17 de Noviembre: San Gregorio Taumaturgo, Obispo de Neocesarea del Ponto (185-270)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 17, Página 442.



San Gregorio Taumaturgo, Obispo y Confesor

La vida de San Teodoro, que después se llamó Gregorio, Obispo de Neocesarea[1], escribió el elocuentísimo doctor San Gregorio Niseno, hermano del gran Basilio; y el mismo Basilio le alaba sobremanera y le llama el gran Gregorio. Fue tan esclarecido en prodigios y milagros, que le dieron nombre de Taumaturgo, que en griego quiere decir obrador y artífice de milagros, y le comparan a Moisés por los muchos y muy notables que hizo; y su vida fue tal, que se puede tener por el mayor de todos sus milagros.

Nació este Santísimo Varón en Neocesarea, que es en el Ponto Euxino. Sus padres fueron nobles y ricos, aunque eran gentiles. Desde niño fue muy bien inclinado y dado a las obras morales de virtud. Y habiendo aprendido las primeras letras, fue enviado a Alejandría (donde a la sazón florecían mucho los estudios de las buenas artes), para que allí estudiase la filosofía y todo lo demás que para cultivar su grande ingenio y alcanzar honra y provecho era menester. En este estudio de la filosofía le alumbró Dios, y en las tinieblas de los libros de los gentiles le descubrió la luz de la Verdad. Porque, viendo la variedad y diversidad de opiniones que hay entre los mismos filósofos (aun en las cosas más importantes que tocan a la naturaleza, providencia, gobierno y majestad de Dios, y a la felicidad y fin del hombre), entendió que no podía ser verdadera aquella doctrina que estaba tan llena de contrariedades y desatinos; y la que enseñaba nuestra Sagrada Religión sola era la cierta y segura; y así la abrazó y se hizo cristiano.

Perseveraba en sus estudios con raro ejemplo de modestia y honestidad. No se descomponía ni en obras ni en palabras. Era benigno, manso y humilde con todos, y un espejo de virtud a sus condiscípulos y a los demás estudiantes de aquella universidad. Entre los cuales, algunos desbaratados y traviesos llevaban mal tanta modestia y compostura de costumbres como resplandecía en San Gregorio, porque era una tácita reprensión de sus vicios. Determinaron, pues, de infamarle y dar a entender que no era tan casto ni tan honesto como parecía. Se concertaron con una mujercilla lasciva y de mal vivir, y le prometieron de pagárselo muy bien si al tiempo que estaba Gregorio en compañía de los hombres graves y filósofos, le acometiese y le pidiese el precio de la torpeza que con ella había cometido y no pagado. Lo hizo así la triste y desvergonzada mujer. Entró un día donde estaba el Santo mozo tratando una cuestión de filosofía con ciertos filósofos, y con grande desenvoltura, quejándose y dando voces, le afeó que habiéndose aprovechado de ella no le había pagado lo que le había prometido. Se turbaron los que allí estaban, oyendo lo que nunca habían oído de Gregorio, y entendiendo que era embuste y que no cabía en él aquella maldad, la quisieron echar de allí como a mujer infame y mentirosa. Mas no se turbó Gregorio, ni hizo alteración en su ánimo, ni mudanza en su rostro lo que de sí falsamente había oído, antes con un semblante sereno y grave, volviéndose a un criado suyo, le mandó que diese a aquella mujer todo lo que pedía, para que se fuese y no los estorbase ni interrumpiese la conferencia y disputa que tenían entre manos. Dio el criado a la mujer todo lo que le pidió, y al punto que ella lo tomó en la mano, por Juicio de Dios se revistió el demonio de ella, y la comenzó atormentar terriblemente, y no cesó hasta que el Santo mozo hizo oración por ella y la libró; quedando todos admirados de la modestia de Gregorio y del testimonio que Dios había dado a su inocencia, con el castigo visible de la mujer y con haber oído los ruegos del mismo Gregorio y librándola por su intercesión.

