Los Hechos de Ezquioga, Capítulo XIII: Intervención y Acción diabólica en la humanidad

Tomado del Libro: “Los Hechos de Ezquioga ante la Razón y la Fe”
Escrito por: Fr. Amado de Cristo Burguera y Serrano, O.F.M.

Capítulo XIII

CAPÍTULO XIII. Intervención y acción diabólica en la humanidad. Diferencia entre la intervención y la acción diabólica. Un buen libro. Argumento “demonial” y respuesta sin réplica. Al demonio no le conocen bien, y por eso no aciertan. A quienes busca más el diablo. La mona de Dios. Del aspecto más grave en que el demonio se ha con los videntes y con los que no lo son. El horror a todo lo que roza los espíritus. Apliquemos esta doctrina a Ezquioga. Intensificación de la intervención y actuación diabólica en Ezquioga. A  proporción de la intervención y actuación divina es la intervención y acción diabólica. Desenmascaramiento del diablo. Formas de aparición demoníaca. Simulaciones diabólicas a granel. Tentaciones y acometimientos del diablo personificado. Denunciaciones propias del diablo. ¿Cómo es que Dios permite que a sus siervos aparezca el demonio en forma semejante a las apariciones divinas, siendo así que de ello se puede seguir el engaño y la seducción de los que ven, y el desprestigio de las santas Apariciones? ¿No parece que sería mejor que el cielo no consintiera esto? Ejemplos. No pretendamos juzgar y medir las cosas divinas por las propias. El diablo no puede más que lo que Dios le permite. ¿Acaso los fenómenos extáticos podrían confundirse con la teúrgia y la magia? ¿Superstición? ¿Comedia? La gran compañía de Lucifer. La “contrapartida” de Satanás. Documentos inspirados por el diablo simulado, en apariciones a videntes de Ezquioga que, ciegos, fueron creídos por pseudo maestros y masas ignorantes, que acarrearon su desprestigio. En la comparación de esta “Contrapartida” con la “Partida” de nuestra Documentación A, B y C se descubre la autenticidad de ésta y la falsedad de aquélla.

Intervención y Acción diabólica en la humanidad
Diferencia entre la intervención y la acción diabólica.
—Cap. XII, al último—

No es lo mismo intervención que acción. La “intervención se limita a tener o tomar parte en un asunto, pero no a señorearle; mientras que la “acción” se refiere al momento en que se domina, con exclusión de otro, según facultades, bien a un asunto, bien a una persona. La acción es exclusiva del actuante y la intervención no. Al menos, nosotros, para nuestros estudios, necesitamos darle esta significación diferencial.

Aplicadas esta definiciones al trabajo infernal en la humanidad, del cual tratamos en este capítulo, debemos manifestar que intervención diabólica en una persona o asunto es cuando el espíritu del mal se mezcla solo en ella o en él para desordenarles, descomponerles, extraviarles y perderles, sin que les domine; mientras que acción diabólica es cuando este mismo tenebroso espíritu se apodera totalmente del asunto o del sujeto, igualmente para conseguir idénticos fines pero centuplicados. La intervención envuelve obsesión, y la acción posesión diabólicas.

Un buen libro

La preciosa Obra del docto presbítero Sánchez Verela —Eva y María— que trata con minuciosidad, hasta la satisfacción unos puntos tan del común ignorados, es la que todo hombre debiera hojear para darse perfecta cuenta de la intervención y de la acción de Satanás en el mundo, más general de lo que comúnmente se cree.

Al efecto, dicho autor agrupa las obsesiones diabólicas en estas cuatro categorías: 1ª, con el vulgo; 2ª, con los santos; 3ª, con los que han tenido tratos con Satanás; y 4ª por sortilegios. De todas estas categorías aduce casos concretos, comprobados y documentados, algunos de ellos ruidosísimos, que han dejado rastro memorial en la humanidad. Nosotros no podemos pararnos siquiera en la aducción de alguno, porque nuestro propósito es sentar la doctrina de tales menesteres.

