5 de Febrero: Santa Águeda, Virgen y Mártir (~230 †251)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Febrero, Día 5, Página 312.

Ubicación…

Santa Águeda, Virgen y Mártir

Siendo emperador Decio, y presidente de Sicilia Quinciano, se publicó un edicto cruelísimo en ella, en que se mandaba, que todos los cristianos fuesen presos, y con atroces tormentos consumidos. Tuvo noticia de este impío mandato una doncella, llamada Águeda, dotada de cuatro cosas, que se estiman mucho en las mujeres. Era nobilísima, riquísima, hermosísima y honestísima; y sobre todas sus excelencias era cristiana, y había nacido en la ciudad de Palermo, como lo afirma el Metafraste, y lo trae Surio, y Lipomano; y con deseo y afecto grande de conservar la virginidad, y morir por Cristo, le suplicó afectuosamente, que la guardase, y defendiese de aquel tirano, que pretendía hacerle perder la fe y castidad. Mandó Quinciano, estando en Catania, presentarla delante de sí; y ella armada con su oración, y con el favor y espíritu del Cielo, fue a los estrados con grande alegría y seguridad. Así que Quinciano la vio, luego fue preso de su rara y extremada belleza; y olvidado del oficio de presidente, que tenía, y de lo que debía a la justicia, y no haciendo caso del mal ejemplo, que daba a aquellos pueblos que gobernaba, y se miraban en él como en un espejo, para hacer lo que él hacía, hollando las buenas costumbres, las leyes, la piedad y la religión, se determinó de tomar todos los medios posibles para gozar de la santa doncella, y atraerla a su voluntad; y estando ya él preso de su ciega pasión, la hizo prender: mas por disimular y cubrir más su intento, mandó entregar a Águeda a una vieja sagaz, llamada Afrodisia, que tenía cinco hijas muy hermosas, y no menos lascivas; para que con el trato y compañía de ellas la santa doncella Águeda se fuese ablandando y perdiendo el amor, que tenía a la castidad y a Jesucristo, y de esta manera alcanzar con maña y artificio, lo que de ella pretendía. Así que Águeda estuvo en la casa de Afrodisia, luego la vieja maliciosa y taimada, comenzó a usar de las artes y embustes, que solía, para engañar la simplicidad de la doncella pura, y a decirle con dulces palabras, que se desahogase y dilatase el corazón; que en aquella casa no había hombre ninguno, sino solas sus hijas, entre las cuales bien podía decir y hacer libremente, todo lo que quisiese, sin recelo, ni recato: que no tuviese pena ni temor; porque ella la libraría de las manos de Quinciano; porque era hombre nobilísimo y cortés, y amicísimo de hacer placer; y que si ella no fuera cristiana, sin duda fuera señora del presidente y de toda Sicilia: y otras palabras le dijo a este propósito, como suelen, inspiradas de Satanás, las que usan de este oficio. Las oyó la santa doncella, y no las oía; porque estaba tan fija, y puesta en Dios con el corazón, suplicándole con grande afecto, que conservase su virginidad, y la guardase de toda violencia, que no hacía caso de lo que le decía. Pero como muchas veces Afrodisia le replicase las mismas razones, y le quebrase la cabeza, pareció a Santa Águeda, que era bien declararse con ella de una vez, para librarse de los silbos de aquella serpiente, y le dijo:

—Afrodisia, bien entiendo tus mañas, y las razones con que piensas persuadirme, que yo deje a mi Cristo, y deshonre mi linaje, y venda mi virginidad; mas no pienses, que tienes tanta elocuencia, ni tanto artificio en tus palabras, que yo me deje vencer de ellas. Yo no oigo tu lengua como lengua de mujer, sino como lengua del demonio, que habla por ti; y como huyo de él, huyo también de ti, y no he querido advertir a lo que me dices. Yo te aviso como cristiana, que está obligada a querer bien a los que nos quieren mal, que mires por ti, y dejes el oficio infame y maldito, que usas con afrenta tuya y daño de la república, y mal ejemplo de tus hijas: no enredes con tus lazos esta ciudad, ni pongas fuego en los corazones de las doncellas inocentes y puras; porque haces más daño, y eres más perjudicial a la república, que si la pegases fuego por las cuatro partes de la ciudad, o si inficionases las fuentes públicas de que ella bebe: y aunque Quinciano disimule contigo, Dios del Cielo te castigará: y si no quieres dejar esta empresa que has tomado conmigo, por tu honra y por tu bien; déjala a lo menos por no perder tiempo, y derramar palabras al viento; porque yo te hago saber, que estoy tan fundada y firme en el amor de mi Señor Jesucristo, y tan constante en el voto que he hecho de virginidad, que con el favor de mi Dios espero, que antes el sol perderá su claridad, y el fuego su calor, y la nieve su blancura, que yo me mude de este propósito, y voluntad. Afile Quinciano sus navajas: apareje sus leones: encienda el fuego: arme sus lazos: abra, si puede, las puertas del infierno; y quite las cadenas a todos los demonios contra mí: que yo morir tengo virgen, y cristiana, y no temo, que Quinciano me haga fuerza; porque Dios, a quien he entregado mi alma, y mi cuerpo, me defenderá. Tú eres vieja, ¡oh Afrodisia!, y ya la muerte está a la puerta, y tú lo muestras con tu mal color: mira por ti: reconoce a tu Creador: ten vergüenza del mal ejemplo, que has dado a tus hijas y a toda esta ciudad: llórale, y llora tu vida pasada: conviértete a Dios, y haz penitencia, confesándote y adorándole, para que no te castigue.

Así que Afrodisia oyó las palabras de la virgen, y entendió que perdía tiempo con ella, a cabo de treinta días que la había tenido en su casa, se fue al presidente, y le dijo:

—Señor, yo he tenido la doncella que me disteis en mi casa por vuestro mandado, y he hecho con ella todo lo que he sabido y podido, para inclinarla a vuestra voluntad: pero tened por cierto, que está tan firme en ser cristiana, y en guardar su virginidad, que antes se ablandará el hierro, y el acero y el diamante, que ella mude de propósito. Yo le he ofrecido ricos vestidos, atavíos, joyas y piedras preciosas; y ella no lo estima en más que un poco do basura: no parece, que desea, ni de día, ni de noche piensa, o sueña otra cosa, sino morir por Jesucristo.

Oído esto por Quinciano, mandó llamar a Águeda, y le preguntó, ¿de qué casta era? Y la santa doncella respondió:
Noble soy, y de ilustre sangre, y mis deudos dan testimonio de ello, como es notorio por toda Sicilia.
¿Pues cómo, siendo noble, sigues las costumbres de gente despreciada y vil?
—Porque aunque yo soy noble,
dijo Águeda, soy sierva y esclava de Jesucristo, y no me desvanece mi linaje; porque sé, que la verdadera nobleza es servir con puro corazón a Jesucristo.
A esto respondió Quinciano: ¿Luego nosotros no somos nobles, que menospreciamos a vuestro crucificado?
Y la santa: Si tú eres, dice, de tal manera esclavo del demonio, que adoras las piedras; ¿dónde está tu nobleza y libertad?

La mandó dar el juez malvado una bofetada en el rostro, diciéndole, que aprendiese a callar, y no injuriar a su señor. Quedó el rostro de la santa denegrido y acardenalado; pero más hermoso y resplandeciente delante de Dios: y viendo Quinciano, que con todas sus artes no podía sacar de ella sino palabras llenas de fe, esperanza y amor de Cristo, la mandó llevar a la cárcel, diciendo, que pensase bien, lo que le convenía, o morir a puros tormentos, o negar a Cristo. Entró en la cárcel la Santa con maravillosa constancia y alegría, como si entrara en un paraíso de deleites, suplicando al Señor, que le diese victoria del tirano, y la corona del martirio: y el día siguiente fue presentada otra vez delante de Quinciano, y él procuró al principio con halagos y blanduras, y después con bravatas y amenazas, persuadirle, que dejase la fe de Cristo; porque de esta manera tendría salud, vida, descanso y felicidad: y ella con gran fervor de espíritu le dijo:

—Tú me prometes, ¡oh Quinciano!, darme salud, y vida, si yo dejo a Jesucristo; y yo te digo, que no quiero otra vida, ni otra salud, sino a Cristo: y no pienses espantarme con tus fieros; porque quiero que sepas, que no hay cierva tan acosada y sedienta, que así deseo una fuente de agua clara y limpia, como yo deseo ser de ti atormentada, para unirme, y abrazarme más fácilmente con Cristo. El trigo no se recoge en las trojes, hasta que esté purificado, y limpio de paja; ni el espíritu se recibe en el Cielo, hasta que el cuerpo quede muerto en la tierra. Si quieres usar del hierro contra mí; he aquí mi cuello: si quieres usar de los azotes; aquí están las espaldas: si quieres abrasarme con el fuego; aquí está mi cuerpo: si me quieres echar a las fieras; mis carnes, mis ojos, y mis manos, mi cabeza, y todos mis miembros están aparejados, para que los atormentes como quisieres. Atormenta, quema, ata, aprieta, desuella, quebranta, hiere, arranca, ahoga, descoyunta, y mata este mi cuerpo, que cuanto más cruel fueres conmigo, más bien me harás, y yo seré más favorecida de mi dulce Esposo Jesucristo. ¿Qué haces? ¿Qué esperas? ¿Por qué tardas tanto?

Se embraveció Quinciano, oyendo las palabras de la virgen, y con la saña mandó, que le fuese torcido, y atormentado un pecho, y después que a raíz le fuese cortado; y la Santa, sin turbarse, sino con ánimo valeroso y constante, le dijo: —¿Y cómo no te confundes, oh cruel tirano, de atormentar a una doncella en los pechos, habiendo tú recibido el primer sustento de tu vida de los pechos de tu madre? Mas el presidente, estando ya encarnizado en aquella sangre pura, y más cruel que un tigre, no se movió con las palabras de la virgen; antes la mandó volver a la cárcel, y que no la diesen cosa, que comiese ni bebiese, ni dejasen entrar médico alguno para curarla; porque de esta manera se consumiese de dolor.

2 Mas el Señor, estando Águeda en aquella cárcel obscura y penosa, le envió al apóstol San Pedro en figura de un viejo venerable, el cual llevaba consigo muchos ungüentos, como médico, y delante de él iba un mozo, como alumbrándole con una hacha encendida en la mano, y con un semblante risueño y apacible saludó amorosamente a la Santa, y le dijo: —No ha ganado nada contigo el tirano con sus tormentos; antes tú le has dejado atónito y confuso: y si te ha atormentado y cortado el pecho, él lo pagará con fuego eterno. Yo estaba presente, cuando te le cortó, y vi que se puede curar; y así vengo para curarte, y darte entera salud. Respondió al apóstol, sin conocerle, que nunca en toda su vida había usado de medicina corporal, ni ahora quería usar de ella; porque tenía puesta su confianza en Cristo que la sanaría; pues era reparador de todas las cosas. Y como la Santa doncella por su honestidad, y por la confianza que tenía en Cristo, que la sanaría, no quisiese dejarse curar; al fin le descubrió San Pedro, quién era, y que el Señor le había enviado, para que, de Su parte, la sanase, y le restituyese el pecho cortado; y que en señal de la verdad, que le decía, ella quedaría sana; y diciendo esto, desapareció: y ella mirando su cuerpo, se halló enteramente sana, y el pecho restituido en su lugar; y volviéndose con el corazón y con el alma al Señor, le dijo:

—Yo os hago, Señor mío Jesucristo, gracias, por haberos acordado de mí, y haberme enviado a vuestro apóstol, para que curase mis llagas, y renovase y confortase mis miembros.