Habiendo acabado los estudios de la filosofía y de las ciencias humanas, se aplicó San Gregorio a las Letras Divinas, y para aprenderlas mejor determinó de hacerse discípulo de Orígenes, que en aquel tiempo era tenido por un oráculo de sabiduría e insigne doctor de la Iglesia. Vino a él con un hermano suyo, llamado Atenodoro, varón erudito, que después fue Obispo y glorioso Mártir del Señor en tiempo del emperador Aureliano, y como de tal hace mención el Martirologio romano a los 18 de octubre. Cinco años enteros estuvieron en la escuela de Orígenes los dos hermanos, y de él fueron enseñados en las Divinas Escrituras, e hicieron muy gran progreso en la inteligencia de ellas. Y aun San Jerónimo escribe que Orígenes fue el que, viendo el grande ingenio de San Gregorio y de su hermano, los exhortó al estudio de la filosofía, y poco a poco les fue instruyendo en la Fe de Cristo hasta hacerlos imitadores Suyos. Y lo mismo da a entender Eusebio Cesariense, y añade que se esmeraron tanto en las letras y en la virtud, que siendo aun mozos los sacaron de la escuela de Orígenes para hacerlos Obispos.

Volvió después Gregorio a Neocesarea, su patria, que a la sazón era toda de gentiles y dada a la idolatría, y no había sino diez y siete cristianos en ella. Todos pusieron luego los ojos en Gregorio por su nobleza, modestia y grande ingenio y letras. Aguardaban alguna muestra de lo que había aprendido; mas él no quiso hacer ostentación de su ciencia, sino de su modestia con el silencio y con la soledad, retirándose del bullicio y negocios de la ciudad, y tratando con Dios por la oración, pidiéndole Su favor, y con los prójimos de su aprovechamiento y de los medios que habían de tomar para ir al Cielo. Mas por mucho que Gregorio se retiraba y se escondía, no podía la luz que estaba encerrada en su pecho dejar de manifestarse y salir fuera. Se extendió por toda aquella tierra la fama de su virtud y doctrina, por la cual los que no le conocían deseaban conocerle, y los que le trataban tratarle más por la utilidad que sacaban de su santa conversación. Fue esto de manera, que un Santo Obispo de la iglesia de Amasea, llamado Fedimo, viendo cuán pocos eran los cristianos de la ciudad de Neocesarea, y que los gentiles eran muchos, y florecían y maltrataban a los cristianos, encendido de celo de la gloria de Dios, y movido con Su Espíritu, deseó en gran manera hacer Obispo de Neocesarea a Gregorio, para que con su gran virtud y letras la cultivase y alentase a los cristianos y convirtiese a los gentiles; para esto él mismo fue en busca de San Gregorio con intento de poner sobre él las manos y consagrarle en Obispo. Lo entendió Gregorio, y para eximirse de aquel peso que juzgaba ser mayor que sus fuerzas, se retiró huyendo de una soledad en otra por no encontrarse con Fedimo ni aceptar el Obispado. Fedimo buscaba a Gregorio para hacerle Obispo, y Gregorio por no serlo se escondía. Huía el uno y le seguía el otro, y no le podía dar un alcance, hasta que un día, sabiendo Fedimo que Gregorio estaba tres jornadas lejos, con gran confianza se volvió a Dios y le suplicó que mirase a él y mirase a Gregorio, y que ya que no podía poner sobre él las manos para consagrarle en Obispo, se sirviese de sus palabras, con que estando ausente se le dedicaba y ofrecía por Obispo de Neocesarea para bien de aquella iglesia. Fueron de tanta fuerza las palabras de Fedimo, como dichas con especial instinto y Espíritu del Señor, que cuando Gregorio las supo se dejó atar, y se rindió, y bajó la cerviz al yugo, y se encargó de la iglesia de Neocesarea haciéndose consagrar Obispo con los ritos y ceremonias de la Iglesia.

