2 de Enero: San Basilio Magno, Doctor de la Iglesia, y Obispo de Cesarea (330-379)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona 1844 – Tomo II – Junio, Día 14, Página 348.

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San Basilio Magno, Doctor de la Iglesia,
y Obispo de Cesarea

La vida de San Basilio, Obispo de Cesarea y Doctor de la Iglesia, fue tan rara y tan admirable, que mereció que los más insignes doctores, y lumbreras de la Iglesia, la alabasen con tan grandes encarecimientos, que todo lo que dicen les parece poco, para lo mucho que de ella se puede decir. Toda la antigüedad le dio el título de Magno: y con mucha razón; porque verdaderamente fue grande en todas sus cosas; grande su ingenio, grande su elocuencia, grande su sabiduría, grande su santidad, grande su celo y fuerza contra los herejes, grandes sus milagros: finalmente toda su vida y su muerte, fueron de un perfectísimo y celestial varón. La historia de su vida se ha de sacar principalmente de lo que él mismo Santo escribió de sí, de las oraciones que hicieron en su alabanza después de su muerte San Gregorio Niseno, su hermano, y San Gregorio Nazianceno, su fidelísimo compañero y amigo, y de lo que San Gerónimo, Anfiloquio, Obispo de la ciudad de Iconio, Heladio, Obispo de Cesarea, y su sucesor, Metafraste, el cardenal Baronio, Suidas, y otros autores graves, han dejado escrito de esto santísimo doctor.

2 Nació San Basilio en una ciudad, llamada Helenoponto, de la provincia de Ponto. Su padre se llamó Basilio, como el hijo, y su madre Eumelia. Fueron muy nobles, muy ricos y santos, y de ellos hace conmemoración el Martirologio romano a los 30 de mayo: y se echa bien de ver la santidad de los padres en la santidad de sus hijos, y la bondad del árbol, en la suavidad y bondad del fruto: porque tuvieron diez hijos, de tos cuales la mayor de todos sus hermanos fue Macrina, santísima doncella, que habiendo sido desposada de doce años, y habiéndose muerto el esposo antes de las bodas, consagró su virginidad al Señor, y vivió con grande recogimiento encerrada en un monasterio: de los otros no sabemos los nombres, sino de cuatro solos varones, Basilio Magno, de quien tratamos, Gregorio, Obispo de Nisia, Pedro, Obispo de Sobaste, y Naucrabio, que fue monje; y todos señalados en la entereza y perfección de la vida cristiana. De Macrina hace conmemoración el Martirologio romano a los 19 de junio: de Gregorio Niseno, a los 9 de marzo; y de Pedro a los 9 de enero. Sus abuelos paternos padecieron grandes persecuciones y fatigas por la fe de Cristo, y en tiempo de Galerio Maximiano, cruelísimo tirano, y enemigo capital de nuestra santa religión, estuvieron siete años escondidos en un monte, con gran pobreza y necesidad. Pasaban muchas heladas y grandes fríos: dormían al sereno sobre el suelo: comían un pedazo de pan: carecían de todo regalo corporal, llevando con gran paciencia y alegría sus trabajos, por no ponerse en peligro de negar la fe, ni querer ellos ofrecerse de suyo a los tormentos, hasta que el Señor les entregase en manos de los que les buscaban, y perseguían: y fue cosa maravillosa, que no teniendo ellos qué comer, sino muy escasa y pobremente, por Voluntad del Señor venían a la cueva, donde estaban, grandes manadas de gamos y venados, y se ponían en sus manos, y ellos mataban los que habían menester para sí, y para sus criados; y finalmente murieron con gran fortaleza y constancia, por la confesión de Jesucristo: de manera que el linaje de San Basilio fue linaje de santos, los abuelos santos, los padres santos, y santos los hermanos, y Basilio sobre todos santísimo, a quien, como él mismo escribe, crió su abuela Macrina, madre de su padre, que había sido discípulo de San Gregorio, Obispo de Neocesarea (llamado por la muchedumbre y grandeza de milagros Taumaturgo): de la cual, como de santa, hace conmemoración el Martirologio romano a los 14 de enero. A esta abuela llama San Basilio ama y maestra suya en la fe, y se precia de haber mamado aquella leche, y conservado la doctrina que ella le había enseñado. Y no debía de ser de menos santidad la otra Macrina, nieta de ésta, que llaman la Menor, y hermana de San Basilio; pues Gregorio Niseno, hermano de ambos, confiesa haber aprendido de ella los más altos misterios, y secretos de nuestra santa fe, los cuales, dice, que no se pueden ver sino con ojos limpios, ni comprender, sino con el corazón purgado.

3 Fue San Basilio de alto, y delicado ingenio, de grave, y maduro juicio, y en sus costumbres muy compuesto; tanto, que en su tierna edad parecía viejo en el seso. Aprendió las letras humanas muy perfectamente, primero en Cesarea, y después en Constantinopla, de donde vino ya docto y bien cultivado a Atenas, como a la madre de todas las ciencias, y halló a Gregorio Nazianceno, con quien trabó muy estrecha, y cordial amistad: porque eran los dos muy parecidos, no menos en la virtud, y costumbres, que en el ingenio, y estudios: en los cuales se ocuparon muchos años con mucha diligencia, y cuidado, y alcanzaron fama de sapientísimos varones en todo género de letras. Después de haberlas enseñado en Atenas San Basilio, por inspiración divina, y por consejo de su hermana Macrina, se resolvió a entregarse totalmente al estudio de la Sagrada Escritura: y dejando a Gregorio en Atenas, se fue a Egipto, para ver, y comunicar con un grande teólogo, llamado Porfirio, que era abad de un monasterio, y estuvo con él un año entero, gozando de su conversación, y aprovechándose de su erudición. Era Basilio robusto de complexión; mas por su estudio tan continuo, por la oración fervorosa, y perseverante, y por la grande penitencia, que hacía, comiendo solamente unas hierbas, y bebiendo un poco de agua, se vino a enflaquecer, y a perder la salud. Le vino devoción de ver la ciudad de Jerusalén, y visitar los Santos Lugares, en que se había obrado nuestra Redención: y tomando la bendición de Porfirio, se partió de Egipto, para hacer esta piadosa jornada. Mas porque en Atenas había tenido por maestro a Eubulo, filósofo excelente, y famoso; quiso verle, y tentar, si le podía arrancar de los cuidados vanos, y deseos impertinentes, y esperanzas engañosas del siglo, en que Eubulo estaba entretenido, y ocupado; y le sucedió, como deseaba: porque hallándole disputando entre otros filósofos, y estando tres días con él en su casa, de tal manera le habló, y persuadió, que se abrazase con Jesucristo, y le siguiese, que vendió luego su hacienda, y la dio a los pobres, y se fue a Jerusalén en compañía del mismo Basilio, con intento de bautizarse ambos en el río Jordán.

