30 de Noviembre: San Andrés, Apóstol y Mártir (†62)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid–Barcelona 1853. Tomo III. Noviembre, Día 30, Página 468.



San Andrés, Apóstol

San Andrés, Apóstol y hermano mayor de San Pedro, fue natural de Betsaida, lugar en la provincia de Galilea: fue el primero de todos los Apóstoles que conoció y trató a Nuestro Señor Jesucristo; porque siendo discípulo del gran Bautista (que no es pequeña señal de su buena inclinación y piedad), un día viendo San Juan al Señor, dijo: Éste es el Cordero de Dios; y luego San Andrés con otro su condiscípulo se fue en seguimiento de Cristo: el cual volviendo a ellos Su Divino Rostro, y viendo le seguían, les preguntó, ¿qué buscaban? Ellos le respondieron que deseaban saber dónde posaba. Los llevó consigo: los tuvo un día en Su compañía: conversaron y hablaron largo con Él, y entendieron que era Él el verdadero Mesías. Dio San Andrés cuenta a su hermano Pedro del bien que había hallado, y le llevó consigo a Cristo; y viéndole el Señor le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan, y te has de llamar Cefas, que se interpreta Pedro. Éste fue el primer conocimiento que de Cristo tuvo San Andrés, y ésta la primera buena obra que después de aquel conocimiento leemos haber hecho, comunicando a su hermano el bien que había descubierto, y llevándole al Señor para que también él lo conociese.

Después de esto, andando los dos hermanos pescando y echando las redes en el mar de Galilea (porque vivían de aquel ejercicio), pasó Cristo y les dijo que le siguiesen, porque los quería hacer pescadores de hombres; y ellos dejadas las redes y pesca, le siguieron y le acompañaron, y Él los hizo Sus Apóstoles. Cuando Nuestro Salvador estando en el monte, quiso hacer el milagro de los cinco panes y dos peces, y dio de comer a cinco mil hombres, después que San Felipe preguntado del mismo Señor dónde se compraría pan para tanta gente, respondió una palabra de desconfianza y poca fe, San Andrés dijo que allí estaba un mozo con cinco panes de cebada y dos peces; aunque también mostró su flaqueza añadiendo: Pero ¿qué es esto para tanta gente?

Otra vez vinieron unos gentiles con deseo de ver al Señor: hablaron con San Felipe y le rogaron que se le mostrase. San Felipe dio parle a San Andrés, y los dos le dieron razón de aquella gente que le buscaba, que es señal de la particular familiaridad que San Andrés con el Señor tenía; y esto es lo que en el Sagrado Evangelio hallamos escrito de San Andrés, y que fue escogido por uno de los doce Apóstoles, y San Lucas le nombra el primero después de San Pedro; y en el libro de los Hechos apostólicos le cuenta entre los otros Apóstoles que en el Cenáculo estaban en oración aguardando la venida del Espíritu Santo. El resto de su vida, predicación y martirio, hemos de sacar de graves y santos autores, y especialmente de lo que los presbíteros y diáconos de la Iglesia de Acaya (como testigos de vista) escribieron de su gloriosa muerte a todas las Iglesias de la cristiandad, que esto es lo cierto y donde no hay tropiezo.

Después que los sagrados Apóstoles fueron vestidos del Espíritu Santo, y recibieron luz, amor y valor del Cielo para conquistar el mundo y sujetarlo al Evangelio del Señor, y estuvieron algunos años predicando por Judea, se repartieron por todas las provincias del mundo, cada uno en la que Dios le señaló. A San Andrés le cupo la provincia de Scitia, como lo dice Orígenes; y Sofronio añade, que no solamente predicó a los scitas, sino también a los sogdianos, sacos y a los pueblos de Etiopía; y lo mismo dicen Doroteo y San Isidoro. El Martirologio romano dice que predicó en la Tracia y en Scitia; y lo mismo dice Nicéforo, y que ilustró con la luz del Evangelio a Capadocia, Galicia y Bitinia, basta el mar Euxino. San Gregorio Nacianceno dice que se extendió hasta Epiro, que es la que ahora llamamos Albania, y San Juan Crisóstomo, que predicó a los griegos. Esto es lo que hallamos en los santos y graves autores de la predicación de San Andrés, y no hay duda sino que fue acompañada de muchos y grandísimos milagros; y que convirtió muchos pueblos a la fe de Cristo Nuestro Salvador, alumbrando con el resplandor del Cielo a los que estaban en las tinieblas y sombra de muerte. Abdías Babilónico y otros autores escriben muchos milagros en particular, que por el Santo Apóstol obró el Señor, de los cuales sólo quiero yo referir aquí algunos, que me parece pueden ser de provecho.

