13 de Junio: San Antonio de Padua (1195-1231)

Tomado del Novísimo Año Cristiano o Ejercicios Devotos para Todos los Días del Año. Madrid, 1847 – Junio, Día 13, Página 205.



San Antonio de Padua, Confesor

San Antonio de Padua, llamado así por la dilatada residencia que hizo en esta ciudad, dichosa también y rica porque posee el precioso tesoro de su santo cuerpo, nació en Lisboa, corte de Portugal, el año de 1195, y en el bautismo se le puso el nombre de Fernando. Fueron sus padres Martin de Bulioens y María de Tavera, ambos de antigua y calificada nobleza; pero aun más que por ella, distinguidos por su virtud sobresaliente, en fuerza de la cual no perdonaron a medio alguno para dar a su hijo una educación tan digna de su piedad como correspondiente a su ilustre nacimiento.

Ahorraron muchas lecciones a los maestros el ingenio, la inclinación y el natural de Fernando, que desde luego dio señales de declararse alumno de la virtud. Era su padre oficial en el ejército del rey D. Alfonso; y no pudiendo atender por sí mismo a la mejor crianza de aquel hijo, a quien por tantos títulos amaba tan tiernamente, le puso a pensión en los canónigos de la catedral de Lisboa, en cuya escuela se dedicó principalmente a los ejercicios de virtud, y juntando a la ciencia de los santos la aplicación y el estudio de las ciencias humanas, en poco tiempo llegó a ser tan virtuoso como sabio.

Al amor de la virtud se siguió naturalmente el tedio y el disgusto que le causaban todas las cosas del mundo. Conoció sus peligros, y resolvió huir de ellos, siendo todo su cuidado buscar en el retiro seguro asilo a su inocencia. Contaba sólo quince años cuando tomó el hábito en los canónigos reglares de S. Agustín, cuya casa, con la advocación de S. Vicente, está sita en un arrabal de Lisboa. En poco tiempo fue el novicio dechado y confusión de los más antiguos, siendo el ejemplo y la admiración de todos, su fervor, su devoción y su cordura. Pero como las frecuentes visitas de sus parientes turbasen algún tanto la quietud de su retiro, pidió y obtuvo licencia de sus superiores para retirarse a la abadía de Santa Cruz de Coimbra. Luego que se vio en aquella dulce soledad, olvidando al mundo y a todo lo que en él amaba, se entregó a Dios enteramente. Distribuyó todo el tiempo en la oración, en la lección de la sagrada Escritura y en el estudio de los santos Padres, acabando de perfeccionar aquel inocente corazón, la contemplación y la penitencia. Tomó Dios de su cuenta el magisterio de Fernando, instruyéndole en la oración; y descollando su mérito a pesar de su humildad, desde entonces le reconocieron todos por uno de aquellos prodigios de virtud que envía Dios a su Iglesia, haciéndolos desear por muchos siglos.

Ocho o nueve años había empleado nuestro Santo en estos fervorosos ejercicios cuando llegaron a Coimbra los cuerpos de cinco religiosos del seráfico padre S. Francisco, que habiendo pasado a Marruecos a predicar la fe de Jesucristo a aquellos mahometanos, recibieron en premio la gloriosa corona del martirio. Se inflamó el celo de nuestro Fernando a vista de aquellos ilustres mártires, y se encendió en su corazón un ardentísimo deseo de derramar a su imitación toda su sangre por amor de Jesucristo.

Al deseo del martirio se siguió como naturalmente, el de trasladarse a una religión que ya daba mártires desde su misma cuna. Sobresaltó esta proposición á los canónigos reglares; pero al fin, todo lo venció la constancia de Fernando. Tomó el hábito de S. Francisco el año de 1221; y no faltó quien contó esta mudanza entre uno de los mayores milagros que obraron los cinco mártires en mucha gloria de su orden. Dejó el nombre de Fernando con el hábito de canónigo reglar, y tomó el de Antonio en honor de S. Antonio abad, a quien estaba dedicado el convento donde recibió el franciscano.

