20 de Enero: San Sebastián, Mártir (256 – †286)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo I, Enero, Día 20, Página 184.



San Sebastián, Mártir

El fortísimo mártir de Cristo San Sebastián tuvo por padre a un caballero francés, de la ciudad de Narbona, y por madre a una señora nacida en Milán; y de aquí, por ventura, ha venido la contienda, que hay entre estas dos ciudades, sobre cuál de ellas sea la propia patria de este Santo, porque cualquiera santo, y más un santo tan ilustre y glorioso, como fue San Sebastián, puede honrar y ennoblecer su patria, y alcanzar grandes mercedes, y favores del Señor, y ella se puede gloriar de haber tenido tal hijo, y ciudadano. Puede ser que San Sebastián haya nacido en Narbona, como su padre, y criándose en Milán, como su madre; y Roma se precia de tener su sagrado cuerpo, y haber sido regada con su sangre. De la niñez, y educación de San Sebastián no tenemos cosa cierta: lo que se halla escrito por autores graves y antiguos de su vida, es lo siguiente. Vivió San Sebastián en tiempo de los emperadores Diocleciano y Maximiano, enemigos capitales de Jesucristo. Era soldado noble, y valeroso, y muy discreto, y de tan grandes partes, que el emperador Diocleciano le hizo capitán de la primera cohorte, o escuadra (cargo que no se daba sino a caballeros de ilustre sangre, y muy conocidos), y le mandó, que asistiese en su palacio, y gustaba tratarle, y encomendarle cosas de su servicio. Era Sebastián cristiano interiormente; aunque en el traje lo disimulaba: porque puesto caso que su alma estuviese abrasada de amor de Dios, y de un encendido deseo de morir por Él, como vio que por la terribilidad de aquella persecución muchos cristianos peligraban, y vacilaban en la fe, juzgó, que por entonces era más servicio de Dios no descubrirse él, para poder mejor ayudar, y favorecer a los cristianos, que estaban encarcelados: los socorría en su pobreza: los animaba en sus tormentos: tenía en pie a los que iban a caer; y levantaba a los caídos, ganando para Cristo las almas, que el demonio le quería quitar. Entre estos cristianos, a quienes dio la vida San Sebastián con sus palabras, fueron dos caballeros romanos, llamados Marcos, y Marceliano, hermanos de un vientre, e hijos de Tranquilino, y de Marcia, su mujer, personas muy nobles y ricas, y los mismos Marcos, y Marceliano eran casados, y tenían hijos, y estaban presos en la cárcel por la fe de Jesucristo: a los cuales visitó San Sebastián, y con dulces, y eficaces palabras les persuadió, que no temiesen los tormentos, ni la muerte por Cristo, que es verdadera, y eterna vida. Pudieron tanto sus palabras para con ellos, que pasaron con grande esfuerzo y alegría sus tormentos, y se ofrecieron al cuchillo. Se dio sentencia contra ellos de muerte, si no sacrificaban a sus dioses; mas como eran tan principales caballeros, sus padres, mujeres, deudos, y amigos, cargaron sobre los jueces, y les pidieron algunos días de espera, para persuadir a los dos hermanos, que sacrificasen, y alcanzaron treinta días de plazo para este efecto. En este tiempo no se puede creer la batería, que les dieron: los medios, que intentaron: las artes, que usaron, para pervertirlos, y ablandarlos. Los otros caballeros sus amigos, con quienes en otro tiempo se habían holgado, les proponían las honras, las riquezas, los placeres, y entretenimientos del mundo, de los cuales, como mozos honrados, y ricos, podían gozar sin perder las vidas, mujeres o hijos, y dar mala vejez a sus padres, y acabarlos de puro dolor, y sentimiento. La madre Marcia les traía a la memoria los dolores, que tuvo, cuando a los dos juntos parió: las molestias en criarlos: los cuidados y ansias de corazón en casarlos, y ponerlos en estado: y finalmente decía, que tantas veces los había parido, cuantas había tenido algún trabajo, desgracia o enfermedad; y que en pago de todos estos beneficios le querían quitar la vida, la cual sin duda con su muerte se acabaría. Tranquilino, su padre, cargado de años, y dolores de la gota, no podía hablar de pena; mas hablaba con sus continuas lágrimas, sollozos y gemidos, y abrazando, y apretando a sus hijos con amor y ternura de padre, lastimaba sus corazones. Pues las mujeres de Marcos y de Marceliano, poniéndoles allí delante sus dulces hijos, y dando alaridos, que llegaban hasta el cielo, atravesaban las entrañas de los santos mártires: los cuales, como hombres amorosos y nobles, sentían los duros golpes, y la brava batería, y los continuos asaltos, que por todas partes les daban, que eran tan recios, y furiosos, que apenas podían resistirles, ni defenderse en una tan fuerte, y cruda pelea.

