21 de Abril: San Anselmo, Arzobispo de Canterbury (1033-1109)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1855 – Tomo I, Abril, Día 21, Página 548.



San Anselmo, Obispo y Doctor

Nació San Anselmo en la ciudad de Augusta, llamada Pretoria, que está en los confines de Piamonte y de Borgoña. Su padre se llamó Gundulfo, y fue longobardo de nación: el cual, viviendo en Augusta, se casó con una matrona por nombre Ermemberga, de la cual tuvo a Anselmo. Eran los dos nobles y ricos; mas muy desemejantes en la vida y costumbres: porque el padre se daba mucho a sus gustos y entretenimientos, sin tener cuidado de su casa y familia; la mujer al contrario atendía al gobierno de su casa, y a las obras de virtud y piedad, en las cuales perseveró hasta el fin de su vida, la cual acabó santamente. Pero fue Nuestro Señor servido que Gundulfo, viéndose libre del vinculo del matrimonio, siendo ya de mucha edad, y cansado del mundo, le dejó, y se hizo monje, y en el monasterio dio su alma a Dios. Estos fueron los padres de Anselmo, que desde niño se dio al estudio de las buenas letras: y siendo de quince años, considerando los lazos y peligros que hay en todas las cosas del siglo, determinó renunciarlas, y acogerse al puerto seguro de la religión para salvarse. Pidió el hábito de monje a un abad, y no se le dio por temor de su padre. Tuvo una enfermedad peligrosa, y se confirmó más en su buen propósito; pero después que cobró salud, se entibió de aquel fervor, y con su edad de mozo, y riquezas, y regalos, y ruinosas compañías, y especialmente con la muerte de su madre, a quien tenía grande amor y respeto, soltó la rienda a sus gustos y apetitos, olvidado de su primera vocación y espíritu, y aun del estudio de las ciencias, en las cuales antes con diligencia se había ocupado. Mas al mismo tiempo que Anselmo se dejaba llevar sin freno de sus gustos, Nuestro Señor por Su clemencia le miró con ojos de piedad, y permitió que su padre carnal se disgustase con él, de manera, que no le podía ver sin enojo y desabrimiento: y para aplacarle, ninguna cosa que Anselmo hiciese, era parte, ni la humildad y sujeción del hijo era bastante para dar satisfacción al padre. Fue este enojo del padre tan continuo y tan terrible, que obligó a Anselmo, por excusar otros mayores inconvenientes, a dejarle, y partirse de su casa, por buscar fuera de ella la paz y quietud que en ella no hallaba. Se partió, pues, con un compañero, y gastó tres años loablemente en Borgoña, y en Francia, en los estudios. Supo que en un monasterio de San Benito, llamado Beco, de la provincia de Normandía, vivía un varón muy famoso en bondad y letras, que se decía Lanfranco, de nación italiano, y de la ciudad de Pavía, al cual de varias partes del mundo concurrían muchos mancebos, para ser de él enseñados, y cultivados con su doctrina. Movido Anselmo de la fama de tan notable varón, se fue a él, y le suplicó que le recibiese debajo de su magisterio, le admitiese a su familiaridad, y le enseñase como maestro a discípulo. Lo hizo Lanfranco: y Anselmo, estimando en mucho el tenerle por maestro, atendía con gran vigilancia al estudio do las Divinas Letras, sin perdonar a trabajo, n¡ fatiga: en las cuales hizo maravilloso progreso, y no menos en la virtud, y deseo de la perfección: porque con la conversación y familiaridad de su maestro, vino a revivir y reflorecer aquel deseo antiguo de dar libelo de repudio a todas las cosas de la tierra, y abrazarse con las del cielo, y consagrarse totalmente al servicio del Señor: verdad es que se halló muy perplejo y suspenso en el camino que había de tomar: porque por una parte se inclinaba a vivir apartado y solitario, por darse más a la contemplación: por otra le parecía más seguro estar en monasterio debajo de la obediencia; y por otra dudaba, si por ser ya muerto su padre, y dejándole heredero de grande hacienda, sería mayor servicio de Dios el quedarse en el siglo, y dispensar a los pobres cada año la renta de ella. No quiso resolverse por sí Anselmo, por no errar: lo consultó con Lanfranco, su maestro, declarándole llanamente todo lo que tenía en su corazón, y poniéndose en sus manos con grande resignación de seguir en todo su consejo. Mas tampoco quiso el maestro en cosa tan grave dar consejo a su discípulo; pero le remitió a un venerable y santo varón, llamado Maurilio, Arzobispo de Ruan, por cuya obediencia a la sazón se gobernaban los monasterios de San Benito de aquella provincia. Fueron los dos al Santo Prelado, y le propusieron la duda; y él aconsejó a Anselmo, que se abrazase con la profesión de monje, como la más perfecta y más segura. Bajó su cabeza Anselmo, y sujetó luego su cerviz al yugo del Señor, y tomó el hábito de monje en el mismo convento, donde Lanfranco era prior, y abad Herluino, persona muy estimada por sus raras virtudes, y por haber fundado a su costa aquel monasterio. Entró en él Anselmo, siendo