15 de Agosto: Aparición de la Virgen a los Apóstoles después de Su Asunción.

15 de Agosto
Año: 48 / Lugar: Casa de la Virgen María en ÉFESO, hoy Turquía
Aparición de la Virgen después de Su Asunción
Videntes: Los Apóstoles

Según algunas fuentes, la Santísima Virgen María se apareció a los apóstoles en Éfeso, tres días después de Su Asunción al Cielo, vestida en una Luz brillante como el sol, Ella se volvió hacia ellos que habían rogado por Su ayuda y protección celestial y les dijo: “Permaneceré con ustedes hasta la eternidad”.

Casa de la Virgen María en Éfeso.



Historia de la Casa de la Virgen María en Éfeso

La Casa de la Virgen María en Éfeso, está ubicada a siete kilómetros de Selçuk, en el monte Aladaj, donde según la tradición, Juan el Evangelista llevó a la Virgen María después de la crucifixión de Cristo, huyendo de la persecución en Jerusalén, y hasta Su bienaventurada Asunción, según los ortodoxos. La religiosa alemana Ana Catalina Emmerick, en sus revelaciones, tuvo visiones de María en Su casa de Éfeso, y la describió perfectamente en todos sus detalles sin haber visitado nunca ese lugar:

«La morada de la Virgen no estaba en Éfeso mismo, sino dos o tres horas más lejos, en una altura donde se habían refugiado otros cristianos venidos de Palestina y algunas mujeres parientes de María. Desde esta altura y Éfeso corre en muchas vueltas un arroyo… Desde la altura de la montaña, que está más cerca del mar que la ciudad, se ve el mar con sus numerosas islas y también la ciudad. No lejos de esta población se levanta un castillo donde habita un rey depuesto. Juan se entretenía con frecuencia con él y consiguió convertirlo a la fe. Más tarde este lugar fue sede de un obispado… La comarca estaba casi desierta: nadie subía a estos lugares y ningún camino principal conducía a ellos. La gente de Éfeso no se cuidaba de los refugiados, que estaban como olvidados. El suelo era fértil, y los cristianos tenían huertos y frutas. De animales sólo he visto cabras monteses. Antes que Juan trajese a María a Éfeso había hecho construir una casa de piedra como la que tenía en Nazaret. Estaba en medio de las sombras de los arboles. Se dividía en dos partes por medio del hogar… el techo plano, donde estaba la chimenea…»   

Basándose en estas descripciones, en 1891, un equipo formado por los sacerdotes lazaristas H. Jung y Eugene Poulin y sor Marie de Mandat-Grancey del colegio francés de Esmirna, organizan una expedición a la zona. Una vez encontrada la Casa, se envió un informe a Roma.

La Casa de María en Éfeso cuenta con la bendición del primer peregrinaje que hizo al lugar el Papa León XIII, en 1896, este hecho fue tomado como una actitud muy categórica respecto de la probabilidad de que la casa, en efecto, fuera el hogar pretérito de la Madre de Jesucristo. El Papa Pío XII, en 1951, después de la definición del dogma de la Asunción, en 1950, proclamó la Casa como «lugar santo», privilegio que, más adelante, le conferiría, con carácter permanente, el Papa Juan XXIII.

Más adelante ha sido visitada por los papas Pablo VI (26 de julio de 1967), Juan Pablo II (29 de noviembre de 1979) y Benedicto XVI (29 de noviembre de 2006). Todos los años se conmemora allí, el día 15 de agosto, la Fiesta de la Asunción de María. La Iglesia ha sospechado desde hace mucho tiempo que Éfeso ha sido la residencia definitiva de María, y ya en el año 431, un Concilio ecuménico se celebró en Éfeso, en el que a María se le dio el título de “Madre de Dios” (Theotokos). La reunión fue en la Iglesia de la Virgen María, que había sido construida en el siglo II y que hoy está en ruinas.

Iglesia de la Virgen María en Éfeso, que había sido construida en el siglo II y que hoy está en ruinas.