2 Se halla a este espectáculo disfrazado como solía, San Sebastián; y viendo el peligro, en que estaban aquellos dos soldados de Jesucristo, y la furiosa batería, que por todas partes sus enemigos les daban, le pareció, que tenían necesidad de socorro, y que era ya tiempo de descubrirse, y hablar, para que el demonio no quedase vencedor, con mengua, y escarnio del partido de Jesucristo. Se volvió, pues, a los dos hermanos, y allí delante de todos les habló de esta manera: Oh, valerosos soldados, y fortísimos capitanes del Rey de los reyes Jesucristo, tened fuerte en esta dura pelea, y no os dejéis vencer de tantos, y tan grandes enemigos. Las lágrimas mujeriles venzan a las mujeres, y las palabras blandas a los hombres regalados; que en vosotros, siendo como sois, tan esforzados, e invencibles, no harán mella, ni la presencia, y lágrimas de vuestros padres, ni la ternura de vuestras mujeres, ni la poca edad, y soledad de vuestros hijos, ni los daños, que os han representado, traspasarán vuestro corazón, armado, como de un peto fuerte, de fortaleza, y constancia: porque no puede sentir daño, sino falso, y aparente, el que obedece a su Creador, ni tener cuenta con la honra de la tierra, el que aspira a la gloria, y bienaventuranza sempiterna. Mostrad a todos estos vuestros amigos, y deudos según la carne, que el verdadero soldado de Cristo, con el escudo de la viva fe, y con el arnés de la caridad, fácilmente resiste a todos los golpes blandos del regalo, y a los duros del tormento, y a la ferocidad, y espanto de la misma muerta, cuando pretenden apartarle del amor de su Señor. A un punto habéis llegado, que, o habéis de perder a Cristo, o a todos los que aquí están, y aun a vosotros mismos. ¿Quién os ha hecho hasta ahora confesar a Cristo? ¿Quién os ha tenido en esta cárcel tanto tiempo? ¿Quién os ha dado fuerzas, para padecer tantos tormentos, y martirios? ¿No ha sido el amor de Cristo? ¿Pues no sabíais, que vuestra muerte había de dar dolor a vuestros padres, a vuestras mujeres, y a vuestros hijos? Pero para la gloria eterna todo lo habéis sufrido. ¿Pues podrán ahora vencer las lágrimas, a los que los dolores, y tormentos no han vencido, para dar que reír a los gentiles, y escarnecer vuestra constancia, que ellos llaman obstinación, viéndoos ahora arrepentidos, y rendidos con vileza? No, no podrá tanto el amor blando de vuestros hijos, que os haga perder lo que habéis ganado con vuestra sangre. Alzad en alto el trofeo de vuestra gloria, y no arrojéis las armas delante de vuestro enemigo; pues ya le tenéis rendido, y debajo de vuestros pies. Si los que lloran aquí, supiesen, lo que vosotros sabéis, y la gloria, que esperan los buenos, y las penas, que están aparejadas para los malos; sin duda que acompañarían vuestro triunfo, no con lástima, sino con envidia, con gozo, y no con llanto, con alabanza, y no con queja, y sentimiento: mas ellos aman esta vida temporal, que engaña, a todos los que se abrazan con ella, no teniendo cuenta con la eterna. Esta vida es, la que trae embaucados, y fuera de sí a sus amadores, y los despeña en todos