29 de Abril: Santa Catalina de Siena, Virgen (1347-1380)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Abril, Día 30, Página 109.



Santa Catalina de Siena, Virgen

La bienaventurada virgen Santa Catalina de Siena, esposa de Jesucristo, e hija del glorioso Padre Santo Domingo, y espejo de todas las religiosas, que militan debajo de su bandera, nació en la ciudad de Siena, de la cual ella tomó el nombre. Su padre se llamó Diego, y su madre Lapa, personas virtuosas y de gente plebeya; mas que tenían bastantemente lo necesario para pasar la vida. Se esmeró mucho su madre en criar a sus pechos a Catalina, lo cual no había podido hacer con los otros hijos; y así la cobró mayor amor, y ella desde niña salió tan agradable y graciosa, que se hacía amar de todos los que la trataban, y por maravilla la dejaban en casa de sus padres, porque cada uno la quería llevar a la suya, por el gusto que les daba con su amable y suave condición. Luego comenzó e resplandecer en ella la Gracia del Señor, y se conoció, que desde el vientre de su madre la había escogido para Su singular esposa; porque apenas tenía cinco años, cuando comenzó a rezar la Salutación del Ángel a Nuestra Señora, tan a menudo, y con tanta devoción, que cuando subía o bajaba alguna escalera, se arrodillaba en cada escalón, y decía el Ave María.

Siendo ya de seis años, yendo con un hermano suyo, llamado Estéfano, a casa de Buenaventura, otra hermana suya, volviendo a su casa, vio sobre la Iglesia de Santo Domingo un Trono riquísimo y resplandeciente, y en él sentado a Jesucristo, en traje de Pontífice máximo, vestido de pontifical, y con tiara en la cabeza, y junto con Él a San Pedro, y San Pablo, y a San Juan Evangelista. Fijó la bendita niña sus blandos ojos en Cristo; y el mismo Cristo la miró a ella con rostro alegre, y le echó Su Bendición; y ella quedó tan transportada, que su hermano no pudo hacerla volver en sí con las voces que la dio, hasta que la asió y tiró fuertemente, que entonces despertó, como de un profundo sueño, y dijo: ¡Oh, hermano, si tú vieses lo que yo veo, nunca te querrías apartar de aquí! Volvió los ojos a aquella visión; pero ya había desaparecido; y la niña comenzó a llorar amargamente de haberlos quitado, de lo que tanto a su alma recreaba. Desde este tiempo pareció haberse mudado de niña que era, en mujer anciana, y de seso y prudencia: y como ella declaró después a Raimundo de Capua, su confesor, en este tiempo supo por Divina revelación las vidas de los Santos Padres del yermo, y de otros muchos Santos, y especialmente la de Santo Domingo, y le vino gran voluntad de imitarlas, todo lo que le fuese posible. Se daba mucho a la oración: era callada por extremo: quitaba parte de su comida ordinaria; y algunas otras niñas de su edad se le juntaban con deseo de oír sus dulces palabras, e imitar sus santas costumbres; y ella las enseñaba, y se encerraba con ellas, y hacía que se disciplinasen en su compañía. Crecía en ella el deseo de imitar a los padres del yermo: y para esto un día, tomando solamente un pan consigo, se fue de la ciudad, y se entró en una cueva que estaba en un despoblado. Se puso en oración, y fue muy consolada del Divino Espíritu, que interiormente la mandó volver a casa de sus padres; y así lo hizo. Siendo de siete años, se encendió tanto en el amor de su Esposo Jesucristo, y del deseo de consagrarle su alma pura y limpia, que hizo voto de perpetua virginidad, suplicando humildemente a la Sacratísima Virgen Nuestra Señora, que pues había sido la primera entre todas las mujeres, que con voto consagró su virginidad a Dios, que se dignase de darle a Su Hijo por Esposo; porque ella le prometía de no admitir otro en todo el discurso de su vida. Hecho este voto, comenzó a inclinarse a ser religiosa, y si veía pasar por su casa algún religioso, especialmente de la Orden de Santo Domingo, era grande la alegría que recibía su alma, y como luego salía fuera, y besaba con mucha humildad la tierra donde él había puesto sus pies, creciendo en ella siempre el deseo de abrazar aquel instituto: porque aunque era muy devota de todos los Santos, amaba con más ternura a los que se habían empleado más en ganar almas para Dios, como lo profesaba aquella Santa Religión: y tuvo varios pensamientos de buscar modos para vivir entre aquellos religiosos, siendo mujer, disimuladamente, solo para ayudar a las almas: tanto era el fuego del Amor Divino, que de esta niña abrasaba su pecho; mas el Señor la divirtió de aquel propósito, y la adornó de tantas y tan excelentes virtudes, que sus hermanos se maravillaron; sus padres estaban atónitos; y todos los que la consideraban, suspensos.

2 Siendo ya de edad nuestra santa virgen para casarse, trataron sus padres de darle marido, no sabiendo el voto de virginidad, que ella había hecho; mas la santa virgen mostró mucho sentimiento, que se tratase de ello; y disimulaba, porque por una parte tenía gran respeto y amor a sus padres, y no los quería contristar; y por otra estaba resuelta a morir mil veces, antes que quebrantar la fe de su dulce Esposo Jesucristo. Su hermana Buenaventura, que era casada, y muy amada de la santa virgen; le aconsejó, que aunque no se casase, tomase hábito galano, para mejor disimular, y dar contento a sus padres. Lo hizo ella con esta intención, y lo lloró toda la vida con muchas lágrimas, juzgando, que era grave pecado; y poco después murió su hermana Buenaventura de parto, y se entendió, que había sido en castigo de haber aconsejado a su hermana, que se engalanase; y Santa Catalina tuvo revelación, que se salvó, después de haber purgado sus pecados con recios tormentos en el Purgatorio: tanto desagrada al Señor el estorbar a los que de veras le quieren servir, o entibiarlos en sus santos propósitos.

