3 de Septiembre: San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia (540-604)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Marzo, Día 12, Página 461.



San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia

Entre los Santos Doctores y Pontífices, que por su singular virtud alcanzaron renombre de grandes o magnos, no ha habido ninguno, a quien con más justa razón se haya dado este nombre, que a San Gregorio Magno, varón verdaderamente grande, por su nobleza, por sus riquezas, por su santidad, por su dignidad y por sus milagros, como en esta vida se verá: la cual recogeremos de Juan, Diácono, autor antiguo, que la escribió en cuatro libros, y de Metafraste, y de los otros autores graves, que emplearon su ingenio y estilo, en pintar como con pincel, los hechos maravillosos y heroicas virtudes de este Santo. Y porque San Gregorio fue Monje, y Diácono Cardenal, y Sumo Pontífice, y en estos tres estados dechado de toda virtud; diremos lo que en cada uno de ellos hizo.

2 Nació San Gregorio en Roma: su padre se llamó Gordiano, de la Orden de los Senadores, y varón riquísimo; y su madre Silvia, no menos santa que ilustre. Fue bisnieto de Félix III, Sumo Pontífice, y santísimo varón, y sobrino de la bienaventurada virgen Tarsila: la cual a la hora de la muerte mereció oír la música del Cielo, y ver a Cristo Nuestro Señor, que venía a recibir su santa alma. Le llamaron en el bautismo Gregorio, que en griego quiere decir Vigilante, queriendo Dios ya desde su primera niñez darnos a entender el cuidado y vigilancia, que había de tener de su salvación, y de la de sus prójimos; y luego se descubrió esto más con su buena inclinación, y con el grande ingenio y diligencia, con que aprendió perfectamente as letras divinas y humanas, y la modestia y gravedad con que vivió todo el tiempo de su mocedad. En vida de su padre se ocupó en negocios de la república, y fue prefecto de la ciudad de Roma; y después que se vio señor de sí, y de su hacienda, edificó en Sicilia seis monasterios, y en Roma otro en sus mismas casas, y en él una iglesia con título de San Andrés. A todos estos monasterios dio rentas y heredamientos bastantes, con que los monjes pudiesen vivir, y el resto de su patrimonio, que era amplísimo, lo vendió y repartió a los pobres. No se contentó con haber dado toda su hacienda al Señor; antes él mismo se le ofreció en holocausto, dando libelo de repudio a todas las cosas frágiles y caducas del siglo, y tomando el hábito de religión, para vivir en santa pobreza, con menos precio de todo lo que no es Dios: lo cual el Santo mucho tiempo antes había deseado, como él mismo escribe a San Leandro en el proemio de los Morales, y con varias ocasiones y embarazos lo había dilatado, hasta que con el favor de Dios vino a romper, con todo lo que le detenía. Fue monje en el monasterio que él mismo había edificado en Roma, siendo abad un varón venerable llamado Valencio (que así le llama el mismo Santo): el cual antes había sido abad de otro monasterio en la provincia llamada Valeria, donde San Equicio, varón santísimo, había sido padre y fundador de muchos monasterios, y de él hace mención San Gregorio. En este monasterio fue la vida de San Gregorio perfectísima, y tal, que en ella como en un espejo se miraban todos los religiosos; y así andando el tiempo le eligieron por su abad y prelado, aunque con gran repugnancia del Santo, que deseaba más obedecer que mandar. Era extraordinaria su obediencia, y continuos ayunos, y oraciones. Estaba todo el tiempo que podía, absorto en la contemplación de Dios; y con esto vino a debilitarse el estómago, y a padecer unos desmayos tan recios, que era menester acudirle con alguna cosa de comer, para volver en sí, y sustentar la flaca naturaleza, para que no desfalleciese. Fue esto de manera, que un Sábado Santo, no pudiendo por su flaqueza ayunar, se vio muy congojado y afligido: y llamando a un santo monje, por nombro Eleuterio, de quien había oído decir, que había resucitado un muerto; se entró con él en el oratorio, y con muchas lágrimas y sollozos comenzó a suplicar a Nuestro Señor, que le diese fuerzas para poder ayunar aquel día (que los santos no sienten tanto sus enfermedades, cuanto no poder con ellas hacer obras de penitencia); y luego se las dio el Señor tan enteras, que ayunó aquel día, y pudiera ayunar el siguiente. Solía comer en el monasterio algunas legumbres, que Silvia, su madre, le enviaba en un vaso de plata.

Acaeció una vez, que estando escribiendo San Gregorio, vino a él un Ángel del Cielo en figura de un mercader, que andando por la mar había dado al través con el navío, y perdido toda su mercadería, y por esto se hallaba en gran necesidad. Se le puso delante, y le pidió limosna, y el Santo le mandó dar seis ducados. Volvió luego, y le dijo, que lo que había perdido era mucho, y lo que había recibido muy poco para remediarse: y el Santo le mandó dar otros seis ducados. De allí a tres días tornó la tercera vez, y muy lloroso y angustiado pidió nuevo socorro, alegando su extrema miseria; y San Gregorio ordenó al procurador, que le diese otros seis ducados: y como no los hubiese en casa, ni otra cosa que poderle dar, sino sola aquella taza de plata, en que su madre le enviaba las legumbres que he dicho, se la mandó dar. De allí adelante fueron tantos los milagros, que San Gregorio hizo, que claramente se entendió, que aquel hombre había sido Ángel del Señor, y que le había sido muy agradable la limosna, que él sin importunarle lo había dado, como adelante se verá.

Envió una vez a comprar las cosas necesarias para el monasterio a un monje mozo, y en su compañía y guarda otro viejo: el mozo sisó el dinero que llevaba, sin que el viejo lo entendiese (que no es maravilla, que en cualquiera monasterio, por santo que sea, se halle un Judas; pues se halló en el colegio apostólico); y volviendo al convento, llegando a la puerta de la iglesia, el demonio se apoderó de él, y cayó en tierra. Acudieron los monjes, y con su oración le libraron. Preguntado por el abad, si había hurtado algo, lo negó, y luego tornó a ser atormentado del enemigo; y ocho veces le dejó, y otras tantas le tornó a atormentar, cuando negaba la verdad, hasta que confesándola a los pies de San Gregorio, y humillándose, y haciendo la penitencia, que le dio fue totalmente libre del espíritu maligno.

Un monje se determinó a dejar los hábitos, e irse del monasterio: abrió los ojos; y hallándose ciego, comenzó a temblar, y dar gritos, y salirse fuera de sí, de manera, que no entendía, ni sentía cosa, que en él se hiciese. Mandó San Gregorio llevarle delante del altar de San Andrés. Le llevaron: y puestos allí los monjes en oración, volvió en sí, y confesó, que le había aparecido un viejo, que le reprendía, diciéndole: ¿Cómo tú quieres huir del monasterio? Y que le había entregado a un perro grande y negro, para que le despedazase; mas que después, a ruegos de los monjes, el viejo le había librado de aquel perro espantoso, que venía sobre él. Teniendo otro monje pensamiento de dejar la religión secretamente, quiso entrar en el oratorio, y luego fue atormentado del demonio, y en saliendo le dejaba, y todas las veces que porfiaba a entrar, le tornaba a atormentar: y habiendo esto sucedido muchas veces, San Gregorio le preguntó la causa, y él la confesó llanamente. Hizo el Santo con sus monjes tres días de oración por él, y le libró de aquella tentación, y mal espíritu que tenía.

Otra vez huyeron dos monjes del monasterio: y temiendo de no ser alcanzados y descubiertos, se entraron en unas cuevas muy ocultas y secretas, no lejos del camino, y para asegurarse más cerraron la entrada con piedras. San Gregorio envió tras ellos, y los que los iban a buscar, dando vueltas a una parte y a otra, vinieron a dar en aquellas cuevas, donde los monjes fugitivos estaban, y por mucha diligencia que usaron, nunca pudieron mover de aquel lugar las cabalgaduras en que iban; y pareciéndoles que no era acaso, sino por voluntad de Dios, se apearon, y quitaron las piedras de la boca de las cuevas, y entrando, hallaron a los monjes tendidos en el suelo, y los volvieron al convento, y ellos, parte por milagro, y parte por amonestación de San Gregorio, reconocieron su culpa, y aquella huida les aprovechó para perseverar en la religión.

Supo San Gregorio, que un monje, que estaba muy enfermo, y casi para morir, tenía escondidos tres ducados; y pareciéndole gravísimo delito, mandó al prior del monasterio, que se llamaba Precioso, que no permitiese, que algún monje le visitase, ni consolase, para que sabiendo, que en todo el convento era aborrecido, a lo menos a la hora de la muerte reconociese su culpa y la llorase, y se salvase. Murió el monje, y no quiso el Santo, que su cuerpo fuese enterrado con los demás, sino en un muladar, donde fue echado, y con él los tres ducados, diciendo todos: Pecunia tua tecum sit in perditionem: Maldito sea tu dinero; bien es que te acompañe, y que vaya contigo en este camino de perdición. Fue de gran provecho este rigor; porque el monje propietario, cuando supo el aborrecimiento que todos le tenían, tuvo gran sentimiento de su culpa y la lloró, y murió con penitencia de ella, y los demás, por no caer en otro mal, traían a los pies del abad, todo lo que tenían, aunque no fuese contra la regla el tenerlo. Al cabo de treinta días, apiadándose el Santo Padre de la alma de aquel pobrecillo, mandó a Precioso, que por otros treinta días, sin faltar ninguno, dijese cada día Misa por ella; y así lo hizo, y en el postrero de los treinta días apareció el difunto a otro hermano suyo, y le reveló, que hasta aquel día había estado purgando sus pecados en el purgatorio, y que iba entonces a la gloria por misericordia del Señor: lo cual se entendió que había sido por las treinta Misas, que había mandado decir San Gregorio por él; y de aquí se tomó la costumbre de decir treinta Misas por los difuntos, y de llamarlas las Misas de San Gregorio.