los vicios, y persuade al goloso la glotonería, los adulterios al deshonesto, al codicioso el hurto, al vengativo la crueldad, y al mentiroso la astucia, y engaño. Y volviéndose a los circunstantes: No queráis, señores, dice, por una vida tan frágil, y engañosa, que estos caballeros pierdan el cielo, ni os opongáis al espíritu divino, que les hace hollar la vanidad, y maldad de esta vida mortal, o por mejor decir, vida ya muerta. Ni os dé pena, que se aparten de vosotros; pues os harán camino para conocer, y amar la verdad, y después os juntaréis con ellos para siempre en aquel real palacio, que esperamos los cristianos, donde hay otra vida verdadera, vida eterna, vida tranquila, vida feliz y segura; que ésta nuestra es vida mortal, trabajosa, miserable, y dudosa. Y si os parece, que se puede menospreciar la muerte, mas no los tormentos, que se dan a los cristianos, más horribles que la misma muerte; a esto os digo, que cuanto los tormentos son más crudos por Cristo, tanto son más gloriosos; y que pues por los temporales excusamos los eternos, y alcanzamos corona inmortal, los debemos tener por gran ganancia. No son sueños estos, ni fábulas, o imaginaciones, sino verdades macizas, y del cielo: los milagros, que cada día obran los cristianos, lo testifican. Los muertos resucitan, los ciegos ven, los enfermos de todas dolencias, por arte humana incurables, cobran perfecta salud en solo el nombre de Cristo, con tanta evidencia, que no se puede negar, ni atribuirse, como vosotros soléis, a hechizos, o arte mágica; pues ningún mago hasta ahora ha resucitado muertos: y si son verdaderos los milagros, que hacen los cristianos, también lo serán las promesas de Cristo, y por ellas es justo morir: y si no son verdaderos, ¿qué mayor milagro puede haber en el mundo, que verle convertido sin milagros a la fe de este Señor a pesar de los emperadores romanos, y de sus armas, y poder, y de todos los tormentos, que ellos han inventado, contra los que profesan esta religión? Por tanto enjugad las lágrimas, señores, y con alegría acompañad el triunfo de estos santos mártires, por cuyo merecimiento espero en Dios, que os alumbrará.

3 Diciendo esto el caballero esforzado de Jesucristo, Sebastián, al improviso bajó una luz resplandeciente, que causó gran admiración, temor y alegría, a todos los que estaban presentes; y en medio de ella aparecieron siete Ángeles, y delante de ellos el Señor de los Ángeles, a quien ellos hacían reverencia: el cual, acercándose a Sebastián, le dio ósculo de paz, y le dijo, tú serás siempre Conmigo. Sucedió todo esto en casa de Nicostrato, a donde habían llevado presos a los santos hermanos. Tenía Nicostrato por mujer a Zoa, la cual por una enfermedad muy recia, que había tenido seis años antes, había perdido el habla, y estaba muda, aunque no sorda. Ésta, habiendo oído todo lo que San Sebastián había dicho, y visto la luz, y los Ángeles en favor del Santo, postrada a sus pies, con señas, como mejor pudo, le dio a entender, que quería ser cristiana, y le pidió, que la hiciese bautizar. El Santo, después que supo la enfermedad