4 de Enero: Santa Ángela de Foligno (1248-1309)

4 de Enero  
Año: 1291 / Lugar: FOLIGNO, Italia
Experiencias místicas / Cuerpo Incorrupto
Vidente: Santa Ángela de Foligno (1248-1309)



Experiencias Místicas de Santa Ángela de Foligno

Además de la Autobiografía tomada por fray Arnaldo, se le atribuyen a la beata unas exhortaciones, algunas epístolas y un testamento espiritual.

Junto a la cruz, la beata Ángela aprendió a ser la gran confidente del Sagrado Corazón de Jesús, siglos antes que santa Margarita María recibiera los divinos mensajes.

«Un día en que yo contemplaba un crucifijo, fui de repente penetrada de un amor tan ardiente hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que lo sentía en todos mis miembros. Produjo en mí ese sentimiento delicioso el ver que el Salvador abrazaba mi alma con sus dos brazos desclavados de la cruz. Parecióme también en la dulzura indecible de aquel abrazo divino que mi alma entraba en el Corazón de Jesús.»

Otras veces se le aparecía el Sagrado Corazón para invitarla a que acercase los labios a su costado y bebiese de la sangre que de él manaba. Abrasada en este amor, experimentaba deseos de padecer martirio por Cristo.

Ella comprendió que el amor que Cristo crucificado se perpetúa en la Santa Misa. Era pues devotísima a la Eucaristía. Tuvo muchas visiones en el momento de la Consagración, o durante la Adoración de la Sagrada Hostia.

*******

Fragmento de: “El Libro de la Vida”
De: Santa Ángela de Foligno

Las Maravillas del Paso Vigésimo
(Fines de Septiembre del Año 1291)

Entre otras cosas, había pedido al bienaventurado Francisco que rogara a Dios por ella y le alcanzara la gracia de sentir a Cristo, de practicar perfectamente la regla franciscana que acababa de profesar, y sobre todo de vivir y morir verdaderamente pobre.

Había ella deseado tanto alcanzar la perfecta pobreza que con esta finalidad peregrinó a Roma, para rogar al bienaventurado Pedro que le impetrara de Cristo la gracia de hacerse verdaderamente pobre.

Así en esa ocasión, mientras se dirigía a la iglesia de San Francisco, rogaba al santo que le alcanzara del Señor Jesucristo la misma gracia. Y me relató muchas otras cosas que había pedido en oración durante el camino. Y cuando llegó al pueblo de Spello y tomó el camino estrecho que está más allá de Spello y que sube hacia Asís, ahí en el cruce le fue hablado así[1].

“Tú rogaste a Mi hijo Francisco y Yo no quise enviarte otros mensajeros. Yo Soy el Espíritu Santo que vine a ti para darte una consolación de la quejamos gustarte. E iré contigo, dentro de ti, hasta la iglesia de San Francisco, y nadie lo conocerá. Quiero seguir hablando contigo a lo largo del camino, y no daré término a Mi conversación, y tú no podrás hacer ninguna otra cosa, porque Yo te he arrebatado. Y no Me alejaré de ti hasta que por segunda vez, entres en San Francisco. Entonces te quitaré esta consolación; pero en adelante Yo jamás Me alejaré de ti, si Me amas”.

Y comenzó a decir:

“Hija Mía, dulzura Mía, hija Mía, delicia Mía, templo Mío; hija, delicia Mía, ámame, porque tú eres muy amada por Mí, mucho más de lo que tú Me amas”.

Y muy a menudo repetía:

“Hija y Mi dulce esposa”.

Y añadió:

“Yo te amo más que a cualquier otra que viva en el valle de Spoleto. Y ya que Yo puse Mi morada y Mi refugio en ti, ahora tú ven a morar en Mí y descansa en Mí. Tú rogaste a Mi siervo Francisco. Porque Mi siervo Francisco mucho Me amó, Yo hice mucho por él. Y si todavía hubiere una persona que Me amase aún más, aún más haría por ella. Y Yo haré por ti lo que hice con Mi siervo Francisco; y más aún, ¡si tú Me amas!”

A estas palabras mi alma comenzó a dudar mucho y le dijo: “Si tú fueras el Espíritu Santo, no me dirías estas cosas, porque no es conveniente. Yo soy frágil y podría sentir vanagloria”. Y respondió:

“Ahora piensa si tú puedes sentir por todas estas cosas alguna vanagloria que te enorgullezca, y si puedes librarte de ellas”.

Y comencé a esforzarme por sentir vanagloria, para constatar si era verdadero lo que me decía, y si Él era el Espíritu Santo. Y comencé a mirar los viñedos para escaparme de ese discurso. Y dondequiera mirara, Él me repetía:

“Ésta es una criatura Mía”.

