1° de Noviembre: Solemnidad de Todos los Santos

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Noviembre, Día 1, Página 329.

La Fiesta de Todos los Santos

Entre todas las fiestas que la Santa Iglesia ha instituido por todo el año en reverencia de los bienaventurados que están en el Cielo, la más solemne y de mayor devoción es la que celebra el primer día de Noviembre en conmemoración y honra de todos los Santos, porque en esta fiesta los abraza a todos, sin excluir alguno, y se encomienda a ellos, e invoca y llama en su favor a toda aquella bienaventurada Compañía y Corte Celestial.

Instituyó esta Fiesta en Roma el Papa Bonifacio, IV de este nombre, en honra de la gloriosísima Virgen María, Nuestra Señora, y de todos los Santos Mártires, consagrando al Señor aquel famosísimo templo que, no Domiciano, emperador (como dice Adón), sino Marco Agripa, ciudadano romano y gran privado del emperador Octaviano Augusto, había dedicado a Júpiter Vengador (como dice Plinio) después de la batalla naval en que Octaviano venció a Marco Antonio y quedó señor absoluto del imperio romano. Llamó Agripa a este templo Panteón, que quiere decir casa de todos los dioses; porque en él todos los falsos dioses de la antigüedad eran venerados. Y dado que después que el emperador Constantino se convirtió a nuestra Santa Fe y comenzó a edificar templos a Jesucristo, Nuestro Salvador, los cristianos derribaron muy magníficos y maravillosos templos de los gentiles para que no quedasen en pie los lugares en que se habían ofrecido tan sucios y abominables sacrificios al demonio.

Por esta razón en Alejandría asolaron un templo de Serapis, en Gaza el de Marna; en Apamena el de Júpiter, en Cartago el de Celeste, y en otras partes otros muchos que eran tan soberbios y de tan excelente arquitectura, que se tenían por milagros del mundo. Todavía después juzgaron que era mejor (ya que estaba caída y rendida la gentilidad), que donde antes había sido servido el demonio fuese servido el verdadero Dios, y que los mismos templos profanos y abominables se purificasen con las ceremonias que usa la Iglesia Católica, y santificados y adornados con las reliquias de los mártires se consagrasen al Señor, como se ve en San Gregorio Magno, que en una epístola escribe al rey de Inglaterra, que poco antes se había convertido a la fe, que haga echar por el suelo los templos de los ídolos. Y después que ya la cristiandad había echado algunas raíces en aquel reino para que los flacos no se turbasen, mandó a Melito, Obispo, que no se arruinasen los templos de los paganos, sino que se convirtiesen en iglesias de cristianos. Siguiendo, pues, esta orden Bonifacio IV, que fue Sumo Pontífice poco después de San Gregorio (porque Sabiniano y Bonifacio III, que inmediatamente le sucedieron, aun no vivieron tres años), dedicó el Panteón que Agripa había edificado a todos los dioses en honra de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora, y de todos los Santos Mártires (que eran los que en aquel tiempo se celebraban en la Santa Iglesia), y llamó a aquella iglesia Santa María ad mártires, y hoy se llama Nuestra Señora la Rotunda; y mandó que se celebrase fiesta en Roma a los 13 de Mayo en que se hizo la Dedicación, y en este día la pone el Martirologio romano. El cardenal Baronio dice que en un libro antiguo de aquella iglesia, escrito de mano, halló que se levantaron y colocaron en ella con gran solemnidad veinte y ocho carros de huesos de Santos Mártires, sacados de diversos cementerios de aquella Santa ciudad. Esto es lo que mandó el Papa Bonifacio IV; mas después Gregorio, asimismo Papa IV, que murió por los años del Señor de 844, ordenó que la Fiesta que se hacía en Roma a 13 de Mayo en honra de Nuestra Señora y de todos los Mártires se hiciese por toda la cristiandad el primer día de Noviembre en reverencia de ellos, y juntamente de Todos los Santos Confesores y moradores del Cielo. Por esta causa se llama la Fiesta de Todos los Santos, y se guarda en toda la Iglesia, y particularmente en la de Nuestra Señora la Rotunda de Roma, con singular regocijo y devoción; y ésta es la primera causa de la institución de esta Fiesta. Pero otras hay de no menor consideración, entre las cuales una es la obligación tan precisa que tenemos de glorificar al Señor en Sus Santos, y de honrar los mismos Santos que tan bien le supieron honrar, y nos dejaron tan raros ejemplos en Su Santidad para que los imitásemos; y ahora con Sus Oraciones nos ayudan y sustentan.

Pero siendo como son los Santos innumerables, y que por ser tantos no se pueden todos en particular y cada uno por sí celebrar, fue cosa convenientísima que se instituyese un día para que en él a lo menos los alabásemos y pidiésemos su favor, y mostrásemos la piedad y devoción que tenemos con todos, sin excluir a ninguno. Otra razón es la que se escribe en el libro llamado Orden Romano: Ut quidquid (dice) humana fragilitas per ignorantiam, aut negligentiam in solemnilatibus, el vigitiis sanctorum minus pleno peregit, in hac observatione sancta servetur: Para que todo lo que la humana fragilidad hubiere faltado entre año en las fiestas y vigilias de los Santos, ahora sea por nuestra ignorancia, ahora por nuestra negligencia, se recompense en esta Fiesta y se supla con el mayor fervor de nuestra devoción.

Otra razón es la que la Santa Iglesia nos da en la oración del Oficio Divino que reza este día: Ut desideratum nobis tuæ propitiationis abundantiam, multiplicatis intercessoribus largiaris: Para que lo que por nuestros grandes pecados no hemos podido alcanzar del Señor por intercesión de cada uno de los Santos, hoy lo alcancemos por los ruegos de aquella corte y bienaventurada compañía, que postrada delante del acatamiento de la Santísima Trinidad le representan nuestras plegarias y oraciones, y con singular afecto y caridad le piden que nos oiga y otorgue lo que por medio de tantos y tan grandes siervos y amigos Suyos le suplicamos.

Pero la principal razón de la institución de esta Fiesta es animarnos a la imitación de todos los Santos, proponiéndonos su vida perfectísima y divina, y la gloria inenarrable que por ella alcanzaron (como dice San Bernardo), para que en nuestra conversación sigamos a los que con esta tan solemne Fiesta veneramos, y corramos con grandes pasos a la bienaventuranza de los que tenemos por bienaventurados, y seamos favorecidos con el Patrocinio de los que nos recrean con sus alabanzas. Y San Agustín dice: «Aquellos de verdad celebran las gozosas fiestas de los Santos Mártires que siguen las pisadas y ejemplos de los mismos mártires. Porque no son otra cosa las solemnidades de los Mártires sino unas encendidas exhortaciones, para que no seamos perezosos en imitar lo que celebramos con gloria.» Hasta aquí son palabras de San Agustín.

