Vida de la Santísima Virgen María

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona, 1844 – Tomo I, Página 62.

Vida de la Santísima Virgen

1 La Sacratísima Virgen María nuestra Señora fue de Nazaret, ciudad de Galilea, e hija de padres nobles y ricos. Su padre se llamó Joaquín, natural de Nazaret: Su madre Ana, de la ciudad de Belén. Eran los dos de la tribu de Judá, y del linaje real de David: Joaquín por vía de Nathán, y Ana por vía del rey Salomón, que ambos fueron hijos de David. Estos bienaventurados padres de la Virgen eran de vida santísima, como convenía que fuese el árbol, que había de producir tal fruto. Se empleaban en la guarda de la Ley con gran cuidado, en ayunos, oraciones y limosnas: repartían sus rentas en tres partes: una gastaban en el culto divino y ministerios del Templo: otra en los pobres; y la otra en el gasto de sus personas y familia. Habían vivido veinte años casados sin tener hijos, porque Ana era estéril, y por esta causa estaban tristes y afligidos, y como avergonzados y corridos; porque en aquel pueblo carnal se tenía la esterilidad por un género de oprobio y castigo de Dios: al cual estos Santos casados suplicaban con grande instancia de día y de noche, que les diese fruto de bendición, prometiéndole de consagrar a Su Divina Majestad el hijo o hija, que les diese. Perseverando en esta oración, un Ángel apareció a Joaquín, que estaba en la majada de sus pastores, y le dijo, que Dios había oído sus ruegos, y que tendría una hija, que se llamaría María y sería Madre del Salvador del mundo. La misma revelación tuvo Santa Ana en un huerto, en donde vivía apartada. Lo comunicaron entre sí, y hallaron, que convenía muy bien, lo que el Ángel había dicho al uno, con lo que había dicho al otro. Dieron muchas gracias al Señor por aquella tan señalada merced, y Ana concibió a la Virgen sacratísima a los ocho días de diciembre, en que la Santa Iglesia celebra la fiesta de Su Concepción. Fue concebida sin pecado original, previniéndola Dios con tanta abundancia de gracia, cuanta era razón, que tuviese, la que era predestinada para Madre Suya y quebrantadora de la cabeza de la serpiente infernal. A los nueve meses cumplidos nació en Nazaret esta Niña muy bendita, en una casa, que tenían Sus padres en el campo, entre los balidos de las ovejas y alegres cantares de los pastores. Nació a los ocho de setiembre; y nueve días después, que fue a los diez y siete del mismo mes, según la costumbre de los hebreos, le fue puesto el nombre de María. Le dio el Señor (a lo que algunos Santos dicen, y piadosamente se puede creer) por Ángel de guarda a San Gabriel, y a otros muchos Ángeles en Su compañía. Al cabo de ochenta días fue Santa Ana a Jerusalén a cumplir la Ley de la purificación, llevando la Niña al Templo en sus brazos, como un tesoro precioso; y dada por ella la ofrenda acostumbrada de los primogénitos, se volvió con ella a su casa. Siendo ya de tres años, para cumplir el voto, que habían hecho de ofrecerla al Señor, la llevaron sus padres a Jerusalén, y la ofrecieron en el Templo a los veinte y uno de noviembre, con las ceremonias que en semejantes ofrendas se usaban. Declararon al sacerdote el voto, que habían hecho, encargándole, que tuviese cuenta con su hija, como con cosa dedicada ya a Dios, y que la pusiese entre las otras doncellas, que le servían, junto al Templo, en una casa edificada para este efecto, donde las vírgenes eran sustentadas con las rentas del mismo Templo, y apartadas del ruido y bullicio, podían ocuparse en santos y loables ejercicios, y entrar fácilmente en el mismo Templo a hacer oración. Admiró a todos por extremo la belleza y gracia de la bienaventurada Niña, y más, la prontitud y alegría, con que se despedía de sus padres, y se dedicaba al Señor; sacando por aquellos pequeños indicios las grandes y maravillosas obras, que Dios había de obrar en Aquella, que de tan tierna edad había escogido para Su servicio.

2 Fue recibida la Santa Niña entre las otras vírgenes con gran regocijo de las demás, y luego comenzó a resplandecer en aquella casa material de Dios, la que era verdadero y espiritual Templo Suyo. Allí aprendió muy perfectamente a hilar lana, lino, seda y holanda, coser, labrar los ornamentos sacerdotales, y todo lo que era menester para el culto del templo, y después para servir y vestir a Su precioso Hijo, y para hacerle la túnica inconsútil, como dice Eutimio. Aprendió asimismo las letras hebreas, y leía a menudo con mucho cuidado, y meditaba con grande dulzura las Divinas Escrituras, las cuales con Su alto, y delicado ingenio, y con la luz soberana del cielo que el Señor le infundía, entendía perfectamente. Nunca estaba ociosa: guardaba silencio: sus palabras eran pocas y graves, y cuando eran menester: su humildad profundísima, la modestia virginal, y todas virtudes tan en su punto y perfección, que traía a sí los ojos, y robaba los corazones de todos; porque más parecía Niña venida del cielo, que criada acá en la tierra. Ayunaba mucho, y con el recogimiento, soledad, silencio y quietud, se disponía a la contemplación y unión con Dios, en la cual fue eminentísima, y el Señor la visitaba y regalaba con Sus resplandores y ardores divinos, como a esposa Suya, y los Ángeles a menudo se le mostraban, y conversaban con Ella; y algunas veces le traían para comer manjares, no aparejados por mano de hombres, sino venidos del cielo. Vivió en esta manera de vida hasta los once años de su edad, en la cual murieron Sus Santos Padres, muy viejos, casi de ochenta años, sin haber tenido otra hija ni hijo, sino Ella. Estando aquí en el Templo con encendido deseo y amor de la virginidad, que el Espíritu Santo le inspiraba, hizo voto de guardarla perpetuamente, y fue la primera, que hizo esta manera de voto y alzó la bandera de la virginidad, y con Su ejemplo incitó a tantos y tan grandes escuadrones de purísimas doncellas, para que la abrazasen, y por no perderla, perdiesen sus vidas: y por esto se llama Virgen de las vírgenes, como Maestra y Capitana de todas ellas: porque aunque es verdad, que en el viejo Testamento algunos permanecieron castos toda su vida, como Josué, Melquisedech, Elías, Eliseo, Jeremías, y los tres mozos del horno de Babilonia; pero cosa cierta y averiguada es, que ninguno con obligación de voto prometió a Dios virginidad, y que nuestra Señora fue la primera, que sin ejemplo a quien imitase, le hizo, y se ofreció a Dios: porque esta gloria estaba reservada a esta Señora, que sola había de juntar la flor de Virgen con el fruto de Madre. Siendo ya de edad para casarse, pareció a los sacerdotes, que la Virgen tomase marido, como lo hacían las demás, que tenían edad para ello. Mas como Ella entendiese, que trataban de casarla, respondió con humildad, y modestia: que aquello no podía ser; porque sus padres la habían ofrecido a Dios, y Ella había hecho voto de perpetua virginidad. Se admiraron todos de oír cosa tan nueva, y trataron, si sería bien casarla con algún sacerdote, en cuya compañía perseverase en el servicio del Templo: mas esto no tenía lugar; porque por ser única de sus padres, había heredado, y según la Ley era forzoso casarse con hombre de su mismo linaje y familia. Acudieron al divino oráculo; y respondió el Señor, que todos los que al presente estaban en Jerusalén, del linaje de David, se juntasen; y a quien le cupiese la suerte, ése se casase con Ella, y la Virgen tuvo revelación del Señor, que obedeciese a los sacerdotes, y que no temiese; porque Él la guardaría. Cupo la dichosa suerte a José, de la tribu de Judá, natural de Belén, de oficio de carpintero, hombre de madura edad y santo, y que siempre había guardado castidad, y cual convenía que fuese el Esposo de tal Esposa. Se desposaron, siendo la Sacratísima Virgen de trece años y tres meses, y fue entregada a Su Esposo, para guardarla y mirar por Ella.