de Zoa, y que no podía hablar, le dijo: si yo soy siervo de Jesucristo, y es verdad, todo lo que he dicho, el mismo señor Jesucristo te sane, y desate tu lengua, y te haga hablar. Diciendo esto, hizo la Señal de la Cruz sobre la boca de la muda, y al momento cobró perfectamente el uso de la lengua, y alabó al Señor, y a San Sebastián, por la merced, que había recibido. Con este milagro tan patente, e ilustre, Nicostrato se convirtió luego a la fe de Cristo, y se echó a los pies de aquellos santos hermanos, y les rogó: que se fuesen con Dios a sus casas, y que le perdonasen el haberlos tenido en la suya; porque estaba ciego, y sin conocimiento de la verdad, y que él holgaría mucho de ser preso y atormentado, y muerto, por haberles dado libertad. Ya Tranquilino, y Marcia y las mujeres, e hijos de Marcos y Marceliano, con lo que habían oído, y visto, se habían trocado, y mudado de parecer: derramaban todos de sus ojos, dulces y copiosas lágrimas; mas lágrimas, que salían ya de otra fuente, y de otro corazón, que las primeras: eran lágrimas, con que lloraban las lágrimas pasadas, y las persuasiones, que habían hecho a los dos caballeros de Jesucristo, procurando pervertirlos, y apartarlos de nuestra fe. Conoció esto Marcos, uno de los hermanos, el cual habiendo callado hasta entonces, volviéndose a ellos, les dijo: Padres míos amantísimos, mujer, cuñada, hijos, y sobrinos míos dulcísimos, de lo que habéis visto, y oído, entenderéis, que la peor cosa, que puede hacer el hombre, es amancebarse con su carne, amarla, y regalarla; y lo mejor aborrecerla, y mirar por su alma, y aspirar a la vida eterna: porque esta nuestra alma está sellada con la divina imagen, adornada con la semejanza de su Creador, desposada con el anillo de la fe, dotada con los dones del Espíritu Santo, redimida con la Sangro de Cristo, defendida con guarda de los Ángeles, capaz de la bienaventuranza, y heredera de la bondad, y riquezas de Dios. Pues, ¿qué tiene que ver esta alma tan noble con la carne tan flaca y sucia, como lo muestra, todo lo que sale por diversas partes de nuestro cuerpo? Pues siendo esto así; ¿por qué queremos guardar tanto este nuestro cuerpo frágil, y quitarle de las penas, y tormentos? Muera, muera el cuerpo vil, para que el alma viva para siempre. Mi corazón estaba atravesado de dolor, por veros tan engañados; mas ahora yo hago gracias a mi Señor Jesucristo, que os ha alumbrado, y puesto en camino de la salud. Hermano Marceliano, peleemos como caballeros de Cristo: muramos, por el Señor, que murió por nosotros; y toda nuestra contienda sea, sobre quién de los dos ha de morir primero, para hacer camino al otro. Todos aprobaron, lo que había dicho Marcos; y el fin felicísimo de este espectáculo fue, que pidiendo Nicostrato, y Zoa su mujer con grande instancia el bautismo, San Sebastián les ordenó, que trajesen primero a su casa todos los otros presos, que por sus delitos estaban en la cárcel, para que oyesen la palabra de Dios, y los que le recibiesen, participasen de los misterios sagrados de nuestra santa fe, y del precio de nuestra redención.

