3 de Diciembre: San Francisco Javier (1506–1552)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid–Barcelona 1853. Tomo III. Diciembre, Día 3, Página 478.



San Francisco Javier, Confesor

Entre otros linajes y casas antiguas e ¡lustres, que en el reino de Navarra llaman Casas de Armería, hay dos que son la de Javierre y la de Alpizcueta, las cuales se juntaron en uno, casándose Martín de Alpizcueta, cabeza de su casa y familia, con doña Juana Javierre, heredera también y señora de su casa. Estos caballeros tuvieron una bija sola, heredera de ambas casas, que se llamó doña María, y se casó con el doctor Juan Jaso, hombre noble y rico, y por sus letras y prudencia muy estimado en el reino de Navarra, y principal consejero y ministro de su rey, don Juan el III. Tuvieron el doctor Juan Jaso y doña María de Javierre y Alpizcueta muchos hijos, y el postrero de todos (como otro David) fue nuestro Francisco Javierre, el cual nació en el castillo de Javierre, que era de sus padres, cerca de la ciudad de Pamplona. Fue su dichoso nacimiento el año de 1497, siendo Sumo Pontífice Alejandro VI, y emperador Maximiliano, I de este nombre, y reyes de Castilla los católicos reyes don Fernando y doña Isabel, y rey de Navarra el ya nombrado don Juan, el III. Criaron sus padres a su hijo Francisco con gran piedad y cuidado, así por ser el menor de todos sus hijos, como por su blanda y apacible condición, gracia y modestia, que resplandecía en sus primeros años. Procuraron que aprendiese de buenos maestros las primeras letras: y habiéndolas aprendido con grande habilidad, viveza de ingenio y presteza, le enviaron a la universidad de París, para que allí estudiase de propósito las otras ciencias mayores; porque, aunque los otros hermanos seguían la soldadesca, para alcanzar honra y gloria militar, nuestro Francisco se inclinó más a las letras y al estudio de la sabiduría, esperando por este medio alcanzar mayores premios, que sus hermanos con la lanza y con la espada, en acrecentamiento de su casa. Estudió en París el curso de la filosofía con tanto aprovechamiento, que se graduó de maestro de artes, y después la leyó en la misma universidad con grande aprobación, utilidad y aplauso de sus discípulos. Tuvo por condiscípulo en los estudios de filosofía, y por compañero de su mismo aposento al padre Pedro Fabro, saboyano de nación: y al mismo tiempo que andaban los dos al fin del curso, el bienaventurado san Ignacio de Loyola (que guiado del Cielo había ido a París a proseguir sus estudios) se juntó con ellos, para habitar en su compañía, y con su santa y admirable conversación de tal manera ganó a sus dos compañeros, que determinaron seguirle en sus propósitos y santos intentos; aunque Pedro Fabro más fácilmente se sujetó en todo y por todo a la dirección y voluntad de san Ignacio. San Francisco Javier al principio estuvo más rebelde, porque su natural era más desenfadado y alegre, y las esperanzas de subir y valer en el mundo, fundadas en su nobleza, ingenio, letras y otras buenas prendas, le tenían con más fuertes prisiones encadenado: pero finalmente se rindió a la voluntad y ejemplo del santo padre, y pudo más en él la gracia del Señor que le llamaba, que la fuerza de la naturaleza depravada, que le detenía. Hizo los ejercicios espirituales que le dio el santo padre: se confesó generalmente de toda su vida: hizo grandes penitencias: entre otras estuvo cuatro días sin comer bocado: y trocóse de manera en sus deseos, quereres e intentos, que él mismo después no se conocía.

Estando nuestro Francisco en París, el doctor Jaso su padre escribió una carta a una hija suya, llamada doña Magdalena Jaso, que habiendo sido dama de la reina, se había hecho monja descalza en el convento de Santa Clara de Gandia, y vivía en él con maravilloso ejemplo y fama de santidad, por algunos milagros que Dios obró por ella. En esta carta daba cuenta el padre a su hija de las cosas domésticas de su casa y de sus hijos, y entre ellas le decía que su hermano Francisco estaba bueno, y que aprovechaba en los estudios; pero que le gastaba mucho: y la buena sor Magdalena, como alumbrada de Dios, respondió a su padre, que le rogaba que no se cansase, ni dejase de proveer a su hermano Francisco de todo lo que le pidiese, aunque fuese menester vender las casas; porque sin duda alguna había de ser un grande apóstol de la India, y como un vaso escogido del Señor llevaría Su Santo Nombre por muchas y varias provincias y naciones bárbaras, alumbrándolas con la luz del Santo Evangelio: y lo que Dios reveló a esta santa virgen de su hermano, después veremos cuán bien se cumplió.

Se encendió tanto san Francisco con el trato y fuego del santo padre Ignacio en el amor del Señor, y en el deseo de mortificarse y vencer todas las pasiones, apetitos y gustos que había tenido en el siglo, que porque era mozo de grandes fuerzas, y muy ligero en el correr y saltar, y se había preciado de esta gentileza y gracia, y por ella había sido estimado de los otros estudiantes; determinó hacer sacrificio de su cuerpo, y atarse fuertemente los muslos y los brazos con unos cordeles de muchos nudos, para que no pudiese correr ni saltar; y los cordeles poco a poco se le fueron entrando por las carnes, causándole agudos y graves dolores, que le lastimaban y afligían: los cuales él llevaba con mucha paciencia y disimulación, sin que nadie pudiese entender lo que padecía.

El día de la Asunción de Nuestra Señora, del año del Señor de 1534, hizo voto con los demás compañeros de nuestro santo padre Ignacio, de ir a Jerusalén a tiempo, y acabados los estudios de teología se partieron de París los nueve compañeros, a los 15 de noviembre del año de 1536, para Venecia, donde les estaba aguardando su padre y maestro san Ignacio, conforme a lo que con ellos había concertado: iban todos a pie cargados de sus cartapacios, y pasaron por Alemania entre herejes en el corazón del invierno, que aquel año fue riguroso y muy frío, y con las grandes incomodidades, que en los largos caminos suelen los pobres padecer; pero nuestro san Francisco todas las llevaba con gran paciencia y alegría, acordándose que las pasaba por Dios nuestro Señor: pero le sucedió una cosa particular, rara y maravillosa en este camino.

Como era tan grande su fervor y el deseo de padecer y mortificarse por Cristo, no hizo caso de los dolores que sentía con los cordeles y ataduras, con que dijimos se había apretado los muslos y los brazos, ni se los quitó para hacer su camino, creyendo por ventura que no le serían de impedimento, aunque le acrecentasen el dolor; mas sucedió muy al contrario: porque con el movimiento y agitación del camino los cordeles se le entraron tan adentro de las carnes, que se cubrieron los nudos, y las llagas se ahondaron, y los dolores crecieron de manera, que el santo no pudo pasar adelante y se rindió, y descubrió a los compañeros que le era forzoso quedarse y la causa de su mal. Le llevaron con gran dificultad al primer pueblo que hallaron más cercano: llamaron a un cirujano: se descubrieron las llagas, y se vieron los cordeles tan hondos y tan abrazados con las carnes, que el cirujano (maravillándose mucho de aquel género de penitencia) claramente dijo que era negocio sin remedio; porque aquellos cordeles no se podían arrancar sin hacer muchas y grandes heridas en la carne. Sintieron mucho todos los compañeros el mal de san Francisco, y él tenía más pena de la pena de ellos, que de sus propios dolores, por ver que ni los compañeros le querían dejar, ni él podía pasar adelante con ellos. Fallando los remedios humanos, acudieron a los divinos: se pusieron todos, aquella noche en oración, suplicando a Nuestro Señor con grande instancia y confianza, que pusiese Su Mano y diese remedio a tan grande mal. Los oyó el Señor (que siempre oye a sus siervos), y a la mañana se hallaron los cordeles hechos pedazos fuera de las carnes, las llagas sanas, y el Santo con tan buenas fuerzas, que pudo seguir su camino, haciendo todos incesables gracias al Obrador de tan grandes maravillas: y con mucho contento y gozo acabaron su jornada, y llegaron a Venecia a los 8 de enero del año de 1537, donde hallaron a San Ignacio, y de él fueron recibidos con el consuelo espiritual que se puede pensar.

Aquí en Venecia se repartieron los diez compañeros en dos hospitales, para servir a los pobres y ejercitar su humildad y caridad, entre tanto que llegaba el tiempo de navegar a Jerusalén. Cupo a san Francisco el hospital de los incurables, y él acudía a los enfermos con extremado fervor y espíritu: les hacía las camas, les barría los aposentos, y se ocupaba en los otros servicios más bajos y viles: y porque había muchos enfermos de enfermedades contagiosas y con llagas asquerosas, acudía siempre al que estaba con mayor necesidad. Entre los otros había uno, que por la podre que manaba de él y por el mal olor que de todo su cuerpo despedía, le causaba grande horror y sentía gran repugnancia en servirle, mas él, para vencerse y alcanzar perfecta victoria de sí mismo, mirándole como si fuera la misma persona de Jesucristo nuestro Redentor, a quien él servía en el pobre, una y dos veces con maravilloso fervor le lamió las llagas y le chupó la materia que de ellas corría; y con tan señalada victoria Nuestro Señor le infundió después una gracia singular, que ningunas llagas, por podridas y asquerosas que fuesen, le daban asco; antes le causaban devoción y suavidad, tanto puede un acto fervoroso obrado con gran caridad para rendir al soberbio gigante, y al rendido desbaratar y poner en huida el campo de los enemigos.

De Venecia partió para Roma nuestro Francisco con los otros padres que habían venido de París, a pedir la bendición de su Santidad para ir a Jerusalén. Era tiempo de cuaresma y muy lluvioso: iban a pie, pidiendo limosna y ayunando todos los días, y comiendo solo lo que les daban por amor de Dios. Entre todos siempre se señaló san Francisco en el amor de la pobreza, y alegría y esfuerzo en el padecer. En Roma disputó delante de la santidad del Papa Paulo III, que a la sazón era Vicario de Cristo en la Tierra, y con su bendición y una buena limosna que les dio para su viaje, volvió con sus compañeros a Venecia, donde este año de 1537, día de san Juan Bautista, se ordenó de Misa con los otros compañeros, que no eran sacerdotes, haciendo todos voto de castidad y pobreza voluntaria en manos del arzobispo romano, nuncio de su Santidad. De allí se repartieron por diversos lugares de la señoría de Venecia, para aparejarse (entre tanto que se cumplía el tiempo señalado para la jornada de Jerusalén) a decir su primera Misa con mayor pureza y devoción: y los padres Francisco y Salmerón se recogieron en un pueblo pequeño y apartado cuatro leguas de Padua, que se llamaba Moncelsi, en una pobre y desabrigada choza, abierta al viento y con muy poco reparo para el calor y frío, lluvia y vientos, y por esto muy a gusto del fervoroso espíritu de San Francisco. Aquí estuvo cuarenta días: su cama era un poco de paja sobre la tierra: su comida los pedazos de pan que allegaba de puerta en puerta: las disciplinas eran cotidianas: el cilicio continuo: la oración perpetua; gastando el día y la mayor parte de la noche en la lección, meditación y contemplación de las cosas divinas, que era lo que principalmente buscaba en aquel lugar.

Celebró su primera Misa en Vincencia, donde san Ignacio estaba, y la celebró con tantas lágrimas de alegría espiritual, que todos los que se hallaron presentes, con solo verle, derramaron muchas: y de allí adelante por todo el tiempo de su vida de tal manera se aparejaba para decir Misa, como si fuera la primera. Aquí en Vincencia cayó malo gravemente con otro compañero: los llevaron al hospital: y por la pobreza de aquella casa fue necesario que los dos durmiesen en una misma cama, gozándose de pagar este tributo a la santa pobreza. Mas en este desamparo y desabrigo el Señor consoló a nuestro Francisco, visitándole por medio del gran Doctor de la Iglesia San Jerónimo, de quien él era devotísimo. Le apareció el Santo Doctor en una figura gloriosa y venerable, y llegando a la cama, le habló con palabras muy suaves y de amigo muy familiar, entre las cuales le dijo: Mayores tempestades de trabajos te esperan en Bolonia, donde pasarás este invierno: y de tus compañeros, unos irán a Roma, otros a Padua, otros a Ferrara y otros a Sena; y como el Santo lo dijo, así se cumplió: porque aquella era la traza y orden de Dios, que iba encaminando nuestros padres, y repartiéndolos por los lugares en que quería le sirviesen, ya que por la guerra, que había entre el Gran Turco y los venecianos, no podían pasar a Jerusalén. Así habiendo cumplido con la obligación de su voto, se repartieron por estos lugares que hemos dicho: y a san Francisco le cupo ir con el padre Bobadilla a Bolonia. Allí aquel invierno, por los grandes fríos, suma pobreza, y falta de toda comodidad y continuación de trabajos, le dieron unas cuartanas y perdió las fuerzas y calor, de manera que más parecía un cuerpo muerto, que hombre vivo.

Pero como el Santo vivía del Amor y Espíritu del Señor, el mismo Señor sustentaba la flaqueza del cuerpo de San Francisco con Su gracia, y esforzaba su corazón; porque como si estuviera muy sano, gastaba el tiempo en predicar en las plazas a todo el pueblo, en enseñar la doctrina cristiana a los niños, en visitar los hospitales y las cárceles, en oír las confesiones de muchos, que con amargura lloraban sus pecados, y se venían a confesarse con él. Respondía a los que venían a pedirle consejo y deseaban saber el camino para agradar a Dios; y por estos medios y por su dulce y santa conversación hizo en la ciudad y universidad de Bolonia maravilloso fruto, y hasta hoy día quedan los rastros y memoria de su celestial doctrina y admirable comunicación, y la casa en que entonces estuvo como pobre, después se ha dado a la Compañía y se ha convertido en oratorio de mucha devoción.

De Bolonia a la media cuaresma del año de 1538, San Francisco llamado de nuestro padre San Ignacio, fue a Roma, donde se juntaron todos los padres, para asentar y establecer las cosas de la religión que querían fundar: lo cual hicieron en varias consultas acompañadas con muchas y fervorosas oraciones, vigilias, lágrimas y penitencias, con deseo muy encendido de agradar sólo a Nuestro Señor, y buscar en todo Su mayor gloria y el bien de almas.

Esta vez predicó en Roma nuestro San Francisco en la iglesia de San Lorenzo in Dámaso (que es muy principal), y con sus sermones y con los otros piadosos trabajos suyos y de sus compañeros se despertó la gente (como de un profundo sueño) a tratar de enmendar sus vidas, dando de mano a sus gustos y vicios en que estaban muy sepultados, y a confesarse y comulgar más a menudo, y renovar el uso antiguo de la primitiva Iglesia, que de aquella santa ciudad, por la industria y perseverancia de la Compañía (aunque al principio no sin grande contradicción) se ha derramado y extendido por las otras provincias y naciones de la cristiandad.

Estando San Francisco y los otros padres compañeros suyos tan bien ocupados, el serenísimo don Juan el III de Portugal escribió a don Pedro Mascareñas, su embajador en Roma, que en todo caso le impetrase de San Ignacio seis para las Indias Orientales, y que si fuese necesario, hablase de su parte al Papa, y le suplicase que les mandase ir: porque él deseaba más sujetar al yugo de Cristo Nuestro Señor aquellos pueblos ciegos y bárbaros, que no a su corona e imperio. Fueron señalados para esta grande empresa por San Ignacio (a quien el Sumo Pontífice remitió aquella petición del rey) los padres maestros Simeón Rodríguez, portugués, y el maestro Nicolás de Bobadilla, castellano. El padre Simeón que estaba cuartanario, se partió luego de Roma a toda prisa para Portugal por mar y con él otro padre italiano, que se llamaba Pablo Camerate. El padre Bobadilla fue llamado de Calabria para la jornada. Llegó a Roma maltratado del camino, y enfermo de una pierna, a tiempo que el embajador don Pedro Mascareñas estaba de camino para irse a Portugal; y en ninguna manera quería partirse sin el segundo compañero, ni Bobadilla le podía seguir por su indisposición.

Entonces nuestro Santo Padre Ignacio, que estaba malo en la cama, habiendo hecho oración y alumbrado con la luz del Cielo, llamó a San Francisco Javier, y le declaró que la Voluntad de Dios era que él tomase aquella empresa, que así se la encomendaba de su parte, confiado de su prudencia y de la gracia del Señor que le llamaba, y se quería servir de él para la manifestación de Su Santo Nombre en aquellas provincias y reinos: y el Santo con gran regocijo y fervor de su espíritu se ofreció luego al trabajo; y al día siguiente, tomada la bendición de su Santidad, abrazando a sus hermanos, salió de Roma con el embajador, con solo su breviario, como si fuera a visitar una iglesia de Roma. No es maravilla que San Francisco recibiese gran gozo y júbilo en su alma en aquella jornada; porque había tenido muchas señales y grandes prendas de que Dios Nuestro Señor se quería servir de él como de vaso escogido, para llevar Su Santo Nombre por la India, y para alumbrar con la luz del Evangelio a innumerables almas gentiles, que estaban sepultadas en la sombra de la muerte: porque una vez estando durmiendo, soñaba que llevaba a cuestas un indio tan pesado, que le quebrantaba y molía los huesos, como él mismo lo dijo al padre maestro Diego Lainez, que dormía cabe él en el mismo aposento. Otra vez le mostró el Señor los trabajos que había de padecer por Él en aquella empresa, y le dio tanto espíritu y esfuerzo, que con ser tan grandes, no se espantó, antes comenzó a dar voces y a decir: Más, más, más, ofreciéndose a todos los trabajos y cruces que el Señor le quisiese dar: y por esto mucho antes que San Ignacio le encargase esta jornada, hablaba él de ella con grande deseo de ser empleado en ella; porque Dios Nuestro Señor, que se quería servir de él, lo iba previniendo y disponiendo para ella.

En el camino de Roma a Portugal ganó al embajador don Pedro de Mascareñas y a todos sus criados para Dios, con su extremado ejemplo, humildad y modestia. Guardaba ante todas cosas la observancia religiosa y el concierto en sus oraciones: era blando y cortés en sus palabras, sereno y alegre en sus respuestas, fácil para todos los que le querían ver y tratar: huía de la honra tanto cuantos otros la siguen; y para ayudar en las cosas espirituales a sus compañeros, los sabía maravillosamente granjear y obligar; era el primero en el trabajo y el postrero en el descanso, y el que para acomodar a los otros se desacomodaba a sí. También se ofrecieron en este camino algunos graves peligros a algunos criados del embajador, de los cuales los libró el Señor por medio de San Francisco; porque andando por los Alpes cayó el secretario del embajador en una profundidad inmensa de nieve, y estando ya sin remedio, el Santo le sacó. A otro criado, que arrebatado de la corriente de un río caudaloso se estaba ahogando, haciendo oración por él, milagrosamente lo libró. Otro que se había descompuesto, y en castigo de su pecado y de no haber creído a San Francisco cayó con el caballo de una cuesta abajo, y reventando el caballo quedó quebrantado y casi muerto, le sanó en el alma y en el cuerpo; y todos reconocieron que Dios los había favorecido por la intercesión de San Francisco, teniéndole por santo. Pero en lo que más mostró su espíritu fue, que siendo el camino que llevaba para Portugal por su tierra, y pidiéndole con mucha instancia el embajador y los demás que llegase a visitar a doña María Javier y Alpizcueta, su madre que era, y a sus hermanos y deudos (pues el rodeo era tan poco, y no tendría otra ocasión para hacerlo en toda la vida); nunca se pudo acabar con él: tanto estaba descarnado de la carne y sangre, y tan puesto en Dios, a quien había tomado por padre y madre y hermanos y todas las cosas: enseñando con este ejemplo a los religiosos el recato y espíritu con que deben proceder en esto.