Un viejo llamado Nicolás, estando San Andrés en Corinto, vino a él y le dijo; que setenta y cuatro años había vivido en deshonestidades, dejando la rienda a sus apetitos desordenados y entregándose a todo género de torpezas: y que entrando poco antes en la casa pública para ofender a Dios, llevando consigo el Evangelio, una mala mujer de aquella casa, con quien quería pecar, le apartó con gran espanto, y le rogó que no la tocase, ni se llegase al lugar donde estaba ella; porque veía en él cosas maravillosas y misteriosas. Después de esto rogó Nicolás a San Andrés que le diese remedio para aquella su grande flaqueza, y costumbre envejecida en el pecar. El Santo se puso en oración y ayunó cinco días, suplicando a Nuestro Señor que perdonase a aquel miserable viejo, y le otorgase el don de la castidad. Al cabo de los cinco días, perseverando el Santo Apóstol en su oración, oyó una Voz del Cielo que le decía: Yo te concedo lo que Me pides por el viejo: pues es Mi Voluntad, que como tú has ayunado por él, así él ayune también y se aflija por sí, si quiere ser salvo. Mandó el Santo Apóstol a Nicolás que ayunase, y a todos los cristianos que hiciesen oración por él, y pidiesen al Señor misericordia. Los oyó Dios de tal manera, que Nicolás volvió a su casa, y dio todo lo que tenía a los pobres y maceró su carne con grande aspereza, y por espacio de seis meses no comió sino pan seco y bebió un poco de agua; y cumplida esta penitencia, pasó de esta vida, y Dios reveló a San Andrés (que a la sazón estaba ausente) que se había salvado: para que entendamos, que no se debe desesperar la salud de ningún pecador, por grande que sea, si de veras se vuelve a Dios; y que las oraciones de los Santos son muy eficaces para alcanzar perdón del Señor: pero para que nos sean de provecho, es menester que orando ellos también oremos nosotros, y ayunando ellos por nosotros, también nosotros ayunemos; porque de esta manera nos serán fructuosos sus ayunos y oraciones.

También dicen que fue al Santo Apóstol un mozo, llamado Sostrato, y le declaró que su madre le había querido inducir a que cometiese una gran maldad, y que él nunca había consentido: y que la madre, enojada y brava, le había acusado delante del procónsul, y que estaba determinado a no hablar palabra en su defensa, por no descubrir la maldad de su madre, y padecer cualquier tormento, antes que infamarla; y suplicaba al Santo Apóstol, que se dignase rogar a Dios que le librase de las manos del procónsul, y no le dejase padecer y morir, pues no tenía culpa. Hizo el Santo Apóstol oración por el mozo, y por inducimiento de la mala madre el buen hijo fue condenado a ser encubado; y San Andrés fue preso y echado en la cárcel, porque volvía por él. Se puso en oración el Santo Apóstol, y súbitamente comenzó a temblar la tierra y tronar el cielo y caer muchos rayos, y el procónsul cayó de su silla, y la gente, despavorida y asombrada, se postró en el suelo, y la desventurada madre, que había incitado a mal a su hijo, y acusándole y persiguiéndole, porque no había querido ofender a Dios, quedó allí seca y muerta; y se conoció la inocencia del mozo y la eficacia de la oración de San Andrés, y que Dios Nuestro Señor, aunque a las veces los deja padecer, al cabo vuelve por los Suyos. Haciendo de nuevo oración San Andrés, el Señor sosegó aquella tempestad, y levantó a los caídos y dio ánimo a los que estaban desmayados; y fue esto ocasión para que muchos se convirtiesen y abrazasen la fe de Jesucristo.