4 Se trajeron los presos por mano de Claudio, que era escribano del crimen; y habiendo despedido a los ministros de justicia, Nicostrato los presentó todos atados delante de San Sebastián: el cual les predicó con tan vivas, eficaces y encendidas razones, que abriéndoles el Señor con Su Espíritu el corazón, dieron lugar, a que entrase en él el rayo de la Divina Luz, para que conociesen los errores de su vida pasada, y la ceguedad de la idolatría, en que estaban, y se convirtiesen a la fe de Cristo, y le pidiesen perdón, y misericordia de sus culpas. El número, de los que esta vez se convirtieron por medio de San Sebastián, fueron setenta y cuatro, y entre ellos Tranquilino con su mujer, nueras, nietos y amigos, y Nicostrato con su mujer y familia, que eran treinta y tres personas, y otros diez y seis de los malhechores, que habían sido traídos de la cárcel. A todos estos bautizó Policarpo, Sacerdote de Cristo, habiendo primero ayunado todos aquel día hasta la noche, y ofrecido al Señor sacrificio de oraciones, y alabanzas. El padre espiritual, y padrino de todos aquellos nuevos cristianos, fue San Sebastián. Entre los que se bautizaron había algunos dolientes, los cuales por virtud del santo bautismo quedaron sanos. Uno de ellos fue Tranquilino, que estaba como tullido de la gota, ya había once años; y otros dos hijos de Claudio, escribano, que también se había convertido, de los cuales uno estaba hidrópico, y el otro lleno de llagas. Ninguno puede fácilmente creer la alegría que causó este suceso en el pecho de San Sebastián, y de aquellos santos hermanos Marcos, y Marceliano, sino el que sabe, a qué sabe Dios, y el gusto de las almas. Se animaban los unos a los otros en la fe, y servicio de Cristo, aguardando, que llegase el plazo de los treinta días señalados por el juez, para ejecutar la sentencia contra los dos santos hermanos. Gastaban todo el tiempo en oración, en cantar himnos, y salmos, y suplicar al Señor, que les diese constancia, y a cada uno de los otros hiciese digno del martirio, ardiendo en vivas llamas del amor de Cristo, hasta las mujeres flacas, y por su naturaleza tímidas, y los niños tiernos, y delicados. Llegó el plazo de los treinta días, y el prefecto de la ciudad, llamado Cromacio, envió a llamar a Tranquilino, y le dijo: Pues ¿qué han determinado vuestros hijos? ¿Les habéis persuadido, que sacrifiquen a nuestros dioses, y obedezcan a los emperadores? Respondió Tranquilino: Bienaventurados son mis hijos, y yo también lo soy, pues Dios me ha hecho conocer la verdad de la religión cristiana. ¿Y tú también, ─dijo el prefecto─, has perdido el seso, y enloquecido al fin de tus días? Loco es, ─dice Tranquilino─, el que deja el camino de la vida, y sigue el de la muerte. ¿Qué vida, y qué muerte? ─dijo el prefecto. Si me quieres atentamente oír, ─respondió Tranquilino─, serás bienaventurado, y tu alma, y tu casa lo será. Yo oiré muy de espacio, ─dijo el prefecto─; pero mira, que no me digas cosa, que no me la puedas probar. Tuvieron entre sí los dos un largo razonamiento; declaró Tranquilino a Cromacio los misterios de nuestra santa fe: le  respondió gravemente a las dudas que tenía; y favorecido del Señor, le inclinó a la fe, aunque después Sebastián, y Policarpo acabaron, lo que Tranquilino había comenzado. Con Cromacio se convirtió toda su casa, en la cual había mil y cuatrocientos esclavos, y les dio a todos libertad, diciendo, que los que comenzaban a tener a Dios por padre, no debían ser esclavos de los hombres.

5 Se embravecía cada día más la persecución, y llegaban al cielo las olas de aquella tempestad, de suerte, que ya los cristianos no podían comprar, ni vender, ni hallar de comer, si primero no incensaban a las estatuas de los dioses, que por mandato del emperador estaban puestas en todos los mercados, y plazas. Viendo, que ya no podían escapar, y que entre ellos había muchos flacos, y enfermos, por orden del Santo Pontífice Cayo, que a la sazón presidía en la Iglesia universal, salieron muchos con Cromacio, y fueron sustentados, y amparados de él en sus posesiones, y granjas fuera de la ciudad, y otros quedaron en ella, como reses en el matadero. Entre los que quedaron fue uno San Sebastián, al cual dio San Cayo, Papa, título de defensor de la fe; y es la primera vez que leemos haberse dado este tan glorioso titulo por la sede apostólica. Quedaron así mismo Marcos, y Marceliano en Roma; y el nuevo prefecto, llamado Fabián, hizo ejecutar la sentencia de muerte contra los dos santos hermanos, a los cuales, atados a un palo, les clavaron con gran crueldad los pies, y allí en medio de sus tormentos cantaban himnos, y salmos al Señor el día, y toda la noche, hasta que con lanzas les traspasaron los costados, y los pechos; y así acabaron, y dieron sus almas a Dios, y sus cuerpos fueron enterrados dos millas cerca de Roma en un arenal. Todos los otros, que habían sido convertidos por San Sebastián, asimismo murieron, y dieron la vida por Cristo, de lo cual hubo grande alegría, y regocijo entre los cristianos, y tristeza, y confusión entre los gentiles.

