5 de Abril: San Vicente Ferrer, Confesor (1350-1419)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo II, Abril, Día 5, Página 18.



San Vicente Ferrer, Confesor

El glorioso San Vicente Ferrer, de la Orden de los Predicadores, luz y espejo de predicadores, gloria de toda España, ornamento de su patria y varón apostólico, nació en la nobilísima ciudad de Valencia, cabeza de aquel reino, de padres nobles, según la carne, de la antigua familia de los Ferrers, pero mucho más ilustres por sus cristianas y loables costumbres: porque entre las otras muchas virtudes, que tuvieron, eran muy benignos y misericordiosos, y al cabo del año daban a los pobres, todo lo que les sobraba de su honesto sustento. Su padre se llamaba Guillermo Ferrer, y su madre Constancia Miguel. Tuvieron estos caballeros tres hijos: el mayor se llamó Pedro, que fue casado y vivió en matrimonio virtuosamente: el segundo fue Bonifacio, el cual fue gran jurista, y también tomó mujer, y ella muerta, entró en la Orden de la Cartuja, y por sus grandes merecimientos vino a ser prior general de aquella sagrada religión: el tercero fue nuestro San Vicente, escogido de Dios para honra de su casa, y gloria y exaltación de Jesucristo, y bien de toda Su Santa Iglesia. Esto es lo que comúnmente se escribe y está recibido; aunque el padre Francisco Diago, de la Orden de los Predicadores, en la vida que escribe de San Vicente, dice, que fue de más edad que su hermano Bonifacio, y que sus padres tuvieron cuatro hijos y cuatro hijas. Pero siguiendo el hilo de nuestra historia, estando su madre preñada de San Vicente, hubo grandes señales, que había de parir un niño, que sería de la Orden de Santo Domingo, y con su predicación alumbraría el mundo: porque su padre tuvo en sueños revelación de esto; y su madre, fuera de que no sentía peso en el preñado de Vicente, como lo había tenido en el de los otros hijos, oyó algunas veces ladridos como de algún perrillo dentro de sus entrañas: y comunicando esto con el arzobispo de Valencia, que era deudo suyo, le dijo, que sin duda pariría un hijo, que sería gran predicador y pregonero de Jesucristo, que con sus ladridos espantaría los lobos de su ganado; como también se lee del glorioso patriarca Santo Domingo. Después que nació, llevándole a bautizar, hubo gran contienda entre los parientes sobre el nombre, que se le había de poner al niño. El Sacerdote, ministro de aquel sacramento, viendo, que no concordaban, dijo, que él quería poner el nombre, y que se llamase Vicente; y todos lo tuvieron por bien, aunque no había ninguno de tal nombre en su familia. Le crio a sus pechos su misma madre con gran cuidado. Desde su niñez fue muy agraciado, y tan agradable, que todos los que le miraban, se aficionaban. Comenzó a aprender las primeras letras, y de edad de diez años se aventajaba, y sabia más que todos los otros, que andaban con él a las escuelas: y como quien se ensayaba, para lo que después había de ser, algunas veces juntaba otros muchos muchachos sus compañeros, y les decía: Oídme, niños; y juzgad, si soy buen predicador: y haciendo la Señal de la Cruz en la frente, refería algunas razones, de las que había oído a predicadores en Valencia, imitando la voz y los meneos de ellos tan vivamente, que dejaba admirados a los que le oían. Estudió gramática y lógica en breve tiempo, y pasó a la teología, y con su agudo ingenio, y feliz memoria, y perseverancia en los estudios, alcanzó gran ciencia y tanta opinión en la ciudad de Valencia, que no había ninguno de su edad en ella, que se le igualase. No por esto él se ensoberbecía, antes era humildísimo y muy obediente a sus padres, devoto y amigo de oración, y de ir a las iglesias. Cuando en los sermones oía nombrar a la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, se regalaba y regocijaba mucho; y cuando se trataba de la Pasión de Nuestro Señor, se enternecía y resolvía en lágrimas. Ayunaba dos veces cada semana, la una de ellas, que era el viernes, a pan y agua. Iba creciendo cada día de virtud en virtud; y por su buena y amable condición, era muy amado de todos. Pero en llegando a edad de diez y ocho años, considerando la vanidad, mutabilidad y peligros de las cosas del mundo, y los lazos, que el demonio tiene armados en todas ellas, determinó darles libelo de repudio, y abrazarse con Jesucristo crucificado, y tomar el hábito del glorioso Santo Domingo; y así lo declaró a sus padres, y ellos vinieron en ello, porque eran siervos de Dios, y se acordaban de las prendas, que el Señor les había dado de haberle escogido para ministro Suyo, y lustre y gloria de aquella sagrada religión. Le recibieron en Valencia el prior y frailes del Convento de Predicadores, con extraordinario contento y alegría, como quienes adivinaban lo que aquel mozo había de ser. Le dieron el hábito, y él le tomó con extraña devoción y ternura, como quien sabía lo que tomaba, y el tesoro inestimable, que está escondido debajo del pobre hábito de la religión. En viéndose fraile, luego se puso a leer con atención la vida de su padre Santo Domingo, para tomarle por dechado, e imitarle en todo lo que él pudiese. Se ocupaba en todas las obras de humildad: maceraba su carne con ayunos y penitencias: se daba todo el tiempo que podía a la oración: asistía al coro con gran cuidado: obedecía a sus superiores pronta y puntualmente: era raro su silencio, su modestia, afabilidad y madurez; finalmente, su vida era un perfecto retrato de la vida religiosa. Acabado su noviciado, le encomendaron los superiores, que leyese un curso de lógica a algunos religiosos del convento, y a los que venían de fuera a oírle, que eran setenta: y él lo hizo escogidamente, y con tan rara modestia y virtud, que los discípulos, mirándola, quedaban más aprovechados en el temor de Dios por su ejemplo, que en la ciencia que de él oían; aunque esto era mucho. Después le enviaron a los conventos de Barcelona y de Lérida, donde había famosos letrados de la Orden, para que tratase con ellos, y aprendiese de tan excelentes maestros todas las buenas letras, dignas de tan grande capacidad e ingenio: y él se dio tanta prisa a estudiar, que cuando llegó a edad de veinte y ocho años, le graduaron de maestro en teología en la universidad de Lérida. La manera de su estudio era mezclando la oración con la lección, en la forma, que él mismo enseña, que se debe hacer, por estas palabras: «Ninguno, por excelente y agudo ingenio, que tenga, ha de dejar, lo que le puede mover a devoción; antes ha de referir a Jesucristo, todo lo que lee y aprende, hablando con Él, y escuchándole, y pidiendo la declaración de lo que lee. Cuando actualmente está leyendo en algún libro, aparte muchas veces los ojos de él; y cerrándolos, métase en las Llagas de Jesucristo: y hecho esto, vuelva a seguir su lección. Cuando se deja de estudiar, póngase de rodillas, y envíe al Cielo alguna breve y encendida oración, según el ímpetu de su espíritu le enseñare: en la cual con gemidos y suspiros, que salgan del fervor del alma, pida favor a Dios, descubriéndole sus deseos. Pasado aquel movimiento de espíritu; que comúnmente dura poco, puedes, hermano, encomendar a la memoria, lo que poco antes leíste, y Dios te dará más claro conocimiento de ello. Luego torna al estudio, y del estudio vuelve a la oración, yendo y tornando por sus veces de lo uno a lo otro; porque con estas mudanzas y variedad, hallarás más devoción en la oración, y en el estudio más claridad.» Todas éstas son palabras de San Vicente, en el tratado de la Vida espiritual, Cap. 12.

2 Volvió a Valencia, donde fue recibido con grande regocijo de toda la ciudad, y a ruego de ella comenzó a predicar la Palabra de Dios, en que gastó seis años, con grandísimo aprovechamiento del pueblo y autoridad suya, y de su religión: porque en toda Valencia a él solo llamaban el docto, el santo, y siervo fidelísimo de Jesucristo; y él lo era tan de veras, que en sus sermones nunca se buscaba a sí, ni el aplauso y aura popular, sino la gloria del Señor, y bien de las almas, que él había comprado con Su Preciosa Sangre: y su blanco era, no deleitar, ni enternecer, ni mover a admiración los oyentes; sino quebrantar los corazones duros, compungirlos, e inflamarlos en el amor de Dios.

