio; y el Santo Padre, que al principio que comenzó a sentir aquella dulce violencia se asió a los brazos de la silla para impedirla, mas no pudo, venciendo la velocidad del alma a cuerpo y silla, los levantó por el aire hasta dar en el techo de la pieza.

Hablando pues la Santa de este caso, dijo haber sido la causa, la alteza y claridad con que el siervo de Dios había hablado del Misterio de la Santísima Trinidad, y que no se podía hablar de Dios con el P. Fr. Juan, porque luego se trasponía o hacía trasponer. Le sucedió también por este tiempo, que estando contemplando los Dolores que padeció Cristo en la Cruz, se le representó a la vista tan llagado, herido y vertiendo Sangre como en ella estuvo. Lo que aquella vista causó en su alma, el Santo lo reservó para sí; pero lo que nos dejó que notar, fue el quedarle en su imaginación tan impresa, que no siendo pintor, tomó la pluma y dibujó la Imagen en un papel, sacando el dibujo en perfil esforzado (donde es más dificultosa la perspectiva), y salió tan milagroso, que lo alaban mucho los primorosos en el arte.

Grande rabia causaban en el demonio tantas virtudes y favores del siervo de Dios: y armándole reñidas peleas y enredados combates, no pudo sacar más ganancia que quedar confuso, y ser ocasión de mostrar el Santo el grande poder que Dios le había dado sobre los demonios, ganando el nombre de segundo Basilio, como se vio en los casos siguientes. A una monja de cierta orden comenzó a molestarla con espíritu de blasfemia, arrojándola proposiciones contra la fe y tentaciones contra la castidad. Las comunicó con el Santo Padre, que conociendo al autor de su inquietud, la aplicaba a tiempo las medicinas: mas aunque se sosegaba la paciente en su presencia, en ausentándose volvía a su porfía el demonio; y para enredarla más, tomaba la figura del santo padre, y en el confesonario la influía con doctrinas perniciosas. Volviendo el verdadero confesor y enterado del arle de su enemigo, procuró remediarlo dándola por escrito lo que le había de responder, cuando sintiese semejantes tentaciones. No desistió con esto el engañador; antes usando del mismo ardid, escribió otro papel imitando la letra y firma del Santo, y en él la decía, como por no poder excusar cierto viaje, la quería dejar cierta advertencia acerca de lo que antes la había dado por escrito; porque considerándolo mejor, hallaba que tenía algunas doctrinas tan apretadas, que la habían de causar nuevos escrúpulos y turbarla más la conciencia. Como la religiosa conocía la letra, gozaba de su libertad; aunque extrañó lo opuesto de su doctrina. Volvió el Santo a su convento: conoció el embeleco de Satanás: pidió el billete; y aunque conoció ser la letra muy semejante a la suya, no sus proposiciones: con que desengañó a la religiosa: y viendo la aflicción de aquella alma y astucias de su enemigo, valiéndose de los exorcismos de la Iglesia, y armas de su poderosa y encendida oración, conjuró al demonio y le venció, dejando libre de su infestación a la paciente.

De mayores circunstancias fue otro caso; porque son innumerables las artes que el demonio tiene para engañar las almas. En otro convento recibió el hábito cierta doncella, que siendo de edad de seis años, se le apareció el demonio en figura corporal, y ella, agradada de su aparente hermosura, le entregó todo su afecto. Era de su natural aguda y muy salada en sus dichos. Valiéndose el demonio de su inclinación la ofreció hacerla más docta y más discreta que los varones más sabios; y así lo cumplió, sacándola por condición que le había de hacer una cédula firmada con su sangre, de que no había de reconocer a otro que a él por esposo. En todo vino la desdichada, tan aficionada y perdida, que ya aborrecía a Dios. Creciendo en edad, por secretos juicios de Dios entró en el convento, donde la recibieron con gusto. Hablaba todas las lenguas: sabía todas las arles; y en la teología discurría tan sutilmente, que tenían su ciencia por infusa. Por ser estas cosas tan extraordinarias, entraron en sospecha los prelados de su religión: y sabiendo la santidad y sabiduría del Cielo del Santo Padre Fr. Juan de la Cruz, le rogaron la examinase; y aunque por su humildad se excusó mucho, las grandes instancias le rindieron. Fue al convento: y saliendo la religiosa al locutorio, luego que se vio en su presencia, no solo la bachillera calló y la sabia enmudeció, sino que comenzó a temblar y sudar por ver se había conocido su enredo. Con luz superior reconoció el Santo Padre la causa de aquella enfermedad, y la declaró a sus prelados diciendo como estaba engañada del demonio, y era menester conjurarla muchas veces; porque era ya antigua la posesión.

Se despidió con esto; mas los prelados de la religiosa, dándole todas sus veces, le suplicaron que pues había descubierto la enfermedad, aplicase los remedios. Lo hizo por el bien de aquella alma; y al segundo conjuro obligó al demonio a que declarase todo su maleficio. Confesó todo lo que queda dicho, y que allí estaba Lucifer, en cuya ayuda habían ya acudido tres legiones; mas asistido el Santo de las del Cielo, prosiguió más fervoroso sus diligencias. El efecto fue, que viendo la paciente que ya sabía toda su perdición, se la confesó más despacio y muy por menudo. Entonces tomó la mano el siervo de Dios, y tales cosas la dijo de la misericordia de Dios, que empezó como a despertar y desear su remedio. Bramaba Lucifer enfurecido contra el descalzo, y no pudiendo volverse contra él, porque le temía, se disfrazó tomando su hábito y figura; y llamando al locutorio a la religiosa, como desdiciéndose de lo que antes la había dicho, tanto la exageró la gravedad de sus culpas, la imposibilidad del perdón y el poder del demonio, para hacerla cumplir la cédula que le había dado, que la pobre se deshacía en lágrimas, y así se entraba por las puertas de la desesperación. No se le encubrió al Santo Padre lo que estaba pasando: acudió diligente para probarle cara a cara a Luzbel, como era padre de la mentira y del fingimiento: pidió a la tornera le llamase a la religiosa: respondió que no podía ser; porque estaba en el locutorio con el P. Fr. Juan de la Cruz. ¿Cómo puede ser eso (replicó el padre), si yo soy Fr. Juan de la Cruz, y no el que allí está? Asustada la tornera, le dijo que lo fuese a ver, fue allá, y al punto que lo vio se desvaneció el demonio y halló la monja casi desesperada. Habiéndola restaurado y animado, ponderándola la flaqueza del demonio, pues huía de un pobre fraile descalzo, empezó a conjurar los demonios en presencia de muchas monjas que ya habían acudido al locutorio: y tanta fue su eficacia y la gracia de Dios que en él obraba, que no solo obligó a los demonios a confesar que su príncipe los había enviado para hacer desesperar aquella alma, sino que también a que saliesen de su cuerpo y volviesen la cédula. Todo lo cumplieron a su pesar, y a vista de todos arrojaron la cédula que luego quemó el Santo Padre. Quedó con esto la religiosa libre en el cuerpo y en el alma; y sus prelados tan agradecidos y admirados del Santo Padre, que le aclamaron por segundo Basilio.

No solo lo quitó al demonio estas presas, sino otras muchas: entre las cuales fue una dama principal que con su hermosura y donaire hacía mucho daño en el pueblo. No bastando otros medios que intentaron sus deudos, la persuadieron que se confesase con el descalzo carmelita: y aunque lo resistió mucho, al fin se redujo a hacerlo. La recibió el confesor con mucha caridad, y de tal manera trocó su alma, que vestida de grosera jerga, devota, penitente y retirada, borró las liviandades pasadas. Otra, que con voto había consagrado a Dios su castidad, de suerte la mancillaba, que con sus liviandades era público tropiezo y escándalo.

Acertó por su buena suerte a comunicar al Santo Padre, y con la eficacia de sus encendidas exhortaciones la dejó tan compungida, que apartándose de la ocasión, lavó con sus lágrimas el sacrilegio pasado. Lo sintió tanto el cómplice, que buscando al Santo, le dio tantos palos, que lo derribó en el suelo, dejándolo muy maltratado. Sentido el demonio de tantas ánimas como le sacaba de las uñas el descalzo, le armó un lazo para cogerle la suya. Encendió en el corazón de una hermosa y honesta doncella un grande fuego de lujuria, y tanto lo atizó y lo sopló, que sin poderse valer la cuitada, se salió a deshora de su casa y se arrojó al aposento del siervo de Dios. Le dijo la pasión que la traía: reconociendo el Santo ser obra de Satanás y violencia diabólica, pasando de su modestia a su eficacia, de tal manera la afeó el arrojo de su liviandad, y tal golpe de razones y consideraciones la arrojó, que la desaló en un mar de lágrimas; y corrida y enmendada, volvió a su casa muy diferente de lo que había salido de ella. No saliéndolo bien este lance, intentaron otros sus enemigos, y por si mismos le hacían continua guerra y le atormentaban con fieros golpes y visiones horribles; pero de todos le sacaba el Señor con victoria, y él le correspondía con profunda humildad y con nuevos deseos de padecer más por Su Amor.