Con respecto a las posesiones diabólicas, el autor de referencia aduce algunos casos tan notables, que por sí solo se demuestran. Citaremos el de las religiosas ursulinas de London (Francia) 1632-1639, que acabó con la ejecución del párroco del pueblo, director espiritual de las religiosas; el de los seudomilagros de los convulsionarios jansenistas del cementerio de San Medardo, ocurridos en 1733, en París; el histórico caso de la auténtica brujería medieval; los endemoniados de Ilfurt, en 1864; los cien posesos de Morzine, en 1857; y en España hemos tenido casos, algunos en Valencia, de posesiones no continuadas.

En el capítulo III, el Sr. Varela trata de los “aliados de Lucifer”, haciendo entrar en tal cofradía los heresiarcas y herejes, la masonería, la nigromancia, el espiritismo, el mundo y el Anticristo; en una palabra: todos los hombres de mala voluntad que, al cabo, vienen a contarse con los enemigos de Cristo.

La suma de todos estos factores, tan tenebrosos como el mismo espíritu que sugiere el error y el mal, es la resultante de la intervención y de la acción demoniaca secular en la humanidad, que hay que tener en cuenta, si se quiere acertar en lo extraño, lo sorprendente y lo maravilloso, que tanto puede ser natural, como preternatural, como sobrenatural. Aquí el estudio paciente y de la oración constante.

Argumento “demonial” y respuesta sin réplica

En cierta ocasión estábamos hablando con cierto catedrático de ciencias, de otro lado piadoso, sobre la tremenda oposición de que son objeto los Hechos de Ezquioga, y mentábamos el argumento que oponen, de que allí (en Ezquioga) está el diablo y “solo” el diablo.

Echó su cuarto a espadas el catedrático y dijo: ¿Afirman que está aquí el diablo? Luego le reconocen, y no es mala cosa para estos tiempos de crudo materialismo que atravesamos.

Pero vayamos nosotros a cuentas: Si en Ezquioga está Satán es porque tiene allí que hacer. De lo contrario no estaría. Ahora bien; Satán tiene que hacer precisamente donde se le mina el terreno, porque en el terreno conquistado o cedido está de sobra su presencia.

A este propósito, cuenta Santa Teresa de Jesús que, pasando una vez por Sevilla, vio al diablo que estaba sentado en la Plaza Nueva, mirando a quienes iban y venían, y le preguntó: ¿Qué haces ahí tan parado? ¿Cómo no vas a tentar a la gente, siendo este tu oficio?

—Aquí no hacemos falta nosotros, porque los unos son tentados por los otros. Por eso estoy tomando el viento.

Se ve que en Sevilla nadie minaba el terreno al demonio, y por eso éste holgaba; mas, si como afirman los opositores de las apariciones, el diablo trabaja y mucho en Ezquioga, es ciertamente porque aquí se le mina el terreno. Mas, ¿quién se lo mina? Nadie mina el terreno de otro como no sea su enemigo, y, en este caso, el enemigo por antonomasia de Lucifer es Dios y sus santos, particularmente la Santísima Virgen. Luego son estos los que en Ezquioga forzosamente aparecen a otros, también parecidos a los santos contra quienes el demonio opera, y son o deben ser los que minan el terreno a éste.

Luego la conclusión lógica es evidente. Por el argumento, llamémosle “demonial”, de los que niegan las apariciones o no las atribuyen substancialmente a la Santísima Virgen, se prueba que es verdad que en Ezquioga hay apariciones de la Virgen,  de Jesús y de los santos.

