«¿No habrá nadie que tenga piedad de Mí, y quiera compadecerse y tomar parte en Mi dolor…?»

A U T O B I O G R A F Í A  
DE  LA  B.  MARGARITA MARÍA ALACOQUE

 IX

ÚLTIMOS AÑOS DE MARGARITA

EN una ocasión, estando con fiebre, me hizo salir mi Superiora de la enfermería para hacer los ejercicios, pues era mi turno, y me dijo: «Id, os entrego al cuidado de Nuestro Señor Jesucristo. Que Él os dirija, gobierne y cure según Su Voluntad.» Ahora bien, aunque me sorprendió esto un poco, porque en aquel momento estaba temblorosa por la fiebre, me fui, sin embargo, muy contenta de practicar esta obediencia, ya por verme enteramente abandonada al cuidado de mi buen Maestro, ya por tener ocasión de sufrir por Su Amor, siéndome indiferente la manera que tendría Él de tratarme en mi retiro, ya me hiciera sufrir o gozar. «Todo me viene bien, decía, con tal que Él esté contento y yo Le ame, me basta.» Mas apenas me hallé encerrada con Él solo y postrada en tierra enteramente transida de dolor y de frío, se me presentó delante, me hizo levantar, y prodigándome mil caricias me dijo:

«En fin, hete ahí toda Mía, y toda a Mi cuidado; por esto quiero devolverte sana a los que te han puesto en Mis manos enferma.»

Y me restituyó una salud tan completa, que no parecía haber estado mala, de lo cual se admiraron mucho, especialmente mi Superiora, que sabía todo lo sucedido.

Jamás he pasado los ejercicios entre tanto gozo y delicias: me creía en un paraíso por los continuos favores, caricias y trato familiar con mi Señor Jesucristo, Su Santísima Madre, mi santo Ángel y mi bienaventurado Padre San Francisco de Sales. No especificaré aquí, a causa de su extensión, los pormenores de las singulares gracias en ellos recibidas. Solamente diré que mi amable Director, para consolarme por el sentimiento que yo había mostrado al ver borrarse de mi corazón Su sagrado y adorable Nombre después de haberlo grabado en él con tantos dolores, quiso Él mismo, con el sello y el buril enteramente inflamado de Su puro Amor, imprimirlo dentro y escribirlo fuera; pero de un modo que me produjo mil veces más gozo y consuelo, que dolor y aflicción me había causado el otro.

Sólo me faltaba la Cruz, sin la cual no podía vivir, ni gustar de placer alguno, ni aun celestial y divino, porque no tenía más delicias que las de verme semejante a mi pacientísimo Jesús. No pensaba, por lo tanto, sino en ejercer sobre mi cuerpo todos los rigores que la libertad en que se me había dejado, me permitía. Y en efecto, se los hice bien experimentar, tanto por las penitencias, como por el método de vida y de reposo. Me había formado de cascos de vasijas rotas un lecho, en el cual me acostaba con sumo placer, y aunque la naturaleza gimiese, era en vano, porque no la escuchaba.

Quería hacer cierta penitencia, que por lo rigurosa excitaba en mí un vehemente deseo de ejecutarla, pensando por este medio poder vengar en mí las injurias que recibe Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, ya de mí, pecadora miserable, ya de todos aquellos que en él le deshonran. Pero mi Soberano Maestro, estando ya para ejecutar mi designio, me prohibió pasar adelante, diciéndome que quería entregarme sana a mi Superiora, quien me había confiado y remitido a Sus cuidados, y así le agradaría más el sacrificio de mi deseo que la ejecución misma, porque siendo espíritu quería sacrificios del espíritu. Quedé contenta y sumisa.

Yendo una mañana a comulgar, me pareció la Sagrada Hostia resplandeciente como un sol, cuyo brillo podía soportar, y en medio de ella vi a Nuestro Señor con una corona de espinas, la cual poco después de haberle recibido puso sobre mi cabeza, diciéndome:

«Recibe, hija Mía, esta corona en prenda de la que muy pronto te será dada para tu conformidad Conmigo.»

