19 de Mayo: San Pedro Celestino, Papa y Confesor (1221-1296)

19 de Mayo
Año: 1296 / Lugar: L’AQUILA, Italia
Apariciones de Jesús y María, Ángeles y Santos / Milagros / Profecías / Cuerpo Incorrupto
San Pedro Celestino, Papa (1221-1296)

Profecía sobre la Iglesia:

“Antes que la Iglesia sea renovada, Dios permitirá que el trono de San Pedro sea vacante.” “El emperador de Alemania, pleno de confianza en su fuerza y su poder, querrá instituir un Papa de su hechura, pero los miembros del Sacro Colegio muy encolerizados se opondrán. Entonces el águila negra levantará un gran ejército, no sólo de alemanes, mas también de extranjeros, sus aliados. Este ejército teniendo el águila negra a la cabeza, entrará en Roma donde ella se instalará y pondrá en cautividad un gran número de prelados y de religiosos. Hará morir multitudes por tormentos crueles y diversos…” “Entonces vendrá un hombre que pondrá la paz en la Iglesia y la re-erguirá. Este hombre, de solitario eremita que él era, será elegido Papa; y por él Dios renovará los tiempos de los milagros” (M. Servant, págs. 523-524).

Nota:
Las Profecías de San Malaquías se refieren a este papa como Ex eremo celsus (“Elevado de la ermita”), cita que hace referencia a que antes de ser elegido pontífice, fue ermitaño del monasterio de Pouilles.

 

 

 

 

 

En febrero de 1317, los restos del Papa San Celestino V fueron trasladados a L’Aquila, y depuestos en la basílica de Santa Maria di Collemaggio, donde había sido coronado Papa. Luego del terremoto de 2009 sus restos fueron recuperados por los bomberos con la colaboración de la guardia civil y la guardia de finanzas de L’Aquila. El reconocimiento de las reliquias lo hizo el papa Benedicto XVI en su visita a la ciudad el 18 de abril de 2009 y fueron colocadas nuevamente en la basílica.10

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 19, Página 120.

San Pedro Celestino, Papa y Confesor

San Pedro Celestino nació el año de 1215, en Isernia, que hoy se llama Serni, ciudad de la Tierra de Labor, que es provincia del reino de Nápoles. Sus padres eran pobres, pero virtuosos y buenos cristianos. Su padre se llamó Angelérico, y su madre María. Tuvieron estos casados doce hijos, y rogaban siempre a Nuestro Señor que de ellos escogiese alguno que fuese todo Suyo y le dedicase perpetuamente a Su servicio. Escogió el Señor a Pedro, que como otro José fue el onceno entre sus hermanos, y desde el vientre de su madre mostró que le había escogido Dios para Sí, porque cuando salió a luz salió como vestido de una vestidura de religioso. Cuando tuvo seis años era tan inclinado a todas las obras de virtud, que hablando con su madre le solía decir: «Madre, yo quiero ser buen siervo de Dios.» Murió su padre, y la madre con gran cuidado le puso al estudio, aunque el demonio por muchos caminos se lo pretendía estorbar. Era Pedro muchacho sincerísimo, y cuando comenzó a aprender a leer el Salterio se entretenía a mirar una imagen en que la Santísima Virgen y San Juan Evangelista estaban al pié de la Cruz de Jesucristo Nuestro Redentor, el cual bajaba de la Cruz, y regalando a Pedro cantaba con él los Salmos suavísimamente, y a las noches, cuando dormía, le parecía ver en sueños los Ángeles que como maestros le venían a enseñar y le reprendían si aquel día había hecho alguna cosa mal hecha.

Era de solos veinte años cuando, saliéndose de su casa paterna, se retiró a un alto monte, donde encontró una peña, y cavó al pie de ella una estrecha y cueva, en que no cabía echado, ni podía estar de pie. Aquí pasó tres años en asombrosas penitencias, y en continuas tentaciones, y no menores consuelos y regalos del Señor.