Creció muy en breve el fervor de Fr. Antonio a vista de la pobreza evangélica, de la humildad religiosa y de la grande austeridad que profesaba la religión seráfica; tanto, que parecía no poder subir más de punto el santo odio de sí mismo y desprendimiento de todo, y los ejemplos de la más tierna devoción. Al mismo paso iba creciendo también cada día el fervoroso deseo de derramar su sangre en defensa de la fe; impaciente ansia, que le hacía parecer importuno, solicitando incesantemente de los superiores la licencia para pasar al África, y dedicarse en ella a la conversión de los moros y de los sarracenos. La obtuvo finalmente; pero luego que se embarcó se sintió malo; le detuvo la enfermedad en las costas de África todo el invierno, y sintiéndose cada día más débil, se vio precisado a restituirse a España. Distaba pocas millas del primer puerto, cuando un golpe de viento arrojó el bajel sobre las costas de Sicilia. Tomó tierra en Messina, donde tuvo noticia de que se celebraba en Asís un capítulo general de su Orden, al que había de asistir o asistía ya el padre S. Francisco, y con las ansias de conocer al grande patriarca, se encaminó a aquella ciudad.

Luego que éste le abrazó, descubrió el precioso tesoro que se ocultaba en Antonio, dándolo a entender las demostraciones de amor y de estimación con que le distinguió. No así los demás padres guardianes a quienes se presentó; le tuvieron por un fraile inútil, y ninguno le quiso recibir para su convento. Se movió a compasión el P. Graciani, provincial de la Romanía, y llevándosele consigo, le asignó para el desierto de Monte-Paulo, que era un conventillo retirado en lo más áspero de las montañas. No se le podía proporcionar a Fr. Antonio soledad más de su gusto ni más a propósito para que estuviesen ocultos sus milagrosos talentos. Mas, al fin, se llegó el tiempo de que aquella antorcha resplandeciente se pusiese sobre el candelero, saliendo debajo del celemín. Enviado a Forli para que recibiese los órdenes sagrados, concurrió con muchos religiosos jóvenes de Santo Domingo que iban al mismo fin, y se hospedaron también en el convento de S. Francisco. Sobre comida rogó el padre guardián a estos religiosos que platicasen a la comunidad alguna cosa de edificación y habiéndose escusado todos, mandó a Fr. Antonio que lo hiciese. Subió al púlpito, y habló de repente con tanta dignidad, con tanta elocuencia, con tanta energía, que asombrados todos  se quejaron de que estuviesen sepultados tan singulares talentos en la soledad de Monte-Paulo. Dio parte el guardián de este suceso al patriarca S. Francisco, y mandó el santo que Fr. Antonio estudiase teología escolástica, antes que se le aplicase al ministerio de la predicación. Hizo en poco tiempo tantos progresos en ella, que el mismo patriarca le ordenó la enseñase públicamente, y a este fin le expidió una patente en estos precisos términos:

A su muy amado Fr. Antonio, Fr. Francisco, salud en Jesucristo. Paréceme que espliques los libros de la sagrada teología a tos frailes; pero de suerte, como sobre todo te lo encargo, que el ejercicio del estudio no apague en ti ni en ellos el espíritu de la oración, como lo previene la regla que profesamos. El Señor sea contigo.

Obedeció el Santo, y enseñó teología con admiración en Bolonia, en Montpeller, en Tolosa y en Padua.

Es cierto que los errores del tiempo pedían un sabio teólogo; pero la licencia y el desorden de las costumbres no clamaban menos por un celoso misionero. Lo fue S. Antonio, y con aquel género de fruto que sólo es regular en los apóstoles. Hicieron tanto ruido los primeros sermones que predicó, que concurrían de todas partes a oírle. No cabiendo los auditorios en las iglesias más capaces, se veía precisado a predicar en las plazas y en los campos; cesaban los negocios, se cerraban las tiendas, y se suspendían todos los oficios hasta acabarse el sermón. A ningún predicador se le oyó nunca con mayor atención, ni con mayor silencio, ni con mayor ansia; pero tampoco ningún otro predicó con mayor fruto. Ordinariamente interrumpían el sermón los sollozos y los llantos, siguiéndose a ellos innumerables conversiones. Al acabar el sermón se veían frecuentemente venir a postrarse a los pies del Santo los más empedernidos pecadores y los herejes más obstinados; era tan grande el número de confesiones, que no bastaban para oírlas todos los religiosos ni todos los sacerdotes seculares. No es posible decir el fruto que hizo en pocos años.

Predicó en las tierras del Estado eclesiástico, en la Marca Trevisana, en la Provenza, en el Langüedoc, en el Lemosin, en Velay, en el ducado de Berry, en Sicilia, y particularmente en Roma y en Padua, siendo casi infinito el número de conversiones que hizo en todos estos parajes. A la verdad, tampoco se había visto desde el tiempo de los apóstoles hombre más poderoso en obras y palabras.