En viéndose Obispo San Gregorio se determinó dar de mano a todos los negocios de la carne y sangre, y atender solamente a los de su oficio pastoral, y ante todas cosas a la doctrina y enseñanza de sus ovejas. Y deseando que fuese pura y sincera y sin mezcla de algún error de los muchos que en aquellos tiempos sembraba el demonio, como cizaña entre la buena semilla, se dio mucho a la oración, suplicando al Señor por intercesión de Su Santísima Madre que le alumbrase y le descubriese lo que él había de predicar a sus ovejas.

Estando una noche en oración con esta ansia y cuidado, le apareció la serenísima Reina de los Ángeles, resplandeciente y en figura de una Señora más divina que humana, y volviéndose a San Juan Evangelista, que venía a Su lado, le ordenó que declarase a Gregorio los Misterios del Cielo y le diese una fórmula de lo que había de creer y enseñar; y así lo hizo el sagrado Evangelista. Y con esto desapareció aquella visión, y Gregorio quedó enseñado y consolado, y escribió aquella fórmula que le había sido revelada, por la cual los cristianos de Neocesarea fueron instruidos en su tiempo, y después sin caer en algún error.

Armado, pues, San Gregorio con tan buenas armas, y favorecido con el socorro del Cielo, salió en campo contra las huestes de Satanás para hacer guerra como soldado valeroso a la idolatría e infierno, y defender las partes del Señor. Estaba toda aquella tierra llena de templos dedicados a los demonios, y en los bosques, alamedas y montes se les ofrecían abominables sacrificios, y el culto del verdadero Dios estaba postrado y muy caído por los pocos cristianos que había en Neocesarea. Pero sucedió que, dejando San Gregorio la soledad y caminando hacia la ciudad con algunos sus familiares y amigos, llegó a un templo de Apolo allí cerca, y porque llovía y era tarde paró en él. Era este templo muy célebre y frecuentado de los gentiles que venían al demonio, que en él era reverenciado como a un oráculo, y por medio del sacerdote proponían sus dudas y peticiones al demonio, y con las respuestas que él les daba se volvían a sus casas. Purificó el templo San Gregorio con la Señal de la Cruz, y gastó toda la noche velando en oración y alabando al Señor como solía. A la mañana se partió y siguió su camino.

Salido San Gregorio entró el sacerdote de los ídolos en el templo para hacer sus ofrendas y sacrificios, y oyó grandes voces y lamentables aullidos de los demonios que clamaban y le decían que no podían entrar en aquella casa por haber estado en ella Gregorio. Hizo el sacerdote mayores sacrificios y todo lo que supo para aplacarlos y hacerlos volver al templo, y viendo que todo su trabajo le salía en vano, fue tras San Gregorio y le alcanzó, y con gran saña y furor le dijo que le había de acusar al magistrado y hacer castigar severamente, porque siendo cristiano y enemigo de los dioses, había entrado en su templo y los había echado de él e impedido sus oráculos. A lo cual San Gregorio con gran modestia le respondió que supiese que era siervo de un Señor en cuyo Nombre podía echar los demonios de donde quisiese. El sacerdote admirado de esto le dijo: «Pues haz que tornen al templo donde estaban, para que yo entienda que tienes tan gran potestad.»

Abrió Gregorio un libro que traía consigo, y rompió de una hoja una pequeña parte, y escribió en ella estas solas palabras: «Gregorio a Satanás: entra.» Llevó el sacerdote la carta, la puso sobre el altar, hizo su sacrificio, y luego le respondieron los demonios como primero. Quedó asombrado el sacerdote, y como debía ser discreto, y Dios por este camino le quería alumbrar, se puso a considerar que el Dios a quien servía Gregorio debía ser más poderoso que sus dioses, pues en Su Nombre Gregorio los había podido echar de su templo y volverlos con el mandato de una sola palabra. Y movido de esta consideración se fue a San Gregorio y le contó lo que le había pasado, y le rogó que le declarase quién era aquel Dios a quien él servía y le daba tan gran poder. Y habiéndole respondido el Santo lo que le convenía oír, que los Misterios de nuestra Santa Fe no se confirmaban con palabras, sino con milagros, para que él entendiese que le decía la verdad, y se sujetase y tuviese por Dios el que él predicaba. Y como Gregorio le respondiese que escogiese el milagro que quería que hiciese, el sacerdote le dijo que pasase una peña grandísima que allí estaba a otra parte. Lo hizo luego San Gregorio, y como si la peña tuviera razón, así le mandó que se pasase a donde el otro había señalado; y ella obedeció e hizo lo que le fue mandado. Quedó el hombre asombrado y convencido, y con su mujer, hijos y familia se convirtió a la Fe de Cristo, y suplicó al Santo que le recibiese en su servicio y compañía para ser particionero de sus trabajos y merecimientos.