La apretaban mucho sus padres en su casamiento, ya con regalos, y blanduras, ya con malos tratamientos; y ella, viéndose muy congojada, inspirada del Señor, se cortó el cabello, que le tenía lindo por extremo, para que por este hecho se entendiese, cuán determinada estaba de no casarse. Sintieron esto mucho sus padres, y comenzaron a perseguirla de palabra, y de obra: y para traerla a su voluntad, la mandaron ser cocinera en lugar de la criada, y servir en los más viles, y bajos oficios de casa. Todo lo hacía la santa doncella con maravillosa paz, y alegría de su alma, labrando en su corazón una celda, y secreto retraimiento, en el cual moraba siempre, y conversaba con su dulcísimo Esposo, sin mostrar señal alguna de su turbación, y amargura.

Pudo tanto su perseverancia, que todos conocieron, que aquel negocio era de Dios, especialmente su padre, y se confirmó mucho, en que su hija seguía la inspiración, e impulso del Espíritu Santo; porque un día vio sobre ella, estando orando en el rincón de un aposento, una paloma blanca, la cual luego desapareció; y así ordenó, que dejasen a su hija, y que ninguno la fuese a la mano, para que no siguiese la Voluntad de Dios, que la llamaba: con lo cual ella quedó muy consolada, y mucho más con haberle aparecido Santo Domingo, y ofreciéndole el hábito de las sorores de penitencia, y prometiéndole, que sin duda gozaría de él. Por lo cual le hizo muchas gracias: y habiendo ya desengañado a sus hermanos, comenzó a hacer una vida más que humana. Buscó un pequeño aposento apartado para recogerse, y hacer sus penitencias: dejó de comer carne, aunque pocas veces, siendo niña, la había comido: bebía agua: apenas gustaba cosa cocida; y solamente comía un poco de pan, y algunas yerbas crudas: y aun siendo ya de veinte años, dejó de comer pan, no tomando para su sustento sino las yerbas. Su cama eran unas tablas: traía a la raíz de sus carnes una cadena de hierro; y la apretaba tan fuertemente, que estaba abrazada con la misma carne. Venció el sueño de tal manera, que apenas dormía: se disciplinaba tres veces al día con una cadena de hierro, para imitar a su padre Santo Domingo, y cada disciplina duraba una hora y media, corriendo arroyos de sangre de su cuerpo, queriendo con su sangre pagar al Señor, la que Él había derramado por sus pecados en la Cruz: y con estas penitencias tan extraordinarias vino a debilitar mucho su virginal cuerpo; y después las acrecentó más, cuando tomó el hábito de Santo Domingo: y pareciéndole que el nuevo hábito la obligaba a nueva perfección, y mayor fervor, ella misma hablaba consigo, y decía: Acuérdate, que este hábito negro, y blanco, te predica, que seas muerta al mundo, y procures con grande estudio la pureza de tu alma. Para alcanzarla mejor, tres años estuvo sin hablar a nadie, sino cuando confesaba. Se estaba en una celda sin salir de ella, sino era para la iglesia. Las noches, cuando reposaban los frailes de Santo Domingo, a los cuales llamaba sus hermanos, ella velaba en oración, y en alabanzas al Señor: y cuando entraban en el coro a cantar maitines, se ponía a reposar un poco sobro sus tablas, teniendo a su cabecera un madero; porque con esto le parecía, que dejaba, quien en su lugar loase al Señor: el cual una vez le apareció, y le enseñó, todo lo que para el bien, y dirección de su alma, había menester; y ella misma confesó, que Cristo había sido su Maestro, o inspirándole, y apareciéndole, y enseñándole, lo que había de nacer.

