29 de Septiembre: Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Septiembre, Día 29, Página 144.

La Dedicación de San Miguel, Arcángel

La Fiesta de la Dedicación del glorioso Arcángel y Príncipe de la Iglesia San Miguel, que celebra la Santa Iglesia a los 29 de Setiembre, tiene dos partes. La primera es dar gracias a Dios, Nuestro Señor, por la merced que hizo a Su Iglesia en darle por Patrón y Defensor suyo a San Miguel, y por haberle manifestado que quiere que le honremos y reverenciemos con aquella Aparición que hizo en el Monte Gárgano, de la cual escribimos en su día, que fue a los 8 de mayo; y por haber mandado que en el mismo lugar, se le edificase un templo a honra de San Miguel, para que visitándole los fieles recibiesen por su mano muchos e incomparables beneficios del Señor; y porque hoy se le dedicó aquel Templo, la Santa Iglesia celebra la fiesta de San Miguel.

La otra parte de esta fiesta y más principal es celebrar juntamente la memoria de todos los Santos Ángeles, y reverenciarlos y honrarlos, y dar gracias al Señor que los creó tan excelentes para gloria Suya y provecho nuestro; y suplicar a los mismos Ángeles que nos ayuden, amparen y defiendan en esta nuestra peregrinación, reconociendo lo mucho que les debemos por la perfección y dignidad de su naturaleza y por el bien que continuamente nos hacen.

Algunos filósofos más groseros (como dice Aristóteles), y entre los judíos los saduceos (de quienes escribe San Lucas en el libro de los Hechos apostólicos), eran hombres que no creían sino lo que percibían por los sentidos, y así dijeron que no había ángeles. Y en nuestro tiempo no han faltado herejes que han tenido este mismo error, que es tan grande, que hasta los mismos filósofos más sabios y cuerdos, como Platón, Aristóteles, Trismegisto y otros le han tenido por tal. Pero aunque ellos se hubieran engañado y creído lo contrario, nosotros tenemos por Fe católica que hay Ángeles, y que Dios los creó y se sirve de ellos como de ministros Suyos en el Cielo y en la Tierra. Y de esta verdad están llenas las Divinas Letras, que por ser cosa tan clara y tan sin duda no la probamos aquí. Y fue cosa muy conveniente que, creando Dios en este teatro del mundo tanta variedad de criaturas corporales, crease también en los Cielos una criatura inmaterial, espiritual, incorpórea, invisible e incorruptible como lo es el Ángel, que por ser en su sustancia más noble y más perfecto que todas las otras criaturas, nos representa más perfectamente la Bondad y Omnipotencia del Señor que lo creó.

Por dos razones principalmente debemos honrar y servir a los Ángeles. La una por sus grandes excelencias, y la otra por los beneficios que continuamente recibimos por medio de ellos de la mano del Señor, y de estas dos cosas trataremos aquí brevemente para explicar la causa de la institución de esta Fiesta, y lo que debemos a estos gloriosos Espíritus, y se lo procuremos pagar y servir.

Aunque es verdad que el hombre y el Ángel son criaturas de Dios y hechura de un mismo Artífice Soberano, y que son creados a la imagen de Dios, y por la memoria, entendimiento y voluntad capaces de Su Gracia y particioneros de Su Gloria y Bienaventuranza, y que por estos y otros respetos el hombre se puede igualar con el Ángel, y que, considerando la unión hipostática del Verbo Eterno con la naturaleza humana, y aquel Hombre Dios asentado a la diestra del Padre Eterno, y aun a Su muy Bendita Madre la Virgen María, Nuestra Señora, ensalzada y encumbrada sobre todos los Coros de los Ángeles, podamos con verdad decir que por esta parte la naturaleza humana sobrepuja a los Ángeles; pero mirando bien la naturaleza del Ángel y del hombre no hay duda sino que el Ángel le hace grandísimas ventajas; las cuales el hombre debe reconocer, acatar y alabar por ellas al Señor que se las dio. Porque así como el plomo, por fino que sea, no puede llegar a la perfección de la plata, ni la plata a la del oro, así un cuerpo por noble y excelente que sea, no puede llegar a la excelencia que tiene cualquier espíritu, ni el alma del hombre a la dignidad del menor Ángel del Cielo, mirando la naturaleza de cada uno. Que por esto dijo el Señor, como lo interpretan algunos doctores, que entre los nacidos no había ninguno mayor que San Juan Bautista; mas que el menor del reino de los cielos era mayor que él. Porque (para decir algo de las excelencias de los Ángeles) si miramos su principio hallaremos que el Señor los creó, o antes todas las otras criaturas (como muchos Santos Doctores lo sienten), o a lo menos (y es lo más cierto), con las primeras de todas. Si consideramos la vida y duración que tienen, son incorruptibles e inmortales. Si el modo y condición de su naturaleza, no tienen cuerpo ni están sujetos a la necesidad de la muerte, ni del frio y calor, del hambre y sed, del cansancio y de la enfermedad, ni de las otras miserias del cuerpo. Pues si ponemos los ojos en la agilidad y presteza con que obran, no hay velocidad en la Tierra, ni aun en los cuerpos celestiales, que con la de los Ángeles se pueda comparar. Pues ¿qué diré de aquella capacidad y excelencia del entendimiento angélico, que entiende perpetuamente y sin discurso, y desde el punto que fue creado tiene perfecta y consumada ciencia de todas las cosas que naturalmente se pueden saber? ¿Qué de la constancia y eficacia de su voluntad, por la cual tan inmensamente quieren lo que quieren, que nunca se apartan de lo que una vez escogieron? ¿Qué de la firmeza de su memoria, que nunca se olvida de lo que una vez percibió? ¿Qué de su poder, que es tan grande que un Ángel solo mató en una noche ciento y ochenta y cinco mil hombres del ejército de los asirios; y lo que es más, un Ángel sin trabajo ninguno y con una facilidad admirable mueve el primer cielo, en cuya comparación toda esta máquina de la Tierra y del agua no es más que un punto, y ha tantos millares de años que continuamente con tanta uniformidad y concierto le mueve? Pues el número de estos soldados y bienaventurados ministros del Señor, ¿quién le podrá dignamente explicar?