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Tomado del Libro de Clemens Brentano, Tomo XII, Visiones y Revelaciones de la Beata Anne Katherine Emmerich (Desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima)

XXI
María Santísima se retira con San Juan a Éfeso

Esteban fue apedreado cerca de un año después de la crucifixión de Jesucristo. Con todo no hubo en seguida persecución a los apóstoles; sólo las comunidades de Jerusalén fueron disueltas, los cristianos dispersados y algunos también muertos. Pocos años después se levantó de nuevo una persecución. Por este tiempo María Santísima, que había vivido hasta entonces en la pequeña habitación junto al Cenáculo o en Betania, se hizo llevar por el apóstol Juan a Éfeso, donde habían ido a vivir ya algunos cristianos. Sucedió esto poco tiempo después que Lázaro y sus hermanas fueron prendidos por los judíos y entregados a la mar en una mala embarcación.

Juan volvió después a Jerusalén donde estaban reunidos los demás apóstoles. Santiago el Mayor fue de los primeros que, después del reparto del mundo, abandonó Jerusalén y se dirigió a España. Lo he visto primero en las cercanías de Belén donde se ocultó antes de partir. Desde la cueva de Belén salía por el país con algunos compañeros para predicar al Evangelio. Los judíos vigilaban a los apóstoles, pues no querían que salieran del país. Santiago tenía amigos en Jope y así pudo embarcarse para el extranjero. Se dirigió primero a Éfeso, donde visitó a María y de allí partió a España. Poco antes de su muerte, visitó de nuevo a María y a su hermano Juan en Éfeso. Allí le dijo María que su muerte se acercaba y confortó y animó al apóstol para su cercano fin. Santiago se despidió de María Virgen y de su hermano Juan y se dirigió a Jerusalén. En este tiempo ocurrió el episodio con el mago Hermógenes, al cual convirtió a la fe junto con su discípulo. Santiago fue detenido varias veces y presentado ante el Sanedrín. He visto como fue prendido, poco antes de Pascua, mientras predicaba al aire libre sobre una colina. Sé que fue en este tiempo, pues veía a las gentes, como de costumbre, establecidas en los alrededores de la ciudad. Santiago no estuvo mucho en la prisión; fue juzgado en la misma casa donde Jesús, aunque al interior había cambiado algo de aspecto. Aquellos lugares que había tocado Jesús no estaban ya allí. Siempre he creído que tales lugares, santificados por Jesús, no debían ser pisados por otros. He visto que llevaron a Santiago hacia el monte Calvario: él no cesaba de predicar y convirtió a muchos en esta ocasión. Cuando le ataron las manos dijo: “Me podéis atar las manos, pero no me quitaréis la bendición de ellas y mi lengua para predicar”. Un tullido del camino gritó al apóstol quisiera tocarle con sus manos para sanarle. El apóstol le contestó: “Ven tú a mí y dame tu mano”. Así lo hizo el tullido; se levantó, se acercó y, al tocar las manos atadas de Santiago, se halló sano. También he visto que un tal Josías, que le había denunciado y entregado a los sacerdotes, vino ahora y le pidió perdón. Se convirtió a Cristo y fue muerto junto con el apóstol. Como le preguntara Santiago si deseaba ser bautizado y contestara que ése era su deseo, Santiago lo abrazó y besó, y le dijo: “Serás bautizado en tu misma sangre”. Vi también a una mujer venir a Santiago con una criatura ciega, pidiendo le diera la vista. Primeramente colocaron a Santiago sobre un lugar elevado, junto a Josías, y se le lee la sentencia. Luego lo bajaron y ataron ambas manos a una piedra, vendaron los ojos y lo decapitaron. Esto sucedió once años después de la muerte de Jesús, entre el 46 y el 47 del Nacimiento de Cristo. En la muerte de María en Éfeso no he visto a Santiago presente: otro lo representaba en esa ocasión, un pariente de la sagrada Familia y uno de los primeros de los 72 discípulos. María murió en el año 48, trece años y dos meses después de la Ascensión del Señor. Se me mostró esto en cifras y no en números como los nuestros. Primero vi IV, luego VIII, que hacen 48: después vi XIII y dos lunas llenas.