3 Con esto nuestra Señora volvió a Nazaret, y habitó en la casa de Sus padres, que Ella, como hija única, había heredado: y estando en Nazaret la Virgen purísima, y llegada ya aquella hora bienaventurada, en que Dios había determina de vestirse de nuestra carne en Sus entrañas, vino a Ella el Arcángel San Gabriel con aquella tan alta y tan soberana embajada; y hallándose sola, retirada y suspensa, en contemplación, con grande humildad y reverencia la saludó y le dijo: «Dios te salve, llena de gracia: el Señor es contigo; y Tú eres bendita entre todas las mujeres.» Se turbó la Virgen, no por ver al Ángel (que no era cosa nueva para Ella); sino por verle en figura de hombre, y por las alabanzas, que le daba, de las cuales Ella se tenía por indigna. Mas el Ángel la animó y declaró el misterio a que venía, y la aseguró, que varón no tendría parte en Ella, ni Su virginidad, de la cual Ella estaba tan solícita, padecería detrimento; porque el Espíritu Santo vendría sobre Ella, por cuya virtud concebiría al Hijo del Altísimo; y le trajo el ejemplo de Su prima Isabel, que siendo vieja y estéril, había concebido; porque para Dios ninguna cosa es imposible, y cuando Él es servido, como pare la estéril, puede parir la virgen. Con esta seguridad, obedeciendo a la Voluntad del Señor, y humillándose profundísimamente hasta el abismo de Su nacimiento, dio el Sí, y consintió en la embajada, diciendo aquellas dulcísimas palabras, que alegraron al cielo, y santificaron la tierra: «He aquí la sierva del Señor: cúmplase en mí Su Voluntad según tus palabras.» En aquel momento concibió al Verbo Eterno en Sus entrañas, y fue verdadera Madre de Dios, y de Su Padre y Creador, y constituida Reina del cielo y de la tierra y de todo lo creado.

4 Acabado este inefable misterio, la Virgen, y ya Madre, movida del mismo Espíritu, que con tanta copia y plenitud de gracias había sobrevenido en Ella, se puso en camino para visitar a Su prima Isabel, y ejercitar la caridad con ella; y con admirable ejemplo de humildad ayudarla, servirla y darle el parabién de la merced, que el Señor le había hecho en su vejez con el nuevo hijo, y santificar al mismo hijo con Sus palabras. Anduvo aquel largo camino con presteza; porque el fervor de Su gran caridad la alentaba, y daba fuerzas, y mucho más el tesoro que llevaba en Su sagrado vientre, porque la preñez no le estorbaba. Entró en casa de Zacarías, saludó a Isabel, la visitó mayor a la menor, y la saludó primero, antes que Isabel la saludase; para darnos en todo ejemplo de aquella singular humildad, con que tanto agradó al Señor. Penetraron las palabras de la Virgen por los oídos de la madre, y llegaron al santo niño Juan, que estaba en sus entrañas, el cual, recibiendo el espíritu de la santificación, y conociendo al Señor del mundo, que estaba encerrado en el sagrado tálamo de María, dio saltos de placer, significando con ellos, lo que no podía declarar con palabras. De este movimiento y nuevo regocijo, entendió Isabel el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, y alumbrada con el espíritu de profecía, y luz del cielo, dijo a la Virgen Santísima: «Bienaventurada eres Tú entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de Tu vientre. ¿De dónde merecí yo, que la Madre de mi Señor venga a mí?» Y las otras palabras, que se siguen en alabanza de la Virgen: la cual, reconociendo todas las gracias del Señor, y no atribuyendo ninguna a si, cantó aquel cántico del Magníficat, que está más lleno de misterios, que de palabras. Y habiendo estado casi tres meses en aquella casa, santificándola con su presencia, se volvió a la Suya en Nazaret.