Pasados los tres años, por consejo y ruego de algunos amigos y devotos suyos, fue a Roma y allí se ordenó de Misa, y en el monasterio de Santa María de Piésoli tomó el hábito de San Benito. Mas como muchos le viniesen a visitar y el Santo fuese enemigo de bullicio, con licencia de su abad se volvió a su soledad, y en el monte llamado Murrone, eligió para su domicilio una estrecha cueva, que parecía sepultura, en la que tenía su habitación una monstruosa serpiente, que huyó luego que el Santo entró a tomar posesión de ella; allí estuvo cinco años haciendo vida angelical. De este lugar tomó el sobrenombre, y le llamaron Pedro Murrone. Mas como la fama de su santidad se divulgase, y en los ojos de los hombres resplandeciese, y por esta causa muchos le viniesen a buscar e inquietar, se partió de este lugar con dos solos discípulos a otro monte llamado la Magela, que está cerca la ciudad de Sulmona, donde le pareció que podría estar más apartado, secreto y seguro.

Era extremada su penitencia, traía una cadena de hierro sobre su carne, se vestía un áspero cilicio, su comer era poquísimo, y ayunaba casi todo el año, y muchos días a pan y agua; su cama era el suelo, y por cabecera un madero, y la ropa con que se cubría era un pobre, roto y vil vestido; era humildísimo, y aunque en el decir Misa sentía mucho gusto y devoción, considerando por una parte la alteza de aquel soberano Misterio y la majestad incomprensible del Señor, y por otra su grande indignidad, quiso dejar de decir Misa. Pero con una visión que tuvo de un santo abad que le había dado el hábito, y siendo ya difunto le apareció, y por consejo de su confesor se animó y perseveró en decir Misa, entendiendo que agradaba más a Nuestro Señor en llegarse a él con humildad, confianza y devoción, que en apartarse de Él por reverencia y temor.

Siendo la vida de San Pedro tan excelente, y más divina que humana, el Señor, que se quería servir de él, le manifestó y movió a muchos deseosos de la perfección a venir a Él y ponerse en Sus manos para que los encaminase como buen maestro al cielo. Y él por inspiración divina comenzó a fundar la Orden de los Celestinos, y edificó una pequeña iglesia que llamaron, Sancti Spiritus de Magela; porque por espacio de tres años, celebrando el Santo Misa, fue visto el Espíritu Santo allí en forma de paloma. Y éste fue el primer monasterio de la religión de los Celestinos, la cual se multiplicó mucho y se dilató en gran manera, viviendo los religiosos en pobreza y suma perfección. Los visitaba San Pedro y los animaba con su ejemplo y con sus palabras y consejos. Y para que aquella obra, que Dios había comenzado, tuviese más firmes fundamentos y quedase establecida con la autoridad apostólica, se fue a pie con dos solos compañeros a León de Francia, en donde se celebraba el concilio universal, y suplicó humildemente al Sumo Pontífice Gregorio X, que en él presidía, que se dignase confirmar su Orden, y el Papa lo hizo con muy entera voluntad. Desde aquel tiempo creció mucho la religión de los Celestinos, y San Pedro edificó treinta y seis conventos, en los cuales vivían como seiscientos frailes, con grande provecho de ellos y edificación y admiración del mundo; y además de esto reformó otros muchos monasterios de la Orden de San Benito, cuyo hábito él había tomado y debajo de cuyas reglas sus monjes vivían.

Ya se hallaba el Santo varón viejo en la edad y en el espíritu y fervor vigoroso y robusto, y así cada día acrecentaba nuevas penitencias, y hacía una vida tan austera como si no fuera de carne, sino ángel sin cuerpo mortal. Estando, pues, muy retirado, y mudándose muchas veces de un lugar a otro, por estar más escondido y apartado de la mucha gente que de diversas partes le venía a visitar, el Señor, que levanta a los humildes y descubre y manifiesta a los que por Su amor se esconden y menosprecian, le sacó de donde estaba, y como una hacha encendida le puso sobre el candelero de Su Iglesia, para que alumbrase y fuese Sumo Pastor y Vicario Suyo en la Tierra, de la manera que aquí diré.