Llegó a Portugal, y halló al padre Simeón cuartanario: le abrazó con entrañable amor; y fue tanta la alegría, que con solo verle recibió salud el padre Simeón, que nunca le volvió más la cuartana.

Grande fue el gozo que tuvo el rey don Juan, cuando supo de la llegada de San Francisco; y más con las nuevas que le había escrito y dio el embajador don Pedro de su rara virtud, singular doctrina y extremada prudencia: mandó luego proveer a los padres muy abundantemente de todo lo que hubiesen menester; mas ellos aguardando la orden de su Santo Padre y maestro Ignacio, no quisieron aceptar la liberalidad del rey, y se fueron al hospital de Todos los Santos, para vivir como pobres entre los pobres, y curar a los enfermos, y con esta humildad y pobreza echar los cimientos del alto edificio que Dios quería levantar en la Compañía en aquel reino, en el cual derramaron nuestros padres tan buen olor de sí con su santidad de vida y ejemplo, que los comenzaron a reverenciar como a hombres venidos del Cielo, y a llamarlos públicamente los apóstoles; y de ellos ha quedado hasta hoy este apellido en sus hijos y sucesores.

Quiso el rey detener en su reino a los padres, por el gran fruto que en pocos meses habían hecho entre la gente noble, caballeros e hidalgos de su corte; pero por parecer de nuestro Santo Padre Ignacio, tuvo por bien que el padre maestro Simeón quedase en Portugal, y San Francisco se partiese para las Indias, como lo hizo a los 7 de abril del año de 1511; embarcándose en la nao del gobernador Martín de Souza, y llevando en su compañía al padre Pablo Camerate, italiano, y a otro hermano portugués, que se decía Francisco de Mansilla; mas antes de embarcarse, mandó llamar el rey don Juan a San Francisco, y le entregó un breve del Sumo Pontífice, en que le hacía Nuncio y Legado Apostólico en las partes de las Indias, con grandes poderes y amplia jurisdicción: y hablando con el Santo Padre, y mostrándole la gran confianza que de él tenía, le encomendó muy particular y encarecidamente todas las Indias, en lo que toca a la conversión de los infieles y a la confirmación en la fe de los nuevamente convertidos, y a las costumbres de los portugueses, y a las fortalezas y presidios de aquel estado, y todo lo demás que tocaba al servicio de Dios y al suyo: porque dijo que no deseaba tanto que su imperio se extendiese cuanto la religión cristiana; antes tendría por grande interés y ganancia suya, todos los gastos que hiciese en ayudar a las almas. San Francisco con pocas palabras, humildes y graves, hizo gracias al rey de tan señaladas mercedes, ofreciéndole su fidelidad y servicio en todo lo que le mandaba, lo cual esperaba cumplir ayudado de Dios.

Pero habiendo mandado el rey a los oficiales de hacienda, y especialmente a don Antonio de Tayde conde de Castañeda, que proveyesen a San Francisco y a sus compañeros muy cumplidamente de matalotaje, y de todo lo necesario para aquella tan larga y trabajosa navegación; importunándole mucho que lo tomase, nunca quiso aceptar sino unos pocos de libros que había menester para la conversión de los gentiles, y en la India no los pudiera hallar. Siempre respondió que él era pobre y había hecho voto de pobreza, y que la quería guardar, y confiando que el Señor le proveería como a pobre, de todo lo que hubiese menester para poderlo servir. Le importunó el conde, que a lo menos tomase un criado que le sirviese en aquella navegación, como convenía a la autoridad de su persona; pues era Nuncio y Legado Apostólico, y no parecía bien que él mismo se llegase al fogón, ni lavase por sus manos su ropa sucia; mas él respondió, que mientras que Nuestro Señor le guardase sus pies y sus manos, no tenía necesidad de criado, y que pensaba que por verle a él servir y llegarse al fogón, y lavar la ropa, no perdería punto de su autoridad religiosa, con que no le viesen hacer pecado, ni cosa en ofensa del Señor.

Luego que la nave capitana se hizo a la vela, comenzó San Francisco a tender las velas de sus fervorosos deseos, y a mostrar el favorable viento del Espíritu Santo que lo llevaba; porque como varón de Dios dio tan grande ejemplo de su santidad, celo, caridad y prudencia, que fue la salud y remedio de lodos los que iban en la nave.

Hizo cuanto pudo el gobernador Martín Alfonso de Souza para que comiese a su mesa, o que a lo menos tomase la ración que se daba a los otros pasajeros de la nave. De comer con él se excusó: la ración aceptó para darla a algunos necesitados; y sin tocarla él, pedía limosna para su comida en la nao, teniéndose por deudor igualmente de los que menos sabían. Tuvo mano para que en ella se viviese cristianamente, se quitasen los juegos y juramentos, y que no hubiese riñas, odios y murmuraciones: apaciguaba las bregas, componía las diferencias, sosegaba las pasiones, predicaba y enseñaba todos los días la doctrina cristiana a los mozos y esclavos y gente ruda: reprendía las cosas mal hechas con tanta autoridad que ninguno le resistió, y con tanta blandura y amor que ninguno se sintió de él, y muchos se enmendaron.

En el servicio, cura y remedio espiritual de los enfermos venció en este tiempo a sí mismo; porque las enfermedades fueron muchas y muy contagiosas, y crecían, cayendo unos y muriendo otros; andando todos asombrados con el temor de caer, y el Santo tomó sobre sí las necesidades, trabajos y miserias de todos, como si sus fuerzas fueran iguales a su caridad. Ninguno murió sin tenerle a su cabecera: ninguno le llamó que no le hallase cabe sí: los confesaba, los animaba con palabras suaves y santas, les daba de comer por sus manos, y muchas veces él mismo lo aderezaba y traía del fogón, bacía las camas, les aplicaba los remedios, y finalmente hacía oficio de un caritativo y diligente enfermero, y cuanto él más se humillaba, tanto más todos le respetaban, grandes y pequeños, de modo que aquí ganó el apellido de Padre Santo, con el cual después le llamaron en toda la India.

Llegaron a Mozambique al fin del mes de agosto, donde se entretuvieron y pasaron todo el invierno hasta el abril siguiente. Allí estuvo sirviendo a los enfermos de la armada en el hospital del Rey; y por la continuación de sus grandes trabajos cayó enfermo de una fiebre maligna, con gran peligro de la vida, y queriéndole algunos hombres nobles y ricos llevar a sus casas para curarle, nunca lo consintió, deseando morir en la pobreza en que había vivido, pobre entre los pobres, enfermo entre los otros enfermos; estando como estaba, se levantaba para confesar a los que estaban peligrosos y ayudar a los que morían: y fue tanta su caridad, que estando un mozo grumete tendido en el suelo, desamparado de todos, y frenético y fuera de sí sin esperanza humana de poderse confesar; el Santo, temiendo la condenación de aquella alma, y deseando su salvación y pidiéndola con muchas lágrimas al Señor, se levantó y lo tomó y puso en la cama, y entrando en ella, súbitamente volvió el enfermo en sí y se confesó con él, y le administró los Sacramentos de la Comunión y Extremaunción, y el mismo día acabó con grandes señales de su salvación.

De Monzambique se embarcó a los 15 de marzo para Goa, no estando aún bien convalecido: llegaron a Melinde, donde se consoló increíblemente por haber hallado una grande y hermosa Cruz de mármol, dorada y enarbolada en aquella tierra de moros: de donde llegaron a Zocotora, que es una isla en la costa de África, cuyos naturales se tenían por cristianos; mas realmente no lo eran sino de solo el nombre; finalmente, a los 6 de mayo del año 1542 entraron por la barra de Goa, habiendo trece meses que habían salido de Lisboa.

Pero, ¿quién podrá explicar en pocas palabras aquel miserable estado en que el glorioso San Francisco halló aquella ciudad, y como en breve tiempo la mudó y mejoró, y los medios que tomó para hacer en los corazones de los moradores de ella una mudanza tan notable? Porque la ciudad de Goa era en aquel tiempo una sentina de vicios, y una como feria general de todas las naciones, portugueses, moros y gentiles, y otras de reinos muy diferentes y distantes, que vivían sin Dios y sin ley; y en pocos meses que allí estuvo el Santo Padre, la dejó tan bien cultivada que parecía un paraíso de deleites.

Ante todas cosas fue a visitar al Obispo, que a la sazón era don Juan de Alburquerque, y con mucha humildad y modestia le declaró quién era, a qué venía, y quién le enviaba, y le dio el breve del Papa, en que le hacía su Nuncio Apostólico en todas las Indias, diciéndole que no usaría de él ni de los poderes que traía, sino cuando su señoría se lo mandase, echándose a sus pies y pidiéndole la bendición: y el Obispo, admirado de la humildad del Santo Varón, y conociendo que era varón de Dios, le reverenció y volvió su breve, y le rogó que usase de él a su voluntad, y le quedó tan aficionado y rendido, que de allí adelante los dos eran como una alma y un corazón. Después vistió a los pobres del hospital y comenzó a servirlos: allí su cama era a los pies del enfermo que estaba en mayor peligro, para administrar los Santos Sacramentos a los que tenían necesidad: a los pobres de San Lázaro daba por sí mismo la Santísima Comunión: recogía muchas limosnas, parte que él pedía por las puertas y parte que le ofrecían: y las repartía por las cárceles y hospitales para ejercitar la misericordia, no solamente con las almas, sino también con los cuerpos de los afligidos.

Mas pareciendo a nuestro San Francisco, que para convertir a los gentiles a nuestra santa fe, era necesario reformar primero las vidas de los cristianos, y quitar de la república los escándalos y tropiezos que con su mala vida ponían a los infieles, determinó predicar todos los domingos y fiestas por la mañana a los portugueses; y así lo hacía en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, y después de comer, a todos los cristianos de la tierra; y demás de esto, se ejercitaba en enseñar a los niños y gente ruda la doctrina cristiana: lo cual hizo con singular ejemplo de humildad, devoción y caridad; porque siendo Nuncio Apostólico, y enviado del Sumo Pontífice con grandes poderes a la India, andaba con una campanilla por toda la ciudad, y en las calles y plazas alzaba la voz y decía: Fieles cristianos, amigos de Jesucristo, enviad vuestros hijos e hijas, esclavos y esclavas a la Santa Doctrina por amor de Dios. A este pregón del Cielo, nunca oído en aquella tierra, fue grande el número de toda suerte de gente que corría a oírle y recibía sus palabras como palabras de Dios; y el Santo Varón se acomodaba tanto a la capacidad de los oyentes, que para que mejor lo entendiesen hablaba el portugués como la gente de aquella tierra, trocado y como negro que aprende a hablar; y en su lengua aquel lenguaje parecía lenguaje del Cielo, y edificaba y compungía, y espantaba a los que le oían; porque se les representaba el Apóstol San Pablo, que con los griegos se hacía griego, hebreo con los hebreos y todo con todos. Por este medio de la doctrina cristiana fue increíble el fruto que hizo San Francisco en Goa, y de allí se derivó en las otras provincias de India; porque los Padres de la Compañía, que después le siguieron, por aviso y ejemplo del mismo Santo tomaron este santo ejercicio con tanto fervor, que los cantares más ordinarios de los niños en las escuelas, de los caminantes en los caminos, de los que navegaban en el mar, y de los que trabajaban en sus casas y en el campo, eran las oraciones de la doctrina.

En estas santas ocupaciones gastó San Francisco cinco meses en un incansable fervor y continuación, con la cual favorecido y alentado de la gracia del Señor acabó lo que en muchos años parecía imposible poderse acabar; porque la gente que se venía a confesar con él fue tanta, que no podía dar recaudo a la décima parte que le seguía. Se comulgaban muchos a menudo, y las vidas de los que frecuentaban los Sacramentos eran muy diferentes de lo que antes solían ser. No había odios ni discordias, ni usuras: se restituía lo mal ganado, se visitaban los hospitales y se repartían muchas y gruesas limosnas: se apartaron muchos portugueses de la mala amistad de sus esclavas, a las cuales daban libertad y a muchas casaban: finalmente toda la ciudad de Goa se trocó y mejoró de tal manera, que no conociera su faz, ni dijera que era ella el que antes en tan feo y tan miserable estado la había visto.

Mas el glorioso San Francisco, aunque estaba con el cuerpo en Goa, no dejaba de pensar en la conversión de toda la India, y con la sed insaciable que tenía de ayudar a salvar las almas de toda aquella gentilidad, trataba a menudo con Dios y consigo mismo de lo que había de hacer para alumbrarlas y sacarlas del cautiverio del falso Satanás. Entendió que en el cabo de Comorín, que por otro nombre llamaban la Pesquería (porque se pescan en ella las perlas), había muy gran número de cristianos desamparados de toda doctrina y con solo nombre de cristianos, los cuales se habían bautizado mas por ser ayudados y defendidos de los portugueses contra los moros que los tenían oprimidos, que no por celo y deseo de su salvación; y por ser la tierra estéril y muy sujeta a las injurias del cielo, no habían tenido en muchos años Sacerdotes y maestros que los enseñasen: y juzgando que aquella necesidad era extrema o casi extrema, y que no lo era la que la ciudad de Goa tenía de su presencia, pidió licencia al Obispo y al virrey, y se partió para la Pesquería, llevando consigo al hermano Francisco de Mansilla, en el mes de octubre del año 1542, y con el favor de Nuestro Señor llegó el mes de noviembre con increíbles fatigas, hambres, sed, desnudez y pobreza.

Anduvo por toda aquella tierra (que es de cincuenta leguas en largo), y visitó treinta villas y aldeas que tiene, siempre a pie, y muchas veces descalzo, con tan gran fervor y júbilo de su santo corazón, que todo lo que trabajaba y hacía le parecía poco; y a la medida de su trabajo fue el fruto que el Señor, que lo llevaba y le movía, obró por él; porque bautizó por sus manos más de cuarenta mil personas, y hubo día que bautizó todo un lugar, quedando tan cansado, que no podía alzar los brazos ni echar la palabra de la boca.

Murieron más de mil criaturas, habiendo recibido el santo Bautismo, a las cuales el Santo se encomendaba como a almas que ya gozaban de Dios Nuestro Señor. Enseñó la doctrina cristiana a la mañana a los niños y a la tarde a las niñas, con tanta perfección, que ellos la enseñaban a sus padres y a los deudos y conocidos, y eran tan celosos, que los acusaban delante del Santo, si alguno de ellos, vencido del enemigo, volvía a sus idolatrías; y tomaban los ídolos de sus mismos padres, los acoceaban y escupían y hacían pedazos; y nuestro San Francisco gustaba de ello, para que los demonios que habían sido honrados y muy adorados de los padres, fuesen pisados y abatidos de los hijos. Andaba todo el año de lugar en lugar, proveyendo todo lo que le parecía necesario para alentar y acrecentar aquella cristiandad; y lo mismo hacía por su parle el hermano Francisco Mansilla.

Mas porque los lugares eran muchos y ellos eran solos dos, y no podían satisfacer tantas necesidades, escogió en cada lugar uno, dos o tres hombres de mayor capacidad y entendimiento, y de mejores costumbres, y los instruyó muy de propósito en la religión cristiana, y en la forma de bautizar, para que en su ausencia y en los casos urgentes lo pudiesen hacer; y por estos hombres que en su lengua malabar llaman Сanacaрoles, y en la nuestra quiere decir Procuradores de la Iglesia, remedió el Santo muchas cosas, y a o quien le ayudase a cultivar aquella viña que estaba tan desierta y por labrar. Y para que el fruto fuese mayor, comenzó el Señor a ilustrar a San Francisco con muchos y grandes milagros, de los cuales hablaremos en su lugar; y eran tantos los enfermos cristianos y gentiles que le llamaban para que los sanase, y era tanta la caridad y dulzura con que acudían a ellos, que no podía darse mano, y gastaba todo el tiempo que había de dar a otras cosas mayores: y viendo que esto le era grande estorbo, determinó enviar a los enfermos que estaban ausentes, algunos muchachos de los mayores y más bien instruidos, para que hiciesen por él lo que él hubiera de hacer (si pudiera) por sí mismo. Los muchachos llevaban consigo alguna cosa de San Francisco, como su Rosario o la Santa Cruz o relicario que traía al cuello: llegados a donde estaba el doliente, juntaban la vecindad y lucían que todos los que allí estaban dijesen algunas veces el Credo, y las otras oraciones de la doctrina cristiana, y después amonestaban al enfermo que tuviese fe y que recibiría salud: «la cual Dios Nuestro Señor; (dice el mismo Santo en una carta) por Su infinita Misericordia y por la fe de los presentes y propia suya de ellos, se les daba en el cuerpo y en el alma, trayéndolos por este medio al conocimiento y obediencia de Su Santa Ley.» Estas palabras son de San Francisco, atribuyendo por su humildad la salud que Dios daba por su intercesión a los enfermos, a la fe de ellos y de los presentes.

Aquí también convirtió a un bracman viejo, que por sus letras y supersticiones y grande autoridad era gran lazo de Satanás y enemigo de la religión cristiana: el cual, convencido de San Francisco de sus engaños y alumbrado con la luz del Cielo, abrió los ojos de su entendimiento para conocer la Verdad, y la abrazó con la voluntad y se hizo cristiano, con admiración y espanto de los otros bracmanes y gentiles, y por su ejemplo se convirtieron muchos.

Dejando en la Pesquería la mejor orden que pudo, volvió a Goa para tratar con el virrey y con el Obispo algunas cosas importantes del servicio de Nuestro Señor, y del acrecentamiento de aquella cristiandad: y luego en acabándolas, encomendando al Padre Pablo Camerate el cuidado y gobierno del nuevo colegio de Goa (que antes había comenzado el P. Fr. Diego Barba para seminario de los niños recién convertidos, y entonces por su instancia y mandato del rey don Juan se encargó de él la Compañía), se tornó a la Pesquería, llevando consigo algunos sacerdotes virtuosos seglares, y otros muchos bien enseñados de los que se habían criado en el mismo colegio de Goa. Llegó a la Pesquería y repartió los obreros que consigo llevaba, y tuvo una ocasión muy grande para ejercitar su caridad; porque los badegas, gente feroz y bárbara y enemiga de cristianos, entraron por toda aquella tierra quemándola y destruyéndola, y los pobres cristianos fueron forzados a retirarse por huir de sus manos, y a padecer muchas injurias, perdidas sus haciendas y casas: pero San Francisco con sus oraciones, valor y prudencia, los remedió y consoló, y procuró que de otras parles se les enviase mantenimiento y la provisión necesaria para que no pereciesen de hambre, y como buen pastor no dejó cosa por hacer para recoger aquellas ovejas de Cristo que andaban tan descarriadas y afligidas.