3 Temiendo el enemigo del linaje humano la vida santa, y la predicación tan fervorosa y provechosa de San Vicente, y entendiendo los daños que de ella se le podían seguir; determinó derribarle, s¡ pudiese, y hacerle caer en algún pecado grave, e infame, para que perdiendo a Dios, y el buen crédito que tenía, no pudiese levantar a los pecadores, ni dar mano a los caídos. Para esto, estando el Santo, acabados los maitines, haciendo oración una noche delante de una imagen de Nuestra Señora, y suplicándole afectuosamente, que le alcanzase de Su muy bendito Hijo el don de perseverancia; se le apareció el demonio en figura de un venerable viejo ermitaño, con una barba negra, que le llegaba a la rodilla. Parecía en su aspecto un San Antonio Abad, o un San Pablo, primer ermitaño, o uno de aquellos santos monjes, que tan extremada aspereza, y admiración del mundo, vivieron en el yermo: y le dijo, que él había morado en Egipto entre aquellos padres, y hecho rigurosa penitencia; pero que le hacía saber, que en su mocedad había sido muy desenfrenado y disoluto, y soltado la rienda a todos sus gustos y apetitos sensuales, y que después, tocado de la mano de Dios, había vuelto en sí, y se había convertido, y hecho penitencia de sus pecados, y que el Señor por Su clemencia lo había perdonado, y le había dado perseverancia, y después el premio de la vida eterna: que le aconsejaba, que no se matase ni afligiese tanto con los ayunos y penitencias, como hacía, sino que dejase aquello para la vejez, y que mientras era mozo, se holgase y se entretuviese en los gustos de esta vida; porque después podría convertirse a Dios, y llorar sus pecados, y alcanzar misericordia de ellos, como él la había alcanzado: porque le hacía saber, que el hombre es tan flaco, y trae consigo un enemigo tan doméstico, que es imposible que no caiga en los vicios sensuales en la mocedad, o en la vejez: y que es menos mal, que siendo mozo viva como mozo, quo no, siendo viejo, caiga en los vicios de la mocedad.

4 Entendió el Santo, que aquel no era ermitaño venido del cielo para alumbrarle, sino demonio con máscara de ermitaño venido del infierno para engañarle: y haciendo la Señal de la Cruz, y encomendándose a Nuestra Señora, le rechazó, y le dijo: ¡Oh, antigua serpiente!, ¿piensas que no te conozco? ¿Creíste, que podías derribar al nuevo soldado que está armado con la virtud de Cristo, cuyo soy, y a quien he consagrado mi mocedad, y mi vejez y toda mi vida? Con estas palabras desapareció aquel monstruo, dejando un abominable hedor de sí, para ser más conocido.

5 Otra noche también, estando orando delante de un Crucifijo, se le puso delante el demonio en figura de un negro de Etiopía, grandísimo y feísimo, y le dijo: No te dejaré de perseguir, hasta que caigas torpemente, y quedes vencido y corrido. Respondió el soldado valeroso del Señor: No temeré tus amenazas, oh enemigo, mientras que Jesucristo estuviere conmigo. Le replicó el demonio: No estará siempre contigo; que no hay cosa más dificultosa que perseverar en gracia hasta la muerte; y así, cuando tu Cristo te dejare, yo te haré conocer mis fuerzas. A esto respondió el Santo: Mi Señor Dios, que me ha dado gracia para comenzar, me la dará para perseverar en Su servicio.

6 Otra vez leyendo el libro admirable, que escribió San Jerónimo, de la perpetua virginidad de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, suplicando a la misma Virgen que le fuese buena Medianera con Su preciosísimo Hijo, y le alcanzase gracia para morir virgen, como por Su gracia hasta aquel punto lo estaba; oyó una voz, que le dijo: No da Dios a todos esa gracia de la virginidad, ni tampoco tú la alcanzarás; antes la perderás muy presto. Se afligió el Santo sobremanera, oyendo tan tristes nuevas; y con el corazón angustiado, y los ojos llorosos, se volvió a la misma Virgen, suplicándole, que le consolase, y le descubriese, quién había sido el autor de aquellas palabras lastimeras. Le apareció entonces la Reina de los Ángeles con mucha gloria, y le avisó, que todas aquellas eran asechanzas del enemigo, que hacía su oficio: y que no le temiese; porque Ella le había tomado debajo de Su amparo y protección, y le favorecería hasta la muerte, sin que las fuerzas infernales le pudiesen empecer, ni quitar lo que tanto deseaba: y con este regalo y favor de la Virgen quedó San Vicente muy consolado. Mas como el demonio vio, que por sí mismo en tantos combates y peleas no le había podido vencer ni derribar, pensó poderlo hacer más fácilmente por medio de algunas mujeres perdidas, para que picando, como en cebo, en las blanduras y caricias con que ellas suelen engañar, tragase el anzuelo, y quedase cogido. Era San Vicente muy agraciado y de gentil disposición, y no menos honesto y puro en sus costumbres, y en Valencia había una mujer noble y hermosa, la cual instigada del demonio, se aficionó sobremanera al Santo, y comenzó a visitarle, y a tratar las cosas de su alma con él, para ablandarlo poco a poco, y tentar el vado, y por aquel camino entrar disimuladamente en su corazón. Fue continuando algunos días en este trato: y el Santo, como era tan puro de alma y cuerpo, y tan afable y caritativo, juzgando, que aquella era devoción de la piadosa mujer, que se quería aprovechar de sus consejos para servir más a Dios, pasó por ello. Como la desventurada mujer no halló entrada por este camino, ciega y loca con su pasión, fingió que estaba enferma de una grave dolencia, y envió a llamar a San Vicente, con achaque de quererse confesar con él: y estando ella en la cama y a solas con el Santo, como quien la quería confesar, le descubrió su mal intento, y la causa porque le había mandado llamar, declarándole el incendio que abrasaba sus entrañas, y que si él no la socorría, y le apagaba, consintiendo a su voluntad, ella se consumiría y se tornaría ceniza, o se mataría con sus propias manos; y diciéndole esto, hizo otras cosas abominables para provocarle más. Quedó el Santo asombrado, cuando oyó los silbos de aquella serpiente infernal, y vio el lazo que por ella le había armado el demonio, y volvió el corazón y los ojos al Señor suplicándole que le librase de él; y confortado y fortalecido con Su Espíritu, reprendió gravemente a la miserable mujer, afeándole su desvergüenza y osadía, y exhortándola a penitencia, y dándole a entender, que él había dedicado la limpieza de su alma y cuerpo a Dios, y que antes padecería mil muertes, que ofenderle: y con esto se desasió de ella y se partió. Mas aquella llama de Satanás, viendo, que no le había salido su mal intento como pensaba, comenzó a dar voces para infamar al Santo, y publicar que la había querido hacer fuerza: pero el Señor, que tiene cuidado de sus siervos, permitió que el demonio, que primero había entrado en su alma, entrase luego en su cuerpo, y la atormentase. Los criados y la gente de casa, que estaban aguardando afuera, oyendo las voces de su ama, acudieron a la cama donde estaba, para saber la causa, y hallaron que estaba endemoniada: llamaron sacerdotes y exorcistas, que con las ceremonias de la Santa Iglesia echasen al demonio de aquel cuerpo, y no pudieron: porque todas las veces que le conjuraban, respondía el demonio: que no saldría de aquel cuerpo, hasta que viniese a echarle de él aquel, que estando en el fuego, no pudo ser quemado. Y aunque no entendieron, lo que el demonio quería decir; pero pensando que San Vicente había confesado a aquella señora, y que después de la confesión el enemigo se había apoderado de ella, rogaron al Santo que viniese a verla, y él lo hizo, armándose primero con la oración y confianza en Dios, por no descubrir la maldad de aquella mujer, si se excusara, o dar a la gente qué sospechar. Entrando en el aposento donde la mujer estaba, el demonio dio un grande alarido y dijo: «Éste es el hombre que no se quemó en medio de las llamas: ya no puedo estar más aquí;» y diciendo esto, se partió dejando medio muerta la mujer.

