Revelaciones del Cielo y del Infierno a Gustavo

Revelaciones del Cielo y del Infierno a Gustavo
Argentina, Enero 2018

Dice Gustavo:

Tres días seguidos tuve la revelación del Juicio a las Naciones, y la separación de los Santos y los que van al infierno.

En el primer día se me presentó en un sueño, mientras dormía, a las 3 de la tarde.

Estábamos todos parados en el Cielo sobre un piso como si fuese de cristal, rodeado de nubes y frente a nosotros (éramos una multitud) había una escalera hermosa de cristal que conducía hacia un Trono de cristal también enorme, brilloso, reluciente.

Al lado derecho del Trono había un atril con un enorme libro. Enorme, blanco, grueso, ancho y alto. Que habría que abrirlo con dos manos por lo enorme que era.

Estábamos todos reunidos frente a este Trono. Estábamos muchos vestidos de grises o de marrón y otros vestidos de blanco reluciente.

Todos hablábamos entre todos, con el del lado, con el del frente, el de atrás y con el que estaba al costado.

Y alrededor nuestro, a ambos lados del Trono, pero entre nuestro piso y el Trono, en ese nivel, que estaban ubicados más elevados que nosotros, había una gran cantidad de asientos y colmado de Ángeles y Santos.

Vi a la Santa Madre de Dios, a tantos Ángeles y tantos Santos reunidos, todos hablaban entre ellos. Comenzaba el Juicio a las Naciones.

Hacia el Trono, sólo estaba la escalera que estaba rodeada de nubes. Cuando se subía por la escalera, había también nubes alrededor. Fuera de eso no había otra cosa, solo la escalera que conducía hacia el Trono.

En el segundo día tuve una revelación en el sueño. Aparece un Ángel hermoso y se escucha como un trueno. Entonces todos nos llamamos al silencio y todo eso que se produce llama al orden.

Y un Ángel grande, hermoso, alto, aparece al lado del Trono de Cristal que estaba vacío todavía, y abre este libro hermoso, grande. Y dice: “Abriremos el Libro de la Vida”.

Se abre el Libro de la Vida y comienza el Juicio de las Naciones. Y empieza a hablar de los Justos, o pasajes bíblicos que hablan de los Justos, que se secarían las lágrimas. Y aparece El Señor, todo el mundo se arrodilla, todos nos inclinamos y nos arrodillamos. Aparece Nuestro Señor Jesús y se sienta en el Trono. Se le coloca una Corona Dorada con piedras preciosas, y El Señor está sentado como un Justo Juez, como un Rey, como Un Soberano.

Y comienza el Juicio a las Naciones y empieza la separación de un lado y del otro. “Serán congregadas delante de Él todas las naciones, y Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos” (Mateo 25, 32).

Estamos frente al Trono y veíamos al Señor al frente a gran altura, reluciente con Su manto rojo.

Y comienzan a llamar al Reino y llaman a los Santos que habían sido dignos ante la mirada del Señor y fueron blanqueadas con la Sangre del Cordero.

Los esperaban a mi derecha, es decir a la izquierda de Nuestro Señor en un camino que conducía hacia el Paraíso. Estas personas que eran los Santos, los triunfantes, que estaban vestidos de blanco, eran esperadas por dos Ángeles en las puertas del Paraíso.

Había que cruzar por un arco que estaba conformado por tupidas flores, plantas bellísimas. Un arco con mucho colorido y bello perfume. Estos Ángeles les colocaban una corona de flores también y les sonreían y los abrazaban y les decían: “Bienvenidos, bienaventurados Santos del Cielo”; entonces iban al Paraíso, al Gozo del Seno Eterno.

Tal como te había dicho en la primera parte, en la cual veía los dos primeros días con respecto a la coronación de aquellos Santos vestidos de blancos que iban al Paraíso Eterno recibidos por dos Ángeles enormes y majestuosos que los abrazaban y los bendecían y felicitaban por haber sido perseverantes. El Señor mismo, del Trono los saluda sonriente y a todos, entonces tanto la Corte Celestial conformada por Ángeles y Santos, los bienaventurados del Cielo, era una algarabía; cantaban de alegría por estas almas, se sonreían y algunos se abrazaban por estos nuevos Santos. Le cantaban en agradecimiento al Señor por haber sido Misericordioso con ellos.

Solo quedamos, entonces frente a esa plataforma de cristal y que veíamos a mayor altura el Trono de Dios, los que estábamos vestidos de grises, éramos muchas almas.

Estos que estábamos vestidos de grises eran los que estábamos sentenciados para el fuego eterno.