4 En este camino les sucedió, que pasando por Antioquía, posaron en casa de un huésped honrado, que tenía un hijo estudiante, discípulo de Libanio Sofista, que también había sido maestro de San Basilio, el cual viendo al mozo triste, y pensativo, le preguntó la causa de aquella tristeza: y como el estudiante le respondiese, que su maestro le había dado unos versos de Homero, para que los declarase, y que no los entendía, ni acertaba a hacerlo, y que ésta era la causa de su congoja: San Basilio se los declaró, y le dio la declaración por escrito, y fue tal, que espantó a Libanio, a quien parecía, que ningún hombre mortal, sino él, podía desenvolver, o interpretar cosa tan enmarañada, y dificultosa, y salir de aquel ciego laberinto. Y sabiendo del estudiante, que un huésped, que estaba en su posada, le había dado aquella explicación, se fue a ella, y reconoció a Basilio, y a Eubulo, y los llevó a su casa, y los quiso regalar con mesa espléndida, y de varias viandas: pero ellos se contentaron con agua, y pan, que era su ordinario manjar. En pago del buen tratamiento, que les hizo Libanio, quiso Basilio persuadirle, que diese de mano a la vana ostentación de la elocuencia, y a la perniciosa superstición de los dioses, y que se convirtiese al conocimiento del verdadero Dios, y Redentor del mundo, Jesucristo: pero Libanio, cerrando los oídos a la Voz de Dios, dijo, que aún no era venida su hora; y se quedó en su ceguedad: aunque rogó a Basilio, que enseñase a sus discípulos, que para esto mandó juntar, los caminos de la verdadera filosofía, y les diese preceptos, para ser doctos, y virtuosos; y así lo hizo.

5 Les dijo, que guardasen la castidad, y con ella la limpieza del alma, y la pureza del cuerpo: que su andar fuese sosegado, y grave: sus palabras bien compuestas, y bien pronunciadas; y su comer templado: que delante de los viejos callasen; y cuando hablaban los sabios, estuviesen atentos: a los mayores fuesen obedientes, y sujetos; y con los inferiores, e iguales, caritativos, y amorosos: que hablasen poco, y oyesen mucho, y huyesen de ser parleros, y porfiados: que no fuesen fáciles en la risa, ni desenvueltos, y livianos, sino compuestos, modestos, y vergonzosos, andando con los ojos bajos, y con los corazones puestos en el cielo: que menospreciasen todas las honras vanas del siglo, y no pretendiesen grados, y magisterios, sin tener partes para ello: que hiciesen a todos el bien, que pudiesen, y esperasen el premio del Señor. Estos documentos en suma dio San Basilio a los discípulos de Libanio, y despidiéndose de él, y de ellos, prosiguió con su compañero Eubulo su camino a Jerusalén. Allí los dos bienaventurados peregrinos, con gran ternura, y devoción visitaron los Santos Lugares, y hablaron a Máximo, Obispo de aquella ciudad: el cual, conociendo lo que debajo de aquel pobre sayal, y vestido humilde, que traían, estaba encubierto, se fue con ellos al río Jordán, para bautizarlos. Al tiempo, que bautizaba a San Basilio, bajó una llamarada de fuego del cielo, y de ella salió una paloma, que tocó con sus alas las aguas, y luego voló a lo alto, dejando llenos de admiración, y temor, a los que estaban presentes. Bautizó también Máximo a Eubulo, y ungió con óleo santo, y vistió a los nuevos bautizados la ropa de Cristo, y luego les dio la Sagrada Comunión con gran consuelo de los que la recibían, y de todos los circunstantes.