Se divulgó la fama de estos dos milagros tan grandes en la ciudad, y como San Gregorio había echado a sus dioses del templo, y dado licencia para volver a él, y trasladado la peña a otro lugar, y confuso y atónito de oír cosas tan nuevas y admirables, sabiendo que venía le salió a recibir todo el pueblo con extraordinario aplauso y regocijo. Pero fue cosa maravillosa y otro milagro mayor, que el Santo iba tan dentro de sí y tan puesto en Dios, que pasó por medio de toda la gente como si estuviera en el desierto y no viera nadie, estando como estaba cercado por todas partes y apretado de tanta gente.

No quiso buscar casa en la ciudad, ni tener heredades y posesiones, porque todo su cuidado era Dios y la salvación de las almas, hasta que un caballero rico y principal, llamado Mausonio, le rogó encarecidamente y le importunó que se fuese a su casa. Él lo hizo, y comenzó a venir a ella mucha gente de todos estados, edades y condiciones, por ver y tratar a un hombre que era más que hombre, y tener doctrina para sus almas y salud para sus cuerpos. Así lo hacía el Santo, enseñando a cada uno lo que había de hacer para salvarse, y sanando a los enfermos de todas las dolencias que padecían. Consolaba a los desconsolados; persuadía a los mancebos la castidad, a los viejos la paciencia, a los siervos la obediencia para con sus señores, a los señores la clemencia y benignidad para con sus criados, a los ricos la limosna y a los pobres el sufrimiento y contento con su estado; finalmente a todos, hombres y mujeres, mozos y viejos, repartía el pan de la celestial doctrina y daba documentos de Salud.

Fueron tantos los que se convirtieron a nuestra fe y tan grande el fuego de amor de Dios que en ellos se emprendió por las palabras de San Gregorio, que luego pusieron la mano para edificar un Templo al Dios Verdadero, ofreciendo cada uno su trabajo y su hacienda para la obra. La cual se hizo echándole el Santo su bendición, y quedó tan fuerte y tan firme y bien fundada que, sucediendo después un grandísimo temblor de tierra (con el cual cayeron todos los edificios, casas y templos de la ciudad de Neocesarea), solo este Templo que edificó San Gregorio quedó en pié, por especial gracia y providencia del Señor.

Eusebio Cesariense dice que para la edificación de un templo hizo con su oración que una gran peña se partiese y diese lugar para que edificase el templo: tanto podía con sus oraciones y tanto era lo que Dios honraba a Su Santo. El cual era tenido por tal, y respetado y reverenciado como una cosa divina y venida del Cielo; y por esto los que tenían pleitos y contiendas entre sí se las ponían en sus manos, para que él las decidiese y determinase. Verdad es que no todos le obedecían en todo; pero los desobedientes luego sentían su daño, como aconteció a dos hermanos, mozos ricos, y recién heredados, que pleiteaban sobre quién de ellos había de ser señor de una laguna de mucha pesca, queriendo cada uno serlo sin admitir compañero. Creció tanto esta discordia con el hervor de la sangre y codicia del propio interés en los dos mozos hermanos, que determinaron venir a las manos y llevar aquel negocio por armas. Lo supo San Gregorio, y estando a punto para darse la batalla fue a ellos: Les rogó que se pacificasen y que estimasen más el amor natural que el interés, y que como buenos hermanos se concordasen. Lo oyeron los mozos, mas no obedecieron al Santo. Se volvió él a Dios, hizo oración una noche a la ribera de la laguna, y a la mañana no apareció más la laguna, porque toda se había convertido en tierra fértil y fructuosa. Visto el milagro los dos hermanos se conformaron y dejaron sus pendencias y rencillas, echándose a los pies del Santo, que con sus oraciones les había quitado y cortado la raíz.

