2 de Noviembre: San Malaquías, Arzobispo de Irlanda (1094-1148)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 3, Página 345.

San Malaquías en la Catedral de San Patricio en Armagh.



San Malaquías, Obispo y Confesor

El gran padre y devotísimo doctor San Bernardo fue muy grande amigo en esta vida de San Malaquías, Obispo de Irlanda, y se halló a su muerte y le enterró, y se gloría de haber recibido antes de ella su santa bendición, e hizo un sermón en su alabanza, y escribió su vida, de la cual nosotros tomaremos lo que referiremos aquí.

Nació san Malaquías en Irlanda, en la ciudad de Aidmaca, de nobles padres y generosos, y la madre era muy piadosa, y deseosa que su hijo creciese desde niño mas en devoción que en letras del siglo; aunque él era tan hábil y tan bien inclinado que en lo uno y en lo otro hacia raya a sus iguales, y daba satisfacción a su madre y a su maestro. Crecía con la edad el seso y la ciencia, y no menos la santidad. Parecía en la tierna edad viejo, porque siendo muchacho aborrecía las travesuras propias de aquella edad, no solamente por su buena inclinación, sino también y principalmente por la unción del Espíritu Santo que le había ya escogido para Sí, e interiormente le despertaba y estimulaba para que a menudo se retirase a algún lugar solitario a meditar la Santa Ley de Cristo, y hacer oración, y a irse a la mano en la comida, vencer el sueño, y (cuando no podía ir a la iglesia) a levantar el corazón al Padre Eterno, y adorarle con humillaciones exteriores, y guardarse de la vanagloria, que es certísimo veneno de la virtud. Con estos buenos principios pasó Malaquías su niñez, y llegó a la edad de mozo; y sintiéndose mover del Señor que le guiaba se fue a un hombre Santo, llamado Imario, que encerrado en una celda, cerca de la iglesia mayor, hacia una penitencia y oración continua para ser enseñado y enderezado en el camino espiritual por un hombre de vida tan austera, y que voluntariamente, siendo vivo, se había condenado a la sepultura. El hecho de Malaquías causó grande admiración entre la gente, y cada uno hablaba de él según su gusto y afición. Los más, mirándole con afecto humano, sentían mucho que un mozo bien nacido y bienquisto se hubiese obligado a tanta aspereza. Otros, atribuyéndolo a liviandad, le reprendían porque había tomado carga sobre sus fuerzas; pero estos no entendían lo que dijo el Espíritu Santo por el profeta, que está bien al hombre llevar el yugo del Señor desde su mocedad. Y tanto más se debe loar San Malaquías (dice San Bernardo) por haber abierto camino a los otros, y sido el primero que de aquella tierra dio ejemplo a los demás.

Se puso a los pies de Imario, sentado en silencio y su misión perfectísima de su entendimiento y voluntad, con entera obediencia y con una mortificación perpetua, y con todas aquellas artes e industrias que llevan a una alma fervorosa y mansa a la cumbre de la perfección evangélica. Ordenó el Arzobispo Celso, con consentimiento de Imario, de Diácono a Malaquías, y con esta Orden Sagrada se vistió de nuevo espíritu y comenzó a ejercitar todas las obras de piedad, y especialmente aquellas que son más asquerosas y molestas. Enterraba con particular cuidado a los pobres difuntos, pareciéndole que este oficio era juntamente de humildad y de humanidad. Tuvo en él gran contradicción de una hermana suya seglar, que tenía por afrenta ver a su hermano tan ocupado en aquel piadoso oficio; pero él no hizo caso de ella ni de sus dichos y contradicciones. Siendo ya de veinte y cinco años le ordenaron de Sacerdote con gran repugnancia suya, y el Arzobispo le encomendó el oficio de predicar y de enseñar el catecismo a aquella gente ruda y salvaje; y él se empleó tan de veras y con tanta ansia y diligencia en romper y cultivar aquella tierra inculta y por labrar, que, habiendo arrancado de ella las malezas, abusos y vicios que la cubrían, sembró leyes y reglas llenas de justicia y de honestidad, y plantó las Constituciones Apostólicas, los Concilios aprobados, y sobre todo las Tradiciones y usos de la Santa Iglesia romana, de lo cual todo antes carecía. Y porque los Santos Sacramentos de la Confesión, Confirmación y Matrimonio, o por malicia o por ignorancia de la gente estaban ya casi del todo olvidados, procuró que se restituyese y renovase el uso de ellos, y que se celebrasen con solemne música los Oficios Divinos.