No comprendí entonces lo que esto significaba; pero muy pronto lo supe por los efectos inmediatos: a saber, dos terribles golpes que recibí en la cabeza, de tal suerte que me pareció tener desde entonces todo el circuito de la misma rodeado de agudísimas espinas de dolor, cuyas picaduras no terminarán sino con mi vida, de lo cual doy infinitas gracias a Dios que tan señalados favores ha hecho a Su miserable víctima. Mas, ¡ay de mí!, como lo repito con frecuencia; las víctimas deben ser inocentes, y yo no soy sino una criminal.

Confieso que me reconozco más obligada a mi Soberano por esta corona preciosa, que si me hubiera regalado todas las diademas de los más grandes Monarcas del mundo: tanto más que nadie puede robármela, y me pone no pocas veces en la feliz necesidad de velar y entretenerme con este único objeto de mi amor. No pudiendo apoyar mi cabeza sobre la almohada, a imitación de mi Divino Maestro que no podía reclinar la Suya adorable sobre el lecho de la Cruz, experimento gozos y consolaciones inconcebibles, viendo en mí alguna conformidad con Él. Y por este dolor quería que pidiese a Dios, Su Padre, por el mérito de Su coronación de espinas, a la cual uniese yo la mía, la conversión de los pecadores y la humildad para los orgullosos, cuya soberbia Le era tan desagradable e injuriosa.

Una vez, hacia el tiempo de Carnaval, es decir, como unas cinco semanas antes del Miércoles de Ceniza, Él se me presentó después de comulgar bajo la figura de un Ecce homo, cargado con Su Cruz, todo cubierto de llagas y contusiones, y brotando de todo Su Cuerpo Su Sangre adorable. Con una voz dolorosamente triste decía:

«¿No habrá nadie que tenga piedad de Mí, y quiera compadecerse y tomar parte en Mi dolor viendo el lastimoso estado en que Me ponen los pecadores, sobre todo en este tiempo?»

Postrándome a Sus sagrados pies, me ofrecí a Él con lágrimas y suspiros. Cargó sobre mis espaldas aquella pesada cruz, erizada toda de puntas de clavos, y sintiéndome agobiada bajo su peso comencé a comprender mejor la gravedad y malicia del pecado, al cual detestaba tan vivamente en mi corazón, que hubiera preferido mil veces precipitarme en el infierno a cometer voluntariamente uno solo. «¡Maldito pecado, dije, cuán detestable eres por la injuria que haces a mi Soberano Bien!» Éste me dio a conocer que no bastaba llevar aquella Cruz, sino que era preciso estar enclavada con Él, para hacerle fiel compañía participando de Sus dolores, desprecios, oprobios y otras injurias que sufría.

Me puse inmediatamente en Sus manos para todo cuanto deseara hacer en mí y por mí, dejándome enclavar a Su gusto con una enfermedad que bien pronto me hizo sentir las agudas puntas de los clavos con que estaba erizada esta Cruz, y con agudísimos dolores, en los cuales no recibía otra señal de compasión sino desprecios, humillaciones y otras cosas penosísimas a la naturaleza. Pero, ¡miserable de mí!, ¿qué podría sufrir yo, que pudiera igualar a la grandeza de mis crímenes, los cuales me tienen continuamente sumida en un abismo de confusión, desde que mi Dios me hizo ver la horrible figura de un alma en pecado mortal, y la gravedad de la culpa, que por ir contra una Bondad infinitamente amable, le es en extremo injuriosa? Esta vista me ha hecho sufrir más que todas las otras penas, y hubiese preferido con todo mi corazón haber comenzado a sufrir todas las merecidas por cuantos pecados he cometido, para que me hubiesen servido de preservativo y me hubiesen impedido cometerlos, antes de haber llegado a tan miserable extremo, y esto, aun cuando estuviera segura de que Dios por Su infinita Bondad, me perdonaría sin entregarme a tales penas.

El estado de sufrimiento, del cual he hablado algo más arriba, me duraba ordinariamente todo aquel tiempo de Carnaval hasta el Miércoles de Ceniza. Parecía que me hallaba reducida al extremo, sin poder encontrar consolación alguna ni alivio, que no aumentase todavía más mis tormentos; y luego me sentía súbitamente con bastante fuerza y vigor para el ayuno de cuaresma. Siempre me ha concedido mi Soberano el favor de poderlo hacer, y aunque me hallase alguna vez rendida por tantos dolores, que con frecuencia creía al comenzar un ejercicio que no podría sostenerme hasta concluirlo, sin embargo, después de concluido uno, comenzaba otro con las mismas penas, diciendo: «Dios mío, concededme la gracia de poder llegar hasta el fin,» y daba gracias a mi Soberano porque medía así mis instantes por el reloj de Sus sufrimientos para regular todas las horas con las ruedas de Sus dolores.

