11 de Agosto: Santa Clara de Asís (1194-1253)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Agosto, Día 12, Página 560.



Santa Clara, Virgen

La vida de la admirable virgen Santa Clara, luz y madre de las pobres religiosas de San Francisco, escribió un autor grave (que no pone su nombre) por mandado del Papa Alejandro IV, que fue el que la canonizó, y San Antonino, arzobispo de Florencia, el que escribió la Crónica del seráfico padre San Francisco, y es de esta manera.

Fue Santa Clara natural de la ciudad de Asís, de la provincia de Umbría, en Italia, de claro linaje, de padres ricos. Sus padres y sus antepasados se ejercitaron en cargos honrosos en el arte militar. Su madre se llamó Hortelana, y le vino el nombre a propósito, pues dio una planta tan fructuosa y tan linda a la Santa Iglesia, como fue su hija Clara. Era Hortelana muy dada a las obras de piedad, y fue tan grande su devoción que pasó en peregrinación a Jerusalén. Visitó la iglesia de San Pedro y San Pablo en Roma, y la del Arcángel San Miguel del Monte Gárgano, en el reino de Nápoles. Estando preñada de la gloriosa virgen Clara, temiendo los peligros del parto suplicó a Dios delante de un Crucifijo que la librase de ellos, y orando oyó una voz que dijo: «No temas, que parirás una luz que con su grande claridad ilustrará todo el mundo». Cuando parió puso por nombre a la niña Clara, confiando que se había de cumplir en ella la Voz que del Cielo había oído. Luego comenzó la niña a resplandecer en la noche del mundo con singular gracia. Era muy agradable y muy fácil en aprender de boca de su madre los principios de nuestra fe. Era caritativa con los pobres, les daba de lo que tenía, y muchas veces se quitaba parte de su comida y sustento para dárselo. Era muy inclinada a la oración, y en ella se recreaba, y sentía suavísimos y celestiales deleites con la consideración de la Vida y Pasión de Jesucristo, Nuestro Señor; y porque no tenía rosario para cumplir con el número de sus oraciones, las contaba en aquella tierna edad con unas piedrecitas. Daba de mano a todo lo que eran galas y atavíos profanos. Y aunque por cumplir con la voluntad de sus padres vestía de ropas preciosas conforme a su nobleza, mas interiormente usaba de un áspero cilicio. Ofreció a Dios su virginidad e hizo gran resistencia a sus padres que la querían casar.

Había Dios enviado en este tiempo al mundo para renovarle al seráfico Padre San Francisco y vivía en la misma ciudad de Asís, de donde era natural, y derramaba por todas partes aquel espíritu y fuego que le había sido dado del Cielo. Deseó mucho la santa doncella verle y comunicarle, y el bienaventurado Padre, movido con instinto e impulso del Señor, también deseaba tratarla para darle mayor luz y apartarla de los peligros y vanidades del siglo. Ella tuvo modo para hablarle, y él la persuadió al menosprecio del mundo, y que tomase por esposo aquel dulcísimo Señor que, siendo Dios, por nuestro amor se hizo hombre, y nació de Virgen para ensalzar la virginidad e imprimirla en los corazones y almas puras. Y como la virgen Clara de suyo era tan bien inclinada y anhelaba tanto a la perfección muy fácilmente se sujetó a los consejos del Santo Varón, tomándole por guía y maestro de todos sus intentos, y así se determinó a desposarse con un vínculo indisoluble con Jesucristo.

La recibieron con velas encendidas, cantando el himno Veni Creator Spiritus. Y el mismo Santo Padre le cortó los cabellos con sus propias manos, y entró a formar parte de la Orden de los Hermanos Menores.