El Ángel que estaba parado frente al Trono Celestial, que había abierto el libro blanco, enorme Libro de la Vida, comienza a leer la sentencia de todos nosotros que estábamos ahí, vestidos de túnicas grises.

Comienza a dictarnos todo y a mostrarnos todos nuestros pecados y todos nuestros crímenes contra el Señor y contra todos nuestros hermanos; todo lo que habíamos hecho por nuestros pecados.

Toda la Corte Celestial y toda la muchedumbre que estaba alrededor de Ángeles y Santos, hacen un silencio rotundo y la mirada de alegría que tenían con los bienaventurados del Cielo es ahora para nosotros mirada de acusación y de sentencia.

Las almas comienzan a caer al ser sentenciadas, debido a sus crímenes y comienzan a caer como rayos, pero rayos oscuros a la velocidad de un rayo en línea recta hacia las profundidades. Dos Ángeles vienen a buscar a estas almas para llevarlas a los abismos.

Dos hermanos; dos personas que estaban delante de mí, eran dos muchachos que habían sido sentenciados, estaban llorando desconsoladamente ante Dios porque sabían cuál era su lugar. No hay nadie que los defienda y son llevados y caen también a la velocidad del rayo. Previamente son llevado frente al Trono de Dios y ahí sentenciados definitivamente a la oscuridad eterna.

Llegó mi momento y cuando el Ángel comenzó a acercarse y al ver que los otros hermanos fueron llevados a las profundidades y nadie los defendió, un miedo enorme invadió mi corazón, mi cuerpo temblaba, mis manos temblaban, yo lloraba, mis pies temblaban también, una desolación y una angustia nunca antes sentida en vida invadió todo mi ser.

Con mi mirada buscaba a la Santa Madre para que me defendiera, buscaba a alguien que saliera y abogara por mí, buscaba a mis padres, a mis seres queridos, a mis hermanas, mis hermanas de carne (tengo dos hermanas gemelas), no los encontraba entre los Ángeles y los Santos. A mis padres tampoco los veía pero sí vi a los Santos y a los Ángeles y me miraban con un rostro acusador, con una mirada acusadora, con ojos acusadores y de sentencia.

María Santísima recuerdo que lloraba, le caían Lágrimas de los Ojos, pero no emitía ninguna palabra de consuelo. ¡Ninguna palabra!

Me acuerdo que miraba para todos lados y no encontraba a nadie y hasta pedía por favor que alguien me socorriera, alguien que me auxiliara, alguien que abogara por mí.

¡Por favor, no me abandonen!, —decía yo desconsoladamente, con lágrimas en los ojos, y hasta rogaba, y de rodillas, pero ya era demasiado tarde.

El Ángel corre la siguiente página del libro blanco, enorme Libro de la Vida, y me llama por mi nombre y empieza a nombrarme todos mis crímenes y todas mis miserias y pecados.

Había sido y hallado culpable, había sido —vuelvo a repetir—, hallado culpable ante la Mirada de Dios por todas mis atrocidades, ante las ofensas que había cometido contra el Creador.

Decía, por favor, no hablen más, sé que soy culpable, tengan piedad de mí; y cuando menos lo esperé y en forma sorpresiva, dos Ángeles vinieron y me tomaron de los brazos y me pusieron frente al Señor, me elevaron, y ellos también se elevaron y junto con ellos me presentaron al Señor, y con Su sola mirada caí a la velocidad del rayo a un precipicio, a las profundidades del infierno, a unas cavernas enormes.

Sí, en una de ellas no había dónde caer, era un abismo sin fin.

Donde fui llevado no había luz, era todo oscuridad. Era una gran habitación, era como un gran salón de altas paredes. El olor era totalmente nauseabundo un olor repugnante, asqueroso, que hacía vomitar.

El calor era terrible y sofocante, un calor que no existe aquí en la Tierra, pero que quema, como que quema todo el ser de uno hasta los pulmones.

Las paredes chorrean como si fuera lodo oscuro y pegajoso, me acuerdo que el piso también era como si fuera lodo viscoso, como si estuviera barroso porque cuando uno pisaba se hundía un poco, muy poco, pero suficiente para caminar con mucha dificultad. Como que el pecado, en las paredes y el piso, estuviera vivo.

No había luz en ese lugar, sólo se escuchaban gemidos, gritos y alaridos y rechinar de dientes.

Sólo la única luz que había, que podía haber en ese lugar era la de los Ángeles, porque la Luz de Dios estaba en los Ángeles, entonces era lo único que iluminaba a ese lugar.

