30 de Marzo: San Juan Clímaco, Abad (525-605)

Tomado del Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año – Madrid, 1780 – Marzo, Día 30, Página 552.

Ubicación…

San Juan Clímaco, Abad

SAN Juan Clímaco, llamado así por el excelente libro que compuso, e intituló Escala del Cielo, o de la Perfección, fue, según se conjetura, de algún lugar de Palestina. Nació en tiempo del Emperador Justiniano I, hacia el año de 525; y si la grande comprensión que tuvo de las Artes y de las buenas letras acredita su buena educación, esta misma educación es testimonio muy verisímil de su noble nacimiento.

La gran fama que desde joven le adquirió su rara sabiduría, le mereció el título de Scolástico: nombre que en aquel tiempo sólo se daba a los que, siendo ingenios conocidos, acompañaban esta prenda de mucha elocuencia, de gran lectura de los Antiguos, y de un profundo estudio en todas las ciencias. Pero nuestro Juan había nacido para gloria más sólida. Le tentaron muy poco todas las floridas carreras, todas las halagüeñas esperanzas con que el mundo le brindaba. A los diez y seis años de su edad las renunció todas; y siguiendo las impresiones de la gracia, dedicó todo su estudio a la importante ciencia de la salvación.

Resuelto a dejar el mundo, se retiró al Monte Sinaí bajo la disciplina de un venerable anciano llamado Martirio, que hallando en el nuevo discípulo toda la docilidad de un niño con toda la simplicidad de una alma inocente y pura; en poco tiempo le hizo adelantar mucho en el camino de la perfección, y en menos de cuatro años sacó uno de los más diestros Maestros de la vida espiritual.

A la verdad nuestro Juan no omitía cosa alguna de cuantas podían contribuir a facilitarle tan admirables progresos. Era por extremo humilde. Siendo tan hábil en muchas facultades y más sabio de lo que correspondía a su edad, apenas abrazó la vida Monástica, cuando pareció no tener ni aun tintura de las letras. No solo dejó el mundo, sino que le olvidó. Era tan perfecto su rendimiento, y su obediencia tan ciega, como si no tuviera propia voluntad. Desde el primer día sujetó tanto sus sentidos y adquirió tanto dominio sobre sus pasiones, que parecía haber entrado ya perfecto en la Religión.

Cuatro años empleó en instruirse, o por mejor decir, en perfeccionarse en el ejercicio de las mayores virtudes. Muerto su Santo Maestro, quiso consagrarse a Dios más perfectamente por medio de la profesión religiosa, cuyo sacrificio hizo con tan extraordinario fervor, que el Abad Stratego, Monge de gran virtud, que se halló presente, exclamó como con espíritu profético: Estoy viendo que Juan ha de ser con el tiempo una antorcha resplandeciente en el mundo.

Instruido ya plenamente el recién profeso en las obligaciones de su estado, sólo pensó en desempeñarlas con la mayor perfección. El Abad del Monte Sinaí, era como el Archimandrita, o el Patriarca de todos los Monjes que poblaban los desiertos de Arabia; y aunque había un Monasterio sobre la misma cima del Monte, la mayor parte de los Monjes vivían en celdillas, o en Ermitas separadas, de manera que todo el monte, hablando en propiedad, venía a ser un Monasterio. Luego que nuestro Juan hizo la profesión, se retiró a una Ermita llamada Tole, sita al pie de la montaña a dos leguas de la Iglesia que en honor de la Santísima Virgen había hecho edificar el Emperador Justiniano para comodidad de todos los Monjes que vivían esparcidos entre las rocas, y asperezas del Sinaí. En esta Ermita vivió Juan por espacio de cuarenta años con tan ejemplar retiro, y tan entregado a los santos ejercicios de una rigurosa penitencia, que no era llamado por otro nombre sino por el del Ángel del desierto.

No le dejó tranquilo mucho tiempo el enemigo de la salvación. Apenas se vio en su retiro, cuando se sintió asaltado de las tentaciones más violentas y más peligrosas. Brotaron como de repente, y le dieron bien en qué entender muchas pasiones hasta entonces desconocidas al santo mancebo. Se amotinaron todas; pero Juan, lleno de confianza en Jesucristo, y recurriendo a la oración, al ayuno, a las penitencias, y sobre todo a la frecuencia de Sacramentos, hallaba siempre auxilios poderosos, que le sacaron victorioso de tan molesta como continuada guerra. Se mantenía siempre sereno en medio de la tempestad, porque jamás perdía al Cielo de vista: sirviéndole las tentaciones para que brillase más su virtud y se purificase más y más su corazón.