Por la muerte de Nicolás, Papa V, se juntaron los Cardenales para elegir sucesor; había entre ellos muchos bandos y diferentes pareceres, y no se concertaban ni convenían en la persona que habían de elegir; de tal manera, que duró la sede vacante veinte y siete meses, sin que los electores se concertasen ni eligiesen Sumo Pontífice. Estaba toda la Iglesia católica viuda, y las ovejas sin pastor, y muchos lobos las robaban y pretendían tragar. De lo cual resultaban muchos y graves daños en toda la república cristiana. Pues para atajarlos ordenó Nuestro Señor que los Cardenales que estaban en la ciudad de Perusa en su cónclave eligiesen por Sumo Pastor a Pedro de Murrone, que estaba en su cueva haciendo penitencia, muy descuidado y contento de que nadie le inquietaba, ni se acordaba de él; pero cuando entendió su elección y vio los embajadores que el sagrado colegio de los Cardenales le envió postrados a sus pies, suplicándole que le aceptase , ¿quién podrá explicar la admiración, espanto y turbación que tuvo con aquella novedad? No sabía si era sueño o si era verdad lo que decían, porque por una parte, mirando los recados que le traían y la calidad de los embajadores, no podía dudar de la verdad. Pero como él era humilde y temeroso de conciencia, determinó huir y desaparecerse por no tomar cargo sobre sí que no pudiese llevar, ni dar buena cuenta de tantas almas al Sumo Pastor, no pudiéndola dar a su parecer de sola la suya. Estando con este propósito y buscando manera para ponerlo en ejecución, fue tan grande el concurso de la gente que movida de la fama de la santidad y de aquella maravillosa elección concurrió de muchas partes a verle, que le tomaron los pasos y no le dejaron salir con lo que él pretendía. Finalmente, entendiendo que era voluntad de Dios bajó su cabeza y consintió en su elección, y mandó a los Cardenales que viniesen a la ciudad de Aquila, que es la más principal de toda la provincia de Abruzzo, y allí fue coronado el año del Señor de 1294, siendo él de edad de setenta y nueve, y tomó nombre de Celestino V. Se hallaron a su coronación el rey Carlos de Nápoles, el rey de Hungría, y (a lo que escriben los historiadores) más de doscientas mil personas, que concurrieron por solo verle y tomar su santa bendición. Allí en Aquila hizo doce Cardenales y dio el capelo a dos de sus monjes, varones santos y dignos de aquella sagrada dignidad, con los cuales había vivido antes y después pensaba vivir. Los otros diez fueron también personas señaladas y de grandes partes para servir a la Santa Iglesia.