Para acertar mejor y para que no se introdujese por descuido alguna cosa contraria a los ritos e institutos católicos, se fue en busca de un Santo, llamado Malco, que era Pbispo de Lesimor, ciudad de Mumania, parte austral de Hibernia, el cual era anciano en los años, santo en la vida, admirable en los milagros, adornado de celestial sabiduría, y por estos dones divinos tenido por un oráculo de verdad y por un común refugio de los afligidos. Después que con este Santo Obispo estuvo algún tiempo San Malaquías y gozó de su familiaridad y doctrina, volvió a su tierra llamado del Arzobispo Celso y de Imario, su maestro, y de otros muchos que le deseaban. En este tiempo sucedió la muerte de su hermana, la que llevaba mal que el Santo se ocupase en enterrar los muertos, y por esto y porque sus costumbres no le agradaban hizo voto de no mirarla ni tratarla más mientras viviese; pero después que pasó de esta vida comenzó a ver con los ojos del alma a la que antes ni había querido ver con los ojos del cuerpo. Estando una noche durmiendo le pareció que un hombre le avisaba que su hermana estaba vestida de luto fuera de la iglesia, y que en treinta días continuos no había comido. Despertó luego San Malaquías, y acordándose que en aquellos treinta días no había dicho Misa por su hermana, entendió que la hambre que la atormentaba no era corporal, sino espiritual, y tornó a hacer por ella los sufragios que había interrumpido, y poco después la difunta, que estaba en el umbral de la puerta de la iglesia, se apareció vestida como antes de negro, y que no la dejaban entrar. Mas perseverando el Santo hermano en ayudarla sin dejar pasar mañana ninguna que no ofreciese alguna Misa por ella, le tornó a aparecer con hábito blanquecino, y dentro de la iglesia; mas no la dejaban llegar al altar. Finalmente, no dejó de celebrar por su hermana hasta que le apareció dentro de la iglesia y junto al altar, vestida de blanco, entre un coro de espíritus bienaventurados, que con la blancura y claridad daban a entender que ya aquella alma estaba purificada y admitida a la compañía de los cortesanos del Cielo. De donde claramente se ve cuán gran fuerza y valor tiene el Sacrosanto Sacrificio de la Misa para borrar los pecados y librar de las penas del Purgatorio las almas que purgan sus culpas en él y llevarlas al Cielo a gozar de Dios. Grande alegría recibió San Malaquías por saber que su hermana había llegado a puerto de salvación, y no fue menor la que recibió por haber un tío suyo determinado de hacerse religioso. Tenía este tío una abadía rica, que había sido de un monasterio, fundado en un lugar, llamado Doncor, y destruido el monasterio por los bárbaros, y muerto en él y martirizado novecientos monjes, había quedado la renta en manos de seglares, y últimamente venido a las manos del tío de Malaquías, el cual se resolvió a dejarse a sí y a su abadía en manos de Malaquías para sustento de los religiosos que tenía consigo, que eran muchos.

Aceptó el Santo Varón al tío debajo de su disciplina y el sitio de su abadía para edificar en él. Mas como era amigo de la pobreza de Cristo, y en aquella sazón así convenía para la edificación de los fieles, no quiso aceptar las posesiones y tierras, sino que el pueblo diputase otro que tuviese cargo de aquella hacienda. En este lugar comenzó Malaquías con diez religiosos y algunos oficiales a poner mano en la obra, la cual se continuó, dando el Santo maravilloso ejemplo a sus compañeros de toda virtud, y siendo en vida y costumbres una perfecta regla y claro espejo y libro abierto de gloriosa conversación. No pudo sufrir esto el común enemigo, e incitó a un familiar de su casa por nombre Malco, que estaba enfermo, para que, entrando San Malaquías a visitarle (como solía) le atravesase un cuchillo por el cuerpo y le quitase la vida. Tuvo aviso de ello el Santo Padre, e hizo oración. Entró en el aposento del enfermo, y con la Señal de la Cruz le sanó de la enfermedad del cuerpo y de los malos pensamientos de su alma.

Quedó vacante la iglesia de Coneretch, que estaba cerca del monasterio de Doncor, y de común consentimiento eligieron a San Malaquías por Obispo, y aunque él lo repugnó e hizo cuanto pudo por no serlo, al cabo bajó la cabeza y obedeció a sus legítimos superiores, Celso e Imario, que se lo mandaron siendo ya de casi treinta años. Comenzó a ejercitar el oficio pastoral con grande espíritu, fervor y vigilancia; mas halló que aquellos hombres en su trato y manera de vivir no eran hombres, sino (quitando el bautismo) bestias indómitas; pero no por eso se espantó, ni dejó de avisarlos como Padre en público, ni de exhortarlos con lágrimas a cada uno en particular para domesticarlos y de lobos hacerlos ovejas. Usaba de blandura con unos y de severidad con otros, y cuando esto no bastaba se volvía a Dios en la oración y la acompañaba con profunda humildad y con rigurosas penitencias. Iba a pie y con mucho trabajo por los pueblos y por las aldeas para apacentar y curar aquel ganado, padeciendo en la visita de su Obispado infinitas tribulaciones, afrentas e injurias de aquellos malos hijos, hambre, sed, frio, desnudez y otras mil incomodidades, bendiciendo al que le maldecía y resistiendo con la paciencia a los malos tratamientos, rogando a Nuestro Señor por los mismos que le perseguían. Y tanto perseveró en llamar a la puerta de la Misericordia de Dios que al fin se la abrió, y por virtud del Todopoderoso se ablandaron las piedras y la barbaridad se mitigó, y poco a poco aquellos corazones rebeldes y empedernidos se rindieron y comenzaron a recibir los rayos de luz y la doctrina evangélica que el Santo les predicaba.