3 Pero ¿quién podrá explicar las virtudes de esta castísima virgen? ¿Quién las tentaciones, y aflicciones, que padeció? ¿Quién los regalos, y favores extraordinarios, que le hizo el Señor? ¿Quién los milagros, que obró para ella? ¿Quién el fruto, que causó en el mundo con su santa vida, con su doctrina, trabajos, y peregrinaciones? Son tan raras, y tan excelentes las cosas de esta sagrada virgen, que parecen increíbles, y algunos las tendrían por tales, si los autores, que las escriben, como testigos de vista, no fuesen gravísimos, y dignos de todo crédito: y si la bondad, y suavidad del Señor para con las almas puras, y santas no fuese mayor, que los hombres podemos entender. Diremos aquí en breve parte de lo mucho, que se podría decir. La trataba Jesucristo, su Esposo, tan familiarmente: se le aparecías tan a menudo, ahora estuviese en oración, ahora leyese, o meditase, velase, o durmiese, que parecía, que estaba siempre con ella, y algunas veces estando ella hablando con otros, la recreaba con Su vista, de manera, que ella con el corazón hablaba con Cristo, y con la lengua con los otros. Se la apareció una vez, estando en oración, y le dijo: ¿Sabes, hija, quién Soy Yo, y quién eres tú? Bienaventurada serás, si lo sabes: Yo Soy, El que Soy; y tú eres, la que no eres. Otra vez le dijo: Hija, piensa tú en Mí; y Yo pensaré, y tendré cuidado siempre de ti. De estas palabras tan breves sacó grande doctrina Santa Catalina: porque primeramente sacó la confianza, que debemos tener de la Divina Providencia, y del cuidado paternal, que tiene de los Suyos Dios Nuestro Señor, en lo próspero, y en lo adverso, en el mar, y en la tierra, en la salud, y en la enfermedad, en la vida, y en la muerte; y cuán descarnado debe estar el corazón del cristiano de todas las cosas de la tierra, y cuán arraigado en esta Providencia de Dios, para dejarse gobernar por ella, y tomar como de Su Mano los varios acaecimientos, particulares, y comunes, que suceden: y así escribió un tratado admirable de la Providencia, en el cual dice, que Cristo Nuestro Señor le enseñó a fabricar en su alma un estrecho aposento de bóveda muy fuerte de la Divina Providencia, y estar siempre recogida en él, sin sacar pie, ni mano de él; porque de esta suerte hallaría paz, quietud, y sosiego perpetuo en su alma, y ninguna ola, ni turbación la sacaría de sí. También sacó de esta doctrina su propio conocimiento, para humillarse, y confundirse por su nada, y para admirarse, y elevarse, y transportarse más en el Sumo Bien, y sumirse, y anegarse en aquel piélago del Ser inmenso de Dios, y de Sus infinitas Perfecciones, para alabarle, y servirle con más encendidos deseos, y afectos divinos, y conocer, que todo lo que hacía por Él, era nada, y para tenerse por la mayor pecadora del mundo, por cualquiera falta que cometía, por pequeña que fuese. Con esta doctrina iba cada día la Santa creciendo en santidad; y el demonio, que sentía mucho verse vencer de una doncella tierna, y delicada, la comenzó a tentar, y afligir sobremanera, pensando poder alcanzar victoria, de la que estaba armada del Espíritu del Señor, y debajo de Su amparo: el cual la previno, y le mandó que se abrazase con la Cruz, y tuviese lo dulce por amargo, y lo amargo por dulce, y que se holgase con las tribulaciones: y ella lo hizo tan cumplidamente, que con ninguna cosa más se deleitaba, que con las penas, sin las cuales decía, que le fuera muy cargosa esta vida; y que con ellas gustaba, que se dilatase su gloria: porque sabía, que tanto sería mayor, cuanto mayores fuesen sus aflicciones. Habiéndola, pues, el Señor armado de esta manera, permitió que los demonios la tentasen, para manifestar más su virtud; y así comenzaron a atormentarla con imaginaciones torpes, con sueños deshonestos, con representarle grandes fealdades, y cosas, que para su purísima alma eran más horribles que la propia muerte. Ella, para desecharlas de sí, atormentaba su cuerpo, disciplinándose con su cadena de hierro, sin ponerse a palabras con el demonio, por saber, que es tan envejecido en ruindades, que fácilmente engañará al que le diere oídos. Habiéndole hecho guerra cruelísima un día el demonio, con representaciones de hombres y mujeres desnudos, que decían, y hacían cosas muy abominables, y quedado vencido, le apareció Jesucristo; y ella, como quejándose amorosamente, le dijo: ¿Dónde habéis estado, que así me dejasteis, oh Esposo mío? Contigo estaba,le dijo el Señor, Catalina, esposa Mía. Pues ¿cómo estabais Vos conmigo, teniendo yo tan malos pensamientos, y tan torpes imaginaciones? ¿Te deleitabas con ellos?le dijo Cristo: Antes, respondió la virgen, padecía terrible pena. Pues en esto estaba tu merecimiento, y el fruto de tus peleas: las cuales estaba Yo con gozo mirando, y dentro de tu corazón esforzándole; porque siente, el que no consiente, y la pena, que se recibe en desechar los malos pensamientos, es señal, que no hay culpa en el alma, que contra su voluntad los padece. Mucho tiempo fue afligida con estas representaciones feas, que para ella eran un infierno, permitiéndolo así Nuestro Señor para mayor corona, y gloria de la santa virgen, y confusión, y quebranto de aquella infernal serpiente, que combatiéndola tantas veces, y tanto tiempo, jamás la pudo derribar; antes las mismas tentaciones y peleas, le fueron ocasión de crecer más en la virtud, y de más glorioso triunfo. En este tiempo procuraba Santa Catalina estar lo más que podía en la Iglesia; porque estando en ella, el demonio no tenía tanta fuerza para tentarla. Mas después que el demonio en este género no la pudo vencer, ni hacer mella en aquel virginal y fuerte pecho, tomó otros caminos para afligirla, y hacerla perder la constancia en sus buenos propósitos, y la virtud de la paciencia. Para esto, habiendo la santa virgen tomado a su cargo de curar a una mujer viuda, y vieja, que tenía cancerado el pecho, y tan podrido, que no había quién pudiese sufrir el mal olor, que salía de él, y sirviéndola ella con admirable caridad y alegría; viendo el demonio, que no podía apartarla de aquella obra de tanta caridad, con todos los medios, que había tomado para ello, se revistió de la misma mujer, de tal manera, que convirtió en ponzoña la medicina, y en espinas las rosas, y en odio, y aborrecimiento la buena obra, que de la santa virgen recibía: y pasó tan adelante su desatino, que publicó, que Santa Catalina era mujer liviana y deshonesta: y preguntada, si era verdad, se ratificó en lo que había dicho: mas la Santa no por eso se turbó, ni dejó de servir con mayor afecto y cuidado, a la que estaba enferma, y más en el alma, que en el cuerpo, procurando con humildad y mansedumbre ablandar el corazón duro de aquella pobre mujer, y hacerla reconocer, y llorar su pecado.

