16 de Julio: Conmemoración Solemne de Nuestra Señora del Carmen

16 de Julio
Año: 1251 / Lugar: Convento Carmelita de AYLESFORD, Inglaterra
La Virgen le entrega el Escapulario de la Orden del Monte Carmelo
Vidente: San Simón Stock (1165-1265)

«Muy amado hijo, recibe el Escapulario de tu Orden, que es señal de Mi hermandad, y privilegio singular para ti y todos los carmelitas. El que muriere con él, no padecerá el fuego eterno. Es señal de salud en los peligros, confederación de paz y pacto sempiterno.»



*******

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Julio, Día 16, Página 393.

Nuestra Señora del Carmen

Éste es el día y ésta la solemnidad en que la sagrada religión de Nuestra Señora del Carmen y Su santa Cofradía celebran los principales favores que de la liberalidad de la Reina de los Ángeles, María, sin pecado concebida, han recibido, siendo los primeros que se honraron con el título glorioso de hijos y hermanos de esta celestial Princesa, los carmelitas, dignándose Su Majestad soberana de recibirlos en Su protección y amparo. Mas porque los favores con que ha confirmado la Madre de Dios serlo de la religión carmelitana son tantos que llenan en la historia muchos tomos, diremos aquí solos cuatro, que más principalmente pertenecen a esta fiesta y solemnidad, que son: la institución, título y patrocinio de María Santísima; la prenda sagrada del Escapulario santísimo, que dio a San Simón Stock; el privilegio del Sábado, y algunos de los infinitos milagros con que ha confirmado ser todo prendas de Su amor y seguros de Su afecto.

El oriente de las dichas de la religión carmelitana es tener a María Santísima, sin pecado concebida, por su Madre y Fundadora, a cuyo ejemplar e idea comenzó el gran profeta de Dios San Elías en el Carmelo a levantar su religioso edificio, que durará (según la misma Virgen María aseguró a su carmelita hijo, San Pedro Tomás) lo que el mundo.

Estaba, pues, Elías en la soledad de Charith, ensayándose por mandado de Dios en la vida eremítica y religiosa que después había de enseñar a innumerables hijos; mas instando la defensa de la honra divina, que los profetas de Baal amancillaban, le mandó Su Majestad saliese en público para que los castigase con la espada de su ardiente celo. Obedeció Elías, subió al Carmelo, y habiendo en él celebrado un auto solemnísimo de la fe, en presencia del rey Acab y su reino, en que condenó a muerte a ochocientos cincuenta profetas y sacerdotes idólatras, y él mismo la ejecutó en el arroyo Cison, que corre por las faldas del Carmelo, volvió a subir a su cumbre, y puesto en oración, en una punta que registra el mar Mediterráneo, le mandó a su discípulo mirase al mismo mar por si descubría alguna señal de lluvia. En seis veces que hizo la diligencia no la descubrió el obediente discípulo; pero a la séptima vez vio que subía del mar una nubecilla pequeña, como la huella o pisada de un hombre, la cual, extendiéndose por su dilatado horizonte, lo fecundó con sus lluvias. Que esta nubecilla fuese estampa e Imagen de María Santísima, sin pecado concebida, lo afirman gravísimos autores, santos padres, y la Iglesia en el rezo de este día, y en ella reveló Dios a Elías que en los siglos futuros había de nacer una Doncella, que como la nube sube del mar sin el peso ni amargura de sus aguas, así ella se formaría y nacería del vientre de su madre, Pura y exenta de toda culpa, y juntamente desde Su niñez se consagraría a Dios con voto de virginidad y pureza, de la cual, agradado el Hijo de Dios, vestiría nuestra carne en Sus entrañas purísimas; y finalmente, sería como nube fecunda que, naciendo al mundo, lo inundaría con la lluvia de Sus infinitas Gracias. Todos estos misterios y otros muchos reveló Dios a Elías que se habían de cumplir en María Santísima, Señora nuestra.

Inflamado el Santo Profeta con el deseo de servir a tan Divina Señora, después de consultarle con Dios en la cueva de Horeb, y habérsele Su Divina Majestad facilitado, le mandó que ungiese en profeta y escogiese por discípulo y sucesor suyo a Eliseo. En cuya compañía y de otros subió al sagrado Monte Carmelo, y dio principio a su profética religión para criar en ella hijos que se ocupasen siempre en servir a Dios y a Su Divina Madre María, opuestos a Baal y a sus falsos profetas y sacerdotes; y tomando a María por idea y ejemplar de su persona y familia la fundó y consagró a su culto y veneración desde su primer principio. Con esta razón y motivo quedó María Santísima por primera Madre y Fundadora de la religión que el Santo Profeta Elías fundaba en el Santo Monte Carmelo, y lo mereció ser en tres géneros de causa, ejemplar, final y meritoria. Fue causa ejemplar María, porque Elías la tuvo por dechado y ejemplar de quien aprendió la virginidad y demás virtudes religiosas que había de enseñar a sus hijos. Causa final, porque la fundó para su servicio y culto. Y causa meritoria, porque siéndolo la Virgen de cuantas gracias y dones ha dado a Dios así en el Viejo como en el Nuevo testamento, como afirman comúnmente muchos Santos Padres, le mereció a Elías y a sus hijos la gracia y los auxilios para que la siguiesen e imitasen.

Éste fue el hecho; y porque los puntos de la historia no se fían tanto a discursos cuanto a testimonios irrefragables, será bien alegar algunos que lo apoyen. San Metodio (que vivió por los años de 285 de la encarnación del Hijo de Dios), hablando con la Virgen, dice estas notables palabras: «Asimismo Elías Profeta (¡oh, Virgen!), avisado del cielo de Tu Pureza, recogido en espíritu quiso ser imitador Tuyo, con que para su abrasada vida tejió inmortal corona de virginidad, declarándole el divino testimonio por superior a la muerte, hasta el presente día. También Eliseo, su sucesor, instruido de su sabio maestro en estos sacramentos, y delineándote antes de tener ser, como si ya fueras nacida, con señales sobrenaturales (índices verdaderos de las cosas futuras), dio socorro y medicina a los menesterosos.»