ya de veinte y siete años, y se dio con tanto cuidado y atención a imitar las virtudes de los otros monjes, que en espacio de tres años vino él a ser dechado, y como un claro espejo de religión; de manera, que habiendo sido elegido Lanfranco por abad de otro convento, Anselmo fue puesto en su lugar por prior, con gran contento de los otros monjes, y pesar suyo. Pero las ocupaciones del nuevo cargo no le estorbaban, que no se diese al estudio de su propia perfección, y a especular los altos méritos de la Sagrada Teología, y a escribir cuestiones profundas, que no se habían tratado hasta aquel tiempo. Para hacerlo mejor, ponía más fuerza en la oración, y en la pureza del corazón, y santa intención de la gloria de Dios, y en el bien de sus prójimos, que en la intensa especulación y curiosa y continua lección de libros; y así Nuestro Señor le alumbraba el entendimiento, y le declaraba con Su Luz, lo que sin ella no pudiera entender. Estuvo una vez muy dudoso y perplejo, pensando, en qué manera los profetas habían visto, no solamente las cosas presentes, sino también las pasadas, y por venir, y las habían escrito, y anunciado con tanta seguridad y firmeza. Estando, pues, una noche muy embebecido en esta duda, volvió los ojos desde su cama hacia la parte del dormitorio, y de la iglesia, y esclarecido con Lumbre Divina, vio claramente que algunos monjes componían el altar: otros aparejaban en el coro los libros: otros encendían las velas; y que uno tocaba la campana, y luego todos los monjes se levantaban de sus camas, para hallarse en el Oficio Divino: y con esta ilustración del cielo entendió, cuán fácil cosa era a Dios Nuestro Señor mostrar a los profetas en espíritu las cosas distantes; pues a él le había sido concedido verlas con los ojos del cuerpo, no obstante las paredes y los otros impedimentos que había de por medio, para no poderlas ver. Le dio a más de esto el Señor una discreción de espíritu tan delicada, y tan acertada, que penetraba fácilmente las costumbres y las inclinaciones de cualquiera condición de personas, que trataban con él, hasta entender los más íntimos secretos del corazón; y juntamente descubría el origen y raíz de las virtudes y de los vicios, y enseñaba con preceptos, y con ejemplos maravillosos, cómo se habían de alcanzar las unas, y huir de los otros: y él correspondía a esta tan grande liberalidad del Señor con la debida gratitud, y prontitud de servirle, teniendo muy diligente custodia de sí mismo, guardándose de todo lo que le podía ser estorbo, o hacerle indigno de tan altos y regalados favores. Se daba mucho al ayuno; y había hecho un hábito en él tan grande, que ni tenía hambre, cuando dilataba la comida, ni gusto, cuando comía. Dormía muy poco: gastaba todo el tiempo en el gobierno de su oficio, o en consolar a los que venían a él afligidos, o en la meditación y oración, o en los estudios, componiendo y enmendando algunos libros. Derramaba muchas lágrimas por sus culpas y por los pecados de los prójimos, y por las miserias de esta vida, y por el deseo encendido y ansia de la eterna que esperamos. Su caridad, prudencia y dulzura en el gobierno de su monasterio era admirable, especialmente para con los que o no eran tan obedientes, o estaban disgustados, por haberles pesado que Anselmo, que en comparación de ellos era novicio en la religión, fuese prior y prelado. Con estos de tal manera peleaba el santo varón, que con su blandura vencía la dureza de sus corazones; y con su humildad y modestia los rendía a su voluntad. Particularmente mostró esto, y el espíritu benigno y suave que el Señor le había dado, con un monje mozo, llamado Osberno, que era muy hábil y de grande y vivo ingenio, pero inquieto, libre y maldiciente, y contrario al santo pastor. Le ganó con dulzura y regalo la voluntad: le daba mano para que se holgase y entretuviese; y le robó de tal suerte el corazón, que después fácilmente le redujo a todo lo que quiso, quitándole las licencias que le había dado, y ajustando a la regla y observancia del convento, y enmendando aquel mozo, que parecía incorregible, con sus santos consejos, y reformándole de tal manera, que parecía un dechado de toda virtud. Después habiendo caído malo Osberno, le curó San Anselmo con maravilloso cuidado, dándole él por su mano de comer y de beber, y asistiéndole a su enfermedad con afecto de verdadero padre: y habiendo sido el Señor servido de cortarle el hilo de su vida, y llevarle para Sí, el Santo Padre dijo Misa por él cada día todo el año siguiente; y cuando él no podía, hacia que otro le supliese aquella falta; y procuró que otros muchos siervos de Jesucristo dijesen muchas Misas por aquella alma que tanto le había costado: dando en esto ejemplo a todos los superiores de las religiones, de cómo se han de haber en ganar y corregir a los inquietos, y curar a los enfermos, y rogar por los difuntos que están a su cargo.