Se los cumplió su Majestad largamente, después de haber trabajado cinco años en la cultura del dicho convento de la Encarnación; porque en otra parte le tenía prevenida tan larga tela de persecuciones, penalidades y trabajos, que no cabe en esta breve relación: basta saber, que con increíble constancia e invicta paciencia pudo decir lo que decía el Santo Job: «¿Tengo yo por ventura fortaleza de piedra, o mi carne es de bronce?»

Viéndole pelear tan esforzadamente Su Majestad, varias veces le consoló, y la Virgen Santísima por tres veces le visitó y llenó el alma de luces y celestiales consuelos.Con ellos compuso en esta ocasión aquellas divinas y profundas canciones que empiezan: «¿En dónde te escondiste?», que después explicó altísimamente, y andan impresas en sus libros. Salió finalmente de esta pelea y tribulación, para alumbrar y enriquecer su religión con prelacías, doctrinas y ejemplos de su santa vida, así como el antiguo José salió de la cisterna, para reinar y favorecer a Egipto. Pero tan saboreado salió del padecer y de las penas, que oyendo poco después cantar esta copla:

«Quien no sabe de penas
en este triste valle de dolores,
no sabe de buenas,
ni ha gustado de amores;
pues penas es el traje de amadores:»

Se quedó arrobado por una larga hora. El arrobarse entre consuelos, revelaciones y otras comunicaciones suaves del Cielo, es ordinario; pero arrobarse al sonido de las penas, de las amarguras y del padecer, cosa es bien rara y de espíritu muy descarnado y sólido.

Después de esto fue a gobernar el convento del Calvario, que resplandecía en observancia, toda virtud y rigor de vida; mas como era tan alta la suya, lodo lo levantó de punto. La oración, silencio y penitencia que entabló con su ejemplo y su exhortación, dejaron muy atrás las que hasta entonces habían practicado, aunque eran muy grandes. Estaba este convento pobre y en desierto: y aun que se padecían muchas necesidades, aquí acudía el Señor con maravillas, por la oración y confianza de Su siervo.

Faltando una vez el pan, mandó se buscase algún mendrugo y se pusiese a la mesa; y bajando la comunidad, como solía, al refectorio, les hizo una plática tan espiritual en alabanza de la pobreza, que sin comer bocado se levantaron de la mesa satisfechos; pero apenas se recogían a las celdas, cuando llamando a la portería, halló el oficial a un hombre, que con una carta que traía le dio una carga de mantenimientos. Avisado el Santo Prelado que estaba en oración, y abriendo la carta, se puso a llorar. Preguntado por qué lloraba; respondió: Lloro, hermano, porque nos tenga el Señor por tan flacos, que aun un día no nos fía el que padezcamos abstinencia.

En Iznatorafe se entró el demonio en el cuerpo de un hombre miserable que le atormentaba mucho, y no le podían echar con los exorcismos de la Iglesia: llamado el Santo Padre, luego que le vio el paciente, empezó a dar grandes voces, y decir: Ya tenemos otro Basilio en la tierra, que nos persigue. Así fue; porque, sin que le valiese su grande resistencia, la eficacia de los conjuros del Santo le echó presto fuera de aquella pobre criatura.

Aun no estuvo siete meses en el Calvario, cuando hubo de ir a fundar el colegio de Baeza, cuya fundación ya antes había profetizado. Tan conocida fue aquí su santidad y sabiduría, que los mayores doctores de las escuelas en los púlpitos y cátedras lo ponían por ejemplo a sus oyentes.

Por este tiempo le comunicaba Dios tan altas luces del Misterio de la Santísima Trinidad, que dijo una vez a las religiosas de Granada: De tal manera comunica Dios a este pecador el Misterio de la Santísima Trinidad, que si Su Majestad no esforzara mi flaqueza con particular socorro del Cielo, fuera imposible vivir.

Le mandó Su Majestad un día dijese Misa de la Santísima Trinidad, para consuelo de una religiosa; y al tiempo de consagrar se le aparecieron las Tres Divinas Personas en una nube trasparente, y tales dones le comunicaron, que refiriéndolos después a la religiosa, la dijo: ¡Oh, hija, cómo la agradezco haya sido ocasión de que me mandase el Señor decir Misa de la Santísima Trinidad! ¡Oh, qué gloria y qué bienes gozaremos con su vista! Y encendiéndose como un Serafín, por media hora quedó arrobado y despidiendo clarísimos resplandores.

Aunque el Señor le levantaba a tan altas comunicaciones de la Divinidad, no se olvidaba el Santo Padre de la Sacratísima Humanidad de Cristo, sabiendo que ella es el camino para ir al Padre, y la puerta para entrar a Dios; antes bien la llevaba siempre delante de los ojos, procurando no solo celebrar con singular devoción todos Sus Misterios, sino copiar y trasladar en su propio cuerpo los dolores y martirios de Su Santísima Pasión y Cruz: y así celebraba el Nacimiento con extrañas demostraciones de regocijo, y la Semana Santa, no solo con extraordinarias mortificaciones y penitencias, sino con el corazón traspasado de dolor, que se le conocía bien en el exterior aspecto lastimado y compasivo.

Donde más dulcemente se engolfaba, hasta perder la tierra de vista, era en el Santísimo Sacramento y en los Misterios de la Misa. Una vez, después de haber consumido el Sanguis, se quedó con el cáliz en la mano, y estuvo por tan largo espacio elevado, que una santa mujer que oía la Misa exclamó: Llamen a los Ángeles que acaben esta Misa; porque solos ellos pueden proseguirla con tanta devoción: que este Santo no está para ello.

Muchas veces fue vista diciendo Misa, que del Sagrario salían rayos de Luz, que terminándose a su rostro, se lo bailaban de divinos resplandores: otras le salían de su rostro tan vivos, que deslumbraban a los que los veían. Los vio una vez un estudiante que le ayudaba a la Misa, y no solo le quitó la vista de los ojos (como él mismo afirmaba), sino que le penetró de manera el corazón, que luego se entró religioso dominico con nombre de fray Domingo de Sotomayor. En otras ocasiones le vieron resplandecer el rostro entre las tinieblas de la noche. Estas luces exteriores, índice eran de las interiores que por la abundancia rebosaban afuera para edificación de los prójimos.

Con tanta Luz del Cielo, penetraba los interiores, y registraba los pensamientos de los otros, y las cosas distantes no se le escondían. Una mujer, llamada María de la Paz, como le vio pequeño de estatura y de tan poca ostentación, pensó dentro de sí que no debía ser hombre de letras. Fuese con esto a confesar con el Santo Padre, el cual la dijo luego: Hija, letrado soy, aunque pecador. Respondió ella: ¿Por qué lo dice, padre? Y el Santo la dijo: Porque lo habéis menester.

A otra hija de confesión del Santo, que era muy sierva de Dios, la perseguía tanto el demonio, que cuando venía a la iglesia del convento, en medio de la calle y al umbral, la daba tantos golpes, que la dejaba como muerta. Desde su celda lo descubría el Santo Confesor con Luz del Cielo; y acudiendo antes que nadie le pudiese avisar la socorría, y ahuyentaba los demonios. De estos casos le sucedieron muchos; pero fue más notable el que le sucedió en una casa en que había diez y seis enfermos de peligro, y los once ya oleados. El compañero del Santo, que era hijo de aquella casa, se afligió mucho viendo el peligro de tantos; pero el siervo de Dios lo dijo entonces: No tenga pena, que ninguno de los diez y seis que están en la cama morirá de esta enfermedad, aunque están en el estado que vemos. Le preguntó el compañero cómo lo sabía, y respondió: Así me lo ha dicho quien lo puede hacer. Y así sucedió; porque todos recobraron la salud.

