29 de Junio: San Pedro y San Pablo, Apóstoles y Mártires (†69)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Junio, Día 29, Página 311.

Fue San Pedro alto de cuerpo, blanco de rostro y descolorido; los cabellos de la cabeza y los pelos de la barba eran crespos, espesos; los ojos negros.



San Pedro, Príncipe de Los Apóstoles y Mártir

La vida del gloriosísimo príncipe de los Apóstoles, San Pedro, se ha de sacar principalmente de los Sagrados Evangelios, y de los Hechos apostólicos que escribió San Lucas, y después de los otros graves y antiguos autores que tratan de sus admirables hazañas y virtudes.

Fue San Pedro hebreo, de nación galileo, y natural de Betsaida, y casado con una mujer que dicen se llamaba Perpetua, y era hija de Aristíbulo, hermano de San Bernabé. Tuvo hermano mayor a San Andrés, y ambos vivían del arte del pescar. Tuvo noticia de Cristo San Andrés por unas palabras que oyó de Él a San Juan Bautista, su maestro; y Le siguió, y fue con él a la casa en que moraba. Estuvo con el Señor un día, y enamorado de Sus Divinas Palabras, y entendiendo por ellas que era el Mesías que todo el pueblo de Israel esperaba, buscó a su hermano Pedro, y le dio parte del bien que había hallado, y le llevó a Cristo. El Señor, en viendo a San Pedro, le dijo cómo se llamaba, y quién era su padre, y que había de mudar el nombre. «Tú, dijo el Señor, eres Simón, hijo de Juan: tú te llamarás Cefas;» que en lengua siríaca o caldea es lo mismo que Pedro, y Pedro que piedra: dando a entender Cristo, Nuestro Señor, con estas palabras, que así como Él es la primera y fundamental piedra sobre la cual todo el edificio de la Iglesia está fundado, así había de comunicar su nombre de piedra, y sus propiedades a Pedro, para que sobre ella, como sobre un firme y fuerte, aunque secundario fundamento, todos los otros fieles, como piedras vivas, se fundasen y permaneciesen en Su Iglesia, con tan grande e inviolable fortaleza, que toda la fuerza y poder del infierno no la pudiesen empecer ni derribar. No quedó San Pedro de esta vez por discípulo del Señor, hasta que pasados algunos días, andando por la ribera del mar, le vio con su hermano Andrés, que estaban pescando, y los llamó y les dijo: «Veníos en pos de Mí para ser pescadores, no de peces, sino de hombres.» Y estos, obedeciendo luego a la voz y llamamiento del Señor, dejaron sus redes y su pobre casilla, y con el afecto todo el mundo, y le siguieron como discípulos a su Maestro, y se entregaron del todo a Su voluntad.

Fue tanto el favor que Cristo, Nuestro Señor, hizo a San Pedro, que todos los otros apóstoles le reconocían por hermano mayor, y los evangelistas, nombrando a los demás, y variando en el orden de contarlos, siempre ponen a Pedro por el primero, como cabeza de todos, sin que en esto haya variedad. Él era el que siempre acompañaba a Cristo, aun en las cosas más secretas: como cuando se trasfiguró en el monte Tabor, y cuando resucitó a la hija de Jairo, príncipe de la sinagoga, y cuando se apartó a orar en el huerto. Él fue en cuya barca entró Nuestro Señor para predicar desde ella a la gente, que a la orilla del mar oía Sus dulcísimas palabras, dejando las otras naves, para darnos a entender que en la nave de Pedro se había de enseñar la doctrina celestial y evangélica.

Finalmente, Pedro fue a quien Dios escogió por Su Vicario en la Tierra, y por único y universal Pastor de toda Su Iglesia, y a quien dio las llaves del tesoro de ella, y la disposición del precio inestimable de Su Sangre y de nuestra Redención; y para que fuese digno Ministro y Pastor Suyo le adornó de todas las gracias y virtudes que había menester. Le dio grande humildad, con la cual, habiendo cogido en una redada muy gran cantidad de peces en el lugar que el Señor le señaló, después de haber estado toda la noche pescando en vano, asombrado y atónito, como fuera de sí, se arrojó a Sus pies, suplicándole que se apartase de él, porque él era pecador e indigno de estar en Su compañía. Y cuando Cristo le quiso lavar los pies, con la misma humildad y espanto dijo aquellas palabras: «Señor, ¿Vos me laváis los pies?». Y conociendo su indignidad añadió: «No me lavaréis los pies para siempre jamás:» aunque después obedeció, y se los dejó lavar por la amenaza que el Señor le hizo. Le dio gran fe, con la cual ilustrado, traspasando todas las cosas visibles y criadas, conoció con verdadero y cierto conocimiento que Cristo era Hijo de Dios vivo y Dios verdadero, y por tal le confesó, y en pago de esta sublime y admirable confesión le dio el Señor la primacía de toda Su Iglesia. Le dio un dulcísimo y tierno amor, con el cual amaba a Cristo, y deseaba estar siempre con Él, y no apartarse un punto de Su lado.

Y de aquí vino que cuando algunos discípulos le dejaron, escandalizados por la doctrina que ellos no entendían de Su Cuerpo y Sangre, y Él dijo a los quedaban: «¿Queréis vosotros también iros?» Pedro respondió: Dómine, ¿ad quem ibimus? Verba vitæ æternæ habes: Señor, ¿á dónde iremos que más valgamos? Pues Vuestras palabras dan vida, y sin Vos desfalleceremos y moriremos. De este amor nacía el decir en el monte Tabor: «Señor, bien estamos aquí;» porque estando con Cristo le parecía que en ninguna parte podía estar mejor; y el exhortarle que no muriese, porque como hombre aun no sabía el Misterio inefable de nuestra Redención. Por este mismo amor quiso saber en aquella última y sagrada cena quién era el traidor que había de vender a Cristo, porque si lo supiera lo despedazara con los dientes (como dice San Juan Crisóstomo). De este mismo amor procedió el echarse en el mar dos veces para venir a Cristo, porque no lo sufría el corazón aguardar tanto, ni que llegase el barco en que él estaba con los otros apóstoles. Por este mismo amor se ofreció con gran denuedo y esfuerzo a cualquiera trabajo, peligro y muerte por Cristo, aunque para que conociese su flaqueza, y que era hombre y se compadeciese después de sus hermanos, y mereciese más llorando su culpa, y haciendo toda la vida tan áspera penitencia por ella, que no comía sino pan y unas aceitunas, o como San Gregorio Nacianceno dice, lupinos (que son los que llamamos altramuces), y cuando mucho unas yerbas o legumbres; permitió el Señor que le negase y cayese. Este mismo amor le hizo en el huerto echar mano del acero y oponerse al escuadrón de tantos soldados y gente armada, y herir al siervo del sumo sacerdote, pensando que aquel negocio se había de llevar por armas, porque aún no entendía la dispensación de Dios; y fue tan grande y tan extremado este amor de Pedro para con Cristo, que el mismo Señor le preguntó tres veces si le amaba más que todos los otros apóstoles; y confesando él lo mucho que le amaba, le encomendó su ganado y le hizo Pastor universal de Su Iglesia; y así comenzó a ejercitar su oficio, y luego que subió Cristo, Nuestro Redentor, al cielo, cuando estando los apóstoles y discípulos todos juntos en el Cenáculo, les propuso, como cabeza, que eligiesen otro en lugar de Judas, y cayó la suerte sobre San Matías, y fue contado en el número de los doce Apóstoles. Después que vino el Espíritu Santo, Pedro fue el primero que predicó a los judíos el Misterio escondido de la Cruz, con tan grande espíritu y fervor, que en un sermón convirtió tres mil, y en otro cinco mil almas al conocimiento y amor de Jesucristo, nuestro Salvador.

El fue el primero que hizo milagros en prueba de la doctrina evangélica, comenzando de aquel cojo desde su nacimiento, que cada día se ponía a la puerta del templo para pedir limosna; al cual San Pedro tomó de la mano, y le levantó y sanó con grande admiración y espanto del pueblo. Y fueron tantas las maravillas y prodigios que Dios obró por San Pedro, echando los demonios de los cuerpos y sanando a todos los que venían a él de cualquiera enfermedad, que de otras ciudades y de toda la comarca de Jerusalén traían los enfermos y los ponían en las plazas, para que cuando él pasaba, tocando la sombra de su cuerpo a alguno de ellos, todos quedasen sanos: lo cual no se lee de otro Santo, ni aun de Cristo, nuestro Redentor; porque en esta parte quiso que Su siervo se aventajase más e hiciese mayores milagros, no por su virtud, sino por la de su Señor. Y no solamente sanaba el doliente a quien tocaba la sombra de Pedro, sino que tocando a uno sanaban todos los que allí estaban, como lo notó San Crisóstomo, y parece que lo significa San Lucas en aquellas palabras: «Ponían (dice) en las plazas a los enfermos en sus lechos, para que viniendo Pedro su sombra tocase a alguno de ellos, y todos quedasen libres de sus enfermedades.»

Y no fue el menor de los milagros de San Pedro el haber caído a sus pies muertos Ananías y Safira, marido y mujer, los cuales, habiendo ofrecido a Dios un campo que tenían, y vendido le trajeron el precio de él, y le echaron a los pies de los apóstoles, pero no entero ni cumplido, sino defraudado, y tomado para sí parte de la moneda en que le habían vendido, castigando el Señor por la boca de Pedro, como de juez supremo, aquella infidelidad, y enseñando a todos la sinceridad y verdad con que quiere ser servido, y el rigor con que aun en esta vida castiga algunas veces a los que se dejan cegar de la codicia, y no dan a Dios enteramente lo que le prometen, para ejemplo y escarmiento de los demás. El mismo Pedro fue el que lleno de Espíritu Santo, cuando los príncipes de los judíos les mandaron que no hablasen ni enseñasen en el Nombre de Jesús, con gran constancia y fortaleza respondió que no podían dejar de hablar lo que habían visto y oído, y obedecer antes a Dios que a los hombres.

Él, por parecer y acuerdo de los otros apóstoles, fue con San Juan a Samaria para que los que en ella habían creído recibiesen el Espíritu Santo. Él fue el primero que por particular revelación de Dios, que le hizo con aquel lienzo misterioso lleno de serpientes y sabandijas, predicó el Evangelio a los gentiles, y convirtió a Cornelio, centurión, y a los de su casa, y con sus palabras les comunicó el Espíritu Santo y el don de lenguas. Porque quiso Nuestro Señor que el que era cabeza de toda la Iglesia fuese el primero que predicase a los judíos y a los gentiles que en ella se habían de juntar, como en un rebaño, y conocer, obedecer y reverenciar a Pedro, y a cualquiera legítimo sucesor suyo por su Pastor.