Conociendo bien la destreza con que el espíritu de vanidad sabe insinuarse hasta por las espinas de la penitencia, huía con el mayor cuidado de todo cuanto podía tener visos de singularidad. Comía indiferentemente, sin escrúpulo ni melindre, de todos los manjares que le permitía su profesión, pero en, tan corta cantidad, que no se sabía cómo podía mantenerse. El sueño era correspondiente al alimento. Pero su íntima y continua unión con Dios, aquellos elevadísimos fines adonde dirigía todo cuanto obraba, aquella pureza de intención, y aquel encendido amor de Dios en que se abrasaba su pecho, daba tal realce, tal precio a las acciones más comunes de nuestro Solitario, que no debemos admirarnos de que en tan poco tiempo hubiese ascendido a tan eminente grado de santidad.

Le elevó Dios al estado de la oración continua; y parece que el Santo hizo el retrato de sí mismo en la descripción que en su libro de la Escala dejó escrita de esta gracia. Esta Oración (dice) consiste en tener el alma por objeto a Dios en todos sus ejercicios, en todos sus pensamientos, en todas sus palabras, en todos sus movimientos, en todos sus pasos: en no hacer cosa que no sea con fervor interior, y como quien tiene a Dios presente.

Este sublime don de Oración le infundió aquel grande amor que profesaba a la soledad. La íntima comunicación con Dios le hacía intolerable el trato con los hombres. Se le vio muchas veces levantado sobre la tierra a impulso de las sobrenaturales operaciones de la gracia, y en estos éxtasis le comunicaba el Señor anticipadamente los gustos y las delicias del Cielo.

Aunque se dedicaba mucho a la lección de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres; pero en la contemplación de las cosas divinas y de los Misterios de la Religión era donde principalmente bebía aquellas superiores luces, que le merecieron la veneración, y el concepto, no ya precisamente de un mero Contemplativo, sino de un gran Doctor, de un Padre de la Iglesia y de una de las más brillantes lumbreras de su siglo. Pero hizo su humildad que esta antorcha estuviese cuarenta años como escondida debajo del celemín de su celda.

No se pudo resistir a encargarse de la enseñanza de un joven solitario llamado Moysés, que a fin de merecerle esta caridad, había empeñado a todos los Padres ancianos del desierto. Se aprovechó bien el discípulo de la habilidad del Maestro, y le valió mucho el gran poder que éste tenía con Dios; porque habiéndose quedado dormido a pocos días debajo de un corpulento peñasco, oyó entre sueños la voz de su Maestro que le llamaba: despertó Moysés, salió prontamente de aquella concavidad, y apenas había salido, cuando se desgajó el peñasco. Otro solitario, por nombre Isaac, le declaró las molestísimas tentaciones de la carne, que le tenían casi acabado, y al instante quedó libre de ellas por las oraciones de nuestro Santo.

Cuarenta años había que vivía en el desierto más como Ángel que como hombre, cuando el Señor le sacó de la obscuridad de su Ermita para hacerle Superior general, Abad, y Padre de los Monjes del Sinaí. Le costó mucho rendirse, no siendo éste el menor de los sacrificios que hizo a Dios en su vida. Aunque su fama estaba bien acreditada, con todo eso le admiraron mucho más cuando le trataron más de cerca. Ganó los corazones de todos con su blandura, y con su humildad. Su gran caridad aun con los extraños, no pocas veces la acreditaba el Cielo con singulares maravillas. Concurrieron a él los Pueblos de Palestina para que con sus oraciones alcanzase del Cielo el agua de que necesitaban los campos; y al punto los vieron abundantemente regados de una copiosísima lluvia. No se encerraba dentro de las Provincias de Oriente la fama de su santidad. San Gregorio el Magno le escribió encomendándose en sus oraciones, y le envió algunos muebles para el hospital y hospedería que había fabricado a la falda del Monte Sinaí.

A ruegos de Juan Abad de Raite, íntimo amigo de nuestro Santo, compuso el admirable libro de la Escala del Cielo, dividida en treinta gradas o escalones, que contienen todo el progreso de la vida espiritual, desde la primera conversión, hasta la perfección más elevada. A los principios se juzgó que esta obra era superior a la capacidad del común por cierto aire sublime de expresiones, que es familiar a muy pocos; pero siempre se halló en ella un lleno y una solidez de espíritu tan útil como agradable. El estilo es conciso y figurado: se contenta con exponer la doctrina en ideas abreviadas, y así habla siempre por sentencias.

Tratando de la obediencia, refiere admirables ejemplos que observó en un Monasterio de Egipto, donde unos venerables ancianos obedecían con la simplicidad de niños, y donde se contaban trescientos y treinta Monjes que sólo tenían un alma y un corazón. A pocos pasos de este Monasterio había otro que se llamaba la Cárcel, donde se encerraban voluntariamente los que después de la profesión habían caído en alguna culpa grave. Las asombrosas penitencias que refiere el Santo de aquellos hombres verdaderamente arrepentidos, no se pueden leer sin lágrimas y aun sin horror.