Dos años pasó en este colegio de Baeza con estos santos ejercicios, y dejando aquella fundación bien medrada en lo temporal y espiritual, se hubo de trasladar a Granada, con los oficios de difinidor general y prior de aquel convento. Cuatro años estuvo aquí continuando las maravillas de su gracia y los ejemplos de su virtud, con colmados frutos de su espiritual enseñanza, en beneficio universal de todos, así seglares como religiosos y religiosas.

A su santo celo y diligencia se debe también la fundación del convento de las religiosas de esta ciudad: porque él la solicitó y la ejecutó: y se le conoce bien ser obra de tal mano; pues es uno de los conventos de carmelitas descalzas, que más florecen en opinión y observancia. En el convento de sus frailes asentó estrecho recogimiento. Y como lo confirmase tan exactamente con su ejemplo, que ni para pagar las visitas que le hacían salía de casa, le procuraron persuadir los religiosos que saliese alguna vez, porque le echaban de menos los seglares. Se rindió el Santo Prelado a la importunación, y determinó visitar a los señores arzobispo y presidente. Comenzó por este último, y pidiéndole le perdonase el no haber hecho antes lo que debía; le respondió el presidente: Padre Prior, más queremos a vuestra paternidad y a sus frailes en su casa, que en las nuestras; porque con lo primero nos edifican, y con lo segundo nos entretienen. El religioso retirado nos lleva el corazón; y el que sale por salir, ni a nosotros edifica, ni para sí gana crédito. No hubo menester más para que, abreviando la plática, sin visitar al arzobispo, se volviese a su convento y refiriese el suceso muchas veces, para persuadir a sus religiosos el total retiro y confirmarlos en él. También les persuadía mucho la viva confianza en Dios; y Su Majestad se la premiaba con maravillas: pues por dos veces que el convento se halló con urgente necesidad, les proveyó milagrosamente. Solía repetir muchas veces el Santo Padre: ¡Oh, esperanza del cielo, que tanto alcanzas cuanto esperas!

A la opinión que ya trajo de místico y espiritual maestro, acudieron muchas almas a su confesonario, y asimismo las religiosas de su nueva fundación, todas le reconocían por Padre y le comunicaban sus almas como maestro. Él los fue disponiendo de manera a unos y otros, que recibiendo como tierra buena su celestial doctrina, fueron muy copiosos los frutos, y en el Santo tan frecuentes las maravillas en conocer los interiores, en profecías, y en echar los demonios de muchos cuerpos, que fuera nunca acabar el referirlos: solo diré una cosa que aquí le sucedió, para que se vea por cuán invencible le tenían los demonios.

Llegando a conjurar una endemoniada, en tanto que el Santo se apartó para encomendarla a Dios, oyó el compañero que la mujer, hablando entre dientes, decía con rabia: ¡Qué no pueda yo vencer este frailecillo! ¡Qué no halle mi astucia modo para derribarle! ¡Qué habiendo tantos años que me persigue en varias partes, aquí no me quiera dejar! Sabiendo el Santo, después de su oración, lo que había dicho el demonio, no haciendo caso de ello, lo expelió con la facilidad que otras veces. Tanto temor le tenían, que solo su vista les acobardaba y hacía huir, como se vio en otro caso.

Había salido a la iglesia a confesar por falta de otro confesonario: y una persona muy espiritual que allí estaba, vio que en un rincón de la iglesia estaban muchos demonios con apariencia de diferentes fieras, los cuales salían a tentar a los que estaban orando; mas advirtió que cuando el Santo levantaba o volvía los ojos adonde ellos estaban, todos atropellándose huían a esconderse en su rincón.

El año de 1585 hubo de acudir al capítulo que se celebraba en Lisboa, donde fue segunda vez electo en difinidor segundo. Había entonces en un convento de aquella grande ciudad una monja muy celebrada y tenida por prodigio; todo el mundo creía ser cosa del cielo: los capitulares como forasteros, siguiendo la voz pública, la iban a ver, celebrando sus dichos y hechos, y teniendo por reliquias algunas cosillas que les daba. Quisieron persuadir al Santo Varón que no dejase de ver aquella maravilla; mas él les respondió: Anden, padres, ¿qué quieren ver una mujer ilusa? Callen, que presto descubrirá Dios el engaño: y así fue, declarando el suceso, que el Santo Padre fue el que sin verla la conoció mejor, pues se comprobó ser todo embuste del demonio.

Este capítulo de Lisboa se concluyó después en Pastrana, habiendo venido de Génova el nuevo provincial, y entonces se determinó que los difinidores fuesen también vicarios provinciales, cada uno en su distrito. Cupiéronle al santo difinidor y vicario provincial las casas de Andalucía. En este oficio, como mayor, despidió mayores luces; la humildad, la observancia, la desnudez y mortificación de súbdito, lucieron más siendo prelado. No admitió más aparato que un jumentillo, porque sus fuerzas ya gastadas no le permitían andar a pié continuadas jornadas: y aun este alivio lo repartía con el compañero, que era un hermano lego, haciéndole a veces subir a caballo, y él se iba a pie como sirviéndole de mozo. Ninguna provisión llevaba por los caminos, fiándolo todo de la Providencia Divina. En los mesones, y cuando por los caminos se detenía a descansar, presto se apartaba, y después lo hallaba el compañero puesto en oración y algunas veces levantado en el aire. La autoridad de los oficios aseguraba con mayor humildad.

Diciendo un religioso delante alguna gente, que el Santo Padre había sido prior en cierto convento, respondió el Santo: También en ese mismo convento fui cocinero. Un prelado grave de cierta orden, oyéndole alabar mucho el retiro y soledad, le dijo: Vuestra paternidad debe ser hijo de algún labrador, pues tanta inclinación muestra al campo: a que respondió el humilde padre: Aún no soy tanto como eso, que mis padres fueron unos pobres tejedores de buratos. Entrando en los conventos, los santificaba y alegraba con su presencia, y con la grande luz del Cielo que tenía, ora maravillosa la prudencia y discreción con que disponía y gobernaba las cosas de los particulares y de las comunidades; con que llenaba las prendas de un perfectísimo prelado.

Amplificó su provincia, fundando nuevos conventos. El primero fue el de Córdoba, en el cual le sucedió un grande milagro; porque para edificar la iglesia, comenzaron a derribar una pared vieja: la socavaron tanto, que cayó sobre la celda en que estaba el Santo Padre, y toda la hundió. Asustados todos, creyendo habría muerto el Santo Provincial, acudieron seglares y religiosos para desenterrarle. Apartadas las ruinas, le hallaron alegre y sereno en un rinconcillo, sin lesión ninguna. Le preguntaron cómo había sido aquello. Respondió, que la de la capa blanca (así llamaba a Nuestra Señora) milagrosamente le había librado de aquel riesgo.

En Guadalcazar tuvo una grande enfermedad, y los médicos aseguraban que se moriría; pero el Santo dijo: Malo estoy y mucho padeceré; pero no moriré de ésta: porque aún no está acabada de labrar la piedra: y así fue. Durante esta enfermedad, para aplicarle ciertos remedios, le hubo de quitar el enfermero una cadenilla de hierro de agudas puntas que traía tan asida a las carnes, que por algunas partes no se veía. Se quedó con ella el enfermero: y aplicándola después de algunos años a un enfermo desahuciado, con una mortal modorra y calentura, al punto estuvo sano y bueno, que al día siguiente fue al convento a dar gracias a Dios por el beneficio.

Habiéndose dispuesto el fundar convento de monjas en Madrid, se encargó la ejecución y el acompañar las fundadoras al Santo Padre. En el camino, pasando por vado el río Guadiana, se vieron las monjas en gran peligro por llevar grande corriente; mas el Santo Provincial, siguiéndolas con su jumentillo, la pasó tan sin él, que vieron algunas de las monjas que iba sentado sobre las aguas, y con nueva maravilla le vieron después salir todo enjuto.

En la última jornada, para entrar en la corte sin registro y sin concurso, salieron de Getafe puesto el sol: con que les cogió la noche en medio de la jornada: pero a vírgenes tan prudentes y a Padre tan ceñido, el Cielo les envió lámparas, cercando el carro y todo el acompañamiento con un resplandor tan celestial, que dejando lo demás del campo en su oscuridad, les clarificó el carril basta entrarlos en la villa.

