25 de Abril: San Marcos, Evangelista y Mártir (†63)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Abril, Día 25, Página 89.

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San Marcos, Evangelista y Mártir

San Marcos, Evangelista y Mártir, fue hebreo de nación, y como algunos autores escriben, de la tribu de Leví, y uno de los setenta discípulos del Señor, y compañero del apóstol San Pedro. Teofilato, y Eutimio, y Doroteo, y otros autores modernos dicen, que fue el mismo, que en los Hechos apostólicos San Lucas llama Juan, por sobrenombre Marcos, hijo de María, y primo de San Bernabé, apóstol: el cual siguió algún tiempo a San Pablo, y a San Bernabé: fue su compañero en la predicación; y por cuya causa los dos se apartaron. Pero lo más cierto es, que hayan sido dos Marcos, el uno Juan Marcos, primo de San Bernabé; y el otro San Marcos Evangelista, de quien aquí hablamos; corno se saca de muchos, y gravísimos autores, y de San Basilio, y de San Isidoro, y de las mismas epístolas de San Pablo, y lo prueba el Cardenal Baronio, y los padres Alonso Salmerón, Roberto Belarmino, y Juan Maldonado, varones muy doctos, y diligentes escritores de nuestra compañía: y se prueba; porque el nombre del evangelista fue Marcos; y el del otro Juan, y por sobrenombre Marcos, como lo notó Dionisio, Obispo de Corinto: el primero fue uno de los setenta discípulos; y el segundo no: el uno siguió, y fue compañero de San Pedro; y el otro de San Pablo: el Evangelista vino a Roma con San Pedro, y escribió su Evangelio a los doce, o quince años, después de la Ascensión de Cristo; el otro siguió a San Pablo, y a San Bernabé, a los diez y ocho años, después que el Señor subió a los Cielos, como se saca del libro de los Hechos apostólicos.

2 San Marcos, pues, Evangelista, cuya vida aquí escribimos, fue discípulo, y tan querido de San Pedro, que le llama en sus epístolas, hijo carísimo, y por su grande espíritu, y gracia en el hablar, lo tomó por intérprete, para que lo que decía en una lengua, lo declarase en otras, a los que no lo entendían, y explicase más copiosamente los profundos Misterios, que en pocas palabras él predicaba: lo cual hacía San Marcos con maravilloso espíritu, y don del Cielo. Y como los fieles, que por la predicación de San Pedro se habían convertido en Roma, que eran muchos, deseaban tener por escrito, lo que de él habían oído de la vida de Cristo Nuestro Señor, rogaron a San Marcos, que lo escribiese, y él escribió su Evangelio de la manera, que lo había oído de San Pedro; y el Santo Apóstol lo aprobó, y con su autoridad lo confirmó, y mandó, que se leyese en la Iglesia. Este Evangelio, dice San Jerónimo, que es como el Evangelio de San Mateo abreviado: porque lo que San Mateo escribe con más palabras; San Marcos lo dice con menos: aunque algunas cosas cuenta San Marcos, que no se hallan en San Mateo, y otras, que San Mateo refiere brevemente, San Marcos las extiende más. Después que San Marcos estuvo algunos años en Roma, y sirvió de intérprete, como hemos dicho, a San Pedro; tomando la bendición de su padre, y maestro, por su orden se partió a Egipto, llevando consigo el Evangelio, que había escrito, para predicarle a aquellas gentes bárbaras, y supersticiosas, y descubrir los primeros resplandores de la Luz del Cielo, a los que estaban en la sombra de la muerte, y carecían del verdadero Dios, y de Su muy bendito Hijo, Jesucristo. Predicó el Evangelio en Cirene, y en Pentápoli, y en algunas ciudades con gran fruto, alumbrando, y trayendo a nuestra santa fe gran muchedumbre de idólatras, con su vida, doctrina, y muchos, y grandes milagros, que Dios obró por él. Vino a Alejandría, como a cabeza de toda aquella provincia, y más necesitada de esta Luz Divina, y donde resplandeció, como un nuevo sol, que ilustra un lugar obscuro, y caliginoso. Allí edificó una iglesia al Señor, con nombre de San Pedro, su maestro, que aún vivía: y por esta causa la Iglesia Alejandrina es patriarcal, y la primera en dignidad, después de la de Roma, como lo afirma Gelasio, Papa. Fueron innumerables los que allí se convirtieron a la fe de Cristo, así de los judíos, que moraban en aquellas partes, como de los mismos egipcios, que en la guarda de su falsa religión fueron muy supersticiosos, y tenaces, hasta dejar la vida, antes que faltar un punto en el culto vano de sus dioses, que eran viles, sucios, y ridículos.