No menos es admirable otro milagro que hizo poniendo freno y término al río Lico, muy caudaloso y furioso que saliendo de madre arruinaba y destruía toda aquella tierra donde pasaba. Vinieron los pueblos de aquella comarca a San Gregorio: le dijeron los daños grandes que recibían de aquel río cuando se desenfrenaba, y creciendo con las avenidas se extendía por los campos y arrebataba los árboles, los ganados y las mismas casas y moradores de sus pueblos, y que todos los remedios que habían usado no habían sido de provecho; y por esto le suplicaban que los socorriese en aquella tan extremada necesidad, para que no quedasen asolados tantas villas y lugares de aquella comarca.

Se enterneció el Santo: fue allá, y vista la disposición del lugar puso el báculo que llevaba en la mano en la ribera, suplicándole a Nuestro Señor que aquel báculo fuese el límite y término de aquel río. Y así fue, porque el báculo prendió en la tierra y se hizo un árbol grande, y cuando más soberbio y furioso venía el río, en llegando con sus aguas y tocando el árbol se detenía y volvía atrás, sin poder pasar más adelante: por virtud de aquel Señor, que al mismo mar puso sus términos y le dijo: «Hasta aquí llegarás, y aquí se quebrantarán tus furiosas ondas.»

Pues ¿qué diré de otro milagro no menos maravilloso? Porque habiéndose encendido una pestilencia universal por todo el mundo (que dicen que duró diez años), y llegado a la ciudad de Neocesarea, y haciendo riza y abrasándola como un incendio cruelísimo, no tuvo otro remedio para apagarle sino los merecimientos y oraciones de San Gregorio, que en cualquiera casa que entraba llevaba consigo la salud. Y con esta ocasión muchos gentiles alcanzaron la de sus almas y se convirtieron a nuestra santa religión, entendiendo que aquella pestilencia era castigo de su idolatría.

Estupendos son los prodigios que hizo San Gregorio y maravillosas las cosas que obró; pero entre otras fue una de no menor utilidad para las almas que de admiración, por la novedad del caso y manera con que sucedió. Le rogaron los vecinos de la ciudad de Comana que los visitase. Lo hizo: trataron con él que les diese Obispo de su mano. Les mandó él que entre sí confiriesen y tratasen quién entre todos sería más a propósito para aquella dignidad. Y como ellos lo hiciesen y pusiesen los ojos en personas que eran insignes en sangre, en elocuencia y en otras partes que se miran y estiman mucho en el mundo, y los propusiesen a San Gregorio, él les dijo que aquellas partes que ellos buscaban y requerían no eran las principales para Obispo, sino la santidad, virtud y prudencia, y que éstas se habían de anteponer a las otras, y escoger la persona en que se hallasen más aventajadas, cualquiera que fuese. A esto respondió uno: «De esa manera bien se puede tomar por obispo a Alejandro, carbonero.» Era este Alejandro un varón muy sabio y gran filósofo, y no menos santo y menospreciador del mundo; el cual, para ser desconocido y más abatido entre los hombres, dejando los libros y estudios de la vana sabiduría, y encendido del Amor y de la Luz Celestial, había tomado una como máscara de hombre vil y abyecto, y haciéndose carbonero en la ciudad de Comana, donde vivía del trabajo de sus manos. Como San Gregorio oyó el nombre de Alejandro, carbonero, le inspiró Dios y le reveló que aquel era el que convenía que fuese Obispo. Le mandó traer delante de sí: vino tiznado y en hábito y traje de carbonero, riéndose todos los circunstantes de verle, y más de la causa y fin por que venía. Le preguntó el Santo algunas cosas, y por sus prudentes respuestas entendió que era más de lo que parecía, y que debajo de aquel vil vestido había gran sabiduría y santidad. Le llamó aparte, se informó secretamente de quién era, y le apretó de manera que Alejandro no le pudo negar la verdad. Le abrazó San Gregorio, y le vistió decentemente y le dio por Obispo a aquella ciudad, declarándoles quién era y lo que le debían estimar; y que la Voluntad de Dios era que aquel fuese su Pastor y Prelado; y lo fue tan excelente que vino a ser Mártir del Señor, y acabó su vida por fuego, y de él hace mención el Martirologio romano a los 11 de agosto. Con este hecho declaró San Gregorio a lo que en las elecciones de los Obispos se debe tener más atención, y lo que es más principal, y el pecho que tenía en resistir a los que le proponían personas adornadas de las partes y talentos que el mundo estima y admira más que los otros que son preciosos en los ojos del Señor, y más necesarios para el que ha de ser Pastor, y como tal, y no como mercenario, apacentar y defender de los lobos las ovejas que el Sumo Pastor y Príncipe de todos los pastores, Jesucristo, compró con Su Sangre. Y juntamente mostró el Santo la luz del Cielo que tenía, y con ella descubrió el tesoro que entre los carbones y humilde traje de Alejandro estaba escondido.

