En la Octava de la Natividad del Señor – Vida de Nuestro Señor Jesucristo

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia – Madrid–Barcelona, 1844 – Tomo I, Página 11.

Vida de Cristo Nuestro Señor – Primera Parte

Así como Cristo nuestro Redentor es fuente y raíz de toda santidad, y aquel Sol de Justicia, que con los rayos de luces, es causa de toda la claridad que hay en Su Iglesia; así Su Vida, Pasión, y Muerte muy bendita son el medio, por el cual nos comunica e influye esta misma santidad; se hizo Dios hombre, y vivió vestido de nuestra carne entre los hombres, para enseñarnos a vivir vida no humana, sino divina, no de la tierra, sino del cielo: padeció tantos dolores y muerte tan afrentosa para cautivar más nuestro corazón, y echarnos más fuertes cadenas de amor. De manera, que la vida de Cristo es dechado y modelo de la vida del cristiano, y Su sacratísima Pasión es nuestra riqueza y el tesoro de nuestros merecimientos: es nuestra luz, nuestra salud, nuestra vida, nuestra gloria y bienaventuranza. Y por esto ninguna cosa debemos tener más presente de día y de noche, ni meditar, ni rumiar más a menudo, que la Vida, y Muerte de nuestro Salvador, para imitar Sus virtudes y enderezar nuestros caminos torcidos con la regla y nivel de Su rectitud. Porque, como dice San Gregorio, todas las acciones de Cristo son introducción y enseñanza de lo que nosotros debemos hacer, y aquel es el más santo y perfecto, que mejor sabe imitar los ejemplos y virtudes de Cristo, porque bebe más copiosamente, y participa más de la virtud y humor de la raíz, y del influjo de Su cabeza, y está más vestido y resplandeciente con la luz de aquel Sol, que, como dijimos, es causa de toda la justicia y claridad. Y por esto San Pablo nos exhorta, que le imitemos a Él, y da la razón, porque él imitaba a Cristo. Y por esta misma causa muchos santos, y varones perfectos tomaron por materia de su oración y meditación la Vida y Pasión del Señor; porque en ella hallaban pasto para sus almas, medicina para sus llagas, esfuerzo para su flaqueza, incentivos de amor para su tibieza, perdón para sus pecados, y remedio para todas sus necesidades. Y aun algunos grandes siervos de Dios en el trance y agonía de la muerte se hacían leer literalmente la Pasión del Salvador, para representarla al Padre Eterno y alentarse con la memoria de lo que Él por nosotros padeció; y espantar y confundir al demonio, que por medio de ella fue vencido, y en aquella hora, más que en otra, procura que nosotros perdamos el fruto de la Sangre Preciosa del Señor. Ésta es la causa, benigno lector, que me ha movido a poner aquí en el principio de las Vidas de los Santos, la Vida del Santo de los santos, y causadora de toda la santidad que hay en todos los santos en el cielo y en la tierra. Y porque hay escrito mucho de la vida de Cristo nuestro Salvador y de Sus sagrados misterios, aunque por mucho que se diga, todo es poco, algunos autores los han dilatado con consideraciones piadosas, y enriquecido e ilustrado con su estilo y elocuencia, para dar ocasión a los que las leyeren, de meditarlos con mayor provecho y utilidad: yo no he querido hacer largos discursos, sino referir algunas de las cosas que me han parecido más notables de la Vida y Pasión del Señor, contándolas llana y sencillamente, para que el lector sepa la verdad de la historia, y sobre ella funde sus conceptos, y forme santas consideraciones, y edifique su alma con ellas. Porque para la gente simple y sin letras, esta manera de escribir es más fácil y provechosa, así porque no es capaz de tantas y tan delicadas sentencias, y con la muchedumbre de ellas se le ofusca y ahoga el entendimiento, como porque gusta más y se lo pega más al alma cualquiera cosa que ella halla, y Dios le comunique en la oración acerca de estos divinos misterios de Su Vida y Pasión, que lo que lee en otros autores, por alto y excelente que sea. Verdad es, que para que el lector mejor lo pueda hacer, y no vaya la historia tan desnuda en algunos pasos, le abrimos camino, y le damos motivos para la meditación de los mismos misterios, como esparciendo en esta misma historia, llana, y sencilla la semilla, que sembrada y regada en su corazón, con oración, estudio y diligencia, le dará a su tiempo fruto copioso y colmado con la gracia del Señor. De esto me ha parecido darte aviso, cristiano lector, porque sepas la causa que me ha movido a poner aquí la Vida de Cristo nuestro Señor, y a escribirla de la manera que va escrita. Él por Su Misericordia nos dé gracia, para que de tal manera le imitemos, que merezcamos gozar del fruto inestimable de Su cruz, y santísima Pasión. Amén.

1. Cuando llegó aquella dichosa y bienaventurada hora, y se cumplió, como dice el apóstol San Pablo, la plenitud del tiempo, en que Dios había determinado vestirse de nuestra carne, y hacerse hombre, uniéndose a la humana naturaleza por unión hipostática y personal, por pagar los pecados del hombre; y habiéndole antes dado todas las cosas, que creó, darle a Sí Mismo, y unirle Consigo tan estrechamente y con vínculo tan apretado e indisoluble, que Dios fuese hombre y el hombre Dios; escogió para un misterio tan alto e incomprensible, a una doncella, llamada María, hija de Joaquín y Ana, hebrea de nación, y de la tribu de Judá; para que concibiendo por virtud del Espíritu Santo al Verbo Eterno en sus entrañas, le pariese, quedando virgen, y fuese Su verdadera Madre, y Él su verdadero Hijo. A esta doncella escogió Dios entre todas las mujeres, como a la más pura y santa, que jamás hubo ni habrá, y la adornó de todas las virtudes y excelencias, que debía tener, la que había de ser digna Madre de Dios. Quiso que fuese de la familia del rey David, y de la descendencia del patriarca Abrahán; porque a estos dos había prometido, que de su linaje nacería el Mesías y verdadero Salvador del mundo: y ordenó, que viniese esta bienaventurada Señora de sangre ilustrísima de patriarcas, reyes, príncipes, jueces, y gobernadores del pueblo de Israel, y que en ella se juntase la sangre real y la sacerdotal; porque había de ser Madre del Sumo Sacerdote y del Rey del cielo y de la tierra. Quiso así mismo, que al tiempo, que le concibió, fuese desposada con un santo varón de su misma tribu, llamado José, para que tuviese quien la sirviese, e hiciese compañía, y no pudiese haber sospecha, viéndola preñada y no desposada, en su honestidad y pureza, ni ocasión para que los judíos desechasen al hijo, como a concebido en pecado, teniendo más cuenta con la honra de Su Madre, que con la Suya propia; pues habiendo sido concebido por virtud del Espíritu Santo, porque la honra de Su bendita Madre no padeciese, quiso ser tenido por hijo de José. Pero, porque venía a enseñarnos la humildad, y menosprecio del mundo, y a manifestarnos, cuánto más se estima en el cielo la pobreza y mengua de las cosas temporales, que las riquezas, y sobre de ellas; quiso, que Su verdadera Madre María, y José, su Padre putativo, fuesen pobres; para que ninguno se corra de serlo, y aflija, si lo fuere. Y para mostrar que venía a salvar pecadores, y enseñarnos la poca cuenta, que el cristiano debe hacer de la carne y sangre; también quiso, que en Su linaje hubiese algunas mujeres flacas y pecadoras. Pues para acabar obra tan grande, envió Dios a la Virgen al Arcángel San Gabriel, que le declarase este misterio, y la asegurase, que se cumpliría en Ella, sin menoscabarse ni marchitarse la flor de Su virginidad; y para sacar su consentimiento, como se dirá en la fiesta de Su Anunciación.