Los que emplean tal argumento expresan una verdad, mas no toda la verdad.  Es una verdad a medias. Afirman una parte de la verdad al decir que “allí en Ezquioga hay diablo”, y callan o niegan la otra parte de la verdad, diciendo que “allí en Ezquioga no hay Virgen ni Jesús ni santos”. Esta verdad a medias es la peor de las mentiras, por cuanto con ella queda engañado mejor el pueblo —Documentación Serie B., núm. I, Al principio—.

Al demonio pocos le conocen bien y por eso no aciertan

De ordinario, aun los que creen en la existencia del diablo y que trabaja en el mal y para el mal y en odio al bien, y que es uno de los tres enemigos del alma; por no pararse a estudiarle a la luz de la teología católica, de la historia sagrada y eclesiástica y de las vidas de los santos, no tienen exacta noticia de su inmundo ser, en continua rebeldía con Dios y la creación, ni de su siniestra labor, siempre hipócrita ni de sus desastrosos efectos individuales y colectivos.

Mas, para conocerle bien, no basta tener la exacta noticia de que hablamos, pues esto sería conocer a Satanás teóricamente. Para conocerle a fondo es menester estudiarle experimentalmente, en si propio y en los demás, desdoblados éstos en perfectos e imperfectos cristianos; y para esto son precisos —aparte los conocimientos dichos— gran voluntad de acertar, empleo de mucho tiempo, suma paciencia en las pruebas, acierto en la elección de las mismas, y sobre todo, darse por entero a Dios, mediante la oración, la mortificación, el sacrificio, el sufrimiento y las lágrimas, a fin de poder enfrentarse con Satán.

Sólo así, o análogamente, se podrán apreciar las sinuosas artimañas diabólicas en los siervos de Dios y en los que no lo son, y distinguirlas claramente de las actuaciones de Jesús, la Virgen y los santos.

Pero, en la forma que frecuentemente se estudia —si es que se le llega a estudiar— serán confundidas las unas con las otras; y, al cabo, el hastío, el disgusto y la impotencia, determinada por la contradicción y contrariedad que implica la astucia diabólica ignorada, cuando no la poca voluntad en conocer, harán que se achaque todo a obra satánica; porque así se termina más pronto, acertando en algo, esto es, en que hay demonio, como le hay en toda obra; pero diciendo la más grave de las mentiras, cual es toda verdad a medias.

He aquí la estampa de lo que, de ordinario, ocurre con los hechos todos sobre visiones y revelaciones, profecías y milagros, particularmente, los que afectan a Ezquioga, por lo excepcionalmente acumulados, que son de los que venimos tratando.

Y ¿no es una inmensa lástima que por falta de hombres capacitados en estos delicados menesteres, se dé al traste con una de las mayores obras del cielo, a causa de no saber diferenciarla de la del infierno, que se mezcla siempre con aquélla, simulándola de todas las maneras y formas con que la del cielo se muestra, para armar la confusión entre los hombres, y conseguir el desprestigio de la primera con la repulsión de la segunda? ¿Qué importa al infierno se huya de él sí, al fin, consigue arrastrar consigo, mezclados, a los que el cielo busca?

Hay que tener en cuenta un factor importante: Belcebú no anda principalmente detrás de los perversos, sino de los buenos. La razón es que aquellos están ya por él cazados, y éstos, no. Sin embargo, se vale de los perversos como coadjutores suyos, en el plan del desquiciamiento humano y de la perversión de los buenos. Porque su labor estriba en desordenar lo ordenado, corromper lo óptimo y perder lo santo: introduciendo en lo santo la relajación, en lo óptimo la corrupción y en el orden la inversión. A mayor virtud mayor empeño draconiano en destruirla. Contra ella van, sobre todo, los certeros tiros de la serpiente antigua. Y ¡cuántos impactos no tiene que llevar mientras se ejercitan en la tierra! Pero, asimismo y a proporción, ¡cuántos auxilios no recibe del cielo? Jesucristo, Señor Nuestro, el paciente Job y casi todos los santos son los modelos de este linaje de persecuciones.