Para esto la Santa Iglesia nos lee hoy en la Misa el Evangelio de las bienaventuranzas, en que nos descubre el camino por donde todos los Santos anduvieron y nosotros debemos andar: la humildad y pobreza de espíritu, la mansedumbre y lágrimas, el hambre y sed de la justicia, la misericordia y las otras virtudes que tuvieron, y juntamente el galardón y posesión de la tierra de los vivientes, y Reino del Cielo que por ellas se les dio. Y porque los ejemplos de los Santos se deben leer en las vidas particulares de cada uno de ellos, y todos se resumen y están cifrados en estas bienaventuranzas, que son los medios para alcanzar la gloria y bienaventuranza de la patria que ahora poseen (la cual, aunque con diferentes grados, es una y la misma de todos), para que más nos inflamemos al amor de la virtud, y a imitar la vida de los mismos Santos, quiero aquí tratar del inmenso gozo y gloria inenarrable que ellos poseen, pues la Santa Madre Iglesia, celebrando su Fiesta, hoy nos lo representa.

Mas, ¿qué lengua, aunque sea de los mismos Santos, podrá explicar la gloria que ellos poseen, o qué entendimiento comprender aquel Bien que solo es bien y fuente y causa de todos los otros bienes? El Apóstol San Pablo dice que el ojo no vio, ni la oreja oyó, ni el corazón del hombre comprendió los bienes que Dios tiene aparejados para los que le aman. No puede el ojo verlos, porque no tienen color, ni la oreja oírlos, porque no tienen sonido, ni el corazón humano comprenderlos, porque aquellos bienes no son humanos, sino divinos, r infinitamente exceden su capacidad. El angélico doctor Santo Tomás enseña que tres cosas, que en sí son finitas, en cierta manera son de infinita grandeza y dignidad. La primera es la humanidad de Jesucristo, Nuestro Salvador, que por ser unida en una misma Persona con unión hipostática con la Divinidad, es de infinita dignidad, y no se puede decir que Cristo es pura criatura. La segunda cosa es la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, la cual, aunque en sí es pura criatura, finita y limitada, mas por ser Madre de Dios y haber concebido en sus entrañas, y parido al Verbo Eterno, que es infinito e incomprensible, tiene en sí una cierta grandeza inmensa y una prerrogativa de infinita excelencia. La tercera es la gloria y bienaventuranza de los Santos, la cual, dado que en sí sea finita y tasada, porque los mismos Santos y bienaventurados también lo son, mas en cierta manera se dice ser infinita, porque ven y gozan eternamente de aquel Bien que es infinito, y que los mismos Santos no pueden entera y perfectamente comprender. Es tan grande esta bienaventuranza que el hombre que la posee en cierta manera se hace Dios, no por naturaleza, sino por gracia y participación, a la manera que dice San Pedro: Ut efficiamini divinæ consortes naturæ: Para que seamos particioneros de la naturaleza divina. Porque así como la bondad hace al hombre que la posee bueno, la justicia justo, la sabiduría sabio, la fortaleza fuerte, la hermosura hermoso, y las otras cualidades le califican y le dan el apellido de su nombre, así dice gravemente el alto y filosófico teólogo Severino Boecio que la propiedad de la Divinidad es hacer divinos, y de la deidad hacer dioses, y que éste es el premio que da Dios a los Santos en el Cielo, que es hacerlos en cierta manera dioses; para que se cumpla aquello del real profeta: Ego dixi: Dii estis, et filii excelsi omnes; porque así como los muy poderosos reyes se sirven de los grandes de su reino, y muchas veces de los que son de casta y sangre, así Dios, Nuestro Señor, en aquella Su imperial Corte, donde todos los Santos y bienaventurados le sirven para que más resplandezca Su Soberana Majestad y grandeza, quiere que todos ellos sean reyes, y en cierto modo parientes Suyos, comunicándoles por gracia lo que Él tiene por naturaleza, a cada uno conforme su capacidad, y dándoles una cierta semejanza Suya, de la cual dice el Apóstol San Pablo: «Todos nosotros, descubierto el rostro, contemplando la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen y vestidos de Su Gloria y claridad, derivada en nosotros de la claridad, y gloria que Él tiene, y seremos como un espejo que recibe y representa la imagen del que le mira.»

Y el discípulo querido del Señor dice: «Cuando el Señor se apareciere, entonces seremos semejantes a Él.» De suerte que como una gota de agua, mezclada con gran cantidad de vino, toma el color y el sabor del vino, y como el hierro encendido y hecho ascua en la fragua, quedando hierro, deja las propiedades de hierro y se viste de las del fuego, y como el aire investido y penetrado de los rayos del sol se viste de su luz y resplandece con su claridad, y como el espejo que recibe derechamente los rayos del sol nos representa una semejanza del mismo sol, así los bienaventurados, alumbrados de aquella Lumbre Divina, y vestidos de aquella inmensa Luz de Dios, participan de Su Deidad y se trasforman en Su semejanza e imagen. Esta bienaventuranza de los Santos dicen los sagrados teólogos que se divide en dos partes. La primera es la Gloria esencial, que es la más principal y sustancial parte de su bienaventuranza. La segunda es accesoria y accidental, y menos principal, como más abajo declararemos. La Gloria esencial es una total conjunción y unión del alma con Dios, purísima, amabilísima e inexplicable, colmada de todos los bienes y apartada de todos los males. Esta conjunción y unión con Dios consiste en la vista clara del mismo Dios, de la cual dice San Agustín: Quæ visio est tota merces: Que todo el premio y toda nuestra bienaventuranza es ver a Dios. Porque aunque acá en la Tierra, por ver un hombre al rey no es rey, ni por ver cosas hermosas es hermoso, ni alegre por ver cosas alegres (porque todas estas cosas son bajas y limitadas, y fuera del hombre que las ve); pero Dios es un Bien tan inmenso, tan infinito e incomprensible, y tan lleno de infinitas Perfecciones, que al que le ve en la Gloria le arrebata y trasforma en Sí, y según su capacidad le llena de Sí Mismo y de todos los bienes que posee, y con esta gloriosa vista da al alma del bienaventurado una posesión eterna de Sí y un gozo sobre todos los gozos.