A más de esto acudió a su dulce Esposo con muchas lágrimas, para que Él, que era testigo y autor de su limpieza, volviese por ella; y el Señor le apareció con dos coronas, una de oro finísimo, y resplandeciente en la mano derecha, y otra de espinas en la izquierda; y le dijo, que escogiese cuál de aquellas coronas quería; y ella respondió: Señor, yo quiero en esta vida conformarme con Vuestra Pasión, y que mis deleites sean Vuestras penas: y diciendo esto, tomó con tanto fervor la corona de espinas de mano del Salvador, y se la puso tan apretadamente en la cabeza, que luego sintió grandes dolores en ella. Le mandó el Señor, que perseverase en servir a la enferma; porque Él miraría por su honra, y buena fama, como sucedió; porque la enferma reconoció su culpa, y la santidad de Catalina con una visión que tuvo, en la cual se le representó la misma virgen, llena de majestad y claridad: y confusa y avergonzada, descubrió su pureza, y lo que había visto, y se desdijo de lo que había dicho, confesando y pidiendo perdón de su pecado. De esta manera el demonio, que había pretendido infamar a Santa Catalina, y hacerle perder la paciencia, y dejar la buena obra que había comenzado, quedó corrido, aunque no cansado de perseguirla; antes buscó otra ocasión para afligirla de nuevo; y así fue.

Entre los otros amorosos, y devotos afectos, que el Señor comunicó a esta virgen, fue una singular devoción al Santísimo Sacramento del Altar, el cual era tan encendido y tan abrasado, que el día que no comulgaba, parecía que había de espirar, y en comulgando, era tan sobreabundante la consolación divina, que recibía su alma, que de ella redundaba en el cuerpo, y le hacía vigoroso, sin tener necesidad de comer manjar corporal, ni poderle tomar sin pena. Tomó el demonio esta ocasión, para afligir a la virgen, poniendo sospecha de engaño en lo que hacía, y engendrando escándalo, y murmuración entre la gente, no solamente común, sino también entre la espiritual y devota, y en su mismo confesor, que a la sazón era Fr. Tomás, de la Orden de Santo Domingo: el cual la apretó para que comiese, tan fuertemente, que por obedecerle casi perdió la vida: y para quitar la ocasión de aquella admiración y escándalo, a los que murmuraban, se sentaba con los demás a la mesa, y procuraba pasar el zumo de alguna cosa: pero era siempre con tan grande pena y detrimento de su salud, que luego comenzaba a dar arcadas, y no se sosegaba, hasta que lanzaba aquella poca substancia, que había comido, tomando aquel tormento por satisfacción de sus pecados, y alabando al Señor, que por aquella manera los castigaba en esta vida, y no guardaba el castigo para la otra: y solía decir cuando iba a la mesa: Vamos a tomar el justo castigo de esta miserable pecadora. De esta tribulación y persecución, también la libró Nuestro Señor; porque sus mismos confesores conocieron, que la santa virgen era guiada de Dios, y le mandaron, que no se diese aquella violencia en el comer; y todos los que conocían su santidad, quedaron maravillados, y alabaron al Señor por los modos tan raros, y extraordinarios que usa con Sus santos. Mas el demonio, con haber sido tantas veces vencido, no dejó de volver a nuevas batallas; antes, permitiéndolo su dulce Esposo, convirtió contra ella su saña, y furor, y atormentó el cuerpo flaco, y debilitado de la virgen, con tantas, y tan crueles enfermedades, y dolores, que apenas se pueden creer, si no de los que las vieron. No tenía sino la piel, y los huesos, y no parecía sino un retrato vivo de la muerte. Aparecían en su cuerpo los cardenales, y las señales de los azotes, y golpes, que el demonio le daba. La echaba algunas veces en el fuego, y ella, sonriéndose, salía de él sin lesión alguna: de suerte, que nunca la pudo rendir; antes con las penas crecía su fervor, como con el viento la llama: y cobrando fuerzas de la flaqueza, oraba más,  trabajaba más, con grande admiración de todos los que la veían: tanta era la fortaleza, y virtud de su espíritu, y aquella paciencia invencible, y perseverancia, de que su Esposo la había armado.