Además de esto anduvo el Santo Apóstol alumbrando con su doctrina y admirando con sus milagros a todos los pueblos de Judea, entre los cuales fueron señalados el que hizo sanando en Lida a un hombre, llamado Eneas, que estaba paralítico ocho años había en una cama, y el que hizo en Jope, resucitando a Tabita, mujer piadosa y muy limosnera, y penetró e ilustró las provincias de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, echando en ellas los fundamentos de nuestra santa religión, ordenando Sacerdotes y Obispos, y asentando todo lo que era necesario para el buen gobierno de las iglesias. Y habiendo llegado a la ciudad de Antioquía, visitándolas y haciendo oficio de vigilante y solícito Pontífice, padeció muchos baldones y grandes afrentas al principio, y puso en ella su Cátedra Pontifical, a la cual acudían los fieles como a un oráculo en todas sus dudas y dificultades. Siete años estuvo en Antioquía la Cátedra de San Pedro, no de manera que todos estos años viviese el Santo Apóstol en aquella ciudad sin salir de ella, porque teniendo sobre sí el peso y gobierno de todas las iglesias, era necesidad ir a otras partes; pero dícese que tuvo la cátedra siete años en Antioquía, porque allí residía comúnmente lo más del tiempo.

Viniendo una vez a Jerusalén fue preso por mandado del rey Herodes, el cual, por ganar las voluntades de los judíos, hizo degollar a Santiago el Mayor, hermano de San Juan, Evangelista; y para darles entero contento determinó matar también a San Pedro, como principal caudillo de los cristianos y cabeza de los demás. Toda la Iglesia sintió por extremo este golpe, y se puso en oración continua y fervorosa, suplicando a Nuestro Señor que librase a Pedro de las manos de Herodes, y le guardase del lobo carnicero, para que aquel rebaño suyo no se derramase y desfalleciese, faltándole su Pastor; y el Señor le libró de la manera que en los Hechos apostólicos se escribe. Y habiéndose cumplido ya doce años después de la subida de Cristo a los cielos, en los cuales Él había mandado a Sus Apóstoles (según lo escriben muchos y graves autores) que predicasen a los judíos, y no a los gentiles, y siendo ya llegado el tiempo de llevar la luz evangélica y el estandarte de Cristo por todo el mundo, se dividieron los Apóstoles, y cada uno tomó aquella provincia que por inspiración e instinto del Espíritu Santo le cupo.

Nuestro Apóstol San Pedro por particular revelación del Espíritu Santo vino a Roma, así para fundar en ella su Silla Apostólica y hacer cabeza de la Iglesia católica aquella ciudad, que era Señora y cabeza del imperio, como para convencer a Simón Mago, enemigo capital del Evangelio, que había venido a Roma, y con malas y diabólicas artes traía embaucada la gente, y se vendía por dios, y como a tal le habían puesto una estatua. Porque el demonio, viendo y conociendo que por la virtud de la Cruz había de ser echado del mundo y privado de la silla, que como tirano había usurpado de Dios, y que los ídolos habían de ser derribados, y debilitadas sus fuerzas, procuró para remedio de los daños que temía, levantar una nueva sinagoga y oponerla a la Iglesia del Señor, que comenzaba ya a florecer, y con tanta gloria se había de extender y amplificar por toda la redondez de la Tierra. Para esto tomó por instrumento a Simón Mago, y le contrapuso a Simón Pedro, para que lo que el uno obraba con la verdad y Espíritu del Cielo, el otro lo deshiciese con la mentira y con el espíritu de Satanás: y así como San Pedro, en Nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, iba fundando la Iglesia Católica, así Simón Mago, fingiendo que era dios padre, hijo y espíritu santo, con una vana y diabólica ostentación engañase a los pueblos y los apartase de la verdadera creencia y conocimiento del Señor. San Pedro con la doctrina del cielo hacía varones celestiales a los que la oían y creían, y Simón Mago con su falsa predicación trastornaba la gente. San Pedro con verdaderos milagros y prodigios confirmaba su doctrina, y Simón Mago con aparentes y fingidos, y por arte mágica y diabólica deslumbraba los ojos flacos de los que le trataban. Finalmente, él fue un ministro del demonio tan eficaz, que San Ignacio con mucha razón le llama primogénito de Satanás, y San Justino, Ireneo y Epifanio y otros Santos dicen que fue maestro y fuente de todos los errores y herejías.

Comenzó esta contienda entre los dos Simones en Samaria, de donde era natural Simón Mago, porque habiendo venido a ella San Pedro y San Juan, y recibido los fieles al Espíritu Santo por la imposición de las manos de los Santos Apóstoles, Simón, espantado de ver aquella maravilla y codicioso de alcanzar tan gran poder, ofreció dineros a los Apóstoles porque le diesen aquella gracia de comunicar el Espíritu Santo por sus manos, creyendo que el don de Dios se podía comprar con dineros, y San Pedro se le afeó y le exhortó a hacer penitencia. Y habiéndose descabullido Simón de aquella ciudad, y predicando por otras su falsedad y mentira, y pervirtiendo los pueblos por donde pasaba, el glorioso San Pedro le siguió en algunas provincias, y le fue a los alcances para deshacer las tinieblas de sus malas artes y desengañar a los que le habían creído y le tenían por una virtud soberana de Dios. Y como Simón, huyendo del Santo Apóstol, hubiese venido a Roma, el Señor mandó a San Pedro que él también viniese a ella para echarle de aquella ciudad y quitar aquel estorbo tan grande a la religión cristiana, y establecer en ella la Cátedra Pontifical, como dijimos.

Partió San Pedro de Antioquía para Roma, acompañado de su discípulo San Marcos, que después escribió el Evangelio, y de Apolinar, a quien hizo Obispo de Ravena, y Marcial, a quien envió a Francia, y Rufo, a quien hizo Obispo de Capua, y algunos otros Santos, discípulos y compañeros; y como escribe Metafrastes, llegó a Sicilia, y por tradición se tiene que estuvo en Nápoles, y hoy día se reverencia un lugar donde se dice que el Santo Apóstol dijo Misa. Entró en Roma a los 18 de enero del año del Señor de 44, y en el segundo del imperio de Claudio, según la más probable opinión de Eusebio y San Jerónimo, aunque otros dicen que fue el tercero de su imperio y el 15 de Cristo; y en este día celebra la Santa Iglesia la Cátedra de San Pedro en Roma, como en su festividad se dijo. Y fue día dichosísimo para aquella ciudad, y para todo el mundo, que había de ser ilustrado con los rayos de su luz y bañado de los ríos caudalosos, que de la Silla de Pedro, como de fuente perpetua y divina, se habían de derivar por toda la Tierra y fertilizar todas las provincias, regiones y naciones del mundo. Y así San Pedro, volviendo los ojos por todas ellas, y abrazándolas con su vigilancia y cuidado pastoral, las proveyó de Pastor, y envió por toda Italia, Francia, España, África, Sicilia y otras islas, Obispos y Sacerdotes que las enseñasen y alumbrasen con los resplandores del Evangelio. A Sicilia envió a Pancracio, Marciano, Berillo y Felipo; a Capua, a Prisco; a Nápoles, a Aspernate; a Terracina, a Epafrodito; a Nepe, a Ptolomeo; a Fiesoli, a Rómulo; a Luca, a Paulino; a Ravena, a Apolinar; a Verona, a Eutropio; a Padua, a Prosdocimo; a Pavía , a Siro; a Aquileya, primero a Marcos y después a Hermagora; a Francia, a Marcial, Materno, Valerio, Sixto, Trófimo, Sabiniano y Juliano; a España, a Torcuato, a Tersifonte, Secundo, Indalecio, Cecilio, Esiquio, Eufrasio y otros. Y aun Metafrastes escribe que el mismo Santo Apóstol vino a España y pasó a Inglaterra, derramando por todas partes, como un sol resplandeciente, su claridad, y los rayos de la Divina Luz; porque como Pastor universal tenía cuidado de todos y a todos proveía, y San Cipriano llama a la Iglesia romana Matriz, porque, no sólo la iglesia de Cartago había recibido de ella la fe, sino también las de Mauritania y Numidia, que eran sufragáneas de la de Cartago; y San Gregorio, Papa, escribiendo a los Obispos de Numidia, les dice que habían recibido los principios de la fe del Apóstol San Pedro, y por esto Inocencio I, Sumo Pontífice, en una epístola que escribe a Decencio afirma que de San Pedro y de sus sucesores fueron enviados por el mundo los Obispos y Sacerdotes que plantaron la fe y fundaron las iglesias en muchas provincias y naciones.

No se puede fácilmente creer el fruto que el Santo Apóstol hizo en Roma, así deshaciendo los embustes y artificios diabólicos de Simón Mago (que por la venida de San Pedro por entonces huyó de aquella ciudad), como alumbrando a los que le oían con la doctrina evangélica y con las maravillas que Dios obraba por él, con gran contradicción de los judíos que se le oponían, y con esta ocasión alborotaron y turbaron la ciudad. Por donde el emperador Claudio, el noveno año de su imperio, los mandó salir a todos de Roma, como gente inquieta y revoltosa. Por este mandato del emperador salió también San Pedro de Roma (si ya antes no había salido), ordenándolo así Nuestro Señor para que con su presencia visitase las iglesias de Oriente, y celebrase en Jerusalén el primer Concilio que se hizo en la Iglesia, y compusiese en él las diferencias y debates que habían nacido entre judíos y gentiles, que se habían convertido a nuestra santa fe, que eran muy pesadas y muy graves. Porque (como se escribe en los Hechos apostólicos) los judíos convertidos con el celo de su antigua ley querían que los gentiles juntamente con el Bautismo se circuncidasen, afirmando que de otra manera no se podían salvar; y los gentiles no querían sujetarse a la circuncisión, entendiendo (como era verdad) que por la fe de Cristo, Nuestro Señor, el Santo Bautismo y las buenas obras alcanzaban la salud eterna. Y pasó tan adelante esta contienda, que para determinar lo que se había de hacer fue necesario que San Pablo y San Bernabé fuesen a Jerusalén y propusiesen esta cuestión a San Pedro y a Santiago el Menor, Obispo de aquella ciudad, y San Juan Evangelista, y algunos otros de los más principales discípulos del Señor. En aquel Concilio se definió, conforme al parecer de San Pedro, que no se echase carga tan pesada a los gentiles, como pretendían los judíos, pues sola la gracia de Nuestro Señor Jesucristo es causa de nuestra salud; y formaron el decreto de lo que habían de guardar, y le enviaron con los mismos San Pablo y San Bernabé, y con Judas y Silas, dos de los más principales hermanos, con tan gran resolución y autoridad, que dicen en él los apóstoles: «Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no cargaros ni obligaros a más que guardaros y absteneros de los manjares que han sido ofrecidos a los ídolos, y de la fornicación.»