5 Aquí pasó aquella grande tribulación con la sospecha, que de Ella tuvo el Santo José Su Esposo; porque viendo él, que la Sacratísima Virgen estaba preñada, y sabiendo cierto, que él no tenía parte en aquel preñado, se halló muy turbado y confuso, no sabiendo, lo que en un caso tan dudoso había de hacer para cumplir con la Ley, y no infamar a una mujer de tan loables costumbres, y que por ventura no tenía culpa. Y la Santa Esposa, aunque veía las olas y afectos varios del corazón de Su dulce Esposo, y tenía pena de su pena; pero por encubrir el Sagrado Misterio, que Dios había obrado en Ella, con el velo de la humildad, disimulaba, callaba, oraba y encomendaba Su causa a Dios, para que Él pusiese remedio. La oyó el Señor, y envió un Ángel del cielo a José, que le apareció en sueños, y le declaró el misterio, y mandó, que tomase a la Virgen, para servirla y acompañarla, y tener cuidado del fruto muy bendito que de Ella naciese, a quien llamarían Jesús. Con esta revelación se deshicieron aquellos nublados, cesó la tempestad y se serenó el corazón de José, y comenzó con mayor acatamiento y reverencia a seguir aquella Virgen, que antes tenía por Santa, y ahora conocía por Madre de Dios: a la cual, estando ya en los nueve meses y vecina al parto, se le ofreció otro trabajo de un largo camino, que en tiempo de invierno y frío, hubo de hacer con Su Esposo, de Nazaret a Belén, para cumplir con el edicto del emperador Octaviano, que había mandado, que todos los sujetos a su imperio se empadronasen cada uno en la ciudad donde había nacido; y como José era natural de Belén; fue necesario ir allá para cumplir con este mandato. Pasaron los Santos Esposos en este camino mucha incomodidad y trabajo, a causa de ser el camino largo, el tiempo recio, su pobreza mucha, la Virgen Santísima de poca edad, y delicada, y ya en días de parir: la cual llevaba con admirable sufrimiento, y alegría, todas aquellas molestias; porque tenía en Sus entrañas la dulzura y regalo del mundo. Llegaron a Belén, y no hallaron quien los albergase. Se recogieron a una cueva, que estaba fuera y pegada a los muros del pueblo, donde se solían acoger las bestias y pobres caminantes, y en aquel vil y desabrigado establo parió la Virgen a Dios encarnado, y habiéndolo envuelto en los pañales, que para este efecto llevaba, le reclinó en el pesebre, adorándole como a Dios, y reverenciándole como a Señor, y besándole como a hijo. A los ocho días del nacimiento se hizo la circuncisión en el mismo portal, donde estaban; y el ministro de ella, dice el bienaventurado San Bernardo, fue San José, y entonces se le puso el nombre de Jesús y Salvador, que el Ángel había publicado y traído del cielo. Vinieron después los reyes Magos, guiados de la nueva estrella, y adoraron al Doncel y a la Doncella, al Hijo, y a la Madre, declarando con sus dones de oro, incienso, y mirra, lo que de aquel Niño tierno y Dios eterno creían. Cumplidos ya los cuarenta días del sagrado parto, vino la Reina de los Ángeles a Jerusalén, para obedecer a la Ley, que Dios había dado de las paridas, y para presentar Su Hijo primogénito al Señor en el Templo, y rescatarle con cinco siclos, como lo mandaba otra ley de los primogénitos. Aquí tuvo nuevas causas de alegría y de tristeza, de consuelo y de dolor; porque por una parte vio, que la gloria de Su muy bendito Hijo comenzaba a manifestarse al mundo, y que aquel santo viejo Simeón le había tomado en sus brazos, adorándole y reconociéndole por Luz de las gentes, y ornamento y gloria del pueblo de Israel; y aquella venerable y anciana profetisa Ana le había magnificado y hablado altamente de Sus grandezas, y maravillas: lo cual todo era materia de gozo y de alegría; mas por otra parte atravesó Su Corazón un cuchillo de dolor, cuando oyó decir al santo viejo Simeón aquellas palabras: «He aquí este Niño, puesto como blanco, a quien el mundo ha de hacer contradicción, y muchos han de caer y levantarse por Él en Israel; y tu alma será traspasada de un cuchillo de dolor, para que se descubran los secretos de muchos corazones de los hombres»: con las cuales palabras se echó acíbar en los placeres de este día, y todo aquel gozo se aguó con temor y sobresalto, el cual comenzó a crecer; porque acabada aquella ceremonia y solemnidad de la purificación de la Virgen, fue necesario aprisa huir a Egipto, para escapar el Niño de las manos del impío rey Herodes, el cual le procuraba matar. Mas el Ángel apareció en sueños a José, y le mandó, que luego se levantase, y tomase al Hijo y a la Madre y se fuese a Egipto, y que allí estuviese, hasta que fuese avisado: y José lo hizo así, y por caminos apartados y desiertos, con gran trabajo e incomodidad, y solícito cuidado, hicieron aquella larga jornada, y llegaron a Egipto, y habitaron en un lugar, que ahora llaman Matarea, entre Heliópoli y Babilonia, tres leguas de Babilonia, y cuatro de Heliópolí. Aquí pasaron la vida con gran necesidad y pobreza, por ser extranjeros y no conocidos, y no con menor pavor y sobresalto; porque aunque estaban muy confiados, que el Señor guardaría aquel Niño; todavía el amor era causa del temor, y no les dejaba reposar. Pero lo que más afligía a la Virgen, era ver la ceguedad de aquellos pueblos, en que vivían, los cuales dejando a Dios verdadero, adoraban por dioses a las obras de sus manos, y al cocodrilo, y a las serpientes, y otras sabandijas, y en ellas a los demonios, que los traían engañados. Estuvieron en Egipto hasta la muerte de Herodes, y por mandado del mismo Ángel, que antes había aparecido a José, volvieron a su tierra, e hicieron su asiento y morada en la ciudad de Nazaret, de donde venían cada año a Jerusalén a visitar el santo Templo del Señor.