7 No se sosegó, ni quedó confuso esta vez el demonio; porque es bestia inquieta, y furiosa: antes buscó otra nueva manera, para armar nuevo lazo, y enredar al Santo por medio do algunos hombres desalmados, y ministros suyos, que, o por probar la virtud del Santo, o por ventura, porque en el púlpito reprendía sus deshonestidades, y era fiscal de su rota vida, se concertaron con una mujer, no menos lasciva, que hermosa, para que una noche estando San Vicente en la iglesia, haciendo oración, la mujer secretamente entrase en su celda, y se echase en la camilla, donde él solía reposar. Ella lo hizo, y él la halló tendida, volviendo de la iglesia: cuando la vio, creyendo, que no era mujer, sino demonio en figura de mujer, que lo venía a engañar, con grande enojo, le dijo: ¿Qué haces aquí, demonio maldito? ¿Por qué te has transformado en mujer para tentarme, como sueles hacer con los siervos de Dios? Entonces la mujer, o por mejor decir, el demonio en la mujer, le declaró, quién era, y a lo que había venido: y diciéndole palabras amorosas, y llegándose blandamente a él, procuraba provocarle a mal: pero él la reprendió tan ásperamente, que ella se compungió, y prometió enmendar su vida, declarando los autores de aquella maldad, y lo que le habían prometido, si le hiciese caer en deshonestidad: y después salió de la torpeza, en que vivía, y se casó, y vivió honestamente, y publicó lo que le había pasado con San Vicente; aunque él la había mandado, que lo callase, por no infamar a los que la habían inducido a tan gran maldad. ¡A dónde no llega la malicia del demonio, y la desvergüenza, y desatino de una mujer apasionada, y embriagada del vino del amor! ¡Y en qué abismos de abominaciones está sumido, y como anegado el corazón humano, cuando se aparta de Dios! Pues vemos en estos ejemplos el lazo, que el demonio armó a San Vicente por medio de una mujer, ciega por la pasión, y sin freno de vergüenza; y que los hombres, que le habían de reprimir, incitaron a otra, para que le hiciese caer, y perdida la castidad, no pudiese reprender sus torpezas, y deshonestidades: mas también vemos en estos mismos ejemplos, cuánto más puede el alma del siervo de Dios, armada con Su gracia, que todos los embustes de los hombres, y astucias y ardides de Satanás. Otras veces asimismo le asaltó, para afear la limpieza de su alma, y obscurecer la gloria, con que en los ojos de la gente resplandecía: mas todas sus máquinas y ardides salieron vanos; porque el Señor le tenía debajo de Su sombra, y lo amparaba, y él se guardaba con gran recato de todas las ocasiones de tratar con mujeres, si no era para cosas de su alma, sabiendo los daños irreparables, que por ellas han venido al mundo: y con haber tenido tantas, y tan ilustres victorias de la deshonestidad, como hemos referido, no por eso se tenía por seguro; antes estaba más temeroso, y cauto, procurando, no solamente ser limpio en el alma, y cuerpo, sino que todas sus cosas oliesen a la castidad. Treinta años estuvo, sin ver cosa de su cuerpo, ni aun los dedos de los pies, si no eran solas las manos. Cuando había de mudar la túnica de lana, que traía sobre sus carnes, se entraba en algún lugar obscuro, por no verse desnudo. Por la calle iba con los sentidos tan recogidos, y especialmente los ojos, y tan dentro de sí, y tan compuesto, que solo el verle componía, y edificaba a los que le miraban.

8 Pero volvamos a Valencia, y a lo que San Vicente en ella, y en todas partes del mundo, hizo con su admirable predicación. Estando en Valencia esta vez, vino a ella don Pedro de Luna, Cardenal de la Santa Iglesia de Roma, que después, en tiempo de un cisma se llamó Papa Benedicto XIII, y rogó a San Vicente, que le acompañase en una embajada, que iba a hacer a Francia; y el Santo le acompañó: y acabada aquella jornada, dijo el Cardenal, que le deseaba llevar consigo; pero él se volvió a Valencia, y continuó su oficio de predicar: lo cual hizo no solamente en aquella ciudad y reino, sino también en los otros reinos de toda España, y en Francia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Piamonte, Lombardía, y buena parte de Italia, con tan extraordinario y maravilloso fruto de las almas, que no se puede con pocas palabras decir, y apenas creer. En España convirtió a la fe de Cristo, Nuestro Señor, con sus sermones más de veinte y cinco mil judíos, y diez y ocho mil moros, de los que en aquel tiempo vivían en ella: y para convertirlos, algunas veces estando predicando, tenía revelación de Dios, que habían de venir a oírle; y él se entretenía, y pasaba como arrobado en el púlpito, haciendo tiempo, y aguardándolos, estando todo el auditorio maravillado, porque no sabía la causa de aquel silencio, y suspensión.

9 Otras veces le inspiraba Dios, lo que había de decir a propósito de convencerlos, y reprobar sus malas sectas, y le hacía predicar, lo que antes no había pensado. Pues ¿qué diré de los vicios, y pecados públicos, que desarraigó de la república? ¿Qué de las mujeres infames, que quitó? ¿De las usuras, de los tablajes, de las blasfemias, y juramentos, que desterró? ¿Qué de las enemistades entre personas particulares, y entre príncipes, y pueblos enteros, que compuso, y concertó? ¿Qué del uso de orar, y comulgarse, que introdujo? ¿Qué de las penitencias, y disciplinas con que se afligían, y mostraban el dolor interior, y gran contrición, que tenían de sus pecados, los que oían sus sermones, y de aquella reformación de costumbres, y mudanza de vida, tan nueva, y tan maravillosa? Vino una vez a confesarse con San Vicente un hombre, que había cometido un gravísimo, y abominable pecado: y después de haberle oído, lo mandó hacer siete años de penitencia. Estaba el hombre tan lastimado, que le pareció poca la penitencia para tan grave pecado, y le dijo: Oh, padre mío, ¿y pensáis, que con esto me podré salvar? Sí, hijo, —le dijo el Santo: ayuna solo tres días a pan, y agua. Lloraba el pecador amargamente su culpa, y no acababa de creer, que con tan pequeña penitencia podía alcanzar perdón de sus pecados: y vista su contrición, le tornó San Vicente a decir, que rezase sólo tres Pater Noster, y tres Ave Marías; y en acabando de decir el primer Pater Noster, murió allí de puro dolor, y apareció al Santo, y le dijo: que estaba en la gloria, sin haber pasado por el Purgatorio, por haberle tomado Dios aquel dolor en cuenta por sus pecados. Pues ¿qué diré de los hospitales, monasterios, y casas de piedad, que se edificaron por consejo, o industria de este santísimo varón? ¿Qué de la muchedumbre innumerable de gente, que de pueblo en pueblo le seguía, por oírle, como a varón apostólico, venido del cielo para alumbrar, y reformar el mundo? Porque verdaderamente parece, que era como un nuevo sol del mismo mundo, que venía a alumbrarle con la luz de la doctrina, y encenderle con el fervor, y calor de su admirable vida, y para espantar a los mismos demonios: los cuales veían que San Vicente, como David con los osos, y leones, se tomaba a brazo partido con ellos, y les sacaba de entre las garras, y de la garganta, las ovejas del rebaño del Señor, que ellos tenían casi tragadas, y engullidas. Se vio ser esto verdad en lo que aconteció a un clérigo: el cual, por desesperación, u otro loco respeto, encomendó su alma al demonio, y le hizo, y le dio cédula de ello, firmada de su nombre: pero después, conociendo, y llorando su culpa, acudió a San Vicente; y él tomó a su cargo el suplicar a Nuestro Señor, que le perdonase: y fueron de tanta fuerza sus oraciones, que estando él predicando, el demonio delante de todos le volvió la cédula del clérigo, para que la rompiese; y él lo hizo, y tomó al clérigo por compañero, y le encargó, que recogiese los niños, y les enseñase la doctrina cristiana, y ciertas coplas, y canciones de la Pasión de Cristo, y de Nuestra Señora, para que las cantasen por las calles. Este tan raro, y tan estupendo fruto, que hacía el bienaventurado San Vicente con sus sermones, nacía primeramente de la elección particular, con que Dios Nuestro Señor le escogió por predicador de Su Evangelio, y lo mandó, que lo sembrase por tantas provincias, y tierras: porque estando el Santo en Aviñón (1398), en la corte del Papa Benedicto XIII, cuyo confesor fue, y maestro del sacro palacio, muy apretado de recias, y peligrosas calenturas, le apareció Cristo Nuestro Señor resplandeciente, y glorioso, acompañado de muchos Ángeles, y Santos, y entre ellos Santo Domingo, y San Francisco, y le aseguró, que no moriría de aquella enfermedad, y le mandó, que como singular pregonero de Su Evangelio le predicase por el mundo, y discurriese con pobreza por España, y Francia, enseñando a los pueblos penitencia, y enmienda de la vida; porque aunque tendría muchas contradicciones, persecuciones, y adversidades, él le daría victoria de todos sus enemigos, y le coronaría, después que hubiese sembrado la semilla del Cielo, y recogido en sus trojes copiosas, y abundantes mieses: y en señal de amor, y familiaridad, le tocó el Señor blandamente el rostro con Su mano: y aun algunos dicen, que fue este toque de tanta eficacia, que le quedó en la cara la señal de los dedos de la mano de Jesucristo: y el Santo animado, y alegre con esta visión, e incitado con tan sublime mandato, lo puso luego en ejecución. De esta misma elección manaron, como de su fuente, las otras causas del extraordinario y maravilloso fruto, que por medio de sus sermones obró el Señor: el cual, cuando escoge a uno para un oficio, le da los talentos, y requisitos, para que le pueda bien ejercitar; y así dio a San Vicente un entendimiento despierto, un ingenio agudo, memoria rara, doctrina singular, conocimiento, e inteligencia de la Sagrada Escritura, y de las exposiciones de los sagrados doctores admirable, la voz fuerte, blanda, sonora, y penetrante, y la acción en el púlpito, que representaba bien lo que decía, y con una breve elocuencia de palabras, y sentencias, movía al auditorio, y le persuadía todo lo que quería.