Daniel, hablando de la muchedumbre de los Ángeles, dice: «Millares de millares ministraban a Dios y diez veces centenares de millares le asistían.» Y San Dionisio Areopagita dice que el número de los Ángeles excede y es mayor que el número de todas las cosas corporales y materiales. Porque como Dios, Nuestro Señor, en esta hermosísima y admirable máquina del universo pretende principalmente la perfección de Él, y Su poder no es limitado, sino infinito e inmenso, con tanta mayor copia y abundancia ha creado las cosas cuanto ellas son más perfectas en sí. Y así vemos que todas estas cosas bajas y caducas que están debajo de la luna son casi un punto en comparación de los cielos, que son cuerpos más perfectos y nobles. Y en los mismos cielos el más alto y superior excede mucho al inferior, y el supremo a todos los demás; y por esto algunas estrellas del firmamento, que a nos otros nos parecen tan pequeñas a la vista, son mucho mayores que todo este globo compuesto de todas las cosas inferiores. Esta misma proporción hay en las cosas espirituales y en aquellos supremos Espíritus respecto de las cosas corporales, a las cuales exceden, no en la cantidad continua, sino en el número y cantidad discreta. Y véase esto ser así; porque si cada uno de los hombres, desde nuestro primer padre Adán, hasta el postrero que habrá en el mundo (exceptuando a Cristo, Nuestro Señor, que por ser Dios y en cuanto hombre comprensor, Señor y Rey de todos los Ángeles, no tuvo necesidad de Ángel que le guardase), tiene su Ángel de guarda, diputado para su defensa, como nos enseña la Santa Iglesia, nuestra madre; y en esto no hay excepción de bueno o malo, ni de fiel o infiel (porque todos, en cuanto hombres, participamos de este beneficio), necesariamente hemos de confesar que son más los Ángeles de solo el postrer Coro (del cual se disputan los que guardan a los hombres) que todos los mismos hombres que ha habido y habrá hasta la fin del mundo.

Pues ¿qué será del número de los otros Coros, pues por la razón que hemos dicho, tanto es mayor el número de ellos cuanto su orden es más alto y su perfección es mayor? Y por esto dicen algunos que es más fácil contar las estrellas del cielo y las gotas de la mar, y las hojas de los árboles, y las hierbas de la tierra, y los átomos del sol, que comprender la muchedumbre de los Ángeles; la cual, aunque para el Señor es finita y tasada, para nosotros parece infinita. Y por esto dijo Job: ¿Numquid est numerus mílitum ejus? ¿Hay por ventura número de sus soldados que se pueda contar? Lo cual nos declara la gloriosa soberana majestad del mismo Señor que los creó, y se sirve de ellos como de criados y soldados Suyos. Pues es grande honra de un rey tener muchos nobles y poderosos ministros, y una familia lucida de criados que le acompañan y sirven. Que por esto dijo el Espíritu Santo: «La dignidad y majestad del rey se conoce en la muchedumbre de sus ministros, y el tener pocos vasallos, es afrenta del príncipe»

Mas es cosa de gran maravilla que con ser tantos los Ángeles no hay ninguno de ellos que no difiera en especie de todos los otros, según el sentir de Santo Tomas. De manera, que así como seria cosa hermosísima y maravillosa, si en un campo o prado, lleno de infinitas flores, no hubiese entre todas ellas dos que fuesen de la misma especie, sino que cada flor fuese de la suya y desemejante de todas las otras, así (según este sentir) en aquel campo copiosísimo y abundantísimo del Cielo, donde hay innumerables Ángeles, que como flores hermosísimas y suavísimas lo hermosean y visten, no hay dos de ellos que convengan en una misma especie. Y de aquí se puede colegir cuánta será la excelencia y perfección del Ángel supremo, pues es tan grande la del ínfimo y menor de todos.