En este mismo monasterio había un mozo, llamado Teodoro, que más por necesidad, que por voluntad, vivía en él en compañía de otro hermano suyo religioso. Era inquieto y desasosegado, y hacía burla de todos los que le hablaban de ser fraile. Fue herido de pestilencia, y San Gregorio con los religiosos hicieron oración por él, y estando ya con los miembros del cuerpo fríos, y con solo el pecho caliente, levantó una voz tremenda, y comenzó a decir en grito a los circunstantes: Idos, idos de aquí; porque yo estoy entregado al dragón, para que me trague, y no me puede tragar en vuestra presencia. Ya me tiene asido por la cabeza; y por vuestro respeto no me acaba. Le decía San Gregorio, que hiciese la Señal de la Cruz; y él respondía: Yo querría hacerla; mas no puedo, impedido de las escamas de este dragón. San Gregorio y los monjes con mayor instancia y fervor prosiguieron su oración, derramando muchas lágrimas por aquella alma que veían perecer; y a cabo de rato el pobre enfermo comenzó a hacer gracias a Dios, y con otra voz más suave y clara, a decir: Por vuestras oraciones no me ha tragado el dragón, y ha huido: rogad a Dios por mí, que me perdone mis pecados, que aparejado estoy a ser de veras religioso; y con esto aquel mozo perdido, por las oraciones de San Gregorio se ganó, cobró salud, y alcanzó la gracia del Señor, y remisión de sus pecados.

3 Pasando un día San Gregorio por una plaza, vio unos mozos, que se vendían, de hermoso rostro, blancos y rubios, y de muy gentil disposición. Preguntó, ¿de dónde eran? Y le dijeron, que ingleses de nación. Quiso saber, si los de aquella tierra eran cristianos o paganos; y le respondieron, que eran paganos. Se enterneció el Santo, y lloró muchas lágrimas, diciendo: ¿Cómo las almas de unos ángeles, como estos son en el cuerpo, posee Satanás? Se fue al Papa Benedicto I de este nombre, que a la sazón presidía en la Iglesia del Señor, y le suplicó, que enviase predicadores a Inglaterra, que alumbrasen aquella gente ciega, y la convirtiesen a la fe de Cristo, y él mismo se ofreció, que iría de buena gana, si su Santidad le daba su bendición. Lo tuvo el Papa por bien: y San Gregorio con algunos otros siervos de Dios se puso luego en camino para esta jornada: pero cuando se supo la partida, fue tan grande el sentimiento y alboroto, que hubo en Roma, que yendo el Papa a la Iglesia de San Pedro, todo el pueblo a gritos clamaba: Padre Santo, mucho habéis ofendido a San Pedro: habéis destruido a Roma, dejando salir de ella a Gregorio. Fue esto de manera, que el Papa envió tras él, y le mandó volver y tornar a su monasterio.

4 Estando aquí el Santo muy sosegado y contento, le fue forzoso salir a la plaza, y dejar su quietud; porque el Papa Pelagio II, que había sucedido a Benedicto, le hizo Diácono Cardenal, y le envió a Constantinopla por legado, y embajador suyo al emperador Tiberio, para tratar algunos negocios graves y de grande importancia: para los cuales fue de mucho peso la gran santidad, doctrina y prudencia de San Gregorio: el cual, habiendo de dejar su monasterio y hacer aquella jornada, llevó consigo algunos de sus religiosos, que de buena gana le siguieron, para conservar mejor en su compañía y santa conversación (como él mismo lo dice) los propósitos y ejercicios, que solía tener en su convento. En Constantinopla fue muy bien recibido del emperador, y despachó los negocios, a que iba, muy a su gusto y contento. Allí trabó amistad con San Leandro, arzobispo de Sevilla, el cual había ido a Constantinopla a pedir socorro al emperador Tiberio en nombre del príncipe de España Hermenegildo y de los otros católicos, contra Leovigildo, su padre, y los herejes arrianos, de los cuales eran oprimidos. A petición y ruegos de San Leandro, comenzó San Gregorio a escribir en Constantinopla los treinta y cinco libros admirables de los Morales sobre Job, los cuales después acabó en Roma. De ellos dice San Isidoro, que aunque todos los miembros del cuerpo fuesen lenguas, no podrían explicar los misterios que contienen, ni los preceptos que en ellos se dan para buenas costumbres, ni la elocuencia, con que son escritos. Allí también tuvo una gran disputa con Eutiquio, patriarca de Constantinopla, y le convenció delante del emperador, y le hizo desdecir, y quemar un libro que había escrito en materia de la resurrección de la carne: porque Eutiquio, aunque fue varón santo, y padeció destierro por la fe, e hizo milagros, y tuvo otras virtudes señaladas; todavía el Señor permitió, que cayese en un error grave, para su mayor humillación y ejemplo, y recato nuestro. Vino a creer y enseñar, que nuestros cuerpos, cuando resucitarán, no serán palpables, ni de carne, sino más sutiles que el aire; pero San Gregorio con evidentes razones le probó, que serán palpables, y de carne verdadera en su naturaleza, y aunque vestidos de gloria, o inmortalidad, tendrán el dote de la sutileza, a la manera que Cristo Nuestro Redentor después de su resurrección entró a sus discípulos, las puertas cerradas, y les mostró sus pies y manos, y les dijo: «Palpad, y ved: que el espíritu no tiene huesos, ni carne.» Y quedó Eutiquio tan persuadido de esta verdad, que cayendo luego, después de esta disputa, en una enfermedad, de que murió; tomando con la mano la piel de su brazo, decía: Yo confieso, que todos resucitaremos en esta carne.

Estuvo San Gregorio enfermo en Constantinopla de una grave enfermedad, de que sanó. Se detuvo en aquella ciudad algún tiempo, y por el amor y devoción, que le tenían, vino a visitarle de Italia un abad de su monasterio, que se llamaba Maximiano, con otros monjes suyos: los cuales, volviendo de Constantinopla a su casa, pasaron una tormenta horrible en el mar; y perdido el timón, quebrado el mástil, caídas las velas, corrieron ocho días con tan aran peligro, que todos se tenían por muertos, y no parecía, que la nave anduviese sobre el agua, sino la agua sobre la nave. Se abrazaron todos: se lloraron y se despidieron unos de otros; y al noveno día llegó la nave al puerto de Cotron, que es en el reino de Nápoles: y en desembarcando Maximiano con sus monjes, luego se fue a fondo en el mismo puerto, teniendo todos por cierto, que las oraciones de San Gregorio los habían librado; y que no había querido Nuestro Señor, que pereciesen en aquella tempestad, los que por su amor habían venido con tanto trabajo, y de tan lejos a verle.

5 Después que en Constantinopla concluyó sus negocios, muerto ya Tiberio, emperador, dando asiento a las cosas de Italia, con Mauricio, que le había sucedido en el imperio, y cuyo hijo había sacado de pila; se volvió a Roma con Esmaragdo, exarco, y capitán del nuevo emperador, que venía con gente a socorrerla contra los longobardos, que la arruinaban. Llegó a Roma San Gregorio, trayendo consigo de Constantinopla el brazo de San Andrés, Apóstol, de quien era muy devoto, y la cabeza de San Lucas, Evangelista, que hoy día se muestran, y reverencian en Roma; y fue recibido del Papa Pelagio, y de toda la ciudad, como un Ángel del Cielo. Y puesto caso, que con las armas del emperador se reprimieron los longobardos, y hubo en la tierra alguna paz y quietud; mas el cielo comenzó a hacer una guerra muy terrible y cruda a Roma: porque con las muchas aguas y avenidas, creció el Tiber, y entró desapoderadamente por la ciudad, y la inundó y destruyó muchos edificios, y la inficionó con una gran muchedumbre de serpientes, y un dragón, que vinieron por el río; y después que fueron muertos, corrompieron el aire, y se siguió una pestilencia cruelísima: la cual arrebató innumerable gente, quedando las casas vacías de moradores, y la Iglesia Católica sin cabeza y pastor; porque también se llevó al Sumo Pontífice Pelagio. Era grandísima la angustia, pavor y espanto de todos los que vivían en Roma; y no tenían otro consuelo, después de Dios, sino saber, que estaba en ella San Gregorio, que solo por la santidad de vida, gran valor y prudencia, podía dar algún remedio a tantos males: y así se determinó todo el Clero y pueblo de elegirle por Sumo Pontífice y Pastor Universal de la Iglesia: mas el Santo, como era tan humilde, no quiso consentir en su elección; pero viendo la ciudad tan determinada y puesta en ello, dio a entender, que lo aceptaría, si el emperador Mauricio daba su consentimiento: porque en aquel tiempo los emperadores, por razón de estado, más que por poderlo legítimamente hacer, se habían usurpado la potestad y preeminencia de aprobar y confirmar la elección, que el Clero y pueblo romano hacía de los Sumos Pontífices: juzgando, que viviendo ellos en Constantinopla. Y el Papa en Italia, si no fuese persona muy confidente suya, la podían alterar y revolver; y los Papas, por la necesidad, que tenían del favor de los emperadores para defensa de la Iglesia, pasaban por ello. Y como Mauricio, emperador, había quedado tan amigo de San Gregorio, creyó el Santo, que rogándoselo, no daría su consentimiento en aquella elección, por hacerle placer; y así se lo escribió y pidió con mucha instancia, que lo hiciese: mas Germano, que era prefecto de Roma, como dice San Juan, Diácono, hermano del mismo San Gregorio, como lo escribe San Gregorio Turonense, entendiendo el intento de San Gregorio, cogió las cartas, que escribía al emperador, y las entretuvo, y escribió otras en nombre suyo y del senado, clero y toda la ciudad, suplicándole, que tuviese por buena aquella elección, y diese su beneplácito y consentimiento: porque para curar las llagas y males presentes no había otra mejor medicina, ni remedio, que el de aquel Santo y excelente varón. Este despacho se envió a Constantinopla.

