20 de Mayo: San Bernardino de Siena, Confesor (1380-1444)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 20, Página 123.

Llevaba consigo una tabla en que estaba pintado con rayos de oro el Sacratísimo Nombre de Jesús, y la mostraba al pueblo cuando predicaba.



San Bernardino de Siena, Confesor

El glorioso confesor y sublime predicador y fraile humilde de San Francisco, San Bernardino de Siena, nació, no en Massa (como algunos escriben), sino en la misma ciudad de Siena, y así lo testifica el Papa Pío II, que fue natural de la misma ciudad. Nació el año de 1380, Su padre se llamó Tulo, y su madre Nera, ambos de noble familia, y que en el matrimonio vivían cristianamente. Les dio Nuestro Señor por hijo a Bernardino para su consuelo, honra de su casa y bien de Italia, y aun de todo el mundo. Su madre murió, dejándole de tres años, y el padre de seis. Por la muerte de sus padres quedó encomendado a una tía suya, hermana de su madre, que se llamaba Diana; la cual le crió con gran cuidado y con afecto de madre, así por el deudo tan estrecho que con él tenía como por la belleza, gracia y buena inclinación que el niño mostraba. Era devoto, humilde, modesto y vergonzoso, y amigo de dar limosna a los pobres y de visitar las iglesias y componer altares, oír Misas y sermones, y de remedar a los predicadores que oía, contrahaciendo sus voces y meneos, y refiriendo las cosas que habían predicado; y para esto se subía en algún lugar alto y eminente, estando sentados los otros muchachos, que era como ensayarse a predicar y un indicio de lo que después había de ser. Estudió, luego que pudo, las primeras letras, y siendo ya de edad de trece años las artes liberales, y tuvo por maestro a un varón famoso en aquel tiempo, el cual solía decir que nunca había tenido discípulo de mayor ingenio, ni de más loables costumbres que Bernardino. Era tan compuesto y tan medido y recatado en su hablar, que ni él decía palabra ociosa, o que no fuese muy honesta, ni consentía que otro la dijese delante de él; y si a alguno de sus compañeros acaso se le soltaba cualquier palabra liviana, se corría Bernardino y avergonzaba y se ponía colorado como lo hiciera una purísima doncella. Por esto los otros mozos que le conocían se guardaban de hablar en su presencia cosas torpes y libres, y si estando él ausente las hablaban entre sí, en viéndole venir luego decían: «Hola, Bernardino viene; dejemos estas pláticas.»

Se celebraba un día en Siena la fiesta de San Onofre y había concurrido tanta gente a su iglesia, que por no caber en ella se había quedado mucha a la puerta. La vio Bernardino, y encendido en amor de Dios, y arrebatado en espíritu, se subió en un púlpito que estaba allí, y haciendo la Señal de la Cruz comenzó a predicar con tanta libertad, devoción, gracia y ciencia, que todos los oyentes quedaron maravillados, y alabando al Señor por lo que le habían oído; aunque no faltaron algunos hijos de este siglo que, interpretando mal lo que el Santo mozo había hecho, le tuvieron por loco; mas después, cuando vieron los maravillosos efectos que siendo ya de edad madura hizo con su predicación, entendieron que aquel primer sermón había sido pronóstico de lo que el Señor quería obrar por él.