10 Pero aunque estos dones naturales eran tantos, y tan grandes, no fueran tan eficaces, ni tan fructuosos, si no fueran acompañados con una singular gracia del Señor, que resplandecía admirablemente en su vida; porque andando tantos caminos, como anduvo, por espacio de tantos años, no perdió un punto de su religión. Guardaba al pie de la letra la regla y constituciones de la Orden: y como se dice en el proceso de su canonización, no se hallará novicio tan cuidadoso de guardar todas sus ceremonias, por muy ligeras que fuesen, como él. Era amigo de la santa pobreza: no tenia sino una saya, un escapulario, y una capa de paño basto, ni llevaba consigo, sino un breviario, y una biblia: no aceptaba dones, ni presentes; y cuando era constreñido a aceptar algún dinero, luego lo mandaba repartir a los pobres. Todo el tiempo que vivió en la Orden, jamás comió carne sino por pura necesidad: ayunó poco menos de cuarenta años cada día, excepto los domingos: dormía comúnmente vestido sobre algunos sarmientos, y estando enfermo, sobre un pobre colchón. Desde mozo se disciplinaba cada noche, si se hallaba con fuerzas; y cuando le faltaban, rogaba a alguno de sus compañeros, que le disciplinase, conjurándole de parte de Jesucristo Nuestro Señor, que no le tuviese lástima. Andaba siempre a pié, hasta que estando después malo de una pierna, iba a caballo en un jumentillo, a imitación de Cristo. Huía en gran manera la conversación de gente seglar, si no era para edificarlos con su doctrina. Era dado a la oración, y contemplación, en la cual era industriado, y enseñado de lo que había de predicar; y la eficacia de sus sermones, más procedía de la fuerza y luz del Cielo, que no del estudio, y lección de los Santos, ni de la gravedad de las sentencias, ni ornato, y copia de palabras. Por donde una vez, que había de predicar a un gran príncipe, que le deseaba oír, puso más conato, que solía, en estudiar los Santos, y predicó un doctísimo sermón; mas no contentó tanto al príncipe, como otro día, que siguiendo su estilo ordinario, se dio más a la oración, que a la lección: y quedando maravillado el príncipe, le preguntó la causa de esta diversidad; y el Santo respondió: Señor, ayer predicó Fr. Vicente; y hoy predicó Cristo. Continuó la predicación con tanto fervor y continuación, que por espacio de diez y ocho años no dejó de predicar sino quince días. Finalmente, la vida de San Vicente era vida apostólica, y que movía a los oyentes más que sus palabras, y Dios Nuestro Señor, que, como dijimos, le había escogido para tan alto ministerio, con algunos prodigios divinos le hacía más admirable; porque predicando en las plazas, y en los campos a innumerable gente, grandes y pequeños, viejos y mozos, pobres y ricos, doctos e indoctos, hombres y mujeres; le oían, y percibían lo que decía, así los que estaban lejos, como los que estaban cerca: y aun aconteció a algunos, que le tenían particular devoción, y deseaban hallarse presentes a sus sermones, y no podían, oírle claramente, y entenderle, cuando predicaba, estando algunas leguas distantes: y predicando en su lengua valenciana, a personas de diferentes naciones, y lenguas, y que no sabían sino la suya, le entendían, como si predicara en la lengua de cada uno: que es don raro y apostólico. A más de esto, estando predicando, fueron vistos sobre su cabeza Ángeles en forma humana: y con estos prodigios no es maravilla, que fuesen sus palabras, y sus obras tan eficaces, especialmente, que el Señor, con otros innumerables, e insignes milagros, le hizo glorioso en vida, y en muerte, y confirmó su predicación.

11 Los milagros que Nuestro Señor obró por San Vicente, fueron tantos, que Pedro Rauzano, fraile de su Orden, que por mandado del maestro general de ella, escribió su vida en cinco libros, dice: que fueron más de ochocientos y sesenta, los que se sacaron de solos cuatro procesos, que se habían hecho en Aviñón, Tolosa, Nantes, y Nápoles, sin los demás. En la bula de su canonización, el Papa Pío II, que la despachó, por muerte de Calixto III, dice estas palabras: «La Divina Virtud hizo por él muchos milagros, para confirmación de su predicación, y vida, así por la imposición de sus manos, como por las demás reliquias suyas, y tomamiento de sus vestidos, y promesas de votos, que le hicieron. Porque a muchos demonios echó de los cuerpos humanos: a muchos sordos restituyó el oír, y a muchos mudos el hablar: alumbró ciegos: limpió leprosos: resucitó muertos; y dio salud a otros, que estaban afligidos con muchas enfermedades.» Éstas son las palabras del Sumo Pontífice. Y siendo tantos los milagros, sería cosa larga, y fuera de mi propósito, quererlos aquí referir: uno solo escribiré yo, por ser raro y extraordinario, de un niño que resucitó, medio crudo, y medio cocido; y fue de esta manera.

