28 de Enero: Santo Tomás de Aquino (1224-1274)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid-Barcelona, 1844 – Tomo I, Marzo, Día 7, Página 419.



Santo Tomás de Aquino, Confesor y Doctor

El bienaventurado Santo Tomás de Aquino, luz de la Iglesia católica, doctor angélico, y guía segura de las escuelas, ornamento y gloria de la sagrada Orden de los Predicadores, fue nobilísimo, e hijo de los ilustrísimos condes de Aquino. Su padre se llamó Landulfo, y su madre Teodora. Estando esta señora preñada de Santo Tomás, vino a ella un ermitaño, varón santo, que traía al cuello una pequeña imagen de nuestra Señora, y a Sus sagrados pies un retrato de Santo Domingo, y le dijo, que Dios le alumbraría, y pariría un hijo, que se vestiría de aquel hábito de Santo Domingo, y sería honra de su linaje, y lumbrera del mundo. Oído esto, Teodora respondió: Hágase la Voluntad del Señor. En naciendo el santo niño, le recibieron sus padres, como dado de la mano de Dios. Le llamaron Tomás en el bautismo, por su abuelo paterno, que fue el conde Tomás de Samacolla, muy privado del emperador Federico, el segundo, y su capitán general en muchas empresas. Queriendo una vez, la ama, que le criaba, empañarle, halló que el bendito niño tenía apretado en la mano un papelito: y queriéndosele quitar, para envolverle mejor, lloró tanto el niño, que se le hubo de dejar; y después su madre, sacándosele de la mano, desenvolviéndole, halló en él escrito; Ave María: y como él hiciese pucheritos, y gran sentimiento por el papel, que le habían quitado; para acallarle, se le volvieron, y luego le llegó a la boca, y poco a poco lo rompió con las encías tiernas, y se le comió; mostrando, que con la leche mamaba el amor de la Purísima Virgen, de la cual toda su vida fue devotísimo. En este mismo tiempo de su niñez, cuando algunas veces lloraba, el remedio, que tenían, los que le criaban, para hacerle callar, era darle algún libro, que hojease; y con esto luego sosegaba. Siendo ya de cinco años, le enviaron sus padres al insigne monasterio del Monte Casino, para que desde aquella edad aprendiese entre los santos monjes el amor, y temor santo del Señor: porque el glorioso patriarca San Benito, entendiendo, lo que importaba para la reformación, y buen gobierno de la república, que los hijos de los caballeros, y gente principal, se críen bien desde su niñez; por hacer este servicio a nuestro Señor, y beneficio tan importante al mundo, se encargó en su vida de criar en su monasterio de Monte Casino algunos hijos de caballeros, sin tener cuenta con la quietud, y con el recogimiento, que sus monjes profesaban, y dejó aquella loable institución a sus hijos, y sucesores: la cual aún duraba, cuando nació Santo Tomás: el cual entre los otros niños, que en aquella santa casa se criaban, se esmeró sobre todos en el reposo, en la mansedumbre, en el silencio, y quietud, en la obediencia al maestro, que le enseñaba, y en la modestia, huyendo siempre de los otros niños traviesos, e inquietos, y acompañándose con los más sosegados y devotos: y él lo era tanto, que gastaba cada día dos horas en su oración, y con una piadosa curiosidad muchas veces rogaba al monje, que le tenía a cargo, que le declarase, qué cosa era Dios, y encomendaba a la memoria, y guardaba en su pecho los buenos consejos, que le daba. Cuando tuvo diez años de edad, volvió a Nápoles para estudiar. Tuvo por maestro en la gramática, retórica y dialéctica, a un hombre famoso, que se llamaba Martín: y en la filosofía a otro no menos excelente, que se llamaba Pedro de Hibernia, que es en Irlanda, de donde había venido a leer a Italia. Con el grande y vivo ingenio, que tenía, aprendió de tal manera aquellas ciencias, que dejó muy atrás a todos sus condiscípulos, y dio muestras, de lo que con el tiempo había de ser. Todos ponían los ojos en él, por su nobleza, por su ingenio, y mucho más por su ejemplo, y por la grave, y alegre modestia, con que resplandecía.

2 Venía él ya de Monte Casino tocado del Señor, e inclinado al menosprecio de todas las cosas de la tierra, y al aprecio, y estima del Cielo. Para esto comenzó a tratar con los padres de Santo Domingo, que pocos años antes habían fundado casa en Nápoles, y florecían con gran fama de santidad: y uno de ellos vio salir del rostro de Santo Tomás unos como rayos muy esclarecidos, que se derramaban alrededor, donde él estaba, e ilustraban a los circunstantes, y le causó no pequeña admiración. Tomó estrecha comunicación Tomás con un padre de aquel convento, que se llamaba Fr. Juan de San Julián, varón venerable y santo, y por medio de él vino a tomar el hábito de Santo Domingo, siendo ya de catorce años; y le tomó de mano de Fr. Tomás de Lentin, que a la sazón era prior de aquel convento, y después fue Patriarca de Jerusalén. Mucho admiró, y dio qué decir en Nápoles la entrada en religión de un mancebo tan ilustre, y de tan tierna edad, y de tan grandes esperanzas; y más, siendo, como era entonces la religión, en que había entrado, nueva, y no tan conocida en el mundo. Unos murmuraban de los frailes, como si le hubieran engañado: otros, de los padres del Santo, porque lo consentían: otros decían, que había sido liviandad, y niñería: pero entre tantos no faltaban algunos, que con el ejemplo de Tomás se moviesen a imitarle, y a dar libelo de repudio al mundo. Su madre, cuando lo supo, vino de Rocaseca, donde estaba, a Nápoles, para ver a su hijo: el cual, no sabiendo el ánimo, con que venía, ni la fuerza, que tendrían para con él sus palabras, y afectos de madre; por huir el peligro, que consigo traen semejantes ocasiones, pidió e importunó al prior, que le llevasen de allí a otra parte; porque no se quería ver a solas con su madre. Vino bien el prior, en lo que el novicio pedía, así por darle gusto, como porque temía, que su madre, como Señora poderosa, se le quitaría por fuerza, y la Orden perdería aquel tesoro, que Dios le había enviado para enriquecerla, y ennoblecerla; y así le enviaron luego a Roma al convento de Santa Sabina, acompañado de algunos religiosos. La madre se determinó a seguirte hasta Roma: donde tampoco le halló; porque por no ponerle a prueba de lágrimas de madre, y madre tan afligida, como ella estaba; con consentimiento del santo mozo, le había ya enviado el prior con cuatro frailes a París, para que allí estudiase. Cuando su madre supo, y vio, que los frailes no la creían, afirmando ella, que no venía para sacar a su hijo de la religión, sino para ayudarle, y exhortarle a la perseverancia; lo sintió por extremo, y escribió a sus dos hijos Landulfo, y Arnoldo, que eran soldados valerosos del ejército del emperador Federico, el segundo, encargándoles, que tomasen los pasos por donde había de pasar su hermano Tomás para Francia, y que le cogiesen, y se le enviasen: y ellos lo hicieron con tanto cuidado que por medio de algunos soldados suyos, que para este efecto enviaron, le hubieron a las manos a él, y a los cuatro religiosos, que le acompañaban, y le prendieron, y le enviaron a su madre. Quisieron los soldados de sus hermanos quitarle el hábito por fuerza; mas él, resistió con tanto espíritu, que aunque se le hicieron pedazos, y le costó muchas lágrimas, y malos tratamientos, no pudieron. Cuando llegó Tomás a la casa de su madre, no se puede fácilmente decir el contento, que ella recibió, por parecerle, que quedaba vencedora, y que tenía en su mano a su hijo, y que por ser muchacho, con poco trabajo le haría hacer, todo lo que quisiese. Tomó todos los medios, y artificios, que supo, y pudo, para persuadirle, que dejase el hábito; y mezclaba con halagos amenazas, y dulzuras con espantos, y lágrimas con enojos, y no dejaba cosa, que para su intento le pudiese aprovechar. El santo hijo la miraba como a madre: la respetaba como a señora; y le respondía con modestia, y verdad, declarándole cuánto más obligado estaba a obedecer a Dios, que no a ella, y cuán aparejado estaba para sus buenos, y malos tratamientos. Como vio la madre, la poca fuerza, que tenían todas sus artes y mañas, no quiso ella por sí misma porfiar más con Tomás; mas encomendó a sus dos hermanas, que siguiesen aquella empresa, y no le dejasen a vida, hasta que se apartase de aquel pensamiento. Hicieron las dos hermanas el oficio, que su madre les había mandado, sirviéndose de toda la ternura, y blandura, que en semejantes ocasiones el estragado afecto de la carne, y sangre suele usar. Le dieron muchos asaltos, y cruelísima batería; mas el pecho del santo mozo resistía a todos los golpes como una roca firme, y como un muro de acero impenetrable. Fue esto de manera, que la mayor de las dos hermanas, queriendo rendir a Tomás, quedó rendida, y dando de mano a las galas, y riquezas, y grandes casamientos, que se le ofrecían, tomó el estado de religión en Santa María de Capua, y en el mismo monasterio, andando el tiempo, fue abadesa, con grande ejemplo de santidad.

