15 de Mayo: San Isidro Labrador (1082-1172)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1865 – Tomo II, Mayo, Día 15, Página 85.

San Isidro Labrador, Natural de La Villa de Madrid

En la vida de San Isidro Labrador, que escribió antiguamente Juan, diácono, se echa de ver claramente como no es el Señor aceptador de personas, pues no niega su gracia a los de más humilde condición, y que en cualquiera estado puede subir un hombre a gran perfección y santidad con el favor divino.

Era san Isidro de la villa de Madrid, que es ahora Corte de los reyes de España, porque no sin grande providencia tiene por patrón a un labrador aquel lugar, donde está la nobleza del mundo. Fue San Isidro casado, y hombre del campo, sustentándose siempre del sudor de su rostro, y ocupado en la labranza. Era muy devoto, callado y amable de todos. Madrugaba muy de mañana, y antes de ocuparse en la labor del campo, visitaba las iglesias de Madrid, oía Misas, y se encomendaba a Dios, empleando mucha parte del día en oración. Pero aunque acudía tarde a su labranza, cuando los demás habían arado mucho tiempo, él se daba tan buena maña, que trabajaba más que todos, y al cabo del día se hallaba haber sido mayor su trabajo; porque fuera de ser mayor su diligencia, los Ángeles araban con él y le ayudaban. Entendió de sí aquella sentencia que se intimó a nuestro primer padre Adán: «En el trabajo de tus manos y en el sudor de tu rostro comerás tu pan;» y así hizo elección de no vivir de otra manera ni ganar su vida y sustento con otra industria sino con el trabajo de sus manos, aunque le aumentase mucho más que otros, por dar tiempo también a la oración.

Se puso a servir con humildad a un caballero de Madrid, llamado Iván de Vargas, en una casería suya, encargándose de tenerle cuenta con sus heredades, por cierta soldada en que se concertaron. Los que vivían en semejantes caserías por allí cerca, por envidia que le tuvieron, viéndole ir tarde a trabajar, y que trabajaba más que todos, quisieron ponerle mal con su amo, y para eso le dijeron que Isidro acudía muy tarde al trabajo, porque primero se iba en peregrinación a visitar todas las iglesias de Madrid, por lo cual cuando llegaba al campo era muy entrado el día; y así que mirase por su hacienda, porque si no, Isidro se la perdería presto. Se enojó el amo con su santo criado, y le reprendió severamente, diciéndole que no correspondía con él en la confianza que de él había hecho, fiándole su hacienda; que era verdaderamente hurto llevar el jornal de todo el día y no trabajar el medio; ni era servicio de Dios que se estuviese rezando el tiempo que tenía obligación de justicia a trabajar, y con agravio de otro; que no le aprovecharían las devociones, para las cuales bastaban los días de fiesta, en los cuales podría rezar lo que quisiese; y que entendiese, si no se enmendaba, que le despediría y pondría otro en su lugar que cuidase más de su hacienda. El Santo, con grande humildad y paciencia, le respondió que no le quería agraviar en nada, y si temía que por lo que tardaba al principio en acudir al trabajo se había de disminuir su hacienda, que lo mirase y tantease bien, y si en ello se hallaba agraviado, que él se lo restituiría de su propia hacienda; y así le rogaba que no llevase a mal que acudiese a sus devociones y servicio del Rey del Cielo. Se sosegó por entonces aquel caballero, viendo la bondad de su criado; con todo eso, para enterarse mejor de todo, quiso ver él por sí mismo lo que pasaba. Fue al campo, y estuvo acechando al Santo, y viendo de lejos cómo se había puesto muy tarde a arar, se fue para él para reñirle; mas acercándose a la heredad vio cómo estaban arando a una parte y otra de su criado dos pares de bueyes más, los cuales eran blancos como la nieve. Quedó admirado no sabiendo cómo era aquello, porque sabía muy bien que no tenía posibilidad Isidro para hacer que arasen con él dos mozos, y sospechando que era aquello cosa sobrenatural, se holgó mucho, y dándose más prisa para enterarse de aquella novedad, cuando llegó halló solo a su criado. Se maravilló más de aquello, y preguntándole quiénes eran aquellos que poco antes estaban arando con él y ayudándole, respondió el varón de Dios con grande encogimiento y simplicidad: «Ningún hombre ha estado aquí, ni me ha ayudado sino Dios, que me ayuda siempre, y a quien invoco, y nunca me falta Su misericordia y amparo.» Con esto quedó cierto el caballero que eran Ángeles los que había visto y ayudaban al trabajo de Isidro, supliendo por él el tiempo que había gastado en oír Misas y hacer oración, y así le dijo que de allí adelante hiciera lo que quisiese, porque no haría caso de lo que murmuraban contra él, y le acusaban, que antes toda su hacienda y heredades se las encomendaba, y que estuviese cierto que nunca le despediría. Con esto el Santo prosiguió en su modo de vida, confirmando el Señor con nuevas maravillas lo que se agradaba de sus devociones.

