11 de Noviembre: San Martín, Obispo de Tours (316-402)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 11, Página 389.



San Martín, Obispo y Confesor

El bienaventurado San Martín, Obispo y dechado de Santos Obispos, nació en un pueblo de Hungría, llamado Sabaria, y se crió en Italia, en la ciudad de Pavia. Sus padres fueron gentiles, y según el siglo nobles. Su padre fue soldado y maestre de campo, y deseó que su hijo se inclinase a las cosas de la guerra y de la gentilidad como él; pero Martín siendo de diez años contra la voluntad de sus padres se fue a la Iglesia y pidió que le hiciesen catecúmeno, y siendo de doce años trató de retirarse al yermo, y lo hubiera hecho si su tierna edad no se lo estorbara; mas con la voluntad siempre se inclinaba a las cosas de piedad y devoción, frecuentando las iglesias y apartándose del bullicio del siglo y conversando más con Dios que con los hombres.

Sucedió que el emperador Constancio mandó que todos los hijos de los soldados viejos se escribiesen y pusiesen en lista para la guerra. Y puesto caso que Martín se pretendió excusar, no le fue posible, porque su mismo padre le descubrió, y así fue forzado de tomar las armas e ir a la guerra, llevando consigo un criado, a quien trataba, no como a criado, sino como a compañero, sirviéndole tanto como era servido de él, descalzándole, limpiándole los vestidos y dándole a comer en la mesa. Se guardó con gran cuidado de los vicios que comúnmente acompañan a los soldados. El tratamiento de su persona era llano y moderado, y más parecía de monje que de soldado. Era muy sufrido y muy caritativo. Socorría las necesidades de cada uno como podía, consolaba con gran caridad y gracia a los afligidos, visitaba los enfermos, repartía liberalmente lo que tenía a los pobres, y particularmente se enternecía cuando veía alguno desabrigado y desnudo. Y en este género de piedad fue notable un ejemplo que nos dejó de su gran misericordia; y fue así que, estando un día de invierno en compañía de otros soldados a la puerta de la ciudad de Amiens (que es cabeza de la provincia de Picardía, en Francia), vino un pobrecito desnudo, temblando y tiritando de frio, pidiendo alguna limosna para abrigarse; y como los demás soldados no le socorriesen, Martín, entendiendo que Dios le enviaba aquella ocasión para merecer, no teniendo otra cosa que dar al pobre, sacó su espada de la vaina y cortó por medio la clámide y vestidura militar que llevaba, y dio una parte de ella al pobre, y con la otra parte lo mejor que pudo se cubrió. Dio este hecho mucho que reír a los hombres livianos y vanos, y que llorar y materia de compungirse a los cuerdos y graves. Se vio bien cuán agradable había sido a Dios aquella obra, porque la noche siguiente le apareció Cristo, Nuestro Señor, cubierto con aquel pedazo de capa, diciéndole que mirase bien si aquella era la vestidura que él había dado un día antes al pobre; y volviéndose a una muchedumbre de Ángeles que le acompañaban, con Voz alta les dijo: «Martín, siendo aun catecúmeno, Me ha cubierto con esta vestidura.» Tanto estima el Señor lo que se hace con el pobre por Su Amor y tan bien paga cualquier servicio que se le hace. No se desvaneció Martín con este favor del Señor, antes reconociendo y magnificando más la Gracia del Cielo, se determinó de retirarse a vida perfecta; y mientras que no podía romper las cadenas que le tenían con el cuerpo en el siglo, vivir con el corazón y con el deseo en el Cielo, y así lo hacía.

Le apareció Cristo, Nuestro Señor, cubierto con aquel pedazo de capa, diciéndole que mirase bien si aquella era la vestidura que él había dado un día antes al pobre; y volviéndose a una muchedumbre de Ángeles que le acompañaban, con Voz alta les dijo: «Martín, siendo aun catecúmeno, Me ha cubierto con esta vestidura.»


Se mostró bien que Dios le guiaba y le tenía de Su Mano, porque militando en el ejército de Juliano Apóstata, primo hermano de Constancio, emperador, y habiendo entrado los alemanes con un poderoso ejército en Francia, pidió Martín licencia para dejar las armas y recogerse; y atribuyendo esto Juliano a cobardía y al temor de la batalla que el día siguiente se había de dar a los enemigos, Martín con grande ánimo le respondió que para que entendiese si el pedirle licencia nacía de deseo de servir a Dios o de temor, que él estaba aparejado el día siguiente de ponerse al punto de la batalla delante de la vanguardia, sin rodela ni celada, ni otra arma alguna, sino de la Señal de la Santa Cruz, y con ella armado entrar por medio del escuadrón de los enemigos. Enojado Juliano de estas palabras, y pareciéndole que eran de soldado fanfarrón, le mandó prender para el día siguiente ponerle desarmado al encuentro de los enemigos. Mas estando todos suspensos e interpretando cada uno según su afecto este hecho y aguardando el suceso, luego a la mañana vinieron embajadores de los alemanes, pidiendo paz a Juliano y sujetándose a su obediencia. Lo cual se atribuyó a la santidad y a las oraciones de San Martin, que alcanzaron de Dios que trocase los corazones de aquellos bárbaros y diese una tan señalada victoria sin sangre a Juliano, para librar suavemente a Martín del peligro que pudiera tener entre las espadas y lanzas, aunque de ellas le podía librar con Su Brazo Poderoso.

Se despidió de la guerra San Martin, y entendiendo que el bienaventurado San Hilario, Obispo de Poitiers, florecía en doctrina y santidad, se fue a él y se le dio por discípulo, deseando ser guiado por su mano y llevado a la perfección. Quiso San Hilario ordenarle de Diácono, y él nunca lo consintió, teniéndose por indigno; y al fin le hizo Exorcista, y San Martín lo aceptó por ser oficio (aunque eclesiástico) no de tanta honra y estima. Estando en esto tuvo revelación de Dios de volver a su patria para ayudar a sus padres, que todavía eran idólatras; y él por obedecer al Señor bajó la cabeza, y tomando la bendición de San Hilario, con muchas lágrimas de ambos se despidió de él y de los otros compañeros, avisándoles que en aquella jornada había de tener grandes trabajos y dificultades.

No se engañó, porque al pasar de los Alpes cayó en manos de ladrones, que le quisieron matar, y uno de ellos había ya alzado la espada para descargarla en la cabeza del Santo; pero fue detenido por Voluntad del Señor de otro que no era tan inhumano, y en efecto le prendieron y le ataron para despojarle. Preguntado quién era y si tenía miedo, respondió que era cristiano y que nunca había estado más seguro y con menor temor, porque sabía que en los mayores peligros está Dios más presente para ayudar a los que confían en él. Pudo tanto con el ejemplo de su constancia, y con las palabras que dijo a uno de aquellos salteadores, que se convirtió y se hizo religioso, y fue el que contó lo que en aquel trance les había pasado con San Martín.

Siguiendo su camino y pasando a Milán, se le apareció el demonio en forma humana, y le preguntó a dónde iba. El Santo le respondió que iba a donde le llevaba Dios. Entonces el demonio le replicó: «Do quiera que tú vayas y cualquiera cosa que tú emprendas, ten por cierto que el demonio te será contrario.» Aquí San Martin dijo aquel verso del Profeta: Dominus mihi adjutor: non timebo quid facial mihi homo: El Señor es mi ayudador, y por eso no temeré lo que el hombre puede hacer contra mí. Y diciendo estas palabras, el engañador súbitamente desapareció.

