6 de Mayo: San Pedro Nolasco, Patriarca y Fundador (1189-1258)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 31, Página 271.

Ubicación…

San Pedro Nolasco, Patriarca y Fundador

La vida de San Pedro Nolasco, gloriosísimo Patriarca, y santísimo Fundador de la sagrada Orden de Nuestra Señora de la Merced, sacada de varios autores, es de esta manera. Nació San Pedro Nolasco en Francia, en el Obispado de San Papulo, entre los de Tolosa y Carcasona, en un pueblo, que se llamó antiguamente Recaudio, y después, Más de las Santas Puellas, o Mansión de las santas doncellas, por estar allí un sepulcro de unas santas vírgenes, que murieron en este pueblo desterradas de Tolosa, por haber enterrado el cuerpo de San Saturnino mártir. Su padre se llamó Guillermo Nolasch, o Nolasco, y su madre Teodora, nobilísimos en la sangre; porque estaban emparentados con la primera nobleza de Francia: y no menos noble en la piedad, y celo de la religión; porque encendiéndose en su tiempo la herejía de los albigenses, no teniendo poder para reprimirlos, por ser sus fautores, y protectores los señores de aquellos estados, se retiraron a esta aldea suya, por huir del contagio de la herejía, y conservar en la pureza de la fe a sus vasallos. Vivían aquí los piadosos casados, ejercitándose en obras de piedad, y misericordia, socorriendo largamente a los pobres, y hospedando a los peregrinos, que pasaban por allí, de la parte de Francia, a visitar el sepulcro de Santiago Apóstol en España; y con estas buenas obras, y continuas oraciones, pedían a Dios, que les diese un hijo heredero de su nobleza, y rico patrimonio; porque habiendo estado casados muchos años, no tenían fruto de bendición; y a los peregrinos daban ricos presentes, que ofreciesen al sepulcro do Santiago, rogándoles, que al llegar al término de su peregrinación, pidiesen al Santo Apóstol, les alcanzase de Dios el hijo, que tanto deseaban.

2 Quiso Dios cumplir los deseos de Guillermo, y Teodora, dándoles mucho más de lo que pedían; porque un santo Sacerdote les prometió de parte de Dios, que tendrían un hijo, que ennoblecería más su casa con sus obras, que todos sus ascendientes con sus hazañas: y un peregrino, que volvía de Galicia, les confirmó esta promesa, asegurándoles, que tendrían un hijo por la intercesión del glorioso Apóstol de las Españas. Concibió Teodora, y parió un niño a 1° de agosto, del año de 1182, día de las Cadenas de San Pedro, en cuya veneración se le dio el nombre de Pedro en el bautismo: y parece, que el nacer en tal día fue presagio, de que nacía para romper las cadenas de los cautivos cristianos, y fundar una religión, que tuviese esto por instituto. Nació, como hijo de oraciones, y lágrimas, para bien de muchos, y desde luego mostró el Señor con señales extraordinarias, y maravillosas, cuán grande había de ser este niño; porque se oyeron en el aire músicas de los Ángeles, y fue visto su rostro cercado de resplandores, que alumbraron toda la pieza, y llenaron de gozo, y admiración a los presentes. Acudieron también al palacio de su padre todos los pobres de aquella comarca, atraídos de interior moción, sin ser llamados, ni saber ellos, a lo que venían: con que viendo, y oyendo tantos prodigios, decían con admiración, y alegría, lo que los montañeses de Judea en el nacimiento del Bautista: «¿Qué ha de ser este niño, en quien Dios obra tales maravillas?» El día que Teodora salió a Misa con su hijo, al entrar el acompañamiento en la iglesia, un Sacerdote, que estaba diciendo Misa, volviéndose al pueblo para decir: Orate, fratres; le trocó Dios las palabras, y dijo en alta voz: Hic puer erit magnus corám Domino. Ecce propugnaculum Ecclesiae, et egenorum solatium; que quiere decir: Este niño será grande delante del Señor: éste será defensor de la Iglesia, y consuelo de los pobres. Criaba Teodora a sus pechos a su hijo; aunque la asistía, como ama, una mujer virtuosa del lugar. Ésta dejó un día al niño en la cuna en lo más ardiente del verano, a la hora de siesta, y viniendo un enjambre de abejas, y cercando con blando susurro la cabeza del santo niño, se sentó en su manecilla, y labró en ella un pequeño panal. El enjambre de abejas, que vino a la boca de Platón, y de San Ambrosio, denotaba la elocuencia, y sabiduría del filósofo, y doctor sapientísimo; y el que vino a la mano del niño Nolasco, mostraba, que había de tener en sus manos semejante elocuencia, a la que tuvieron aquellos en su boca, predicando, y enseñando con obras, y ejemplos a muchos; como se cumplió bien después en el resto de su vida.

3 Parece, que nació con este niño la misericordia del vientre de su madre, y que iba creciendo con él desde su infancia, como decía de sí el santo Job: y aun todas las virtudes podemos decir, que nacieron con él; porque todas las empezó a ejercitar, desde que tuvo uso de razón: y le tuvo muy presto; porque Dios se le adelantó, como creen algunos: y a lo menos las acciones de esta edad no parecen de niño; y de cualquiera manera son admirables. Estando a los pechos de su madre, conocía los mendigos: y si tal vez despedían a alguno sin darle limosna, lloraba, y se afligía; y el modo de acallarle era dar limosna al pobre: otras veces no se quietaba, hasta que se la daban en sus manos, para dársela él a los necesitados. Algunas veces se quitaba él mismo los dijes, que le ponían, y se los daba a los pobres: y tenían ya tan conocida los de su casa esta afición, que si alguna vez lloraba, el medio de acallarle era llamar algún pobre, de los que pasaban por la calle; y en viéndole el niño, trocaba en risa las lágrimas, y mostraba gusto de pasar a sus brazos. Cuando no se hallaban pobres, le ponían una estampa de la Virgen en las manos, y luego callaba, y la besaba, y miraba con gran suspensión. Conocía como por natural instinto a los herejes, y los aborrecía: y cuando algún deudo suyo inficionado de la herejía le hacía caricias, le volvía el rostro, como espantado de verle; y si le quería tomar en brazos, le apartaba, como podía, con las manecillas, y lloraba, sin poderle acallar: al contrario, en viendo algún Sacerdote católico, se quería ir a sus brazos de los de la ama, y se afligía, si se lo embarazaban.