La morada de la Virgen no estaba en Éfeso mismo, sino dos o tres horas más lejos, en una altura donde se habían refugiado otros cristianos venidos de Palestina y algunas mujeres parientes de María. Desde esta altura y Éfeso corre en muchas vueltas un arroyo. La altura termina casi a pico en Éfeso, la cual se ve, viniendo desde el Sudeste, en una altura que parece junto a ella. Delante de Éfeso veo largas avenidas de árboles con frutas amarillas, muchas en el suelo. De la ciudad partían varias sendas hacia la altura, llena de vegetación salvaje, sobre la cual había una extensión como de una hora de camino, llana y fértil, llena de árboles de sombra y muchas grutas naturales en la roca. Estas grutas habían sido utilizadas por los cristianos refugiados aquí, arregladas con tabiques y obras de madera. El conjunto ofrecía el aspecto de una pequeña población de trabajadores. Desde la altura de la montaña, que está más cerca del mar que la ciudad, se ve el mar con sus numerosas islas y también la ciudad. No lejos de esta población se levanta un castillo donde habita un rey depuesto. Juan se entretenía con frecuencia con él y consiguió convertirlo a la fe. Más tarde este lugar fue sede de un obispado.

Entre los refugiados cristianos he visto mujeres, niños y algunos hombres. No todos estos refugiados tenían relación con María Virgen: solo veo algunas mujeres que vienen de tanto en tanto para visitarla o para ayudarla en los quehaceres domésticos. Estas mujeres atendían también a la manutención de la Virgen. La comarca estaba casi desierta: nadie subía a estos lugares y ningún camino principal conducía a ellos. La gente de Éfeso no se cuidaba de los refugiados, que estaban como olvidados. El suelo era fértil, y los cristianos tenían huertos y frutas. De animales sólo he visto cabras monteses. Antes que Juan trajese a María a Éfeso había hecho construir una casa de material como la que tenía en Nazaret. Estaba en medio de las sombras de los arboles. Se dividía en dos partes por medio del hogar. Este hogar estaba cavado en una cavidad en el suelo, junto a la pared y miraba a la entrada de la habitación. En esta pared había como unas gradas que llegaban hasta el techo plano, donde estaba la chimenea, consistente en un cano sobresaliente. A ambos lados del hogar había tabiques ligeros que separaban la parte posterior de la habitación de María. A ambos lados de las paredes había tabiques formando celdas que se retiraban con facilidad, dejando libre todo el espacio. En estas celdas dormían la criada de María y otras mujeres que venían de visita y se hospedaban durante la noche. En los tabiques que dividían la casa había dos puertas, que llevaban a la parte posterior de la habitación, que terminaba en forma redonda y cuyas paredes estaban revestidas de maderas entrelazadas. El techo era a los lados curvado y también detrás, y adornado con figuras de plantas cavadas en la madera.

En la parte posterior de esta habitación tenía María su lugar retirado para la oración, separado del resto por una cortina. En la pared había un nicho con un recipiente como un Tabernáculo que podía abrirse, y aparecía una cruz un codo de larga, como la cruz de Cristo con los dos brazos en forma de Y. Esta cruz, muy sencilla, creo que fue hecha en parte por el apóstol Juan y por la Virgen. Se componía de varias clases de maderas: la madera principal era de ciprés: un brazo parecía de cedro; el otro, más amarillento, de palma, y la parte de arriba, con el letrero, de olivo. El madero principal estaba hincado en una piedra como se había puesto la cruz de Jesús sobre una roca del Calvario. A los pies del Crucifijo había un pergamino donde estaban escritas algunas palabras de Cristo, cuya imagen estaba, en la cruz, no en bulto, sino grabada con líneas en la madera. A ambos lados del Crucifijo se veían dos floreros con flores. Junto a la cruz veo un paño y tengo la persuasión que es el que usó la Virgen cuando, después del descendimiento, lavó la sangre de las heridas de Jesús; pues mientras miraba yo ese paño tuve una visión de la Virgen con Jesús, tendido muerto en sus rodillas, y a la Virgen lavándole la sangre de sus llagas. Así lo hace también el sacerdote en la Misa cuando purifica el cáliz.