Y no fue menor ejemplo de su caridad, la que él usó con un viejo en la religión, pero mozo en la virtud, que por instigación del demonio estaba muy tentado contra el Santo Prelado, y no le podía ver con buenos ojos, ni hablar bien de él. Cayó malo el pobre monje: y estando para morir, una noche comenzó a dar gritos y alaridos espantosos, porque le parecía que dos lobos crueles le abrazaban y le ahogaban. Entendió esto San Anselmo, y entró en la enfermería: hizo la Señal de la Cruz, diciendo: «En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;» y luego el enfermo se sosegó y confesó, y dijo, que cuando Anselmo hizo la Señal de la Cruz, había visto salir de su boca una como lanza de fuego, con la cual aquellos lobos espantosos habían huido: y el Santo le confortó, y exhortó al dolor y arrepentimiento de sus pecados, y le confesó y le dio la absolución, y le avisó que a la hora de nona daría su espíritu al Señor: y como el Santo lo dijo, así fue, quedando todos muy edificados de su caridad, y maravillados de su espíritu y luz del Cielo, que tenía.

Esta misma benignidad mostraba el Santo Prelado en el cuidado de los enfermos, visitándolos a menudo, consolándolos, y recreándolos, y sirviéndolos él mismo muchas veces por sus manos, y haciendo oficio, no solo de verdadero padre, sino también de madre dulcísima: y así acudían a él los monjes en todas sus necesidades, con tan grande confianza, como un niño a su madre; y esta confianza hacía que le descubriesen los secretos, pasiones y llagas de su corazón, y que el Santo Padre las curase con mucha facilidad; porque sabía la raíz y causas de ellas: pues esta conjunción de los miembros con cabeza, y buena correspondencia de los súbditos con su superior, es la salud y vida de la religión. Se ocupaba de buena gana en cultivar los mancebos de mediana edad; porque le parecía, que su trabajo era más fructuoso, y que eran como una cera no dura, como los viejos, ni demasiadamente blanda, como los niños, sino en conveniente proporción, y bien dispuesta para poderse en ella imprimir, y conservarse cualquiera cosa de virtud.