6 Siendo ya el Niño de doce años, y habiendo venido, como acostumbraba, con Sus padres al Templo, se quedó en él, sin que ellos lo entendiesen: y buscándole tres días con grandes sollozos, suspiros y lágrimas, al cabo le hallaron en el Templo entre los doctores y sabios, proponiéndoles dudas, y respondiendo a las que ellos le proponían. Viéndole así la dulcísima Madre, dijo al muy bendito Niño: «Hijo, ¿por qué lo habéis hecho así, sabiendo que vuestro Padre, y Yo con grande dolor Os buscábamos?» Y el Señor respondió: «¿Para qué Me buscabais? ¿No sabéis, que Me tengo de ocupar en las cosas, que tocan al servicio de Mi Padre?» Las cuales palabras, aunque los circunstantes no las entendieron, la Virgen las notó y guardó en Su pecho para rumiarlas, y considerar los misterios profundísimos, que estaban envueltos en ellas. Todo el resto del tiempo hasta los treinta de Su Vida estuvo el Señor con Su bendita Madre, acompañándola, obedeciéndola, y sirviéndola, como Hijo muy obediente a Su verdadera y amantísima Madre: y de esta sujeción, y obediencia podemos sacar la humildad del Hijo y la excelencia de la Madre; porque no puede haber humildad más profunda, que sujetarse y obedecer Dios a Su criatura, ni mayor grandeza y soberanía, que mandar la criatura a Dios: y ésta, tuvo la Virgen Sacratísima hasta la edad de los treinta años de Su Hijo: el cual habiendo cumplido veinte y nueve años y trece días, se despidió de Su Madre, y fue a Betabora a ser bautizado en el río Jordán, de San Juan, y de allí entró en el desierto, y ayunó cuarenta días, y fue tentado y venció al enemigo, y salió como Maestro del cielo a predicar, y juntó discípulos e hizo lo demás, que referimos en Su Vida. Pero en este tiempo, aunque andaba de unas partes a otras predicando, la Virgen sacratísima le acompañaba, y se halló con Él y con Sus discípulos en las bodas de Caná de Galilea, y faltando el vino, no faltó la piedad de esta Señora, para rogar a Su bendito Hijo, que proveyese aquella falta, para que no cayesen en vergüenza los novios, y con ocasión de aquel milagro se manifestase más Su gloria: y así lo hizo Cristo nuestro Redentor, que ninguna cosa, que le pide, niega a Su Madre; y éste fue el primer milagro, que obró, convirtiendo el agua en vino, y mostrándose Señor absoluto de todas las criaturas. Otra vez así mismo leemos, que estando predicando Cristo nuestro Señor, vino Su Madre, y los oyentes le dijeron: «He aquí que Tu Madre, y Tus hermanos Te buscan»; llamando hermanos, según uso de los hebreos, a los parientes cercanos de Cristo, por parte de Su Madre, y aun de José, a quien tenía por padre Suyo. Y otras muchas veces es de creer, que la Virgen Santísima acompañaba a Su muy bendito Hijo, e iba con Él, y le seguía, para servirle en Sus trabajos y gozar de Su vida y doctrina, y magnificarle por las maravillas que obraba; y duró el hacer esto, todo el tiempo que predicó Cristo, hasta que acercándose ya la hora, en que el mismo Señor había determinado de morir, y habiendo celebrado aquella última y misteriosa cena con Sus doce apóstoles, se despidió de Su dulcísima Madre, que en la misma casa con otras santas mujeres aparte también había celebrado la Pascua, y se fue al huerto, donde había de ser preso, quedando la Virgen en la misma casa, suspensa y temerosa, aguardando el suceso de la pasión.

7 Cuando supo, que Su Hijo estaba preso y que le llevaban de un juez a otro, luego, sin detenerse, salió de casa, y le siguió con otras santas mujeres hasta el monte Calvario, donde no se puede con palabras explicar, ni el dolor que penetró Su Corazón, viendo a Su Hijo tan maltratado y afeado, y como un cordero manso despedazado de aquellos lobos infernales; ni la constancia y fortaleza que tuvo, conformándose en todo con la Voluntad del Señor, y queriendo la muerte de Su Hijo para gloria Suya y satisfacción de nuestras culpas: porque el dolor fue a la medida de Su Amor, de donde él y las demás pasiones nacen; y el amor de la Virgen para con Su Hijo fue el mayor, que jamás tuvo ni tendrá pura criatura: porque fue amor de Madre para con Su unigénito Hijo, e Hijo todo Suyo, sin compañía de padre; e Hijo, que juntamente era hombre y Dios; y en cuanto a la naturaleza humana, el más acabado y perfecto hombre, y más lleno de gracias y dones, que puede ser. Pero este sentimiento y dolor, aunque fue tan excesivo, no turbó a la Virgen, ni la afligió, de manera que no estuviese en pie, como una firme columna, allí cerca de la Cruz, mirando con los ojos llorosos aquel espectáculo lastimoso, y ofreciendo al Padre Eterno en sacrificio a Su mismo Hijo en olor de suavidad, y suplicándole que le aceptase, y se aplacase, y por Él perdonase los pecados del mundo; porque Ella se conformaba con Su Voluntad Santísima, y quería lo que Él quería, y que Su Hijo muriese con una muerte tan dolorosa y afrentosa; pues que Su Divina Majestad así lo había ordenado. De esta manera acompañó la Madre al Hijo en Sus dolores y afrentas, y entró a la parte de Su Pasión como verdadera Madre: la cual piedad queriendo remunerar el Señor, le dijo aquellas lastimeras y amorosas palabras: «Mujer: ves ahí a tu hijo»; y luego dijo al discípulo: «Ves ahí a tu Madre»: dándole por hijo adoptivo a San Juan, que desde aquella hora la tomó por Madre, para servirla y mirar por Ella, como si lo fuera: quedando con este trueco la castísima Virgen traspasada de un agudo cuchillo de dolor, por ver, cuán diferente era el Hijo que perdía, del que le habían dado; y el amor entrañable, que para consigo tenía aquel Hijo, que estando como estaba, tan atormentado en la Cruz, no se olvidaba de Ella. Cuando le vio expirar, Ella juntamente diera Su espíritu, si con fuerzas sobrenaturales el Señor no la esforzara; y la lanzada, que después de muerto se dio al Hijo, no menos traspasó el Corazón vivo de la Madre, que el Corazón muerto del Hijo. Después se bajó el sagrado y descoyuntado cuerpo de la cruz, y la Virgen le tomó en Sus brazos, con tal sentimiento, que ni se puede con palabras explicar ni con entendimiento humano comprender. Finalmente, habiendo sepultado al Señor, acompañada de San Juan y de algunas piadosas mujeres, se volvió a la casa de Juan Marcos, donde se había hecho la cena, con increíble tristeza, para aguardar el alegre día de la gloriosa resurrección del gloriosísimo Hijo.