Otra vez dice que en la ciudad de Filipo, en Macedonia, había dos hermanos caballeros y ricos, de los cuales el uno tenía dos hijos, y el otro dos hijas: se concertaron entre sí que los dos hijos se casasen con las dos bijas que eran primos hermanos, para que la hacienda y memoria de su casa mejor se conservasen; pero estando ya para celebrarse las bodas, los padres fueron avisados de parte de Dios, que no casasen a sus hijos hasta que Su siervo Andrés viniese; porque él diría lo que habían de hacer. Vino el Santo Apóstol de allí a tres días, y fue recibido de ellos con gran gozo y alegría, y vieron en él un resplandor que salía de su rostro, tan grande, que parecía un sol de maravillosa claridad. Le dijeron lo que habían determinado de sus hijos, y que habían dilatado la fiesta de bodas por aguardarle; porque así se les había mandado Dios. Les respondió que no les convenía aquel casamiento, por ser parientes tan cercanos los hijos que se habían de casar: que hiciesen penitencia de lo que habían pensado hacer; y que entendiesen que él no reprendía el matrimonio que Dios había instituido, sino las deformidades que en él se cometen. Con esto todos quedaron enseñados, y no se casaron aquellos primos hermanos, por aviso del Santo Apóstol: que es conforme a lo que San Gregorio dice, que aunque una ley romana permitía que el primo hermano se casase con su prima hermana; pero que la experiencia enseñaba que no nacían hijos de tal matrimonio. Dejo los otros milagros que se cuentan en aquella vida que escribió Abdías, así porque no son tan ciertos y auténticos, como porque son comunes y ordinarios. Estos he querido referir aquí porque traen consigo enseñanza y doctrina.

Digamos ahora lo que aconteció al Santo Apóstol con Egeas, procónsul de Acaya, y como fue de él martirizado, resumiendo en breve lo que más largamente refieren los presbíteros y diáconos de la Iglesia de Acaya que escribieron (como dijimos) la historia del martirio. Después que el glorioso Apóstol había alumbrado las otras provincias y tierras que arriba se dijo con la predicación de la doctrina del Cielo, vino a Patrás, ciudad de la provincia de Acaya; y allí comenzó a esparcir los rayos del Evangelio, y sacar del cautiverio de Satanás las almas de muchos gentiles. Supo esto un procónsul, llamado Egeas, el cual con varias artes, tormentos y muertes procuraba persuadir a los cristianos (que ya eran muchos), que adorasen a los falsos dioses.

Fuese a él San Andrés, y le dijo: Razón fuera, oh Egeas, que tú que eres juez de los hombres, conocieses a tu Juez que está en el Cielo, y conociéndole le honrases por verdadero Dios, como lo Es, y dejases de honrar a los que no son dioses.

Egeas le dijo: ¿Eres tú, Andrés, el que destruyes los templos de los dioses, y persuades a los hombres que reciban aquella secta supersticiosa, que los príncipes romanos mandan desterrar de su imperio?

Tomó la mano el Santo Apóstol, para declarar al procónsul el Misterio inefable de nuestra Redención, y la caridad inmensa con que Jesucristo se había vestido de nuestra carne mortal, y de Su Voluntad muerto en una Cruz por nuestros pecados, ensalzando y magnificando la grandeza soberana de la misma Cruz, y explicando la conveniencia que había en aquel Misterio escondido y encubierto a los ojos ciegos de los gentiles.

Después que Egeas le hubo oído, dijo al Santo Apóstol: Todo eso cuenta a los que han de creer; y créeme tú a mí, que si no sacrificares a los dioses, te mandaré poner en la cruz que tanto alabas.

Respondió San Andrés: Yo cada día sacrifico a Dios único, omnipotente y verdadero, no humo de incienso, ni carne de toros, ni sangre de cabrones, sino el Cordero Inmaculado, que recibido de los fieles y bebida Su Sangre, quedó tan entero como antes.

El fin de esta plática fue, que Egeas mandó poner en la cárcel a San Andrés, y la gente se alborotó y quería poner las manos en el procónsul, si el mismo Santo no se lo estorbara, exhortándolos desde la cárcel que no se rebelasen contra aquel tirano, sino que imitasen la paciencia y mansedumbre de Jesucristo, el cual le había enviado para que tuviesen ocasión de merecer, y que antes habían de acariciarle y honrarle; pues por él les había de venir poco mal y mucho bien: y les rogó que de ninguna manera impidiesen su martirio: porque los tormentos pasarían presto; y el premio de ellos duraría para siempre.

Otro día le mandó Egeas traer a su presencia, y estando allí, dijo: Creído tengo que habrás vuelto sobre ti, y apartándote de la locura en que has estado, para gozar la dulce y sabrosa vida, y librarte de la amargura y triste muerte, la cual yo te daré, si todavía tienes a Cristo por Dios. Aquí dijo el Apóstol: El que no cree en Cristo no puede tener contento ni vida, como siempre he predicado en esta provincia.

