23 de Noviembre: San Clemente, Papa y Mártir (†102)

Tomado de La Leyenda de Oro para cada Día del Año – Vidas de Todos los Santos que venera la Iglesia. Madrid – Barcelona, 1853. Tomo III. Noviembre, Día 23, Página 432.

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San Clemente, Papa y Mártir (†102)

San Clemente Papa y Mártir, fue romano y nobilísimo, y deudo muy cercano del emperador Domiciano: su padre se llamó Faustino. Nació en la región o barrio del monte Celio, que es donde ahora está la iglesia de San Esteban Rotundo y de san Juan de Letrán. Fue san Clemente discípulo del apóstol San Pablo, y le ayudó en la predicación, como lo testifica el mismo apóstol en la epístola que escribió a los Filipenses cuando dice: «Yo y Clemente y los demás compañeros que trabajan conmigo en el Evangelio, y están sus nombres escritos en el libro de la vida.» Después se hizo discípulo del príncipe de los apóstoles san Pedro, y por sus grandes prendas de santidad, letras y prudencia, el mismo apóstol le instituyó sucesor suyo en su cátedra pontifical y vicario de Cristo en la Tierra; pero fue tanta su humildad, que muerto san Pedro con tan glorioso martirio no quiso sentarse en aquella silla, por tenerse por indigno de ella y parecerle que no convenía abrir la puerta con aquel ejemplo, para que aquella suprema dignidad y las otras de la Iglesia se dejasen como por herencia y no por merecimientos; y así dio su lugar, san Clemente, primero a Lino y después a Cleto, que sucedieron en el sumo Pontificado inmediatamente a San Pedro; y muerto Cleto, tomó el gobierno de la Iglesia, y fue el cuarto sumo Pontífice de ella.

De él dice san Bernardo estas palabras: «Era san Clemente de noble linaje: tenía grandes posesiones y riquezas, y no menos sabiduría; porque era tenido por muy excelente filósofo. Todas estas cosas había recibido de Dios (cuyos dones son), y él por su amor las despreció todas, teniéndolas por un poco de estiércol y basura por ganar a Jesucristo.» Siendo, pues, sumo Pontífice, tuvo gran cuidado que se escribiesen los hechos de los mártires, que con su sangre fundaban la Iglesia, y nos dieron ejemplo de lo que nosotros debemos hacer y padecer para alcanzar la otra vida que esperamos. Para esto señaló siete notarios y los repartió en los barrios de Roma para que tuviesen cuenta de inquirir y escribir sus batallas y triunfos.

Mandó que después del Bautismo recibiesen los cristianos el Sacramento de la Confirmación. Ordenó que la cátedra episcopal se pusiese en lugar público y eminente. Predicaba la Palabra de Dios con tanto fervor y espíritu, que muchos gentiles se convertían a nuestra santa Fe, y algunos no se contentaban con guardar los preceptos de Cristo, sino que pasaban más adelante y se daban a toda perfección, y seguían los consejos evangélicos y vivían en castidad; porque san Clemente fue perpetuamente virgen y amador de las vírgenes, y siempre alababa y ensalzaba esta celestial virtud; y consagró al Señor a Flavia Domitila, sobrina del emperador Domiciano, bija de una su hermana y de Flavio Clemente, la cual estaba desposada con un caballero principalísimo llamado Aureliano; aunque por aquella obra le habían de venir muchos y grandes trabajos.

Convirtió también a la Fe a Teodora, mujer de Sisinio, hombre poderoso en Roma: el cual, deseando ver lo que hacían los cristianos en los oratorios donde se juntaban, por saber que se hallaba allí su mujer, él de secreto se fue a ellos: mas por la voluntad de Dios se quedó ciego de la vista corporal, para que cobrase la del alma; porque las oraciones de san Clemente le restituyeron la vista del cuerpo, y sus palabras alumbraron y penetraron el corazón de Sisinio de tal manera, que se hizo cristiano y se bautizó, y por ejemplo de persona tan principal otros muchos recibieron la fe del Señor.

