11 de Junio: San Bernabé, Apóstol y Mártir (†61)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Junio, Día 11, Página 222.



San Bernabé, Apóstol y Mártir

El glorioso apóstol San Bernabé, que también en la Escritura se llama José Levita, fue hebreo de nación, de la tribu de Leví. Nació en la isla de Chipre, en la cual sus padres tenían grandes y ricas posesiones, y asimismo en Jerusalén, a donde, siendo ya de suficiente edad, enviaron a José, su hijo, para que aprendiese virtud y letras, y él las aprendió de Gamaliel, varón doctísimo y muy ejercitado en la Ley de Moisés, y tuvo por condiscípulo a San Esteban Protomártir, y Saulo, que después se llamó Paulo, y fue apóstol y vaso escogido del Señor.

Desde niño fue José muy bien inclinado y modesto, y apartado de las travesuras que son propias de aquella edad. Juntaba con el estudio de las Divinas Letras ayunos y oraciones y limosnas; huía las conversaciones dañosas, allegándose a la gente virtuosa y devota, y frecuentando el Templo de Dios. Estas ocupaciones le ayudaron mucho para conservar la pureza de su alma tan entera, que perpetuamente fue virgen, para que el Señor ilustrase más su entendimiento y le infundiese la Luz de Su Divina Sabiduría, y así vino a ser muy docto de la Divina Escritura, y a tener de memoria muchos de los libros sagrados, y gran fama y crédito entre sus iguales. En este tiempo vino Cristo, nuestro Redentor, a Jerusalén, y luego causó en toda aquella ciudad grande admiración con Su doctrina y con los milagros tan nuevos y nunca oídos que obraba. Los cuales viendo Bernabé, y entendiendo por ellos que Cristo era el Mesías prometido en la Ley, vino a Él, y se echó a Sus pies, y le suplicó que le bendijese; y fue del Señor recibido amorosamente, y después contado en el número de los setenta y dos discípulos que le siguieron, y como en los Hechos apostólicos se dice, los apóstoles le mudaron el nombre de José, y le llamaron Bernabé, que quiere decir hijo de consolación; porque verdaderamente lo fue para todos los desconsolados, y por su gran santidad y apacible condición muy agradable a todos los que trataban con él.

Oyó un día predicar a Cristo, nuestro Señor, aquellas palabras: «Vended vuestras posesiones y dad limosna, y no tengáis riquezas, que se os pueden consumir y gastar; sino atesorad en el cielo, para que vuestro tesoro sea perpetuo, y no desfallezca.» Oídas estas palabras, luego Bernabé vendió todas sus heredades, porque ya eran muertos sus padres, y repartió el precio de ellas a los pobres, quedándose con una sola posesión rica para poderse sustentar, la cual, después de la subida de Cristo a los Cielos, también vendió, y el precio de ella puso a los pies de los apóstoles. Los demás fieles y discípulos del Señor se deshacían de sus haciendas, de manera que todas fuesen de todos, y a cada uno se proveyese conforme a su necesidad, y no daban el precio de ellas a los apóstoles en sus manos, sino le ponían a sus pies, por la reverencia y respeto grande que les tenían, y por dar a entender que hacían más los apóstoles en recibirle que ellos en ofrecerle. Pero aunque todos los fieles que tenían bienes raíces hacían esto como allí se dice, de San Bernabé se hace particular mención, porque como era más rica la heredad que vendió, fue cosa más notable el venderla y causó más admiración.

Con este espíritu de pobreza evangélica y menosprecio de todas las cosas de la tierra tuvo San Bernabé un deseo muy encendido de las del cielo, y herido del amor del Señor celaba el bien de las almas, y particularmente la de Saulo, con quien había estudiado y tenido amistad. Le hablaba muchas veces, le persuadía que dejase aquellos caminos torcidos que llevaba, que no fuese tan terco ni tan ciego que no viese la luz de medio día, y que no persiguiese a los inocentes, y lavase sus manos en la sangre de los que creían en Cristo; pero como el corazón de Saulo estaba empedernido, de todo lo que decía Bernabé sacaba ponzoña y se hacía más duro y obstinado, hasta que el Señor por Su piedad le rindió y le alumbró interiormente, quitándole primero la vista exterior de los ojos: y como estuviese ya trocado, y de lobo hecho pastor, y de hombre perdido vaso de elección, y todavía los apóstoles y discípulos de Cristo (no sabiendo esto) huyesen de él, como de enemigo, San Bernabé se llegó a él y le habló, entendiendo cuán trocado estaba, y lo que le había acontecido yendo a Damasco, y le abrazó y lo llevó a los apóstoles, y con gran regocijo y alegría fue admitido en su compañía.