Raro enfermo dejó de recobrar la salud después de haber recibido su bendición; y se puede asegurar sin arrojo, que los milagros hechos por nuestro Santo, si no exceden, igualan a los mayores que se habían obrado hasta entonces, tanto en el número como en la calidad.

Confesándose un mozo con el Santo, se acusó de que había dado un puntapié a su misma madre. Le afeó Antonio este delito con tanta eficacia y con tanta viveza, que el pobre mozo, aconsejándose sólo con el horror que le causó su atrevimiento y con el dolor de haberle cometido, se retira exhalado a su casa, entra en su cuarto, y se corta el pié. Noticioso el Santo de aquella indiscreta y pecaminosa penitencia, parte apresurado a buscarle, le reprende su indiscreción, pide el pie cortado, le aplica a la pierna, y queda de repente unido a ella a vista y con asombro de todos los concurrentes.

Se hallaba en Padua cuando tuvo noticia de que su padre, acusado falsamente de un homicidio en Lisboa, estaba en peligro de ser sentenciado a muerte. Pide licencia al superior para marchar a Portugal, y en un instante se halla en Lisboa milagrosamente. Visita a los jueces, declara la inocencia de su padre; y viendo que no daban fe a su testimonio, los requiere que el cuerpo del difunto sea presentado en la sala de la audiencia. La novedad del caso había traído a ella toda la ciudad; pregunta al difunto, y le manda en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que declare en voz alta y perceptible, si su padre era autor del asesinato que se había cometido en su persona; se levantó el cadáver, y declaró públicamente la inocencia del acusado; y hecha esta declaración, se volvió otra vez a componer en su féretro. La admiración y el pasmo que este suceso causó en los asistentes, es más fácil de comprenderse que de explicarse. Hizo Antonio una fervorosa plática a toda su familia, exhortándola a la virtud; y en un momento se vio restituido a su convento de Padua.

Quizá no tuvo jamás la herejía enemigo más formidable. La desarmó y la confundió. Predicó un día en Tolosa sobre la realidad del Cuerpo de Jesucristo en el Sacramento de la Eucaristía; le oyó un famoso hereje, y le confesó que sus razones no admitían réplica; más, que para creer, necesitaba un milagro. Bien está, le replicó el Santo, escoge el que quisieres. Pues el milagro que escojo, respondió el hereje, es que mi mula, estando bien hambrienta, deje la paja y la cebada por postrarse delante de una Hostia Consagrada. Sea así, repuso Antonio; haz ayunar a tu mula el tiempo que te pareciere. La dejó el hereje tres días sin comer bocado, y al cabo de ellos toda la ciudad fue testigo del prodigio. Puesta la Hostia Consagrada delante del animal y una cebadera bien provista al otro lado, a pesar de la furiosa hambre que la incitaba, dobló las rodillas delante de la Sagrada Hostia, y hasta que se retiró no hubo forma de probar el pienso que la presentaban. No pudo resistirse la obstinación a tan portentoso milagro. Se convirtió el hereje, y a su conversión se siguieron otras muchas.

Subió al púlpito en cierto pueblo marítimo lleno de herejes y de hombres perdidos; ninguno concurrió a oírle; se va a la orilla del mar, y lleno de confianza en el Señor, grita a los peces: Pues no hay quien quiera oír la palabra de Dios, vosotros, que sois criaturas Suyas, venid, y con vuestro rendimiento confundid la indocilidad de estos impíos. ¡Prodigio extraño!, se llenó la playa de peces, que sacaron luego las cabezas en ademán de atentos; los hizo una patética exhortación sobre la Omnipotencia del Señor, y los despidió echándolos su bendición; milagro que obró la conversión de todo el pueblo.

Todo predicaba en S. Antonio; su modestia, su humildad, su mansedumbre, sus gratísimos modales. Primero sanaba los corazones, y después los convertía. Se apoderó de Verona, de Padua, y de casi toda la Marca Trevisana el tirano Ezelino; llenó a Italia de carnicería y de terror, burlándose igualmente de las fuerzas de los príncipes confederados contra él, que de las excomuniones de los Sumos Pontífices; sólo a S. Antonio se humilló. Le puso el Santo delante los ojos con tanto celo y con tanta intrepidez el número y la enorme gravedad de sus pecados; le afeó sus crueldades con tanta eficacia y energía, que detuvo el curso de aquel precipitado torrente. Le respetó Ezelino; se echó a sus pies, y prometió convertirse. No lo cumplió, pero se contuvo mientras el Santo vivió, aunque después de su muerte volvió a sus primeros desórdenes y tiranías.