También se ha de considerar que con ser (como dijimos) un número innumerable el de los Ángeles, no por eso están desordenados, ni confusos, sino con admirable concierto y orden, distintos en tres jerarquías, suprema, media e ínfima, y cada jerarquía dividida en tres Coros u Órdenes, como se saca de las Divinas Letras y Santos Doctores.

Y así hay nueve Coros de Ángeles, repartidos en tres jerarquías, de esta manera. En la suprema jerarquía (que es la que recibe inmediatamente los resplandores e ilustraciones de Dios) hay tres Órdenes, Serafines, Querubines y Tronos. Los Serafines exceden a los demás en el fervor de la caridad, y los Querubines en la plenitud de la Ciencia, y los Tronos, en ver a Dios, y con más perfección la razón de Sus Divinas Obras. En la segunda jerarquía hay tres Coros, Dominaciones, Virtudes y Potestades. En la tercera, Principados, Arcángeles y Ángeles; porque aunque este nombre sea común a todos aquellos Espíritus bienaventurados, especialmente se atribuye al Coro ínfimo de todos los nueve. Porque Ángel quiere decir propiamente nuncio, y no es nombre de naturaleza sino de oficio; y porque el oficio de los espíritus inferiores de este Coro es anunciar y ser embajadores de la Voluntad de Dios, por esto se llaman Ángeles, tomando por propio el nombre que es común de todos.

Verdad es que el apóstol San Pablo dice que todos los soberanos Espíritus son ministros del Señor, enviados para bien de los que han de heredar la salud y bienaventuranza eterna. Las cuales palabras del Apóstol, San Dionisio, su discípulo, y San Gregorio, y San Damasceno, y Santo Tomas, las interpretan de manera que se entienda que los Coros de la primera jerarquía no son enviados a los hombres, sino a los Ángeles de la segunda jerarquía, y los de la segunda a los de la tercera.

Pero San Gregorio Nacianceno, y San Cirilo, y San Crisóstomo, San Agustín y muchos Doctores eclesiásticos, son de parecer que, aunque es verdad que comúnmente los Ángeles superiores no son enviados a los negocios de los hombres (porque esto es propio de los Ángeles de la ínfima jerarquía), pero que en algunos muy importantes algunas veces vienen para nuestro bien, ni les falta humildad, ni caridad, ni tienen por qué desdeñarse viendo al Hijo de Dios y Rey suyo humillado y hecho hombre por nosotros. Y tales dicen que fueron el Serafín que purificó los labios de Isaías, y los Querubines que fueron enviados a Ezequiel, y San Rafael que fue enviado a Tobías, y mucho más el Arcángel San Gabriel que vino por embajador del Padre Eterno a la Virgen María, Nuestra Señora; y San Miguel, que como príncipe de la Iglesia muchas veces ha sido enviado a ella para su amparo y defensa.

La segunda jerarquía es alumbrada y alumbra, es purgada y purga, es perfeccionada y perfecciona (que estos tres actos jerárquicos pone San Dionisio Areopagita, habiendo aprendido esta doctrina de su maestro San Pablo, después que estuvo en el tercer cielo); pero en diferente manera: porque es alumbrada, purgada y perfeccionada de la primera y suprema jerarquía, y alumbra, purga y perfecciona a la tercera. De suerte que las tres jerarquías se distinguen en que la primera recibe inmediatamente de Dios todos estos Divinos Dones y los comunica a la segunda jerarquía; y la segunda, habiéndolos recibido mediatamente del Señor por medio de la primera, los difunde a la tercera; y así la primera alumbra, y no es alumbrada; la segunda es alumbrada y alumbra; la tercera no alumbra y es alumbrada. Y esto se hace por una manera a nosotros oculta e inefable, comunicándose los Ángeles y declarando sus conceptos, y hablándose con aquella lengua que el apóstol San Pablo llama lengua de Ángeles, que es tal, que para explicarla bien, lengua de Ángeles es menester. Y aunque sean tantas y tan sublimes las excelencias y dones naturales de los Ángeles, como hemos dicho, y por ellos debemos honrarlos con particular afecto y devoción; pero mucha más honra se les debe por las gracias sobrenaturales que con tan larga mano les repartió el Señor. Porque, si bien miramos, hallaremos que todos los Ángeles están vestidos de la estola de la gracia e inocencia, y que nunca la perdieron, ni se vieron desnudos de ella, ni la mancharon con ninguna culpa; antes perpetuamente han conservado la Gracia en que fueron creados, sin perderla jamás. Y teniendo tan gran copia y excelencia de dones naturales y sobrenaturales, lo que más nos debe admirar es la profundísima humildad e indecible reverencia con que asisten, ministran y sirven al Señor: de lo cual dice Job: Coram eo incurvantur, qui portani orbem; et columna caeli pavent in conspectu ejus: Los que mueven el cielo se encorvan y postran delante del Señor; y en su acatamiento tiemblan las columnas del cielo. Y están tan rendidos, tan aparejados y prontos para ejecutar con suma diligencia y eficacia lo que Dios les manda, que dice de ellos el real profeta David estas palabras: «Alabad todos los Ángeles al Señor, que sois poderosos y ejecutáis lo que Él os manda, obedeciendo como fieles ministros a la Voz de Sus Mandatos.»