Un día de fiesta por la tarde había ido el Santo a la iglesia de Santa María Magdalena, que estaba cerca de Caramanchel de Abajo, y habiendo dejado fuera su jumento, le acometió un lobo para comérsele. Unos mozuelos que lo vieron fueron corriendo con grande alboroto a avisar a San Isidro, dándole voces para que acudiese presto, porque un lobo despedazaba su jumento. Les respondió el siervo de Dios con mucha serenidad y quietud: «Hijos, idos en paz, y hágase la Voluntad de Dios;» quedándose él en su oración. Cuando la acabó salió a ver lo que pasaba, y halló al lobo muerto, y su jumento sano y bueno, sin herida alguna. Otra vez sucedió, yendo unos hombres a buscar a San Isidro a la heredad, no le hallaron, sino solo a los bueyes uncidos que estaban por sí arando, sin regirles nadie, y habían arado mucha tierra. Avisaron al amo del Santo, el cual fue luego a ver lo que pasaba, y maravillado de aquel caso sospechó que entre tanto estaría su criado en alguna iglesia; volvió a Madrid a buscarle y le halló en la iglesia de San Andrés, que estaba con mucha devoción rezando. Otro día de trabajo sucedió que no pudo el siervo de Dios oír Misa como solía; lo sintió mucho, y a la tarde, después de haber venido del campo se fue a la iglesia de San Andrés, que estaba ya cerrada, se hincó de rodillas a la puerta, y allí fue arrebatado en un éxtasis maravilloso, en que se le abrieron las puertas del Cielo y vio que celebraban los bienaventurados una Misa con gran solemnidad, la cual, habiéndola oído el siervo de Dios, volvió a sus sentidos con gran consuelo de su espíritu.

La caridad de este Santo no fue menor que su devoción, porque no sólo daba de comer a los hombres; pero aun a los animales del campo y aves tenía compasión y proveía del sustento, compadeciéndose del hambre y frío que padecían. Un día muy riguroso del invierno, estando la tierra toda cubierta de nieve, iba a moler trigo al molino; vio desde el camino en unos árboles gran multitud de palomas, y pareciéndole que estaban hambrientas, movido de misericordia, limpió con los pies y las manos la tierra, apartando la nieve, y del trigo que para su necesidad llevaba a moler derramó grande cantidad, para que viniesen allí a comer. Un hombre que iba con él se enojó mucho y hacía burla del siervo de Dios, teniendo por desprecio echar a mal tanto trigo; mas llegando al molino no se hallaron faltos los costales, sino enteros y llenos, como si no se hubiera sacado nada de ellos, de que quedaron todos admirados y llenos de un afecto tierno y devoto para con Dios, obrador de tales maravillas por aquellos que le sirven de corazón. Cuando iba el Santo labrador a sembrar repartía del trigo que llevaba a los pobres que encontraba, echando también puñados de él a las avecillas del campo, diciendo: «Tomad, avecillas de Dios, que cuando Dios amanece para todos amanece:» y aunque en el camino iban los costales menguados con tanto repartimiento, en llegando a la heredad los hallaba llenos de trigo. Allí también cuando empezaba a sembrar decía: «En nombre de Dios, esto para Dios, esto para nosotros, y esto para las hormigas.»

Le aconteció también, yendo al molino, repartir en el camino gran cantidad de trigo a los pobres y aves, y moliendo después lo poco que le había quedado, salió tanta harina que no cupo en el costal. Lo advirtieron los molineros, y sospechando que la había hurtado en el molino, le preguntaron cómo habiendo traído tan poco trigo llevaba tanta harina, porque no podía ser sino porque lo había hurtado de los costales ajenos. El Santo respondió con grande paciencia: «Yo no soy ladrón; pero si todavía pensáis que lo he hurtado, no puedo satisfaceros de otra manera que con daros la harina, volviéndome otro tanto trigo como traje.» Así se hizo; pero tornando a moler aquella poca cantidad de trigo, salió igual que antes.

A los pobres daba el Santo más que podía, concurriendo Dios con notables maravillas. Tenía en la memoria aquel documento del Santo Tobías: «Si tuvieres mucho, da abundantemente; si poco, préciate de aquello poco dar algo de buena gana:» porque con sus entrañas llenas de misericordia jamás cesaba de dar limosna. Un sábado, habiendo dado a pobres todo lo que tenía de comer, vino un peregrino de nuevo, que dicen fue Cristo o algún Ángel, a pedirle limosna, y no teniendo ya qué darle, ni sabiendo qué hacerse, dijo con grande confianza y humildad a su mujer: «Te ruego por Dios, hermana, que si sobró algo de la olla des limosna a este pobre.» Ella, con estar cierta que no había sobrado nada, fue a la cocina para mostrar la olla vacía a su marido; mas la halló toda llena como estaba antes que comiesen ni diesen limosna a los pobres, con lo cual dio de comer a aquel peregrino y a otros muchos que acudieron luego. Tenía costumbre el Santo todos los sábados de hacer otra olla aparte para los pobres, fuera de su comida ordinaria; y así quiso Dios con este favor tan grande darle a entender lo que se agradaba de aquella devoción que usaba en honra de Su Madre Santísima.

Era el Santo cofrade de una piadosa cofradía, y juntándose todos los hermanos a comer en cierto día que tenían de costumbre, faltó San Isidro, porque se detuvo mucho en visitar las iglesias como solía, y cumplir sus devociones; entre tanto comieron los otros, guardando a San Isidro su parte, el cual vino después, y halló unos pobres a la puerta que esperaban limosna, y los metió consigo. Le dijeron los demás cofrades que no tenía que entrar ninguna persona, porque no había más comida que para él, porque ya todos habían comido. A los cuales respondió el Santo: «Lo que Dios nos diere, y eso que me habéis guardado, partiremos entre nosotros.» Fueron los que servían por la comida de San Isidro, y la hallaron multiplicada, viendo la olla llena de carne, y comida bastante para todos aquellos pobres y otros que luego se llegaron. De esta manera favorecía el Señor a las entrañas de su siervo, tan llenas de misericordia, que algunas veces se quedaba él sin comer para darlo todo a los pobres.

Fuente de los dos caños, situada en la Plaza del Ayuntamiento.