Tenía en Sena una prima hermana, hija de Diana, su tía, que se llamaba Tobía, religiosa del tercero Orden de San Francisco, mujer devota y de vida santísima, a la cual él solía visitar a menudo y ella le daba saludables consejos. Hablando con ella muchas veces el casto mozo le decía que estaba enamorado de una Virgen hermosísima y graciosísima, que le tenía robado el corazón, de tal manera, que si un solo día la dejara de ver sin duda espirara y se muriera. Al principio se turbó Tobía oyendo decir estas palabras a Bernardino, temiendo que como mozo no estuviese enlazado y preso del amor de alguna doncella, aunque sus costumbres le parecía que le aseguraban, porque eran graves y modestas y contrarias a toda desenvoltura. Quiso enterarse de la verdad, y acechándole y mirando donde iba, le vio sin ser vista de él que cada día iba a una puerta de la ciudad que va a Florencia, y se llamaba Camolia, sobre la cual estaba una Imagen de la Virgen María, Nuestra Señora, muy linda y de gran devoción, y que el mozo se ponía delante de Ella con las rodillas desnudas, y estaba gran rato en oración, regalándose y entreteniéndose con la Virgen. Y por aquí entendió que Ella era aquella Doncella tan querida de Bernardino y a quien entrañablemente y más que a sí mismo amaba; y así se lo confesó él mismo, apretándole mucho Tobía para que le descubriese la verdad; y más le dijo que lo que más le suplicaba que le defendiese de los peligros que como mozo y de buen parecer podía temer de perder la castidad, la cual estimaba como una joya y tesoro preciosísimo; y toda su vida fue devotísimo de Nuestra Señora, y antes que se hiciese religioso le ayunaba todos los sábados, y siendo después excelentísimo predicador se esmeraba en las Fiestas de la Santísima Virgen, predicando con más alegría y fervor Sus virtudes y alabanzas. Un día, predicando, dijo en el púlpito: «Yo nací en el día del Nacimiento de Nuestra Señora, y en el mismo día después nací en la religión y tomé el hábito, e hice profesión y dije la primera Misa, e hice el primer sermón; y espero que por Sus merecimientos, Nuestro Señor me llevará a Su Reino.» Después que hubo aprendido bien la filosofía moral, siendo de edad de diez y siete años, se dio a estudiar los sacros cánones y la Divina Escritura, con la cual finalmente se abrazó con tan grande estudio y voluntad, que dejadas las otras ciencias se entregó a sola ella, juntando con el estudio su aprovechamiento y progreso en la virtud. Maceraba y afligía su cuerpo con ayunos, disciplinas y cilicios. Dormía vestido, y muchas veces en el suelo. Comía poco, y cosas comunes y viles. Era benigno y suave en su trato y conversación, y siempre con el mismo semblante, sin que ninguno le viese airado, turbado o desabrido.

Vino el año de 1400, que fue muy calamitoso por una famosa pestilencia que se encendió en Italia, y entró en la ciudad de Siena, haciendo grande estrago y riza en la gente, y especialmente en el hospital de Nuestra Señora de la Escala (que es muy insigne, y entonces lo era más, y recibía a todos los peregrinos que iban aquel año Santo a Roma, y curaba a los enfermos con grande caridad y solicitud). Habiendo, pues, muerto en este hospital de pestilencia, no solamente los extraños que para curarse se habían acogido a él, sino también los mismos ministros que los servían; y embraveciéndose la pestilencia cada día más, eran tantos los muertos que no había quién se atreviese a entrar en aquel hospital, ni encargarse de los enfermos, temiendo cada uno de perder la vida que se pretendía dar a ellos. Con esto estaba desierto y desamparado el hospital, y los pobres peregrinos y enfermos perecían sin remedio. Movió Dios con Su Espíritu a nuestro Bernardino para que se encargase por Su amor de obra tan importante, y que siendo de edad de solos veinte años, y por esto y su natural complexión mayor su peligro, no temiese la muerte, sino que se opusiese a cualquier peligro por librar a sus prójimos y servir al Señor en tan gloriosa empresa. Y porque él solo no bastaba a dar recaudo a todos y a tan contagiosos enfermos, rogó a algunos mozos bien inclinados, amigos suyos, que le ayudasen, y les persuadió que confiasen en Dios, que les daría vida y salud, pues la arriesgaban por Su amor en beneficio de tantos pobres desamparados, y cuando Él fuese servido de otra cosa el morir por caridad era un género de martirio glorioso para los que muriesen, y provechoso ejemplo para los demás.