Cuando quería favorecerme con alguna nueva cruz, me disponía para ello con abundancia de caricias y consolaciones espirituales tan grandes, que me hubiera sido imposible sobrellevarlos si hubieran continuado. En esta ocasión le decía: «Único Amor mío, Os sacrifico todos estos placeres. Guardadlos para las almas santas, las cuales Os glorificarán más que yo; yo no quiero sino a Vos solo, enteramente desnudo sobre la Cruz, donde deseo amaros a Vos sólo por amor de Vos mismo. Quitadme, pues, todo lo demás para que Os ame sin mezcla de interés ni de placer.»

Y sucedía a veces en estas circunstancias que, como sabio y experimentado Director, se complacía en contrariar mis deseos haciéndome gozar cuando hubiera querido sufrir. Pero confieso que lo uno y lo otro venia de Él, y que cuantos favores me ha hecho, ha sido por pura misericordia Suya; pues jamás criatura alguna le ha opuesto tanta resistencia como yo, sea por mis infidelidades, sea por el temor que tenía de ser engañada. Y cien veces me he admirado de que, en vista de tanta resistencia, no me anonadase o hundiese en el abismo.

Mas por grandes que sean mis faltas, jamás me priva de Su Presencia este único Amor de mi alma, como me lo ha prometido. Pero me la hace tan terrible cuando le disgusto en alguna cosa, que no hay tormento que no me fuera más dulce, y al cual no me sacrificara mil veces, antes que soportar esta Divina Presencia, y aparecer delante de la Santidad de Dios, teniendo el alma manchada con algún pecado.

En esas ocasiones bien hubiera querido esconderme y alejarme de ella, si hubiese podido; mas todos mis esfuerzos eran inútiles, hallando en todas partes esa Santidad, de que huía, con tan espantosos tormentos que me figuraba estar en el Purgatorio, porque todo sufría en mí sin ningún consuelo, ni deseo de buscarle.

Esto me obligaba a exclamar a veces en medio de mi dolorosa amargura: «¡Oh!, cuán terrible es caer en las manos de un Dios vivo.»

He ahí la manera que Él tenía de purificarme de mis faltas, cuando no era yo bastante pronta y fiel en castigarme por ellas. Y nunca recibía gracia alguna particular de Su Bondad, que no fuese precedida de esta clase de tormentos, y sin sentirme, después de haberla recibido, arrojada y abismada en un purgatorio de humillación y confusión, donde sufría más de lo que puedo expresar.

Mas siempre conservaba una tranquilidad inalterable, pareciéndome que nada podría turbar la paz de mi alma, aunque estuviese frecuentemente agitada la parte inferior, ora por mis pasiones, ora por mi enemigo, quien hacía todos sus esfuerzos para conseguirlo, pues no hay cosa alguna sobre la cual tenga más poder, y en la que gane tanto, como en un alma turbada e inquieta; la hace su juguete y la vuelve incapaz de bien alguno.

SÍGUENSE LAS CERTIFICACIONES DEL MANUSCRITO AUTÓGRAFO

Certificado y verificado en 22 de julio 1715.

Suscrito

SOR ANA ISABEL DE LA GUARDA.

Rubricado por nosotros el 22 de julio 1715.

Suscrito

D. DE BANSIERE, COMISARIO

CHALON, ESCRIBANO.

Nos, Protonotario apostólico, Vicario general, Arcediano de Autun, hemos reconocido como autógrafo de la Beata Margarita María Alacoque esta biografía, escrita por ella misma por orden de sus superiores. Se compone de 64 páginas.—En fe de lo cual:

Paray, 26 de febrero 1865.

Suscrito:

G. BOUANGE, PROTON. APOST.

VIC. GEN. ARC.

            
Lugar del sello del Obispo.