Acabados los negocios que al Santo Apóstol se le ofrecieron en Jerusalén y Judea, y partes de Oriente, volvió a Roma, pasando por Egipto y por África, como escribe el Metafrastes. Apresuró su camino San Pedro, por entender que Nerón, el cual había sucedido en el imperio a Claudio, era amicísimo de magos y nigrománticos, y en todas partes los buscaba y honraba, y había hecho llamar a Simón Mago (que en tiempo de Claudio, su predecesor, por la venida de San Pedro se entiende había huido de Roma, como dijimos), y le tenía en gran reputación, creyendo que fuese Dios o alguna virtud divina, porque este primogénito de Satanás (como escribe Anastasio Niceno), por arte de encantamiento y diabólica fingía muchas cosas aparentes, que admiraban y suspendían a los circunstantes. Hacia caminar las estatuas, tomaba figura de serpiente y de otras bestias, andaba sobre el fuego sin quemarse, volaba por el aire, convertía las piedras en pan, abría las puertas cerradas sin tocarlas, quebraba las cadenas y prisiones, soltando a los que estaban atados, y con ellos obraba cosas semejantes a éstas, vanas, fingidas y aparentes, con las cuales traía encantada y arrobada toda la ciudad. Además de esto, habiéndose en Roma encendido un fuego horrible y espantoso, que duró seis días y siete noches, según Suetonio y Tácito, que abrasó buena parte de la ciudad (ahora fuese acaso, ahora, como graves escritores dicen, por mandado secreto del mismo emperador), tomando Nerón esta ocasión para perseguir a los cristianos como autores de aquel incendio, había movido la primera persecución contra la Iglesia, y con exquisitos y muy atroces tormentos hecho morir a muchos de ellos (como lo escriben los mismos autores gentiles).

Por esta crueldad de Nerón los cristianos que vivían en Roma estaban muy afligidos, arrinconados y desmayados; y como ovejas despavoridas y descarriadas tenían necesidad de su Pastor que las recogiese y amparase, y defendiese del león bravo y furioso (que así llama a Nerón San Pablo), que las pretendía tragar. Y aunque ya era venido a Roma el mismo San Pablo, y con su presencia consolaba y esforzaba a los cristianos, todavía vino San Pedro, como Obispo particular de Roma y Pastor universal de todo el rebaño del Señor, por las razones aquí referidas.

Llegado a Roma, y consolados y animados los fieles con su vista, entró el Santo Apóstol en batalla con Simón Mago, su grande adversario y competidor, y después de varias altercaciones y disputas dijo el Santo Apóstol que trajesen allí un difunto, y que el que de los dos le resucitase fuese tenido por predicador de la verdad. Se trajo el muerto, y aunque al principio Simón Mago con sus hechizos y arte diabólico hizo que la cabeza del difunto al parecer se moviese, y el pueblo que estaba presente creyese que le había dado vida, al cabo el que era muerto se quedó muerto, y se descubrió el engaño de Simón, y San Pedro, haciendo oración, le resucitó allí delante de todos los circunstantes, que por este milagro quedaron convencidos de la verdad del Santo Apóstol, y de la mentira de Simón. El cual, como enojado y despechado por la resistencia que San Pedro le hacía, y porque los romanos no le daban tanto crédito como él deseaba, les dijo que, pues eran tan insensatos que dejaban a él y creían a Pedro, que él mandaría a sus ángeles que en su presencia y en sus ojos le llevasen por el aire, y subiría al cielo, de donde los castigaría con extrañas calamidades. Habiéndose señalado un día de domingo en que había de volar, escribe San Agustín por relación de muchos, que el Santo Apóstol ayunó y mandó ayunar a todos los fieles el día antes, que fue sábado, para que Nuestro Señor le diese victoria de tan pernicioso enemigo, como se la dio. Porque venido el día señalado, Simón delante del pueblo subió en un lugar alto y eminente, y llevándole por el aire los demonios comenzó a volar y subir hacia el cielo, con gran admiración de todo el pueblo, que había concurrido a este espectáculo, y movido de un tan extraño prodigio daba voces, creyendo que Simón fuese (lo que él decía) santo y verdadero Dios. Mas el glorioso Apóstol San Pedro, viendo la turbación del pueblo y la liviandad de Simón, y los embustes de los demonios, volviendo los ojos al cielo con gran humildad y confianza, hizo oración al Señor, y mandó a aquellos espíritus infernales que le soltasen y le dejasen allí caer. Al momento le soltaron, y él cayó y se quebró las piernas, para que no pudiese andar por tierra el que había querido subir al cielo, y perdiese el uso de los pies el que había tomado alas para volar; y se viese cuanto más poderosa era la oración del Apóstol que la presunción del mago, y la virtud de Dios para derribarle que el poder de los demonios para llevarle. No quiso San Pedro que cayese muerto, para que tuviese tiempo aquel miserable de reconocerse y arrepentirse, y para que el pueblo, viéndole vivo, más se confirmase en la verdad; pero al día siguiente murió Simón en Ariza, pueblo cerca de Roma, donde se hizo llevar. Muy victorioso y glorioso quedó San Pedro, habiendo dado cabo a una hazaña tan memorable, y quebrantado y destruido aquel monstruo infernal que inficionaba y arruinaba toda la Tierra. Los fieles quedaron muy consolados, los gentiles admirados y confusos, y el emperador Nerón rabioso y furioso, porque había perdido un grande amigo y tan excelente en aquella arte de nigromancia que él tanto estimaba, y embraveciéndose contra San Pedro y San Pablo, los mandó prender: para lo cual ayudó otra causa que no fue la menor.

Entre los romanos que habían recibido la fe por la predicación de los Santos Apóstoles había muchas mujeres y matronas, que juntamente con el Bautismo habían recibido la gracia y don de la castidad, y procuraban guardarla con gran recato y vigilancia, dando de mano a todo deleite sensual, y a los gustos y entretenimientos de la vida pasada. En el número de estas mujeres hubo dos, las cuales, habiendo sido antes amigas del emperador y tenido ruin trato con él, se apartaron de su conversación sin poderlas él con blanduras y amenazas atraer a su voluntad. Como Nerón era tan carnal como cruel salió de sí, y ciego con la pasión, juzgando que no había de haber en el mundo quien le resistiese o no se sujetase a su querer, entendiendo que aquellas mujeres, por ser cristianas, no lo hacían, convirtió su saña contra los maestros de aquella doctrina que enseñaba tales costumbres y tal castidad. La cual, así como es virtud celestial y propia del Evangelio, así los predicadores de él siempre la encomendaron y encarecieron a los fieles; y para que más la estimasen ordenó el Señor que algunos de sus mayores privados y amigos muriesen en defensa de la castidad, como San Juan Bautista y San Mateo, Apóstol y Evangelista, y los dos príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, de quienes aquí tratamos.

Estuvieron los Santos Apóstoles presos nueve meses en una cárcel llamada de Mamertino, tenebrosa y penosa, aunque no sin gran provecho de los soldados y guardas que los tenían a su cargo. Porque Proceso y Martiniano, que eran los principales, y otros muchos, por la predicación del Apóstol San Pedro se convirtieron a nuestra santa fe y fueron ilustres mártires del Señor. Y para que no faltase agua para bautizarlos, de la misma peña salió una fuente que hoy día se ve en Roma en la misma cárcel, sin haber faltado hasta ahora, corriendo con tanta copia de agua, que algunos días entre año, en que los fieles concurren con gran devoción a visitar la cárcel de los gloriosos Apóstoles, bebiendo del agua de esta fuente nunca se seca, ni deja de dar la que la gente para su refrigerio ha menester.

Se acercaba el tiempo en que los Santos Apóstoles habían de morir. Lloraban muchos cristianos y se enternecían por la falta que les habían de hacer aquellos dos ojos y columnas de la Iglesia. Pidieron a San Pedro, como a su querido Pastor, con muchas lágrimas y sollozos, que saliese de la cárcel y se ausentase para su bien de ellos. Y puesto caso, que el Santo Apóstol deseaba morir por el Señor, fue tanta la instancia e importunidad que hicieron, que vencido de sus ruegos y lágrimas salió de la cárcel y de Roma para esconderse por algún tiempo; pero Nuestro Señor Jesucristo (como escribe San Ambrosio, San Gregorio y Hegesipo) le apareció en un lugar que se llama Sancta Maria ad Passus, en el cual hasta hoy día está edificada una capilla, entre San Juan de Letrán y San Sebastián; y viendo el Apóstol a su buen Maestro, y conociéndole le dijo: ¿Dómine, quo vadis? Señor, ¿adónde vais? Y Él le respondió: «A Roma voy para ser crucificado otra vez.» Luego entendió San Pedro que Cristo, que ya es inmortal y glorioso, no había de ser más crucificado en su propia persona, sino en la de su siervo, en la cual quería de nuevo morir, y volviendo atrás entró en Roma y se fue a la cárcel, aparejado para morir, consolando y animando a los fieles con la visión que había tenido, y exhortándolos a conformarse con la Voluntad del Señor.

Se dio sentencia de muerte contra los Santos Apóstoles, en que se mandaba que Pedro, como judío, fuese crucificado, y Pablo degollado, como ciudadano romano. Les azotaron crudamente antes de llevarlos al suplicio, y en la Iglesia de Santa María Transpontina, que es de los padres carmelitas, se muestran y reverencian hoy día en Roma las columnas a las cuales fueron atados cuando los azotaron. Después los sacaron de la cárcel y los llevaron fuera de la ciudad por la puerta llamada Trigemina, u Ostiense, porque va a la ciudad de Ostia; y despidiéndose el uno del otro, y dándose ósculo de paz, con grande amor y ternura, los apartaron y llevaron, a San Pedro a una parte alta y eminente del Vaticano, que ahora se llama Monsaureus: el Monte de Oro, por ventura por haber sido en él crucificado el príncipe de la Iglesia. Allí le desnudaron y enclavaron en la cruz, con inestimable gozo y alegría del beatísimo Apóstol, por la merced que recibía del Señor, dándole ocasión de imitarle, y con aquel tormento y muerte de cruz corresponder de la manera que pedía al amor entrañable e inmenso con que el mismo Señor en otra cruz había dado Su Vida por él. Y teniéndose por indigno de estar en la cruz en aquella forma y figura que su Maestro y Señor había estado, rogó a los ministros de justicia que le crucificasen la cabeza abajo y los pies arriba, posponiendo con su grande humildad su mayor pena a su mayor devoción. De esta manera acabó el curso de su peregrinación el príncipe de los Apóstoles San Pedro, imitando con su muerte la muerte, y con su cruz la cruz de Cristo, y plantando la religión cristiana, y regándola con su sangre en aquella ciudad que en aquel tiempo era señora del imperio, y después por la cátedra y sucesión de San Pedro había de ser cabeza de todos los fieles que están derramados por el universo, siendo más extendida y dilatada por la jurisdicción espiritual que ahora tiene que jamás lo fue por la potestad temporal. El cuerpo de San Pedro con gran reverencia y devoción tomó Marcelo presbítero, y con ungüentos olorosos y especias aromáticas le enterró con gran solemnidad en una parte del Vaticano, muy lejos de donde había sido crucificado.