2. Habiendo la Purísima Virgen dado el Sí, y concebido en sus entrañas al Hijo de Dios, por virtud del Espíritu Santo, que le hizo sombra, como el Ángel se lo había prometido, para que pudiese sufrir los rayos del Sol de Justicia y el fuego divino, que venía a abrasar el mundo; y habiéndole tenido nueve meses en su sagrado vientre, y visitado en este tiempo a su prima Santa Isabel, y santificado, por medio de la salutación que le hizo, a su hijo San Juan Bautista; sucedió, que el emperador Octaviano Augusto publicó un edicto y mandó empadronar a todos los hombres de su imperio, y para hacerlo más puntualmente, que cada uno fuese a su pueblo o ciudad: y como José, esposo de la Virgen, fuese natural de Belén, hubo de ir de Nazaret, en donde vivía con su esposa a Belén, para cumplir con el mandato del emperador: porque el buen Jesús, que venía para reparar al hombre perdido por desobediencia; aun estando en las entrañas de Su Madre, comenzó a obedecer, y quiso que Sus padres obedeciesen a los príncipes de la tierra. Era Belén una aldea y pueblo pequeño, cerca de Jerusalén, noble por haber nacido en ella el rey David, que fue figura de Cristo, y mucho más por haber sido ilustrada con el Nacimiento del mismo Cristo: el cual por cumplir la profecía de Miqueas, y para darnos en todo ejemplo de humildad, y menosprecio de la vanidad de los hijos de Adán, quiso nacer en Belén, lugar tan pobre y abatido, y morir ignominiosamente en Jerusalén, ciudad Real y tan ilustre y populosa.

3. Escogió así mismo este Señor, como Señor de los tiempos, el tiempo más oportuno, para venir al mundo, después de tantos siglos y millares de años, que habían pasado desde el pecado de nuestros primeros padres, para que en tan largo discurso de tiempo se conociesen más la enfermedad y la necesidad que tenían los hombres del remedio, y que las fuerzas de la naturaleza no se le podían dar, y deseasen, y pidiesen a Dios este Médico celestial: y para que habiendo sido tanto antes prometido a los patriarcas, y anunciado por los profetas, y representado en tantas sombras y figuras a los padres antiguos, y deseado de todas las gentes, fuese mejor recibido, y abrazado de todos. Y porque venía a hacer paces entre Dios y el hombre, como Rey pacífico y medianero entre los dos; también dispuso las cosas de manera, que al tiempo que hubo de nacer, hubiese suma paz en el mundo, y que el imperio romano, que era tan extendido, estuviese en manos de un solo príncipe, que fue Octaviano; y que él habiendo vencido, y sujetado a todos sus enemigos, gozase de gran paz y quietud, y cerrase el templo de Jano, que entre los romanos era señal, que no había guerras, ni ruido de armas en todo el imperio. Y no menos ordenó esto el Señor, para que con esta unión y quietud se abriese después camino a la predicación del Santo Evangelio, y Su Santa Palabra pudiese más fácilmente correr por todas las regiones y provincias del mundo universo, sin estorbo ni embarazo.

4. Y porque habiendo de venir a la tierra, y padecer entre los hombres el Creador del cielo y de la tierra, era conveniente que las criaturas testificasen la excelencia y grandeza de su Señor, y que con prodigios y cosas maravillosas diesen a entender la majestad soberana de aquel Rey que venía, obró el Señor muchas cosas admirables y fuera del común curso de la naturaleza, poco antes que naciese, que refieren los historiadores eclesiásticos y profanos: las cuales, aunque los gentiles, como idólatras y ciegos, las interpretaban diferentemente, y las atribuían a la felicidad de los príncipes, no eran sino señales y prodigios, que significaban la venida de nuestro Dios y Señor, que las obraba, y con ellas quería despertar la consideración y admiración de los hombres, disponiendo por este medio sus corazones a creer en Él y recibirle, al tiempo que por boca de los predicadores evangélicos les fuese anunciado y manifestado; porque dejando aparte los oráculos de las Sibilas tan sabidos, que fueron como profetisas de los gentiles, y que tanto antes de la venida de Cristo, tan altamente hablaron de Su Nacimiento, Vida, Muerte y Pasión, y los gentiles con gran estudio, y cuidado leían y reverenciaban, sin entender lo que contenían: y no hablando de los demás prodigios, que podríamos decir, por no ser largos; en aquel tiempo el oráculo del dios Apolo, celebérrimo por todo el mundo, por el cual solía el demonio engañar, y traer embaucados los hombres, ya había cesado y no respondía a los que le preguntaban, como antes; porque el Señor le había mandado callar, y solamente le dio licencia, para que una vez respondiese a Augusto, que le había sacrificado, y edificado un solemne templo: que no podía responderle; porque un Niño hebreo, que era Dios, le mandaba callar, y volver al infierno. Y no solamente Apolo quedó mudo con la venida del Salvador; pero también callaron los otros demonios, que hablaban por boca de los ídolos, que la gentilidad ciega tenía por verdaderos dioses, y acudía a ellos y los consultaba, tomando sus respuestas por oráculos. Y Plutarco, filósofo, escribió un libro, en que pregunta la causa ¿por qué los oráculos de los dioses habían faltado? Porque como gentil, no sabía ni podía atinar la causa. Y el mismo Augusto, con ser príncipe y emperador de tan gran parte del mundo, no quiso que le llamasen señor, no tanto por modestia, como porque Dios le movía; para que se entendiese, que en la presencia de la claridad del sol, se había de obscurecer la de las estrellas; y toda la potencia y señorío de los hombres rendirse a la majestad soberana de Dios: y que ninguno se puede llamar rey, ni señor delante de Aquél, que trae escrito en el muslo, Rey de los Reyes y Señor de los Señores. Y por esto, volviendo Augusto a Roma, escriben Nicéforo, Suidas y Baronio, que levantó un altar en el Capitolio con unas letras que decían: Ara primogeniti Dei: Altar del Hijo de Dios, donde después (a lo que se entiende) Constantino Magno edificó un templo suntuoso a la Madre de Dios. Que hoy día se llama Ara coeli; y es convento de los frailes menores de la observancia de San Francisco.