12 En la villa de Morella, cerca de Valencia, había un hombre honrado, virtuoso, y devotísimo de San Vicente, que tenía una mujer moza, y hermosa, y de buen linaje; pero lunática, y que a tiempos perdía el juicio, y se embravecía: y cuando volvía en sí, estaba muy mansa y sosegada. Fue San Vicente a predicar a Morella: y como no había allí convento de Santo Domingo, aquel buen hombre le rogó con grande instancia, que se dignase entrar en su casa, y echarle su bendición, y comer, después del sermón, en ella. Lo aceptó el Santo; y el marido se fue con toda su familia al sermón, dejando a su mujer (que a la sazón estaba sana) sola en casa con un niño que tenía, mandándole que aderezase algunos peces, para que San Vicente comiese. Permitió Nuestro Señor, para mayor gloria de Su siervo, y manifestación de su gran santidad, que la mujer en aquel mismo tiempo súbitamente se embraveció con mayor furia que solía, y arremetió al niño, hijo suyo, y le mató e hizo pedazos, y echó a cocer parte de él, guardando lo demás. Cuando el marido volvió a su casa, y supo lo que había hecho su mujer, no se puede creer el sentimiento y dolor que tuvo, y lamentándose mucho, y deshaciéndose en lágrimas, casi le pesaba de haber convidado a San Vicente a su casa; pues por él había venido tan gran calamidad sobre ella. Mas el Santo, cuando entendió el caso, con un rostro sereno y grave, dijo a su huésped, y a los demás, que se sosegasen; porque semejante caso no podía suceder, sino para hacer bien, y querer Nuestro Señor mostrar Sus maravillas, en pago de las buenas obras, que se hacen en su servicio. Con esto mandó traer todos los miembros, y partes del cuerpo de aquel niño, cocidas y por cocer, y las juntó entre sí en sus lugares, e hizo esta oración: «Jesús, Hijo de María, salud y Señor del mundo, que crió de nada el alma de este niño, la restituya a su cuerpo, para loor y gloria de Su Santo Nombre.» Dijo estas palabras, e hizo la Cruz sobre el cuerpecito despedazado: se juntaron los miembros, y se unieron entre sí; y el alma volvió a dar vida al cuerpo, que estaba despedazado y muerto; y con un milagro tan raro y estupendo, quedó la gente asombrada, y el mundo admirado, reconociendo la santidad de Vicente, y glorificando al Señor, que le había enviado para bien de Su Iglesia, y ensalzamiento de Su Santo Nombre. Estos milagros ablandaban los corazones de los hombres, y los enternecían a llorar sus pecados, y a creer, que era más que hombre aquel, por quien Dios los obraba, y a tomar sus palabras, como palabras de Dios, y obedecer a sus santos consejos y amonestaciones; especialmente, que le tenían por hombre alumbrado de Dios, e ilustrado con muchas revelaciones, y por profeta, que con Luz Divina veía las cosas ausentes, como si las tuviera presentes; y las que estaban por venir, como si las tuviera delante de los ojos: y de esto tenían muy bastantes pruebas, por lo que en el mismo púlpito le habían oído decir.

13 Una vez predicando en Zaragoza, y estando en medio del sermón, comenzó a llorar amargamente, y de allí a un poco se enjugó los ojos y calló; y después de haberse sosegado un poco, dijo, que en aquella hora había expirado en Valencia su madre: y que aunque se había entristecido, por haberla perdido; pero que se alegraba porque Dios le había revelado que los Santos Ángeles habían llevado su alma al cielo, y poco después se supo ser verdad su muerte.

14 Otra vez predicando en Alejandría de la Palla, que es en Lombardía, y estando presente un mozo de Sena, que se llamaba Bernardino, dijo a los que se hallaron en el sermón; Hermanos míos, unas buenas nuevas os traigo: sabed, que en este auditorio está un mancebo, que será gran lustre de la Orden de San Francisco y de toda la Italia, y luz de la Iglesia: la cual primero le honrará a él que a mí; y cuando yo me parta de Italia, le dejaré el cargo de predicar. Este mozo fue San Bernardino de Sena: el cual tomó el hábito de San Francisco el año siguiente, y fue persona admirable en santidad y púlpito, y fue canonizado el año de 1450, por Nicolás, Papa, V de este nombre, cinco años antes que Calixto III canonizase a San Vicente.

15 Otra vez predicando en Barcelona, en tiempo de grandísima hambre, estando la gente muy afligida, y sin esperanza de remedio, les dijo, que se alegrasen, porque antes de la noche llegarían al puerto navíos cargados de trigo, con que se remediaría la necesidad; y así fue. Y como éstas, le sucedieron otras cosas, con las cuales mostró, que tenía el don de profecía; y entre ellas se cuenta, que al Papa Calixto III, siendo mozo, le profetizó, que había de ser Sumo Pontífice; y él lo tuvo por tan cierto, que antes de serlo prometió hacer guerra a sangre y fuego a los turcos, en sentándose en la Silla de San Pedro. A un fraile de la Orden de la Merced, que le acompañaba, le mandó volver a su convento, y que antes de partirse se confesase, y por el camino no se descuidase de alabar a Dios. Todo lo hizo el religioso, como San Vicente se lo ordenó; y llegando a las puertas de su convento, dio su espíritu al Señor, entre las manos de sus mismos frailes, que le habían salido a recibir, y se fue al Cielo, y el Santo tuvo revelación de ello, y lo contó a sus discípulos. La misma revelación tuvo otra vez diciendo Misa, de la muerte de su padre: y otra de un compañero suyo, habiendo muerto los dos en lugares muy distantes, de donde estaba. Y el saberse esto, y ser tan notorio, y tenerle todos, como dicho es, por varón con luz soberana ilustrado de Dios, inclinaba los corazones de los que le oían y seguían, a hacer lo que él, como ministro Suyo, les predicaba.

16 A más de esto la misma forma, y traza de su predicar era rara, y a propósito para mover el auditorio; porque fuera de la grande autoridad que tenia, como comisario del Papa, y de la plenísima potestad para absolver cualesquiera pecados, llevaba consigo muchos religiosos de diversas Órdenes, y clérigos dignos de tan santa compañía, para que le ayudasen en aquel soberano ministerio, y confesasen a los pecadores, que se convertían, y los instruyesen y encaminasen para el Cielo: y él guardaba comúnmente esta orden, y distribución en su vida. Daba a su fatigado cuerpo a la noche un poco de reposo, y todo el restante de ella le gastaba en estudio, oración y contemplación. A la mañana iba al lugar donde había de predicar, que comúnmente era alguna gran plaza, o campo, por la muchedumbre de la gente, que le estaba aguardando para oírle. Allí, después de haberse confesado, él mismo cantaba la Misa con gran solemnidad, y aparato, y órganos que llevaba consigo; porque todo esto le parecía que despertaba a la devoción, y disponía y ablandaba los ánimos de los oyentes, para imprimir en ellos más fácilmente la doctrina evangélica. Acabada la Misa, subía al púlpito y predicaba, no como hombre de la tierra, sino como hombre venido del Cielo. El principio de su predicación, comúnmente era, el que tomaron Cristo Nuestro Señor, y San Juan Bautista en la suya, exhortar a la penitencia. Después daba tras algún vicio y pecado, declarando la fealdad y gravedad de él, con tan grande encarecimiento y sentimiento, que él mismo se enternecía, y lloraba, y hacía llorar a los demás, especialmente a los que estaban tocados de aquel vicio. Y aunque no hubiese en el auditorio sino uno de estos, fijaba los ojos en él, y le estaba mirando, como si a él solo le hablara y leyera el corazón. Porque entre los dones admirables, que este Santo tuvo de Dios, uno fue el abrirle los corazones y descubrirle las llagas interiores y ocultas de las personas, con quienes trataba, para avisarles de ellas y remediarlas. Con esto no había pecho tan duro ni obstinado, que no se rindiese; especialmente, cuando trataba en el púlpito de la Pasión de Cristo Nuestro Redentor, o del juicio final, o de las penas del infierno; porque entonces, se enternecía y encendía él mismo, de manera, que parecía que temblaba, y hacía temblar a los demás. Y le aconteció alguna vez predicar del juicio final, con tanta fuerza y vehemencia, que muchos de los pecadores que allí estaban, se levantaron del sermón, y se postraron en tierra, y con grandes lágrimas confesaban públicamente sus pecados, y pedían perdón de ellos. Acabado el sermón, le traían los enfermos para que los bendijese: y él hacía la Señal de la Cruz sobre ellos; y muchos sanaban. Se añadía a esto, que muchos de los pecadores que se convertían, y otra gente sin número, le seguían de pueblo en pueblo para oír sus sermones: y eran tantos, que hubo vez, que se hallaron ochenta mil, y fue necesario para que no les faltase la comida, señalar proveedores y sobrestantes para que se la procurasen: e iban con tan gran fervor tras él, que muchos de los que lo seguían, hacían en los pueblos, adonde llegaban, procesiones muy devotas y solemnes, disciplinándose terriblemente, y derramando mucha sangre en memoria de la Pasión del Señor, y en satisfacción de sus pecados: y eran tantos los disciplinantes, que había tiendas de disciplinas, como si fuera feria de azotes: y ellos se disciplinaban con tanto rigor, que se hallaban en sus ropas pedazos grandes de carne: y este espectáculo, que era muy ordinario , movía a los demás y los dejaba compungidos y llorosos, y deseosos de imitar aquella rigurosa penitencia, o a lo menos la enmienda de la vida. Y no solamente tenía San Vicente cuidado de enseñar y reformar a los hombres grandes y letrados, sino también de instruir y catequizar a los niños y simples, cómo se habían de santiguar, y el Pater Noster, y el Ave María, el Credo, y la Salve Regina, la Confesión, e invocar muchas veces el Dulcísimo Nombre de Jesús, y el de la Sacratísima Virgen María, Nuestra Señora, y que rezasen dos veces cada día, una por la mañana y otra por la tarde, y que procurasen oír Misa, y que la oyesen, estando ayunos, por reverencia de tan alto Sacramento. Por estos caminos y medios hizo Dios Nuestro Señor tan raro y maravilloso fruto en el mundo, por la predicación de este nuevo apóstol Suyo y santísimo varón, y causó tan grande admiración y reverencia para con él en todo género de personas, grandes y pequeños, eclesiásticos y seglares, que algunas veces, cuando había de entrar en alguna ciudad, se salía toda ella a recibirle, los clérigos con sus capas y cruces: los obispos, vestidos de pontifical; y el magistrado con sus insignias le iban al encuentro, viniendo él en un pobre jumentillo, con su hábito humilde y pobre; pero más glorioso y rico, que todos los que le salían a honrar, y triunfando de la vanidad y grandeza del mundo, con la ignominia y abatimiento de Jesucristo. En España, hasta los mismos reyes de Aragón salieron algunas veces personalmente a recibirle: y era tanta la devoción del pueblo, y el deseo que tenían todos de besarle la mano, o el hábito, o cualquiera cosa suya, que apenas le podían defender que no le atropellasen: y hasta los pelos del asnillo, en que iba, tomaban algunos, cuando otra cosa no podían, y los guardaban por reliquia. El Santo, al principio por su humildad, llevaba mal esta honra, y se enojaba, y reprendía gravemente a los que se la hacían: mas después, viéndose, por la gracia de Nuestro Señor, libre de la vanagloria, que aquella honra pudiera engendrar en su alma, si no fuera tan humilde, y considerando que por aquel medio la Palabra de Dios se acreditaba, y tenía más fuerza para penetrar y sanar los corazones de los que le oían; pasó por ello, y en medio de aquel aplauso y honra popular, estaba como si fuera de piedra, y no tocara a él lo que por él se hacía.