3 Volvieron de la guerra los dos hermanos Landulfo, y Arnoldo: y cuando vieron a su madre tan afligida, las hermanas tan desconsoladas, y a Tomás, a su parecer, tan obstinado, como soldados bravos, quisieron llevar aquel negocio por manos, y valentía: y después de haber dicho palabras pesadas o injuriosas al santo mozo, y hermano, pusieron las manos en él, y le maltrataron, y por fuerza le quisieron quitar el hábito, y se le rasgaron. Pero como todo esto no bastase, para apartar a Tomás de su santo propósito, antes como el árbol bien plantado, con las heladas, más se arraigase en él; le mandaron llevar preso con buena guarda a la fortaleza de Rocaseca, y le apretaron sobremanera, no solamente con cárcel penosa para el cuerpo, sino con otros medios infernales, y perniciosos para el alma. Se concertaron con una mujer recién casada, moza hermosa, desenvuelta, y lasciva: le prometieron grandes premios, si le hablase a solas y con sus blandas palabras, y halagos, le trajese a mal: invención propia de Satanás, y de los que vestidos de su espíritu, se desnudan de todo buen respeto divino, y humano, y arrebatados de su pasión, no se contentan con estorbar el bien en los otros, sino que les son tropiezo, lazo, y cuchillo agudo, y de dos filos, con que atraviesan sus almas. Entró la mujer perdida en el aposento del santo mozo, para perderle: usó de sus artes, y mañas diabólicas, por cumplir con su desenfrenado apetito, y con la promesa, que había hecho a los hermanos, y gozar del premio de su maldad. Mas el Señor, que ya había escogido a Tomás, para ponerle por ejemplo de castidad en Su Iglesia, le armó de Su celestial Espíritu, de manera, que después de haber dicho a la mujer algunas razones dignas de su gran desvergüenza, viendo, que no se apartaba de él, antes le solicitaba, e importunaba más descompuestamente; echó mano de un tizón de fuego, que estaba en la chimenea, para echar de sí aquel tizón del infierno, que le quería abrasar. Salió huyendo aquel demonio, que así se puede con razón llamar, la que hacía oficio de demonio, y pretendía echar aquella alma bendita, y pura en el infierno, y quedó nuestro Tomás tan atemorizado, tan corrido, y avergonzado, que parecía, que temblaba de sí; porque las almas limpias, y castas no temen tanto todos los otros peligros, y daños temporales, cuanto perder la preciosa joya de la castidad: y porque ella es don de Dios, sin cuya gracia no se puede guardar; el santo mozo con el mismo tizón, que tenía en la mano hizo una cruz en la pared; e hincado de rodillas delante de ella, y derramando muchas lágrimas con gran ternura, suplicó con amoroso afecto al Señor, que le tomase debajo de Sus alas, y le defendiese, como la gallina a su querido pollito, del milano infernal, que le rodeaba, y pretendía arrebatar; porque él le ofrecía su alma y cuerpo, y se lo consagraba, para guardarlo puro, y limpio todos los días de su vida: y comenzó a llamar en su ayuda, y favor a la muy bendita Virgen María nuestra Señora, como Madre de toda piedad. De la agonía, que tuvo el santo mozo en aquella lucha, o de la tristeza, y sentimiento, o porque Dios le quería así consolar, se quedó dormido, y arrimado a la pared, y vinieron dos Ángeles del Cielo, como para darle el parabién de su victoria, y asegurarle, que Dios le había concedido, lo que le pedía, y le dijeron, que le enviaba aquel cíngulo de perpetua virginidad: y diciendo esto, le pusieron un cinto, y se le apretaron a las carnes reciamente, y con tan grandes dolores, que despertó, dando gritos: a los cuales acudieron las guardas, temiendo, no le hubiese sucedido algún desastre: y aunque lo importunaban, que dijese, lo que había sido, nunca quiso, ni él lo descubrió en toda su vida, sino a su confesor. Y dado, que el santo mozo recibió de mano del Señor el precioso don de la castidad inviolable, como queda referido, es cosa de gran maravilla el recato, con que vivió toda su vida, y cómo huía todas las ocasiones de perderla, y la familiaridad de las mujeres, tanto, que diciéndole una señora, que por qué huía de ellas, pues había nacido de mujer; respondió: «Por eso las huyo todas; porque he nacido de una de ellas;» y con este recato pudo guardar su virginal pureza tan enteramente, que después de muerto, Fray Reginaldo su compañero, que le había confesado muchas veces generalmente, con juramento dijo, que había muerto tan limpio, y puro, como un niño de tres años. En esta cárcel estuvo nuestro Tomás dos años, aborrecido de los suyos, y favorecido de Dios, apartado de los hombres, y regalado de los Ángeles, padeciendo de sus hermanos, y de su misma madre, que era mujer, y cristiana, y en fin madre, lo que los santos suelen padecer de los tiranos, y de los enemigos de Cristo. Mas el Señor, por cuyo amor padecía, le esforzaba, y daba contento en sus trabajos, y alegría en sus penas, y con la oración, contemplación, y estudio, le entretenía, y regalaba; y asimismo con algunas visitas, que de cuando en cuando, con mucho recato, y secreto, y no sin alguna negociación, le hacía Fr. Julián, que le llevaba debajo de su manto alguna túnica, y hábito, que se vistiese, y algunos libros, en que estudiase. Y a más de los gustos espirituales, y fruto de su ánima, que el Santo tuvo en esta cárcel, fue cosa maravillosa, lo que en las ciencias aprovechó; porque aunque carecía de preceptores, que le enseñasen, el mismo Dios fue su Maestro, y los mismos trabajos, que padecía por Su Amor, le habilitaban, y disponían para ser enseñado de Él.