5. En tiempo, pues, de tanta paz y de tantas maravillas y prodigios vino el Salvador del mundo; y porque venía como Maestro del cielo, para enseñarnos a dar de mano a los gustos y deleites de la tierra, y abrazarnos con la aspereza y mortificación de la carne; escogió, para nacer, un tiempo frío y riguroso: porque aunque las criaturas que están en las entrañas de sus madres, no pueden salir a luz, cuando quieren, ni está en su mano escoger el tiempo y la hora en que han de nacer; pero estaba en la de Jesucristo, como Señor de los tiempos, y como el que, desde el punto que fue concebido, tuvo la misma sabiduría y poder, que ahora tiene en el cielo; escogió el mes de diciembre, tiempo áspero, desabrido y frío, en el cual, habiendo llegado la sacratísima Virgen con su dulce esposo a Belén con la incomodidad que en tal tiempo, y en tan largo y trabajoso camino, hecho con tanta pobreza, se puede pensar; no halló albergue, ni quién la acogiese, ni mesón donde estar: porque como el pueblo era pequeño y la gente mucha, que venía para cumplir con el edicto del emperador, todas las posadas estaban tomadas; y así fue forzada a retirarse a un establo fuera de Belén, aunque pegado con su arrabal, y cerca: porque Belén estaba edificada en una costanera de un collado, y al fin de él, hacia la parte de Oriente, estaba una espelunca o cueva, donde comúnmente los pobres peregrinos y pastores se acogían en tiempo de necesidad. En este palacio entró la Reina de los Ángeles: este humilde y vil lugar, propio de bestias, escogió para nacer, el que tiene toda la máquina del mundo colgada de tres dedos, y por Su inmensidad no puede ser comprendido del cielo ni de la tierra; para que el hombre se humille y acabe de entender, que es peregrino y desterrado en este valle de lágrimas, y que lo más lucido, y hermoso y estimado que hay en él, no es sino establo de bestias, si se compara con aquellos palacios del cielo, y con aquellas moradas eternas, para las cuales fue creado. Era ya media noche, y estando todas las cosas en un quieto silencio, y los cielos destilando miel y dulzura; y todo el mundo esperando al Deseado de las gentes; conoció la Virgen Purísima que se acercaba la hora de su sagrado parto: y puesta en una altísima contemplación de aquel sagrado misterio, y encendida de un amoroso y dulcísimo afecto de ver a su muy bendito Hijo; comenzó con entrañable deseo y profunda humildad a suplicar al Padre Eterno, que pues se había dignado de hacerla Madre de Su precioso Hijo, le diese gracia para parirle y mostrarle al mundo: y estando absorta en esta contemplación y deseo, sin tener necesidad de partera, sin dolor, sin pesadumbre, sin corrupción y mengua de su pureza virginal, vio delante de sí, más limpio, y más claro que el mismo sol, salido de sus entrañas a su unigénito Hijo, y al Bien y Remedio del mundo, Niño tierno, y Dios Eterno, tiritando de frío, que comenzaba ya con Sus Lágrimas a hacer oficio de Redentor, y pagar con Sus penas nuestras culpas. No se puede con palabras explicar, ni con entendimiento humano comprender el gozo inefable que en aquel punto tuvo la sagrada Virgen, y la admiración y estupor, que le causó, ver al que sabía que era verdadero Dios, tan abatido y humillado. Luego le adoró como a Dios, y le reverenció como a su Señor, y le besó como a su Hijo; y abrazándole y aplicándole a sus virginales pechos, le envolvió en aquellos pañales pobres, limpios y aseados que traía aparejados. Y porque en aquella larga y helada noche del invierno, el frío era grande y riguroso, puso el Santo Infante así empañado en el pesebre; porque no halló en aquel establo otro lugar más cómodo y decente: para que con alguna paja o heno, que allí habría, y con el huelgo del buey y del jumento que allí estaban, se mitigase algún tanto la fuerza de aquel frío y rigor, y juntamente se cumpliese lo que el profeta antes había pronunciado: que el buey conocería a su poseedor, y el asno el pesebre de su Señor; y el hombre se corra de no conocer, y servir, al que reconocen, y sirven los animales. Nació el Señor, según la cuenta del Martirologio romano, a los cinco mil ciento noventa y nueve años después de la creación del mundo; a los dos mil novecientos cincuenta y siete después del Diluvio; a los dos mil y quince del nacimiento de Abrahán; a los mil quinientos diez de la salida del pueblo de Israel a Egipto; a los mil treinta y dos después que David fue ungido rey; en las sesenta y cinco semanas, según la profecía de Daniel; en la Olimpiada ciento noventa y cuatro; a los setecientos y cincuenta y dos años después que se edificó Roma; y a los cuarenta y dos del imperio de Octaviano. En aquella misma hora bienaventurada, en que nació el Señor, se hizo fiesta en el cielo, y todos los Ángeles vinieron a adorarle y reconocerle por su Príncipe y Señor, y Reparador de sus sillas, y de las quiebras que los malos ándeles habían hecho con su caída: y luego uno de ellos apareció a los pastores, que estaban velando sobre su grey, cabe una torre, que se llama Heder, donde Jacob había apacentado sus ovejas, como una milla de Belén hacia el Oriente, y les dio la regocijada nueva de la venida del Salvador del mundo, del lugar en que había nacido, y donde le hallarían, y las señas para conocerle. Ellos fueron al pesebre con gran presteza y alegría: le hallaron y adoraron, y contaron a los otros sus compañeros lo que habían hallado y visto. También al mismo punto nació una estrella en las partes de Oriente, que significaba haber nacido la estrella de Jacob, profetizada por Balaán; para que los reyes magos, por la vista de una, se moviesen a buscar la otra, que estaba encubierta en el portal de Belén, como adelante se dirá; y para que a los judíos y a los gentiles, a los pastores y a los reyes, a los pobres y a los ricos, a los que estaban cerca y a los que estaban lejos, fuese manifestado el que nacía para todos, y se juntasen en la misma piedra angular las dos paredes que estaban tan apartadas y tan divisas. No falta quien contemple que otro Ángel fue al limbo a anunciar a los Santos Padres, que en él estaban, el Nacimiento del Señor; aunque esto no lo dice el Sagrado Evangelio; pero sí dice, que con aquel Ángel, que dio la nueva a los pastores, se juntaron otros innumerables ángeles cantando por los aires himnos y alabanzas al Rey nacido, y diciendo aquellas palabras tan llenas de misterio: Gloria sea a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad: para darnos a entender la gloria que se había de seguir a Dios por haberse tanto abatido y humillado, y la paz que habían de conseguir y tener los hombres que de corazón y de agrado se abrazasen con el Pacificador del mundo, y debajo de Su imperial bandera hiciesen guerra a su carne, al pecado y al demonio. De esta manera celebró el cielo y la tierra la sacrosanta Natividad del Señor; porque era muy justo que todas las criaturas se regocijasen en la venida de su Creador; puesto que tanto por ella las había ennoblecido: y asimismo para que el hombre conociese, que aquel Niño, que parecía tan chiquito, tan tierno y tan flaco a los ojos de la carne, era Dios verdadero y Rey Eterno: y por lo uno sacase la humildad y caridad del Señor, y se le agradeciese e imitase; y por lo otro, Su soberana Majestad y Omnipotencia, y le temiese y se admirase, viendo que había sabido juntar en uno dos extremos tan distantes; como son Dios y Hombre, Virgen y Madre, eternidad y tiempo, cielo y tierra, muerte y vida; y asimismo la fe de tan incomprensibles misterios en corazón humano; porque habiendo Dios de nacer, de esta manera había de nacer: para que por una parte se descubriese Su Alteza, y por otra nuestra bajeza tuviese remedio y ejemplo.

6. En qué día de la semana nació Cristo nuestro Redentor, no lo explica el Evangelio, y entre los doctores hay varias opiniones: pero lo más cierto es, que nació el día del Domingo, como lo afirma la sexta Sínodo, capítulo octavo; y la hora fue después de la media noche, comenzado ya el día natural de los veinte y cinco de diciembre, que se cuenta de media noche a media noche, y antes que comenzase el día artificial, que es de sol a sol: y esto es conforme a la tradición de la Iglesia, y al uso de decir Misa aquella noche, y lo significan las palabras del Evangelio. En aquel portalito de Belén, escribe Beda, que nació de repente en aquella sagrada noche una fuente de agua para servicio de la Virgen recién parida y del Infante: la cual, dice, que duraba hasta su tiempo, sin haberse agotado en tantos años. Aquel vil establo y más precioso que todos los palacios de los reyes, fue tenido en suma veneración de los cristianos, en él se edificó una iglesia muy suntuosa, y toda aquella cueva se vistió de ricas piedras de mármol, y el pesebre, que era de madera, fue llevado a Roma y colocado en una capilla del Templo de Santa María la Mayor, donde hoy día está debajo del altar y es reverenciado de todo el pueblo cristiano con gran devoción.

