2 de Agosto: Indulgencia de La Porciúncula (1221)

2 de Agosto
Años: 1216 – 1221 / Santa María de los Ángeles-LA PORCIÚNCULA, Italia
Aparición de Nuestro Señor, la Virgen y multitud de Ángeles.
Vidente: San Francisco de Asís (1182-1226)



Santa María de los Ángeles, La Porciúncula

En 1216, la Santísima Virgen junto con Cristo, acompañada por muchos Ángeles, se apareció a San Francisco en la pequeña Iglesia de Santa María de los Ángeles (también conocida como la Porciúncula). El Santo, que había recibido la Iglesia del abad benedictino del monte Subiaco, pasó allí la primera noche en oración y contemplación, y aquí tuvo la Visión Divina como un signo de predilección y como promesa de futuras gracias. En este mismo lugar, en 1221, San Francisco pidió a Cristo, mediante la intercesión de la Reina de los Ángeles, el Gran Perdón o «Indulgencia de la Porciúncula», que luego fue confirmado por el Papa Honorio III.

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Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año – Barcelona, 1863 – Agosto, Día 2, Página 23.

Indulgencia de La Porciúncula

Entre todas las indulgencias que están en uso en la Iglesia, una de las más célebres, tanto por su antigüedad como por lo maravilloso de su origen, es la Indulgencia de la Porciúncula. Cuando tanto se entibia la fe, consideramos muy útil ofrecer a las personas piadosas una reseña histórica de tan singular Gracia, a fin de ilustrarlas, de excitar su confianza y de inspirarlas un vivo deseo de participar de tan preciosos tesoro.

A principios del siglo XIII, a media hora de la ciudad de Asís (Estados Pontificios) había una muy pequeña iglesia, conocida con el nombre de Nuestra Señora de los Ángeles, que se llamaba igualmente iglesia de la Porciúncula[1], a la que el Santo Fundador del Orden de Menores tenía una especial veneración. Allí acudía a menudo para satisfacer la tierna devoción que profesaba a María y a los Santos Ángeles, de los cuales Ella es la Reina; allí se engolfaba en la oración en medio de los armoniosos conciertos de los espíritus celestiales, con los que tenía la inefable dicha de conversar, según de ello dan testimonio los historiadores de su vida; allí finalmente logró que Cristo Nuestro Señor le concediese la gracia más extraordinaria en favor de los míseros pecadores.

Compadecido el seráfico Padre San Francisco de la ceguedad de los mortales, con lágrimas y oraciones solicitaba continuamente del Señor la conversión de tantos infelices, y el perdón de las culpas y penas que por ellas merecían. Sucedió, pues, por el mes de octubre de 1221 que, estando una noche por los referidos motivos muy angustiado el corazón de este enamorado de Cristo, mientras que, desde su retiro de la Porciúncula, clamaba al Señor de lo íntimo de su alma, pidiendo por todos misericordia, y ofreciéndose para la salvación del mundo a ser víctima de la caridad, la Majestad Divina le envió un Ángel en forma visible, el cual le dijo que fuese a la Iglesia, donde le esperaban Cristo Nuestro Señor y Su Purísima Madre con numerosa comitiva de espíritus celestes. Entró en la Iglesia, y, atónito y reverente, se postró en tierra, no pudiendo soportar aquel Divino resplandor. En seguida la Majestad de Cristo, dirigiéndole amorosamente la palabra, dijo:

«Francisco, ya que son, tan ardientes tus deseos de la salvación de las almas y a Mí tan agradables, te doy permiso para que pidas alguna gracia a favor de ellas, para consuelo de los fieles y exaltación de Mi Nombre.»

El temor reverencial tuvo un rato al Santo en delicioso asombro; pero vuelto en sí, respondió: «Altísimo Señor y Padre de Misericordias, ateniendo el precio inestimable de Vuestra Sangre y la sobreabundancia de los Méritos de Vuestra dolorosa muerte, os pido con toda humildad y rendimiento un favor, muy del agrado de Vuestra piedad para los hijos de Vuestra Iglesia: conceded, dulcísimo Señor mío, que todos los fieles que entren en esta Santa Casa contritos y confesados, ganen indulgencia plenaria y total remisión de todas las culpas, y queden libres de las penas debidas por la satisfacción, y reducidos al feliz estado en que los puso la primera gracia que recibieron en el Santo Bautismo. Y Vos, soberana Reina de los Ángeles y Madre de mi Señor, ya que Vuestra gran piedad os ha merecido el glorioso título de Abogada de los pecadores, sed la Medianera con Vuestro Divino Hijo, a fin de que, por Vuestra intercesión, conceda lo que no puede merecer este indigno esclavo Vuestro y pecador miserable.»