4 Cuando creció más en la edad, le dieron sus padres por ayo, y maestro un Sacerdote virtuoso, con cuya enseñanza aprendió las primeras letras, y se adelantó en las virtudes. Se veía en sus ojos modestia, en sus pasos gravedad, en sus palabras madurez, y en todas sus acciones caridad. Asistía siempre a la limosna, que se daba en su casa a los pobres, y él por sí mismo la quería repartir: y enseñando su maestro las oraciones a los mendigos, el niño les hacia hincar de rodillas, haciendo él lo mismo, y rezando con ellos. Enseñaba a otros niños las oraciones, y guardaba su almuerzo, y merienda, para los que respondían mejor. Nunca se desayunaba, hasta haber dado la lección, y desde cuatro años empezó a abstenerse mucho en la comida. Se salía a la puerta de su casa, para llamar a los pobres, y peregrinos, que pasaban: y algunas veces saliéndose de casa, volvía sin vestido; y preguntándole sus padres, ¿qué había hecho de él?, respondía: que se le había dado a un niño pobre, que le había menester más que él. Igual era la devoción a las cosas sagradas, y el aborrecimiento a los herejes: en viendo algún Sacerdote, se hincaba de rodillas, y le besaba la mano; y en viendo algún hereje, huía de él, y no quería sentarse a la mesa de sus padres, si había en ella algún pariente tocado de la herejía. Se hospedó en su casa el venerable Pedro Duacense, legado apostólico, que pasaba a celebrar el concilio Dibionense; y viendo al niño, y haciéndole varias preguntas, dijo con espíritu profético: «Por este niño vivirán muchos, y morirán muchos, siendo célebre en España el fruto de sus hechos.» Un día haciendo una bandera de una estampa de la Virgen, juntó todos los niños del lugar, y formando un escuadrón, de que él se hizo capitán, les decía: vamos a matar a los herejes, que son enemigos de Dios, y de Su Madre, y muramos por la virginidad de la Reina de los Ángeles. Negaban los herejes albigenses con su boca sacrílega la Virginidad de Nuestra Señora; y por eso singularmente los aborrecía el niño Nolasco, que tenía entrañado en su corazón el afecto a la Reina del Cielo. Supieron los herejes circunvecinos este hecho del niño, y el pronóstico del legado, e interpretaban, que este niño en mayor edad había de ser destrucción de su secta: por lo cual le miraban en adelante con grande aborrecimiento, tanto, que su padre, temiendo, no le matasen, le envió a un monasterio del Cister, que estaba junto a Carcacona, cuyo abad era Gaufredo, deudo suyo, que después fue legado de Inocencio III, para que se criase entre los monjes, y aprendiese latinidad, según la loable costumbre de aquellos tiempos, en que se criaban los hijos de los caballeros en los monasterios de los monjes.

5 Con la enseñanza del abad, y compañía de los monjes, se adelantó de manera en la virtud, que era admiración a todos: porque así acudía al coro, como si no estudiara; y así estudiaba, como si no tuviera otra ocupación; y en tan tierna edad maceraba su carne con ayunos, cilicios, y disciplinas. Deseaban los monjes, que se quedase con ellos, prometiéndose un gran santo; y él se hubiera quedado, si Dios, que le tenía para fundador de una nueva Orden, no dispusiera otra cesa. Teniendo diez años, con ocasión de una enfermedad, que le sobrevino, le llevaron a Tolosa al palacio de la infanta Constanza, madre, y abuela de los condes de Tolosa, padre, e hijo, por desearlo mucho esta señora, y habérselo pedido a sus padres, con quienes tenía parentesco. Era la infanta muy católica, y dio maestros católicos al niño, para que le conservasen en la fe; pero los ministros herejes, que tenían mucha entrada en el palacio, con el favor de los condes, deseaban pervertir al niño; y él, no pudiendo cerrar sus bocas sacrílegas contra la Madre de Dios, hacía altares, y ponía imágenes de la Virgen en las partes más públicas del palacio, y oraba delante de ellas, para dar en rostro a los herejes. Tuvieron después estas imágenes mucha veneración, por haber sido de San Pedro Nolasco, e hizo Dios por medio de ellas muchos milagros.

6 Habiendo estado dos años en Tolosa, volvió a Santas Puellas, por ocasión de una enfermedad de su padre, que le duró tres años, en que el hijo le asistió y sirvió, como hijo, y como santo: y fuera de asistir a su padre, acudía a los Oficios Divinos de día, y a los maitines de noche, que se cantaban en aquel tiempo en su parroquia, y esta costumbre nunca la dejó mientras había oportunidad. Desde este tiempo tomó por costumbre socorrer largamente al primer pobre, que encontraba, en saliendo de casa, aunque no le pidiese limosna; porque Dios defendiese aquel día su pureza. Murió Guillermo cristianamente, como había vivido, dejando a su hijo de quince años, heredero de su estado y riquezas. Teodora, conociendo su mucha prudencia, le dio el gobierno de todo; y él gobernaba sus vasallos, no como mancebo, sino como varón prudente: no como señor, sino como padre; gastando en socorrer a los pobres, lo que otros señores de su edad suelen gastar en vicios y vanidades. Sus deudos pretendían que se casase, porque llevase adelante el esplendor de su casa y familia, y su madre se lo aconsejaba, por quitarle las ocasiones, con que vive en el mundo un mancebo soltero y rico, a quien la libertad y el dinero convidan a todos los vicios. Él, que tenía otros pensamientos y deseos, se excusó con ocasión de proseguir sus estudios en Paris; pero alcanzada licencia de su madre, y estando ya en el camino para esta universidad, tuvo noticia que había muerto su madre: con que le fue forzoso volverse a Santas Puellas, para poner orden en las cosas de su casa, y estado. Volvieron sus parientes a importunarle que se casase, proponiéndole muchas conveniencias para su casa, y conciencia: y por otra parte el enemigo común, queriendo apartarle de los grandes fines, para que adivinaba, le disponía el Señor, le arrastró con terribles tentaciones, y por una parte le proponía los riesgos, que tenía en el mundo un mancebo soltero, a quien le hervía la sangre, en medio de las ocasiones; y por otra, con tentaciones deshonestas de torpísimos objetos, primero en sueños, y después despierto, le hacía experimentar esta dificultad. Era para el santo mancebo esta tentación muy nueva, y no sabía, como librarse de ella: acudía a Dios con oración fervorosa, y con muchas lágrimas le pedía Su favor, y se quejaba amorosamente, de que le dejase ser tan combatido del demonio. ¿Dónde estáis, Señor, le decía, que así me dejáis en manos de mis enemigos? ¿No sabéis, que yo soy flaco y mi enemigo fuerte? ¿Qué puedo yo sin Vuestro favor; y con él, qué tengo de temer? Venid, venid, Señor, en mi ayuda, y huyan de Vuestra presencia todos mis enemigos. Ilustró Dios con interiores luces su alma; y por fortalecerse contra semejantes tentaciones, hizo voto a Dios de guardarle perpetuamente su virginidad, tomando por Medianera a la Virgen de las vírgenes, y pidiéndole Su favor para guardar perpetuamente este voto. Mostró Dios que le había agradado mucho este sacrificio con un favor muy singular; porque al mismo punto su virginal y purísimo cuerpo exhaló un olor celestial muy desemejante a todos los de la Tierra, que llenó de fragancia toda la casa, y le duró hasta que el mismo Santo pidió al Señor que le librase de aquella penosa molestia, que por tal tenía la honra, que por esto le hacían. No le hizo esta victoria, que alcanzó del demonio, más confiado, sino más temeroso; y así aumentó sus penitencias y oraciones: dormía poco, y sobre la peana de un altar de la iglesia, o sobre una tarima: en su casa oraba mucho, y fuera del Oficio Divino, que aprendió en el monasterio del Cister, rezaba el de Nuestra Señora y de los difuntos: nunca miraba mujer a la cara, ni hablaba con ella, si no era cosa muy de prisa, y habiendo delante otras personas. Agradaba tanto su pureza a la Reina de los Ángeles, que le visitaba algunas veces y recreaba con Su presencia; y no menos desagradaba al demonio, que no habiéndole podido vencer con tentaciones de carne, le dio otra batería de vanagloria, con ocasión de venir a él muchas personas atraídas de la fama de su santidad para pedirle consejo: pero no pudo vencer con vanagloria, al que no había vencido con la sensualidad; antes con el favor de Dios y de María Santísima, salió vencedor de todas las tentaciones, y el demonio perdió, donde esperaba ganar.