Después pasó al reino de Travancor, habiendo ganado primero la voluntad del mismo rey; y alcanzando de él licencia, bautizó innumerables gentiles sus vasallos, de todos los pueblos, que llaman Machoas, y deseaban recibir la fe de Cristo: después de haberlos bien instruido en los misterios de nuestra santa religión, hizo que ellos mismos quebrasen todos los ídolos, y echasen por tierra los templos en que los habían adorado: mas los demonios, para vengarse del Santo y de los nuevos cristianos, incitaron a los badegas que de repente diesen en ellos: y así sin pensar, entraron los bárbaros, y dieron con su vista y alaridos (que subían al cielo) grande espanto a los lugares de los cristianos, que no tenían armas para resistir, ni otro lugar donde salvarse. Pero en teniendo esta nueva San Francisco, hincadas las rodillas en tierra, y los ojos en el Cielo, hizo una breve y eficaz oración, y solo, sin armas, con un ánimo de vencedor, y con rostro y semblante del Señor, se opuso a aquel ejército, que estaba armado y furioso, y reprendiéndoles de infieles para con Dios, y de crueles para con los hombres, sin dar un paso adelante, el ejército perdió su braveza y las fuerzas, y volvió atrás sin hacer daño a la tierra ni tocar a los cristianos, los cuales con este favor y amparo del Señor quedaron más confirmados en la fe y obedientes a San Francisco, y el rey Travancor tan espantado, que mandó pregonar por todo su reino, que todos obedeciesen de allí adelante al Padre (que así le llamaba), como a su real persona.

Pero aquí donde fue honrado de los buenos, no fue menos perseguido de los malos; porque además de las asechanzas y peligros, de que el Señor le libró, de los infieles, y que sentían a par de muerte la destrucción de sus ídolos, los mismos cristianos de nombre, gentiles en la vida, no pudiendo sufrir la reprensión de sus vicios públicos y escándalos, muchas veces le buscaron para matarle, y pusieron fuego de noche a las casas donde se recogía; mas el Señor estaba con él y le guardó: y con Su gracia el Santo hizo grandísimo fruto en toda aquella tierra, edificando en ella muchas Iglesias, y alumbrando con su celestial doctrina aquellos pueblos que le seguían con tanta ansia y devoción, que le era necesario predicar en los campos por el gran concurso de la gente, que de todas parles venía a oírle.

Movidos del ejemplo de los Paravas y de los Machoas, los pueblos de la isla de Manar desearon imitar a los vecinos y hacerse todos cristianos, a los cuales el Santo, por no poder ir él en persona, envió uno de los Sacerdotes sus compañeros, para que los bautizase, y en un pueblo llamado Petín se bautizaron muchos: mas el rey de Jafanapan, que era gentil y grande enemigo de cristianos, temiendo que su hermano mayor, a quien él había quitado el reino, se hiciese cristiano, y con el favor de los portugueses cobrase el reino, mandó quemar aquel pueblo y destruirle, y matar más de seiscientas personas que habían recibido el Santo Bautismo.

En la isla de Zeilán confirmó San Francisco al hijo segundo del rey, que por haberse hecho cristiano estaba con temor que el rey, su padre, le mandaría matar, como había hecho al hijo mayor y a otras seiscientas personas, habiendo Nuestro Señor con prodigios del Cielo y de la tierra declarado la verdad de nuestra santa religión; porque cuando mataron al príncipe fue vista una Cruz de fuego en el cielo; y la tierra en que fue sepultado, se abrió en forma de cruz: y aunque los moros y gentiles procuraban encubrir el milagro, hinchando aquel lugar de tierra, siempre se tornó a abrir y quedó la misma forma de cruz.

De Zeilán fue en peregrinación a Malipur, donde está el sepulcro del glorioso Apóstol Santo Tomé, y en este viaje estuvo siete días sin comer bocado, sustentándose de los regalos y consolaciones divinas, que el Señor por medio de Su Sagrado Apóstol le concedió en todo el camino: y después que llegó a Malipur, donde estuvo tres o cuatro meses en casa del vicario, gastando los días en ganar las almas de sus prójimos, y las noches casi todas en la iglesia en oración, suplicando al Señor con lágrimas y encendidos deseos, que pues le había llevado a las Indias para alumbrar aquella gentilidad tan ciega y tan extendida por tantas y tan distantes y bárbaras provincias, que le diese alguna partecilla del Espíritu que había dado a Su Santísimo Apóstol Tomé (a quien él proponía imitar), para recoger el fruto que el Santo Apóstol había sembrado, y renovar la doctrina del Cielo que les había enseñado; y al mismo Santo Apóstol se encomendaba con grande afecto, tomándole por guía y maestro, por abogado y protector.

Aquí estando el Santo orando una noche en la iglesia, le maltrataron los demonios y le dieron tantos y tan duros golpes que estuvo malo de ellos; pero estando bueno, volvió como valeroso soldado a la pelea, y aunque los demonios pretendieron espantarle, nunca pudieron; antes cobró tanto señorío y poder sobre ellos, que enviando a un muchacho de los recién convertidos a un hombre rico y endemoniado que allí estaba, le libró de su tiranía, quedando el mismo demonio confuso por ver que salía de aquel cuerpo, no por mandato del Santo, sino de un muchacho de los que traía consigo y recién convertido.

De Santo Tomé pasó a Malaca, principal ciudad y escala de la India, pero muy estragada de vicios y muy olvidada de Dios; pero después que comenzó a oír la doctrina del Cielo que el Santo les predicaba, admirada por una parte de la santidad de su vida, y por otra de la fama que corría de sus milagros, hubo gran mudanza en las vidas de los cristianos y reformación en las costumbres; aunque el Santo no dejó de avisarles en sus sermones, que Dios los quería gravemente castigar, como los castigó, con un cerco apretado que tuvieron, y con una pestilencia cruel que padecieron. Con este castigo se ablandaron, y con ver a su santo predicador tan celoso de su bien y tan humilde, que después de haber trabajado y fatigándose todo el día, a las noches se iba con una campanilla por las calles y plazas, rogando con alta voz a todos los fieles, que encomendasen a Nuestro Señor las almas del Purgatorio, e hiciesen oración por ellas. Aquí también sanó a un mancebo enfermo, mudo y endemoniado.

Todo el mundo le parecía poco a San Francisco, y verdaderamente para su corazón era pequeño, y el amor del Señor que ardía en su pecho le hacía buscar nuevas ocasiones para encender en las almas el fuego de aquel mismo amor. Supo que en la isla de Mazacar estaba la materia dispuesta para pegar este fuego; y para ir a ella, se embarcó para la isla de Amboino, que era el camino donde halló siete pueblos de cristianos sin ningún Sacerdote. Los anduvo todos, bautizando a los niños y muchachos, sanando a los enfermos y enterrando a los muertos: y habiendo llegado allí una armada de la Nueva España, que traía don Fernando de Souza y de Tavara, muy maltratado y con muchos enfermos, él con su caridad los acogió, curó, sirvió y proveyó de todo lo que pudo, procurando que otros también los socorriesen con sus limosnas: y porque un mercader muy rico se cansaba de dar lo que el Santo le pedía (por ser tanto) para remedio de todos aquellos pobres enfermos, él le avisó que alargase la mano; porque muy en breve moriría en aquella isla y dejaría sus riquezas, las cuales por manos de aquellos pobres podía enviar delante de sí al Cielo. Lo creyó el mercader y así lo hizo, y murió en breve efectivamente; y el Santo, estando poco después en la isla de Ternate, tuvo revelación de su muerte, y dijo a los que oían su Misa, que encomendasen a Dios el alma de Juan de Arauz (que así se llamaba el mercader), que era muerto en Amboino, distante más de setenta leguas de Ternate.

Con esta armada de don Fernando de Souza venía un Sacerdote valenciano, llamado Cosme Torres, hombre docto y prudente, el cual en viendo a San Francisco se le aficionó como si viera un Ángel del Cielo, y después en Goa entró en la Compañía, y le imitó de tal manera, que vino a ser un varón apostólico, y padre (después del mismo San Francisco) de toda la cristiandad del Japón, como adelante se dirá.

Oyó decir el glorioso San Francisco, que había una isla llamada del Moro, habitada de gente (cuyos antepasados habían sido bautizados); pero tan fiera y bárbara, que no se podía tratar con ella sin notable peligro de la vida; y él determinó ir a ella para ayudar a aquellos hombres, en quienes apenas había rastro de fe ni de humanidad. Le quisieron sus amigos persuadir que no fuese allá, representándole la aspereza y fragosidad, esterilidad y temblores de tierra, la bestialidad de los naturales, que más parecen monstruos y crueles fieras, que hombres, pues los hijos quitan la vida a sus padres, y los padres a sus hijos; pero ninguna cosa bastó para divertirle de su intento, ni para hacer que tomase algunas cosas que le daban para la ponzoña (de la cual aquella gente también usa para matar); porque tenía puesta toda su esperanza en Dios, y armado con ella y con la fuerza de Su Espíritu, corrió toda la isla visitando y halagando a los moradores, y con la luz y blandura del Evangelio los amansó y domesticó, andando entre ellos con una admirable seguridad y paz de su alma: y fueron tantos los regalos del Cielo que recibió en aquella isla, que él mismo decía que no se había de llamar isla del Moro, sino isla de Esperanza, y que si viviera muchos días en ella, viniera a perder los ojos de puras lágrimas de consuelo. Habiendo pues estado en las islas del Moro, y dejado las cosas asentadas lo mejor que pudo, volvió a Ternate, donde dio orden que se hiciese casa de la Compañía, para que los nuestros más fácilmente pudiesen acudir a la conversión de los gentiles, y a la enseñanza de los cristianos de todas aquellas islas Malucas. De Ternate llegó al puerto de Amboino, y se embarcó para Malaca, y allí halló a dos padres de la Compañía que habían venido de Goa por su orden, y se llamaban Juan de Beira y Juan de Ribera, y los envió a Ternate, para que viviesen en la casa que él dejaba comenzada.

Esta vez que estuvo en Malaca, le sucedió una cosa que le hizo muy famoso y admirable en toda la India. Vino una armada del rey de Azen de improviso sobre Malaca: no pudo tomar la fortaleza como pensaba; pero quemó algunos navíos de los portugueses que estaban en el puerto, y se retiró. Procuró San Francisco que luego se reparasen y aprestasen algunas galeotas que habían quedado rotas y maltratadas, y que siguiesen la armada enemiga: y aunque hubo grandes dificultades, él las allanó y animó a la gente, a quien parecía temeridad ir a pelear unos pocos soldados portugueses con cinco mil azenos y turcos, y ocho navíos nuestros con setenta de los enemigos: pero pudo tanto su autoridad y la opinión de su santidad, que los cristianos salieron de Malaca en busca de los bárbaros, y estando toda la ciudad suspensa y en gran temor, y llorando la perdida de nuestra armada; San Francisco en un sermón les respondió, y avisó que hiciesen gracias a Dios Nuestro Señor por la victoria que les había dado, pintando el día y la hora y el modo de la batalla, como si con los ojos la viera, y anunciándoles cuándo había de volver nuestra armada victoriosa, y cargada de los despojos de los enemigos: y así volvió a Malaca con veinte y cinco naves de los azenos, habiendo echado a fondo las demás, y muerto cuatro mil de ellos, con pérdida de solos cuatro cristianos.

Y como este caso fue tan ilustro y tan sabido, se derramó por todas las Indias, e hizo muy esclarecido a San Francisco: el cual estando aquí en Malaca, y de camino para Goa (adonde le llevaba la obligación de su oficio), para ver el estado de la cristiandad, y los padres y hermanos que después que él salió de ella habían venido de Portugal para ayudarle, y repartirlos en varias partes; tuvo noticia de las islas del Japón, que dos años antes habían descubierto los portugueses, de su grandeza, número, sitio, distancia, reyes y señores, y de sus ingenios, naturales y costumbres, y principalmente de los errores que tienen en sus sectas y falsa religión, y la disposición para recibir la verdadera de Cristo Nuestro Redentor.

Esta noticia le dio un japón llamado Angero, que vino desde el Japón, para comunicar con el Santo Padre los remordimientos de su conciencia, que le traía muy afligido por algunos pecados que había cometido en su mocedad; y no habiendo hallado remedio entre sus sacerdotes, le venía a buscar, por haber entendido de algunos portugueses sus enemigos, que era varón santo y amigo de Dios, y que sin duda hallaría paz en su alma si le obedeciese. Con este intento llegó Angero gentil y japón, a Malaca: y San Francisco lo llevó consigo a Goa, donde con dos criados suyos se hizo cristiano, y se llamó Pablo de Santa Fe, por haberle bautizado en el colegio de San Pablo de la Compañía. Por la información que le dio el mismo Pablo, se determinó el Santo a ir en persona al Japón, para descubrir a aquella gente ciega los primeros resplandores del Evangelio, y sujetarla al yugo del Señor: mas en sabiéndose esta determinación, no se puede fácilmente creer el sentimiento que hizo toda la ciudad, y los combates que le dieron los de dentro y los de fuera, para apartarle de aquella navegación, por ser larga de más de 1.300 leguas, y peligrosa por la alteración y braveza de los mares y furia de los vientos, y multitud y crueldad de los corsarios; proponiéndole que no debía arriesgar su vida, de la cual dependía la vida de tantos, y el bien y seguridad de aquella cristiandad. Ninguna cosa de las que se le dijeron, ni las lágrimas que muchos derramaron pudieron hacer mella en aquel pecho invencible, que era como una fuerte roca que despide todas las ondas que la combaten del mar. Armado, pues, de la confianza que tenía en Dios, y abrasado del celo de Su gloria y de la salud de las almas, no hizo caso de las dificultades, peligros y molestias de aquella navegación; antes repartió luego los padres y hermanos que habían venido de Portugal por los pueblos de Conlan, Santo Tomé, Malaca, Malucas, Bazain, Ormuz (que en la Pesquería ya estaba el padre Antonio Criminal), dándoles la orden de lo que cada uno había de hacer en su puesto, y encargándoles mucho el cuidado que habían de tener, primero de su salvación y perfección, y después de la de sus prójimos, y el amor y blandura con que habían de ganar las voluntades de los infieles para que se convirtiesen, y alentar a los nuevamente convertidos.

Dejó en Goa en su lugar y como vicario suyo al padre Pablo Camerate, instruyéndole de todo lo que había de hacer; y él con el japón Pablo de Santa Fe, nuevamente convertido, y con el padre Cosme de Torres, y el hermano Juan Fernández, y algunos otros pocos compañeros salió de Goa, y se hizo a la vela el mes de abril del año de 1649: y habiendo navegado prósperamente cuarenta días, tomó puerto en Malaca, el postrer día de mayo. Allí, mientras aguardaba tiempo para navegar, no estuvo ocioso (porque su espíritu no lo podía estar); antes hizo cosas grandes, provechosas y milagrosas. Por no tener comodidad de nave portuguesa en que pasar al Japón, se embarcó en un junco de un capitán de China, que le prometió de llevarle al Japón, para donde partió de Malaca el día de san Juan Bautista de aquel año; y favorecido del viento del Espíritu Santo, que le llevaba, tomó puerto en Japón en la ciudad de Cangoxima, que era patria de Pablo de Santa Fe, el día de la gloriosa Asunción de Nuestra Señora. Se echó bien de ver el favor del Señor en aquella navegación, por los muchos, varios y graves impedimentos que el demonio puso para estorbarla: porque como el capitán del junco era de la China, pretendía ir mas a su patria que al Japón, no haciendo caso de lo que había prometido, y como era gentil tenía un ídolo o demonio en la popa, a quien siempre consultaba lo que había de hacer y el suceso que había de tener aquella navegación; y el demonio que le quería estorbar a San Francisco, le daba las respuestas conforme a su intento: y habiendo caído y ahogándose en el mar una hija del capitán, preguntando al demonio la causa de aquella desgracia, respondió que no muriera la hija del capitán, si hubiera muerto uno de los compañeros de San Francisco, de China, que se llamaba Manuel, y poco antes había caído de lo alto de la nave en la bomba, y aunque se quebrantó, no murió: y con esto el capitán, que sentía mucho la muerte de su hija, creyendo al demonio, tomó grande ojeriza contra el Santo, pareciéndole que por su causa le había venido tan grande desastre; mas San Francisco con aquella grande y segura confianza que tenía en Jesucristo, sabiendo que es Señor de los mares y de los vientos, y de los mismos demonios, nunca los temió, ni en tan graves y presentes peligros hizo caso de ellos; y así el Señor, contra la voluntad del capitán del navío le guió de manera, que llegó (como dijimos) al Japón, y surgió en el puerto de Cangoxima. Allí fue muy bien recibido de los deudos y amigos de Pablo, y del mismo magistrado, maravillándose todos de ver Sacerdotes cristianos en su tierra, venidos de Europa, no por especiería, oro o plata, piedras y perlas preciosas, sino para traerles la luz del Cielo, y sacarles de las tinieblas de sus errores.

Se convirtieron a nuestra santa fe la mujer y una hija, y muchos deudos y amigos de Pablo: y habiendo alcanzado del rey de Saxumia licencia para que sus vasallos libremente se pudiesen hacer cristianos; muchos, y entre ellos dos bonzos (que son sus sacerdotes), recibieron el agua del santo Bautismo, sin contradicción del pueblo ni repugnancia de los suyos. Creció después mas el número de los que se convirtieron por los milagros que Dios obró en Cangoxima por San Francisco: porque allí resucitó una hija de un caballero rico, gentil, y sanó a un leproso: y la gente, admirada de tan grandes maravillas, comenzó a mirarle y reverenciarle como a un hombre venido del Cielo. Pero los bonzos, temiendo que con la predicación del Evangelio, su falsa religión caería, y sus rentas y limosnas se menoscabarían, persuadieron al rey que mandase, so graves penas, que en su tierra todos guardasen su antigua religión, y no recibiesen la que San Francisco predicaba. Él, habiendo gastado y esperado un año, padeciendo gravísimas injurias e incomodidades, dejando allí a Pablo con ochocientos nuevos cristianos, muy afligidos porque los dejaba; se partió con sus compañeros para Firando, donde en pocos días se hicieron cristianos cien personas, las cuales encomendó al P. Cosme de Torres, y él con Juan Fernández se fue a la ciudad de Amanguiche, que es grande, rica y populosa. Aquí les predicaba cada día en las plazas: y aunque concurría mucha gente, y unos le oían con gusto y otros con disgusto, y muchos hacían burla de él teniéndole por insensato, y como a tal le trataban, y los muchachos y la gente del pueblo le perseguían y mofaban de lo que había predicado; mas alguna gente cuerda y principal, admirada de la paciencia y mansedumbre del Santo Padre, le oyó en sus casas, y el mismo rey de Amanguiche le llamó, y quiso oír su doctrina, pero no la recibió. Mas habiendo entendido que la cabeza de todo el Japón era la ciudad de Meaco, a cuyo rey respetaban y obedecían los otros reyes y señores, se resolvió de ir a Meaco, para alcanzar del rey una provisión, para predicar por todo el Japón la ley evangélica.