Se usaba en aquel tiempo criar en los monasterios de los monjes hijos de caballeros y personas principales, o para religiosos, o para que crecidos en edad volviesen a sus casas, y fuesen aprovechados a la república. Vino, pues, un abad, que era tenido en grande opinión de santidad, a visitar un día a San Anselmo: y tratando con él del gobierno de los monasterios, se comenzó a quejar mucho de la libertad y desobediencia de los mozos nobles, que tenía a su cargo, y a decir, que él de día y de noche velaba sobre ellos, y los hacía azotar, y castigar severamente, y que cuanto más los apretaba, tanto le parecía que se hacían peores, y más incorregibles. Le preguntó Anselmo, ¿cómo salían aquellos mozos, cuando eran grandes, y qué provecho sacaba de aquellos tantos azotes y castigos? Respondió el abad, que comúnmente salían groseros y bestiales. Aquí tomó la mano el varón de Dios, y le dijo que no le parecía aquel modo acertado: porque si se plantase en una huerta, dice, una noble planta, y se cercase alrededor de tal manera, que no pudiese crecer, ni extender sus ramas; claro está que no medraría, ni crecería, ni daría fruto, por haberla cerrado tanto, y como ahogado. Pues lo mismo sucede en criar los mozos, que son como unas plantas nobles y delicadas: las cuales no se han de criar con espantos, amenazas, y azotes, sino con amor paternal, y con una suave y discreta libertad: porque cuando ellos no conocen, en los que los gobiernan, ni amor de padre, ni ternura de corazón, ni entrañas piadosas; todo lo que se les dice, y se hace con ellos, piensan que nace de odio y aborrecimiento; y cuanto más crecen en la edad, tanto más crece la sospecha y aversión contra sus maestros: porque siempre los miran como alguaciles, fiscales y verdugos. Finalmente enseñó San Anselmo al abad, que el buen gobernador ha de saber mezclar lo dulce con lo amargo, y la blandura con la severidad, y curar las llagas, no solamente con el vino, que escuece, sino también con el aceite, que desencona y ablanda: porque el pan duro, y la corteza, aunque es bueno para los que tienen buenos dientes; no es manjar conveniente para los niños, que toman el pecho: y si el superior quiere llevar a todos por un rasero, y no tiene discreción para distinguir las condiciones e inclinaciones de las personas que gobierna, necesariamente hará muchas fallas en su gobierno, y afligirá y echará a perder a muchos de sus súbditos.

Resplandeciendo, pues, San Anselmo con los rayos de tan excelentes y esclarecidas virtudes, se comenzó a extender su fama en toda Normandía, Francia, Flandes e Inglaterra, de manera que muchos hombres nobles, letrados y cuerdos concurrían al monasterio, donde él era prelado, para recibir el hábito de la religión de su mano, y vivir debajo de su disciplina; y él era tan moderado y prudente, que nunca exhortaba a nadie, que se dedicase a Nuestro Señor, más en su monasterio que en otro; sino que queriendo ser religioso, y vivir en perfección, escogiese la religión, y el convento que mejor le estuviese; porque si después se arrepintiese, no tuviese ocasión de murmurar y quejarse de él. De esta manera creció mucho en el número de muy buenos, y santos sujetos, y en posesiones y hacienda aquel monasterio Beccense: del cual habiendo muerto el abad Herluino, fue escogido por común consentimiento Anselmo en su lugar, sin poderlo él resistir con ruegos, y con lágrimas y suspiros, y con echarse a los pies de los monjes, suplicándoles por la Pasión de Jesucristo, que no echasen sobre sus flacos hombros carga tan pesada: pero no pudiendo resistir, bajó la cabeza, entendiendo ser aquella la Voluntad del Señor. Gobernó, siendo ya abad, aquel monasterio con maravillosa santidad y prudencia: y porque tenía en Inglaterra aquel convento muchas y ricas posesiones, tuvo necesidad San Anselmo de pasar a aquel reino, para ver aquella hacienda: lo cual él hizo de buena gana; porque su buen padre y maestro Lanfranco, por sus raras virtudes había sido de abad codomense, asunto al arzobispado cantuariense.