7 Se había retirado a otra aldea; porque el lugar de Santas Puellas se había inficionado con la herejía: aquí lo vino a buscar Arnaldo, su primo, hijo de la vizcondesa de Narbona, discípulo de Gaufredo, y muy semejante al Santo en las costumbres, que después fue su perpetuo compañero. Crecían los atrevimientos, y sacrilegios de los herejes, profanando los templos y las imágenes de la Virgen, declarándose los más de sus vasallos por los albigenses; y estas nuevas, juntas con su gran flaqueza, causada del rigor de sus penitencias, le ocasionaron una gravísima enfermedad, que le llegó a punto de muerte. Acudieron luego sus parientes para ser herederos, esperando cada uno ser preferido, por no haber heredero forzoso; mas él hizo su testamento públicamente, diciendo: «Luego que perdí a mis padres, escogí por Padre a Jesucristo mi Redentor, y por Madre a la siempre Virgen María, y por mis hermanos a los pobres: y pues deben ser preferidos los hermanos a los otros parientes, ellos han de ser mis herederos.»

Digno testamento de tan grande Santo, muy acepto a Dios y a Su Madre, aunque no fue bien recibido de sus parientes. Aquella misma noche vino la Reina del Cielo a agradecerle aquella obra de tan grande caridad; y recreándole con Su celestial Presencia, le dijo: «Los médicos te han desahuciado; pero Yo no, que Yo no Me olvido de los que a Mí se encomiendan, y más, de los que padecen por Mi causa, y Me reconocen por Madre. Yo he alcanzado de Mi Hijo para ti muchos años de vida, para que por Su honra y la Mía, y por tus hermanos los pobres cautivos y encarcelados, trabajes, y padezcas mucho:» y tocando con Su virginal mano al enfermo, se halló de repente sano.

Al otro día convocando grande número de pobres, les hizo largas limosnas, e hizo vestir y adornar algunas imágenes que los herejes habían ultrajado, y labrar otras muchas, para colocarlas en los templos, y repartirlas a los católicos en despique de las ofensas, que hacían a la Reina de los Ángeles los herejes. No sabía el Santo, qué camino tomar para agradar a Dios: y habiendo hecho muchas penitencias y buenas obras, para entender Su Voluntad, oyó una voz, que conoció ser de la Reina de los Ángeles, que le decía, saliese de su tierra, porque habían de venir grandes calamidades, y se fuese a España en busca de los pobres; porque allí le había de hacer Su Hijo padre de una gran descendencia. Vendió lo más que pudo de su hacienda: y dejando a su primo Arnaldo, para que vendiese lo demás, y le siguiese a España; salió de su patria, y de sus parientes, como otro Abrahán, acompañado de dos criados solamente. Procuró el demonio estorbarle el camino por varios medios: y en una posada halló mucha gente, al parecer piadosa, que entendiendo, que iba a España, le procuraron disuadir el viaje, contándole muchos casos lastimosos, que habían sucedido aquellos días en los Pirineos: mas respondiendo el Santo: «Jesús que va en mi compañía, me librará;» desaparecieron todos, dejando tan mal olor en la casa, que mostraban bien, quiénes eran: y se oyó una voz, que se lamentaba, diciendo: ¡Ah, Pedro, que no he podido estorbarte el camino! Después se le aparecieron los demonios en figura de peregrinos, y procuraron persuadirle, que no pasase adelante; y diciendo él: Jesús, María, desaparecieron. Se encaminó a Monserrate, para cumplir un voto, que había hecho de visitar aquella Casa de María: y fue tal su devoción, que subió a pié toda la montaña, y entró de rodillas en aquel templo, donde estuvo nueve días, regalándose con la Reina del Cielo, y siendo regalado de Ella, y ocupándose en continua oración, ayuno y penitencia. Se le renovaron aquellos antiguos deseos de soledad, viendo la quietud de los monjes de aquella casa, y de los ermitaños, que poblaban aquel desierto; pero le mostró Dios la gloria en forma de una ciudad muy hermosa con varias puertas, por donde entraban personas de diversos estados, y oyó una Voz, que le decía: «Muchas mansiones hay en la Casa de Mi Padre:» con que entendió, que Dios le quería para otras cosas. Fue muy perseguido de los demonios, que combatieron con él toda una noche, en lo interior con tentaciones, y en lo exterior con golpes y malos tratamientos; pero con el favor de la Madre de Dios, salió vencedor del infierno. No sabiendo aún claramente, qué quería Dios de él, se le apareció el Apóstol San Pedro, su gran devoto; y ofreciéndole su patrocinio, le declaró, que era Voluntad de Dios fuese a Barcelona a cuidar de los pobres, especialmente encarcelados y cautivos. Se partió a Barcelona: y en el camino, entrando en una iglesia a hacer oración, viendo que estaban conjurando a un demonio muy rebelde; con pronunciar sobre el energúmeno los dulcísimos nombres de Jesús y María, huyó luego el demonio con admiración de todos los presentes.

8 En Barcelona tomó una casa apartada del bullicio, junto a una iglesia de San Pablo muy antigua: aquí procuró desconocido cumplir la Voluntad de Dios; pero sus mismas obras le manifestaron; porque se ocupaba continuamente en obras de caridad, visitando los hospitales y cárceles, y socorriendo con grandes limosnas a los necesitados. Llevaba algunos días a los pobres a comer a su mesa: y sucedió un día, que al entrar en su casa, halló a la puerta un pobre tan asquerosamente llagado, que le dio horror, y volvió a otra parte los ojos: mas volviendo luego sobre sí, y corriéndose de sí mismo, dijo: Oh, bestia, ¿qué tropezón has dado? ¿De los pobres de Cristo tienes horror? ¿No sabes, que lo que se hace por ellos, por Cristo se hace? Y para vengarse de sí mismo, y vencerse más gloriosamente, le tomó en sus brazos, y metiéndole en su casa, le curó con grande amor, chupándole la podre de las llagas con sus labios, y le puso en su mesa por cabecera, y después le llevó a curar a un hospital, donde le hacía la cama todos los días, y acudía con lo necesario, dándole de comer por su mano; diciendo, le tenía mucha obligación, por haber sido medio de poner freno a su carne. Con estas, y semejantes obras se llenó en breve la ciudad de sus alabanzas, y llegó la noticia al rey don Pedro, segundo de este nombre, a quien llamaron el Católico, y por cartas, que el rey tuvo de Tolosa, en que le decían, quién era Nolasco, le hizo grandes honras, y la ciudad de Barcelona le contó entre sus nobles ciudadanos.

