25 de Julio: Santiago El Mayor, Apóstol y Mártir (†44)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Julio, Día 25, Página 464.

Muchas veces visiblemente el Santo Apóstol les ha aparecido armado, derribando y matando a los infieles, y favoreciendo a los cristianos.



Santiago El Mayor, Apóstol y Mártir 

El glorioso Apóstol Santiago el Mayor, luz y patrón de las Españas, fue natural de la provincia de Galilea, hijo del Zebedeo y de María Salomé, y hermano mayor de San Juan Evangelista, y primo de Jesucristo según la carne. Fueron ambos hermanos pescadores, como lo fue su padre el Zebedeo, que vivía a la ribera del mar de Galilea; y debía de ser pescador rico, pues tenía navío propio y criados. San Jerónimo dice que eran nobles.

La vida de Santiago principalmente hemos de sacar de lo que de él y su hermano San Juan, escriben los sagrados evangelistas. Y primeramente San Marcos dice que, andando el Señor a la ribera del mar de Galilea, vio dos hermanos, Diego y Juan, que estaban en un navío con su padre el Zebedeo, aderezando y reparando sus redes, y que los llamó para que fuesen Sus discípulos; y ellos fueron tan obedientes a este mandato del Señor, que luego, dejando las redes, a su padre, el navío y ejercicio en que estaban ocupados le siguieron, dando de mano a todas las cosas de la tierra. Añade San Marcos que después que los llamó el Señor les mudó el nombre y los llamó Boaherges, que quiere decir hijos del trueno, que es cosa particular y digna de consideración.

Porque a solo San Pedro y a estos dos hermanos de todos los Apóstoles leemos haberles el Señor trocado los nombres; a Pedro mudándole el nombre de Simón en Pedro o Cefas, porque había de ser cabeza de la Iglesia y la piedra fundamental sobre la cual, después de Cristo, ella se había de edificar; y a Santiago y a San Juan, porque después de San Pedro habían de ser los más allegados y familiares, los más favorecidos y regalados, como se ve en muchas cosas que les comunicó, excluyendo a los demás. Los llevó consigo cuando fue a resucitar a la hija del príncipe de la sinagoga. Quiso que fuesen testigos de la gloria de Su Sagrada Humanidad, cuando se transfiguró y resplandeció Su Divino Rostro más que el sol en el monte Tabor. A estos tres solos llevó consigo, dejando a los demás cuando se partió a hacer oración en el huerto de Getsemaní, y les descubrió Su tristeza y agonía para que viesen desfigurado y sudando Sangre en el huerto al que antes habían visto en el monte en tanta gloria y claridad. Y asimismo les dio el nombre de hijos del trueno como a principales capitanes de su ejército, y que con la voz sonora de Su predicación y doctrina, a manera de trueno, habían de espantar y convertir el mundo y traerle al conocimiento y fe de su Creador. Y aunque esto se verifica más claramente en el evangelista San Juan, porque fue como fundador, padre y maestro de todas las iglesias de Asia, y el que, fijando (a manera de águila real) sus limpios y agudos ojos en los rayos del sol, nos declaró la generación del Verbo Eterno, y en aquel mismo tiempo se oyeron grandes truenos y se vieron espantosos relámpagos del cielo: también se cumplió en Santiago, su hermano, el cual, a más de haber predicado en Judea y en España, ha defendido tantas veces estos reinos, y como un horrible trueno y furioso rayo desbaratado y deshecho los ejércitos de los moros y de otros enemigos del nombre cristiano, y con el amparo y protección de este glorioso Apóstol los mismos españoles han llevado por todo el mundo el estandarte de la Cruz, y plantado en las Indias y en otras provincias y reinos la Doctrina Evangélica, y descubierto a las gentes ciegas los resplandores de la Divina Luz. Dice más el evangelista San Lucas, que yendo el Señor cerca de la Pascua a Jerusalén envió algunos de Sus discípulos adelante a la ciudad de Samaria por donde habían de pasar, para que les aparejasen lo que habían de comer, y que no fueron recibidos de los samaritanos (por ventura porque conocieron en su manera y traje que eran judíos y de diferente religión que la suya, y no quisieron tratar con ellos, ni admitirlos en su ciudad). Cuando Santiago y San Juan, su hermano, que eran hijos del trueno, vieron la descortesía de los samaritanos, movidos de celo y deseosos de vengar la injuria que se hizo a Cristo, le dijeron: «Señor, ¿queréis que hagamos bajar fuego del cielo y que abrase toda esa gente?» Mas el Señor les respondió: «No sabéis de qué espíritu sois;» dándoles a entender que aquel espíritu y celo que los movía era espíritu de venganza y no de blandura, espíritu del Viejo Testamento y no del Nuevo, y de Elías y no de Jesucristo; el cual así como había venido a enseñar y ganar a los pecadores, así el modo para enseñarlos y ganarlos había de ser blandura, suavidad y caridad evangélica. Finalmente, estos dos hermanos fueron tan queridos y privados del Señor, que su madre María Salomé, confiada del deudo que tenia con Él y del amor que mostraba a sus hijos, se atrevió a pedirle que les diese los preeminentes lugares en Su Reino, y que el uno de ellos se sentase a su diestra y el otro a la siniestra. Ahora pidiese esta merced por creer que el Salvador había de reinar temporalmente, y como rey tener cabe sí algunos ministros y personas de alta dignidad para su servicio, entre los cuales deseaba la madre que sus hijos tuviesen el primer lugar, ahora pretendiese que en el reino de los cielos fuesen aventajados sobre todos; mas el Señor respondió a los mismos hijos (de los cuales había nacido aquella petición de la madre, o se enderezaba para su bien) que no sabían lo que se pedían. Porque si pedían dignidad temporal, el reino de Cristo no era de este mundo, y si pedían la del cielo, aunque su deseo era bueno, el modo de alcanzar lo que deseaban no era acertado, pues querían el triunfo antes de haber peleado y vencido, y alcanzar por favor lo que no se daba sino por merecimientos; y por esto les preguntó si podrían beber el cáliz que Él mismo había de beber y morir por Él, así como Él había de morir por ellos. Respondieron que sí, como animosos y esforzados, y así lo cumplieron. Esto es lo que hallamos escrito de Santiago en el Sagrado Evangelio. Además de esto no hay duda sino que este glorioso Apóstol se halló en la última cena del Señor, y que le vio resucitado y subir a los cielos, y recibió el Espíritu Santo con los demás Apóstoles.