7. No se contentó el Señor con habernos dado un ejemplo de pobreza y humildad tan espantoso en Su Nacimiento; mas viendo, que nuestra soberbia y vanidad, que Él venía a derribar, era tan grande, quiso darnos otro mayor en Su dolorosa Circuncisión, ocho días después de haber nacido: porque en el Nacimiento tomó figura de hombre pobre y vil; y en la Circuncisión de pecador: pues la Circuncisión se había instituido para remedio de pecados, y el que tomaba aquella medicina, daba a entender que estaba enfermo. Mas como el Señor venía, para pagar por nuestras culpas, y lavar con Su Sangre las manchas de nuestros pecados, fue inestimable Su caridad, y el deseo, que tuvo de nuestro bien, que no le sufrió el corazón aguardar el tiempo en que se había de sacrificar por nosotros en la Cruz, porque le parecía que tardaba mucho; antes quiso luego con la Sangre, que derramó en Su Circuncisión, darnos prenda de Su amor y señal de la paga, que por entero había de hacer en el fin de Su Vida. Quiso también ser circuncidado, para mostrar, que era Hombre y del linaje de Abrahán, y que la circuncisión de la carne hasta a aquel tiempo había sido buena y ordenada de Dios, y librarnos de ella, y enseñarnos otra más alta y espiritual, significada por la corporal circuncisión, como lo diremos en su día. Se hizo esta Circuncisión, como se cree en el mismo portal de Belén, donde había nacido, y allí se muestra el lugar donde se hizo; porque no estaba señalado templo, ni lugar particular por ley alguna, donde la circuncisión se hubiese de hacer.

8. Mas, para que entendamos, quién es este Niño, que es circuncidado y toma traje de pecador, dice el santo Evangelio; que le pusieron nombre, y le llamaron Jesús, que quiere decir Salvador, y que este nombre no se lo dieron los hombres, sino el Padre Eterno, y que el Ángel le trajo del cielo, y le anunció aun antes que fuese concebido en las entrañas de Su Madre; y fue, cuando saludándola el Ángel, le dijo, que concebiría en su vientre, y pariría un hijo, que le llamase Jesús: y lo mismo dijo a San José, añadiendo la causa de este nombre; porque Él había de salvar de los pecados a Su pueblo; para que por aquí entendamos, que no tenía pecado el Salvador de pecadores: que el ser Jesús lo tenía de suyo; y que el ser circuncidado, y el tomar hábito de pecador de nuestra culpa y miseria, era porque venía a remediarla.

9. Pasados otros cinco días después de la Circuncisión, y trece después del Nacimiento del Señor, llegaron a Belén los reyes Magos, que venían a buscarle desde Oriente, movidos de la estrella, que dijimos, haber aparecido en aquella región, al mismo tiempo que nuestro Redentor nació; porque movidos los Magos de la vista de aquella nueva estrella, y admirados de su grandeza y claridad, y alumbrados interiormente con otra luz superior y divina, entendieron que en las partes de Judea había nacido un nuevo Rey y Salvador del mundo; y con el impulso del Espíritu Santo, dejando sus estados, comodidades y regalos, se pusieron en camino, y le vinieron a buscar, guiados por la misma estrella: y habiéndoseles escondido, entraron en Jerusalén, y publicaron lo que habían visto, preguntando dónde estaba el que había nacido Rey de los judíos: con las cuales nuevas se turbó Herodes y toda la ciudad de Jerusalén; y después de haber consultado aquel negocio con los escribas y sabios de la ley, y entendido que el lugar señalado por los profetas, para el Nacimiento de este gran Rey, era el pequeño pueblo de Belén, examinando a los Magos muy particularmente el rey Herodes; de todo lo que pertenecía a aquella jornada, les avisó con engaño, que hallado el Niño, volviesen a él, porque él también le fuese a adorar: y con esto se partieron los Magos de Jerusalén y prosiguieron su camino, llevando la misma estrella por guía, que se les tornó a aparecer y fue delante de ellos hasta que llegaron a aquella pobre choza, donde estaba Dios humanado: y no escandalizándose, ni turbándose con la pobreza que hallaron, ni con la vileza del establo, y abatimiento del pesebre, conociendo con la lumbre de la fe, que aquel Niño era Dios; se le postraron y le adoraron, y ofrecieron ricos dones de oro, incienso, y mirra, de que abundaba su patria; para significarnos los otros dones mayores, que ellos ofrecían al Señor, y los misterios que reconocían en él, significados por el oro, incienso y mirra, que le ofrecían: y despidiéndose de aquel santo doncel y doncella, y dejando sus corazones en aquel pesebre, se volvieron a su patria por otro camino diferente, como el Ángel les había revelado que lo hiciesen.

10. En la misma pobre casilla o cueva estuvo el Señor del mundo cuarenta días después de nacido; porque la Ley obligaba a las paridas, que no saliesen de casa, hasta que fuese tiempo de purificarse, e ir al Templo, que en las que parían hijo, era de cuarenta días, y en las que hija, ochenta; y la Virgen sacratísima, aunque no estaba obligada, guardó perfectísimamente esta Ley, y a los cuarenta llevó a su muy bendito Hijo y le presentó en el Templo como a primogénito, para cumplir con otra Ley, que mandaba, que todos los primogénitos fuesen presentados y ofrecidos al Señor, y que los que no eran de la tribu sacerdotal de Leví, fuesen rescatados con cinco siclos (moneda de aquel tiempo), para que con esto se acordasen los hebreos de aquel gran beneficio, que habían recibido de Dios en la salida de Egipto, cuando Él con tan fuerte y poderosa Mano mató a todos los hijos primogénitos, así de los hombres como de las bestias de aquel reino: porque puesto caso que Cristo, como Legislador y Señor de la Ley, no estaba sujeto a esta Ley, pero, por darnos en todo ejemplo de obediencia, se sujetó a ella, y quiso que Su Purísima Madre le acompañase y obedeciese a la Ley de la purificación de las paridas, que tampoco le obligaba, curando nuestra desobediencia con Su obediencia, y comenzando ya con esta ocasión a manifestarse más, y consolar al santo viejo Simeón y aquella piadosa viuda, y devota Ana, que de día y de noche no se ocupaba sino en hacer oración en el Templo; para que con lo que en Él se hizo y se dijo, se fuese poco a poco extendiendo la noticia y fama del Salvador, y los hombres se fuesen acostumbrando a ver aquella Luz, que por ser tan soberana e inmensa, sus ojos tan flacos no pudieron ver repentinamente.