Vuelto el Santo a la provincia, fundó otro convento de frailes en la Mancha Real; y al año siguiente, por expresa revelación de Dios, fundó el de Caravaca: y yendo a fundar otro en Bujalance, libró dos mujeres poseídas del demonio; y diciendo un día Misa, le regaló el Señor mostrándosele cercado de un globo de luz que todo lo rodeaba y dejaba iluminado. Llegando después de la Misa a la reja para hacer una plática a las monjas, todavía se continuaba el resplandor tan a lo sensible, que entrando los rayos por la reja, los participaron las religiosas. Con estas luces proféticas conoció las tinieblas que padecía en su celda una religiosa llamada Bárbara del Espíritu Santo: la hizo llamar, y la dijo: ¿Cómo no me dice, hija, lo que padece? Pues ya que ella lo calla, yo se lo quiero decir: y diciéndole punto por punto todo lo que en su interior padecía, la consoló, y aseguró que presto estaría en paz. Vio también en espíritu que las monjas de otro convento estaban divididas en la aprobación de una novicia, y las escribió que le quitasen el hábito, sin embargo que era sobrina de un obispo.

Como el Santo Padre era como aquel árbol que vio San Juan, que todo el año daba frutos, y sus bojas eran para salud de las gentes, continuó también por este tiempo sus milagros y maravillas en beneficio de las almas y de los cuerpos. Se hallaba una religiosa con tan mortal accidente, que ordenó el médico la sacramentasen muy aprisa. Llamaron al Santo Padre para que lo hiciese; pero diciéndole un evangelio, y poniéndole sus manos en la cabeza estuvo sana y al otro día se levantó.

Llevando las monjas para fundar en Málaga, dio María de Cristo tan peligrosa caída de la cabalgadura, que todos creyeron era muerta. Estuvo un rato sin sentido, derramando mucha sangre de la cabeza: llegó el Santo, y limpiándole la herida con su pañuelo, sin otro beneficio, se levantó sana y prosiguió su viaje.

Yendo otra vez de camino con su compañero el hermano Fr. Martín, y un hermano donado, llamado Pedro de Santa María, dio éste tan mala caída, que por muchas partes se rompió la canilla de una pierna. Lastimados los compañeros, y tratando de la cura, hallaron la canilla hecha a pedazos y que sonaba como una caña muy cascada. Le tenía la pierna el hermano Fr. Martín; y siendo el médico el Santo Provincial, no le aplicó más remedio que un poco de su saliva, y atando la pierna con el pañuelo, le subieron sobre el jumentillo. Llegados a una venta dijo el Santo: Aguarde, hermano, y le apearemos para que no se lastime. Respondió: ¿Qué es lastimar, padre nuestro? Ya no me duele la pierna; y tentándola vio que estaba sana. Saltó en tierra, y se halló tan sano y sólido como antes de la caída. Por milagrosa calificaban los dos hermanos la cura: pero el Santo Padre, para deslumbrarlos, les dijo: Callen ahí: ¿qué saben ellos de milagros? Mas viendo que no bastaba, les mandó con obediencia el silencio.

Rematemos con otro caso de mayores circunstancias. Caminando en otra ocasión con el hermano Pedro de la Madre de Dios desde Baeza a Jaén, hubo de pasar un río: llegó al vado, y venía tan lleno, que los arrieros no se atrevieron a vadearle. Quiso también el Santo Provincial quedarse con ellos; pero alumbrado del Señor, dijo al compañero se quedase; y él con el jumentillo se entró por el río. A poco trecho tropezó el jumento, y viendo su peligro el Santo Padre, llamó a la Santísima Virgen, que acudiendo luego a socorrerle, le asió de las puntas de la capa, y llevó sobre las aguas basta dejarlo en la orilla, con grande admiración de los que lo miraban.

Salió, también la cabalgadura: y volviendo a subir, a todo correr no paró hasta la venta que llaman de Doña María: halló en ella un pasajero mal herido con tres puñaladas que el hijo del huésped le había dado: admiró el Santo Padre la benignidad del Señor con aquella alma, y más cuando llegándole a consolar, supo que era religioso profeso de cierta orden, que andaba apóstata. Lo confesó y lo dispuso por espacio de dos horas; y al fin de ellas arrepentido y reconocido a Dios, expiró con grande y muy singular consuelo del Santo Confesor, considerando cuántos milagros obró Nuestro Señor por la salvación de aquella alma.

Mucho deseaba el Santo Padre verse descargado de oficios, por el grande amor que tenía a la soledad y retiro, y deseoso de tratar a solas con Dios; pero aún no se lo permitía Su Majestad. Habiendo concluido la ocupación de vicario provincial, le hicieron segunda vez prior del convento de Granada; y aunque con muchas lágrimas lo renunció, no quiso el capítulo adquirir sus ruegos. Se rindió a la carga el humilde Padre, y prosiguiendo su gobierno con el acostumbrado ejemplo y crecido fruto de las almas, se le notó por este tiempo que sus hábitos y remiendos despedían un olor celestial y peregrino. Llegó ocasión en que a grandes instancias se hubo de rendir a mudar hábito, y el que dejó se los vistió otro religioso, estimándolo por reliquia, aunque bien pobre. Al punto echó de sí tal fragancia, que se persuadieron los demás que iba cargado de olores. Se excusaba el religioso con la verdad, y llegaron a creerla, cuando quitándose el hábito el religioso, reconocieron todos nacer de solo el hábito la fragancia. Era el santo aquel buen olor de Cristo de que se gloriaba el Apóstol; porque en todo deseaba conformarse y asemejarse a Cristo crucificado, humillado y abatido: por lo cual, continuamente y con muchas ansias le pedía tres cosas: la primera, que no le llevase de esta vida siendo prelado; la segunda, que le diese que padecer por Su Amor: y la tercera; que muriese habitando donde no le conociesen: y se las concedió el Señor, como lo mostró la experiencia y el mismo Santo Padre lo dijo a su venerable hermano francisco de Yepes, y a otros, previniéndoles que si lo viesen despreciado, abatido y cercado de dolores, no lo extrañasen; porque los había pedido al Señor y se los había concedido.

Ya corría un año de este priorato, cuando se innovó el gobierno de los Descalzos por autoridad apostólica, empezando a ser congregación, dividida en diferentes provincias, formando un supremo tribunal de vicario general y seis difinidores. Cayó sobre el siervo de Dios la elección de d¡finidor primero, y juntamente de prior del convento de Segovia, donde había de residir aquel grave tribunal, que llamaban consulta, con que a un tiempo se halló presidente de la consulta (en ausencia del vicario general) y prelado del convento; y en ambas ocupaciones resplandeció su santidad, su sabiduría, su prudencia y su entereza, con una admirable humildad y encendida caridad con que lo sazonaba todo. Dejando muchos casos particulares de profecías, éxtasis y conocimiento de los interiores, y otras cosas milagrosas que eran muy comunes en el Santo, sólo referiremos aquí tres, que fueron más notables.

Todo el tiempo que estuvo en esta casa de Segovia, advirtieron, así religiosos como seglares, que le asistía una paloma muy hermosa, que no se hacía con los demás, estando siempre sobre la celda del Santo Padre. Conferido el caso entre los religiosos, dijeron, que lo mismo había sucedido en Granada, y que a donde quiera que iba le seguía. Acostumbraba el siervo de Dios en esta casa retirarse muchas veces a una cueva o ermita que había en la huerta; y era cosa maravillosa ver como solían entonces acudir allí muchos pajarillos, y cantando dulcemente, le daban regaladas músicas. Estando, finalmente, una vez orando delante de una Imagen de Cristo con la Cruz acuestas, le habló Su Majestad en aquella, y le dijo: ¡Fr. Juan! Pero como el Santo Padre era tan espiritual, y estas hablas y revelaciones sensibles las tenía por sospechosas, no hizo caso, hasta que repitiéndose la Voz segunda y tercera vez se puso atento, y oyó que lo decía: ¿Qué quieres en premio de lo que por Mí has hecho y padecido? A que respondió con toda prontitud: Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos. El flaco pidiera honra y descanso; pero el esforzado caballero de Cristo pide penas y abatimientos en premio de sus humildes trabajos.