Lo que después hizo se ha de recoger de los autores graves que han escrito vidas de Santos, los cuales escriben que el Santo Apóstol predicó en Jerusalén y en Samaria, y que vino a España y estuvo algún tiempo en ella, y convirtió nueve discípulos: Torcuato, Isicio, Eufrasio, Cecilio, Segundo, Indalecio, Tesifón, Atanasio y Teodoro, de los cuales Atanasio quedó por Obispo de Zaragoza, y Teodoro por presbítero, a lo que se afirma en aquella ciudad, aunque Pelagio, Obispo de Oviedo, que vivió en tiempo del rey don Alonso el VI, que ganó a Toledo, escribe en su historia que fueron siete los discípulos de Santiago en España: Calocero, Basilio, Pío, Crisógono, Teodoro, Atanasio y Máximo. La venida a España de Santiago se cree haber sido en el tiempo que, apedreado y muerto San Esteban por los judíos, se levantó aquella grande tempestad en Jerusalén contra la Iglesia. Y para confirmación de esto, en Italia, en la ciudad de Veruli, está hoy día, y se tiene en grande veneración, el cuerpo de María, mujer del Zebedeo y madre de Santiago y San Juan: la cual es común opinión y tradición que vino a Italia por esta misma ocasión, y murió allí, como lo notó el Cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio. Y puesto caso que algunos autores modernos y doctos han puesto en duda la venida de este glorioso Apóstol a España, a mi pobre juicio todas las razones que traen para probar lo contrario no pesan tanto como sola la tradición universal, tan recibida y asentada de todas las iglesias de España, que esto rezan, afirman y predican. Porque de la misma manera se podría negar, con grande detrimento de la piedad cristiana, otras muchas cosas que pertenecen a los Santos, que no se saben sino por tradición de padres a hijos. Además de que el milagro de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza es muy grande testimonio de esta verdad, y aunque aquel milagro es muy sabido, para los que no lo saben le quiero yo referir con brevedad.