11. Acabado el misterio de la Presentación de Cristo, y de la Purificación de la Virgen en el Templo, dice el evangelista San Lucas, que volvieron a Galilea y a su ciudad de Nazaret, en donde no se sabe los meses o días que estuvieron; porque como Herodes se vio burlado de los Magos, y entendiendo el rumor, que había habido en Jerusalén con la Presentación del Niño en el Templo, y con lo que los santos viejos Simeón y Ana, de Él habían dicho y publicado; por asegurar su reino, determinó matar al que temía que se le había de quitar: y porque no sabía dónde estaba, ni se pudiese escapar aquel Niño, que él buscaba; se resolvió pasar a cuchillo a todos los Niños inocentes, que en aquel tiempo habían nacido, como lo hizo con bárbara fiereza y crueldad. Pero el Señor, que no quería morir, sino al tiempo que Él mismo había determinado, ni hacer milagros en Su niñez, ni usar de la potestad divina, sino de la flaqueza y dispensación humana; reveló por medio de un Ángel a San José aquel peligro, mandándole que huyese a Egipto y estuviese allí, hasta que otra cosa le ordenasen: aunque no faltan santos y gravísimos doctores, que dicen, que esta revelación se hizo a San José, luego que se partieron los Magos. Obedeció prontísimamente el santo patriarca al mandato divino, y se levantó de noche, sin escandalizarse, ni turbarse por aquella novedad y huida apresurada; y con el Hijo y la Madre, tomó el camino para Egipto, huyendo Dios del hombre, y el verdadero Rey y Señor del mundo, del tirano y usurpador del reino ajeno, por dar ejemplo a sus siervos, que a sus tiempos huyan y se escondan, y no se espanten si son perseguidos de los malos. También dice el santo evangelista, que ordenó Dios esta ida de Su muy bendito Hijo a Egipto, para que se cumpliese lo que había dicho el profeta Oseas: de Egipto llamé a mi hijo: lo cual, aunque a la letra se entiende del pueblo de Israel; también declara el evangelista que se debe entender de Cristo. En este camino, cuentan Sozomeno y Nicéforo, que llegando Cristo nuestro Señor con la Sacratísima Virgen a Hermópoli, ciudad de Tebaida, hallaron a la puerta de la misma ciudad un árbol grandísimo, llamado Persis, en el cual adoraban los gentiles al demonio, y que luego abajó sus altas ramas hasta el suelo, como adorando al Señor, y que le quedó tanta virtud, que con sus hojas, fruto y corteza sanaba después cualquiera enfermedad: y Burcardo añade, que entre las ciudades de Heliópoli y Bibilonia había un huerto de bálsamo, que se solía regar de una pequeña fuente, en la cual era fama, que Nuestra Señora muchas veces había lavado a Su precioso Hijo y sus paños, y una piedra en que los extendía y enjugaba; y que no solamente el agua de aquella fuente tenía maravillosa virtud, sino también otras aguas, que se mezclaban con ella, y que hasta los mismos sarracenos tenían en gran veneración aquel lugar: y para conservar la memoria de haber estado Jesucristo nuestro Redentor allí, pusieron una lámpara, que en él ardiese perpetuamente. A la entrada del Niño Jesús en Egipto, todos los demonios, que de aquella provincia estaban apoderados, temblaron entendiendo que había venido el que los había de destruir y quitar el señorío y trono, que tenían tan asentado en los corazones de los egipcios, que eran aun más ciegos y supersticiosos que los otros gentiles, y adoraban a los demonios en las serpientes y en otras sabandijas y cosas muy viles: así lo dice Eusebio Cesariense, Atanasio y Orígenes; y aun otros graves autores refieren, que no solamente los demonios invisiblemente se turbaron, pero que simulacros y estatuas en algunas partes cayeron en la presencia del Salvador: y Paladio refiere, que en la ciudad de Hermópoli había un templo, en el cual, a la entrada del Salvador, todos los simulacros de los demonios cayeron y se desmenuzaron e hicieron pedazos: y San Epifanio en la vida de Jeremías dice, que este profeta avisó a los sacerdotes de Egipto, que todos los ídolos caerían y se harían pedazos, al tiempo que una doncella Madre de Dios, con el Hijo que había parido, entrase en Egipto: y lo mismo escribe Doroteo, obispo de Tiro: que los egipcios por este oráculo solían adorar el Niño recostado en el pesebre, y a la Virgen en una cama: y es cosa muy cierta, que de tal manera fueron desterrados los demonios de aquella tierra, que siendo antes tan estéril, desierta y espinosa, y llena de abominables vicios e idolatrías, después se convirtió en un paraíso de deleites, y en un jardín de flores y plantas suavísimas de cristianos, monjes y varones perfectísimos, por la predicación de San Marcos, y por la instrucción de San Antonio y de otros santísimos anacoretas, que la cultivaron y habitaron; y esto en virtud de Cristo y de Su muy bendita Madre, que con Su presencia la ilustraron y la echaron su bendición.

12. Estuvo el Señor en Egipto, todo el tiempo que vivió Herodes; que aunque no se puede saber de cierto cuánto fue, la más probable y común opinión es, que fueron como siete años: al cabo de los cuales, siendo ya muerto el rey Herodes, el Ángel apareció a San José y le mandó, que volviese a Judea con el Hijo y con la Madre; y él lo hizo: y sabiendo, que Arquelao reinaba en ella en lugar de su padre, a quien había sucedido, avisado en sueños, desvió su camino hacia la provincia de Galilea, y volvió a Nazaret, y allí hizo su morada: y la Santa Iglesia hace memoria de esta vuelta del Señor de Egipto a Judea, y la celebra a los 7 de enero como se ve en tos martirologios, Romano, de Beda, y Usuardo.

13 De Nazaret venía el Señor cada año con sus padres a Jerusalén; porque aunque reinaba Arquelao, como dijimos, y se podía temer alguna violencia; pero el ser pobres y desconocidos, y venir entre tanta gente, para sólo visitar el santo Templo, sin detenerse en Jerusalén, les daba seguridad, y mucho más el moverlos el Señor, sin cuya voluntad no podía suceder cosa al Hijo que diese cuidado a sus padres: los cuales le tenían grandísimo de guardar los mandamientos y ceremonias de Dios, posponiendo cualquiera otro temor y trabajo, al cumplimiento de Su divina Ley. Pero siendo ya de doce años, y queriendo dar alguna muestra de Sí, y comenzar a esparcir los rayos de Su divina Luz y Sabiduría; habiendo venido, como acostumbraba, con ellos a Jerusalén, y visitado el santo Templo, al tiempo que se partían sus padres, se quedó Él, y después de haberle buscado con muchos suspiros, gemidos y lágrimas, entre sus conocidos y amigos, dentro y fuera de la ciudad; finalmente le hallaron, pasados tres días, en el mismo Templo entre los doctores, oyendo lo que decían, y preguntándoles y respondiendo a sus dudas, con admiración y espanto de todos, que no sabían cómo en tan pocos años resplandecía tanto peso, madurez, y sabiduría. Y habiendo la Santísima Virgen y Madre, quejándose amorosamente con Su Hijo de la pena, que les había dado, y habiéndole dicho aquellas dulces y tiernas palabras: Hijo, ¿por qué lo habéis hecho así con nosotros?, que vuestro padre y yo os hemos buscado con dolor; Él le respondió, que lo había hecho, por acudir y ocuparse como debía en las cosas de Su Padre: y aunque no entendieron estas palabras los otros, la Virgen las conservó en Su Corazón, rumiándolas y considerando los profundos misterios, que en ellas se encerraban. De aquí, dice San Lucas, que volvió el Señor a Nazaret, y que estaba sujeto a Sus padres.

14 Vivió en la casa de Su bendita Madre en la cual fue concebido; y por haber habitado en Nazaret, fue llamado Nazareno, y mucho más por lo que este nombre significa en hebreo, que quiere decir, Florido, Santo, y Apartado; porque Él era la flor, que nació de la vara de Jesé, que nunca se seca ni marchita, y el Santo de los santos, ajeno, y apartado de todo pecado. Y puesto caso, que por escarnio se puso este nombre en el título de la Cruz, y que los gentiles hacían burla de él, pero los Ángeles y los Santos Apóstoles le tuvieron en suma veneración, y los fieles se preciaron de llamarse Nazarenos en la primitiva Iglesia, hasta que después tomaron el nombre de cristianos, y la misma iglesia y religión cristiana fue llamada secta de Nazarenos. Pero lo que pone espanto en las palabras del evangelista, es decir, que Cristo estaba súbdito, y sujeto a sus padres, no solamente a la Virgen, que ya era su verdadera Madre, sino por amor de la Virgen también a José, que aunque no lo era, era tenido por padre suyo; dándonos en todo ejemplo de humildad, y de lo que debemos hacer con nuestros mayores, y la obediencia que deben los hijos a sus padres; pues como bien pondera San Bernardo, el Rey del cielo se sujetó al polvo de la tierra, y a su criatura el Creador. También nos quiso enseñar, que los superiores, por serlo, se deben tener por mejores que los súbditos; pues Cristo fue súbdito a María y a José. Era San José un pobre carpintero, y los Santos, que tratan de la vida de Cristo, contemplan cómo ayudaba en su trabajo a San José, y servía a Sus padres en las cosas necesarias de casa; y se regalan, considerando el encogimiento y confusión, que tendrían los que le mandaban, y la prontitud y alegría, con que el Señor obedecía: y aun añaden algunos, que después que murió San José, que debió ser en el tiempo de esta sujeción y silencio de diez y ocho años, del cual no hablan palabra los evangelistas, el Señor ejercitó por sí aquel mismo oficio de carpintero; porque no solamente fue llamado hijo de carpintero, sino también carpintero, como dice San Marcos; para que admiremos de la oculta dispensación del hijo de Dios en nuestra carne, e imitemos y le agradezcamos el abatimiento, y silencio de tantos años, que por nosotros guardó; pues siendo la Sabiduría y Verbo Eterno del Padre, no quiso hablar ni manifestar con pública predicación, quién era, hasta que tuvo treinta años de edad, pasando la vida en suma pobreza, disimulación y silencio.