Llegado a su patria procuró con gran cuidado de reducir a sus padres al conocimiento y amor de Dios verdadero; y la madre se convirtió, y su padre se quedó con su ceguedad y dureza, con no poco sentimiento del santo hijo, aunque Dios le consoló con otros muchos, que por sus exhortaciones y ejemplos entraron por las derechas sendas de nuestra santa religión. También padeció mucho en esta jornada por la defensa de la fe católica, porque habiéndose extendido tanto y tomado muchas fuerzas la herejía arriana, él con grande espíritu y celo se opuso a los herejes, de los cuales fue cruelmente perseguido, y preso, azotado y afrentado públicamente, y con varias injurias y penas maltratado. De manera que fue forzado a volverse a Francia en busca de su buen maestro San Hilario. Pero habiendo entendido que él también había sido desterrado de ella por la fe católica, se fue a Milán con intento de hacer un pequeño monasterio y estarse allí hasta que Dios le descubriese otra cosa.

Era en aquella sazón Obispo de Milán Auxencio, grandísimo hereje y cabeza de los arrianos; y fueron tantas las molestias y malos tratamientos que hizo a San Martín, que le echó de la ciudad, y él determinó de esconderse con un Sacerdote, gran siervo de Dios, que le hizo compañía en una isleta desierta del mar Tirreno, llamada Galinaria. Allí estuvo sustentándose de las yerbas del campo, hasta que supo que San Hilario era tornado de su destierro a Francia, a donde le fue a buscar, y fue recibido de él con singular gozo y alegría. Aquí, fuera de la ciudad de Poitiers, hizo San Martín un pobre monasterio para sí y para algunos de los que le seguían. Entre estos fue un catecúmeno, el cual, estando una vez San Martín fuera del convento, cayó en una enfermedad tan recia, que dentro de pocos días le quitó la vida, y murió sin ser bautizado. Volvió el Santo a su casa y halló a sus monjes muy afligidos por lo que había sucedido, y el cuerpo del difunto ya a punto de darle sepultura. Se llegó a él triste y desconsolado, le miró atentamente con gran sentimiento, y con impulso particular de Dios mandó que todos se saliesen de aquel aposento, y cerradas las puertas se extendió sobre el cuerpo frío del difunto, y haciendo oración fervorosa suplicó al Señor que le diese vida; y el Señor lo hizo de manera que, entrando en el aposento los que estaban aguardando, hallaron vivo con grande admiración y espanto, al que estaban para enterrar. Con esto el catecúmeno resucitado recibió luego el agua del Santo Bautismo, y vivió muchos años; y contaba como habiendo salido su alma del cuerpo había sido presentada delante del Tribunal de Dios, y que había sido condenada a estar en lugares oscuros y tenebrosos; mas que después, entendiendo de los Ángeles que San Martín suplicaba por ella, el Juez se la mandó entregar para que le restituyesen la vida y la presentasen de su parte a su siervo Martín.

Otra vez, habiendo entendido que un criado de un hombre honrado y rico, llamado Lupicino, se había ahorcado, movido de lástima y compasión de aquel hombre desventurado y de las lágrimas de una gran muchedumbre de gente que le salió al camino, llorando y lamentando este caso, se entró en el aposento donde estaba tendido el cuerpo muerto, y haciendo oración por él, se levantó Lupicino vivo, y tomando por la mano al Santo le acompañó hasta la puerta de la casa en presencia de toda aquella multitud de gente que, llena de gozo y de maravilla, no cesaba de glorificar en San Martín la inmensa Bondad y Omnipotencia del Creador.

Estatua de San Martín, Obispo de Tours, después de la restauración.

Con estos milagros tan grandes y tan evidentes de dos muertos resucitados comenzó el pueblo a tener a San Martín por Varón Apostólico y en las obras, muy poderoso, y como en este mismo tiempo, por la muerte del Obispo, vacase la Iglesia de Tours, todos pusieron los ojos en San Martín, deseando que él fuese su Prelado y Pastor. Mas porque sabían que él lo rehusaría y que no le podrían sacar fácilmente de su monasterio, un ciudadano, llamado Rubico, fingiendo que su mujer estaba gravemente enferma, y suplicándole que viniese a darle la bendición, le sacó del convento con engaño, le tomaron como preso con la mucha gente que tenían puesta en celada, y le llevaron a la Iglesia para hacerle Obispo, con suma alegría y contentamiento universal de todo el pueblo; aunque no faltaron algunos que repugnaron, diciendo que era persona vil y de poca presencia, desgreñado, mal vestido y al fin indigno de ser Obispo. Pero como el negocio era de Dios, prevaleció la elección que él había hecho en el Cielo, y fue confirmada en la Tierra, no sin algunas Señales Divinas. Y San Martín fue puesto en la silla, saltando todos de placer y júbilo, y solo él llorando por verse tan honrado y puesto en una dignidad de la cual él se tenía por tan indigno.

Pero ¿quién podrá explicar las cosas que este Santísimo Pastor hizo en apacentar y acrecentar el rebaño que Dios le había encomendado, y cómo supo conservar la virtud de hombre particular, y añadir las excelencias de hombre público, y juntar en uno la humildad de monje y la vigilancia de Prelado, y la acción de Marta con la contemplación de María? Porque, además de haber levantado en Francia monasterios de monjes, fue el primero que en ella juntó la vida monacal con la clerical, como lo hizo San Agustín en África. Y de tal manera hermanó los ejercicios de los monasterios con los de la Iglesia, que de su escuela salieron muchos Obispos excelentes en lo uno y en lo otro, en la contemplación y en la acción.

En el tratamiento de su persona no hizo mudanza alguna: la comida era la misma que antes, el vestido pobre y vil como solía. Se retiró a un monasterio que edificó como media legua de la ciudad, en un lugar algo fragoso y cercado del río Luera, donde vivía con sus monjes, que eran ochenta, y por la mayor parte de sangre noble y criados antes con mucho regalo: los cuales por amor de Cristo se habían abrazado con Su Cruz, y movidos con el ejemplo de San Martín vivían en la tierra como unos ángeles del Cielo. La habitación que tenían era estrecha, y las celdas angostas y cavadas en la peña, y más para meditar la muerte que para conservar la vida. Ninguno tenía cosa propia, todos vivían en común: comprar o vender a nadie se permitía. Pocas veces salían de la celda, sino para hacer oración en común. Comían todos juntos a la tarde, habiendo ayunado todo el día. Ninguno gustaba vino sino por enfermedad. Su vestido era por la mayor parte de pelos de camello, huyendo de los paños delicados y de precio, como escandalosos y contrarios al espíritu de religión. A todos sus discípulos era dechado San Martín, y con sus ejemplos los incitaba a toda perfección, y no menos con sus palabras y consejos. Recibía a los huéspedes que venían de varias partes a visitarle con extraordinaria caridad y humildad; y él mismo les lavaba los pies y les daba aguamanos y servía. Y después de haberles dado con templanza la refección del cuerpo, daba al espíritu su pasto y un convite suavísimo con sus razonamientos espirituales. Nunca perdía tiempo de día, y las noches las gastaba en vela y en oración. Dormía en el suelo, cubierto de un áspero cilicio. De la comida y del sueño no daba más a su cuerpo de lo que pedía la extrema necesidad.

Se guardaba con gran cautela de juzgar las intenciones de otros, e interpretaba cuanto podía sus acciones y las echaba a la mejor parte, mirando siempre por la fama y reputación de sus prójimos. Compensaba las injurias que le hacían con oraciones y con llorar muchas lágrimas por los que se las hacían, dando siempre bien por mal a los que le agraviaban. Nunca le vieron reír vanamente, ni estar triste, sino siempre con un mismo semblante y con la misma paz del alma y gravedad de rostro en cualquiera variedad de cosas, prósperas y adversas, alegres y tristes. La misericordia y limosna para con los pobres parece que había nacido con él, y que no era en su mano dejar de socorrer a cualquiera menesteroso de la manera que podía.