9 Estaba tiranizada de los sarracenos la mejor y más noble parte de España, y los cristianos, que las guerras, o las desgracias ponían en manos de los moros, eran tratados con tanta crueldad, que muchos dejaban a Cristo, y seguían a Mahoma, por verse libres de tan grande opresión. Afligían estas tristes nuevas el corazón compasivo y celoso de Nolasco: y pareciéndole, que en nada podía emplear mejor su hacienda, que en librar a los cuerpos de los cautivos de tantos trabajos, y a las almas de la infidelidad, determinó rescatar todos los que pudiese; y alcanzada licencia del rey don Pedro, se partió a Valencia, que era entonces de los moros, llevando cuánto dinero, y joyas tenía, sin reservar nada para sí, y con salvoconducto entró en la ciudad, y consoló y animó a los cautivos, a que conservasen la fe, e hizo una redención de más de trescientos de todos estados, sexos y edades, y con aquel escuadrón entró en la ciudad de Barcelona, triunfando más gloriosamente, que los emperadores romanos: porque aquellos llevaban delante de si a los libres, hechos cautivos; y Nolasco llevaba a los cautivos, restituidos a su libertad; imitando, como podía, el triunfo, con que subió Cristo a los cielos, de quien dice el profeta, que llevaba cautiva la cautividad. Como había visto por sus ojos, lo que padecían los cautivos en Valencia, y el peligro, en que estaba su fe; volvió con mayores ansias de continuar las redenciones, y perpetuar obra tan santa: y para esto, le pareció conveniente reparar una congregación, que el año de 1190 había instituido el rey don Alonso, el segundo de Aragón, para redimir cautivos, que aunque en vida del mismo rey floreció mucho, ya había quedado solo el nombre, y estaba casi olvidado su instituto. Entró en ella San Pedro: empezó a pedir limosna para redimir cautivos, y luego otros le imitaron: y sabiéndolo el rey, le mandó, que se encargase del gobierno de la congregación; y el Santo, con autoridad, que el rey le había dado, admitió a los que quisieron seguirle en los ejercicios propios de ella, y excluyó a los que solo la querían por título honorario; ganando con esta ocasión los primeros émulos, y perseguidores, que tuvo en Barcelona. Le nombraron sus compañeros por administrador o superior de la congregación, como restaurador de ella, y él la puso por nombre: «Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia;» porque su ocupación habían de ser las obras de misericordia. Se señalaron días para ejercicios de oración, y penitencia, y su principal fin era pedir a voces limosna por las calles para la santa redención. Fue creciendo de manera esta congregación en el número, y en el fervor, con el ejemplo de San Pedro Nolasco, que más parecía una familia de religiosos, que una congregación de caballeros: porque todo su cuidado era acudir a los templos, frecuentar los Sacramentos, asistir a los Oficios Divinos, visitar los hospitales, y pedir para los pobres y cautivos; y finalmente era congregación de la misericordia en las obras, como en el nombre. Hubo estos años, y especialmente el de 1206, grande hambre y necesidad en el principado de Cataluña, y el Santo, de una gran suma de dinero que le habían traído de Francia de la venta de su hacienda, hizo comprar gran cantidad de trigo y cocerlo, y entregaba el pan a los rectores y curas de las parroquias, para que ellos lo repartiesen a los necesitados. Fuera de esto se iba con sus compañeros a los hospitales, y socorría largamente a los pobres: salía también a los campos, y traía a los que hallaba enfermos, para que fuesen sustentados y curados. Llegaron las noticias de estas obras de Nolasco y sus compañeros al Sumo Pontífice Inocencio III, y concedió muchas indulgencias a los congregantes, y a los que ayudasen con sus limosnas a la piadosa congregación. Hizo el Santo de su propia hacienda otra redención en Valencia de trescientos cautivos, los cuales fueron recibidos en Barcelona con una solemne procesión. Queriendo hacer tercera redención, pasó a Castilla, caminando a pie, y con grande trabajo y descomodidades: y habiendo recibido una buena limosna del rey don Alonso, pasó a Cuenca a visitar a San Julián; y el Santo Obispo, oyendo lo que había hecho San Pedro, y lo que deseaba hacer, levantó las manos al cielo, y dijo: Benedictus Dominus Deus Israel; quia visitavit, et fecit redemptionem plebis suoe: Bendito sea el Señor Dios de Israel; porque ha visitado y enviado nueva redención a su pueblo. Se confesó San Pedro Nolasco generalmente con San Julián, y le comunicó las cosas de su espíritu: y habiendo recibido una copiosa limosna de aquel padre de pobres, se volvió a Barcelona, e hizo tercera redención en Valencia, igual a las pasadas. Vino por este tiempo su primo Arnaldo, concluida ya la venta de su hacienda, y el Santo volvió a Valencia para hacer cuarta redención; pero hallando muchos cautivos en peligro de negar la fe, y no alcanzando el caudal para tantos, se puso en oración, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, rogando a Dios por la constancia, y fortaleza, de los que quedaban en cautiverio; cuando oyó clara y distintamente aquellas palabras de San Pablo a Timoteo: Unus enim Deus, unus et mediator Dei, et hominum, homo Christus Jesus, qui dedit in redemptionem semetipsum pro omnibus: Uno es Dios, y uno es el medianero de Dios, y los hombres, Cristo Jesús, verdadero hombre, que se dio a sí mismo en redención por todos los hombres: y entendiendo, que estas palabras hablaban con él, y le pedían, que imitase al Redentor del mundo, quedándose cautivo, por dar libertad a los cautivos; quiso venderse públicamente por esclavo, para rescatar con el precio algún cautivo: pero disuadido su compañero, alcanzó del rey moro, que le diese más de trescientos cautivos, los que escogió, dando la mayor parte del precio, y quedándose en rehenes por los demás, hasta que el rey don Pedro, admirado de tan nueva caridad, envió a Valencia lo que San Pedro debía, para que le rescatasen. En el tiempo que estuvo en Valencia, redujo a la fe a muchos, que la habían dejado: convirtió algunos moros; e hizo gran provecho en los cautivos y cristianos mozárabes, ocupándose continuamente en obras de misericordia espirituales y corporales. Sucedió aquella célebre batalla entre los albigenses y católicos, de que era capitán Simón de Monforte: combatieron de poder a poder los dos ejércitos, el de los católicos, según dicen graves autores, tenía ochocientos caballos, y mil infantes, y el de los herejes llegaba a cien mil hombres de pelea, en que venían los condes de Tolosa, Foix, Bersiers, Cominges y el rey de Aragón, aunque en la fe, y el nombre católico, a causa de que estas ciudades eran feudos suyos, y tenía deudo en particular con el conde de Tolosa, que había casado con una hermana del rey. Se halló en el ejército de los católicos el glorioso padre Santo Domingo, entonces canónigo reglar de San Agustín, y después fundador de la Orden de los Predicadores, y San Pedro Nolasco, que aunque pariente del conde de Tolosa, y tan obligado al rey de Aragón, viéndolos en defensa de los enemigos de Cristo, se arrimó a la parte de los católicos: y dicen algunos, que tomando una bandera, en que estaba pintada una Imagen de Nuestra Señora, orlada con aquel verso de los cantares: Tota pulchra es, amica mea, et macula non est in te; corrió muchas veces por medio de los escuadrones de los enemigos, haciendo grande estrago en ellos la Imagen de la Virgen con los resplandores, que arrojaba de Sí: y al fin, con el favor de la Rema del Cielo, y por las oraciones de los Santos, que iban en el ejército, alcanzaron las armas católicas una milagrosa victoria, muriendo muchos millares de los contrarios, y solos siete, u ocho de los soldados del conde; para que se vea, que Dios es el Señor de las batallas, y sabe dar la victoria a los pocos contra los muchos, cuando la causa favorece, y sus Santos ayunan con oraciones. El rey de Aragón quedó muerto en el campo; por no haber seguido los consejos de Santo Domingo, y de los legados apostólicos, que le avisaron, se apartase de los herejes como de gente descomulgada por el Papa, para no participar de su castigo.

10 Cayó San Pedro Nolasco en una gravísima enfermedad: y estando esperando la muerte, le visitó Santo Domingo, y con su oración le restituyó la salud, conociendo, lo que importaba su vida; y dijo con espíritu profético: «Ojalá mi predicación haga tanto provecho en Francia, como la caridad de este francés ha de hacer en España, mi patria.» Fue San Pedro Nolasco con oraciones, penitencias y persuasiones mucha parte, para que el conde Simeón de Monforte entregase a sus vasallos al rey don Jaime, al cual tenía como preso; y le procuró persuadir, que se arrepintiese de los muchos daños, que había hecho por sus particulares intereses, y venganzas, en las tierras del rey de Aragón; porque si no, le amenazaba una desastrada muerte: y se lo dijo con tanta eficacia, que siendo el conde un nombre, a quien temía el mundo, empezó a temblar de las palabras del Santo; pero no siguiendo sus consejos, fue muerto en una batalla por los condes de Tolosa. A los condes prometió, que si abjuraban sus errores, mejoraría su fortuna: el viejo despreció su consejo, y murió en su pertinacia: don Ramón, el mozo, lo ejecutó, y volvió al lustre antiguo de su estado: cumpliéndose en todos la profecía del Santo.