El año de 1561 acabó el oficio de difinidor, y queriendo el Señor cumplirle lo que tanto le había pedido, dispuso que lo dejasen sin oficio alguno. Alegre el Santo Padre viéndose desembarazado, se retiró en el convento de la Peñuela, a seis leguas de la ciudad de Baeza, en Andalucía, por ser convento solitario y eremítico, y en que florecía la penitencia y austeridad de vida. Redujo allí la suya a una continuada tarea de retiro y oración. Las mañanas gastaba en el coro y decir Misa: las tardes, o se salía por aquellos montes a desahogar su espíritu en alabanzas del Creador, o las pasaba en su celda recogido, ya de rodillas, ya en cruz, orando y otros santos ejercicios, hasta que la campana lo llamaba a los actos de comunidad. En esta soledad se hallaba como en su centro, y ocupándose tan sin embarazos en solo Dios, vivía tan abstraído de todo lo de acá, que no parecía hombre terreno, sino ángel humano. No atreviéndosele los demonios de cerca, le armaron tan funesto nublado en el aire sobre todo el sitio, que en sus furiosos rayos, truenos y piedras parecía lo habían de acabar lodo y hundir el convento. Viendo el Santo Padre la turbación de los religiosos, y conociendo los autores que la causaban, saliéndose al medio del claustro, se quitó la capilla, y mirando al cielo, hizo con ella cuatro cruces hacia las cuatro partes del mundo: y al momento se dividió el nublado en otras cuatro partes, y a toda prisa dejó el cielo sereno, desvanecida la tempestad y confusos los enemigos: los cuales aunque quedaron vencidos, pero no enmendados; pues que ya que no les salió bien el agua, trataron de valerse del fuego, y ver si podrían abrasar con llamas al que no habían podido ahogar con diluvios.

Tenía el convento un pedazo de huerta y olivar cercado no de paredes, sino de las mismas malezas del monte, y por de fuera algunas haces de siembra. Corriendo buen viento para desviar el fuego, quiso un hermano quemar los rastrojos que habían quedado de la siega: valiéndose los demonios de la ocasión, presto revolvieron el viento contra la huerta y el convento, y encendieron tales llamas, que ya sin resistencia amenazaban lamentable incendio de todo el sitio. Asustados los religiosos, llamaron al Santo Padre, el cual haciendo breve oración delante del Santísimo Sacramento , tomó el hisopo y agua bendita, y se puso entre la cerca y el fuego, cuyas llamas pasando por encima del santo, llegaban ya a lamer los sarmientos de la barda, con que a poco espacio perdieron al Santo de vista. Se pasmaron todos temiéndole abrasado; mas el Santo Padre, luchando con Dios y su oración contra el infierno, consiguió la victoria que se comenzó a mostrar en dos maravillas singulares: la primera, que emprendiendo el fuego en las jaras y sarmientos de que se componía la cerca (a semejanza de la zarza de Moisés), no los quemaba ni ofendía: la segunda, que descaeciendo las llamas, vieron el Santo Padre en medio de ellas elevado en el aire, y que pisándolas, poco a poco se fue bajando sin traer lesión en persona, ni olor de fuego en sus hábitos, viniéndose alegre hacia los religiosos, y dejando en todo el sitio ahogado el fuego y sus autores.

Mucho edificó el siervo de Dios a toda la Iglesia con la santidad y virtudes de su santa vida; pero nada menos la enseñó con su mística y justísima doctrina. Y porque en esta soledad de la Peñuela le dio la última mano a sus escritos, daremos aquí noticia de ellos. Muchos religiosos y religiosas de la orden, admirando su celestial magisterio místico, le rogaron se los dejase escritos para bien de muchas almas. Rendido a las instancias, escribió los libros siguientes: el primero, Subida del Monte Carmelo: el segundo, Noche obscura: el tercero, Cántico Espiritual; y el cuarto, Llama de Amor Viva. Se trasladaron después en varias lenguas, imprimiéndolos en latín el P. Fr. Andrés de Jesús, natural de Polonia, y de la misma orden, añadiendo otros cuatro tratados menores: el primero, Cautelas espirituales contra los tres enemigos del alma: el segundo, Cartas a diferentes personas: el tercero, Sentenciario Espiritual; y el cuarto, Devotas Poesías. Y aunque es ya muy conocida y pública la alteza y utilidad de esta doctrina; dejando los muchos elogios que de ella escribieron las mejores plumas, solo referiré el que los Cardenales Torres y Deti, para despachar los remisoriales para la canonización del Santo Padre, hicieron en esta forma: «Escribió libros de teología mística, llenos de celestial sabiduría, los cuales andan divulgados en diferentes reinos con tan sublime y admirable estilo, que juzgan todos no ser ciencia adquirida con ingenio humano, sino revelada e infundida del Cielo. Es su lección muy provechosa para discernir las revelaciones verdaderas de las falsas, y esforzar las almas en el camino y vida de la perfección. Por lo cual los que leen estos libros comparan su doctrina con la de San Dionisio Areopagita.»

Y el señor Cardenal Ginetti refiere a la sagrada congregación el dicho del doctísimo y venerable P. M. Fr. Juan Bautista Lezana, carmelita observante, a quien se había remitido la revisión de dichos libros por estas palabras: «La revisión de los opúsculos del siervo de Dios, Juan de la Cruz, según la forma de los nuevos decretos que me encomendó la sagrada congregación, fue remitida al P. Fr. Juan Bautista Lesana, carmelita, uno de los consultores de esta sagrada congregación: por cuya relación, que presentó en escrito, consta; que en dichos opúsculos no se halla cosa contra la fe y buenas costumbres, ni contienen doctrina nueva, ni peregrina, ni ajena del común sentir y costumbre de la Iglesia; sino antes más doctrina tan altamente sublime, que apenas se podía hallar otra más levantada, si no es en los códices sagrados.» Todo esto se dice de los libros del Santo Padre: y nadie que los lea con humilde y verdadero deseo de aprovecharse de su doctrina lo extrañará; porque experimentará los admirables frutos que causa en las almas en el total desasimiento de las criaturas, y buscar y hallar al Creador.

Se iba el Santo acercando a la corona de sus méritos: y para que fuese más preciosa, la labró el Señor nuevas piedras de penas y dolores en su última enfermedad. Le envió unas calenturas, que presto le derribaron en la cama, y originándose de ellas una grande inflamación a la pierna derecha, puso a todos en cuidado. Avisado el padre provincial, al punto envió orden para que se fuese a curar a Baeza o a Úbeda, y mandó al padre prior que luego lo ejecutase y cuidase mucho del enfermo. Instaba el prior se fuese al colegio de Baeza, por ser casa más acomodada y el rector muy hijo del santo padre, y no al convento de Úbeda, nuevo y mal acomodado, y cuyo prior estaba adverso al Santo Padre por haberle mortificado algunas demasías. Mas como él deseaba padecer, y halló en Úbeda la ocasión: eligió el ir a aquella casa, en donde había de padecer más y era menos conocido. Con el movimiento del camino creció la inflamación e iba con notable fatiga. Llegando al puente del río Guadalimar, le dijo el hermano: A la sombra de este puente podrá vuestra reverencia descansar un rato y comer un bocado. Sí, descansaré (respondió el enfermo), porque llevo necesidad: pero tratar de comer es excusado, porque tengo total inapetencia. Replicó el hermano: ¿Es posible que nada apetece vuestra reverencia? A que respondió: Sola una, que son unos espárragos; pero en este tiempo (era a fin de setiembre) no es posible hallarlos. Estando el compañero en esta aflicción, y mirando al río, vieron los dos dentro de él una peñuela, y encima de ella un manojo de espárragos muy frescos, atados con un mimbre. Los sacó el hermano: los admiró el Santo, y por mucho que procuró disimular la maravilla, no pudo negar había sido milagrosa.

