25 de Noviembre: Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir (†307)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1853 – Tomo III, Noviembre, Día 25, Página 440.

Icono Martirio de Santa Catalina de Alejandría



Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir

La muy ilustre Virgen y Mártir Santa Catalina nació en Alejandría de Egipto, de sangre real, y fue dotada de todas las gracias que en una mujer se pueden desear. Era hermosa por todo extremo, y juntamente honestísima: era avisada y de alto entendimiento, y muy enseñada en todas las letras de filosofía y humanas, que en aquel tiempo florecían en la ciudad de Alejandría.

El Obispo Equilino dice, que antes que se bautizase, tuvo un sueño y revelación, en que se le apareció la Sagrada Virgen María, Nuestra Señora, con Su precioso Hijo, Niño de extremada belleza, en los brazos, y que la Madre le ofrecía a Su hijo; y el bendito Niño la desechaba y se extrañaba de ella, diciendo que en sus ojos no era hermosa aquella doncella, porque no era bautizada. Despertó Catalina, y entendiendo lo que le fallaba, y que no era digna de ver el hermoso Rostro de Jesucristo, se hizo cristiana y se bautizó.

Le tornó a aparecer Cristo de la manera que primero; y regalándola y haciéndola grandes favores en presencia de Su Sacratísima Madre y de muchos Ángeles y Santos del Cielo, se desposó con ella y la dio el anillo, como a verdadero Esposo suyo. Despertó de su sueño la gloriosa virgen, y halló un anillo en su dedo. Todo esto refiere este autor: y así algunos suelen pintar a Santa Catalina con Cristo en los brazos de Su Madre, que le pone el anillo en el dedo y la toma por esposa.

El resto de la vida y martirio de esta esclarecida Virgen se ha de tomar de Simeón Metafraste, que la escribió copiosamente, y la refiere Lipomano y el P. Fr. Lorenzo Surio de esta manera. Imperando en Oriente Maximino, hombre tan fiero y bárbaro, que no tenía sino el nombre de hombre, y estando en Alejandría, mandó publicar un edicto en esta forma:

«El emperador Maximino, a todos los que están debajo de nuestro imperio, salud. Habiendo nosotros recibido grandes beneficios de la benignidad de los dioses, juzgamos, que en reconocimiento de su gran liberalidad debemos ofrecerles sacrificios: y por tanto os exhortamos y mandamos, que vengáis a nuestra presencia para que mostréis con las obras el amor y reverencia que tenéis a nuestros grandes dioses: avisándoos que el que no obedeciere a este nuestro mandato y siguiere otra religión contraria a la nuestra, además de perder la gracia de los dioses inmortales, caerá en nuestra indignación y lo pagará con la vida.»

Publicado este edicto, toda la ciudad de Alejandría se llenó de gente, que de diversas partes concurrían a ofrecer sacrificios, y todos los altares y templos estaban bañados en sangre de los animales que se mataban y sacrificaban a los demonios, de lo cual el emperador estaba muy ufano y contento. Supo esto Santa Catalina: y movida del amor de su dulce Esposo Jesucristo, determinó por sí misma hablar al emperador, y reprenderle de aquel desatino, con que engañaba aquella gente ciega, y la llevaba tras sí al infierno. Acompañada, pues, de muchos criados, fue al templo, donde a la sazón estaba el emperador, y con su licencia entró en él, y le avisó que le quería hablar. Todos quedaron admirados de ver el rostro de Santa Catalina, más angélico que humano, acompañada de tan peregrina honestidad y rara modestia: se llegó a Maximino; y con grande libertad le dijo la ceguedad en que estaba, por ofrecer sacrificios a ídolos y semejanzas de hombres, sujetas a pecados y vicios, y en llevar tras sí a todo aquel pueblo ignorante, a quien él, como cabeza y príncipe, estaba obligado a desengañar y poner en buen camino: que lo que le convenía era conocer al verdadero Dios que le había creado y dado el imperio, el cual, con ser Dios inmortal, se hizo hombre por nosotros, y por Su Voluntad murió en una Cruz para librarnos de la muerte merecida por nuestros pecados.

Se turbó el emperador oyendo las razones de Santa Catalina y estuvo algún rato sin poder responder; y al fin la dijo que le dejase acabar su sacrificio, porque después la respondería. La mandó llevar a su palacio, y acabada la solemnidad se fue a ver con ella; y teniéndola en su presencia la dijo: Dinos ahora, ¿quién eres y qué palabras fueron las que hoy hablaste?