11 Vuelto San Pedro Nolasco a Barcelona, recibió en su congregación a don Ramón Montoliu, caballero muy principal; y con la hacienda, que le entregó, para que la repartiese a los pobres, socorrió muchas necesidades: y viendo que quedaban otras muchas, que pedían remedio, envió a sus congregantes a pedir limosna por diversos lugares de Cataluña. Empezaron algunos a tener empacho de pedir limosna por las calles, pareciéndoles, no era conforme a su calidad, y reputación: lo supo el Santo; y para alentar a otros con su ejemplo al desprecio del mundo, un día de carnestolendas, en que estaba Barcelona en sus mayores regocijos, vestido pobremente, y acompañado de un grande número de mendigos, con un Crucifijo en las manos, salió por las calles, diciendo en altas voces: «Hermanos, breves son los días de la vida del hombre; y solo Dios sabe, cuál será el último de cada uno. Muchos de los que ahora viven, morirán dentro de breve espacio; y a la hora de la muerte les pesará del tiempo, que gastaron en vanidades, y se alegrarán con las buenas obras, que hubieren hecho. Obremos todos bien, mientras tuviéremos tiempo, y con obras de caridad y limosna, negociemos el perdón de las culpas pasadas, y el premio de la bienaventuranza.» Le seguían muchos de la ciudad compungidos, convirtiendo en lágrimas las risas y desenvolturas de aquel día: y los compañeros, conociendo, que aquella demostración había sido una tácita reprensión de su cobardía, se echaron a sus pies arrepentidos, y con este ejemplo, se determinaron a seguir a Cristo, y hacerse sordos, al qué dirán del mundo, que tiene tiranizada tan grande, y tan principal parte de él. Con el fruto, que sacó de esta salida, continuaba muchas veces el salir por las calles y plazas, y donde veía concurso, les hacia pláticas, exhortándolos a la caridad, y aborrecimiento de los vicios. Asistieron un día a la plática algunos, que estaban encenagados en los vicios, que reprendía el Santo: y pareciéndoles, que decía por ellos, lo que les tocaba a ellos, se irritaron mucho, teniendo por atrevimiento grande, que un extranjero viniese a reprender con tanta libertad a los ciudadanos de Barcelona, e incitados del demonio, determinaron matarle: y para que fuese con más disimulo, armaron aquella noche una pendencia a la puerta de la casa del Santo, para quitarle la vida, cuando saliese a ponerlos en paz. Le reveló Dios el intento de aquellos hombres malvados: salió a esperarlos a la puerta de su casa; y al punto que llegaron, les dijo: Hijos, ¿por qué me queréis matar, no habiéndoos yo ofendido en nada? ¿Por qué me queréis dar la muerte, deseando, y procurando yo daros la vida? Quedaron confusos y admirados los agresores, y echándose a sus pies, le pidieron perdón; y el Santo los perdonó, y abrazó, exhortándolos a hacer penitencia, para que Dios los perdonase. En otra ocasión; por haber recibido en su congregación a un mancebo noble, llamado Raimundo de Blanes, que después fue religioso de la Merced, y protomártir de ella, le dio el padre del mancebo una bofetada en una calle pública, y el verdadero discípulo de Cristo, hincado de rodillas, ofreció la otra mejilla, para que le diese otra: y queriendo algunos vengar este agravio, no lo consintió, diciendo, que los siervos de Cristo se han de vengar, no haciendo injurias, sino sufriéndolas, y que él no había venido a España en busca de honras, sino en busca de afrentas, y pues las había hallado, no había por qué desecharlas.

12 Hizo otra redención en Valencia de trescientos y veinte cautivos: y no alcanzando el dinero, el rey moro se contentó, con que le diese palabra de enviarle, lo que faltaba. Volvió a Barcelona, y vendió públicamente su casa, y alhajas, y hasta la cama, en que dormía, para pagar la deuda, y redimir cautivos. Mas con ser tal la vida de San Pedro Nolasco, que admiraba y confundía, a los que tenían buena vista; ofendía tanto a los malos, que se ciegan con la luz, por verle tan aplaudido del pueblo, y con la gracia del rey don Jaime, que había sucedido al rey don Pedro, su padre, la cual ellos deseaban para sí; que afirmaban, era toda su santidad hipocresía, y que compraba con sus limosnas el aplauso del pueblo, y llegaron a decir al rey, que le desterrase de su reino, como a hombre pernicioso; porque esto convenía al bien de su corona. Y viendo, que con estos medios no podían entibiar el cariño del rey, que con tanta razón le estimaba; pusieron dolo en la pureza de su fe, haciendo sospechosas sus más ilustres acciones, diciendo, que el desposeerse de todo era por imitar a los herejes, que se llamaron Pobres de León, y a los Patarenos, que empezaron, desposeyéndose de todas las cosas; como si no fuera más razón, viendo, que en todo conformaba su vida, compararle a los apóstoles, que lo dejaron todo por seguir a Cristo desnudos. Mas ¡a qué no llega la malicia! ¡En qué no pondrá dolo! Pues convierte la triaca en veneno, quiere hacer vicio de la misma virtud, y a la caridad argumento de falta de fe; cuando es el más abonado testigo de la fe la caridad. Esparcieron por Barcelona, y otros lugares de Cataluña libelos, en que ponderaban las mismas razones, y les dieron al rey, suplicándole, que atajase con tiempo el fuego, que se empezaba a emprender en su reino, antes que levantase tanta llama, que no se pudiese apagar con las lágrimas de todos los buenos. El rey, aunque tenía tanta satisfacción de la santidad de Nolasco; todavía por no errar en cosa de tanta importancia, consultó a su confesor, que era San Raimundo de Peñafort, el cual le confirmó en la grande estimación, que tenía del Santo: con que no tuvo efecto la pretensión de sus enemigos, y él salió con mayor honra de estas calumnias. No bien sosegada esta tempestad, se levantó otra más peligrosa, y que sintió más el Santo: porque la primera se oponía a la persona; y ésta, a la obra, que Dios le había encomendado. Algunos demasiado estadistas, impugnaban la redención de los cautivos, con razones más políticas, que cristianas; pero el Santo salió a la defensa, y deshizo con razones verdaderas las aparentes, y con razones divinas las humanas. Tomó el demonio otra máscara, para embarazar la obra de la redención, y se vistió con capa de piedad, para disimularse más. Se quejaban muchos, de que faltaba a los pobres del reino el dinero, que se llevaba fuera, para redimir cautivos, y que era desordenada caridad dejar perecer a los pobres, que tenían a los ojos, por cuidar de los que no veían, y más puesto en razón socorrer a los propios, que a los extraños; y los jurados de Barcelona se fueron a quejar al Obispo, proponiéndole éstas, y otras razones en un largo razonamiento. Turbó mucho esta persecución a los compañeros del Santo, y trocó a muchos, de los que antes estaban en favor de la congregación. Acudió el Santo a San Raimundo de Peñafort, que era confesor del rey, como acabamos de decir, y también su confesor, y San Raimundo le animó a sufrir y esperar, y con su autoridad, y prudencia habló al Obispo, y gobernadores, y sosegó por entonces la persecución.