4 Pues ¿qué diré de su perpetua mortificación, y de los actos heroicos, que hizo para vencerse, más admirables que imitables? Una vez, curando aquella mujer, que tenía el pecho cancerado, como dijimos, sintió un hedor intolerable, que le turbó el estómago: y entendiendo que era tentación del enemigo, que por aquel camino la quería apartar de su buena obra, enojándose consigo misma, decía: ¿Cómo así aborreces tú a tu hermana, comprada con la Sangre de Cristo? ¿No puedes tú caer cuesta, o en otra más asquerosa enfermedad? Pues no será así: y juntando la boca y las narices a la llaga cancerada, y podrida de la mujer, estuvo buen rato pegada con ella, hasta que conoció, que la carne rebelde se había sujetado al espíritu. Otra vez hizo otra cosa de mayor admiración: porque habiendo sentido grande asco, viendo aquella misma llaga, la lavó, y limpió, y cogió la materia en una escudilla, y con grande ardor de fe la bebió; y con esto cesó luego la tentación, y confesó después a Fr. Raimundo, su confesor, que en todos los días de su vida no había comido, ni bebido cosa más sabrosa: y luego la noche siguiente le apareció Cristo; y queriéndole pagar aquella gloriosa victoria, le descubrió la Llaga de Su Sagrado Costado, y le dio a beber de ella, regalando y recreando el alma de esta virgen, de manera, que se derivó en el cuerpo aquel favor divino. Esto hacia la santa virgen consigo misma, y estos son los ejemplos, que nos dejó de perfecta mortificación, paciencia, y mansedumbre. Mas no fueron menos admirables los de su caridad para con sus prójimos, a los cuales miraba, como un vivo retrato de Cristo, y los socorría, y servía, como al mismo Cristo. Pidió a su padre licencia, para dar limosna a los pobres: se la dio el padre; y ella lo hacía con tan larga mano, que repartía con ellos todo cuanto podía, especialmente a los vergonzantes. Una vez estando su cuerpo hinchado, y con tanta flaqueza, que apenas podía estar en pie, supo que una pobre viuda, cargada de hijos, estaba con mucha necesidad: suplicó al Señor, que le diese fuerzas, para remediarla; y levantándose muy de mañana, tomó un costal de trigo, y un jarro de vino, y otro de aceite, y otras cosas, que todas eran de mucho peso, y cargándoselas como pudo, las llevó hasta la casa de la viuda, donde las dejó: y no pudiendo volver a su casa por el gran cansancio, y flaqueza de su cuerpo, pidió al Señor, que le diese fuerzas para volver; y así se las dio. Otra vez estando en la iglesia de Santo Domingo, pidiéndole un pobre limosna, le dio una cruz pequeña de plata, que traía consigo (que otra cosa no tenía); y la noche siguiente le apareció Cristo, y le mostró aquella Cruz engastada en piedras preciosas, y le prometió mostrarla en el día del Juicio en presencia de los Ángeles, y de los hombres. Otra vez volviendo de la iglesia a su casa, se le puso delante Cristo, en figura de un mozo pobre y peregrino, y le pidió, que le diese una ropa: ella volvió a la iglesia, y secretamente se quitó la saya interior, que traía, y se la dio al pobre, no sabiendo, que era Cristo: el cual le pidió de nuevo, que le diese alguna ropa de lino; y ella, mandándole que la siguiese, entró en su casa, y se quitó la camisa, que traía, y se la dio: y no contento con esto el pobre, le pidió para sí, y para otro su compañero, otros vestidos: los cuales la santa virgen no tenía ni podía dar, y por esto se congojó mucho; y la noche siguiente le apareció el mismo Señor en aquella figura de pobre, mostrándole la ropa, que lo había dado, resplandeciente, y prometiéndole, que le daría una vestidura invisible, con la cual no sentiría frío el alma, ni el cuerpo. Había en su casa una cuba de vino, de la cual la santa virgen daba a los pobres el vino, que habían menester: y bebiendo de ella los de casa, duró el vino mucho más tiempo, de lo que pudiera durar, si no se diera a los pobres. Pero esto era darles de la hacienda de sus padres; mayor limosna era servir a los mismos pobres enfermos, y desamparados, como ella lo hacía. Había en Siena una pobre mujer, que se llamaba Tecca, enferma, y leprosa, y que por serlo no había, quién cuidase de ella, antes la querían echar fuera de la ciudad: lo supo Santa Catalina: fue a ella: le ofreció su servicio, y la visitaba cada día dos veces, mañana, y tarde, y le llevaba, lo que había menester. Con esta caridad la mujer, que había de humillarse, se ensoberbeció, y en lugar de agradecer a la santa virgen la buena obra, que de ella recibía, la comenzó a perseguir, o injuriar, pidiendo por justicia, lo que era gracia; para que entendamos lo que es el hombre, y de qué barro somos compuestos, y los modos, que tiene Dios para probar a Sus Santos. No se turbó nuestra Catalina, ni se entibió un punto en servir a la pobre enferma, por su mala condición, e ingratitud; antes de allí adelante la servía con mayor cuidado, y alegría, procurando con caricias, y regalos tenerla contenta. Y para que se viese más la virtud, y caridad de esta virgen, quiso Dios, que se le pegase la lepra en una mano; pero ella no hizo caso de aquel mal, ni del peligro, que había, que cundiese en el resto del cuerpo. La curó hasta la muerte: la lavó: la cubrió; y por sus manos la enterró: y quedó sana del todo, y con las manos más lindas que antes.

5 Otra mujer, llamada Palmerina, de la Orden de la Penitencia de Santo Domingo, por instigación del demonio, tomó un odio tan terrible contra Santa Catalina, que no se puede creer; porque no la podía ver, ni oír nombrar, y la mandó echar de su casa, sin quererse aplacar con ningún servicio, que la virgen le hiciese, ni por las graves enfermedades, y dolores, que Dios le dio en castigo de su culpa; hasta que estando la desventurada mujer para morir, siempre obstinada, y con aquella mala voluntad contra Santa Catalina, ella se postró delante del acatamiento del Señor, con tanto fervor, y con tantas lágrimas, suplicándole por aquella alma, y diciéndole, que no se levantaría de aquel lugar, si no se compadecía de ella; y con esto fue oída: porque la mujer, habiendo estado tres días en agonía de la muerte, no pudo morir, hasta que tocándole el Señor, y ablandándole el duro corazón, se reconoció, y lloró su culpa, y recibidos los Santos Sacramentos, dio su alma a Dios. Lo que le aconteció con esta mujer, le aconteció también con otras muchas personas: que estaban en mal estado, y se iban al infierno, y por sus oraciones se convirtieron, y se salvaron; porque de ninguna cosa tenía más sed, que de la salvación de las almas. Entre estas fue la de un hombre rico, ciudadano de Siena, por nombre Andrés, que era hombre perverso, y desalmado, y enemigo de Dios, y de sus Santos, de los que blasfemaba. Éste, estando para morir, y no queriéndose confesar, ni oír cosa de su conciencia; por las lágrimas, y oraciones de esta virgen volvió en sí, y se confesó, e hizo su testamento, y pasó de esta vida. Llevaban a ajusticiar a dos ladrones famosos, y los  iban atenaceando en un carro; y ellos en lugar de llorar sus pecados, y tomar aquel suplicio para satisfacción de ellos, iban, como unos demonios, renegando de Dios. Los vio Santa Catalina en el carro, y una gran multitud de demonios, que los iban atizando, y provocando; y movida a compasión, pidió, que la dejasen ir con ellos en el carro hasta la puerta de la ciudad, en donde por la oración de la Santa el Salvador apareció a los ladrones Llagado, y Sangriento, convidándolos con admirable mansedumbre a penitencia, y prometiéndoles perdón, si la hacían. La hicieron: se confesaron, y lloraron sus pecados, protestando, que merecían otros tormentos mayores por ellos; y alabando al Señor, que había usado de tanta misericordia, y clemencia, con los que tan poco la merecían. No fue de menos maravilla la conversión de otro ciudadano de Siena, llamado Diego Tolomei, hombre fiero y cruel, que había muerto a dos hombres, y vivía como un pagano, y quería estorbar, que dos hermanas suyas no sirviesen a Dios en estado de perfección. Mas rogando la virgen por él, se convirtió con admiración, y espanto, de todos los que le conocían. Otro tanto sucedió a otro que se llamaba Nanes, hombre perverso, y enemigo de paz, y quietud, y que enredaba a toda la ciudad con pleitos, y marañas. Habló la virgen, y le desenmarañó; y de bravo león le volvió manso cordero. Pero ¿quién podrá contar los pecadores obstinados, que sacó de las puertas del infierno; y las personas sumidas en el abismo de sus miserias, que libró, y trajo al menosprecio del mundo? Venían a verla innumerables gentes, hombres, y mujeres; y con sola su vista se compungían, y con gran contrición, y abundancia de lágrimas se echaban a los pies del Sacerdote, para confesar sus pecados. De manera, que viendo esto el Sumo Pontífice Gregorio XI, dio al confesor de la virgen, y a dos compañeros suyos, amplia facultad de oír de penitencia, y absolver a todos los que venían a ella, y se querían confesar.