Y aun por esto (dijo Egeas) te hago fuerza que sacrifiques a los dioses, para que todos estos pueblos que por ti han sido engañados, dejen la vanidad de tu doctrina y vuelvan a reconocer sus antiguos dioses, porque veo que no hay ciudad en Аcaya donde sus templos no estén desiertos por tu falsa predicación: y pues tú los has engañado, bien será los desengañes; y si otra cosa haces, aparéjate a padecer grandes tormentos, y al cabo la muerte en una cruz.

Respondió a esto Andrés y dijo: Hijo de la muerte y leño seco aparejado para el fuego, óyeme. Yo hasta ahora te he hablado con blandura, pensando que, como hombre de razón, te aprovecharas de ella, dejando la vana adoración de tus dioses; mas pues estás tan empedernido y pertinaz, digo que no pienses llevarme con amenazas y espantos: haz lo que quisieres, que aquí estoy: cuanto fueren mayores los tormentos que aquí me dieres, tanto será mayor el premio que me dará Jesucristo por haberlos sufrido por Su Amor y mayor el infierno que para ti está aparejado.

Se enojó de esto Egeas: le mandó desnudar y azotar por siete verdugos, los cuales se remudaron por tres veces: fue tanta la lluvia de azotes que descargó sobre él, que todas las carnes del Santo Apóstol quedaron abiertas y vertiendo sangre. Finalmente, vista su constancia, mandó Egeas ponerle en una cruz, y no enclavarle, sino atarle con sogas, para que el martirio fuese más prolijo.

Al tiempo que le llevaban al martirio, ocurrió el pueblo dando voces, y diciendo: ¿Qué ha hecho este justo y amigo de Dios?, ¿por qué le crucifican? Y el Santo Apóstol les rogaba que no le impidiesen aquel gran bien; y regocijado por la cruz en que había de morir, y encendido en amor de su Maestro, y deseoso de imitarle, estando aún lejos, alzó la voz y con gran fervor de espíritu dijo: Yo te adoro, oh Cruz preciosa, que con el Cuerpo de mi Señor fuiste consagrada, y de sus miembros como de preciosas margaritas adornada: antes que Jesucristo se pusiese en ti espantabas a los hombres; y ahora los alegras y regocijas. Yo vengo a ti regocijado y alegre: recíbeme tú en tus brazos con alegría y regocijo. Oh, buena Cruz, tan hermoseada con los miembros de Cristo, días ha que te deseo: con solicitud y diligencia te he buscado; ahora que te hallé recíbeme en tus brazos, y sacándome de entre los hombres, preséntame a mi Maestro, para que por ti me reciba el que por ti me redimió.

«No se demudó el rostro del Santo Apóstol (dice San Bernardo), como suele hacer la flaqueza humana, cuando vio la cruz, ni perdió la voz, ni tembló el cuerpo, ni se turbó el alma, ni perdió el juicio; antes el fuego de la caridad que ardía en su pecho echó llamas por la boca. ¡Cuánta fue aquella dulzura que sintió San Andrés cuando vio la cruz; pues endulzó la amargura de la misma muerte! ¿Qué cosa puede haber tan desabrida y llena de hiel, que no se haga dulce con aquella dulcedumbre que hizo suave la muerte? San Andrés hombre era semejante a nosotros y apacible; pero tenía tan gran sed de la Cruz, y con un gozo jamás oído estaba tan regocijado, y como fuera de sí, que prorrumpió en aquellas palabras tan dulces y tan amorosas. Su lengua no fue de carne, sino de fuego que arrojaba llamas: y si fue lengua, fue de fuego, y sus palabras fueron carbones encendidos con aquel fuego que Cristo había encendido en sus huesos: pero no es maravilla que el Señor que hizo a Lorenzo suave el fuego, haya hecho a Andrés suave la Cruz.» Todo esto es de San Bernardo.

Estando, pues, el Santo Apóstol junto a la cruz, él por sí mismo se desnudó sus vestidos y los dio a los verdugos, los cuales le levantaron en alto, y ataron en la cruz, de la manera que les había sido mandado. Estaban alrededor de la cruz como veinte mil personas, lamentándose, por ver y adorar al Santo Apóstol; y él las consolaba y animaba a padecer semejantes tormentos por Cristo. Estuvo vivo dos días en la cruz: y llevándolo a mal el pueblo, daba voces y decía: No hay para que muera varón tan santo, tan piadoso, tan modesto, de tan buenas costumbres y que tan buena doctrina enseña.