Con respecto a los perversos no hay que decir que el diablo les olvida. Los tiene presos; y, como un abismo llama a otro abismo —Salmo 41, 8—, no tiene más que ponerles al borde del abismo y darles un fuerte empujón para que ellos solos rueden hasta el fondo.

La mona de Dios

No hay sino ver que el espíritu de las tinieblas pretende en todas ocasiones imitar a Dios. Como fue sepultado en el averno, a causa de la pretensión de ser “semejante al Altísimo” —Isa. 14, 16— y “aún más que el Altísimo”, —Mas que el Altísimo. En un altercado que cierto siervo de Dios, que conocemos, tuvo con Satán, a quien éste decía que se había presentado allí para hacer lo que le viniera en gana, contestó el siervo de Dios, que él (el diablo) haría lo que Dios le permitiese.— Replicó Satán que él era más que Dios, a lo que respondió su interlocutor: Calla, blasfemo, tu soberbia te denuncia. Harás lo que Dios te permita—. Todas cuantas adoraciones y acciones de gracias recibe de los ángeles y de los hombres el Señor, las quiere para sí y las procura Satán—, todavía le dura dicha pretensión, y no hace más que estudiar la manera y forma con que el Señor y la Virgen o los santos aparecen a los mortales para él hacer otro tanto y engañar y perder.

Ejemplo de esto lo tenemos en el mismo paraíso terrenal: Dios se muestra e instruye a Adán; también el diablo, disfrazado de serpiente, se muestra y finge instruir a Eva. —Gén 3— Dios manda a Moisés, como había mandado a los anteriores patriarcas, la adoración que se le debe —Éxo. 20— y algunas veces se presenta a ellos para que le adoren; también el diablo, disfrazado de “gran dragón”, había sugerido a los babilonios le adorasen, y éstos, ciertamente le adoraban.  —Dan. 24, 22—  Y así en todos los siglos.

¿Qué extraño es, pues, que en Ezquioga, donde Luzbel ve de ordinario las manifestaciones de Jesús y María a los videntes, trate de mostrarse a éstos de un modo análogo a como aquellos se muestran? Y decimos de un modo análogo o semejante, porque nunca será igual, y para diferenciarlo hay medios conocidos, según veremos.

Quisiéramos poder llevar a la inteligencia de los que nos leen la claridad de un asunto que, de suyo, parece secreto y formidable. Todo es cuestión de querer abordarle con los medios que antes dejamos expresados. No hay que escrutarle a medias, porque subsistirá la negra confusión. Hay que sondearlo a enteras, y entonces será plenamente conocido.

Del aspecto más grave en que el demonio
se ha con los videntes
y los que no lo son

Videntes, exvidentes y seudo videntes, cuando por permisión divina, y para fines de santificación propia y ajena son torturados por los diablos, aun cuando para el mundo en que viven no se hayan sino de modo mecánico en aquello que es inherente a la expresión del daño y dolor recibidos; sin embargo, para el mundo interior y el sobreterreno subsisten con toda la fuerza de sus potencias anímicas y sentidos, aunque en modo extático, y por ello vean, oigan, huelan, gusten, perciban y sientan cuantas torturas se les infiera y los dolores consiguientes, en magnitud e intensidad mucho mayor que si no fueran extáticos, habida razón de que el mundo extático es de una perfección más delicada y altísima. Por esto experimentan los sufrimientos y cesan total o parcialmente en ellos, según la causa que los produzca.

Si la causa es divina, aunque el instrumento de que ésta se valga sea diabólico, la cesación de los tormentos es rápida y completa; rápida, porque cesa en el acto que la causa divina quiere; y completa, porque dichos tormentos no dejan daño ni rastro, aunque pueda haberlo accidentalmente de tortura en los afectados. Esta cesación es totalmente admirable, y hay en todo ello verdadero milagro. Porque así son los obrados por Dios, la Virgen Santísima y los santos.