6 La que hacía esto, que aquí queda referido, con los extraños; no es maravilla, que con los padres, que la habían engendrado, usase de mayor caridad. Estando su padre muy malo de la enfermedad de que murió, la virgen suplicó a Nuestro Señor, que si no le quería alargar la vida, le librase de las penas del purgatorio; porque ella las pagaría en esta vida. La oyó el Señor: murió el padre; y en el mismo punto, que su alma salió del cuerpo, dio a su hija un dolor gravísimo de ijada, del cual fue atormentada toda su vida. Su madre Lampa, que era buena mujer, pero simple, y muy temerosa de morir, estando muy mala, no podía con paciencia oír hablar de la muerte. La Santa suplicó a su Esposo, que no llevase a su madre, hasta que estuviese más conforme con Su Voluntad. Pero como la madre todavía estuviese fuertemente abrazada con esta vida, Cristo Nuestro Señor mandó a Santa Catalina, que le dijese, que pues entonces no quería morir, que le sucederían tantos trabajos, que vendría tiempo, en que desease la muerte. Finalmente vino a morir, y sin confesión; mas la santa hija lloró tanto por su madre delante del Señor, que la resucitó, y vivió hasta los ochenta y nueve años de su edad, bien ejercitada, y afligida por las calamidades, que padecía, como su hija se lo había dicho de parte del Señor.

7 Grandísimo fue el amor, que esta santa virgen tuvo a los prójimos por amor de Cristo, en curarlos, convertirlos, y sufrirlos, y el que mostró en vida, y en muerte a sus padres. Pero ¿quién podrá declarar dignamente el amor tan encendido, con que amó al mismo Cristo, su dulcísimo Esposo, y Señor? ¿Y los regalos, y favores singulares, con que Él la ensalzó, y la hizo gloriosa, y maravillosa en el mundo? Fue tan intenso, y divino este amor de Santa Catalina para con Jesucristo Nuestro Salvador, que casi siempre estaba enferma, flaca, y consumida de puro amor de su Esposo: y ella misma decía a su confesor, que sentía tan gran gozo en su alma, que se maravillaba, que pudiese estar en su cuerpo; y que era tan excesivo el fuego, que ardía en su pecho, que el fuego material le parecía frío: y una vez creció tanto, que vino a morir por la vehemencia de este Amor, y en efecto, estuvo cuatro horas muerta, en las cuales vio cosas maravillosas de la gloria de los Santos, y de las penas del infierno, y purgatorio. Pero quiso Nuestro Señor, que tornase a vivir, para declarar lo que había visto, y ayudar a los justos con la esperanza del premio, y divina retribución, y espantar a los pecadores con el temor de la pena eterna, y castigo. Y como ella era tan amorosa y tan fiel, así el Señor la abrazaba, y acariciaba con tan extraordinarios favores: porque una vez le apareció Jesucristo con Su Bendita Madre, y otros Santos, y se desposó con ella con una manera maravillosa, y singular. La visitaba la casi continuamente con grandísima familiaridad y ternura, y algunas veces traía consigo a la Virgen María, Nuestra Señora, y otras a otros Santos, aunque comúnmente venía solo; y se paseaba con ella, y rezaba los Salmos: los cuales no sabiendo antes leer, la Santa milagrosamente los aprendió, habiéndoselo suplicado a su Esposo.

8 Después que bebió del Costado de Cristo, como dijimos, quedó tan cautiva, y presa de la dulzura de su Amado, que estaba siempre en una contemplación altísima absorta, quedando la parte del alma sensitiva, como destituida de sus acciones. Una vez haciendo oración a su Esposo, y suplicándole, que quitase de ella su corazón, y la propia voluntad, le pareció, que venía Cristo, y le abría el lado izquierdo, y le sacaba el corazón, y se iba con Él: y aunque pareció esto a su confesor cosa increíble, porque ella decía, que no tenia corazón; todavía lo que se siguió, dio muestras, de que fue verdad; porque de allí algunos días, queriendo la virgen salir de una capilla de la Iglesia de Santo Domingo, le apareció el mismo Cristo resplandeciente, que traía en la mano un corazón colorado, y muy hermoso, y llegándose a ella, se le puso en el mismo lado izquierdo, y le dijo: Hija Mía, Catalina, ya tienes por tu corazón el Mío; y le cerró el costado: y para que se entendiese, que no había sido imaginación, le quedó en el mismo lado la señal, la cual muchas veces vieron algunas de sus compañeras. Antes de esto en su oración solía decir a su Esposo: Señor mío, yo os encomiendo mi corazón; y después decía: Esposo mío, yo os encomiendo Vuestro Corazón. Los éxtasis, que esta santa virgen tuvo, fueron tantos, y tan continuos, y por tanto, y tan largo tiempo algunos de ellos, que no se pueden con pocas palabras explicar.