Tumba de San Pedro en las grutas vaticanas.

Fue San Pedro alto de cuerpo, aunque no abultado, blanco de rostro y descolorido; los cabellos de la cabeza y los pelos de la barba eran crespos, espesos, pero no largos; los ojos negros y como teñidos en sangre por las muchas lágrimas que derramaba, y particularmente cuando oía el canto del gallo, y se acordaba que había negado al Señor; las cejas rasas y casi despobladas; la nariz larga y no aguda, sino corva y algo remachada.

Tuvieron los Santos antiguos tanta devoción a las imágenes de los príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, que san Agustín escribe que las solían los cristianos pintar a los lados de la imagen de Cristo, Nuestro Salvador. Y Eusebio Cesariense afirma haber visto las imágenes antiguas de estos dos Apóstoles, y en la iglesia de San Pedro, en Roma, se guardan hasta hoy las que tenía San Silvestre, Papa, y las mostró a Constantino, emperador, cuando por revelación y aviso de los mismos Santos Apóstoles le hizo buscar para ser enseñado de él y bautizado. El cual emperador tuvo tanta devoción con San Pedro, que le edificó un suntuosísimo templo en Roma, y él mismo, dejando la púrpura imperial, sacó doce espuertas de tierra para hacer los cimientos de él. Y todos los demás emperadores, reyes y príncipes cristianos han tenido en suma veneración aquel templo, en que están sus preciosas reliquias; y muchos de ellos le han visitado, y quitadas sus coronas imperiales se han postrado delante de ellas, y tendidos por el suelo, besado los umbrales de sus puertas, mostrando con esta piadosa y humilde devoción las ventajas que hace el pobre pescador de Cristo a la soberanía y majestad del emperador terreno. Y de todas las partes del mundo van multitud de fieles en romería para alcanzar dones y beneficios del Señor por la intercesión y merecimientos de Su Vicario y Apóstol glorioso. Y no solamente después que se hizo aquel templo tienen los cristianos esta devoción con él, sino aun en tiempo de los emperadores gentiles, cuando más brava y cruda era la persecución contra los cristianos, venían de Persia y de otras partes muy remotas a Roma con gran piedad, para reverenciar aquel santo lugar y encomendarse al patrocinio de San Pedro, juzgando que debajo de su amparo y protección estarían seguros, como se ve en los actos de muchos mártires. Y hasta los Obispos solían venir a Roma de diversas partes para celebrar la fiesta del Apóstol con mayor solemnidad, como se saca de San Paulino en la epístola trece, que escribió a Severo, y en la diez y seis a Delfino. Y los santos Pontífices Anacleto y Zacarías mandaron que todos los Obispos una vez cada año visitasen los templos de los Apóstoles, y San Gregorio, Papa, lo ordenó así a los Obispos de Sicilia. Y San Cleto tercero, Papa, después de San Pedro, y mártir del Señor, en una epístola dice que el visitar la iglesia de San Pedro era de mayor merecimiento que el ayunar dos años. Y san Gregorio confiesa que la ciudad de Roma sin gente armada y casi sin defensa entre las espadas y armas de los longobardos, había sido guardada de Dios por el patrocinio de San Pedro. Y hasta los bárbaros e impíos príncipes tuvieron siempre tanto respeto a las iglesias de San Pedro y San Pablo, que Alarico, rey de los godos, cuando entró en Roma y la saqueó, mandó que se guardasen inviolablemente aquellos templos, y no se tocase a cosa de ellos ni de sus ministros, ni a persona que a ellos se acogiese. Y Teodora, emperatriz hereje, mandando a Antemio que prendiese al Papa Vigilio en cualquier parte que estuviese, añadió: «Fuera de la iglesia de San Pedro;» porque aunque era extremada su rabia y furor contra Vigilio, e igual a su impiedad, no se atrevió la perversa emperatriz a perder el respeto a aquel templo, que de todo el mundo era venerado, y violándole, ofender al Santo Apóstol, a quien Dios tanto engrandeció y enriqueció con tan larga mano. Porque cierto parece cosa de grande admiración ver las gracias, privilegios y prerrogativas que sobre todos los mortales y sobre todos los otros Apóstoles el Señor dio a San Pedro. Porque de todos Sus Apóstoles a solo Pedro mudó el nombre, de manera que le durase y fuese propio suyo; y de Simón le llamó Pedro o Cefas, que es lo mismo, para darnos a entender que le daba lo que aquel nombre significaba, haciéndole piedra fundamental de Su Iglesia. A él particularmente hizo la revelación de Su Divinidad y de la distinción de las Personas Divinas, y de la Encarnación del Verbo y de los misterios de nuestra santa fe, que son altísimos e incomprensibles a la razón humana.

A Pedro se da siempre en las Sagradas Letras (como dijimos), el primer lugar entre todos los Apóstoles, no porque fuese mayor de edad, pues era menor que su hermano San Andrés, ni por haber sido llamado de Cristo antes que todos, sino porque era el primero en la elección del Señor, y cabeza de los demás; y por eso le mandó Cristo pagar el tributo por sí y por el mismo Pedro, como por padre de familias y pastor de todos; y así él solo anduvo sobre las aguas, como lo notó San Bernardo, como anduvo Cristo, y por esta causa él echó las redes por Su mandado, y cogió tantos y tan grandes peces dos veces milagrosamente, para denotar con la una la Iglesia militante, y con la otra la triunfante, como escribe San Agustín. A Pedro prometió y dio el Señor las llaves de Su Iglesia. Por Pedro especialmente hizo oración para que no faltase su fe, y para que ayudase y esforzase a sus hermanos. A Pedro solo bautizó Cristo por Su mano entre todos los Apóstoles, como lo escribe Evodio, Obispo de Antioquía, y Clemente Strometeo. Pedro fue el primero a quien lavó los pies, según San Agustín. A Pedro apareció después de resucitado, primero que a ningún otro de los Apóstoles. A solo Pedro dijo Cristo la muerte que había de morir. Pedro es la boca de todos los Apóstoles, él habla por todos, y como dijimos, es el primero que promulgó el Evangelio a los judíos; y para confirmarle, hizo el primer milagro y condenó como juez supremo a Ananías y Safira, y por revelación de Dios abrió la puerta a la conversión de los gentiles, bautizando a Cornelio, centurión.

Por Pedro, como por cabeza de toda la Iglesia, hacia ella continua y fervorosa oración, cuando le tenía preso Herodes. Pedro es el que junta concilio y preside en él, y decreta lo que se ha de seguir; porque éste era su oficio, y aquello se había de tener por cierto y seguro que él enseñaba. Por eso dice San Pablo que fue a Jerusalén a ver a Pedro; porque aunque era vaso de Dios escogido para predicar el Evangelio, quiso conferirlo con el príncipe de toda la Iglesia, como lo notaron San Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo y Ecumenio. A solo Pedro apareció Cristo visiblemente, y le dijo aquellas palabras: «Voy a Roma para ser crucificado otra vez.» Finalmente, toda la Iglesia Católica ha reconocido siempre y reconoce a Pedro por Pastor único y universal, y ha reverenciado por primaciales y patriarcales las Iglesias que fundó San Pedro, que son la romana, alejandrina y antioqueña. Porque aunque la Iglesia alejandrina no la fundó San Pedro por su misma persona, la fundó por la de su discípulo San Marcos, Evangelista, el cual la edificó con título de San Pedro; de manera que aun viviendo el glorioso Apóstol tuvo Iglesia dedicada al Señor en su nombre, como lo escribe el cardenal Pedro Damiano en un sermón de San Marcos, Evangelista.

También la Santa Iglesia celebra la fiesta de sola la Cátedra de San Pedro, no celebrando la de los otros Apóstoles. Y antiguamente (como dice Atico, Obispo), en las letras que llamaban formadas, y eran como un símbolo patente de que usaban los cristianos católicos para conocerse, ayudarse y hospedarse cuando peregrinaban, después del nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ponían los fieles el nombre del príncipe de los Apóstoles, venerándole sobre todos y reconociendo en él el amor y liberalidad inestimable con que el Señor le hizo Pastor de Su rebaño, padre de su familia, maestro de su escuela, cabeza del cuerpo de Su Iglesia, capitán general de Su ejército, depositario y dispensador de Su tesoro, Portero del Cielo, Príncipe sobre todos los reyes y príncipes de la tierra, y principalísimo Ministro de Sus Merecimientos y de Su Sangre; que con estos y otros semejantes títulos le alaban y honran los santos doctores. Y el divino Dionisio Areogapita le llama suprema gloria y ornamento soberano, y pilar o estribo, o columna fortísima y antiquísima de todos los teólogos. Ha sido tan respetado el nombre de Pedro, que ninguno de sus sucesores ha osado en su asunción llamarse Pedro.

Escribió San Pedro dos epístolas canónicas de las cuales usa la Iglesia, y de lo que predicó en Roma escribió su Evangelio San Marcos, intérprete y discípulo suyo, el cual San Pedro aprobó y mandó que se leyese en las iglesias. Otros libros (como refiere Eusebio y Sofronio) se dice que escribió, como son el de sus Hechos, el Evangelio de Pedro, el de la Predicación, el Apocalipsis, y el del Juicio; pero todos estos son libros apócrifos, y no recibidos de la Iglesia; aunque Clemente Alejandrino y Orígenes alegan el libro de la Predicación de San Pedro, y Rufino hace mención del libro del Juicio.

Murió el bienaventurado San Pedro a los 29 de Junio del año del Señor de 69, y según Eusebio y San Jerónimo el decimocuarto del imperio de Nerón; aunque el Cardenal Baronio dice que fue el decimotercio, y a los veinte y cinco años de su Pontificado, después que entró la primera vez en Roma, y puso en ella su Cátedra Apostólica: al cual tiempo ninguno de sus legítimos sucesores ha llegado ni vivido tantos años en la Silla de San Pedro.

Sus milagros fueron innumerables, y las alabanzas grandes que de él dicen casi todos los santos doctores de la Iglesia, son tantas que no se pueden referir aquí. Supliquemos al Señor, por los merecimientos y oraciones de este gloriosísimo Apóstol y Pastor nuestro, que nos haga ovejas dignas de su rebaño y de tal pastor, para que oyendo su voz y obedeciendo a su doctrina, y siguiendo sus pisadas, merezcamos entrar en aquellos pastos eternos, donde el Príncipe de los Pastores, Jesucristo (cuyo Vicario fue Pedro), apacienta con Su vista los escogidos, y les da a beber en aquellas corrientes de vida perdurable y sin fin.

(P. Ribadeneira.)

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Junio, Día 30, Página 318.

Fue San Pablo pequeño de cuerpo, de rostro blanco; las cejas caídas, la nariz hermosa, corva y larga, la barba asimismo larga y muy poblada: se mostraban en ella y entre los cabellos de la cabeza algunas canas.