Llegado a la Isla de Inglaterra, fue recibido en todas partes con mucha fiesta y honra; y él se mostraba a todos afable y amoroso, acomodándose a la condición de cada uno de los que trataba, en todo lo que podía sin pecado: y a este propósito solía decir el Santo, que el que en todas las cosas, que puede, sin ofensa de Nuestro Señor, procura dar gusto a los otros, y hacer la voluntad ajena; viene a merecer delante del Señor, que así como él se conformó con los otros en esta presente vida por amor de Dios; así en la otra el mismo Dios, y todas las cosas criadas le den gusto, y se conformen con Él: y al contrario, el que por su gusto no da gusto a su hermano, merece, que le midan con la misma medida, con que él midió a otros.

Entre los otros, que en Inglaterra reverenciaron y honraron al Santo Abad, fue uno el rey Guillermo el Conquistador, que por fuerza de armas la había sojuzgado, y con ser tenido comúnmente por hombre feroz y áspero, se mostraba muy benigno y humano a Anselmo; el cual, después de haber estado en aquel reino el tiempo que fue menester, se volvió a Normandía a su convento. Muerto el rey, y habiéndole sucedido en el reino su hijo, que se llamaba Guillermo como el padre, o Wilelmo, persona muy mal inclinada, y que parecía más tirano, que no rey; porque pretendía oprimir al Clero y a la Religión, y usurpar los bienes de la Iglesia; queriendo algunos señores principales del reino irle a la mano, rogaron a san Anselmo que tornase a Inglaterra, para que con sus santas y prudentes amonestaciones detuviese al rey, y no corriese y se despeñase, como caballo desbocado y sin freno: y el Santo, movido de los ruegos de tantas y tan principales personas, y juzgando que Dios Nuestro Señor sería servido de aquella jornada, pospuso su quietud al trabajo, y se puso en camino, y llegó a Inglaterra, donde fue recibido de todos con tan grande honra; y el mismo rey le salió a recibir hasta la puerta de su palacio, y le dio secreta y grata audiencia; y después habiendo caído malo el rey de una peligrosa enfermedad, avisado que la Iglesia de Cantorbery estaba sin Pastor, por haber muerto Lanfranco, su Arzobispo, y maestro de San Anselmo; nombró al discípulo por sucesor de su maestro en la misma Silla, y quiso que San Anselmo tuviese la misma dignidad, de la cual era sobre todos los otros merecedor, y tanto más digno, cuanto él se tenía por más indigno. Finalmente, fue constituido en aquella Iglesia principal, y cabeza del reino de Inglaterra, con grande y extraordinaria repugnancia, y contradicción suya; pero con no menor alegría y aplauso de todo el reino, y fue consagrado en su metrópoli a los 4 de diciembre por todos los Obispos. Al principio se le mostró el rey Guillermo amigo y benévolo; porque esperaba, que el nuevo Arzobispo le había de hacer algún gran donativo; pero cuando entendió que Anselmo estaba lejos de darle la hacienda de los pobres, como era codicioso y avaro, se desabrió con él, así por esto, como porque las costumbres de los dos eran muy contrarias, y el Arzobispo estaba siempre atento a cumplir las obligaciones de su oficio, y a mirar por el bien espiritual de sus ovejas, y por el reino; y el rey no tenía cuenta, sino con desollarle, y seguir sin rienda sus apetitos. Pasó tan adelante la indignación del rey contra Anselmo, que sus lisonjeros y ministros, y otra mucha gente perdida le comenzaron a perseguir, y maltratar, y hacer agravios al Clero y a las Iglesias, sin poderlo el Santo Prelado resistir; porque los que lo hacían, estaban armados con la autoridad y potencia del rey: y aunque San Anselmo estaba aparejado para dar su sangre por la verdad, y por la defensa de la libertad eclesiástica; todavía juzgó, que era mejor por entonces desviarse, y salir de Inglaterra; porque con esto se aplacaría el rey, y cesaría aquella tempestad. Suplicó, pues, al rey, que le diese licencia para ir a Roma, por el palio, que se suele dar a los Arzobispos, y recibirle de mano del Sumo Pontífice Urbano II, que a la sazón presidía en la Silla de San Pedro. Se turbó el rey con esta demanda, y respondió que él era papa en su reino, y no conocía ni quería que se nombrase en él otro papa sino él. Se afligió sobre manera el varón de Dios: juntó a todos los Obispos y Abades, para reprimir y apagar aquella centella de fuego infernal, antes que abrasase todo el reino, proponiéndoles el ánimo del rey, y la gravedad o importancia de aquel negocio; y halló los más de los Obispos inclinados a la voluntad del rey (¡tanto puede la lisonja y ambición, y la potencia de un rey absoluto y furioso!), y que a voces decían, que era impío, y rebelde al rey y al reino, cualquiera que dijese, que en el reino de Inglaterra se había de obedecer a otro, que al rey Guillermo, en las cosas eclesiásticas y temporales, de manera, que quitaron la obediencia al romano Pontífice, negando el primado y suprema potestad que tiene sobre toda la Iglesia Católica. Como vio esto el Santo Prelado, y que no podía contrastar con una tormenta tan horrible y espantosa, suplicó al rey que le diese licencia para salir del reino, e ir a Roma: y como el rey no se la quisiese dar, sino con condición, que le desterrase del reino, y no volviese más a él; habiendo exhortado a los monjes, clérigos y pueblo con palabras graves, y amorosas a toda virtud, se vistió de hábito de romero, y se partió, llorando y gimiendo todo el pueblo, y se embarcó en Douvres, y pasó a Francia, y llegó a León, donde fue muy bien recibido del Arzobispo de aquella ciudad, y tenido en suma veneración.