17 Mas con haber tenido el glorioso San Vicente tan próspero curso en la navegación de su predicación, no le faltaron borrascas y contrarios vientos; porque el demonio, por sí mismo, y por sus aliados y ministros, procuraba turbar el mar, y desasosegar al Santo, para que no navegase con tan favorables vientos. Estando un Domingo de Ramos predicando en Murcia a poco menos de diez mil personas, se vieron venir tres caballos por una calle desaforados y muy furiosos, relinchando y echando humo por las narices, que iban a dar sobre la gente que oía el sermón; la cual se espantó, y llena de pavor y grima, quería echar a huir: mas el Santo la detuvo, diciéndoles, que hiciesen la Señal de la Cruz, y aquellos demonios desaparecerían; y así fue.

18 Otra vez un jumento estaba paciendo allí cerca, donde el Santo predicaba; e instigándole el demonio, comenzó a rebuznar tantas veces, y tan fuertemente, que no podía la gente oír el sermón: le mandó San Vicente, que callase; y el demonio quedó corrido, y obedeció.

19 Otra vez tomó figura de un ermitaño muy viejo, penitente, y venerable, y se juntó con alguna gente, que acompañaba, y seguía a San Vicente, diciéndoles, que movido de la fama de su gran doctrina, le venía a oír para aprovecharse de ella. Fue recibido de los demás con mucho amor, por su aspecto, y venerables canas: y cuando hubo ganado las voluntades, y movido la gente con su ejemplo, que exteriormente mostraba, y fingía, comenzó a sembrar cizaña, y a descubrir lo que era, y a decir, que el maestro Fr. Vicente con sus embaimientos los traía engañados, y les enseñaba muchas cosas contra la Ley de Dios; y pudo tanto con sus persuasiones, que algunos simples, creyéndolas, se apartaron de la compañía del santo: y pasara más adelante el daño, si la justicia, por atajarle, no echara mano del falso ermitaño, y no le encarcelara, con intento de castigarle severamente. Pero cuando quisieron hacerlo, y fueron a la cárcel para ejecutar el castigo, no le hallaron, sino las prisiones: y refiriendo, lo que había pasado a San Vicente, y diciéndole, cómo aquel ermitaño había desaparecido, respondió él, sonriéndose: No tengáis pena, que ése no era hombre, sino el demonio en figura de ermitaño.

20 Otra vez movió el demonio a un superior de cierta Orden, para que, o con envidia, o con falso celo se mostrase contrario a la persona, y doctrina de San Vicente: pero después lo alumbró Dios Nuestro Señor, y le abrió los ojos, para conocer su error (por ventura por las oraciones del mismo Santo): y arrepentido, se fue al mismo San Vicente: se echó a sus pies, y confesó lo que había hecho contra él, y le pidió perdón; y él con gran mansedumbre le respondió, que ya había muchos días, que él le había perdonado, y que Nuestro Señor también le había perdonado; porque no vinierais vos, dijo, con tanto dolor de corazón, si primero Dios con Su gracia, y misericordia no os hubiera ablandado. Pero le avisó, que se confesase, y se aparejase; porque no tardaría su muerte, como no tardó: porque en despidiéndose de San Vicente, para irse a su casa, apenas había andado dos leguas, cuando dio su alma a Dios.

21 Otra vez incitó el demonio a unos hombres perdidos, y desalmados, para que matasen al Santo, porque les había quitado una mujer, con quien vivían torpemente. Salieron al camino: y él los conoció, y entendió a lo que venían, y mandó a sus compañeros, que se apartasen, y le dejasen a solas con ellos. Los malhechores echaron mano a su espadas para matarle, y San Vicente a la suya, que era la Cruz, para defenderse; y fue tan grande su virtud, que perdieron luego sus fuerzas, y pasmados con la novedad del milagro, se derribaron a sus pies, y le pidieron perdón, y enmendaron sus vidas.

22 Pero volviendo al hilo de nuestra historia, y al fruto, que San Vicente hizo con su predicación, fue tan extraordinaria la opinión, y estima, que los grandes príncipes tuvieron de San Vicente, que en algunos casos gravísimos, que sucedieron en su tiempo, le tomaron por árbitro y por juez, para determinarlos. Murió el rey don Martín de Aragón, el año de 1410, sin dejar hijo legítimo, que le sucediese en aquella corona. Ordenó en su testamento, que se diese a quien de derecho le competía. Había muchos pretensores del reino, y grandes dificultades en averiguar bien la justicia de cada uno de ellos. Finalmente, después de varias disputas convinieron las cortes de Aragón, Valencia, y Cataluña, en nombrar nueve jueces, tres de cada uno de estos reinos, los cuales oyesen a las partes de su derecho, y después juzgasen, y declarasen, según Dios, y su conciencia, a quién de justicia pertenecía el reino; y el que ellos declarasen, fuese tenido, y obedecido por rey. Entre los tres, que fueron nombrados por el reino de Valencia, fueron los dos hermanos, Bonifacio Ferrer, prior general de la Cartuja, y San Vicente Ferrer, a quien todos los demás miraban, como a tan Santo, y tan sabio, y tan amigo de Dios: y así se le dio el cargo de publicar la sentencia, y declarar por rey de aquellos reinos al infante de Castilla, hijo del rey de Castilla don Juan el primero, nieto de don Pedro de Aragón, y padre del rey don Alonso de Nápoles, y del rey don Juan de Aragón, y Navarra, y abuelo del rey don Fernando, el Católico, de gloriosa memoria: y el mismo San Vicente con sus palabras, y razones, persuadió a los diputados de los reinos, que el dicho don Fernando era el que más les convenía, y sosegó los alborotos, y contiendas, que en caso tan importante pudieran suceder.