De esta vista dice el glorioso padre San Agustín estas palabras: «Ahí veremos, amaremos y alabaremos: veremos en nuestra lumbre, y ¿qué lumbre veremos? Una lumbre inmensa, incorpórea, incorruptible, incomprensible, que nunca se apaga, inaccesible, increada, verdadera, divina, que alumbra los ojos de los Ángeles, y alegra y conserva en su vigor a todos los Santos, y es Lumbre de todas las lumbres, y Fuente de Vida, que sois Vos, mi Dios. Porque Vos sois aquella Lumbre en cuya Luz vemos la luz, a Vos, en Vos; y con el resplandor de Vuestro Rostro os veremos cara a cara. Ver la cara de Dios vivo es ver el Sumo Bien, el gozo de los Ángeles y de todos los Santos, el premio de la vida eterna, la gloria de los espíritus bienaventurados, júbilo sempiterno, corona de hermosura, palio de felicidad, descanso abundantísimo, hermosura de paz interior, y exterior alegría, paraíso de Dios, Jerusalén celestial, vida beatífica, cumplimiento de toda bienaventuranza, gozo de eternidad y paz de Dios, que sobrepuja todo sentido.» Todo esto es de San Agustín.

¿Qué será ver aquella Esencia tan admirable, tan simplicísima y tan comunicable, y ver en ella de una vista el Misterio de la Beatísima Trinidad? ¿Ver al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, y en el Padre y en el Hijo al Espíritu Santo? ¿Ver sin sombras ni figuras, cómo el Hijo eternamente es engendrado del Padre, cómo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, como de un principio; cómo ninguna de las Tres Personas es mayor, ni menor, ni más noble, ni menos noble que la otra; cómo el Padre no fue antes del Hijo, ni el engendrado es después del que le engendró; mas todas las Tres Personas son en todo iguales, coeternas y de infinita excelencia y dignidad? Allí ven aquel nudo indisoluble con que la divina naturaleza se juntó con la humana en una persona de Jesucristo, y de tal manera se unió el que es Infinito con lo finito, y Dios con el hombre, que se puede con verdad decir, hablando de Cristo, Dios es hombre, y el hombre es Dios. En esta visión de la Santísima Trinidad y del Misterio de la Encarnación del Verbo eterno consiste principalmente la bienaventuranza.

Pero no solamente los Santos ven a Dios en Dios, sino también ven a sí en Dios, y todas las cosas en Dios. Porque, como dice San Fulgencio, así como el que tiene un espejo delante ve el espejo y ve a sí mismo en el espejo, y ve todas las otras cosas que están delante del espejo, así los Santos, teniendo aquel espejo sin mancilla de la Majestad de Dios, ven a Él, y se ven en Él y todo lo que está fuera de Él, según el conocimiento mayor o menor que tienen de Él. Porque así como acá todas las criaturas son como un espejo (aunque oscuro e imperfecto) que nos representan a Dios, así allá el mismo Dios es como un Espejo lucidísimo, clarísimo y perfectísimo, que con una simplicísima vista representa a los bienaventurados todas las excelencias y propiedades de las criaturas, mucho más perfectamente que no están en ellas. Y los secretos y misterios escondidos de Dios, que los sabios y más altos ingenios, quemándose las cejas y quebrándose las cabezas, no pueden con todo su estudio y diligencia rastrear, escudriñar, ni de mil partes investigar, allí los ven claramente en Su Fuente y alcanzan el cumplimiento de su deseo. Allí ven como la tierra, el agua, el aire y fuego y todos los elementos fueron criados de nada; y el cielo adornado de tantas y tan esclarecidas lumbres y estrellas; y cada cosa colocada en su lugar con admirable orden y armonía.

Allí ven la sapientísima y maravillosa distinción, hermosura y disposición de los nueve Coros de los Ángeles repartidos en tres jerarquías. Allí ven como todas las gracias naturales y sobrenaturales de tal manera se derivan de aquella Fuente manantial y perenne, y descienden en las criaturas, que no se apartan jamás de su fuente (como el río de su origen), sino que siempre están en ella enteramente, como una luz que se comunica y se reparte en muchas luces, sin algún detrimento suyo o disminución. Ven como todos los dones de Dios siempre son nuevos, porque en Él no hay diferencia de tiemp0s, ni pasado ni porvenir, mas una eternidad, tiempo sin tiempo muy presente. Ven como siendo Dios un Bien simplicísimo, inconmutable e indivisible, unos participan de Él más y otros menos, a guisa del sol, que comunica más o menos su calor y su luz, según la disposición que halla. Pues ¿qué diré de los secretos Juicios de Dios y de los maravillosos efectos de Su Divina Providencia, que son un abismo sin suelo, y no se pueden apear, y agotan el humano entendimiento? ¿Por qué en esta vida uno es rico, otro pobre; uno sano, otro enfermo; uno robusto, otro flaco; uno hermoso y otro feo; uno de agudo y otro de rudo ingenio, y lo que es más, por qué una criatura muere antes del bautismo y va al limbo, y otra en recibiendo el bautismo, vuela al Cielo? ¿Por qué a uno de los ladrones que fueron crucificados con Cristo le dio tan extraordinaria Gracia para que le conociese y le confesase por Dios, y al otro dejó morir en su pecado? ¿Por qué permitió que cayese Judas en tan detestable y horrible maldad, y guardó a los demás Apóstoles para que no cayesen en ella? ¿Por qué (como escribe San Agustín) el bueno es pobre, y el malo es rico, y el malo anda alegre y contento, y el bueno triste, congojado y afligido? ¿Por qué el inocente y sin culpa sale del juicio condenado, y el perverso acusador triunfa y se alaba de haberse vengado del que no lo merecía; el pecador tiene entera salud, y el justo está consumido y podrido de enfermedades? ¿Por qué los que daban esperanza de ser provechosos con sus vidas son arrebatados de la muerte antes de tiempo, y otros, que no parece que habían de nacer, se logren y vivan largos años? ¿Por qué está asentado en el trono y sublimado en honra y dignidad el que es oprobio y escándalo de la república, y el que es justo, pacífico y provechoso está arrinconado y sepultado en perpetuo olvido?

Finalmente, allí ven que todas las obras de Dios son mezcladas con Justicia y con Misericordia, y que de todas saca el Señor Su Gloria; y que si permite algunas que a nuestros ojos flacos parecen desbaratadas y fuera de camino, no lo son, sino muy acertadas y convenientes para mayor bien nuestro, y gloria y ensalzamiento del que con tanta providencia y deseo de nuestro provecho las permite. Y no las permitiría, ni los males que vemos, si no fuesen instrumentos de los mayores bienes y materia para amplificar la Gloria de Dios, que por su gran Sabiduría e inmensa Bondad de los mismos males saca mayores bienes.