 

APÉNDICE

TERMINA la Autobiografía en el año 1687, el mismo en que salió de Paray el P. Rolin, y tres antes de la muerte de la Beata Margarita. Por nuestra parte cerraremos este período de su vida, citando las memorables palabras de dicho Padre, su Director entonces, por ser como un breve resumen y un verdadero panegírico. Había oído la confesión general, que de toda su vida hizo la Beata Margarita en uno de sus ejercicios, y estuvo largo tiempo deliberando si se la mandarla escribir y conservar: «Con la esperanza, dijo, de que un día se pudiera conocer la extrema pureza de esta esposa de Jesucristo, y juzgar hasta dónde pueden llegar la inocencia, la delicadeza y la sublime santidad de un alma, que Dios ha gobernado y favorecido con Sus más señaladas Gracias desde la misma cuna.»

Los tres años siguientes, últimos de su peregrinación sobre la Tierra, fueron, como los anteriores, alimentados con el mismo amor, llenos de las mismas delicias, colmados de los mismos sentimientos. No intentaremos describirlos; sólo sí trazar un pequeño esbozo de ese hermoso cuadro. Durante este período tuvo dos consolaciones, las mayores tal vez para un alma, que con tanto ardor deseaba el triunfo de su Amado: ver erigida ya en el recinto de Paray una capilla en honor del Corazón de Jesús, y recibir aquella comunicación íntima, en que le dio a conocer Nuestro Señor la misión especial que confiaba a la Compañía de propagar este culto y las gracias singulares que reservaba en la Tierra para Su elegida milicia.

Trasladémonos ahora a sus últimos días, cuando la Tierra principiaba a ocultarse a las miradas de Margarita, y a descubrirse el Cielo sonriendo a los ardientes suspiros de su corazón. Escribe una de sus contemporáneas: «Decía, a la Hermana, en quien más confianza tenía, que para ella ningún sufrimiento quedaba ya en el mundo, y que infaliblemente moriría muy pronto.»

Quiso, sin embargo, prepararse con un retiro interior de cuarenta días, y examinar de dónde procedía aquel deseo vehemente que la obligaba a suspirar por el día feliz, y si sería en efecto feliz para ella, pues se juzgaba como la mayor pecadora y la más indigna de los favores de Dios. He aquí sus sentimientos en esta materia:

«Desde el día de Santa Magdalena me sentí extremadamente impulsada a reformar mi vida, para estar dispuesta a presentarme ante la Santidad de Dios, cuya Justicia es tan temible y tan impenetrables Sus Juicios. Es menester, por lo tanto, que tenga siempre ajustadas mis cuentas, para no verme sorprendida, porque es cosa terrible caer a la hora de la muerte en las manos de un Dios vivo, cuando durante la vida se ha separado un alma por la culpa de los brazos de un Dios moribundo. Me propuse, pues, para llevar a efecto una inspiración tan saludable, hacer un retiro interior en el Sagrado Corazón de Jesucristo.

Aguardo y espero todos los auxilios de Gracia y de Misericordia que me serán necesarios; porque tengo en Él toda mi confianza. Él es el solo apoyo de mi esperanza, puesto que Su excesiva Bondad no me rechaza nunca, cuando a Él me dirijo; antes al contrario, parece gozarse en haber hallado una criatura tan pobre y miserable como yo, para llenar el abismo de mi indignidad con Su abundancia infinita.

Será mi buena Madre la Santísima Virgen, y tendré por Protectores a San José y mi Santo Fundador. El buen P. La Colombière será mi Director para enseñarme a cumplir los designios del Corazón adorable en conformidad con Sus máximas.

El primer día de mis ejercicios, mi ocupación fue el pensar de dónde podría proceder este gran deseo de morir, pues no es ordinario en los criminales, como lo soy yo delante de Dios, desear comparecer en presencia de su juez, y un Juez, cuya Santidad de Justicia penetra hasta la médula de los huesos, a quien nada puede ocultarse y que nada dejará impune. ¿Cómo, pues, alma mía, puedes sentir un gozo tan grande en la proximidad de la muerte? No piensas sino en terminar tu destierro, y estás enajenada de gozo con la idea de salir muy pronto de tu prisión. Pero ¡ay de mí!, mira no sea que después de un gozo temporal, que quizá no proviene sino de ceguedad e ignorancia, te sumerjas en una eterna tristeza, y desde esta prisión mortal y transitoria caigas en los calabozos eternos, donde no tiene ya lugar la esperanza de salir.