Si la causa es diabólica, lo mismo que el instrumento de que se vale, como el demonio obra para causar el mal, y lo causa, si Dios no le pone cortapisas; dicha cesación es larga e incompleta; larga, porque el diablo se ha con el que tortura como un tirano con su esclavo; e incompleta, porque deja rastro, profundo a veces, en la salud y el ánimo del afectado. Tal cesación es parcialmente admirable, y hay en ello falso milagro. Porque así son todos los obrados por la influencia diabólica y los que obrará el anticristo.

El horror a todo lo que roza los espíritus.
(Recuérdese lo que dejamos dicho en el cap. IV sobre Espiritismo)

El solo nombre de espíritus, de demonios, de ocultismo asombra e intimida.

Pero asombra e intimida a los que no tienen el ánimo resuelto para mirarles frente a frente, y medirles y sondearles.

A primera vista les parece cosa de espiritismo, de magia negra o cosas peores.

Es como si a un formidable enemigo se le volviesen las espaldas, en lugar de buscar convenientemente pertrechos de lucha para hacerles frente.

Mal se le podrá vencer si no se le hace frente debidamente.

Porque en los caminos de la vida no basta armarse místicamente contra Satán: se necesita, asimismo armas intelectuales para combatir los recovecos del enemigo y aconsejar sólidamente a los demás.

Y aun cuando esto sea de lo más difícil, precisamente por su dificultad se consigue mayor mérito.

Nadie que no sortee con éxito las dificultades entra en la categoría de héroe.

Sobre todo, los que están obligados a proyectar luz clara, ¿qué cuenta van a dar el día de las tremendas responsabilidades, cuando se vea que no solamente no han proyectado esa luz, sino que, al igual que las vírgenes necias del Evangelio, —Mat 25— no se han armado, con tiempo, de la lamparilla y del aceite y del encendedor para prestar esa clara luz obligada?

Huir de la luz es absurdo; hablar mal de ella es necedad; ir contra ella, monstruosidad. Por el contrario hay que ir en busca de la luz y vivir con ella y de ella .

Jesucristo y sus apóstoles atribuyen al diablo los grandes crímenes: la incredulidad de los judíos, la traición de Judas, la ceguera de los paganos y las enfermedades crueles, como las posesiones y las obsesiones. —Inter alios, Joan. 13, 27—.

Por la posesión, el demonio obra dentro de la persona de la cual es dueño, atormentándola más que nada; la cual posesión puede ser indefinida y por corto tiempo.

Por la obsesión el mal espíritu obra por fuera, en derredor de la persona que intenta adueñarse, sugestionándola con pensamientos siniestros, excitando su temperamento y sus pasiones y hasta maltratándola.

Los judíos atribuían a los demonios las enfermedades extraordinarias y terribles, como la epilepsia, la catalepsia, el frenesí, las convulsiones de los lunáticos —Diction. de Theol. Par Bergier et Le Noir, verb. Satan.—; y Jesucristo, lejos de combatir, en algunos casos, esta creencia, la confirmó, ordenando al demonio salir del cuerpo del poseso y permitirle que entrara en una piara de cerdos. —Mat. 8, 31—.

Este mismo poder confirió a sus apóstoles y discípulos, quienes lo usaron en muchas ocasiones con éxito. —Luc. 10, 17— De aquí los exorcismos que emplea la Santa Iglesia Católica para ahuyentar la serpiente antigua, digan los protestantes lo que quieran en contra.

Téngase presente que, aunque Jesucristo, por su muerte, destruyó el imperio del diablo, pero no le tiene encerrado completamente en el infierno, sino que le permite condicionalmente tentar a los hombres —Paralip. 18, 20— para que éstos, a su vez, adquieran en la lucha mayor mérito.