Mas entretanto que se aguardaba la respuesta del emperador, la pestilencia se embravecía y hacía gran riza en la ciudad, sobre la cual parecía, que llovía la ira de Dios. Para aplacarla, a más de la continua y fervorosa oración, que San Gregorio hacía por sí, y por sus monjes y otros siervos de Dios, tomó la mano con el pueblo, y lo exhortó a penitencia, y a reconocer, que por sus pecados venía aquel castigo del Cielo, y a llorarlos amargamente, y enmendar la vida, a ejemplo de los ninivitas, que mediante el ayuno y penitencia conservaron su ciudad, contra la cual ya el Señor, por medio del profeta Jonás, había pronunciado la sentencia de su asolamiento y destrucción; y a este propósito hizo un admirable razonamiento a todo el pueblo, y en espacio de una hora, que duró, murieron allí en el auditorio ochenta personas súbitamente: mas no por eso perdió el ánimo el Santo; antes los confortó, poniéndoles delante su peligro, y juntamente la Misericordia del Señor.

Y ordenó que al día siguiente se hiciese una procesión muy solemne, o por mejor decir, en una siete procesiones: de los clérigos, de los hombres legos, de los monjes, de las monjas, de las casadas, de las viudas, y de los pobres y niños, para que cada uno de estos estados saliese de su particular iglesia, e hiciesen su procesión por sí, cantando todas las Letanías, hasta llegar al templo de Santa María la Mayor, a donde todas las procesiones iban a parar: cuya imagen, que pintó San Lucas, llevaban en la procesión: y era cosa de grande admiración, que el aire corrupto, por donde pasaba la imagen, se iba apartando y dando lugar: y San Gregorio, alzando los ojos vio sobre el castillo, o sepulcro antiguo del emperador Adriano, un Ángel, que envainaba la espada: por lo cual entendió, que ya se había amansado la justa saña del Señor, y que mandaba al Ángel, que alzase la mano del castigo; y así fue, y por esto se llamó de allí adelante, y hoy día se llama aquel edificio el castillo de San Ángelo.

Con esto quedó Roma libre de aquella durísima aflicción; mas no lo quedó San Gregorio de cuidado y de temor, de lo que el emperador había de responder: el cual, cuando supo la elección, que en Roma se había hecho de Sumo Pontífice en la persona de San Gregorio; se holgó sobre manera, por tener ocasión de honrar, a quien tan bien lo merecía; y así escribió cartas de mucho contento, aprobando, lo que se había hecho. Supo esto el Santo, y determinó huir de la ciudad, y esconderse: y concertándose con ciertos mercaderes, y mudando el hábito, salió disfrazado de Roma, huyendo por montes, y bosques y cuevas, aquella suprema dignidad, con tanta diligencia y cuidado, como otros la apetecen. Pero el Señor, que le había escogido, y quería honrar a los humildes; cuanto él más se quería esconder, más le descubría con una columna resplandeciente del cielo, que pendía siempre sobre él, y do quiera que se mudaba, le acompañaba; y con este indicio fue hallado, de los que fueron enviados por parte de la ciudad para buscarle: y traído a Roma, fue consagrado por Vicario de Cristo, Nuestro Señor, en la Iglesia de San Pedro, con repugnancia suya.

6 Mas rendido ya a la Voluntad de Dios, que por tantos caminos había mostrado, que se quería servir de él en aquel oficio de Sumo Pastor, consintió a su elección: y así fue consagrado a los 3 de Setiembre, en que la Santa Iglesia celebra su consagración: y fue el año del Señor de 590, en el quinto año del imperio de Mauricio, como se saca del mismo San Gregorio en el principio del segundo libro de su Registro. Pero siempre quedó gimiendo debajo de aquel peso tan grave, y suspirando por su celda y quietud: y así dice el mismo Santo en una epístola: «Que haya subido al Sumo Sacerdocio, si me amáis, lloradme; porque son tantas las ocupaciones de este mundo, que con el cargo casi me veo apartado del Amor de Dios: lo cual hoy continuamente lloro, y os ruego, que me oréis al Señor:» Y en otra epístola, escribiendo a San Leandro, dice estas palabras: «Yo soy combatido de tantas, y tan horribles ondas de este siglo, que no puedo enderezar al puerto esta nave vieja, y carcomida, que Dios me ha mandado gobernar por su oculta dispensación. De una parte me embisten las ondas furiosas y contrarias: de la otra el mar bravo sube hasta los cielos; y por todas partes la tempestad me cerca y persigue: y yo turbado, soy forzado a enderezar algunas veces el gobernalle contra la misma tempestad, y otras a desviar la nave del ímpetu de la corriente: y me congojo; porque conozco, que por mi negligencia crecen los vicios, y la nave hace agua, y con la furia de los vientos contrarios, y braveza del mar está para abrirse y perderse. Me acuerdo con lágrimas, que he perdido la playa sosegada de mi quietud, y dando muchos suspiros, miro la tierra, a la cual por vientos contrarios no puedo llegar.» No se puede fácilmente creer, lo que este Santísimo, y verdaderamente gran Pontífice hizo en los años, que gobernó, para gloria de Dios, y bien de la Iglesia católica, reformación de las costumbres, edificación de los fieles, remedio de los pobres, consuelo de los afligidos, y reparo de la disciplina eclesiástica, y lustre, y ornamento de la cristiana religión.

7 Ante todas las cosas, como quien tan bien sabía, cuánto importa la salud de la cabeza, para que todos los miembros la tengan, y que la casa del príncipe sea dechado de virtud a los demás; no quiso tener en su palacio para su servicio y cámara, hombres seglares, aunque fuesen ilustres, sino clérigos de conocida bondad, doctrina y prudencia, y con ellos algunos monjes, para vivir, en lo que pudiese, como monje, y en la Iglesia representar mejor la autoridad Pontifical. En las provisiones que hacía, no tenía cuenta con la riqueza, ni con la pobreza de la persona, sino con la bondad de la vida, y excelencia de la doctrina, y con las otras partes, que se requieren para el oficio o beneficio, que proveía; y así en su pontificado florecían las buenas artes y disciplinas, y Roma era un modelo de vida cristiana y religiosa: y muchos caballeros, dejando el hábito seglar, se hacían clérigos.

Hizo un Concilio en Roma, y en él quitó muchos abusos, y ordenó muchas cosas saludables, y provechosas para el servicio de Dios, y edificación de los fieles. Tuvo gran cuenta del culto divino, y de las ceremonias eclesiásticas, que se deben guardar, y de las antífonas, oraciones, epístolas, y evangelios, que por todo el año se cantan en la Misa, como se ve en el libro, llamado Antifonario, y en el Sacramentario que escribió. Él fue, el que instituyó las Letanías, que llaman mayores, como algunos dicen: o, lo que es más cierto, ordenó, que las Letanías, que antes se celebraban, y la procesión solemne que se hacía; de allí adelante fuesen a San Pedro, como se saca del mismo San Gregorio en el principio del segundo libro del Registro, y lo trae el Cardenal Baronio en las anotaciones del Martirologio a 25 de abril: él fue, el que acrecentó las estaciones principales de Roma: el que reformó el canto eclesiástico, que hasta hoy día se llama canto Gregoriano: y tenía tan gran cuidado y vigilancia de esto, que hizo labrar dos casas, una junto a San Juan de Letrán, y otra cerca San Pedro, para que aprendiesen a cantar los clerizontes, y ministros, que servían en la Iglesia: y era tanta su humildad y devoción, que el mismo Santo Pontífice, estando malo de la gota, se hacía llevar, a donde cantaban los muchachos, y tendido en una cama los enseñaba y corregía, teniendo un azote en la mano, para castigar al que faltase: y dice Juan, Diácono, que hasta su tiempo se conservaba la camilla, en que solía estar, y el azote con que castigaba.

Por la devoción tan entrañable, y rara solicitud, con que este Santo se ocupaba en todo lo que toca al culto de Dios, y al ornato de la Iglesia, especialmente al Sacrosanto Sacrificio de la Misa, hizo Nuestro Señor algunos milagros, para mostrar, que le era grato todo aquello, en que él ponía la mano. Uno fue, que queriendo consagrar una iglesia de Santa Águeda para uso de los católicos, de la cual antes se habían servido los herejes arrianos, y para hacerlo más solemnemente, llevando en procesión algunas reliquias de San Sebastián, y de la misma Santa Águeda para colocarlas en el altar; mientras que cantaba la Misa el Pontífice, salió un puerco de la iglesia gruñendo, y haciendo grande ruido, entendiendo todos, que el demonio, que había tenido por suya aquella morada, huía de ella, luego que entraron las santas reliquias: y algunas veces estando las lámparas de aquella iglesia muertas, se encendieron por sí mismas, sin que ninguno pusiese en ellas la mano: y un día bajó una nube lucidísima sobre el altar, y se derramó por toda ella una fragancia tan suave y celestial, que estando la puerta abierta, no osaba nadie entrar dentro, por acatamiento y reverencia.