Con que siendo María la idea y causa ejemplar que tuvo Elías en establecer su Orden, Elías viene a ser discípulo (dice Novarino), y él y sus discípulos imitadores de María Santísima, y esta Reina soberana su primera Fundadora. Sixto IV en la bula Dum attenia, despachada el año de 1476, afirma también que María Santísima fundó y produjo esta religión sagrada. Las palabras de este Santo Pontífice son éstas: «La gloriosísima Virgen y Madre de Dios engendró a Jesucristo, Flor preciosísima, indefectible y eterna, y produjo la sagrada Orden de la bienaventurada María del Monte Carmelo; la cual quiso señalar con título especial de la misma gloriosísima Madre de Dios y siempre Virgen María, para que dicha Orden por reverencia de la misma Virgen fuese de los fieles más dignamente venerada.»

Lo mismo afirma Gregorio XIII en la bula Ut laudes, dada el año 1577, donde dice: «Juzgamos que se debe abrazar con nuestra gracia especial la sagrada Orden que tiene el nombre y vocación de la Bienaventurada María del Monte Carmelo, la cual la misma Virgen hermosísima y adornada de todas las virtudes produjo, y con el título de Su propio Nombre señaló.» Con estos testimonios (dejando otros muchos) queda eficazmente probado que a María, Señora nuestra, sin pecado concebida, se le dio la hermosura del Carmelo, y Ella es la principal Madre y Fundadora de su religión, pues la produjo, la engendró y sacó a luz cuando Elías trató de darle principio.

Pero dirá alguno que ¿cómo María Santísima puede ser la Fundadora, si esta religión tiene ejecutoriado, por su universal tradición, autoridad de once Pontífices y de innumerables escritores propios y extraños, que su fundador es el Santo Profeta Elías, y el que en el Carmelo abrió sus primeras zanjas? «No importa (responde Laurencio Crisógono, doctísimo escritor de la Compañía), que el Santo Profeta Elías se diga fundador de esta religión, porque Elías en nombre de la beatísima Virgen echó sus fundamentos, cuando orando en el Carmelo contempló la Nubecilla, imagen de la Madre de Dios, y en ella conoció ciertamente por revelación divina que la misma Virgen singularmente había destinado el Monte Carmelo para asiento de la Orden, que desde entonces había de ser tan Suya, por domicilio muy amado, huerto y paraíso de Sus planteles y flores, al cual Ella misma, como Nube fecunda y llena de los rocíos de la Divina Gracia, había de regar, fecundar y defender de los ardores de la carne, del mundo y del demonio.» De donde se infiere que, aunque Elías es el fundador, respecto de María Santísima, no fue más que ejecutor de esta obra, porque María fue su principal causa y arquitecto, pues en cuanto Elías obraba tenía en María los ojos y la atención. Por eso dijo un día Cristo a la Santa Madre Teresa de Jesús que ésta era la religión de Su Madre.

Más de novecientos años pasaron los carmelitas venerando a su Santísima Madre María en solas esperanzas de verla y gozarla, hasta que naciendo alegró el mundo con Su divina Presencia. Supieron cómo ya la nube de su padre Elías había rayado y fecundado al mundo todo con el rocío del Divino Verbo, encarnado en Sus purísimas entrañas. Se certificaron más cuando, obrada nuestra redención, «llegando el día de Pentecostés (dice la Iglesia este día), como los Apóstoles inspirados del cielo hablasen varias lenguas, y con invocar el Santísimo Nombre de JESÚS hiciesen muchas maravillas, muchísimos varones, que habían seguido las pisadas de los Santos Profetas Elías y Eliseo, y por la predicación de San Juan Bautista habían sido convocados a la venida de Cristo, vista y comprobada la verdad, abrazaron luego al punto la fe del Evangelio.» Esto dice la Iglesia, confirmando lo que innumerables autores han escrito, que los sucesores de Elías fueron los primeros que por la predicación del Bautista y de los Apóstoles se convirtieron y bautizaron con gran facilidad, por cuanto ya en su fe eran cristianos, como dice San Agustín. Ayudaron a los Apóstoles a la predicación del Evangelio por diversas partes del mundo y especialmente en nuestra España.

Con estas noticias, ya alumbrados, acudieron luego a reconocer por Madre y Patrona de su Orden a la que tantos siglos antes sus antecesores habían venerado, teniendo a gran dicha que la que era Madre de Dios lo fuese también de su Carmelo. Gozaron infinitas veces, ya en Jerusalén, ya en Nazaret, que estaba vecina al Monte, y ya en el mismo Carmelo, de la presencia y favores de su Divina Madre María, pues como afirman gravísimos autores, muchas veces la Sagrada Virgen, movida de la santidad del sitio y de la piedad de su ánimo, subió corporalmente a honrar y ver Sus hijos, y a conversar con ellos, consagrando el Monte con Sus divinas plantas, y tomando de él posesión, como heredad que era tan Suya.

Creciendo con el trato la veneración y con el patrocinio de tan gran Reina y Señora el interés, desearon que, pues los tenía por hijos, y en el amor con que los trataba por hermanos, gozasen también el título. Para más obligarla, el año de 38, poco después de la Ascensión de Su Hijo y nuestro Redentor a los cielos, en la caída del Monte, donde Elías había visto la Nube, levantaron templo o capilla a Su Nombre y culto, la cual (o por estar maltratada del tiempo, o por mejorarla de sitio) mudaron el año de 83 a la eminencia del Monte, para que, gozando todo él de su vista, mejorase sus estancias, pues los ojos de María, como los de Dios, cuanto miran lo mejoran. Desde luego se apellidaron, y los fieles todos los nombraron hermanos, o frailes de la bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, extendiéndose el nombre y advocación que habían dado a la iglesia también a sus moradores. Con esto era recíproco el amor de la Virgen con Sus hijos, y por honrarlos y alegrarse con ellos visitaba con más frecuencia Su templo.