6 Vino a noticia del emperador Diocleciano, que Sebastián, con nombre, y hábito de capitán suyo, era soldado de Cristo, y el que hacía mucha más guerra a los dioses, a los templos, y a todo el imperio romano; pues persuadió a todos, que creyesen en un hombre crucificado, y blasfemasen de los dioses; para que ellos enojados destruyesen aquel imperio, que tanto había florecido con el culto de su religión. Llamó el emperador a Sebastián, y alterado, y demudado el rostro por la saña, le dijo: ¿Te he yo por ventura, Sebastián, honrado, y puesto en el grado, en que estás, para que tú, viviendo en mi palacio, como cristiano, me seas desleal, y provoques la ira de los dioses contra mí? A esto mansa y humildemente respondió Sebastián: Yo, señor, siempre he sido muy leal, y por tu salud, y por la de tu imperio siempre he suplicado al verdadero Dios, que es Creador del cielo, y de la tierra, por parecerme, que es gran desatino adorar las piedras, y pedir favor, a los que no se pueden mover, ni tienen espíritu, ni vida. A estas palabras se turbó, y embraveció el emperador sobre manera, y mandó, que arrebatasen a San Sebastián, y le quitasen de su presencia, y que poniéndole delante del pecho una tablilla, en que estuviese escrito, que era cristiano, en pie, en medio de un campo le atasen y le asaetasen los flecheros, y tiradores de sus guardas. Se hizo así como el emperador lo mandó: arrebatan al santo caballero de Jesucristo los soldados, y ministros de Satanás: le sacan al campo: le desnudan: le atan, y descargan tantas saetas en él, que su sagrado cuerpo no parecía cuerpo de hombre, sino un erizo: mas su bendita alma en medio de las saetas, y de las penas estaba muy alegre, y regalada, y entretenida con Dios, y el corazón abrasado del Divino Amor, deseaba padecer mucho más, de lo que padecía, y que se multiplicasen las saetas, para que con ellas se multiplicasen también las heridas, y tener más que ofrecer al Señor. Le tuvieron los soldados por muerto, y dejándole así atado, se volvieron a sus casas.