El Milagro Eucarístico de San Gregorio Magno, por Nicolas Circignani, llamado el Pomarancio. Fresco ubicado en el pórtico de la Iglesia de San Gregorio Magno en el Celio, Roma.

Otro milagro fue, que diciendo un día Misa San Gregorio, y llegándose a comulgar una mujer, que había ofrecido el pan, que en la Misa había consagrado; al tiempo que dijo aquellas palabras: «El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la vida eterna,» vio que se sonreía la mujer, poniendo la forma sobre el Altar: acabó su Misa, y después allí delante de todo el pueblo mandó a la mujer, que dijese, por qué en aquel punto, que quería recibir el Cuerpo del Señor, temerariamente se había reído: y la mujer, después de haber callado un rato, al fin dijo: Porque vos dijisteis, que el pan, que yo había hecho con mis manos, era Cuerpo del Señor. Oyendo esta respuesta San Gregorio, con todo el pueblo se arrodilló delante del Altar a hacer oración al Señor, y suplicarlo, que abriese los ojos del alma a aquella pobre mujer: y luego la Forma Consagrada se convirtió en Carne; y él en presencia de todos los que estaban presentes, se la mostró a la mujer incrédula: y con este milagro ella se redujo, y el pueblo quedó confirmado en la fe, y de allí a poco, la Hostia volvió a tomar la especie de Pan, que antes tenía.

Vinieron a Roma ciertos embajadores a suplicar al Papa, que les diese algunas reliquias para sus iglesias; y el Santo Pontífice tomó un lienzo delgado y limpio, que llamaban brandeo, y le puso en una cajita, como se usaba hacer en aquel tiempo en Roma, y la cajita junta al cuerpo de aquel Santo, cuyas reliquias se pedían, y después sellándola con reverencia, se la dio a los embajadores, para que la llevasen a su tierra, sin decirles qué era. Partieron los embajadores, y en el camino, queriendo saber lo que llevaban, hallaron el lienzo solo, sin otra alguna reliquia. Tornaron a Roma, y se agraviaron y se dejaron de San Gregorio; porque los había querido engañar. El Santo tomando el lienzo, le puso sobre el Altar, y postrado en oración con el pueblo, suplicó a Nuestro Señor, que manifestase, lo que allí había, y la reverencia, con que se debía recibir cualquiera cosa, que envía la Sede Apostólica por reliquia: y después levantándose en presencia de los embajadores, con un cuchillo punzó aquel lienzo, y luego salió sangre, quedando los embajadores espantados y confusos por aquel milagro: y tomando aquel sagrado lienzo en su cajita, se volvieron a su patria con gran contento. Ésta era la costumbre, que entonces había en Roma; y de ésta hace mención el mismo San Gregorio en una epístola, que escribe a la emperatriz Constancia, que le había pedido la cabeza de San Pablo para un templo suntuoso, que ella edificaba con nombre del mismo Apóstol en Constantinopla: a la cual respondió San Gregorio, que los Pontífices romanos no acostumbraban dar las reliquias de los cuerpos de los Santos, ni aun tocarlas, sino con grandísima veneración; y que lo que solían hacer, era enviar el brandeo o lienzo, de la manera que hemos dicho, por el cual hacía Dios grandes milagros: y por gran presente, y don singular, envió a la emperatriz unas limaduras de la cadena de San Pablo, como se puede ver en la misma epístola, que es admirable, y la 30 del libro III del Registro: y mucho para considerar el respeto y reverencia, con que se deben tratar las reliquias de los Santos.

8 No paraba en solo el culto exterior, y ornato de la Iglesia, la vigilancia de este Santo Pastor; antes era mucho mayor en mirar por los templos vivos de Dios, para reparar lo caído, y hermosear lo que estaba deslumbrado, y remediar las almas y los cuerpos de sus súbditos. Su caridad para con los pobres, fue maravillosa, y por ella recibió grandes dones de Dios. Los convidaba a comer en su mesa: y queriendo una vez por su humildad dar él mismo agua a manos a un pobre peregrino; mientras que tomaba el jarro, para hacer este oficio tan humilde, el peregrino desapareció, y la noche siguiente Cristo, Nuestro Señor, le apareció en sueños, y le dijo: «Otras veces Me has recibido en Mis miembros; mas ayer Me recibiste en Mi Persona.»

Cuando el Papa Gregorio Magno celebraba Misa en la iglesia de La Santa Cruz de Jerusalén, en Roma, uno de los asistentes del Papa dudó de la presencia real de Cristo en la Hostia Consagrada pero inmediatamente, ante las oraciones del Pontífice, apareció el Salvador sobre el Altar, rodeado de los instrumentos de Su Pasión y mostrando los Estigmas de los que brotaba Su Sangre, recogida en el Cáliz.

Otra vez mandó a un capellán suyo, que llamase a comer doce pobres: y entrando a verlos el Santo, notó, que eran trece: y diciendo al capellán que por qué había llamado trece, habiéndole él mandado, que llamase a doce; respondió el capellán, que a doce había llamado, y que doce eran, y no más, porque verdaderamente él no veía sino doce: pero San Gregorio veía trece: y pareciéndole, que no era sin misterio, puso los ojos en el treceno, y comenzó a mirarle con atención, y vio, que mudaba los colores, y el semblante del rostro, pareciéndole unas veces mozo, y otras viejo. Acabada la comida, le tomó aparte, y le conjuró, que le dijese, quién era, y cómo se llamaba; y él le respondió: ¿Por qué me preguntas mi nombre, que es admirable? Yo soy, dice, aquel mercado, perdido en el mar, a quien tú diste los doce ducados de limosna, y la escudilla de plata de tu madre. Sabe cierto, que por aquella obra quiso Dios, que tu fueses sucesor de San Pedro, y que se ejecutase en ti, lo que eternamente había determinado; pues tan bien imitas a Pedro, y tienes cuidado de los pobres. A esto dijo San Gregorio: ¿Cómo sabes tú, que Dios había determinado esto? Porque soy Ángel, dice; y Él me envió para probarte. Oyendo esto San Gregorio, se turbó: y el Ángel le dijo: No temas, Gregorio; que el Señor me ha enviado a ti, para que te asista, y te guarde hasta la muerte, y para otorgarte por mi mano, todo lo que suplicares. A estas palabras se derribó San Gregorio el rostro pegado en el suelo, con grande reverencia, y temblor, y dijo: Si por una cosa tan pequeña me ha hecho Dios Pastor universal de Su Iglesia, ¿cuánto mayores cosas puedo yo esperar de Su bendita y larga mano, si le sirvo con grande afecto: y reparto a los pobres, todo le que es Suyo? De aquí vino el Santo a ser tan liberal, y dadivoso, que no había iglesia, monasterio, hospital, casa de devoción, ni persona pobre, y menesterosa, que no participase de su benignidad.

Tenía escritos en un libro todos los pobres que había dentro de la ciudad de Roma, y en sus arrabales, y pueblos comarcanos, a los cuales repartía su provisión, y limosna: conforme a su calidad, y necesidad. A los pobres enfermos, enviaba cada día lo que habían de comer; y a los vergonzantes, y más honrados, algún manjar a su propósito, y más regalado: y era este cuidado de los pobres, que tenía el Sumo Pontífice, tan extraordinario, que porque una vez supo, que se había hallado muerto un pobre en un barrio apartado de la ciudad, se congojó, y angustió de manera, que se abstuvo de decir Misa algunos días, temiendo, que fuese muerto de hambre, o de otra incomodidad por culpa suya; y queriendo hacer penitencia de ella, y castigarse con no llegar al Altar: que es raro ejemplo, y mucho para ponderar, así por la solicitud, que este Santo Pontífice tuvo de remediar los pobres, como por la devoción, y dulzura, con que celebraba Misa cada día; pues dejó de celebrarla, para hacer penitencia de la culpa, que no tenía.

9 Esta extraña vigilancia, y piedad para con los pobres, no era limitada para solos los que había en Roma, o en su comarca; antes se extendía a toda Italia, y todas las provincias más apartadas, y remotas, en que la Sede Apostólica tenía rentas, y bienes; porque en todas ellas tenía San Gregorio mayordomos, y ministros, que las cobraban, y repartían a los pobres, que él les señalaba, con tanta particularidad, y puntualidad, que pone admiración, a los que leen las epístolas de este Santo, que tratan de esta limosna, que son muchas, y varias, y dignas de consideración. Sustentaba en Roma tres mil monjas, de tan santa vida, que el mismo Santo Pontífice dice, que si no fuera por las oraciones, y lágrimas de ellas, no hubiera persona, que de las armas de los longobardos se hubiera podido escapar. Envió a Jerusalén a un abad, que se llamaba Probo, con buena cantidad de moneda, para que edificase en aquella ciudad un hospital, al cual, mientras que vivió, le proveyó de lo que había menester: y lo mismo hizo en el monte Sinaí con los monjes del monasterio de Santa Catalina, virgen y mártir, que por mano de Ángeles fue allí sepultada.

Y no se contentaba San Gregorio con hacer esto con los pobres, que aquí hemos referido; mas también velaba sobre los otros Obispos, y Prelados, inquiriendo lo que ellos hacían, y reprendiéndolos, cuando no hacían lo que era razón: y así escribió a un Obispo, que era escaso con los pobres, que supiese, que no le bastaba, para dar buena cuenta a Dios, el estar retirado, estudiando, y orando, si sus obras no eran fructuosas, y no tenía la mano abierta, y larga para remediar las necesidades de los pobres, y si no pensaba, que la pobreza ajena era suya: y que si no hacía esto, falsamente tenía el nombre de Obispo.