Llegado a Úbeda, fue recibido del prior con poco agrado, y con mucho de los demás. Pero el camino de suerte agravó la enfermedad, que el humor, bajando a la pierna, al otro día reventó por cinco bocas en forma de cruz, dejando la mayor sobre el empeine del pie. De todas salía tanta materia que llenaba las escudillas, y cundiendo por todo el cuerpo hizo en él balsas de humor corrompido, particularmente en ambas pantorrillas. Este accidente y continua calentura le causaron tal flaqueza que no se podía rodear en la cama, si no es asiéndose de una soga, y ayudado de los enfermeros. A su rigor excedía su paciencia, y a todo la que mostró en lo recio de su cura. Le abrieron desde el empeine del pie hacia arriba por la espinilla más de una cuarta, de modo que se le descubrió la canilla de la pierna, con tal tolerancia en el enfermo, que admiró al cirujano, a quien después dijo con alegre serenidad: Si es menester cortar más, córtese muy enhorabuena, y hágase la voluntad de mi señor Jesucristo; que yo estoy dispuesto para lo que Su Majestad mandare y ordenare de mí. A este dolor del cuerpo se recreció a este segundo Job el desagrado del prior. Sus visitas eran de juez, sus palabras de apasionado y sus obras tan de miserable, que no solo no le daba más que un poco de carnero, sino que prohibía que de fuera le regalasen, diciendo que bastaba el tomar carne para la enfermedad que tenía. Finalmente, por saber que esta sequedad la sentían y censuraban los religiosos, mandó que ninguno entrase en su celda, echando la llave a su rigor y el Santo a su sufrimiento. No pudo tan ejemplar paciencia y santidad conocida estar oculta mucho tiempo: la publicaron cirujanos y religiosos, con que se movieron muchas personas devotas a acudir al enfermo. Unas le enviaban regalos, otras hilas y lienzos, y otras se encargaron de lavar los paños y vendas. Ya los religiosos habían avisado al padre provincial, que vino a toda prisa, e informado del estado de la enfermedad y sequedad del prior, después de haberle reñido ásperamente, dijo: Abran, padres, esas puertas para que no solo los religiosos, sino los seglares entren a ver este espectáculo de santidad, y queden admirados con su admirable paciencia. Trueno y rayo fueron estas palabras del celo y caridad del venerable provincial, que juntamente atemorizaron y alumbraron al prior, el cual comenzó a venerar al que antes perseguía; y postrado a sus pies, no solo le pidió muchas veces perdón, sino ejecutó sus consejos, y en adelante predicó sus alabanzas. Queriéndole dar algún alivio, dispuso (rehusándolo el enfermo) un rato de música, y en tanto que duró, estuvo el Santo tan suspenso, que vuelto en sí, y preguntado qué le había parecido de la música, respondió: No la oí, porque otra mejor me ha ocupado en este tiempo. Empezaba ya a gustar la del Cielo, de la cual añadió: Satiabor, cum apparuerit gloria tua.

Con otras maravillas acreditó aquí Dios la santidad de Su siervo. La materia que salía de las llagas era tan diferente de las demás que no solo no olía, sino que sabía bien. Tomando el enfermero una porcelana llena de la sangre y materia que salió cuando le abrieron la pierna, viendo cuán bien olía, dijo: Ésta no es materia; y bebiendo dos tragos de ella, se le quitó un dolor de cabeza que padecía. Encontrando otro religioso una escudilla de la misma materia, juzgando por su buen color y olor ser alguna salsa regalada, se la bebió toda con buen gusto. Las señoras que lavaban las vendas y paños que servían al Santo Padre, testificaron que tenían un olor celestial, y que su tacto les causaba interior consuelo. Les llevaron una vez con la ropa del Santo Padre la de otro enfermo, y luego con el olor conocieron no ser toda del Santo, y por el diferente olor pudieron apartar la una de la otra. También sucedió a muchas de estas personas, que buscando en sus casas algunas cosas de regalo para sí, no las hallaban; y cuando las buscaban para regalar al santo enfermo, luego se les venían a las manos, cuidando Dios del alivio y asistencia de su fiel amigo con tan singulares providencias.

Dos meses y ocho días habían pasado, cuando creciendo la enfermedad, desconfiaron todos de la vida del enfermo. La víspera de la Concepción, que cayó en sábado, mandó el médico le diesen el viático: y alegre el Santo con la nueva, dijo: Laetaus sum in his, quae dicta sunt miki: in domun Dómini ibimus. Mas como sabía mejor que el médico, no solo el día sino también la hora en que había de morir, dijo, que se difiriese hasta su tiempo. El jueves siguiente lo pidió diciendo no duraría mucho. Le pidieron les repartiese sus alhajas, que eran hábito, rosario, breviario y correa; y respondió: Yo soy pobre; esa acción es del prelado: al cual pidió de limosna un hábito y un poco de tierra en que enterrarse, perdón de los enfados de la enfermedad, y a los demás de los descuidos que había tenido, siendo súbdito y prelado. Animándolos a todos a la observancia de su profesión, le interrumpieron las lágrimas. Viernes 13 de diciembre, día de Santa Lucía, pregunto qué día era: y sabiendo que viernes; ya no preguntó más por el día sino por las horas: y como le pidiesen la causa, añadió: Helo preguntado; porque, gloria a mi Dios, tengo de ir esta noche a cantar maitines al Cielo.

Llegándose después el venerable provincial, quiso alentarle acordándole lo que había trabajado por la reforma: mas el humilde Padre tapándose los oídos con ambas manos, le dijo: No me acuerde vuestra reverencia sino mis muchas culpas y pecados; y solo tengo para satisfacer por ellos, la Sangre y merecimientos de Jesucristo. A las cinco de la tarde recibió la extremaunción: a las nueve, habiendo preguntado y sabido qué hora era: exclamó: ¡Qué aún me faltan tres horas!, añadiendo: Incolatus meus prolongatus est. A las once y media pidió llamasen al padre provincial y a todos los religiosos. Habiendo acudido, se hincaron todos de rodillas, y le suplicaron les echase su bendición; pues les dejaba con su ausencia tan desconsolados. Se excusaba el Santo, pidiendo al padre provincial se la echase su reverendísima, pues era prelado de todos. Al final ruego del provincial y lágrimas de todos, se hubo de rendir, y les echó su bendición: después de esto pidió le leyesen algo del libro de los Cantares: y en el punto de las doce, le rodeó un globo grande de luz como de fuego resplandeciente, cuya claridad ofuscaba unas veinte luces que ardían en el altar y celda. En medio de la celestial llama se veía estar como ardiendo aquel abrasado serafín. A esta sazón dio el reloj las doce; y sonando la campana del convento, preguntó, qué tañían. Respondiéndole que a maitines, pasó mansa y amorosamente los ojos por los presentes y por despedida les dijo: Al cielo me voy a cantarlos: y poniendo sus benditos labios a los pies del Crucifijo, y diciendo: In manus tuas commendo spiritum meum, cerrando la boca y los ojos, se lo entregó dulcemente, sábado a la misma hora que había dicho, 14 de diciembre del año 1591, a los cuarenta y nueve de su edad, y veinte y ocho de religión, habiendo vivido los cinco primeros en la Observancia, y los veinte y tres en la Reforma: a la cual, habiendo sido el primero de ella, vio en sus días dilatada en España y en las Indias en seis provincias, y con vicario general propio de la familia.

No dilató el Señor el dar testimonios de la gloria de Su siervo. En expirando, se sintió por todo el convento una celestial fragancia: su rostro quedó muy hermoso y sonroseado. Aunque llovía y bacía mucho frío, acudió luego tanta gente, que se hubieron de flanquear las puertas del convento a la una de la noche; y llegándose todos a besarle las manos y los pies, se tenía por dichoso el que podía alcanzar alguna reliquia suya. Entre otros llegó un carpintero llamado Iruela, pidiendo a grandes voces lo dejasen ver  al Santo; porque en aquel punto le había librado de un grande peligro de cuerpo y alma. A más de estos en expirando se apareció a su grande bienhechora doña Clara de Benavides y a Luisa de la Torre, mujer de gran de virtud, que arrebatada en espíritu le vio con el rostro muy resplandeciente, que sustentaba sobre sus hombros aquel convento de Úbeda. En Segovia apareció a Beatriz del Sacramento, religiosa de su orden, con el hábito chapeado de joyas de oro y sembrado de estrellas, con una hermosísima corona en la cabeza; y la dejó del todo sana, estando antes tullida. En la misma ciudad de Úbeda, años después obró una singular maravilla. Por mayo habiéndose formado una terrible tempestad y nublado formidable, y acudiendo muchos a implorar su patrocinio, fue visto a la luz de los relámpagos con su hábito de carmelita descalzo, que luchando con las nubes, las deshizo y apartó de los términos de la ciudad.

Al entierro acudieron sin haberles convidado, así el Clero, religiones y caballeros, como de los demás, tanta multitud, que no cabían en el convento ni en la calle. Con harto trabajo le sacaron a la iglesia, donde sin poderlo remediar, le cortaron muchos de sus hábitos. El P. Fr. Domingo de Sotomayor, hallándose presente, intentó su devoción corlarle un dedo; y retirando el Santo la mano, le cayó encima desmayado. Llegando a besar el pie un religioso de otra religión, con los dientes le arrancó una uña.