Los Ángeles me llevan a ese salón frente a una gran pared, y a unos escasos metros —acaso uno o dos metros de distancia—, en el lado izquierdo, estaba la otra pared en forma rectangular. Así era ese salón, pero la pared del lado derecho no la podía ver pues estaba muy lejos.

En frente mío había un montón de huecos, como nichos en formas rectangulares, hechos en las paredes. Había almas dentro de algunos de los nichos, otros estaban vacíos. Frente mío, a la altura de mi mirada, había un hueco, un nicho para mí.

Los Ángeles me miran y con sólo la mirada me dicen; esto estaba reservado para ti. Me ubican ahí, ni tuve tiempo para resistirme, y me colocan dentro de ese nicho con los pies hacia dentro, hacia el fondo de este nicho, con la cabeza hacia afuera y mirando hacia abajo con el vientre hacia abajo (posición boca abajo). Este nicho todo es como si tuviera vivo el infierno, es como si tuviera vida propia y este nicho comienza a cerrarse y a tomar el contorno de mi cuerpo.

No solo toma el contorno de mi cabeza, sino de todo mi cuerpo, del cuello para abajo y comienzo a sentir en toda mi alma, porque no solo el cuerpo, comienzo a sentir grandes ganchos que desgarran y tironean; es decir, como si tironearan la carne, como si tironearan la piel, comienzo a sentir grandes dolores y desgarro por todo mi cuerpo y grandes agujas que traspasan mis extremidades, esto se me permitió verlo desde fuera, de verme a mí mismo y en el estado en que me encontraba.

Al lado mío y arriba mío había otros nichos con otras almas, pero me recuerdo al lado mío, una mujer que insultaba a Dios, gritaba, aullaba y gemía y escuché muy bien el raspado de los dientes; el rechinar de dientes, y me acordaba tan bien de ese pasaje bíblico.

Cuando me doy cuenta que los Ángeles me van a dejar allí y veo cómo que se están yendo, empiezo a suplicar y a gritar: “¡Misericordia! ¡Misericordia!” Entonces suplico, ruego, grito, que tenga misericordia de mí, que alguien me escuche que le pidan a Dios, por favor, que me saque de ahí; que no era mi intención ofenderlo.

Pero algo movía mi interior era enojo y odio y comienzo a insultarlo, y paso de rogar en un instante a insultar. Entonces el dolor era más grande y el corazón era lacerado aún más que antes, mucho más lacerado ahora que la propia sentencia estaba dada. La culpa hería mi corazón a lo máximo y transformaba esa culpa en odio, en venganza y odiaba y rechazaba a Dios por no haberme escuchado, por no haberme perdonado.

En un intento desesperado saco la mano derecha pero nada más que eso y como queriendo alcanzar los Ángeles que se iban alejando, y veía, cuando ellos me daban la espalda, como las alas; es decir, como que se unieran de hombro a hombro las alas, también se unían y formaban y veía por medio de esas alas el Rostro del Dios Padre, quien lloraba y le caían las Lágrimas. Los Ángeles también lloraban y le pedían a Dios que tuviera Misericordia de mí. Y escucho la Voz del Padre, de mi Padre, oigo yo que dice: “No puedo hacer nada, hijo Mío, tú decidiste ese camino”. Entonces más odié a Dios Padre, más lo insulté y más grité, y fue así que el lugar era tan nauseabundo y tan horrible, era un lugar de pecado un lugar de laceración, un lugar de rechinar de dientes, un lugar de mortificación para el pecado y los pecadores, y de los impíos del mundo.


Antes de comenzar con la última parte, queremos compartir con ustedes la explicación de Gustavo a una pregunta nuestra, que decía más o menos así: ¿Cómo podían conversar tan amigablemente los de túnicas no blancas con los de blanco sabiendo que habían distintos colores y que por lógica la túnica blanca era la correcta y ellos no la tenían?


Respuesta:

Estábamos ubicados (todas las almas) en una misma plataforma pero separados en dos grupos (uno conformado por los vestidos grises y marrones, y el otro por los vestidos de blanco). No dialogábamos entre ambos grupos pero si nos veíamos y cada uno sabía cuál era el destino. Pero el grupo de los no blancos aun sabiendo cual era el resultado del Juicio se resistía interiormente a tal veredicto divino. Sabía que le esperaba el tormento eterno.

Cuando me desperté de esta revelación fui corriendo a ver el Párroco de una Iglesia en Buenos Aires, y fui porque yo estaba viviendo a una cuadra de distancia de esa iglesia. Fui corriendo a visitarlo y hablar con él, en confesión sobre este tema.