Respondió la santa doncella: Bien conocido es mi linaje en esta ciudad: me llamo Catalina, he gastado mi vida en estudios de retórica y filosofía; pero de lo que me precio más es de ser cristiana y tener por Esposo a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.

De aquí comenzó a darle razón de sí y de su fe con tan singular sabiduría, elocuencia y gracia, que el emperador abobado la estaba mirando, admirado de ver su incomparable hermosura y oír la fuerza y peso de sus razones, a las cuales él no supo responder; y entendiendo que para convencer a Catalina era menester más ciencia que la suya, mandó llamar de todas las partes de su imperio a los varones más sabios y elocuentes que en ellas había, para que disputando con la santa doncella la convenciesen; y entretanto la mandó poner en guarda dentro de su palacio.

Vinieron cincuenta hombres muy sabios, grandes filósofos y oradores, por mandado de Maximino, para entrar en disputa con la santa virgen: y puesto caso que cuando supieron la causa de su llamamiento y venida, quedaron corridos por parecerles que no convenía a su reputación el hacer tanto caso de una mujer, que por grande entendimiento que tuviese, por mucho que supiese, en fin tenía entendimiento y ciencia de mujer; y se lo dieron a entender al emperador; mas después que disputaron y fueron convencidos de Santa Catalina, sin saber qué responder, quedaron mucho más afrentados y corridos, y entendieron que la ciencia humana no puede resistir a la Sabiduría Divina, ni el entendimiento del hombre al Espíritu de Dios.

Se juntaron los cincuenta filósofos en un lugar, y concurrió toda la ciudad a un espectáculo tan nuevo y maravilloso, en que cincuenta hombres tenidos por la flor de todas las universidades y como unos oráculos de sabiduría, habían de disputar con una doncella de diez y ocho años en materia de letras y de religión, y en presencia del mismo emperador. Mas un Ángel del Señor apareció a la santa virgen y la dijo que no temiese; porque Dios le daría Sabiduría del Cielo, a más de la que ella había alcanzado con su buen estudio y diligencia, y que tendría victoria de los cincuenta filósofos y les persuadiría lo que quisiese; y a ellos y a otros muchos convertiría al conocimiento de Dios por el cual morirían, y ella después seria coronada de martirio.

Muy alentada quedó la santa doncella con este regalo y favor del Señor: entró en la pieza donde estaba toda aquella compañía: y uno de los filósofos, el de más nombre y que era tenido por más letrado que todos, con algún desdén y mofa, torciendo el rostro la dijo: ¿Eres tú la que injurias con palabras atrevidas y libres a nuestros dioses?

Yo soy (dijo Catalina), aunque no con palabras atrevidas y libres como tú dices, sino con razones ciertas y verdaderas. Comenzó luego el filósofo a proponer sus argumentos en favor de sus dioses, fundados en los magníficos títulos y renombres que los poetas les atribuyen, a querer probar que Cristo no era Dios; porque había sido crucificado, y ninguno de sus poetas ni filósofos le tenía por tal ni hacía mención de él en sus escritos: pero la sapientísima virgen deshizo todos los argumentos del filósofo, probando por buena filosofía y por razón natural que no puede haber más que un Dios, Artífice y Autor Soberano de todo lo creado; y aunque los dioses que ellos adoraban no lo podían ser por haber sido hombres viciosos y abominables, y de quienes sus mismos poetas muchas veces dicen grandes maldades; y que puesto caso que los poetas, como vanos, no hablan de Cristo; pero que las Sibilas, que ellos mismos reverenciaban como a mujeres alumbradas con el espíritu del cielo, habían hablado altísimamente de él, y mucho antes que acaeciese, habían escrito, que había de ser preso por envidia y muerto de su mismo pueblo, y que había de resucitar y subir a los cielos, y juzgar los vivos y los muertos, citando los lugares de cada una de las Sibilas con tanta claridad y eminencia, que el filósofo, antes orgulloso e hinchado, quedó confuso y persuadido de todo lo que la santa virgen le decía; porque ella hablaba con tanta majestad y con tan rara elocuencia, gracia, mesura y fervor de espíritu, que se echaba bien de ver, que aquel era negocio de Dios y que la Sabiduría de Santa Catalina no era humana sino Divina, a la cual no se puede resistir.