10 Si la caridad de San Gregorio, para remediar las necesidades de los cuerpos, era tan extremada, ¿qué diremos de la que tuvo para remediar las almas, y traer a todo el mundo al conocimiento, y amor de Dios? Ardía el pecho del Santo Pontífice en Amor Divino, y deseaba, que todos amasen al Señor, y especialmente le estimulaba la conversión del reino de Inglaterra, que siendo monje con tanta ansia había procurado. Para esto escogió a un santo monje de su monasterio, que se llamaba Agustino: y acompañado de otros monjes, le encargó esta jornada, y mandó que fuese a Inglaterra a predicar el Evangelio, y alumbrar con los resplandores de nuestra Santa Fe aquella ciega gentilidad. Partió Agustino para tan gloriosa empresa; mas a pocos días de camino sus compañeros cansados, y desmayados, desearon volver a Roma, y no ir a tierra tan remota, y tratar con gente infiel, y bárbara, cuyas costumbres no podrían sufrir, ni sabían su lengua, para entenderlos, y hablar: y así enviaron al mismo Agustino al Santo Pontífice, suplicándole, que les diese licencia, para dejar aquella peregrinación tan larga, trabajosa, y peligrosa, de la cual tan poco fruto se podía esperar: que todas las cosas grandes tienen grandes dificultades en sus principios, y no son las menores, las que hallan los mismos que las han de obrar. San Gregorio no quiso darles la licencia, que podían; antes los animó para la jornada, y les escribió una breve carta, en que les dice estas palabras: «Gregorio, Obispo, siervo de los siervos de Dios, a los siervos de Nuestro Señor Jesucristo. Porque fuera mejor no comenzar el bien, que después de haberlo comenzado dejarle, es necesario, hijos dilectísimos, que procuréis con el favor del Señor acabar con gran cuidado, el bien, que habéis comenzado. Por tanto no os espante el trabajo del camino, ni las lenguas de los maldicientes; antes con grandísima instancia, y gran fervor acabad lo que por voluntad de Dios habéis comenzado, teniendo por cierto, que a mayor trabajo se seguirá mayor galardón de gloria eterna. Obedeced en todas las cosas, con humildad, a Agustino, vuestro prepósito, que vuelvo a vos, a quien yo he señalado por vuestro abad, sabiendo, que será provechoso para vuestras almas, todo lo que hiciereis por su consejo, y voluntad. Dios todopoderoso con Su Gracia os guarde, y defienda; y a mí me la dé, para que en el Cielo yo me goce del fruto de vuestros trabajos, y sea vuestro compañero en el premio de ellos: porque, aunque no puedo trabajar con vosotros, tengo deseo de trabajar.»

11 Con esta carta se animaron los monjes para su camino; y por las oraciones, y merecimientos de San Gregorio los llevó Dios a salvamento a Inglaterra, y les dio feliz suceso, que fueron bien recibidos en ella, y convirtieron a Elhelberto, rey de Cancia, y gran multitud del pueblo: y avisaron a San Gregorio de la gran mies, que habían hallado, y de los pocos obreros, que tenían. El santo se regocijó por extremo, y les envió nuevos ministros, y predicadores, entre los cuales los principales fueron Melito, Justo, Paulino, y Rufiano, y con ellos todo lo que era menester para ornato de las iglesias, vasos sagrados, ornamentos ricos, y muchas reliquias, y libros, y mandó, que Agustino se ordenare de Arzobispo, y le envió el palio, y que en su metrópoli de Cancia ordenase doce Obispos, y que no destruyese los templos de los gentiles, sino que los purificase con agua bendita, y los consagrase a Dios Vivo, y Verdadero. Lo mandó asimismo, que fuese introduciendo poco a poco la religión cristiana en aquella tierra, y no desarraigase de golpe algunas malas costumbres, que se podían tolerar, antes disimulase, y pasase por algunas, hasta que aquella nueva planta tuviese más fuerzas, y no corriese peligro de arrancarse con cualquiera viento de contradicción, o novedad: y no menos le encargó, que no se atase a los usos, que había visto en la Iglesia romana, sino que tomase de todas partes lo que conforme a la disposición, y necesidad de Inglaterra juzgase, que más le podía aprovechar; y añade la razón: Non enim pro locis res, sed pro bonis rebus loca amanda sunt: Porque no por el lugar se han de amar las cosas, sino por ser buenas las cosas, se han de amar los lugares.

Otros muchos documentos, y preceptos, dio San Gregorio a Agustino, y a sus compañeros, por los cuales hizo muchos, y grandes milagros en Inglaterra, y la convirtió a su Santa Fe, siendo autor de esta obra tan excelente San Gregorio, y por ella justamente es llamado Apóstol de Inglaterra; y escribió a Agustino estas palabras: «Sabido he, que Dios todopoderoso ha obrado grandes milagros por tu medio en esa gente, que ha escogido: por lo cual es necesario, que te goces con temor de este don celestial, y que gozando, temas. Debes gozarte; porque las almas de los ingleses, por medio de estos milagros exteriores, son atraídas a la gracia interior del Señor; y debes temer, que entre los milagros, que Dios hace, no Se levanto tu ánima flaca, y se desvanezca con alguna vana presunción, y honrada de fuera con el aplauso, caiga interiormente por gloria vana.»

De esta conversión de Inglaterra, y de los milagros, que Dios hizo en ella, dice el mismo San Gregorio estas palabras: «La lengua de los britanos, que antes no sabía hablar sino bárbaramente, ya ha comenzado a alabar a Dios en lengua hebrea: y el océano, que antes estaba hinchado, y bravo, ahora está rendido, y sujeto a los pies de los siervos de Dios: y los pueblos fieros, que los príncipes de la Tierra con sus armas no pudieron domar; los Sacerdotes con sus palabras sencillas los tienen atados: y el pueblo infiel, que no temía los escuadrones de gente armada; ya siendo fiel, teme las lenguas de los hombres humildes: porque recibiendo tas palabras celestiales, y viendo resplandecer tantos milagros, es alumbrado con la lumbre del Cielo, y enfrenado con la reverencia de la Divina Majestad, para que no se desmande, ni haga mal, y con grande ansia anhele por alcanzar la gracia del Eterno Señor.»

Y en algunas de sus epístolas escribe esto mismo, mostrando el contento, y júbilo que tenía su alma, por ver reducidas las de aquellos infieles al Señor. Y no solamente hizo esto San Gregorio en Inglaterra, mas también hacía recoger a los mozos ingleses de diez y siete, o diez y ocho años, que por diversas partes andaban derramados, y los mandaba sustentar en los monasterios, para que en ellos se convirtiesen, y enseñasen, y fuesen buenos cristianos, y siervos de Dios. Todo esto hacía, por el gran celo, que tenía, de la salvación de las almas; y este mismo celo le hacía tomar algunos medios austeros, porque eran provechosos para el mismo fin: porque habiendo aun en su tiempo, muchos labradores paganos, vasallos de la Iglesia, los hacía cargar de tributos, para traerlos por este medio a la verdad de la Fe: y a los judíos, que se convertían a la misma Fe mandaba disminuir las mismas cargas, y tributos. Y puesto que entendía, que muchos de estos tales, que se convertían, venían mas por aquel cebo del interés temporal, que por celo, y deseo do la verdadera religión; todavía quería, que fuesen benignamente admitidos a ella con esperanza, que aunque los padres no se bautizasen sinceramente, sus hijos, y nietos con el tiempo serían buenos cristianos, y de veras fieles a Dios.

12 Ordenó, que no tuviesen la administración de los bienes de la Iglesia personas legas, sino eclesiásticas: que no se diese a una persona sino un oficio eclesiástico, diciendo, que así como en un cuerpo hay muchos miembros, y cada uno tiene su particular oficio; así en el cuerpo eclesiástico, según la doctrina del Apóstol, se ha de dar un oficio a uno, y otro a otro, para que cada uno, en un mismo espíritu, sirva al Señor. Mandó, que los clérigos no se entremetiesen en el gobierno de los monasterios: y no quería, que ellos, ni los religiosos intercediesen por los delincuentes con los jueces, sino con gran recato, y moderación, y de manera, que no se desdorase su buena opinión, y se pensase, que la Iglesia favorecía a los facinerosos, y enflaquecía la justicia. Persiguió, y castigó con severidad a los obispos, que vendían las órdenes eclesiásticas, y a los legos, que subían a ser obispos, sin pasar primero por las otras Órdenes eclesiásticas. Era tan enemigo de recibir presentes, que algunas veces, habiéndole enviado a presentar cosas de mucho precio, las mandó vender, y envió el precio a los mismos, que se las habían enviado. Reprendió a Januario, Obispo de Caller, porque había excomulgado a una persona por cierta injuria, que lo había hecho, diciéndole, (que no debe el Obispo excomulgar a nadie por particular injuria suya, ni usar de la censura de la Iglesia para vengarse.

Amonestó gravemente a un Obispo de Francia, que se llamaba Desiderio, que no leyese libros de poetas, y profanos, que no convenían, ni a su edad, ni a su dignidad: y a Natal, Obispo de Solona, le dio una áspera reprensión, porque era descuidado en el gobierno de su Iglesia, y gastaba mucho en convites: y porque el Obispo se excusaba con algunos lugares de la Sagrada Escritura mal entendidos; enseñándole, cuáles deben ser los convites de los prelados, le dice estas palabras: «Los convites, que se hacen para ejercitar la caridad, con razón los alabáis: pero es bien, que advirtáis, que entonces de veras los tales convites nacen de caridad, cuando en ellos no se dice mal de nadie por escrito, ni se murmura de la vida de los ausentes, ni se oyen palabras vanas de negocios seglares, sino las de la Sagrada Escritura: cuando no se da al cuerpo más de lo que ha menester; ni se toma más, de lo que pide nuestra flaqueza, para poderse ejercitar en las obras de virtud.»