8 En este llanto pasó la Virgen aquellos tres días, que la ánima de Su muy bendito Hijo estuvo en el Limbo, y el cuerpo en el sepulcro; hasta que venida la mañana del día del domingo, resucitó victorioso, y acompañado de innumerables almas de los santos Padres, que como despojos había sacado del limbo, le apareció primero que a nadie, como a Madre carísima y que más que nadie lo merecía: con cuya vista las lágrimas de tristeza se convirtieron en lágrimas de consuelo, y se serenó aquella Señora, que estaba como luna eclipsada por la ausencia del sol. No se puede decir, ni entender el gozo, que recibió la Virgen con ver a Su Hijo vencedor, y triunfador de la muerte, y los abrazos, que le dio, y las veces que besó las señales resplandecientes de las Llagas, que habían quedado en Sus pies y manos, y sagrado costado. Pues ¿quién podrá explicar las gracias y alabanzas, que le dieron todas aquellas almas santas, por haber sido Medianera de su remedio, Libertadora de su cautiverio, y Madre de aquel Señor, que con tanta gloria los había rescatado? Cuarenta días estuvo el Señor en el mundo después de haber resucitado, en los cuales es de creer, que muchas veces visitó a Su bendita Madre, recreándola con Su vista, y regalándola con Sus dulcísimas palabras; y que los apóstoles, y los demás fieles le darían el parabién de la gloria de Su Hijo, y que Ella les quitaría toda la duda y sospecha, y los confirmaría en la fe de la Resurrección. Al cabo de los cuarenta días apareció últimamente el Señor a Su Madre y a Sus discípulos, y los llevó al monte Olivete, y despidiéndose, les echó Su bendición, y con inefable gozo, gloria y majestad, subió a los cielos, dejando a la Virgen más alegre por Su gloria, que triste por Su ausencia. Volvieron todos al cenáculo, donde perseveraron en oración, esperando la venida del Espíritu Santo: al cual recibió la Virgen con tantos mayores y más copiosos dones y gracias, que todos los demás, cuanto Su disposición era mayor, y la dignidad de Madre y de Maestra de toda la Iglesia lo pedía.

9 Después de esto moró la Santísima Virgen en Jerusalén, ocupándose parte en Altísima contemplación de Dios y de los misterios, que vestido de Su carne había obrado, y particularmente en recibir muy a menudo el inefable Sacramento de Su Cuerpo con los otros fieles; porque, si ellos lo hacían, ¿con cuánta más razón lo haría, la que tanto mejor que todos entendía la dignidad de aquel Señor, y tanto más aparejada estaba para recibirle, y con el uso de él tanto más soberanos dones y gracias continuamente recibía? En parte se ocupaba en visitar y reverenciar aquellos santos lugares, que Su Hijo había consagrado con Sus pisadas y obras maravillosas, y parte en formar aquella nueva y primitiva Iglesia del Señor, que se comenzaba a plantar, y extender en el mundo: porque Ella era, la que enseñaba a los apóstoles, y la que les manifestaba los Misterios de la Encarnación, Nacimiento, Circuncisión y Niñez de Cristo: Ella, la que con Sus oraciones y vida divina, y palabras celestiales, alentaba y daba vida a toda aquella santa compañía; Ella, la que con sola Su vista serenaba los corazones afligidos, componía los afectos desordenados, reprimía y mitigaba los apetitos sensuales, esforzaba a lo flacos, levantaba a los caídos, confirmaba a los fuertes, y convertía los pecadores. Su caridad para con todos era ardentísima, la humildad profundísima, la paciencia en los trabajos y persecuciones invencible, y de manera que solo el verla despedía cualquiera tristeza y vano temor. Finalmente, era un oráculo de toda la Iglesia, un sol que resplandecía en el mundo, un prodigio divino, una Virgen tan vestida y adornada de Dios, que en Su mismo rostro y semblante representaba la inefable dignidad de Madre Suya, con tan grande majestad y gracia, que todos tenían deseo de verla, y muchos se pusieron en camino para Jerusalén, para gozar de la presencia de esta Santísima Virgen: porque, como dice San Ignacio en una epístola, que escribió a San Juan Evangelista: ¿Qué cristiano fiel, y amigo de nuestra santa fe y religión habrá, que no desee ver y hablar a Aquella, que mereció tener en Sus entrañas y parir a Dios verdadero? Entre estos fue también aquel gran Dionisio Areopagita, discípulo del apóstol San Pablo, del cual se dice, que habiendo sido poco antes convertido a Cristo en Atenas por la predicación de San Pablo, vino a ver a esta Señora; y que en viéndola, le dio una admiración de grande suavidad, y vio en Ella una dignidad más que de persona mortal, que le causó un estupor maravilloso, que la tuviera por Dios, y como a tal la adorara, si no supiera por la fe, que no lo era: y añade Ubertino, que vio San Dionisio alrededor de la Virgen un ejército de innumerables Ángeles. También estuvo un poco de tiempo la Santísima Virgen en la ciudad de Éfeso, en la provincia de Asia, juntamente con San Juan Evangelista, como se saca del concilio Efesino en una epístola al Clero de Constantinopla, derramando en todas partes Sus resplandores, y dando salud espiritual y vida a todos aquellos con quienes trataba.

