4 de Febrero: Santa Catalina de Ricci (1522-1590)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Febrero, Día 13, Página 353.



Santa Catalina de Ricci

En el año de 1522, a 23 de abril, nació en la ciudad de Florencia, capital de Toscana, Santa Catalina, de la noble familia de Ricci, a la cual en el bautismo se puso el nombre do Alejandra, que después mudó en el de Catalina, cuando se hizo religiosa. Su padre fue Francisco de Ricci, y su madre Catalina de Ricasoli, señores de Panzano. Habiendo fallecido Catalina poco después de haber dado a luz a esta hija, Francisco pasó a desposarse con otra dama. Mas este suceso no causó el más mínimo perjuicio a la buena educación de la niña; pues así el padre como la madrastra tuvieron el posible cuidado para que fuese criada en el santo temor de Dios; aunque en esto poco tuvieron que trabajar; porque prevenida Catalina de la gracia del Señor, y llena desde sus más tiernos años de favores y beneficios celestiales, se mostró siempre ajena de los juegos pueriles y de la vanidad del mundo, y muy inclinada a la piedad y devoción. Así que llegó a la edad de diez años la puso su padre en el monasterio de San Pedro de Monticili, situado en los arrabales de Florencia, para que se educase bajo la dirección de una tía suya paterna, nombrada Luisa, religiosa de aquel monasterio. Aquí empezó Catalina a dar muestras de aquella eminente santidad, a que Dios desde la eternidad la había predestinado; porque era muy obediente a todo lo que se la mandaba, y casi siempre aplicada a la oración: de manera, que aun en el tiempo en que las otras niñas, que estaban en educación en el mismo monasterio, iban a recrearse, Catalina hallaba todo su placer y contento en estarse arrodillada, orando delante de una imagen de un Crucifijo, a la cual tenía una especial devoción. Desde aquel tiempo el Señor la inspiró el deseo de meditar frecuentemente en Su Sagrada Pasión, discurriendo sobre cada uno de los misterios de ella, y acompañando la meditación con la oración vocal, rezando cinco veces el Padrenuestro a cada misterio, con gran gusto y contento de su alma, que todos los días se iba inflamando más en el Amor del Señor, y en ardientes deseos de participar del amargo cáliz de Su Pasión, y de ser su sierva y querida esposa.

2 A fin de poner en ejecución estos sus piadosos deseos, resolvió volver las espaldas al mundo, y vestir el hábito de religiosa en algún monasterio, donde la observancia regular floreciese en todo su vigor, y sin alguna mitigación o dispensación. Su padre, que la había sacado del sobredicho monasterio, y la había restituido a su casa, la propuso el deseo que tenía de colocarla en matrimonio, en alguna de las nobles familias de aquella ciudad: mas Catalina le respondió con toda resolución, que no quería otro esposo que Jesucristo su Señor y Redentor. Hallándose después nuestra Catalina en el campo, en una quinta cercana a la ciudad de Prato, se puso a discurrir con dos religiosas legas de la Tercera Orden de Santo Domingo, del convento de San Vicente del Prato; las cuales, por ser el convento muy pobre y sin clausura, iban buscando limosna para remediar las necesidades de aquella comunidad. Estas dos legas la informaron de la vida austera, penitente, pobre y mortificada que llevaban las religiosas de aquel convento; por lo que resolvió hacerse monja en él; y a fuerza de ruegos y reiteradas instancias consiguió de sus padres la licencia y bendición. En el año, pues, de 1535, teniendo Catalina solos trece años, vistió el hábito religioso de Santo Domingo en el monasterio de San Vicente de Prato, con tan grande contento de su alma, que en el mismo día de vestir dicho hábito, fue favorecida de Dios con un dulcísimo éxtasis, en que le pareció que Jesucristo y María Santísima la introducían en un ameno jardín, adornado de hermosas flores y de toda suerte de delicias.