6 Acabada su peregrinación, volvieron a Antioquía, donde Melecio, Obispo, ordenó de diácono a Basilio; y él comenzó a predicar, y derramar los rayos de su luz, y doctrina, con tan gran fervor, y eficacia, que encendía, y trocaba los corazones de los hombres con sus palabras, y más con el ejemplo de su vida. Anduvo predicando por muchas partes, alumbrando los pueblos, y moviéndolos al menosprecio del mundo, y al amor de la virtud. Llegó a Cesarea, y allí hizo el mismo fruto, que había predicado: y fue ordenado de presbítero por mano de Hermógenes, Obispo de Cesarea: el cual acabó el curso de su peregrinación, y tratando de darle sucesor, la gente celosa y virtuosa puso los ojos en Basilio, que con tanta fama de vida y doctrina resplandecía sobre todos los demás; pero por negociación de algunos sucedió a Hermógenes Eusebio, varón católico, y de buenas partes; pero algo vano, y tocado de envidia, y que por ver a San Basilio con grande aplauso, y opinión, se disgustó con él, y le dio ocasión, para que ejecutase lo que había pensado, de huir, y esconderse, por no ser compelido a ser obispo, y aceptar aquella dignidad; y así con mucha paciencia, modestia, y humildad, retiró a un desierto del Ponto, llamado Mataya, a la ribera del rio Irede, y vivió algunos años en compañía de San Gregorio Nazianceno un género de vida tan admirable, y perfecta, que más parecían ángeles venidos del cielo, que hombres nacidos en la tierra, y vestidos de cuerpo mortal. El mismo San Gregorio en la epístola octava pinta la aspereza de vida, que hacían en una choza sin puertas, ni ventanas, y sin hogar. La comida, y bebida era un perpetuo y estrecho ayuno: y si Eumelia, madre de San Basilio, no los socorriera, y enviara de comer, allí acabaran su vida de hambre. Allí se juntaron con Basilio muchos monjes, y allí los instruyó, y les escribió las reglas, y documentos, que debían guardar, yendo él con su ejemplo delante de todos, y enseñándoles más con obras, que con palabras: de suerte, que aunque San Basilio no fue autor, e instituidor de los monasterios, y monjes; fue su maestro, e ilustrador, y de él, como de fuente, bebieron los que después escribieron reglas de religiones, y fueron padres de ellas. Allí Basilio, y sus monjes en el yermo fueron perseguidos de los herejes con falsas acusaciones, y calumnias; porque siendo muerto San Musonio, Obispo de Neocesarea, varón perfectísimo, y tratándose de elegir en su lugar prelado digno de tal predecesor, y de los otros tantos obispos, que habían tenido aquella silla, desde San Gregorio Taumaturgo; muchos juzgaron, que San Basilio era el más digno de todos, y el que más convenía para aquella dignidad: lo cual sintieron los herejes sobremanera, así por ser la doctrina de Basilio tan contraria a sus errores, y engaños, como porque para sí la pretendían, siendo tan indignos de ella, y temían, que no la podrían alcanzar, siendo su competidor San Basilio. Por esta causa no le perdonaron con sus lenguas maldicientes, ni a los santos monjes, que tenía en su compañía, porque les hacían guerra con su vida, y ellos se cegaban con su desacostumbrada claridad. Alumbró San Basilio, como un sol espiritual, aquellas naciones del Ponto, y convirtió innumerables gentes ciegas al conocimiento de Jesucristo. Pero como en tiempo del emperador Valente, arriano, la herejía con su favor, como un furioso incendio, abrasase todas las partes de Oriente, y en Cesarea hiciese grande riza, y estrago en la fe católica, no le sufrió el corazón a San Basilio estarse en su quietud, y soledad, en tiempo, que la causa de Dios pedía, que como bueno, y leal soldado, saliese a su defensa: y así pospuesto todo su contento, y sin tener cuenta con las ocasiones de disgusto, que Eusebio, obispo cesariense, le había dado, se vino a Cesarea, para oponerse al ímpetu furioso de los enemigos de Cristo; y fue tan extremada su caridad, modestia, y prudencia, que ganó a Eusebio, y le obligó tanto con sus buenas obras, y beneficios, que estimó, y reverenció en tan gran manera a San Basilio, que después no sabía hacer cosa sin su consejo, y dirección. Fue nuestro Señor servido, que muriese Eusebio, y que el Clero, y pueblo se inclinase a tomar a Basilio por su pastor: y él, puesto que por no serlo, se escondió, y fingió, que estaba enfermo, al cabo se rindió a la Voluntad de Dios, por persuasión de San Gregorio Nazianceno, y lo aceptó, por juzgar, que tendría más fuerza, y autoridad, para amparar, y apacentar aquel ganado de Cristo, y resistir, y ahuyentar los lobos, que por tantas partes le rodeaban, y procuraban despedazar.

7 Sucedió una hambre cruelísima en la ciudad de Cesarea: la cual por ser apartada del mar, y por haber mucha carestía en toda aquella comarca, no podía ser socorrida. Los ricos apretaban la mano: los mercaderes no vendían sus mercaderías: los oficiales no tenían en que pagar un pan: los pobres hambrientos, desalentados, y transidos, daban gritos por las calles, y parecían más estatuas, que hombres vivos: pero el Santo acudió con su caridad a esta necesidad. Vendió todas las posesiones, y bienes, que tenía: daba de comer a los pobres con sus propias manos, y hasta a los hijos de los judíos sustentaba: comenzó a predicar de la limosna en los templos, en las plazas, en las calles, y en las mismas casas, exhortando a todos, que no perdiesen tan buena ocasión para ganar con sus limosnas el cielo: que se acordasen que lo que se daba al pobre se daba a Cristo: y que el rico avariento, por no haber dado a Lázaro una migaja de pan, no alcanzó en el infierno una gota de agua: y que el que puede socorrer al pobre, que se muere de hambre, y no le socorre, le mata; y que la limosna es el rescate de nuestros pecados, y lo que el aceite en la lámpara, y el sol en el día, y la primavera en el año, y el alma en el cuerpo: que es la llave del paraíso, el árbol de la vida, el tesoro escondido en el campo, la piedra preciosa, de la cual habla el Evangelio, y aquella semilla, que sembró Isaac, que dio ciento por uno, el aceite de la Sunamite, que se multiplicó en los vasos, y la harina de la viuda Sarephtana, que nunca falta, la escala de Jacob, que estando en tierra, llega hasta el cielo, el ungüento de la Magdalena, que tanto agradó a Cristo, la guía, que llevó los magos a adorar al Niño Jesús, la fuente de Jacob, donde está sentado Cristo, y convierte a la Samaritana, el refugio de los pecadores, la vestidura hermosa de José, y aquel tesoro, y riquezas, que no temen la apolilla, ni el orín, ni la violencia de los ladrones; y finalmente el logro, que da Dios, y es de tanta ganancia, que por el pan, que se da a los pobres, da el cielo. Fueron de tanta eficacia sus palabras, y ejemplo, que los pobres se remediaron, y tuvieron alivio en aquella tan extremada necesidad. No mostró menos esta misma caridad en el hospital, que edificó, para curar los pobres, y enfermos; que fue obra tan insigne, y suntuosa, que San Gregorio Nazianceno escribe, que después de haberla considerado, le parecía, que se podía contar entre los otros milagros del mundo; porque los pobres, que en él se recogían, y curaban, eran muchos; y el cuidado, y concierto, con que se curaban, maravilloso: y el mismo Santo, no contentándose de lo que los otros sus ministros hacían, por su persona servía a los enfermos con singular benignidad, abrazando, y besando tiernamente a los que estaban más llagados, y asquerosos, como quien reconocía en ellos al Señor, y los tenía por miembros del cuerpo, cuya cabeza es Cristo.