Estaba algunas veces levantada en el aire, y con todos los miembros tan yertos, e inmobles, como si fuera muerta, sin sentir cosa alguna, que se le hiciese, ni tormento, que se lo diese, para hacerla volver en sí; y en una de ellas dictó aquel libro admirable de la Providencia, que anda impreso: el cual escribió uno de sus escribientes, que se llamaba Esteban, y después se hizo fraile cartujo, y fue prior de la Cartuja de Pavía.

Una vez acabando de comulgar en la Capilla de Santa Cristina de la ciudad de Pisa, quedó arrobada, y suspensa, y poco después se arrodilló, y extendió los brazos, con un rostro esclarecido; pero yerta, y cerrados los ojos, estuvo así buen rato, hasta que cayó en el suelo, como si hubiera sido herida de alguna herida mortal: y después que volvió en sí, declaró en secreto a su confesor, que Cristo Nuestro Redentor le había impreso en aquel rapto las Cinco Llagas de Su Sagrado Cuerpo, y que era tan grande el dolor, que con ellas sentía, especialmente con la del costado, que le parecía ser imposible vivir, si no se mitigaba: aunque, como dice San Antonino, arzobispo de Florencia, estas llagas fueron interiores, y no exteriores; porque ella misma se lo suplicó al Señor. Nunca acabaríamos, si quisiésemos referir aquí las otras gracias, y prerrogativas, que el Señor concedió a esta preciosa virgen. Le descubrió la hermosura de las almas, y el amor, con que Cristo las amó, y cuán bien empleado es cualquier trabajo, que se emplea en su bien. Le dio un instinto maravilloso, y una Luz Divina, con la cual penetraba los corazones de las personas, con quienes trataba, y entendía el estado de sus conciencias, y si estaban en gracia de Dios, o en pecado, y como si leyera los corazones, así sabía lo que había en ellos: y algunas veces venían algunas personas deshonestas a hablarla en hábito honesto, y con demostraciones, y apariencias de siervas de Dios; y ella con aquella Luz del Cielo penetraba la fealdad de su alma, y les torcía el rostro, y decía, que no podía sufrir el mal olor, que salía de ella. Tuvo el don de profecía, y tantas revelaciones, e inteligencias celestiales, cuando se comulgaba, que parecen increíbles. Tan devota era del Santísimo Sacramento del Altar, que el día, que le recibía, o Le veía, y lo que es más, si veía algún Sacerdote, que hubiese celebrado aquel día, no podía tomar mantenimiento alguno corporal, y muchas veces veía en las manos del Sacerdote, cuando tenía la Sagrada Hostia, un Niño hermoso, otras un Horno de Fuego, otras sentía una fragancia, y olor celestial; y siempre que veía, o recibía aquel Pan de Vida, era tan regalada su purísima alma con la Presencia del Señor, que el corazón daba saltos de placer, y parece, que quería reventar; y algunas veces con Sus propias manos la comulgaba Jesucristo. Por donde hay menos que maravillarnos, que Dios Nuestro Señor haya hecho muchos milagros por ella. Sanó a muchos enfermos: libró a los que estaban heridos de pestilencia: volvió a vida a los que estaban ya casi muertos: echó demonios de los cuerpos: con pocos panes dio de comer a muchos, y sobró de lo que les daba. Amasando pan de cierta harina podrida, la ayudó a amasar la Reina de los Ángeles, Nuestra Señora, y el pan salió tan lindo, y sabroso, que fue cosa de maravillar; y por más que le daba a los pobres, siempre quedaba pan en la cesta. De una cuba vacía salió vino perfectísimo para esta virgen. Alcanzó con sus oraciones vehemente contrición, y dolor de sus pecados a sus confesores Fr. Raimundo, y Fr. Tomás, gran devoción, y ternura, y para otros, tantas misericordias del señor, que parece, que no le pedía cosa, que no se la concediese. Pero el mayor milagro, de todos los que Dios obró por esta santa virgen, es la misma virgen, en la cual hay tantos prodigios divinos, como en parte se ha visto, en lo que aquí queda referido. En estos, a mi ver, no es el menor la Sabiduría del Cielo, que Dios le infundió, para hablar de Dios: lo cual hacía con tanta suavidad, gracia, y eficacia, que estuviera cien días, y noches sin comer, ni dormir, y sin cansarse, si hallara oyentes, que la oyeran, y entendieran.

9 También se ve esta Sabiduría del Cielo, en lo que Nuestro Señor se sirvió de ella en cosas grandes, y dificultosas de la pacificación, y gobierno de la Iglesia; porque habiendo sucedido en su tiempo grandes turbaciones, y discordias en la Santa Iglesia, por los pecados del mundo, y levantándose aquel lastimoso cisma, que duró tantos años en tiempo de Urbano VI; dos Sumos Pontífices, que fueron el mismo Urbano, y Gregorio XI, su predecesor, se sirvieron de Santa Catalina en negocios gravísimos, y la enviaron por embajadora suya: pusieron los Capítulos de la paz en sus manos; y le mandaron, que delante de los Cardenales hablase, y los exhortase a la paz, y concordia: lo cual ella hizo con admirable sabiduría, rara prudencia, humildad, modestia, y eficacia; y por su mano se alcanzó en algunos negocios importantes, lo que se podía desear. Con esta misma Luz del Cielo respondía esta virgen a muchas cuestiones delicadas, y sutiles, que algunos doctores hinchados le proponían; y confundió, humilló, y convirtió al Señor a otros, que la querían argüir, y reprender, y escribió aquel maravilloso libro de la Providencia de Dios, que anda impreso, en el cual hay cosas altísimas para aprovechamiento de las almas, que se dan al Espíritu, y al recogimiento interior. Escribió así mismo dos tomos de epístolas: el primero para Papas, Cardenales, Obispos, y prelados de la Iglesia, y personas eclesiásticas, que contiene ciento y cincuenta y cinco epístolas; y otro, en que hay ciento treinta y nueve, para reyes, y príncipes, repúblicas, y gente seglar: en las cuales epístolas se ve un espíritu divino, y una ciencia más dada de Dios, que aprendida con estudio, y unos consejos tan prudentes, y tan acertados, que bien parecen derivados de aquella fuente, que es Suma Sabiduría, e Increada Verdad.