Con el mayor agrado oyó la Virgen Madre la súplica de Su devoto siervo, y dijo a Su Hijo:

«Señor Mío e Hijo dulcísimo de Mis entrañas, la petición que el celador de Vuestra gloria y Mi devoto Francisco ha hecho a Vuestra Majestad os repite Mi amor, alegando a favor de los hombres, de quienes soy Abogada, las humillaciones de Esclava y los privilegios de Madre Vuestra a fin de que concedáis esta Gracia.»

Respondió el Señor:

«Francisco, mucho has pedido, pero con medio tan eficaz como son los ruegos de Mi amantísima Madre, aun a mayores empresas puede anhelar tu celo. Yo te concedo la indulgencia plenaria que Me pides; pero quiero que vayas a Mi Vicario, a quien dejé en la Tierra plena potestad de atar y desatar las prisiones de la culpa, y le intimes de Mi parte, que es Mi Voluntad que confirme esta Indulgencia, para que el mundo entienda la estimación y aprecio que debe hacer de la rúbrica de Mi Vicario, a quien dejé la fiel secretaría de Mis mercedes.»

Desapareció esta celestial visión, y los compañeros del Patriarca de los pobres que habían alcanzado ver las luces y oír las voces, aunque deseaban saber el Misterio, pudo más para detenerlos el temor que para avivarlos la curiosidad. Aguardaron, pues, a que el Santo saliese de la Iglesia, y le pidieron con instancia por amor de Dios, que les diese noticia de lo sucedido. No pudo negarse a su petición, viéndolos tan enterados de las prodigiosas señales que habían tocado, y así les participó por entero todo lo acaecido, encargándoles el secreto.

La Porciúncula: Interior

La mañana siguiente eligió uno de ellos por compañero, y se partió a Perusa, donde a la sazón se hallaba el Sumo Pontífice. Obtenida audiencia y habiéndole besado el pie, le dijo: «Santísimo Padre, pocos años ha que a diligencias mías se reparó en los campos de Asís una antigua ermita consagrada a la Madre de Dios, con advocación de Santa María de los Ángeles. En este nido nació y creció esta pobre Religión de los Menores, favorecida con la protección de esta gran Señora: suplico, pues, humildemente a vuestra Santidad que, a honor Suyo y a la mayor honra y gloria de Su Santísimo Hijo y bien de las almas, que redimió con el precio de Su Sangre, me conceda Indulgencia plenaria y remisión de todos los pecados para aquellos que, contritos y confesados, visitaren esta Iglesia, sin que para ganarla tengan obligación de dar limosna alguna.»

Dificultó el Papa la concesión, por la circunstancia de pedir indulgencia plenaria sin obligación de dar limosna, como cosa opuesta al corriente estilo de la Iglesia romana, que no concede semejantes gracias sin el gravamen de limosnas y obras pías, con que los fieles se hagan más capaces y se dispongan mejor para el logro de tales indulgencias.

Le preguntó por cuántos años pedía la dicha indulgencia. A lo que respondió el seráfico Patriarca: «Santísimo Padre, yo no pido años, sino almas. «No entiendo tu petición, —replicó el Papa—, ¿cómo pides almas?» «Lo que yo pido a Vuestra Santidad, —respondió Francisco—, es que todos los fieles que, contritos y confesados, visitaren la Iglesia de Santa María de Porciúncula, queden absueltos y libres de toda culpa y pena, como quedaron por la gracia primera del Bautismo.»

Quedó el Papa suspenso, y le dijo: «Francisco, muy dificultosa es tu petición y no practicada en la Curia.» Insistió el Serafín de Asís, diciendo: «Santísimo Padre, sepa Vuestra Santidad que esta petición no es mía, sino orden expresa de Nuestro Señor Jesucristo, en cuyo Nombre os lo intimo, y os hago saber que éste es el beneplácito de Su adorable Voluntad.»