Al mismo tiempo que Antonio trabajaba con tanto celo y con tanto fruto en la conversión de los pecadores, no se olvidaba de atender a las necesidades de su Orden. Había sido electo por general de ella Fr. Elías, hombre ostentoso y arrogante, de espíritu muy contrario al del santo patriarca. Comenzó a introducir en la seráfica familia la relajación y la licencia. Era Antonio provincial de la Romanía, y se opuso valerosamente a las novedades del general. Recurrió al papa Gregorio IX, en cuya presencia defendió aquel admirable compendio de la santa regla, que se llama el Testamento de S. Francisco, y conservó en la religión el vigor y el espíritu de pobreza y de austeridad que constituye su verdadero carácter. Citado a Roma Fr. Elías, fue despojado de su cargo; y como nuestro Santo sólo se había movido por el celo de la mayor gloria de Dios, obtuvo licencia de su Santidad para renunciar su empleo, con privilegio de que nunca se le pudiese obligar a ninguno otro de la Orden. Quiso el papa detenerle en la corte para servirse de su consejo en los negocios de la Iglesia; pero Antonio, suspirando siempre por el retiro, logró con sus reverentes súplicas le permitiese restituirse a su convento de Padua, donde continuó en las funciones de su apostólico ministerio, y trabajó también algunas obras espirituales, que fueron de mucha utilidad a toda la Iglesia de Dios.

Apenas se puede comprender cómo un hombre de solos treinta y seis años, de muy delicada salud y ésa, sumamente quebrantada por sus excesivas penitencias, pudo en tan poco tiempo conseguir tantos triunfos de los herejes; convertir un número sin número de pecadores; enseñar y predicar en las más célebres ciudades con un séquito jamás oído; correr la Italia, la Francia, la Sicilia y la España con fruto tan universal, y llenar el mundo con la fama de sus hechos y portentosas maravillas; efectos prodigiosos del ardiente amor que profesaba a Jesucristo.

Pocas almas le amaron con mayor ternura, y pocas fueron más tiernamente amadas del Salvador. Le comunicó un elevado don de contemplación; le eran muy frecuentes las revelaciones, los éxtasis y las visiones. Movido un día de curiosidad el huésped que le tenía en su casa, quiso acechar lo que hacía en su cuarto, y le vio de rodillas con el Niño Jesús en los brazos, que le estaba regalando con dulcísimas caricias; y en este tierno pasaje le representan los más de sus retratos.

 El que amaba con tanta ternura al Hijo, no podía menos de profesar una singularísima devoción a la Madre. Ésta se puede decir que había nacido con nuestro Antonio; por lo menos es cierto que en él se anticipó al uso de la razón. Se le dilataba el corazón cuando hablaba de esta Señora, acreditando sus amantes expresiones la ilimitada confianza que tenia colocada en Ella. En sus sermones, en sus escritos y en sus conversaciones siempre se había de hacer lugar a la devoción con la Virgen; y en sus necesidades era el recurso más regular a algunos de los himnos que canta la Iglesia a esta soberana Reina.

Teniendo revelación de su cercana muerte, se retiró a cierta ermita, que se llamaba Campiettro, distante una legua de Padua, para vacar a solo Dios. Pero duró poco este retiro; porque conociendo que ya estaba muy cercana la postrera hora, rogó a los frailes que estaban en su compañía le llevasen al convento. Tuvo el pueblo noticia de que le traían a él, y concurrió tanta gente a recibirle, que temerosos los frailes de que le sofocasen, le metieron en el hospicio de los confesores del convento de Santa Clara, donde recibidos todos los Sacramentos con el fervor y con la devoción que acostumbran los santos, pronunciando el himno: O gloriosa Domina, que le era tan familiar, entró en el gozo de su Señor el día 13 de junio del año 1231, a los treinta y seis de su edad, y a los diez de su ingreso en la religión de S. Francisco.

Luego que expiró se cubrió de luto toda la ciudad, y los niños corrían por las calles gritando: El Santo ha muerto. Hicieron las monjas de Santa Clara todo cuanto pudieron para quedarse con el precioso tesoro de su cuerpo; pero no lo consiguieron de los religiosos de S. Francisco. El entierro más pareció triunfo que pompa funeral. El prodigioso número de milagros que obró en su vida, y el de los que se repitieron en su glorioso sepulcro, movió al papa Gregorio IX, que le había tratado y conocido, a mandar se procediese sin perder tiempo a las informaciones necesarias en orden a su canonización. Se concluyeron los procesos el año siguiente, y expidió el Papa la bula en Espolelo, en primero de junio de 1232; de manera, que la primera fiesta que se celebró de nuestro Santo (sin ejemplar hasta entonces) fue puntualmente el primer día aniversario de su preciosa muerte.