Una vez, yendo a la Iglesia a decir Misa una mañana de invierno, topó a un pobrecito desamparado que se moría de frio: mandó al arcediano que le vistiese, y entró en la iglesia, y hecha oración al Señor se recogió a la sacristía para vestirse. El arcediano, o por descuido, o por no tener con qué, no remedió al pobre, el cual se entró en la sacristía y se puso delante del Santo Obispo, quejándose de que no le hubiesen proveído como él lo había mandado. Lo sintió mucho, y haciendo apartar al pobre se quitó la túnica y se la dio, sacándola como pudo debajo de la casulla que ya tenía vestida; y saliendo después a decir Misa, quiso Nuestro Señor honrarle y mostrar cuán grata le había sido aquella caridad que había usado con el pobre, haciendo que de la cabeza del Santo, el tiempo que estaba en el Altar, saliesen rayos de luz y una como llama de fuego, la cual vieron (entre innumerable pueblo que allí estaba) solos tres monjes, y un clérigo y una santa doncella.

Pues ¿qué diré de la paciencia, sufrimiento y mansedumbre de este Santo Varón, y de los modos que tenía Dios para manifestarle, honrarle y magnificarle en la Tierra? Iba una vez visitando su diócesis (lo cual hacía con sumo cuidado y edificación), y los que le acompañaban se quedaron atrás. Se topó el Santo con una carroza de soldados que caminaba muy aprisa: se espantaron los caballos viéndole, y se embarazaron de manera que los soldados se embravecieron y con el enojo salieron del coche y juntamente fuera de sí, y dieron muchos palos a San Martin sin conocerle, y le maltrataron de suerte, que cayó en tierra medio muerto, sin abrir el Santo la boca para quejarse, ni decir palabra, ni mostrar sentimiento ni amargura. Le hallaron, los compañeros que le seguían lleno de heridas y ensangrentado, y con gran dolor le pusieron sobre el jumento en que iba; mas el Señor castigó aquellos soldados que con tanta impiedad habían puesto las manos en Su siervo. Porque los caballos, como si fueran de piedra, quedaron inmobles, sin poderlos mover ni hacerles dar un paso. Y conociendo que era castigo de Dios, preguntaron quién era un pobre caminante de tales y tales señas y entendiendo que era San Martín (cuyo nombre era más conocido que la persona), se echaron a sus pies, pidiéndole humildemente perdón de su atrevimiento y locura: y el Santo, que había tenido revelación de lo que había de suceder, y lo había dicho antes a sus compañeros, los recibió amorosamente y alcanzó con sus oraciones de Dios que pudiesen partirse libremente.

No es menos notable la paciencia y mansedumbre que usó con Bricio, uno de sus clérigos, el cual, habiendo sido antes criado loablemente en vida religiosa, después que se hizo clérigo comenzó a desmandarse y a darse a gustos y entretenimientos y vanidades del siglo. Le avisó San Martín, como padre, del escándalo que daba con su vida, y el pobre hombre, no solamente no se enmendó y compungió con las palabras blandas del Santo, antes tomándolas por afrenta e injuria vino al monasterio echando llamas de fuego por los ojos, y con el rostro turbado y como fuera de sí, delante de mucha gente dijo mil injurias y baldones a San Martín, y faltó poco que no pusiese en él las manos. Había visto el Santo antes que Bricio llegase al monasterio dos espíritus malignos que le llamaban y le atizaban para que se vengase de él. Y por esto y por su acostumbrada suavidad le trató con tan grande mansedumbre, que Bricio quedó confuso y le pidió perdón, y con sus oraciones alcanzó de Dios que se enmendase y le sucediese en el Obispado; y así se lo dijo él mismo, y que en él padecería mucho. Y aunque cuando él lo dijo pareció cosa de risa, y Bricio hizo burla, teniendo a San Martín por insensato; mas, muerto que fue se cumplió todo lo que él había profetizado, y con gran concordia del Clero y del pueblo fue elegido Bricio por Prelado de aquella Iglesia; y él la gobernó tan santamente y padeció tantas y tan graves persecuciones, que se cumplió bien lo que San Martín le había pronosticado, y fue Santo, y como a tal le celebra la Iglesia a los 13 de Noviembre.

Todo este buen suceso alcanzó San Martín con su singular paciencia y mansedumbre, con la cual sufrió a Bricio y le ganó para Dios. Nunca se pudo acabar con él que le privase del grado que tenía, ni le castigase, como muchos se lo persuadían; a los cuales respondió el Santo: «Jesucristo sufrió a Judas, y ¿vosotros no queréis que yo sufra a Bricio?» Con esta misma mansedumbre nunca se vengaba de las injurias y agravios que se le hacían. Con ésta perdonaba muy fácilmente a los que se reconocían, y admitía a reconciliación y penitencia a los pecadores que lloraban sus culpas; y él perpetuamente se olvidaba de ellas, en tanto grado, que el demonio, como enemigo de nuestra salud, una vez le reprendió de ello y le dijo que Dios no perdonaba a los que le volvían las espaldas y caían en graves pecados. Al cual el Santo respondió con gran seguridad y confianza en Dios: «Si tú, desventurado, dejases de tentar a los hombres y te arrepintieses, yo, confiado en la Bondad de Dios, con gran seguridad te prometería Su Misericordia.»

¿Qué diré de las otras heroicas y esclarecidas virtudes de este Santísimo Varón, especialmente del celo ardentísimo que tuvo de conservar y amplificar en todas partes la fe católica, y de aquella sed insaciable de ilustrar y extender la cristiana religión, y extinguir las reliquias de la gentilidad, que en su tiempo aun duraban en algunas partes? Yendo una vez a la ciudad de Chártres, hubo de pasar por una aldea que era toda de gentiles, los cuales por la fama del Santo salieron todos a verle, y concurrió tanta gente, que los campos estaban cubiertos de labradores idólatras y sin conocimiento de Dios verdadero. Cuando los vio el Santo Prelado se enterneció en gran manera, y con entrañable afecto, poniendo los ojos en el Cielo comenzó a predicarles la Palabra de Dios y convidarlos a la salud eterna, con un sentimiento y con unas palabras, voz y energía tan grande, que se veía bien que no era él el que hablaba, sino Dios en él. El cual para dar eficacia a las palabras de San Martín, y confirmarlas con Su Brazo Poderoso para bien de toda aquella gente rústica y ciega, ordenó que una mujer le trajese allí delante un hijo único que poco antes se le había muerto, suplicándole que le restituyese la vida, pues era amigo de Dios y tan fácilmente lo podía hacer. Se juntaron con los ruegos y con las lágrimas de la madre los sollozos y la intercesión de todo aquel pueblo; y San Martín, juzgando que aquel milagro sería ocasión para que se convirtiese a la Fe de Cristo, hizo oración y le resucitó, y le volvió vivo a su madre (que estaba pasmada y como atónita y fuera de sí de alegría), en presencia de toda aquella gente, que movida de lo que había visto, alzando un grito al Cielo, corrió con grande ímpetu y se echó a los pies del Santo, pidiéndole que los hiciese cristianos, quedando él más contento por haber ganado aquellas almas al Señor que si hubiera conquistado un reino o alcanzado cualquiera otra cosa temporal.