Quedó atónito el emperador: y como vio que el filósofo flaqueaba, mandó a los otros filósofos que le ayudasen y saliesen en campo con la santa virgen; pero ellos no lo quisieron hacer así porque aquel filósofo era el más famoso y eminente entre todos, como porque las razones de la Santa los habían convencido y rendido de tal manera, que no tenían que replicar: y así todos a una voz respondieron al emperador, que en aquel filósofo y compañero suyo (que era el más sabio) todos habían sido vencidos, y todos con él confesaban que aquella doncella decía verdad; y que ellos hasta aquel punto habían estado ciegos en adorar por dioses a los que no lo eran, y que sólo había un Dios, que era Jesucristo, a quien Catalina confesaba y adoraba, y todos con ella confesaban y adoraban.

No se puede fácilmente creer el furor y rabia que de oír esto Maximino recibió, y como de suyo era arrebatado y furioso, luego mandó que se encendiese una grande hoguera, y que en ella todos los cincuenta filósofos fuesen quemados. Se encendió la hoguera, y luego que ellos la vieron, se echaron a los pies de la santa virgen, rogándola con lágrimas, que suplicase a Dios que les perdonase los pecados que contra Él, como ciegos, habían cometido; porque ya alumbrados con Su Luz estaban prontos para recibir el Bautismo y morir por él. La gloriosa Santa se regocijó en Dios cuanto pensar se puede, por ver que la verdad triunfaba de la mentira, y la cristiana Sabiduría de la vana filosofía, y el verdadero y solo Dios, de la chusma de los falsos dioses; y que aquellos hombres que antes tenían nombre de sabios, y ahora lo eran de veras, se juntaban a Cristo (que es la eterna Sabiduría del Padre), y como buenos soldados no dudaban de entrar en batalla y dar la vida por Él: y así con un rostro amoroso y blando los consoló y animó, diciendo que tuviesen por cierto que Dios los perdonaba; pues por su amor tenía más cuenta con el Rey del Cielo, que con el de la Tierra, y que el fuego les serviría de Bautismo y purificaría sus almas, para que limpias y puras fuesen luego presentadas ante el Divino acatamiento, en donde recibirán el precio de aquel suplicio y la corona inmortal de tan gloriosa victoria.

Con estas palabras quedaron ellos confortados: y haciendo muchas veces sobre sí la Señal de la Cruz, y nombrando a Jesucristo, fueron puestos entre las llamas y dieron sus almas a Dios. Después algunos cristianos secretamente fueron a recoger sus santas reliquias, y hallaron los cuerpos tan enteros y sin lesión que ni un cabello les faltó. Con este milagro mostró Dios cuán acepto le había sido el sacrificio que estos sabios le hicieron de sí mismos, y muchos gentiles se convirtieron a la fe, por la cual ellos habían dado sus vidas. Pues ¿quién no ve en este hecho la sabiduría, poder y grandeza de nuestro Dios? ¿Y cómo por una mujer flaca humilló a los soberbios, confundió a los emperadores, derribó la altivez del mundo, alumbró a los ciegos, e hizo que los que antes perseguían la verdad, fuesen perseguidos y muriesen por ella con alegría y contento?

Muy congojado y rabioso quedó Maximino con este suceso, y con gran deseo de atraer a su voluntad a Santa Catalina, y por bien o por mal hacerla sacrificar a sus dioses. Le pareció primero llevarlo por blandura, y ver si con caricias y ofrecimientos podía ablandar el constante pecho de la virgen. La hizo grandes promesas, habló con amor fingido de padre, y usó todo el artificio que supo para persuadirla lo que pretendía: mas como todo esto no hiciese mella en el corazón de la bienaventurada virgen, porque estaba llagado del amor de su dulce Esposo, convirtió las dulzuras y halagos en espantos y amenazas, diciéndola que la mandaría dar cruelísimos tormentos, a lo cual Santa Catalina respondió: Haz lo que quisieres; que tus tormentos por crueles que sean, se acabarán, y el premio de ellos durará para siempre; y espero en Dios, que mucha gente de tu casa y palacio se ha de salvar por medio mío.  Esto dijo la Santa, y Dios se lo otorgó.

Con esto el emperador, desconfiado que sus artes y mañas no le habían de valer, la mandó desnudar y azotar con nervios crudos de bueyes. Desnudaron a la purísima doncella, que para ella fue grandísimo tormento, y los crueles verdugos comenzaron a descargar golpes en aquel cuerpo tierno y delicado, y dos horas estuvieron hiriendo sus carnes más blancas que el alabastro, dejándolas matizadas con su sangre, y causando en los presentes tanta lástima que derramaban muchas lágrimas. La virgen estaba con tanto esfuerzo como si su cuerpo fuera de piedra; aunque los arroyos de sangre que de él salían mostraban que era de carne.