Estas palabras hicieron tal impresión en el corazón del Sumo Pontífice que, movido de impulso divino, dijo tres veces: Estoy satisfecho, y te concedo la gracia que pides. Los Cardenales que se hallaron presentes extrañaron mucho esta resolución, e intentaron disuadirle de ella con estas razones: «Beatísimo Padre, mire bien vuestra Santidad que esta concesión, a más de ser excesiva, es perjudicial a los Santos Lugares de Jerusalén y a las Estaciones de Roma, porque ¿quién habrá que se determine a pasar por las incomodidades y peligros que tienen tan largas peregrinaciones, si con menos gastos y trabajo puede lograr en Asís lo que se busca en Jerusalén?»

Respondió el Sumo Pontífice: «La concesión ya está hecha y no conviene revocarse: lo que podemos hacer es, modificarla y limitar la indulgencia a un día natural y determinado en cada año.» Vuelto después al Santo, dijo: «Francisco, yo de plenitud de potestad concedo que todos los fieles que, contritos y confesados, visitaren la Iglesia de Santa María de Porciúncula un día natural y determinado, que empezará desde las vísperas primeras hasta las segundas del día siguiente, en cada año, ganen indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados, y esto perpetuamente.»

Oyó el seráfico Padre la resolución del Vicario de Jesucristo, y, hecha una profunda reverencia, se despidió sin hablar palabra. Le dijo entonces el Papa: «Hombre sencillo, ¿dónde vas, y qué despachos te llevas que hagan fe de este indulto?»

Respondió Francisco: «Santísimo Padre, me basta la palabra de vuestra Santidad, porque siendo ésta, como es, obra de Dios, corre a cuenta de Su Providencia el que se haga notoria al mundo, y tenga efecto Su Santa Voluntad. Yo sé muy bien que el notario que da fe de esta gracia es Cristo, Sabiduría de Su Eterno Padre; María es el Cándido papel en que se escribió con caracteres de gloria, como todas las demás gracias que compendió en Ella el dedo de Dios, o sea el Espíritu Santo, y los testigos son los Ángeles, de cuyo antiguo testimonio tienen la autoridad las obras del Altísimo.»

Esta respuesta hija fue de su fe y humildad, que daban alientos a la firmeza de su esperanza fundada en la infalibilidad de las Divinas Promesas. No se acordó el Serafín de Asís de los estilos de la Curia, porque como negociaba con Dios, sacando sus despachos del Tribunal de Su Misericordia, no le ocurrió que fuesen necesarias humanas diligencias, excepto aquellas que le prescribió la Voz de Dios, cuando le mandó que le diese la noticia a Su Vicario.

Después de concluida su audiencia, salió San Francisco de Perusa para regresar a Asís, y, llegando a la mitad del camino, se sintió interiormente tocado de la visitación Divina; y como tan práctico en las vías de la perfección, acogió con agrado estos movimientos, haciéndose más capaz de nuevas gracias con la obediencia pronta a las Divinas inspiraciones. Se apartó del compañero buscando la soledad, y en ella derramó como agua su corazón en hacimiento de gracias por los frecuentes beneficios que recibía de la mano liberal de su Dios, y singularmente por el buen suceso que había tenido su pretensión en la Curia Pontificia. Le reveló el Señor cómo la Indulgencia que había aprobado Su Vicario en la Tierra estaba ya confirmada en el Cielo. Participó después a su compañero esta alegre noticia para que le ayudase a ser agradecido, correspondiendo en parte con sus fervores a la grandeza de su obligación. Llegó al convento de la Porciúncula, y en los dos años siguientes no tuvo efecto la Indulgencia; porque no hubo oportunidad de sacar los despachos para la promulgación, a causa de la turbulencia de los tiempos y viajes del Sumo Pontífice. Le afligía mucho esta dilación, por ver paralizado el fruto que esperaba recoger a beneficio de las almas; y así instaba al Señor que lo dispusiese con la suavidad y fortaleza de Su Providencia.