San Pablo, Apóstol y Mártir

Son tan grandes los merecimientos de los gloriosísimos príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, y tan inmensos los beneficios que como de sus principales maestros la Santa Iglesia ha recibido del Señor por Su mano, que para mayor reconocimiento de ellos no se contenta con juntar, como suele, a estos dos Apóstoles y celebrar su fiesta en el mismo día en que murieron, sino que para mayor solemnidad se ocupa el día de su martirio en celebrar y regocijar principalmente la festividad de San Pedro, y al día siguiente la de su bienaventurado compañero San Pablo, la cual instituyó (como dice Micrólogo) San Gregorio Magno, primero de este nombre, porque antes, como se saca del poeta Prudencio, solían los Pontífices romanos celebrar con gran solemnidad las fiestas de estos Apóstoles el mismo día de su martirio, la una en la iglesia de San Pedro y la segunda en la de San Pablo, cuya vida escribiremos aquí.

Fue San Pablo hebreo de nación, de la tribu de Benjamín; nació en la ciudad de Tarso (como el mismo Santo lo dice). Tuvo padres honrados y ricos, y de ellos fue enviado a Jerusalén, para que debajo de la disciplina y magisterio de Gamaliel, famoso letrado, fuese enseñado en la ley y ceremonias de Moisés; y él las aprendió con tanto estudio y fervor, que para mejor guardarlas y defenderlas, entendiendo que los discípulos de Cristo les eran contrarios, les comenzó a perseguir, y los pretendió desarraigar de la tierra.

Y no contentándose con haber procurado la muerte del glorioso protomártir San Esteban, y de guardar las capas de los que le apedreaban, para que lo pudiesen hacer más sueltamente y sin tirar él piedra por su mano, apedrearle por las manos de todos, para satisfacer a su saña y furor, y hartarse de la sangre de los cristianos, él mismo se ofreció al sumo sacerdote a perseguirlos, y con sus cartas y gente armada se partió para la ciudad de Damasco, para buscar, prender y traer aherrojados y encadenados a todos los que hallase, hombres y mujeres que creyesen en Cristo, y hacerlos infames y cruelmente morir. Pero en el mismo tiempo que él estaba tan fuera de sí e iba a Damasco, le apareció en el camino el Señor, y cegándole primero con Su Luz, le alumbró, y con Su Voz sonora y poderosa, como trueno, le asombró y derribó en el suelo, y le convirtió, y de lobo le hizo oveja, y de perseguidor defensor de Su Iglesia, y doctor de los gentiles, y vaso escogido, para que llevase Su Santo Nombre por el mundo, como se dijo en el día de su conversión.

Y habiendo estado algunos días en Damasco, y predicado a Jesucristo por verdadero Dios, y el Mesías prometido en las sinagogas de los judíos, con extraordinaria eficacia, vehemencia, admiración y estupor de todos los que le oían y veían la mudanza tan repentina y tan extraña en su persona, se fue a Arabia; y después de haber allí también predicado, se volvió a la ciudad de Damasco, convenciendo y confundiendo a los judíos que había en ella, y probándoles con razones y autoridades evidentes de la Sagrada Escritura que Jesucristo, a quien él antes perseguía, era el verdadero Salvador. Y aunque algunos de los judíos se convertían y abrazaban la verdad, los más eran tan obstinados que se cegaban con la misma luz y convertían en ponzoña la medicina: los cuales de tal manera se embravecieron contra San Pablo, que determinaron quitarle la vida y acabarle, y para poderlo hacer más a su salvo persuadieron a los gobernadores de la ciudad de Damasco que era hombre malvado, embaucador y revoltoso, para que le echasen mano, y en efecto lo pretendieron hacer, y cerraron las puertas de la ciudad para que no se pudiese escapar. Mas como el Señor le guardaba para mayores cosas, los otros discípulos de Cristo le descolgaron de noche por una ventana que caía a la parte del muro de la ciudad, metido en un serón, y queriéndose acompañar con los otros discípulos del Señor, ellos huían de él, como de enemigo cruel; porque aún no sabían que ya no lo era, sino discípulo (como ellos) de Cristo, y predicador de Su Evangelio, hasta que San Bernabé, que había estudiado en la misma escuela de Gamaliel y sido condiscípulo de San Pablo, y tenido amistad con él, le habló y trató, y sabiendo la misericordia que Dios había usado con él y cuán trocado estaba, le abrazó, y con grande regocijo y alegría le llevó a los otros Apóstoles. Y el mismo Santo les contó lo que le había acontecido en el camino de Damasco, y la manera con que Dios le había llamado, y convertido, y lo que después le había sucedido en la misma ciudad de Damasco, alabando todos al Señor por aquella gracia que con Su Mano poderosa había hecho a Su Iglesia, sacando agua viva de la dura peña, y de las tinieblas luz, y de un bravo y rabioso perseguidor un valeroso caudillo y esforzado capitán y defensor de la Iglesia.

No se puede explicar con pocas palabras ni fácilmente creer lo que este santísimo Apóstol trabajó y padeció en cultivar la viña del Señor. Las peregrinaciones que hizo, las tierras que anduvo, las ánimas que convirtió al Señor, y el modo con que las convirtió, que fue enseñándoles una doctrina aprendida del cielo, e inflamándoles con el fuego de su encendida caridad y con el ejemplo de sus admirables y divinas virtudes, y con una paciencia invencible con que sufría las persecuciones y encuentros de Satanás, y de sus ministros, que le acosaban y afligían; y con los milagros continuos y espantosos que Dios obraba por él, porque así como le había escogido como vaso precioso para llevar y derramar por todo el mundo el ungüento oloroso y saludable de Su Santísimo Nombre, y testificar a los reyes y príncipes, a los judíos y gentiles, que era el Salvador del linaje humano; así fue necesario que le adornase con su espíritu soberano, para que con él pudiese cumplir con tan alto oficio y resistir a todos los asaltos y dificultades que se le ponían delante. Porque primeramente, hablando de las regiones que este sol divino alumbró con la luz del Evangelio, él mismo dice de sí que desde Jerusalén hasta la Esclavonia y Dalmacia, y todas las tierras circunvecinas, había predicado el Evangelio, y le había predicado en las partes donde antes no había sido oído ni otro había predicado. Porque no edificó el glorioso apóstol sobre fundamento ajeno, antes sobre los cimientos que él echó, otros edificaron. Y en estas peregrinaciones de San Pablo es mucho para notar que algunas veces el Señor le revelaba adónde había de ir, y a quiénes había de predicar; y otras, queriendo él predicar, se lo estorbaba, como aconteció una vez, cuando (como escribe San Lucas), el Espíritu Santo le prohibió que predicase en Asia la Menor; y otra, cuando en sueños le apareció un hombre de la provincia de Macedonia, que por ventura era el Ángel que la tenía a cargo, y le rogaba que pasase allá y que los ayudase; y luego se puso San Pablo en camino para Macedonia, teniendo por cierto que el Señor le llamaba, y con aquella revelación le mandaba que predicase en Macedonia el Evangelio; porque los juicios de Dios son secretísimos e incomprensibles, y aunque no los entendamos los debemos reverenciar, y no carecen de razón, la cual en este hecho pudo ser querer el Señor alumbrar a los de Macedonia por la predicación de Su Apóstol, porque en aquella sazón estaban dispuestos para recibirla, y los de Asia por ventura no lo estaban, y fuera para mayor condenación suya, si no obedecieran a la doctrina del Evangelio que se les predicaba. Y también pudo ser la causa de esto el querer el Señor que por entonces el Apóstol sembrase en otra tierra, donde había de coger más fruto y aguardar que la de la provincia de Asia estuviese más dispuesta para recibir el riego del cielo, que sobre ella había de derramar a su tiempo el Evangelista San Juan, que fue el Maestro y Príncipe de todas las iglesias de Asia.

En todos los lugares en que anduvo el Apóstol ganó innumerables almas para el Señor, por la fuerza de su predicación y por la admirable y divina doctrina que les enseñaba, la cual no había aprendido de los hombres, ni tenido otro maestro de Su Evangelio, sino el que solo lo es, y le había escogido para tan alto ministerio, y se lo había revelado. Había subido al tercer cielo, donde oyó aquellas palabras misteriosas e inefables que con lengua humana no se pueden explicar; bebió de la misma Luz, se abrasó en aquel Fuego Divino, y quedó tan lleno, tan resplandeciente, tan encendido, que no podía dejar de regar y bañar la tierra con sus corrientes, y alumbrarla con sus resplandores, e inflamarla con sus ardores, y con las llamas que salían de su pecho. Y si es verdad (como lo afirman San Agustín, San Anselmo, Santo Tomas y otros graves autores), que San Pablo en aquel rapto vio la Esencia Divina (dado que otros son de contrario parecer), y aunque por poco tiempo fue bienaventurado, como creemos, quedó el alma de este bienaventurado Apóstol. ¿Cuán rica de tesoros? ¿Cuán adornada de dones? ¿Cuán ilustrada de la Ciencia del cielo? Y ¿cuán abrasada de Amor Divino, y por toda la vida, con qué rastros y memorias de lo que había pasado por él? Y así San Pablo en todo lo que enseñó y escribió fue como intérprete y comentador del Evangelio, porque los evangelistas cuentan la vida y muerte del Señor con un estilo llano e histórico, sin encarecer la grandeza de los misterios; mas sobre este canto llano envió Dios a San Pablo, como cantor divino, que echase el contrapunto, descubriendo la caridad de Dios, dándonos a Su Hijo benditísimo y las riquezas y tesoros que están escondidos en Cristo.

Y por esto dice San Juan Crisóstomo, cuando estaban los otros Apóstoles y discípulos del Señor con San Pablo, siempre le daban el lugar de predicar, porque él era la boca de todos, y que por esto tenían los gentiles a Pablo por Mercurio, y a Bernabé por Júpiter; porque Pablo era el que hablaba por todos, y con su elocuencia los admiraba y alumbraba. Esta elocuencia de San Pablo fue tan estupenda, que dice el mismo San Crisóstomo, hablando de ella, estas palabras: «No nos espanta a nosotros tanto el trueno como la voz de Pablo espantaba a los demonios; porque si ellos huían de sus vestidos, cuanto más huirían de su voz, la cual fue la que los venció y cautivó, la que limpió el mundo, la que sanó las enfermedades, desechó la maldad y restituyó la verdad, que estaba desterrada, y tuvo siempre a Cristo sobre sí, porque el Señor siempre le acompañó, y do quiera que anduvo fue con él, y así como Dios está sentado sobre los querubines, así lo estuvo sobre la lengua de Pablo, por la cual habló Cristo tantos y tan inefables misterios, y mayores que no por sí mismo: porque así como obró mayores cosas por sus discípulos que por sí mismo, así también las habló, y el Espíritu Santo pronunció tantos oráculos, tan admirables y divinos.» Todo esto es de San Juan Crisóstomo.

