3 ó 4 de Mayo: Santos Felipe (†54) y Santiago el Menor (†63), Apóstoles y Mártires

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Mayo, Día 1, Página 117.



San Felipe, Apóstol y Mártir

El glorioso San Felipe, Apóstol, fue de nación galileo y natural de Bethsaida, de la cual fueron asimismo San Pedro y San Andrés. Siendo mozo, se dio mucho al estudio de las Letras sagradas, y particularmente de los libros de Moisés, en los cuales halló, como en sombra y en figura, pintado el Mesías y Redentor, que había de venir al mundo: y así, cuando Cristo Nuestro Señor le llamó, por la noticia que ya tenía, le fue más fácil reconocer, que él era el verdadero Mesías, y le siguió, y obedeció, y fue contado en el número de los doce Apóstoles. Lo que tenemos cierto de su vida y martirio, sacado del Evangelio, y de graves autores, es lo siguiente.

2 Luego que San Felipe conoció a Cristo, comenzó a hacer oficio de apóstol, que es traer otros al conocimiento, y amor de Dios, porque la bondad luego se derrama y comunica, y procura que todos gocen del bien que ella posee; y así San Felipe trajo a Natanael a Cristo, de quien dijo el Señor, que era verdadero israelita, y hombre sin doblez, ni engaño. Antes de hacer Cristo Nuestro Señor aquel gran milagro de la multiplicación de los cinco panes en el desierto, con que dio de comer a cinco mil hombres; preguntó a Felipe, ¿de dónde comprarían pan para sustentar aquella grande muchedumbre de pueblo? Para enseñarle, y darnos a entender con su respuesta la falta que había de pan. Después que el Señor resucitó a Lázaro, algunos gentiles vinieron a ver a Jesucristo, y tomaron por medio a San Felipe, declarándole su deseo; y Felipe dio parte a San Andrés, y los dos lo dijeron al Señor: el cual hizo gracias al Padre Eterno, porque ya los gentiles comenzaban a conocerle. Y en aquel sermón admirable, y altísimo, que el mismo Señor hizo a los apóstoles después de la Sagrada Cena, le dijo San Felipe: Señor, mostradnos al Padre; que esto nos basta para cumplimiento de todos nuestros deseos, como se lee en el Sagrado Evangelio de San Juan, y lo que el Señor le respondió. Esto es lo que en las divinas Letras hallamos escrito de San Felipe, Apóstol; digamos ahora, lo que añaden Santos, y graves autores.