No consentía, que los Obispos estuviesen fuera de sus Iglesias, sino por breve tiempo, y con necesidad, ni que se embarazasen en negocios seglares, y ajenos de sus personas: y si algún Obispo andaba vagabundo, le mandaba recluir en un monasterio, y dar otras penitencias más ásperas a la medida de su delito. Fue celosísimo, que las monjas, que habían tomado hábito de religión, y las doncellas, que se habían consagrado a Dios, perseverasen en aquel santo estado con gran pureza; y reprendió mucho a un Obispo, llamado Viteliano, porque había permitido, que una religiosa dejase el hábito, y volviese al siglo: amenazó a Romano, exarco de Italia, porque con su favor algunas mujeres religiosas se habían casado, y le pronosticó, que si no se enmendaba, vendría sobre él la ira de Dios: y a Venancio, que de monje se había hecho patricio, le avisó, que si Ananía y Safira habían muerto a los pies de San Pedro, por haber defraudado parte del precio de la heredad, que habían prometido a Dios; con cuánta más razón podía él temer su justo castigo: pues le había hurtado, no dinero, sino a sí mismo, y lo que le había prometido, cuando en hábito de monje se consagró a Dios: y estando para morir Venancio, le acordó, que a lo menos en aquel punto se arrepintiese, y llorase su pecado, para que no lo pagase con pena eterna.

Fue tan celoso de la honestidad de los clérigos, que escribió a Víctor, Obispo de Palermo, que si se sentía mancillado de alguna flaqueza, y conversación de mujeres, dejase la dignidad Obispal, y no se atreviese a ofrecer en el Altar sacrificio al Señor. Predicaba el Santo Pontífice al pueblo por sí mismo, cuando podía; y cuando estaba malo, o impedido, escribía los sermones, y homilías, y mandaba a otro, que leyese en público, para ayudar a todos de la manera, que podía. Finalmente, era tan vigilante, y solícito, en todo lo que pertenecía al oficio de sumo, y verdadero Pastor, que parecía cosa imposible, que un solo hombre atendiese a tantas, y tan graves, y diversas cosas, de paz, y de guerra, eclesiásticas, y seglares, con Dios en la oración, y con los hombres en los negocios, en el gobierno espiritual, y temporal de las Iglesias, en el predicar, y en el dictar epístolas tan admirables, a tantas personas de tan varios estados, y juntamente escribir los libros, que escribió: y así en su tiempo floreció, y se propagó y extendió por el mundo maravillosamente nuestra Santa Religión, y hubo muchos santos varones, así religiosos, como legos, que resplandecieron con milagros, como se ve, por lo que el mismo Santo escribe en los cuatro libros de sus Diálogos.

13 A mas de esto, muchas herejías se extinguieron, y desarraigaron en algunas provincias, por la industria, y altos merecimientos de este santísimo Doctor, como la de los donatistas en África, la de los arrianos de España, y otras en otras partes. Y con ser tan excelentes las obras de este gran Santo, que resplandecía con ellas, como un sol en el mundo, no lo faltaron contradicciones, y persecuciones de hombres inquietos, y malignos, que en vida, y en muerte le pretendieron obscurecer. Entre estos fue un caballero romano, que había dejado su legitima mujer, y por ello había sido excomulgado de San Gregorio: el cual, queriéndose vengar de él, se concertó con unos monjes, y hechiceros gentiles, que le prometieron, que andando un día a caballo el Papa por Roma, harían entrar un demonio en el caballo, y que diese tantos saltos, y brincos, que le derribase, e hiciese pedazos. Entró el demonio en el caballo, como ellos habían prometido, y se alteró de manera, que los que iban a los pies del Papa, no le podían tener: mas el Santo Pontífice por revelación de Dios conoció lo que era; y haciendo la Señal de la Cruz, echó al demonio del caballo, y los hechiceros quedaron ciegos; y visto el milagro, se convirtieron a la Fe, y San Gregorio los bautizó, aunque no quiso restituirles la vista, para que no volviesen a aquella mala arte, y tornasen a leer libros de encantamientos, y hechizos; pero mandó, que les diesen, lo que hubiesen menester de las rentas de la Iglesia.

Otro grande encuentro tuvo con Mauricio emperador, el cual de grande amigo suyo, que antes era, vino a serle grande enemigo, porque no le dejaba gobernar las cosas eclesiásticas, como él quería, y le resistía en una ley perniciosa, que había hecho, en que mandaba, que ningún soldado se pudiese hacer monje, sino acabada su milicia, o hallándose impedido, o inútil: y San Gregorio le escribió una carta, en que le dice.

14 «Cristo por mí, que soy Suyo, y vuestro humilde siervo, os dice estas palabras: Yo de notario te hice conde, de conde césar, de césar emperador, y no solo emperador, mas padre de emperadores. Yo te he puesto en tus manos a mis Sacerdotes para que los defiendas; y tú apartas de mi servicio a tus soldados. Dime, ¿qué responderás el día del Juicio al Señor, cuando te dirá lo que yo aquí te digo? Escudriña e investiga, qué príncipe, o qué emperador hasta ahora ha hecho tal ley; y después de haberlo sabido, podrás mejor juzgar si tú la debías hacer.»

15 Lo cual dice; porque Juliano apóstata, enemigo capital de Jesucristo y de Su Fe, fue el primero que hizo aquella ley, como el mismo Santo en otra parte lo dice. Tuvo fuerte San Gregorio en este negocio, y resistió valerosamente al emperador, y escribió muchas cartas a él y a sus ministros, para que deshiciese la ley que había hecho, tan perjudicial para los que Dios llamaba a Su servicio, y de la milicia se querían convertir a Él: por lo cual Mauricio tuvo gran sentimiento y enojo contra el Santo Pontífice. Se juntó con esta otra causa, que acrecentó el disgusto del emperador; y fue así. Estando San Gregorio en Constantinopla, un monje, que se llamaba Juan, grande ayunador y penitente, fue elegido por patriarca de Constantinopla, por la santa vida que mostraba en la apariencia exterior, y por un falso resplandor con que lucía en los ojos de los hombres. Cuando le eligieron, hizo grandes diligencias, aunque fingidas, para excusarse, dando a entender que aquel peso era sobre sus fuerzas, y él indigno de tan alta dignidad: y por esta aparente humildad y otras muchas de virtud, San Gregorio tuvo familiaridad y trato con él. Apenas se había sentado en la silla patriarcal de Constantinopla, cuando luego comenzó a descubrir lo que era; porque con una soberbia de Lucifer, se llamó patriarca universal de la Iglesia, y juntó un concilio de obispos para ello, y mandó que todos así lo llamasen, usurpando el título de Universal, que no le convenía, ni conviene a otro que al Sumo Pontífice Romano, sucesor de San Pedro, y Vicario universal en la Tierra de Cristo Nuestro Redentor. Cuando el Papa Pelagio supo la arrogancia y disparate del patriarca, la contradijo y deshizo lo que en aquel concilio se había determinado; y San Gregorio, que sucedió a Pelagio, con más fuerzas y valor volvió por la autoridad de la Sede Apostólica, y reprendió a Juan de su temeridad, y escribió a la emperatriz Constancia, que defendía las partes de San Gregorio, que no se dejase engañar de los que con soberbia eran humildes y blandos con artificio, ni permitiese que la hipocresía prevaleciese contra la verdad: «Porque algunos hay, dice, que según el Apóstol, con sus dulces palabras y bendiciones engañan los corazones sinceros, y en el vestido andan despreciados, e hinchados en el corazón, y muestran de fuera que menosprecian todas las cosas del mundo, queriendo en realidad de verdad alcanzarlas todas juntas; y publicando que son más indignos que todos, buscan vocablos y nombres exquisitos para parecer más dignos que todos.»

Escribió también al emperador, rogándolo que no consintiese una novedad tan grande, y que un hombre tan particular se hiciese y nombrase patriarca universal de la Iglesia. El emperador, o porque creía a su patriarca, o porque deseaba que la ciudad de Constantinopla, en que él vivía, y era cabeza de su imperio, fuese honrada con aquel título, o porque, como ya estaba disgustado con San Gregorio por la resistencia que le había hecho en la ley de los soldados, buscaba ocasión para amargarle y afligirte, favoreció al patriarca Juan, no haciendo caso de San Gregorio. Y como la voluntad estragada del príncipe es tan poderosa, y hay tantos lisonjeros que por sus intereses se dejan de ella llevar, y con sus palabras y mentiras aparentes atizan el fuego, y soplan las llamas que arden en su pecho; no faltaron a Mauricio criados lisonjeros que le dijeron grandes males de San Gregorio, a los cuales, como hombre ya ciego, fácilmente creyó y publicó, vituperando injustamente al que tan justamente tantas veces antes había alabado, llamándole desagradecido; porque habiéndole sublimado a la Silla Pontifical no le daba contento: como si por dársele estuviera obligado San Gregorio a usar mal de la autoridad apostólica, la cual contra su voluntad le había dado el Emperador del Cielo, y no el de la Tierra.