Absorto estaba nuestro Santo en las dulzuras de la contemplación una noche de los primeros días del mes de enero de 1223, cuando el común enemigo, que hasta entonces había combatido al animoso soldado de Cristo con fierezas y crueldades, mudó todas sus baterías, y le acometió con lisonjas y compasiones. Se le apareció como ángel de luz, y le dijo: «Francisco, ¿cómo te das tanta prisa por acabar con esa vida que ha sido y será de tanto provecho para la universal Iglesia? Gastar en la oración las noches enteras sin darle al cuerpo la necesaria refección del sueño, es una impiedad ajena del Cristianismo que, fundado en las máximas de la caridad, condena que el hombre se dé voluntariamente la muerte. Las virtudes dejan de ser virtudes, si tocan en los extremos; y pierden toda su sazón, si les falta la sal de la prudencia. La oración es un ejercicio en que gasta el alma sus más puros afectos, cuya nimiedad y eficacia sofocan el calor natural, y consumen los espíritus vitales del corazón, y cuanto tiene de provechosa si es moderada, viene a tener de inútil si es continua; porque flaqueando la cabeza con la atención demasiada y la disipación de los espíritus, cuando se busca la devoción se encuentra el delirio. No es ésta la primera vez que te he dado este aviso; pero viéndote tan poco corregido, temo que te pierdas por caprichoso, y que con la nimiedad indiscreta de tu celo cortes los vuelos a tu principal vocación, que es ganar muchas almas. Ahora estás en la mejor sazón de lograr este precioso fruto; porque tu edad no es mucha, es madura, amaestrada de las experiencias y ayudada de la opinión que el buen olor de las virtudes ha ganado entre los hombres. Tu Religión, aunque está bien dilatada, todavía es planta nueva y tierna que necesita del cultivo de tu mano. Si en la breve ausencia que hiciste a la Siria se marchitaron sus verdores, ¿qué esperas suceda, si por la indiscreción de tus penitencias perdieses la vida? Templa, pues, el rigor de estas austeridades, y atiende a que naciste para el bien de muchos, al que debes posponer el tuyo propio. Fuera de que tu mayor bien es ser bueno para todos; y este motivo debe empeñarte a que atiendas en lo posible a tu conservación. Conténtate con los deseos de la mortificación, y deja su ejercicio para los que tienen rebeldes sus pasiones, pues la Iglesia te ha menester más vivo que mortificado;» y dicho esto desapareció.

Como el dañado aliento de esta bestia es venenoso, ocasionó en el corazón del Santo un turbulento desasosiego, que le dejó bien seguro de su infame causa. Se levantó de la oración, se desnudó el hábito, y quedando en paños menores, salió de la celdilla del extremo del huerto en donde oraba, y una vez fuera de la cerca, se arrojó en unas zarzas, cuyas penetrantes espinas con el riego de su sangre se convirtieron en bellísimas rosas, unas blancas y otras purpúreas. «Oh, maldito consejero, —decía—, ¿quitarme querías el ejercicio de la penitencia? Claro está, quisieras hacerme acomodado para tenerme por tuyo; pero así respondo a la sofistería de tus engaños con la sutileza de estas espinas. No puedo vengarme de tu malicia, sino despreciando tu soberbia, y castigando en mi carne con las puntas de este espino tus atrevimientos. Desengáñate, rebelde e infeliz espíritu, que no quiero vivir sin padecer, ni he de buscar descansos, sino penas, para sentir en el modo que me sea posible los dolores y tormentos que padeció por mi amor mi Maestro Jesucristo.»

Estando así bañado en su sangre y hecho su cuerpo una llaga, se aparecieron una multitud de Ángeles que llenaron de resplandor todos los alrededores. Le dieron los parabienes de tan insigne victoria, y le dijeron: «Francisco, triunfador valiente de los engaños del demonio, levántate, sal presto de la espesura de esa zarza, y camina en seguimiento nuestro a la Iglesia, donde te esperan Cristo Nuestro Señor y Su Purísima Madre y Reina nuestra.»