Después sucedió que los bárbaros aquilones entraron por aquella tierra, y la ciudad de Coneretch en gran parte quedó arruinada, de manera que San Malaquías con sus religiosos (que eran ciento y veinte) se partió para el reino de Momonia, donde hizo un lindo monasterio a costa del rey Comarco, con el cual (habiendo sido echado de su reino) el Santo había tenido antes grande amistad. En este monasterio, siendo San Malaquías Obispo y Maestro, como era para dar ejemplo a los demás, era el primero y que iba delante de todos en el trabajo y en la observancia de la regla. Servía cuando le tocaba en la cocina y en el refectorio, y en el coro no quería privilegio alguno, haciendo su parte en cantar las antífonas, lecciones y en las ceremonias, como el menor del convento. Y se mostraba tan fervoroso celador de la pobreza voluntaria, que puesto caso que había juzgado ser conveniente que el convento tuviese bienes en común para su sustento no permitía que los particulares tuviesen cosa propia ni contraria a la santa pobreza.

Catedral de San Patricio en Armagh.

Mas estando San Malaquías ocupado en las cosas que hasta aquí hemos referido sucedió la muerte de Celso, que era Arzobispo de Ardamaca, madre de todas las otras iglesias de Hibernia, y la más ilustre y reverenciada de todas, en la cual estuvo San Patricio, primer Apóstol y Padre de todas aquellas naciones, a cuyos sucesores, no solamente el resto del Clero y pueblo obedecía, sino todos los otros señores, hasta los mismos reyes. Pusieron los ojos en Malaquías para encomendarle aquella iglesia de tanta preeminencia y dignidad, y el mismo Celso en vida le nombró, señaló y ordenó que fuese Malaquías su sucesor para cortar el hilo de un abuso que se había introducido doscientos años antes, con que aquella suprema dignidad se daba siempre a los hombres de una familia, y cuando en ella no había persona eclesiástica que la mereciese, la daban a hombre lego de la misma familia. Por esto juzgó Celso que para cortar del todo aquella mala raíz y arrancar cosa tan perjudicial de la Iglesia no había otro remedio sino que Malaquías se encargase de aquella iglesia. El Santo rehusó cuanto pudo aquella carga y nunca la quiso aceptar, hasta que le prometieron que, después de haber allanado las muchas y gravísimas dificultades que en aquel negocio se le ofrecían, le dejarían volver a su primera iglesia, y renunciar esta otra que con tanto ahínco e instancia le encomendaban, siendo la una tanto más rica y preeminente que la otra. En lo cual se ve cuán apartado estaba de codicia y ambición, y cuán amigo era de humildad y pobreza.

No bastaron las razones y persuasiones que los hombres hicieron a Malaquías para aceptar aquella dignidad de Primado, si Dios, Nuestro Señor, no lo hubiera movido y mostrándole que aquella era Su Voluntad con una señal del Cielo; porque al tiempo que Celso estaba enfermo y Malaquías lejos y sin saber lo que Celso pretendía, le apareció una mujer venerable y de grande estatura y grave semblante, y preguntada por el Santo quién era, le respondió que era la esposa de Celso, y le puso en la mano la vara del gobierno y luego desapareció; y el mismo Celso, estando para morir, envió a Malaquías, como a su sucesor, una vara de la misma figura y muy semejante a la que le dio aquella mujer en la visión que había tenido. Y así por no repugnar a la Voluntad de Dios bajó la cabeza y aceptó el cargo, y comenzó a ejercitarle, no como hombre santo, sino como varón divino; mas tuvo grandes borrascas y espantosas contradicciones en la prosecución de su Oficio Pastoral, porque todos los de aquella familia, en que por espacio de doscientos años había estado aquella dignidad, que eran muchos y poderosos, se armaron de saña y furor, y se determinaron de quitar antes la vida a Malaquías que dejarle con la Primacía de Hibernia y perder ellos las honras y rentas de ella; y lo pusieran por obra si el Señor no volviera por Su siervo y no le amparara con Su Mano poderosa.