De ahí que los demonios, permitiéndolo Dios, “se mezclen en todos y en todas las cosas” —palabras de la Santísima Virgen en una de sus apariciones en Ezquioga— con el fin (el del diablo) de estropearlo y perderlo todo. —Luc. 22, 31— Son los rectores de las tinieblas del mundo —Ad Ephes. 6, 12—, en cuanto éste es enemigo de Dios y de la creación; esto es, rectores de los malos consejos, ejemplos y costumbres.

Es natural que, a mayor orden y virtud, mayor esfuerzo pondrá Satán, en perderlos; porque el desorden y el pecado están en su poder —I Juan 3, 8—; y lo que él desea es entrar en posesión de lo que todavía no es de él.

 He ahí por qué el espíritu de las tinieblas tiente más a los buenos que a los malos, a los religiosos que a los seglares, a las comunidades monásticas que a los pueblos.

Apliquemos esta doctrina a Ezquioga

Los judíos acusaron a Jesucristo de arrojar demonios por el poder de Belcebú, príncipe de las tinieblas —Luc. 11, 15—; y muchas gentes acusan a los videntes de arrojar el demonio v. gr.: de las manos que él ató, y de hacer las demás obras que practican en virtud del diablo.

Ahora bien; Jesucristo respondió a aquella tremenda acusación: “Todo reino dividido en facciones contrarias será desolado, y cualquiera ciudad o casa, dividida en bandos, no subsistirá. Y si Satanás echa fuera a Satanás o a sí mismo él es su propio enemigo; ¿cómo, pues, subsistirá su reino? Que si yo lanzo los demonios en nombre de Belcebú (como vosotros decís) ¿vuestros hijos en que nombre los echan? Ellos serán vuestros jueces. Más, si Yo, por el contrario, arrojo a los demonios en virtud del Espíritu de Dios, síguese, por cierto, que ya el reino de Dios, o el del Mesías ha llegado a vosotros. O si no, decidme: ¿Cómo es posible que uno entre en la casa de algún hombre valiente y le robe sus bienes, si primero no ata al valiente? Entonces es cuando podrá saquearle la casa” —Luc. 11.—

Desmenucemos, empero, toda esta sabia argumentación del Hombre Dios, en la que se encierra la entraña de lo que en Ezquioga sucede.

No cabe duda que las manos, que en algunos videntes en visión quedan atadas, sin que fuerza humana pueda desatarlas, según repetidas veces se ha `probado, lo son en virtud del poder del diablo. “Yo no ato las manos a nadie”, ha contestado la Santísima Virgen en Ezquioga, cuando se le ha preguntado sobre el particular; probándose que es así, por cuanto únicamente con la aplicación del Crucifijo a las atadas manos, y no por todos, sino por los que tal facultad de la Virgen han recibido, quedan dichas manos desatadas, como si ningún esfuerzo hubiesen hecho, después de los inauditos empleados para ser desligados.

Ahora bien; si los videntes obraran en virtud del poder de Belcebú, éste actuaría contra si propio y destruiría su reino, lo cual no es admisible. Luego, obran en virtud de otro poder, que necesariamente ha de ser el poder del que puede destruir el de Satanás: que por esto es señal sensible el Crucifijo empleado, que desata las manos que el diablo ató. Luego, obran en virtud del poder del Espíritu de Dios, facultados por la que es medianera de todas las gracias, la Virgen María.

Y, siendo esto así, es el reinado de María el que ha empezado entre nosotros, siendo por ello  dichosos los que a él pertenezcan.

Los fieles videntes de Ezquioga pueden perfectamente repetir aquellas sentidas palabras que el Salvador pronunció cuando los judíos le acusaron de que era samaritano y que estaba endemoniado: “Yo no estoy poseído del demonio, sino que glorifico a mi Padre (y a mi Madre, Nuestra Señora) y vosotros me habéis deshonrado…”  —Juan 8, 49—.