Confirman esta verdad graves autores; pero oigamos a la Iglesia, que dice así este día: «Los imitadores de Elías y Eliseo luego que recibieron la fe comenzaron con particular afecto a venerar de tal suerte a la Santísima Virgen (de cuya conversación y trato pudieron felizmente gozar), que entre todos fueron los primeros que a la misma purísima Virgen edificaron Templo en aquel lugar del Monte Carmelo, donde antiguamente Elías había visto subir una Nubecita, insigne por ser figura de la Virgen. Juntándose, pues, muchas veces cada día en el nuevo templo, veneraban con piadosas ceremonias, plegarias y alabanzas a la beatísima Virgen, como a singular Amparo de la Orden, por lo cual a cada paso comenzaron todos a llamarlos hermanos, o frailes de la bienaventurada María del Monte Carmelo.»

Merecieron también este título y parentesco espiritual por la conformidad, así en la perfección y profesión de la vida, como en los colores del vestido que la Sacratísima Virgen usaba. Porque lo primero, la vida de Nuestra Señora fue de una perfectísima religiosa, pues además del voto de virginidad hizo también el de pobreza, como reveló a Santa Brígida, y en la obediencia se esmeró de suerte que, eligiéndola para Madre de Dios, Ella se le entregó por esclava. De estos votos y ejercicio de todas las demás virtudes infieren graves autores que desde que entró en el Templo hizo vida de perfectísima religiosa, y en el tiempo de su viudez, no solo lo fue en su persona, sino que hecha ejemplar y maestra de un colegio numeroso de vírgenes, como Madre las dirigía y enseñaba. Se juntaba a esto los colores del vestido, que (según dicen muchos) fueron los naturales, pardo en la saya, y blanco en la capa, o manto exterior, como también consta de la revelación de Santa Brígida, y hoy se ve en imágenes Suyas antiquísimas, como la del Pilar de Zaragoza, la de San Juan de Letrán, en Roma, y otra en la ciudad de Mesina. Todo lo cual demuestra la interior y exterior semejanza que tuvieron los carmelitas con la Sacratísima Virgen, pues ellos fueron los primeros que, teniéndola por Ejemplar y Maestra, abrazaron la vida religiosa, y por la obediencia, castidad y pobreza, que Ella les mereció, han durado tantos siglos. No lo muestran menos los colores del hábito, el cual, dice Armachano, primado de Hibernia, siempre le ha usado la religión carmelitana en veneración de la Virgen y especialmente de Su Purísima Concepción. De esto se infiere que, siendo la semejanza Madre del amor, fue tan estrecho el lazo que puso en los extremos, que María miraba a los carmelitas como a hijos y hermanos, y ellos procuraron no desmerecerle ambos títulos.

No se contentó la sagrada Reina María con dar uno y otro título de hijos y hermanos Suyos a los carmelitas, sino que también se dignó de confirmarlos con Apariciones milagrosas. Cuanto al de hijos, es dulcísimo el caso que sucedió en Bolonia: Entre los cultos que los carmelitas ofrecen devotos a su Santísima Madre María uno es cantar todos los sábados la Salve Regina, con más particular solemnidad y devoción que los demás días. Estándola, pues, cantando los religiosos del convento de dicha ciudad, y llegando a aquellas palabras: «Y a Jesús, fruto de tu vientre bendito, nos muestra después de este destierro;» se apareció la Sacratísima Virgen con Su precioso Hijo Jesús en los brazos, y agradada de las alabanzas, que los religiosos Sus hijos le daban les mostró al Divino Infante y como dándoselo a todos, les dijo: Cantad devotamente, hijos, que Yo os mostraré a Mi Hijo Jesús, así en el presente como en el siglo futuro. Con que los dejó llenos de consuelo y devoción, así por el favor, como por el título que les dio de hijos Suyos. Para hacer más notorio al mundo que es piadosa Madre de los carmelitas: ¿Cuántas veces se ha aparecido teniéndole los cabos o puntas de Su capa blanca dos Ángeles y como el ave debajo de sus alas abriga sus polluelos mostrar a Sus hijos abrigados y recogidos debajo? ¡Qué mayor fineza de Madre que estando los capitulares cantando la Misa en el coro, ir por los asientos dando hermosas flores y varios dones a cada uno! ¡Qué servir a los religiosos en el refitorio, como se vio en el convento de la Roda! ¡Qué partir la comida y dar de beber con Su mano soberana a los enfermos, como hizo con San Alberto! ¡Qué dar leche de Sus pechos divinos al milagroso padre fray Domingo de Jesús María, como en otro tiempo a San Bernardo! ¡Qué, estando los religiosos trabajando en una viña, bajar del cielo a limpiarles con un paño el sudor de los rostros, y animarles al trabajo, como se vio en el convento de Valladolid! Todas estas obras y otras infinitas que pudieran referirse son de verdadera Madre, como dice la Iglesia: «Afecto verdadero de Madre.»