3 Después de la subida a los Cielos del Hijo de Dios, y venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, ellos se repartieron por toda la redondez de la Tierra. A San Felipe le cupo la provincia de la Asia superior, en la cual predicó como embajador enviado de Dios, para la salvación de todos aquellos pueblos, que le oían, y con su vida admirable, y celestial doctrina, y grandes y continuos milagros, alumbró aquella ciega gentilidad, y la convirtió a la fe de Jesucristo. Derribó los ídolos, edificó iglesias, levantó altares, ordenó sacerdotes, y dio a los pueblos forma, y regla para vivir como cristianos, y como hombres, que habían salido de las tinieblas de la idolatría, y del cautiverio de sus vicios, y pecados, y con la nueva Luz del Cielo conocían por Dios, y Salvador suyo a Jesucristo. Pasó también a la Scithia; y habiendo gastado veinte años en esta gloriosa predicación, con tan grande y tan maravilloso fruto, fue a la ciudad de Hierápolis, que es en la provincia de Frigia, para hacer en ella lo mismo que había hecho en las demás: y como dice Simeón Metafraste, halló, que en un templo de esta ciudad residía una víbora extraña, a la cual adoraba el pueblo, y ofrecía sacrificio, como si fuera Dios. Se enterneció el Apóstol, por ver la ceguedad de aquel pueblo engañado, y que se diese al demonio en la serpiente el culto y reverencia, que se debe a solo Dios; y postrado delante de su acatamiento, le suplicó con muchos gemidos y lágrimas, que abriese los ojos a aquella pobre gente, y la librase de la tiranía de Satanás; porque muchos perecerían, o porque la serpiente los tragaba, o porque eran ofrecidos en sacrificio; que el demonio es cruelísimo carnicero, y amicísimo de sangre humana, como nuestro enemigo mortal. Oyó el Señor las oraciones de Su siervo, y la serpiente quedó allí muerta, y el pueblo libre de los daños, que de ella recibía, y dispuesto para recibir la Luz del Evangelio, y la doctrina, que el Santo Apóstol les predicaba. Lo cual como los sacerdotes y magistrados llevasen mal, echaron mano del Santo Apóstol, y dieron con él en la cárcel, y después de haberle azotado ásperamente, le crucificaron, y mataron a pedradas, dando él muchas gracias al Señor, porque le hacía imitador de Su Cruz. Y estando los sayones, e impíos ministros, burlándose del Santo Apóstol, envió Dios un temblor de tierra muy espantoso, y extraordinario, que derribó edificios, asoló casas, y hundió los que las habitaban, y tragó vivos a los que habían puesto a San Felipe en la cruz, en castigo de su maldad: con lo cual quedaron asombrados los paganos y rebeldes, y los fieles y católicos consolados, y alabando al Señor por las maravillas, que obraba con Su siervo. Queriéndole quitar de la cruz, el Santo Apóstol hizo oración por sí, y por todos los circunstantes, y fue oído de Dios; porque antes que lo bajasen de la cruz, acabó su jornada muy felizmente, y dio su espíritu a su Creador, y el pueblo quedó libre del pavor y espanto que tenía. Después de muerto San Felipe, los cristianos tomaron su cuerpo, y le sepultaron con la reverencia y honor, que convenía. Andando el tiempo fue trasladado a Roma, donde está con el cuerpo de Santiago el Menor, en el Templo de los Doce Apóstoles, que edificaron los Papas Pelagio, y Juan, su sucesor, y vulgarmente se llama Santi Apostoli, y es convento de frailes de San Francisco. Celebra la Iglesia el día de su martirio a 1° de mayo, y fue en el año del Señor de 54, y en el duodécimo del emperador Claudio, según Eusebio. Adviértase, que algunos autores griegos y latinos, confunden al Apóstol San Felipe con Felipe, uno de los siete diáconos; y lo que es del diácono, lo atribuyen al apóstol, y dicen, que San Felipe, apóstol, tuvo hijas: lo cual se ha de entender de san Felipe el diácono: porque (como dice San Jerónimo, escribiendo contra Joviniano) de ninguno de los Apóstoles es cierto, que fuese casado, sino de solo San Pedro. De San Felipe escribieron San Isidoro, Lib. de Pat. Vet. et Novi Testam., Cap. 75; San Jerónimo, de Scrip. Eccles.; Sofronio in Philip.; Euseb. Lib III. Histor. Eccles., Cap. 30 y 31; Metafraste, referido por Surio, tomo III; San Antonino, 1Part., tit. 6, Cap. 11; Baron., tomo I. Annal, y en las Anotaciones del Martirologio.

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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Mayo, Día 2, Página 118.



Santiago el Menor, Apóstol y Mártir

Santiago, el Menor, o por otro nombre el justo, hermano del Señor, fue de Caná de Galilea; y se llama «hermano del Señor,» no por haber sido hijo de la gloriosísima Virgen María, Nuestra Señora, como soñó Helvidio, hereje, ni por haber sido hijo de San José, o de otra mujer, como algunos doctores han escrito, sino porque fue hijo de una hermana, o prima de Nuestra Señora: aunque no falta quien diga, que le llamaron hermano del Señor; porque era hijo de Cleofás Alfeo, hermano de San José: y que así como Cristo fue tenido por hijo de San José; así Cleofás su hermano fue tenido por tío de Cristo, y Santiago, hijo de Cleofás, por su primo hermano, y que según la costumbre de los hebreos, los primos y parientes muy cercanos eran llamados hermanos: y también le llamaban hermano de Cristo; porque en las facciones del rostro se le parecía en tanto grado, que después de la subida al Cielo de Cristo Nuestro Redentor, muchos cristianos venían a Jerusalén, por ver a Santiago, porque viéndole les parecía ver a Jesucristo. Se llama asimismo Santiago el Menor, respecto de Santiago el Mayor: no por haber sido menor en la dignidad o santidad, sino porque fue llamado al apostolado después de Santiago, hermano de San Juan Evangelista, e hijo del Zebedeo, que por esta causa es llamado Santiago el Menor. Lo llamaron «el justo,» por la excelencia de su santa vida, y costumbres: porque, como dice Hegesipo, fue santificado en el vientre de su madre: y como escribe Epifanio, perpetuamente virgen; y como dice San Jerónimo, Eusebio, Metafraste, y los otros autores de la historia eclesiástica, fue de grande penitencia, y de una vida tan ejemplar, que parecía un retrato del cielo. Sus ojos eran muy honestos, y sus oídos atentos a las cosas divinas.