Y San Jerónimo, hablando de esta misma elocuencia de San Pablo, dice que cuando leía sus epístolas le parecía que oía truenos y no palabras, y que eran como relámpagos y rayos. Y en otra parte dice estas palabras: «El vaso de elección, la trompeta del Evangelio, el bramido de nuestro león, el trueno de las gentes, el río de la elocuencia cristiana, nos declara el misterio escondido a los siglos pasados y el profundo abismo de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios, de tal manera que más parece estar absorto y suspenso en la consideración de ella que poder hablar y manifestar lo que tenía en su pecho.» Hasta aquí son palabras de San Jerónimo, declarando la ciencia y elocuencia de San Pablo, y aquel afecto interior admirable que tenía dentro y no cabía en sí, sino que rebosaba y se comunicaba con tan gran fuerza a los demás, que trocaba los corazones y los trasformaba en Dios.

Porque no consiste la elocuencia de San Pablo en palabras elegantes y exquisitas, ni en floreo y retórica humana, que deleita el oído y deja seco el corazón de los oyentes, y vano el del orador, sino (como él mismo dice) sus pláticas y sus sermones no eran adornados de palabras afectadas y compuestas para persuadir, sino de fuerza de Espíritu de Dios, que se servía de ellas como de saetas agudas para penetrar las almas y compungirlas, y atraerlas al conocimiento y amor de la verdad. Pero no se contentaba el apóstol con dar pasto a las almas de sus ovejas y repartir el pan de la doctrina evangélica a los hambrientos y necesitados; pero también tuvo cuidado de proveer a los cuerpos y de socorrer a los menesterosos para que no pereciesen de hambre corporal. Porque habiendo sucedido, imperando Claudio, una hambre grandísima y universal (la cual antes que sucediese Agabo, profeta y discípulo del Señor, había anunciado), y padeciendo los nuevos fieles que en Jerusalén se habían convertido extrema necesidad, el glorioso Apóstol, movido de su caridad, procuró que los otros cristianos que en diversas partes estaban esparcidos los socorriesen, contribuyendo cada uno con lo que podía; y juntando en uno todas aquellas limosnas, él mismo las llevó a Jerusalén en compañía de San Bernabé. Asimismo procuró, no sólo enseñar la doctrina que Dios le había revelado, mas también que se conservase pura y sincera, y que en todo se reconociese la virtud y eficacia de la gracia de Cristo, y que por Sus Merecimientos, con las obras de la gracia evangélica, nos salvamos sin tener necesidad de guardar la ley de Moisés, ni la circuncisión y las otras ceremonias de los judíos, como algunos de los nuevamente convertidos pretendían. Para lo cual, como se hubiese levantado una cuestión sobre esta materia, con gran porfía entre los judíos y los gentiles, para decidirla y resolverla con autoridad de San Pedro y de los otros Apóstoles fue otra vez San Pablo con su compañero San Bernabé a Jerusalén, donde en un Concilio en que presidió San Pedro se determinó aquella cuestión de la manera que dijimos en su vida. Mas volviendo a San Pablo, no solamente alumbraba el Santo Apóstol las gentes con la luz de su doctrina, y las inflamaba y movía con las palabras abrasadas de su divina elocuencia; pero también las atraía y convertía a la fe de Cristo, con los muchos milagros que el mismo Señor por él obraba. Entre los cuales fue uno, que estando el Apóstol en Chipre, en la ciudad de Pafo, halló un falso profeta y mago, de nación judío, llamado Bariesu, que era grande lazo del demonio, y estorbo para que un caballero romano, principal y prudente, que era procónsul, y se llamaba Sergio Paulo, no recibiese la fe. El apóstol, lleno de Espíritu Santo, mirándole con rostro grave y severo, le dijo: «¡Oh, hijo del demonio!, lleno de malicia y engaño, y enemigo de toda justicia, ¿hasta cuándo has de ser tropiezo y embarazo de los caminos derechos del Señor? Pues para castigo de esta tu maldad la mano del Señor viene sobre ti, y serás ciego, sin poder ver el sol por algún tiempo.» Y con estas palabras de repente allí luego cegó el mago, y el procónsul Paulo se convirtió, y por haber sido el primer caballero romano y persona tan ilustre y de tan alta dignidad que había recibido la fe de Cristo, San Pablo tomó su nombre, como dicen San Jerónimo y San Agustín, y de Saulo se llamó Paulo; y San Lucas, en el libro de los Hechos apostólicos, que hasta este milagro siempre le había llamado Saulo, de allí adelante le nombra Paulo: aunque Orígenes dice que desde su nacimiento tuvo los dos nombres de Saulo y de Paulo, y otros autores dicen que trocó en el Bautismo el nombre, y no falta quien diga que lo mismo es en latín Paulo, que Saulo en hebreo, y que tomó el apóstol el nombre de Paulo por ser más usado entre los romanos y gentiles, con quien había de tratar. Pero San Juan Crisóstomo es de parecer que Dios le mudó el nombre, como a Simón, llamándole Pedro, y de esta opinión son Teodoreto, Teofilacto y Ecumernio.

Otro milagro fue, que en la ciudad de Listris sanó a un hombre que era cojo de su nacimiento y nunca había andado, ni tenido uso de sus pies, por aquel milagro, asombrado el pueblo, le quisieron adorar, y sacrificarle toros, y ofrecerle coronas, aunque poco después le apedrearon. En la ciudad asimismo de Filipo, en Macedonia, dice San Lucas que sanó el Apóstol una moza que tenía el espíritu pitónico, y adivinaba y descubría por arte del demonio las cosas hurtadas y ocultas, y por vía de encantamiento traía embaucada la gente y daba mucha ganancia a sus amos. La cual, o porque Dios se lo hacía decir para que sus siervos fuesen conocidos, o porque el demonio pretendía estorbarles su oración y hacerlos caer en alguna gloria vana, muchas veces iba tras San Pablo y sus compañeros, y decía a gritos: «Estos hombres son siervos de Dios excelso, los cuales os muestran el camino de la salud.» Y el Apóstol San Pablo, compadeciéndose de ella, se volvió una vez y dijo al demonio: «En nombre de Jesucristo, te mando que salgas de esta mujer,» no queriendo ser loado de él, y luego salió el demonio, y la moza quedó libre. Pero sus amos, viendo que habían perdido lo que con aquel mal espíritu solían ganar, movieron contra ellos toda la ciudad, y los azotaron y maltrataron gravemente, y los echaron en la cárcel y aprisionaron. Mas estando orando aquella noche tembló la cárcel y se abrieron las puertas, y se manifestó en ellos la virtud de Dios, y al día siguiente los libraron.

En la ciudad de Traade, predicando una vez San Pablo, y con el fervor de su espíritu alargando la plática hasta la media noche, un mozo, llamado Eutiquio, que la estaba oyendo desde una ventana alta, vencido del sueño cayó de ella en el suelo, y luego murió, y el apóstol abrazándole le restituyó la vida con grande admiración y consuelo de los circunstantes. Finalmente, dice el evangelista San Lucas, hablando de los milagros de San Pablo, que no eran comunes y ordinarios, sino extraordinarios y exquisitos, y que con poner sus lienzos y pañuelos más viles sobre los enfermos y endemoniados todos quedaba libres de sus dolencias y de los demonios que los atormentaban; y el mismo Apóstol, hablando con los de Corinto, dice: «Las señales de mi apostolado ha obrado Dios sobre vosotros, en toda paciencia, en milagros y prodigios, y en obras maravillosas.». Y no hay duda sino que fueron innumerables, admirables y muy provechosos los milagros que hizo Dios por San Pablo, para confirmación de Su Evangelio y conversión del mundo.

Pero el mayor de todos a mi ver, y el mayor testimonio de la doctrina que predicaba, era la vida que vivía. La cual no era vida de hombre mortal, sino de hombre venido del cielo: era vida de hombre en quien vivía y por quien hablaba y obraba Dios, y que con verdad pudo decir: «Vivo yo, más ya no yo, sino Cristo vive en mí.» Y: «Mi vida es Cristo, y el morir es ganancia para mí.» Y: «Nuestra vida y nuestra conversación está en el cielo.» Y: «¿Queréis prueba para saber cierto que Cristo habla en mí?» De manera que San Pablo era un retrato de Cristo, y no tanto vivía vida natural por el alma, que era forma de su cuerpo y le daba ser, cuanto vida sobrenatural y divina, por el aliento y espíritu que le comunicaba la gracia del Señor. ¿Qué trasformado estaba en Cristo el que decía que no sabía otra cosa sino a Cristo, y Cristo crucificado? ¿El que decía: «No permita Dios que yo me gloríe sino en la cruz de mi Señor Jesucristo, por el cual el mundo me aborrece y yo aborrezco al mundo?» ¿El que todas las cosas transitorias de este mundo pisaba y las tenía por basura, por ganar, abrazar y poseer a Cristo? ¿Qué fuego de amor divino, y que incendio padecía el que desafiaba a todas las adversidades, y con tanto fervor decía: «¿Quién nos apartará de la caridad de Cristo? ¿Por ventura la tribulación o la aflicción, la hambre, la desnudez, el peligro, la persecución, el cuchillo? Yo soy cierto que no me podrá apartar de la caridad de Dios, que manifestó en su Hijo Jesucristo, Señor nuestro, ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las potestades del cielo, ni los bienes presentes, ni los venideros, ni la fortaleza, ni la alteza, ni la profundidad, ni otra cosa alguna que esté en el cielo ni en la tierra?»

¿Con qué copia e ímpetu se derivaba este río de fuego de amor en los prójimos y en todo el mundo, pues siendo tan grande como es, no henchía el corazón de Pablo y mil mundos fueran pocos para él? ¿Qué caridad tenía para con sus enemigos el que, hablando de los judíos, que tanto le perseguían y procuraban desarraigar de la tierra, dice que deseaba ser anatema y apartado de Cristo por ellos, a trueque de librarlos de la ira del Señor? ¿El que enfermaba con los enfermos, y se afligía con los afligidos, y se consumía y abrasaba de dolor cuando alguno se escandalizaba y caía? ¿El que para todos era padre y madre, y ama amorosa, que con la leche de su dulcísima doctrina sustentaba como a niños tiernos a los nuevamente convertidos? ¿Qué desinteresado era el que no buscaba las haciendas, sino las almas de los que trataba? ¿El que por no serles cargoso ni manchar la gloria del Evangelio que predicaba, se sustentaba con el trabajo de sus manos y con su sudor, y habiéndose empleado todo el día en la salud de los prójimos gastaba las noches en hacer riendas de cuero para tener un pedazo de pan que comer? No porque no pudiese tomar lo necesario de aquellos a quienes predicaba, que sí podía, y ellos se lo debían, y los Apóstoles así lo usaban; mas porque los judíos, a quienes los otros predicaban, tenían por costumbre proveer a sus padres y maestros espirituales de lo que habían menester para su sustento, y no se escandalizaban que lo recibiesen, como se escandalizaran los gentiles a quienes San Pablo predicaba, si él lo tomara de ellos con menoscabo del Evangelio.