Si ha confirmado el título de hijos, propio del amor, el de hermanos también, como se verá. En una torre que está en la eminencia de Mompeller, ciudad de Francia, vecina al mar, pusieron los fieles sus habitadores muchas reliquias de estimación para reparo de las continuas tormentas que padecían, y en ellas una preciosísima del sagrado lignum crucis. El año de 1276 el Señor, que impera a los vientos, dando lugar, se levantó una tempestad tan furiosa, que derribó la torre y esparció las reliquias por el campo. Acudieron luego los canónigos de la catedral a recogerlas, y manifestándose la del lignum crucis por los rayos de luz que de sí echaba, al irla a recoger saltaba de una parte a otra, con que frustraba de todos las diligencias. Acudieron otros clérigos, y sucedió lo mismo. Vinieron religiosos de otras Ordenes, y la Santa Cruz se les huía de las manos, con que crecía en todos la admiración, no sabiendo lo que el Señor pretendía. Había poco que los carmelitas habían fundado en aquella ciudad, y queriendo la Virgen Santísima que fuesen conocidos y estimados se apareció la noche siguiente a uno muy santo y muy Su devoto, y le dijo: «Quiero que Mis hermanos solos lleven la cruz de Mi Hijo». La verdad, comprobó el hecho, Acudieron por la mañana en procesión, y en llegando al lugar la Santa Cruz se estuvo quieta, y se dejó coger y llevar de los religiosos carmelitas, que igualmente quedaron consolados, así con la posesión de tan preciosa reliquia, como por haber oído de boca de la Virgen Santísima el dulce nombre de hermanos Suyos.

En Cestria, ciudad de Inglaterra, ofendidos algunos seglares de oír que los carmelitas se llamasen hermanos de la Virgen María del Monte Carmelo y comenzaron a murmurarles y ofenderles con palabras injuriosas, diciendo ser indignos de tal nombre. Los castigó luego el Cielo y muriendo con muertes repentinas confesaban a voces que eran sacrílegos y el haber ofendido a los carmelitas la causa de sus desastradas muertes. Viendo en ellos, el castigo y en los demás, el asombro ordenó el abad de San Bamburgo, que era señor en lo temporal y espiritual de Cestria que se hiciese una procesión solemne para aplacar a Dios, en que fuese toda la clerecía y religiones. Fueron por delante de una Imagen de Nuestra Señora, que estaba en parte pública, y al legar a Ella los carmelitas como se inclinasen a venerarla y saludarla con la oración del Ave María la misma imagen (¡oh, suma dignidad!) también inclinó la cabeza y señalando con el dedo a los mismos carmelitas, dijo a los demás tres veces en alta voz:«Mirad, estos son Mis hermanos.» Y añadió a la tercera: «Quien viere uno de los carmelitas ve a uno de los hermanos Míos.»

De estos tan ilustres testimonios y otros que traen gravísimos autores se movió la Iglesia para confirmar a la Orden del Carmen en este tan glorioso título, y afirmar que no fueron los pueblos los primeros que se le dieron, sino la misma Sagrada Virgen, y ellos por Su inspiración e impulso. Así consta del rezo de este día, en que dice la Iglesia: «Que la Sacratísima Virgen, no solo les dio Su Nombre, sino Su amparo y tutela.» Y lo confirmaron Sixto IV, Gregorio XIII y otros muchos Pontífices, los cuales, reconociendo su antigüedad y posesión (dice la Iglesia este día): «No solo les confirmaron el título, sino concedieron particulares indulgencias a los que los llamasen religiosos y hermanos de la Virgen María del Monte Carmelo.» Y Urbano VI concedió tres años y tres cuarentenas de perdón a los que a la religión del Carmen y sus religiosos nombrasen o apellidasen Orden o frailes de la Beatísima Madre de Dios, María del Monte Carmelo.

Del nombre pasó la Virgen Santísima a las obras, y como Patrona, Fundadora y Madre de los carmelitas en todos los siglos (dice la Iglesia), ha sido su tutela y amparo. Bien lo mostró en el tiempo que vivía, pues tantas veces los visitó en Jerusalén, Nazaret y en el Carmelo. Se aumentó después y se dilató la religión y profesión monástica en Egipto por San Antonio, y en Palestina por San Hilarión y otros muchos, entre los cuales, pasando tiempos, fue San Cirilo Constantinopolitano a quien se apareció la Reina de los Ángeles María, sin pecado concebida, muy gloriosa, y le dijo: «Era voluntad de Su Hijo y Suya, que Su religión del Carmen, no solo fuese luz de Palestina y Siria, sino que alumbrase a todo el mundo.» Y así en todo y para todo, y en todos tiempos, asistía a esta su religión. No la asistió menos en Francia, librando a su rey San Luis del naufragio, porque llevase (como lo hizo) a su reino y a España religiosos del Carmelo.

Entre mil ocasiones en que ha mostrado esta Soberana Señora y Madre del Carmen, que lo es, es muy célebre la ocasión, porque su religión, agradecida, instituyó esta fiesta de hoy. Habiendo celebrado el Papa Inocencio III el Concilio general lateranense, y en él ponderado que la multitud de religiones más causa confusión que edificación a la Iglesia, determinó que en adelante ninguno instituyese nueva religión sin licencia del Sumo Pontífice, sino que el que quisiese ser religioso escogiese una de las aprobadas por la sede apostólica. Gozosa quedó la religión del Carmen con este decreto por ver en él su aprobación, pues lo estaba mucho antes del Concilio. Algunos, poco afectos, comenzaron a poner en duda la antigüedad de esta religión y a afirmar que no era la antigua de los carmelitas, sino otra nuevamente inventada, y que no tenía regla por la Sede Apostólica, ni quería obedecer a los Obispos, con otras cosas que sabe urdir la emulación; y así que debía extinguirse, según la decisión del sobredicho concilio. Aunque en Jerusalén y otras partes no había estas dudas, por ser tan conocida su religión y su antigüedad, y constar a todos de la regla nuevamente dada en el año 1205 por San Alberto, patriarca de Jerusalén, y confirmada por él mismo, como legado que era de la Sede Apostólica; con todo, como en Italia y otras partes no eran tan conocidos los carmelitas, determinó la religión enviar dos religiosos procuradores de esta causa a Roma para que sacasen nueva confirmación de su profesión y regla. Recibió el Papa Honorio III benignamente a los procuradores, porque desde que conoció y oyó predicar a San Ángelo estimaba mucho a la religión que daba tales hijos. Les señaló el Pontífice dos de sus curiales para que les presentasen los títulos y recados que traían, los cuales, mostrándose contrarios, iban dando largas al despacho, tanto que los religiosos desconfiaron de su pretensión, y así acudieron a la Virgen Santísima y Madre suya, la cual, oyendo sus ruegos, se apareció al Pontífice Honorio y le mandó abrazase benignamente a Sus carmelitas, y aprobase su regla e instituto; y añadió con imperio: «Ni se ha de contradecir lo que mando, ni disimular o diferir lo que promuevo. Y para que des crédito a Mis palabras, esta noche, siendo Dios el vengador, dos de tus curiales, que son émulos de Mi religión, acabarán con muertes repentinas a una misma hora.»