Una vez había ido su amo Iván de Vargas a visitar sus heredades, y estando con gran sed en tiempo muy caloroso, se lo dijo a su criado Isidro, pidiéndole agua: el cual con su acostumbrada caridad, no habiendo cerca agua, para que bebiese su señor, le señaló con el dedo un lugar, diciendo que allí hallaría una fuente. Fue allá Iván de Vargas, y no hallando nada, llamó a San Isidro, diciendo: «¿Dónde está la fuente? Por ventura, ¿queréis hacer burla de mí?». Fue allá el siervo de Dios con su ahijada, que hoy se guarda por reliquia, e hiriendo con ella una piedra, como otro Moisés, dijo: «Aquí, cuando Dios quería, agua había;» y al punto salió una fuente de agua clara, la cual dura hasta hoy, cerca de Madrid, en una ermita del Santo, y ha hecho y hace innumerables milagros, sanando a los enfermos de calenturas y otras enfermedades, y llevan su agua para este efecto de darla a beber a los enfermos. Nunca se ha secado esta fuente con estar en parte muy alta y seca, si no es cuando el año de 1575 los moriscos vendían su agua. Otras muchas fuentes y pozos sacó este glorioso Santo en varias villas y lugares, como en Longares, en Val de la Salud, en Valpermin, la Peña del Cuervo, y en Soto de Caraquiz, y esta fuente sana asimismo de todas enfermedades a los que la beben, y afirman los de aquel pueblo que pasó con ella otro tanto que con la fuente de Madrid. Sacó también el glorioso San Isidro otra fuente o pozo en Madrid, en la calle Mayor, que entonces era campo, y en la calle de Toledo dos; y es tradición muy recibida, aprobada en las informaciones, con mucho número de testigos contestes, que en las casas que fueron de don Felipe de Vera, regidor de Madrid, y hoy están metidas en el colegio imperial de la Compañía de Jesús, en la calle de Toledo, junto a un arca de agua arrimada a los estudios reales del mismo colegio, que en aquel tiempo eran de un antecesor suyo del propio apellido, persona muy rica y de muy grande labranza, hizo San Isidro un pozo, cuya agua ha sanado de muchas enfermedades, acudiendo a él mucha gente por ella para enfermos. Y asimismo hizo la cueva que está junto a él en la misma casa. Y algunas personas, que en sus casas han abierto pozos, y no hallando agua en ellos, encomendándolos a San Isidro luego han manado agua dulce y saludable para muchas enfermedades.

Tenía su amo una hija única, llamada María, a quien quería mucho: sucedió que, cayendo en una grave enfermedad, murió. Cuando vino el Santo del campo halló a sus amos muy afligidos, llorando y lamentándose amargamente por la muerte de su hija, porque no tenían otra; estaba ya aparejada la cera y todo lo demás que era necesario para el entierro. Pero el siervo de Dios, con el amor y ley que tenía a sus Señores, se compadeció de su pena, hizo devotamente oración a Dios Nuestro Señor, y tocando luego a la difunta con su rostro, la resucitó, dando todos muchas gracias y alabanzas al obrador de tales milagros.

Vivió algún tiempo el Santo en un lugar llamado Caraquiz, donde tuvo otro amo, con el cual dicen le sucedieron semejantes maravillas. Teniendo un montón de trigo limpio en las eras y aparte la paja, dijo su amo a San Isidro: «Poco trigo tenemos.» El siervo de Dios dijo que no tuviese pena, que Dios les daría más; se fue a la paja, que estaba aparte, y aventándola otra vez, sacó mucho trigo de ella, con grande admiración de todos los que lo vieron. Pidió luego a su señor que le diese el grano que había quedado en la paja; él le respondió que allí no había quedado nada, más que lo tomase todo. Volvió el Santo a aventar la paja y sacó más trigo que antes, con lo cual tuvo mucho que dar a pobres.

En Torde laguna estuvo San Isidro algún tiempo, donde tuvo otro amo, el cual, viendo que su cosecha no había sido tan grande como deseaba, y que la que San Isidro había cogido de un corto pegujar suyo había sido muy copiosa, sospechando que su criado había pasado trigo de su montón, le dijo que ¿cómo era posible que él hubiese cogido tanto de tan poco como había sembrado? El siervo de Dios le respondió con una boca llena de risa: «Dios es el repartidor de Sus bienes, y así reparte como quiere y es servido; pero porque salgáis de la duda que tenéis, tomad para vos el un montón y el otro, que yo estaré muy contento con sola la paja de mi pegujar;» y después de haber hecho oración, tomando el bieldo con grande confianza, tornó a aventar la paja, de la cual sacó más trigo que la primera vez, el cual luego repartió a los pobres.

Yendo a visitar sus heredades el amo de San Isidro se le murió el caballo; avisado el Santo fue allá, y cuando le vio muerto le dio una palmada, diciendo: «Levántate en el nombre de Dios;» y al punto se levantó el caballo vivo y sano.