Vino una vez un caballero principal y cabeza de aquel bando, acompañado de gran número de gente armada y atrevida, para ejecutar esta maldad y acabarle, y puso su celada en el camino por donde había de pasar Malaquías, que iba a celebrar una junta de los Estados de Hibernia. Lo supo el Santo, se entró en la Iglesia, hizo oración, y al mismo punto comenzó a cubrirse el cielo, oscurecerse el aire, sonar truenos, despedir relámpagos y caer rayos, con un torbellino tan impetuoso y horrible, que parecía que amenazaba el Día de la Ira y del extremo Juicio del Señor. El capitán de aquella diabólica compañía, traspasado de un rayo, quedó allí muerto, y con él otros tres de los más principales; y el día siguiente se hallaron sus cuerpos secos y quemados sobre los árboles del campo; y los que iban con Malaquías, estando tan cerca de aquel lugar, no recibieron daño alguno. Con este buen suceso y con el haber cobrado dos reliquias sagradas, la una, el texto de los Evangelios, que había sido de San Patricio, y la otra un báculo cubierto y engastado en oro y ricas piedras, que llamaban el Báculo de Jesús, teniendo por cierto que Nuestro Salvador había usado de él, que eran las insignias de aquella dignidad, se sosegó aquella tempestad, viendo que Dios peleaba por Su siervo. Y así pudo el Santo ejercer su oficio más libremente, aunque no sin gran trabajo por no hallar ni lugar ni tiempo seguro de traiciones y de personas que le tachaban e infamaban en público y en secreto. Entre estos uno más atrevido y desvergonzado, y grande hablador, tomó por asunto el morder al Santo y ladrar contra él entre la gente más ilustre y señores más principales, cuya gracia había ganado con lisonjas y chocarrerías. A éste castigó Nuestro Señor, porque se le hinchó y pudrió la lengua de tal suerte, que por siete días continuos escupió gusanos; finalmente, echando mucha materia de la boca dio su alma y acabó infelizmente la vida.

Otra mujer de aquel mismo linaje y familia, estando el Santo predicando, alzó la voz y le llamó hipócrita y robador de la hacienda ajena, motejándole de calvo y diciéndole otras injurias, a las cuales el Santo, como sabio y manso, no respondió; mas el Señor respondió por él, y aquella pobre mujer perdió el seso, y frenética y furiosa daba voces continuamente, y clamaba que Malaquías la ahogaba, y de esta manera murió, y dentro de poco tiempo toda aquella desventurada casta que había perseguido al Santo se acabó y aniquiló, con grande admiración y temor de los que la conocían, para que sepamos el respeto que debemos a los Santos y que el Santo de los santos vuelve por ellos.

Habiendo, pues, el Santo Pontífice puesto en buen estado las cosas de aquella Iglesia se descargó de ella, y sustituyendo en su lugar a una persona de rara y experimentada virtud, que se llamaba Gelasio, se volvió a la suya de Coneretch, conforme al concierto que antes había hecho; y porque la Diócesis de Coneretch, por justos respetos se había dividido en dos Obispados, dejó la más noble y la más rica a otro calificado sujeto, y tomó para sí la de Duno, que era pobre, pequeña y de poca estima; y para dar mejor cuenta a Dios de aquella iglesia quiso tener cabe sí un colegio de clérigos reglares, con deseo de retirarse y darse a la contemplación y a la vida religiosa.

Pero para acertar más en todo el Señor le movió a que fuese a Roma, no solamente para visitar las Reliquias y Santuarios de aquella santa ciudad, sino particularmente para conferir y representar al Sumo Pontífice y Vicario de Cristo todas las cosas que se le ofrecían para el establecimiento de nuestra Santa Religión y buen gobierno de las iglesias de Irlanda. Y puesto caso que todo el Clero y pueblo procuró de tenerle y persuadirle que no hiciese aquella larga y trabajosa jornada, no fue posible, porque Dios le guiaba. Llegó a Roma a tiempo que Inocencio, II de este nombre, gobernaba la nave de San Pedro, del cual Malaquías fue recibido con singular benevolencia y favor; y la primera cosa que le suplicó fue que le descargase del oficio de Pastor y diese el Obispado a otro, y a él le dejase morir quietamente en el monasterio de Claraval, donde San Bernardo era abad. Pero el Papa, no solamente no le concedió lo que tanto deseaba, mas le hizo su lugarteniente y Legado Apostólico en toda la isla de Irlanda; y quitándose el mismo Papa la mitra de la cabeza la puso sobre la de Malaquías, y le dio de sus propios ornamentos pontificales con que decía Misa, una estola y un manípulo, y le concedió otras muchas gracias, y con su bendición apostólica y grandes favores le envió a su Iglesia, habiendo estado el Santo en Roma un mes, visitando con singular devoción aquellos lugares consagrados con la Sangre de tantos Pontífices, Apóstoles y Mártires. A la ida a Roma y a la vuelta posó el Santo en el monasterio de Claraval, donde se consoló por extremo con la comunicación del Santo Abad Bernardo y de los otros sus hijos, que vivían en aquel sagrado convento como ángeles venidos del Cielo; y ellos con la presencia de San Malaquías, y con su bendición y maravillosos ejemplos, quedaron más alentados y con nuevo fervor y brío para anhelar y correr con mayor ímpetu a la perfección.