13 Pero el demonio, viendo, que no había podido anegar al Santo en tantas tormentas, como había levantado, le metió la tormenta dentro del alma; y lo permitió Dios para mayor merecimiento de Su siervo. Lo afligió con grandes tentaciones, y desconfianzas, de si erraba en el juicio, y pensando, que hacía lo más agradable a Dios, embarazaba su mayor servicio: discurría, que por ventura acertaban más, los que se oponían a esta obra; porque como santo creía, que les movía buen celo, y como humilde, desconfiaba de su parecer. Empezó a dudar, qué haría: y pudo tanto con él su temor, que resolvió retirarse a un desierto, juzgando, que esto era lo más seguro, y en que había menos peligros de errar; con todo esto, no quiso ejecutarlo, sin consultar primero a su confesor. Conoció San Raimundo, que aquella era tentación del demonio: le desengañó, y le alentó a proseguir en lo comenzado, diciéndole: que Dios no le quería para el retiro, sino para que le sirviese en el mundo, haciendo bien a sus prójimos. Se consoló por entonces el Santo; mas volviendo por la noche la misma tentación, con mayor fuerza le proponía el demonio, que la doctrina de su confesor era buena para varones perfectos, y experimentados; no para mancebos sin experiencia, y virtud, como él pensaba, que era. Al fin, viendo, que crecían las olas, y querían anegarle, clamó al Señor, que parecía estar dormido en la nave, pidiéndole Su favor, y poniendo por intercesora a María Santísima. Se le apareció luego el Señor, que nunca desampara a Sus siervos, y le dijo: «No te turbes, Pedro; porque no Me dejas a Mí, cuando para consolar al afligido, y socorrer al necesitado, te apartas de la oración:» y le mostró la gloria de los bienaventurados, y la variedad de caminos, que van a aquella Patria Celestial. Se ausentó Cristo, y luego se le apareció el Apóstol San Pedro, y le animó a proseguir en lo comenzado, ofreciéndole su asistencia, y asegurándole, que aquella era la Voluntad de Dios, de lo cual vería claras señales al día siguiente. Sucedió así; que al día siguiente amanecieron trocados sus émulos, y de perseguidores, hechos protectores: porque sin saber, quién los movía, como si se hubieran concertado, se empeñaron en favorecer al Santo, y a su congregación. Por muchos trabajos, y persecuciones había de llegar San Pedro Nolasco a ser redentor de cautivos; pues por ellas llegó Cristo a ser redentor de los hombres; y de esta manera le disponía Dios, para fundar una religión de redentores. Previno Dios a San Pedro Nolasco, con misteriosas revelaciones. Un Viernes Santo vio en sueños en el atrio de un magnifico palacio una oliva verde, y frondosa, cargada de fruto: estando divertido mirándola, salieron del palacio dos varones ancianos, y venerables, que le dijeron, venían enviados de su rey a encomendarle, que cuidase de aquel árbol, sin permitir, que alguno le destrozase, o maltratase: luego vio salir dos hombres fieros, y bárbaros, que empezaron desapiadadamente a desgajar sus ramas, y arrojar, y pisar sus frutos, pretendiendo arrancar la oliva, si pudiesen. Se opuso el Santo a su barbaridad, batallando con ellos para defender la oliva, y reparó, que cuantas más ramas le quitaban, más hermosa, y frondosa reverdecía, saliendo de sus raíces hermosos pimpollos, que creciendo imperceptiblemente, llenaban todo aquel espacioso atrio. Desapareció la visión: y aunque el Santo no entendió por entonces, lo que significaba, se lo mostró después el Señor, y él lo declaró a algunos de sus hijos. Dos explicaciones dan los historiadores a esta visión: la primera, que el atrio es el mundo, y la oliva la Santa Iglesia, combatida de los enemigos de la fe: de los cuales, principalmente de los mahometanos, la había de defender San Pedro Nolasco, y su religión: la segunda, que el atrio es la Iglesia, y la oliva la Orden, que el Santo había de fundar: a la cual han procurado los mahometanos, y otros enemigos de Cristo destruir, y desgajar, quitándole tantas ramas, como hijos suyos han hecho mártires; pero con eso ha crecido más, y se ha extendido en la Santa Iglesia, siendo cada uno de estos mártires, como grano de trigo, que muerto, crece multiplicando. Y verdaderamente con mucha razón se puede decir de esta religión de San Pedro Nolasco: Sicut oliva fructifera in domo Dei, que es, como una oliva fructífera en la casa de Dios; porque esta sagrada religión anuncia a los presos, y cautivos la libertad, como el ramo de oliva, que llevó la paloma, la anunció, a los que estaban presos, y cautivos en el arca. La oliva, según dice San Ambrosio, es símbolo de una insigne misericordia: y ¿qué más insigne misericordia, que la que usa esta sagrada religión; pues se queda cautiva, por dar libertad a los cautivos? Y si la oliva siempre está verde, y con hojas, como afirma Plinio; siempre esta religión florece en varones insignes en letras, y santidad. Desde que tuvo San Pedro Nolasco esta visión, andaba ansioso de entenderla, pidiendo a Dios, que se la declarase, poniendo, como siempre a María Santísima por Medianera, hasta que llegó el primer día del mes de agosto, en que se celebran las Cadenas de San Pedro, y cumplía años San Pedro Nolasco: y estando aquella noche el Santo en fervorosa oración, pidiendo a Dios, que librase a los cautivos de las cadenas de los moros, como había librado a Su Apóstol de las de Herodes; vio de repente a la Reina de los Ángeles, que, como dice San Efrén, es la verdadera Redentora de cautivos, con grande majestad, y gloria, vestida de un hábito blanco, acompañada de San Pedro, y Santiago, patrón de España, y los santos patrones de Barcelona, y le declaró, como era la Voluntad de Su Hijo, y la Suya, que se fundase una religión en Su Nombre para redimir cautivos, con obligación de quedarse en prisiones, si fuese necesario, para que queden libres, los que estuvieren a peligro de faltar a la fe. También apareció la Virgen, y declaró lo mismo al rey don Jaime, y a San Raimundo de Peñafort. A la mañana se juntaron el rey, y los dos Santos, y confirieron las revelaciones, y no pudiendo dudar que eran de Dios, trataron de cumplir la voluntad de la Reina del Cielo, y fundar la religión a los 10 del mismo mes de agosto.

14 Quiso el rey, que fuese orden militar, para que entrasen en ella muchos caballeros, que eran de la congregación de la Misericordia, y habían servido con gran valor en las guerras pasadas; y San Pedro Nolasco quiso, que tuviesen Sacerdotes para el coro, que enfervorizasen a los legos en la contemplación; y luego se fundó en la iglesia catedral de Barcelona la sagrada, real, y militar Orden de Nuestra Señora de La Merced, a 10 de agosto de 1218, como dicen los historiadores de la Merced, y otros graves autores de fuera de ella; dado que otros lo contradigan, y afirmen que se fundó el año de 1223; mas para mi intento importa poco esta diferencia, y así dejo esta cuestión a los que escriben más largamente la vida de este santo patriarca. Tomaron el hábito blanco, por haberse aparecido la Reina de los Ángeles vestida con él: y el rey, como a fundación suya, la señaló con el escudo, que traen los religiosos en sus pechos, dándole las barras de sus armas, y una cruz blanca, armas de aquella Santa Iglesia, donde se fundó la religión, la cual confirmó Gregorio IX en Roma, a 17 de enero del año 1230, y el año de 1235, en Perosa, le dio la regla de San Agustín: y después le han concedido los Sumos Pontífices muchas gracias, y privilegios, por sus utilísimos, y gloriosísimos trabajos. Hizo San Pedro Nolasco los tres votos solemnes, y substanciales, que tienen todas las religiones, y añadió un cuarto voto solemne de redimir cautivos, y quedar por ellos en rehenes, si la necesidad espiritual lo pidiese; y este voto dejó a su religión, obligándose sus hijos a perder la libertad, y exponer la vida, porque conserven la fe los cautivos cristianos, que estuvieren a peligro de perderla: que es lo más, a que pudo llegar la caridad; porque si, como dice Cristo, ninguno tiene mayor caridad, que el que da la vida por su amigo; ¿qué caridad tienen aquellos, que se obligan con voto a perder la vida por sus hermanos, si fuere necesario, para que ellos no pierdan la fe? Como muchas veces ha sucedido a estos sagrados redentores, verdaderos imitadores del Redentor, que dio la vida por redimir cautivos del demonio, y del pecado.