Tuvo San Isidro un hijo en su mujer la bendita María de la Cabeza, que fue también Santa. Pero habiendo crecido el muchacho cayó en un pozo muy hondo, donde se ahogó. Llegó San Isidro del campo, y viendo a su mujer afligida y muy llorosa, supo lo que pasaba. Se pusieron entrambos en oración, hincadas las rodillas, suplicando a Nuestro Señor con lágrimas les favoreciese en aquel trabajo. Estando así creció el agua del pozo hasta el brocal, viniendo el hijo vivo sobre las aguas. Entonces el Santo, tomándole por la mano, le sacó bueno y sano. Este pozo se dice que está en las casas de los Lujanes de Madrid, que son descendientes de Iván de Vargas, amo de San Isidro. Quiso el enemigo común inquietar al siervo de Dios y sembrar cizaña entre los dos Santos casados; porque viviendo apartados para más agradar a Dios en castidad y pureza, y emplearse en obras del servicio divino, se quedó su Santa mujer en Caraquiz en una ermita de Nuestra Señora, que después se llamó Santa María de la Cabeza. Pedía limosna a los del lugar para la lámpara que ardía delante del altar de la Sacratísima Virgen; iba cada día a encenderla y barrer la ermita, pasando el río Jarama, que por aquella parte no tenía barca ni puente en más de dos leguas, y así le pasaba por el vado; y cuando venía crecido iba sobre las aguas sin hundirse, llevando siempre lumbre y aceite y lo demás necesario para el adorno y limpieza de la ermita. Pedía juntamente limosna a los moradores y caseros de aquellos contornos para las lámparas de otras ermitas, ocupándose en oración por los campos; pero como no hay cosa, por buena que sea, que no la pueda interpretar mal la malicia humana, la acusaron unos calumniadores a San Isidro, diciendo que su mujer, con capa de devoción, vivía deshonestamente, conversando con los pastores que estaban a la orilla del Jarama; y no sólo los hombres, sino el mismo demonio, tomando forma de uno de aquellos villanos malsines, se lo procuró persuadir. El Santo varón, aunque no le dio crédito, con todo eso quiso él por sí mismo enterarse de lo que pasaba; fue de Madrid al pueblo de Caraquiz, sin saberlo su mujer, y esperándola un día en parte donde no pudiese ser visto de ella, vio que caminaba a la ermita cargada de lumbre y aceite, y llegando a la ribera del río, que venía muy crecido y con grande raudal, hecha la Señal de la Cruz y tendida su mantellina sobre las aguas, se puso sobre ella, y así pasó el río sin mojarse como si caminara por un enladrillado, y después de haber cumplido con su devoción, hizo a la vuelta lo mismo. Con lo cual se consoló mucho el siervo de Dios, y se confirmó en la buena opinión que tenía de su santa mujer, dejándola, como antes, cumplir sus devociones; pues con tales maravillas mostraba el Señor que le eran muy aceptas.

Otra vez, pasando el río, juntos, San Isidro y su Santa mujer, yendo entrambos sobre las aguas, la Virgen Nuestra Señora les pasó a la otra parte, adonde estaba la ermita, y puestos allí, hincados de rodillas, dieron muchas gracias a Nuestro Señor y a Su Santísima Madre.

Tornaron otra vez algunos a infamar a la sierva de Dios, María de la Cabeza, de que no guardaba fe a su marido, sino que andaba a buscar e inquietar a los pastores y vaqueros del Jarama, no teniendo otro fundamento para esto, sino que salía cada día al campo a encender la lámpara de la ermita, y que no podía pasar a la ermita por ir el río crecido y no haber barca ni puente: porque no sabían el modo maravilloso con que atravesaba las aguas. Dieron otra vez aviso al Santo, el cual, satisfecho de la inocencia de su esposa, y sintiendo en el alma la ofensa que se podía hacer en levantar testimonio de cosa tan grave a la que no tenía culpa, derramó muchas lágrimas delante de un Crucifijo; y confiado en Dios le pareció tornar otra vez a Caraquiz, donde estaba su Santa mujer, para satisfacer los ánimos de los malintencionados, y que se declarase la inocencia de su Santa mujer. Para esto dispuso que estuviese gente con él, cuando iba su mujer a la ermita al pasar el río, y viéndola todos que echando su mantellina sobre las aguas le pasó a ida y vuelta sin mojarse, quedaron maravillados todos y confusos los que la habían infamado, dando todos muchas gracias a Nuestro Señor por las cosas maravillosas que obra por los que fielmente le sirven.

Iglesia de San Andrés en Madrid, anexa a plaza de la Paja, fue el sitio donde se diera entierro a San Isidro.

Llegando el tiempo en que quiso el Señor premiar la caridad y virtudes de su siervo cayó malo en la cama, y como conociese que se le acercaba el último día de su vida, habiendo recibido devotísimamente los Sacramentos y exhortado a los de su casa al temor de Dios, hiriendo muchas veces con lágrimas y gran ternura sus pechos, las manos juntas, y todo su cuerpo compuesto, cerrados los ojos, entregó su humilde espíritu a su Creador. Fue su muerte, según dice Juliano, a 28 de noviembre del año 973, siendo el Santo ya muy lleno de años y de virtudes. Fue sepultado su santo cuerpo en el cementerio de San Andrés de Madrid, que era la postrera iglesia que cuando vivía visitaba cada día, y de donde últimamente se partía para su trabajo. Allí estuvo sepultado cuarenta años con tanto olvido, que en tiempo de lluvias pasaba un arroyo de agua sobre su sepultura, llevándose la tierra de ella, de manera que la henchía toda de agua, y llegó casi a descubrir el cuerpo. Mas el misericordioso Dios, que dijo en Su Evangelio: «No perecerá un cabello de vuestra cabeza,» ordenó que de este su siervo fiel no pereciese cabello, ni miembro alguno, honrando a San Isidro y publicando milagrosamente su santidad en el mundo; porque pasados los cuarenta años de su muerte, apareció el siervo de Dios a un buen hombre, que había sido compadre y amigo suyo, que vivía cerca de la iglesia, encargándole que dijese a los clérigos y parroquianos de San Andrés que mandaba Dios trasladasen su cuerpo del cementerio a la iglesia. Rehusó el hombre publicar esta revelación, temiendo no ser creído, por lo cual cayó luego enfermo. Apareció segunda vez el Santo a una noble matrona de Madrid, mandándola lo mismo, lo cual hizo como el siervo de Dios se lo ordenó, siendo fácilmente creída por la buena fama que había dejado de sí en Madrid aquel Santo labrador.