Mas volviendo de Roma dejó en Claraval cuatro de sus clérigos para que allí se criasen e instruyesen en la vida religiosa, y volviendo a Irlanda la plantasen en aquella isla; la cual, aunque tenía noticia de monjes, hasta aquel tiempo no había visto ninguno, y estos cuatro fueron como semilla del Cielo que se sembró en aquella inculta tierra. Porque, habiendo sido admitidos a la religión de San Bernardo, fueron de él enviados a su patria, y después otros y algunos hijos del mismo San Bernardo y discípulos de aquella escuela, los cuales fundaron en Irlanda un convento con su abad, y de él se derivaron, como de fuente, otros cinco, multiplicándose los seminarios y creciendo cada día el número de religiosos.

Mas llegado San Malaquías a su tierra fue recibido con increíble gozo y regocijo de todos aquellos pueblos, que de todas partes venían a recibir su bendición y a darle la enhorabuena de su venida; y él, para no tener sin provecho la gracia que el Papa le había dado, celebró en algunas ciudades concilios nacionales, y en ellos se hicieron utilísimos decretos y cánones para establecer más la religión Católica, estando siempre el Santo muy atento a remediar las necesidades particulares de cada uno, ya con dulzura, ya con severidad; y no había quien se atreviese a repugnar a sus mandamientos, o a despreciar sus saludables amonestaciones, antes todos las recibían como medicina y como constituciones venidas del Cielo; y no es maravilla, porque su vida era celestial y divina, y los milagros con que el Señor le ilustraba eran tantos y tan gloriosos, que el contradecir a Malaquías era contradecir a Dios.

De la santidad de su vida dice San Bernardo estas palabras: «Dejando aparte el hombre interior, cuya hermosura, valor y sinceridad resplandecían en la vida y en las acciones de Malaquías, ¿qué diremos del exterior y de aquellas maneras uniformes, pero siempre decentísimas y modestísimas que guardó sin que jamás se viese en él la menor cosa del mundo que pudiese ofender los ojos de los que le miraban? Vengamos a la lengua: cierto es que el que no resbale en el hablar es varón perfecto. Pues ¿qué hombre hubo tan curioso que notase en Malaquías, no digo palabra, sino un sí o no ocioso? ¿Quién le vio mover el pie o la mano con vanidad? O ¿en qué cosa no daba él edificación al prójimo, en el andar, en el mirar, en el hábito y en el semblante? Tenía una perpetua severidad en el rostro, tan igual, que ni la tristeza ni la alegría nunca la pudieron alterar. Era enemigo de burlas, mas no austero ni encapotado; alegre cuando convenía, mas nunca disoluto; en ninguna cosa descuidado; mas a su tiempo sabía disimular. Era pacífico y quieto, más no perezoso. Desde el primer día de su conversión hasta la postrera boqueada nunca tuvo cosa propia, ni renta, o eclesiástica o seglar; y aun siendo Obispo no tenía cosa cierta para su mesa obispal, ni habitación determinada, como aquel que toda la vida gastaba en visitar sus parroquias y feligreses, sirviendo al Evangelio y sustentándose del mismo Evangelio, según el orden del Señor; y muchas veces por no ser cargoso a nadie se sustentaba él y sus compañeros del trabajo de sus manos, como lo hacía San Pablo; y siendo ya hombre de edad y Legado del Sumo Pontífice nunca dejó su antigua costumbre él y todos sus compañeros de ir a pié cuando iba a predicar: forma verdaderamente evangélica, y tanto más de estimar en Malaquías, cuanto menos es imitada de otros. Pero el que de tal manera vivía con razón se puede llamar legítimo heredero y sucesor de los Apóstoles.» Todo esto es de San Bernardo.

Pues ¿qué diré de los milagros con que el Señor le honró y ensalzó? El mismo san Bernardo dice que fueron innumerables, y cuenta muchos; yo referiré algunos pocos que nos puedan enseñar y mover a imitación, más que no a sola admiración, pues para esto escribimos las vidas de los Santos. Había una mujer gravemente atormentada del demonio; hizo oración San Malaquías y mandó al demonio que saliese de aquel cuerpo, y le obedeció; pero entró en otra mujer que estaba allí presente, y Malaquías dijo al demonio: «No te mandé yo salir de aquella mujer para que entrases en ésta: deja esta también.» Salió de la segunda, y volviendo a la primera y echándolo de ella, tornó a la segunda; y de esta manera andaba el demonio haciendo burla del Santo, hasta que él, cobrando nueva fuerza del Cielo, echó aquel inicuo poseedor de las dos mujeres. Y el haber tardado tanto en echarle no fue (dice San Bernardo) por la fuerza que tuvo el enemigo en resistir; mas por dispensación Divina para que más se conociese la presencia del enemigo y la victoria de Malaquías, como se ve en el milagro siguiente.