15 Pero a los treinta años, siendo ya llegada la hora determinada de Dios, y el tiempo en que el juicio del hombre suele estar más maduro, vino el Señor de Galilea al río Jordán, para ser bautizado de San Juan Bautista, poniéndose en el número de los pecadores, para darnos otro ejemplo de humildad, y como Él mismo dijo a San Juan, que por verle, estaba atónito para cumplir enteramente la justicia evangélica, que en esta humildad resplandecía: y no menos para santificar y enriquecer con nuevos dones a San Juan, y autorizar con Su presencia aquel bautismo, que disponía para el Suyo: y para que no pareciese grave al siervo venir al bautismo de su Señor, pues el Señor había venido al bautismo de Su siervo: y para consagrar con el tocamiento de su carne purísima las aguas, que habían de servir para regeneración de los fieles: y para hacerlos hijos de Dios, y ensenar a los predicadores evangélicos, que antes de subir al púlpito y emprender el ministerio de la predicación, procuren purificarse y estar limpios de toda mancha de pecado; y finalmente, para que con la ocasión del bautismo se abriese, como se abrió, el cielo, y bajase el Espíritu Santo en figura de paloma sobre el Señor, y el Padre Eterno con aquella Voz magnífica y sonora, diciendo: Éste es Mi Hijo querido, en el cual Me he agradado, y por quien Me aplaco y reconcilio con el hombre, diese testimonio, que Cristo era Su natural, verdadero y consubstancial Hijo; y con la autoridad de toda la Santísima Trinidad quedase, como graduado, y señalado por Maestro y Doctor, y Preceptor del mundo. Quedó con el bautismo del Señor santificado el río Jordán, y por esto y por la virtud de sanar milagrosamente los enfermos que después en él se lavaban, ilustrado y celebrado con gran veneración de todos los fieles, y algunos Santos por respeto tuvieron devoción de bautizarse en el río Jordán, como San Basilio, y otros: y Gregorio Turonense afirma, que en cierta parte de él, donde Cristo nuestro Señor se bautizó, lavándose los leprosos, quedaban limpios y sanos.

16 Mas, aunque Cristo nuestro Redentor con el testimonio de la Santísima Trinidad estaba ya declarado por Maestro del mundo, como dijimos, no quiso comenzar a ejercitar tan alto ejemplo; para enseñarnos más con obras que con palabras. Se retiró al desierto, movido de Su mismo Espíritu, para desafiar al príncipe de los demonios, y entrar en campo y pelear con él y vencerle: para que por aquí entendamos, que el hombre en el Bautismo es armado para la guerra, y que los mayores dones que recibe de Dios, son vísperas de mayores batallas; y que no hay nadie, que se escape de tentaciones, por santo que sea: ni desmaye, ni se ahogue por ser tentado; pues fue tentado el Señor, y venció al tentador, y le rindió, y le desarmó de tal manera, que si nosotros no queremos, no podamos ser vencidos; pues tenemos tal ayudador, y padrino, que nos mostró con Su ejemplo, cómo hemos de pelear, y con Su Espíritu nos da armas, con que peleemos, y venzamos.

17 Este desierto, donde ayunó el Salvador, escriben, que está entre Jerusalén y Jericó, y los cristianos le llaman Cuarentena, por los cuarenta días que allí estuvo; y a dos millas de allí está el monte, de donde el demonio mostró al Señor los reinos del mundo, y le prometió dárselos si le adoraba, y le llaman el Monte del Diablo.

18 Ayunó, pues, el Señor cuarenta días con sus noches, sin comer bocado, como lo había hecho Moisés y Elías, y santificó con Su ayuno la sagrada cuarentena, que después los cristiano habíamos de ayunar: y al cabo de los cuarenta días tuvo hambre; para manifestar que era hombre, y dar ocasión al tentador, que le acometiese, y tentase, como lo hizo, proponiéndole primero, que convirtiese las piedras en pan: después, que se echase del pináculo del templo abajo, para que la gente, viéndole volar por el aire, conociese, que era Hijo de Dios; y finalmente ofreciéndole todos los reinos del mundo, si se echaba a sus pies y le adoraba. Pero todas tres veces salieron en vano sus acometimientos; y huyendo el demonio, el Señor quedó vencedor y triunfador, y los Ángeles del cielo, que estaban a la mira, vinieron a servirle, y le trajeron de comer.

19 De este desierto salió el Señor victorioso, habiendo ya rendido a nuestro enemigo, para que nosotros le venciésemos; y luego comenzó a ejercitar la obra que Su Padre Eterno le había encomendado, y a llamar discípulos, que le sirviesen en ella, y habiendo aprendido de tal Maestro la doctrina del cielo, la derramasen por el mundo, al cual Él venía a alumbrar y a librar de las horribles y lastimosas tinieblas, en que estaba sepultado, y atar aquel armado, fuerte y poderoso, que se había encastillado en el mundo, y le tiranizaba con una posesión tan segura, que se tenía por su príncipe, y como tal se llamaba. Entre los otros discípulos escogió doce, a los cuales llamó apóstoles; y fueron Pedro y Andrés, hermanos, Jacobo y Juan, hijos del Zebedeo, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo el menor, hijo de Alfeo, Simón Cananeo o Zelotes, Judas Tadeo, y Judas Iscariote: y para escogerlos se retiró primero a un monte, como una legua de la ciudad de Cafarnaúm, a hacer oración, y encomendar aquel negocio tan importante al Padre Eterno: por esta elección, que allí se hizo, y porque se acogía el Señor muchas veces allí a hacer oración, y haber enseñado en aquel sublime, y altísimo sermón del monte (que es una suma de toda la doctrina y perfección de la vida cristiana), se llama el monte de Cristo. Las armas que tomó nuestro David para pelear y derribar a este fiero y espantoso gigante, fueron Su santísima y purísima Vida, con que resplandeció entre los hombres: la doctrina celestial y divina, que les enseñó; y los milagros innumerables, que obró.

20 La vida del Señor fue tan santa, como había de ser la vida del Santo de los santos y Fuente de toda Santidad: fue vida de hombre Dios, que aunque tomó la naturaleza de Adán, no tomó la culpa de Adán, ni las fealdades y manchas, con que quedó nuestra naturaleza por el pecado. Mas porque venía, como médico, a curar nuestras dolencias, y convenía que conversase con los enfermos que venía a curar, y se acomodase a su flaqueza y miseria; tomó un género de vida común, honesto y moderado, comiendo carne, y bebiendo vino, y vistiendo lana y lino, aunque pobremente, para que la aspereza y rigor extremado, no espantasen a los que le habían de tratar y aprovecharse de Su doctrina; porque como el Señor no tenía necesidad de penitencia y de austeridad, para satisfacer por las culpas que no tenía, ni para reprimir los apetitos de la carne que en nosotros son tan desordenados y rebeldes, y en Él estaban tan concertados y ajustados con la razón y con Su Voluntad Divina, y venía para ejemplo y dechado de todos; quiso tomar un género de vida, por una parte tan sublime y tan adornado de todas las gracias, de caridad, de humildad, de paciencia, de mansedumbre, de menosprecio del mundo y aprecio del cielo, y tan lleno de todas las otras virtudes, en que consiste la perfección evangélica, que no se le pudiese añadir, ni imaginar cosa más subida ni más perfecta; y por otra parte, en lo exterior tan común y familiar, que se pudiese imitar: pues el rigor, y penitencia corporal, no es el fin y suma de la perfección cristiana, sino medio conveniente para alcanzarla. Mas porque nosotros tenemos necesidad de este medio, por la flaqueza y rebeldía de nuestra carne; en aquella vida común, que para nuestro ejemplo tomó el Señor, usó de grande y extremada aspereza, como adelante se verá.

