Un Viernes de Septiembre: Milagro Eucarístico de Santa Clara de Asís (1234)

Un Viernes de Septiembre
Años: 1234 y 1241 / Lugar: Convento de SAN DAMIÁN-ASÍS, Italia
Milagro Eucarístico
Santa Clara de Asís (1194-1253)



Milagro Eucarístico de Santa Clara de Asís

En la Leyenda de Santa Clara Virgen se narran muchos milagros obrados por esta Santa. Cuentan episodios como la multiplicación del pan y las botellas de aceite que aparecen cuando en el convento no quedaba ya ninguna. Pero el más famoso entre todos los milagros obrados por ella es el que ocurrió en 1234, un viernes del mes de septiembre. Clara se encontraba frente a la amenaza de los soldados sarracenos que habían logrado penetrar el claustro del convento de San Damián. Logró que estos huyeran mostrándoles la Hostia Santa.

El emperador Federico II era tristemente célebre por su relación con la Iglesia: Fue excomulgado dos veces, una por el Papa Gregorio IX y otra por el Papa Inocencio IV. En 1234, su ejército devastaba el valle de Espoleto. Sus soldados sarracenos llegan a Asís y se preparan para escalar los muros de San Damiano por la noche. Allí vivían Santa Clara y las primeras seguidoras de su reciente Orden religiosa.

Los sarracenos logran entrar en el mismo claustro del monasterio. Aterrorizadas, las religiosas acuden a su madre, Clara. Entre el pánico general, sólo ella conserva la sangre fría, aunque estaba enferma, en cama.

Fresco de Santa Clara y las hermanas clarisas, Iglesia de San Damián.

 

 

 

 

 

 

Este Milagro Eucarístico es citado en la Leyenda de Santa Clara Virgen, escrita por Tomás de Celano. Describe el Milagro obrado por Santa Clara de Asís que con el Santísimo Sacramento logró hacer retroceder las tropas sarracenas, pagadas por el emperador Federico II de Suabia:

«Ella, con corazón impávido, comanda que la conduzcan, enferma como está a la puerta y que la pongan al frente de los enemigos. Precedida por la Cajita de plata cubierta de marfil en la que era custodiado con suma devoción el Cuerpo del Santo de Santos, postrada en oración ante el Señor, en lágrimas habló a su Cristo:

“He aquí, mi Señor, que Tú acaso quieres entregar en las manos de los paganos a Tus siervas indefensas que yo he hecho crecer por Tu Amor? Protege, Te ruego, Señor, estas siervas que yo ahora, sola, no puedo salvar”.

Inmediatamente una Voz como de Niño resonó a sus oídos desde el Tabernáculo:

“¡Yo te custodiaré siempre!”

“Mi Señor, —añadió—, protege también, si así gustas, esta ciudad que por Tu Amor nos sostiene”.

Y Cristo a ella:

“Tendrá que soportar dificultades pero será defendida por Mi protección.”

Entonces la virgen, alzando el rostro bañado en lágrimas conforta a las hermanas en llantos:

“¡Les doy garantía, hijas, que no sufrirán algún mal; tengan sólo fe en Cristo!.”

Al levantar en alto el Santísimo Sacramento, los soldados que ya estaban entrando cayeron de espaldas como deslumbrados. La audacia de aquellos fieros sarracenos se convirtió en pánico y se apresuraron en huir rápidamente por los mismos muros que habían escalado. Se marcharon sin causar mal ni daño alguno, ni al convento ni a la ciudad.

Inmediatamente, Clara advirtió con severidad a aquellas que habían escuchado la Voz de la que anteriormente se ha hablado, diciéndoles:

“Estense bien atentas, hijas queridísimas, de manifestar aquella Voz a alguien mientras yo viva.”»

Debido a este hecho, se suele representar a Santa Clara llevando un relicario con el Santísimo. (En aquella época aún no existía la custodia). Desde el siglo XIII se la representa llevando una custodia en una actitud de humilde adoración.

Siete años después, en 1241, un ejército mayor volvió para asaltar Asís. El general Vitale di Aversa amenazó destruir la ciudad. Taló los árboles del territorio, asoló los alrededores y se asentó para asediarla. Prometió que no se retiraría hasta que no la hubiese tomado.

Al saberlo Clara, convocando a las hermanas, les dice:

«Queridísimas hijas, recibimos a diario muchos bienes de esta ciudad; sería gran ingratitud si, en el momento en que lo necesita, no la socorremos en la medida de nuestras fuerzas».

Mandó que trajeran ceniza, se descubrió la cabeza y se puso gran cantidad sobre su cabeza, recientemente rapada, y a continuación la puso también sobre la cabeza de todas las hermanas.

Hecho esto, mandó que todas se arrodillaran en la Capilla para hacer oración.

En ese mismo momento se desencadenó una furiosa tormenta, que desparramó las tiendas de los soldados en todas las direcciones, y causó tal pánico que tuvieron que huir para salvarse. El general murió poco después y toda la comarca quedó en paz.

Convento de San Damián, Asís.


Fuente:
P. Ángel María Rojas S.J.  LA EUCARISTÍA MILAGRO VIVO.
Assis-spanish

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