Y es esto de manera que no hay cosa tan baja y humilde que los Santos Ángeles no abracen y cumplan con grandísima voluntad por obedece al Señor y aprovechar a los hombres. Y ésta es la primera causa por la cual los debemos nosotros alaban honrar y reverenciar, mirando la naturaleza excelente de aquellos celestiales Espíritus y cortesanos del Palacio del Señor; la cual aquí sumariamente hemos declarado, dejando las otras sutilezas y agudas cuestiones que los teólogos mueven en las escuelas, como del modo con que fueron creados, del orden de las mórulas e instantes, de la disposición que tuvieron para recibir la Gracia, del tiempo en que comenzaron a ser bienaventurados y si merecieron la bienaventuranza, y cuál haya sido su pecado por el cual los malos fueron echados del cielo, y el secreto modo de enseñarse y manifestar sus conceptos unos a otros, su admirable movimiento de una parte a otra y eficacia en su operación, y otras dificultades como éstas, que son más para ejercitar en las escuelas agudos ingenios, que para inflamar las voluntades de los que esto leyeren, que es lo que yo aquí pretendo.

La segunda causa de honrar a los Ángeles es por los beneficios que continuamente nos hacen, como ministros principales del Señor. Porque dado que Él sea la Fuente manancial, la raíz, origen y primera causa de todos los bienes de naturaleza y de gracia que se derivan en nosotros; mas los caños y arcaduces por donde se derivan son los Santos Ángeles de los cuales Dios se sirve como de mano e instrumento para hacer todo lo que es servido en el Cielo y en la Tierra. De estos beneficios algunos son particulares y propios de cada uno de los hombres; otros pertenecen en general a todos, y a la gobernación y conservación del universo. Porque (como dijimos) desde la hora de su nacimiento tiene cada hombre un Ángel de guarda que le acompaña hasta la hora de su muerte, y sea como su maestro y ayo, y una guía cierta y segura para llevarle por las sendas derechas y apacibles de la virtud, y apartarle de los tropiezos y malos pasos, y lazos peligrosos que el demonio le arma, y defenderle y ampararle de sus asechanzas, embustes y marañas; lo cual hace el Santo Ángel Custodio con suma vigilancia y cuidado, por habérselo mandado Dios y por el amor que por Su Amor nos tiene. Porque, como dice gravemente San Bernardo, en los soberanos Espíritus, no solamente se halla una admirable dignidad, sino también una amable dignación. Quiere decir que, con ser tantos y tan sublimes aquellos celestiales Espíritus, no se desdeñan de abatirse a las cosas rateras y bajas, y encargarse de enseñar y encaminar a una cosa tan frágil como el hombre. Porque el Creador del Ángel y del hombre se lo manda, para glorificar por este medio al hombre y colocarle en aquellas sillas vacías que perdieron por su culpa Lucifer y los de su bando.

¿Quién leyendo las Sagradas Letras no se admira de las cosas que se cuentan en ellas haber obrado los Santos Ángeles en ayuda y favor de los escogidos de Dios? ¿Quién no reconoce y se espanta de aquella humildad con que el Ángel San Rafael, se hizo caminante y como correo de a pie para acompañar, guiar y amparar a Tobías, y despacharle sus negocios, y defenderle del pez que lo quería tragar, y darle por mujer tan buena compañía, como le dio, y restituir la vista de los ojos a su padre, que para ejercicio de su virtud y ejemplo nuestro de paciencia había perdido? ¿Quién no alaba al Señor cuando lee que un Ángel luchó toda la noche con Jacob, y que no pudo prevalecer contra él; y que otro vino del Cielo a despertar y animar al profeta Elías, y traerle de comer; y que otro llevó por un cabello al profeta Habaçuç, hasta Babilonia para que diese de comer al profeta Daniel, que estaba en el lago de los leones; y que (como el mismo Daniel dijo) cerró las bocas de los leones hambrientos para que no lo despedazasen y comiesen; y que otro, después de haber San Felipe el diácono, bautizado al etíope, eunuco de Caudace, reina de Etiopía, le llevase por el aire hasta dejarle en la ciudad de Azoto?