21 Con esta vida inculpable, con que el Señor resplandeció en el mundo, se juntó la doctrina celestial y purísima, que como Maestro venido del cielo predicaba; porque Cristo era Doctor del mundo, y Maestro universal de todos los hombres, y muy aventajado sobre todos los profetas, patriarcas y doctores de la ley, porque todos ellos fueron Sus discípulos, y no podían bien enseñar, sino lo que de Él habían aprendido, y oído: y así dijo por Isaías: Ego ipse, qui loquebar, ecce adsum: Antes hablaba por medio de Mis profetas; ahora Me veis aquí, que por Mí mismo os enseño. Las partes del buen maestro son buena vida, excelente doctrina, y buen modo de proponerla y explicarla. La buena vida; para que no se desdore la doctrina, no haciéndose lo que se dice, o no con tanta perfección como se dice; Cristo fue dechado de toda santidad; porque hizo, y dijo, y pudo decir con verdad: ¿Quién de vosotros Me argüirá de pecado? Y añadir: Si os digo la verdad; ¿por qué no Me creéis? Porque Su Vida inocentísima daba peso a Su doctrina, y la hacía creíble, e inexcusables a los que no la creían, pues la misma doctrina, que enseñaba, era como de tal Maestro; porque la Sabiduría de Cristo, en cuanto Dios, era divina, infalible, y por vía de entendimiento engendrada de Dios; y en cuanto hombre, tenía perfectísima ciencia, por razón de la unión al Verbo; al fin, como de alma, que estaba viendo claramente a Dios: y así dijo San Juan Bautista: El que viene del cielo, es sobre todos, y da testimonio de lo que vio y oyó. De esta fuente perenne manaba, como río, aquella doctrina tan excelente, tan entera y provechosa: aquella ley evangélica, soberana, y divina, que Cristo enseñó de palabra, e imprimió con Su Espíritu en los corazones de los hombres, quitando las imperfecciones de la antigua ley, y apurándola de la escoria y cosas, que por la dureza y rudeza de aquel pueblo se les permitían, y dándonos no solamente los preceptos y mandamientos necesarios para alcanzar la salud eterna, sino también los consejos más subidos y perfectos, a los cuales anhelan las ánimas santas, heridas de Dios, deseando con la guarda de ellos asegurar la guarda de los mandamientos. ¿Quién podrá dignamente explicar la excelencia de la doctrina de Cristo? ¿Aquella tan rica pobreza voluntaria, que nos enseñó, para cortar de un golpe la raíz de todos los pecados y cuidados, trabajos y negocios del mundo, que es la codicia? ¿Aquella mansedumbre de corderos, que excusa todos los odios, iras y rencillas de los nombres? ¿Aquellas piadosas lágrimas, con que la ánima es regada y como bautizada, para que dé fruto de vida eterna? ¿Aquella hambre, y sed de justicia, que son las primicias de la gracia, y flores, que preceden al fruto de las virtudes? ¿Aquella misericordia, que proveyendo las necesidades ajenas, remedia las suyas? ¿Aquella limpieza de corazón, donde resplandecen los rayos de la divina luz, como en un espejo muy claro? ¿Aquella paz y concordia con todos, que hace al hombre hijo de Dios? ¿Aquella paciencia y alegría en las tribulaciones y persecuciones, por grandes que sean, la cual levanta al hombre sobre las estrellas del cielo, y le constituye en aquella región de paz y tranquilidad, adonde no llegan las peregrinas impresiones y nublados de este siglo tempestuoso, y de donde ve, como debajo de sus pies, todos los nublados y torbellinos del mundo? Pues, ¿qué diré de los otros admirables consejos del Salvador, que están esparcidos por todo el Evangelio? ¿El consejo de la castidad, que es imitadora de la pureza de los Ángeles? ¿El consejo de no pleitear y perder antes la capa, que la caridad con el prójimo y la paz de conciencia? ¿El consejo de no resistir a los que nos persiguen, y estar aparejados para darle un carrillo a quien nos hiere en el otro? ¿El consejo de hacer bien a los que nos hacen mal, y rogar por ellos, que es un traslado e imitación de la infinita bondad y largueza de Dios? ¿Y los demás consejos que el Señor, como consiliaro y ángel del gran consejo, nos dio, y están esmaltados en Su divina y admirable doctrina?

22 Pues la manera de proponer y explicar lo que enseñaba, no fue menos excelente, y maravillosa, que la misma doctrina, juntando por una parte mucha llaneza y claridad, para que los ignorantes y pequeños hallasen pasto proporcionado a su capacidad; y por otra grandísima profundidad, para que los entendimientos altivos de los sabios se rindiesen, y humillasen: y usando ya de ejemplos, ya de semejanzas y parábolas, así por cumplir lo que el profeta de Él había profetizado, como por ser esta manera de enseñar muy usada de los sabios, y más fácil y acomodada, para que la gente simple la entienda y se acuerde de ella, y se mueva a obrar lo que oyó, y también para cubrir con aquel velo y semejanza, los misterios divinos, que en Su doctrina se encerraban, y no arrojar las piedras preciosas a los puercos. Mas entre todas las excelencias, que tuvo Cristo, como Maestro y Doctor, una fue singular; porque los demás doctores pueden proponer la verdad, y enseñar por de fuera; mas no pueden interiormente alumbrar el entendimiento, ni mover la voluntad, ni dar fuerzas para obrar lo que se oye, mas Cristo nuestro Redentor, como era Dios, obraba interiormente en las almas, ilustrando o inflamando la voluntad, y escribiendo en el corazón la misma doctrina que enseñaba: y así le dijo San Pedro: Señor, ¿a dónde iremos; que Vuestras palabras son palabras de vida eterna? Y por esto dice San Marcos, que enseñaba como quien tenía potestad y dominio sobre todos, y era Señor de los corazones; y de aquí es, que a una sola palabra o llamamiento Suyo, los apóstoles le seguían, dejando sus redes, haciendas y negocios. Finalmente, la doctrina de Cristo es el meollo de todos los profetas, y una suma de toda la Sagrada Escritura: es llave para abrir los misterios inefables de nuestra redención: sol, que con su claridad ilustra la obscuridad, y sombras de la ley vieja: mar océano de la inmensa Sabiduría de Dios: tesoro riquísimo de la Iglesia: pan del cielo: fuente de aguas vivas: luz, medicina, sustento, salud y vida de las almas, que de ella se dejan enseñar.