15 Dio el rey un cuarto de su palacio para el primer convento, y en adelante trajo el escudo de las armas de esta Orden, y en las principales festividades se vestía el manto blanco, trayendo, en cuanto su dignidad le permitía, el hábito de su religión. Luego inmediatamente dio San Pedro Nolasco el hábito de su religión a doce caballeros, y después le fue dando a otros muchos, creciendo cada día esta nueva planta, y oliva, que plantó San Pedro Nolasco, que después ha extendido mucho sus ramas, y sus frutos, por España, Francia, Italia, y las Indias Occidentales, donde fueron sus religiosos con los nuevos descubridores; y hoy tienen ocho provincias de ilustres, y numerosos conventos en los reinos, que convirtieron a la fe. Pero no es maravilla, que haya crecido tanto la Orden, siendo su principal fundadora la Reina de los Ángeles, como lo afirma el Sumo Pontífice Paulo V en la confirmación de sus privilegios: y el mismo pontífice concedió a esta religión, que celebrase el día de su fundación con oración, y acciones, que publiquen esta verdad.

16 Las virtudes, que ejercitó San Pedro Nolasco, siendo padre de su religión, se pueden conocer, por las que ejercitaba, siendo particular; y las que tendría, cuando varón, y anciano, por las que tenía, cuando niño, y mancebo; y la santidad de consumado, por la de principiante, y novicio de la virtud. Empezó a ejemplo de Cristo a obrar antes que a enseñar, para enseñar a sus hijos, más con obras, que con palabras, siendo el primero en todas las observancias de su orden, y el último en el concepto de su humildad. En lo que más se señaló, fue en la caridad, y celo de la redención de los cautivos: para esto prosiguió con el rey don Jaime las instancias, que antes le había hecho, de que hiciese cruda guerra a los moros, profetizándole las conquistas de las Mallorca, y reino de Valencia, a que le acompañó con sus religiosos, obrando en ellas por sus oraciones Dios muchos milagros. Escribió varias cartas al santo rey don Fernando de Castilla, profetizándole sus victorias. Fueron tantas, y tan ilustres sus profecías, que en Castilla le llamaban muchos: El Profeta tarraconense. A San Luis, rey de Francia, visitó, y persuadió la conquista de la Tierra Santa, y convirtió en ida, y vuelta muchos herejes, y fundó algunos conventos de su Orden. Fue al reino de Valencia a verse con el rey don Jaime: y andando en la fundación de algunos conventos en las fronteras de Murcia, supo, como bajaba el infante don Alonso de Castilla a tomar posesión de aquel reino, que su rey Hudiel había ofrecido al santo rey don Fernando, y le acompañó con muchos de sus religiosos, y fundó convento, con advocación de Santa Osalla, donde dijo la primera Misa, que después de su restauración se vio en aquella ciudad, dejando algunos Sacerdotes, que administrasen los sacramentos a los soldados, que quedaron de guarnición, a todos los cuales quitaron la vida después en su levantamiento los moros.

17 Padeció en varias ciudades de la África crueles tormentos por la redención de algunos cautivos, que estaban ya resueltos a dejar la fe, y por la conversión de muchos moros: y en una ocasión le metieron en alta mar en un barco, sin velas, ni remos; pero extendidos los brazos en forma de cruz, sirviéndole la cruz de árbol, y el manto de velas, siendo Dios el piloto, llegó el barco salvo a la playa de Valencia. Era grande el deseo, que tenia de morir por Cristo, y le duró toda la vida el sentimiento de no encontrar la corona del martirio, que buscó muchas veces con gran diligencia. Fue devotísimo de la Reina de los Ángeles, a quien hizo particulares servicios, y de quien recibió singulares favores. Instituyó, se cantase todos los sábados con gran solemnidad La Salve, y que se celebrase en su religión la fiesta de Su Concepción, por haber oído a los Ángeles, que en el coro de su convento de Barcelona, estando la Reina de los Ángeles, estando el Santo en oración, cantaban el Oficio de este misterio. Vísperas de la Purificación de Nuestra Señora, descuidándose el campanero de tocas a maitines, el Santo fue a tocar; y pasando por el coro, le vio lleno de luces, y entrando dentro, halló a los Ángeles en las sillas, y presidiendo a la Madre de Dios; y puesto a Sus pies, estuvo, como en la gloria, tres horas, que tardó esta celestial capilla en cantar alabanzas a Su Reina. Estando ausente el Santo Padre, fue vista la Reina de los Ángeles muchas noches bendecir los dormitorios de su convento. Le descubrió Dios muchas Imágenes milagrosas de Su Madre, ocultas desde la entrada de los moros: en Valencia la del Puche, debajo de una campana: en el mismo reino, Nuestra Señora de Arguines, guardada milagrosamente en el hueco de un olivo por muchos siglos: en Menorca, Nuestra Señora del Toro, por haberla defendido estas fieras muchos años cerca de una cueva. Pero más es haber venido muchas veces la misma Virgen desde el Cielo, para visitarle, y regalarle, como a hijo querido. Le libraron de grandes peligros los Santos Ángeles, así seglar, como religioso. Yendo un día por el campo de Barcelona, juzgando dos facinerosos, que hombre, que hacía tantas limosnas, llevaría consigo cantidad de oro, salieron a matarle; y al verle en lugar solo, y apartado, queriendo ejecutar su mal intento, salieron dos Ángeles en traje de peregrinos, que diciéndole, venían de Monserrate, le tuvieron divertido, hasta volverle a la ciudad; y al entrar desaparecieron: de lo cual admirados los ladrones, se le echaron a los pies, tocados de Dios, y le pidieron perdón de su intención dañada. Muchas veces se libró de la muerte, que le querían dar algunos hombres malvados, por aviso de su Santo Ángel: el cual se le mostraba algunas veces en forma visible, quitándole los temores, que en tan santa vida tenía de su salvación. Su penitencia fue sumamente austera, trayendo el cuerpo ceñido con una cadena: corrió varias veces a pié toda España: unas, llamado de sus reyes; y otras, por su embajador, sin tener más cama, que las peanas de las iglesias a donde llegaba. En estos viajes juntó grandes limosnas, con que hizo muchas redenciones, sacando de la esclavitud a innumerables cautivos. Gastaba mucho tiempo en la contemplación de las cosas divinas, y en ella padecía éxtasis, y era muy regalado del Señor. Siete años antes de su muerte, renunció el generalato de su Orden, recogiéndose solo a tratar de morir. Padeció muchas, y penosas enfermedades; y estando un día desconsolado de no haber podido ir a venerar las reliquias de su gran protector el Apóstol San Pedro, se la apareció crucificado, y le dijo: Ya yo vengo a verte a ti; porque tú no puedes ir a visitarme. Supo del Cielo el tiempo, en que había de morir el santo rey Fernando, y le escribió, pidiendo, le echase su bendición, y le favoreciese delante de Dios, a quien tan presto había de ver, excusándose por su grave enfermedad de no ir a despedirse de él; y desde entonces el santo rey trató de disponerse con más desvelo para la muerte. Un año antes de morir supo el día, por revelación del Cardenal San Ramón, y todo él estuvo recogido, negándose a la comunicación de los hombres, por tratar a solas con Dios. Pocos días antes que muriese, sintiendo por sus dolores no poder asistir a los maitines de la Purísima Concepción, le consoló Dios, enviando Ángeles, que le llevasen a asistir con sus religiosos en el coro, como lo habían hecho dos años antes, para que asistiese a los maitines de Navidad. Llegó el tiempo, en que esperaba el cumplimiento de la palabra de San Ramón, y se previno con los Santos Sacramentos, cercada su cama del Obispo, y gobernadores de Barcelona, y de sus primeros compañeros, a los cuales había hecho llamar, para que le acompañasen en aquella hora: y habiendo exhortado a sus hijos a la caridad con los cautivos, y habiéndoles pedido perdón del mal ejemplo, que les había dado: gozoso él, porque se acercaba a la gloria; y tristes, y llorosos ellos, porque los dejaba tal padre, y maestro; dijo con gran devoción el Salmo: Confitebor tibi, Domine, in toto corde meo; y al llegar a aquellas palabras: Redemptionem missit Dominus populo suo, nació al Cielo en la misma noche, que Cristo nació al mundo, y entró este redentor de cautivos en la gloria en la misma hora, que el Redentor de los hombres entró en la Tierra, a las doce de la noche de la vigilia de Navidad, del año de nuestra salud de 1256, entregando su dichosa ánima en manos de María Santísima, y del glorioso Apóstol San Pedro, y los santos patrones de Barcelona, que acompañados de coros de Ángeles vinieron por ella, y se la llevaron a la gloria, como lo merecieron ver algunas personas santas.