Después de este tormento la pusieron en una cárcel oscura, con muchas guardas y orden que no se le diese cosa alguna de comer, pero en doce días que allí estuvo, el Señor la proveyó, enviándola Ángeles que la visitasen, curasen y regalasen, y una paloma que la traía cada día lo que había de menester para su sustento. Allí a la cárcel vino la emperatriz a visitar a Santa Catalina, admirada de lo que oía decir de su extremada belleza, sabiduría, fortaleza y constancia en los tormentos. Vino de noche, acompañada de un capitán del emperador, llamado Porfirio, y de otros soldados: entró en la cárcel la emperatriz, habló con la santa doncella, y con su plática quedó tan aficionada a ella y tan herida del amor de Dios, que recibió la fe y se bautizó, y lo mismo hizo Porfirio y otros doscientos soldados, ofreciéndose a morir por Cristo siempre que tuviesen ocasión: y aunque la emperatriz temía su flaqueza para padecer tormentos, la santa virgen la animó a sufrirlos (si fuese menester) con alegría, diciéndola quo Cristo estaría en su corazón y la daría esfuerzo y valor para pasarlos, y después por premio, corona de inmortalidad. Aquí en la cárcel apareció Jesucristo a su dulce esposa Catalina, y la dijo que no temiese, porque Él estaba con ella y el tormento no la dañaría; y que después de haber traído a muchos con su ejemplo a Su conocimiento, ella recibiría el galardón de la retribución eterna.

Pasados los doce días, entendiendo Maximino que aún vivía la Santa, y que la falta de mantenimiento en tantos días no la había quitado la vida, la mandó traer otra vez delante de sí, y viéndola no solamente viva sino sana y resplandeciente, y con la misma hermosura y gracia que tenía antes de ser atormentada, quedó atónito y pasmado, y la habló mansamente para engañarla, y la dijo que él conocía que por sus prendas ella era digna del imperio, y por aquella extremada belleza de ser reina del mundo. Conoció luego la sabia doncella el lazo de Satanás, y dijo al emperador que no hiciese caso de la hermosura del cuerpo, que como flor se marchita y seca, sino de la del alma, que siempre florece y dura, y es la que tiene los Santos en el Cielo.

Finalmente, después de otras pláticas que la gloriosa virgen y el emperador tuvieron entre sí, combatiéndola el tirano con su astucia, y ella resistiendo con increíble valor y espíritu, viendo que ninguna cosa le aprovechaba, mandó el tirano hacer una máquina de cuatro ruedas sembradas de clavos y puntas agudas de tal manera encajadas y trabadas entre sí, que puesta la virgen en una de ellas, y moviéndose aquella rueda, fuese despedazado su cuerpo con aquellos horribles instrumentos.

Ataron a la valerosa virgen a la rueda, y comenzaron los sayones a moverla; pero no la desamparó su dulce Esposo en este tormento; porque súbitamente un Ángel del Señor la desató, rompiendo las ataduras con que estaba atada, y desbarató aquella máquina cruel, destrabando unas ruedas de otras con tan grande ímpetu, que con su movimiento acelerado mataron a muchos de los gentiles, que allí estaban y habían concurrido a este espectáculo; y otros que quedaron libres, daban voces y clamaban: Grande es el Dios de los cristianos. ¿Qué corazón hay tan duro que no se ablandara con este milagro? ¿Y qué tigre tan fiero que no se amansara con estas maravillas? Pero Maximino era más fiero que el tigre, y más duro que la piedra y que el diamante: y así no se movió: antes pareciéndole que ser vencido de una delicada doncella y de la flaqueza mujeril era menoscabo suyo y de su imperio, comenzó a buscar otros nuevos y terribles tormentos para acabarla.

Supo esto la emperatriz, y no pudiendo disimular más la llama que ardía en su pecho, se fue al emperador, reprendiéndole con palabras severas y graves la crueldad que usaba contra Catalina y los otros cristianos, confesando que ella lo era, y que estaba aparejada a morir por la confesión de Cristo. Salió de sí el tirano, y luego mandó que le quitasen a su mujer de delante y que la degollasen, y juntamente a Porfirio y a los otros doscientos soldados; porque supo que se habían hecho cristianos: cumpliéndose lo que la santa virgen había dicho, que algunos de la casa del emperador por medio suyo alcanzarían la salud eterna.