8 No faltaba quien le murmuraba, y atribuía a vanidad, lo que era caridad, y a ambición, lo que era menosprecio del mundo; pero él tenía virtud, y estaba tan fijo, y puesto en Dios, que miraba todas las cosas en aquella luz soberana, y viendo, que las que hacía, eran agradables al Supremo Juez, que penetra los corazones, no hacía caso de los juicios vanos, ni de las palabras maliciosas de los hombres: porque entre todas las virtudes, con que fue adornado este glorioso Santo; la fortaleza, y constancia, que tuvo en las cosas, que emprendió por servicio de Dios, fue singular, y divina: como se ve, en lo que le aconteció, primero con el emperador Juliano Apóstata, y después con el emperador Valente, arriano: porque Juliano, que en Atenas había tratado a San Basilio, y conocía su grande sabiduría, y elocuencia, le estimó en tanto, siendo ya emperador, que le escribió, y le rogó, que le viniese a ver, como un amigo a otro: y el Santo no hizo caso de él, antes le respondió, protestando su fe, y dándole a entender, que él estaba aparejado para morir por ella. Juliano por esto, y porque le era tan contrario, y le hacía guerra con su vida, y con su doctrina, le aborreció por extremo a él, y a Gregorio Nazianceno, y determinó matarlos, acabada la guerra de Persia: en la cual fue muerto milagrosamente, y su muerte se atribuyó a las oraciones, y lágrimas de San Basilio, el cual suplicó afectuosamente al Señor, que atajase los pasos de aquel impío tirano, y le quitase el azote de la mano, con el cual pensaba destruir la Iglesia Católica; y para alcanzarlo tomó por Medianera a la gloriosísima Virgen María, nuestra Señora, como Madre, Reina, Señora, Protectora, y único amparo de la misma Iglesia. Pero más notable fue, lo que le sucedió con Valente, y mayor argumento de su divino espíritu, y valor: porque habiendo Valente destruido, y arruinado, y como una avenida arrebatada y furiosa, arrancado los árboles fructuosos, y plantas saludables de los campos del Señor, echando los Obispos católicos de las Iglesias, y persiguiendo la fe católica, con tanta crueldad, que mandó tomar ochenta clérigos católicos, y ponerlos en un navío, y pegarle fuego en alta mar; vino a Cesarea con gran deseo de derribar a Basilio, que solo le hacía más resistencia que todos los demás: pero porque era tan grande la autoridad del Santo, quiso tentarle primero con promesas, y blanduras; y para esto le enviaba unas veces los de su consejo, y cámara, que le persuadiesen, que se conformase con su voluntad; otras veces, capitanes y soldados, que le espantasen con sus fieros, usando de la fuerza, y maña; pero como todo fuese en vano, un prefecto de Valente, llamado Modesto, hombre inmodesto, acedo y furioso, le mandó parecer delante de sí.

9 Vino Basilio con el corazón sosegado, con el rostro alegre y grave, y con la frente serena, como si viniera a alguna fiesta: y el prefecto, sin hacerle acatamiento, ni llamarle Obispo, le dijo: ¿Qué atrevimiento es este tuyo, que así te opones a la majestad imperial? ¿Piensas tú poderle hacer resistencia? Respondió Basilio blandamente: ¿No sé yo, por qué, tú me llamas atrevido, no habiendo yo hecho cosa digna de este nombre? De lo que me quejo, dice Modesto, es que sirviendo todos al emperador; tú solo lo menosprecias. Respondió el Santo: Yo debo obedecer al sumo, y supremo Emperador del cielo, y de la tierra, que me manda, lo que tengo de creer, y que sea contrario, a los que no creen lo que Él manda. ─Yo quiero ser obedecido, dijo Modesto: ¿no te parece, que te viene muy ancho, y que ganas harta honra, en que tú seas de mi opinión, y que seamos compañeros, en lo que profesamos? ─Gran cosa es por cierto tenerte por compañero, dice Basilio; mas no como ministro del emperador, ni como arriano, sino como uno de los otros cristianos católicos, que son mis ovejas, y me están sujetos: porque el cristiano no se ha do estimar por la persona, ni por la nobleza, sino por la fe verdadera, y por la pura conciencia. Yo te tengo por un gran ministro del emperador, y por hombre esclarecido; mas no por eso pienso, que eres más grato a Dios que yo. Se airó Modesto, y entró en cólera con esta respuesta, y comenzó a bravear, y a amenazar a San Basilio con confiscación de bienes, destierro, tormento, y muerte: y el Santo, con gran paz, y severidad, le dijo: Modesto, no me hagas fieros, ni pienses, que me podrás espantar. No puedes confiscar los bienes, que yo no tengo, ni desterrarme; porque todo este mundo para mí es un destierro, y sé, que mi patria es el paraíso. No temo tus tormentos, porque mi cuerpo está tan exhausto, y consumido, que no tengo, donde recibirlos, y al primer golpe se acabará. Pues menos temo la muerte; porque sé, que me librará de esta cárcel, y me restituirá a mi Creador. Quedó asombrado el cruel prefecto de la constancia de Basilio, y le dijo: No he hallado hasta ahora persona, que me haya hablado con tanta libertad, y atrevimiento como tú. ─Eso será, dijo Basilio, porque no has hablado con algún Obispo: que los Obispos estamos obligados en las otras cosas a ser más humildes que todos; pero cuando se trata de la fe, y de la reverencia, que se debe a Jesucristo, debemos ser osados, y animosos, y no consentir, que se menoscabe un punto la Majestad de Su Divinidad. Finalmente, después de haber dado, y tomado en el negocio, la conclusión, fue, que Modesto dijo a San Basilio, que él le daba aquella noche, para que durmiese sobre ello, y pensase, lo que convenía. Entonces respondió Basilio con gran resolución: Yo seré mañana, el que hoy soy: mira tú, no te mudes. En suma San Basilio quedó vencedor, y firme como una roca en medio del mar: y Modesto confuso, mirando ya al Santo con respeto, se fue al emperador, y le dijo lo que pasaba, y que perdía tiempo en querer conquistar a Basilio; y el emperador, convirtiendo el odio en admiración, y el aborrecimiento en reverencia, mandó, que no le molestasen: y por ser día de la Epifanía, vino a la iglesia, donde estaba él, y todo el pueblo de los católicos, celebrando aquella gloriosa solemnidad; y cuando vio el orden, y concierto, que había en la Iglesia Católica, en el cantar los Salmos, en las ceremonias sagradas, en el ornato y atavío de los altares, en la devoción, silencio, y modestia del pueblo, en gran manera se maravilló, porque todos estaban, como unos ángeles, alrededor de Basilio, honrándole con acatamiento, y mirándole con veneración; y él en medio de todos con los ojos bajos, y con el aspecto recogido, sin moverse más que si fuera de piedra, cuando entró el emperador: el cual ofreció al templo ricos dones; aunque ninguno del Clero se atrevía a recibirlos de su mano: porque no sabían, si por ser herejes, San Basilio los quería admitir: tan grande era el respeto, que le tenían, como a Santo; y tan poco al emperador, por estar apartado de la fe católica. En la misma iglesia se turbó Valente, y le vino uno como un vahído de cabeza; y para que no cayese de su estado, fue menester, que se la tuviesen los ministros.