18 Es muy digno de consideración, en cuantas cosas hizo el Redentor del mundo semejante a sí a este redentor de cautivos, para que mereciese gozar tan sublime, y glorioso nombre. El nacimiento de San Pedro Nolasco fue profetizado, y prometido a sus padres por un santo Sacerdote, y un Ángel en figura de peregrino, como el de Cristo fue prometido por los profetas, y anunciado a María por el Ángel San Gabriel. Al nacer el niño Nolasco, fue visto cercado de resplandores, y la pieza donde nació, se llenó de luces: bajaron del Cielo los Ángeles a cantar alabanzas a Dios, y traer alegría a los hombres, y vinieron los pobres de la comarca a festejar el nacimiento, traídos de una fuerza celestial, como al nacer Cristo Sol de Justicia entre luces, y resplandores, cantando los Ángeles gloria a Dios, y paz a los hombres, y vinieron los pastores llamados de un Ángel, a adorar a su Redentor recién nacido: y fue conveniente, que naciese Nolasco en un palacio, si nacía Cristo en un establo, porque no se confundiese tanto el redentor de los cautivos, con el Redentor de los hombres. El Ángel dijo á María, que Su Hijo sería grande: y un Sacerdote, gobernando fuerza celestial su lengua, dijo, que Nolasco sería grande delante de Dios. Pero Duacense, legado apostólico, profetizó del niño Nolasco, que por él vivirían, y morirían muchos; y de Cristo Niño había profetizado Simeón, que estaba puesto para ruina, y resurrección de muchos en Israel. En las virtudes no es fácil decir, cuánto imitó Nolasco a Cristo: en la oración, en que gastaba las noches enteras, y le vieron dos veces sudar sangre, por la tristeza, y agonía: en la pobreza, no queriendo tener, a ejemplo de Cristo. casa, ni dónde reclinar su cabeza; y así, cuando seglar dejó la casa de sus padres: vendió la casa, que había comprado en Barcelona, para redimir cautivos; y después de religioso, y general de su Orden, no quiso tener celda propia, sino que dormía en una capilla de la iglesia, o peana del altar: en la humildad, con que servía a sus hijos, y les lavaba los pies los días de Jueves Santo, mandándoles, que ellos hiciesen lo mismo, y dejándoles esta loable institución, que luego que lleguen los cautivos, que hubiere rescatado la religión, a cualquier convento, les laven los religiosos los pies: y por abreviar, en lo que más se pareció a Cristo San Pedro Nolasco, fue en la caridad, con que padeció tantos trabajos, y tormentos, y se ofreció a la muerte tantas veces, por redimir los cautivos; y esta caridad le ha merecido el glorioso renombre de Redentor. Pues en los favores, que recibió del Cielo, ¿cuánto se pareció a Cristo? En ser visitado, confortado en sus tristezas, y servido de los Ángeles: en ser amado singularmente del Apóstol San Pedro: en ser tratado, y regalado de María, como hijo muy querido. También dicen, que al ordenarse de Misa, por orden del Cielo, bajó sobre su cabeza el Espíritu Santo, en forma de paloma, como antes en el Jordán, sobre la de Cristo. Sólo le faltó morir como Cristo en una Cruz; mas aun esto no quiso Dios, le faltase, muriendo abrazado con la imagen de un Cristo crucificado: y finalmente muere, cuando Cristo nace; para que la semejanza con Cristo del día, y hora de nacer, que le faltó a Nolasco en el primer nacimiento, la alcanzase en el segundo nacimiento; que este nombre goza la muerte de los justos: naciendo a la vida eterna, cuando nació a la vida temporal el Autor de nuestra vida eterna.

19 Al morir San Pedro Nolasco, vio toda la ciudad una columna de luz, que en aquella hora subía desde el tejado de su celda al Cielo, y salió tal fragancia del santo cuerpo, que llenó todo el convento, rodeando al mismo tiempo su rostro un celestial resplandor: se siguió una multitud de milagros, con que fue necesario tener algunos días sin enterrar el santo cuerpo, perseverando siempre con la misma fragancia; hasta que viendo, que no cesaba el concurso devoto, le enterraron de noche honoríficamente sus religiosos. En sabiendo su muerte el rey, vino a Barcelona a venerar sus santas reliquias: y entendiendo los muchos milagros, que Dios por su intercesión obraba, mandó al Obispo, hiciese información de su admirable vida, en que fue el primer testigo; y hecha, la remitió á Alejandro IV con cartas suyas, y de su yerno el rey don Alonso de Castilla, y de los prelados de las dos coronas, y también escribió San Luis, rey de Francia, pidiendo todos al Sumo Pontífice, le pusiese en el número de los Santos: el cual, vistas tantas pruebas, y el crédito, que de su santidad corría en la corte romana, hechas las ceremonias, que entonces se usaban, le canonizó, según afirman muchos autores. Después renovando Dios los milagros del Santo, el Pontífice Urbano VIII, en 30 de setiembre del año de 1618 le concedió rezo para toda su Orden, llamándole, no Siervo de Dios, o Beato sino repetidas veces Santo, título que sólo da aquella Santa Silla a los beatos, que canoniza, o supone canonizados. Ha ido continuando Dios las maravillas de este Santo, y los Pontífices han ido adelantando su culto, hasta que el año de 1672 nuestro santísimo Padre Clemente X le ha mandado celebrar en toda la Iglesia, con rito doble de Santo Confesor no Pontífice.

20 Son muchísimos los autores, que escriben la vida de San Pedro Nolasco, los cuales podrá ver citados, quien quisiere, por Tamayo de Salazar en su martirologio español, a veinte, y nueve de enero, en la vida de este Santo: por F. Juan de la Presentación, cronista general de los Descalzos de Nuestra Señora de la Merced al principio de la vida de San Pedro Nolasco; y últimamente por el muy reverendo P. F. Felipe Colombo, cronista general de su sagrada Orden, en la Vida de su Padre y Patriarca San Pedro Nolasco, que erudita, y copiosamente sacó a luz; de la cual principalmente hemos sacado nosotros, lo que queda referido.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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