Salió de la zarza, y se vio milagrosamente cubierto con una ropa candidísima; y cogiendo por mandato de los Ángeles doce rosas blancas y doce encarnadas, de las muchas que produjo la zarza que fue instrumento de su martirio, tomó la senda que guiaba a la Iglesia, la que a la vista estaba cubierta y entapizada con preciosas alfombras. Entró en la Iglesia, y vio en ella a Cristo y Su Santísima Madre asistidos de innumerable multitud de Ángeles. Adoró postrado en tierra a la Majestad Soberana, diciendo: «Omnipotente Dueño de cielos y tierra y piadoso Salvador del linaje humano, Os ruego con humildad, por las grandezas de Vuestra inefable Misericordia, os sirváis determinar el día dichoso en que haya de tener efecto la Indulgencia que me concedió Vuestra dignación, por ruegos de Vuestra Santísima Madre y mi Señora. Y a Vos, Reina y Madre Purísima, en quien han tenido siempre feliz éxito mis esperanzas, suplico roguéis a Vuestro amantísimo Hijo me conceda este favor para bien de las almas redimidas con el precio de Su Sangre.»

Á los ruegos de María Santísima respondió propicio Su muy bendito Hijo, diciendo:

«Francisco, Yo te concedo lo que Me pides por Mi Madre dulcísima, y quiero que el día sea aquel en el cual Mi Apóstol Pedro fue desatado de las cadenas (el día 1° de Agosto), empezando desde las segundas vísperas y acabando en las del día siguiente, inclusa la noche intermedia: durante cuyo tiempo, cualquiera que entre en esta Iglesia alcance la Indulgencia plenaria que tú pediste.»

Pero, Señor, —repuso Francisco—, ¿cómo sabrán esto los hombres, y cómo me darán crédito?

«Esto se hará, —respondió el Señor—, con Mi favor y el auxilio de Mi Gracia; tú entre tanto partirás a Roma y notificarás a Mi Vicario ser éste Mi beneplácito, pues Yo moveré su corazón para que todo tenga debido efecto. Y porque Mi Vicario dé entera fe a tu legacía, llevarás a algunos de tus compañeros, que están noticiosos de estas maravillas, las rosas blancas y encarnadas que cogiste de la zarza, y se las darás en Mi Nombre, con lo que tendrán Mi Voluntad y tu pretensión entero cumplimiento.»

Dicho esto, el coro de los Ángeles entonó el himno Te Deum laudamus, que concluyó con suavísima armonía, y desapareció toda aquella celestial visión, dejando enajenado al Santo en júbilos de alegría.

Gozoso y confiado el día siguiente el seráfico Patriarca, tomó tres rosas blancas y tres encarnadas en reverencia del inefable Misterio de la Beatísima Trinidad, y con tres compañeros suyos partió a la ciudad de Roma, y en San Juan de Letrán, habiendo ofrecido los debidos homenajes al Sumo Pontífice, le refirió todo el suceso, dando por testigos a sus compañeros que estaban enterados de tantos Misterios, y, para dar más fe a su legacía, le ofreció las rosas blancas y encarnadas. Quedó maravillado el Papa, viendo en el tiempo más riguroso del año y en lo más erizado del invierno rosas de tan rara belleza, frescura y admirable fragancia, y dijo: «¡Qué testimonio más irrefragable de esta verdad que estas rosas, en que veo y admiro otras tantas maravillas, que son las voces con que se explica la Omnipotencia! Creo ser, así como dices, la Voluntad de Dios; pero el asunto se ha de proponer al consejo de nuestros hermanos los Cardenales, con cuya aprobación y consentimiento tenga mayor celebridad esta gracia.»

Entre tanto dio orden a sus domésticas que en palacio acogiesen con decoro a aquellos religiosos y les suministrasen cuanto hubiesen menester. El día siguiente compareció el bienaventurado Padre con sus compañeros al consistorio sagrado, y postrándose en tierra, dijo: «Dignísimo Vicario de Cristo, dignaos cumplir la Voluntad del Señor y de la Virgen Madre en la materia que os he propuesto.» Le respondió el Papa: «Aunque ya me has enterado de todo, vuelve, no obstante, a decirlo aquí en presencia de mis hermanos los Cardenales.» Entonces hecha una circunstanciada relación de todo lo acaecido, concluyó Francisco, diciendo: «La Voluntad de Dios es que cualquiera que desde las vísperas del día 1° de Agosto hasta las vísperas del día siguiente entrare en la Iglesia de Santa María de los Ángeles de Asís, reciba plena remisión de todos los pecados que haya cometido desde el día del Bautismo hasta el momento en que entre en dicha iglesia, y asimismo quede libre de la pena por ellos merecida, con tal que se haya confesado con corazón contrito y humillado.»