Fueron todos con gran devoción al cementerio, cavaron y descubrieron la sepultura del Santo, y hallaron el bendito cuerpo sin corrupción alguna, y la mortaja entera, que olía todo suavísimamente. Fue grande la devoción que causó a todos, la cual creció mucho más con un raro prodigio que obró Nuestro Señor, para mostrar la santidad de Su siervo; porque al tiempo que le trasladaban se tocaron todas las campanas de la iglesia de San Andrés por sí mismas, sin manos de hombres, ni otro humano artificio.

Estaban en este tiempo algunos pobres tullidos y ciegos pidiendo limosna en el camino real cerca de Madrid, los cuales, oyendo lo que pasaba en la iglesia de San Andrés, se fueron como mejor pudieron allá, acudiendo a la sepultura vacía donde había estado enterrado San Isidro, y tomando la tierra de ella, tocaron con viva fe sus miembros doloridos y enfermos, con lo cual sanaron milagrosamente. Con estas maravillas tuvieron todos al siervo de Dios por Santo, y empezaron a decir Misa de él, y dedicarle templo, con aprobación de los prelados. Manaba de su santo cuerpo un licor suavísimo a manera de bálsamo, que llenaba toda la iglesia de un olor celestial, con el cual sanaban los enfermos de varias enfermedades, aumentándose la devoción para con el siervo de Dios en todo género de gente. El rey don Alonso, que ganó la batalla de las Navas, fue muy devoto suyo, se encomendó a este Santo, el cual le apareció antes de entrar en la batalla contra Miramamolin, y le guió y favoreció, de manera que ganó aquella milagrosa victoria, quedando muy agradecido al siervo de Dios; y visitando su santo cuerpo echó de ver como era el mismo que se le había aparecido en forma de pastor y guiado su ejército.

Crecían cada día los milagros que el Señor hacía para significar la santidad de San Isidro. En tiempo del rey don Fernando el Santo, estando la tierra con grande necesidad de agua, y casi perdidos los panes, sacó el pueblo y clerecía de Madrid el santo cuerpo, y luego llovió con gran abundancia. Cuando quisieron volver el cuerpo de San Isidro a su sepulcro, un sacerdote porcionista de Santa María, llamado Pedro García, cortó de los cabellos de la cabeza del Siervo de Dios, para que se pusiesen decentemente en su iglesia entre otras reliquias. Acabados los oficios se fue a su casa por ser tarde, a comer, puso sobre una ventana los cabellos, con propósito de llevarlos a Santa María después de haber comido; al asentarse a la mesa le dio de repente un temblor tan grande y turbación de cabeza, que parecía se había de morir allí. Cayó en la cuenta que aquello era castigo de Dios, porque no estaba en lugar decente la santa reliquia; se levantó y los llevó luego a la iglesia de Santa María poniéndolos sobre el altar de la Virgen, quedando con esto libre de aquel accidente tan extraordinario, y muy contento y consolado en su espíritu. Volvió a su casa y comió, contando a todos aquel prodigio. Y Juan Diácono, que escribió la vida de San Isidro, dice que se lo oyó contar al mismo Sacerdote.

El mismo Juan Diácono escribe que otra vez no llovió desde el primer día del mes de mayo hasta el día de San Gregorio: la sequedad fue tan grande, que muchos labradores no se atrevieron a sembrar. Acudió la gente de Madrid y de los lugares circunvecinos al sepulcro de San Isidro con gran devoción, por espacio de un mes, y en este tiempo apareció el Santo a un religioso de San Francisco, y le dijo: «No dejéis de rogar a Dios que da comida a toda carne viviente, y Él nos hizo a nosotros, y no nosotros mismos, porque por Su inefable Misericordia os concederá lluvia.» Perseveró la gente animada con esta revelación en orar al Santo. Llovió luego tan abundantemente, que se reparó aquella sequedad tan notable. Sucedió esto año 1252. En otra grande sequedad concurrieron muchos pueblos a Madrid, y sacaron en procesión el cuerpo de San Isidro hasta una iglesia que estaba algunas millas lejos; allí encontraron mucha gente que había venido de las partes de Illescas, trayendo la imagen de Nuestra Señora, y estaban todos esperando lluvia. Se celebraron devotamente los Divinos Oficios, y acabado el sermón, viendo que no llovía, la infinita gente que allí se había juntado comenzó a romper el aire con muchos clamores y gemidos, espantados de que Dios por tales intercesores no los socorría con agua, porque no pereciesen. Dijo entonces el predicador: «Saquen el cuerpo de San Isidro de su arca, y pónganle delante de la Virgen, y con esto hágase la Voluntad de Dios.» Lo hicieron así, y descubriendo el bendito cuerpo delante de la Madre de Dios, el pueblo se deshacía en lágrimas; fue cosa maravillosa, que no habiendo traza de llover, se fraguó de repente una lluvia tan grande, que bastó a satisfacer el deseo de los labradores, sucediendo en aquel año la cosecha muy colmada. Otras muchas veces remedió el Señor faltas muy grandes de aguas por la intercesión de este Santo. En una de estas sequedades, un moro, llamado Garfas, hizo voto delante de muchos otros moros y cristianos en esta forma: «Yo prometo a Dios y a la fe cristiana que si en este tiempo de sequedad, en el cual los cristianos han sacado el cuerpo de su San Isidro para alcanzar lluvia, Dios la concede, me tornaré cristiano; y si no lo cumpliere, muera yo mala muerte.» Antes de ocho días fue Dios servido de llover luego con gran abundancia. Pero no haciendo caso aquel hombre miserable de cumplir el voto, antes de acabarse los ocho días fue muerto a puñaladas.