Con esto desapareció la gran Madre, y venido el día, que fue 30 de enero, sabiendo la muerte de sus curiales, hizo Honorio llamar a los dos religiosos procuradores, los abrazó benignamente, les dio el parabién de tener tal Madre y valedora en el cielo, y en ejecución de su mandato el mismo día despachó la bula en que, confirmando la regla, les aprobó su instituto, con que partieron consolados y agradecidos, principalmente a la Sacratísima Virgen, que tan Madre y protectora se mostró en defensa de sus hijos.

Gozosa y agradecida la religión toda, para mostrarlo más, y que quedase perpetua memoria de favor tanto, solicitó el glorioso San Simón Stock, con el general, que se instituyese día para celebrarle. Con esto salió decreto que el día 16 de Julio se celebrase esta Fiesta con toda solemnidad, con título de Conmemoración Solemne de Nuestra Señora del Carmen, como desde entonces se continúa hasta hoy, en cuyas lecciones se refiere este caso milagroso. Y cedió en este día y fiesta la que la religión del Carmen de tiempo inmemorable celebraba a la Concepción Purísima de la misma Virgen, en Roma, con asistencia de los Cardenales y a expensas de toda la religión. Creció después esta solemnidad cuando, dando la Virgen Santísima el Santo Escapulario al mismo San Simón, en este mismo día se añadió este nuevo título al primero, con el cual creció la veneración y devoción de los fieles. En diversas ocasiones ha mostrado la Soberana Reina de los Ángeles, María, cuánto le agrada esta Fiesta de hoy; pero especialmente en el convento de la ciudad de Burgos, cuando el año de 1618, estando los religiosos en el coro cantando las vísperas de este día, vio una persona de conocida y aprobada santidad que la Virgen Santísima asistía al lado del altar mayor con el hábito carmelita, teniendo el cabello y el manto blanco todo sembrado de estrellas. Traía a un lado a Su castísimo Esposo San José, al otro a San Simón Stock, con cuya compañía y la de muchos Ángeles y Santos asistió hasta que acabaron las vísperas, llenando a los religiosos que las cantaban y fieles que las asistían de celestiales consuelos.

Ya que María, Señora nuestra, solicitó con el Papa Honorio la confirmación de Su Orden, y quiso que reconociese el mundo que los carmelitas eran hijos Suyos, y debían tener ese título, se dignó vestirlos de Su mano para que por el vestido se conociese su nobilísimo origen. El vestir a los hijos es cuidado propio de las madres, y así la de Euríalo alegaba que por tejerle una gala pasaba días y noches sin sueño. Ana hizo a su hijo Samuel la túnica que vistió; Jacob a su hijo José, y la mujer fuerte a sus hijos, y en eso mostraron el amor que les tenían, según Andrómaca, mujer de Héctor, le refería a Ascanio, cuando al darle un vestido que ella le había hecho por sus manos, le dijo lo recibiese por prenda de su amor y último don y señal de sus finezas todas. Así, pues, lo hizo la serenísima Reina de los Ángeles María, sin pecado concebida, con Sus hijos los carmelitas, pues sobre tantas prendas de voluntad y cariño quiso labrarles un vestido de gala y gloria en el Santo Escapulario, y traérsele del cielo al glorioso San Simón Stock para que lo vistiese, no solo él, sino toda su familia, por prenda y señal de lo mucho que la quería y amaba. Éste fue el hecho; veamos el modo.

San Simón Stock nació en Montinduni del condado de Cansia, en el reino de Inglaterra, de padres tan nobles, que traían el origen de sus serenísimos reyes; su padre se llamó Guillermo de Roscheley, y su madre María, que como depositaria del nombre de Nuestra Señora le parió para que por hijo le adoptase. Fue hermosísimo entre otros hijos que tuvieron, y por eso se le dedicaron a Dios, no como otros padres que le dan lo peor, sabiendo que Dios tiene el mejor gusto y se le debe lo mejor. Bien sintieron los demonios la ofrenda y nacimiento de Simón, pues muchas veces se oyeron clamar con tristes aullidos y voces que aquel niño había de procurar su ruina; porque como otro Hércules desde la cuna comenzó a oprimir las culebras del infierno. Apenas sabía hablar, cuando ya le hallaban por los rincones de la casa orando. De siete años le enviaron sus padres a Cantuaria a estudiar, donde en breves días se hizo señor de las letras humanas y divinas. De doce se fue (sin dar noticia a sus padres, porque no se lo impidiesen) al desierto, acompañado de la Virgen Santísima, con quien comunicaba continuamente como con piadosa Madre, que por tal la había escogido, y la Soberana Señora le había recibido por hijo. Se entró en la concavidad de una encina, celda que le había labrado el tiempo, de quien tomó el renombre de Stock, que en lengua inglesa es lo mismo que tronco en nuestra castellana. Los Ángeles bajaban a hacerle compañía y conversar con él día y noche. Vencido ya el mundo trató de vencer su cuerpo, y lo hacía con grandes ayunos y penitencias. Su bebida era el agua clara de las fuentes; su comida eran las yerbas o frutas silvestres, de que se alimentan los brutos, y el Señor, por regalarle, a ciertos días le enviaba un pan con un perro blanco, como a su padre Elías con los cuervos. Las noches pasaba en oración el Santo Niño metido en su tronco, gimiendo y llorando, como si hubiera cometido gravísimas culpas (confusión para los que, enredados en ellas, no se acuerdan de Dios), y para que el sueño no le venciese, unas veces hacía cama de las zarzas, otras con manojos de espinas castigaba su inocentísimo cuerpo. Se le opuso el infierno con varias tentaciones, visiones horrendas y crueles castigos, que le hacían los demonios, de que no sacaron más fruto que su confusión, huyendo cobardes y dejándole triunfante y glorioso.