Todo el capítulo VIII del Evangelio de San Juan es una sabia respuesta de Nuestro Señor a todos sus formidables enemigos que, llenos de envidia y coraje, porque les decía la verdad escueta, le trataron de endemoniado, que es más que loco.

No de otra manera se trata a los videntes y a los que les defienden y con ellos simpatizan. No podrían éstos, empero, a sus enemigos. Ciegos, con la doble ceguera de la ignorancia y de la no aceptación de los hechos, porque no se toman el trabajo de investigarlos, ¿no podrían —repetimos—, acoplarles las palabras que el Salvador dirigió a sus enemigos: “Vosotros sois hijos del diablo y por esto queréis satisfacer los deseos de vuestro padre? —Juan 8, 44— ¡Ah! No olvidemos jamás el pensamiento sintético que se obtiene de lo que las sagradas escrituras rezan acerca del mal espíritu. Es a saber: El diablo es padre y príncipe de este mundo y de todos los impíos. —Sinopsis de la actuación del diablo en las Vulgatas parafraseadas del Nuevo Testamento—.

Intensificación de la intervención y actuación diabólica en Ezquioga

Después de lo anteriormente observado, surge a nuestra consideración un singular fenómeno que estamos notando desde principios del año 1933. No cabe la menor duda, y es normalmente histórica la intervención y actuación diabólica en el mundo y sus hombres, como también son normalmente históricos los medios imitativos de que el espíritu del mal se vale para tentar y seducir. Esto lo acabamos de ver. Lo que no es normalmente histórico es el hecho de la intensificación de dicha intervención y actuación en determinadas épocas de la humanidad. Dos ejemplos: 1º Nunca como en los tiempos próximos al Diluvio acentuó sus filigranas el padre de la mentira, de tal manera que el mismo Beroso —Historia Caldaica afirma, confirmándolo el Texto sagrado, —Gen. 6, 12—, la corrupción universal inaudita de aquella época. 2º Nunca tampoco como en los tiempos de Nuestro señor Jesucristo, hubo tantas posesiones diabólicas, las cuales se iban desvaneciendo a medida que el hijo de Dios aplicaba su omnipotente misericordia sobre los afectados.

Apliquemos esto a Ezquioga.  Desde el  principio de las apariciones ha sido normal en Luzbel y compañía su injerencia en los videntes para, imitando lo que ellos ven y oyen, hacerles ver y oír como de Nuestro Señor, la Virgen y los santos, lo que es propio de su inmunda cosecha.

Pero, a partir del año 1933 es tal el recrudecimiento de su intervención y actuación en los propios videntes, sobre todo desde que, por necesidad, suspendimos nuestra presencia en estos lugares, que llama poderosamente la atención y resulta admirable el modo y las veces que el mal espíritu se introduce en alguno de ellos, siempre para perderlos y mucho más para causar el desprestigio y, con él, el acabamiento, si pudiera, de las Apariciones, o cuando menos, el que las gentes las abandonen y, asimismo, los buenos efectos de ellas. Así, no sólo subvertiría, sino que arrojaría por tierra la obra del cielo, suplantándose él en lugar de ésta, que es precisamente lo que consiguió en los tiempos próximos al Diluvio y pretendía conseguir en la época de la predicación de Nuestro Señor.

Los que no conocen tales cosas, que es casi todo el mundo, cuando oyen estas parciales actuaciones diabólicas, lo primero que hacen es espantarse de ellas o llegar hasta la duda y la negación de todo cuanto pueda rozarlas. Y nada menos lógico y práctico que esto. Porque si a nosotros se nos da a resolver un problema de matemáticas, v. gr., y en lugar de estudiarlo y resolverlo lo desestimamos no por eso deja de subsistir el problema. Lo que en tal caso deberemos hacer, si no sabemos o podemos resolverlo, es darlo a un buen matemático para que nos le resuelva. Y luego de resuelto, veremos cuán sencillo y hacedero es. Pues lo mismo ocurre con los problemas extranaturales: que si no se pueden resolver por sí mismos, no por eso hay que desestimarlos, sino que hay que darlos a un buen teólogo místico que, con ayuda de un buen psicólogo y un buen médico, lo resuelvan a satisfacción.