Fue tan extraño el odio y aborrecimiento que Mauricio tomó contra San Gregorio, que sus ministros, por agradarle, le afligían: de uno de ellos que era Romano, exarco, dice el mismo San Gregorio estas palabras: «Lo (que padecemos de Romano en esta Tierra, no se puede explicar: solamente digo en pocas palabras, que su malignidad para con nosotros, vence la calamidad de las armas de los longobardos, en tanto grado, que podemos tener por más piadosos a los enemigos que nos matan, que no a los jueces de la república, los cuales con su maldad, rapiñas y engaños nos consumen. Y en el mismo tiempo es menester tener cuidado de los obispos, clérigos, monasterios y de todo el pueblo, y velar contra las asechanzas de los enemigos, y recelarnos de las dobleces, embustes y artificios de los capitanes, que es de tanto trabajo y dolor, como vos podéis pensar.»

Y sabiendo este odio del emperador, Agiulfo, rey de los longobardos, vino sobre Roma y la cercó, y la tuvo apretada más de un año, juzgando, como era verdad, que Mauricio no la socorrería, por la ojeriza que tenía con San Gregorio: y así fue que el emperador no se movió, mas Dios favoreció a Su siervo, y le dio valor y constancia para defender la ciudad, y hacer que Agiulfo con su ejército se levantase del cerco: en el cual tiempo escribió a Mauricio algunas cartas quejándose; y en una de ellas le dice: «No os enojéis, señor, contra los Sacerdotes, por la potestad que tenéis en la Tierra; antes con una profunda consideración de tal manera os debéis mostrar, señor, que por amor de aquel Señor, a quien ellos sirven, y a quien representan, vos les hagáis reverencia; porque los Sacerdotes en las Divinas Letras unas veces se llaman dioses, y otras ángeles; y por Moisés se dice, que aquel que ha de hacer el juramento se presente a los dioses, que quiere decir a los Sacerdotes: y el Profeta dice, que los labios del sacerdote son la llave de la ciencia, y su boca es intérprete de la ley; porque es ángel del Señor de los ejércitos. Pues ¿qué maravilla es que vos honréis a los que el mismo Dios llama ángeles y dioses? Y de esto tenéis ejemplo en Constantino, emperador, de piadosa memoria, del cual se escribe en la historia eclesiástica, que habiéndole dado algunos memoriales contra los obispos, los recibió y quemó delante de los mismos obispos, diciéndoles: Vosotros sois dioses constituidos en la Iglesia del verdadero Dios: ordenad y disponed las cosas como os pareciere que conviene, que no es justo que nosotros, siendo hombres, juzguemos a los dioses: y con esta sentencia el piadoso emperador ganó más honra para sí por su humildad, que fue la que dio a los obispos con la reverencia que les hizo. Y antes de Constantino hubo muchos príncipes paganos, los cuales, no conociendo al verdadero Dios, adoraban a los dioses de leña y de piedra, y honraban en gran manera a sus sacerdotes. Pues, ¿qué maravilla es, que un emperador cristiano, y que adora a Dios verdadero, honre a los Sacerdotes de Dios; pues los príncipes gentiles hacían tanta reverencia a los sacerdotes de los dioses de piedra y de madera?»

Y en otra epístola dice: «En esta causa no me desprecie vuestra piedad; porque aunque los pecados de Gregorio son tantos, que merece padecer esto, San Pedro, en cuyo lugar yo estoy, no tiene pecados ningunos, para que merezca padecer lo que padece en vuestros tiempos. Por lo cual una y dos veces, por amor de Dios todopoderoso, os ruego, que como los otros príncipes vuestros predecesores han codiciado la gracia del Apóstol San Pedro, así vos la estudiéis alcanzar y conservar; y que no se menoscabe la honra del dicho Apóstol, por los pecados de los que indignamente le servimos: pues al presente os podrá ayudar en todas vuestras empresas, y después perdonar vuestros pecados.» Esto es de san Gregorio. Pero todo no bastó para que Mauricio se ablandase y reconociese, hasta que el Señor tomó la mano para castigarle, por haber tan sin razón perseguido a quien no se lo merecía.

16 El mismo año en la plaza de Constantinopla apareció un varón vestido de monje, con una espada desnuda en la mano, y con voz clara y terrible, dijo: «Con esta espada morirá Mauricio.» Y luego se entendió lo que el cielo le amenazaba, y el castigo que le había de venir sobre él: y el mismo emperador se reportó y envió grandes limosnas a todos los monasterios de Constantinopla, y a muchos de fuera, rogando a los religiosos que suplicasen a Nuestro Señor, que le castigase en esta vida y no en la otra: y él con muchas lágrimas pedía lo mismo a Dios: del cual parece que fue oído; porque poco después se levantó contra Mauricio Focas, por cuyo mandato él y su mujer, e hijos e hijas fueron muertos, alabando a Dios porque le castigaba en esta vida, como se lo había suplicado, y reconociendo y confesando que era justa aquella sentencia, por lo que contra San Gregorio había hecho; y Juan, patriarca, asimismo murió repentinamente por justo juicio del Señor.

17 Y no es maravilla, que Nuestro Señor tomase tan a Su cargo las injurias que se hacían a San Gregorio para castigarlas; porque nacían del celo grande, que él tenía de Su gloria, y del cuidado de cumplir con las obligaciones de su oficio, con una entereza y magnanimidad tan rara por una parte, como quien era superior de todos, y por otra, con una humildad tan profunda, y una paciencia y mansedumbre tan divina, que pone admiración el ver tan hermanadas y juntas en uno dos cosas tan diferentes, como son la severidad y constancia en defender y conservar la dignidad de Sumo Pontífice, y la humildad con que mirándose como persona particular se ponía debajo de los pies de todos. Le veréis unas veces dar privilegios, y mandar a todos los sacerdotes, jueces, y a los mismos reyes, que los guarden, con tanta autoridad, que les priva de su dignidad, si no lo hicieren; y otras humillarse y abatirse, como si fuera el menor de todos, y un poco de polvo de la tierra: «Porque, como dice el mismo Santo, los superiores no deben considerar la potestad de su dignidad, sino la igualdad de la condición humana, que tienen con sus súbditos, ni deben gozarse por verse superiores de los hombres, sino de serles provechosos. Mas muchas veces el que gobierna, por su preeminencia se desvanece en su corazón, y viendo que todo está a su mandado, y con presteza es obedecido, y que todos sus súbditos alaban lo bueno que hace, y no contradicen a lo malo; antes muchas veces loan lo que debían vituperar; engañado de las cosas que tiene debajo de sí, se levanta el corazón sobre sí, y estando rodeado por de fuera de favor y aplauso popular, queda vacío de la verdad, y olvidado de sí, da oídos a las palabras lisonjeras, y cree que es tal, como oye de fuera que es, y no como de dentro es en realidad de verdad: y de aquí viene a despreciar a sus súbditos, y a no conocer, que son iguales en la naturaleza, juzgando que es mejor que ellos en la vida, porque es aventajado en la potestad; y porque puede más, piensa que sabe más que todos.» Todo esto es de San Gregorio: cuya humildad fue tan extremada, que a todos los Sacerdotes llamaba hermanos, a los otros clérigos de inferior grado hijos dilectísimos, a los hombres legos señores, a las mujeres señoras; y siendo él Sumo Pontífice, Pastor y Patriarca Universal de la Iglesia, no quería que otros se lo llamasen; antes muy humildemente tomó el titulo de «Siervo de los siervos de Dios,» y de él usó en las letras apostólicas, y después por su imitación lo han usado todos los Sumos Pontífices que le han sucedido.

A una señora, llamada Rusticiana, que en sus cartas escribiendo a San Gregorio, se llamaba sierva suya, la reprendo por ello, y le ruega que no use más de aquella manera de escribir; pues él no era señor, sino siervo de todos. Y en otra carta, que escribo a la camarera de la emperatriz, por nombre Gregoria, entre otras cosas le dice: «En lo que me decís, que siempre me seréis importuna, hasta que os escriba, que me ha sido revelado, que Dios os ha perdonado vuestros pecados, pedís una cosa dificultosa e inútil: dificultosa, porque no soy digno de tener revelación: inútil, porque no debéis estar segura de vuestros pecados hasta la postrera hora de vuestra vida, cuando no les podréis más llorar: hasta que aquella hora llegue, siempre habéis de estar sospechosa, y temerosa por vuestras culpas, y lavarlas cada día con lágrimas.»

Y en otra epístola, escribiendo a Estélano, Obispo, le dice: «Mucho favor me mostráis en vuestras cartas, y mayor del que yo merezco, siendo escrito: No alabes al hombre mientras que vive: mas aunque no soy digno de oír las cosas, que vos decís de mí; yo os ruego, que con vuestras oraciones me hagáis digno; para que, ya que habéis dicho los bienes que no hay en mí, de aquí adelante los haya por haberlos dicho vos.»

Un abad persiano, llamado Juan, varón santo y de grandes merecimientos, vino a Roma a visitar los cuerpos de los gloriosos Apóstoles San Pedro y San Pablo; y un día, viendo pasar al santísimo Pontífice Gregorio por la calle, se fue a echar a sus pies, y San Gregorio le ganó por la mano, y se echó primero a los pies del abad, y no se quiso levantar, hasta que él se levantó, y después, todo el tiempo que estuvo en Roma, le mandó proveer de lo que había menester.

De esta misma humildad nacía el conocimiento y sentimiento, que tenía de sí, y lo que escribió a Mauricio, emperador, cuando más terriblemente le perseguía, por estas palabras: «Yo soy hombre pecador, y porque continuamente ofendo a Dios, pienso que delante de Su tremendo Juicio es algún remedio de mis culpas el ser continuamente afligido por ellas; y creo que vos, señor, tanto más aplacáis, y ganáis la gracia de Dios, cuanto como a siervo Suyo, descuidado y flojo, más me afligís:» Que los Santos, cuanto más cerca están y más participan de la fuente de la Divina Luz; tanto más ven los átomos de sus faltas, y lo que debe la criatura a la soberana Majestad del Creador.