Le enterraron entonces en tierra; pero el cielo dio bastantes muestras de que merecía más glorioso sepulcro, con las luces que se vieron salir de la sepultura. A los nueve meses se descubrió el santo cuerpo, y luego se percibió una grande fragancia, y hallaron el cuerpo entero y fresco: quisieron corlarle un dedo; y al punto salió sangre, como si estuviera vivo. Al año siguiente fue trasladado secretamente a Segovia; pero cuando Úbeda lo supo, sintió tanto el despojo, que negoció breve de Clemente VIII, año de 1596, para que se le restituyese. Los prelados de la religión, para excusar competencias entre tan ilustres ciudades, lo compusieron dividiendo entre ellas el santo cuerpo; a Úbeda le cupo un brazo y las dos piernas; y a Segovia la cabeza con lo restante.

Tumba de San Juan de la Cruz en el Convento de Segovia, España.

Prosiguiendo después el Santo en hacer muchos milagros y prodigios, dando especialmente salud a muchos enfermos ya desahuciados, y hechas las debidas informaciones y procesos, a los 6 de octubre de 1674 la santidad de Clemente X mandó se publicase el decreto de su beatificación, como se hizo: y reducida después dicha beatificación en forma de bula, la despachó su santidad el año siguiente de 75, a 25 de enero. Fue después canonizado a 27 de diciembre del año de 1726 por la santidad de Benedicto XIII, de la sagrada orden de Santo Domingo: y a 22 de marzo de 1732 la santidad de Clemente XI concedió por toda su religión rezo y misa, todo propio del santo con rito de primera clase y con octava; trasladando o anticipando el día de su fiesta, y mandando que de allí en adelante se celebrase el día 24 de noviembre, así como antes se celebraba a los 14 de diciembre, día en que murió el Santo: lo cual se hizo para que se pudiese rezar con octava; porque desde el día 17 de diciembre basta el día de Navidad, según las rúbricas del breviario romano, deben cesar todas las octavas.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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11 de Diciembre: Madre Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)

11 de Diciembre
Año: 1926 / Lugar: CERRO DE LOS ÁNGELES-MADRID, España
Revelaciones del Corazón de Jesús sobre el Cerro de los Ángeles
Vidente: Madre Santa Maravillas de Jesús (1891-1974)



Datos Biográficos de la Madre Santa Maravillas de Jesús

María Maravillas Pidal y Chico de Guzmán nació en Madrid, el 4 de noviembre de 1891, y murió 11 de diciembre de 1974, en el Convento de La Aldehuela de Getafe. Al entrar en la vida religiosa tomó el nombre de Maravillas de Jesús. Fue canonizada por la Iglesia Católica en 2003, es considerada una de las grandes místicas del siglo XX.

Hizo sus votos religiosos en el año 1921. En 1923, por inspiración Divina tomó la decisión de fundar un convento de Carmelitas Descalzas en Getafe, en el Cerro de los Ángeles, junto al monumento levantado en el centro geográfico de España. El Obispo de Madrid-Alcalá, Leopoldo Eijo y Garay, acogió con entusiasmo la idea y en 1924 la Hermana Maravillas y otras tres monjas carmelitas de El Escorial se instalaron provisionalmente en una casa de Getafe para atender desde allí la edificación del convento. El 30 de mayo de 1924 hizo su profesión solemne, y en Junio de 1926 fue nombrada priora de la comunidad del Monasterio del Sagrado Corazón y Nuestra Señora de los Ángeles, que fue inaugurado el 31 de Octubre de 1926.

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Revelaciones del Corazón de Jesús a la Madre Maravillas

Tomadas de Laura Lázaro en el video, El Cerro de los Ángeles, Lugar de Gracia

El Cerro de los Ángeles es un lugar de Gracia. Es un lugar emblemático que se encuentra a 14 Km del Sur de Madrid, concretamente en la Diócesis de Getafe. Allí ocurrieron unos hechos que merece la pena que sean contados. Este lugar tiene la presencia del Corazón de Jesús y también del Corazón de María. Ella fue la Precursora y también la que eligió ese sitio para Su Hijo. Satanás odia especialmente este sitio y tiene un interés especial para que sea silenciado. Es por esto que hoy quiero contaros lo que allí aconteció y qué lugar especial es éste.


¿Qué es el Cerro de los Ángeles? ¿Qué ocurrió allí?

En 1919, se elige este lugar, que era centro geográfico de España, para construir un gran monumento al Sagrado corazón de Jesús, y se construye gracias a las aportaciones de miles de españoles por suscripción pública, salvo la Imagen de Jesús que fue una donación privada.

El 30 de Mayo de 1919, ante este monumento, el rey Alfonso XIII Consagra a España al Sagrado corazón de Jesús, con toda solemnidad. La altura del monumento era de 28 mt, contando la figura. Y la figura, solo ella medía 9 mt. El Rey Alfonso XIII leyó de pie la Consagración, con el Santísimo Sacramento expuesto sobre el altar en una custodia de plata de la casa real. Un día de júbilo y de alegría y en muchas ciudades sonaron las campanas de las iglesias al realizarse la Consagración.


Las Carmelitas Descalzas

La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús, siempre fue íntima y profundamente vivida por las Carmelitas Descalzas. El Señor tenía grandes designios para este sitio, y a los 4 años que Santa Maravillas se encontraba entonces en el convento de El Escorial, en el Carmelo de El Escorial, empieza a recibir inspiraciones del Señor para que funde un convento en el Cerro de los Ángeles. Estas llamadas las tenía en el coro, en la celda, en el refectorio y en todas partes, y eran insistentes. Ella llegará a decir que el Señor le pedía a gritos esta fundación, con el fin de acompañar al Sagrado Corazón de Jesús en Su soledad y pedir por la salvación de las almas.

El sentido profundo de este Carmelo viene de hecho expresado en un papelito que fue hallado unos meses después de morir la Madre Maravillas. Este papelito dice así, son palabras de Jesús a la Madre Maravillas:

“Aquí quiero que tú y esas otras almas escogidas de Mi Corazón, Me hagáis una Casa en que tenga Mis delicias. Mi Corazón necesita ser consolado y este Carmelo quiero que sea el bálsamo que cure las heridas que Me abren los pecadores. España se salvará por la oración.”

A partir de esta gracia, especial empeño y dedicación tuvo la entonces Hermana Maravillas hasta ver conseguida la importante obra que Jesús le había encomendado. Ella y tres hermanas más formaron la primera comunidad que fue originariamente instalada en Getafe hasta que se terminaron las obras del convento.

Convento de las Carmelitas Descalzas del Sagrado Corazón de Jesús y Nuestra Señora de los Ángeles.

Desde la festividad de Cristo Rey, el 26 de Octubre de 1926, fecha en la que ocuparon el convento, el Sagrado Corazón de Jesús tiene una lámpara que se mantiene siempre encendida, con luz de penitencia y oración. Por estos años empieza a crecer cada vez más la hostilidad hacia la Iglesia Católica. Hay ataques, amenazas, incendios; por tanto, dos hermanas de la comunidad a petición de la Madre Maravillas guardan el monumento por las noches para que no sea profanado o no sea atacado. Llega la Madre Maravillas, en su celo por proteger al Corazón de Jesús, a pedir a Roma que en caso necesario puedan entregar la vida para defenderlo.

El 11 de Mayo de 1931, son incendiados templos, iglesias y conventos en Madrid, y esta situación se empieza a propagar ya por todo el país. Ante esta situación, el Obispo le pide a las Carmelitas Descalzas del Cerro que abandonen ese lugar porque es ya muy peligroso. Ellas obedecen, se dispersan por distintos sitios, se alojan en domicilios de sus familiares, pero en el Cerro de los Ángeles, con permiso del Obispo, se quedan la Madre Maravillas y tres monjas más para proteger el Cerro y dar la vida, si es necesario, por el Corazón de Jesús. Al día siguiente la Madre Maravillas obtiene el permiso del Obispo para que todas las monjas que quieran volver vuelvan al Cerro de los Ángeles, y vuelven absolutamente todas.

La situación progresivamente empeora y en 1934 empiezan ya los primeros mártires antes de estallar la guerra civil, los mártires por ejemplo de Turón.

El 1 de Mayo de 1936, un grupo de mozos intentan asaltar el Cerro de los Ángeles. Llegan, un día y otro, noticias de Sacerdotes apresados o asesinados. Y la Madre Maravillas ofrece la posibilidad a las hermanas de alojarse en domicilios de sus familiares. Todas deciden quedarse donde el Señor las ha reunido.