Una cruz semejante, pero más pequeña, tenía la Virgen en su dormitorio. A la derecha del oratorio de María y tocando el ángulo curvo, separado por dos tabiques laterales estaba el dormitorio de la Virgen con una cortina delante, que se descorría a voluntad. Este dormitorio estaba compuesto de un lecho de madera, de la altura de un pie y medio, bastante angosto, sobre el cual estaba extendida una manta sujeta a los cuatro costados. Todo estaba cubierto con tapices con borlas hasta el suelo. Un rodete servía de almohada y de cobertor una manta. El techo de esta parte de la habitación estaba revestido de madera y del centro pendía una lámpara de varios brazos. Aquí he visto a María descansando antes de su muerte, envuelta en un vestido blanco que le cubría hasta los brazos. El velo sobre la cabeza era retirado hacia arriba en pliegues. Cuando hablaba con hombres lo bajaba modestamente y sus manos las tenía descubiertas sólo cuando estaba sola. No la he visto comer en estos últimos años sino el jugo de una fruta de bayas amarillas que parecían uvas. La criada exprimía el jugo de estas bayas.

Enfrente de esta celda de dormir había, a la izquierda del oratorio, un espacio para los vestidos, arreglado con maderas entrelazadas. Colgaban allí unos velos, cinturones y un manto amplio en el cual se envolvía la Virgen cuando recorría el Vía Crucis. Vi dos vestidos largos, uno blanco y otro azul celeste, y un manto de color. Era el vestido que usó cuando fue dada por esposa a José. He visto que María guardaba varios de los vestidos de Jesús, entre otros la túnica inconsútil. Entre el armario de la ropa y el dormitorio había un cortinado que separaba el oratorio. Delante de este cortinado solía la Virgen estar sentada cuando trabajaba cosiendo o bordando. En este lugar retirado y solitario vivió la Virgen los últimos años, ya que su casa estaba retirada de las demás a una distancia de un cuarto de hora. Vivió sola, con una criada, que le traía lo poco que necesitaba para su sustento. No vivía allí ningún hombre. Juan venia de tanto en tanto y a veces algún apóstol o discípulo.

Una vez he visto entrar en la casa a Juan, que mostraba tener más edad. Era un hombre esbelto y usaba una vestidura larga, en pliegues, con un cinturón. Se quitó esta vestidura al entrar y se puso otro vestido con letras bordadas. En el brazo se colocó un manípulo. La Virgen estaba en su aposento y fue llegándose a Juan acompañada por su criada. La Virgen tenía un vestido blanco y me pareció muy débil. Su rostro era casi transparente y blanco como nieve. Me parecía que desfallecía por el ansia. Toda su vida fue, desde la Ascensión de Jesús, un continuo suspirar y un ansia que la iba consumiendo. María se acercó con Juan a su oratorio; allí descubrió, tirando de una cinta, el tabernáculo donde estaba su Crucifijo, delante del cual, hincados, rezaron largo tiempo. Luego Juan se levantó y sacó de un recipiente de metal un envoltorio de lino fino, donde estaba guardado un panecillo cuadrado, blanco, entre dos blancas telas: era el Santísimo Sacramento con el cual Juan dio la Comunión a María, acompañada de algunas palabras. No le presentó el cáliz en esta ocasión.


XXII

El Vía Crucis de María en Éfeso. Visita a Jerusalén

En las cercanías de su vivienda había dispuesto y ordenado María Santísima las estaciones del Vía Crucis. La vi al principio ir sola por las estaciones de este camino midiendo los pasos dados por su divino Hijo, que tenía anotados desde Jerusalén. Según los pasos que contaba, señalaba el lugar con una piedra y sobre esta piedra la vi escribir lo sucedido en la Pasión del Señor y anotar el número de pasos hasta este lugar. Si encontraba un árbol en el camino, señalaba el paso de la Pasión en el árbol mismo.