Cada día crecía el número de los fieles por la predicación del santo pontífice Clemente, y por los muchos y grandes milagros que continuamente bacía. Tuvo el demonio envidia de este bien y movió a algunos ministros suyos, sacerdotes de los ídolos y otra gente viciosa, para que persiguiesen a san Clemente, y alborotasen el pueblo contra él como contra un cruel enemigo de sus dioses. Le acusaron delante de Mamertino, prefecto de Roma, que era hombre moderado y prudente.

Le mandó llamar y le trató con mucho comedimiento, sabiendo que era de generosa y nobilísima sangre; y con buenas palabras le exhortó a que adorase a los dioses del imperio romano y no introdujese nueva religión: pero san Clemente le respondió con la resolución y entereza que a su persona le convenía. Mamertino vio alterada y dividida en bandos la ciudad; porque unos acusaban el santo como un embustero sacrílego enemigo de sus dioses y autor de una nueva superstición, que predicaba ser Dios un crucificado: otros al contrario, le alababan y defendían como a hombre moderado, sabio y prudente, amigo de hacer bien a todos, y que había dado salud a muchos enfermos y remediado los pobres, sin haber hecho jamás cosa que pudiese parecer mal. Estando, pues, el prefecto dudoso, consultó aquel negocio con el emperador Trajano; y él mandó que Clemente, o sacrificase a los dioses o fuese desterrado a la soledad de la ciudad de Quersona, en las partes más remotas del Ponto Euxino. Con esta respuesta del emperador procuró Mamertino persuadir a san Clemente que adorase a los dioses; y san Clemente a él, que fuese cristiano, dándole a entender que el destierro padecido por Cristo sería muy sabroso.

Le dio el Señor tanta gracia en sus palabras, que Mamertino, derramando muchas lágrimas de lástima, dijo a san Clemente: El Dios que adoras te favorezca en este trabajo que por él padeces; y mandó aprestar y proveer de todo lo necesario un navío, en que el santo navegó y llegó a su destierro. Le siguieron muchos de su voluntad, dejando a su patria, sus casas y haciendas por acompañar a su santo maestro y pastor. Halló allí dos mil cristianos que por el mismo emperador habían sido desterrados y condenados a cortar y llevar piedra: los cuales se consolaron con el santo Pontífice por tener en él padre, doctor, alivio y todo consuelo.

Él les habló y animó, diciéndoles que Dios le había enviado para que participase de sus oraciones y merecimientos. Entre los trabajos que tenían los santos mártires en aquella soledad, era uno la falta de agua que padecían, que era tanta, que la habían de traer a sus costas, lejos dos leguas; y este trabajo hacía más penosa e intolerable el otro de corlar y llevar la piedra. Se enterneció el santo Pontífice, por ver la fatiga que aquellos cristianos padecían; y movido de compasión, les dijo que hiciesen todos oración, y suplicasen a Nuestro Señor Jesucristo que les descubriese alguna vena de agua viva para remedio de tan grave trabajo. Acabada la oración, alzó los ojos el santo, y vio un Cordero que levantaba el pie derecho, como señalando donde estaba el agua. Ninguno de los que allí estaban vio el Cordero, sino san Clemente; y él entendió que era Jesucristo, que le aparecía en aquella figura, y le había oído y quería consolar. Se fue a aquel lugar y dijo: En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, cavad aquí. Comenzaron unos por una parle, y otros por otra a cavar la tierra, y el mismo santo tomó un azadón, y dando un pequeño golpe en el lugar donde había visto el Cordero, salió luego una fuente de agua clara y dulcísima, y tan copiosa y con tanto ímpetu, que luego se hizo un río, con gran consolación y regocijo del santo y de todos los presentes.

Se divulgó la fama de este milagro por toda aquella tierra; concurrió mucha gente a ver a san Clemente; y oyendo sus palabras y doctrina del Cielo, los fieles se confirmaban en la Fe, y los gentiles se convertían en tan gran número, que cada día se bautizaban quinientas personas y más; y dentro de un año se hicieron setenta y cinco iglesias, y se dedicaron a Cristo nuestro Salvador, y se derribaron los templos edificados a los dioses, y se hicieron pedazos todos los ídolos y simulacros de toda aquella tierra, y cien leguas alrededor.