En seguida el mismo Pontífice mostró las tres rosas blancas y las tres encarnadas, que fueron de grande admiración y placer a los Cardenales, tocando su hermosura y oliendo su suavidad tan intempestiva como en los rigores de enero. Se habló largamente de este asunto en el consistorio, y penetrado el Sumo Pontífice de que esto había sido del agrado de Cristo por los ruegos de Su Inmaculada Madre, concedió públicamente la Indulgencia pedida, o más bien la confirmó. Escribió después al Obispo de Asís y a otros seis Obispos de aquella comarca, que el día 1° de Agosto se reuniesen en la referida Iglesia para promulgar solemnemente la Indulgencia de la Porciúncula.

A la manera que las industriosas abejas en los alegres días de la primavera recorren presurosas las flores y posan sobre ellas para lamer y extraer con su trompa el delicioso almíbar que contienen, y recoger al propio tiempo de los estambres el polen para fabricar la más dulce y sabrosa miel, así también, no solo los vecinos de Asís y lugares comarcanos, sí que también muchísimos venidos de lejanos países, anhelando chupar el celeste rocío, acumular tesoros de gracia y formar en su interior el hermoso panal de las virtudes, llegado el ansiado día de la promulgación de la Indulgencia de la Porciúncula, de todas partes se veían afluir en tropel solícitos de su salvación, sin perdonar gastos ni fatigas, con tal que pudiesen tener la envidiable dicha de saborear las bendiciones celestiales y ganar la especialísima y sin igual Indulgencia que de un modo tan solemne se iba a promulgar.

Se había preparado de antemano un tablado, desde donde pudiesen los Obispos promulgar la indulgencia. Estando ya todo provisto, estos aconsejaron a Francisco que subiese a predicar en el púlpito prevenido en el mismo tablado. Obedeció el Santo, e hizo un fervoroso sermón, en el cual, ponderando las Misericordias del Altísimo, expuso lo que había sucedido, y concluyó diciendo, que tanto Cristo Nuestro Señor como Su Vicario el Papa le habían concedido perpetuamente aquella Indulgencia para el día señalado. Al oír los Obispos que el Santo decía que la indulgencia era perpetua, lo tomaron a mal: intentaron después reconvenirle, y le dijeron que iban a publicar la indulgencia, pero duradera únicamente por el espacio de diez años. Francisco respondió con mucha humildad, que la mente del Sumo Pontífice era que la Indulgencia fuese perpetua, que así se la había concedido el mismo Jesucristo y confirmado Su Santidad. Poco crédulos los Obispos a las palabras del Santo Patriarca, resolvieron rectificar lo que él había dicho sobre la perpetuidad, y de común consentimiento de los otros se levantó el Obispo de Asís, y, queriendo decir por diez años, dijo contra su voluntad, perpetua. Les supo mal a los otros, quienes siguiendo aún en su primer modo de pensar, se levantaron, y sucesivamente con voces altas hablaron contra lo mismo que sentían, mudándoles a todos el Señor las palabras, y dándoles a entender con este admirable suceso que Su Voluntad era que la Indulgencia fuese perpetua todos los años, conforme había predicado San Francisco.

Esto les causó grande admiración. De esta manera, con entusiastas aclamaciones y universal alegría de todos los presentes, fue promulgada la Indulgencia de la Porciúncula. Los Obispos no solo reconocieron y publicaron ser ésta la Voluntad de Dios, sino que depusieron con juramento y suscribieron a este prodigio. Iguales testimonios fehacientes dieron las autoridades locales y la nobleza de Asís, cuyos documentos quedaron depositados en el archivo. Los cronistas refieren que, cuando el seráfico Padre predicaba el sermón, tenía en la mano una cédula, y elevando tiernamente la voz y con gran fervor de espíritu lo que en ella estaba escrito, a menudo repetía: Quiero enviaros a todos al Paraíso.