10 Allí habló a San Basilio Valente, y se ablandó con sus divinas palabras, y comenzó a mostrarse humano con los católicos; pero como eran tantos, y tan importunos los herejes, labraron tanto en el corazón inficionado del emperador, que mandó, que Basilio fuese desterrado. Estaban todas las cosas a punto, para ejecutarse la sentencia: mas venida la noche, y aparejado el carro, haciendo fiesta los herejes, y deshaciéndose de tristeza los católicos, sin apartarse del lado de su pastor, deseosos de acompañarle en el destierro; puso el Señor su mano, para deshacer tan impío y cruel decreto. Hirió con una enfermedad terrible, y peligrosa aquella noche a un hijo único del emperador, por nombre Galates, de poca edad, y apretóle de manera, que los médicos le desahuciaron; y la emperatriz Dominica dijo al emperador, que aquel era castigo de Dios por el agravio, e injuria, que se hacía a Basilio, y que ella había padecido espantosos sueños, y visiones por la misma causa. Mandó llamar el emperador a Basilio, y le dijo: Si es verdadera tu fe, ruega a Dios, que no muera mi hijo: y el Santo dijo: Si tú, oh emperador, crees lo que yo creo, y das paz a la Iglesia, vivirá tu hijo. Manda que le bauticen los católicos. Con esto comenzó a mejorar el hijo, y Basilio salió de palacio; y el emperador, porque no se atribuyese aquella mejoría a las oraciones de Basilio, le hizo bautizar por mano de los obispos arrianos, y que hiciesen oración por él; y luego expiró el muchacho, que sin duda viviera, si Valente hubiera tomado el consejo saludable de San Basilio. Quedó el emperador muy lastimado, y amargo con este suceso, y cargaron tanto sobre él los obispos, y privados suyos herejes, diciéndole, que estando Basilio en Cesarea, su religión no podía florecer, ni tener prosperidad, que determinó otra vez desterrarle, y echarle de su silla. Se formó el decreto imperial: se llevó a Valente, para que le firmase; y tomándole en sus manos, la silla en que estaba, se quebró. Tomó la pluma para firmarle; y no dio tinta. La mudó tres veces; y todas tres veces las plumas se quebraron. No escarmentó Valente, ni entendió, que aquella era la Mano de Dios, y perseverando en su maldad, comenzó a temblarle el brazo, como si estuviese tocado de perlesía. Entonces se rindió, y temiendo daño, rasgó con sus manos la cédula, y decreto, que tenía hecho contra San Basilio, y le dejó estar en Cesarea, sin inquietarle, muy contra su voluntad; porque no podía contrastar con Dios, que defendía a Su santo prelado.

11 Hablando una vez San Basilio con Valente: un criado suyo que se llamaba Demóstenes, y era como veedor de la casa del emperador, y el que tenía cargo de las viandas, que se servían a su mesa, estaba presente; y queriendo lisonjear a su amo, se atravesó en aquel razonamiento, y reprendiendo a San Basilio, porque no se ajustaba con la voluntad del emperador, hizo un barbarismo. San Basilio dijo: Basta, que vemos a Demóstenes, que no sabe hablar (aludiendo al Demóstenes, que fue príncipe de la elocuencia griega, como Cicerón lo fue de la latina): y queriendo él porfiar a hablar, añadió el Santo: Mejor harías en entender en tu oficio, y procurar que la comida del emperador esté bien sazonada, que no en ponerte a tratar las cosas de la fe.

12 Otra contienda tuvo San Basilio, aunque de menos importancia, con un prefecto del emperador, llamado Eusebio, tío de la emperatriz, y gobernador de las provincias de Ponto, y Capadocia, en la cual mostró asimismo su valor y constancia. Había una mujer muy noble, muy rica, y viuda, de buen parecer, llamada Vestiana, hija de un senador del supremo consejo, por nombre Araxio. Se le aficionó el asesor del prefecto, y pretendió casarse con ella: y como Vestiana no le diese oídos, por el deseo que tenía de guardar castidad; el malvado asesor quiso alcanzar por fuerza, lo que no podía por gracia. Viéndose ella muy acosada, acudió a la oración, y se acogió a la Iglesia, como a puerto seguro, y rogó a San Basilio, que la amparase; y él como fue siempre virgen, y enemigo de toda inmundicia, y corrupción de carne, tomó debajo de su amparo a la pobre mujer, para defender la limpieza, que deseaba no perder. Quiso el prefecto sacarla de la Iglesia; y el Santo se lo estorbó; y él se embraveció, y como hereje, o injusto juez, tomó esta ocasión para perseguir a San Basilio. Le hizo acusar de algunos delitos: envió ministros, y sayones a su aposento, para infamarle, como si estuviera alguna ruin compañía: le mandó parecer en su tribunal, y allí rasgarle la ropa, o manto, que llevaba; estando el Santo en pie, y el inicuo juez sentado, como Cristo ante Pilato. Dijo San Basilio al juez, que si quería se desnudaría también la sotana; y él le comenzó a amenazar, que le haría atormentar, descoyuntar, y morir afrentosa, y cruel muerte: y el Santo estaba con mucha paz, y serenidad, no haciendo caso de sus amenazas. Se supo en la ciudad la insolencia, y tiranía del prefecto, y vinieron todos a porfía a socorrer a su pastor, y librarle de aquel lobo carnicero. Corrían hombres y mujeres, mozos y viejos, pobres y ricos, oficiales y caballeros, cada uno con las armas e instrumentos, que hallaban a las manos, para ponerlas en Eusebio y defender a San Basilio: pero él, por dar bien por mal, y la vida, a quien le amenazaba la muerte, sosegó al pueblo, y con sola su presencia le detuvo, para que no ejecutase su justo enojo en aquel hombre bárbaro, e inhumano. Vestiana se entró en el monasterio, donde Santa Macrina, hermana de San Basilio, era abadesa, para ser en la vida religiosa de ella enseñada. Este fue el fin de este encuentro, que tuvo San Basilio, por defender la castidad de una mujer honrada, y honesta, contra la tiranía, y saña del injusto prefecto, que con la vara de justicia (como algunos suelen) pretendió oprimirla, y hacerle fuerza. Este pago dio el Santo a quien no se lo merecía; por imitar la clemencia, y benignidad del Señor, que continuamente hace mercedes, a quien le ofende: porque la grande constancia, y magnanimidad de San Basilio, estaba acompañada con una rara blandura y modestia: y así como era león, en lo que tocaba a la honra de Dios; así era cordero manso en sus propias injurias, y en hacer bien, a quien le perseguía; como lo hizo con el otro prefecto, llamado Modesto, de quien hablamos arriba, que tan descortésmente, y con tanto rigor le había tratado: porque habiendo caído en una enfermedad muy recia, y trabajosa, y no hallando para ella medicina, rogó a San Basilio, que le viniese a ver, y con humildad le pidió perdón, y remedio; y el Santo le ganó de tal manera, que de allí adelante fue pregonero de sus virtudes y grandezas.