No se desvaneció ni se trocó un punto el antiguo anacoreta, nuevo y Santo Pontífice, por aquella dignidad, antes con la misma humildad con que antes había vivido procuró conservarse en su antigua manera de vida, fuera de lo que le obligaba la nueva dignidad; y así, cuando fue a Aquila para coronarse, no quiso grande aparato de caballería, antes se fue en un pobre jumento para imitar a Cristo Nuestro Señor, sin que los reyes de Nápoles y de Hungría, por muchas razones que le dieron, se lo pudiesen estorbar; no porque él con este hecho pretendiese tachar lo que otros Sumos Pontífices y santísimos habían hecho y hoy día hacen, sino porque como él era tan humilde y tan apartado de toda vanidad y pompa del mundo, no pudo su corazón dejar tan presto lo acostumbrado y lo que era más precioso en sus ojos. Con este mismo espíritu mandó hacer en su palacio apostólico un aposento apartado de madera para retirarse en él y vivir lo que más pudiese como religioso. Y como él era tan Santo y criado toda su vida en mortificarse a la oración y contemplación de Dios, y no tenía uso de los negocios y malicias del mundo, cuando se vio fuera de su puerto y quietud, y metido en un golfo tan profundo y tempestuoso, y de tantas ondas y tan contrarios vientos por todas partes combatido, no se puede creer la angustia y congoja de corazón que cayó sobre el Santo varón, temiendo que por sus pecados no le hubiese levantado Dios a la cumbre de la más alta dignidad que hay en Su Iglesia para condenarle con más graves penas. Por esta poca experiencia y resolución que tenía en los negocios, algunos de los que antes se habían holgado de su elección, mirando solamente a su santidad, después les pesó y comenzaron a tenerle en poco por verle tan atado y encogido. Vino a su noticia lo que se decía y murmuraba de él, y comenzó a afligirse y a tener escrúpulo y a dudar si estaba obligado a renunciar el Sumo Pontificado y dejar aquella carga que no podía llevar. Este escrúpulo crecía más en el pecho de San Pedro Murrone, porque un cardenal de grandes letras y prudencia del siglo, de quien él mucho confiaba, atizaba el fuego, y con sus soplos hacía crecer aquellas llamas, dando a entender al Papa que estaba obligado en conciencia a hacerlo, y Dios le demandaría cuenta de todos los daños que viniesen a la Iglesia por su culpa; que a lo que él veía y temía serían innumerables. Y aunque el cardenal aconsejaba esto al Papa por entrar en su lugar y ocupar la silla apostólica si él la dejase; mas como el Papa era Santo, sincero y tan ayuno de semejantes artificios y astucias del mundo, creía fácilmente lo que le decía y lo que era más conforme a su gusto e inclinación; y así se resolvió de hacer dejación del Sumo Pontificado y volverse a su recogimiento y antigua soledad; pero antes de que lo ejecutase, habiéndose entendido esta deliberación, estando en la ciudad de Nápoles, el rey Carlos mandó hacer una solemnísima procesión para suplicar a Nuestro Señor que no permitiese que aquel Santo varón dejase el gobierno de la nave de Su Iglesia y le tomase otro que diese con ella al través. Y pasando la procesión que era de gente innumerable delante del palacio del Papa, que estaba mirándola de una ventana, el arzobispo de Nápoles, puesto de rodillas, con muchas lágrimas comenzó a decir en voz alta: «Beatísimo Padre, no dejéis lo que Dios os dio, no creáis a quien os quiere engañar; gobernad vos la Iglesia de Dios, y no tengáis escrúpulo ninguno, que ésta es la voluntad de Dios.» Tras estas voces se levantó una grita de todo el pueblo, llorando y diciendo: «Padre Santo, no nos desamparéis y no nos pongáis en poder de algún lobo que nos desuelle» No se alteró ni mudó el Santo Pontífice por estas voces y lágrimas, antes mandó a uno de los Obispos que con él estaban que respondiese de su parte que él haría lo que Dios ordenase y fuese servido. Ninguna diligencia bastó para hacerle mudar de propósito: tanto había cavado el escrúpulo en su pecho y tanto las palabras del cardenal y fingido amigo le habían persuadido hacer la renunciación. Mas porque se comenzó a dudar si de derecho se podía hacer, por consejo del mismo cardenal hizo un estatuto y declaración, que así como los prelados inferiores pueden exonerarse de la carga de sus prelacías, así lo puede hacer el Sumo Pontífice, especialmente conociéndose inhábil o insuficiente para ejercitar su oficio como debe. Y ese decreto confirmó después Bonifacio VIII, que le sucedió en el pontificado, y lo mandó poner en el derecho. Hecho este decreto el Santo Pontífice hizo luego solemnísima renunciación del Pontificado, el día antes de Santa Lucía, a 12 de diciembre del mismo año de 1294, habiéndolo tenido solo seis meses, y dio libre facultad a los Cardenales que pudiesen elegir Pontífice a su voluntad; y dejando las insignias pontificales con más contento que ninguno jamás las tomó, el que era Papa y Sumo Pastor de todos, bajando de la silla apostólica de San Pedro para subir más seguramente a la del Cielo, se postró como un pobre monje a los pies de los que poco antes eran sus ovejas, con admiración y espanto de todos. Y para que se viese que el Señor aprobaba aquella estupenda renunciación (que algunos reprendían, atribuyéndola, no a humildad, sino a pusilanimidad), al día siguiente sanó San Pedro un cojo con su bendición, y después hizo otros muchos milagros; y el mayor de todos fue la paciencia y alegría con que sufrió la persecución tan inhumana que le hizo Bonifacio, su sucesor, y la constancia y tesón que tuvo en no tomar medio ninguno para salir de ella, que fuese contrario a lo que había hecho, como algunos se lo aconsejaban; porque deseando el Santo varón sumamente tornar a su quieta soledad, como a puerto sagrado, y yendo camino de su yermo, más gozoso de verse libre que cuando le eligieron Pontífice, Bonifacio, temiendo alguna novedad y desunión en la Iglesia, le mandó recoger, y finalmente encerrar en una estrecha cárcel de una fortaleza, donde estuvo con dos de sus monjes, guardado de muchos soldados, y haciendo Dios Nuestro Señor muchos y grandes milagros en aquella prisión por él. Estaba el Santo en aquel trabajo tan indigno de su persona con increíble paz y tranquilidad de su alma; no se enojaba, no se turbaba ni se arrepentía de lo que había hecho, antes con maravillosa y celestial alegría decía muchas veces: «Pedro, celda deseaste, celda tienes.»