Había posado el Santo en una casa donde después estuvo un enfermo y endemoniado, y una noche comenzaron los demonios a hablar entre sí y a decir: «Mira que este desventurado no toque la paja en que durmió aquel hipócrita, y por esta manera se nos escape de las manos.» Oyó estas palabras el enfermo, y entendiendo que hablaban de San Malaquías, débil como estaba del cuerpo, más fuerte en la fe, comenzó lo mejor que pudo a llegarse a la paja, y al momento se sintieron en el aire voces penosas que decían: «Tenle, apártale, que perdemos nuestra presa.» Mas por, la Divina Misericordia en llegando el pobre a la paja en que había dormido Malaquías se halló súbitamente sano de todos sus miembros y libre de los temores y espantos diabólicos que padecía, y los demonios, dando aullidos y bramidos, le dejaron y desaparecieron de aquel lugar.

Le trajeron una pobre mujer que había quince meses y veinte días que estaba preñada, sin hallar remedio humano para hacerla parir. Movido San Malaquías de tan nuevo y extraño caso se puso en oración, y luego la afligida mujer sin dificultad parió.

Un soldado del conde de Ulidia, sin vergüenza ni respeto alguno, tomó por amiga la que lo había sido de un hermano suyo; le avisó el Santo Pastor con caridad de padre del peligroso estado en que estaba. Pero el soldado estaba tan encarnizado en su vicio que con gran bravura respondió que jamás la dejaría e hizo juramento de ello. Entonces Malaquías, lleno de celo de justicia, respondió: «Dios a tu pesar te la quite…» No pasó una hora que ciertos enemigos suyos le mataron a puñaladas, mostrando el Señor con este hecho cuán presto se ejecutaba la sentencia de Malaquías, y avisando con él a otros hombres desalmados, de los cuales algunos escarmentando en cabeza ajena se convirtieron y enmendaron.

Dio salud a un muchacho paralítico y ordenó a su padre que le dedicase al servicio de Dios, y el padre se lo prometió, mas no lo hizo; y así le tornó la misma enfermedad por no haber cumplido lo que al Santo había prometido.

Había una mujer de tal manera poseída y tiranizada del espíritu de la ira y del furor, que no solamente los parientes y los vecinos huían de su conversación, mas sus propios hijos no podían habitar con ella: en cualquiera parte que estaba no se oían sino voces, gritos y una tempestad de palabras coléricas y de ira; era atrevida y temeraria, echaba llamas de fuego, mordía con la lengua, jugaba de manos, y era insufrible y odiosa a todos. No hallando otro remedio la llevaron sus hijos delante de San Malaquías, llorando amargamente su infelicidad y la de su madre. El Santo mansa y benignamente le preguntó si había confesado alguna vez en su vida, y ella respondió que no. Entonces la dijo que se confesase. Se confesó con él, y habiéndole dado la penitencia que le pareció conveniente le mandó de parte de Cristo, Nuestro Señor, que no se enojase más de allí adelante. Parece cosa increíble, pero es verdad. Le infundió Dios súbitamente tanta mansedumbre y tan gran paciencia que todos entendieron que aquella verdaderamente era mudanza del Cielo; y después vivió algunos años con una paz y quietud de su alma tan extraña, que ningún trabajo, tribulación o daño que le viniese la podía turbar. San Bernardo, después de haber contado que San Malaquías había resucitado a una mujer muerta, dice que fue mayor milagro a su parecer el haber mudado el corazón de la mujer brava que el haber dado vida a la mujer muerta, pues en la una resucitó al hombre interior y en la otra al exterior.

Vino a San Malaquías un hombre lego y calificado muy triste por la sequedad que decía sentir en su alma; le suplicó que le alcanzase don de lágrimas del Señor. Mucho se consoló el Santo por ver que un hombre lego le demandaba aquel don de Dios, y llegando su rostro como por benevolencia al rostro del hombre, le dijo: «Dios te dé lo que pides.» Desde aquella hora los ojos de aquel buen hombre fueron dos fuentes de lágrimas.

Yendo predicando llegó a una isla en que se solía pescar gran número de peces, y después por los pecados de los moradores de ella habían desaparecido los peces y ellos no tenían con qué sustentarse. Fue revelado a una mujer que el único remedio para que hubiese pesca era que Malaquías lo pidiese a Dios, y a este tiempo llegó el Santo a la isla, le cercaron luego los isleños, y echándose a sus pies le suplicaron que los librase con sus oraciones de aquel azote de Dios y tan extrema necesidad. Fueron tantos sus ruegos y sus lágrimas que hincadas las rodillas allí a la orilla del mar hizo oración al Señor, suplicándole que renovase Su Misericordia y echase Su Bendición a aquella gente; y luego al punto vino tan gran cantidad de peces cuanta jamás allí se había visto, y duró de allí adelante.

No es desemejante a este milagro otro que le sucedió. Habiendo llegado con otros tres Obispos a hospedarse en casa de un clérigo que no tenía qué darles de comer, porque en el río que estaba allí cerca ya de mucho tiempo no se hallaban peces, y los pescadores, como cosa desesperada, habían dejado su oficio, diciendo esto el clérigo a San Malaquías él le mandó que echase la red en el Nombre de Dios, y de aquella primera redada cogió doce salmones, y la segunda otros tantos, con los cuales los Obispos y toda su compañía tuvieron que comer abundantemente, y materia de alabar a Nuestro Señor; y para que se viese que ésta había sido obra suya volvió después la misma esterilidad y falta de pesca, y duró los dos años siguientes.