23 En otra cosa así mostró San Vicente la autoridad, que tenía en estos reinos; porque habiendo por los pecados del mundo permitido Dios Nuestro Señor un lastimoso cisma en la Iglesia, que por un Papa tuviese tres, que se llamaban Papas, y que cada uno de ellos tuviese diversos reinos, y provincias, que los obedecían: y entendiendo San Vicente, que don Pedro de Luna, que era uno de los tres, y se llamaba Benedicto XIII, tenía mejor derecho, y era el verdadero, y legítimo Papa; aconsejó al rey don Fernando de Aragón, que le diese la obediencia: y así lo hizo, y lo mismo el rey de Castilla. Pero como el derecho, que cada uno de los Papas alegaba en su favor, fuese obscuro, y muy enmarañado, y dudoso, y no se pudiese bien averiguar, aunque grandes letrados de aquel tiempo escribieron sobre ello, para acabar un cisma tan prolijo, peligroso, y pernicioso, por el cual toda la Santa Iglesia Católica, que es una, y universal, estaba dividida en tantas partes; se tomó por medio, que cada uno de los tres Papas renunciase el Sumo Pontificado, y el derecho, que pretendía tener en él, y que se eligiese un nuevo Pontífice, como en sede vacante, que fuese cabeza, y pastor universal en toda la Iglesia, y ella le reconociese por tal. Hicieron esto Gregorio XII, y Juan XXIII en el concilio de Constancia, que eran los competidores de Benedicto; pero él nunca lo quiso hacer, ni ceder el derecho, que decía tener, por mucho que el emperador Sigismundo, que vino a esto de Alemania a Perpiñan, y el rey de Aragón don Fernando en persona, y otros príncipes, y embajadores se lo rogaron. Entonces San Vicente aconsejó al rey don Fernando, que quitase la obediencia a Benedicto por su contumacia, y rebeldía; y así lo hizo: porque su autoridad bastó, para que le diese la obediencia, y para que se la quitase; y vacando la sede apostólica, el concilio do Constancia eligió por Sumo Pontífice, y Vicario de Cristo Nuestro Señor a Martino V, que fue excelente Pontífice; y de esta manera se extinguió aquel miserable cisma, que había afligido tantos años la Iglesia del Señor. Y puesto caso, que San Vicente a los principios siguió la parte de Benedicto, que era el verdadero Pontífice; la causa fue, como dice San Antonino, porque el derecho era dudoso; y a San Vicente, y a otros muchos grandes letrados, el de Benedicto les pareció más cierto, y seguro. Pero entendida la verdad, y vista la obstinación, y dureza de Benedicto, el Santo le dejó, y aconsejó a los reyes de Castilla, y Aragón, que dejasen su obediencia, y se adhiriesen al concilio de Constancia, y tuviesen por verdadero Sumo Pontífice, al que en él canónicamente fuese elegido, como se hizo. En el mismo concilio de Constancia hubo antes de la elección de Martino V grandes disputas, y debates sobre ciertas cosas muy importantes, y dificultosas: y no pudiéndose averiguar lo que en ellas se había de hacer, por ser muchos y contrarios los pareceres; determinó el concilio consultarlas con San Vicente, que a la sazón predicaba en Borgoña: y para esto se envió a Pedro Aníbal, Cardenal de San Ángel, acompañado de dos teólogos, y otros canonistas, para saber del Santo, lo que le parecía, que se debía hacer. Él, como humilde, se corrió de tan solemne embajada, y de que el concilio no le hubiese mandado llamar; y resolvió con la luz, que tenía del Cielo, lo que se le propuso: y con gran facilidad desenmarañó las dificultades, que tantos, y tan doctos letrados, con ciencia, y prudencia humana, no habían podido entender, y declarar: tanta era la opinión de la santidad, y sabiduría , que todos tenían de este varón apostólico, a quien acudían en sus dudas, como a oráculo, y boca de Dios. Este mismo respeto le tuvieron los otros reyes, y príncipes, así eclesiásticos, como seglares. El emperador Sigismundo, el rey de Inglaterra, que le envió a llamar, y hasta el rey de Granada, con ser moro, le envió a convidar, para que fuese a predicar a su reino; y él lo hizo: y los mismos reyes le miraban, y respetaban, como a hombre más divino que humano, y tomaban sus consejos, y aceptaban sus amonestaciones, y aun reprensiones, sin enojarse por ellas: porque aunque las daba con grande libertad, y espíritu: pero iban acompañadas con tan grande humildad, modestia, y comedimiento, que se echaba bien de ver, que solo el celo de la gloria de Dios le movía, y que sus reprensiones no tenían otro blanco, sino el bien de los mismos, a quienes reprendía.

24 Pero ¿qué maravilla es, que los hombres de la tierra honrasen con tan ilustres testimonios a San Vicente; pues los Santos del Cielo tanto le alabaron y ensalzaron. Porque estando una vez en la villa de Cervera, en Cataluña, echado en su pobre camilla, le apareció una noche el padre Santo Domingo, vestido de una maravillosa claridad, y le dijo quién era, y que Dios le había enviado para avisarle que perseverase hasta el fin en lo que había comenzarlo; porque delante del acatamiento del Señor valían mucho sus obras, y que era digno de reposar en el Cielo con el mismo Santo Domingo; porque le parecía mucho, no solo en traer el mismo hábito, y en ser doctor y predicador de la doctrina evangélica, enviado por Jesucristo, y en ser virgen, como él lo había sido; sino también por serle semejante en todas las buenas costumbres y obras, como buen hijo y vivo retrato de su padre: pero que en una sola cosa le hacía gran ventaja, que él era el tronco y la raíz de la Orden de los Predicadores; y San Vicente una flor o rama de ella. Luego que San Vicente conoció a su Santo Padre, se derribó a sus pies y se los quiso besar; mas Santo Domingo no lo consintió, antes quería echarse en la misma camilla en que su hijo estaba, para mostrarle más amor y familiaridad. Estas pláticas, que los dos Santos tuvieron entre sí, oyeron los compañeros de San Vicente, y vieron la claridad con que resplandecía la celda, y después se lo dijeron al mismo Santo, conjurándolo por reverencia de Dios, que les declarase todo lo que había pasado; y él, aunque al principio procuró encubrirlo, al fin les descubrió la verdad, rogándoles, que lo callasen y tuviesen secreto.

25 De esta manera regaló Dios a san Vicente, y le hizo glorioso en el cielo y en la tierra, porque era humildísimo, y el Señor levanta a los humildes; y tanto más, cuanto ellos más se humillan y menosprecian. Pues ¿quién podrá explicar la profundísima humildad que tuvo este siervo del Señor, y como estaba tan dentro de sí, y en la consideración de su propia vileza y nada, que ni la honra le levantaba, ni el aplauso y alabanza de los hombres le desvanecían, ni las maravillas que Dios obraba por él, eran parte para engendrar en su ánimo un pelo ni repunta de vanidad, sino mayor luz de la Bondad y Misericordia del Señor, que le había tomado por instrumento; y mayor confusión y empacho suyo, pareciéndole que no correspondía con el debido agradecimiento a tan inmensa liberalidad? Quiso el Papa hacerle Obispo de Lérida, y Arzobispo de Valencia, y Cardenal; y no hubo remedio con él para que aceptase las dignidades que le ofrecía: porque por su humildad se tenía por indigno, y estimaba más ayudar a salir una alma de pecado, que todas las grandezas del mundo; y le parecía, que tan honrosos cargos serían para él unas como cadenas y grillos dorados, que le tendrían atado y preso en la corte, y le estorbarían el andar predicando el Evangelio pobremente, como Dios se lo había mandado.