Supo el Papa Urbano lo que había sucedido, y mandó a Anselmo que fuese a Roma, en donde fue honrado de toda la corte, y regalado, y acariciado del Sumo Pontífice, y alabado con tan graves y encarecidas palabras en presencia de los Cardenales, y de otros señores de su corle, que Anselmo quedó confuso, sin poder alzar los ojos de pura vergüenza, juzgando, por su humildad, que era muy diferente en el alma y en los ojos del Señor, de lo que parecía de fuera.

Se detuvo San Anselmo algunos días por orden del Papa en un monasterio de la Orden de San Benito, cerca de la ciudad de Capua, donde Dios Nuestro Señor por sus oraciones sacó de una peña durísima una fuente de agua viva, que se llamó el Pozo del Obispo Cantuariense; y era de tanta virtud, que sanaba a los dolientes de calenturas, y otras enfermedades. También se halló San Anselmo por mandado del Papa en el Concilio de Bari, y en él mostró su gran sabiduría y prudencia, especialmente en convencer a los griegos, y probar que el Espíritu Santo procede del Padre; y del Hijo, como de un principio: y en otro concilio que se celebró en Roma, ayudó a establecer las cosas graves e importantes que se decretaron en él.

Finalmente, el Sumo Pontífice, de consentimiento de todos los prelados, con particular consolación de Anselmo, fulminó sentencia de excomunión, tanto contra los legos, que osasen dar la investidura de los obispados, cuanto contra los eclesiásticos, que de mano de los legos la recibiesen: y con esta resolución, y con la bendición de su santidad, se partió el varón de Dios de Roma para León de Francia, donde pensaba entretenerse con el Arzobispo de León, perdida la esperanza de volver a Inglaterra, mientras que el rey Guillermo viviese. Mas estando allí ocupado en sus ordinarios ejercicios de virtud, y en ayudar al Arzobispo, tuvo nueva que el rey Guillermo a los 2 de agosto, andando a caza, había sido traspasado de una saeta por el corazón, y que luego había expirado, y acabado su triste vida. No se puede creer el dolor que con esta nueva tuvo el Santo Prelado, y las lágrimas de amargura que derramó, diciendo, que de muy buena gana hubiera él dado su propia vida, por librar a su rey de un fin tan lastimoso y desdichado. Polidoro Virgilio en la vida de Guillermo dice, que un soldado francés, llamado Gualtero, le hirió, y hubo algunas señales y prodigios del cielo, del castigo que el Señor le quería dar; y antes que San Anselmo tuviese la nueva de su muerte, le dijo San Hugon, abad cluniacense, que el rey había sido acusado delante del tribunal de Dios, y había sido juzgado y condenado a fuego eterno; porque Nuestro Señor, aunque permite que los malos reyes aflijan sus reinos, se sirve de ellos, como de ministros y verdugos de Su Justicia, a la postrera los castiga, y ejecuta en ellos Su furor.