Hubo un clérigo en lo exterior de buenas costumbres y de agudo ingenio, pero vano y confiado de sí. Permitió Nuestro Señor que el demonio le engañase en materia de la fe, y en confesar la verdadera y real Presencia de Cristo, Nuestro Señor, en el Sacrosanto Sacramento de la Eucaristía. Le amonestó San Malaquías, primeramente a solas de su error, y no bastando esto para reducirle hizo dos veces una junta de otros clérigos y hombres doctos para desengañarle; y aunque todos los que allí estaban le reprendían y convencían su error con los lugares evidentes de la Sagrada Escritura, él estuvo tan obstinado y pertinaz, que le declaró por hereje y apartado del gremio de la Santa Iglesia; y viendo que aun no se reconocía, antes que, como soberbio e hinchado, se tenía por más sabio y docto que todos, encendido de santo celo Malaquías alzó la voz, y dijo: «Pues no quieres de grado confesar la verdad, Dios te haga confesarla por fuerza;» y el mismo hereje respondió: «Amén.» Vino después el desventurado hombre a tanto aborrecimiento de sí mismo, que no pudiendo vivir entre la gente se quiso ir como desesperado a lejanas tierras, y poniéndose en camino le sobrevino una enfermedad tan grande que no pudo pasar adelante, y viendo su peligro, a mal de su grado volvió a la ciudad, y haciendo llamar al Obispo confesó su culpa, detestó el error, recibió la absolución y luego espiró.

Altercaban dos pueblos y traían grandes pleitos sobre los términos y linderos, y queriendo llevar por armas aquel negocio se juntaron para pelear: envió el Santo (por estar ocupado) a otro Obispo para que en su nombre los apaciguase y sosegase aquella discordia. El Obispo, aunque de mala gana (por pensar que no haría nada, ni tendría la autoridad que era menester con aquella gente furiosa y armada) todavía obedeció; fue, y halló que estaban ya para venir a las manos, y con el nombre de San Malaquías los amansó y concertó, e hicieron sus capitulaciones. Pero después uno de los pueblos se embraveció de manera que quiso dar de repente en los contrarios y matarlos, sin que el buen Obispo los pudiese detener, porque corrían como caballo sin freno y desbocado. Se volvió entonces el Obispo con el corazón a pedir favor a San Malaquías, aunque estaba lejos, y de repente corrió una voz entre toda aquella gente furiosa que otros enemigos suyos habían entrado en su tierras y las destruían, y llevaban cautivos a sus hijos y mujeres. Oída esta voz, aunque falsa, al punto dejaron aquella empresa y se volvieron a sus casas, y no hallando a los enemigos entendieron que habían sido engañados por Voluntad de Dios por el poco respeto que habían tenido al mensajero de San Malaquías, el cual, habiendo ido él mismo a concertar a aquellos pueblos, y no habiendo podido acabar con ellos lo que deseaba (porque el otro pueblo, habiendo sabido lo que los contrarios habían pretendido hacer contra él, se quería vengar). Dios, Nuestro Señor, tomó la mano, haciendo crecer un pequeño rio que estaba en el camino, de tal manera que no le pudieron pasar ni ejecutar su mal intento.

Uno de los reyes de Hibernia vino a desabrirse con un caballero principal, y tratando de reconciliarse con el rey y volver a su gracia, no fiándose del rey, tomó a San Malaquías por medianero, y sobre su palabra que le dio el Santo se concertó aquella diferencia; mas estando el caballero sobre seguro fue preso por mandado del rey, que no podía vencer el antiguo enojo y enemistad que con él tenía. Lo sintió el Santo como era razón, acudió a Dios y cegó el rey. Con este manifiesto castigo conoció su culpa, pidió perdón y se rindió a la voluntad del Santo Pontífice.

Habiendo comenzado un oratorio de piedra de sillería conforme a la traza que le había sido mostrada del Cielo en la abadía de Doncor un caballero que tenía cargo de las rentas de la abadía, y un hijo suyo, de tal manera le persiguieron, tratándole de loco e insensato, por haber comenzado una obra tan suntuosa, siendo pobre y sin caudal para acabarla, que el Santo les dijo que la obra se acabaría y el hijo no la vería. Conforme a su profecía murió dentro de un año, y el padre fue castigado del Señor, porque un demonio le arrebató y le echó en el fuego, de donde le sacaron los de su casa, quemados sus miembros, perdido el seso, torcido el rostro, echando espumajos por la boca y dando terribles alaridos; y aunque el Santo compadecido de su mal hizo oración a Dios por él, y no murió, pero quedó con muchos malos accidentes, que le duraron por toda la vida, y la obra comenzada se acabó, según la grande confianza que Nuestro Señor había dado a Su siervo; y para cumplírsela (porque él era pobre y no tenía con qué), le descubrió un tesoro debajo de la misma plaza donde se hacía el edificio, del cual hasta entonces no se sabía cosa, ni había persona que de él tuviese noticia. Y así halló Malaquías en la bolsa de Dios lo que no hallara en la suya: que quien tiene viva fe tiene todas las riquezas del mundo. Porque, ¿qué otra cosa es el mundo sino un banco y una fuente manantial que no se puede agotar de la liberalidad del Señor? Nunca acabaríamos si quisiésemos referir todos los milagros de este Santo; basta que en los que hasta ahora hemos escrito y en los demás que dejamos hallaremos todas las maneras y géneros de los antiguos milagros, profecías, revelaciones, castigo de los malos, salud del cuerpo, conversión de almas y resucitación de muertos. Además de esto, por sus excelentes virtudes fue magnificado del Señor delante de los príncipes y de los reyes, y después de muchas y graves persecuciones quedó victorioso y superior a la envidia.