Llegando el Santo Apóstol a Zaragoza salió una noche con sus discípulos a la ribera del río Ebro para orar; estando allí se le apareció la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora, que aun vivía, sobre una columna o pilar de jaspe, que allí estaba, o (como se dice en las historias y oraciones antiguas de aquella Santa Iglesia, y se tiene por tradición) fue traída de los Ángeles y puesta en aquel lugar, rodeada de gran muchedumbre de aquellos espíritus celestiales, que con suavísima armonía le cantaban maitines y alabanzas. La conoció el Santo Apóstol; se postró en el suelo para reverenciarla, y Ella le dijo: «En este mismo lugar labrarás una Iglesia de Mi Nombre, porque yo sé que esta parte de España ha de ser muy devota Mía, y desde ahora la tomo debajo de Mi amparo y protección.»

Desapareció aquella visión, y el Santo Apóstol con gran diligencia hizo lo que del cielo le había sido mandado, y edificó aquella santa capilla de Nuestra Señora del Pilar (que por haber quedado en ella aquel pilar de jaspe, sobre el cual apareció la Virgen al Santo Apóstol, así se llama), la cual con mucha razón en la ciudad de Zaragoza y en toda España es tenida en tanta veneración. Además de esto la iglesia de Braga celebra fiesta de San Pedro, mártir, su primer Obispo, dado y ordenado por el Apóstol Santiago, cuando estaba acá en España, y así lo reza en los maitines, y las demás iglesias del reino de Portugal siguen en esto a la de Braga, y muchos autores antiguos y modernos hacen mención de la venida de Santiago a España. Y el Papa León III, en una epístola que escribió a los Obispos de España, y el Papa Calixto II de este nombre, y el Breviario reformado de Pío V, lo afirman; y el Cardenal Baronio en las Anotaciones del Martirologio romano da salida a las razones que se alegan en contrario: las cuales como he dicho, son muy flacas si se contraponen a la tradición tan antigua e inmemorial, que con tanta devoción y piedad guardan todas las iglesias de España. El tiempo que estuvo en ella el Santo Apóstol y el fruto de su predicación y grandes trabajos no se sabe. Lo cierto es que él volvió de España a Jerusalén, donde fue martirizado, y fue el primero de todos los Apóstoles que dio su sangre por Jesucristo en la misma ciudad donde el Señor había dado la Suya por nuestra salud: que fue gran gloria y corona de nuestro Sagrado Apóstol ser entre todos aquellos doce valerosos capitanes y conquistadores del mundo el primero que triunfó de la muerte, dando su vida por Cristo, y confirmando la doctrina que predicaba con su sangre.

La manera de su muerte fue de esta suerte: como el Santo Apóstol predicase en Jerusalén y en toda aquella tierra, y convirtiese mucha gente a la fe, los judíos le cobraron extraño aborrecimiento, y se determinaron a acabarle con grande rabia y furor. Y para salir mejor con su intento se concertaron con un mago y nigromántico, llamado Hermógenes, y con un discípulo suyo, por nombre Fileto para que convenciesen en disputa al Santo Apóstol, y por medio de los demonios le maltratasen. Hermógenes envió a Fileto para que ejecutase lo que estaba concertado; mas de tal manera quedó convencido de las razones del Apóstol y con los milagros que le vio hacer, que se convirtió a muestra santa fe y se echó a los pies del Santo Apóstol, pidiéndole perdón, y quiso persuadir a Hermógenes que hiciese lo mismo; el cual salió de sí y se embraveció, y por su arte diabólica ató de tal manera a Fileto, que no se podía mover de un lugar, hasta que con un lienzo que le envió el Apóstol se soltó y vino a él. Hermógenes, queriendo que los demonios le trajesen atados y encadenados a Santiago y a Fileto, fue encadenado y llevado por los mismos demonios delante del Apóstol, que así les mandó que lo hiciesen; el cual después mandó a Fileto que en el Nombre de Jesús Nazareno soltase a su maestro y le pusiese en libertad. Quedó tan atemorizado y atónito Hermógenes con este suceso, que no osaba apartarse un punto del Apóstol, temiendo que si se apartaba los demonios le matarían; pero el Apóstol le dio un báculo suyo, afirmándole que con él iría seguro; con esto se convirtió y quedó por discípulo suyo, y echó de sí todos sus libros diabólicos. San Pablo hace mención en la segunda epístola que escribe a Timoteo, su discípulo, de Figelo, o Fileto, y Hermógenes, y dice que le habían desamparado y vuelto las espaldas. No sabemos si fueron estos mismos los que convirtió Santiago a la fe; si lo fueron, por ventura se pervirtieron después, como lo hizo Simón Mago, el cual, habiendo antes recibido el bautismo, después fue grande y cruel enemigo de Jesucristo y de Su santísima fe.