3 Pudo tanto el ejemplo de San Marcos, y consejos, y doctrina, que muchos de los que se convirtieron por su predicación, poblaron los montes, y los desiertos de Egipto, y vivieron con tan extremada santidad, que no parecían hombres, sino Ángeles, vestidos de carne mortal. Daban libelo de repudio a todas las cosas de la Tierra: huían del tráfago, y conversación de los hombres del siglo: vivían entre sí con gran paz, y conformidad: no había entre ellos pobre; porque a todos se daba lo que habían menester: ni rico; porque los que lo eran, dejaban sus riquezas para uso de los demás, codiciando ser ricos de aquellos bienes, que sólo hartan, y sosiegan, y hacen bienaventurados a sus poseedores. Era grande su humildad, su modestia, su silencio, su oración, el estudio de las Divinas Letras, y la contemplación perpetua de Dios: en la cual estaban tan absortos, que se les pasaba todo el día, sin comer, hasta puesto el sol, y lo que comían, era un poco de pan y sal: y los más delicados y flacos, añadían por regalo la yerba del hisopo, y bebían agua de las fuentes. Algunos estaban tres, y otros cinco, y seis días, sin comer: y cuando comían, era más forzados de la necesidad del cuerpo, que por gusto, que tuviesen de aquel corruptible manjar: porque sus almas estaban hartas, y siempre hambrientas del mantenimiento, y Pan Divino. Sus vestidos eran llanos, y simplicísimos, y sólo para cubrir, y defender el cuerpo de las injurias del calor, y frío. Finalmente, la vida de estos bienaventurados discípulos de San Marcos era un retrato del Cielo, y un traslado de la que enseñaron, y plantaron los Sagrados Apóstoles en la primitiva Iglesia, cuando todos los fieles, como dice San Lucas, eran entre sí un alma, y un corazón, y a cada uno se daba lo que pedía su necesidad. Escribe todo esto más largamente Filón, hebreo de nación, y autor gravísimo de aquellos tiempos, y tan elocuente, y elegante en el escribir, que le comparan a Platón: el cual, viendo florecer tanto la Iglesia de Alejandría plantada por San Marcos, y aquellos desiertos de Egipto convertidos en un paraíso de deleites, por las virtudes admirables de los nuevos cristianos, escribió un libro en su alabanza, como refiere Eusebio en su historia, y San Jerónimo hablando de Filón en el libro de los Escritores Eclesiásticos. No solamente los hombres vivían de la manera, que hemos dicho; pero también muchas mujeres, doncellas, mozas, y viejas, que venciendo la flaqueza mujeril, y triunfando de su propia carne, vivían, como si no la tuvieran, en perfectísima castidad, consagrando sus almas, y cuerpos a Dios.

4 No pudieron sufrir tanta luz los ojos flacos de los gentiles: antes cegándose más con ella, y convirtiendo en ponzoña la medicina, viendo, que su falsa religión se menoscababa, y el culto de sus dioses perecía; determinaron dar la muerte al que deseaba, y procuraba darles verdadera vida, y matar a San Marcos, como destruidor de sus templos, y enemigo de sus dioses. Lo supo el Santo Evangelista: y previniéndose para lo que podía suceder, y para que, faltando él, no quedasen aquellas ovejas sin pastor, y el rebaño del Señor expuesto a los lobos sin defensa; ordenó por obispo, y sucesor suyo a Aniano, y a Malco, Sabino; y Cerdon, sacerdotes, y otros siete diáconos, y once ministros para servicio de la Iglesia; y dejándolos en Alejandría, volvió a Pentápoli, donde antes había predicado. Allí estuvo dos años confirmando en la fe a los fieles, y dándoles obispos, y clérigos, que los gobernasen, y enseñasen, y haciendo en todo oficio de verdadero Apóstol, y Pastor. Después tornó a Alejandría, y halló muy acrecentado el número de los cristianos, con gran gozo de su santa alma: y como los gentiles supiesen, que había venido, queriendo ejecutar lo que antes habían determinado; a los 24 de abril, que era día del domingo para los cristianos, y para los gentiles de una fiesta, que los egipcios celebraban con gran solemnidad a su dios Serapide, hallando al Santo Evangelista, diciendo Misa, le prendieron, y echándole una soga a la garganta con extraña violencia, y furor, le arrastraron por las calles, despedazando sus carnes, por los golpes, que daban en las piedras, y vertiendo la sangre, que salía por las muchas heridas de su santo cuerpo: y el bienaventurado San Marcos hacía gracias al Señor, por la merced, que le hacía en padecer por Él. Le echaron en la cárcel aquella noche, para tomar consejo sobre la muerte, que le habían de dar; y a media noche, estando las puertas de la cárcel cerradas, y la guardas en centinela, comenzó de repente a temblar la tierra, y bajó un Ángel del Cielo, y tocando a San Marcos, le dijo:

«Marcos, siervo de Dios, tu nombre está escrito en el libro de la vida, y tú eres contado en el número de los Apóstoles, y tu memoria vivirá para siempre: los Ángeles recibirán tu espíritu en el Cielo: y las reliquias de tu cuerpo serán honradas en la Tierra.»