Pero vengamos a su dichoso fin y acabemos esta historia. Estaba un día San Malaquías con sus hermanos en santa recreación; comenzaron a tratar de la muerte y a decir cada uno de los que allí estaban el lugar y el día en que deseaba morir, y el Santo cuando lo tocó el responder dijo que si él había de quedar en Hibernia holgaría resucitar con San Patricio, Apóstol de ella; pero que si hubiese de morir fuera de aquella isla escogería la iglesia de Claraval para depositar en ella el saco de su cuerpo; y cuanto al día, tomaría el día de los finados por los muchos sufragios que por ellos ofrece la Santa Iglesia en su conmemoración. Esto dijo el Santo, y si fue deseo Dios se lo cumplió; y si fue profecía, salió verdadera de la manera que aquí diré.

Deseó San Malaquías que el Sumo Pontífice diese el palio a los Arzobispos Metropolitanos que había en Hibernia: el uno era el antiguo ardamacano y primado; y otro que el Arzobispo Celso había instituido, y el Papa Inocencio II confirmado, para más fácil gobierno de las almas. Juntó un Concilio para que en nombre de todo el Clero y de la isla se suplicase esto al Papa (que así había ordenado que se hiciese cuando San Malaquías estuvo en Roma), y el mismo Santo se encargó de esta jornada y de ir en persona a suplicárselo al Papa, que ya era Eugenio III, discípulo de San Bernardo y monje de Claraval. Con este intento se partió de Irlanda Malaquías, pasó por Escocia e Inglaterra, alumbrando con su vida, doctrina y milagros las partes por donde pasaba. Llegó al monasterio de Claraval, donde fue recibido de San Bernardo y de sus monjes como tan amigo antiguo y vaso escogido de Dios. De allí a cuatro o cinco días, habiendo dicho Misa con suma devoción en público, el día del glorioso evangelista San Lucas, le dio una calentura y se echó en la cama, y luego entendió que el Señor le quería cumplir sus deseos, y tuvo revelación de su muerte, y dijo que allí acabaría el curso de su peregrinación. Creció el mal, recibió el Viático y la Extremaunción, y para recibirla con mayor humildad y devoción bajó de la celda alta donde estaba, por su pié a la iglesia y volvió a la celda; y con estar la muerte tan cerca y como llamando a su puerta no tenía el rostro amarillo ni enflaquecido, ni la frente arrugada, ni hundidos los ojos, ni afilada la nariz, ni los labios cárdenos, ni traspillados los dientes, ni los otros accidentes mortales. Y finalmente, el día de Todos los Santos, habiendo celebrado aquella Fiesta tan bienaventurada y gloriosa con gran júbilo y alegría de corazón, y llamado a su presencia a los padres de aquella casa, y habiéndoles declarado que Dios le había cumplido los deseos de morir en ella, y prometiéndoles de acordarse de ellos en el Cielo, y echándoles su bendición, pasada la media noche dio su espíritu al Señor, el año de 1148, y a los cincuenta y cuatro de su edad, en el lugar y en el día que él mismo había escogido y profetizado. Quedó más como dormido que como muerto, con un semblante tan fresco, sereno y angélico, que más parecía haber recibido de la muerte mucha gracia y hermosura que fealdad. El sagrado cuerpo fue llevado en hombros de los abades que habían concurrido de diversas partes, con salmos e himnos y cánticos espirituales, y colocado en la capilla de la Sacratísima Virgen, como él mismo lo había deseado. Y hallándose allí un muchacho que tenía un brazo muerto que le colgaba de la espalda y no le podía menear, San Bernardo le llamó, y tomándole del brazo le hizo tocara la mano de San Malaquías, y luego quedó sano.

La vida de San Malaquías escribió (como dijimos) muy a la larga San Bernardo, y le escribió algunas de sus epístolas, que son las 315, 316 y 317. Hace de él mención el Martirologio romano a los 3 de Noviembre, porque aunque el Santo murió a los 2, mas por estar aquel día la Santa Iglesia ocupada en la conmemoración de los finados, trasladó al día siguiente el de su glorioso tránsito.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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