26 También mostraba su humildad en otras dos cosas: la una, que teniendo plenísima potestad de los Sumos Pontífices, para estar, y para predicar en cualquiera lugar do toda la cristiandad, que quisiese; en llegando a cualquiera pueblo, donde había convento de su Orden, se iba a posar en él, y a presentarse al prior y darle la obediencia, como si fuera su súbdito: la otra, que nunca predicaba, sin tomar primero la bendición y licencia del Obispo en cuya diócesis de nuevo entraba, guardando a los prelados el respeto que se les debe, como a sucesores de los apóstoles del Señor. Pues ¿qué diré de las otras admirables y excelentísimas virtudes, con que Dios Nuestro Señor adornó, hermoseó y enriqueció el alma de este glorioso confesor? ¿Qué de su paciencia en las enfermedades? ¿Qué de su perseverancia y fortaleza en los trabajos? ¿Qué de la mansedumbre en las injurias? ¿Qué de la ternura y compasión para con los pobres? ¿Qué de la severidad y libertad para con los ricos y poderosos? ¿Qué de la benignidad y suavidad para con todos? ¿Qué del rigor y severidad para consigo? ¿Qué de la pureza virginal de su bendita alma y cuerpo? ¿Qué de su oración continua y fervorosa? ¿Qué de la mortificación perfecta de todos sus apetitos y sentidos? ¿Qué de aquella sed insaciable del bien de las almas, y celo tan encendido, y fervoroso de la gloria del Señor? Mucho habría que decir de cada una de estas virtudes, y se podría escribir un libro; pero dejémoslas, y vengamos a su dichoso tránsito y bienaventurado fin.

27 Habiendo, pues, este predicador divino sembrado la semilla del Cielo en tantas y tan diversas provincias y reinos, y regado la tierra con las corrientes de sus copiosas y saludables aguas; fue a una provincia de Francia, que llaman la Menor Bretaña, para ilustrarla con sus rayos, como había hecho a las demás. Allí estuvo dos años cultivando toda aquella provincia, y arrancando de ella las espinas y malas hierbas de vicios, y plantando, como buen hortelano, las virtudes. Hallábase ya muy viejo y cansado de los muchos y santos trabajos de tantos años, y debilitado con sus continuos ayunos y penitencias, y no por esto dejaba do ayunar y predicar; y era cosa maravillosa ver, que antes que subiese al púlpito, apenas por su flaqueza se podía mover, y en subiendo y comenzando a predicar, lo hacía con tanta fuerza, como cuando era mozo. Le aconsejaron y le rogaron mucho sus compañeros, que se volviese a morir en Valencia: y como el santo era benigno y suave de condición, condescendió con ellos, y porque no hubiese ruido ni estorbo, se partió de noche de la ciudad de Nantes (otros dicen de Vanes), donde estaba, y tomó su camino para España con sus compañeros. A la mañana, cuando pensó haber andado algunas leguas, se halló a la puerta de la misma ciudad, y entendió, que el Señor quería llevarle presto para Sí, y que muriese en aquella ciudad; y así lo dijo a los que le acompañaban, y que no le sabía resistir, sino obedecer en todo a Su Santísima Voluntad. Entró en la ciudad con gran regocijo y fiesta de todos, y al cabo de pocos días lo dio una calentura muy recia: y aunque él estaba muy aparejado, y toda su vida había sido una continua meditación de la muerte; todavía se confesó generalmente con un fraile de su Orden, y recibió la indulgencia plenísima, que el Sumo Pontífice Martino V para aquella hora había concedido. Después, habiendo cumplido con el obispo y magistrado, y gente principal de la ciudad, que con gran sentimiento habían venido a visitarle, y encargándoles, que se acordasen y guardasen fielmente, lo que él en aquellos dos postreros años les había enseñado; porque haciéndolo así, él desde el Cielo les ayudaría con sus oraciones, y Dios los favorecería; mandó que cerrasen las puertas, para que los muchachos, que venían a tomar su bendición, no interrumpiesen su oración, ni turbasen la paz y quietud de su alma: porque quería gastar aquellos últimos días de su enfermedad en regalarse y entretenerse con su Amado; y así lo hacía, estando absorto y como arrebatado en la contemplación del Sumo Bien, y anhelando a aquella patria, para la cual él había caminado con tan acelerado paso a tan grandes jornadas.

28 Finalmente, habiendo recibido con maravillosa devoción y abundancia de lágrimas los santos sacramentos, y mandado leer la sacratísima Pasión de Nuestro Redentor, como la escriben los cuatro evangelistas, y recitar los siete salmos y la letanía; luego en acabando la letanía, con un júbilo de su bendita alma, y alegría exterior más que humana, juntando y alzando las manos, y los ojos al cielo, dio su espíritu al que para tanta gloria Suya le había creado, un miércoles antes del Domingo de Ramos, del año del Señor de 1418, según la común opinión; y según la verdad, del año de 1419, como lo dice Martín de Alpartil, autor del mismo tiempo, y que comunicó y conversó con el santo varón. Y se ve, que no pudo ser la muerte de San Vicente el año de 1418, como se dice, porque aquel año la Pascua de Resurrección cayó en el mes de marzo, según el cómputo eclesiástico; y el Santo murió doce días antes de Pascua, a los 5 de abril, como lo notó el P. M. Fr. Justiniano Antiste, en la vida, que escribió de San Vicente, y el Cardenal Baronio en las anotaciones del Martirologio romano a 5 de abril. El cuerpo de este glorioso Santo, por no haber allí a la sazón convento de Santo Domingo, fue enterrado en la iglesia mayor de la misma ciudad de Nantes, estando el duque de Bretaña don Juan, y otros muchos señores y príncipes presentes; y concurriendo de toda aquella ciudad y comarca, tanta gente para ver y reverenciar el sagrado cuerpo, que por espacio de tres días no se pudo sepultar, derramando de sí una fragancia admirable y olor suavísimo: y después de muerto hizo Dios tantos, y tan grandes milagros por intercesión del Santo, como los había hecho, siendo vivo. Y la duquesa de Bretaña, hija del rey de Francia, y devotísima suya, y que lo había asistido y servido en su enfermedad con extraordinario cuidado y diligencia, habiendo lavado el santo cuerpo, como allí es costumbre, guardó el agua, con que le habían lavado, por una preciosa reliquia: la cual agua no se corrompió, ni tuvo mal olor; antes daba de sí muy buen olor, y dio salud a muchos enfermos que la bebieron, hasta que se consumió, o exhaló en el mismo vaso, donde estaba: y el colchón, en que este glorioso santo estuvo enfermo, o murió, sanó más de cuatrocientos enfermos de calenturas y otras diversas enfermedades, echándose con devoción sobre él. Y en Mallorca escriben que hay una capilla de su hábito, que llevó el Santo, cuando navegó por aquella isla, la cual con solo tocarla echa a los demonios de los cuerpos, y libra muchas mujeres de partos peligrosos, y a enfermos de varias dolencias. Murió de setenta y cinco años, según Gerónimo de Zurita: según el P. Fr. Vicente Justiniano Amiste, de setenta y ocho: y según el P. Fr. Francisco Diago, de solos setenta; porque este padre dice, que nació San Vicente el año de 1340; y cada uno trae sus razones, para aprobar su opinión. El Papa Pío II, en la bula de su canonización dice, que murió de más de setenta años: Septuagésimum aetatis annum transcedens: pero esto de la edad hace poco al caso, para lo que yo pretendo. Escribieron su vida Pedro Rauzano, palermitano Obispo, y fraile de su Orden, y casi de su mismo tiempo, en cinco libros; San Antonino, Juan Antonio Flamiano, Leandro, y Silvio Caseta, general de su Orden; el P. Fr. Vicente Justiniano, el P. Fr. Juan de Marieta; y últimamente el P. Fr. Francisco Diago, todos frailes de la Orden de Santo Domingo; y hacen mención de él el Martirologio Romano, y el Cardenal Baronio en sus anotaciones, y el Papa Pío II, en su Cosmografía, Lib. II, Cap. 58.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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