3 Como el Señor había elegido por su esposa a esta tierna doncella, se dignó visitarla poco después de haber entrado en la religión, con una larga y molesta enfermedad, con la cual tuviese ocasión de purificar su corazón en el fuego de la tribulación, y de ejercitar la humildad, la paciencia y las demás virtudes, que la hiciesen semejante a su Esposo Crucificado. Refiere, pues, el ilustrísimo señor Catani, Obispo de Fiésole, que fue el primero que escribió o imprimió la vida de esta santa virgen, dos años después de su muerte, esto es, en el año de 1592, que en los principios de marzo del año 1538 fue acometida de una gravísima enfermedad, con calentura cotidiana y con agudos dolores que padecía en todo el cuerpo, la cual enfermedad degeneró después en una hidropesía y en mal de piedra, acompañado de asma. Este conjunto de males la duró por espacio de dos años, nada aprovechando los remedios y medicinas que se la recetaban; de modo, que los médicos, no sabiendo ya qué hacer, abandonaron su curación, y dejaron de darla remedio alguno, viendo que no la servían de ningún provecho; sino que al contrario la causaban mayor pena y tormento. Sufrió la Santa con admirable paciencia y perfecta resignación en la Divina Voluntad todos estos males, consolándose con la vista de su Salvador Crucificado, y con la memoria de las penas y dolores que Él sufrió por nuestros pecados, muriendo por ellos sobre una Cruz. En el mes de mayo de 1540 se acrecentaron de tal modo los males de la Santa, que estuvo muchas semanas sin poder dormir un solo momento, velándola continuamente dos monjas que la asistían. En este estado, a 22 del dicho mes de mayo, que en aquel año era vigilia de la Santísima Trinidad, se la apareció un Santo de la Orden de Santo Domingo (no se dice el santo que fuese) todo resplandeciente, el cual llamándola por su nombre, la hizo la Señal de la Cruz sobre el estómago, y la dejó al instante sana y curada perfectamente de todos sus males, con admiración y pasmo de todas las monjas, y de los médicos que vinieron después a visitarla. De este milagro dio Catalina humildísimas gracias al Señor; y desde este día se enfervorizó más en Su servicio, e hizo aun mayores progresos en las virtudes cristianas y religiosas.

4 Estas virtudes resplandecieron en la virgen de un modo muy particular; pero nosotros, deseosos de la brevedad, nos contentaremos con indicarlas con las mismas palabras del autor de su vida, sacada de los procesos hechos para su canonización. «Amaba la Santa, dice, tan tiernamente a su Dios, que tenía su mente siempre unida con Él, tomando de cualquiera cosa motivo para alabarle y bendecirle. La caridad que tenía hacia su prójimo era de tal manera singular, que por este motivo se empleaba en los oficios más bajos del monasterio y de mayor trabajo. Cuando enfermaba alguna de sus monjas, la asistía continuamente en todas sus necesidades, privándose del sueño para que las otras descansasen, y perseverando firme en su asistencia, hasta que las enfermas o sanaban o fallecían. Su paciencia era invencible en las adversidades, en las tribulaciones y en las enfermedades que padeció, que fueron muchas y penosísimas, algunas de las cuales las había pedido al Señor por la salvación de los pecadores, y en descuento de las penas que merecía por sus pecados. Eran muchísimas las penitencias que hacia; llevando siempre una cadena de hierro y un áspero cilicio sobre sus desnudas carnes; ayunaba frecuentemente a pan y agua, y por el espacio de cuarenta y ocho años no comió carne ni huevos. Fue siempre muy obediente a sus superiores, venciendo cualquiera repugnancia que tuviese en cumplir prontamente cuanto la ordenaban. Aborrecía muchísimo el ser estimada y tenida en buen concepto, por lo que cuando oía hablar con honor de sus acciones, padecía mucho dolor, procurando huir y esconderse cuando venia gente a visitarla. Entre las virtudes de Catalina subió a la mayor perfección su pureza virginal, que se puede decir que fue como angélica; por lo que no es maravilla que mereciese tantas gracias de aquel Señor, que se apacienta entre las azucenas, con el cual ella dulcemente se recreaba; repitiéndole frecuentemente aquellas palabras de la esposa de los cantares: Dilectus meus mihi, et ego illi; qui pascitur inter lilia. Mi amado para mí, y yo para mi amado, que se apacienta entre las azucenas.» Hasta aquí el sobredicho escritor de la vida de Santa Catalina.