Había señalado doce estaciones. El camino llevaba al final a un matorral y el santo sepulcro estaba señalado en una gruta. Después que hubo señalado estas doce estaciones, vi a la Virgen María, silenciosa, ir recorriendo con su fiel criada, esos pasos de la Pasión del Señor, meditando y orando. Cuando llegaban a una estación, se detenían, meditaban el misterio de la estación y oraban. Poco a poco este Vía Crucis fue mejorado y arreglado y Juan hizo poner mejor las piedras recordatorias con sus inscripciones. La gruta también fue agrandada, adornada convenientemente y transformada en lugar de oración. Las piedras estaban en parte enterradas en el suelo, cubiertas de vegetación y de flores y cercadas en torno. Eran de mármol blanco liso. No he podido medir el grueso de esas piedras por las plantas que cubrían la parte inferior.

Los que hacían el Vía Crucis llevaban un asta con una cruz como de un pie de alto; clavaban esta asta en una hendidura de la piedra y se hincaban delante para rezar, si es que no se echaban de cara al suelo, meditando y orando. Las sendas en torno de las piedras eran bastante anchas de modo que podían ir por ellas dos personas a la vez. Conté doce de estas piedras, las cuales, terminado el acto, se cubrían con una estera. Las piedras eran más o menos iguales y en los lados tenían escritas letras hebreas; los lugares donde estaban las piedras eran de diversas dimensiones. La estación primera, el Getsemaní, la formaba un vallecito con una pequeña cueva donde podían estar hincadas varias personas.

La estación del Calvario no estaba en la gruta sino en una colina. Para ir al sepulcro se pasaba la colina; luego al otro lado de la piedra recordatoria, en una hondonada y al pie de la colina, a la gruta del sepulcro, donde María Santísima más tarde fue colocada. Creo que esta gruta existe todavía bajo los escombros y que un día ha de ser descubierta.

Cuando la Virgen hacía el Vía Crucis llevaba un sobrevestido que llegaba en pliegues hasta los pies. Se ponía sobre los hombros y se cerraba debajo del cuello con un broche. Llevaba un cinturón y cubría así el vestido interior. Me parece que era un vestido de grandes solemnidades, al uso de los judíos, porque lo he visto usado también por Ana en algunas ocasiones. Sus cabellos estaban ocultos en una especie de gorro de color amarillo, que llegaba hasta la frente y caía detrás con sus pliegues recogidos. Un velo negro de tela fina le llegaba hasta los hombros. En esta forma la he visto recorrer el camino de la Pasión. Había llevado este vestido en la Crucifixión de Jesús, oculto bajo el vestido de luto que la cubría, y ahora se lo vuelve a poner todas las veces que hace el Vía Crucis. En casa se pone este vestido para los quehaceres diarios.

La Virgen María tenía ya mucha edad, pero no llevaba otras señales de vejez que un ansia grande que la transformaba y la espiritualizaba cada vez más. Estaba de ordinario seria, de modo que nunca la vi riendo. Cuando más avanzaba en edad se volvía más transparente, se esclarecía su rostro. No tenía arrugas en la cara ni en la frente, aunque aparecía demacrada; ni señales de decrepitud: era como un espíritu en su modo de ser.