4 Pasados los dos años de la prisión, viendo la madre la constancia de su hijo, ahora porque le pareciese, que aquel era negocio de Dios, ahora porque había perdido la esperanza de poderle conquistar; se comenzó a ablandar, y a dar lugar, aunque disimuladamente, que las dos hermanas soltasen a Tomás, y le descolgasen por una ventana de la torre, en que estaba, secretamente, estando los frailes ya apercibidos para recibirle. Le recibieron como a un ángel del cielo; y con tenerle ya en sus manos, no acababan de creer, que le tenían. Le llevaron medio encubierto a Nápoles, donde hizo profesión a los diez y siete años de su edad, y poco después, para asegurarle más, le llevaron a Roma, y de allí París, en compañía de Fray Juan Alemán, General de la Orden, que haciéndosele camino para Francia, le quiso llevar consigo. Después le enviaron a la ciudad de Colonia, en Alemania, donde Alberto Magno, doctor eminentísimo de la misma Orden de Santo Domingo, leía teología, con tan grande fama de doctrina divina, y humana, que era tenido por un oráculo de sabiduría. Debajo la disciplina de este santísimo doctor estuvo Tomás algunos años, y de él aprendió su teología; y en este tiempo era muy humilde, muy obediente; muy devoto, y muy callado, y modesto. Huía de pláticas, y de conversaciones: se daba mucho a la oración; y el resto del tiempo gastaba en leer, oír, estudiar, y meditar con grande atención, lo que había leído y oído. Andaba tan embebecido en esto, y se había puesto leyes tan rigurosas de silencio, que no hablaba una palabra; tanto, que los otros frailes, sus condiscípulos, viendo, que siempre callaba, y que de su complexión era grueso, y abultado, le llamaban el Buey mudo; y todo aquel recogimiento, y silencio, le echaban a dureza, y falta de ingenio. Pero con algunas ocasiones, que se ofrecieron, y con los ejercicios ordinarios de conferencias, conclusiones, y disputas, que se usan en los estudios, presto se desengañaron; y Santo Tomás dio tales muestras de la agudeza, y profundidad de su ingenio, que Alberto Magno admirado, dijo: «¿Éste me llamáis buey mudo? Pues si él vive, dará tales bramidos, que se oigan por todo el mundo:» pronosticando, lo que había de aquel su gran discípulo, y la luz, que con su ingenio, y doctrina había de dar a toda la Iglesia. De aquí comenzaron todos los frailes a mirarle con otros ojos, y a estimar la habilidad, y suficiencia de Tomás, y reverenciar su virtud, y compostura, y entender, que aquella tan gran ciencia, que mostraba, era más comunicación del Cielo, que adquirida por estudio; por parecerles, que no era posible, que ningún ingenio humano en tan breve tiempo hubiese podido llegar a aquel punto de sabiduría, que él tenía, sin particular socorro, y favor de Dios. Por esto respetaban, y honraban a Santo Tomás; mas él no se desvanecía, antes con una profunda humildad, cuanto más ellos le traían en palmas, tanto más se sujetaba, y se ponía debajo de los pies de todos: y también porque era tan grande su ingenio, y la agudeza de su vista, que descubría en las materias, que se trataban, nuevas y graves dificultades, que no fácilmente se pueden desatar.

5 Después que hubo estado el tiempo que pareció conveniente en Colonia, oyendo de Alberto Magno; por su orden, y por la de sus superiores, tornó Santo Tomás a París, y allí se graduó de bachiller en teología, y comenzó a leer el Maestro de las sentencias con tanta claridad, distinción, sutileza y resolución, que desde entonces acá no ha habido quien se le iguale. Prosiguió su lectura y ejercicios escolásticos hasta graduarse de maestro: lo cual él hizo por pura obediencia de su prelado, con gran tristeza y encogimiento; porque como era tan humilde, y se tenía por tan indigno de todo, se acongojó sobremanera cuando se lo mandaron, como si fuera el más inhábil hombre del mundo, y él se conocía por tal. Acudió, como solía en todas las cosas, a la oración: y el Señor, que quería comenzar a descubrir los tesoros encerrados del Santo y ponerle en la Iglesia, como hacha encendida sobre el candelero, le consoló y animó aquella noche en sueños de esta manera. Le apareció un viejo venerable, de grave y blando aspecto, y le preguntó la causa de su tristeza y llanto. Respondió Tomás, que porque le mandaban tomar el grado de doctor, no siendo para ello. A esto le dijo el viejo, que fiase de Dios; pues no le tomaba por su voluntad, ni por su ambición, sino por Voluntad del mismo Dios, que se lo mandaba por boca de sus prelados: que la obediencia en el religioso es muy poderosa y eficaz para alcanzar grandes favores del Señor; y que tomase por principio del acto que había de hacer para el grado, aquellas palabras del Salmo: Rigans montes de superioribus suis: de fructu operum tuorum satiabitur terra. Con esto despertó muy contento y consolado ; y al día siguiente hizo su acto con extraordinaria admiración de toda la escuela, y tuvo por concurrente en el mismo grado a San Buenaventura, de la Orden de San Francisco, que juntamente recibió el grado de maestro, porque ya desde entonces iba el Señor juntando estas dos firmísimas columnas de la Iglesia, para que la sostuviesen con su doctrina, y edificasen con su ejemplo, y defendiesen sus sagradas religiones de las calumnias y fieros encuentros, que por algunos enemigos de toda verdad y religión, se les levantaron en París: porque como las religiones de Santo Domingo y San Francisco, en la manera de su hábito, regla y profesión, fuesen nuevas en aquel tiempo, y tan santas y tan esclarecidas; algunos doctores de aquella universidad, por tener los ojos flacos y legañosos, se cegaron con tan gran luz, y escribieron y publicaron libros contra el instituto, que aquellos gloriosos patriarcas para bien del mundo habían traído del cielo: y fue necesario para reprimir a los autores de esta maldad y hacerlos callar, que Santo Tomás y San Buenaventura saliesen al encuentro a sus enemigos, y como buenos hijos defendiesen a sus padres y a sus religiosos. Santo Tomás, de quien aquí tratamos, hizo esto tan escogidamente, y con una sabiduría tan profunda y divina, como se puede ver en los opúsculos que de esta materia escribió; y los libros de aquellos doctores, y sus autores fueron condenados, y anatematizados de la Sede Apostólica, quedando la verdad católica en pie, y las religiones triunfando de sus enemigos con gloriosa victoria. Y puesto caso, que en esta guerra peligrosa hubo muchas y muy reñidas batallas, en las cuales los enemigos de la verdad dijeron e hicieron muchos agravios e injurias a los Santos; todo lo permitió nuestro Señor, para que más se echase de ver la maldad de los unos, y la paciencia y sufrimiento de los otros, y se diese la gloria, al que les había dado tan ilustre y gloriosa victoria. De aquí vino la grande y estrecha amistad que después tuvieron entre sí Santo Tomás, y San Buenaventura; porque eran muy parecidos, semejantes en la santidad, doctrina, ingenio, y celo de la gloria del Señor, y compañeros en defenderla, y así se visitaban y comunicaban como verdaderos y santos hermanos: y un día yendo Santo Tomás a visitar a San Buenaventura, y hallando que estaba ocupado en escribir la vida de su padre San Francisco, no lo quiso inquietar; antes se volvió sin verle, diciendo: «Dejemos el Santo trabajar por otro Santo», porque como él era tan santo, conocía bien la santidad de San Buenaventura, y el servicio que se hace a nuestro Señor en escribir las vidas de los Santos, porque otros las imiten, cuando se hacen de la manera que lo hizo San Buenaventura, en la vida que escribió de San Francisco.