Entró San Bernardino en el hospital con sus compañeros, y por su ejemplo otros le siguieron, y en espacio de cuatro meses que allí estuvo, con su cuidado, diligencia y caridad reparó el hospital, dio vida y salud a muchos, y Dios le guardo para que no se quemase en medio de las llamas, y andando continuamente entre los que estaban heridos de pestilencia, sin perdonar a trabajo ni excusar el mal olor, ni huir de las llagas asquerosas que manaban podre, ni de los otros oficios más bajos y peligrosos, no murió ni enfermó, porque el Señor estaba con él y le tenia de Su mano, hasta que el mismo Señor fue servido que se aplacase la pestilencia y cesase aquel azote con que toda la Tierra estaba afligida. Pero para mayor prueba y corona del Santo mozo Bernardino, en volviendo a su casa adoleció de una fiebre muy aguda, y estuvo en la cama por espacio de cuatro meses, llevando su enfermedad con maravillosa paciencia y alegría. Luego como sanó buscó otra ocupación para ejercitar su caridad, y Dios le ofreció una muy a su propósito. Tenía San Bernardino una tía suya, llamada Bartolomea, hermana de su padre, mujer muy honrada y viuda, de edad de noventa años, y ciega y tan flaca, que no se podía ayudar por sí misma, y tenía necesidad de quien la sirviese. A esta tía suya (que además de las calidades que he dicho, era de muy santa vida, y de la tercera Orden de San Agustín) comenzó San Bernardino a servirle como si fuera su propia madre, asistiéndola, curándola y regalándola por espacio de un año, que fue lo que le duró la vida. De esta santa vieja se cree que se le pegó a nuestro San Bernardino la devoción tan cordial y tan entrañable que tuvo al Dulcísimo y Amabilísimo Nombre de Jesús, como adelante se verá.

Con las obras de caridad en que se ejercitaba San Bernardino crecía cada día más la misma caridad en su alma, y despertaba nuevos deseos y nuevos encendimientos para ir adelante en la virtud. Tenía grandes estímulos de dar libelo de repudio a las cosas de la tierra, y librarse de una vez de los peligros y ondas turbulentas del siglo, y acogerse al puerto sagrado de alguna santa religión; porque viéndose en la flor de su edad y de tan gentil disposición, que habitaba entre escorpiones y serpientes que pretendían robarle y despojarle del tesoro de la castidad, no se le ofrecía mejor medio para defenderla que huir el cuerpo a las ocasiones y morir en la cruz desnudo con Cristo desnudo. Pero le pareció que para acertar en cosa tan grande y escoger la religión que había de seguir le convenía primero ensayarse en su casa, y ocuparse en todos los ejercicios de religioso, y pedir a Nuestro Señor con continua y fervorosa oración que le alumbrase y enseñase Su Santísima Voluntad, y en qué instituto y Orden se quería servir de él. Con este intento se recogió en una huerta, donde en una casilla que tomó para su vivienda se daba a la oración, vigilias, y ayunos y disciplinas, trayendo cilicio y durmiendo en tierra, comiendo yerbas y bebiendo agua, y apacentando su alma con la lección de la Sagrada Escritura; y muchas veces se echaba a los pies de un Crucifijo, y con lágrimas le suplicaba que le mostrase el camino por donde había de entrar. Una vez, estando en esta oración, sintió dentro de su alma una como Voz que le decía: «Hijo, tú Me ves aquí desnudo y enclavado en una Cruz; si tú Me amas y buscas, aquí Me hallarás; pero procura de estar tú desnudo y crucificado como lo estoy Yo, porque de esta manera más fácilmente Me hallarás.»

Con estas palabras y con la ilustración divina se determinó de militar debajo de la bandera del glorioso patriarca San Francisco, porque entre los otros Santos había seguido desnuda y perfectamente a Jesucristo. Comunicó esta su determinación con un gran religioso de la misma Orden, que se llamaba fray Juan Costoco de Siena, y por su consejo vendió la hacienda que tenía, y la dio toda a los pobres; y siendo de veinte y dos años tomó el hábito de San Francisco en el convento de Siena, delante del altar mayor, el día del Nacimiento de Nuestra Señora del año de 1402, con extraordinaria devoción suya y contentamiento y júbilo de todos los frailes, que esperaban que aquel mozo había de ser luz y ornamento de su religión. De este convento de San Francisco de Siena, donde fue recibido por consejo del santo fray Juan, se fue a tener su noviciado a otro monasterio, llamado Columbario, áspero, solitario y devoto, y de la vocación de Nuestra Señora, y en que el mismo padre San Francisco había morado, donde a la sazón vivían los religiosos con mayor recogimiento, estrechura y observancia. En esta casa tuvo su noviciado San Bernardino, con una vida tan perfecta y tan llena de devoción y pureza, que más parecía de ángel que de hombre en cuerpo mortal.