San Bernabé fue enviado de los mismos apóstoles a Antioquía, donde con su doctrina y ejemplo hizo maravilloso fruto, y confirmó a los que ya se habían convertido, y convirtió a otros muchos a la fe de Jesucristo. Después por orden del Espíritu Santo se salió de Antioquía y anduvo por las ciudades y pueblos circunvecinos, comunicándoles la doctrina del cielo y la luz del Santo Evangelio, y llegó a Alejandría de Egipto, de allí por Jerusalén volvió a Antioquía, en donde aquellas nuevas plantas del Señor habían crecido en gran manera, y la multitud de los fieles se había aumentado mucho; y como él era varón apostólico y lleno de Espíritu Santo, recibió singular contentamiento, viendo el feliz progreso de nuestra santa religión. De allí fue a Tarso en busca de Saulo, y volvió con él a la misma ciudad de Antioquía, donde los dos estuvieron predicando por espacio de un año, con tan grande aprovechamiento de los fieles, que dejando el nombre de discípulos, y perdiendo el vano temor y respeto al mundo, se comenzaron a llamar cristianos, allí primero que en otra parte, confesando con este nombre que eran discípulos e imitadores de Jesucristo, nuestro Señor. Volvieron a Jerusalén, y allí se concertaron con San Pedro algunos otros apóstoles, para que ellos predicasen a los hebreos, y Saulo y Bernabé a los gentiles, porque el Espíritu Santo los había hecho apóstoles y escogidos para tan alto ministerio, y así se partieron para la isla de Chipre, y predicaron en Salamina y en Pafo, alumbrando aquellas gentes con su doctrina y milagros.

Pasaron a Panfilia y de allí tornaron a Antioquía, de donde dieron la vuelta otra vez a Jerusalén para repartir las limosnas, que los de nuevo convertidos les habían dado, entre los cristianos que vivían en aquella ciudad, y por la hambre que había sucedido aquellos años padecían mucha necesidad. Y no menos fueron para averiguar con los apóstoles una cuestión y diferencia que había nacido entre los que se convertían del judaísmo y de la gentilidad, sobre si era necesario que el gentil que se convertía se circuncidase para ser salvo, como algunos de los judíos convertidos lo afirmaban. Para decidir esta cuestión se juntaron en Jerusalén los apóstoles y determinaron que no era necesario el circuncidarse, ni guardar la ley de Moisés, sino que la Fe de Jesucristo, por el Santo bautismo recibida, con las buenas obras, bastaba para la salvación. Con esta resolución y decreto del concilio apostólico consolaron en Antioquía a los fieles, que estaban perplejos y afligidos.

En todos estos caminos padecieron los santos apóstoles, Pablo y Bernabé, grandes fatigas y persecuciones, trabajando por sus manos y comiendo de su sudor, por sembrar la doctrina evangélica y plantar a Cristo en los corazones de los hombres, y habiendo tenido entrañable concordia y unión entre sí, sin haber un sí ni un no entre los dos, quiso el Señor apartarlos para que cada uno por sí predicase y fructificase más; y para esto les ofreció una ocasión, con la cual cada uno de los dos echó por su camino y se dividió del otro. Tenía San Bernabé un primo hermano, llamado Juan, y por otro nombre Marcos, el cual era hijo de una tía suya, llamada María, en cuya casa se dice que Cristo celebró la cena con sus discípulos, y después de resucitado les apareció, y vino sobre ellos el Espíritu Santo, donde estaban todos en oración, cuando San Pedro, libre ya de la cárcel, vino a ellos, guiado por un Ángel. Este Marcos había andado algún tiempo en compañía de San Bernabé, su primo hermano, y San Pablo, ayudándolos y sirviéndolos en la predicación evangélica; estando en Panfilia por temor y flaqueza humana, los dejó y se volvió a su casa. Mas después, arrepentido, quiso volver a la misma compañía que había dejado, prometiendo enmienda en lo por venir, y más firmeza y constancia.