Mucho crecía el número de los fieles por la predicación del santo Pontífice Clemente: vino a saberlo el emperador Trajano; e indignado y sañoso, envió a aquellas partes un presidente, llamado Aufidiano, el cual hizo grande estrago en los cristianos, y con varios géneros de tormentos y muertes martirizó a muchos: pero viendo que todos estaban constantes en la Fe y morían con alegría juzgando que era mejor perdonar a su muchedumbre, y castigar a la cabeza y maestro de todos, que era Clemente, le mandó llamar, y hallándole firme y constante en la confesión de Jesucristo, y que por ningún camino le podía persuadir que adorase a los dioses, mandó a los verdugos y sayones que le llevasen dentro en alta mar, y con una pesada áncora a su cuello le echasen en él, para que los cristianos no le reverenciasen como a Dios.

Grandes fueron los gemidos, las voces y alaridos que daban todos aquellos cristianos, cuando supieron la sentencia que se había dado contra el santo Pontífice; porque tenían en él padre, maestro, hermano y fiel amigo, y en una vida tan desconsolada, un consuelo tan universal para todos. El santo Pontífice también, por verlos tristes, se entristecía y lloraba con ellos, y los consolaba como podía.

Estando ya a punto para ser arrojado en el mar, la gente, que estaba a la mira en la ribera, levantó un grande alarido diciendo: Señor Jesucristo, sálvale; y san Clemente dijo: Padre Eterno, recibe mi espíritu. Y así fue echado en el mar, y recibió la corona del martirio. Quedaron los cristianos muy tristes y llorosos. Estaban entre ellos dos discípulos de san Clemente, llamados Cornelio y Febo: estos hablaron a la multitud, y dijeron: Hermanos, hagamos oración, para que Dios sea servido de mostrarnos las reliquias de este santo Mártir.

Hicieron su oración, y luego el mar se retrajo por espacio de tres millas, o de una legua, de manera que pudieron entrar en él, como por tierra, todo aquel espacio. Hallaron —¡Oh, poderoso Dios, obrador de maravillas y honrador de Tus Santos! en él una capilla o pequeño templo, fabricado por manos de Ángeles, y dentro del templo una arca de piedra, en que estaba el cuerpo de san Clemente y junto a él la áncora con que había sido echado en el mar. No solamente sucedió este milagro aquel año en que murió el santo Pontífice, sino todos los otros años acaecía lo mismo, y se retiraba tres millas el mar (como está dicho), dejando el camino seco por siete días, el de su martirio y otros seis siguientes.

Con la novedad de un milagro tan nuevo y tan grande, venían de diversas partes los fieles en romería al sepulcro del Santo al tiempo que se descubría: vino una vez una mujer con un hijo suyo pequeño; y entrando en el templo donde estaba el cuerpo del santo Mártir, el niño se durmió. Pasados ya los siete días, vino el mar a juntarse como solía, y retrayéndose todos, la madre del niño que dormía (porque Dios por este camino quería honrar a san Clemente, y descubrir lo que puede su santa intercesión), olvidada de él, se lo dejó en el templo. Estando ya fuera, se acordó de su hijo, a tiempo que no se pudo socorrer (porque ya las aguas habían crecido, y ocupado y cubierto el templo): hizo los extremos que en tal caso se pueden pensar, y creyendo que su hijo sería ahogado, buscó por aquella playa el cuerpo, para consolarse siquiera con él, mas no le halló: y así se volvió a su casa triste y afligida, y pasó todo aquel año con extraño desconsuelo. Al año siguiente no dejó de volver a su romería, aunque le había ido (al parecer) tan mal en la pasada: entró en el templo, hizo oración al sepulcro del Santo; y volviendo los ojos al lugar donde había dejado a su hijo, le vio durmiendo de la misma manera que le había dejado, y como loca y fuera de sí de placer, corrió a él y le tomó en sus brazos, y le dio muchos besos, y derramando lágrimas de alegría, le preguntaba qué había sido de él todo aquel año; y el niño decía que él durmiendo había estado, y no sabía si había pasado año, o qué espacio de tiempo.

Este milagro tan estupendo, escriben san Efraín, mártir, obispo de Quersona, san Gregorio Turonense, y el Papa Juan III, hace mención de él en una epístola decretal y otros autores. Metafraste dice, que el día de la fiesta del Santo, los que venían a su sepulcro, alcanzaban de Dios lo que le suplicaban por la intercesión de san Clemente; y que allí los ciegos recibían vista, los cojos pies, los mancos manos, y todos los enfermos salud, y los endemoniados eran librados con solo tocar las reliquias del Santo y beber un poco de agua bendita.