En su boca siempre se halló verdad. Sus manos prontas para todas las obras de virtud; su cuerpo y afectos muy mortificados con los continuos ayunos. Nunca comió carne, ni bebió vino, ni otro licor de los que suelen embriagar. Se sustentaba con pan y agua, y mezclaba muy de ordinario lágrimas en la bebida. No hacía diferencia de la noche al día para la oración, de la cual parece que vivía, y se sustentaba. De estar de rodillas las tenía duras, y con callos, y como de camellos. Y aun San Juan Crisóstomo añade, que tenía hechos callos en la frente, por tenerla pegada al suelo, cuando oraba. Andaba vestido de lino, y no de lana, y los pies descalzos. No consintió, que se le cortase el cabello: ni jamás quiso bañarse, ni ser ungido con óleo, como se usaba en aquel tiempo.

Era tan grande la opinión, que los mismos judíos tenían de su santidad, que a porfía venían a él, por tocar la ropa, y besarla; y a él solo le dejaban entrar en el Sancta Sanctorum. Y Josefo, autor gravísimo (con ser judío), escribe, que la ruina y destrucción de Jerusalén, que hicieron Vespasiano, y Tito, su hijo, fue castigo, que Dios envió a aquella ciudad, por haber muerto a Santiago, hermano de Cristo, y varón justísimo, y conocido por tal: tanta era la fama y opinión, que de él tenían: aunque, a la verdad, la principal causa de la destrucción de Jerusalén fue por la ingratitud de aquel pueblo desconocido y rebelde, que cerró los ojos a la Luz, y dio la muerte al Autor de la vida.

2 Habiendo, pues, los apóstoles recibido el Espíritu Santo, y predicado en varias lenguas a los judíos, que aquel mismo Señor, que ellos habían crucificado, era el Mesías prometido en la Ley, y verdadero Dios y confirmándolo con muchos, y grandes milagros; por parecer de los otros Apóstoles, San Pedro, como dice San Juan Crisóstomo, ordenó a Santiago por Obispo de Jerusalén: porque aunque Cristo Nuestro Señor antes le había ordenado con los otros Apóstoles, no le había señalado cierta Iglesia y lugar, en el cual ejercitase la potestad, que le había dado; y esto hizo San Pedro, como cabeza de la Iglesia. Y aún añade más San Anacleto, Papa, que San Pedro, Santiago el Mayor, y San Juan Evangelista, su hermano, todos tres juntos le ordenaron; para dar forma a sus sucesores, y establecer, que no se consagre el Obispo, sino interviniendo tres Obispos en su consagración. Traía Santiago en señal de suprema dignidad una lámina de oro en la cabeza; la cual también, dice Polícrates, que traía el bienaventurado San Juan Evangelista.

Fue de tan gran autoridad este sagrado Apóstol, que cuando San Pedro, por mandado del Ángel, salió de la cárcel, en que le había puesto Herodes, luego envió a avisar a Santiago y a los demás hermanos, como estaba ya libre, nombrando a Santiago entre ellos solo por su nombre como a hermano mayor, y el más principal de todos ellos. En el primer Concilio o junta, que hicieron los Apóstoles, para determinar, si los gentiles, que se convertirían a la fe, habían de circuncidarse, como lo querían, y porfiaban algunos de los judíos, que se habían bautizado; después que San Pedro hubo dicho, lo que Dios había obrado por él, y como habían abierto la puerta a los gentiles, para que recibiesen el bautismo, y se salvasen; Santiago, como Obispo de Jerusalén (donde aquel negocio se trataba), dijo su parecer tan altamente, y con tanta resolución, que todos los demás Apóstoles le siguieron, y conforme a él se hizo el decreto, que se escribió a los gentiles, enseñándoles, lo que debían hacer. Y San Pablo hace honorífica mención de Santiago, y dice: que habiendo venido a Jerusalén a ver a San Pedro, no vio a ningún otro de los apóstoles, sino a Santiago; y en otro lugar: que San Pedro, Santiago, y San Juan, que eran las columnas de la Iglesia, habían hecho compañía con él, y dándole las manos, para que trabajase como ellos en el Evangelio. Y San Judas, Apóstol, se precia tanto de ser hermano de Santiago, que en el principio de la epístola canónica, que escribe a los fieles, juntamente se llama siervo de Jesucristo, y hermano de Jacobo; y de esta manera los saluda.