A esta obra añadió San Juan Clímaco un tratadillo, que se intitula Carta al Pastor, el cual era el mismo Bienaventurado Juan de Raite a quien dirigió la Escala del Cielo.

Pero era tan grande el amor que profesaba a la soledad, que continuamente estaba suspirando por su apetecida Ermita: y así al cabo de cuarenta años renunció el oficio de Superior, sin ser bastantes a hacerle mudar de resolución los ruegos ni las lágrimas de sus súbditos, que sólo tuvieron el consuelo de lograr por Superior en el empleo a Jorge, hermano mayor de nuestro Santo.

Sobrevivió poco tiempo a la renuncia. Restituido a su amado retiro, era toda su ocupación pensar en aquel dichosísimo momento que había de unirle indisolublemente con su Dios. Se dispuso para él con extraordinario fervor, y colmado de virtudes y de merecimientos, murió el día 30 de Marzo de 605, casi a los ochenta de su edad, habiendo pasado sesenta y cuatro en el desierto. Cuando estaba para expirar, se acercó a él su hermano el nuevo Abad, y deshaciéndose en lágrimas, le rogó que le alcanzase de Dios no le dejase por mucho tiempo en este mundo. Serás oído, le respondió Juan, y morirás antes que se acabe el año, como sucedió diez meses después.


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Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1855 – Tomo I, Marzo, Día 30, Página 483.

San Juan Clímaco, Confesor

La vida de San Juan Clímaco escribió un monje discípulo suyo llamado Daniel, y la refiere en su segundo tomo el P. Fr. Lorenzo Surio, de esta manera. Siendo Juan Clímaco mozo de diez y seis años, habiendo estudiado lo que en aquella edad convenía, se ofreció a Cristo Nuestro Señor en santo y agradable sacrificio recibiendo sobre sí el yugo de la vida monástica en un monasterio que estaba en el Monte Sinaí, en el cual despidiendo de su corazón toda vana estimación y confianza de sí mismo, se abrazó con la santa humildad y se sujetó perfectamente a su superior y padre espiritual, y fue aprovechando cada día más en la virtud, en tanto grado, que vino a estar como muerto al mundo y a todos sus apetitos, y como una alma del todo desnuda del propio parecer y propia voluntad: que por haber antes San Juan estudiado y sido enseñado en las ciencias que suelen desvanecer; se debe aún más estimar. De esta manera conversó por espacio de diez y nueve años entre los monjes, hecho un perfectísimo dechado de obediencia y sujeción, hasta que falleció el santo padre que le tenía a cargo, por cuya muerte pasó a la vida solitaria, y escogió un lugar llamado Tola, que estaba cinco millas de una iglesia, en el cual perseveró constantemente por espacio de cuarenta años, con grande alegría y fervor de espíritu. Lo que allí pasó a solas, las batallas que tuvo y las victorias que alcanzó del común enemigo, no se pueden saber: mas es de creer que fueron muchas, y tantos los favores con que el Señor le regaló, como de Su liberalísima mano se podían esperar, y Él suele hacer a los que de veras se entregan a su servicio. Lo que se sabe es, que comía de todas las cosas, que según su profesión era lícito comer; pero de todo poco, para que comiendo de todo, huyese la nota de la singularidad y vanagloria, y comiendo poco venciese la gula. Con la soledad y con el poco trato y compañía de los hombres, de tal manera apagó la llama de la lujuria, que ya no le daba pena ni molestia. La avaricia que el apóstol llama idolatría, venció con la largueza y misericordia para con los otros, y con la escasez de las cosas necesarias para consigo; porque contentándose con lo poco no tenía necesidad de codiciar lo mucho. Todos los otros vicios procuró el santo varón vencer y vivir no como hombre, sino como ángel. Vivía de oración, nunca estaba ocioso, y para que con la aspereza y ociosidad (que suele hacer guerra a los solitarios) no le venciese, solía ocuparse en escribir libros, dormía poco y solamente lo que bastaba para no desfallecer con las demasiadas vigilias. Pues, ¿qué diré de la abundancia de sus lágrimas? Se entraba en una cueva que estaba apartada al lado de una montaña, y allí levantaba las voces al Cielo con grandes gemidos, suspiros y clamores, y derramaba su corazón delante del Señor, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas. Un religioso llamado Moisés, que era de los que profesaban vida solitaria, deseando imitar la vida de este santo varón, y vivir debajo de su corrección y disciplina, echó a muchos de aquellos santos padres por rogadores, y pidió con grande instancia que le quisiese recibir por su discípulo. Fue recibido por tal, según lo había deseado, y un día le mandó el santo varón, que de cierto lugar trajese un poco de buena tierra para echar en un huerto de poco suelo. Lo hizo Moisés, y entendiendo en ello con diligencia, llegado el mediodía, y siendo el mes de agosto, fatigado del calor y del trabajo, acordó de tomar un poco de reposo a la sombra de una gran peña que allí había: mas estando para caer aquella gran peña sobre él. Dios reveló a San Juan Clímaco el peligro en que estaba su discípulo, y con su oración lo libró; porque estando allí durmiendo, le pareció que había oído la voz de su maestro que le despertaba: con la cual lleno de pavor despertó y dio un salto, y luego vio arrancarse la peña de lo alto, y caer en tierra en el lugar donde él antes estaba; y sin duda si no se levantara le hiciera pedazos.