Pero ¿quién podrá contar todos los otros milagros que este santísimo y milagroso Varón obró? San Gregorio Niseno se excusa de hacerlo por ser (como dice) cosa muy larga y que pedía mucho ocio y tiempo. Uno no quiero dejar de referir que le sucedió con dos judíos, los cuales parte por codicia, parte por hacer burla del Santo, y dar a entender que era fácil de engañarle, concertaron entre sí de pedirle limosna en esta forma. Volviendo San Gregorio a su ciudad, se pusieron los dos judíos en el camino por donde había de pasar, el uno tendido en el suelo como muerto, y el otro como quien le lloraba y lamentaba. Éste al tiempo que pasaba el Santo alzó más la voz, y gimiendo y suspirando le dijo que aquel pobre mozo que allí estaba tendido en el suelo había muerto súbitamente, y era tan pobre que no tenía una sábana en qué envolverse, ni cosa con que enterrarse; que le socorriese con algo para que le pudiesen dar sepultura. Se enterneció San Gregorio y se quitó luego un roquete que llevaba, y le echó sobre el que se fingía muerto, y pasó adelante, quedando solos los dos judíos. Entonces el uno de ellos que había pedido la limosna comenzó a dar grandes risadas y a decir a su compañero que se levantase, que buen lance habían echado, y engañado aquel hombre que tenían por tan sabio los cristianos. Y como el otro no le respondiese, alzó más la voz, y asiéndole de la mano y dándole de pie, le dijo que se levantase. Pero todo esto no bastó, porque se estaba quedo sin dar muestra de sentido ni de vida, y el vestido que le dio San Gregorio, luego que le tocó le sirvió de mortaja, que era la que el otro para él pedía; y el que quiso hacer burla del Santo quedó burlado, y de veras muerto el que se fingió muerto, enseñándonos Dios con este milagro el respeto que debemos tener a Sus Santos.

No es de menor admiración la manera con que el Señor guardó a San Gregorio para que no le matasen, que la que tuvo en dar la muerte al judío que hacía burla de él. Se levantó en su tiempo aquella cruel y fiera persecución del emperador Decio contra la Iglesia católica. Eran atormentados con nuevos y exquisitos suplicios los cristianos, y consumidos con linajes de muertes nunca oídas. Unos huían a los desiertos y se escondían en las cuevas debajo de tierra. Otros morían constantemente por la fe. Muchos desmayaban y volvían atrás; y todos andaban descarriados y despavoridos, como ovejas cercadas por todas partes de una manada de lobos cruelísimos. Juzgó San Gregorio que lo que más convenía a la gente era retirarse por entonces y mejor huir de aquella tempestad y salvarse, que ponerse en ella con peligro de ahogarse; y para darles ejemplo y poderlos ayudar más, él mismo huyó y se fue a un monte, llevando en su compañía al sacerdote que había sido de los ídolos y se había convertido (como dijimos), y ya era Diácono.