Acabado el año de la probación hizo su profesión el mismo día del Nacimiento de Nuestra Señora, su Dulcísima Abogada. De aquí a un año le hicieron cantar la primera Misa, y en ella predicar al pueblo, y fue tanto lo que agradó en su sermón y tan raro el espíritu del Señor que mostró en sus palabras, que los superiores le mandaron que de allí adelante hiciese oficio de predicador de la Orden. Pero porque él tenía cierta enfermedad en la garganta y la voz bronca y desabrida, suplicó a Nuestro Señor que si era Su Voluntad que predicase (como sus superiores se lo mandaban), le quitase aquel impedimento, y el Señor se lo quitó, y le dio entera salud, y manifestó que le había escogido por pregonero magnífico de Su Palabra.

El Santo lo fue tan perfectamente y con tanta continuación, que en diez y seis años predicó todos los días una y más veces, donde había pueblo que le oyese, sin dejar de celebrar y seguir el coro y los trabajos y cargas del monasterio en que se hallaba, como cualquiera de los otros frailes. Después que hubo predicado en Siena y Florencia y en las otras partes de la Toscana, pasó a la provincia de Lombardía, y corrió las más principales ciudades de ella y de toda Italia, alumbrándolas con su doctrina e inflamándolas con su santísima vida. Predicaba con tan gran fervor, devoción, gracia y celo de las almas que parecía un nuevo apóstol enviado de Dios al mundo para componerle y reformarle. Era tan extraordinario el concurso a sus sermones que a la hora que él predicaba se cerraban las tiendas y cesaban los tribunales, las audiencias y en las universidades las lecciones, porque todos a porfía le querían oír, y por no caber en las iglesias la gente era forzado a predicar en las plazas y en los campos. El fruto era a la medida del auditorio, raro, maravilloso y propio de la Mano del Señor; porque en aquel tiempo estaban en Italia muy en su punto los bandos de los güelfos y gibelinos, que a guisa de su furia infernal asolaban y destruían toda la tierra, sin respeto de naturaleza, sangre y amistad; se mataban unos a otros, hasta los hermanos, y los padres a los hijos, y muchas ciudades, y pueblos, y señores se abrasaban con discordias y guerras, las cuales San Bernardino atajó y casi extinguió con su predicación. Convirtió además de esto a innumerables pecadores y mujeres lascivas, y públicamente malas, a llorar y hacer penitencia de sus pecados y volverse de veras a Dios. Se compungían de manera que le llevaban los hombres los tableros, naipes, dados y todos los instrumentos de juegos ilícitos, y las mujeres sus vanidades, afeites, cabellos, aguas, colores, espejos y vestidos para que a su voluntad dispusiese de ellos; y él en una hoguera lo mandaba todo abrasar. Y no menos le trajeron un gran número de nóminas, suertes, hechizos y supersticiones para que todo lo quemase e hiciese justicia de ello. ¿Quién podrá explicar los otros provechos que Nuestro Señor hizo en las almas por la predicación de este siervo Suyo, en desarraigar los vicios de la república y plantar las virtudes, reformar las costumbres, despertar la gente a la devoción y traerla al conocimiento y menosprecio del mundo, y a vivir en religión? No se puede decir esto por ser tanto en pocas palabras; basta saber que San Bernardino fue en toda Italia una trompeta del Cielo, un predicador soberano del Evangelio, un solícito y cuidadoso hortelano para arrancar las malezas y espinas del jardín de la Santa Iglesia, y una fuente de aguas vivas para regarle y cultivarle, y una como pluvia copiosa que viene a su tiempo para fecundar los campos, y como un nuevo sol, que con su luz y calor y movimiento da vida y salud al mundo; porque no solamente la dio a los seglares que le oían y tomaban sus consejos, sino también a los religiosos que vivían con más libertad de la que convenía a su hábito y profesión. Edificó muchos monasterios de frailes de la observancia, que por devoción que tenía al Nombre de Jesús y a Nuestra Señora, llamada Santa María de Jesús, y otros no pocos de monjas. Reformó otros muchos que vivían con privilegios relajadamente; y la tercera Orden del padre San Francisco, que estaba casi olvidada y como sepultada, revivió en su tiempo; y muchas personas devotas y nobles, hombres y mujeres, servían a Dios en sus propias casas, viviendo en penitencia y temor de Dios y en el hábito de la tercera Orden.