De la envidia de los hijos de Jacob, con que vendieron a los ismaelitas a José, su hermano, sacó la salud y remedio de los mismos hermanos que le habían vendido; de la muerte tan acerba e ignominiosa de Jesucristo, Nuestro Salvador, la Redención del mundo; del pecado de San Pedro, humildad para él y misericordia y compasión para nosotros; de la incredulidad de Santo Tomas, firme testimonio de nuestra fe; de la crueldad de los tiranos que perseguían la Iglesia, la gloria y constancia de innumerables mártires, la confirmación del Evangelio y ejemplo de todos los fieles. No hay contador tan diestro y ejercitado que pueda contar ni sumar las cosas que los Santos ven en la Divina Esencia, ni orador, por elocuente que sea, que las pueda explicar; ni entendimiento de hombre que las pueda imaginar; las cuales todas comprenden los Santos en una sola, simplicísima e indecible vista. De la cual nace un amor tan encendido, tan abrasado y tan fervoroso, que el alma bienaventurada se hace fuego por la participación de aquel incendio y Fuego Divino del Señor; de quien se dice que es Fuego que consume y convierte todas las cosas en Sí, y siempre arde y nunca se acaba. De este amor resulta la fruición y gozo inenarrable en la misma alma por la unión de su entendimiento con aquel Mar Océano de inmensa Sabiduría, y de su afecto y voluntad con el Sumo Bien, con el cual está tan abrazada, y tan apretada y asida que no se puede desasir. Ésta es la gloria esencial de los Santos, declarada, no como ella es (porque esto es imposible), sino como un rasguño y cosa mal pintada, a la manera que nuestra flaqueza, en la oscuridad de la noche de esta vida y de las tinieblas de nuestra ignorancia, por un vislumbre puede explicar.

No se acaba en este Sumo Bien el bien de los Santos, ni su gloria en la gloria que tienen con la vista, posesión y gozo del Sumo Bien; antes de este Sumo Bien, como de Su Fuente, manan otros cuatro bienes que pertenecen a la bienaventuranza accidental, segundaria y menos principal; los cuales son la gloria de sus cuerpos, la hermosura y excelencia del lugar donde están, la compañía de tantos cortesanos del Cielo, y la certidumbre de que aquella gloria será eterna y durará mientras que Dios fuere Dios. Porque primeramente de aquella gloria copiosísima y abundantísima del alma redunda en el cuerpo del bienaventurado toda la gloria, resplandor y hermosura de que él es capaz; y con una sujeción singular, hermandad y obediencia a la misma alma, que el cuerpo (como si no fuese corporal, sino espiritual) así la sigue en todo sin contradicción ni repugnancia. De manera, que así como mientras que vivimos acá en la Tierra (por ser nuestra alma forma del cuerpo y tan hermanada con él) parece que es de carne y con el peso de su mismo cuerpo se inclina y es tirada hacia bajo; así en el Cielo la carne, vestida de la gloria del espíritu, se levanta y sube a lo alto, y en cierta manera se convierte en espíritu. Y para esto da Dios al cuerpo cuatro dotes maravillosos, que son (conforme a la doctrina de San Pablo y de los teólogos) agilidad, sutileza, impasibilidad y claridad. La agilidad será tan grande y tan admirable, que a un abrir de ojos se hallará el cuerpo del bienaventurado donde su alma querrá. No hay caballo tan ligero que así corra, ni águila que así vuele, ni saeta que vaya con tanta velocidad, ni el mismo sol (que en tan pocas horas hace su curso y da vuelta al mundo), que se pueda comparar con la presteza con que el cuerpo glorificado se hallará donde quisiere. La sutileza será tanta, que no hay aire tan delicado, ni rayo de luz tan sutil, ni voz de hombre, ni cosa alguna de la tierra tan penetrante que la sutileza del cuerpo glorioso con grandes ventajas no la exceda. Pues ¿qué diré de la impasibilidad? Que es tanta, que a la manera que el rayo del sol no se puede con espada cortar, ni ahogarse en el agua, ni quemarse en el fuego, ni ensuciarse o mancharse con inmundicia alguna, así el cuerpo glorioso no puede padecer ni recibir lesión o daño alguno. ¿Qué de la claridad? Que sobrepuja a la de las estrellas, de la luna y del mismo sol; y todas las cosas claras y relucientes de acá son oscuridad cotejadas con ella. Esto toca a la gloria de los cuerpos de los bienaventurados. Mas, para declarar la excelencia, grandeza, riqueza y hermosura de aquel palacio real y morada perpetua de los Santos, sería menester que bajase uno de ellos del Cielo, y que como testigo de vista nos la pintase y nos la pusiese delante de los ojos. Porque el asiento de esta ciudad es sobre todos los cielos, y la anchura y grandeza de ella excede toda medida. Y si hay algunas estrellas que, según los astrónomos, son mayores sesenta y ochenta veces más que toda la Tierra, ¿qué tan grande será aquel Cielo que abraza a todas las estrellas y todos los cielos? No hay grandeza en el mundo que con ésta se pueda comparar. Y por esto el profeta Baruch, admirado de esta grandeza, atónito y como fuera de sí, exclamó y dijo: «¡Oh, Israel!, ¡cuán grande es la Casa de Dios e inmenso el lugar de Su Trono y asiento! Grande es y no tiene término; excelso es e inmenso.» Pues si preguntas por las labores de su edificio, no hay lengua que lo pueda explicar; porque si esto que parece por de fuera a los ojos mortales es tan hermoso, ¿qué será lo que allá está guardado a los ojos inmortales? Y si acá en este mundo visible nos deleita tanto la hermosura de la tierra, la llanura de los campos, la altura de los montes, la verdura de los valles, la frescura de las fuentes, la gracia de los ríos repartidos como venas por todo el cuerpo de la tierra, y sobre todo la anchura de los mares, poblados de tantas diversidades y maravillas de cosas, ¿qué será en aquella Casa Real y en aquel sacro Palacio que Dios edificó para solar y gloria de Sus escogidos?

De este lugar sobre todas las cosas lindo, admirable y divino, dice San Pedro Damián unas palabras recogidas de diversos y varios lugares de San Agustín, que quiero poner aquí. «¿Quién (dice) podrá explicar la alegría de aquella Patria soberana, donde los edificios son todos de piedras preciosas y vivas, y los tejados están cubiertos de oro purísimo, y las salas resplandecientes con maravillosa claridad, y toda la obra es de piedras de inestimable valor, y las calles de esta ciudad son enlosadas de oro más puro que el cristal, sin polvo, ni lodo, ni inmundicia alguna, en donde la aspereza del invierno y el ardor de estío no tienen lugar, antes las flores y rosas que no se marchitan hacen una perpetua primavera? Allí blanquean las azucenas y brotan mil fuentes de bálsamo, los prados están siempre verdes, y los sembrados hermosos, y corren ríos de miel en grande abundancia, y los ungüentos suavísimos y aromáticos echan de sí muy olorosa y divina fragancia. Allí las manzanas lindísimas están colgadas en aquellos bosques floridos para siempre. En aquella ciudad no hay variedad en la claridad de la luna, del sol y de las estrellas. Porque el Cordero es el que la alumbra sin jamás esconderse, y por eso no hay noche ni sucesión de tiempo, sino un día constante y perpetuo, y cada uno de los Santos resplandece como un sol.» Hasta aquí son palabras de San Pedro Damián, las cuales se han de entender, no como suenan materialmente, sino por otra manera más alta, barruntando y sacando por estas cosas que nosotros conocemos, y en que acá nos deleitamos, cuánto más espirituales y excelentes son las de allá.