10 Habiendo, pues, pasado con este tenor de vida muchos años, y guardándola Dios para consuelo y bien de toda Su Iglesia; siendo ya de anciana edad, viendo extendida por el mundo la fe, y el nombre de Su Hijo, encendida de amor y derretida de deseo de verle, le suplicó afectuosamente que la librase de las miserias de esta vida, y la llevase a gozar de Su bienaventurada Presencia. Oyó los piadosos ruegos el Hijo de la Madre, a quien siempre oye, y le envió un Ángel con la alegre nueva de Su muerte, la cual Ella recibió con gran júbilo de Su Espíritu, y lo descubrió a Su querido hijo Evangelista. Él lo dijo a los fieles, que estaban en Jerusalén, y luego se derramó por los otros cristianos, que estaban en toda aquella comarca, y vinieron muchos a Jerusalén, y se juntaron en el monte santo de Sión, en la casa, donde Cristo cenó con Sus discípulos, e instituyó aquella mesa real de Su Sagrado Cuerpo, para sustento de toda Su Iglesia, y el Espíritu Santo había venido en lenguas de fuego. Trajeron los fieles muchas velas, ungüentos, y especies aromáticas, como tenían de costumbre, y muchos himnos compuestos para cantar en su glorioso tránsito; y para mayor gozo de la Virgen y consuelo de los apóstoles, de varias partes y provincias del mundo, en que andaban predicando, todos los que vivían entonces, fueron traídos milagrosamente a Su presencia: se hallaron también otros varones apostólicos, Hieroteo, Timoteo y Dionisio Areopagita, y otros muchos, que con grande instancia habían pedido al Señor, que los hiciese dignos de ver aquel dichoso espectáculo. Cuando la Virgen Purísima vio aquella santa y bienaventurada compañía, se gozó con un gozo inefable, e hizo gracias a Su bendito Hijo por aquel incomparable beneficio, que le había hecho, y con rostro grave y sereno les dijo: que los espíritus celestiales habían mucho deseado Su partida de esta tierra, y que Ella también lo había suplicado a Dios, y Él se lo había otorgado, y que así presto se cumpliría. Se recostó en una humilde cama; y mirando a todos, que ya tenían candelas encendidas en las manos, con un aspecto más divino, que humano, les mandó, que se acercasen, para darles Su bendición, la cual les echó, suplicando a Su Hijo, que la confirmase desde el cielo, y les diese aquellos bienes sempiternos, que nunca desfallecen ni se acaban. Todos se deshacían en lágrimas por la ausencia de tal Madre; y Ella los consolaba y decía: «Quedaos con Dios, hijos Míos muy amados: no lloréis porque os dejo; sino alegraos, porque voy a Mi Querido.» Luego encomendó a San Juan, que repartiese dos túnicas o ropas, que había usado, a dos doncellas que allí estaban, y habían vivido mucho tiempo con Ella. En este punto bajó del cielo, acompañado de innumerables Ángeles, Su Hijo dulcísimo; y en viéndole, con grandes júbilos y saltos de Su Corazón, dijo la Madre Santísima: «Te bendigo, Señor, dador de toda bendición y Luz de toda luz, por haberte dignado tomar carne de Mis entrañas. Bien cierta estoy, que se cumplirá en Mí todo lo que Tú dijiste.» En diciendo esto, se reclinó en la cama, y se compuso decentemente, y levantando las manos en alto, llena de increíble gozo por ver a Su Hijo, que la llamaba, y convidaba a la eterna felicidad; le dijo: «Cúmplase en Mí Tu Palabra:» y con esto, como quien se echa a dormir, sin dolor alguno ni pesadumbre, dio Su Alma a aquel Señor, a quien Ella había dado Su carne, la noche antes del día quince de agosto, cincuenta y siete años después que parió a Cristo, y a los veinte y tres de Su Pasión, siendo de edad de setenta y dos, menos veinte y cuatro días, según la más probable y verdadera opinión: porque algunos no le dan sino cincuenta y nueve, y otros sesenta y dos, o sesenta y tres; y otros menos. Pero supuesta la verdad tan testificada de tantos y tan graves autores, que los sagrados Apóstoles se hallaron a la muerte de la Virgen Santísima, y que San Dionisio Areopagita, como él dice, estuvo presente a ella, necesariamente le hemos de dar más larga edad; pues él no se convirtió a Cristo, hasta que San Pablo vino a Atenas, que fue el año del Señor de cincuenta y dos, y a los sesenta y siete de la Virgen.

11 Llevó el bendito Hijo el Alma purísima de Su bendita Madre al cielo, donde fue recibida de toda aquella corte celestial y bienaventurados espíritus, con cantares de alabanzas y júbilo de fiestas y alegría, como convenía, que fuese recibida la Reina de todos, y Madre de Su Señor. Se admiraron de Su belleza, gloria y majestad, y de verla tan rica y adornada de tantas virtudes y gracias soberanas, que con Su resplandor obscurecía las de los otros Santos, como el sol la claridad de las estrellas. Allí fue colocada sobre todos los coros de los Ángeles en coro aparte, y por sí, a la diestra de Su Hijo. En la tierra, al mismo tiempo que expiró la Virgen, los mismos Ángeles que acompañaron Su Alma, dieron música suavísima, y no menos los que quedaron alrededor de Su sagrado cuerpo, para celebrar las exequias: y esta música fue oída de los que allí estaban presentes. Mas los apóstoles y discípulos del Señor, cuando vieron difunta a la Virgen, se arrojaron en el suelo, besaron con gran ternura, devoción y afecto aquel santo cuerpo, cantando himnos, y alabando al Señor, que había tomado carne de aquella carne, y por medio de Ella obrado tan grandes maravillas. Ungieron el cuerpo, como era de costumbre, con preciosos ungüentos, y le envolvieron en una sábana limpia, esparciendo flores y suaves olores; pero ninguno llegaba a la fragancia, que del santo cuerpo salía. Vinieron muchos enfermos con varias y graves dolencias, y todos quedaron sanos por virtud de aquella Señora, que nos dio la salud al mundo. En amaneciendo el día quince de agosto, los Santos Apóstoles tomaron sobre sus hombros las andas, en que iba el sagrado cuerpo, y le llevaron por medio de la ciudad a Getsemaní, cantando ellos, y todos los fieles y los mismos Ángeles, que acompañaban el entierro, loores a la Virgen. Se atrevió un judío pérfido y obstinado, del linaje sacerdotal, a echar mano de las andas, para derribarlas en el suelo: mas las manos cortadas de sus brazos quedaron allí pegadas, en castigo de su loco atrevimiento. Conoció el ciego su culpa, alumbrado con la pena: la lloró; pidió perdón, y le alcanzó; porque mandando San Pedro juntar los brazos mancos con las manos, que colgaban, quedó el hombre sano en cuerpo y en alma; pues en día tan solemne y de tanto regocijo para la Virgen, no convenía que ninguno dejase de recibir mercedes por Su mano. En llegando a Getsemaní, al tiempo que el santo cuerpo se hubo de poner en el sepulcro, allí fue el renovarse el llanto, el besarle de nuevo y adorarle con gran reverencia, sin poder desviar los ojos de donde tenían el corazón. Al fin se puso el cuerpo en el sepulcro; pero no por eso se partieron los Apóstoles, antes estuvieron allí tres días, oyendo la música de los Ángeles, alabando juntamente con ellos a Dios. Llegó al tercer día Santo Tomás apóstol, que no se había hallado a la muerte de la Virgen, y deseando ver, y reverenciar al santo cuerpo, pidió que se abriese el sepulcro, permitiendo el Señor, que viniese tarde, para que con esta ocasión se manifestase, lo que sucedió: porque abriendo el sepulcro, no se halló el sagrado cuerpo, sino solamente bien compuesta la sábana y los lienzos, en que había sido envuelto, los cuales ellos besaron; y cerrando el sepulcro, del cual salía un olor suavísimo y más del cielo que de la tierra, llenos de gozo, y de incomparable alegría, se volvieron a la ciudad, teniendo por cosa muy cierta y averiguada, que aquel cuerpo santísimo, unido ya con Su Alma, y glorioso, había resucitado y subido al cielo.