Y experimentaba una dulzura divina, inefable. En ese momento afloraban a mi memoria todos mis pecados y vicios, y no veía en mí más que pecados y defectos. Y sentía en mi interior tanta humillación como jamás había probado. Y todavía se me decía que el Hijo de Dios y de la bienaventurada Virgen María se había inclinado delante de mí y decía:

“Si todo el mundo viniera ahora a ti, tú no podrías de ningún modo hablarle, porque a ti ha venido todo el mundo”.

Y para asegurarme acerca de mi duda, decía:

“Yo Soy el que ha sido crucificado por ti, y tuve hambre y sed por ti, y derramé Mi Sangre por ti, porque te amaba mucho”.

Y recordaba toda la Pasión y decía:

“Pídeme cualquier gracia que deseas para ti y tus compañeros y para quien quiera tú desees, y prepárate a recibirla”.

Yo dije, o más bien mi alma gritó: “No quiero pedir, porque no soy digna”. Y me volvían a la memoria todos mis pecados. Y el alma dijo: “Si Tú fueras el Espíritu Santo, no me dirías cosas tan grandes. Y si lo dijeras, la alegría debería ser tan grande, que el alma no podría sostenerla”. Me contestó:

“Porque nada puede ser o hacerse sino lo que Yo quiero, por esto no te doy alegría mayor que ésta. Cosas menores que éstas Yo dije a otros; y aquél al que las dije se desmayó, sin poder sentir ni ver[2]. Tú caminas con tus compañeros, que no saben nada, y por eso no te doy un sentimiento mayor. Te doy esta señal: esfuérzate por hablar con tus compañeros, piensa en otras cosas, buenas o malas, y no podrás pensar en ninguna otra cosa fuera de Dios. Hago todo esto, pero no por tus méritos”.

Entonces afloraban a mi memoria mis pecados y mis defectos, y reconocía ser digna del infierno más que nunca. Él me repetía:

“Lo hago a causa de Mi bondad. Si hubieras venido con otros compañeros, no hubiera hecho estas cosas por ti”[3]

Porque ellos de algún modo advertían mi languidez —ya que en toda palabra alcanzaba un gran consuelo—, por un lado hubiera deseado llegar a la meta, por otro deseaba que este camino no acabara nunca por toda la eternidad. Y cuán grande fuesen la alegría y la dulzura que Dios me hacía sentir, no puedo apreciarlo, sobre todo cuando dijo:

“Yo Soy el Espíritu Santo que entra en ti”.

Igualmente, cuando me decía las otras cosas, experimentaba una inmensa felicidad. Yo decía en mi ardor: “Aquí se verá si eres el Espíritu Santo, porque vendrás a mí, como has dicho”. Y Él me dijo:

“Yo te quitaré esta consolación, cuando entres por segunda vez a San Francisco; pero no Me alejaré de ti jamás, si tú Me quieres”.

Y vino conmigo hasta San Francisco, como me había prometido, y no se alejó de mí cuando entré a San Francisco y me detuve en la iglesia, y continuó a estar conmigo hasta después de la comida, o sea, hasta cuando volví a entrar al templo. En esta segunda oportunidad, apenas me arrodillé en el umbral de la iglesia y vi a San Francisco pintado en el Seno de Cristo[4], Él me dijo:

“Así te tendré apretada, y mucho más de lo que tú puedas ver con los ojos del cuerpo. Ahora ha llegado el momento, hija dulce, templo mío, delicia mía, en que debe cumplirse lo que te dije. Te quito esta consolación, pero no te dejaré jamás, si tú me amas”.

Si bien estas palabras fueron amargas, todavía experimenté en ellas una tal dulzura, que fue más que dulce, dulcísima. Y miré para ver también con los ojos del cuerpo y de la mente.

Cuerpo Incorrupto de Santa Ángela en la Iglesia de San Francisco, Foligno-Italia.


[1] Se conoce perfectamente este cruce de caminos, junto al cual se levantó una capilla dedicada a la Trinidad.
[2] Tal vez aquí se hace alusión a la conversión de san Pablo en el camino de Damasco (Hech. 9, 4…)
[3] El Señor a veces condiciona la concesión de ciertas gracias, según los méritos de las personas con las que se convive. Es uno de los aspectos de la solidaridad y comunión entre los miembros del Místico Cuerpo de Cristo.
[4] En la basílica superior de San Francisco, en un vitral cerca de la puerta, se admira aún hoy en día una gran figura de Cristo que aprieta entre sus brazos a San Francisco, de tamaño menor. Delante de este cuadro sucedieron los hechos y las palabras que nos relata Ángela y que terminaron en una crisis clamorosa, en el momento en que el Espíritu Santo se alejaba de ella.

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