Vino el domingo de Ramos, y la sierva de Dios, como estaba tan encendida de su amor, y cada hora le parecía mil años de romper con el mundo y comenzar nueva vida, pidió a San Francisco lo que le parecía que hiciese, porque ella deseaba no tardar más. El Santo, ilustrado con la Luz del Cielo, le ordenó que la noche siguiente se saliese secretamente de la casa de su padre, llevando compañía decente consigo, y se fuese a su convento, en donde él la vestiría de su hábito. Lo hizo así la santa doncella, y dejando la ciudad, los padres y los parientes, se fue a la iglesia de Santa María de Porciúncula (que está como una milla de Asís), en donde el Santo Padre la estaba aguardando con sus frailes. La recibieron con velas encendidas, cantando el himno Veni Creator Spiritus: allí se desnudó de sus vestidos seglares y se vistió del hábito pobre de su rica religión, y dio libelo de repudio a todas las pompas y deleites vanos del mundo. Y el mismo Santo Padre le cortó los cabellos con sus propias manos, tomando el Señor al santo patriarca Francisco y su bendita hija Clara para que fundase en la tierra el Espíritu del Cielo y el menosprecio del mundo, y el uno fuese padre de tantos y tan esclarecidos hijos que con nombre de frailes menores militan debajo de su bandera, y la otra fuese madre de tantas doncellas y señoras, pobres de riquezas temporales y riquísimas de dones espirituales, y abastadas de tesoros del Cielo.

La llevó San Francisco a la ciudad de Asís; la puso en el monasterio de San Pablo, que era de monjas de San Benito, hasta que el Señor le proveyese de otro monasterio. No pudo el mundo ciego sufrir tanta luz, y el demonio, nuestro capital enemigo, temiendo algún grave daño por el ejemplo de la santa doncella, determinó hacerle guerra, tomando por instrumento a sus mismos deudos (que son los domésticos enemigos de los religiosos). Les pareció cosa nueva y en aquella ciudad no usada que una doncella noble, hermosa y rica, en la flor de su edad, diese de mano a las galas, gustos y entretenimientos, y que se abrazase con la aspereza y penitencia, y vestida de un vil hábito y duro cilicio triunfase del mundo; y que era afrenta suya que Clara viviese en tal estado. Vinieron al monasterio, tomaron todos los medios que la vanidad loca suele inventar para persuadirla que dejase lo comenzado. Se valieron de todas las armas, de blandura y de rigor, de dulzura y amenazas. Pero el Señor, que ya había escogido por Su esposa a la Santa Virgen, le dio fortaleza para resistir, y llegándose al altar mostró desde allí su cabeza sin cabello, y con mucha resolución les dijo que en ninguna manera podía dejar a Jesucristo, a quien se había dedicado, y por cuyo amor había hecho divorcio con el mundo. Y finalmente, como viesen la constancia de la virgen y que no aprovechaban todos los medios que tomaban para traerla a su voluntad, cansados ya y despechados la dejaron.

Del monasterio de San Pablo la mudó el bienaventurado Padre San Francisco a la iglesia de San Damián, en la cual el Santo había residido algún tiempo, y por su orden había sido reparada, y estaba fuera de la ciudad y apartada de ruido y de bullicio. En este Templo se encerró Santa Clara por amor de su Esposo celestial. Este templo tomó como paloma para su nido, y de aquí comenzó a esparcir los claros rayos de su vida y santidad. Hizo oración a Dios que le diese una hermana suya que tenía, llamada Inés, menor de edad, para que, conociendo la vanidad del mundo, la dejase y viniese a vivir con ella. Se lo concedió Dios, porque al cabo de diez y siete meses y días de su conversión vino Inés a Santa Clara y le declaró su intento, que era vivir con ella en pobreza y castidad; y Santa Clara la abrazó con grande alegría, y alabó al Señor porque la había oído y hecho tan señalada merced a las dos hermanas.

Iglesia de San Damián en Asís.