Resplandeció una luz tan extremada y celestial en aquella cárcel tenebrosa, que las guardas turbadas y fuera de sí, dejándola abierta, echaron a huir. Los presos de la cárcel aconsejaban a la Santa, que pues estaban las puertas abiertas, y no había quien se lo estorbase, se pusiese en salvo; y ella les respondió: —Nunca Dios quiera, que yo deje el campo y huya, hasta que alcance de mi enemigo la victoria. Cuatro días después Quinciano la hizo traer de nuevo a su tribunal: y viéndola tan entera, y tan sana, y que con tanto ánimo predicaba, que Cristo la había sanado, quedó por una parte admirado y confuso, y por otra lleno de saña y furor: del cual arrebatado, mandó sembrar por el suelo muchas brasas de carbón encendido, y pedazos menudos de tejas, y extender y revolver a la Santa desnuda sobre ellas, para que el fuego quemase sus carnes, y las puntas agudas la lastimasen y afligiesen con mayor dolor: mas estando la Santa en este tormento envió nuestro Señor un grandísimo terremoto, a la ciudad de Catania, con el cual murieron dos amigos y consejeros del presidente, que se llamaban, como dice Metafraste, Vulteyo y Teófilo, o como dice el Breviario romano, Silvino y Falconio. Toda la ciudad, despavorida y asombrada, comenzó a clamar, que aquel era castigo de Dios por la injusta crueldad, que contra Águeda se usaba; y corría hacia la casa del presidente: el cual se turbó extrañamente cuando vio la gente, y oyó sus clamores; y temiendo, que no le quitasen por fuerza de las manos, y librasen a Águeda, la mandó de nuevo llevar a la cárcel. Allí la santa virgen, alzando las manos al cielo, donde tenía su corazón, comenzó a orar de esta manera:

—Dios mío eterno, que por Tu sola bondad me has armado de Tu celestial Gracia, para que yo pudiese pelear contra el tirano por el ensalzamiento de Tu fe, y que siendo mujer moza, y flaca, sola venciese en mi carne frágil tantos tormentos, y tantos soldados, y hombres armados; abro, Señor, los brazos de Tu piedad, y recibe mi espíritu, que Te desea con un amor intenso.

Aquí acabó con su vida la oración; antes comenzó a vivir, y vive eternamente en el Cielo. Idos en buena hora, oh bienaventurada, y santa alma; idos a vuestra casa, dichoso espíritu, y gozad ahora y para siempre de la gloriosa vista, del que de tal manera os cautivó con Su Amor, que por Él menospreciasteis esta vida, y todos los gustos y deleites de la tierra. El mundo todo predica vuestra virtud: los fieles celebran vuestras victorias, y coronas: las mujeres, cuyos pechos son atormentados, os invocan, y reciben salud: vuestra patria por vos es honrada; y la Santa Iglesia enriquecida. Dadnos vuestro favor, para que los que escribimos, y los que leyeren vuestra vida, sean imitadores de vuestras virtudes, y particioneros de vuestra gloria.

3 En publicándose la muerte de Santa Águeda, luego corrió todo el pueblo, por reverenciar aquel cuerpo castísimo, y martirizado por Cristo; y queriéndolo encerrar en un sepulcro, apareció un mancebo ricamente vestido, acompañado de otros cien mancebos, que eran Ángeles del Señor, el cual a la cabecera de la Santa puso una tabla de mármol, en la cual estaban escritas estas palabras:

—Mentem sanctam, et spontancam: Deo honorem; et patriae liberationem; y luego desapareció. Quieren decir: Águeda tuvo la mente santa, y voluntariamente se ofreció; honra a Dios; y alcanzó de Él la salud para su patria.

Éste es el epitafio, que por mano de Ángeles vino del Cielo, en el cual con pocas palabras se resume, todo lo que en alabanza de esta gloriosa virgen y mártir se puede decir; pues el Santo de los santos a boca llena la llama Santa, y dice, que se ofreció de su voluntad al martirio, y que supo honrar a Dios, y librar a su ciudad. No la alaba por haber nacido en una ciudad famosa, ni por su nobleza, ni por sus riquezas, ni de hermosa, ni de otras gracias naturales, de que se precian las mujeres (aunque todas estas cosas en grado muy subido tuvo Santa Águeda): porque todas ellas de suyo son de poca estima delante de Dios; sino por la muerte santa, que tuvo, y por el grande y encendido afecto, con que se ofreció a Dios. El día del martirio de Santa Águeda fue a los cinco días del mes de febrero, del año del Señor de 252, imperando Decio, y siendo sumo pontífice San Cornelio. Celebra la Iglesia su fiesta el mismo día en que murió.