De esta misma humildad así mismo procedía el menosprecio de todas las cosas de la Tierra, y el poseer, lo que este Santo poseía, sin que a ello se pegase el corazón. Por donde, como un santo ermitaño, que había vivido muchos años en soledad, con grande oración y penitencia, suplicase a Nuestro Señor, que le manifestase el premio, que le había de dar, por haber dejado todas las comodidades de esta vida, por servirle en tanta pobreza; una noche en sueños le fue respondido, que podía esperar el galardón, que se debía a la pobreza de San Gregorio. Se angustió mucho con esta respuesta el ermitaño, pareciéndole, que no debía ser su pobreza agradable a Dios, pues por ella no le prometía mayor premio, que el que se había de dar a un príncipe tan rico y opulento, como era San Gregorio: y como de día y de noche suspirase, y llorase su desventura; otra noche reposando, oyó al Señor, que le decía: «Si no hace rico la posesión de los bienes, sino la codicia; ¿cómo osas tú comparar tu pobreza con las riquezas de Gregorio; pues tu amas más una sola gata que tienes, que Gregorio todos los bienes y tesoros que posee? Los cuales él no ama, sino desprecia, y liberalmente reparte a los pobres; siendo por eso más pobre que tú en su corazón.»

18 Con esta tan alta pobreza de espíritu, se juntaba en San Gregorio otra virtud de la paciencia, que en él fue perfectísima y divina: porque es cosa que espanta, ver cómo sufría las calamidades públicas de su tiempo, la guerra cruel y continua que los longabardos le hacían, las persecuciones y malos tratamientos de sus enemigos, y las enfermedades dolorosas, con que el Señor le ejercitaba, y como oro en crisol le purificaba, para hacerle más digno de Sí. El mismo Santo dice de sí estas palabras: «Ya casi ha dos años cumplidos, que estoy en una cama con tan grandes dolores de gota, que apenas los días de fiesta me puedo levantar para celebrar; y luego con la fuerza del dolor me vuelvo a acostar; porque me aprieta tan fuertemente, que me hace gemir y suspirar: y este dolor algunas veces es más remiso, y otras muy riguroso: mas nunca es tan flojo, que me deje, ni tan intenso, que me mate; y así muriendo cada día, nunca acabo de morir: y no es maravilla, que siendo tan grande pecador Dios me tenga en esta cárcel.»

19 Y en otra epístola dice: «Yo os ruego, que hagáis con grande instancia oración por mí, pecador; porque el dolor del cuerpo, y la amargura del corazón, y el estrago y asolamiento, que veo entro tantas espadas de los bárbaros, en gran manera me afligen, aunque entre tantos males no busco consolación temporal, sino la cierna, la cual no puedo por mí impetrar del Señor; mas confío, que la podré alcanzar por medio de vuestras oraciones.»

20 Y de otras epístolas suyas se saca, que Nuestro Señor con enfermedades le apretaba, y consumía de manera, que siendo antes abultado y corpulento, dice, que tenía el cuerpo árido y seco, como si estuviera en la sepultura, y que no tenía otro consuelo, sino el deseo y esperanza de morir presto: y a todos sus amigos pide, rueguen al Señor por él, para que le dé sufrimiento y paciencia: «Para que mis culpas, dice, que con los dolores se podían curar, no vengan a crecer por la impaciencia.» Mas el Señor que es benignísimo, después de haber afinado y apurado al Santo Pontífice con tantas angustias y aflicciones, cumplió sus deseos, y le libró de la cárcel de este cuerpo, para darle la corona de la gloria, que tan bien tenía merecida por sus heroicas virtudes, y altos merecimientos, y celestial doctrina, con que había ilustrado y gobernado Su Iglesia trece años, y seis meses, y nueve días.

Murió este santísimo Pontífice el día que la Iglesia celebra su fiesta, que fue a los 12 de marzo del año del Señor de 604, y en el segundo año del imperio de Focas. Del cual, dejando otros muchos títulos, y singulares alabanzas, que le dan los santos Doctores llamándole varón eruditísimo, príncipe de los teólogos, resplandor de los filósofos, lumbre de los oradores, espejo de santidad, órgano del Espíritu Santo; solo quiero aquí poner unas palabras que de él dice nuestro San Ildefonso, arzobispo de Toledo, aunque sean dichas con encarecimiento: «De tal manera, dice, fue adornado de los merecimientos de todos los antiguos, que dejando la comparación de todos los varones ilustres, no hallamos cosa semejante en la antigüedad; porque venció en la santidad a Antonio, en la elocuencia a Cipriano, en la sabiduría a Agustino, etc.» Esto dice San Ildefonso: y San Isidoro dice, que ninguno de los doctores de su tiempo, ni de los pasados, se puede con él igualar: y como se dice en el octavo concilio Toledano, en las cosas morales se debe preferir San Gregorio a casi todos los otros Doctores de la Iglesia.

21 No cesaron las persecuciones de San Gregorio con su muerte; antes crecieron, para que fuese más conocida su santidad, y más esclarecida con milagros del Cielo. Fue elegido en su lugar por Sumo Pontífice Sabiniano, hombre no tan piadoso, y amigo de los pobres, como San Gregorio; y el mismo año después de su muerte hubo una grandísima hambre en Roma, y mucha gente perecía. Acudían al Sumo Pontífice, pidiendo socorro, y remedio para su necesidad, alegando la caridad, y cuidado, con que Gregorio, su predecesor, lo solía hacer. Tuvo sentimiento de esto Sabiniano, y los que le lisonjeaban, comenzaron a publicar, que San Gregorio había sido hombre vano, y manirroto, y que por haber desperdiciado los bienes de la Iglesia, se hallaba ella tan estrecha, que no podía remediar aquella extrema necesidad: y pasó tan adelante este injusto sentimiento, que se mandó recoger, y quemar los libros, que San Gregorio había escrito con Luz del Cielo, y Espíritu Divino, para tanto bien de la Iglesia católica; y en efecto se quemaron algunos, según Juan, Diácono, o los quisieron quemar, según el Cardenal Baronio, y quedaron los que tenemos, por la industria, y providencia de Pedro, Diácono, grande hijo, y familiar de San Gregorio, y el que introduce el mismo Santo en sus Diálogos, y habla con él: el cual viendo la injusta indignación de Sabiniano, y que muchos, por lisonjearle, soplaban las llamas, y echaban aceite en el fuego, y que hasta el mismo pueblo, que había recibido tantos, y tan extraños beneficios de San Gregorio, estaba trocado, y se dejaba llevar de la corriente.

Dijo, que él había visto muchas veces al Espíritu Santo en figura de paloma sobre San Gregorio cuando escribía, y que se hacía grandísima injuria al mismo Espíritu Santo en querer quemar los libros, que por su instinto, e inspiración se habían escrito; y que para que estuviesen ciertos de esta verdad, él públicamente, y delante de todos la confirmaría con juramento, y que si luego después de haberse hecho, se muriese, entendiesen, que era verdad lo que decía, conservasen, y reverenciasen los escritos de San Gregorio; y si no muriese luego, que le tuviesen por burlador, y que él mismo pegaba fuego a los dichos libros. Se aceptó el partido: afirmó Pedro con juramento, lo que había dicho, y en acabando de jurar espiró. Quedaron todos asombrados, y compungidos, con lo que habían visto, y de allí adelante reverenciaron con mayor acatamiento, al que Dios con este milagro tan patente había magnificado. Desde entonces comenzaron los pintores a pintar una paloma blanca a la oreja de San Gregorio, para significarnos, que el Espíritu Santo era el Autor, e inspirador de lo que había escrito. Mas como Sabiniano todavía fuese escaso, y duro para con los pobres, Nuestro Señor en breves días se le llevó de un dolor fortísimo de cabeza: y hay autores graves, que escriben, que San Gregorio le apareció tres veces en sueños, reprendiéndole de su poca caridad, y amonestándole, que se enmendase; y no haciéndolo, otra vez le apareció, y le dio un golpe en la cabeza, del cual se siguió el dolor, y tras él la muerte.

Otros muchos milagros obró Nuestro Señor por la intercesión de San Gregorio después de su muerte, y particularmente contra las personas, que profanaban su monasterio con su mala vida, o temerariamente despreciaban, o malbarataban su hacienda, o quitaban a los pobres, lo que el Santo les había dejado, o cometían otras cosas indignas de aquel lugar, del acatamiento, y devoción, que se debía a la memoria de tan Santo Padre: los cuales milagros se pueden ver en Juan, Diácono, y nosotros los dejamos, por evitar prolijidad, suplicando a Nuestro Señor por los merecimientos, y oraciones de este santísimo Pontífice, y gloriosísimo Doctor de Su Iglesia, a quien él tanto sublimó en la Tierra, y en el Cielo, que nos dé gracia para imitarle, en lo que puede nuestra flaqueza, y de hacernos particioneros de la gloria, que posee. Amén.

Iglesia de San Gregorio Magno al Celio, Roma.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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2 respuestas a 3 de Septiembre: San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia (540-604)

  1. Anónimo dijo:

    Gracias!

    Obtener Outlook para Android

    ________________________________

  2. Pingback: Milagro Eucarístico presenciado por el Papa San Gregorio Magno / Año 595 | Apariciones de Jesús y María

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