Pues ¿qué diré de las otras virtudes admirables de este glorioso Apóstol? ¡Qué fe tan viva, qué esperanza tan firme, qué templanza tan excelente, qué justicia tan igual, qué prudencia tan divina, qué fortaleza y constancia tan acabada y perfecta! ¡Qué penitencia y rigor en castigar y domar su cuerpo, para no aprovechar a otros con daño suyo y quedar seco, regando y fertilizando los campos ajenos! Basta oír las palabras que él mismo dice de sí, que son éstas: «Si son ministros de Cristo, más lo soy yo, ejercitado en muchos trabajos, encarcelado más veces que no ellos, lastimado con llagas sobremanera, y muchas veces en peligro de la muerte. Cinco veces he sido azotado de los judíos, y recibido en mi cuerpo cada vez treinta y nueve golpes, según su ley. Tres veces he sido herido con varas, y una vez apedreado. Tres veces he dado al través y padecido naufragio. Una noche y un día he estado en el profundo del mar, peregrinando toda la vida, pasando peligros de ríos, de ladrones, de judíos, de gentiles, en la ciudad y en la soledad, en el mar y en la tierra, y de los falsos hermanos, cansado por los trabajos y fatigado por las angustias, y consumido de las vigilias, de hambre y sed, de los continuos ayunos, del frio y desnudez.»

Y en otro lugar: «Hasta la hora presente estamos muertos de hambre y sed, y andamos desnudos y abofeteados, sin tener morada cierta en que nos acoger, trabajando con nuestras manos. Nos maldicen, y nosotros bendecimos: padecemos persecución, y estamos fuertes, y la sufrimos con alegría: somos blasfemados, y nosotros rogamos por los que nos blasfeman. Finalmente, somos tenidos y tratados como el desecho del mundo, como un poco de polvo, horrura y basura de la tierra, y como hombres que los gentiles sacrifican por todo el pueblo, para aplacar la ira de sus falsos dioses.»

Pero ¿quién dignamente podrá referir aquella profundísima humildad, raíz y fundamento de todas las virtudes que tuvo este bienaventurado apóstol? El cual, con ser tan excelente y aventajado sobre todos, que cuando se dice Apóstol absolutamente se entiende por eminencia el Apóstol San Pablo; él mismo dice de sí: «Yo soy el mínimo de todos los Apóstoles e indigno de ser llamado apóstol, porque perseguía la Iglesia de Dios» Y en otro lugar dice: «Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el mayor. Mas Dios me ha perdonado para mostrar Su longanimidad y paciencia, y con este ejemplo mover a los creyentes que esperasen en Su Divina Misericordia, y de esta manera alcancen la vida eterna.»

Y para magnificar más la sobreabundante misericordia de Dios, dice que había sido blasfemo y perseguidor, y vaso de ira y de contumelia. Pero lo que más se debe considerar es, para conservar en esta humildad tan necesaria e importante a su apóstol, y preservarle de la vanidad y complacimiento de sí, que le podían causar tantas y tan grandes revelaciones divinas, y la predicación del Evangelio con tanto fruto y aplauso, y los milagros sin número que obraba, Nuestro Señor permitía que el estímulo de la carne le afligiese y apretase, y le hiciese conocer que era hombre y necesitado del favor de Dios, y que le pidiese tres veces que le librase de él y no lo alcanzase, porque así le convenía para conocer su flaqueza y ser fuerte en Dios, y no en sí. Porque hacía Dios con Su apóstol lo que los romanos con el que triunfaba, y que saliendo el senado romano y toda la ciudad con gran pompa y aparato a recibirle, y yendo los cautivos delante, y los soldados y ejército victorioso acompañándole, y todo el pueblo aclamando al triunfador, iba también detrás un esclavo, que entre las alabanzas y voces de la gente decía: «Acuérdate que eres hombre;» para que el que así triunfaba con aquel aviso conociese lo que era, y no se desvaneciese con las voces, alabanzas y aclamaciones que oía de los otros en su loor. Esto mismo hizo el Señor con San Pablo, cuando con tanta gloria triunfaba del mundo, dándole como esclavo el estímulo de la carne, que algunos Santos dicen, que era lo que suena, para que le dijese: «Acuérdate que eres hombre;» porque no hay cosa que más nos haga conocer nuestra flaqueza y miseria que ésta. Y otros dicen que eran las enfermedades y persecuciones que el Santo Apóstol padecía, que fueron tales y tantas, especialmente las de los judíos, y sufridas con tan espantosa paciencia y alegría, que ponen admiración. Porque como si el Apóstol fuera un enemigo común y cruel de todo el linaje humano, así los judíos le perseguían en todos los lugares, tiempos y ocasiones, procurando darle la muerte con grande ahínco y vehemencia, como si en ella estuviera la conservación de la vida de cada uno de ellos.

Y de tal manera alguna vez le apretaron, que el mismo Apóstol dice de sí estas palabras: «Queremos, hermanos, que sepáis la tribulación grande que hemos tenido en Asia, la cual nos ha afligido sobremanera, y sobre nuestras fuerzas, y nos ha angustiado tanto, que nos daba fastidio la misma vida: todas las cosas pronosticaban y amenazaban la muerte, y como ya desahuciados y sin remedio, nosotros mismos la esperábamos, permitiéndolo Dios para que aprendiésemos a no confiar en nos, sino en aquel Señor que resucita los muertos, y con su poderoso brazo nos libró y libra de tan grandes peligros.» Y en otro lugar dice: «Yo me gozo en mis enfermedades, en las contumelias, necesidades, persecuciones y aflicciones que padezco por Cristo; porque cuanto en mí soy más flaco y abatido, tanto soy más fuerte y poderoso en el Señor.»

Habiendo Nuestro Señor librado muchas veces a Su Apóstol de manos de los judíos quiso que una vez cayese en ellas para ser más glorificado, y para que tuviese ocasión de ir preso y encadenado a Roma, y manifestar en aquella ciudad, que era cabeza del mundo, y en el mismo palacio del emperador, que señoreaba, el Nombre de Cristo, que por este medio quería triunfar y sujetar la grandeza y majestad del imperio romano debajo de los pies de un pobre oficial y siervo Suyo, acusado, aprisionado y tenido por el desecho del mundo; y fue de esta manera. Iba el apóstol a Jerusalén, y llegado a Cesarea, el profeta Agabo, tomando el cíngulo de San Pablo, se ató con él los pies y las manos, y dijo con instinto del Espíritu Santo: «De esta manera ataron los judíos en Jerusalén al dueño de este cíngulo, y le entregarán en manos de gentiles.» Y como oyendo esto los otros discípulos rogasen al apóstol que se librase de aquel peligro y no pasase a Jerusalén, él con grande ánimo y constancia les dijo: «¿Qué hacéis? ¿Por qué lloráis y me afligís? Yo no solamente estoy aparejado para ser atado, sino para morir en Jerusalén por el Nombre de mi Señor Jesucristo.» Fue a Jerusalén, porque no se lo pudieron estorbar con ruegos y lágrimas. Entró en el Templo a hacer oración. Le vieron algunos judíos venidos de Asia, y alborotando el pueblo echaron mano de él, y con grandes voces y alaridos le arrastraron y sacaron fuera del Templo, dándole muchos golpes, y sin duda le acabaran si el tribuno o el maestre de campo Claudio Lisias, temiendo alguna sedición, no acudiera luego con su gente de guerra y se les quitara de las manos.

Le envió Lisias á Félix, presidente de Judea, con relación de lo que pasaba; y Félix, después de haber oído las quejas y cargos que los judíos le hacían, y sus descargos, como no pudo sacar el interés que esperaba de San Pablo, por dar contento a los judíos, al cabo de dos años que le tuvo le dejó en la cárcel, remitiendo su causa a Festo, que en el gobierno de Judea le había sucedido; porque el Señor estimó en más el provecho que Su Apóstol y vaso escogido había de recibir en su alma aquellos años de prisión, que el gran fruto que, estando libre, en los otros pudiera hacer. Festo, por congraciarse con los mismos judíos (los cuales querían matar a San Pablo en el camino), le convidó a ir a Jerusalén, para que allí más despacio se viese y examinase su negocio; mas el apóstol, entendiendo las asechanzas que le tenían aparejadas, y animado con una revelación que el Señor le había hecho, en la cual le dijo: «Seas constante, porque así como has dado testimonio de Mí en Jerusalén, así es necesario que le des en Roma.»

Apeló al tribunal de César, y fue enviado en una nave con un centurión y muchos soldados al mismo emperador, el segundo año de su imperio, como dice Eusebio, a los veinte y cinco de la Ascensión, como escribe San Jerónimo, mandando a los acusadores que pareciesen en Roma, y delante del César siguiesen su causa.

La navegación fue muy trabajosa y peligrosa, y todos se tuvieron por perdidos, y sin duda se perdieran, si el Señor, por las oraciones de Su Apóstol, no los salvara, a quien envió un Ángel, certificándole que no padecería nadie, y que Dios les daba las vidas de todos los que estaban con él. Finalmente, pasando una terribilísima tempestad por muchos días, y habiendo estado catorce días sin comer, perdiéndose la nave en que iban, se salvaron todas las personas, que eran doscientas y sesenta y seis, y por los merecimientos y oraciones del Apóstol dieron en la isla de Malta, donde fueron acogidos de aquellos isleños y bárbaros, que por salir la gente mojada de la mar, y ser tiempo lluvioso y frio, encendieron lumbre para abrigarlos. Y como el Apóstol tomase algunos sarmientos para cebar el fuego, una víbora, que estaba entre ellos, sintiendo el calor, saltó fuera, y asió la mano de Pablo, y quedó colgada de ella. Los bárbaros vieron esto, y unos a otros decían: «Sin duda que éste debe de ser algún homicida y mal hombre; pues habiendo salido con tanto trabajo de la mar, sus pecados le persiguen (porque como hombres ciegos no sabían que no siempre las penas que da Dios en esta vida son castigo de culpas, ni todas las culpas son castigadas acá, y que Nuestro Señor muchas veces da bienes temporales a los malos, y males a los buenos en este mundo porque así conviene a la disposición de Su Divina Providencia.)» Mas el apóstol, sacudiendo la víbora, la echó en el fuego sin lesión alguna. Y como los bárbaros estuviesen atentos y viesen que no se hinchaba, ni caía, ni moría, ni había recibido daño alguno, comenzaron con otro nuevo y mayor pasmo a decir que aquel no era hombre, sino Dios. Con este milagro, y con haber sanado San Pablo al padre de Publio, señor de aquella isla, que estaba enfermo y fatigado con calenturas y otras enfermedades, le trajeron todos los enfermos de la isla, a los cuales curó y dio salud.