Entonces el Santo alzó las manos al Cielo, e hizo gracias al Señor por aquel favor, suplicándole humildemente, que recibiese su alma en paz. Y para mostrar, que oía su oración, vino a él Jesucristo Nuestro Redentor, en la misma figura, en que vivió en el mundo, y saludándole blandamente, le dijo:

Marcos, Mi Evangelista, la Paz sea contigo: —y él respondió—: La Paz sea con Vos, mi Señor Jesucristo.

Venida la mañana, le sacaron de la cárcel, y con la misma fiereza, y bárbara crueldad, que lo habían hecho el día antes, le arrastraron de nuevo por lugares ásperos, y fragosos, hasta que dio su espíritu al Señor. Quisieron los ministros de Satanás quemar aquel cuerpo sagrado; y comenzando a ponerlo por obra, por Divina Providencia se levantó súbitamente un torbellino, y una tempestad tan horrible y espantosa, con tantos truenos y relámpagos, agua y piedra, que no pudieron ejecutar su mal intento, antes quedaron muchos muertos, y cayeron muchos edificios; y después los cristianos tomaron el cuerpo, y le colocaron, cantando himnos, y salmos, en un lugar decente, y honroso, de donde después fue traído a la ciudad de Venecia, y allí en un templo sumamente suntuoso, que le edificó la Señoría, es hoy día reverenciado con grandísima veneración, tomando aquella república por armas al León de San Marcos, con aquellas palabras: Pax tibi, Marce Evangelista meus, y el nombre de San Marcos por apellido de su república: porque en ella lo mismo es decir, San Marcos ordena, o manda, que decir, la república de Venecia ordena, o manda.

5 Fue el martirio de San Marcos a los 25 de abril, en que la Iglesia celebra su fiesta, y el octavo año del imperio de Nerón, y a los sesenta y cuatro del nacimiento de Cristo, según el cardenal Baronio, y según Onufrio, el de setenta y tres.

6 Adviértase, que algunos autores no ponen a San Marcos por mártir; porque San Jerónimo, Eusebio, e Isidoro, hablando de él, no dicen que lo fue; pero esto no es suficiente argumento, para negarlo, y Gelasio, Papa, le pone entre los mártires en el decreto que hizo de los libros auténticos y apócrifos: y Nicéforo en el libro II de su historia, Cap. 43; y Metafraste y Procopio, que escribieron su vida, lo afirman, y lo traen Lipomano, y Surio, y estos siguen al Cardenal Baronio, y los autores modernos que escriben vidas de Santos; y así lo pone el Martirologio romano este día, y la misma Iglesia romana en el día de San Marcos reza el Oficio de los Apóstoles y Evangelistas, en el tiempo pascual; y en él las antífonas de mártir.

7 Este mismo día de San Marcos celebra la Iglesia las Letanías, que llaman mayores, a diferencia de las otras menores, en que cada año se hace procesión general, para dar gracias a Nuestro Señor, en común, por todos los beneficios, que en él de Su bendita mano hemos recibido, y suplicarle, que los multiplique, y nos dé salud, y los frutos de la tierra necesarios para la vida humana. El uso de estas Letanías es muy antiguo, y muy usado en la Iglesia Católica, y San Gregorio, Papa, hace mención de él como de tal, exhortando a ejercitarle con gran devoción, como se ve al principio del segundo libro de su Registro. Y si algunos autores escriben que San Gregorio instituyó fas Letanías mayores, no es porque él fuese el primero que las instituyó; sino porque ordenó que las que antes se hacían de allí adelante fuesen a la Iglesia de San Pedro, como hoy día se usa en Roma, yendo la procesión desde San Marcos hasta San Pedro. Escriben de San Marcos San Jerónimo, de Viris Illust. capitulo 21; Dorot. in lib. de Vitis Prophetarum, et Apostolorum; Clement. Alejandr. lib. VI, Hipothiposeon; Euseb. Hist. libro II. Cap. 16, et lib. IV, cap. 11; Iren. libro V, Cap. 8; Nicefor. lib. II, Cap. 43; San Isidor. lib. de Vitis Sanctorum Patrum, capítulo 85; Beda, Usuardo y Adon en sus martirologios.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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