6 Leyó Santo Tomás mucho en París, y después en Bolonia, Roma, y Nápoles, esparciendo los rayos de su luz y doctrina con su lengua en aquellas universidades, y con la pluma por todo el mundo, y obscureciendo a los grandes letrados, que a la sazón había en él, como el sol con su claridad obscurece la de las estrellas; porque la sabiduría de Santo Tomás fue tan esclarecida, tan soberana y divina, que a todos los grandes ingenios ponía grande admiración, y mayor a los mayores. No hay cosa en la teología y filosofía, tan dificultosa, que no la allane: tan obscura, que no la declare: tan recóndita, que no la descubra y la trate con brevedad tan precisa, que son tantas las sentencias, cuantas las palabras, y en pocos renglones dice en substancia, lo que escribieron los otros doctores en muchos: y esto con una claridad, distinción, disposición, trabazón, y conexión de las cosas entre sí, tan admirables, que como la luz corporal, parece que su doctrina ella misma es la luz con que se ha de ver y entender: por otra parte, es tan fundada, firme y segura, que no hay donde tropezar ni donde caer, sino que como se dice del unicornio, que en poniendo su cuerno en las aguas, y bebiendo de ellas, luego los otros animales beben seguramente sin recelo de ponzoña; así se puede beber de las fuentes de Santo Tomás, y tener por segura la doctrina que él aprueba. Y no solamente esta agua es clara, limpia y pura, y que da salud a los que beben de ella; sino también es medicina contra veneno, y triaca contra el tósigo de todas las herejías; porque todas se hallarán convencidas por este santo doctor, o se podrán deshacer y refutar con los principios y fundamentos irrefragables de su doctrina. Y de aquí es, que todos los herejes de nuestro tiempo tanto la aborrecen y persiguen, porque es su cuchillo; y todos los Santos, y sabios católicos la alaban, ensalzan, y magnifican como columna y roca inexpugnable de la Iglesia católica: los cuales dan a Santo Tomás ilustres títulos, y gloriosos apellidos, con grande encarecimiento; aunque ninguno puede haber en alabarle. Le llaman flor de la teología, ornamento de la filosofía, delicias de los grandes ingenios, templo de la religión, alcázar de la Iglesia, doctor angélico, escudo de la Fe Católica, martillo de los herejes, luz de las escuelas, varón enseñado de Dios, y que bebió de la fuente de la Divinidad, entre los doctos doctísimo, y entre los santos santísimo: y finalmente, predican a boca llena, que aquel puede pensar de sí, que ha aprovechado mucho en las ciencias, a quien mucho agrada la doctrina de Santo Tomás. Y no solamente los hombres particulares y doctos, califican su doctrina de esta manera, sino también las universidades: entre las cuales la de París, juntándose con el Obispo, y con el Deán, y Cabildo de aquella Iglesia, y el Arzobispo de Viena, y censurando la doctrina de Santo Tomás, le llaman esclarecida lumbre de la Iglesia universal, perla radiante de los eclesiásticos, fuente de los doctores, espejo clarísimo de aquella universidad, insigne candelera, y luciente, por quien todos los que entran por los caminos de la vida, y por las escuelas de la santa doctrina, tuviesen luz de claridad y de ciencia lucida como estrella refulgente y como lucero de la alba, que nunca enseñó ni escribió cosa que contradijese a la fe, ni a las buenas costumbres. Pero mucho más grave testimonio es el que dan de Santo Tomás los Sumos Pontífices, y la Santa Silla Apostólica, que es maestra de la verdad. El Papa Inocencio VI en un sermón de sus alabanzas dice: «La sabiduría de este doctor, más que las otras, fuera de la canónica, tiene propiedad de palabras, modo en el decir verdad en las sentencias, de tal manera, que quien le ha seguido, nunca le halló apartado del camino de la verdad; y quien ha impugnado, siempre ha sido sospechoso de ella.» Urbano V manda que se siga la doctrina de Santo Tomás, como verdadera y católica: Juan XXII, que le canonizó, dijo que no tenía necesidad de milagros para canonizarle; porque tantos milagros había hecho, cuantas cuestiones había escrito: y otros papeles le alaban sobremanera; y finalmente el Papa Pío V, por una bula suya, despachada a los 11 de abril del año del Señor de 1567, que fue el segundo de su pontificado, mandando celebrar la fiesta de Santo Tomás con la misma solemnidad que se celebran las otras fiestas de los cuatro doctores de la Santa Iglesia, dice, que este santo doctor ha alumbrado la Iglesia, destruido infinitas herejías, y que las que después de su canonización han nacido, se han desbaratado y vencido con la luz y fuerza de su doctrina: lo cual se prueba ser verdad por la autoridad, que el Concilio de Florencia en tiempo de Eugenio VI, y últimamente el de Trento ha dado a la doctrina de Santo Tomás, siguiéndola en sus cánones y definiciones.

7 Esta tan grande, y tan celestial sabiduría alcanzó Santo Tomás con la agudeza de su ingenio, que fue tan grande, que jamás leyó cosa, que no la entendiese: con la memoria tan excelente, que nunca se olvidó de cosa, que una vez le hubiese encomendado: con el juicio tan acertado: con la lección continua, y atenta de todos los santos doctores: con la meditación y estudio increíble, que puso en recoger, como abeja solícita, las sentencias de todos ellos, como flores de los campos, para henchir su colmena, y dar a la Santa Iglesia la cera y luz, con que se había de alumbrar, y los panales de miel, con que se había de sustentar. Pero es cierto, que todo esto no bastara para un caudal de ciencia tan rico y copioso, como él tuvo, sin otras mayores ayudas, y sin otro más particular y extraordinario concurso, y favor del Señor, que sobrenaturalmente ilustraba aquella alma pura de su siervo, y animaba y fortificaba los ojos de su entendimiento, para que viese, y penetrase tan altos y divinos misterios, y recogiese en uno, con tanta comprensión y claridad, tantas, tan diversas, y tan derramadas materias. Y así el mismo Santo confesó a su compañero Fr. Reginaldo, que lo que sabía, se le había pegado más de la oración, que del estudio: porque de tal manera oraba, como si viviera de oración; y así estudiaba, como si no hiciera otra cosa. Mas estaba tan embebecido en Dios, que la oración y el estudio se daban las manos, y la oración alumbraba al entendimiento, para que mejor entendiese, lo que estudiaba; y el estudio despertaba, e inflamaba el afecto, para que mejor se entregase a Dios, y gozase de Sus brazos y dulzuras. Jamás se puso a  escribir, a disputar, leer, argüir, y responder, que primero no acudiese a la oración, en la cual pasaba todas las noches, fuera del poco tiempo que dormía, para satisfacer a la flaqueza de la naturaleza. Tenía algunas veces tres, o cuatro escribientes, a los cuales en una misma hora dictaba materias tan diferentes y profundas, como se muestran hoy en sus libros: y le acontecía, estando escribiendo, quedarse orando, responder a una cuestión, y pararse: estar en la mesa, y proseguir su oración. Decía cada día Misa, si no era por enfermedad, y oía otra, y comúnmente él la servía: y cuando no podía decirla, oía dos enteras; y en este Admirable, y Divino Sacramento se enternecía, y regalaba, y bañaba en lágrimas, y quedaba arrebatado, por la profunda contemplación, y admiración de los Misterios, que en aquel Sanctus Sanctorum se le descubrían, que fueron tales, y tantos, que aunque Santo Tomás en la explicación de las otras materias vence a los demás; en la de este inefable Sacramento, y Divino Sacrificio, se venció a sí mismo, como se ve en sus obras, y en el Oficio, que para la celebración de su fiesta, por mandado del Papa Urbano IV escribió. Una vez habiéndose tratado en la universidad de París una cuestión ardua, y muy dificultosa, acerca de los accidentes del pan y vino, que después de convertida su substancia en la del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, quedan allí visibles, y se llaman Especies Sacramentales; Santo Tomás, a quien los demás se habían remitido, escribió lo que le parecía de aquella cuestión en un papel, y le puso sobre un altar, y con los ojos, y con el corazón enclavados en un Crucifijo, que allí estaba, le suplicó afectuosamente, que si lo que allí traía escrito era verdad, le diese gracia para decirlo; y si no, que le fuese a la mano, y se lo estorbase: y estando en el mayor fervor de su oración, el mismo Jesucristo se le mostró visiblemente sobre el altar, y le dijo: «Bien escrito está esto, Tomás:» y prosiguiendo el Santo en su oración, se levantó en el aire su cuerpo, que estaba postrado en tierra, y estuvo buen rato así suspenso, viéndolo muchos de los religiosos del convento.