Finalmente, cuando San Bernardino tomó el hábito no había sino pocos más de veinte monasterios de la observancia en Italia, y en ellos como doscientos frailes; y cuando murió dejó más de doscientos y cincuenta conventos, y en ellos más de cuatro mil frailes, sin otros tantos que ya eran muertos. Y para esto le escogió también Dios y le hizo ministro y vicario general de todos los conventos de la observancia en Italia, y él tuvo gran mano y con su rara santidad, doctrina, celo y prudencia reparó la religión de su Padre San Francisco, y la restituyó a su antiguo espíritu, devoción y fervor. Pero ¿qué maravilla que hiciese tanto fruto en los otros el que había sido escogido singularmente de Dios para sembrador y predicador de Su Palabra, y que encendiese a los demás el que estaba abrasado del Amor Divino, y que enamorase y moviese los corazones de los que le oían a la virtud, él, que estaba tan adornado de todas las virtudes que parecía un paraíso de deleites? Porque ¿quién podrá explicar con pocas palabras el adorno, atavío y hermosura del alma de este gran siervo del Señor y los dones de heroicas y excelentísimas virtudes con que resplandeció? Su castidad y honestidad fue admirable, y por muchos y varios lazos que le armó el demonio en el siglo y en la religión para hacérsela perder siempre quedó burlado.

Dejemos las demás, y digamos una sola de estas tentaciones con que el demonio le acometió para hacerle perder la virginidad y pureza de su alma, porque nos podrá servir de aviso y ejemplo. Después que tomó el hábito San Bernardino iba (como los otros frailes) a pedir limosna por la ciudad de Sena. Llegó a la puerta de una mujer casada, noble, rica y hermosa, la cual se había aficionado al Santo mozo tan torpe y ciegamente, que le estaba aguardando para acometerle y hacerle caer en la red. Le pidió Bernardino limosna, y le dijo que entrase, que de buena gana se la daría. Entró el castísimo religioso sin recelo en el aposento por la limosna, y ella le descubrió su mal intento, protestándole que si no consentía luego con su voluntad, daría voces y publicaría que la había querido hacer fuerza. ¡Oh, lazo de Satanás! ¡Oh, corazón loco! ¡Oh, mujer desvergonzada y perdida!  Se turbó el Santo mozo, se le heló la sangre y quedó como fuera de sí cuando se vio en medio de las llamas, con peligro tan evidente de quemarse y perder la preciosa joya de su castidad. Le socorrió la Reina de los Ángeles y Virgen de las vírgenes y su especial Abogada Nuestra Señora, y le inspiró Dios una cosa que fue su total remedio y salud. Dijo a la mala hembra que si quería que él se entregase a su voluntad que se desnudase y echase en la cama, y ella lo hizo con gran presteza y desenvoltura. Cuando allí la vio sacó una áspera disciplina que traía consigo con que a menudo se disciplinaba, y comenzó a azotar cruelmente a la pobre y desventurada mujer, la cual no osaba clamar ni chistar, porque hallándola en aquella manera no se entendiese que ella había querido provocar al Santo, y no hacerla él fuerza. En fin, fue que ella quedó lastimada de los muchos azotes que le dio, y admirada de la virtud de San Bernardino, y temblando y confusa, le pidió que la dejase, prometiendo enmienda; y él la dejó, haciendo incesables gracias al Señor por haber quebrado aquel lazo tan apretado y conservado su castidad; y él, por ayudarle de su parte, sabiendo que ninguno puede ser casto si Dios no le da el don de castidad, y que para que Él la dé quiere que se la pidamos, se daba muy de veras a la oración, y todo el tiempo que podía le gastaba en la consideración de su flaqueza y en la contemplación de la Bondad y Poder infinito del Señor, el cual regalaba el espíritu de este su siervo con tanta abundancia y suavidad que parecía que vivía más en el cielo que en la tierra.