La Iglesia, madre cariñosa de sus hijos, viendo que los fieles apartados de Asís por la distancia del camino u otros inconvenientes no podían aprovecharse de gracia tan singular, fue extendiendo y ampliando esta Indulgencia a otros puntos, hasta que por concesiones de Gregorio XV de 4 de julio de 1622, y de Benedicto XIV de 25 de setiembre de 1741, etc., todo fiel cristiano puede actualmente ganar la Indulgencia de la Porciúncula en cualquier iglesia de religiosos o religiosas de San Francisco, sean de la familia que sean, ora estén las religiosas sujetas al Ordinario, ora no lo estén. Hay algunas otras iglesias en que, por especial gracia de la Santa Sede apostólica, se puede disfrutar de este inapreciable tesoro.

A tenor de las disposiciones Pontificias, para ganar la Indulgencia de la Porciúncula se requieren tres condiciones:

1°. Confesión. El sacramento de la Penitencia debe recibirse aunque no se considere reo de culpa grave; pero aquel que no teniendo legítimo impedimento acostumbra confesarse al lo menos una vez cada semana, y no sabe que haya cometido culpa mortal desde la última confesión, puede ganar esta indulgencia sin necesidad de volverse a confesar. (Sacr. Congr. Indulg. 15 decembr. 1841).

2°. Comunión. Toda persona adulta que quiera ganar esta Indulgencia ha de recibir la Sagrada Comunión[2], y no basta la costumbre de comulgar cada ocho días, ni aunque fuese con más frecuencia.

Advertencias. 1° La confesión y comunión pueden practicarse en cualquier iglesia[3]. 2° Pueden efectuarse ya sea el día 1°, ya el día 2 de agosto, y no importa que se verifique esto antes o después de la visita de la Iglesia en la que puede ganarse la Indulgencia de la Porciúncula.

3°. Visita. La visita puede hacerse desde las dos de la tarde del día 1° de agosto, hasta la puesta del sol del día siguiente[4]. Durante la visita, se han de dirigir algunas piadosas súplicas a Dios por la concordia entre los príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la Santa Iglesia[5]. No está asignada la oración que se ha de recitar ni su duración, pero bastará rezar seis veces el Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri, rogando a la intención del Sumo Pontífice.

Nótese: que sería muy útil que aquellos que saben leer, para hacer las visitas usasen el modo que sigue a continuación, por más que no estén a ello obligados.

La dicha Indulgencia de la Porciúncula puede ganarse tantas cuantas veces se repita la visita. Una de las visitas puede cualquiera aplicarla a sí mismo; pero las restantes deben aplicarse por modo de sufragio para los fieles difuntos[6]. Al empezar las visitas es muy regular que cada cual procure aplicarse la primera visita para sí propio, y en las demás visitas para los difuntos es muy del caso que en cada visita la aplicación sea para algún difunto determinado; v. g. una visita se aplica por el alma del padre, otra por la de la madre, la siguiente por la de una hermana, etc., y sería bueno que se sustituyese otro difunto para el caso que no necesitase la tal indulgencia aquel difunto para quien principalmente se aplica. Después de cada visita acostumbran los fieles salir del templo, y después de pasearse un poquito, vuelven a entrar para hacer otra visita, y así se va practicando tanto el día 1° como el día 2 de agosto.

De este modo se hace en todas partes, y a esta costumbre aludía continuamente la Sagrada Congregación, cuando, siempre que era consultada sobre si se podía ganar esta indulgencia tantas veces cuantas se repetía la visita, respondía, servandum esse solitum; esto es, que se había de guardar lo acostumbrado. Finalmente la Sagrada Congregación, para evitar nuevas consultas, no se contentó con responder que se guardase lo acostumbrado, sino que respondió claramente que los que por la Porciúncula visitaban las iglesias del Orden de San Francisco, y oraban allí un poquito, ganaban indulgencia plenaria tantas cuantas veces repetían la visita[7].

Basílica de Santa María de los Ángeles, Asís, Italia.

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MODO CON QUE SE PODRÁ HACER Y OFRECER LA VISITA DE LA PORCIÚNCULA

Arrodillado y hecha la Señal de la Cruz, se preparará con un fervoroso Acto de Contrición y enseguida podrá hacer la siguiente

Aplicación de la Indulgencia para sí mismo.

¡Oh, Divino Salvador mío!, que habéis bajado sobre la Tierra para abrasarla en la llama de Vuestro Amor; inflamad en mi corazón ese Fuego Sagrado, para que pueda ganar cumplidamente para mí mismo la Indulgencia concedida por Vuestra infinita Misericordia.