Está distante Meaco de Amanguiche, por camino derecho, como cincuenta leguas, pero hay tantos pantanos y montes, y malos pasos en el camino, que es menester rodear y alargarse más; y por ser el corazón del invierno y los fríos muy recios, estaba lleno de nieve y de hielo, e inquieto con las guerras y mal seguro de ladrones. El Santo Varón no sabía el camino, y su mismo traje y vestido de pobre le hacía despreciable en los ojos de aquella gente, que se precia mucho y pone su honra en vestirse bien. Todas estas dificultades venció el fervoroso ánimo y la caridad encendida del Santo Varón. Se concertó con un japón que iba a caballo para Meaco, que le acompañaría y serviría como lacayo por todo el camino, con que le llevase consigo hasta ponerle en aquella ciudad. El japón iba en su caballo, y muchas veces corriendo por el peligro de los ladrones, y San Francisco, cargado de ornamentos para decir Misa, y de otro hato de su amo, iba tras él a pié por la nieve (y muchas veces descalzo) por los pantanos y ríos que había de pasar, y lastimándose los pies con las piedras y espinas que topaba; mas iba tan enajenado y como fuera de sí, y tan trasportado en Dios, que no parecía que sentía algún trabajo, ni las voces y gritería que algunas veces le daban los japones por el camino, por verle tan pobre y extranjero, y tenerle por hombre loco y sin juicio. Llegado a Meaco, nunca pudo haber audiencia del rey, porque las guardas no le dejaron entrar, haciendo burla de su persona. Quiso predicar en la ciudad, mas estaba tan alborotada y con tanto temor de guerra, que le pareció al Santo que no sería oído: y encomendándose a Nuestro Señor, se resolvió a volverse a Amanguiche, por ser ciudad muy principal (como dijimos), y tener esperanza de más preciosa cosecha, y volvió con el mismo trabajo e incomodidad que había venido.

En Amanguiche se fue al rey y luego le dieron entrada, y fue recibido de él con gran cortesía y humildad, especialmente después que le dio las cartas del virrey y Obispo de la India, y algunos presentes, que aunque no eran de mucho valor, mas por ser de cosas nuevas y no vistas en aquella tierra, fueron muy estimadas del rey: el cual por corresponder al Santo, le ofreció buena cantidad de oro y plata; mas él no la quiso recibir, diciendo, que no había venido de tan lejas tierras por cosa alguna de la tierra, mas por solo llevar el alma de su alteza y la de sus vasallos al Cielo, enseñándoles el camino para ir allá, que era el conocimiento y obediencia de un Dios solo y verdadero, Creador de todas las cosas, y de Su Unigénito Hijo Jesucristo; y que para esto le suplicaba que le diese licencia para predicar, y mandase pregonar, que lodos sus vasallos que quisiesen, podían libremente recibir la religión cristiana. El rey quedó tan pagado del Santo y del menosprecio del oro y plata que le había ofrecido, y él no había querido recibir, que le concedió luego todo lo que había pedido, y juntamente un monasterio de bonzos que estaba vacío, para que pudiese en él habitar.

Con esta buena gracia y liberalidad del rey, la gente de Amanguiche cobró estima de la persona del Santo Varón y de la doctrina que enseñaba. Venían muchos a oírle cuando predicaba (que era dos veces al día), y a preguntarle varias cosas acerca de lo que había enseñado y de los Misterios de nuestra Santa Religión; y también venían al monasterio donde moraba bonzos y bonzas (que son sus religiosos y religiosas), y muchos caballeros y gente noble, proponiéndole tantas dudas, que le tenían casi toda la noche sin dejarle reposar. Y aunque gastó muchos días en esto, y los japones mostraban que les cuadraba y era conforme a razón lo que el Santo Padre les enseñaba; ninguno se movía a ser cristiano (por ser cosa muy diferente parecernos bien lo bueno y ponerlo por obra), hasta que un día, predicando en la plaza el hermano Juan Fernández, compañero de San Francisco, un japon que había venido a oírle el sermón, y era mozo libre y desenvuelto, hizo burla de él, y para mayor oprobio le escupió en la cara. El hermano, sin turbarse, limpiándosela con el lienzo, prosiguió su sermón con la misma serenidad y semblante que antes. Vio esto otro de los oyentes: y pareciéndole que aquella paciencia y sufrimiento del hermano, era cosa más divina que humana, y que no podía dejar de ser verdadera la ley que predicaba, pues le enseñaba y daba virtud para ser tan manso y llevar con tanta serenidad la injuria que se le había hecho; vino luego a buscar a San Francisco, y le pidió que le hiciese cristiano; y fue el primero que esta vez recibió la fe en Amanguiche: para que se vea, cuánta más fuerza tienen los ejemplos de paciencia que las palabras. Tras éste se siguieron otros muchos, y entre ellos un mozo muy docto, ejercitado en todas las sectas del Japón, que recibió el Bautismo y se llamó Lorenzo, y se determinó a entrar en la Compañía y consagrarse del todo a Dios, y fue uno de los mayores ministros que su divina Majestad tomó para convertir a los japones, y amplificar Su santa religión en aquel reino.

Fue tanto el fruto que se hizo en Amanguiche, que en espacio de un año se bautizaron tres mil personas, y entre ellas algunas doctas y de grande ingenio, que disputaban con los bonzos y los convencían de sus errores. Crecieron tanto en la virtud y piedad aquellos cristianos, que en veinte y cinco años de torbellinos y tempestades, que después padecieron, faltándoles padres y maestros que los amparasen y enseñasen, ellos mismos se hicieron maestros entre sí, y conservaron la doctrina que de San Francisco habían recibido.

Era ya tan grande la fama que por todo el Japón se había extendido de la santidad y excelencia de su persona, que el rey de Bungo, hombre prudentísimo y muy poderoso y estimado, le envió a rogar que le viese, y el Santo fue, acompañado de muchos portugueses que le quisieron honrar, así por mostrar lo que le estimaban, como por acreditar más la doctrina que enseñaba y amplificar nuestra santa religión. Fue recibido del rey de Bungo con extraordinario aparato y benevolencia: disputó delante de él y de toda su corte muchas veces con los bonzos, que una vez vinieron a la disputa en número de tres mil, escogiendo a los más sabios y famosos entre ellos para que hablasen, y todos quedaron convencidos, avergonzados y corridos, sin que ninguno supiese responder o replicar a lo que decía San Francisco; y el mismo rey y toda la gente, admirada de la verdad que enseñaba, y de la eficacia y modestia con que la enseñaba, entendieron que aquella no era doctrina humana sino venida de arriba. Mas estando San Francisco ocupado con el rey de Bungo, en Amanguiche, donde había quedado el padre Cosme de Torres para cultivar aquella viña, al mejor tiempo se armó un nublado, que la apedreó; porque el mismo rey de Amanguiche fue despojado del reino por un vasallo suyo, y se mató con sus manos temiendo caer en las de su enemigo, y la nueva Iglesia del Señor padeció mucho aunque con Su gracia pasó presto aquella tempestad: porque el reino de Amanguiche se dio a un hermano del rey de Bungo, que a suplicación de San Francisco y recomendación del rey, su hermano, amparó y favoreció a los cristianos, como lo hizo el mismo rey de Bungo en su reino y en los otros que después poseyó, dando casa propia en que morasen a los compañeros del Santo, y licencia para que sus vasallos pudiesen hacerse cristianos: y aunque el mismo rey no se bautizó luego, sino después de muchos años; pero cuando recibió el agua del Bautismo, tomó el nombre de Francisco, por amor y memoria del Santo, que había sido el primero que alumbró su reino con la Luz del Cielo: el cual se determinó volver a la India: lo uno para enviar de allá más obreros al Japón, que llevasen adelante lo que él había comenzado: lo segundo, por haber entendido de los mismos bonzos, que su religión había tenido principio y manado como de su fuente, de la China, y que hasta que los chinos recibiesen la fe de Cristo, ellos no la recibirían; y así se determinó de ir él en persona a la China, para que rendida aquella fortaleza y como alcázar, más fácilmente pudiese sujetar a los japones: lo tercero; porque como él era superior y cabeza de todos los de la Compañía que estaban derramados por tantas y tan diversas partes de la India, y San Ignacio le había encomendado el cuidado y gobierno de ellos, quería verlos y ayudarlos, para dar buena cuenta a Dios y a su maestro de lo que estaba a su cargo.

Con esta resolución se despidió del rey de Bungo y demás amigos: y dejando al P. Cosme de Torres el cuidado de las iglesias que había edificado, y de toda aquella nueva cristiandad, se embarcó el mes de noviembre del año de 1551, llevando consigo dos japones, que él había bautizado, y llamaban al uno Mateo y al otro Bernardo, que fue el primero que se convirtió en Cangoxima, de los cuales Mateo murió en la India, y Bernardo vino a Roma, y fue de la Compañía; y tornando a la India, acabó santamente su vida en el colegio de Coimbra.

Se embarcó en la nao de Duarte de Gama, que iba a Chincheo, y tuvo una brava y horrible tempestad en aquella navegación; mas el Señor por las oraciones del Santo salvó la nave, que se tenía por perdida, y el batel de ella, que con dos moros (otros dicen que había quince personas en él) arrebatado de la furia de los vientos había desaparecido, volvió (contra el parecer y esperanza de todos los marineros) por sí mismo a la nave, como San Francisco lo había profetizado: el cual fue visto en el batel de los mismos moros que andaban en él, y guiaba el barco y le llevaba a la nave, en la cual realmente en su propia persona estaba San Francisco, a cuyos pies se postraron los moros, y se hicieron cristianos, movidos de tan grande y tan evidente milagro.

En Chincheo entró en la nave de Diego Pereyra, grande y antiguo amigo suyo, y con prósperos vientos llegó a Malaca, donde fue recibido con increíble alegría y regocijo de toda la ciudad, que vino en procesión a la iglesia de la Compañía, para hacer gracias a Nuestro Señor, por haberles dejado ver otra vez al Santo, el cual de allí, pasando por Cochin, y visitando a sus hermanos, llega a Goa; y antes de entrar en casa se fue al hospital, para visitar y consolar a los enfermos, y después se vino al colegio; y hallando que uno de sus hijos estaba muy malo, y casi desahuciado y para morir, poniendo sobre él sus manos, y diciendo un evangelio, le dio entera salud. Abrazó a todos sus hijos con amor de verdadero y benignísimo Padre; y ellos le abrazaron y reverenciaron como a Padre Santo y hombre venido del Cielo. Halló las cosas de la cristiandad en todas partes muy acreditadas, y que nuestra santa religión florecía en la India: y habiendo dispuesto las cosas, y dado la orden que le pareció, y concertado con el virrey, que enviase a Diego Pereyra por embajador del rey de Portugal con un rico presente al rey de la China, y que él iría como compañero del embajador, para poder entrar con este color y tentar el vado, y ver la disposición que había en aquel reino tan rico, tan poblado, tan extendido, y tan ciego y sepultado en las tinieblas de la ignorancia e idolatría; nombró por superior de todos los de la Compañía de la India al padre Gaspar Barceo, flamenco, y antes de partir se echó a sus pies diciéndole, que él también estaba a su obediencia, llorando todos los circunstantes su partida con tan copiosas y amargas lágrimas, como que adivinaban que no le habían de ver más.

Salió de Goa a mediados de abril del año de 1552 en la nao de Diego Pereyra, que había hecho grandes gastos para aquella jornada, e iba con gran voluntad a ella por servir a Dios y a su rey, y acompañar a San Francisco. Llevaba en su compañía al padre Baltasar Gago, y al hermano Pedro de Alcaceva, para enviarlos desde Malaca al Japón a ayudar al padre Cosme de Torres. Para el viaje que hacía a China, solamente tomó por compañero un hermano que se decía Alejo de Herrer, y un mozo natural de la China, por nombre Antonio de Santa Fe, que se había criado en el colegio de San Pablo de Goa. Antes de llegar a Malaca tuvieron una recia tempestad, en que se daban ya por muertos: la aplacó Nuestro Señor por las oraciones del Santo Padre; y de allí adelante tuvieron mucha serenidad y bonanza, hasta llegar a Malaca. Pero aquí tuvo San Francisco más contrarios vientos y más brava tormenta que en el mar: porque el gobernador de Malaca, por cierto disgusto antiguo que había tenido con Diego Pereyra (que como dijimos iba por embajador al rey de la China), pesándole mucho de la honra y del provecho del que tenía por enemigo, le estorbó aquella jornada con tanta fuerza y violencia, que todos los medios que tomó San Francisco de sumisión, ruegos, promesas, amenazas y excomuniones (que como Legado Apostólico fulminó contra él), no fueron parte para sosegar y poner en razón el ánimo obstinado y más duro que el acero del gobernador: y así quedó en Malaca Diego Pereyra, y se cortó el hilo y traza de la embajada que habían de hacer en la China. Mas San Francisco, aunque sintió mucho (como era razón) aquel impedimento de la predicación evangélica; y de la facilidad con que pensaba entrar en la China, no desmayó; antes consolando a Diego Pereyra, y asegurándole que todo aquel daño que padecía, resultaría en mayor acrecentamiento de su honra y hacienda, y amenazando al gobernador con la ira de Dios y con el castigo que presto vendría sobre él, salió de Malaca, y en saliendo, sacudió el polvo de los zapatos, como Cristo Nuestro Señor mandó a los discípulos lo hiciesen, cuando no fuesen bien recibidos  en alguna ciudad. Lo que el Santo anunció, se cumplió al pie de la letra: porque Diego Pereyra después fue muy honrado y acrecentado del rey de Portugal; y el gobernador de Malaca, por justo juicio del Cielo, dentro de pocos meses fue preso en Goa, y desde allí llevado a Portugal y confiscados todos sus bienes, murió en una cárcel pobre y miserablemente.

Llegó San Francisco a la isla de Sanchoan, que está como treinta leguas de la China, con gran deseo de hallar algún camino para entrar en aquel reino que tiene la puerta tan cerrada para todos los extranjeros, que hay pena de muerte a cualquier extranjero que entrare en aquel reino sin licencia, y a cualquiera chino que le metiere; y guardan esta ley con gran rigor y no faltaban ejemplos frescos que se contaban. Después de haber tentado varias cosas sin fruto, finalmente se concertó con un mercader chino, que secretamente le llevase al puerto de Cantón, que es la primera ciudad de la China, y que habiéndole tenido escondido en su casa tres o cuatro días una noche le pusiese a las puertas de la ciudad y le dejase allí a sus aventuras; y San Francisco le ofreció de darle como doscientos ducados de pimienta, que para este efecto le habían dado los portugueses. Todo esto tenía grandes dificultades y peligros; mas el ánimo de San Francisco como ardía en vivas llamas de amor del Señor, en ninguna cosa reparaba ni hacía caso de tormentos y muerte: porque ninguna cosa más deseaba que dar la vida y mil vidas que tuviera en tan gloriosa empresa por Su Amor.

Quedó San Francisco muy alegre con el concierto viendo que se le descubría camino para lo que tanto deseaba: y porque no le fuese impedimento para su entrada tornó a enviar el hermano que había traído de la India (porque andaba muy falto de salud) con los navíos de los portugueses que habían ya negociado, y se volvían a Malaca, y al mozo chino. Algunos creen que le envió adelante para hallarse más desembarazado y solo y poder entrar en la China con mayor secreto y seguridad del mercader. Pero el Señor se contentó de este deseo, y quiso más remunerarle los trabajos inmensos que hasta allí había padecido por Su Amor, que ponerle en ocasión de padecer otros mayores. Aceptó por entonces Su Voluntad y dejó de abrir puerta a la China, que estaba tan cerrada, para hacerlo después de sus merecimientos y oraciones; y el Santo Varón alcanzase muerto lo que no pudo siendo vivo: porque poco después que murió, se facilitó a los portugueses en Meaco y Cantón el trato con los chinos; y algunos Padres de la Compañía, hijos de San Francisco, han entrado en aquel reino y viven en él con seguridad; y cada día esperamos que crecerá más aquella cristiandad con tan buen intercesor como San Francisco Javier.

El mercader chino no cumplió su palabra y Dios envió a Su siervo una calentura: y aunque mejoró, nunca pudo convalecer bien de ella; antes recayó y entendió que el Señor le quería llevar para Sí, y cumplirle otros deseos más encendidos que poco antes le había dado, de dejar el cuerpo mortal en la tierra e irse al Cielo a gozar de Su bienaventurada vista con los cuales los otros deseos de trabajar y padecer se iban mitigando.

Tuvo revelación de su muerte, y estando en aquella isla en una choza o enramada que se había armado en lo alto de un monte, desamparado de los hombres, falto de todas las cosas necesarias para la salud, pero muy acompañado del Señor y de los Ángeles, y lleno de dulzuras y consolaciones del Cielo, por verse en tan extremada pobreza (cosa que él tanto había deseado); repitiendo muchas veces el dulcísimo Nombre de Jesús y de María, y haciendo unos tiernos y amorosos coloquios con el Señor, dio su bendita alma al que para tanta gloria suya y bien del mundo la había creado.

Ésta es una breve suma de las peregrinaciones de San Francisco: ésta una tela sencilla, tejida de sus trabajos, de su vida y muerte. Más ¿quién podrá explicar las labores que el Sumo Artífice labró en esta tela? ¿Las gracias y dones que pintó en este lienzo? ¿Las heroicas y divinas virtudes con que adornó y enriqueció el alma de este gran siervo Suyo, que son tantas y tan admirables que lengua de Ángel sería menester para poderlas referir? ¡Qué humildad tan profunda! ¡Qué obediencia tan perfecta! ¡Qué menosprecio de todas las cosas de la Tierra, y qué aprecio de las del Cielo! ¡Qué oración! ¡Qué mortificación! ¡Qué paciencia y alegría en las persecuciones! ¡Qué fortaleza, confianza y seguridad en los peligros! ¡Qué fuego de Amor Divino, y qué sed de padecer y morir por Cristo, y por la salud de sus hermanos, sin verse jamás harto de trabajos y angustias! ¡Qué anchura y capacidad de corazón, a quien todo el mundo era corto y angosto! ¿Qué diré de los privilegios con que Dios le hizo más que hombre y superior de los demonios y de las enfermedades, de los mares, vientos y tempestades? ¿Qué de aquella luz soberana y celestial con que alumbrada su alma veía las cosas ausentes, como si estuvieran ante sus ojos, y las que habían de venir como las presentes, y leía los corazones de los que trataban con él? ¿Qué de los muchos y grandes milagros con que le glorificó Dios en el Cielo y en la tierra? Desenvolvamos este lienzo: despleguemos estas labores: descubramos esta tabla, en que Dios sacó una imagen acabada de Su Gracia y un perfecto retrato de todas las virtudes; y comencemos con la humildad que es alma, madre y fundamento de todas.