Le asistía la diestra del Altísimo a los combates, y dándole secretamente armas luego se le descubría, y celebraba con Simón la gloria del vencimiento, con cuya vista el Santo Niño quedaba agradecido a tal padrino, y deseoso de padecer nuevos combates por Su Amor. Otras veces le socorría la Virgen Santísima, y cuando sus enemigos con mayor rabia herían y martirizaban sus carnes, se descubría como escuadrón bien ordenado y se lo quitaba de las manos, deshaciéndose como la cera a la presencia del sol, ellos a la de María. Obligado el niño a tan celestial Protectora, cuando entró en los quince años de su edad, en presencia de una Imagen de la misma Virgen, hizo voto de virginidad en veneración de Su Pureza, por asegurar con este voluntario sacrificio la continuación de Sus favores. Los muchos, que Hijo y Madre hicieron a nuestro solitario, y las visitas y asistencias de los Ángeles, que gozó, aunque no los individúan los historiadores, suponen que fueron infinitos, porque ya los espíritus celestes le trataban como a su compañero e igual, si no en el estado, en el mérito. Con este modo de vida pasó San Simón casi veinte años, y como la Virgen Santísima lo tenía tan a Su cuenta y él la miraba con atenciones de hijo, un día (entre otros) le pidió luz para conocer los empleos y modo de vida con que más le agradase. Se le apareció esta celestial Señora, y le dijo: «Que dentro de pocos años pasarían de Siria y Palestina al Occidente religiosos del Monte Carmelo, imitadores del Santo Profeta Elías. Que era gusto de Su Precioso Hijo y Suyo que recibiese su hábito y profesión; y en tanto que llegaban se ordenase de Sacerdote y saliese a predicar a los pueblos.»

Era el año 1198 y 32 de su edad, cuando el Santo volvió a poblado, con asombro de cuantos habían oído la vida pasmosa que había hecho en aquella soledad desde los doce años. Se ordenó de Sacerdote, se dio a la predicación con tal fervor y eficacia, que se iban tras él los pueblos admirados, y así sacó innumerables almas de sus culpas y las ganó para Cristo. Algunos caballeros ingleses, que el año de 1191 habían pasado con su rey Ricardo en favor de la Tierra Santa, habiendo ganado a los moros la gran ciudad de Accon, Acre o Tolemaida, que está vecina al Carmepo; con esta ocasión la tuvieron de subir al sacro Monte y visitar a los carmelitas (entre los cuales algunos trocaron el hábito militar por el monástico), y les cobraron tal devoción, que pidieron al general San Brocardo les diese licencia de llevar consigo algunos de sus religiosos para que Inglaterra gozase de su ejemplo y santidad. La dio con gusto el Santo Padre, y el año 1212, embarcándose algunos religiosos ingleses, llegaron con los demás a su patria, y en dos soledades fundaron sus celdas y oratorios eremíticos. Como Simón se carteaba con el Cielo, luego supo su venida, y pedido el hábito con toda humil dad se le dieron, con que nuevamente le admitió por hijo Suyo María en Su religión sacra. Luego que profesó, teniendo el general de los carmelitas San Brocardo noticias de su santidad, lo hizo vicario general de los conventos fundados y que se fundasen en Europa; lo mismo hicieron San Cirilo, Brocardo II y Alano, sucesor de San Brocardo, y así fue el que como vicario general procuró la confirmación de la regla del Papa Honorio III, como se ha dicho, y de Gregorio IX.

Pasó al Carmelo Simón, llamado para un Capítulo General, y después de varios sucesos y milagros que hizo resolvió quedarse allí en una cueva, como quien tan enamorado estaba de la soledad. Lo hizo por espacio de seis años, en que mereció un favor tal, que no creo se lea otro de Santo alguno, y es, que como a Elías su padre le traían de comer los cuervos, y a Pablo también, a Simón, como a hijo más querido, se dignó la piadosísima María de ser su Provisora, y por espacio de seis años se empleó en regalarlo y sustentarlo por Sí misma con maná del cielo. ¡Hay favor más raro! ¡Con Su misma divina mano le daba de comer! Cada bocado sería un ascua que le encendería el alma en Su Amor y divinizaría sus afectos.

Cumplidos los seis años el general Alano dispuso venirse a Inglaterra y se trajo consigo a San Simón y otros religiosos. Siendo de edad de ochenta años, aunque muy entero y robusto, como quien tanto se había sustentado con manjar del cielo, fue electo general, no sin particular milagro de la Virgen Santísima, y asistencia continua Suya, y fue el sexto de los latinos. Viendo que la regla que observaban era para ermitaños y solitarios, no para mendicantes, cuyo título ya gozaban, dispuso que el Papa Inocencio IV la mitigase (como lo hizo), de suerte que pudiesen vivir en los poblados, para servir a Dios ganándole almas con la predicación y confesión, como lo hacen continuamente. A este celo y fruto de San Simón sucedieron otros más soberanos y merecedores de que en perpetua memoria los tengan, no solo los carmelitas, sino es el mundo todo. Reconociendo el Santo Padre que su religión, a fuer de palma, había de crecer con el rocío del cielo, recurría continuamente a la Virgen Santísima, pidiéndole que, pues los carmelitas eran Sus hijos y les había concedido Su Nombre y título de hermanos Suyos, les diese juntamente alguna señal o prenda en que declarase que era verdadera Madre suya. Continuaba su petición, y en ella repetía estos versos: «Flor del Carmelo, Vid florida, Resplandor del Cielo, Virgen fecunda y singular, Madre apacible, sin conocer varón, a Tus carmelitas da privilegios, Estrella del mar.»