Aceptó la emperatriz con alegría la sentencia de su muerte, y habló con la preciosa virgen Santa Catalina, y con gran devoción y ternura le pidió que rogase a Dios por ella, para que la diese su favor en aquel trance: y ella la dijo: No temas, ve, que Dios es contigo y reinarás con Él para siempre. Oyendo estas palabras, se despidió la emperatriz, y se ejecutó contra ella y contra Porfirio y sus soldados la sentencia del tirano: el cual quedó tan encarnizado y relamiéndose en la sangre de su mujer y de sus criados que había derramado, que mandó degollar a Santa Catalina, vista su perseverancia y que no tenía esperanza de persuadirla lo que deseaba.

Luego que se publicó la cruel sentencia del tirano contra la esclarecida virgen, concurrió toda la ciudad, hombres, mujeres, señores y señoras, viejos y mozos al lugar del suplicio. Cuando llegó a él la santa doncella, y vieron su gracia y compostura, muchos tiernamente lloraban de lástima, mas ella estaba muy alegre en su alma y en el rostro parecía un Serafín, y alzando sus serenos ojos y levantadas sus manos al Cielo, hizo oración a Dios, haciéndole gracias por las misericordias que siempre le había hecho, y especialmente por haberse dignado de recibirla en holocausto y sacrificio, ofreciéndole la sangre que por Él derramaba como prendas de su fino y verdadero amor. Le suplicó que recogiese puro y limpio su espíritu, y que no permitiese que su cuerpo viniese a manos de aquellos verdugos. Le pidió que todos sus devotos, y los que se acordasen de ella y la invocasen en sus necesidades, fuesen de Él favorecidos y les otorgase lo que le pedirían, si fuese conveniente para su salvación, y que alumbrase a todo aquel pueblo, que allí estaba, y le trajese a Su conocimiento y amor.

Dicho esto, uno de los soldados la hirió y cortó la cabeza, corriendo de la herida leche en lugar de sangre. Y para que su sagrado cuerpo no viniese a manos de aquellos sayones (como ella lo había deseado), los Ángeles la llevaron al monte Sinaí, y allí le sepultaron, y de él mana un licor suave y eficaz para la salud de todas las enfermedades; y después el emperador Justino edificó allí un solemne templo y monasterio, y en él es venerado.

Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí, Egipto.

¡Oh, gloriosa virgen Catalina, y dulce esposa de Jesucristo, discípula del celestial Maestro y maestra de los filósofos y doctores de la Tierra, vencedora de los tormentos y triunfadora del tirano, dechado de vírgenes, esfuerzo de mártires, y en vida y en muerte regalada del Señor! ¡Qué justo fue que de vuestro cuello saliese leche por sangre, para manifestar la blancura y pureza de vuestra alma! ¡Y, que los mismos Ángeles venidos del Cielo os hiciesen las exequias, y con sus manos sepultasen vuestro cuerpo en el mismo monte donde Dios había aparecido y dado Su Ley! Ya gozáis de los castos abrazos y regalos de vuestro suavísimo Esposo, y habéis alcanzado la corona de vuestra victoria, y estáis segura que ninguno os la quitará: acordaos de nosotros, vuestros devotos siervos, que todavía peleamos y pedimos vuestro favor, para que mediante vuestra intercesión imitemos vuestras virtudes, resistamos a las blanduras de nuestra carne y a las falsas promesas del mundo, y a los espantos y terrores con que el demonio nos persigue; y por una gloriosa victoria de nosotros mismos, lleguemos adonde vos llegasteis y gocemos de lo que vos gozáis.

El martirio de Santa Catalina fue a 25 de Noviembre, año del Señor de 307, imperando Maximino. La suelen comúnmente pintar con una espada en la mano, y debajo de sus pies la cabeza de un emperador; para denotar que por la espada alcanzó la corona del martirio y victoria del tirano que la martirizó.

De Santa Catalina, además de Metafraste, que escribió su martirio, hacen mención los Martirologios, romano, el de Beda, Adon y Molano en las Adiciones de Usuardo, y el Cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio y en el tercer tomo de sus Anales; y los griegos la celebran, y la llaman la Gran Catalina, por los grandes beneficios que por sus oraciones recibieron del Señor en la conquista de la Tierra Santa.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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