Otra vez vino á él un monje que se llamaba Isaac, abrasado de una tentación carnal, y cercado de mucha tristeza y dolor, y le descubrió con muchas lágrimas y gemidos la secreta llaga que traía. Le consoló el varón de Dios muy blandamente y le dijo: Estemos ambos, hijo, en oración; y el Señor que es misericordioso y clemente no despreciará nuestros ruegos. Y estando ambos orando, sanó el enfermo y quedó curado de tan extraña pasión, y alabó al Señor que había dado tanta eficacia a la oración de Juan Clímaco. Comenzaron algunos a visitarle, movidos de la fama de su santidad; y el venerable padre para apacentar las ánimas de los que a él venían, con el pasto de la Palabra de Dios, les daba saludables documentos. No le faltaron algunos émulos que procuraron estorbar este fruto que de su doctrina se seguía, diciendo que era un parlero y hablador. Sabiendo él esto, determinó enseñar a los que a él venían, no solo con las palabras, sino mucho más con silencio y ejemplo de paciencia: y así calló y venció con tan grande humildad y modestia a sus émulos, que compungidos le pidieron y le suplicaron que les diese el acostumbrado pasto de su doctrina. Pues como resplandeciese de esta manera en todo género de virtudes, y no se hallase otro semejante a él, vinieron todos los monjes del monasterio del Monte Sinaí, donde antes había morado, y con un mismo afecto y deseo, contra toda su voluntad le entregaron el magisterio y gobierno de aquel monasterio; y el santo varón, movido del Señor, tomó sobre sí la carga de regirlos, y a ruego y súplica de ellos escribió el libro llamado «Escala Espiritual,» en el cual se describen treinta escalones por donde pueden subir los hombres a la cumbre de la perfección. Este libro en nuestros días el P. M. Fr. Luis de Granada, para provecho de muchos, tradujo de latín en lengua castellana, y le enriqueció con algunas declaraciones y anotaciones suyas. De San Juan Clímaco hace mención el Martirologio romano a los 30 de marzo, y Juan Tritemio refiere algunas obras suyas que floreció por los años del Señor de 346, en tiempo de los emperadores Constantino, Constancio y Constante, que eran hermanos, hijos del Gran Constantino. Un abad del monasterio de Raytu, llamado Juan, en una epístola que escribe a San Juan Clímaco, rogándole que escriba la regla que habían de tener y guardar los monjes, y los avisos que él había tenido, como otro Moisés en el monte, le pone este título: «Al admirable varón, igual a los ángeles, padre de padres y doctor excelente, Juan, abad del monasterio de Raytu, salud en el Señor.»

De la manera de su muerte, y de los años que vivió no sabemos cosa cierta, pero debió de morir de muy anciana edad; porque de diez y seis años tomó el hábito de monje, diez y nueve vivió en el monasterio del Monte Sinaí, y cuarenta en soledad, que son setenta y cinco; y después volvió a tener cargo de su mismo monasterio, en el cual no sabemos cuántos años vivió. El nombre de Clímaco, dice Tritemio, que suena, y es lo mismo que en latín Scholasticus, y en castellano el «Maestro de escuela,» y que le dieron este nombre como a maestro, de cuya doctrina se pueden aprovechar todos, especialmente los religiosos y personas que tratan de su aprovechamiento espiritual; aunque más probable es, que este nombre de Clímaco que es griego, se deriva de un nombre que quiere decir «Escalera,» por haber él hecho una como escalera espiritual de su libro, y trazándola con este orden de grados espirituales, para poder llegar a la perfección.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=tFv-gsOZ1JgC&pg=PA415&lpg=PA415&dq=A%C3%B1o+Cristiano+o+Ejercicios+Devotos+Marzo&source=bl&ots=iSVKledGbZ&sig=kgMMRwni4AlXZN5FAdWg3fHE4cU&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwjD3_GXrMbOAhUDLB4KHby5CPgQ6AEIKzAE#v=onepage&q=A%C3%B1o%20Cristiano%20o%20Ejercicios%20Devotos%20Marzo&f=false

https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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