7 La noche siguiente, la mujer, que había sido del santo mártir Cástulo, llamada Irene, yendo secretamente al lugar, donde habían asaetado a San Sebastián, para tomar su cuerpo, y enterrarle, le halló vivo. Le trajo a su casa, le curó, le sanó; y dentro de pocos días cobró entera salud. Supieron esto los cristianos: acudieron luego a él, exhortándole, y pidiéndole con muchas lágrimas, que se partiese, para que no cayese otra vez en manos de tan cruel tirano: mas el esforzado caballero de Cristo, movido con otro espíritu superior, y encendido de un fervoroso deseo del martirio, sabiendo, que los emperadores habían de pasar por cierta parte de la ciudad, se les puso delante, y con voz severa y grave les dijo: Los pontífices, y sacerdotes de vuestros templos os traen engañados, fingiendo muchas cosas contra los cristianos, y dándoos a entender, que son enemigos de vuestro imperio; siendo la verdad, que está en pie por las oraciones, que ellos siempre hacen por su conservación. Se turbó Diocleciano, más de lo que fácilmente se puede explicar, oyendo estas palabras, y viendo vivo, al que tenía por muerto, y estuvo así turbado, y suspenso, hasta que volviendo en sí, le dijo: ¿Eres tú, Sebastián, el que yo mandé matar? ¿No moriste? ¿Cómo estás vivo? Le respondió el Santo: Porque mi Señor Jesucristo se ha dignado darme la vida, para que aquí delante de todo el pueblo dé testimonio de la verdad de Su fe, y de vuestra crueldad, que tan sin razón perseguís a los que no tienen culpa: poned fin a vuestra maldad, y no derraméis más la sangre de los inocentes, si queréis vivir, y que dure vuestro imperio. Se embraveció más el fiero tirano: le mandó quitar de allí, y azotar, y apalear, hasta que muriese. Le dieron tantos, y tan crueles golpes al Santo, que dio su alma al Señor, y tomando su cuerpo le arrojaron de noche en un albañar, y lugar sucio, donde solían echar todas las inmundicias de la ciudad, para que los cristianos no supiesen, dónde estaba, y le honrasen como a mártir, ni hiciese milagros, y con la ocasión de ellos se convirtiesen los gentiles a la fe de Cristo. Pero el Señor, que tiene tanto cuidado de honrar a los que le glorifican, y mueren por Él, lo ordenó de otra manera; porque el mismo San Sebastián apareció en sueños a una santa matrona, llamada Lucina, y le reveló, dónde estaba su cuerpo, y cómo había quedado colgado de un gancho de un palo, y no había caído en aquel lugar hediondo, e infame, a donde le habían arrojado, y le mandó, que le enterrase en las catacumbas, a la entrada de la cueva, a los pies de los apóstoles San Pedro, y San Pablo, lo hizo todo, como le fue mandado, la religiosa mujer, y estuvo treinta días sin partirse, haciendo oración en el lugar, donde había dado sepultura al santo cuerpo; y después que el Señor dio paz a Su Iglesia, hizo un templo de su misma casa, y le dejó todos sus bienes, que eran muchos, para el culto divino, y sustento de los pobres fieles.

8 Ésta fue la vida, y muerte del glorioso caballero, y fortísimo capitán de Cristo San Sebastián, al cual podemos llamar dos veces mártir; pues dos veces le atormentaron, y pretendieron quitar la vida. Tiene todo el pueblo cristiano mucha devoción a este Santo, por los beneficios, que por su intercesión continuamente recibe de la mano del Señor, especialmente en tiempo de pestilencia, mostrándose piadoso, a los que se le encomiendan, y piden favor: lo cual tuvo origen, de lo que en tiempo de Agaton, Papa, sucedió en Roma, en la cual, siendo tocada de pestilencia, por ordenación divina se puso un altar de San Sebastián, y luego cesó la pestilencia; y después otros pueblos, y ciudades en semejantes aprietos han sentido el mismo favor, y beneficio. También es cosa antigua, que la Iglesia romana invoque el favor del Señor contra los enemigos de la fe, tomando por patrones a San Sebastián, a San Jorge, y a san Mauricio, como lo dice el orden romano, y lo notó el cardenal Baronio. El martirio de San Sebastián fue a los 20 de enero del año del Señor de 286, el año tercero de Diocleciano. Celebra la Iglesia el mismo día su fiesta. Hacen mención de este glorioso, y valeroso mártir de Cristo, San Ambrosio sobre el Salmo CXVIII en el Sermón 10, San Agustín en el Sermón de San Fabián, y San Gregorio en el primer libro de los diálogos, capítulo X: San Isidoro en su breviario; Paulo diácono, lib. VI de Gestis Longob cap. II; Beda, Adon, Usuardo, y Baronio, tomo II, y en las anotaciones a el Martirologio.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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