Era muy amigo (como hemos visto) de servir en los hospitales a los enfermos, y siempre se inclinaba y acudía a los enfermos más bajos y viles. Viniendo de Roma para Portugal con el embajador don Pedro Mascareñas, en todo aquel camino se ocupaba en ayudar a los otros que iban en su compañía dándoles el mejor lugar, aposento y cama, y teniendo cuenta de dar de comer a las cabalgaduras.

Cuando se embarcó para la India, nunca los ministros del rey pudieron acabar con él (como dijimos), que tomase un criado que le sirviese; antes él mismo sirvió en la nave a todos los que tenían necesidad y se querían aprovechar de su trabajo. Llegado a Goa, se postró a los pies del Obispo, y le dio el breve del Papa en que le hacía su Nuncio Apostólico por toda la India, diciéndole que no usaría de él sino cuando fuese su voluntad. Con esta misma humildad nunca descubrió a nadie que tuviese tal breve ni la potestad de Legado Apostólico sino al dicho Obispo y después en Malaca, cuando iba a la China, para atemorizar al gobernador de Malaca, que lo estorbaba la jornada, y ver si con las censuras eclesiásticas le podía reportar. Siendo él, como era, superior de los otros Sacerdotes y vicarios de los Obispos los honraba y reverenciaba, y obedecía como si fueran sus superiores, y este respeto encomendaba mucho a los de la Compañía, y que no predicasen ni ejercitasen sus ministerios sin beneplácito y bendición de los Prelados que Dios ha puesto en Su Iglesia: y decía que de esta manera habíamos de quebrar la cabeza de Satanás, que es cabeza de los soberbios.

Le tenían comúnmente todos por Santo y con este nombre le llamaban; y él se tenía por mayor de los pecadores: y en una carta que escribió a Diego Pereyra, consolándole por haberse estorbado la jornada de la China, dice que por sus grandes pecados Dios lo había permitido, y que él solo tenía la culpa; pues habían sido tantas y tan graves las suyas, que no solamente habían hecho daño a sí, sino también al mismo Diego Pereyra.

En otra carta que escribió de Cangoxima a los hermanos de la India, les dice que le cumplía mucho darles cuenta de un grande cuidado en que vivía para que en sus sacrificios y oraciones le ayudasen: y era el cuidado que siendo todos sus pecados y continuas maldades manifiestas a Dios, temía mucho que no habiendo en su alma y vida una gran enmienda, le suspendiese el Señor la Divina Gracia tan necesaria para comenzarle a servir en aquellas partes con perseverancia hasta el fin. Y en otra carta atribuyendo todas las mercedes que Dios le hacía a las oraciones de los hermanos, les dice: «Las recreaciones que en estas partes tengo son acordarme muchas veces de vosotros, carísimos hermanos, y del tiempo que por la misericordia del Señor os conocí y conversé: siento dentro en mi alma cuánto por mi culpa perdí en no aprovecharme de las mercedes que Nuestro Señor os ha comunicado. Me hace el mismo Señor tantas misericordias en estas partes por vuestras oraciones, por la memoria continua que tenéis de encomendarme a Él, y reconozco, que por vuestra intercesión me da el Señor a sentir la inmensidad de mis pecados, y fuerzas para andar entre esta gentilidad. De todo lo cual doy muchas gracias a la Divina Majestad, y a vosotros, carísimos hermanos míos, y agradezco mucho esta gran caridad.»

Huía de la honra y de sus alabanzas con tanto cuidado, como otros huyen de la afrenta y del vituperio: y cuando alguno decía cosa que redundase en su loor, se ponía colorado y quedaba vergonzoso y comido. Encubría con maravilloso artificio sus virtudes, y los milagros que Dios obraba por él, atribuyéndolos a la fe y devoción de los que de la mano del Señor recibían aquel beneficio. Ninguna cosa encomendaba más veces y con mayor encarecimiento a sus súbditos, que el estudio de la verdadera humildad, afirmando que ninguno puede ser legítimo hijo de la Compañía de Jesús, ni servir en ella fielmente al Señor, sino el que fuere despreciador de sí mismo y conociere bien su poquedad y bajeza; porque decía, que la arrogancia y vana presunción de sí mismo es el veneno de toda virtud y enemiga del instituto y perfección de la Compañía; y así en una epístola, escribiendo del Japón a los padres y hermanos de Goa, les dice: «Ejercitaos con gran cuidado en la humildad, y venceos en todas las cosas que nuestra naturaleza depravada aborrece, y trabajad mucho por conoceros perfectamente con la Divina Gracia; porque el conocimiento de sí mismo es como ama, que cría la confianza en Dios, y como madre de la humildad cristiana.»

De este mismo afecto de humildad nació en San Francisco aquella perfecta obediencia que tuvo a todos los superiores, y especialmente a San Ignacio, que fue tan grande que en diciéndole que se partiese de Roma para la India, porque Dios le llamaba y se quería servir de él, luego bajó la cabeza, y con grande alegría se ofreció al trabajo y se partió al otro día con no estar aún confirmada la Compañía ni ser San Ignacio prepósito general, sino solo persona a quien todos, como a padre y maestro, voluntariamente respetaban. Y con esta misma obediencia recibía todas las órdenes que el Santo Padre Ignacio desde Roma a la India le enviaba, como venidas del Cielo; y en una carta que San Francisco desde la India escribió a San Ignacio, lo dice que aunque estaba seis mil leguas lejos, y ya viejo y cano, y no pensaba verle sino en el Cielo; pero que si le mandase volver a Roma, luego volvería sin que los mares, vientos y tempestades se lo estorbasen. Y cuando mandaba alguna cosa a sus súbditos, solía añadir: Mirad que os mando esto por la reverencia y obediencia que tenéis a nuestro Santo Padre Ignacio; mostrando en esto su humildad y respeto que tenía a su Santo Padre; pues quería que le obedeciesen a él por su respeto: la cual humildad no menos resplandecía en escribir a San Ignacio las cartas de rodillas: tanta era su humildad propia y la estima que tenía de la santidad de su Padre.

Esta misma humildad de San Francisco resplandeció mucho en el amor de la santa pobreza, como quien tan bien sabía las riquezas que se encierran en ella, y la seguridad de ánimo que da a los que la abrazan por Cristo, librándolos del cautiverio y dura servidumbre de la codicia y proveyéndoles sin cuidado de lo que han menester, teniéndolo todo, por haberlo dejado todo por aquel Señor, que siendo riquísimo, se hizo pobre por enriquecernos con Su pobreza.

Llegado a Lisboa, no quiso aceptar la casa, ni la comida que el rey le ofrecía; sino se fue al hospital, pidiendo de puerta en puerta su pobre comida. Después que se embarcó para la India, nunca el gobernador Martín de Souza pudo acabar con él que comiese en su mesa (como se dijo arriba); porque en el mar y en la tierra siempre vivió de limosna para su comida y vestido. En la misma ciudad de Goa, donde no le faltara lo que quisiera, gustaba más de pedirlo por amor de Dios, por el afecto grande que tenía a la santa pobreza. Trayendo en la India una media loba vieja y rota, sus amigos le hicieron hacer una nueva: y no habiendo querido vestírsela por ningún caso, con cierto engaño (sin saberlo él), se la hicieron vestir. Cuando lo supo, y se vio vestido con la media loba nueva, tanto los importunó, que le hubieron de volver la vieja. Cuando fue al cabo de Comorio o Pesquería, fue con suma pobreza y desnudez, andando muchas veces descalzo; y lo mismo hizo en el Japón yendo corriendo tras los caballos, desabrigado y casi desnudo y traspasado de los hielos y extremados fríos del invierno: y cuando volvió del Japón a Goa, traía un sombrero viejo, la camisa rota, la loba hecha pedazos y remendada, como quien triunfaba de la abundancia y de la vanidad de los hijos de este siglo; porque su regalo y deleite era ser pobre y vivir como pobre; y así en una carta que escribe del Japón a sus hijos, que estaban en Goa, les dice estas palabras: «Ya hemos llegado por singular gracia de Dios al Japón, donde hay falta de todas las cosas: lo cual tengo por particular beneficio de la Providencia del Señor; porque en los otros lugares la abundancia de la comida y de regalos muchas veces es incentivo para que los hombres sigan sus apetitos sin freno, y se entreguen a los gustos de la carne; y a esta causa fallan a sus almas las consolaciones espirituales, y no pocas veces el cuerpo padece graves enfermedades, y con ellas paga el mal gusto que tomó.»

Sobre este sólido y profundo fundamento de la humildad edificó San Francisco (o por mejor decir el Señor en él) el alto y hermoso edificio de todas las virtudes, hasta llegar a la cumbre de la caridad, que es reina y vida de todas; porque cierto es cosa que pone admiración, el ver cuán encendido y abrasado estaba el corazón de este Santo Padre del amor del Señor, con el cual se entretenía de noche, contemplándole y hablando con Él, y de día no le perdía de vista, conversando por su mismo amor con los hombres, y los vivos deseos que ardían en aquel pecho sagrado de morir mil veces por Él: ofreciéndose entre tantas y tan bárbaras naciones a manifiestos peligros de pestilencia, naufragios, corsarios y ladrones, y buscando siempre Su mayor gloria.

Esta caridad le llevó a la India: ésta le hizo padecer tanto y con tanta alegría en la Pesquería: ésta le hizo dulces y sabrosas las fatigas y peligros de la isla del Moro: ésta le hizo despreciar tantas veces las ondas inmensas del mar Océano, y los peligros de los corsarios, y penetrar a los reinos del Japón, y procurar entrar en los de la China, sin reparar en vida ni en muerte, para amplificar la gloria de su Amado, y alumbrar las almas ciegas de los gentiles, que el Señor había comprado con Su Sangre. Y si el padecer mucho por el amado es señal de grande amor, ¿cuán grande fue el amor de este Santo Varón para con Dios, por quien tanto padeció? Tres veces padeció naufragio, y una vez anduvo dos o tres días sobre una tabla en las ondas del mar, y Dios le libró. Otra vez, persiguiéndole los moros, se escondió en un bosque, donde estuvo algunos días, y así escapó. ¿Pues cuántas veces le tiraron saetas los bárbaros? ¿Cuántas le quisieron matar con ponzoña? ¿Cuántas los ladrones estuvieron para poner las manos en él; y las hubieran puesto y acabándole la vida, si Dios no le hubiera guardado? Pues ¿qué diré de aquella confianza que le daba este mismo amor de Dios en estos trabajos y peligros, que era tan grande y estupenda, que parece estaba colgado de sola la paternal Providencia de su Amado, y armado con ella era señor de todas las criaturas y rico en la pobreza, abastado en la necesidad, y esforzado en los peligros, en las tempestades seguro, entre las armadas de los bárbaros intrépido, en medio de la muerte con mucha paz, sin querer tomar contravenenos, ni remedios contra la ponzoña?

Finalmente, quebrantó la cabeza del demonio, que muchas veces en grandes aprietos le pretendió espantar y nunca pudo, porque armado con esta confianza, sabía que su Señor no le podía fallar, ni el demonio tocarle en un cabello sin Su Voluntad; y así en una carta, que al tiempo que iba al Japón escribió al Provincial de Portugal, le dice: «Todos mis amigos y familiares se espantan, que yo quiera emprender un camino tan largo, y grandes peligros de las tormentas y corsarios; mas yo no me maravillo menos de ellos, que tengan tan poca confianza en Dios, debajo de cuya mano están todas las cosas; y así sabiendo cierto que todas se rigen por Su Voluntad, ninguna cosa temo sino al mismo Dios, y que no me pida cuenta de la negligencia con que le he servido y me castigue por ello; y por esto no hago caso de los espantos, peligros, miserias, cruces y tormentos. A solo Dios temo, Creador y Gobernador de todas las cosas, y sé cierto que ninguna de ellas, por mala y perniciosa que sea, puede hacer mal a los hombres, sino cuanto Él les permita.» Todas estas palabras son de San Francisco; mas todo lo que padeció por amor del Señor, con ser tanto, no es nada para lo que él deseó padecer; porque en los mayores trabajos y mayores angustias suplicaba al Señor, que no se las quitase, sino para darle otras mayores. Y una vez que el Señor le mostró las cruces y tormentos por donde había de pasar, no se espantó ni desmayó (como dijimos); antes con grande esfuerzo y espíritu clamó: Más, más, más, Señor; pareciéndole pocos aquellos trabajos que Dios le representaba, para los que él deseaba padecer.

No quiero hablar de aquella ansia insaciable con que deseó y procuró que todo el mundo conociese y amase y sirviese a este Señor, porque las vueltas que dio en la India, de provincia en provincia, de reino en reino, de unas naciones en otras, hasta llegar a lo último de Oriente, y a tierras no conocidas con tantas incomodidades, nos declaran este amor.

Pasaba algunas veces dos y tres días sin comer, oyendo confesiones, sirviendo a los enfermos, pacificando y haciendo amigos a los discordes, y atendiendo a las otras obras de caridad, olvidándose de sí, y sustentándose como con pasto del Cielo, del Divino Consuelo y viviendo de Dios. Y no solamente se desvelaba en procurar que los pueblos, ciudades y reinos enteros conociesen al Señor; pero de cualquier alma particular tenía gran cuidado de ganarla para Dios, y más de las almas de los mayores y más públicos pecadores. Cuando estuvo en la isla de Ternate, quitó las amigas a los soldados que allí estaban, y sólo quedaron dos, a quienes cuando partió, no había podido persuadir que las dejasen; mas ido a la isla de Amboino, escribió a un amigo suyo que había quedado en Ternate, que avisase a aquellos dos de su parte, que saliesen de aquel cieno y atolladero en que estaban, y que le avisasen cuándo había de ser; porque luego sería con ellos para ayudarlos, y que entre tanto no cesaría de pedir a Dios que los tuviese de Su Mano, y no les castigase.

En la ciudad de Malaca hubo un judío vicioso y obstinado, aunque docto, que hacía escarnio y mofa de San Francisco cuando predicaba. No se enojó ni alteró el Santo Padre; antes con blandura y buena gracia se le hizo amigo, y de judío pertinaz y rebelde, Dios le convirtió, e hizo cristiano fiel y piadoso. Navegando una vez al puerto de Canavor, exhortó a uno que iba en la nao, gran pecador, que se confesase: y viendo que el hombre no admitía sus saludables consejos, disimuló y le dejó por entonces. Después saltaron en tierra, y poco a poco le llevó consigo paseando hasta un monte apartado, y estando los dos solos, el Santo de repente se desnudó, y puesto de rodillas delante de él, se comenzó a disciplinar con una disciplina de abrojos, tan fuertemente, que el pobre hombre quedó atónito; y más oyendo decir, que tomaba aquel castigo para aplacar a Dios y detener el azote que quería descargar sobre él. Salpicaba la sangre que salía de las espaldas del inocente al pecador: el cual espantado y confundido de tan raro ejemplo de caridad, se echó a sus pies, y se confesó y enmendó la vida, que era lo que el Santo Padre deseaba.

Enviando el virrey don Juan de Castro a su hijo don Álvaro de Castro a cierta jornada, supo San Francisco que un soldado muy valiente y desgarrado, y que vivía como si no hubiera más que esta vida, iba en aquella armada; y sin tener necesidad se embarcó en la misma fusta en que iba el soldado (pensando todos que le había rogado el virrey, que por amparo de su hijo y toda la armada fuese en ella): allí con su afabilidad y blandura trabó plática con él, y se le hizo amigo, y poco a poco le ganó de manera, que saltando en tierra le confesó generalmente: y dándole una pequeña penitencia (admirándose el penitente de ella, por ser sus culpas tantas y tan abominables), el Santo le dijo que por lo demás él satisfaría por él a Dios: y entrando en un bosque allí cerca, tomó luego por principio de paga una recia disciplina; y el hombre quedó espantado y como fuera de sí, y más cuando entendió que el siervo de Dios no se había embarcado en aquella fusta sino para remediar su alma, y que se volvía para Goa, de donde había salido para solo este efecto, y le quedó tan agradecido y tan obligado a Dios Nuestro Señor, que con Su gracia volvió la hoja, y vivió de allí adelante cristianamente guardando los consejos que el Santo Varón le había dado. De estos ejemplos podríamos contar muchos, que por ser semejantes y del mismo jaez, dejamos por brevedad.

Con ser San Francisco Javier tan celoso y fervoroso en procurar la salud de las almas, no era severo, importuno y molesto, sino blando, fácil y amoroso, tomando tantas figuras y tan diferentes modos para ganar a los que trataba, cuantas eran sus condiciones y calidades. Con los soldados parecía soldado, con los marineros marinero, con los religiosos santo, y con los pecadores alguna vez parecía pecador, haciéndose todo a todos, para ganarlos a todos para el Señor; porque aquel grande y encendido amor que le tenía, le enseñaba lo que había de hacer: y como un hierro en la fragua se viste de las calidades del fuego, así él se vestía de las propiedades y participación de Dios.

No se puede fácilmente creer las artes que usaba para sacar del pecado a los que estaban cautivos y aprisionados debajo de la tiranía de Satanás. Sabiendo que alguno estaba enlazado en algún amor deshonesto, no le iba luego a la mano; mas con un santo artificio se le entraba por las puertas, y se le hacía amigo y familiar: después él mismo se convidaba a comer con él; y habiéndole ya ganado para sí, le ganaba para Dios: porque cuando veía que aquella alma estaba bien dispuesta, embestía con ella, y con sus amonestaciones le quitaba las malas compañías y ocasiones de pecar; y si no podía atrancar los pecados todos de un golpe, usaba de tal suavidad y destreza, que ablandando, el corazón poco a poco, de uno en uno los quitaba todos; y de esta manera, con admirable afabilidad y prudencia quitó a un hombre siete mujeres una a una, con las cuales, y grande escándalo del pueblo, vivía deshonestamente.

Aconteció una vez de éstas, pedir que le diesen de comer (de limosna) a un hombre que dentro de su casa tenía para su servicio algunas mujeres con nombre de criadas, pero amigas. No pudo negar el hombre por respeto de la persona de San Francisco: el cual, con ver servir a las mujeres a la mesa no se extrañó, ni las torció el rostro, ni dijo palabra al huésped, hablando más eficazmente al corazón con su silencio, y con su santa y suave conversación, que si le hablara mucho; y pudo tanto con aquella habla muda, que espantado el hombre de ella, se compungió y vino a buscar al Santo, y se confesó y puso en sus manos, echando de su casa las ocasiones que tenía de pecar.