Poco a poco se iba extendiendo la fama de la santidad de esta preciosa virgen, y el suavísimo olor de sus virtudes por todas partes se derramaba, de manera que muchas doncellas nobles y ricas, movidas con su ejemplo, despreciados todos los deleites de la carne, se determinaron a tomar al Rey del Cielo por Esposo, y vivir en vida casta y religiosa. Muchos casados de común consentimiento se apartaban, y los varones iban a los conventos de los frailes, y las mujeres a los de monjas. Y era tanto el fervor y Espíritu del Cielo que había venido sobre las mujeres de la ciudad de Asís, que las madres convidaban a las hijas a ser religiosas, y las hijas se ofrecían a las madres, los hermanos a las hermanas, y muchos a porfía corrían a la perfección, y los que tenían algún impedimento procuraban en sus casas guardar la regla de Santa Clara lo más que podían. Y no solamente en aquella ciudad y en su comarca, y en toda la Umbría y otras provincias, sino por todo el mundo se dilató y extendió el resplandor de esta nueva luz; e innumerables doncellas nobilísimas, y grandes princesas y señoras tuvieron por mayor grandeza el saco y pobreza y desnudez de Santa Clara, que los estados, regalos y riquezas que tenían, pues todas las dejaron por ser humildes discípulas de tan santa y admirable maestra. Y con razón se pueden más gloriar de serlo que del mundo que antes tenían.

¿Quién podrá dignamente explicar las virtudes tan excelentes y heroicas de esta santísima virgen? ¿Quién declarar aquella humildad tan profunda que puso como por firme y sólido fundamento para edificar sobre ella todas las otras virtudes? Porque habiendo los tres primeros años huido el nombre y oficio de abadesa, por querer más ser súbdita que prelada, después que por obediencia del glorioso Padre San Francisco fue forzada a aceptarle, creció en ella más el temor que la presunción, y quedó más sierva que libre, teniéndose en su propia reputación por más vil e imperfecta que todas las súbditas. Les daba muchas veces agua a manos, y estando ellas asentadas, la Santa estaba en pie, y cuando comían las servía. Lavaba los pies de las siervas, y con mucha humildad se los besaba; y de esta manera con su ejemplo plantaba en los corazones de sus súbditas la humildad, raíz y fundamento de toda obra perfecta.

De esta humildad nació el amor tan fino de la santa pobreza que su Padre San Francisco con su ejemplo le había mostrado. Por ella hizo vender la legítima de sus padres y repartir el precio a pobres, sin guardar para sí cosa alguna. Y no consentía a sus súbditas recibir más del mantenimiento necesario, pareciéndole que cuanto en el religioso hay más cuidado en llegar a guardar hacienda, tanto menos hay de virtudes.

Se halló un día en su monasterio un solo pan, mandó que se diese la mitad de limosna a los frailes, y poner la otra mitad a la mesa, para que comiesen cincuenta monjas que había; hizo oración Santa Clara, y Dios le multiplicó de manera, que todas comieron de él y quedaron hartas. Otra vez, no habiendo aceite en casa, tomó la Santa un vaso y le lavó con sus manos, y después mandó al limosnero que le tomase y pidiese en él aceite de limosna. Cuando el limosnero fue a tomar el vaso, le halló lleno de aceite perfectísimo. Se regalaba tanto con la santa pobreza que se holgaba mucho más la santa virgen cuando el limosnero traía mendrugos de pan a su convento, que cuando traía panes enteros.

La regla que San Francisco dejó a Santa Clara, y Gregorio IX, Papa, confirmó, fue de tan estrecha pobreza, y ella la aceptó con tanta devoción y la guardó con tan extremado rigor, que el Papa Inocencio IV, juzgando ser insufrible para mujeres flacas y delicadas, pretendió templar aquel rigor y absolver a la Santa Virgen del voto que había hecho de pobreza tan áspera y dificultosa. Mas la Santa le suplicó que no lo hiciese, y le dijo que ella deseaba que la absolviese de sus pecados, y no de la guarda de la pobreza. Y así aunque algunos prelados y otras personas le aconsejaban que hiciese otra regla más moderada, y ella al principio, mirando la flaqueza humana, se inclinó a hacerla; mas después, habiendo mejor considerado y encomendado más a Nuestro Señor, se determinó a que la primera regla dada por el seráfico Padre San Francisco, y confirmada por Gregorio IX, se guardase, confiando en Nuestro Señor que daría fuerzas a las que escogiese para tal instituto que las pudiesen guardar.