Mas como los judíos vieron cuán mal les había sucedido el medio que habían tomado para destruir al Apóstol Santiago, y que Hermógenes y Fileto habían sido convencidos de él, y se dieron por sus discípulos, buscaron otro medio para salir con su intento. Hablaron con dos centuriones o capitanes de la gente de la guarnición romana, que residía en Jerusalén, llamados Lisias y Teócrito, y concertaron con ellos que estuviesen alerta y sobre aviso para acudir con su gente y prenderle en un alboroto que ellos levantarían estando el Apóstol predicando. Y así se hizo. Porque predicando Santiago con gran fervor de espíritu y con gran copia de testimonios de la Sagrada Escritura, probando que Jesucristo era el verdadero Mesías e Hijo de Dios, y moviéndose el auditorio con sus palabras. Abiatar, sumo pontífice, hizo la señal del concierto, y uno de los escribas, llamado Josías, con grande ímpetu arremetió al Apóstol y le echó una soga a la garganta, y acudiendo los soldados le prendieron y llevaron delante del rey Herodes, el cual, por dar contento al pueblo, le mandó degollar.

Al tiempo que le llevaron, dice San Isidoro, que un paralítico le pidió la salud, y que el Santo Apóstol se la dio muy entera en el Nombre del Señor. Añade Clemente Alejandrino (como lo refiere Eusebio Cesariense en su Historia Eclesiástica) que Josías, el que con más orgullo y rabia había sido el primero en prenderle, se convirtió a la fe y confesó que Cristo era Dios, y pidió perdón al Santo Apóstol con grande humildad y arrepentimiento: y él con ternísimas palabras le perdonó y le dio paz en su rostro. Se alteraron los judíos viendo esto y echaron mano de Josías, y procuraron que fuese degollado con el mismo Santo Apóstol, por cuyas oraciones se había convertido. Fue la muerte de Santiago a los 44 años del Señor, según Eusebio, y el segundo del emperador Claudio: y según algunos autores el día de su martirio fue a los 25 de marzo, el mismo día en que el Salvador del mundo fue concebido y murió: aunque el breviario reformado del Papa Pío VI pone la muerte de Santiago el primer día de abril.

Después que murió el Santo Apóstol sus discípulos tomaron su sagrado cuerpo (o por habérselo así mandado antes su maestro, o por particular instinto y revelación de Dios), y le llevaron al puerto de Jope (que ahora se llama Infa), y poniéndole en un navío vinieron con él a España, y habiendo navegado por todo el mar Mediterráneo. Y pasado por el estrecho de Gibraltar, entraron por el mar Océano, y siguiendo su derrota llegaron a la costa de Galicia, y de allí a la ciudad de Iria Flavia (que es la que ahora se llama Padrón), desembarcaron el santo cuerpo. El cual por varios sucesos y revueltas estuvo muchos años secreto y escondido, hasta que el Señor le reveló y descubrió, y se trasladó a la ciudad de Compostela, donde es reverenciado, no solamente de aquella provincia de Galicia y de todos los reinos de España, sino también de las otras naciones de la cristiandad, que vienen en romería a visitarle y venerarle con gran devoción y concurso; como en el día de su traslación, que se celebra a los 30 de diciembre, como más largamente se dirá.