Pues ¿qué diré de los ciudadanos de esta ciudad, de su muchedumbre, de su nobleza, de su buena condición y de la caridad y concordia que tienen entre sí? El número es sin número y tan grande, que San Juan en el Apocalipsis dice que vio en espíritu una innumerable compañía de bienaventurados, que no bastaría nadie para contarlos, la cual había sido recogida de todo el linaje de gentes y pueblos, y lenguas, y estaban en presencia del Trono de Dios y de Su Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas triunfales en las manos, cantando a Dios cantares de alabanza. Con lo cual concuerda lo que el profeta Daniel significa de este sagrado número, diciendo en el Cap. 7: «Millares de millares servían al Señor de la Majestad, y diez veces cien mil millares asistían delante de Él. Y con ser tantos, no hay entre ellos confusión, antes cuanto es mayor el número, tanto es mayor el orden y armonía. Porque cada uno con maravilloso concierto está en su lugar y gloria, según su merecimiento.»

Pues ¿qué diré de la nobleza de estos ciudadanos del Cielo, siendo (como son) todos reyes e hijos de Dios? ¿Qué de su condición suavísima, de su unión y concordia entre sí? Todos ellos son una ánima y un corazón; y así viven en tanta paz, que la misma ciudad tiene por nombre Jerusalén, que quiere decir visión de paz. Allí la virtud de la caridad (a la cual pertenece hacer todas las cosas comunes) está en toda su perfección, y todos los Santos más unidos entre sí que los miembros de un mismo cuerpo. Porque todos participan de un mismo espíritu que les da un mismo ser y una bienaventurada vida. Pues siendo esto así, ¿qué gozo tendrá allí un bienaventurado de la gloria de todos los otros, pues a cada uno de ellos ama como a sí mismo? Porque, como dice San Gregorio, aquella heredad celestial para todos es una y para cada uno toda. Porque de los gozos de todos recibe cada uno tan grande alegría como si él mismo los poseyese, y (como dice San Agustín) si en el corazón del hombre apenas puede caber el gozo que tiene de su solo bien, ¿cómo cabrá en él la inmensidad de tantos y tan grandes gozos que tendrá del número casi infinito de los bienaventurados? Porque cierto es, que cuanto el hombre ama a otro, tanto se goza de su bien. Si supiésemos que un gran Santo ha bajado del Cielo como un San Pedro o San Pablo, San Juan Bautista o San Juan Evangelista, u otro cualquiera de aquellos grandes príncipes de la corte celestial, y que está entre nosotros, y que por algún rato le podríamos hablar y tratar familiarmente, ¿quién no se desembarazaría de todos los otros negocios por verle, por oírle y comunicar sus cosas con él? Y si la que hubiese bajado fuese la Reina de todos los Ángeles y de todos los Santos, Nuestra Señora, la Virgen María, ¿con cuánta mayor devoción y cuidado nos daríamos prisa para gozar de Su gloriosa vista, y aunque fuese por breve tiempo recrearnos con Su presencia? Pues ¿qué júbilo, qué gozo y qué alegría debe tener una ánima que puede tratar, no con un bienaventurado, sino con todos los Santos que están en el Cielo, no por una hora ni por breve tiempo, sino toda la eternidad, y conversar con ellos como con compañeros, como con hermanos, con amigos y miembros unidos de un mismo cuerpo con tan estrecha caridad?

¿Qué será gozar de los más altos espíritus y más allegados a Dios, que son los Serafines, y de la caridad de su contemplación y del muy ferviente ardor de su amor? ¿Qué de los Querubines, donde están encerrados los tesoros de la Sabiduría de Dios? ¿Qué de los Tronos y Dominaciones, y de todos los otros Coros de los Ángeles? ¿Qué de los Santos Patriarcas, qué de los Profetas, qué del Colegio de los Doce Apóstoles, que son los doce fundamentos y las doce puertas de aquella Santa Ciudad? ¿Qué de aquel ejército glorioso de los Mártires, vestidos de ropas blancas, con sus palmas en las manos y con las insignias de sus victorias y triunfos? ¿Qué de aquella escuela de sapientísimos Doctores, de perfectísimos Prelados, de humildes y penitentes Confesores, y de aquel Coro más blanco que la nieve de Vírgenes purísimas, y de la bienaventurada compañía de las viudas y casadas y continentes, y finalmente, de toda aquella muchedumbre de todas las Almas escogidas de Dios, que desde el principio hasta el fin del mundo en cualquier estado, condición y edad ha habido? Pues ¿qué será ver en Su Trono a la serenísima Reina de los Ángeles, que sola Ella hace coro por sí, porque no tiene par ni semejante? ¿Qué ver la Santísima Humanidad de Jesucristo, que preside sobre todos como Rey y Cabeza, y Príncipe universal de todos los Santos, y está sentado a la diestra de la Majestad de Dios en las alturas?

¿Qué será sobre todo eso ver las fiestas y triunfos que cada día se celebran con los nuevos hermanos, que vencido ya el mundo y acabado el curso de su peregrinación entran a ser coronados con ellos? ¡Oh, qué gozo se recibe de ver restaurarse aquellas sillas y edificarse aquella ciudad, y repararse los muros de aquella noble Jerusalén! ¡Con cuán alegres brazos los recibe toda aquella Corte del Cielo, viéndolos venir cargados de los despojos del enemigo vencido! ¡Oh, cuán dulcemente sabe entonces el fruto de la virtud, aunque un tiempo amargas sus raíces! Dulce es la sombra después del resistero del medio día, dulce la fuente al caminante cansado, dulce el sueño y reposo al que mucho ha trabajado; pero más dulce a los Santos la paz después del peligro, y el descanso perdurable después de la fatiga de los trabajos de esta vida, como bien dice el padre fray Luis de Granada.

Pero ¿qué es todo esto que decimos, o todo lo que podemos decir con nuestra lengua de carne y tartamuda, de la gloria de los Santos y de aquel Sumo Bien que solos los que le poseen le conocen? El cual más es para ser considerado y contemplado con atenta y continua meditación, que no para ser escrito. Porque a las almas nobles y generosas ninguna cosa les enciende más al menosprecio de la Tierra y al aprecio y deseo del Cielo que la consideración de lo que hay en él, y Dios ha aparejado para los que de veras le aman?