Con esta continua oración y devoción juntaba la aspereza y penitencia rigurosa, tratando su cuerpo como si no fuera de carne, especialmente los doce primeros años de religión, en los cuales vivió con tanto fervor que parecía excedía a las fuerzas humanas. Pues ¿qué diré de su obediencia y de la observancia de su regla? ¿Qué del amor y cuidado de la santa pobreza? ¿Qué de la humildad con que no quiso admitir ninguno de los tres obispados de Siena, de Ferrara y Urbino, que los Papas le ofrecieron, y con que habiéndole puesto una vez el Santo Pontífice por su mano sobre su cabeza la mitra obispal, él se la quitó, y humildemente le suplicó que no le obligase a aceptar iglesia alguna, ni mudar el pobre estado a que Dios le había llamado, porque más serviría a la Iglesia predicando la Palabra de Dios y ayudando a las almas en muchos obispados, que siendo obispo en uno solo? Y el Papa, oídas sus razones juzgó que tenía razón, y con esto le dejó. ¿Quién podrá alabar su paciencia, que fue excelentísima y más divina que humana, así en los trabajos como en las persecuciones muchas y gravísimas que padeció en todo el discurso de su vida? Al principio, cuando iba pidiendo limosna por la ciudad de Sena, los muchachos, haciendo burla de él y de su compañero, iban tras ellos tirándoles piedras y lastimando con ellas sus pies descalzos; y como llevase esto mal el compañero, él, con rostro de suavidad y alegría, le dijo: «Déjalos, hermano, hacer, porque así nos ayudan a merecer el reino de Dios por la virtud de la paciencia.»

Por ocasión de sus sermones y del admirable fruto que hacía, el demonio levantó contra el santo grandes tempestades, y hubo personas que, instigados de ambición y envidia, le tacharon, y aun acusaron delante del Papa Martino V de mala doctrina y de predicador arrojado; porque llevaba consigo una tabla en que estaba pintado con rayos de oro el Sacratísimo Nombre de Jesús (del cual fue devotísimo), y la mostraba al pueblo cuando predicaba. Pero todas las calumnias cesaron cuando el Papa llamó a Roma al Santo y oyó sus razones, y entendió la verdad, sinceridad y fundamentos sólidos de su doctrina, y toda aquella niebla con que los adversarios habían procurado oscurecer a San Bernardino sirvió para esclarecerle e ilustrarle más. Pero en estos trabajos siempre estuvo con igual y constante alegría y con una maravillosa mansedumbre, sin dejar por esto de predicar la verdad y reprehender, cuando era menester, aun a los príncipes, grandes y poderosos, con libertad; aunque con tal modestia y prudencia, que ninguno justamente se podía agraviar de sus palabras, y dado que sin razón algunos se ofendieron, mas después que le probaron y le hallaron tan entero, tan desinteresado y santo, y que ni aceptaba sus dones ni quería sus riquezas, ni buscaba otra cosa sino la gloria del Señor y bien de sus almas, se le rindieron y humillaron, confesando su culpa y engaño, especialmente viendo que su vida era inocentísima e irreprehensible, la doctrina alta, sublime, eficaz, y más enseñada de Dios que aprendida con estudio, y que el Cielo la confirmaba con muchos y grandes milagros; los cuales, por ser tantos, no se pueden aquí referir.