Con este mismo celo procuró desarraigar la memoria de toda gentilidad y culto profano, sin tener cuenta con la dificultad de la empresa, ni con el odio de los gentiles, ni con su peligro, ni con la magnificencia y suntuosidad de los templos y edificios que se ponía a derribar. Y Dios, Nuestro Señor, le favorecía visiblemente para que saliese con su intento y acabase cualquiera cosa en que ponía su mano, por más difícil e imposible que pareciese. Quiso derribar una torre alta y de ricas piedras, labrada con grande arte y costa, porque había sido dedicada a un ídolo. Y habiéndolo encomendado a un clérigo, llamado Marcelo, y entendido que él no lo había hecho (porque no tenía aparejo para derribar una máquina y un edificio tan fuerte), San Martín gastó toda la noche en oración, y luego a la mañana vino un torbellino de vientos, truenos, relámpagos y rayos sobre él, y le arrancó sus cimientos y le asoló con espanto y admiración de todos.

En otro lugar estaba una columna altísima, y encima de ella un ídolo, y queriendo el Santo arruinarlo, y no teniendo forma para hacerlo, acudió a sus acostumbradas armas, que eran la oración, y súbitamente apareció en el cielo a vista de todos los que allí estaban otra columna, la cual, cayendo con grandísimo ímpetu sobre esta otra de piedra, la desmenuzó e hizo polvos el ídolo que sobre ella estaba.

En otro lugar, habiendo asolado un templo de los gentiles, quiso echar en tierra un alto pino que allí estaba dedicado al demonio. Se le opusieron los gentiles, y uno de ellos, más atrevido y agudo, alzando la voz le dijo: «Si tú tienes tanta confianza en tu Dios, nosotros mismos cortaremos ese árbol, con tal que tú, cuando cayere, le sostengas y sustentes con tus hombros.» Aceptó el partido. Cortaron el árbol y ataron al Santo Pontífice por los pies para que no pudiese huir; y él como una estatua se estuvo quedo sin moverse, con gran seguridad, hasta que inclinándose el árbol y viniendo con gran ruido a caer sobre él, sin turbarse alzó el brazo e hizo la Señal de la Cruz, y luego al momento el pino se revolvió a la parte contraria, y faltó poco que no oprimiese y matase a los mismos gentiles que le habían cortado. Los cuales por un prodigio tan extraño y tan repentino, alzando las manos y las voces al Cielo, se rindieron a la voluntad de San Martín y se convirtieron a Cristo. Y de esta manera en poco tiempo, por la diligencia y vigilancia del Santo Prelado, se desarraigó de toda aquella tierra la idolatría, y no quedó lugar que no fuese de cristianos y lleno de Iglesias y Monasterios.

Porque solía el siervo de Dios en arruinando un templo de demonios edificar luego en el mismo sitio una iglesia de Dios verdadero, o un convento de religiosos, para que en él fuese adorado. Otra vez, habiendo pegado fuego a un antiguo y noble templo de ídolos, se levantó un aire recio que llevaba el incendio a las casas a él vecinas, con peligro de extenderse en las demás, y se temía que con el sentimiento de su daño particular aquellos gentiles se armarían para vengar la destrucción del templo y la ruina de sus dioses. Entonces San Martín, armado con la fe de Cristo, Nuestro Redentor, subiendo al tejado se opuso contra la llama que venía con gran furia, la cual en viendo al Varón de Dios, en un momento volvió atrás y se retiró contra la violencia del viento, y de esta manera quedaron las casas libres del fuego y del peligro, y San Martín con su sola presencia hizo lo que todo el pueblo con el agua y con otros remedios no pudiera hacer.

Otra vez, queriendo asolar otro templo de ídolos muy famoso por las muchas riquezas que había en él y por la gran superstición con que era venerado, los gentiles le resistieron y le echaron con ignominia y afrenta. Se retiró el Santo a hacer oración en un lugar allí cerca, donde estuvo tres días continuos ayunando, vestido de cilicio y cubierto de ceniza, y al cabo de ellos le aparecieron dos soldados de la Celestial Milicia, armados con escudo y lanza, y le dijeron que venían a ayudarle en el Nombre del Señor, contra toda aquella muchedumbre de paganos; que volviese seguramente a su empresa y no temiese. Volvió San Martín y asoló el templo, destruyó los altares y deshizo los ídolos, estando toda la gente atónita, pasmada e inmoble; y conociendo que aquella no era obra de hombre sino de Dios, se convirtió a aquel Señor que por medio de Su siervo la había obrado, confesando que no eran dioses los que no habían podido resistir a un solo hombre, y que sólo era verdadero Dios el que predicaba San Martín.

No es menos de maravillar lo que le sucedió otra vez en la provincia de Borgoña, donde queriendo el Santo destruir un templo de paganos, una grande muchedumbre de labradores le hacían resistencia, y uno de ellos, desenvainando la espada, vino para herir al Santo, y él, sin turbarse, súbitamente echó el manto y tendió el cuello desnudo para que le hiriese; y alzando el impío el brazo para hacerlo, cayó allí de espaldas delante de todos, y quedó tan despavorido y asombrado, que se postró a sus pies y le pidió perdón. Y otra vez, en otro semejante caso, queriendo un hombre malvado matarle, se le cayó el arma que tenía en las manos y no apareció más.

De esta manera andaba San Martín ejercitando su gran celo en desarraigar la idolatría del mundo y amplificar el Nombre y Gloria de Dios; y el mismo Señor le iba a él amparando y defendiendo por una parte, y por otra ilustrándole y ensalzándole con tantos y tan grandes milagros, y haciéndole glorioso, no solamente en los ojos de la gente común, sino también de los príncipes de la Tierra, como se vio en lo que le acaeció con un señor principal y procónsul, llamado Tetradio, que era gentil y tenía un criado gravísimamente atormentado del demonio. Éste rogó a San Martín que pusiese las manos sobre su criado y le sanase. Mandó el Santo que se le trajesen; mas el demonio se hizo fuerte y no fue posible sacar al criado fuera de la casa de su amo. Entonces Tetradio suplicó a San Martín que fuese a su casa y curase aquel pobre hombre; pero el Santo no lo quiso hacer, diciéndole que no quería entrar en casa de hombre gentil y profano; y con esto Tetradio prometió de hacerse cristiano si libraba a su criado del maligno espíritu que le atormentaba, y San Martín entró y le sanó, y Tetradio se bautizó y reconoció siempre a San Martín por padre de su alma, y como a tal le reverenció.

Más admirable cosa es la que le sucedió con un conde que se llamaba Adiciano, hombre cruel y áspero de condición, y que más parecía fiera que hombre. Éste entró en la ciudad de Tours una vez con ánimo de destruirla, atormentando a muchos de ella con varios géneros de penas y suplicios. La noche antes del día en que el conde había de ejecutar su crueldad, siendo San Martín avisado de su mal intento, estando todos reposando a sueño suelto, se fue solo a la puerta del palacio del conde y se puso en oración. Dormía Adiciano muy sosegado, y oyó una voz que le dijo: «El siervo de Dios está tendido en el suelo a tu puerta, y ¿tú duermes?» Despavorido con esta voz saltó de la cama, y llamando a sus criados les dijo que San Martín estaba a su puerta y les mandó que luego le buscasen. Los criados (como suelen) apenas salieron de los primeros aposentos y volvieron a su señor, haciendo burla de lo que les había dicho, porque había sido sueño y no había tal hombre a su puerta. Lo creyó Adiciano; se tornó a dormir, y de nuevo se sintió reprehender con mayor fuerza y espanto. Se levantó luego, y él mismo salió fuera de su casa y halló al Santo que buscaba. Se echó a sus pies y le dijo que no tenía necesidad de decirle palabra, porque él haría todo lo que le mandase; que le rogaba que se partiese luego para que la ira de Dios no viniese sobre él. Se partió el Santo, y el conde llamó luego a sus oficiales y les mandó soltar todos los presos que tenía para atormentarlos; y él se salió de la ciudad, quedando toda muy alegre y como respirando y alabando al Señor porque la había librado por medio de Su Pastor de los dientes de aquel lobo carnicero. Lo era tanto, que no se hartaba de sangre humana, y solamente parecía hombre en no ser tan cruel cuando estaba presente San Martín. El cual vio un grandísimo demonio a las espaldas de Adiciano, y con el soplo le ahuyentó y echó de allí; y desde aquella hora comenzó Adiciano a ser más blando y benigno.