Treinta y dos años después de ella hizo levantar la devoción de los paduanos una de las más suntuosas y más magníficas iglesias que se admiran en el universo, adonde fueron trasladadas sus reliquias. Se descubrió la caja, y se halló toda la carne consumida; pero la lengua, instrumento de tantas conversiones, así de herejes como de pecadores, tan fresca, tan rubicunda y tan hermosa como si el cuerpo estuviera vivo. La tomó en sus manos S. Buenaventura, general a la sazón de la Orden, que asistió a esta traslación; y teniéndola en ellas, exclamó diciendo: ¡Oh, bienaventurada lengua, empleada siempre en alabar á Dios, y en hacer que otros le alabasen; tu incorrupción muestra bien cuán agradable le fuiste!

Se venera hasta el día de hoy esta admirable reliquia colocada en uno de los más primorosos y más ricos relicarios que se conocen en todo el orbe cristiano. Todos saben la general devoción que profesan los fieles a este gran Santo y el universal recurso a su protección en todas las necesidades; pero singularmente para hallar las cosas perdidas. Se ignora cuál fue el verdadero origen de este particular recurso; pero es verosímil no fuese otro que el haberse experimentado tan general su protección en todas las necesidades que acudía a ella la devota confianza. En un manuscrito muy antiguo se lee que un gran devoto de S. Antonio, vecino de Lisboa, perdió un precioso anillo, dejándole caer por descuido en un pozo muy profundo; pocos días después se cayó en el mismo pozo la herrada con que se sacaba agua de él; y habiéndola extraído un criado, se halló en el fondo de ella el perdido anillo, a cuya vista comenzó el criado a gritar: Milagro, milagro.

Todas las maravillas que cada día está obrando Dios por los méritos de este prodigioso Santo, se compendian en el siguiente responsorio, con que comúnmente invoca la devoción a S. Antonio:

Si quaeris miracula, mors, error, calamitas,
Daemon, lepra fugíunt; aegri surgunt sani:
Cedunt mare, víncula; membra, resque perditas
Petunt et accipiunt juvenes et cani.
Percunt pericula, cessat et necessitas;
Narrent hi qui sentiunt, dicant paduani.

«Si buscas milagros, hallarás que por la intercesión de san Antonio
la muerte se retira, el error se desvanece, los trabajos cesan,
el demonio huye, y la lepra se disipa.
Los enfermos se levantan repentinamente sanos,
el mar alborotado se sosiega, y se rompen las prisiones.
Acuden a Antonio los jóvenes y los ancianos,
así por los miembros como por las demás cosas que perdieron:
recobran los primeros, y se encuentran con las segundas.
En una palabra, destierra los peligros, y ahuyenta la necesidad.
Díganlo si no los paduanos, y publíquenlo cuantos lo han experimentado.»

Las reliquias de San Antonio se han distribuido en diferentes lugares de la cristiandad. En Padua se veneran la lengua y la mandíbula inferior, que se exponen a la pública adoración. En dos preciosísimos relicarios; en Lisboa un hueso de sus brazos, que fue enviado al rey D. Sebastián el año de 1370; y en Venecia la parte de un brazo, colocada en el suntuoso altar que la serenísima República erigió a San Antonio en la iglesia de Nuestra Señora de la Salvación.

La lengua de San Antonio fue colocada en un relicario especial, y todavía se puede ver hoy en una capilla separada en el lado de la epístola de la basílica.

 

 

 

 

 

Otras Reliquias de San Antonio


Fuente:
https://books.google.co.ve/books?id=36xVAAAAYAAJ&printsec=frontcover&dq=A%C3%B1o+cristiano+o+ejercicios+devotos+para+todos+los+d%C3%ADas+del+a%C3%B1o+junio&hl=es-419&sa=X&ved=0ahUKEwjwwNz1v6XXAhUMNSYKHc1JBw4Q6AEIKzAB#v=onepage&q=A%C3%B1o%20cristiano%20o%20ejercicios%20devotos%20para%20todos%20los%20d%C3%ADas%20del%20a%C3%B1o%20junio&f=false

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