Mosaico sobre el Martirio de San Andrés, en la Catedral de San Andrés Apóstol (Patras-Grecia)

Supo Egeas el sentimiento del pueblo contra él, y para atajar el alboroto y daño que podía temer, determinó quitar al Santo Apóstol de la cruz: y habiendo ido él mismo en persona, y mandado a los verdugos que le quitasen, y queriendo ellos hacerlo, nunca pudieron llegar al cuello del glorioso apóstol: y extendiendo los brazos para desalarle, se entorpecían y pasmaban, y perdían su fuerza y vigor; porque el Santo, alzando la voz dijo: Señor mío Jesucristo, yo Te suplico que no permitas que este Tu siervo, que por Tu Amor está colgado en esta cruz, sea quitado de ella; y que el que por la cruz ha conocido Tu grandeza, que sea sepultado de un hombre corruptible y miserable, como Egeas. Mas Tú, Señor y Maestro mío, a quien he amado y conocido, y al presente confieso y deseo ver, y en quien soy todo lo que soy, recibe mi espíritu en paz; que ya es tiempo que vaya a Ti, pues ha tanto que Te deseo.

Diciendo esto bajó del Cielo un grande resplandor, a manera de rayo, y rodeó el cuerpo del Apóstol, encubriéndole a los ojos de los que allí estaban, que no pudieron sufrir tan desacostumbrada claridad, la cual duró por media hora, y al tiempo que desapareció, dio el Santo Apóstol su espíritu al Señor, en 30 días de Noviembre, año de Cristo de 62, imperando Nerón.

El cuerpo de San Andrés recogió una santa mujer, rica y principal, llamada Maximila, y sepultó en un sepulcro, ungiéndole con preciosos ungüentos. Lo supo Egeas, y no se atrevió a castigarla, por ser mujer tan poderosa, y ver al pueblo tan alterado por la muerte del sagrado Apóstol; pero tratando de enviar acusación al emperador contra Maximila, y estando en público consistorio haciendo información sobre el caso, el demonio se apoderó de él a vista de todos, y dando gritos y voces dolorosas expiró, y fue ocasión con su desventurada muerte, que muchos se convirtiesen a la fe del Señor.

San Gregorio Turonense dice que el día de su martirio solía manar del sepulcro de San Andrés una manera de maná o de óleo suavísimo, algunos años en mayor y otros en menor cantidad; y que cuando la cantidad que salía era poca, significaba que aquel año sería estéril: cuando era copiosa, que sería fértil y abundante: y añade que despedía de sí una fragancia tan rara y peregrina, como si fuera una confección aromática y compuesta de todas las cosas olorosas y suaves de la Tierra; y que muchos enfermos sanaban, o untándose con aquel óleo, o bebiéndole; y que Dios obraba grandes maravillas en Acaya por intercesión de Su glorioso Apóstol.

Después se trasladó el cuerpo de San Andrés a Constantinopla, y de esta traslación hace mención el Martirologio romano a los 9 de mayo, juntándola con la del cuerpo de San Lucas evangelista, que también se hizo de Acaya, y de San Timoteo, discípulo del Apóstol San Pablo, cuyo cuerpo fue llevado de Éfeso, donde murió, a Constantinopla. En el tiempo que esta traslación se hizo, no concuerdan los autores; porque algunos la refieren al tiempo de Constantino Magno, y otros al de Constancio, su hijo, como lo notó el cardenal Baronio en las anotaciones sobre el Martirologio y en el IV tomo de sus Anales. Pero en cualquiera tiempo que baya sido, San Jerónimo dice que los demonios daban bramidos delante de sus reliquias, y con sus aullidos confesaban la virtud de su presencia. No sabemos cuánto tiempo estuvo en Constantinopla este precioso tesoro: pero sabemos que después se trasladó a la ciudad de Amalfi, en el reino de Nápoles, y no lejos de la misma ciudad de Nápoles, donde hoy día es reverenciado y visitado de los fieles con gran devoción y concurso. De su sepulcro mana continuamente un licor muy delicado y suave y eficaz para muchas enfermedades que con él se curan, por los merecimientos del Santo Apóstol.