Habiendo, pues, San Bernardino alumbrado la mayor parte de las ciudades y pueblos de Italia con su doctrina, aunque ya se hallaba viejo y flaco para los trabajos, no por eso dejaba de predicar (porque la caridad le daba las fuerzas que su edad y flaqueza le quitaba), y determinando de pasar al reino de Nápoles para sembrar en él la semilla evangélica, como lo había hecho en las otras partes, tomó el camino por la ciudad de Aquila, que es cabeza de la provincia de Abruzzo. En este camino enfermó gravemente; llegó a un lugar cerca de la ciudad, donde había una hermosa fuente. Allí le apareció San Pedro Celestino (el que dejó el Sumo Pontificado, y es patrón y abogado de aquella ciudad), y con mucha blandura y suavidad le confortó para el trabajo de la muerte, porque ya se le acercaba. Con este aviso San Bernardino se recreó en gran manera y regocijó, porque todos sus deseos y ansias eran de la otra vida y de ver y gozar del Sumo Bien, y así, exhortando a los religiosos que allí estaban a la perfecta observancia de su regla, y recibidos los Sacramentos de la Iglesia con mucha devoción, se hizo poner en el suelo como verdadero hijo de su padre San Francisco, y levantados los ojos y manos al cielo comenzó a alegrarse y reírse muy dulcemente, como quien veía ya el puerto deseado, y abrirse las puertas de Su bienaventuranza. Y con esta suave risa en la boca partió del cuerpo su alma bendita para reinar con Dios, la vigilia de la Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo, un miércoles a hora de vísperas, a los 20 días del mes de mayo del año de 1444, como consta en un letrero que está sobre el arco de la capilla mayor del templo, que después se le edificó en la ciudad de Aquila, que dice así: «San Bernardino de Sena acabó el último día de su vida en Aquila, a 20 de mayo, en el año del Señor de 1444, siendo Papa Eugenio IV; y su cuerpo fue sepultado en la iglesia y monasterio de San Francisco. Después fue escrito en el catálogo y número de los Santos por el Papa Nicolao V, en Roma, el año de 1450, a 25 días del mes de mayo, en el cual año había grandísimo jubileo en Roma.» Estas palabras son de aquel letrero, las cuales pone fray Marcos de Lisboa en su crónica de San Francisco, y las refiere el Cardenal Baronio en las Anotaciones sobre el Martirologio a 20 de mayo; por las cuales se ha de enmendar lo que fuere diferente de esto acerca del año en que murió y fue canonizado.

Tumba de San Bernardino de Siena en la Basílica de San Bernardino, L’Aquila AQ, Italia

 

 

 

 

 

 

 


Vivió San Bernardino sesenta y tres años y ocho meses, y de estos veinte y dos en el siglo, y cuarenta y uno y los ocho meses en la religión. Al año siguiente después de su canonización se le edificó un suntuoso templo, adonde se trasladó su sagrado cuerpo el año del Señor de 1472, por mandado del Papa Sixto IV, celebrando los frailes observantes capítulo general en el mismo convento de Aquila. Hizo Dios Nuestro Señor después de su muerte innumerables milagros por San Bernardino, como los había hecho antes en su vida, sanando enfermos incurables de muchas y varias enfermedades, y resucitando muertos, y librando a los endemoniados de la tiranía de Satanás, y haciendo otros grandes beneficios a los que se encomiendan a él y le invocan en sus necesidades; y la ciudad de Aquila y toda aquella comarca le tiene gran devoción y le reconoce y reverencia por abogado y patrón.

La vida de San Bernardino escribió un padre grave de San Francisco de su mismo tiempo, que le conoció y oyó predicar, aunque por su humildad no quiso poner su nombre. La trae Surio en el tercero tomo de las Vidas de los santos, y San Antonino, arzobispo de Florencia, y más copiosamente la Crónica de los menores, que es la bula de su canonización. Hace mención de San Bernardino el Martirologio romano a los 20 de mayo, y el Cardenal Baronio en sus Anotaciones, el Papa Pío II en su Cosmografía de Europa, capítulo 64.

(P. Ribadeneira.)


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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