Finalmente, no hay cosa tan baja que aquellos altísimos y soberanos Espíritus no hagan con singular prontitud y alegría para beneficio de los hombres, por mandárselo el Señor; porque, como dice el bienaventurado Lorenzo Justiniano, hablando de la guarda de los Ángeles: «Ellos son los que refrenan a los demonios para que no nos tienten tanto como querrían, y nos descubren sus engaños; responden a sus falsos argumentos; si caemos nos levantan; si no sabemos nos enseñan, si estamos tibios nos inflaman, y como fieles compañeros siempre están a nuestro lado y nos defienden. Cuando dormimos, cuando estamos quedos, cuando andamos, cuando obramos y cuando estamos ociosos. Nunca nos dejan ni desamparan. Alumbran nuestro entendimiento despertándole e imprimiendo en él los rayos de la Divina Luz, y deshaciendo las tinieblas, oscuridades y sombras que le podían ofuscar. Cuando hacemos limosna y cuando oramos llevan nuestras oraciones y nuestras ofrendas, y las presentan al Señor, y de allá nos traen la gracia y dones espirituales, alegrándose de muestro aprovechamiento y gozándose de nuestro bien.» Todo esto es del beato Laurencio Justiniano.

Mas porque en la festividad del Ángel Custodio, que es el primer día de marzo, tratamos más copiosamente de los beneficios del Señor y de los grandes e innumerables bienes que de Él nos vienen por mano de los Ángeles de nuestra guarda, no me quiero alargar en esto, sino pasar a los otros beneficios que el linaje humano y todo el universo, por el ministerio de los Ángeles perpetuamente recibe. Porque ellos son (como dijimos) los principales ministros de la Divina Providencia para regir y conservar el mundo; ellos son los que mueven los cielos, y con su concertado movimiento e influencias son causa de toda la vida, variedad, distinción y belleza que hay en todas las criaturas corporales. Ellos son los presidentes de las provincias, príncipes de los reinos, conservadores de las especies de todas las cosas visibles, repartidores de los dones y ejecutores de la Voluntad de Dios. Por esto en las Divinas Letras se llaman soldados de Dios, ejército del Señor, príncipes de las provincias, presidentes de los pueblos, guardas y maestros de los hombres, medianeros e intercesores para con Dios, rectores y gobernadores del mundo. Se llaman, luz por su gran claridad y sutileza. Se llaman, fuego y carbones encendidos porque son ardentísimos y abrasados en el amor. Se llaman, estrellas de la mañana, porque así como las estrellas corporales hermosean al cielo visible, así ellos más excelentemente adornan el supremo e intelectual cielo. Se llaman, trono de Dios, porque en ellos reposa y tiene Su asiento. Se llaman, piedras preciosas y encendidas, porque encienden con sus oraciones, amonestaciones y consejos nuestras almas, para que apetezcan y busquen las cosas santas y preciosas del Cielo, y menosprecien las de la Tierra. Se llaman, sol porque alumbran el mundo; columnas del cielo, porque le sustentan; caras de Dios, ciudadanos del paraíso, y finalmente amigos e hijos del mismo Dios. Por todos estos títulos debemos nosotros invocar a todos los Santos Ángeles, alabarlos e imitarlos, y con más especial devoción al Capitán de todos ellos y Príncipe de la Iglesia, San Miguel, como lo dice el bienaventurado San Lorenzo Justiniano por las palabras que, para acabar esta materia, quiero poner aquí: «Honremos (dice) en el Señor a nuestros ciudadanos y ayudadores fidelísimos y capitanes esforzados de nuestra milicia; y pues nos ayudan, ayudémosles nosotros para que ellos mejor nos puedan ayudar y no se pierda el fruto de sus trabajos. Porque el gozo de ellos es nuestra fortaleza: ellos nos enseñan en nuestras dudas, defienden en nuestros peligros, sustentan en nuestras adversidades, humillan en nuestras prosperidades, presentan nuestras oraciones, nos traen la gracia, acrecientan nuestros merecimientos, y ejercitan sin cansarse sus ministerios con nosotros. Por tanto, amémoslos como a nosotros mismos, y cuanto sufre nuestra flaqueza, imitémoslos y reverenciémoslos de corazón. Y puesto caso que debemos honrar a todos los soldados del cielo, pero más particularmente al glorioso San Miguel, como a caudillo y capitán de todos, reverenciémosle por la gracia soberana, por la prerrogativa singular, por el oficio que le han encargado, por la fortaleza invencible, por la benevolencia del Señor que le creó, y por la constancia con que le sirvió en aquella tan reñida batalla que tuvo con el dragón infernal y con todos sus secuaces. Porque no sin causa la Santa Iglesia le honra, porque conoce que es su particular y propio defensor, y continuo intercesor, y príncipe de la corte celestial, y el que acoge y recibe en su seno con gran caridad, todas las ánimas de los escogidos del Señor. Por tanto, cada uno de nosotros y todos juntos reconozcamos a nuestro protector, y alabémosle, visitémosle a menudo con muestras oraciones, abracémosle con nuestros deseos, inclinémosle para que nos oiga con nuestra devoción, y alegrémosle con la enmienda de nuestra vida. No despreciará a los que oran, ni desechará a los que confían en él, ni se apartará de los que le aman; pues defiende a los humildes, anima a los castos, abraza a los inocentes, guarda nuestra vida, nos guía en el camino, y nos lleva a nuestra patria, donde Jesucristo, Señor nuestro, verdadero Esposo de la Iglesia, reina con el Padre y con el Espíritu Santo, en los siglos de los siglos.»