Atraedme a Vos, unidme a Vos, transformadme en Vos, a fin de que, habiéndoos seguido fielmente durante la vida por el camino que me habéis trazado con Vuestra Sangre, pueda después venir luego a gozar las celestiales delicias y cantar las eternas misericordias. Amén.

Aplicación para algún difunto.

¡Oh, piadosísimo Redentor!, los excesivos tormentos que sufren las afligidas almas del Purgatorio y el inmenso amor con que las amáis, porque están estrechamente unidas a Vos por los lazos indisolubles de la caridad, es lo que me anima a implorar por ellas Vuestra inefable Clemencia; y la Indulgencia que con los auxilios de Vuestra Gracia intento ganar en esta visita, la aplico en sufragio del alma de N. , y si a ella no puede aprovechar, la aplico a la que sea de vuestro mayor agrado y de mi especial obligación. Dignaos, Señor, aceptarla plenamente, y haced que desde ahora suba a recibir el eterno ósculo de paz en la Gloria. Amén.

Después de aplicada la Indulgencia, salúdese a la Reina de los Ángeles con la Salve Regina, y en seguida, a la intención del Sumo Pontífice se dirá la siguiente

Oración.

¡Oh, Jesús amantísimo!, que habéis prometido asistir a vuestra esposa la Iglesia hasta la consumación de los siglos, miradla con la grandeza de Vuestra Bondad y según la multitud de Vuestras Misericordias, y extended Vuestra poderosa Mano para calmar los vientos y tempestades que rudamente la azotan. Consolad, sostened, alentad al Sumo Pontífice, Vuestro Vicario sobre la Tierra, contra quien está conjurada la impiedad. Ostentad, Señor, el poder de Vuestra Omnipotente Diestra y exaltad la Santa Fe Católica, a fin de que, con su celestial brillo y pureza, atraiga todos los entendimientos al conocimiento de la verdad y todos los corazones al amor de la virtud. Extirpad todas las herejías y errores, desbaratad las pérfidas e hipócritas maquinaciones de los que se deleitan en desgarrar las entrañas de tan bondadosa Madre, convertid a los pecadores y perfeccionad a los justos. Conceded una perfecta unión y concordia entre los príncipes cristianos, infundid un santo temor a sus consejeros y ministros, y atended, finalmente, con entrañas paternales a Vuestro Católico Reino y a sus reyes, alentad la fe que tan pura conservan y con la que tanto se esmeran en tributaros sus debidos y respetuosos homenajes. Y Vos, ¡oh!, Virgen Madre, Reina de los Ángeles y Refugio de pecadores, asistidme, acogedme bajo vuestro maternal manto, y alcanzadme de Vuestro Divino Hijo las gracias especiales que necesito para serle fiel hasta la muerte, y alabarle después eternamente en compañía Vuestra en la celestial Patria. Así sea.


[1] Esta iglesia no era otra cosa que una pequeñita y ruinosa capilla, unida a una porcioncita de tierra que allí contigua poseían los monjes de San Benito, quienes generosamente cedieron el referido local y capilla al restaurador de ésta, San Francisco, para fundar allí el primer convento de su Religión. Hoy día la antigua y propia iglesia de la Porciúncula, cabeza de toda la Orden seráfica, se halla situada bajo la cúpula de una basílica, que es una de las más grandiosas y magníficas de Italia. La mencionada iglesia pequeña no tiene más que un preciosísimo altar, ante el que hay diez y siete lámparas de plata, de las cuales siete arden día y noche.
[2] Gregorius XV, brevi Splendor, 4 julii 1622.
[3] Sacr. Congr. Ind. 23 februarii 1847 et 8 julii 1830.
[4] Id. Gregorius, brcvi Splendor, ut supra.
[5] Id. id.
[6] Innocenlius XI, brevi Alias, 12 januarii 1687.
[7] Sacr. Congr. sub die 23 februarii 1847 et 8 julii 1830.

Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=Z90lPw1pLIEC&pg=PA88&lpg=PA88&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Septiembre&source=bl&ots=Zhxb5Fw1sn&sig=ksRKZxo8e_H9IQ5pJdSJenHQwrE&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjdtIf1-P_OAhWHth4KHTv2ARAQ6AEIITAB#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Septiembre&f=false

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