12 La estatura de la Virgen, fue mediana, aunque algunos dicen, que fue algo más que mediana. El color era trigueño, el cabello rubio y de color de oro, los ojos vivos, y las niñetas de ellos un poco coloradas, las cejas arqueadas, negras y graciosas, la nariz un poco larga, los labios hermosos y de mucha suavidad en el hablar, el rostro más largo que redondo, las manos y dedos largos, su aspecto grave y modesto, sin ningún género de fausto, ni melindres, ni afectación, sino sencillo y humilde. Los vestidos que traía no eran teñidos, sino de su color nativo. Era muy mansa, compuesta y recatada; no iracunda ni risueña, ni libre en el hablar. Pintó san Lucas Evangelista, viviendo la Virgen, algunas imágenes Suyas: una de ellas está hoy día en Roma, en la Iglesia de Santa María la Mayor, en la cual se echan de ver las facciones de la Virgen, y cuanto se parecía la Madre a Su Hijo.

13 Ésta es la vida de la Sacratísima Virgen nuestra Señora, sacada de graves autores, referida breve y sencillamente, dejando los inefables misterios, que en ella se encierran, para tratarlos más copiosamente en los días de Sus festividades, en que la Santa Iglesia los celebra, como en sus propios lugares se verá.

14 En el cielo está sin duda en cuerpo y alma nuestra Madre, y allí está nuestra Abogada y nuestra Reina, alegrando con Su vista todas aquellas jerarquías de los Ángeles, y a todos los cortesanos, y moradores del cielo, e intercediendo por nosotros, y como fiel depositaria, y dispensadora universal de todos los tesoros y gracias de Dios, repartiendo de ellas a los fieles, y con más larga mano a los que con más cuidado la sirven, y con más particular devoción se le encomiendan; porque, Ella es el cuello, por el cual nuestra cabeza, que es Su muy bendito Hijo, influye en el cuerpo de Su Iglesia todo el sentimiento y movimiento espiritual, con que ella vive y se conserva; es el caño y arcaduz, por donde pasa toda el agua, que de aquella fuente de vida se deriva a nuestras almas; es la tesorera general de todas las riquezas que Dios tiene en el cielo y en la tierra; y es la puerta por donde hemos de entrar, si queremos alcanzar perdón y misericordia en el acatamiento del Señor: es Madre de la gracia, por ser Madre de Jesucristo, que es autor y dador de la misma gracia, por quien han sido agradables a Dios todos los que lo han sido desde el principio del mundo, y lo serán hasta el fin de los siglos. Por donde se ve las obligaciones precisas que nos corren de ser devotísimos de esta Virgen Sacratísima, no solamente por habernos dado a Su Hijo preciosísimo, concebido de Su sangre en Sus entrañas (que es todo nuestro bien, y el cumplimiento y remate de todos nuestros deseos y de nuestra bienaventuranza); sino también porque no podemos gozar de este tesoro y sumo bien, si no somos ayudados y favorecidos de la misma Reina, por cuya mano el Señor, nos le comunicó con tan inestimable liberalidad. Tenemos necesidad, como dice San Bernardo, de esta Medianera para con Su Hijo, que es único Medianero entre nosotros y el Padre Eterno. Por esto, todos los Santos, de todas las edades y naciones, que ha habido en la Iglesia Católica, han sido siempre devotos y fidelísimos siervos de esta Señora, y se han empleado en alabarla, magnificarla y servirla, con sus pensamientos meditando Sus grandezas, con sus lenguas predicando Sus maravillas, con su estilo escribiendo Sus excelencias, con su vida imitando la vida divina, de la que Dios puso por ejemplo del mundo; cuanto han sido más Santos, tanto han sido más devotos capellanes de la gloriosa Virgen. Y los Santos y graves autores dicen, que es singular gracia y favor de Dios, y unas como prendas de la salvación, el tenerle particular devoción y acudir a Ella con confianza, hacerle algún servicio, tomarla por Abogada y Patrona, e imitar Sus Virtudes; porque es Madre de misericordia, y ninguno esperó en Ella y quedó confuso: y a esta causa el melifluo San Bernardo, y devotísimo de nuestra Señora, dice: «Calle Vuestra misericordia, oh Virgen beatísima, si hay alguno que no halló vuestro favor, cuando os lo pidió en sus necesidades»: y en otro lugar nos exhorta a todos a tener con Ella especial devoción, y acudir a Ella en todas nuestras necesidades por estas palabras: «Oh, Tú, que entre las ondas de este siglo andas fluctuando, si no quieres perecer en la tormenta, no desvíes los ojos de este Norte y de esta Estrella. Si se levantaren los vientos de las tentaciones; si fueres a dar en la roca de las tribulaciones; mira a la Estrella y llama a María. Si te arrebata la ola de la soberbia, de la ambición, de la detracción o envidia; mira a la Estrella, y llama a María. Si la navecilla de tu alma zozobrare, y estuviere en peligro, por la codicia, o algún apetito sensual; mira a María. Si te comienzas a ahogar por la gravedad de tus delitos, y la fealdad de tu conciencia, y espantado del juicio divino, te afliges y temes caer en el profundo abismo de la desesperación; piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las caídas congojosas, piensa en María, llama a María. No se aparte de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para que alcances el favor de Su oración, no dejes los ejemplos de Su conversación: porque siguiéndola, no vas fuera de camino; rogándola, no desesperas; pensando en Ella, no yerras; teniéndote Ella, no caes; defendiéndote, no temes; siendo tu guía, no te cansas; y siéndote Ella propicia, llegas