(P. Ribadeneira.)

 

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Marzo, Día 18, Página 490.

El Arcángel San Gabriel

En algunas Iglesias de España se hace Fiesta del Arcángel San Gabriel a los 18 días de marzo, por haber sido glorioso mensajero, y embajador escogido, que Dios envió a la Virgen Sacratísima, para declararle el Misterio inefable de la Encarnación del Verbo Eterno en Su sagrado vientre, y por intérprete de Su Voluntad y ministro de aquel beneficio incomparable, que quería hacer a todo el género humano: porque puesto caso, que todo el rescate y el entero precio de nuestra Redención, le puso el Señor de su casa, sin que pura criatura alguna concurriese en el gasto, que en Ella se hizo; todavía la muy bendita Virgen intervino, como Madre, que le dio la carne, que por nosotros había de ofrecer; y el Ángel San Gabriel, como nuncio enviado de Dios, para manifestar su consejo a la Virgen, y disponerla y pedirle su consentimiento: y por este respeto les debemos particular devoción y reverencia.

Muy poco es lo que se sabe de los Ángeles, así porque las criaturas visibles no pueden representarlos, como porque es tan grande la excelencia de ellos, y tanta nuestra bajeza, que no podemos comprender lo que son, si el Señor de los Ángeles y de los hombres, no nos lo revela.

Del Ángel San Gabriel hallamos en las Divinas Letras haber aparecido al profeta Daniel, y señalándole el tiempo, en que el Mesías había de venir al mundo, y librarle con su muerte del duro yugo de Satanás, cumplidas aquellas setenta hebdómadas, o semanas de años, abreviadas y misteriosas. El mismo San Gabriel apareció a Zacarías, estando incensando el altar, y le anunció el dichoso nacimiento de su hijo San Juan Bautista, y el gozo universal, que todos de él recibirían, y la abundancia de gracia y de Espíritu Santo, que tendría aquel niño, aun en las entrañas de su madre: y finalmente vino a la Purísima Virgen y Reina del Cielo, Nuestra Señora, como secretario del consistorio divino, para declarar, lo que en él se había determinado de la Encarnación del Hijo de Dios, tomándola a Ella por Madre. Y aunque por haber sido estos tres negocios, a que fue enviado San Gabriel, muy desiguales y diferentes, algunos han sido de parecer que no fue un mismo Ángel, el que los obró; todavía, si bien se miran, hallaremos, que todos tres tiran a un mismo fin, y son parte del profundísimo Misterio de la Encarnación, del cual estaba encargado San Gabriel, y que por esto es más probable haber sido un Ángel mismo, el que todas tres veces fue enviado: porque a Daniel descubrió el tiempo, en que el Señor del Cielo había de aparecer en la Tierra, y el Deseado de las gentes dar por ellas Su Vida: y San Juan Bautista, cuyo nacimiento anunció a su padre Zacarías, venía, como precursor y aposentador del mismo Señor, para dárnosle a conocer y mostrárnosle con su dedo.

Qué lugar tenga en el Cielo San Gabriel, no hay cosa cierta. Algunas veces las Divinas Letras y los Santos Doctores, le llaman Ángel y otras Arcángel; pero el Misterio, a que vino del Cielo, por ser sumo y altísimo, nos da a entender, que el mensajero que le trajo, debía de ser uno de los más sublimes príncipes de aquel celestial ejército, que tiene cargo de administrar las cosas humanas: porque si acá los príncipes de la Tierra, para tratar grandes negocios, envían los grandes de su reino, y cuanto la cosa que quieren hacer, es mayor, a tanto más calificada persona la encomiendan; no hay duda, sino que para tratar el mayor negocio, que Dios ha hecho ni puede hacer, escogería a un Ángel nobilísimo: pues todo el buen orden y gobierno de las cortes de los reyes de la Tierra, se deriva, como de su fuente, de la traza y disposición de la del Cielo.

Ireneo llama a San Gabriel «Arcángel,» que quiere decir «Príncipe de los príncipes,» y el mismo nombre le dan San Ambrosio, San Agustín y Hesiquio; y el mismo San Gregorio le llama «Príncipe, y el sumo y más alto de los Ángeles:» y Andrés, arzobispo de Jerusalén, dice, que fue uno de los principales y más sublimes Ángeles. San Bernardo parece que da a entender, que fue el mayor de todos los Ángeles, así porque en el Evangelio se dice que fue enviado de Dios, sin declarar, que entre Dios y San Gabriel hubiese intervenido otro Ángel superior, por cuyo medio el Señor le enviase, sino que inmediatamente Él le envió; como porque enviándole a informar e instruir a la Virgen, que en dignidad y gracia sobrepujaba a todos los Arcángeles, era muy conveniente, que fuese Ángel excelentísimo. A lo que Santo Tomás y algunos otros Doctores más se inclinan, es que San Gabriel es el supremo del segundo Orden de la jerarquía ínfima de los Ángeles: los cuales se distinguen por sus ministerios y oficios, y los que son enviados para guardas de los hombres y para administrar las cosas más bajas e inferiores, propiamente se llaman Ángeles, y constituyen el primer Coro, que es el más bajo de esta primera jerarquía; y los que se encargan de las más altas y arduas de nuestra salud, son los Arcángeles, de los cuales se compone el segundo Coro; y que de este Coro es el supremo San Gabriel. Y porque los Ángeles no tienen necesidad de nombres para ser conocidos, porque por sí mismos se hacen conocer, los nombres que la Sagrada Escritura les da, sirven para declararnos sus ministerios y oficios.