Obligada de estos ruegos cariñosos se le apareció al reír del alba la del cielo, acompañada de innumerables Ángeles y luces, que hicieron cielo su celda. Venía sobre manera graciosa con el hábito del Carmen, el cabello tendido y una corona imperial en Su cabeza. Traía en Sus manos el Santísimo Escapulario, y llegándose al Santo se le dio y puso, diciéndole estas palabras: «Muy amado hijo, recibe el Escapulario de tu Orden, que es señal de Mi hermandad, y privilegio singular para ti y todos los carmelitas. El que muriere con él, no padecerá el fuego eterno. Es señal de salud en los peligros, confederación de paz y pacto sempiterno.» A vista de tal hermosura y tal favor quedó el Santo absorto y rendido, y dio inmensas gracias a la Soberana Reina, y viendo que se le iba envió en Su seguimiento toda el alma. Éste fue el favor, y así lo refiere el mismo Santo en una carta que remitió a toda la religión para que le ayudase a agradecer el don que la Virgen le había traído del Cielo. A otros devotos suyos ha honrado la Virgen Santísima con semejantes favores. Al toledano San Ildefonso con la casulla, como también a Benito Werniense, y Tomas Cantuariense; a San Alberico, abad del Císter, con la cogulla blanca; a San Norberto, fundador del Orden premostratense, a San Reginaldo, de la Orden de Santo Domingo, y a San Francisco de Sena, carmelita, con el hábito de sus religiones; mas estos y semejantes favores fueron personales, y no se extendieron a otros.

Pero el Santo Escapulario, que le dio a Su amado San Simón, no solo fue privilegio para su persona y Orden, sino para todos los fieles que se agregasen a ella, y esto no para un día solo y una edad, sino para todas las presentes y futuras. ¡Qué mayor fineza de Madre! Reparan algunos escrupulosos en que la religión del Carmen siempre había usado traer escapulario: es verdad; pero muy diverso del que trajo la Virgen del Cielo. Sirva por ejemplo lo que dijo Dios a Noé: «Que pondría Su arco, o iris, en las nubes, por señal del pacto de amistad que sentaba con la Tierra.» Y es cierto, que el arco aparecía en las nubes desde el principio del mundo; mas no era entonces más que meteoro, que forman las nubes y el sol; después fue señal de pacto y amistad que estableció Dios con los hombres, con la cual en cierta manera se obligó a no enviar más diluvios. Lo mismo pasa con el santísimo Escapulario, que, siendo antes vestido común de los monjes, desde que la Virgen Santísima le bajó del Cielo es señal de pacto y hermandad que sentó con Sus hijos y hermanos los carmelitas, y prenda que les asegura Su protección y afianza Sus favores.

No satisfecha la Virgen Madre con haber honrado a Sus religiosos con el precioso título de hijos y hermanos Suyos, y haberles dado en la insignia del Santo Escapulario seguros de Su patrocinio, en vida y muerte, añadió otro privilegio singular para cuando saliesen de esta vida, que es el del sábado, en el cual concedió que mediante Sus continuas intercesiones y sufragios les ayudaría para que saliesen del Purgatorio cuanto antes, especialmente el sábado inmediato a su muerte, por ser día que la Iglesia le ha dedicado como Suyo propio. Este privilegio es el más solemne y singular que tiene la religión y las religiones todas.

Murió el Papa Clemente V en el año de 1314, y estando los Cardenales con algunas diferencias sobre la creación de nuevo Pontífice se apareció la Virgen Santísima al Cardenal Jacobo Ossag Obispo portuense, natural de Aquitania, y dándole el nombre que había de tener, que fue Juan XXII que anunciándole la suma felicidad del Vicario de Su Hijo, le dijo: «Juan, Vicario de Mi amado Hijo, porque he visto la devoción que Me tienes he pedido y alcanzado de Mi Hijo que seas Papa y Vicario Suyo en la Tierra. Yo te libraré de tus adversarios y en correspondencia de esta gracia quiero que favorezcas a Mi Orden de los Carmelitas comenzada en el Monte Carmelo por Elías y Eliseo, y que les confirmes esta religión con la regla que ordenó Mi siervo Alberto, patriarca de Jerusalén, y les concedas según Yo he alcanzado en el Cielo, que los religiosos de ella, y los que por su devoción entraren en Mi cofradía y trajeren su escapulario, llamándose cofrades suyos, y guardaren castidad en su estado, y rezaren el Oficio Divino, o los que no saben rezar se abstuvieren de comer carne los miércoles y sábados, ganen el día de su entrada remisión de la tercera parte de las penas debidas por sus pecados, y en el de su muerte indulgencia plenaria. Y si fueren al Purgatorio, Yo, como Madre de Misericordia, en Mis ruegos continuos, oraciones y méritos, y especial protección, los ayudaré para que libres cuanto antes de sus penas, especialmente el sábado inmediato a la muerte de cada uno, sean sus almas colocadas en la bienaventuranza.»