En el mismo tiempo que reinaba el santo rey don Fernando, el que ganó a Sevilla, llegó un ministro real a Madrid a cobrar el derecho que llamaban de la martiniega; el cual, como a prima noche oyese contar muchas maravillas que Dios obraba por aquel Santo labrador, no lo creía, diciendo que no se persuadía que un trabajador, quintero pobre, hubiese sido tan santo. Se acostó después; pero no pudo pegar los ojos de una gran pena y aflicción mortal que sentía en su corazón. Echó de ver que aquello era castigo por lo que había dicho contra el Santo; comenzó a dar voces y despertar a sus criados, llamándolos a prisa para que le socorriesen luego. Porque tal enfermedad y pena no había sentido en su vida, reconociendo que Dios le castigaba por haber hablado y sentido mal de San Isidro; les pidió que ellos y los huéspedes, y otros amigos suyos le ayudasen y llevasen al sepulcro del siervo de Dios, y no sosegó hasta que en amaneciendo se hizo llevar allá con una procesión de mucha gente que le acompañó, todos con velas encendidas en las manos; y llegando al sepulcro del Santo le pidió perdón con muchas lágrimas, y ofreció algunos dones, con lo cual se sosegó y fue libre de aquel accidente, volviendo a su casa muy consolado y sano ya del cuerpo y alma, siendo de allí adelante un perpetuo pregonero de las alabanzas del Santo.

Se les murió a dos buenos casados un hijo que tenían, pidieron al Santo (teniendo delante de su sepulcro la criatura muerta) les tornase su hijo vivo; los oyó San Isidro, y allí luego les restituyó su hijo, sano y bueno. Una lámpara que estaba delante del sepulcro del siervo de Dios se encendía cada sábado por manos de Ángeles, la cual fue también vista que la traían los Ángeles por la iglesia de San Andrés.

El año de 1270, un hombre honrado, llamado Juan Domingo, vecino de la ciudad de Córdoba, habiendo ido a la guerra contra los moros, fue cautivo de ellos; rogaba continuamente a Dios que le sacase de aquel trabajo y tiranía. Oyó Dios su petición, y apareciéndole San Isidro, le dijo: «Da gracias a Dios que te ha oído y se ha compadecido de ti, y me envía a que te libre de las manos de tus enemigos.» Con esto se le cayeron las cadenas y prisiones, y el Santo le fue guiando hasta que le dejó en parte segura. Por este milagro hizo voto de ir a Madrid a visitar el sepulcro del siervo de Dios; pero descuidándose en cumplirle, fue otra vez cautivo de moros. Reconoció su culpa, pidió perdón de ella al glorioso San Isidro, suplicándole que se compadeciese de él otra vez y le librase de aquella esclavitud. Le oyó el Santo y le libró tan milagrosamente como antes lo había hecho. Viéndose libre se fue a su casa y contó a todos los suyos las maravillas que el Señor había obrado por su siervo, dando las señales de su rostro, estatura y disposición, no habiendo visto retrato de San Isidro, ni oído de él cosa alguna. Fue luego a cumplir su voto, ofreciendo algunos dones al sepulcro del Santo. Otro hombre, llamado Pedro García, fue acusado de haber hecho moneda falsa; al cabo de diez meses de prisión fue sentenciado a muerte. Daba voces el hombre, viéndose inocente, y decía: «¡Oh, bienaventurado San Isidro!, ayudadme, y libradme de este trabajo y de la muerte.» Le apareció el Santo, diciéndole: «Pedro, no temáis, que no prevalecerán vuestros enemigos contra vos, porque mañana os hallaréis sin grillos.» Sucedió como el Santo lo dijo, que libró a aquel hombre por este modo de la muerte.

Un mayordomo de la cofradía de San Isidro, habiendo dado de comer a diez y seis pobres por mandado de los otros cofrades, sobró en la olla un pedazo de carne; vinieron dos pobres más, a los cuales dieron de comer bastantemente con aquello poco, que se multiplicó por virtud divina. Hallaron después la olla que había dejado vacía llena de carne, como si no hubiera tocado a ella, y así llamaron a otros tantos pobres, y les dieron de comer cumplidamente.

A un hombre, llamado Hernando Domínguez, habiendo cegado totalmente, le llevaron sus parientes al sepulcro del Santo; le pidió la vista y salud de sus ojos con tanto afecto, que luego fue oído, sintiéndose con vista. Vuelto a su casa sin guía alguna, para hacer algún servicio agradable a San Isidro, dio de comer a muchos pobres. Fue cosa maravillosa que toda la harina y vino que en esto se gastó no se disminuyó, sino que quedó otro tanto, con grande admiración de todos los que lo vieron.

Recibió un caballero, para que cultivase sus tierras, a un quintero, y para pagarle algo adelantado le pidió fiador, y no teniendo quién le fiase, le prometió delante del sepulcro de San Isidro que cumpliría su palabra, y si no, que el Santo le castigase. Con lo cual el caballero le pagó toda su soldada y le fió. Mas desagradecido aquel hombre, no haciendo caso de su promesa, se huyó sin acabar de servir el tiempo concertado. Pasó de noche sin reparar en ello por la iglesia de San Andrés, donde está el cuerpo de este siervo de Dios. Fue cosa maravillosa que, andando corriendo toda la noche, no se partió de la iglesia, sino que toda se le fue en dar mil vueltas alrededor de ella, hasta que por la mañana, yendo el amo a quejarse a San Isidro y pedirle cumpliese su fianza, halló su quintero allí, dando más y más vueltas, sin poderse haber apartado de aquel sitio. Pidió perdón al Santo y a su amo, al cual satisfizo después enteramente por su trabajo.