Los gentiles, aunque contra todos los cristianos tenían grande odio y saña, y con increíble diligencia los buscaban y pesquisaban y sacaban debajo de tierra, más contra San Gregorio principalmente enderezaron sus tiros y máquinas, pareciéndoles que, vencido aquel valeroso capitán, todos los demás se rendirían. Supieron los jueces y ministros del emperador que San Gregorio estaba en el monte, y enviaron con una guía y espía sus soldados para que lo prendiesen. Subieron al monte. Se puso en oración San Gregorio con su Diácono, apartados algo el uno de otro. Cegó Dios a los soldados de manera que no los vieron, sino dos que parecían árboles en su lugar; y así se volvieron, diciendo que Gregorio no estaba en aquel monte, ni habían visto en él sino dos árboles. El que los había espiado sabía que estaba allí porque le había visto, y subiendo otra vez al monte le halló con su compañero; y entendiendo que Dios le había encubierto para que los soldados no lo viesen, y que Gregorio estaba debajo de sus alas y protección, se echó a sus pies y se convirtió, y de perseguidor que antes era comenzó a ser uno de los perseguidos.

Estando una vez en el monte orando, y alzando las manos (como otro Moisés) al cielo por los fieles que peleaban en los tormentos por Jesucristo, vio por divina revelación la batalla de un valeroso caballero suyo, llamado Troadio, que fortísimamente era atormentado; y después de haber estado San Gregorio un rato como arrobado y suspenso, volvió a su acostumbrado semblante, y dijo a su compañero con alegría aquel verso del Salmo: «Bendito sea Dios, que no nos ha dejado caer y ser despedazados de los dientes de ellos.» Y le declaró que un cristiano, llamado Troadio, en aquella hora había vencido los tormentos y sido coronado de la gloria del martirio. Y yendo el diácono secretamente a la ciudad, halló ser verdad lo que el Santo le había dicho.

Otra vez, queriéndose bañar por necesidad en un baño, supo que había en él un demonio que mataba a todos los que entraban de noche en aquel baño, y por esta causa ninguno se atrevía a aquella hora a entrar en él; mas el Santo sin ningún recelo ni temor entró y estuvo y salió de él; y aunque los demonios para espantarle hicieron gran ruido y temblar la casa, y salir unas como llamas de fuego de la misma agua, y otras cosas terribles que pudieran asombrar y hacer desmayar a cualquiera hombre valiente y esforzado, San Gregorio con sola la Señal de la Cruz hizo burla de ellos, mostrando cuánto más poderoso es el siervo del Señor que todo el infierno, y que no pueden los demonios más de lo que Dios les permite.

Pasada aquella persecución y tempestad de los gentiles contra los cristianos que el demonio había levantado, San Gregorio tornó a la ciudad, recogiendo como buen pastor su ganado, y ordenó que se hiciesen fiestas cada año en honra de los Mártires, y que se celebrasen solemnemente aquellos días en que habían dado sus vidas por Cristo y alcanzado la corona del martirio; y permitió a los pueblos que en aquellos días se alegrasen y regocijasen con algún honesto entretenimiento.