No fue larga la estancia en esta nueva especie de soledad; su avanzada edad, el rigor de sus excesivas penitencias, que jamás mitigó, y la debilidad de su salud le advertían ya que no estaba distante el fin de su carrera. Y acabando de decir Misa con un fervor extraordinario el día de Pentecostés del año 1296, dijo a dos Monjes de su Orden, que le hacían compañía, que ciertamente moriría dentro de la Octava. Cayó malo el día siguiente, y pidió la Extrema Unción, que recibió echado en el suelo sobre una tabla, no habiendo querido usar jamás de otra cama, y murió con la muerte de los Santos el día 19 de Mayo, pronunciando aquellas palabras del último salmo de las Laudes: Omnis spíritus laudet Dóminum: Que todo espíritu alabe al Señor. Murió de casi 75 años, a los diez y siete meses después de haber renunciado la Tiara, y a los diez de su prisión en el Castillo de Fumona.

Cuando el Papa Bonifacio supo su muerte mostró exteriormente mucho sentimiento de ella, y en la iglesia de San Pedro de Roma le hizo muy solemnes honras con todo el Colegio de los Cardenales, y envió a uno de ellos, para que, juntando los obispos y religiosos de la provincia de Campania, donde el Santo había muerto, le llevasen a la iglesia de San Antonio de la ciudad de Ferentino, que poco antes él había hecho, y allí, cabe el altar mayor, con gran solemnidad le sepultaron, y el Señor le ilustró con muchos milagros después de muerto, como lo había hecho en vida. Por los cuales el Papa Clemente V de este nombre le canonizó el año de 1313 y le puso en el catálogo de los Santos, y se mandó que su fiesta se celebrase a los 19 de mayo, que es día de su glorioso tránsito, y esto es lo cierto. Palmerio dice que el Concilio vienense, como lo refiere Genebrardo en el cuarto libro de su crónica, año de 1294.

La religión de los Celestinos, que este Santo varón instituyó, se multiplicó mucho en Italia, Alemania, Francia y Flandes; tiene al presente trece provincias, y en ellas ciento veinte y cuatro conventos, a lo que dice Paulo Morigia en la Historia del origen de las religiones. De San Pedro Celestino, que por haber dejado el Sumo Pontificado, otros llaman Pedro Murrone, escriben todos los autores de la historia eclesiástica y de las vidas de los Pontífices, y muy a la larga Pedro de Aliaco, cardenal y arzobispo de Cambray, que fue maestro de Juan Gerson. Hace mención de él el Martirologio romano y el cardenal Baronio en sus Anotaciones a los 19 de mayo, y san Antonino en la tercera parte de su historia, y últimamente Paulo Regio.

Pues, ¿quién en la vida y muerte de este Santo varón no se admira de los caminos y consejos de Dios, que escogió a San Pedro desde niño para Santo, y le adornó de tantas y tan admirables virtudes, y le encerró en una cueva para enseñarnos el menosprecio del mundo, y de allí le sacó y levantó a la mayor grandeza y dignidad que hay en la Tierra, y quiso que la renunciase para que el mundo entendiese que no merecía tal Pastor, y que al verdadero humilde la honra es carga, y que el corazón humano ninguna cosa puede hartar sino Dios? El cual asimismo permitió que fuese atribulado y muriese en prisión para afinarle más, y declararnos con este ejemplo la mutabilidad de las cosas humanas y la fuerza que en los príncipes tiene la ambición y la que ellos llaman razón de estado para atropellar la Ley de Dios.

(P. Ribadeneira.)

La tumba del Papa Celestino V antes del terremoto de L’Aquila de 2009.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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