Reliquias de Santa Clara.

El tratamiento y aspereza de su persona era muy conforme al amor de la pobreza. Vestía un solo hábito remendado, con un mantillo vil de paño grosero, que era más para cubrir su delicado y virginal cuerpo que para defenderle del frío. Andaba siempre descalza, su cama de ordinario era la tierra, o por regalo unos sarmientos; y la almohada en que descansaba su cabeza era un madero. Ayunaba el adviento y cuaresma a pan y agua, y los lunes, miércoles y viernes de la cuaresma no comía bocado. Traía una soga con trece nudos, muy áspera, a raíz de las carnes, y sobre ella un cilicio de cerdas de camello, tan grande que le llegaba hasta la cintura, y tan áspero que, poniéndosele a la santa virgen una de sus hijas, se le vistió, y no pudiéndole sufrirse le volvió, espantada de la fortaleza de un cuerpo tan delicado como el de Santa Clara. Finalmente, fue tan extremada su penitencia que el Padre San Francisco y el Obispo de Asís le mandaron por obediencia que la moderase.

Vivía de oración, y era tan continua y tan fervorosa en ella, como si no tuviera otra cosa que hacer, ni otros negocios ni necesidades del cuerpo a que acudir. Se postraba en tierra, la besaba y la regaba con abundancia de lágrimas, y siempre le parecía que tenía delante de sus ojos a Cristo Crucificado.

Cuando las otras monjas tomaban algún reposo para refocilar sus miembros cansados y afligidos, ella velaba en oración y se recreaba con los regalos de su dulce Esposo. Ella era la primera que se levantaba y acudía al coro, y encendía las luces en él, y tocaba la campana, despertando y moviendo a todas con su ejemplo.

Una noche, estando en oración y deshaciéndose en lágrimas, le apareció el demonio en figura de un negro, y le dijo que no llorase tanto, porque perdería la vista, y más servicio haría a Dios en gobernar aquel monasterio, que en derramar tantas lágrimas. Mas conociendo la Santa que aquella era instigación de Satanás, le respondió: «Si yo cegara y no pudiere regir este convento, no faltará otra que lo haga mejor que yo. Tú y los que son de tu bando sois verdaderamente ciegos, pues nunca podréis ver la luz incomprensible de Dios.» Y con esto el demonio la dejó y se fue confuso.

Otra noche de Navidad, deseando mucho hallarse a los maitines, y no pudiendo por su enfermedad, desde su cama oyó lo que cantaban los frailes de San Francisco en su convento, que estaba tan lejos, que humanamente no se podían oír, regalando Dios de esta manera a su sierva, y dándole lo que tanto deseaba. Cuando acababa la Santa Virgen su oración salía con el rostro tan encendido, que hacía reparar a las que la miraban, y conocían luego en sus palabras que venía de la oración, porque hablaba con tanto espíritu, fervor y devoción, que encendía los corazones de los que la oían, y engendraba en ellos una grande estima de las cosas del Cielo.

Pero entre las otras devociones que la Santa Virgen tenía fue muy admirable la del Santísimo Sacramento. Comulgaba muy a menudo e hilaba por sus manos, aun estando enferma en la cama, lienzos delicadísimos para corporales y servicios del Altar, y los repartía por todas las iglesias de la ciudad de Asís, y unos de ellos se guardan en la santa Iglesia de Toledo.

Una vez, la noche antes del Jueves Santo, en que la Santa Iglesia celebra la institución del divino y admirable Sacramento del Altar, estando Santa Clara contemplando el excesivo e inmenso Amor con que el Señor en él se nos dejó, y los dolores que por nosotros padeció, se transportó y arrobó, de manera que quedó absorta en éxtasis y sin sentido toda aquella noche, y al día siguiente la juzgaban por muerta los que la veían.