San Pablo, que era más severo, no le quería admitir, juzgando que para que él se conociese y los otros escarmentasen en su cabeza convenía usar de aquel rigor. San Bernabé era más blando y echaba por el camino de la benignidad y misericordia, queriendo que se perdonase a quien con tantas veras y lágrimas pedía perdón, para que entendamos que no se menoscaba la caridad entre los Santos por la diversidad de pareceres y juicios, ni nos escandalicemos por verlos en los hombres perfectos y amigos de Dios, y que el mismo Dios toma algunas veces estos medios para sacar grandes bienes de ellos, como lo hizo esta vez con San Pablo y San Bernabé, porque San Pablo, tomando en su compañía a Sila, se fue a Siria y Silicia, y Bernabé con Marcos navegó a la isla de Chipre, y se vio que la severidad de Pablo y la blandura de Bernabé fueron muy provechosas al mismo Marcos, porque después, siendo más perfecto y robusto, fue compañero de San Pablo, y el mismo apóstol le llamó su coadjutor, y estando en Roma le envió a llamar desde Oriente, como a ministro tan útil y provechoso en la obra del Señor.

En Chipre predicó San Bernabé con gran fruto de los moradores de aquella isla, y particularmente de los de la ciudad de Salamina (que después se llamó Constancia), en la cual se detuvo más tiempo. De allí vino a Italia, y estuvo en Roma (no antes, como mal algunos autores afirman, sino después que el príncipe de los apóstoles San Pedro hubo en ella predicado, y puesto en la silla apostólica, y convertido muchas almas de las tinieblas de la gentilidad a la luz del Santo Evangelio), y pasó a la provincia que ahora llamamos Lombardía; y a lo que se saca de graves escritores y firmes testimonios y piedras antiguas, y de la misma tradición de padres a hijos, que hasta hoy dura, San Bernabé fundó la iglesia de Milán, y estuvo en ella siete años, y fue el primer arzobispo de aquella insigne ciudad; y dejando a un discípulo suyo, llamado Anatalon, en su lugar, y visitando las ciudades de Bérgamo y de Bresa (en la cual aun dura su memoria, y se muestra el altar en que el santo apóstol decía Misa), tornó a Chipre y anduvo toda aquella isla, con grandes trabajos y sudores, alumbrándola con su doctrina, y dándole verdadero conocimiento de la bienaventuranza que está en Jesucristo, nuestro Señor. Venido a Salamina disputaba todos los sábados con los judíos, convenciéndolos con testimonios de las Divinas Letras que Jesucristo era el Mesías prometido de Dios. Tenían todos gran respeto y reverencia al Santo por su singular modestia y por la celestial honestidad que representaba.

Su rostro era muy venerable, su traje pobre, el vestido humilde, y como de hombre despreciador del mundo; sus cejas eran arqueadas, los ojos alegremente graves, y fijos en el suelo; en su boca y labios mostraba muchas gracias; sus palabras eran más dulces que la miel, nunca ociosas y siempre provechosas; su paso era compuesto sin ostentación ni afectación; además de la reverencia que por esta su compostura exterior todos tenían al santo apóstol, su vida admirable y celestial doctrina, y los milagros que continuamente obraba, los obligaban a mirarle y respetarle, no como a hombre mortal, sino como a varón divino y venido del cielo. Pero resplandeciendo sus virtudes y siendo tan acatado y reverenciado por ellas, como hemos dicho, vinieron a Chipre unos judíos de Siria con intención de perseguirle y acabarle; y buscando ocasión para ejecutar su mal intento, el Santo lo entendió, y juntando a sus más familiares discípulos, les amonestó que perseverasen en el temor de Dios, y guardasen Sus Mandamientos, y se acordasen del juicio universal, y les avisó que presto los dejaría, porque ya la hora de su muerte era llegada. Se turbaron mucho con estas palabras y derramaron con él muchas lágrimas, y él, después de haberlos consolado, se recogió, oró, dijo Misa y los comulgó, y llevando en su compañía a Marcos, su primo, se apartó con él y le dijo que aquel día moriría a manos de los judíos, y que le tomase su cuerpo (señalándole el lugar donde le hallaría) y le enterrase, y hecho esto se fue a buscar a San Pablo, y estuviese con él hasta que Dios ordenase otra cosa.