23 Y puesto caso, que esta doctrina del Señor, por su pureza, alteza, excelencia, y majestad, merecía por sí sola ser oída, y abrazada de todo el mundo; pero para mayor autoridad y confirmación de ella, quiso que fuese acompañada de innumerables, y muy provechosos y gravísimos milagros; para que ninguno se pudiese con razón excusar, viendo, que Dios era el maestro, y el aprobador de aquella doctrina, y que eran tantas, tan averiguadas las probanzas y testigos de abono, que la confirmaban, cuántos eran los milagros que el Señor obraba: los cuales fueron tantos y tan notorios y admirables en el cielo y en la tierra, en el agua y en el aire, en los demonios, mandándoles con potestad salir de los cuerpos, y en los hombres vivos y muertos, sanos y cargados de cualquiera género de enfermedad, que no hay lengua, que los pueda contar, ni ingenio humano, que los pueda comprender. Y estos milagros, hacía el Señor en presencia de muchos y de pocos, de sabios y de ignorantes, y de amigos y de enemigos: los hacía en todo tiempo, de día y de noche, en el día de fiesta y en el día de trabajo; los hacía en todo lugar, en el templo y fuera de él, en la ciudad y en el campo, en el valle, en la tierra y en el mar; los hacía algunas veces con sola Su Palabra e imperio, otras con tacto e imposición de Sus manos, y otras, haciendo oración y mirando al cielo: unas, usando de cosas provechosas, y otras de cosas al parecer dañosas; como del lodo para alumbrar al ciego; los hacía, no por honra vana, ni gloria, ni aire popular, ni por interés temporal, ni por curiosidad vana; sino por la gloria de Su Padre Eterno, para el bien de los hombres, para consuelo de los afligidos, para oír los piadosos ruegos de los que le suplicaban, y más a menudo, en beneficio de los pobres, que de los ricos; porque tenían más necesidad; los hacía para confirmar, como dijimos, Su doctrina, y alumbrar con ella los corazones de los que oían, y despertarlos, para que más amasen a Dios, y probar que Él lo era, y que lo que enseñaba no era filosofía humana, baja y ratera, sino Sabiduría del Cielo, altísima, soberana y digna de un Maestro, que era hombre y Dios.

24 El primero de estos milagros, que obró el Señor, fue en Caná de Galilea, donde habiendo sido convidado a ciertas bodas con Su bendita Madre y con Sus discípulos, la sacratísima Virgen avisó a Su Hijo de la falta de vino, que había, para que la supliese, porque no cayesen en vergüenza los novios, que debían ser pobres, y parientes o conocidos de la Virgen. Y aunque el Señor en la apariencia le correspondió, no sin gran misterio, con alguna sequedad; pero bien entendió la Madre la intención y voluntad de Su Hijo, y ordenó a los que servían, que hiciesen todo lo que Él les mandase. El Señor les mandó henchir seis tinajas que allí estaban, de agua, la cual se convirtió en delicadísimo vino; y se publicó el milagro con grande admiración de la gente; y sus mismos discípulos creyeron en Él y le siguieron con más voluntad y alegría que antes, confirmados con el nuevo milagro, que habían visto: el cual quiso el Señor obrar por la intercesión de Su Madre; para que por aquí entendamos, que Ella es la Medianera entre nosotros y Su Hijo, la que procura que las aguas de nuestras tribulaciones y afanes se conviertan en vino suavísimo de consolación y dulzura, y que si, sin ser rogada, acude a nuestras necesidades, como aquí lo hizo, mucho mejor acudirá al remedio de ellas, siendo rogada y suplicada con nuestras oraciones. Vino el Señor a las bodas, para honrar el matrimonio, que Él mismo había instituido, para cerrar las bocas a los herejes, que después le habían de vituperar. Aunque no faltan graves autores, que dicen, en aquellas bodas haber sido el novio San Juan Evangelista, y que el Señor le llamó de ellas al apostolado, para manifestarnos, que puesto caso que el matrimonio es bueno y loable, pero que la virginidad y continencia es mejor y más agradable a Dios: yo más creo, que las bodas fueron de otro; pues San Juan Evangelista ya antes había sido llamado de Cristo, y que estuvo en ellas como discípulo Suyo, y no como desposado; porque esto parece más conforme al contexto y orden del Evangelio. Tras este milagro se siguieron todos los otros, que cuentan los sagrados evangelistas, que fueron tantos y tan varios, que el amado discípulo concluye su evangelio con decir, que Jesucristo había hecho otras muchas obras, las cuales, si se escribiesen una a una, serían tantos los libros, que no cabrían en el mundo; por esta causa nosotros no los referimos aquí particularmente, por evitar prolijidad: baste decir, que la fama de ellos se derramó por toda aquella tierra, y se extendió por toda la provincia de Siria, como lo dice San Mateo, y llegó a la ciudad de Edesa, donde era rey y señor Abgaro: el cual movido de lo que oía decir de los milagros, que Cristo nuestro Redentor hacía, y de la salud que daba a todos los enfermos de cualquiera enfermedad, que venían a Él, le envió un mensajero con una carta, en que le suplicaba, que le viniese a ver y sanar de una dolencia, que mucho le fatigaba. El tenor de la carta era el que se sigue:

25 «Abgaro rey de Edesa, a Jesús Salvador benigno, que en la región de Jerusalén apareció en carne, envía salud. Dicho me han las maravillas y curas milagrosas, que habéis hecho, sanando sin medicina ni yerbas a los enfermos: y es fama que alumbráis a los ciegos y hacéis andar a los lisiados y cojos, limpiáis a los leprosos, lanzáis los demonios y espíritus malignos, dais salud a los que tienen largas y prolijas enfermedades, y vida a los muertos. En oyendo esto de Vos, pensé ser una de dos cosas: o que Vos sois Dios, que habéis bajado del cielo; o que sois a lo menos Hijo de Dios, que obráis estas cosas tan estupendas y milagrosas. Por tanto me ha parecido escribiros esta carta, y suplicaros afectuosamente, que toméis trabajo de venirme a ver y de curarme de esta dolencia, que tanto me fatiga. Y también he sabido, que los judíos están mal con Vos, y murmuran de vuestras obras y procuran haceros algún grave daño: aquí tengo una ciudad, que aunque es pequeña, es cómoda y noble, y bastará para todo lo que hubiéramos menester los dos.» A ésta de Abgaro respondió Cristo nuestro Salvador en esta forma: «Bienaventurado eres, oh Abgaro; porque sin haberme visto, has creído en Mí: que eso está escrito de Mí, que los que Me vieren, no creerán en Mí, y los que no Me vieren, creerán y alcanzarán la salud. En lo que Me escribes, que deseas que te vea; te hago saber, que todas las cosas para que fui enviado, se han de cumplir en esta tierra donde vivo, y en cumpliéndolas, tengo de volver al que Me envió. Después que Yo fuere partido, te enviaré alguno de Mis discípulos, para que te libre de esa dolencia congojosa y te dé vida a ti y a los que tienes contigo.»

26 Estas epístolas trae Eusebio Cesariense en su historia, las cuales, dice, que halló en los archivos públicos de la ciudad de Edesa, en la cual reinó el dichoso Abgaro, con la historia de sus hechos, y que estaba en lengua siríaca, de la cual él las trasladó en griego. Verdades, que porque estas epístolas no han sido escritas por ninguno de los evangelistas, ni tener autoridad canónica, y Gelasio Papa las da por apócrifas; pero no por esto las reprueba como falsas, y en San Agustín se hace mención de ellas, y San Efrén, diácono de la misma ciudad de Edesa, autor tan antiguo y santo, en su testamento; y Teodoro Estudita en una epístola, que escribe al Papa Pascual, habla de ellas honoríficamente; y Cedreno asimismo escribe en el Compendio de sus Historias, que en tiempo de Miguel Paflagonio, emperador, que comenzó a imperar el año de nuestra salud de mil y treinta y cinco, se hallaba entera la epístola que el Señor escribió a y era tenida en gran reverencia, como lo nota en sus Anales el cardenal Baronio; el cual, tomándolo de otros muchos y graves autores, añade, que Cristo nuestro Señor envió a Abgaro un retrato e imagen Suya, hecha no por manos de hombres, sino milagrosamente, y que por ella obró Dios muchos milagros y dio grandes victorias a los cristianos contra los infieles sus enemigos. En cumplimiento de lo que el Señor prometió a Abgaro en Su epístola, escribe Eusebio, que después de subido al cielo envió a uno de sus setenta discípulos, llamado Tadeo, a Edesa, para curar al rey y a todos los otros enfermos de aquella ciudad, y alumbrarla con la luz del Evangelio, y convertirla a su fe, como lo hizo. Todo esto sería dicho por ocasión, de lo que escribe San Mateo, que los milagros del Señor fueron tantos y tan admirables, que se divulgaron por toda la Siria.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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