Estándose muriendo un hombre vio que muchos demonios le rodeaban, porque estaba en pecado mortal; imploró el favor de San Isidro, cuyo devoto era. Vino el Santo a favorecerle, apareciéndosele visiblemente, y ahuyentó con su presencia los malos espíritus, dándole lugar para que se confesase. A otro hombre, estando acostado en su cama, se le apareció en sueños el demonio en una horrible figura, y tomándole de la mano lo quería echar en un pozo. Pero apareciéndosele entonces el bienaventurado San Isidro, dijo al común enemigo: «No tienes poder en este hombre, porque yo soy su fiador.» Replicó el demonio: «¿Cómo le has fiado, porque está en pecado mortal?» El Santo dijo: «Hace muchos días que es mi devoto, y el poder y gracia de Cristo le quitará de tus manos.» Al punto desapareció el demonio, y el Santo dijo a aquel hombre: «Toma mi consejo, y confiesa luego tus pecados con verdadero dolor, sin callar cosa alguna.» No vio la hora de amanecer, cuando luego se fue a confesar con grandes lágrimas y sentimiento, quedando libre del demonio espiritualmente. Estos milagros y otros muchos, que sería largo de contar, refiere Juan Diácono, y después acá son sinnúmero los que ha hecho y hace este grandísimo amigo de nuestro Dios verdadero.

A un moro que servía al licenciado Benito de Luján, estando un día una hermana de su amo y otras mujeres echando suertes de Santos, le dijeron si quería le metiesen en ellas; él, haciendo burla de ello, dijo que hiciesen lo que quisiesen. Ellas le metieron; y habiéndole salido San Isidro, le dieron el papelillo en que estaba escrito el nombre del Santo, encargándole que le guardase; él le tomó, pero sin pensamiento de hacerse cristiano, aunque su amo se lo había exhortado mucho, prometiéndole que le daría luego libertad; mas él respondía que más quería ser esclavo toda su vida, siendo moro, que libre siendo cristiano. Sucedió que, cayendo su amo en la cama, le mandó que fuese por un cántaro de agua a la fuente de San Isidro; la trajo, y a la noche, estando durmiendo y a oscuras, oyó que le daban voces por su nombre, que era Amete, pareciendo que le tiraban por los cabellos, para sacarle de la cama. Despertó muy espantado y halló el aposento lleno de claridad, salió al patio de la casa a ver si le llamaba alguno, y no sintiendo nada se tornó a echar en la cama, y luego tornó a oír la misma voz que le decía: «Amete, hazte cristiano, que San Isidro, de cuya fuente trajiste el agua, te lo dice;» pareciéndole también que le tiraban para sacarle de la cama, y volviendo en sí halló el aposento con la misma claridad.  Se levantó a ver si era de día o si topaba alguno, y viendo que era de noche, se tornó a acostar bien temeroso; mas le sucedió lo mismo tercera vez. Con esto acabó de entender que aquello era cosa milagrosa, y a la mañana pidió luego a su amo que le hiciese cristiano, sin otra merced alguna; porque no quería libertad ni otro premio, por lo que tan bien le estaba; y así, después de bien catequizado le bautizaron.

Una beata, llamada Catalina de Lerma, estando muy apretada de tercianas dobles, pidió al Santo la sanase, el cual la vino a visitar del Cielo, poniéndosele junto a la cama, con lo cual nunca más vino el crecimiento.

Juan López, portugués, habiendo recibido la extremaunción y los demás Sacramentos, estando desahuciado de los médicos, mandó en su testamento diez ducados para la canonización de San Isidro; una noche que entendían se moriría, amaneció a la mañana bueno y sano, diciendo que ya no tenía necesidad de médicos, porque un médico del Cielo le había sanado. Preguntándole qué médico, respondió que aquella noche habían estado en su compañía unos niños, y entre ellos un hombre, y que pensando que venían por la limosna de ciertas Misas, que él había dicho las pagasen, respondió el hombre: «No venimos por esa limosna, sino a visitarte, que yo soy San Isidro;» y desde entonces quedó el enfermo sin calentura, bueno y sano.

Con más rigor ejecutó otra manda que se había hecho para la canonización de San Isidro su Santa mujer María de la Cabeza, por lo que interesaba que se tratase de ella, no sólo por la parte de la honra que le cabía en que su glorioso marido tuviese en la Iglesia militante título de Santo canonizado solemnemente por el Vicario de Jesucristo, sino también porque de ahí se había de tomar ocasión para colocar sus santos huesos en lugar más digno, y tratarse de su canonización con veras. En la información plenaria de esta sierva de Dios, hecha en Madrid ante el nuncio de su Santidad y otros jueces apostólicos, el año de 1616, consta cómo doña Ana María Remesal prometió a San Isidro, que el día que casase a su hermana, doña María Remesal daría cierta cantidad de dinero para ayuda de su canonización. La casó, y ocupada en los embarazos de las bodas, se olvidó de la promesa. Luego al otro día, estando a su parecer durmiendo, le pareció que entraba una labradora vestida de colores, como está pintada en Nuestra Señora de Atocha la sierva de Dios, María de la Cabeza, con una presencia muy grave y una toca rebozada, la punta postrera suelta, y traía consigo junto a ella un hombre moreno y grosero, con vara en la mano, como portero de vara, el cual traía un perro negro tras ella con una cadena. La labradora, poniendo la mano en la dicha doña Ana María, dijo al portero: «Ésta es la que debe el dinero para la canonización de San Isidro.» El alguacil, echándola el perro, la asió de los vestidos, y se volvió con gravedad la labradora para irse. La presa daba voces con gran temor, que ella llevaría el dinero. Entonces la mandó soltar y desapareció. No había visto jamás doña Ana María pintada a la Santa mujer de San Isidro, María de la Cabeza; pero cuando la vio en Atocha, en la ermita de San Isidro, dijo que era la que le había aparecido. Luego cumplió su promesa, porque no sosegó su corazón, pareciéndole que la sierva de Dios había venido de parte de Dios y San Isidro a ejecutarla.