Así como era grande su devoción para con el Santísimo Sacramento, así por medio de él hizo nuestro Señor algunos milagros para favorecerla. Pasaba una vez por la ciudad de Asís el ejército del emperador Federico, grande enemigo de la Iglesia; venían en él muchos moros infieles, y como el monasterio de Santa Clara estaba fuera de los muros de la ciudad, le acometieron como enemigos de Dios y de la religión cristiana para robarle y destruirle, y hacer todo el mal que pudiesen. Se lo fueron a decir muy llorosas y despavoridas sus hijas a la Santa Madre, que por su enfermedad estaba en la enfermería; y ella con gran sosiego y confianza las consoló, y se hizo llevar a la puerta del monasterio y poner a vista de los enemigos, teniendo delante de sí en una Custodia el Santísimo Sacramento.

Allí, puesta de rodillas, con grande devoción y copiosas lágrimas rogó al Señor que no permitiese que aquellas siervas suyas, criadas en Su Amor, y que por Él habían renunciado todos los amores del mundo, fuesen entregadas a aquellas bestias que allí estaban. En acabando de orar se oyó una Voz del Cielo que dijo: «Yo las guardaré siempre.»

Y súbito los infieles que habían subido por los muros, atemorizados y atónitos, cayeron y se fueron, dejando la presa que ya les parecía tener en las uñas. Y la Santa mandó a sus hijas que, mientras ella viviese, callasen el favor que Dios les había hecho con aquella Voz celestial. Y por esta devoción que Santa Clara tuvo al Santísimo Sacramento, la pintan con una custodia en las manos.

Otra vez, estando cercada la ciudad de un ejército imperial, cuyo capitán era Vital de Aversa, hombre bravo y arrogante, y que decía que no se había de partir hasta haberla tomado y destruido, Santa Clara llamó a sus benditas hijas, y mandó traer ceniza, y poniéndola ella primero sobre su cabeza, les ordenó que ellas también se la pusiesen, y postradas en oración suplicaron a Nuestro Señor que librase aquella ciudad que por Su Amor tanto bien les hacía. Oyó el Señor las devociones y plegarias de Santa Clara y de sus hijas, y la noche siguiente se deshizo todo aquel ejército, y poco después el furioso capitán violentamente acabó su vida.

No fueron solos estos los milagros que Dios obró por los merecimientos y oraciones de Santa Clara, sino otros muchos y muy notables, porque con sólo hacer la Señal de la Cruz atormentaba a los demonios, y los echaba de los cuerpos, y dio salud a muchos que padecían graves y peligrosas enfermedades, los cuales por hallar remedio concurrían de todas partes a su monasterio.

Cuarenta y dos años estuvo Santa Clara en aquel convento, rigiéndole con la santidad de la vida admirable que hemos dicho; y la mayor prueba de su gran virtud fue la paciencia y alegría que tuvo en veinte y ocho años de enfermedad que padeció, en los cuales, estando algunas veces muy apretada, nunca se vio su rostro triste, ni se oyó palabra de queja y sentimiento, porque el Señor, que como a esposa Suya la probaba, también la esforzaba y regalaba en las mismas penas que padecía. Y con haber estado diez y siete días una vez sin comer bocado, alentaba y consolaba a todos los que venían a ella, rebosando aquel espíritu celestial de que estaba llena, e infundiéndole en los que la visitaban.

Creció tanto la enfermedad y su flaqueza, que entendió ser llegada la hora que ella tanto deseaba de ser desatada de esta cárcel, para ver y gozar de su dulcísimo Esposo. Recibió de mano del ministro provincial al mismo Señor encubierto, que esperaba ver descubierto y cara a cara; y el mismo día vino a ver a la Santa (por la gran devoción y estima de su Santidad) el Papa Inocencio, cuarto de este nombre, y la dio su bendición e Indulgencia Plenaria de todos sus pecados; y la Virgen se regocijó mucho en el Señor, y convidó a sus hijas, y les rogó que la ayudasen a hacerle gracias, por haberse dignado aquel día de comunicarle Su Sacratísimo Cuerpo, y haberla favorecido con la presencia y visita de Su Vicario.