Y como varón apostólico, fuerte y deseoso de dejar ya esta cárcel del cuerpo mortal, por gozar de las moradas eternas, en compañía de su dulcísimo Señor, sumo y solo Bien suyo, Jesucristo, se entró en una sinagoga de judíos, donde sabia que le estaban aparejando la muerte, y enseñándoles y probándoles eficazmente que Cristo era el Mesías que los profetas habían anunciado, cobraron tan grande rabia contra él, que le echaron mano, y después de haberle crudamente atormentado, le apedrearon, y con esto dio su espíritu al Señor; el cual no permitió que su santo cuerpo se quemase ni recibiese lesión alguna del fuego a donde los mismos judíos le echaron, para que se hiciese ceniza y no quedase memoria de él.

Vino Marcos con otros cristianos, y derramando muchas lágrimas por la pérdida de tan santo y dulce maestro, tomaron su cuerpo y le sepultaron en una cueva fuera de la ciudad. Levantándose después una terrible persecución contra los cristianos en la isla de Chipre, por ella con el discurso del tiempo se vino a olvidar el lugar donde el cuerpo del Santo Apóstol estaba sepultado. Porque puesto caso que Nuestro Señor haría grandes milagros, daba salud a muchos enfermos, y lanzaba los demonios de los cuerpos de muchos, y el lugar de su sepultura por eso se llamaba el lugar de la salud, todavía no sabían que estuviera el santo cuerpo allí enterrado, ni que por su intercesión recibían tantos y tan señalados beneficios, hasta que siendo emperador Zenón, el mismo Santo Apóstol se apareció tres veces a Antemio, Obispo de Chipre, y le declaró dónde estaba su cuerpo, y que sobre él hallaría el Evangelio de San Marcos, escrito de su propia mano, y le quitó las dudas y perplejidad que tenía, y le mandó ir a Constantinopla y defender su Iglesia contra un falso obispo de Antioquía, que la pretendía sujetar. Fue Antemio al lugar señalado, acompañado de toda la clerecía, y él halló el cuerpo y el Evangelio de San Marcos sobre el pecho del Santo, como le había sido revelado. Por el Evangelio puesto sobre los enfermos daba Dios salud, y por esto fue llevado a Constantinopla al emperador Zenón, que con grande instancia le pidió y mandó hacer en Chipre un suntuoso templo para sepultura del Santo, en el mismo lugar donde fue hallado su sagrado cuerpo. Allí estuvo muchos años, y Dios obró por sus oraciones y merecimientos grandes maravillas y prodigios, en beneficio de toda aquella isla.

Celebra la Iglesia su fiesta el día de su martirio, que fue a los 11 de junio, imperando Nerón; aunque del año en que murió no hay cosa cierta. Escribió San Bernabé, apóstol (como dice San Jerónimo), una epístola para edificación de los fieles, la cual antiguamente fue muy estimada, aunque nunca fue tenida en la Iglesia por canónica. Y Orígenes y Clemente Alejandrino la citan, y traen algunos pedazos de ella, los cuales refiere Sixto Senense en su Biblioteca.

La vida de San Bernabé escribió Alejandro Monje difusamente, y al cabo de ella dice estas palabras: «Este glorioso apóstol es como una oliva fructuosa y abundante, que ofrece cada día al Señor licor suavísimo. Ésta es gloria de los emperadores, honra de los sacerdotes, alegría de los pueblos, consuelo de los desconsolados, refugio de los afligidos, esperanza de los desesperados, descanso de los peregrinos, medicina de los enfermos, salud de los santos, fuente de bienes espirituales, muro de la Iglesia, amparo de los católicos, defensa de la fe y ornamento de todo el mundo.»

Del mismo Santo escriben también todos los martirologios, y Eusebio, lib. 1, Hist., cap. 24, lib. II, cap. 3 y 5, y San Jerónimo Descript. eccles., y San Isidoro De vitis patrum Novi Testam, cap. 82, Beda al fin del cuarto capítulo de los Hechos apostólicos. Adviértase que anda una historia con nombre de Marcos, el primo de San Bernabé, en que se cuenta su vida y martirio, y que en el libro intitulado de las Recogniciones de Clemente se hace mención de San Bernabé; pero no se tienen estos libros por auténticos y dignos de fe, por hallarse en ellos algunas cosas contrarias a lo que de este Santo se escribe en las divinas Letras.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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