Otra vez, cuando compuso el Oficio, que canta la Iglesia romana el día del Santísimo Sacramento, estando en la ciudad de Orbieto, un Crucifijo le habló, y le dijo otro tanto; y hoy día le llaman el Crucifijo de Santo Tomás. De la misma manera fue, lo que aconteció en Nápoles, cuando escribía la tercera parte de su Suma, que acudiendo, como solía, en todas sus dudas a Dios, como lo hace un hijo muy regalado con su padre, y estando una noche en la capilla de San Nicolás en oración, se comenzó a arrebatar, y a levantarse una braza en alto, y le habló el Crucifijo, que está en el altar, en voz alta e inteligible, y le dijo: «Bien has escrito de Mí, Tomás: ¿qué quieres que te dé por tu trabajo?» Y él respondió muy en sí: «Ninguna cosa quiero, Señor, sino a Vos:» porque verdaderamente todo lo demás es nada sin Dios; y Él solo es suficientísimo, y colmadísimo premio de nuestros trabajos. Escribía Santo Tomás los comentarios sobre San Pablo, que son admirables: y como el apóstol es un abismo de sabiduría, halló gran dificultad en un paso: se acogió a la oración, como solía; y salió de ella tan lleno, y con tan soberana luz, que no tuvo más duda, ni dificultad. Otra vez escribió sobre Isaías: llegó a un lugar de aquel profeta muy obscuro: ayunó muchos días, o hizo mucha oración, suplicando a nuestro Señor, que le descubriese el verdadero sentido de él; y una noche estando en oración, le aparecieron San Pedro y San Pablo, y se lo declararon: y estando acostado su compañero, le llamó, y le mandó tomar la pluma, y escribir en el cuaderno de Isaías aquella exposición; y Fr. Reginaldo, su compañero, que había oído hablar con el Santo, cuando estaba en oración, le conjuró, le dijese, con quién había hablado; y él con gran secreto le declaró, que habían sido San Pedro, y San Pablo. Tenía sus oraciones vocales para todos propósitos, para aparejarse a decir Misa, y después de haberla dicho, para hacer gracias al Señor, para cuando estudiaba, para cuando escribía, y para las demás ocupaciones. Cuando se alzaba la Hostia decía aquellas palabras: Tu Rex gloriae, Christe, etc. que están en el cántico Te Deum laudamus. Cuando hacía tempestad de truenos y relámpagos, de que era muy miedoso, decía: Verbum caro factum est. Era devotísimo de las reliquias de los Santos, y traía consigo siempre una reliquia de la bienaventurada Santa Inés, y con ella sanó una vez a su compañero Fr. Reginaldo, que estaba muy malo de calenturas. Tenía una muy grande, y muy regalada devoción con nuestra Señora la Virgen María, y siempre la ponía por Medianera con Su Hijo, para cuantas cosas le quería pedir, y suplicar: y poco antes que muriese, dijo, que nunca había pedido cosa a nuestro Señor por este medio, que no la hubiese alcanzado: y aun una vez le hizo merced la Sacratísima Virgen de honrarle, y favorecerle con Su Presencia.

8 Solía pedir a Dios tres cosas con grande instancia: la primera, fortaleza para servirle, sin aflojar de los primeros propósitos, con que lo había comenzado: la segunda, que le conservase en el humilde, y pobre estado de religión, que tenía: la tercera, que le descubriese el estado, en que estaba su hermano Arnoldo, a quien el emperador Conrado había quitado la vida, porque seguía las banderas de la Iglesia. Todas estas tres cosas le otorgó nuestro Señor muy cumplidamente; pues le dio gracia para perseverar en su servicio hasta la muerte en el estado de religioso, con tan gran santidad, y le reveló con una visión, que su hermano estaba en estado de salud, recibiendo el Señor en servicio su muerte, por haber sido causa de ella la defensa de la Iglesia. Otra vez estando en oración, le apareció su hermana la religiosa, ya difunta, y le dijo, como estaba en el Purgatorio, y le pidió el socorro de sus sacrificios y oraciones, y el Santo tomó muy a su cargo el remedio de su hermana, con Misas, ayunos, y oraciones suyas, y de otros religiosos; y al cabo de algunos días le tornó a aparecer, haciéndole gracias por el beneficio, que de él había recibido, y por la gloria, que ya tenía en el Cielo. Le preguntó el Santo, nuevas de sus dos hermanos, y de sí mismo, y de cómo estaba con Dios. De los hermanos respondió, que Landulfo estaba en el Purgatorio, y Arnoldo ya descansaba: y cuanto a lo que a él pertenecía, que estaba en muy buen estado con Dios, y que presto se verían juntos en compañía; pero Santo Tomás con mayor gloria, por lo mucho que trabajaba por la Iglesia. A más de esto, estando otra vez orando de noche en la iglesia de su convento de Nápoles, se le apareció recién difunto (aunque él no sabía, que lo fuese). Fr. Romano, maestro en teología, a quien él había dejado en Francia por su sucesor en la cátedra; y después que le reconoció, y supo de él, que ya era muerto, le preguntó, si agradaban a Dios sus servicios, y si estaba en Su gracia. Fr. Romano le respondió, que perseverase en el estado, en que estaba; porque era bueno, y agradaba a Dios. Y queriendo saber de él, dónde estaba, y cómo le iba; supo, como ya estaba en el Cielo, después de haber estado quince días en el Purgatorio, por el descuido, que había tenido en la ejecución de un testamento del Obispo de París, en cierta cosa, que de razón se había de hacer luego, y por su culpa se había dilatado. Otras dudas también le preguntó Santo Tomás; y Fr. Romano le respondió, y desapareció, y dejó al Santo muy consolado por las buenas nuevas, que le había dado: porque cuando Dios quiere revelar algunas cosas a sus siervos, suele darles antes deseo de ellas, e inspirarles, que se las pidan; y con aquella santa inspiración van seguros, y no lo irían, si les faltase, y si con vana curiosidad pretendiesen saber los secretos juicios del Señor, y el estado de las almas de los difuntos, como muchas veces acontece.