Todo esto enseñaba al Santo Varón (como dijimos) el amor del Señor, que es gran maestro, y juntamente le daba gracia para juntar con esta facilidad y blandura una gravedad y compostura religiosa, tan rara, que no perdía un punto de su autoridad, ni de la opinión que de su santidad tenían todos, por verle tan familiar con los pecadores que pretendía ganar; porque era alegremente grave y gravemente alegre, y todas sus acciones olían a santidad. Maravillosa era la suavidad de su rostro, la dulzura de su trato y afabilidad de su conversación; pero su santidad era tan conocida y estimada, que no disminuía nada de la reverencia y respeto que a tan alta persona se debía, y los que más le trataban le tenían en mayor veneración, y algunos se echaban a sus pies, y cuando le hablaban no se querían cubrir delante de él por más que se les rogase e importunase; porque les parecía que no hablaban con un hombre común y mortal, sino con un hombre divino, por quien les hablaba Dios.

A la cumbre y perfección de esta caridad y amor del Señor, subía San Francisco Javier favorecido y llevado de Su Gracia por medio de la mortificación y victoria de sí mismo y de la oración, que son las dos alas con que el alma pura y desembarazada vuela a Dios. La mortificación que tuvo este Santo Varón, y el fervor con que procuró alcanzar perfecta victoria de sí mismo, se echa de ver en las dos cosas que entre otras muchas hizo y nosotros arriba hemos contado: la una, de los cordeles nudosos con que se ató, y de los dolores que padeció para vencer y mortificar la ligereza y gusto que había tenido de correr y saltar; y la otra, la fuerza y ardor de espíritu con que lamió las llagas del pobre enfermo en Venecia y le chupó la podre que de ellas corría, para triunfar de sí y vencer el horror, asco y repugnancia que de curar aquel pobre sentía.

Todo el resto de su vida fue una perpetua mortificación en la comida y bebida, en el vestido pobre y roto, en los ayunos, disciplinas, cilicios y penitencias, como en lo que hasta aquí hemos referido se puede ver. Su comida comúnmente era la que pedía y le daban de limosna: apenas comía carne ni bebía vino, sino cuando le convidaban y comía con algún amigo, que entonces se acomodaba a los otros para ganarlos más fácilmente para Dios: el cual le dio una victoria tan perfecta de su carne (que es el enemigo más peligroso y doméstico que tenemos), que guardó perpetuamente su virginidad sin corrupción, con una entereza tan extraña y con un aborrecimiento a cualquiera pensamiento feo y torpe, tan grande, que una vez durmiendo, por haber tenido en sueños una representación carnal, despertó echando mucha copia de sangre por las narices, despavorido y sobresaltado y como fuera de sí, por el horror de aquella representación y por la fuerza que se hizo en desecharla.

Mas ¿qué lengua podrá explicar la oración tan continua, tan fervorosa y tan regalada en este gran siervo del Señor, y las mercedes y favores que Él le hizo y le comunicó en la oración? Porque estando todo el día ocupado en negocios o en caminos y peligrosas navegaciones, y siendo de suyo tan benigno y tan afable con todos, es cosa que espanta ver que en cualquiera lugar y en cualquiera cosa que hiciese, siempre estaba en sí y con Dios, como si fuera un ermitaño y viviera en un risco apartado y olvidado de todas las cosas del mundo: y aunque todas las cosas que trataba le servían de libro y como de espejo que le presentaban a Dios; todavía tenía sus tiempos determinados para la oración: y cuando las ocupaciones eran tantas que no podía atender a ellas, o por servir a los enfermos o por predicar a los gentiles, o por obra de caridad, quitaba de las horas del sueño breve que solía dar a su cansado cuerpo para darlas a la oración, queriendo que faltase antes al cuerpo el necesario reposo, que al alma su sustento y entretenimiento con Dios. No pocas veces pasó todas las noches orando y contemplando sin cerrar los ojos; y el poco tiempo que dormía más oraba que dormía; porque durmiendo muchas veces gemía, y con un amoroso suspiro decía a voces: ¡Buen Jesús mío! ¡Oh, Amor de mi alma! ¡Oh, Creador mío! ¡Oh, mi Señor!; y otras semejantes: y después preguntado, por qué durmiendo clamaba, respondía el Santo, que él no sabía ni se acordaba de tal cosa.

Era San Francisco devotísimo de la Sacratísima Pasión de Nuestro Señor, y meditaba muy a menudo los Divinos Misterios que en ella se nos representan, y decía, que eran firmes testimonios y seguras prendas del amor que el Señor nos tiene y vivos ejemplos que nosotros debemos imitar. Se aparejaba antes de la oración con sumo cuidado: rezaba el Oficio Divino con particular atención y devoción: y antes de comenzarle decía el himno: Veni, Creator Spiritus: y aunque por andar tan ocupado en cosas de tanta caridad y servicio de Dios, pudiera rezar el breviario de tres lecciones (que después la santidad de Pío V prohibió) del Cardenal don Francisco Quiñones, por ser más breve y tuvo licencia para ello; nunca quiso sino rezar por el breviario común, que usa la Iglesia romana, por conformarse más con ella.

Tuvo muy particular devoción a la Santísima Trinidad y a Cristo Nuestro Salvador, a Su Purísima Madre, la Virgen María; y así en la hora de su muerte encomendó particularmente su alma a los que en su vida tantas veces se la había encomendado. Hacía muy a menudo oración al Arcángel San Miguel y a su Ángel de Guarda, y a los demás Ángeles que son gobernadores de las provincias y presidentes de los reinos en que él estaba.

Su oración, además de ser continua, era ardiente y fervorosa, y muchas veces se trasportaba y arrobaba en ella. Fue visto de noche en Goa, paseándose en la huerta como fuera de sí, y al cabo de rato alzar con las manos del pecho la ropa que traía (por el gran fuego que sentía en él), y repetir muchas veces: Sat ets, Dómine, sat est: Basta, Señor, basta, basta, Señor. Cuando fue de Amanguiche a Meaco, iba tan encendido y puesto el corazón en Dios, que no sentía las heridas que las piedras, palos y espinas hacían a sus pies, corriendo tras los caballos descalzo.

Estando en Goa, dio orden una vez a un compañero suyo, que le avisase a la una de la tarde, porque quería ir a hablar al gobernador. El compañero fue a la hora señalada, y le halló puesto en oración, tan embebecido y arrebatado, que le dejó hasta las cuatro. Tornó a él: y hallándole de la misma manera, le asió de la ropa para hacerle volver en sí. Entonces le dijo San Francisco: ¿Es ya la una? No son sino las cuatro, respondió el compañero. Pues vamos, dijo el Santo. Salió de casa: anduvo las calles tan suspenso y puesto en Dios, que no acertó a ir a casa del gobernador; y volviendo ya de noche a la suya, dijo al compañero: otro día habrá para el gobernador, que este Dios lo ha querido para Sí.

Y aunque cualquier lugar (como dijimos arriba) le servía de oratorio; pero siempre que podía se recogía a la Iglesia a hacer oración delante del Santísimo Sacramento, por tener en ella a su Dios realmente presente, y sabe que por este respeto oye más benignamente las plegarias que se le ofrecen en la Iglesia, y por ser un lugar propio de oración, y por la consagración y bendición de la Santa Iglesia Católica, con que está dedicada al culto del Señor; y por esto siempre que podía, dormía en la sacristía o en alguna casilla cerca de la iglesia, para poderse entrar en ella y gastar toda la noche en oración delante del acatamiento del Señor. Cuando no hallaba iglesia, hacía oración delante de un Crucifijo, entreteniéndose y regalándose con él, ofreciéndole las fatigas que aquel día había pasado en Su servicio, y pidiéndole gracia para los trabajos que el día siguiente había de pasar.

Pero en ninguna cosa se esmeró más San Francisco ni descubrió más su devoción, que cuando decía Misa, porque entonces parece que soltaba la rienda a su fervoroso espíritu y a las lágrimas que derramaba, especialmente cuando Consagraba y consumía el Cuerpo del Señor, que eran tantas y tan suaves, que los que le servían a la Misa y los circunstantes quedaban atónitos y movidos a toda devoción. En la Misa siempre hacía oración por la conversión de los gentiles, y decía una oración particular muy devota, que él mismo había compuesto para este efecto; y después de la Misa rezaba un responso a las almas del Purgatorio, de las cuales era tan devoto, que de noche andaba por las calles con una campanilla exhortando a todos los fieles, que se acordasen de ellas en sus sufragios y oraciones. Solía dar la comunión hincado de rodillas por mayor reverencia, y fue visto algunas veces levantado de tierra en aquella postura, y como sustentado en el aire por divina virtud. Procuró muchas veces el demonio estorbarle su oración con ruido, con varias figuras y asombros; y finalmente, dándole muchos palos y quebrantándole, como lo hizo en Malipur, estando San Francisco haciendo oración una noche en el templo del glorioso apóstol Santo Tomé; mas ninguna cosa bastó para que él dejase su oración o no volviese a ella, luego que estuvo sano de las heridas que el demonio le dio, como arriba queda referido.

Fueron tan singulares las gracias que por medio de la oración dio Nuestro Señor a San Francisco, y tanta la abundancia del Divino Consuelo con que regalaba su bendita alma, que muchas veces (para que no le viesen) era forzoso esconderse de los ojos de los hombres, porque no podía encubrir ni disimular el ímpetu de la corriente y gracia del Cielo: y no pocas resplandecía esta gracia, y se derivaba del alma en el cuerpo; de manera que los que le trataban, no osaban mirarle a la cara (como los judíos a Moisés) ni fijar los ojos en él.

Por medio de esta misma oración le comunicó el Señor el don de profecía, y una luz soberana, con la cual alumbraba su alma, veía los corazones de los hombres, y las cosas ausentes como si estuvieran presentes, y las que habían de ser, como sí ya hubieran sido; y esto tantas veces, y en lugares y cosas tan diferentes, que se ve claramente la singular gracia que en esta parte tuvo del Señor, y que le había hecho como Apóstol y Profeta de la India; porque dejando aparte las veces que navegando con buen tiempo, dijo que había de venir tempestad, o que estando en alguna peligrosa tormenta, cesaría presto y llegarían a salvamento, o que algunas naves que parecían fuertes perecerían, o siendo viejas y maltratadas y carcomidas durarían, y finalmente se acabarían en el puerto sin daño de nadie (que todas estas cosas muchas veces en varios tiempos y lugares, las anunció con tanta firmeza y seguridad, como si las viera, y todas sucedieron de la misma manera que él las predijo); digamos algunos ejemplos más memorables de este espíritu profético y luz divina.

Predicando en la ciudad de Malaca, muchas veces avisó al pueblo de las calamidades que le habían de venir por sus pecados: de los incendios y estragos que habían de hacer los enemigos: del cerco de la ciudad, de la pestilencia y otras miserias y desventuras con que habían de ser afligidos, las cuales vinieron sobre aquella ciudad, como el Santo se lo había profetizado. Cuando vinieron estos trabajos a Malaca, estaba San Francisco en el Japón, y allí tuvo revelación de ello, y avisó a los portugueses que con él estaban, que hiciesen oración a Dios por la ciudad de Malaca que estaba cercada y muy apretada; y después tuvo revelación de que Dios la había librado, y así lo dijo a Diego Pereyra, que estaba con cuidado del cerco de Malaca y de lo que él para socorrerla había de hacer.

Estando en la misma ciudad al tiempo que iba a la China, un día deshora se echó de pechos sobre una cama, y estuvo como sin sentido y fuera de sí, sin que ninguno de los de casa le osase hablar; y al cabo de buen rato, como quien despierta y vuelve en sí, comenzó a dar voces y a decir: Dios te lo perdone, fulano; nombrando a cierta persona que entonces vivía en Portugal, que hacía algunos oficios en daño de la Compañía. Se notaron aquellas voces, y no se entendió por entonces lo que San Francisco quería significar; porque él lo calló y ninguno se atrevió a preguntárselo: mas después que llegaron las cartas de Portugal y se supo lo que allí había pasado, se entendió que en el mismo tiempo que pasaba en Portugal, Dios se lo había revelado a San Francisco en Malaca.

También fue ilustre profecía la que aconteció en la misma ciudad de Malaca, y brevemente tocamos arriba, cuando habiendo salido una pequeña armada nuestra con algunos pocos portugueses en busca de una gruesa y poderosa armada del rey de Azen, y estando toda la ciudad triste y llorosa, creyendo que su armada era perdida; San Francisco desde el púlpito reprendió gravemente aquella poca fe y desconfianza, y en la misma hora que las dos armadas peleaban, él pintó la batalla como si con los ojos la viera; y finalmente reclinándose sobre el púlpito y habiendo estado algo suspenso, volvió en sí con maravillosa alegría en los ojos y su semblante, y clamó y dijo: Venció, hermanos, venció por nosotros Jesucristo: en esta hora acaban los soldados de Su Santísimo Nombre de desbaratar y vencer la armada de los moros, suyos y nuestros enemigos, con muertes de muchos millares de ellos y de solos cuatro de los nuestros: y añadió cuándo había de venir la nueva de la victoria, y cuándo llegaría al puerto de Malaca la armada victoriosa, y que hiciesen penitencia de su desconfianza, y con gozo y alegría rezasen dos Padrenuestros y dos Ave Marías, haciendo gracias al Señor por la victoria, y rogando por las almas de aquellos cuatro soldados cristianos que habían muerto.

Los moradores de un pueblo, llamado Tolo, en la isla del Moro, habiéndose hecho cristianos, volvieron atrás con grande desacato e injuria de Cristo Nuestro Redentor, el cual los castigó severamente con prodigios y señales del Cielo, y los portugueses en la tierra con un ejército que juntaron contra ellos, prometiendo San Francisco dichoso y feliz suceso a los cristianos: y como el Santo lo prometió, lo cumplió Dios, librando milagrosamente a los soldados cristianos de los lazos y celadas, que en el asalto les tenían armados los infieles, y de evidentes peligros: y fue cosa tan notoria, que los mismos bárbaros confesaron, que la victoria que alcanzaron los nuestros no había sido por fuerza humana, sino por favor del Cielo.

Una vez para socorrer a una doncella que estaba en peligro de vender su castidad, tuvo necesidad de alguna gruesa limosna: la pidió a un grande amigo suyo rico que se llamaba Pedro Vello, que a la sazón estaba jugando en casa de otro amigo suyo: y como allí no tuviese dinero, dio al Santo la llave de su escritorio para que él tomase lo que quisiese. Tomó trescientos ducados y se lo dijo a Pedro Vello, volviéndole su llave. Entonces Vello le respondió, que había el Santo andado muy corto; porque cuando le dio la llave pensó que de treinta mil ducados que había en el escritorio, tomaría la mitad, y lo dijo tan de veras, que San Francisco se lo agradeció y le aseguró, que Dios Nuestro Señor nunca le faltaría, y que antes de morir sabría el día de su muerte. Desde aquel día quedó otro Pedro Vello, e hizo muchas limosnas, y se dio a obras de caridad. Estando ya viejo, después de muchos años, avisado de Dios de su muerte, según la profecía del Santo, dispuso sus cosas y repartió todos sus bienes entre pobres e iglesias, en Misas y Oficios Divinos que se le habían de decir, y comenzó a despedirse de sus parientes y amigos de casa en casa, como estaba de partida para la otra vida: y viéndole sano en el cuerpo, sospecharon y decían ser aquello falla de juicio. Entendiéndolo él, con mayor cuidado, entereza y cortesía hacia sus cumplimientos, y atendiendo mucho a devociones particulares, y frecuentación de los Santos Sacramentos, llegó la hora que se supo había de morir, y poco antes se fue a la Iglesia, y echándose en un ataúd, se hizo cubrir con un paño negro: se comenzó la Misa de difuntos; y acabada, cuando el Sacerdote dijo: Requiscant in pace, llegaron sus criados y otros muchos, levantaron el paño, y le hallaron muerto, conforme a la profecía y promesa del Santo, en premio de sus grandes limosnas.

¿Qué diré de aquella maravillosa revelación que tuvo, que había de volver a la nave, y salvarse el barco, que arrebatado de la furia de los vientos y de las ondas se había apartado y desaparecido sin esperanza de poderse cobrar? Estando en la isla de Ternate dijo, que rogasen a Dios por el alma de Juan de Aranz (que era un mercader rico), el cual al mismo punto acababa de morir en la isla de Amboino. Navegando a Maluco, al mismo día que salía el Santo del puerto, salió en otro navío un mercader que se llamaba Juan Galván; llegó San Francisco al puerto aunque con trabajo, y aguardando todos que llegase Juan Galván, él predicando les dijo, que rezasen por su alma que ya era muerto, y así fue, porque se perdió el navío en que iba.

Cuando partió de Malaca para la China, avisó a Diego Pereyra, su grande amigo, en cuya nave iba, que diese el cuidado de sus mercaderías, que iban en la nave a otro, porque el que él había señalado, no llegaría a la China; y como el Santo lo dijo sucedió, que aquel hombre murió en el camino.

No solamente con el espíritu profético vio las cosas ausentes y remotas y las anunció, y las que habían de venir antes que viniesen, sino también penetró los corazones e íntimos pensamientos de los otros. Un mancebo, mercader rico, que se llamaba Juan Duro, habiéndose confesado con San Francisco, se movió tanto con sus palabras y ejemplos, que le rogó con grande instancia que le admitiese en su Compañía, porque él quería dar toda su hacienda a los pobres y seguirle. Apenas lo pudo acabar del Santo, porque temía la inconstancia del mozo: el cual habiendo comenzado a repartir lo que tenía a los pobres, se arrepintió, y teniendo vergüenza del Santo, recogió secretamente toda su hacienda, y la puso en un navío para partirse, sin decir nada. A tiempo que se quería embarcar, le envió a llamar el Santo; y él vino con disimulación, pensando que le estaba encubierto lo que él tramaba, por no haberlo descubierto a nadie. Lo tomó aparte el Santo, y con un semblante severo y grave le dijo: Pecaste, Juan, pecaste. Quedó atónito el pobre hombre, entendiendo que Dios había revelado al Santo lo que él trazaba en su corazón, y se echó a sus pies y le respondió: Pecado he, padre, pecado he. Se arrepintió y se confesó; y tomando el santo consejo de San Francisco, tornó a su buen intento y dio toda su hacienda a los pobres, y quedó en su Compañía. A este mismo compañero, por haber aceptado algunas limosnas de los portugueses, para proveer a las necesidades de San Francisco sin su licencia, le apartó de sí, y le desterró a cierta isla por algunos días, en los cuales tuvo Juan Duro una visión, y aunque la quiso encubrir no pudo; porque San Francisco después de haberle confesado, se la descubrió toda con grande espanto de él, que no la quería manifestar, conociendo que a Dios ninguna cosa se puede esconder, ni a los que Él quiere revelar los secretos de los corazones.

Había sacado a un hombre de mal estado y lo redujo al amor de la virtud, y para que perseverase en ella, le exhortó a confesarse a menudo y a volverse al reino de Portugal, porque así le convenía: y aunque el hombre prometió de hacer lo uno y lo otro, como el Santo se lo había mandado, no lo cumplió; porque se quedó en la India, y había tres años que no se confesaba. Le topó el Santo estando en Bazain: y el hombre viéndole, vino a él con alegría, para hacerle reverencia y abrazarle: mas San Francisco volviéndose a él, le dijo: ¿Yo os había de abrazar, habiéndome engañado y faltado a vuestra palabra, pues no os habéis confesado después que os partisteis de mí? No os tendré por amigo ni os hablaré, basta que os confeséis. Entendió el hombre que el Santo era más que hombre; pues Dios le revelaba todo lo que tenía en su corazón: se confesó y se enmendó.