Y por esto aquel Príncipe valeroso que tomó la Voz de Dios contra Lucifer, se llama Miguel, que quiere decir: «¿Quién como Dios?» Y el que vino a curar a Tobías se llama Rafael, que se interpreta «Medicina de Dios:» y el que anunció a la Virgen la Encarnación del Verbo Eterno, Gabriel, que algunos dicen que significa «Hombre Dios,» y otros, «Fortaleza de Dios;» porque venía a anunciar, al que había de ser Hombre y Dios, y en la flaqueza de nuestra carne mostrar el brazo fuerte de Su Divinidad. Seamos, pues, muy devotos de este gloriosísimo Arcángel: honrémosle; y pidámosle siempre su ayuda y favor, para que por su intercesión alcancemos el fruto de aquel soberano Misterio, que él nos trajo del Cielo.

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Barcelona, 1866 – Tomo III, Octubre, Día 24, Página 310.

San Rafael, Arcángel

En el año nueve de Oseas, rey de Israel, y el seis de Ezequías, rey de Judá, el 3.283 de la creación del mundo, Salmanazar, rey de Asiria, tomó a Samaria y arruinó el reino de Israel y de las diez tribus. Uno de los cautivos que llevó aquel príncipe a Nínive fue Tobías, hijo de Tobiel y nieto de Ananiel, de la tribu y ciudad de Neftalí, que estaba en la alta Galilea. Con él fue también cautiva su mujer y un hijo pequeño que tenían. Era Tobías hombre de gran piedad, el espejo de virtud para su pueblo; y Senaquerib lo trató muy bien al principio, pero luego empezó a mirarle con rencor porque se ocupaba en enterrar los muertos, a quien quería él que no se diese sepultura. A los cincuenta y seis años de su edad perdió Tobías la vista, y cuando él daba gracias a Dios por esta calamidad, sus deudos le insultaban diciéndole que no le había valido la piedad y misericordia para no quedar ciego: les contestaba como varón de Dios que los hijos de los santos nada tienen que esperar en el mundo, pues su esperanza está en aquella otra vida que guarda Dios para los que aquí le son fieles.

Mientras que Tobías pasaba sus trabajos con paciencia y rogaba a Dios que recibiese en paz su espíritu si así era Su Voluntad, había muy lejos de allí, en la ciudad de Ecbatana, en la Media, una linda joven, llamada Sara, hija de Raguel, la cual hacía también oración a Dios por una causa semejante a la de Tobías. Se afligía éste por la ceguera y por las calumnias de la virtud con que era insultado; Sara por la pérdida de siete esposos seguidos, a quienes el diablo Asmodeo le había muerto en la noche primera de las bodas. La oración de entrambos fue oída de Dios de otro modo que ellos pensaban, y para aliviar sus males destinó el Señor al Arcángel San Rafael, cuyo nombre significa Medicina de Dios. Tobías, creyendo que oiría Dios su oración sacándole en paz de este mundo, llamó a su hijo Tobías, que entonces tenía veinte años, y después de haberle dado una instrucción que deberían poner todos los padres en manos de sus hijos, le dijo que se fuese a cobrar una cantidad de dinero que le debía Gabelo, vecino de Rages, ciudad de la Media. El hijo, por obedecer a su padre, tomó el documento de acreedor y salió a buscar quién le acompañase en aquella jornada, y desde luego se le presentó un gallardo mancebo, ceñido y en ademan de caminar, al cual saludó Tobías y le preguntó si sabía el camino que conducía a la Media. Le dijo que sí y que muchas veces había andado todos aquellos caminos y aposentado en casa de Gabelo, vecino de Rages, ciudad que está en la serranía de Ecbatana, y le ofreció acompañarle. Le llevó Tobías a su padre, quien dio gracias a Dios por este encuentro, y dijo al mancebo que le pagaría bien su diligencia. Le preguntó además de qué familia era y de qué tribu; a lo cual respondió el Ángel: «¿Buscas la familia del jornalero para que acompañe a tu hijo, o al mismo jornalero? Mas para sacarte de toda zozobra has de saber que yo soy Azarías, hijo del grande Ananías.» Y Tobías le contestó: «De noble casa eres; pero no te enojes conmigo porque haya querido saber tu linaje.» Quiso Dios que Tobías se parase en el sonido material de aquellos nombres y no pasase a averiguar la figura que estaba envuelta en su significación, con la cual se denotaba el oficio y la naturaleza del Ángel; porque Azarías significa socorro de Dios, y Ananías nube del Señor, en lo cual dio a entender que venía de parte de Dios a socorrerle en aquella necesidad.