No se puede fácilmente creer las muchas y grandes mercedes que Dios, Nuestro Señor, ha hecho a los reinos de España por medio de este gloriosísimo Apóstol y privado suyo, no solamente por haberles dado los primeros resplandores de la luz evangélica, y sembrado en ellos la semilla del cielo, y edificado a la Madre de Dios el primer templo que sepamos haberse fabricado en su nombre y honra, y los ennobleció e ilustró con tantos dones espirituales; pero también por haberlos amparado y defendido tantas veces con insignes milagros y prodigios del cielo contra los moros, infieles y bárbaros, que los infestaban y oprimían. Porque no una, ni dos veces, sino muchas, después que por justo juicio y castigo de Dios los reinos de España fueron vencidos y arruinados de los moros, hallándose los españoles cristianos cercados y apretados de ellos, el Santo Apóstol los ha socorrido y desbaratado, vencido y deshecho grandes y poderosos ejércitos de los bárbaros, peleando armado en un caballo blanco delante de los cristianos, y haciendo gran riza y estrago en los fieros enemigos, como invencible capitán y único protector y amparo de España. La cual comenzó a sentir este tan señalado beneficio el año del Señor de 834 en tiempo del rey don Ramiro, en la batalla que llaman de Clavijo; porque habiendo el rey juntado todas sus fuerzas para pelear con los moros y librar sus reinos de un infame tributo de cien doncellas que cada año daban a los moros, y como inocentes corderas las entregaban a los lobos; y habiéndoles dado la batalla, y por disposición de Dios sido vencidos en ella los cristianos, y recogiéndose lo mejor que pudieron a la montaña que llaman del Clavijo, aquella noche apareció el Santo Apóstol al rey Ramiro, que estaba muy afligido y puesto en oración, y le mandó que al día siguiente, habiéndose confesado y comulgado la gente, acometiese al ejército de los moros, llamando el Nombre de Dios y el suyo; porque él, como Patrón de las Españas, a quien Dios había encomendado la defensa de ellas, iría delante de su ejército sobre un caballo blanco, con un grande estandarte blanco en la mano, y desharía aquel innumerable ejército de moros que allí se habían juntado contra él. Y como el Santo Apóstol lo dijo así se hizo, y en aquella batalla quedaron muertos casi setenta mil de los moros, y se tomaron y saquearon sus reales, y se ganó la ciudad de Calahorra y otros pueblos, y se restituyeron a la fe de Cristo. Por esta tan insigne victoria y singular patrocinio del Apóstol santísimo el rey, los prelados y grandes de su reino dieron a la Iglesia del Santo Apóstol el privilegio que llaman de los votos; el cual se guarda hasta ahora, y se extiende con mucha razón y se acrecienta cada día más.

Desde este tiempo comenzaron los soldados españoles a invocar en las guerras al glorioso Apóstol como a su valeroso caudillo y singular defensor. Lo cual hacen en todas las batallas, y la señal para acometer y cerrar con el enemigo, hecha oración y la Señal de la Cruz, es invocar al Santo y decir: Santiago, cierra España. Y en prueba de que no es vana esta invocación se han visto grandes milagros cuando han peleado con los moros de Europa y con los gentiles en las Indias. Porque muchas veces visiblemente el Santo Apóstol les ha aparecido armado, como se ha dicho, derribando y matando a los infieles, y favoreciendo a los cristianos. Y en las guerras justas contra los otros cristianos han tenido los españoles felicísimos sucesos, y acabado cosas tan extrañas y heroicas, que humanamente no parece que se podían hacer. Por donde toda la nación española, reconociendo y agradeciendo tantos y tan grandes beneficios de su patrón y defensor, le tiene particular devoción, y ha instituido la Orden de la Caballería de Santiago, que es tan antigua y de tanta riqueza y autoridad, en la cual la mayor parte de la nobleza de España sirve a este Santo y glorioso Apóstol, y los mismos reyes son los maestros de esta caballería; que no es poca honra del bienaventurado Apóstol y amparo de nuestra España. Algunos dicen que la Orden de esta Caballería tuvo principio del beneficio que el rey don Ramiro y los cristianos españoles recibieron en aquella memorable batalla de Clavijo, cuando el glorioso Apóstol se les apareció y desbarató con tan grande estrago el ejército de los moros, como queda referido. Puede ser que fuese aquella la ocasión; pero la institución y fundación de esta Orden en modo y forma de verdadera religión, aprobada por la Santa Madre Iglesia, los cronistas la atribuyen al rey don Alonso el IX, que comenzó a reinar el año del Señor de 1158, como lo dice el licenciado fray Francisco de Rades y Andrada, y en la Crónica de Santiago, cap. 2. Denos Nuestro Señor gracia por intercesión del mismo Apóstol para imitar sus admirables virtudes, de tal manera que merezcamos en esta vida ser defendidos de nuestros enemigos invisibles, que por todas partes nos cercan, y gozar en la otra de la gloria y corona que él goza y gozará por todos los siglos de los siglos. Amén.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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