El año de 1600 sucedió en la cofradía de San Isidro otro milagro aun más maravilloso que el que arriba referimos haber acontecido antiguamente. Habiéndose juntado los cofrades de San Isidro de Madrid un día a comer juntos como suelen, por haber concurrido muchos a la comida, quedó menos de lo que habían menester para dar limosna a veinte pobres. No obstante eso, Jerónimo Fex, tesorero de la cofradía, vino tarde a comer, y llevó consigo cosa de trescientos pobres; viéndolos los oficiales de la cofradía dijeron que para qué traía tanta gente, no habiendo comida ni para veinte, porque todas las ollas estaban vacías, sino sola una donde había comida para solos muy pocos. Él respondió que Dios y San Isidro lo remediarían. Hizo sentar a todos, y habiéndoles dado de comer abundantemente, sobró mucho para dar a otros pobres. Fue también notable maravilla que no habiendo más de una redoma de vino en la cofradía, se multiplicó de manera que, habiéndose satisfecho a todos, sobró mucho vino en ella.

Arca mortuoria en el altar mayor de la Real Colegiata de San Isidro, en Madrid, donde descansa el cuerpo incorrupto de San Isidro Labrador; debajo, las reliquias de su esposa, Santa María de la Cabeza.

Es un continuo milagro la incorrupción del cuerpo de San Isidro, y el suave olor que echa de sí, muy diferente de todos los olores que produce la naturaleza y puede componer el arte. Marineo Sículo dice estas palabras: «Yo he visto su santo cuerpo, y está tan entero que no parece sino que hace dos o tres meses que murió;» y lo que admira es que en cualquiera cuerpo lo primero que empieza a faltar es la punta de la nariz y los blancos de los ojos: esto tiene tan entero, que admira, y cuando así lo vi, me acordé de aquel lugar de la Sagrada Escritura que dice: Capillus de capite vestro non peribit. Esto es del autor citado, y los que viven ahora pueden ser testigos de lo mismo, como yo lo soy, que he visto entero el cuerpo de este glorioso Santo, con gran admiración y consuelo de mi alma.

La reina doña Juana, mujer del rey don Enrique II, por la devoción que tenía al Santo quiso trasladar un brazo de su santo cuerpo; mas no pudo salir de la capilla por sobrevenirle un mal repentino, por donde conoció que no era la voluntad de Dios que se apartase aquel brazo del resto del cuerpo, y volviéndole a restituir cobró al punto salud. Habiendo sanado la reina doña Isabel la Católica de una grave enfermedad, por intercesión de San Isidro, fue a visitarle, y una dama de la reina, llegando a besar los pies del Santo, le quitó con los dientes el dedo segundo del izquierdo; pero cuando la reina se iba y toda la gente, aquella dama que cortó el dedo no pudo salir de la capilla, hasta que viniendo esta maravilla a oídos de la reina, y descubriendo la dama lo que había hecho, mandó la reina restituyese el dedo, con lo cual pudo moverse.

Han sido innumerables los milagros que en todo tiempo ha obrado el Señor por intercesión de su siervo San Isidro, sanando enfermos desahuciados, resucitando niños muertos, dando brazos sanos a los mancos, pies a los tullidos, vista a los ciegos, consuelo a los afligidos, remedio a los pobres, que sería largo el referirlos. Quien quisiere ver gran multitud de ellos, vea al padre fray Jaime Bleda; y aunque siempre ha sido tenido por Santo, y venerado por tal de los pueblos, con todo esto, por mostrarse agradecida la villa de Madrid a su Santo benefactor y Patrón, ha alcanzado de la Santa Sede Romana le canonice con la solemnidad con que usa ahora declarar los Santos; y así Gregorio XV, el año de 1622, a 12 de marzo, le canonizó juntamente con otros cuatro grandes Santos, y los tres fundadores de santos institutos de gran gloria de Dios y provecho de la Iglesia, que son San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y San Francisco Javier, de la misma Compañía y apóstol de la India, Santa Teresa de Jesús, fundadora del Carmen descalzo, y San Felipe Neri, fundador de la Congregación del Oratorio: que es para alabar a Dios haber sido honrado con esta suprema honra un humilde labrador entre Santos tan grandes y patriarcas de tan ilustres congregaciones, y de celo y espíritu apostólico; y no es menos de admirar la Suma Sabiduría de Dios, que ha hecho a un Santo labrador Patrón de la Corte de tan gran monarca como el rey de España, donde los príncipes y grandes veneran a un pobre quintero e imploran su favor y ayuda. Para que se vea la ventaja que hace la virtud a todas las grandezas humanas. Escribieron la vida de San Isidro Juan Diácono, autor muy antiguo, Basilio Sanctoro, el maestro Alonso de Villegas, fray Juan Ortiz, Lucio, y el padre fray Jaime Bleda. Muchos hacen mención de él: Juliano Archipreste, Marineo Sículo, y otros escritores.

(P. Ribadeneira.)

Casa de San Isidro en el arrabal de San Andrés de la villa de Madrid.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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