al deseado puerto de la eterna felicidad.» Todo esto es de san Bernardo. Y es cierto, que esta Virgen castísima, y Madre benignísima, toma debajo Sus alas, y con especial amparo defiende, a los que con entrañable afecto se encomiendan a Ella, y les hace particulares mercedes, favores y regalos. A San Gregorio Taumaturgo, Obispo de Neocesarea, le apareció, y mandó a San Juan Evangelista, que le enseñase lo que había de creer y predicar acerca del misterio de la Santísima Trinidad. Para atajar los daños, que Juliano Apóstata amenazaba a la Iglesia del Señor, a suplicación de San Basilio, la Virgen mandó a san Mercurio mártir, que matase al tirano; y así lo hizo. A San Martín le apareció, y le recreó, acompañada de un coro de vírgenes, que bajaron del cielo con Ella. A San Cirilo Alejandrino, que por Su servicio salió en campo contra Nestorio hereje y le venció, le socorrió a la hora de la muerte y le alcanzó perdón de la culpa, que había tenido en creer mal de San Juan Crisóstomo. A San Juan Damasceno restituyó la mano derecha, que el rey bárbaro por falsa acusación de los herejes le había mandado cortar: y en testimonio de este milagro, quedó por señal, como un hilo, en la juntura donde la mano se pegó con su brazo. San Gregorio Magno con la imagen de la Virgen, que pintó San Lucas, y él mandó llevar en procesión, amansó la indignación del Señor, y cesó aquella cruelísima pestilencia, que arruinaba y consumía la ciudad de Roma; y por un preciosísimo don envió a San Leandro, arzobispo de Sevilla, íntimo amigo Suyo, la imagen de nuestra Señora, que hoy día está en Guadalupe, y hace tantos y tan continuos milagros cada día, y por ellos es reverenciada, no solamente en toda España, sino en todo el mundo. San Ildefonso, arzobispo de Toledo, por haber defendido con singular valor, celo y doctrina la pureza y perpetua Virginidad de esta Reina de los Ángeles con ciertos herejes que la pretendían oscurecer, mereció verla y adorarla en Su templo de Toledo, y recibir de Su mano aquella vestidura celestial, con que quedó tan rico, favorecido y hecho en la tierra ciudadano del cielo. A Ruperto, abad Tuiciense, que por ser tardo de ingenio, desconfiaba poder entender y penetrar bien los misterios, que están encerrados en las divinas Letras, impetró de la Virgen Sacratísima tan grande luz de ciencia y doctrina, que fue uno de los sapientísimos varones de su tiempo, y esclarecido en vida y en muerte con muchas milagros: y el mismo beneficio recibió el beato Alberto Magno, fraile de la orden de Santo Domingo, y maestro del gran doctor de la Iglesia Santo Tomás de Aquino, en el conocimiento de todas letras, y especialmente de las naturales, y filosóficas, que él deseó, y pidió a nuestra Señora, por verse de poca habilidad y rudo ingenio. Sería nunca acabar, si quisiésemos referir aquí, todo lo que graves autores escriben de los favores, que esta Señora nuestra ha hecho a los que con limpio y devoto corazón le han pedido remedio y le han hecho algún servicio. Pero no es menos admirable Su misericordia para con los pecadores, que Su liberalidad y magnificencia para con Sus devotos siervos. ¿Quién no sabe, cómo libró esta Madre y Abogada de los pecadores a aquel arcediano o mayordomo de Adama, ciudad de Cicilia, llamado Teófilo? El cual por verse acusado falsamente, vencido de la impaciencia y dolor, ciego, negó a Cristo, y a Su bendita Madre, y se entregó totalmente a Satanás, y le dio vasallaje, con una cédula escrita de su mano; la cual cédula después recobró por la intercesión de la misma Señora, que había ofendido, e impetró perdón de su gravísimo pecado. Pues, ¿qué diré de María, la penitente, que llaman Egipciaca? La cual, habiendo sido antes un muladar abominable por su deshonestidad, después que en Jerusalén se encomendó a la Virgen de las vírgenes, y le prometió dar libelo de repudio a todas las blanduras de la carne, por Su intercesión floreció, como un paraíso de deleites, y fue espejo de penitentes. Y no es menos de maravillar la gracia, que hizo nuestra Señora a una mujer de Alemania, la cual el año del Señor de 1094, no lejos de la ciudad de Laudum, habiendo muerto a un hombre, y siendo condenada a ser quemada viva por ello; al tiempo que la llevaron al suplicio, pidió con grande afecto favor a la Virgen, y Ella se le dio tan cumplido, que echada dos veces en el fuego, no se quemó ni se chamuscó un solo hilo de su ropa. Y como estos, hay otros innumerables milagros, que en todos los siglos pasados, y en todas las provincias y naciones del mundo, con todo género de estados, sexos y condiciones de personas, en paz y en guerra, en la prosperidad y en la adversidad, en vida, y en muerte, con justos y con pecadores, ha obrado el Unigénito y Todopoderoso Hijo de María, para honra de Su Madre Santísima: y los que cada día obra en toda la redondez de la tierra; y especialmente en algunos señalados lugares, y Santuarios que Él ha escogido, para que en ellos sea más invocada y reverenciada aquella Señora (como son, la Santa Casa de Loreto en Italia, las de Monserrate, y de Guadalupe en España, y las otras muchas, que en ella y en toda la cristiandad son tenidas en grande veneración), son tantos y tan notorios, que no tienen cuenta, y como cosa muy subida es mejor dejarlos, pues por mucho que se diga, siempre quedará más que decir.  


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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