4 Cuando Quinciano supo, que la santa virgen era muerta, codicioso de sus muchas riquezas, partió muy acompañado de gente de Latania para Palermo, donde estaban, para apoderarse de ellas: y al pasar de un río, un caballo le mordió en la cara, y otro a coces le echó en el río, donde se ahogó; y buscando su cuerpo, nunca se pudo hallar: para que se entiendan los justos juicios del Señor, y como al cabo castiga la deshonestidad, crueldad y codicia, de los que se atreven, y persiguen a Sus Santos. Con este suceso creció más la honra y reverencia de Santa Águeda: la cual se aumentó aun mucho más, por lo que sucedió luego al año siguiente después, y el misino día de su martirio; y fue de esta manera. El monte Etna, que llaman Mongibelo, es uno de los más altos, y maravillosos, que hay en el mundo, el cual siempre está cubierto de nieve, y por la boca humea, y echa llamas de fuego, como otros volcanes. La ciudad de Catania está como una buena legua de la falda de este monte. Sucedió, pues, que habiendo precedido un espantoso estruendo, y como bramido, dentro de las entrañas del monte, comenzó a salir un río de fuego de él hacia la parte de Catania: y los moradores, aunque eran gentiles, temiendo la destrucción de la ciudad, y viéndose sin remedio; por inspiración de Dios, que quería manifestar la gloria de Su Santa, corrieron a su sepulcro, y tomando el velo, con que su bendito cuerpo estaba cubierto, vinieron con él contra el fuego; y desplegándole, y mostrándole, el fuego paró, y no pasó más adelante. Este milagro tan señalado, que entonces obró el Señor, después acá ha obrado otras muchas veces, que el monte Etna ha salido como de sí, arrojando ríos de vivas llamas por aquellos campos hacia la ciudad de Catania: la cual hubiera sido asolada, y abrasada de estos incendios, si su gloriosa patrona Santa Águeda no la hubiera defendido. Es cosa maravillosa, y para no creerse, si no fuese propia de la Omnipotencia del Señor, ver venir desde la cumbre de un monte altísimo hacia la ciudad un río de fuego, ancho y espeso, y de materia muy densa, como de plomo, o de un metal derretido, abrasando todo lo que topa y halla alrededor, por donde pasa, y salir el Clero, y toda la ciudad en procesión como a pelear con este fuego, no con armas, ni con agua, ni con otros instrumentos para apagarle, sino con sola la protección de Santa Águeda, y con su velo; y que en mostrándosele al fuego, como si tuviese uso de razón, para su corriente, y cesa. Y no solamente tiene esta virtud cualquiera velo, que haya estado sobre el cuerpo de Santa Águeda, sino también se sirven en Catania contra el fuego del algodón puesto sobre su cuerpo. Y en nuestros días, el año de 1537, viniendo este río de fuego, que he dicho, hacia al monasterio de San Nicolás de Arenas, no le tocó, y casi destruyó a dos aldeas, llamadas Nicoloso y Monpeleno, y corriendo por su camino, y habiendo de dar en una viña de un pobre hombre, que estaba en el camino, por donde había de pasar, la cual yo he visto; poniendo en unas cañas a trechos un poco de este algodón, a punto que llegó el fuego a la viña, se partió en dos brazos, y la cercó, y la salvó, sin hacerle algún daño, arruinando y abrasando lo demás: y esta vez arrojó el monte tan gran copia de ceniza, que llegó hasta trescientas millas lejos; y algunas naves, que venían de Venecia a Sicilia, corrieron gran peligro, por la mucha ceniza, que cayó sobre ellas, como lo escribe Tomás Facello, diligente escritor de las cosas de Sicilia. Éstas son las maravillas del Señor: estos los milagros perpetuos, que obra, argumentos de Su infinito Poder: ésta la honra, que hace a sus siervos, para darnos motivos de alabarle a Él en todas Sus criaturas, y glorificar, e imitar; a los que con tanta pureza y constancia perdieron su vida, por no perder su castidad, y su fe, como lo hizo la bienaventurada Santa Águeda; y por esto es tan celebrada en el mundo, y desde que murió tan reverenciada, que la gloriosa virgen, y mártir Santa Lucía vino en romería desde la ciudad de Zaragoza de Sicilia a la de Catania, al sepulcro de Santa Águeda, para alcanzar salud para su madre, como la alcanzó.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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