Fue tan grande la impresión del Sacerdote, que el Sacerdote me dice no hay duda que la revelación que tuviste es verdadera porque me has contado con lujo y detalle y te llevó a venir a confesarte en gran profundidad y en gran pesar.

Entonces, estimado hermano, ante esta revelación como puedo, que me recuerdo mis pecados y la condición que debe pasar el pecador eternamente, me hace recordar estas Palabras del Señor.

“Cómo puedo castigar al más pecador que arenas tiene el mar, si aun así se confía en Mi Infinita Misericordia”. Dichas palabras me mueve a unirme a María Santísima como un buen abogado más (no a nivel de María Santísima, que ni le llego ni a los talones), sino que ser un pequeñito abogado que, unido a la gran Abogada, mi apelación se unirá a la gran apelación de María frente a la Santa Trinidad por las almas más pecadoras. Entonces, ¿cómo puedo desearle el mal a otros; cómo puedo desearle las desgracias, cómo puedo desearle a cualquier hermano; aun así sea el más asesino, el más injusto, el más pecador, si aun así yo también soy tan criminal como ese hermano y soy tan digno de ir a la condena eterna?

¿Cómo puedo pedir eso, si también El Señor tiene Misericordia por el pecador?; así la lluvia cae todos los días en distintas partes del mundo para justos y pecadores, para buenos y malos.

¡Ah, hermano mío! ¿Cómo puedo entonces pedir tal escena, pedir tal desgracia, si yo también soy un criminal en pensamientos, en palabra, obra y omisión? ¿Qué me hace más que el otro? ¡Nada!

Preferiría entonces antes que se pierda un alma, perderme yo eternamente, antes y mientras esa alma sea salvada; después de haber experimentado lo que siente un alma en el infierno, ¿cómo puedo desear el mal a otro? ¡Jamás podría pedir eso!, ni por broma siquiera debería pedirlo, ni debo pedirlo ni siquiera.

Entonces, antes esta situación, apelaré por todas las almas y le pido al Señor que Él, que El Sol Eterno, que la Voluntad Eterna, la Voluntad Encarnada hecha hombre, que juntos nos unamos en cada uno de Sus rayos y así iré por distintas partes del mundo en cada oración, en cada gesto, en cada pensamiento y lacerar los corazones con el Amor Eterno, y de esa manera transformar esos corazones de piedra en corazones de carne, y mostrarles cuánto Dios los ama, y de este modo así no se perderá ningún alma; porque en el día del Juicio por estas almas que se han perdido por nuestra culpa nos pedirán cuenta, y dirán: “Tuviste la oportunidad de salvarme y no hiciste nada, tuviste la oportunidad de orar por mí y no hiciste nada, estoy aquí por culpa tuya.”

¡Ay, Dios!, el dolor será extremo, y pido al Señor en estos tiempos, si yo he sido culpable de que un alma se perdió por mí, que tenga piedad de mí, que tenga misericordia de mí.

Así que, hermanos, quería compartirles esto para que lo mediten.

TODO SEA PARA SALVAR ALMAS, TODO SEA PARA SALVAR ALMAS.


Comentario final de Gustavo:

El Señor está de acuerdo como están dando forma a la revelación, se desea que las almas tomen conciencia del peligro que transitan cuando se alejan de Dios y cómo será el Juicio de las generaciones ante el Creador Eterno. El Señor vino para redimir y salvar a todo el género humano, Su Misericordia se derramó para todos sin excepción, pero el alma es libre de elegir el camino. Es por eso que la Santa Madre, Corredentora y Mediadora de todas las Gracias, ante Dios aboga por la salvación de todos Sus hijos sin distinción alguna. De manera constante está en búsqueda de llevarlos a todos por el conducto perfecto y de salvación eterna: Cristo Jesús.

Darle un giro al libre albedrío con la aceptación voluntaria del alma de los designios de la Divina Voluntad.

Voluntad Eterna que rechazaron los primeros padres para hacer la propia, de la mano del pecado. Es por eso que luchamos con nuestra propia carne, que desea hacer su propio camino lejos del Divino Querer.


Fuente:
https://oracionesydevocionescatolicas.com/revelaciones_gustavo_1.htm

Para descargar los Mensajes en PDF:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/mensajes-actuales/

Todos los Mensajes de Gustavo publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.blog/tag/gustavo-velasquez/

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Una respuesta a Revelaciones del Cielo y del Infierno a Gustavo

  1. WALTER dijo:

    Link, para ver mas Mensajes a Gustavo

    https://regresen.blogspot.com/

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