Partió, pues, el Arcángel con el joven Tobías, prometiendo a su padre que le acompañaría a la ida y a la Vuelta, y se lo volvería sin desgracia alguna. Descansó en su promesa el anciano padre; y a su mujer que lloraba por la ausencia del hijo la consoló diciendo: «No llores, mujer; sano irá y volverá nuestro hijo, y tus ojos le verán. Yo creo que el Ángel bueno de Dios le acompaña y dispone todas las cosas que le pertenecen, de suerte que vuelva a nosotros. La primera noche de su viaje, habiendo salido Tobías a lavarse los pies en el río Tigris, fue acometido por un gran pez que parecía le iba á tragar, y espantado el joven exclamó gritando: «Señor, que me embiste.» El Ángel entonces le mandó que lo sacase a la ribera, le abriese las entrañas y le arrancase el corazón, la hiel y el hígado, que sería medicina para varias dolencias. Lo hizo así Tobías, y lo demás, después de haber comido parte, lo salaron para lo restante del viaje.

Llegados a Rages dijo el Ángel al joven, que en aquella ciudad vivía un pariente suyo, llamado Raguel, que tenía una hija única nombrada Sara, y le persuadió que la pidiese por esposa a su padre, prescribiéndole los medios con que se había de guardar del demonio que había dado muerte a sus primeros maridos. Salió este negocio como el Arcángel había dicho, porque Tobías siguió su consejo con toda exactitud, y Rafael, por la virtud invisible y omnipotente de Dios, tomó al demonio y le quitó el poder que hasta entonces había tenido en la casa de Raguel, o por mejor decir en los maridos que se habían hecho indignos de tener por esposa a Sara. Cobraron luego el dinero de Gabelo, y Tobías, acompañado de su esposa, volvió a la casa de su padre sano y gozoso, y lleno de riquezas que no esperaba, y además, untando con la hiel del pez los ojos del anciano Tobías, le restituyó la vista al cabo de media hora.

El padre y el hijo no sabiendo con qué pagarle estos beneficios, le ofrecieron la mitad de sus bienes, y entonces fue cuando Rafael descubrió el misterio de su aparición y les dijo: «Bendecid al Dios del cielo y glorificadle delante de todos los vivientes, porque ha hecho en vosotros gala de Su Misericordia. Bueno es tener ocultos los secretos del rey; pero el manifestar y publicar las obras de Dios es cosa sobremanera honrosa. Vale más la oración acompañada del ayuno y de la limosna que todos los tesoros y todo el oro que se pueda amontonar; porque la limosna libra de la muerte y purifica al hombre de sus pecados, y le facilita el hallazgo de la misericordia y de la vida eterna. Los que cometen pecado y maldad son enemigos de sus almas. Voy, pues, a descubriros la verdad, ni os tendré por más tiempo escondido este secreto. Cuando hacías oración a Dios llorando, y enterrabas los muertos, y para esto te levantabas de la mesa, y de día tenías ocultos los cadáveres en tu casa y de noche les dabas sepultura, ofrecí yo tu oración al Señor. Y porque agradabas a Dios fue necesario que la tentación te probase. Ahora, pues, me ha enviado el Señor para que te diese la salud y librase del demonio a Sara, la esposa de tu hijo. Porque yo soy el Ángel Rafael, uno de los siete que estamos siempre delante del Señor.»

Al oír estas palabras del Arcángel, atemorizados el padre y el hijo, ya por la novedad del caso, o ya por la opinión recibida entre los judíos de que cualquiera que viese un Ángel luego moriría, temblando cayeron contra el suelo. Pero el Ángel les dijo entonces: «La paz sea con vosotros, no temáis: cuando yo estaba con vosotros estaba porque lo quería Dios así; bendecidle, pues, y cantad Sus glorias. Os parecía que con vosotros comía y bebía; pero yo me mantengo de un manjar invisible y de una bebida que tampoco la pueden ver los hombres. Tiempo es ya de que vuelva al que me envió: vosotros bendecid a Dios y publicad todas Sus maravillas.» Dicho esto Rafael desapareció, y todos los de la familia de Tobías, postrados y pegando su rostro contra el suelo, estuvieron tres horas alabando a Dios y al levantarse contaron las maravillas que en su familia había Dios obrado.

Grande es y universal la devoción que tiene a San Rafael la Iglesia de España, cuyo culto parece que empezó a generalizarse después de las visibles pruebas que dio el Santo Arcángel a la ciudad de Córdoba en la peste que la afligió durante el año de 1280.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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