Dejemos, pues, alma mía, este deseo y este gozo de morir para las almas santas y fervorosas, para las cuales están preparadas tan grandes recompensas; pues en cuanto a mí, no me dejan las obras de una vida criminal ver otro término que los eternos castigos, si no fuere Dios conmigo más Misericordioso que Justo. Y pensando cuál será tu suerte ¡oh, alma mía!, dime: ¿podrás sufrir durante una eternidad la ausencia de Aquél, a cuya posesión aspiras con tan ardientes deseos, y cuya privación te hace presentir penas tan crueles?

¡Dios mío, cuán difícil es de arreglar mi cuenta, pues he perdido tanto tiempo y no sé cómo poderlo reparar! En la perplejidad en que me hallo de ordenar todas mis partidas y tenerlas siempre en disposición de ajustar cuentas, no he sabido a quién dirigirme sino a mi adorable Maestro, que por singular favor ha querido encargarse de hacerlo. Así, pues, le he remitido todos los capítulos, por los que he de ser juzgada y recibir mi sentencia; a saber, nuestras reglas, constituciones y directorio, según los cuales seré justificada o condenada. Una vez puestos ya en Sus Manos todos mis intereses, he sentido una paz admirable a Sus pies, donde me ha tenido largo tiempo como enteramente perdida en el abismo de mi nada, esperando Su sentencia acerca de esta miserable criminal.

El segundo día me fue presentado, durante la oración, como en un cuadro, lo que había sido antes y lo que entonces era. Pero, ¡Dios mío, qué monstruo más deforme y más horrible a la vista! No veía bien alguno, sino tanto mal, que era para mí un tormento el sólo pensarlo. Todo parecía condenarme a un eterno suplicio, por el grande abuso de tantas gracias, a las cuales no he correspondido, sino con infidelidades, ingratitudes y perfidias.

¡Oh, Salvador mío!, quién soy yo, para haberme esperado a penitencia tanto tiempo; yo, que mil veces me expuse a ser arrojada en el abismo infernal por el exceso de mi malicia, y otras tantas lo habéis impedido Vos por Vuestra infinita Bondad! Seguid, pues, amable Salvador mío, ejerciéndola con tan miserable criatura.

Ya lo veis: acepto de buena voluntad todas las penas y suplicios que Os plazca hacerme sufrir en esta vida y en la otra. Y tan grande es mi dolor de haberos ofendido, que querría haber pagado todas las penas merecidas por los pecados cometidos, y por todos aquellos que hubiera llegado a cometer a no haberme socorrido Vuestra Gracia. Sí, quisiera haber sido sumergida en todos esos tormentos rigurosos desde el instante en que comencé a pecar, y que me hubiesen servido de preservativo para no llegar a ofenderos tanto, aunque no encontrara más penas que obtener el perdón por amor de Vos mismo. No, nada excluyo en la venganza, que a Vuestra Divina Justicia pluguiere ejercer sobre esta criminal, sino el que me abandonéis a mí misma permitiendo mis nuevas recaídas en el pecado en castigo de los precedentes.

No me privéis, Dios mío, de amaros en la eternidad, por no haberos amado bastante en el tiempo. Por lo demás, haced de mí todo cuanto Os agrade: Os debo todo cuanto tengo y cuanto soy. Todo lo bueno que pudiera hacer no serviría, a no ser por Vuestra Gracia, para reparar la más pequeña de mis culpas. Soy insolvente, bien lo veis, mi Divino Dueño; arrojadme en una prisión, consiento en ello, con tal que sea en la de Vuestro Corazón Sagrado. Y cuando allí estuviere, tenedme bien cautiva y sujeta con las cadenas de Vuestro Amor, hasta que Os haya pagado todo cuanto Os debo; y como no podré hacerlo nunca, tampoco deseo salir de ella jamás.»

Sería de desear que Margarita hubiera continuado escribiendo todas las visiones y luces recibidas durante estos cuarenta días dedicados al retiro interior para prepararse a la muerte, prueba segura de que lo sabía; pero nos vemos privados de este consuelo. No prosiguió por no ser demasiado larga, como ella misma nos dice.

________________________
Fuente:
http://sacredheartchurchaustin.org/documents/2016/5/1080021338.PDF   

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