No es de menor admiración lo que acaeció a San Martín con el emperador Valentiniano el Mayor, que de su condición era severo, y tenía una mujer hereje arriana, que le instigaba contra los católicos. Por esto, habiendo sabido que San Martín iba a tratar con él algunos negocios de que él no gustaba, mandó que no le dejasen entrar en palacio, por no tener ocasión de negarle lo que le venía a pedir. Fue San Martín una y dos veces, y no pudo haber audiencia, y no por eso perdió el ánimo, antes se armó de oración, cilicio, ceniza y ayuno. El séptimo día de su oración y penitencia vino un Ángel del Cielo que le dijo que se fuese a palacio, porque hallaría las puertas abiertas y al príncipe más blando y humano. Hizo el Santo lo que el Ángel le ordenó, y halló la entrada tan desembarazada, que sin que ninguno le pusiese estorbo entró hasta el aposento donde estaba el mismo emperador; el cual en viéndole se enojó, y con rostro severo reprendió a los criados que le habían dejado entrar, sin hacer algún género de cortesía y de buena crianza con el Santo Obispo; y él se estaba quedo, asentado sin responderle. Mas súbitamente cercó la silla en que estaba asentado una llama de fuego, y comenzó a llegarse al cuerpo de Valentiniano; y él, conociendo que aquella no era cosa humana, se levantó despavorido, y se humilló y reverenció al Santo, y sin esperar más le concedió todo lo que deseaba, y después le trató con mucha familiaridad, y le convidó a comer, y le ofreció varios y ricos presentes: los cuales San Martín (como fiel amigo de la pobreza) no quiso aceptar; y con mucha edificación del emperador y de su corte se volvió a su Iglesia.

Así como no se dejaba vencer de las dificultades y agravios en las cosas que emprendía por servicio del Señor, así tampoco se desvanecía con las prosperidades y favores de los príncipes, antes siempre guardaba un mismo tenor de vida, y con una apostólica majestad ajustaba la religiosa modestia, como parece en lo que le sucedió con el emperador Máximo. Habiendo ido San Martín para tratar con él de algunos negocios de gran caridad y gloria del Señor, fue recibido de Máximo con suma veneración, y regalado y servido como un hombre venido del Cielo. Entre otras cosas que hizo el emperador para favorecer a San Martín fue convidarle a comer consigo, y habiendo finalmente alcanzado de él con muchos ruegos e instancia que lo haría, se sentaron a la mesa, primero el emperador, luego el Santo Obispo a su lado, y otros tres grandes, el uno cónsul, y otro hermano, y el tercero tío del emperador: entre los cuales se sentó el clérigo que San Martín llevaba en su compañía. Yendo el convite adelante, trajeron una copa grande de vino a la usanza de la Tierra, y la pusieron delante del emperador para que bebiese. Él, por el respeto que tuvo a San Martín, mandó que se la diesen a él la copa para que bebiese primero, pretendiendo después recibirla de su mano. Mas el gran Prelado, gustado que hubo el vino, luego dio la copa a su clérigo, juzgando que en la mesa no había persona (aunque fuese la del emperador) que se debiese anteponer al Sacerdote. Y aunque pareció cosa nueva y no usada de otros Obispos (que algunas veces con andar indignamente en las cortes y procurar la gracia de los ministros de los príncipes apocan y envilecen su dignidad), todavía el haber sido en tal caso como despreciados, dio su edificación al emperador y a los otros señores que allí estaban, porque tenían a San Martín por un hombre más divino que humano.

No fue de menos estima y admiración la honra que le hizo la emperatriz, mujer de Máximo. Se halló esta princesa muchas veces con su marido a oír los razonamientos del bienaventurado Obispo y las palabras de vida que les decía para despertarlos al menosprecio de las cosas inciertas de este siglo, y enamorarlos y encenderlos al deseo de las eternas. Y reverenciando con viva fe y afecto castísimo en Martín la persona de Cristo (además de estar muchos ratos a sus pies como otra María Magdalena a los de Cristo), quiso ejercitar con él también el oficio de Marta. Para esto le suplicó y le importunó que se dejase servir y tomase una sobria refección de su mano, y habiéndoselo negado muchas veces el Santo (porque no gustaba de semejantes regalos de mujeres), interpuso la autoridad del emperador, al cual se rindió el Santo Prelado por tenerle más grato para las cosas del Servicio Divino que de él pretendía. La devota emperatriz ella misma por sí le hizo sentar a la mesa y le dio aguamanos, y trajo la vianda que ella misma había aderezado, y le sirvió la copa, y estuvo en pie mientras que duró la comida, haciendo oficio de humilde criada, con los ojos bajos y con el corazón gozosa y atenta a servir al Santo Obispo. Después levantó la mesa y recogió las sobras, hasta las migajas de pan, teniéndolas por preciosas reliquias y por un gran tesoro. Raro ejemplo por cierto en una princesa tan grande de la reverencia que se debe a los Santos y del respeto con que se han de tratar los Sacerdotes y Prelados; y mucho para notar en tiempo tan estragado y perdido como al presente tenemos.

Admirable fue la humildad y devoción de la emperatriz para honrar en su siervo al Señor y testificar la estima que tenía de aquel santísimo Prelado a quien servía y veneraba en la Tierra como si fuera venido del Cielo. Pero (aunque con diferente camino) no es menos admirable lo que una santa doncella hizo por San Martín, no por menospreciarle, sino por aprecio y guarda de la castidad. Había una doncella principal y de extremada virtud, la cual por vivir en mayor recogimiento, apartada de los ojos y peligros de los hombres, se había retirado a una casa suya de campo, donde había vivido muchos años con gran fama de santidad. San Martín, yendo camino, pasó por allí cerca donde aquella virgen moraba, y queriendo el Santo honrarla y animarla a llevar adelante sus santos propósitos, determinó de visitarla y hacer con ella lo que nunca solía hacer con otras mujeres, porque no las solía visitar. Ya que llegaba a la puerta de su casa, avisaron a la doncella de la gran merced que Dios le hacía, yendo a visitarla un varón tan eminente y admirable. Creyeron todos que había de alzar las manos al cielo y recibirle como a tan gran ministro de Dios, y tomar por testimonio de su recogimiento el ver a San Martín en su casa. Pero ella estuvo tan en sí, que envió a suplicar al Santo que no la viese, para que la puerta de su casa quedase más cerrada a todos los otros hombres, pues no se abría al que era más que hombre. El Santo aceptó la excusa y la alabó, y entendió cuán recatada y cuán celosa era de guardar su honestidad la que no quería ser vista de hombre aunque fuese de Martín. Le envió después la santa doncella un presente y refresco, y el Santo le recibió con gran voluntad, diciendo que no era justo que el Sacerdote desechase lo que aquella santa virgen le enviaba, pues merecía ser preferida a muchos Sacerdotes. Y los que iban en su compañía se maravillaban que lo recibiese, porque nunca solía recibir presente que se le enviase. Acabando de contar San Severo Sulpicio el ejemplo de esta virgen, dice estas palabras: «Oigan las vírgenes este ejemplo, y para que los malos no rodeen sus puertas, ciérrenlas también a los buenos, y para que no lleguen a ellas con libertad los ruines, no tengan empacho de excluir a los Sacerdotes con recato. Todo el mundo sepa que una doncella no consintió que San Martín la viese. No desechó solamente a cualquier Sacerdote; pero no quiso ver al que daba salud a los que le veían.» Esto es de este autor.