He visto una vez a la santa Virgen haciendo el Vía Crucis con otras cinco mujeres. Ella precedía: me pareció muy débil, blanca y como traslucida. Era conmovedor ver ese rostro angelical. Me pareció que hacía este camino de la Pasión por última vez. Entre estas santas mujeres que rezaban con María estaban algunas que ya desde el primer año de Jesús le eran adictas. Una era sobrina de la profetisa Ana. Antes del bautismo de Jesús yo la había visto yendo una vez a Nazaret con la Verónica. Esta mujer estaba emparentada con la Sagrada Familia, por Ana, la profetisa, que era parienta de la madre de María y más cercana aun de Isabel, hija de la hermana de ésta. Otras de las mujeres que vivían cerca de María y que yo había visto también ir a Nazaret, antes del bautismo de Jesús, era una sobrina de Isabel, llamada Mara, también emparentada con la Sagrada Familia. Ismeria, madre de Ana, tenía una hermana de nombre Emerencia que tuvo tres hijas: Isabel, madre del Bautista; Enué, que estaba en casa de Ana cuando nació María Virgen, y Rode, madre de esta Mara. Rode había contraído matrimonio lejos de su familia. Vivió primero cerca de Siquem, luego en Nazaret y después junto al monte Tabor (Kessuloth). Además de Mara, tuvo otras dos hijas, una de las cuales era madre de unos discípulos de Jesús. Uno de los dos hijos de Rode fue el primer marido de Maroni, la cual, al quedar viuda y sin hijos, casó con Eliud, sobrino de la madre de Ana y se estableció en Naipe, donde enviudó por segunda vez. De este Eliud tuvo el hijo a quien resucitó Jesús. Este niño fue más tarde discípulo de Jesús y se llamó Marcial. Mara, hija de Rode, que estuvo presente en la muerte de María, se había casado en la vecindad de Belén. Natanael, el novio de Caná, era, según creo, un hijo de esta Mara, y en el bautismo recibió el nombre de Amator. Tenía otros hijos y todos fueron más tarde discípulos de Jesús.

Después que la Virgen María hubo vivido tres años en el retiro de Éfeso sintió gran deseo de ver los lugares santos de Jerusalén. Juan y Pedro la condujeron a esa ciudad. Estaban reunidos allí varios apóstoles: recuerdo haber visto a Tomás. Creo que era un concilio. María les ayudaba con sus consejos. A su llegada la he visto, al anochecer, antes de entrar en la ciudad, ir al Huerto de los Olivos, al Calvario, al Santo Sepulcro· y visitar los santos lugares de Jerusalén. La Madre de Dios estaba tan angustiada y desfallecida, que apenas podía ya andar. Pedro y Juan la sostenían por momentos. Un año y medio antes de su muerte la he visto de nuevo visitar los lugares santos de Jerusalén. Estaba entonces muy triste y suspiraba siempre, diciendo: “¡Oh, Hijo Mío! “¡Oh, Hijo mío!”… Cuando llegó a aquella puerta donde cayó Jesús con la cruz, se sintió tan agobiada, que cayó en desmayo. Creyeron los acompañantes que iba a morir, y la llevaron al Cenáculo que aún existía, y allí vivió algún tiempo en la pieza junto al Cenáculo. María estuvo varios días tan débil y postrada que se creía iba a morir; por eso se pensó en prepararle un sepulcro. María misma se eligió una cueva en el Huerto de los Olivos y los apóstoles le prepararon un hermoso sepulcro por medio de un trabajador cristiano. Algunos pensaron que había ya muerto. Así se esparció la noticia de su muerte también en el extranjero. Pero la Virgen se recobró de ese estado de postración, y cobró nuevas fuerzas, de modo que pudo emprender el viaje de vuelta a Éfeso. Murió allí después de año y medio de su llegada.

El sepulcro preparado en el huerto fue tenido en honor, y más tarde se edificó una iglesia sobre él. San Juan Damasceno, así se me dijo en visión, escribió, según había oído decir, que murió en Jerusalén y fue sepultada allí mismo.

He visto que fue voluntad de Dios dejar inciertos la muerte, el lugar de su sepultura y Su Asunción a los cielos en aquellos tiempos primitivos de creencias incipientes, para no dar motivo a que hicieran de la Madre de Dios una diosa, como había tantas en las mitologías paganas.


Fuente:
https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_la_Virgen_Mar%C3%ADa
http://forosdelavirgen.org/34750/los-milagros-que-llevaron-al-hallazgo-de-la-casa-de-la-virgen-maria-en-efeso-2014-08-11/
Visiones y Revelaciones de Anne Katherine Emmerich, Tomo XII

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