Pues, ¿quién no se admira de la liberalidad del Señor para con sus siervos, y de la benignidad con que los magnifica y ensalza a su mandado todas las criaturas? Porque si tanto admiró el pueblo de Israel ver una vez abierto el mar, para pasar por él a pie enjuto cuando le perseguía el ejército de Faraón; ¿cómo no nos habremos de maravillar nosotros, viendo cada año se retiraba el mar el día del martirio de san Clemente, y dejaba la tierra enjuta y seca, para que lodo el pueblo pudiese ir por ella, y reverenciar su santo cuerpo? ¿Qué sepulcro pudo haber más glorioso, que el que fue labrado por manos de Ángeles para honra de este Santo? ¿Qué sueño más suave, que el que tuvo el niño todo un año? ¿Y qué mayor maravilla, que restituirle vivo a la madre que le tenía y lloraba por muerto? Estos son milagros y prodigios que obra Dios para glorificar a los que Le glorifican, y ensalzar a los que se humillan y menosprecian por Su amor. Y si esto hace acá en la Tierra; ¿qué pensaremos que hará allá en el Cielo, para que todos nos animemos a servir a tan buen Señor, e imitar a san Clemente, que tanto hizo y padeció por imitarle?

En el lugar donde manó la fuente por la oración de san Clemente, el sumo Pontífice Nicolao, I de este nombre, mandó edificar una iglesia en honra y con nombre de san Clemente; y en su mismo tiempo un Cirilo, varón santo, llevó a Roma el cuerpo de san Clemente, y fue colocado con gran solemnidad en una iglesia de su nombre, que se había fundado antes, como lo dice el Martirologio romano. Vivió san Clemente en el pontificado nueve años: celebró dos veces órdenes por el mes de diciembre, y creó quince obispos, diez presbíteros y dos diáconos. Fue su martirio a 23 de noviembre del año del Señor de 102, imperando Trajano.

Escribió san Clemente algunas obras admirables, con las cuales enseñó y enriqueció la Iglesia del Señor; aunque algunas se han ya perdido, y de las otras que quedan, hay gran variedad de opiniones entre los autores: porque algunos afirman que son suyas: otros lo niegan; y otros dicen que han sido corrompidas y depravadas de los herejes. San Gerónimo, en el libro de los Escritores eclesiásticos, dice que san Clemente escribió en nombre de la Iglesia romana una epístola maravillosa a la Iglesia de Corinto, que se leía públicamente en algunas iglesias, y que era muy semejante a la epístola que san Pablo escribió a los hebreos; y añade este santísimo doctor, que también se hallaba otra segunda epístola en nombre de san Clemente; pero que los padres antiguos no la admitían por tal, como tampoco la disputa de san Pedro con Apion. Esto es de san Gerónimo, hablando de san Clemente, y alega a Eusebio Cesariense.

Gelasio, Papa, da por apócrifos actos que andaban en nombre de san Pedro apóstol, y el libro de los Cánones apostólicos, y de un libro y del otro algunas hacen autor a san Clemente, papa. Mas porque el examinar y averiguar cuáles sean las verdaderas y legítimas obras de san Clemente, y cuáles las que, sin ser suyas, se le atribuyen, no es propio de este lugar, sino es tratar de su vida y virtudes; dejaremos esta materia, remitiendo al que lo quisiere ver más en particular, al cardenal Baronio y Sixto Senense, que tratan de esta materia; y más copiosamente con grande erudición el padre doctor Francisco Turriano, de la Compañía de Jesús, el cual escribió dos libros, uno en defensa de las Constituciones y Cánones apostólicos de san Clemente, y otro de sus epístolas y de las otras de los romanos Pontífices. Escribieron de san Clemente, san Ireneo, san Epifanio, san Agustín, San Gerónimo, Optalo Milevitano y Euquerio, y todos los Martirologios y escritores de las vidas de sumos Pontífices.


Fuente:
https://books.google.co.ve/books/about/La_Leyenda_de_Oro_para_cada_dia_del_a%C3%B1o.html?id=7SEMOaLhxFwC&redir_esc=y

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