Para rastrear algo de esto se puede tomar uno de tres caminos. El primero, considerando la grandeza, el poder, excelencia y riquezas infinitas de este Rey Soberano, y que aquella es su Corte y Palacio real, fabricado para manifestar Su Gloria en Él y honrar a todos Sus escogidos, y galardonar los servicios que de ellos ha recibido. Porque así la medida de la grandeza y majestad de los reyes debe ser el resplandor de Su Gloria y de Su Corte; siendo Dios Todopoderoso y el que con sola una Palabra creó esta máquina tan admirable del mundo, y con otra sola le puede destruir, ¿qué tan grande pensamos que será la fiesta y el convite que tiene aparejado para manifestar Su Grandeza? ¿Qué tal será la obra en que concurren la Omnipotencia del Padre, la Sabiduría del Hijo y la Bondad del Espíritu Santo; donde la Bondad quiere, la Sabiduría ordena, y la Omnipotencia puede todo aquello que quiere la Infinita Bondad y ordena el Infinito Saber, aunque todo esto sea uno en todas las Divinas Personas? Si la casa y corte del rey Salomón de tal manera admiró y robó el corazón de la reina Sabá, que casi la sacó de sí y la hizo perder los pulsos, ¿qué será el Palacio y Corte del verdadero y pacífico Salomón, en cuyo muslo está escrito: «Rey de los reyes y Señor de los señores?» Y si el rey Asuero celebró aquel solemnísimo convite en la ciudad de Susa con tanta opulencia y grandeza para descubrir por este medio a todos sus reinos, sus riquezas, tesoros y poder, ¿cuánto más aventajado será aquel Banquete real y divino que Nuestro Dios, no por espacio de ciento y ochenta días, como Asuero, sino de toda la eternidad, hace para manifestar en Él la inmensidad de Sus riquezas, de Su sabiduría, de Su largueza y de Su bondad, y juntamente para glorificar en el Cielo a los que le honraron en la Tierra? Porque si aun acá en esta vida, que no es propia de galardón, sino de trabajo, honra Dios tanto a Sus Santos, ¿qué tal será la gloria que Él tiene deputada para honrarlos y para ser honrado en ellos, y para pagar los servicios que le hicieron? Porque Dios en todas las cosas ha de ser Dios: Dios en honrar a los Santos, y Dios en pagar, y Dios en todo lo demás; y así la paga que da es el mismo Dios: porque no hay otra que sea digna de los trabajos que con Su Gracia tomaron los Santos por Su servicio.

Y si la magnificencia de este Señor es tan copiosa que ha dado tantas diferencias de cosas indiferentemente a los justos e injustos, ¿qué bienes tendrá guardados para solos los justos? Quien tan graciosamente dio a todos la común posesión de este mundo sin deberlos, ¿qué tesoros dará a quien los tuviere debidos? Quien tan liberal es en hacer mercedes, ¿cuánto más lo será en pagar servicios? Y si en esta cárcel provee a todos con tanta abundancia, ¿qué hará con Sus escogidos en Su Palacio real? Y si en este día de lágrimas tanto nos consuela, ¿qué hará en el día regocijado de las Bodas? Espiritualmente considerado lo que esta gloria cuesta al hombre y mucho más lo que costó a Dios; porque al hombre le cuesta todo cuanto tiene, cuéstale llevar perpetuamente su cruz, abnegar su voluntad y mortificar los apetitos de su carne, hacer diversión con todos los gustos y deleites contrarios a la Ley de Dios, y ofrecérsele en sacrificio y holocausto. Y con hacer el hombre de su parte todo cuanto puede, dice Dios que le da la gloria de balde; y así dice por San Juan: «Yo Soy Principio y Fin de todas las cosas; Yo daré al que tuviere sed a beber agua de vida de balde.» Pues ¿qué bien será aquel por el cual tanto nos pide Dios, y después de todo esto dado dice que nos le da de balde? ¿Qué bien será el que compró San Juan Bautista con tan larga y áspera penitencia de toda la vida, y con su muerte, dando su cabeza por predicar la verdad; el bien que compró San Pedro con su cruz, San Pablo con su sangre, e innumerables mártires con exquisitos y tan atroces géneros de tormentos y muertes (de los cuales unos fueron apedreados, otros aserrados, otros asados, otros desollados, y todos cruelísimamente consumidos y acabados) si después de haber padecido lo que padecieron se les dio este bien de balde? Porque mirando lo que nuestras obras por sí valen, y no por el valor que tienen por parte de la Gracia, no pueden llegar a merecerlo; y porque es tan grande y tan inmenso, que por mucho que se dé por él de nuestra parte, parece que el que le compra le lleva de balde.

Pero aun mucho más se echa de ver la grandeza de la gloria de los Santos por el precio que para dársela quiso Dios, que es la Sangre y Muerte de Su Bendito Hijo. De manera, que por la muerte de Dios se da al hombre vida de Dios, por las tristezas de Dios, alegría de Dios, y por haber estado Dios desnudo entre dos ladrones en una Cruz, se da al hombre que esté vestido de gloria entre los Coros de los Ángeles. Pues ¿qué bien será el que se compró con un precio tan precioso e inestimable, y qué gloria la que se compró con la ignominia de la Cruz del Unigénito Hijo de Dios? No hay cosa que así nos declare la Grandeza de aquel Sumo e Infinito Bien, como el Precio infinito que por Él se dio, por el cual nuestras obras (que de su cosecha no tienen valor) le cobran y merecen la vida eterna. Y ésta es la primera manera de estimar Su Grandeza e Inmensidad.

Otra manera es por los males que en esta vida padecemos, los cuales y todos los otros que se pueden imaginar están desterrados de aquella bienaventurada y gloriosa eternidad. Las miserias y calamidades de esta vida frágil y mortal son tan grandes y tan sin cuento, que ellas mismas nos predican la felicidad y la gloria de la otra que esperamos. La pobreza, la enfermedad, la tristeza, la infamia, la muerte, el dolor, los agravios, injusticias, peligros, desastres, y finalmente el diluvio de desventuras y miserias que por todas partes nos cercan, no son sino unos despertadores y como unas voces del Cielo que nos avisan que no es ésta nuestra patria, sino lugar de destierro, valle de lágrimas y cárcel oscura y penosa en que vivimos, o por mejor decir, cada día morimos, hasta que lleguemos a aquella verdadera Vida que es vida vital.