Pero ¿qué maravilla es que haya tenido San Martín tan gran paciencia, tan extremado sufrimiento, tan excelente mansedumbre, tan ardiente celo de la gloria de Dios y de propagar su religión, tanta fortaleza y constancia en los disfavores, y tanta humildad y modestia en los favores de los príncipes, y un espíritu excelso, magnánimo y superior a todos los casos prósperos y adversos de la Tierra, pues aunque estaba con el cuerpo en ella, con el corazón habitaba siempre en el Cielo, y por medio de la oración se regalaba y entretenía con el Señor y con los espíritus bienaventurados de Su Corte Celestial? Siempre tenía a Dios presente, y en todas las criaturas veía a Dios, y ellas le servían de un libro en que leía y contemplaba las infinitas Perfecciones del Creador, y de todas las cosas sacaba conceptos delicados y documentos provechosos y semejanzas acomodadas a la edificación de los que trataban con él. En la iglesia estaba con tan grande devoción y reverencia, que ninguno le vio en ella sentado; siempre estaba de rodillas o en pie, y con un rostro amarillo y temeroso; y preguntada la causa, decía: «¿No queréis que tema que está aquí Dios?»

Era muy visitado de los Santos Ángeles, de San Pedro, de San Pablo, de Santa Tecla, de Santa Inés y de la Reina de los Ángeles y Señora nuestra, la Virgen María. Ofreciendo el Santo Sacrificio de la Misa fue vista su mano adornada de riquísimas piedras preciosas; y en todo era muy regalado y favorecido del Señor. Y tenía tan clara y tan soberana luz por medio de su oración, que no se le escondía cosa, y con grande facilidad distinguía las tinieblas de la luz, y los embustes y lazos de Satanás de la verdadera y sólida visitación Divina, como se ve en lo que una vez hizo. No lejos del monasterio de San Martín había un lugar muy frecuentado de la gente, por pensar que había en él algunas reliquias de los mártires y haber puesto los Obispos pasados un altar en honra de ellos; y como San Martín inquiriese el origen de aquella devoción, y no hallase ni fundamento de ella, la tuvo por sospechosa, y determinó de no ir a aquel lugar por no autorizarle con su presencia, ni quitar su devoción al pueblo. Pero un día, llevando consigo algunos pocos de sus frailes, se fue a él e hizo oración a Dios, suplicándole que le revelase lo que había en aquel sepulcro. Vio luego una sombra horrible y espantosa, a la cual mandó que dijese quién era. Respondió que era el alma de un ladrón que había sido muerto por sus delitos, y era celebrado como mártir por engaño del pueblo; pero que él no tenía que ver con los mártires, porque ellos estaban en la gloria, y él en las penas del infierno. Con esto el Santo mandó derribar el altar y libró a su pueblo de aquel engaño. Y por este ejemplo y algunos otros que han sucedido, hace la Santa Iglesia tan grande examen de la vida y milagros de los que ha de canonizar, para no proponer a los fieles por Santos sino a los que es muy cierto y averiguado que lo son.

Pretendiendo el común enemigo engañarle, un día, estando San Martín en su celda orando, vino a él rodeado de luz, vestido con ropas reales, y con una corona de oro y piedras preciosas, y el calzado rico y dorado a maravilla, con un rostro sereno y alegre, y que ninguna cosa parecía menos que lo que era. Estuvo San Martín algo suspenso a la primera vista, hasta que el demonio le dijo que era Cristo, que bajaba del cielo a la tierra, y que le había querido visitar y manifestarse primero a él que a otros. Y el Santo, entendiendo por revelación de Dios que aquel no era Cristo, sino anticristo y enemigo de toda verdad, le respondió: «Nuestro Señor Jesucristo no dijo que había de venir vestido de púrpura y coronado y adornado de diadema, ni yo jamás creeré que es Cristo el que no viniere con el hábito y figura en que Cristo padeció, y no trajere las Señales de la Cruz en Su Cuerpo.» A esta voz desapareció como humo aquel enemigo del género humano, dejando un olor tan sucio y abominable en la celda, que solo bastaba para declarar quién era y lo que pretendía.

Fue tanto lo que esta bestia temía a San Martín, y él la menospreciaba y corría, que no se puede fácilmente creer. Por donde, habiendo engañado a un monje, llamado Anatolio, con varias ilusiones, por las cuales el pobre daba a entender que los ángeles le visitaban, para probar que esto era verdad, una noche apareció entre los otros monjes muy resplandeciente, vestido con una ropa labrada con extremada arte y primor, y estando todos sospechosos, y temiendo que no fuese, como era, engaño del enemigo, llevando al monje así vestido, como por fuerza, a San Martín, aquella ropa desapareció, y el demonio descubrió la maraña, y no se atrevió a aparecer delante del Santo, entendiendo que toda aquella oscuridad se había de deshacer en presencia de tan grande luz. Porque tenía San Martín tan grande imperio sobre los demonios, que cuando llevaban a la iglesia los que de ellos eran atormentados para que el Santo los sanase, en saliendo de la celda de su monasterio para venir a la ciudad, eran tan espantosos los gestos que hacían y tan horribles los alaridos que daban, que luego se entendía por cierto que el Santo Obispo venia a la Iglesia. Y no echaba a los demonios con amenazas, voces y espantos (como lo hacían los otros exorcistas); mas vestido de un áspero cilicio y cubierto de ceniza se postraba en tierra, y con las armas de la Santa Oración los rendía y sujetaba.

Fueron tantos los milagros que San Martin hizo en este género, y todos los demás para salud de las almas y de los cuerpos, y para remedio de todos los males de los que a él se encomendaban, que no se pueden en pocas palabras referir. Véalos quien quisiere en San Severo Sulpicio, que con escribir muchos dice que son pocos respecto de los que deja; y en San Gregorio Turonense, que escribió cuatro libros enteros de los milagros de San Martín. A nosotros nos basta decir brevemente, que fue tan milagroso y tan enriquecido de prodigios divinos este santísimo Varón, que parece que Dios le había hecho señor de todas las criaturas, y dado dominio sobre los demonios y sobre los hombres, sobre los cielos y sobre los elementos, sobre todas las enfermedades y sobre la misma muerte, sobre las aves, los peces y los animales, y que con su oración, con su palabra, con su invocación, con óleo por él bendito, y con las cerdas de su cilicio, y polvos de su sepulcro, y con solo el nombre de Martín, hizo innumerables milagros el Señor en su vida y después de muerto, para hacerle más glorioso y venerable en todo el mundo.