Y conociendo que se llegaba su dichoso tránsito de esta vida temporal a la eterna, visitó aun con mayor vigilancia su diócesis con deseo de saber si había alguno en ella que no fuese cristiano; y supo que en la ciudad de Neocesarea (que era grande y populosa) no había más que diez y siete gentiles conocidos, y alabó al Señor por ello. Porque cuando él se encargó del Obispado y entró en ella, no había (como arriba se dijo) más de diez y siete cristianos; y le suplicó que guardase en su santa religión a los fieles, convirtiese a ella aquellos diez y siete infieles y todos los demás que había en todo el mundo. Después rogó a los que estaban presentes que no sepultasen su cuerpo en sepulcro propio ni hecho para él, sino en ajeno; porque así como en vida no había tenido casa propia en que vivir, así en la muerte no tuviese su cuerpo propia sepultura. Con esto el año de Cristo de 266, imperando Galieno, dio su bienaventurado espíritu al Señor a los 17 de Noviembre en que la Santa Iglesia celebra su fiesta. El cuerpo del Santo fue puesto en una caja y colocado en una Iglesia, y Nuestro Señor hizo por él después de muerto muchos y grandes milagros, entre los cuales refiere Teodoro, lector, uno bien notable: que queriendo Dios enviar un gran temblor de tierra a la ciudad de Neocesarea, un soldado que había entrado en ella vio que otros dos soldados salían de ella, y que un hombre que iba tras ellos a voces clamaba y les decía: «Guardad la casa en que está la caja y cuerpo de Gregorio.» Vino el terremoto y la mayor parte de la ciudad se asoló, y la Iglesia en que estaba el cuerpo del Santo quedó en pie, firme y sin lesión alguna.

Escribió San Gregorio algunas obras que refiere San Jerónimo. Una de ellas fue la Interpretación sobre el Eclesiastés, que aunque breve dice el mismo San Jerónimo, que era muy provechosa. Esta interpretación dice Erasmo Roterodamo que en su tiempo se hallaba en Basilea, en la librería de los padres de Santo Domingo. Entre las cosas que escribió fue una la Fe católica de su Santísima Trinidad, como le había sido revelada: la cual se cita en el principio de la quinta Sínodo, con este título: «Exposición de la fe, según la revelación de Gregorio, Obispo neocesariense.» La cual (a lo que parece significar San Basilio) el Santo en otro tratado más largo explicó y dilató, de suerte que no solamente con su predicación, vida y milagros ilustró la Iglesia del Señor, sino también con sus escritos.

La vida de San Gregorio escribió (como dijimos) otro Gregorio, Obispo de Nisa, hermano de Basilio, a quien nosotros principalmente hemos seguido. Y el mismo San Basilio (que se crió en Neocesarea con la leche e instrucción de Santa Macrina, su abuela, y discípula de San Gregorio Taumaturgo, y se precia de ello) le alaba y ensalza sobremanera; y después de haberle comparado con los Apóstoles y Profetas, dice de él estas palabras: «Resplandeció en la Iglesia como una lumbrera grande y esclarecida, y fue por virtud del Espíritu Santo terror y espanto de los demonios, y con diez y siete cristianos solos que había en su ciudad cuando comenzó a ser Obispo, les hizo guerra y convirtió a la fe de Cristo todo el pueblo gentil, así de los ciudadanos como de los labradores. Él fue el que en el Nombre de Dios mudó el curso de los ríos, y secó la laguna, que era ocasión de discordia entro los dos hermanos avaros. Pues las cosas que anunció y dijo antes que acaeciesen son tales y tan grandes, que se puede igualar con los demás profetas. Pero sería cosa larga referir los milagros de Gregorio, basta decir que por la excelencia de los divinos dones y de los milagros y prodigios que obró, los mismos enemigos de la verdad le llamaron otro Moisés.» Esto es de San Basilio.

Escriben asimismo de San Gregorio los Martirologios romano y los demás; Eusebio Cesariense, San Jerónimo, San Gregorio, Papa; Nicéforos Calixto, Suidas y Sócrates. Usuardo, siguiendo a Rufino, llama Mártir a este Santo, porque algunos antiguos dan este nombre de Mártir, no solamente a los que morían, sino también a los que padecían mucho por la fe de Cristo.

(P. Ribadeneira.)


[1] A Neocesarea llaman hoy los griegos Nixar, los turcos Tocata. Era esta ciudad en lo antiguo metrópoli civil de la provincia del Ponto, llamada Polemoníaca, y andando el tiempo lo fue en lo eclesiástico.

Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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