A Guillermo sucedió en el reino su hijo Enrico, primero de este nombre; el cual viendo que todo su reino estaba afligido por los desafueros y violencias de su padre, temiendo alguna rebelión por razón de estado, se mostró benigno y comenzó a deshacer los agravios que había hecho su padre, y a honrar a los Sacerdotes y a mirar por las Iglesias y a dar contento a todo el pueblo. Y como San Anselmo era varón de tan grande autoridad, procuró ganarle la voluntad, y rogarle que volviese a su reino; y lo mismo hicieron los señores y prelados principales de él, juzgando que con su presencia las cosas de aquel reino se asentarían. Pero cuando el rey entendió el decreto que el Papa había hecho en Roma, acerca de la provisión o investidura de los Obispados, se turbó en gran manera y concibió extraño odio a San Anselmo y le mandó confiscar los bienes de su arzobispado, y quiso que volviese a Roma a deshacer con el Sumo Pontífice Pascual II, que había sucedido a Urbano II, lo que se había hecho y decretado en el Concilio de Roma; y como san Anselmo no quisiese venir en ello, ni tomar a su cargo cosa tan perjudicial a la libertad eclesiástica, alcanzó el rey de él, que a lo menos fuese con los embajadores que él enviaba a Roma a tratar de este negocio: y el Santo Prelado por excusar mayores males, se dejó persuadir y volvió a Roma, en donde fue recibido esta segunda vez del Papa y de toda aquella ciudad con grande honra y respeto, como lo había sido la primera; pero los embajadores, no pudiendo alcanzar del Papa lo que pretendían, aunque le amenazaron y dijeron que el rey Enrico no consentiría ni obedecería aquel decreto, aunque hubiese de perder el reino: y su santidad con gran valor respondió que él no consentiría cosa contra la libertad de la Iglesia, aunque por ello hubiese de perder la vida; y con esta resolución despidió a los embajadores del rey: y aunque él estuvo terco y bravo, y persiguió a San Anselmo algún tiempo; al cabo, tocándole Dios en el corazón, conoció su culpa, y bajó la cabeza y obedeció a la voluntad del Papa, y dejó a la Iglesia lo que era suyo, y convirtió el odio que tenía a Anselmo en amor, y de allí adelante le favoreció con gran gusto y contento de todos los buenos de su reino; para que se vea, cuánto puede la constancia de los buenos prelados, cuando por servicio de Dios y sin pretensión alguna de la tierra, defienden la autoridad de la Iglesia, y no se dejan llevar de la corriente ni del deseo de dar gusto en las cosas injustas a los reyes. Y también se ve el favor que Dios nuestro Señor da a los mismos reyes, por el respeto que tienen a la Iglesia y a sus ministros, porque poco después que el rey Enrico se sujetó a la obediencia de la Iglesia, el Señor le sujetó sus enemigos, y le dio una ilustre victoria contra su hermano Roberto y su ejército, con lo cual quedó señor del ducado y provincia de Normandía: y en señal de agradecimiento hizo una dieta en Londres, en la cual con grandísima consolación de Anselmo, que se halló en ella, y de todos los buenos, renunció la investidura de las iglesias, dejando libremente la disposición de ellas al Papa y a sus ministros, mostrándose en esto verdadero y obediente hijo de la Santa Sede Apostólica.