Porque de esta vida presente dice el glorioso Padre San Agustín estas palabras: «Mucho me cansa, Señor, esta vida, y me angustia esta prolija y triste peregrinación. Mas ¿por qué la llamo yo vida y no muerte, pues es vida falsa y muerte verdadera? Esta vida es vida miserable, vida frágil, vida incierta, trabajosa, inmunda, señora de los pecadores y reina de los soberbios, llena de afanes y de engaños, y que más se puede llamar muerte que vida, pues cada momento morimos, y con los acaecimientos varios de esta nuestra mutabilidad cada hora nos acabamos con diversos linajes de muerte. ¿Cómo podemos llamar vida a ésta que vivimos, pues los humores la alteran, los dolores la enflaquecen, los calores la secan, el aire la inficiona, el manjar la corrompe, el ayuno la fatiga, los placeres la trastornan, los pesares la consumen, el cuidado la ahoga, la seguridad la destruye, las riquezas la levantan, la pobreza la derriba, la juventud la desvanece, la vejez la aflige, la enfermedad la quebranta, la tristeza la acaba, y a todos estos males sucede la muerte furiosa por remate y fin de todos los contentos de esta frágil y miserable vida, de manera que cuando se acaba parece que no ha sido? Esta tal vida, muerte viva se puede llamar, o vida mortal.» Y contraponiendo a esta penosa vida la otra que esperamos en otro lugar, dice: «¡Oh, vida que el Señor ha aparejado a los que le aman, vida vital, vida bienaventurada, vida segura, vida tranquila, vida hermosa, vida limpia, vida casta, vida santa, vida que no se sabe que es muerte ni tristeza, vida sin mancilla, sin dolor, sin congoja y corrupción, sin turbación, sin variedad y mudanzas, vida llena de lindezas y majestad, donde no hay enemigo que persiga, ni flaqueza de carne que ablande, sin algún temor, y un día eterno, y uno el espíritu de todos, a donde Dios cara a cara se ve, y con este suavísimo manjar de vida el alma se harta sin hastío!» Hasta aquí son palabras de San Agustín.

De suerte que todos los males y molestias de esta vida nos deben ser motivos y estímulos para desear la otra y anhelar a ella como a puerto seguro, a donde no llegan las alteraciones y tormentas de este mar tempestuoso, ni las miserias que en él tanto nos fatigan. Y los mismos males, cuando los padecemos, nos deben consolar con la esperanza que se acabarán presto, y que sufridos con paciencia nos llevarán al lugar de descanso y alegría, donde no hay rastro ni memoria de aquellos ni de otros algunos. Y no solamente los males que sufrimos, sino también los bienes de que gozamos en esta vida, nos pueden ser incentivos para levantar el corazón a nuestra Patria y para conjeturar algo de la gloria y felicidad de los Santos. Y éste es el tercer modo de que podemos usar para considerarla y entender algo de ella. Porque así como San Dionisio Areopagita y los sagrados teólogos enseñan que hay dos maneras para conocer a Dios, una afirmativa que afirma y confiesa que todas las perfecciones de todas las criaturas están juntas con infinita eminencia y ventaja en el Creador, y otra negativa que niega todas las perfecciones de Dios, y no de la manera que nosotros las concebimos y se las atribuimos, sino por otra manera más alta y muy diferente de lo que todos los entendimientos creados pueden alcanzar, así de la gloria de los bienaventurados, por una parte hemos de apartar y negar todo mal y confesar que no le hay ni lo puede haber en ella, y por otra atribuirle todo el bien que se puede imaginar o desear. Y así cuando el hombre está contento y se goza de tener vida, salud, fuerzas, hermosura, nobleza, cargos, estados, dignidades; cuando se deleita en la vista de cosas amenas y lindas, en oír músicas concertadas y de excelentes voces, en oler cosas olorosas y suaves, en gustar las dulces y sabrosas, en tocar las blandas y delicadas, y mucho más cuando el entendimiento se alegra por la especulación y conocimiento de aquella verdad, y la voluntad por el amor y cumplimiento de su deseo en alcanzar algún gran bien, de su mismo contento puede sacar el contento que tendrá en el Cielo, donde todos los contentos están juntos y amontonados en uno, y todas las cosas que acá nos le dan sin comparación y con infinitas ventajas allá son más perfectas y más excelentes y divinas. Porque aquella Vida es una vida sobre toda vida, y una Luz sobre toda luz, que no ven nuestros ojos, y una Hermosura sobre toda hermosura que no alcanzan nuestros entendimientos, y una Suavidad que sobrepuja toda suavidad, que no alcanzan nuestros sentidos. Y por esto todas las cosas que nosotros podemos entender, pensar o imaginar de aquella incomparable gloria y bienaventuranza de los Santos son tan cortas y tan rateras y semejantes a las de acá, que con verdad más se las debemos negar que atribuir. A la manera que San Dionisio, y aun el filósofo Platón, hablando de las perfecciones divinas dicen que Dios no es bueno, sino Sobre Bueno; que no es poderoso, sino Sobre Poderoso; que no es sabio, sino Sobre Sabio; a este modo nosotros, cuando por las cosas hermosas que vemos, se levantare nuestro corazón a contemplar la hermosura de la Corte del Cielo, entendamos que no es hermosa, sino Sobre Hermosa; que no es resplandeciente, sino Sobre Resplandeciente; y lo mismo debemos hacer en todas las cosas en que nos deleitamos, para hacer diferencia del gusto del Cielo al de la Tierra.

Y para resumir en pocas palabras a nuestro modo de entender la gloria de los Santos, hagamos cuenta que un hombre de muy lindo entendimiento y de afecto compuesto y moderado se pusiese atentamente a trazar una vida quieta, sosegada, apacible, deleitable y llena de todos los bienes que se pueden desear, y exenta de todos los males que le pueden inquietar y turbar. Si al paso que este hombre va trazando esta vida bienaventurada ella se fuese haciendo, y Dios se la fuese dando sin faltar punto de lo que él va imaginando y desea, especialmente si supiese que aquella vida para siempre le ha de durar en un mismo tenor, sin alteración ni disminución, ni mengua, ni temor de perderla, ¡qué felicidad tendría este hombre, qué gozo, qué deleite, qué alegría! Pues infinitamente es mayor que éste el bien que tiene cada uno de los Santos en el Cielo. Porque la traza de este bien y de su gloria no la hizo hombre mortal, frágil y finito, que en su dibujo y modelo se puede engañar, sino el mismo Dios, que es Sapiencia infalible, y el objeto de Su Bienaventuranza, y el que la ordenó ante todos los siglos, y quiso ser el Donador y el Don, el Galardonador y el Galardón, el que corona y la corona de todos Sus escogidos, y, como dice San Anselmo, el que mereciere reinar con Dios, todo lo que quisiere será en el Cielo y en la Tierra, y todo lo que no quisiere no será en la Tierra, ni en el Cielo, porque la gloria no es otra cosa sino un perfectísimo cumplimiento de la Voluntad del justo, y un gozo de todos los gozos, y un gusto de todos los gustos, y un bien de todos los bienes, sin mezcla de algún mal, y con seguridad que durará por toda la eternidad.