9 Andaba tan absorto en los negocios mismos, que trataba, como si viviera con el cuerpo en la tierra, y con el espíritu en el Cielo: tanta era la fuerza de la meditación y contemplación continua de las cosas que trataba de su alma: y muchas veces le aconteció transportarse y quedarse suspenso y sin sentido, aunque fuese estando con arzobispos, cardenales y grandes prelados, sin poder ir a la mano, ni hacer otra cosa. Y escribiendo una vez contra cierta herejía de los maniqueos, se embebeció tanto, pensando en lo que escribió, que estaba comiendo con San Luis, rey de Francia (el cual por el gran respeto, que tenía a Santo Tomás, y a su Orden, le quiso hacer este favor), y sin mirar, lo que hacía ni dónde estaba, alzó la mano, y dio una palmada en la mesa, diciendo: A esta razón sí, que no podrá responder el maniqueo: y tirándole del hábito el prior, que había ido con él, y acordándole, que estaba en la mesa del rey; volvió en sí el siervo de Dios, como si viniera del otro mundo, pidiendo perdón de su descuido al rey: el cual, cuando supo lo que era, mandó venir allí luego, quien escribiese, lo que al Santo se le había ofrecido; y de allí adelante le estimó y reverenció en más. Algunas veces estaba tan transportado, tan arrebatado, y sin sentido, que parecía una piedra: y le aconteció, escribiendo los libros de Trinitate, quemarse la mano con una vela, sin sentirlo: y lo que es más de maravillar, parece, que estaba en su mano el elevarse, cuando y como quería; porque habiéndole de dar un cauterio de fuego en una pierna, se puso antes en oración, y se elevó tan fuertemente, que no vio al cirujano, ni sintió, cuando le herían, ni movió la pierna, más que si no fuera suya. Todos estos efectos nacían de la oración y contemplación de Santo Tomás, y de la benignidad del Señor, que así regalaba su alma, alumbrándola con Su Divina Luz, e inflamándola en llamas de aquel Fuego Divino, que quema y no consume. De esta misma fuente manó la humildad profundísima, que tuvo este sapientísimo doctor: la cual fue tan extremada, que él mismo daba gracias a Dios, que en todos los días de su vida no había tenido vanagloria, que a su parecer llegase a culpa. Pero no es maravilla, que quien tenía una luz tan soberana, y tan esclarecida de Dios, viese en sí, lo que era suyo, y lo que era de Dios, y atribuyese a Dios la gloria, y a sí la confusión: y por esto, cuanto más era reverenciado de todos; tanto más se humillaba y ponía debajo de los pies de todos, y no se prefería a ninguno. Nunca quiso aceptar el arzobispado de Nápoles, ni otras grandes dignidades que los Pontífices le ofrecieron, teniéndose por indigno de ellas: y decía, que estimaba más el libro de las homilías de San Juan Crisóstomo, que ser señor de París. Presidiendo una vez a unas conclusiones de un fraile libre y arrojado, que para hacer ostentación de su ingenio, quiso defender algunas opiniones contrarias, a lo que el santo doctor había leído y enseñado, que en las comunidades, aunque sean de Santos, nunca falta, quien eche por camino torcido, con gran desprecio y ofensa de su maestro y tal maestro; nunca el Santo habló palabra, que tocase a ello, edificando más con su modestia a los oyentes, que los había admirado antes con su doctrina. Mas, para que la de aquel religioso no fuese por su disimulación tenida por buena; al día siguiente, con gran mansedumbre y fuerza de razones, le hizo desdecir y confesar su ignorancia. Estando predicando en una iglesia de París, en el tiempo de aquella gran revolución y persecución, que se levantó contra las Órdenes de Santo Domingo y San Francisco; entró el bedel de la universidad, llamado Guilloto, en la iglesia, y allí delante de todo el auditorio, con gran desvergüenza le dijo, que callase: y aunque toda la gente se alborotó, y quiso poner las manos en aquel hombre atrevido; el Santo calló, y respondió con un silencio grande, paciencia y sufrimiento, sin alterarse, ni abrir su boca para quejarse, dando en todo ejemplo de humildad y mansedumbre. Otra vez, estándose paseándose en el claustro del convento de Bolonia, sin conocerle, vino a él un fraile huésped, y le dijo, que el prior le mandaba, que le acompañase y fuese con él a cierto negocio: porque el prior le había dicho, que tomase el primer fraile que hallase desocupado, y el Santo sin darle otra respuesta, tomó luego su mochila en el hombro, que era la talega, en que pedían el pan de limosna, y todos salían con ella, y fue luego a acompañar al fraile: y como por la flaqueza de su pierna no pudiese atener con él, se quedaba atrás bien fatigado, hasta que alguna gente principal vio al Santo, que iba corrido y arrastrado tras el compañero, y le avisó, cuán mal parecía aquel descomedimiento, que usaba con Fr. Tomás de Aquino. Entonces el fraile conoció, a quien antes no había conocido, y la humildad del Santo, y se le echó a los pidiéndole perdón; y con una boca de risa, se levantó del suelo, diciendo, que él no sabía dónde estaba la culpa, para pedirle perdón; pues por eso traía hábito, que viniese bien con la mochila, o talega de pobre; y que toda la substancia de la religión se resume en la obediencia, con que el hombre se sujeta de su propia voluntad a los hombres por Dios. Leía una vez Santo Tomás en el refectorio, comiendo los frailes, y el que tenía cargo de corregir en la mesa, le enmendó un acento: y aunque el Santo sabía, que él había acertado, y que se engañaba el corrector; todavía repitió aquella palabra con el acento, que le había sido ordenado, y enmendó, lo que había pronunciado: y preguntándole después la causa de ello, respondió: «Porque va poco en pronunciar la silaba larga, o breve; y mucho, en ser humilde y obediente.» De esta misma humildad procedía el leer tan a menudo, y con tanto cuidado las colaciones de los Santos Padres, escritas por Casiano, imitando en esto a su padre Santo Domingo, y sirviéndose de la lección de ellas para su espíritu, y aprovechamiento, como un novicio lo pudiera hacer. Y no menos la buena opinión, que tenía de todos, y el no creer, ni juzgar mal de nadie; porque el alma humilde está siempre en sí, y en el conocimiento de sí misma comienza, y acaba, y de sí sola tiene miedo; y de los otros confianza y seguridad. Esta misma humildad resplandece admirablemente en aquella modestia singular, conque Santo Tomás trata en sus escritos a los otros Santos y doctores de la Iglesia, reverenciando su doctrina como de maestro, y exponiendo y dando buen sentido, a lo que está obscuro y dudoso: y cuando forzosamente se aparta de alguna opinión, de las que tuvieron algunos Santos (por ser fuera, de lo que después enseñó), usando de unas palabras tan modestas y humildes, que muestran bien el espíritu del Cielo, con que se escribieron, y el respeto, que tenía a los Padres, que nos enseñaron como ángeles; dado, que en algunas cosas se engañasen como hombres, permitiéndolo así nuestro Señor, para que reconozcamos Sus dones, y sepamos, que todo buen acierto es Suyo. Pero no es tanto de maravillar, que Santo Tomás haya usado de tan extraña modestia con los otros Santos, y maestros de la Iglesia, viendo, la que usa con los herejes, declarando altísimamente la verdad católica, y deshaciendo sus errores con gran fuerza, sin tratar ásperamente, y con gran rigor de palabras, a los que los enseñan.