El bienaventurado San Gregorio Magno, cuando fue a Constantinopla por legado del Papa Pelagio, enviado al emperador Tiberio, alcanzó de él por un don riquísimo el brazo de San Andrés Apóstol, y el brazo de San Lucas Evangelista, y los trajo a Roma; y en el segundo año de su pontificado dedicó la iglesia de San Andrés donde hoy día se guarda el brazo del glorioso Apóstol, y la cabeza del mismo Apóstol en la iglesia de San Pedro, la cual fue traída a Roma, siendo Sumo Pontífice Pío II, el cual salió a recibirla como dos millas fuera de Roma, postrado en el suelo y derramando muchas lágrimas de sus ojos, la adoró y ensalzó con una oración elegantísima.

Innumerables milagros ha hecho Nuestro Señor por Su glorioso Apóstol; y san Gregorio Magno, escribiendo a una señora, llamada Rusticiana (que le había enviado una limosna para el monasterio de San Andrés, que el mismo Santo Pontífice había edificado en Roma), la dice estas palabras: «Os hago saber que son tantos los milagros, y tanto el cuidado que el Santo Apóstol tiene de los monjes en este monasterio, como si él fuese el particular propio abad del mismo monasterio.»

Y san Gregorio Turonense refiere muchos milagros de San Andrés, que se pueden ver en el libro que escribió de la gloria de los mártires. Uno solo referiré aquí, porque nos enseña el recato con que se han de tratar las cosas de las Iglesias, y la severidad con que Dios castiga a los que usurpan con violencia los bienes a ella consagrados. Dice pues este Santo, que un conde llamado Comarchario usurpó una heredad de una iglesia de San Andrés de la ciudad Agatense, en Francia, y que el Obispo, que se llamaba León, le avisó que no lo hiciese, porque sería gravemente castigado de Dios, que oía los gemidos y sollozos de los pobres que se sustentaban con la renta de aquella heredad. El conde era hereje, y no hizo caso de las palabras del Obispo: le dio una enfermedad grave: conoció que era castigo de su culpa; y pidió al Obispo que rogase a Dios por él, prometiéndole, que dándole Dios salud, él restituiría a la Iglesia los bienes que la había tomado. Oró el Obispo, y sanó el conde; e hizo burla del Obispo, diciendo que no había cobrado la salud por las oraciones, y se quedó con la heredad de la Iglesia. El Obispo se acogió a Dios, haciendo de día y de noche oración con muchas lágrimas, y suplicándole que enfrenase aquella bestia: y movido de celo y de espíritu del Señor, quebró todas las lámparas de la iglesia, diciendo: No se encenderá lumbre en esta iglesia hasta que Dios haga venganza de sus enemigos. Le oyó Dios, y dio una recia y mortal enfermedad al conde: y el desventurado, conociendo de dónde venía el mal, envió a rogar al Obispo que hiciese oración por él, prometiendo de restituir a la Iglesia su heredad y darla otra tan buena como ella. No lo quiso hacer el Obispo, por mucho que se lo rogó el conde por los manjares que tres veces le envió: y visto esto, el mismo conde se hizo llevar como pudo al Obispo, y le suplicó que se compadeciese de él, porque quería restituir a la Iglesia otro tanto más de lo que había tomado; y finalmente, le compelió a entrar en la iglesia: mas entrando el Obispo en ella, el conde expiró, y la iglesia de San Andrés cobró la hacienda que él había usurpado.

Entre las excelencias de San Andrés también es una, y de gran gloria para el Santo, la Orden del Toison que debajo de su nombre, tutela y protección, instituyó el duque de Borgoña y conde de Flandes. Felipe el Bueno, el año 1429, a los 10 de enero: y después por haber venido aquellos estados a unirse con la corona de los reyes de España, y se amplió tanto su monarquía, ha venido la Orden del Toison de San Andrés a ser tan estimada entre todas las órdenes militares; y los mayores y más poderosos príncipes de la cristiandad a preciarse de ser soldados de San Andrés, y traer al cuello las insignias de su esclarecida Orden. Escribieron de San Andrés, San Crisóstomo, Pedro Damián, San Bernardo y el Cardenal Baronio, el cual refiere a Sofronio Jerosolimitano, que afirma que San Andrés no se casó.

Catedral de San Andrés Apóstol (Patras-Grecia).


Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Catedral_de_San_Andr%C3%A9s_Ap%C3%B3stol_(Patras)
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

Esta entrada fue publicada en Mensajes y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.