Y no solamente hizo el Señor milagros por intercesión de San Martín para beneficio de muchos otros, sino también para librarle a él de los peligros y males en que estaba. Como le aconteció una vez que, estando durmiendo en el suelo, se pegó fuego al aposento en que estaba, y despertando el Santo, y viéndose cercado por todas partes de las llamas, y queriendo abrir la puerta que estaba cerrada, no pudo; y volviéndose a Dios se puso en oración en medio de las llamas, las cuales se retiraron y recogieron, y huyeron, y el incendio se apagó, y él quedó libre y sin lesión alguna. Se acusaba después por haber tardado tanto en recurrir a la oración y hacer la Señal de la Cruz, y por haber tomado antes otros medios humanos.

También tuvo el don de profecía, y alumbrado con el Espíritu del Cielo anunció las cosas que habían de suceder mucho antes que sucediesen; entre las cuales dijo a Máximo, emperador, que no pasase a Italia, porque si pasaba, aunque al principio alcanzaría victoria de Walentiniano, emperador, el Mozo, después sería vencido y perdería, como se perdió y pereció.

Con haber sido este gloriosísimo Pontífice tan admirable y tan grande en los ojos de Dios, permitió él que cayese en una culpa para ejemplo y aviso nuestro: y fue así que, habiendo el emperador Maximiano mandado matar a Prisciliano, hereje, por acusación y celo indiscreto de algunos obispos, que le hicieron juez de aquella causa eclesiástica, y siendo por ello excomulgados, y comunicando con él los otros obispos por lisonjear a Máximo, San Martín vino a Tréveris, donde el emperador estaba, para tratar con él algunos negocios de grande importancia para bien de la Iglesia. Y no queriendo al principio comunicar y tratar con aquellos obispos por verlos apartados de la comunión de la Iglesia, después se dejó vencer; porque el emperador sentía mucho que no lo hiciese, y deseaba ganarle la voluntad para alcanzar de él más fácilmente el buen despacho de los negocios que traía. Mas después lloró tanto esta culpa, que para consolarle fue menester que Dios le enviase un Ángel que le dijo que con razón se compungía y lloraba aquella culpa, aunque había tenido alguna excusa por la ocasión y fin de hacer mejor los negocios de Dios; pero que se enmendase y cobrase su antigua constancia. Y como después no echase los demonios de los cuerpos, ni sanase a los enfermos con tanta facilidad como solía, decía con muchas lágrimas que por haber comunicado con aquellos obispos, apartados de la Iglesia (aunque por tan breve tiempo y compelido de la necesidad), Dios le había castigado y disminuido la gracia de hacer milagros; y los diez y seis años que después de esto vivió se apartó con gran cuidado de las juntas de los Obispos, por no caer en otro semejante peligro.

Había ya llegado nuestro Santo Obispo a edad de ochenta y seis años con grandes ansias de verse libre de las miserias de esta vida y de gozar en la otra de la vista del Señor, y tuvo revelación que Dios le quería cumplir sus deseos, y que se llegaba ya su fin, y claramente lo dijo a sus discípulos; mas no por esto dejó de velar sobre su grey y de hacer oficio de vigilante y solícito Pastor. Porque habiendo sucedido en aquellos días cierta discordia entre los clérigos de un lugar que se llamaba Condato, determinó ir por su persona a pacificarlos, juzgando que no podía acabar más dichosamente su vida que dejando todas sus iglesias en buena paz y concordia. Habiendo, pues, ido y con la Divina Gracia concertado las cosas a su gusto, estando para volverse a su monasterio comenzó a sentir una gran flaqueza y falta de fuerzas; y juntando sus discípulos les dijo que ya aquella su casa de barro estaba para caer, y que necesariamente los había de dejar. Levantaron luego todos un grito al cielo, y con tristes suspiros, sollozos y lágrimas le dijeron: «¿Por qué nos desamparas, Padre Santo? ¿A quién nos dejas desconsolados y afligidos? Los lobos hambrientos darán en este tu rebaño, y perdido el Pastor, ¿quién de sus dientes se podrá defender? Bien sabemos tus ansias y deseos encendidos de ver a Cristo; mas tu premio está seguro, y por dilatarse un poco no se disminuirá. Ten cuenta con nuestra necesidad, que quedamos en tan manifiesto peligro.» No pudo el siervo de Cristo dejar de enternecerse cuando oyó las palabras tan tiernas y dolorosas de sus discípulos, ni de llorar con los que lloraban, y volviendo los ojos con grande afecto al Cielo, dijo: «¡Oh, Señor!, si yo todavía soy necesario a Tu pueblo, no huyo del trabajo; hágase Tu Santísima Voluntad en todo.» En las cuales palabras mostró que estaba suspenso y que no sabía cuál de las dos cosas debía escoger, o quedar en la Tierra por Cristo, o dejar la Tierra por el mismo Cristo; y nos dio ejemplo que en todas las cosas nos debemos remitir a la Voluntad del Señor, y ponernos en Sus benditas Manos con grande indiferencia, para que haga de nosotros en todas lo que fuere servido. Y así, hablando San Bernardo de esta resignación de San Martín, dice estas palabras: «Ofrecido habéis, Santo glorioso, a vuestro único hijo Isaac, que tanto amabais, y de vuestra parte le sacrificasteis. Habéis inmolado con piadosa devoción el gozo singular de vuestro corazón, estando aparejado para volver otra vez a los peligros y pelear de nuevo, y tomar nuevos trabajos, sufrir tribulaciones, y alargar las tentaciones, y dilatar aquella tan gran felicidad y deseada compañía de los espíritus bienaventurados, estando ya a la puerta de vuestra gloria, tornar a las miserias de esta vida; y lo que es más dificultoso, estar más tiempo apartado de Cristo, si el mismo Cristo lo hubiera querido.» Esto es de San Bernardo.

Estaba muy fatigado de una recia calentura, sin aflojar un punto el rigor de su oración y meditación, echado en el suelo en aquella regalada cama de ceniza y cilicio, sustentando con la vehemencia del espíritu la flaqueza del cuerpo, afirmando que de aquella manera había de morir el cristiano, y el soldado con las armas en la mano. Y como estuviese echado de espaldas, mirando con grande atención al Cielo, le rogaron que a lo menos se volviese sobre un lado para descansar un poco; mas el Santo respondió: «Dejadme, hermanos, que yo mire antes al Cielo que a la Tierra para que el alma por su camino derecho vaya a su Creador.» Después de esto vio al demonio que se le puso delante, y él con grande espíritu y confianza, le dijo: «¿Qué haces aquí, oh bestia sangrienta? No hallarás en mí, traidor, cosa que sea tuya; el seno de Abrahán me recibirá…» Y con esta voz expiró.

¿Quién se tendrá por seguro a la hora de la muerte de tan mal encuentro, si no lo estuvo San Martín? ¿A quién de nosotros no acometerá el que acometió al que tantas veces y tan gloriosamente le había vencido? Quedó el cuerpo del Santo hermoso, con la cara resplandeciente, y todos aquellos miembros mortificados, consumidos y secos, tan blancos, frescos y tratables, que parecía que se iban trasformando en el estado de gloria. Y al mismo tiempo se oyeron en el aire voces de suavísima armonía que cantaban los Ángeles, y no solamente fueron oídas donde murió San Martín y en su cámara, sino también en la ciudad de Colonia el bienaventurado San Severino, Obispo, y un arcediano suyo, gozaron de aquella celestial consonancia. Y el mismo San Severino tuvo revelación que había durado aquella música todo el tiempo que los infernales ministros de la eterna justicia estaban al paso para detener y examinar (aunque en vano) a San Martín. De donde podemos sacar con cuánto rigor se tratan los pecadores en la otra vida, pues aun los justos son examinados tan por menudo. En sabiendo el glorioso tránsito de San Martín fue increíble el sentimiento que todos aquellos pueblos recibieron por haber perdido un tal Padre, Pastor y Maestro, y único refugio en todas sus tribulaciones. Vinieron llenos de tristeza y amargura a celebrar las exequias de su Santo Obispo, en las cuales se hallaron dos mil monjes, todos criados con la doctrina de tan Santo Pastor, y un coro de vírgenes castísimas, y una muchedumbre de gente innumerable que, viendo aquel cuerpo y acordándose de las virtudes de aquel espíritu que antes le regía y ahora gozaba de Dios, por una parte lloraban su pérdida y por otra se alegraban de su ganancia, y con himnos, salmos y cánticos eclesiásticos le llevaron con mayor pompa y triunfo que ningún emperador jamás triunfó.