13 En otra cosa mostró su singular paciencia y sufrimiento, que no fue menos notable; y suele ser más rara aun en los Santos. Visitando San Basilio las Iglesias de Armenia, para proveerlas de pastores y obispos, admitió a la comunión de la fe a un Fustacio, Obispo de Sebaste, que habiendo sido hereje, dio muestras de reducirse a la Iglesia Católica, o hizo la profesión de la fe, abjurando las herejías; y después volvió a ellas. Por esta clemencia, que con él había usado San Basilio, se escandalizaron muchos católicos, y se apartaron de él, como de hombre sospechoso; y hasta sus mismos monjes rehusaban su conversación. Sintió en gran manera el Santo, como debía, este trabajo y aunque dio algunas razones para satisfacción de los que se escandalizaban, de lo que él había hecho; todavía estuvo tres años sin tomar la pluma para escribir a Fustacio, o contra él, como contra engañador; y esto hizo, por no decir palabras descompuestas, y que saliesen más del sentimiento, que tenía contra él por haberle engañado, que de la razón.

14 Esta paciencia tan extremada nacía de estar San Basilio tan deshecho de sí, y tan arrimado, y firme en Dios, y de tener los juicios de los hombres, por lo que son, y gozar del testimonio de la buena, y limpia conciencia. Había alcanzado aquella renunciación tan perfecta, que él mismo enseña, por la cual el hombre alumbrado, y ayudado de Dios, hace divorcio con todas las cosas del mundo, y no teme, ni se espanta de la misma muerte. A la cumbre de esta perfección había llegado por medio de la penitencia, y oración, que en él fueron más admirables que imitables: porque nunca se vistió más que una ropa: dormía siempre en el suelo: ayunaba todos los días: nunca bebía vino: traía su cuerpo, como si no fuera cuerpo suyo, en tanto grado, que por la extremada penitencia vino a estar tan debilitado, que no tenía, sino el pellejo, y los huesos: velaba las noches enteras en oración, y era muy regalado, y visitado del Señor en ella; y por su medio le hizo grandes mercedes, y obró muchos milagros, de los cuales referiré alguno.

15 Deseó particularmente el Amor del Espíritu Santo, para alabar a Dios en la Misa con oraciones y palabras propias suyas, y después de haber tenido un éxtasis, y revelación, sobre lo que deseaba, le fue otorgada la gracia que pedía, y escribió la Misa, que se llama de San Basilio; y el primer día, que celebró por aquel nuevo orden, bajó sobre él un grande resplandor, y permaneció hasta que acabó el sacrificio. Otra vez estando celebrando, se ingirió, y juntó con los cristianos, que allí estaban, un judío, con curiosidad de ver lo que se hacía; y al tiempo de frangir y partir la hostia, vio en manos de San Basilio un hermosísimo Niño, que juntamente se dividió; y movido de lo que había visto, se llegó a comulgar con los otros, y recibió la Hostia consagrada convertida en carne: y con este admirable caso entendió la verdad de aquel sagrado misterio, y al día siguiente vino a San Basilio, y fue de él bautizado con toda su familia.

16 Tenia un caballero principal, llamado Proterio, una hija doncella, virtuosa, y deseosa de hacerse monja, y consagrar su virginidad al Señor: mas el demonio, como enemigo de la castidad, y de nuestro bien, incitó a un criado del mismo Proterio, para que la pretendiese por mujer; y porque no se atrevía a pedirla, por ser su suerte, y condición tan desigual; por medio de un mago, y nigromántico, por alcanzar lo que tanto deseaba, prometió al demonio vasallaje, y le dio cédula de ello, escrita y firmada de su mano, renunciando al bautismo, que había recibido, y negando a Jesucristo nuestro Señor. Permitió Dios, que el demonio tuviese poder, para tentar a la doncella, y que ella se abrasase en vivas llamas de amor de su mismo criado, y que con lágrimas y gemidos pidiese a su padre, que se le diese por marido, si no la quería ver luego muerta delante de sus ojos. En suma, ella se casó, y después entendió que aquel hombro no entraba en la iglesia, ni hacía obras de cristiano. Sabida la causa, y el pacto, que había hecho con el demonio, la mujer, deshaciendo sus carnes, y llorando su desventura, vino a San Basilio y le contó el caso. El Santo animó a aquel hombre miserable, que desesperaba ya de su salud, y creía, que no podía ser perdonado, para que confiase de la bondad infinita del Señor, y se echase en Sus amorosos brazos. Le encerró en un aposento: le hizo ayunar: se puso en oración; y después de muchos asaltos, que le dieron los demonios, y horribles voces, y aullidos, en que le decían, que él había venido a ellos, y no ellos a él, y que no se podía escapar de sus manos, porque tenían su cédula por prenda de su homenaje; fueron tan eficaces las oraciones de San Basilio, que aquellos monstruos infernales, forzados de ellas, restituyeron la cédula de aquel hombre, echándola por el aire allí delante de todo el pueblo, que por orden del Santo estaba, levantadas las manos al cielo, puesto en oración: y él la rasgó; y después de haberle reconciliado con la Iglesia, viéndole arrepentido, y penitente de su grave culpa, le hizo dar la comunión, amonestándole, de lo que en adelante debía hacer.