10 Pues la caridad de Santo Tomás, y el amor encendido de Dios, y del bien de las almas, no se puede fácilmente explicar, ni comprender: de lo mucho que trabajó, leyendo, enseñando, escribiendo, y alumbrando al mundo con la luz de su doctrina en los pocos años que vivió, se puede barruntar algo del fuego del Amor Divino, que ardía en aquel pecho sagrado, que tan vivas, y tan continuas llamas echaba de sí; y no menos del cuidado, que tuvo en predicar la Palabra de Dios al pueblo, y del modo, que predicaba: porque no se contentó este sapientísimo doctor con enseñar en las cátedras y con escribir de día y de noche, los libros que escribió, y responder a las dudas, que como a sublime y celestial maestro de tantas, y tan diferentes partes venían a él; mas también se ocupaba en predicar el Evangelio: y lo hacía, como varón apostólico, enderezando sus sermones, no a una ostentación de su ciencia incomparable, ni al aplauso de los que le oían; sino a mover los corazones al amor, y temor de Dios, al menosprecio de las cosas temporales, y deseo de las eternas. No predicaba en estilo alto, ni usaba de vocablos nuevos y exquisitos, sino llanos y comunes: no buscaba curiosidades, que decir, sino verdades firmes y seguras, que persuadir, templando la luz de su ingenio, y doctrina con la necesidad y capacidad flaca del auditorio: y por este camino, y por el raro ejemplo de su vida santísima, que daba fuerza a sus palabras, convirtió a muchos a penitencia, y a llorar amargamente sus pecados y enmendar sus vidas, y servir con más fervor de allí adelante al Señor. Tenía gran compasión de sus prójimos: lloraba muchas lágrimas por sus trabajos: se desnudaba de sus hábitos, por darlos a los pobres, no pudiendo sufrirse con ropa, viendo a sus hermanos sin ella. Recibía con mansedumbre, y alegría a todos los congojados y afligidos, que venían a él, y los enviaba consolados; y algunos de solo verle y hablarle, tenían en el alma una manera de regalo, que no era posible haberle en cosa de la tierra. Finalmente, en todas las virtudes era tan perfecto y acabado, que el Papa Clemente VI en un sermón dice de él estas palabras: «El bienaventurado Santo Tomás fue dechado de todas las virtudes: todos sus miembros eran ejemplos manifiestos de ellas: en sus ojos se veía simplicidad, en su rostro benignidad, en sus oídos humildad, en su gusto sobriedad, en su lengua verdad, en sus manos largueza, en su andar gravedad, en su semblante honestidad, en sus entrañas piedad, en su entendimiento claridad, en sus afectos bondad, en su mente santidad, en su corazón bondad: de manera, que toda la hermosura del cuerpo fue un retrato del alma, y una imagen de virtud.» Todas éstas son palabras del Sumo Pontífice: por las cuales se ven los atavíos del alma de este Santo, y cuán agradable era en el acatamiento del Señor, que así le había ordenado; y cuán admirable en los ojos de los hombres, y espantoso y terrible para el demonio el cual nunca dejó en el discurso de su vida de hacerle guerra, apareciéndole en diversas figuras pero contra todas sus bravezas y asombros, bastaba hacer la Señal de la Cruz, para que huyese: aunque algunas veces a voces el Santo le espantaba, y le corría, como a sucio y desventurado, por el gran señorío, que había cobrado sobre él.

11 Con estas tantas, y tan heroicas virtudes resplandecía Santo Tomás en el mundo, cuando plugo al Señor darle el premio de sus gloriosos trabajos, y el galardón de sus altos merecimientos, y coronar los dones maravillosos, conque el mismo Señor le había enriquecido. Estando en un lugar de su hermano con Fr. Reginaldo y otros religiosos, se elevó una vez, y arrobó de manera, que su hermano y los frailes se turbaron, y duró aquel éxtasis casi tres días, hasta que a pura fuerza le hicieron volver en sí; pero con unos suspiros extraños y lastimosos, a causa de que lo que allí se le había descubierto, era tanto, que todo lo que antes sabía, le parecía muy poco, sino que no le daban tiempo para escribir, ni publicarlo; y en gran secreto dijo a Fr. Reginaldo, que presto moriría: y así fue: porque congregando el Pontífice Gregorio X concilio general en la ciudad de León de Francia, le mandó que fuese a él: y el Santo, por obedecer, se partió de Nápoles su camino; y llegado a un lugar de una señora, sobrina suya, cayó malo, con tanta flaqueza, y mala gana de comer, que casi de todo punto tenía postrado el apetito, sin poder arrastrar a cosa, que se le diese. Y como para repararle, se le antojase al Santo, que comería de una manera de sardinas, o arenques, que se comen en París, y en Italia no se hallan; el médico, que le curaba (más por cumplir con él, que por pensar, que sería posible hallarlas), se fue a la plaza, y la primera persona con quien encontró, fue con un pescador, que traía una cestilla de otro pescado bien diferente del que se buscaba: y cuando descubrió la cesta, halló, que todo aquel pescado se había convertido en los arenques, o sardinas, que a Santo Tomás se le habían antojado. Mas cuando se las trajeron (entendiendo, que era milagro, que el Señor había hecho para su regalo), se detuvo, y no quiso comer de ellas, reverenciando, y alabando al Señor (como lo hizo David, cuando no quiso llegar a la boca el agua, que él había deseado de la cisterna de Belén, y se le habían traído con tanto riesgo sus capitanes); pero habiendo mejorado, prosiguió el Santo su camino, aunque con mucho trabajo, y llegó a un monasterio de frailes bernardos que se llamaba Fossa nova, cerca de Piperno, y Terracina. Allí se le agravó el mal, y fue servido y regalado de aquellos santos monjes, con tan gran cuidado, que hasta la leña que se había de gastar para su servicio, no consentían, que otro la cortase y trajese del monte, sino ellos en sus mismos hombros; por el grande amor y reverencia que le tenían; y porque les parecía que no era justo, que para ningún ministerio sirviesen animales brutos, sino hombres racionales, a hombre tan santo, y de tantas virtudes, como se dice en la bula de su canonización. En entrando por las puertas del monasterio, entendió, que había de acabar en él, y dijo aquel verso del Salmo: «Aquí será mi reposo hasta el siglo de los siglos.» Le pidieron con grande instancia aquellos padres, que les declarase el libro de los Cantares, como había hecho San Bernardo en Claraval; y el santo doctor les respondió: Dadme vosotros el espíritu de San Bernardo; que yo holgaré de declarar los Cantares como hizo San Bernardo. Mas como los monjes le importunasen mucho, y él fuese blando, y suave de condición; por darles contento, condescendió con su devoción, hasta llegar al capítulo sexto de los Cantares, donde paró, no pudiendo pasar más adelante: y entendiendo, que se llegaba la hora, tanto por él deseada, en que había de poner fin a sus trabajos, y tener principio su verdadera vida; después de haberse confesado primero, pidió, que le trajesen el Santísimo Sacramento de la Eucaristía: el cual recibió, dejándose caer en el suelo; y postrado en él con profundísima humildad y reverencia, suplicó a aquel Señor, que tenía delante, que recibiese en su servicio, lo que de Él, y por Él había escrito, si era acertado; y si había errado, perdonase su ignorancia: porque su intención nunca había sido apartarse de Su Voluntad, y todo lo que había escrito y enseñado, lo ponía a Sus pies, y sujetaba a la corrección de la Santa Iglesia Romana, en cuya obediencia había vivido y moría. Después recibió el Santo Sacramento de la Unción: y enviándole a preguntar su sobrina, si le faltaba algo, respondió: Ahora no; mas, de aquí a poco lo tendré todo, sin que me falte nada. Finalmente, habiendo agradecido a aquellos padres el buen hospedaje y caridad que le habían hecho, y habiéndoles pedido perdón de las pesadumbres, que como enfermo les podía haber dado, y habiéndoles rogado que se amasen, como hijos que tienen por padre a Dios, y que se tratasen y sirviesen unos a otros para Dios, y por Dios; puestos los ojos en el Cielo, y juntas las manos, con un semblante alegre, sin hacer otra mudanza, dio su espíritu al Señor, a los 7 de marzo, a la hora de maitines, el año de nuestra salud de 1274, entrando en los cincuenta de su edad.