Hubo grande contienda entre los pueblos de las ciudades de Poitiers y de Tours sobre cuál de ellas había de poseer el cuerpo de San Martín y gozar de tan precioso tesoro, alegando cada una de las partes sus razones; pero al fin los de Tours (cuyo Obispo el Santo había sido), durmiendo los contrarios y velando ellos, llevaron a su ciudad el santo cuerpo de su Obispo, y le sepultaron con grande honra, devoción y reverencia. Fue la muerte de San Martín a los 11 del mes de Noviembre, un domingo en la noche, el año del Señor de 402, siendo emperadores los dos hermanos e hijos del gran Teodosio, Arcadio y Honorio.

Vivió San Martín ochenta y seis años, aunque en lo de su edad hay varias opiniones, porque algunos le dan solos ochenta y un años; pero el cardenal Baronio prueba que nació San Martin el año de 316, y comenzó a militar de edad de diez y siete años, y que se bautizó de treinta y tres, y de cuarenta dejó de ser soldado, y que murió el año del Señor de 402, siendo de ochenta y seis, como lo podrá ver el que quisiere en las Anotaciones del Martirologio romano, que están enmendadas en esta postrera edición, y en el III, IV y V tomo de sus Anales. Y de esta verdad se sigue ser falso lo que algunos escriben, que San Ambrosio, estando en el altar para decir Misa, se arrobó y se halló presente en espíritu al entierro de San Martín, porque San Ambrosio murió cinco años antes que San Martín, y no pudo hallarse a su enterramiento.

La vida de San Martin escribió San Severo Sulpicio, Obispo, que (como dijimos) fue amicísimo y discípulo suyo, y muy elocuente varón; y San Paulino, Obispo de Nola, que también conoció a San Martín (y estando casi ciego de un ojo por una nube que se le había hecho en él, tocándole San Martín con una esponja, le sanó), escribió seis libros en verso de su vida, aunque otros hacen autor de estos seis libros a otro Paulino que vivió en tiempo de Perpetuo, Obispo de Tours, sesenta y cuatro años después de la muerte de San Martín. Y San Gregorio Turonense, que así mismo por intercesión de San Martin recibió la salud algunas veces milagrosamente, compendió en cuatro libros sus milagros. Lo mismo hizo Venancio Fortunato, Obispo de Poitiers, en otros cuatro libros en verso, en reconocimiento de haberle Dios librado de un dolor de ojos gravísimo por las oraciones de San Martín, untándose con el agua de su lámpara. San Odón, abad, escribió la historia de la traslación del cuerpo de San Martín a Borgoña y un tratado de sus alabanzas; y otros muchos santísimos varones ejercitaron sus ingenios y estilo en escribir la vida y milagros de este santísimo Varón, como Herberno, Obispo turonense, Riquerio Metense, Giberto Gembracense, Honorio Augustodunense; y de los griegos, Sozomeno y Nicéforo Calixto.

En todo el mundo ha sido celebérrima la memoria de este Santo, y hoy día lo es, y más en el reino de Francia, donde algunos escritores que escribieron después de la muerte de San Martín cuentan los años desde su muerte, como cosa tan señalada y notable. Todos los que hablan de él encarecen sobremanera sus virtudes, hazañas y milagros. El gran patriarca San Benito tuvo tan gran devoción a San Martín, que le edificó un oratorio en Montecassino; y San Mauro, abad, su discípulo, siguiendo las pisadas de su Santo Padre, junto a su monasterio le hizo una iglesia y se retiró en una casilla cerca de ella para aparejarse a morir y darse con más fervor a la contemplación, y allí estuvo dos años y medio hasta que dio su espíritu al Señor. Y san Willebrordo, Arzobispo, y San Suviberto, Obispo en la ciudad de Utrech consagraron la iglesia catedral en honra de San Martín.

San Gregorio Turonense dice de él: «¡Oh, bienaventurado Varón, en cuyo tránsito cantan los Santos, y los Ángeles se alegran, y toda la Corte Celestial le sale a recibir, y el demonio se confunde, y la Iglesia toma fuerzas, y los Sacerdotes tienen revelación de su gloria! San Miguel con los Ángeles le recibió y la Virgen Sacratísima con un coro de innumerables vírgenes y todo el Paraíso le tiene gozoso en compañía de los bienaventurados. Pero ¿qué podemos nosotros decir de él? La alabanza de Martín es aquel Señor a quien él nunca cesó de alabar.»

San Bernardo dice de él que fue muchas veces mártir con el afecto de una voluntad devotísima y ensalza sus virtudes en gran manera. El beato Pedro Damián le llama noble Confesor, gloria de los Sacerdotes, perla preciosa de los Obispos, regla de los Clérigos y lumbre y ornamento de los Monjes, de cuya fama está lleno el mundo; y creció tanto su virtud, que parece que llegó a igualar con la de los Apóstoles. «Por toda la redondez de la Tierra (dice) se ha extendido la memoria de tan gran Pontífice, y do quiera que resuena la fe de Cristo suena también la vida de Martín. El emperador es glorificado en su soldado, y el soldado es alabado en el emperador, y la Iglesia de Tours, por tener el cuerpo de Martin ha sido enriquecida de los reyes y adornada de los príncipes, y sublimada con prerrogativas y privilegios de los romanos Pontífices.» Y añade que algunas iglesias Catedrales se han fundado a honra y nombre de San Martín. Pero, no solamente se han fundado muchas iglesias con nombre de San Martín, sino también muchos pueblos han tomado este nombre por devoción y honra de este Santo. Odón, primer abad cluniacense, escribió un tratado de las alabanzas de San Martín, cuyo título es: Quod beatissimus Martinus par dicítur apostolis: Que el beatísimo Martín se dice que es igual a los Apóstoles; y lo va probando por la santidad de la vida, por la dignidad de Obispo, por el celo de las almas y por las innumerables que convirtió, y por la muchedumbre de milagros que hizo, guardando siempre el respeto a la cumbre y majestad Apostólica, a la cual reconocen todos los Santos.

Finalmente, todas las naciones, provincias y reinos han sido ilustrados con la vida esclarecida de este Santísimo Pontífice, y favorecidos con sus milagros, y los príncipes en la paz y en la guerra han experimentado cuánto vale delante de Dios su intercesión, y especialmente los reyes de Francia, que cuando salían a la guerra llevaban consigo el manto de San Martín, pareciéndoles que con tal prenda y defensor estaban seguros de la victoria. De San Martin, además de los autores arriba referidos, escribe el Cardenal Baronio en sus Anotaciones del Martirologio romano, y en el III, IV, V, VI, VII y VIII tomo de sus Anales.

(P. Ribadeneira.)

Basílica de San Martín de Tours.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

https://es.wikipedia.org/wiki/Bas%C3%ADlica_de_San_Mart%C3%ADn_de_Tours_(Tours)

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