Preguntó a un amigo suyo en Cochin, cómo estaba. Respondió el amigo: Bueno estoy, padre; y el Santo: del cuerpo bien y mal del alma. Trataba este hombre en aquel mismo tiempo de cometer no se qué maldad, y la tenía muy secreta en su corazón, y entendió que San Francisco, con la luz del Cielo, la sabía: se confesó con él, y volvió en sí. El día antes que muriese en la isla de Sanchonn, mirando a uno que le servía con ojos tristes y llorosos, le dijo con una voz lastimosa: ¡Ay, de ti! ¡Ay, de ti! ¡Ay, de ti!; y poco después, estando enredado en torpes amores de mujeres, súbitamente le mataron.

Obró Nuestro Señor muchos y grandes milagros por su siervo San Francisco Javier en su vida, y el mayor milagro de todos fue su misma vida. Echó muchos demonios de los cuerpos, algunas veces por sí mismo, y otras por medio de los muchachos recién convertidos, lamentándose los demonios, y deshaciéndose de rabia, por verse echar del Santo por medio de aquellos muchachos, porque por su soberbia lo tenían por grande afrenta. Sanó de la misma manera a muchos enfermos que estaban fatigados de varias y graves dolencias en muchas partes, especialmente en el cabo de Comorin (como lo dijimos), en la isla de Zeilán, sanó a un hombre que se llamaba Miguel Fernando, diciendo Misa por él, que estaba muy afligido y apretado de dolor de piedra. A otros que estaban ya desahuciados, haciendo la Señal de la Cruz, o echando un poco de agua bendita sobre ellos, les restituyó la salud. En Amanguiche dio pies para andar a un cojo, lengua a los mudos, oídos a los sordos.

Los muertos que resucitó, fueron muchísimos. Los que en particular se saben, llegan a más de veinte y cinco; y sólo contaré algunos. En la costa de la Pesquería, en una tierra llamada Combutere, cayó un niño en un pozo: se ahogó, y estuvo muchas horas sumergido debajo del agua: le sacaron y le llevaron a enterrar; se encontró la gente que le acompañaba con San Francisco, que salía de decir Misa de la Iglesia de San Esteban: en viéndole la madre, corrió a él llorosa y muy afligida: se le hincó de rodillas: le pidió remedio y favor, no sólo para su hijo, mas para sí y su gran dolor. Movido el Santo a compasión, se llegó a la tumba: se arrodilló: tomó la mano al niño muerto; y dijo: En Nombre de Jesucristo, levántate; y al momento se levantó vivo, gritando todos: Milagro, milagro; y dando gracias a Dios de haber sido servido de conceder tal don a Sus siervos.

En Mutan, tierra de la India oriental, murió un niño de calentura pestilente, y estuvo veinte y cuatro horas amortajado para enterrarle; vino el Santo, que trabajaba mucho en aquella tierra por la conversión de los gentiles: le rodearon luego sus padres y parientes con grandes ruegos, lástimas y lágrimas; y el Santo se enterneció: se arrodilló, y puesto los ojos en el Cielo, echó agua bendita sobre el cuerpo difunto, y mandó le descosiesen la mortaja, e hizo sobre él la Señal de la Cruz: y tomándole de la mano, le mandó se levantase en Nombre de Jesucristo; y al instante lo hizo, sano y alegre, con inmenso contento de sus padres, y maravilla de los que vieron milagro tan manifiesto. En su memoria se puso luego allí una gran Cruz levantada, que se adora con mucha veneración.

Y aunque estos fueron admirables, por mayor se tuvo el siguiente. Estaba en Comorin predicando en una Iglesia, donde el día antes habían enterrado un difunto: y viendo cuán grande era la dureza de aquellos gentiles, paró un poco el sermón, se puso a orar por su conversión: se levantó súbitamente lleno de fervor espiritual, y dijo, que Dios para ablandar sus corazones duros y obstinados, quería que aquel muerto y sepultado resucitase para que ellos se convirtiesen. Dicho esto, se fue a la sepultura: mandó la abriesen, sacó al difunto, y rompiéndole la mortaja, en que estaba envuelto, fue de todos visto y reconocido por muerto. Entonces puesto de rodillas, hizo oración a Dios, y luego al instante el muerto por sí mismo se levantó con gran regocijo y ternura de todos los fieles, y no menor maravilla y espanto de los gentiles, los cuales se convirtieron, y después otros muchos, y a todos los bautizó el Santo.

Fue también maravillosa la resurrección de un muerto de un día, en la tierra de Punical en la Pesquería, cerca de Inturichin, que se supo públicamente haber fallecido, y el Santo le resucitó para reparo y consuelo de su madre cristiana, pía y muy devota suya, que le fue a llamar con viva fe y esperanza, de que así le tornaría a ver vivo. No fue menos grande y admirable la resurrección de Antonio de Miranda, que yendo a contratar en la tierra de Manapara a un castillo llamado Jalle, le anocheció en el camino: se recogió con su compañero a una choza, donde reposando, le mordió el pie un género de serpiente ponzoñosa llamada del capillo, y murió luego de violencia del veneno. El compañero, triste y afligido, corrió a llamar al Santo: acudió presto, se puso en oración, delante del muerto, tocó después con su saliva el lugar de la mordedura; y al instante Antonio se levantó sano y alegre, habiendo estado muerto toda la noche y hasta el otro medio día.

En la tierra de Punical un devoto y discípulo del Santo, invocando el Nombre de Nuestro Señor, por los merecimientos del siervo de Dios resucitó un niño, y poco después también resucitó allí a un hombre.

Dos casos más señalados, que por encerrar en sí muchas maravillas, merecen bien dar remate a este punto. Había en Malaca una señora muy devota, y mientras San Francisco andaba fuera de la tierra, después de una larga enfermedad se le murió una niña con gran dolor suyo y de todos los parientes. Volvió a la misma ciudad San Francisco Javier, y sabiéndolo la madre, aunque muy enferma y afligida, con otras muchas mujeres fue a buscarle, y echándosele a los pies, le dijo las mismas palabras que las Santas Hermanas a Nuestro Señor: «Si vos, Padre mío, hubieses estado aquí, mi hija no fuera muerta.» El Santo le respondió: Vuestra hija no es muerta, sino viva. Mas replicándole la llorosa madre, que había tres días que estaba enterrada, el Santo recogido entonces un poco en sí, y luego abrasado de su espíritu, la mandó fuese a la sepultura, porque su hija vivía, resucitada por particular Providencia Divina. La madre, tierna y confiada en esto, por lo quo conocía de San Francisco Javier, fue allá con la prisa y alborozo que se podrá creer; hizo abrir el sepulcro en presencia de muchos, y halló viva a su bija, con mucha alegría suya y espanto y admiración de todos. Así se refiere en los procesos de Cochin y Bazain, y también se declaró en ellos que el mismo año, que sucedió esto, se dio cuenta de ello a la serenísima reina de Portugal.

El otro caso no es menos maravilloso que el primero; pero con esta diferencia, que el resucitado en el pasado estuvo tres días enterrado en tierra, y el de ahora, otros tantos en el mar. Se embarcó un mercader turco, llamado Sarangue, en el navío en que pasó el Santo de Malaca a la China: llevaba consigo un hijo de cinco años: cayó desgraciadamente en el mar, y se le fue a fondo, quedando el padre con entrañable sentimiento y sin saber de dolor qué hacer, lastimándose de su gran desgracia y pérdida: fue a ver a San Francisco, que, viéndole muy congojado, le preguntó la causa de ello. El turco más con lágrimas que con palabras, se la contó: y movido de su gran caridad y compasión, le alentó y aseguró que se le volvería bueno y sano, si le ofrecía, sucediendo así, abrazar después la verdad evangélica. El moro aceptó el partido, y pasados tres días, una mañana, al salir del sol, vieron aparecer el niño vivo sobre una tabla, que venía la vuelta del navío, y fue recibido en él con gran regocijo, admiración y espanto de todos. Luego se convirtieron, sus padres y los bautizó a ellos, y también a una esclava, y juntamente al niño y se llamó Francisco. Esto se declara por menor en los procesos de Cochin y de Lisboa: y puesto caso que estos milagros sean tan notables, para mí no lo son menos algunos de los que se siguen.

Cuando el Santo pasó a la China, tuvo amistad con un mercader, el cual volvió a la India, y soltó la rienda a sus gustos y apetitos: se le apareció San Francisco (no sé si en vida estando muy lejos de él, o si ya muerto), y con un rostro terrible le avisó que Dios presto le castigaría; y el hombre despavorido respondió, que tenía razón: y el Santo le dijo: Y cómo que lo tienes merecido habiendo cometido el tal pecado: nombrándole el pecado que era tan secreto, que sólo Dios y el mercader lo sabían. Se compungió: lloró su desventura: confesó su pecado, y por consejo del Santo tomó el hábito de San Francisco.

Estando en un pueblo que se llamaba Semorro, más allá de Malaca, y andando a la ribera de un río caudaloso, que pasa cerca de él, los gentiles le comenzaron a perseguir y tirarle saetas y piedras: él se retiró, y huyendo topó una muy grande viga que estaba a la orilla del río que no le dejaba pasar: la tomó con la mano y la apartó con facilidad, siendo tan pesada, que muchos hombres juntos no la pudieron mover. Quedaron atónitos los gentiles; y conociendo que no era cosa humana, dejaron de seguirle.

Llegó en Coromandel al Santo un pobre que había dado al través y pérdida toda su hacienda en el mar: le pidió limosna: y aunque el Santo era pobre y no tenía qué darle, movido de compasión, echó la mano a la faltriquera y la sacó vacía: puso los ojos en el Cielo y dijo al pobre, que confiase en Dios, que era Poderoso para remediarle: volvió a poner la mano a la faltriquera y la sacó llena de unas monedas de oro que ellos llaman fanaos, y las dio al pobre.

Cuando navegaba, repartía a los pobres de la nave todo lo que a él le habían dado para su matalotaje, y pedía limosna para su comida. Una vez habiendo dado todo el aceite, llegó un pobre que le pidió un poco, y el Santo Varón mandó a su compañero que se lo diese. El compañero dijo, que no había quedado gota; mas volviendo a mirar el vaso por orden de San Francisco, le halló lleno, y satisfizo al pobre.

Halló un día a un muchacho enfermo y lleno de llagas: le tomó sobre sus hombros, y le dijo: Dios te dé salud. Apenas había dicho dos o tres veces estas palabras, cuando el Señor se la dio enteramente; y el Santo volvió al hijo sano y recio a su madre.

En el mar que va a la China, cerca de Sanchoan, solía correr muchas veces un viento furioso y desapoderado (que llaman tifón), con el cual las naves padecían miserablemente naufragios; mas después que San Francisco dijo Misa en aquella isla de Sanchoan y la purgó y santificó con los Misterios de nuestra Redención, aquel mar está más sosegado y tranquilo, y los tifones corren menos veces y con menos furia y fuerza: tanto ha podido la oración del Santo Padre, y la virtud de la Santa Misa.

Entre otras maravillas de San Francisco Javier, lo fue, muy grande el don de lenguas que tuvo. Había en las tierras que anduvo más de cien lenguas diferentes, y treinta de ellas muy distintas. No obstante esto, a cualquiera provincia que llegaba, no solo entendía lo que decían los naturales; mas luego hablaba con ellos su propio lenguaje; cosa que espantó y admiró mucho aquella gente; y con razón por cierto: porque en el espacio de diez años que duraron sus peregrinaciones con continuas descomodidades de caminos, confesaban todos ser gran milagro el saber tantas y tan varias lenguas.

Además de esto, algunas veces predicando a muchedumbre de personas, así como eran diferentes en hábitos y costumbres, también lo eran en las lenguas; y todavía lo entendía cada uno de ellos, como si hablara en su lengua. Esto causó grande admiración en la Pesquería, Amboino, Malaca y en el Japón, y por solo ello sin esperar más milagro, se convirtieron muchísimos. Al don de lenguas bien se puede juntar otro no menos maravilloso en el Santo, por el cual ordinariamente en el Japón, con solo una respuesta fácil daba satisfacción a diversas preguntas, que a un mismo tiempo se le hacían en materias muy varias: y así como con el don de lenguas, hablando un lenguaje solo le entendían muchas personas extranjeras, teniéndole entre sí muy diferente cada uno en el suyo propio; así por el otro don con un concepto solo o palabra que decía, era entendido de diversos hombres que le habían propuesto varias cuestiones, dando a cada uno respuesta muy a propósito: y como aquel efecto de hablar en la forma dicha se llama don de lenguas; este otro a mi parecer se puede llamar don de conceptos y pensamientos.

Nunca acabaríamos si quisiésemos contar uno a uno todos los milagros que el Señor ha obrado por este Santo en su vida; dejemos los demás y vengamos a los que ha obrado después de su muerte, que no son menos maravillosos que los que hizo en vida: y para poderlos mejor referir, volvamos a su bienaventurada muerte y digamos lo que después de ella sucedió.

Luego que se supo en la nao de Diego Pereyra, en que había ido San Francisco, y todavía estaba en el puerto de Sanchoan, su glorioso tránsito, corrieron los que estaban en ella a la choza en que había expirado, para verle y reverenciarle. Le hallaron tendido en su pobre camilla con una nueva hermosura de rostro, gracia y viveza de facciones, y con un semblante y compostura, que más parecía hombre vivo que reposaba, que ya difunto; y llenos de espanto y devoción, igualmente le reverenciaban como vive y le lloraban como muerto.

Le hallaron al cuello un relicario de cobre; dentro estaban tres papeles distintos: el del medio tenía un pedacito de un hueso del glorioso apóstol Santo Tomé, a quien tenía por singular patrón y dechado, y particularmente se encomendaba: el otro era una firma de mano de San Ignacio, su padre y maestro, que mostraba la opinión que tenía de su santidad y la gran confianza en sus merecimientos: el tercer papel eran los votos de su profesión, escritos de su propia mano, para acordarse siempre de lo que había prometido a Dios, y procurar cumplirlo perfectamente. Éstas fueron las riquezas, éste el precioso tesoro con que murió este nuevo Apóstol de la India, y las armas con que iba armado contra todos los encuentros y máquinas de Satanás y todo el infierno.

Tomaron su sagrado cuerpo los portugueses con la mayor reverencia y solemnidad que pudieron, y revestido de sus ornamentos sacerdotales, lo enterraron en un ataúd en un lugar apartado, con intento de llevarle a Malaca cuando la nave se partiese: y para poderlo hacer más fácilmente, echaron buena cantidad de cal viva en el ataúd, para que comiese la carne, y los huesos quedasen más limpios y sin mal olor. Pasados dos meses y medio que fue a los 17 de febrero de 1553, queriéndose ya la nave partir para Malaca, enviando el capitán a ver si estaba el cuerpo en disposición para llevarle consigo, le hallaron sin mudanza alguna, con el mismo color y vivo semblante, y con muestras más de vida que de muerte.

Quedaron atónitos, y mucho más cuando lo tocaron y palparon, y vieron que no solamente estaba entero el cuerpo, sino también sólido y lleno de jugo y de sangre, y con las entrañas sanas, despidiendo de sí un olor suavísimo, en prueba de que cuanto su bendita alma había quitado al cuerpo de vida, partiéndose de él, tanto le había dejado de santidad. Llevaron con procesión y nuevo sentimiento el santo cuerpo a la nave, así como estaba; se hicieron a la vela; y con próspera navegación (obedeciendo los vientos a San Francisco) llegó a los 22 de marzo a Malaca. Cuando se supo en la ciudad que era llegada la nao al puerto, y lo que traía, toda salió a recibir y reverenciar al cuerpo de su Santo Padre, Apóstol, Pastor, Profeta y Maestro, y con una solemnísima procesión le llevaron hasta la iglesia de la Compañía; aunque a la sazón no había ninguno de ella en aquella ciudad: porque el mismo San Francisco los había mandado salir en castigo de la desobediencia y rebeldía del capitán de Malaca, que estorbó la jornada de la China a Diego Pereyra: el cual, como tan grande amigo del Santo Padre, era quien más lágrimas de consuelo despedía de sus ojos con su vista, y el que con mayor liberalidad y cuidado se esmeraba en procurar que fuese de todos honrado: y poco era menester; porque toda la gente de la ciudad acudió con la gran devoción que le tenía a besar la caja en que iba, tocar las cuentas y adorar las santas reliquias, especialmente cuando vio que tocándolas un hombre que estaba muy enfermo del pecho, luego quedó sano. Abrieron allí la caja y hallaron el cuerpo con la misma incorrupción que cuando le pusieron en ella, admirándose todos de las maravillas que obraba Dios para honra de Sus Santos.

Y para que se manifestase cuán gran Santo había sido San Francisco, y cómo le honraba el Señor, permitió Su Divina Majestad, que allí le sacasen del ataúd, y le enterrasen en la tierra desnuda con sus vestidos sacerdotales, como estaba, poniéndole un lienzo sobre el rostro y una almohada de seda debajo de la cabeza. Mas, al mes de agosto siguiente, habiendo llegado a Malaca el padre Juan de Beyra, de la Compañía, que tornaba de Goa para Maluco, y habiendo por su devoción abierto secretamente la sepultura, halló el lienzo que le cubría el rostro, y la almohada que tenía debajo de la cabeza, llenos de sangre colorada y fresca, y un olor del cielo, y el cuerpo tan entero como cuando expiró; y con la misma entereza estaban los vestidos y ornamentos, con que lo sepultaron, y tan nuevos que parecía los acababan de cortar de la pieza.

Entonces creciendo más la devoción, sacaron el cuerpo de donde estaba, y le depositaron en una caja forrada de damasco y cubierta con un rico paño de brocado, para llevarlo a Goa, cuando viniese la moción (que así llaman los temporales que corren en ciertos tiempos), y fue Nuestro Señor servido, que desde aquel día, en que el sagrado cuerpo se puso honoríficamente en esta segunda caja, la pestilencia que afligía y hacía gran riza en Malaca, cesase por los merecimientos del Santo Padre, y con esto creció más en la gente su devoción.

Cuando hizo tiempo para partir, pusieron al cuerpo santo ricamente adornado (como estaba en su caja) con muchos cirios encendidos y perfumes, en una nave que solo había en el puerto de Malaca, en la cual por ser vieja y carcomida, los mercaderes portugueses no osaban embarcar sus mercaderías; pero en sabiendo que había de ir en ella el cuerpo del Santo, se aseguraron, y las cargaron teniendo por cierto que aquella nave, llevando tal piloto y defensa consigo, llegaría a salvamento; y como lo pensaron, así les sucedió; porque aunque encalló la nave, y se tuvieron por perdidos; en sacando el santo cuerpo a la plaza de la nave, y todos postrados suplicaron a Nuestro Señor, que por la intercesión de San Francisco los librase de aquel tan evidente peligro, luego salieron de él. Finalmente llegaron a Baticala, y por ser los vientos contrarios, el capitán de la nave, que se llamaba Lope de Noroña, fue en un batel a Goa, para pedir albricias al virrey don Alfonso de Noroña por el don inestimable que le traía en su nave. Le dio el virrey un bergantín armado y ligero, para traerle luego; porque era tanta su devoción y la de los de la Compañía, y de toda la ciudad de Goa, y el deseo de verle, que no quisieron aguardar, que la nave llegase.