Ésta es la revelación y la sustancia del favor que ofreció Nuestra Señora, según después de Juan XXII, que concedió la bula, y Alejandro V, que la confirmó, lo han entendido, confirmado y declarado sus sucesores, Clemente VII, Paulo III, Pio V, Gregorio XIII, el decreto de la Sagrada Congregación en tiempo de Paulo V, y el rezo eclesiástico que en él dio y Urbano VIII confirmó para esta fiesta. Fue, pues, conforme se le ofreció la Virgen Santísima hecho Pontífice el día siguiente el dicho Cardenal, y llamado Juan XXII, y luego al punto despachó bula, en la cual, no solo confirma la religión, su antigüedad y privilegios, sino a sus profesores, haciendas y conventos los exime de toda inferior jurisdicción, y admite a la protección y amparo de la Santa Sede Apostólica. Y luego despachó otra, en que, refiriendo la visión que tuvo de la Virgen Santísima, publica el favor que para su Orden y Cofradía había alcanzado de Su precioso Hijo, y como gracia que Cristo concedió a petición de Su Madre la confirmó el Pontífice. Con estas notables palabras: «Esta santa indulgencia, yo la acepto, roboro y confirmo en la tierra, así como por los méritos de la gloriosa Virgen y Madre Suya, Jesucristo la concedió en los Cielos.» En la cual cláusula el Pontífice claramente dice y declara que esta indulgencia del Santo Escapulario no es de la tierra, sino del Cielo; no estriba en la largueza de los hombres, ni de los Ángeles, sino en la del mismo Cristo, de quien los ruegos de Su Madre Santísima la alcanzaron; y así es digna de la mayor estimación, porque dimanó inmediatamente de la fuente de la gracia.

De aquí consta que este privilegio no es comunicable a las demás religiones, porque fue gracia personal de la Virgen para solos Sus religiosos y cofrades los carmelitas; y como no es gracia que dependa de la potestad de las claves, sino es en cuanto a su publicación y confirmación externa, el Sumo Pontífice, no solo se hubo en ella como dispensador del tesoro de la Iglesia, sino como juez universal y supremo interpuso la autoridad pública que goza en la tierra, para que con decreto judicial quedase confirmado y corroborado en ella el pacto que la Santísima Virgen sentó con los Carmelitas, Sus hijos, y a petición Suya les concedió en el Cielo Su Hijo.

Querer referir las obligaciones de los cofrades fuera repetir, pues están referidas en las palabras de la Virgen Santísima, su Madre y Patrona; la suma de indulgencias y jubileos que ganan fuera cansar, por hallarse en las bulas y sumarios, y ser infinitos; los prodigiosos milagros que ha obrado y obra cada día el Santísimo Escapulario, aunque ofrecí decir algunos, considero que es milagro de milagros, pues no hay nación, provincia, reino, ciudad, villa y lugar que no los haya experimentado y experimente por instantes, y son tantos que llenan muchos libros, que andan impresos, donde los curiosos y devotos hallarán bien que emplear sus deseos y cumplir con su devoción; pues si de los Santos de esta esclarecida religión dijo el abad Tritemio que quien quisiera numerarlos contase las estrellas del cielo, que tan imposible era el reducirlos a número, por ser infinitos, lo mismo se puede decir de los prodigiosos milagros del santísimo Escapulario, que solo Dios, que sabe y cuenta el número de las estrellas, podrá contarlos, y estos en todas edades y tiempos, en agua, fuego, aire y tierra, pues de todos elementos, de todos riesgos, de todos peligros defiende; y si los que se saben de almas que al sábado inmediato a su muerte ha sacado del Purgatorio la Madre de piedad María Santísima, sin pecado concebida, son muchísimos, e infinitos los que deben de ignorarse; que la Divina Madre de Misericordia cada día y cada instante quiere que Sus hijos y hermanos, religiosos y cofrades, experimenten Sus prodigiosas piedades.

La vida de San Simón Stock fuera también nunca acabar querer darla fin, según es de prodigiosa y está llena de milagros; y sobre todo baste para gloria suya y de su religión haberle merecido la gracia y favor del Santísimo Escapulario, con cuya preciosa joya han ilustrado al Carmelo Pontífices, emperadores, reyes, príncipes, señores y señoras infinitas, que le han vestido y se han honrado con él. Pero ¿para qué me canso en repetir lo que el mundo todo sabe?

Esta tan célebre fiesta de la Conmemoración Solemne de Nuestra Señora del Carmen, en la forma que va referida, son infinitos los autores que la escriben y tratan latamente; unos puntos y otros constan también de los Pontífices que van nombrados, y otros muchos que no se nombran; asimismo muchas cosas son y las refiere la Sagrada Escritura; afirma otras muchas la Iglesia, y todas las tiene recibidas: constan de Concilios otras muchas, especialmente del Efesino, donde por honra y gloria de San Cirilo Alejandrino, carmelita, su presidente y acérrimo defensor de la Maternidad de María Santísima contra Nestorio, heresiarca, que la negaba el título de Madre de Dios, se instituyó y declaró que los Carmelitas de justicia se debían llamar religiosos hermanos de la gloriosa Virgen María del Monte Carmelo, que su primero padre Elías fue de la tribu y estirpe misma de la Madre de Dios María, y que el primer convento que dichos religiosos tuvieron en el Nuevo testamento fue en Jerusalén, en la puerta Dorada, en la misma casa de mi señora Santa Ana, donde fue concebida en gracia y gloria, preservada y libre de toda mancha de culpa original, mi Señora la siempre Virgen María. Quien quisiere ver infinitos autores extraños y propios de la religión que tratan y escribieron de esta Fiesta, y sus circunstancias, vea al reverendísimo maestro Lezana en sus Anales del Carmen y en su libro María Patrona; Silveyra In Evangelia y Opuscula varia; Daniel A Virgine Maria, en la Vimea Carmeli; los reverendísimos padres Raynando, Salazar, Rodríguez, Flores, José Andrés y Manuel Ortigas de la Compañía de Jesús; que hallará a medida de su deseo cuantos quisiere.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

Esta entrada fue publicada en Mensajes y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.