El 22 de julio los milicianos entran en el convento de las Carmelitas Descalzas y lo registran, pero no encuentran nada. Se las llevan y no saben muy bien qué hacer con ellas. Deciden entre, o bien darles un paseo, —esto de darles un paseo significaba llevarlas a algún sitio y fusilarlas, un sitio oculto, apartado; o bien, llevarlas detenidas a Getafe. Y optan por la segunda acción. Primero son recibidas por las Ursulinas, y finalmente estuvieron alojadas, ocultas en Getafe en un piso, durante la guerra civil.

Pasado un tiempo el Obispo de Madrid las escribe y les solicita, que todas vuelvan de nuevo al Cerro de los Ángeles porque los nacionales están a punto de tomar la ciudad de Madrid. La Madre Maravillas vuelve al Cerro con tres hermanas, primero se aloja en Getafe y desde Getafe va al Cerro para ver en qué situación está. Y la situación es devastadora, está totalmente destruido el monumento del Sagrado Corazón de Jesús.

¿Qué fue lo que ahí ocurrió?

Al inicio de la guerra civil española, el 23 de Julio de 1936, cinco jóvenes que fueron a defender y a guardar el monumento, de posibles atentados, son asesinados. Y cinco días después de este martirio, milicianos del bando republicano llevaron a cabo una ceremonia, por ellos mismos fotografiada, la de fusilar la Imagen del Corazón de Jesús. Intentaron destruir el monumento y la Imagen del Sagrado Corazón de Jesús pero no lo consiguieron por la dureza del material, así que decidieron dinamitarlo. Destruyeron el monumento, destruyeron el convento de las carmelitas descalzas y destruyeron la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, todo quedó devastado.

La prensa afín publicó en portada y en primera página las fotografías de aquel fusilamiento y comentó favorablemente el hecho, lo llamaron desaparición de… El ayuntamiento de Getafe en decisión refrendada por el gobierno de la república, cambió el nombre del Cerro de los Ángeles por el del Cerro Rojo. Y el monumento fue dinamitado pocos días después, el 7 de Agosto de 1936, que casualmente era primer Viernes de mes.

Las Carmelitas inician en seguida las obras de reconstrucción, pero desde cero y de forma, claro, muy despacito. En 1940, el padre Alfonso Torres, un Sacerdote que era un enamorado del Corazón de Jesús, está de ejercicios y paseando por esta zona contempla muy triste todos los escombros. Y mientras está contemplando este panorama piensa en Jesús, en qué pensaría Jesús cuando le estaban destrozando, cuando Él había dado la vida por ellos y amaba a los hombres de manera extrema. En ese momento llevado por una inspiración, sin duda, pone su atención en un gran bloque y a los obreros que están allí les pide que por favor, volteen ese bloque y ante sus ojos ve algo impresionante: el Corazón de Jesús estaba intacto, apenas un pequeño golpe en uno de los lados por el impacto con el suelo, ninguna bala le había alcanzado. Esto se vivió lógicamente como un gran signo, como un gran milagro del Señor, cuando estaba todo completamente destruido.

Este Tesoro se encuentra hoy en el Carmelo del Cerro y lo veneran muchísimo las carmelitas, le llaman la Santa Reliquia. La Madre Maravillas pidió expresamente, que en cada Carmelo fundado por ella, fuera llevado un trocito del antiguo monumento y en él se grabara, se esculpiera la réplica exacta del Corazón.

Reconstrucción del Monumento

Con oración y trabajo van reconstruyendo el monasterio con un gran esfuerzo, las propias monjas han de arreglarse para reedificar el convento con pocas ayudas, pues faltan brazos y también materiales, se carece de todo, pero en cambio las vocaciones empiezan a llegar, y cada vez más fueron muchas las vocaciones en aquel momento.

La Madre, para que sepáis como curiosidad, que dormía unas tres horas, lo hace sentada en el suelo, acostándose sólo en la tarima, es decir en la cama que se usa en las celdas. Esto ya lo venía haciendo desde 1931, a los comienzos de la república.

Terminada la guerra el nuevo régimen da orden de reconstruir el Monumento y de recuperar su nombre original, y dio orden de construir un nuevo Monumento, réplica del anterior, que comenzó a edificarse en 1944 y que fue inaugurado en 1965. La imagen de Jesús del nuevo monumento mide 11,5 mt y su pedestal 26 mt, es decir, es un poco mayor que el anterior.

Como curiosidad el saber que el monumento está situado en lo alto del Cerro y que se puede ver desde muchos km alrededor.

Vista aérea del Cerro de los Ángeles, considerado el centro geográfico de la península Ibérica, con el nuevo Monumento al Sagrado Corazón de Jesús, réplica del anterior Monumento de 1919.


Fuente:
Apostolado de los Sagrados Corazones Unidos
https://es.wikipedia.org/wiki/Cerro_de_los_%C3%81ngeles
https://es.wikipedia.org/wiki/Maravillas_de_Jes%C3%BAs

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10 de Diciembre: Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod, Rusia (1170)

10 de Diciembre 
Año: 1170 / Lugar: NÓVGOROD, Rusia
Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod
Milagros



Icono Milagroso El Signo de Nóvgorod

La gran Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, dedicada a la Sabiduría de Dios, fue fundada por el Príncipe Yarosláv el Sabio, su hijo Vladimir y el Obispo Lucas como una iglesia para toda la ciudad. Fue construida de 1045 a 1050 y es la iglesia más antigua de toda Rusia, pero a diferencia de la Sofía de Kiev, su interior no estaba decorado con inscripciones desde el principio. Sólo en 1108 los maestros comenzaron a pintar la iglesia. Antes de eso la pintura consistía de imágenes separadas, como los iconos en las paredes y en los pilares, que fueron descubiertos durante los trabajos de restauración a finales del siglo XIX.

Los anales tienen la leyenda, que la imagen del Salvador al día siguiente tenía el puño cerrado. El mural se había vuelto a pintar por tres veces hasta que al cuarto día desde lo alto escucharon la Voz de Cristo, que pidió dejar la imagen con el puño cerrado, porque mientras Él sostiene en Su Mano Nóvgorod, la ciudad está a salvo. Así orando en la iglesia y dirigiendo su mirada al Cielo, los novgorodienses pudieron ver personalmente la mano que había tenido su destino común.

Icono “El Signo” en la Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, (parte inferior a la derecha).


El Icono Milagroso

En la Catedral de Nóvgorod está guardada la reliquia nacional de Rusia —el icono de la Madre de Dios “El Signo”, que en 1170 defendió la ciudad del príncipe Suzdal cuando por él era atacada. La leyenda se formó posteriormente a base del icono, “Batalla de los novgorodienses contra Suzdal”, que narra sobre el evento.

“Batalla de los novgorodienses contra Suzdal”

Se dice, que en el año 1170 las fuerzas combinadas bajo la dirección del príncipe de Suzdal, se acercaron a los muros de Nóvgorod. Los habitantes de la ciudad no tenían a quién recurrir en busca de ayuda, sino a Dios. Día y noche oraron, pidiendo al Señor que no los abandonara. En la tercera noche, Ilya, Arzobispo de Nóvgorod, oyó una voz hermosa que le indicaba que tomara la Imagen de la Santísima Madre de Dios, para llevarla en procesión por la ciudad. Mientras se llevaba el Icono, el enemigo soltó sobre la procesión una nube de flechas, una de las cuales golpeó el rostro de la Virgen. De Sus ojos comenzaron a fluir Lágrimas y el icono volvió la cara hacia la ciudad. Inmediatamente después de la aparición de esa Señal Divina, los atacantes experimentaron un terror inexplicable y comenzaron a caer uno tras otro. Los habitantes de Nóvgorod, envalentados por Dios, entraron sin miedo en la refriega y salieron victoriosos.

La fe de los novgorodienses era fuerte e inconmovible. La culminación de todo tipo de desastres, así como la liberación de los tártaros en 1238 y la salvación de una pestilencia muy grande en 1391, todo recibía una explicación en Santa Sofía, “La Sabiduría de Dios”.

Santa Sofía: “La Sabiduría de Dios”

Catedral de Santa Sofía de Nóvgorod, Rusia.


Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_Santa_Sof%C3%ADa_de_N%C3%B3vgorod
http://www.apariciones.cl/apariciones-por-tema/29-1170-icono-del-signo-de-novgorod-rusia
http://visitnovgorod.es/sights/st_sophia_cathedral.html
http://susiripa.blogspot.com/2014/11/novgorod.html
https://forosdelavirgen.org/14894/nuestra-senora-del-signo-fiesta-ortodoxa-10-de-diciembre/

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