17 También fue gran milagro, el que sucedió con San Basilio a Efrén, siro, diácono: el cual fue tan santo varón, y tan ilustrado de Dios, y escribió tan altamente de las cosas divinas; que como dice San Gerónimo, después de las sagradas letras, se leían sus obras en las iglesias con grande reverencia, y admiración. Estando, pues, Efrén en la soledad, vio una columna de fuego, y oyó una voz, que le dijo, que aquella columna era el gran Basilio, y lo mandó, que le buscase, y se aprovechase de su doctrina. Vino a Cesarea: entró en la iglesia, donde estaba el Santo; y sin descubrirse, fue conocido por revelación divina de San Basilio, cuya boca, cuando cantaba el Oficio Divino, parecía a Efrén boca de fuego: y vio sobre la diestra de Basilio una paloma, que le inspiraba, y avisaba lo que había de predicar. Y aunque el mismo Efrén, contando el conocimiento, que tuvo con San Basilio, no lo dice; el autor, que escribió la vida de San Basilio, que anda impresa en los tomos de Surio con nombre de Anfiloquio, refiere, que Efrén por las oraciones de San Basilio alcanzó el entender, y poder hablar la lengua griega, como él mismo se lo había pedido. Y añade este autor, que San Basilio sanó a un leproso, tan gastado, y comido de la lepra, que había perdido ya el uso de la lengua, y estaba en casa de un santo clérigo, llamado Anastasio, que le tenía encerrado en un aposento aparte, para curarle secretamente, y usar con él aquella obra de tanta misericordia, y piedad. Dice más: que con sus oraciones alcanzó de Dios perdón de sus pecados a una mujer noble, y rica, que con nombre de viuda había sido lasciva, y deshonesta, y soltado la rienda a todo género de vicios, y maldades. Ésta, tocada de la mano del Señor, conoció su mala vida, y la lloró, y escribió en un papel todos sus pecados, de que se acordaba; y sellados, los dio a San Basilio, rogándole, que suplicase a nuestro Señor, que los borrase de aquel papel, para que ella entendiese, que se los había perdonado. Oró el Santo, y todos parecieron borrados, sino fue uno solo, que era el más grave. Después, muerto ya San Basilio, poniendo el mismo papel sobre su cuerpo, cuando le llevaban a enterrar; se halló borrado aquel pecado, como los demás, por los merecimientos del Santo, y por la fe, y lágrimas, con que la pobre mujer se lo pidió.

18 Vino otra pobre, y desventurada mujer, a San Basilio, y le rogó, que le diese una carta de recomendación para el prefecto, o gobernador, que le debía cierta cantidad, lo hizo el Santo, y le escribió estas palabras: «Esta pobre mujer ha venido a mí, diciéndome, que te la encomiende, porque tú harás lo que yo te rogaré. Si es así: muéstralo por las obras.» El prefecto no hizo nada: y queriendo cumplir con San Basilio de palabras, como se acostumbra, le respondió, que de muy buena gana hiciera, lo que le mandaba, y se compadeciera de aquella mujer, si pudiera: pero que aquel negocio pertenecía al fisco. Entendió el Santo el negocio, y escribió de nuevo al prefecto estas palabras: «Si quisiste, y no pudiste, no hay que tratar más; si pudiste, y no quisiste, tú caerás, y vendrás a tal estado, que quieras, y no puedas.» Como lo escribió San Basilio, así sucedió: porque de allí a poco perdió la gracia del emperador, y fue preso por su mandado, y no tuvo otro remedio, sino suplicar a San Basilio, que intercediese por él con el emperador, y él lo hizo; quedándole el prefecto muy agradecido, y desengañado de la inconstancia de la fortuna, y pagando a la mujer, que Basilio le había encomendado, dos tanto más, de lo que le debía.

19 Otro milagro no menos notable trae el mismo historiador, y Juan Zonara, autor griego, escribe en sus anales, que declara más la eficacia de la oración de San Basilio, y las cosas maravillosas, que Dios obraba por ella. Había mandado el emperador Valente quitar una iglesia a los católicos en la ciudad de Nicea, y darla a los herejes. Los católicos pidieron a San Basilio que fuese a Constantinopla, y suplicase al emperador, que les volviese su iglesia. Fue, le habló, le rogó, le importunó; y no pudo alcanzar nada del hereje emperador. Entonces Basilio con grande fe, y libertad, le dijo: Señor, pongamos este pleito en manos de Dios, para que Él le determine. Mandad cerrar esta iglesia, y que los de vuestra secta estén fuera, y se pongan en oración: y si las puertas de la iglesia cerradas se abrieren de suyo, sea de ellos la iglesia: y si no se abrieren, nosotros haremos oración, y si se nos abrieren, sea nuestra; y si se quedaren cerradas las puertas a los unos, y a los otros, nosotros nos contentaremos, que la iglesia quede por suya. Pareció bien este partido al emperador. Se hizo así: se cerraron las puertas; y los arrianos hicieron una larga, y prolija oración, y se quedaron cerradas. Vino la tarje de aquel día, y habiéndose retirado los herejes, San Basilio con los católicos hizo su oración; y luego todos los cerrojos se quebraron, y las puertas se abrieron de par en par, con gran consuelo, y gozo de los católicos, y espanto de los herejes: de los cuales muchos se convirtieron por este milagro, aunque el emperador Valente siempre quedó empedernido, y obstinado: pero el Señor poco después le castigó severamente; porque habiendo sido vencido en una batalla de los godos, y entrado en una casilla pajiza, huyendo de ellos, le pusieron fuego, y fue quemado como hereje. Todos estos fueron efectos milagrosos de la oración de San Basilio: y no menos otro, referido por el mismo autor, que sucedió al tiempo de su muerte; y fue de esta manera.