10 Finalmente, habiendo vivido treinta y tres años con la santidad de vida, edificación, admiración, y fruto de la Santa Iglesia, que hemos dicho, encendida del Amor de su Esposo, y deseosa de verse con Él, cayó mala, y recibió los Santos Sacramentos con singular devoción, y afecto: y llamando a sus hijas, y compañeras, las exhortó a traspasar todo su amor en Cristo, y entregarle de veras su corazón, sin que ninguna cosa de la tierra las embarazase, y a no juzgar mal de sus prójimos; y pidiéndoles perdón, y la indulgencia plenaria, que los Sumos Pontífices Gregorio XI, y Urbano VI, le habían concedido; estuvo en agonía, y peleó valerosamente con el demonio, y triunfó de él en muerte, como lo había hecho en vida. Entre las otras tentaciones, que allí tuvo, fue una, que el demonio la acusaba de vanagloria: y ella respondió con alegría: ¿Vanagloria? Siempre he procurado la verdadera gloria, y alabanza de Dios Todopoderoso. Y acabada aquella lucha, orando, y hablando amorosamente con su dulce Esposo, y diciendo aquellas palabras: «En Tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu;» voló al Cielo, a los 29 de abril, del año de 1380, y a la misma hora apareció a su padre espiritual Fr. Raimundo, que a la sazón estaba en Génova; el cual fue maestro general de la Orden de Santo Domingo, y escribió, como testigo de vista, la vida de Santa Catalina; y de ella, y de lo que escribió el P. Fr. Esteban Conrado, prior de la Cartuja de la ciudad de Pavía, que había sido escribiente de la santa virgen, y de la bula de su canonización del Papa Pío II, se ha recopilado esta vida. Refiérela Fr. Laurencio Surio en el segundo tomo de las Vidas de los Santos.

Fue sepultada en la Iglesia de Santa María de la Minerva en Roma; su cráneo fue llevado a la iglesia de Santo Domingo de Siena en 1384 y un pie se encuentra en Venecia.

Murió santa Catalina en Roma: llevaron su sagrado cuerpo a la iglesia, que llamaban de la Minerva, que es de los Padres de Santo Domingo; y fue tanto el concurso de todo el pueblo romano, y tantos los milagros, que Nuestro Señor obró por ella, que no se pudo enterrar su cuerpo hasta pasados tres días. Y después se continuaron, y crecieron los milagros: y el Papa Pío II, senés, la canonizó, y puso en el Catálogo de los Santos, el año de 1461, que fueron ochenta y uno después de su glorioso tránsito. Y la Santidad de Clemente VIII, en el breviario reformado ha mandado hacer conmemoración de Santa Catalina de Siena a los 29 de abril, que es el día, en que murió, como dijimos, y en que la Santa Iglesia celebra la fiesta de San Pedro, mártir, también de la Orden de Predicadores. Pues ¿quién no queda por una parte admirado, y por otra compungido, leyendo la vida de esta Santa Virgen? ¿Quién no alaba al Señor, por haberla escogido para Sí de tan tierna edad? ¿Por haberse desposado singularmente con ella? ¿Por haberla adornado de tantas, y tan heroicas virtudes? ¿Por haberla resalado con tan extraños favores, y dulzuras? ¿Por haberla dado a beber de Su Sagrado Costado, habiéndole impreso Sus Llagas, y trocado el corazón, y comulgándola por Sus manos? ¿Por haber ella confundido a los sabios del mundo, y dándonos a entender, que la flaqueza mujeril, apoyada en Dios, es más fuerte que la fortaleza de los hombres, que confían en sí? ¡Qué gran confusión es para los tibios ver el fervor de esta purísima doncella, y el incendio de amor, que abrasaba su corazón! ¡Qué humildad tan profunda! ¡Qué paciencia tan rara! ¡Qué oración tan absorta, y tan continua! ¡Qué benignidad para con los pobres, qué caridad tan fina, para con los que la perseguían, qué celo de la gloria de Dios, qué sed, y ansia de la salud de las almas, qué mortificación, y victoria de sí misma! ¡Qué seguridad, y eficacia de su oración! ¡Qué enajenación, y apartamiento de todas las cosas de la tierra; y qué conversación, y participación tan celestial! Imitemos todos los ejercicios de Santa Catalina; y si no podemos llegar por nuestra miseria a la cumbre de santidad, a donde ella llegó, supliquemos al Señor, que por su intercesión nos otorgue gracia, para componer nuestras vidas, y ajustarlas con Su Santa Ley.

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Diálogo de la Divina Providencia para descargar en PDF

Santa Catalina dejó el “Diálogo de la Divina Providencia”, llamado simplemente “Diálogo”, escrito durante cinco días de éxtasis religioso, del 9 al 14 de Octubre de 1378; 26 Oraciones; y 381 cartas.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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