Estando pues, San Anselmo con mucha paz y quietud en su iglesia, y haciendo oficio de santo y vigilante pastor, cargado de años y trabajos y merecimientos, vino a tener muchas enfermedades, especialmente del estómago, y tanta flaqueza que no podía decir Misa; y para poderla oír, se mandaba llevar cada día a la iglesia, y esto era con mucho trabajo y dificultad. Luego conoció el Santo que se acercaba el fin de su vida: y habiéndose armado con los Santos Sacramentos de la Iglesia, y dado la bendición a los que estaban presentes, y suplicando a Nuestro Señor que desde el Cielo la diese al rey y a la reina y a sus hijos y a todo el reino, y echado y tendido según la piadosa costumbre de aquellos tiempos, sobre el cilicio y la ceniza, dio su bienaventurada alma al que para tanta gloria Suya la había creado, el miércoles santo al alba, a los 21 de abril del año de 1109, a los trece de su arzobispado y a los setenta y seis de su edad. Fue enterrado con gran solemnidad y no con menos sentimiento de su iglesia y de todo el reino de Inglaterra, por haber perdido un padre, maestro y pastor tan santo, sabio, valeroso y venerable.

Ilustró Nuestro Señor a su siervo Anselmo con muchos milagros en vida y muerte. Estando orando de noche, fue visto cercado de una clarísima luz y todo resplandeciente. Un caballero nobilísimo, en los confines de Flandes, hallándose cargado de lepra y no menos de tristeza, por verse de aquella manera, fue avisado una noche del Cielo, que fuese al monasterio, donde San Anselmo era abad, y que bebiese del agua, en que el Santo hubiese lavado sus manos después de Misa; porque con esto quedaría sano. Lo hizo así, y luego cobró entera salud. Otro monje suyo que estaba muy doliente, rociándole el Santo con un poco de agua bendita, incontinenti quedó del todo sano. Haciendo la Señal de la Cruz contra un gran fuego que se había emprendido cerca de donde el Santo estaba, luego cesó. Estando uno de sus monjes muy afligido, tentado y confuso y sin remedio, por ver que no podía con medio humano salir de la angustia y agonía con que el demonio le apretaba y casi hacia desesperar, se fue a San Anselmo y le dijo las ondas que combatían y ahogaban su corazón; y el Santo con afecto amoroso y de padre, solamente le respondió estas palabras: «Dios te remedie;» y luego se serenó el monje, de manera que le parecía que no era él el que había sido, sino otro. Otros muchos dolientes de calenturas y de otras graves enfermedades, que se encomendaron al Santo, sanaron por sus oraciones, o por comer algunas sobras de los manjares que había comido. También tuvo el don de profecía; pero el mayor milagro de todos los que Nuestro Señor hizo por San Anselmo, fue el mismo Santo y su vida más divina que humana. Escribió muchos y admirables libros, con los cuales enriqueció la Iglesia Católica, y con singular ingenio, doctrina y don del Cielo, juntó la sutileza y alteza de las cuestiones teológicas, con la devoción y dulzura y suavidad del espíritu, cuyo catálogo se puede ver en el principio de sus obras y en el abad Tritemio, que hablando de San Anselmo, dice de él estas palabras: «Fue varón en las Divinas Escrituras eruditísimo, y en las seglares sobre todos los de su tiempo aventajado: en la vida y conversación santísimo: en el alma devoto, en la lengua fecundo, en la obra eficaz, en el rostro parecía ángel, en el andar grave y en la vida ejemplar, continuo en el estudio de la Sagrada Escritura, y adornado en todas las demás virtudes.»

La vida de san Anselmo escribió Edinero, que fue su familiar, y le acompañó en sus caminos y trabajos, en dos libros que refiere Surio en el segundo tomo; y también Edmundo, monje cantuariense, que añadió un tratado de las discordias que tuvo el Santo con los reyes de Inglaterra. Hacen mención de él Tritemio en el libro de los varones ilustres de la orden de San Benito, el autor de los escritores de Inglaterra, el Martirologio romano, Juan Molano en las anotaciones de Usuardo y otros muchos.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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