20 Había tenido amistad San Basilio con un médico, de secta judío, llamado José, muy sabio, y experimentado en su arte de medicina, con deseo de atraerle al conocimiento de Jesucristo nuestro Salvador; pero en vida no se lo había podido persuadir. Estando ya a la muerte, le envió a llamar, para que le dijese, lo que le parecía de su vida, y salud. Habiéndole tomado el pulso el judío, le respondió, que se moriría sin remedio, y que aquel mismo día al poner el sol se acabaría. Entonces San Basilio dijo: Pues ¿qué diréis vos, si mañana me halláis vivo? Eso no puede ser; dijo el médico, y si yo lo viere, yo os prometo de hacerme cristiano. Rogó el Santo al Señor, que le alargase la vida corporal, para que el judío alcanzase la espiritual de su alma, y se convirtiese, como se convirtió, por haber visto aquel milagro tan contrario a las reglas de la medicina, y sobre todo el poder de la naturaleza: y el mismo Santo con las mismas fuerzas sobrenaturales, que el Señor le dio, se levantó de la cama, y fue a la iglesia, y le bautizó con los de su casa, y se volvió a su cama para morir.

21 Se entendió en la ciudad el trance, en que estaba su santo pastor, y como si fuera padre del cuerpo, como lo era del espíritu de cada uno, así venían todos desalentados, y afligidos a su casa, llorando, y gimiendo, y buscando medios, para entretenerle, y conservarle la vida, y deseando cada uno quitar de sus años, para dárselos a él: pero pudieron más en el acatamiento del Señor, para que le llevase, sus merecimientos, y las ansias de salir de este destierro, por verle, que los deseos del pueblo, para detenerle en la vida.

22 Se entretuvo el Santo con Dios en la oración, y exhortó a los circunstantes, que sirviesen de todo corazón a su Creador; y admirando a los Ángeles, que venían por su alma, la dio al Señor; y diciendo aquellas palabras: In manus tuas, Dómine, commendo spiritum meum, murió al primer día de enero, el año de 378. Había sido Obispo ocho años, y seis meses, y diez, y seis días; y por estar ocupado el día de su muerte con la festividad de la Circuncisión de Cristo nuestro Redentor, celebra la Iglesia la memoria de San Basilio a los 14 de junio, en que fue consagrado en Obispo. No se puede encarecer el sentimiento, y lágrimas, que causó en toda la ciudad de Cesarea el fallecimiento de tan santo pastor, y el concurso de gente, que hubo en su entierro, de cristianos, judíos, y gentiles, que venían de tropel, por verle, y la devoción, con que los fieles tocaban el cuerpo difunto, y pretendían llevar alguna reliquia suya, como riquísimo tesoro; pero entre todos el médico, amigo de San Basilio, y por él de judío hecho cristiano, cuando le vio muerto, echándose de pechos sobre el Santo, derramando muchas lágrimas, dijo: Verdaderamente, siervo de Dios Basilio, que si tú quisieras, tampoco murieras ahora, como no moriste antes.

23 A más de haber servido este esclarecido doctor al Señor tan escogidamente con su vida, y con su doctrina, escribió muchos, y admirables libros: de los cuales goza la Iglesia católica, y son tenidos en suma veneración: y San Ambrosio los estimó en tanto, que casi trasladó de griego en latín el libro, que San Basilio escribió del Espíritu Santo, y las homilías sobre el Exameron, en que explica la creación del mundo, y lo que Dios obró en aquellos seis primeros días: y tuvo amistad con San Basilio, y los dos se comunicaron por cartas; y por medio de Basilio se envió a San Ambrosio el cuerpo de San Dionisio, mártir, Obispo de Milán, que había muerto en Capadocia, desterrado por la fe católica, del emperador Constancio. Y San Gregorio Nazianceno, hablando de los escritos de Basilio, dice, que ninguno antes de él, había declarado las divinas letras tan alta, y acertadamente. Fue San Basilio alto de cuerpo, flaco, y enjuto de carnes: el color pálido, y algo triste: la nariz bien proporcionada: arqueadas las cejas: el aspecto de hombre absorto, y pensativo: el rostro con algunas rugas, y prolongado: las sienes algo cóncavas: la barba larga, y entrecana.

24 Las alabanzas, que los santos doctores antiguos dan a San Basilio, son tantas, y con tan grande encarecimiento, que ellas solas bastan, para entender la estima, y veneración, en que le hemos de tener, y el cuidado, con que le debemos imitar. San Gregorio Nazianceno, su gran compañero, y amigo, escribe una oración admirable de su vida, y virtudes, y le llama vínculo de la paz, pregonero de la verdad, ojo clarísimo de los cristianos, y varón, que igualó la vida con la doctrina, y la doctrina con la vida. San Gregorio Niseno, su hermano, que también le alabó con otra elocuentísima oración, dice fue profeta, e intérprete del Espíritu Santo, soldado valeroso de Cristo, excelente predicador de la verdad, y defensor invencible de la Iglesia del Señor. Compárale en el celo a Elías: en el tratamiento, y aspereza de su cuerpo, y en la libertad de reprender a los príncipes, a San Juan Bautista. San Efrén dice, que fue acepto a Dios, como Abel: como Noé, guardado en las aguas del diluvio: como Abrahán, llamado amigo de Dios: ofrecido por víctima, como Isaac: vencedor de las tribulaciones, y adversidades, como Job; y sublimado como José: y vale comparando con Moisés, con Aarón, con Josué, y los profetas del Señor, y con los apóstoles; y evangelistas; y exhorta a imitarle en todo, sin desechar cosa alguna en sus obras, y palabras. Simeón Metafraste le llama hacha de la Iglesia católica: sol resplandeciente de la verdad, que con sus rayos alumbra toda la tierra: columna excelsa de Dios: luz de la teología: legítimo hijo de la sabiduría: plenitud de inteligencia: embajador del Padre: trompeta del Verbo Eterno; y dispensador de los dones del Espíritu Santo: y de esta manera otros Santos loan sus virtudes, y excelencias. Supliquemos al Señor por los merecimientos del mismo Santo, que nos dé Su gracia, para que en alguna parte de ellas le imitemos, y gocemos de la gloria, que él goza en aquella bienaventurada eternidad, por los siglos de los siglos. Amén.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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