En este bergantín fue el padre Melchor Núñez, rector del colegio de San Pablo, y vice-provincial de la Compañía en la India, con algunos otros padres, y después de haberle visto, al cabo de diez y seis meses de su muerte, entero, y reverenciándole con muchas y devotas lágrimas, lo traspasaron de la nave en que estaba al bergantín, con una gran fiesta y salva de artillería; y al día siguiente lo desembarcaron en una ermita de Nuestra Señora de Rebandar, media legua de Goa.

Otro día que era viernes de Lázaro, del año de 1554, fue recibido con una solemnísima procesión, y concurso de innumerable gente de toda la ciudad, de ricos y pobres, grandes y pequeños, religiosos y seglares, hombres y mujeres. Iban delante noventa niños, vestidos de blanco, con sus guirnaldas en la cabeza, y ramos verdes en las manos: tras ellos iban los Hermanos de la Misericordia con su pendón; y luego un ataúd cubierto de brocado: luego seguía toda la clerecía, y tras ella la caja en que iba el cuerpo, que llevaban los Sacerdotes de la Compañía, acompañados del virrey y de toda la nobleza. Las calles estaban colgadas de ricas telas, y llenas de lumbres y suavísimos olores, y atestadas de tanta gente, que apenas se pudo romper por ellas: en las ventanas y terrados no cabían. Todas las campanas repicaban, y la artillería se disparaba. Llegaron a la iglesia de la Compañía, y aunque era día de Pasión, estaba ricamente adornada. Se puso la caja en la capilla mayor, donde se dijo Misa; mas fue tanta la apretura y el peso de la gente, que quebró la reja con deseo de ver, tocar y adorar el santo cuerpo, y no fue posible echarla de la iglesia, hasta que se lo mostraron tres veces en la misma mañana, y fue necesario tenerle otros tres días siguientes, revestido como estaba, y con las manos y rostro descubierto, para satisfacer al pueblo; al cuarto día le colocaron en una bóveda que se había abierto junto al altar mayor al lado del evangelio.

Como se divulgó el milagro de la entereza del cuerpo de San Francisco, y que después de diez y seis meses de su muerte, y de haber estado tantos meses debajo de tierra, y envuelto en cal viva, estaba sin corrupción alguna, con la carne fresca, jugosa, con el color vivo, con las vestiduras como nuevas, y más como vivo que como muerto; el doctor Ambrosio Ribeyro, inquisidor y vicario general de Goa, por razón de su oficio, quiso averiguar la verdad de este milagro, y también porque el virrey se lo encargó, y mandó al doctor Cosme de Sarayva, su médico, que él y el vicario viniesen por sí mismos, y con sus propias manos palpasen el santo cuerpo, y le refiriesen como estaba: y ellos con gran diligencia lo hicieron, y vieron y tocaron todas las parles del cuerpo santo, y lo tuvieron por cosa milagrosa; y así lo testificaron y juraron.

Tumba de San Francisco Javier en la Basílica del Buen Jesús, Goa, India.

Este milagro tan grande de la incorrupción y entereza del cuerpo de San Francisco fue muy sabido y cierto en la ciudad de Goa, y de allí se extendió por toda la India. Pero demás de este milagro obró Nuestro Señor otros muchos por su intercesión después de su muerte: porque dejando algunos que arriba quedan referidos; cuando pasó el cuerpo del Santo Padre por Baticala, una mujer de Antonio Rodríguez, factor del rey, que se llamaba Maria Serran, y estaba de muchos meses enferma, haciendo oración delante de él, luego quedó sana. Tomó un pedacito del cíngulo que usaba el Santo: le puso en un relicario que traía al cuello; y con él sanó dos veces a un niño hijo suyo; la primera de una fiebre que le había durado seis meses; y la otra de una apoplegía, y curó a su marido de otra enfermedad, y a otros dos muchachos llagados, y libró a una criada suya que se estaba muriendo de dolores de parlo.

Al tiempo que llegó el cuerpo a Goa, estaba una señora, por nombre doña Juana Pereyra, más muerta que viva, de una enfermedad que por espacio de tres meses la había consumido: y sabiendo la procesión y recibimiento que se le hacía, no pudiendo por su flaqueza ir a verle, se encomendó con viva fe al Santo; y luego sintió notable mejoría, y cobró entera salud y fuerzas. Muchos dolientes de graves y varias enfermedades, con solo tocar el santo cuerpo, o la caja en que estaba, en los tres días que en Goa le mostraron al pueblo, quedaron sanos.

En la misma ciudad de Goa, estando Antonio Rodríguez tan malo de los ojos, que no podía ver; poniendo sobre ellos la mano del santo difunto, luego cobró la vista. Lo mismo sucedió a un Sacerdote llamado Baltasar Diez, que estando muy apretado de una recia esquinencia, y sin poder tragar cosa, con solo tocar el cuerpo del Santo, cobró salud. Un cristiano de los recién convertidos hubo por gran tesoro la disciplina con que castigaba su cuerpo San Francisco; y por medio de ella Dios Nuestro Señor dio salud a muchos enfermos, y obró grandes maravillas. Algunas mujeres que se tenían por muertas, por no poder parir; con tocar solo algunos cabellos del Santo, parieron y vivieron.

En el Japón, muchos que eran atormentados de los demonios, quedaron libres poniendo sobre su cabeza un breviario que había sido de San Francisco: al cual en toda la India tienen por su apóstol, patrón y amparo; y los portugueses cuando navegan (especialmente cuando van a la isla de Sanchoan, donde murió), le invocan, y se encomiendan a él. Y no solamente en la India, sino en toda la cristiandad se ha extendido la fama de la santidad y la devoción con su santa persona, y por medio de ella el Señor ilustra a su siervo con nuevos milagros; porque en la ciudad de Ebora, el padre León Henríquez, rector de la Compañía de Jesús, y el padre Andrés Cabreda de la misma Compañía, estando muy fatigados de calenturas, encomendándose al Santo, alcanzaron entera salud: y en París una mujer ya desahuciada, y casi expirando de dolores de parto, parió una criatura sana y buena, y ella vivió.

Y por concluir lo que toca a los milagros que Dios Nuestro Señor ha hecho después de su muerte por él, en el castillo de Javier y casa de San Francisco, hay un Crucifijo de talla muy antiguo de mucha devoción: el cual viviendo el Santo, sudó muchas veces al tiempo que él en la India tenía algún grande y extraordinario trabajo; y el año en que murió, sudó todos los viernes de aquel año con grande admiración de los que lo vieron y supieron. Por estos y otros innumerables milagros, juntos con la santidad de su apostólica vida, le canonizó el Papa Gregorio XV, año de 1622 a 12 de marzo; y después de canonizado, ha continuado en hacer Nuestro Señor por su siervo milagros muy prodigiosos, como lo fue el que obró con el padre Marcelo Mastrille, al cual estando ya agonizando por la herida de un pesado martillo, que cayendo de muy alto lo magulló la cabeza; mientras le decían los religiosos de casa la recomendación del alma, se le apareció el Santo: le preguntó si quería salud: luego le dictó una fórmula de voto, en que se obligaba a ir a las Indias, repitiendo el Padre Marcelo lo que el Santo iba diciendo, y mandándole que pidiese a Dios el martirio que el mismo Santo había deseado. Acabada la fórmula, le dijo el Santo con semblante muy afable, que ya estaba sano. ¡Cosa milagrosa! Que aquella misma noche que sucedió esto, se levantó el Padre Marcelo bueno y sano de la cama: se quitó las vendas y paños de la cabeza, la cual hallaron sin rastro ni señal alguna de la herida, ni de sus accidentes: el cabello que le habían arrasado para la cura, súbitamente había crecido, y ya estaba del mismo modo y forma que todo lo demás, ni había una mínima cicatriz en todo aquel espacio. Escribió aquella misma noche lodo lo que le había pasado con el Santo, que fue largo coloquio. A la mañana dijo Misa en la iglesia, oyéndola innumerable gente que concurrió a esto con la fama de tan raro milagro: el cual sucedió en la ciudad de Nápoles, el año 1635. Partió luego a las Indias el padre Marcelo en cumplimiento de su voto, y en breve tiempo dio en el Japón su vida por Jesucristo con un glorioso martirio, como largamente se dice en su vida, donde también se declaran otras circunstancias muy notables del milagro referido.

La muerte de este grande Apóstol del Oriente fue (como dijimos) en la isla de Sanchoan cerca de la China, a los 2 de diciembre del año del Señor de 1552, siendo él de cincuenta y cinco, y habiendo gastado en la India diez años y casi siete meses. Fue muy llorado de todos los cristianos de la India, por haber perdido tan grande Padre y Maestro: pero el que más la sintió, fue el serenísimo rey de Portugal don Juan III: porque demás que amaba tiernamente al Santo, como a persona que él había enviado a la India, le reverenciaba como a Santo: le parecía que era el mayor presidio y amparo que tenía en la India; y que faltando aquella columna tan firme se había mucho de enflaquecer. Mas sabiendo las heroicas y esclarecidas virtudes de este Santo Padre, y los muchos y grandes milagros que el Señor obraba por él, determinó suplicar a la santidad del Papa que le canonizase y pusiese en el catálogo de los Santos: y para poderlo hacer con mayor fundamento, escribió una carta despachada a los 28 de marzo del año 1556, a Francisco Barrelo, su virrey de la India, en el que mandaba que con gran cuidado y diligencia hiciese tomar información de la vida y muerte, virtudes y milagros de San Francisco, en los lugares de la India en que anduvo, y examinar los testigos que le conocieron y trataron, y recibir sus dichos con juramento, y enviarle el proceso cerrado, firmado de su mano, y sellado con su sello. Todo se hizo como lo mandó el rey; aunque en solos cuatro lugares de la India, que fueron Goa, Cochin, Bazain y Malaca.

También con la muerte del mismo Santo Padre cesó su venida de la India a Portugal, como San Ignacio lo había tratado: porque viéndose este santo viejo y cargado de enfermedades, y juzgando por su humildad que no tenía caudal bastante para gobernar la Compañía (teniéndole tan grande), quiso descargarse del cargo de prepósito general, y echarle sobre los hombros de San Francisco, para que, como varón tan esclarecido y apostólico, ilustrase con su presencia las partes y provincias de Poniente, como había alumbrado con su predicación las de Oriente, y honrase y amplificase con su gobierno la Compañía: porque así como San Francisco estimaba, obedecía y reverenciaba a San Ignacio, y a boca llena le llamaba gran Santo, y con todas sus fuerzas le procuraba imitar; así San Ignacio conocía los raros dones y admirables virtudes del Santo, y le amaba como a hijo regalado, y como a vivo retrato y semejanza de sí mismo; especialmente sabiendo el amor y celo que tenía del bien de la Compañía que le quería encargar, que fue tanto, que en los mayores peligros y tormentas se encomendaba A los Santos de la Compañía que están en el Cielo, y todos sus buenos sucesos los atribuía a las oraciones de ellos, y de los padres que acá vivían en la tierra, como lo dice el mismo Santo en una carta por estas palabras: «Muchas veces Dios Nuestro Señor me ha dado a sentir dentro en mi alma, de cuántos peligros corporales y espirituales trabajos me tiene guardado por los devotos y continuos sacrificios y oraciones de todos aquellos que debajo de la bendita Compañía de Jesús militan, y de los que están ahora en la gloria con mucho triunfo, los cuales en esta vida militaron y fueron de la Compañía. Esta cuenta os doy, carísimos en Cristo, padres y hermanos, de lo mucho que os debo, para que me ayudéis a pagar todo lo que yo solo, ni a Dios ni a vosotros puedo. Cuando comienzo a hablar de la santa Compañía de Jesús, no sé salir de tan deleitosa comunicación.» Todas éstas son palabras de San Francisco, escritas en una carta.

Pero volviendo a lo que hemos dicho, con este intento San Ignacio le escribió y ordenó que volviese a Portugal, para a su tiempo llamarle a Roma y renunciarle el cargo de prepósito general; mas cuando llegó la carta de San Ignacio a la India, ya San Francisco estaba gozando en el Cielo de Dios; y era tan grande la fama y opinión de su santidad, no solamente en todas las provincias y naciones de la India, y en el reino de Portugal, sino en toda Europa, particularmente en Roma, que en los pocos días que vivió en el pontificado el Sumo Pontífice Marcelo, II de este nombre, entendiendo que San Francisco, por orden de San Ignacio había de venir de la India a Portugal, y de allí a Roma, dijo a una persona muy grave: Si llegare a Portugal, no será menester para que lo veamos que venga a Roma, porque nosotros iremos a verle a Portugal: que aunque son palabras dichas con encarecimiento, declaran mucho la estima que el Sumo Pontífice tenía de este gran siervo del Señor.

Fue San Francisco grande de cuerpo y lleno y de muchas fuerzas: de rostro grave y suave: el color blanco y sonroseado: los ojos negros y claros: la cabeza bien proporcionada: la nariz mediana: la barba negra: el semblante alegre, vivo y autorizado: traía el cabello con garceta, y una media loba pobre, limpia y sin manteo, por conformarse con los otros Sacerdotes pobres y con el uso de la tierra. Su vida escribieron de propósito el P. Horacio Turselino en seis libros en latín, y el P. Juan de Luvena en diez, en portugués: el P. Bernardino Ginnaro en su Javier Oriental, parte segunda; y los PP. Luis de Guzmán en la Historia castellana de las misiones de la Compañía en la India Oriental, y el P. Juan Pedro Mafeo, en la que de las cosas de la India compuso en lengua latina, tratan largamente de la vida y virtudes y hazañas de San Francisco Javier: y por mucho que algunos de ellos se alargan, todo es corto para lo que se puede decir; porque cierto es cosa que espanta el considerar el ánimo y espíritu con que este bienaventurado padre, solo, pobrecito, y a los ojos de la carne menospreciada y vil, acometió la conquista no de una ciudad, provincia o reino, sino de un nuevo mundo: no para sujetarle con las armas, y hacerle tributario a su rey, sino para sacarle del cautiverio de Satanás, y restituirle a su verdadero y antiguo Señor. ¡Qué inmensidad de mares navegó! ¡Cuántos y cuán peligrosos fosos atravesó! ¡Qué tierras, qué de naciones, qué de gentes extrañas, inhumanas y bárbaras alumbró! ¡En cuántas partes remotísimas colocó el estandarte de la Santísima Cruz, y con ella espantó a los demonios! Hizo temblar al infierno: sacó la presa de las garras de Satanás; y acompañado de innumerables almas, que él había ganado para el Señor, victorioso y glorioso se fue a gozar del que había peleado en Él, y vencido por Él. De Alejandro Magno escriben algunos historiadores, que oyendo decir que había muchos mundos, lloraba y se entristecía, porque él aún no había conquistado uno entero; porque todo lo que había ganado era poco para su codicia y ambición. Pues con cuánta más razón nos podemos nosotros maravillar del ánimo y valor divino de San Francisco Javier: el cual sabiendo por la filosofía natural, que no hay sino un mundo, y por la cristiana y celestial, que todos los hombres que hay en él, de cualquier estado y condición que sean, fueron creados por la benignidad del Señor, para que Le adoren, y sirvan y reconozcan por su Libertador y Redentor a Jesucristo, Su muy bendito Hijo; abrasado de vivas llamas de amor de este Señor, hollando y poniendo debajo de sus pies todo lo que en este mismo mundo aprecian y estiman, se desterró de su patria y naturaleza, y armado solo de Dios, que le guiaba, se fue a conquistar las almas de gentes tan incultas, y naciones tan bárbaras, y hombres tan perniciosos, crueles e inhumanos, que muchos de ellos más parecían bestias fieras, que hombres; y esto con tan insaciable sed de su bien de ellos, que todo el universo mundo era estrecho y angosto para su ancho y fervoroso corazón; y con tan grande espíritu y constancia, que en los trabajos hallaba descanso, en los dolores regalo, en los peligros seguridad, en las tempestades puerto, en la guerra paz, y en la muerte vida: porque conocía el valor de la sangre que derramó Dios en una Cruz, y la estima que se debe hacer de una alma, por la cual murió el Autor de la vida.

Grandes y muy alabadas son las hazañas de los valerosos soldados y esforzados capitanes, que descubrieron y conquistaron con sus navegaciones y armas este nuevo mundo, y con poca gente sujetaron tantas y tan extendidas provincias y reinos en las Indias orientales de Castilla: pues nos dieron noticia de muchas cosas que no sabíamos: enriquecieron nuestros reinos con el oro y plata, con las perlas y piedras riquísimas, con las especierías, medicinas, y con otra infinidad de mercaderías que nos vienen de las Indias, amplificaron el imperio de sus reyes, ennoblecieron e ilustraron sus naciones; y pusieron sus trofeos en los últimos confines de la tierra: pero ¿cuánta más alabanza y gloria merece nuestro santo y glorioso capitán, que solo y no acompañado, desarmado y no con armas y ejércitos, movido de celo puro de Dios, y no de ambición y codicia, con tanta pobreza y desnudez, con tantos peligros e incomodidades, con tanta ansia y ardor discurrió por tantos reinos y provincias, no para destruirlas, ni para robarlas, ni para sujetarlos por fuerza de armas, ni quitarles la libertad, sino para hacer verdaderamente libres a los que las habitaban, y sacarlos de la servidumbre del pecado, y de tal cautiverio de aquel tirano, a quien adoraban en la piedra y en el barro, y en el palo y en las obras de sus manos; y como hombres tan sujetos y oprimidos de tan cruel tirano, vivían como bestias en abominables y enormes torpezas.

¡Cuánto va del Cielo a la Tierra! ¡De los Sacramentos Divinos a los tesoros temporales! ¡De las medicinas del alma a las del cuerpo! ¡De la felicidad eterna a esta momentánea! ¡Del ser hombre al ser bruto! ¡Del ser cristiano al ser infiel! ¡Del ser hijo de Dios al ser esclavo del demonio! ¡Del gozar para siempre de la gloria y vista del Sumo Bien, al estar en las penas horribles y sempiternas! ¿Hay entendimiento que lo pueda comprender, o lengua humana que lo pueda explicar? Pues esta misma diferencia hay entre los bienes que San Francisco Javier hizo a los pueblos que conquistó para Cristo, y los que los otros conquistadores hicieron, a los que ellos vencieron y sujetaron a sus reyes y señores, de los cuales por su conquista muchos quedaron destruidos y asolados.

Basílica del Buen Jesús en Goa, India, donde se venera el cuerpo incorrupto de San Francisco Javier.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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