Y esta seguridad es la cuarta cosa que arriba dijimos que pertenece a la gloria accidental de los Santos, y sola ella basta para robar nuestros corazones e inflamarlos del amor de tan gran Bien que sabemos que jamás se acabará, ni se puede acabar, como se acaban todos los de la Tierra; los cuales además de ser frágiles, caducos, falsos, engañosos y muchas veces torpes y sucios, por mucho que duren, no pueden durar más que la misma vida, que es tan breve y momentánea. Pues si tales y tan grandes bienes promete Dios en premio de la virtud, ¿cuál es el ciego y desatinado que no se entregue a ella con esperanza de tan grande galardón?  «¿En qué te andas (dice el Padre Fray Luis de Granada), ¡oh, hombre miserable!, por la tierra de Egipto, buscando pajas y bebiendo en todos los charquillos de agua turbia, dejando aquella vena de felicidad y fuente de aguas vivas? ¿Por qué andas mendigando y buscando a pedazos lo que hallarás recogido y aventajado en este todo? Si deleites deseas, levanta tu corazón y considera cuán deleitable será aquel bien que contiene en sí los deleites de todos los bienes. Si te agrada esta vida creada, ¿cuánto más aquella que todo lo creó? Si te agrada la salud hecha, ¿cuánto más aquella que todo lo hizo? Si es dulce el conocimiento de todas las criaturas, ¿cuánto más el mismo Creador? Si te deleita la hermosura, Él es de cuya hermosura el sol y la luna se maravillan. Si el linaje y la nobleza, Él es el primer origen y solar de la nobleza. Si larga vida y santidad, allí hay Santidad y largura de días. Si hartura y abundancia, allí está la suma de todos los bienes. Si música y melodía, allí cantan los Ángeles y suenan dulcemente los órganos de los Santos de la Ciudad de Dios. Si te deleitan las amistades y la buena compañía, allí está la de todos los escogidos hechos un ánima y un corazón. Si honras y riquezas, gloria y riquezas hay en la Casa del Señor. Finalmente, si deseas carecer de todo género de trabajos y penas, allí es donde está la libertad y exención de todas ellas.» Todo esto es de este autor.

«Ciertamente (dice el Padre San Agustín) si nos fuese necesario padecer cada día tormentos, y sufrir por algún tiempo las penas del infierno para ver al Señor en Su Gloria, y gozar de la compañía de Sus escogidos, sería bien empleado pasar todo esto por gozar de tanto bien.» Y añade más: «Si para esto son menester trabajos, desde aquí os llamo a todos los trabajos del mundo que vengáis a dar sobre mí. Lluevan sobre mí dolores, fatíguenme enfermedades, aflíjanme tribulaciones, persígame uno, inquiéteme otro, conjúrense contra mí todas las criaturas, sea yo hecho oprobio de los hombres y desecho del mundo. Desfallezca en dolores mi vida, mis años con gemidos, con tal que después de esto venga yo a descansar en el día de la tribulación y merezca subir a aquel pueblo guarnecido y hermoseado con tanta gloria.» Todo esto es de San Agustín, que habla como quien tan bien entiende la brevedad y sueño de todas las cosas prósperas y adversas de esta vida, y la eternidad y firmeza de la que esperamos.

Pues esta sola consideración (aunque faltasen todas las otras, que son tantas y tan eficaces) debería bastar para dar (con la gracia del Señor), de mano a todos los vicios y abrazarnos con la virtud, y para romper las cadenas de nuestros apetitos desordenados, que nos tienen tan aprisionados y cautivos, y resistir a todos los combates de Satanás, a las blanduras de la carne, a los engaños y asaltos del mundo, a imitar a los innumerables y bienaventurados cortesanos del Cielo, que con tanto espíritu, valor y constancia nos abrieron el camino, y fueron delante de nosotros, y desde aquellas sillas reales nos convidan para que los sigamos, y nos muestran sus coronas y ayudan con sus oraciones. Para esto se celebra hoy la Fiesta de Todos los Santos; para esto se nos representa la gloria que ellos poseen, sus victorias y coronas, sus trofeos y triunfos. Saludémoslos a todos juntos, y cada uno por su nombre, y pidámosles el sufragio de su oración: saludemos también a muestra dulce Patria como peregrinos que andan desterrados de ella; enviémosle con los ojos el corazón, y digamos: «¡Oh, dulce Patria!, ¡oh, Tierra de los vivientes! Dios te salve, Puerto seguro, refugio de las almas acosadas, Paraíso de deleites, Reino de Dios, Casa de bendición, Palacio del Rey Soberano, Corte de inmensa majestad, Jardín de flores eternas, Plaza de todos los bienes, Premio de todos los justos, centro y fin de todos nuestros deseos. Dios te salve, Madre nuestra, Esperanza nuestra, Bienaventuranza nuestra, por quien suspiramos y damos gemidos y peleamos. Y vosotros, Santos bienaventurados y gloriosos, volved vuestros piadosos ojos sobre estos vuestros pobrecitos siervos y miserables hermanos, y desde vuestro triunfal Palacio mirad este triste valle de lágrimas en que vivimos. Peleado habéis y sufrido grandes batallas y salido de ellas con victorias; pues ayudad a los que ahora peleamos para ser con vosotros vencedores. En el Puerto estáis, no desamparéis a los que al presente nos hallamos en las tormentas y peligros en que vosotros muchas veces os hallasteis. Estáis en la Patria y gozáis de Dios; socorred a los que todavía estamos desterrados y vamos peregrinando por llegar a esa eterna Morada. Ya tenéis vuestra cosecha llena, colmada y abundante; favoreced a los que ahora siembran con lágrimas para recoger con alegría. Carne nuestra sois y huesos de nuestros huesos; probado habéis nuestra flaqueza y el poder, astucia y braveza del común enemigo; pues apiadaos de nosotros, y suplicad al común Señor que nos dé Gracia para pelear con Él de tal manera, que merezcamos llegar a ese Puerto de tranquilidad y dulcísima Patria nuestra, y recibir la corona y el copiosísimo fruto de nuestros pequeños trabajos. »

De la dedicación de esta Fiesta de Todos los Santos hacen mención el Martirologio romano y todos los demás, y de ella hay algunos sermones con nombre de San Bernardo y de Pedro Damián. De la gloria de los Santos escriben muchos autores, y especialmente el Padre Fray Luis de Granada en diversos lugares de sus obras, y trata esta materia con el espíritu, doctrina y elocuencia que suele las demás.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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