Después que el apóstol estuvo en la isla de Malta, y en ella le sucedió lo que hemos referido de la víbora, para memoria de cosa tan señalada, y mayor gloria del mismo Apóstol, ha sido Dios servido que las serpientes de aquella isla no sean ponzoñosas ni hagan daño. De allí siguió el Apóstol su navegación por Zaragoza de Sicilia, por Rijoles de Calabria, por Puzol de Nápoles hasta llegar a Roma, saliéndole a recibir al camino los cristianos que ya había en ella, y abrazándole y reverenciándole como a Apóstol de Jesucristo, y encadenado por Su Amor.

Entró en Roma San Pablo, según el Cardenal Baronio, a los 59 años del Señor, y en el tercero del imperio de Nerón. Estuvo preso dos años con un soldado de guarda, en una casilla que hoy día se muestra en la iglesia de Santa María in vía Lata, que es título de cardenal diácono, donde se dice por tradición que moró San Pablo. En el espacio de estos dos años tuvo muchas disputas y reyertas con los judíos, de los cuales fue acusado y perseguido bravamente. Se examinó su causa delante del mismo emperador, y del senado, y de los pontífices, por ser causa de religión; y porque le vieron tan apretado y acosado, teniendo por cierto que darían sentencia de muerte contra él, muchos de los que le habían acompañado le desampararon. San Lucas acaba la historia de la peregrinación de San Pablo, y el libro de los Hechos apostólicos, en los dos años de la prisión que tuvo en Roma San Pablo, al cual consoló Dios y le visitó, esforzó y libró de la boca del león, que así llama el mismo San Pablo a Nerón, para que acabase el ministerio de la predicación evangélica, que el mismo Señor le había encomendado.

Teniendo ya al cabo de los dos años libertad, y juntándose con el príncipe de los Apóstoles San Pedro, no se puede fácilmente creer el progreso que con dos caudillos tan esforzados y valerosos hizo nuestra religión, y la gente que, despedidas las tinieblas de su ceguedad e idolatría, recibió en Roma la luz del Evangelio. Mas porque San Pablo había sido escogido para llevar el nombre del Señor por el mundo, y manifestar a los gentiles el misterio de nuestra Redención, no se detuvo mucho en Roma, antes (como lo dice Metafrastes y otros autores) fue por Italia y Francia, sembrando la semilla y doctrina del Cielo, y llegó a España, y predicó en ella, y hay rastros hoy día y argumentos no pequeños de ellos; porque en Narbona, que es en la provincia de Languedoc, en Francia, tienen a Paulo el procónsul, que convirtió San Pablo, por su primer Obispo, y dicen haberle dejado allí el mismo Apóstol. Y en Tortosa, en España, se celebra fiesta a San Rufo, uno de los hijos de Simón Cirineo, el que ayudó a llevar la cruz a Cristo, y le tiene aquella ciudad por su prelado, afirmando haberle traído San Pablo, cuando vino a España, donde se convirtió el divino Hieroteo, nuestro español, a quien tanto alaba y ensalza el gran Dionisio Areopagita. Y en la historia de los Santos Mártires Facundo y Primitivo, que fueron españoles, se dice que preguntándoles el juez quién les había enseñado aquella doctrina, respondieron que San Pablo, Apóstol, no porque la hubiesen oído de él mismo (que no le alcanzaron a ver), sino de los que la habían aprendido de San Pablo. Y aun añade Metafrastes que, andando el Apóstol predicando por España con gran fruto, una mujer principal y rica, movida de la fama del Apóstol, deseó mucho verle y oír sus palabras, y que una vez con particular instinto de Dios fue a la plaza y le vio, y pareciéndole hombre blando y de santas costumbres, persuadió a su marido, llamado Probo, que le hospedase en su casa, y así lo hizo; y estando en ella vio en la frente de San Pablo escritas con letras de oro estas palabras: «Paulo, predicador de Cristo;» y movida con esta vista se arrojó a sus pies, y se convirtió, y bautizó la primera, y se llamó Xantipe, y tras ella su marido y los demás.

No sabemos si el Apóstol, de España pasó a África, ni si después que vino de Jerusalén a Roma volvió más a las partes de Oriente. De la caridad de San Pablo se puede presumir que no dejó cosa por hacer que fuese de trabajo suyo, gloria de Cristo y bien de las almas. Mas cuando él se despidió de los Obispos, Presbíteros y cabezas de la iglesia de Éfeso, claramente les dijo que no le verían más; y así se despidieron de él con grandes lágrimas y sollozos, como de hombre que no habían de ver más su cara. Lo que se entiende es que, habiendo gastado el Apóstol ocho años (después que en Roma fue dado por libre) en la predicación del Evangelio, y peregrinado por las provincias que hemos dicho, alumbrándoles con la luz y doctrina del cielo, volvió a Roma a los doce del imperio de Nerón, del cual fue mandado prender juntamente con el Apóstol San Pedro, por las causas que dijimos en su vida: las cuales no hay para qué repetir, ni el modo con que estos Apóstoles fueron sacados de la cárcel, y se despidieron el uno del otro, y finalmente dieron la vida por Cristo. Sólo quiero añadir lo que es propio del Santo Apóstol Pablo, cuya vida aquí escribimos.

Llevaban al suplicio al glorioso Apóstol con grande acompañamiento y estruendo. Llegado a la puerta de la ciudad, vio a una señora nobilísima, llamada Plautila, muy triste y llorosa: le pidió un velo para cubrir los ojos (como era costumbre, a los que cortaban la cabeza), prometiéndole que se le volvería, y ella se le dio con gran voluntad. En el mismo camino se convirtieron tres soldados de los que le llevaban, a la fe de Cristo, que se llamaban Longino, Acesto y Megisto, y fueron mártires, y la Santa Iglesia celebra su memoria a 2 de julio. El lugar donde le degollaron fue el que ahora se llama Las Tres Fontanas, donde después los gentiles hicieron carnicería de los cristianos, y mataron a San Zenón y a diez mil y doscientos y tres soldados, sus compañeros. Allí se puso en oración sosegada y fervorosa, y con grande alegría y júbilo de su corazón tendió el cuello al cuchillo. Pero fue cosa maravillosa (como dice San Crisóstomo) que de la cabeza cortada no salió sangre, sino un río de leche. Y no es maravilla, porque, según dice San Ambrosio, el que como ama daba el pecho a los fieles y los criaba con la leche dulcísima y purísima de su doctrina, derramase en su muerte leche y no sangre, y la misma cabeza por tradición se sabe que dio tres saltos, y con ellos hizo tres fuentes, que hoy día se ven en Roma en el mismo lugar, y son reverenciadas con gran devoción de los cristianos. Y por estos milagros que sucedieron en el martirio de San Pablo, se convirtieron treinta y seis hombres a nuestra Santa religión, como lo afirma San Juan Crisóstomo; y el mismo Apóstol después apareció a Plautila, y le restituyó el velo y sudario que le había prestado para cubrir los ojos. El cuerpo de San Pablo tomó después una señora ilustrísima, llamada Lucina, y le enterró en una heredad suya, con gran reverencia y piedad.

Fue San Pablo pequeño de cuerpo y algo encorvado, de rostro blanco, y que en el semblante mostraba más años de los que tenia; la cabeza pequeña, los ojos graciosos, las cejas caídas hacia abajo, la nariz hermosa, corva y larga, la barba asimismo larga y muy poblada: se mostraban en ella y entre los cabellos de la cabeza algunas canas; su vista era venerable y provocaba a devoción, dando indicio de ser vaso de la Divina Gracia. San Crisóstomo escribe, que San Pablo vivió sesenta y ocho años, y murió a los sesenta y nueve del Señor, y a los trece del imperio de Nerón, según Baronio.

Las alabanzas y grandezas que todos los Santos antiguos y modernos dan a los príncipes de la Iglesia San Pedro y San Pablo son tantas y tan admirables, que no se pueden recoger en tan breve escritura como ésta, y por mucho que digan todo es poco respecto de lo que queda por decir. San Juan Crisóstomo, hablando con los mismos Apóstoles, dice: «Vosotros sois alabados del mismo Dios; Él os llama luz del mundo; sois más poderosos que los reyes, más valerosos que los soldados, más abastados que los ricos, más sabios que los filósofos, más elocuentes que los oradores, y no teniendo nada lo poseéis todo. Vosotros sois ejemplo de los mártires, corona de las vírgenes, regla de los casados, forma de los monjes, ornamento de los reyes, defensa de los cristianos, freno de los bárbaros, y martirio y confusión de los herejes.» Esto es de San Juan Crisóstomo.

Eusebio Emiseno llama a estos dos Apóstoles dos fuentes que salen del Trono de Dios como de un río impetuoso, para apagar la sed de las almas, dos médicos del cielo, dos saetas agudas, despedidas de la aljaba de Dios; dos trompetas que despiertan con su sonido a los hombres, y dos lámparas que dan luz a todo el mundo. San Gaudencio, Obispo de Bresa, dice que son lumbreras del mundo, columnas de la fe, fundadores de la Iglesia, maestros de la inocencia, y autores de la santidad, y que no se pueden alabar dignamente sino con las palabras del Salvador. San León, Papa, dice en un sermón (que es el primero que hizo de la festividad de estos dos Apóstoles) que aunque en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, respecto de los otros Santos, son como los dos ojos de la cara, y que sus merecimientos y virtudes exceden y son mayores que todo lo que de ellos se puede decir, no debemos pensar que entre los dos hay diferencia, porque fueron pares en la elección, y semejantes en el trabajo, y en el martirio iguales. Sería nunca acabar si quisiésemos aquí referir los dichos de los otros Santos en alabanza de estos dos príncipes de la Iglesia. Amémoslos como buenos hijos a sus padres, oigámoslos como discípulos a sus maestros, sigámoslos como ovejas a sus pastores, imitémoslos como a Santos, pidámosles socorro y favor como a bienaventurados, sabiendo que no nos le negarán.

Refiere Gregorio Turonense que un hombre devoto de San Pablo, estando gravemente tentado y desesperado, y teniendo ya el lazo puesto a la garganta para ahorcarse, no dejaba de invocar el nombre del Santo Apóstol, y decir: «San Pablo, ayúdame;» y que al tiempo que así le llamaba se le puso delante el demonio, como una sombra temerosa, dándole prisa para que acabase lo que tenía comenzado; pero que luego le apareció el mismo Apóstol San Pablo, con cuya vista el demonio desapareció, y el hombre miserable volvió en sí, y tuvo arrepentimiento de sus pecados, y con muchas lágrimas pidió perdón de ellos al Señor, e hizo gracias al Apóstol que le había librado de la muerte temporal y eterna. El Señor nos libre de ella por los merecimientos y oraciones de Su Santo Apóstol. Amén.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y
https://es.wikipedia.org/wiki/Tumba_de_San_Pedro
http://www.vatican.va/roman_curia/institutions_connected/uffscavi/documents/rc_ic_uffscavi_doc_gen-information_20090216_sp.html
https://es.wikipedia.org/wiki/Bas%C3%ADlica_de_San_Pablo_Extramuros

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