Estaba entre las otras monjas Inés, hermana de Santa Clara, la cual, viendo a su santa hermana y madre en aquel trance, con grande afecto y tiernas y copiosas lágrimas le pedía que la llevase consigo, y que no la dejase acá en la Tierra, pues habían sido tan buenas compañeras y tan unidas en el mismo espíritu y deseo de agradar y servir al Señor. La consoló la virgen, diciéndole que la Voluntad de Dios era que por entonces no la acompañase; mas que tuviese por cierto que no tardaría mucho en llevarla a gozar consigo, y así se cumplió.

Lloraban todas sus hijas viéndola morir, y ella las animaba y exhortaba a todas las virtudes, y especialmente a la humildad y al amor de la santa pobreza. Comenzó después a hablar entre sí con su alma y a decirle: «Alma mía, ve segura, que buena guía llevas en esta jornada. Ve, porque el que te creó, te santificó, y te ha guardado siempre, y te ha amado con un amor tierno, como suele la madre a su dulcísimo hijo…» Y añadió: «Bendito seáis Vos, Señor mío, que me creasteis.»

Le preguntó una religiosa con quién hablaba, y respondió amorosamente: «Hablo con mi alma, que ha sido prevenida de las bendiciones del Señor.» La visitó su dulce Esposo a la hora de la muerte, y la gloriosísima Virgen María, Nuestra Señora, acompañada de un coro de vírgenes vestidas de blanco, y resplandecientes, y con coronas de oro en la cabeza, y con tan celestiales favores y regalos, habiéndose hecho leer la Pasión, dio su muy bendita alma al Señor, trocando el cilicio y hábito áspero por la estola de la inmortalidad, la pobreza por la riqueza eterna, y la ceniza y penitencia por aquel gozo y vista bienaventurada que jamás tendrá fin.

Causó su muerte en toda la ciudad y en la corte del Papa, que a la sazón se hallaba en Asís, gran tristeza y sentimiento. Concurrieron todos, hombres y mujeres, niños y viejos a sus obsequias; y el mismo Sumo Pontífice Inocencio IV, con el colegio de los Cardenales, se halló presente en su entierro. Y queriendo los cantores cantar la Misa de Réquiem, mandó que se cantase la de una Santa Virgen, dando muestras de quererla canonizar antes que su sagrado cuerpo fuese puesto en la sepultura. Mas porque el Cardenal ostiense, que era devotísimo de Santa Clara, le avisó que aunque era muy justo lo que Su Santidad mandaba por los grandes merecimientos de la Virgen, más que convenía hacerlo con maduro consejo, y por este aviso la Misa se dijo de Réquiem, y el mismo Cardenal de Ostia predicó y dijo muchas y grandes cosas de la excelencia y virtudes de Santa Clara.

Para que su cuerpo estuviese más seguro le llevaron adentro de la ciudad, y le enterraron en la Iglesia de San Jorge, donde un poco de tiempo había estado sepultado su Padre San Francisco. Pasó esta gloriosa Virgen de esta vida el año del Señor de 1253, a los 11 días del mes de Agosto, y fue sepultada a los 12 del mismo mes, y en él se celebra su fiesta. Hizo Dios después de su muerte muchos y muy grandes milagros por su intercesión, por los cuales y por su vida santa el Papa Alejandro IV la canonizó el primer año de su Pontificado, y el segundo de la muerte de Santa Clara, y el de 1255 del Señor.

(P. Ribadeneira.)

En la Basílica de santa Clara de Asís está su cadáver incorrupto con tratamiento de cera muchísimos años después de su muerte.


Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Clara_de_As%C3%ADs
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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