12 Tres noches antes apareció una estrella, nueva y resplandeciente, sobre el monasterio de Fossa nova: la cual desapareció, al punto que expiró. Un poco antes que el Santo muriese, estando un monje en la iglesia de aquel convento puesto en oración, se quedó dormido, y en sueños vio una estrella, que bajaba del cielo al monasterio, y que se le juntaban otras dos en compañía, y que todas tres juntas se volvían al Cielo; y que estando en esto, despertaban al convento, como se solía hacer, cuando se estaba muriendo algún monje, y entendió, que estaba muy cerca la partida de esta vida de Santo Tomás. El mismo día, en que murió, estando su gran maestro Alberto Magno en Colonia, comenzó a llorar amargamente delante de muchos frailes: y preguntando la causa de aquel sentimiento, les dijo: Mi hijo Fr. Tomás de Aquino, que era lumbre de la Iglesia, ha muerto hoy. Y otro padre, llamado Fr. Paulo de Aquila, inquisidor de Nápoles, tuvo aquel día una visión imaginaria maravillosa. Vio que estaba el santo doctor, como leyendo en su cátedra, y que entraba San Pablo por el general, y que haciéndole reverencia Santo Tomás, le preguntó: ¿Si había acertado en la exposición de sus epístolas? Y que el apóstol respondía, que sí, cuanto se sufre acá en la tierra: pero que se fuese con él, a donde las entendería mejor: y que tirándole de la capa, le sacaba del general, y le llevaba consigo. Por la cual visión entendió, que Dios le quitaba a su gran maestro Santo Tomás, y que le llevaba en su compañía el apóstol santo a gozar de Dios. Otras cosas, como éstas, obró nuestro Señor para gloria de Santo Tomás: cuyo cuerpo fue depositado solemnísimamente en el mismo convento de Fossa nova, donde murió, estando presente el Obispo de Terracina, y gran concurso de gente, que había venido de toda la comarca: y sucedieron dos cosas notables en aquel entierro: la una, que un macho, en que el Santo, por tener una fístula en la pierna, solía caminar, rompiendo la cadena, conque estaba atado, sin que nadie pudiese detenerlo, llegó a vista del santo cuerpo, y allí cayó muerto: la otra, que el prior de aquel convento de Fossa nova, que se llamaba Fr. Juan, estando ciego por una larga enfermedad, que había tenido, arrojándose a los pies del Santo, y besándolos muchas veces, antes que de allí se levantase, cobró la vista. Fue canonizado este glorioso doctor por el Sumo Pontífice Juan XXII de este nombre, a los 18 de junio del año del Señor de 1323.

Reliquias de Santo Tomás de Aquino que se veneran en el Convento de los Jacobinos, Toulouse, Francia.

 

 

 

 

 

 


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El cuerpo de Santo Tomás estuvo algunos años en Fossa nova, donde murió; y diversas veces, que para pasarle de un lugar a otro, le descubrieron, le hallaron entero, fresco, oloroso, y despidiendo de sí una fragancia del cielo: después por varios sucesos le mudaron, y llevaron a otras partes, hasta que nuestro Señor fue servido, que con la autoridad del Papa Urbano, quinto de este nombre, se entregó este precioso tesoro a su Orden de Santo Domingo, y se traspasó a la ciudad de Tolosa de Francia, donde fue puesto con grandísima veneración en su capilla y casa, que dentro de pocos días mudó el nombre antiguo, que tenía de San Román, y por la nueva reliquia se llamó de Santo Tomás. Fue esto el año de 1368, y noventa y cuatro años después de la muerte del glorioso Santo: por el cual hizo el Señor muchos, y grandes milagros, los cuales se podrán ver en la bula de su canonización, y en los autores que escribieron su vida. Sólo quiero yo referir aquí una revelación que tuvo Fr. Alberto de Bresa, hombre de mucha autoridad y de grandes méritos, para que entendamos el lugar, que Santo Tomás tiene en el Cielo, que era, lo que Fr. Alberto deseaba saber, y lo que continuamente suplicaba a Dios, que le manifestase. Estando, pues, una vez orando con gran sentimiento, y devoción, se le pusieron delante dos personas de grande autoridad y reverencia: la una traía hábito y mitra pontifical; la otra el hábito de Santo Domingo, sembrado todo de perlas, y al cuello una riquísima cadena do oro, de la cual colgaba una piedra de inestimable valor, y tan resplandeciente, que daba claridad a toda la iglesia: y el más anciano, que venía de pontifical, le dijo, que él era Agustín, y el otro era Tomás, el cual siempre había seguido su doctrina, y ahora eran compañeros en la gloria; aunque Tomás le hacía ventaja en la corona de virgen, y él se la hacía a Tomás en haber sido Obispo. Y no se puede negar, sino que Santo Tomás fue muy grande imitador, y discípulo de San Agustín, y que a manera de una esponja se empapó en su doctrina, embebió de sí el espíritu, erudición y verdad de aquel glorioso doctor, de manera, que parece, que se transformó en él, guardándole siempre el rostro como a su maestro. Fue Santo Tomás de muy gentil disposición, alto de cuerpo, bien proporcionado, hermoso de rostro, de delicada complexión, de buenas fuerzas, antes que las gastase con las grandes penitencias y trabajos que tuvo. Tenía la cabeza grande, la frente redonda, y algo calvo, y muchas veces era fatigado de recios dolores de estómago.

14 Entre las excelencias, que tuvo su ingenio, fue una, encerrar en breves palabras grandes sentencias: muchas de ellas refieren los escritores de su vida; las que nos hacen más al caso son: que la pobreza del religioso, sin paciencia, es corta ganancia: que el alma sin oración no medra; y que el religioso sin oración es, como soldado desnudo, que pelea sin armas: que el religioso siempre debe andar acompañado, como lo manda San Agustín en su regla; porque el fraile solo es demonio solitario: que no sabía, como un hombre, que sabe, que está en pecado mortal, podía reírse, ni alegrarse en ningún tiempo; y tampoco era posible, que un religioso pensase en otra cosa sino en Dios: que la ociosidad era el anzuelo, con que el demonio pescaba; y que con él cualquiera cebo era bueno. Preguntándole una vez: cómo se conocería, si un hombre era perfecto, y espiritual; respondió: Quien en su conversación habla de niñerías, y burlas: quien huye de ser tenido en poco, y le pesa, si lo es; aunque haga maravillas, no le tengáis por perfecto: porque todo es virtud sin cimiento; y quien no quiere sufrir, cerca está de caer. Le preguntó una vez su hermana: cómo se podría salvar; y él respondió: queriendo. Otra vez le preguntó: cuál era la cosa que se había de desear en esta vida; respondió: que morir bien. Y rogándole otro día que le dijese: qué cosa era el paraíso; le dijo: Hasta que le hayas merecido, de nadie lo podréis entender. Estando para morir, le preguntaron los monjes: cómo podrían pasar la vida sin errar; respondió: Si pudiereis dar razón de todas vuestras acciones, cuando las hacéis. Preguntado: Cómo podía ser un hombre muy docto; dijo: que leyendo solo un libro. Escriben de Santo Tomás el Martirologio romano, San Antonino, Antonio Pizamano, Juan Garzón, David Romeo, Paulo Regio, Surio, y últimamente el padre Fr. Hernando del Castillo; y de estos autores se ha recogido esta vida. También la escribió en griego Demetrio Cidonio; y tradujo de latín en griego la primera, y segunda parte de la Suma de Santo Tomás, y los cuatro libros Contra gentes: los cuales hoy día se guardan en Venecia en la librería Marciana, según lo afirmó Sixto Senense.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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