5 A más de esto, fue esta amada sierva del Señor favorecida de muchas visiones celestiales, y de éxtasis y raptos tan estupendos, que a veces quedaba totalmente elevada de la tierra, y suspendida en el aire por largo tiempo. Gozaba la Santa con tal frecuencia de estos favores celestiales, que se puede decir, que su vida fue una continua serie de estos dones extraordinarios y sobrenaturales. Fue también enriquecida, del don de profecía del de penetrar los secretos del corazón, y del de obrar cosas prodigiosas: por lo que su nombre y su santidad fue conocida y celebrada con universal aplauso, no solo en la Toscana, donde vivía, sino también en toda la Italia y en otras regiones más remotas. Por fin, estando Catalina ya madura para el Cielo, y anhelando a las Bodas eternas del Paraíso, después de haber padecido una penosa enfermedad, con la cual siempre más se purificó su alma; y habiendo recibido con extraordinaria devoción los últimos Sacramentos de la Iglesia, expiró plácidamente a 2 de febrero, día en que se celebra la Fiesta de la Purificación de la Virgen Santísima, del año de 1590, siendo de edad de sesenta y ocho años, cuarenta y dos de los cuales había empleado en el gobierno de su monasterio como priora o sub-priora de él, con mucho provecho espiritual y temporal de sus religiosas. Beatificó a la sierva de Dios Clemente XII, a 29 de octubre de 1732, habiendo antes aprobado para este efecto dos de los muchos milagros que después de su muerte obró Dios por su intercesión.

6 El primero el de la instantánea curación de sor Catalina Alejandra de Bonsi, de un aneurisma.

7 El segundo el de la instantánea curación de sor Elisabet Cherubina Casaní, de una enfermedad de ciática.

8 Después Benedicto XIV la puso en el catálogo de las santas vírgenes, habiendo primero aprobado dos de los muchos milagros que ha obrado Dios por su intercesión, después de haber sido solemnemente beatificada, que son los siguientes.

9 El primero sucedió en la ciudad de Augusta con sor María Magdalena Fabri, religiosa del monasterio de santa Catalina de Sena de la Orden de Predicadores: tres años había que padecía esta religiosa una grave enfermedad en las junturas, o artejos de las rodillas, que la comprimía también los nervios de las piernas; tanto que no podía de modo alguno moverse, padeciendo al mismo tiempo muchos dolores; y los varios remedios que se había aplicado, nada la habían aprovechado. La llevaron las religiosas al coro al tiempo que se cantaba el Te Deum laudamus, en acción de gracias por la beatificación de la sierva de Dios, a la cual se encomendó la enferma con mucho fervor; y al instante allí mismo se sintió enteramente sana, y vio que había recobrado sus fuerzas como si nada hubiese padecido; de suerte, que se arrodilló, y anduvo por el monasterio como las otras monjas.

10 El segundo sucedió con María Clemencia, natural de Florencia, la cual por espacio de ocho años continuos había padecido un cáncer en el pecho, del cual salía gran copia de gusanos. Al principio dicho cáncer la había causado siete valvas o cavidades, que después se redujeron a dos muy profundas; y habiéndola reducido este mal al extremo de la vida, recibió el Santísimo Sacramento por viático; mas habiéndose encomendado después con fervorosa oración a Santa Catalina de Ricci, quedó libre y curada por su intercesión de esta mortal enfermedad.

Basílica Menor, ‘Monastero di San Vincenzo’, Prato-Italia.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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