3 Viviendo, pues, Santiago en Jerusalén con la santidad de vida, autoridad y opinión que hemos dicho, haciendo oficio de verdadero Apóstol, y Pastor de aquel rebaño del Señor, era maravilloso el fruto que hacía en las almas, e innumerables los judíos, que por su predicación se convertían a la luz del Santo Evangelio. Lo cual como Anano, sumo sacerdote (que era hombre atrevido, fiero, cruel, y de secta saduceo), y los demás sacerdotes no pudiesen llevar en paciencia, ni se atreviesen a oponerse al Santo, por ser tan grande su autoridad, y la reverencia que el pueblo le tenía; determinaron de ganarle la boca, y hacerle, si pudiesen, de su bando, para acabar por su medio, lo que sin él tenían por muy dificultoso. Le rogaron, que pues era tan grande siervo de Dios, y tan celoso de aquel Templo, que días y noches moraba en él, haciendo oración, y entrando él solo en el Sancta Sanclorum, con singular privilegio; que se doliese del mismo Templo, y de la Ley que había dado Dios, y confirmado con tantos milagros, y desengañase al pueblo, para que no siguiese a un crucificado; pues creerían cualquiera cosa, que él les predicase: y que para esto el día de Pascua, cuando habría mayor concurso de gente, les dijese, lo que sentía de Cristo; porque ellos ponían la honra de Dios, y de su Templo en sus manos. Prometió el Santo de hacerlo: vino el día señalado; y estando presente un número sin número de judíos y gentiles, le subieron a un lugar alto, y eminente del Templo, y después de haberle dicho los príncipes de los sacerdotes grandes alabanzas de Santiago, para ganarle más la voluntad, le preguntaron ¿qué le parecía del Hijo del hombre, Jesucristo? Respondió con grande resolución y constancia; ¿qué me preguntáis del Hijo del hombre? Sabed, que está sentado a la diestra de Dios Padre, y ha de venir a juzgar vivos y muertos. Se levantó luego un murmullo entre los fieles, oyendo estas palabras, alabando a Dios por ello, y confirmándose en la fe: y los sacerdotes, bramando como leones, tomaron piedras contra él, y dando voces hasta el cielo, decían: ¿No veis cómo ha errado el justo? Y echando mano de él, le arrojaron de allí abajo. Y aunque quedó muy maltratado de la caída, olvidándose de su injuria, y acordándose de la caridad de su Señor, que en la Cruz había rogado al Padre Eterno por sus enemigos; levantó las manos y el corazón a Dios, y puesto de rodillas, comenzó a echar de sí llamas de amor, y a decir: «Yo Os suplico, Señor, que los perdonéis; porque no saben lo que so hacen.»

No se aplacaron aquellos hombres malvados con palabras tan dulces, que bastaban a ablandar cualquiera duro corazón, antes perseverando en su maldad, le herían y golpeaban; y uno de ellos, tomando un grueso palo, o pértiga, le dio con él en la cabeza, esparciendo los sesos por el suelo; y con este martirio dio su bendita alma a Dios, habiendo gobernado Su Iglesia, como dice San Jerónimo, treinta años, y en el séptimo del imperio de Nerón. Su santo cuerpo fue sepultado cerca del Templo, en el mismo lugar donde murió, y después de algún tiempo fue trasladado a Roma, donde está con el cuerpo de San Felipe Apóstol. Fue su martirio el día 1 de mayo del año del Señor de 63, según Baronio, y en él celebra la Iglesia su fiesta.

4 Escribió Santiago una epístola, que es una de las siete canónicas, que tiene la Iglesia, en la cual nos da admirable, y celestial doctrina para todos estados, y particularmente nos enseña el gran bien, que se encierra en las adversidades, y tribulaciones, cuando se llevan con paciencia, y nos exhorta a gozarnos en gran manera, cuando somos tentados, y probados con muchas, y varias aflicciones del Señor. Escribió asimismo la forma de celebrar la Misa, que los griegos llaman Liturgia, y siempre ha sido tenida en gran veneración: la cual alega Proclo, arzobispo de Constantinopla, contra Nestorio hereje, en el Concilio que se celebró en la ciudad de Éfeso, y en el Concilio universal que llaman In Trullo (y se juntó en tiempo de Justiniano, emperador, con autoridad de esta divina Misa de Santiago), reprende a los herejes, que no mezclaban en el cáliz agua con el vino para la Consagración. San Jerónimo en el libro de sus Escritores eclesiásticos, hablando de Santiago, dice, que en el Evangelio, que llamaba según los hebreos, y él mismo había traducido en griego, y en latín, se hallaba escrito, que Santiago juró la noche de la Cena de no comer bocado, hasta que viese a Cristo resucitado, y que Cristo le apareció después de la Resurrección, y mandando traer pan, le bendijo, y partió, y se lo dio, diciéndole: «Hermano Mío, come tu pan; porque ya el Hijo del hombre ha resucitado.» Y algunos quieren decir, que alude a esto, lo que San Pablo, escribiendo a los de Corinto, dice, que el Señor después de la Resurrección apareció a los once apóstoles, y a Santiago, dando a entender, que le apareció dos veces: una estando solo, y otra en compañía de los demás apóstoles.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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