Y hemos indicado que “resulta admirable el modo y las veces que el mal espíritu se introduce en algunos videntes”. Una vez es el descubrimiento general de las particulares conciencias, siempre por vía de los actos externos sugiriendo la confesión general en el interesado, con el aparato del arrepentimiento para mejor engañar a éste y al actuante. Otra es el dialogar de un oculto crucifijo de carne (que por nada se ha de enseñar a nadie) con el presunto vidente, a fin de dar como resoluciones de Jesús, los tremendos disparates de Lucifer, mecanizados ambos casos, que iban dando ya sus frutos formidables, y los hubiera dado más, hasta llegar Dios sabe a dónde, y que pudimos llegar a tiempo para atajarles, persuadiendo a los presuntos videntes de que eran ellos puros instrumentos del diablo, para fines perversos. Otra, son las reiteradas visiones y revelaciones diabólicas, desconocidas absolutamente de algún vidente y de los que les escuchan, y aún costosas de conocer de los peritos en la materia, que por esto muchos obligados huyen de ellas. Y otra, es la del diablo metido a predicar en la campa de Ezquioga, mediante una instrumental vidente, a la que luego de convencida, conseguimos se desdijese y reprobase en el propio lugar que predicó, las irreverencias, mentiras y herejías que el diablo le sugirió decir. Con la necesaria salvedad de que la vidente, como tal instrumento del diablo, ignoraba lo que decía, y por tanto, no era culpable de lo dicho ni aún de lo hecho, porque era el diablo el que la poseía y, como tubo de órgano, hacía salir por su boca los tremendos disparates que le sugirió.

Y gracias que, también, a tiempo y con los auxilios del cielo pudimos aventar todo esto, porque el plan diabólico no escapa al advertido: Tal era por el mal ejemplo, el descrédito de Ezquioga.

De todo ello surge una consecuencia; y es que todas estas cosas, no estando patentes a todos ni mucho menos, es preciso sean aclaradas, por quien del cielo, juntamente con los reiterados estudios, reciba luz suficiente para resolver los casos.

Y no se crea que con estos cuatro casos el demonio se cansará. Hay que estar prevenidos para ulteriores, nuevos y difíciles casos, que su despierta inteligencia, unida a su secular maldad, inventará para hacer caer en nuevos lazos, no alcanzados sino por los que, dados a la continua oración, penitencia y estudio, el cielo ayude. Lo demás es danzar a tenor de la batuta que Belcebú maneja.

Los que tenemos las manos puestas siempre sobre la masa, jamás acabamos de salir del asombro que nos producen los inacabables casos de actuación diabólica y de intensificación de la misma en lo que respecta a Ezquioga.  A tenor de la actuación divina, cuanto más tiempo transcurra, más es la intervención luciferiana. ¿No es verdad que, al principio de las Apariciones, no se oía hablar de influencias diabólicas? ¿No es verdad que éstas han ido surgiendo a medida que el tiempo transcurría, y cuando algunos videntes se enfriaron o fueron infieles? Y con el transcurso del tiempo iba aparejada la multiplicidad de las apariciones y de las maravillosas misericordias de María. A mayor tiempo contado mayores fuerzas divinas: Pero también mayores enfriamientos y división de favorecidos videntes.

He aquí, pues, la doble causa de la intensificación de la intervención diabólica; intensificación que ha de aumentar necesariamente más (escribíamos esto en el verano de 1933) a proporción que la obra de Ezquioga, como buen termómetro, suba empujada por el calor del amor divino hasta llegar al summun. Por desgracia, ha sucedido así.

Desenmascaramiento del diablo

El espíritu del mal sólo puede ser temido por los ignorantes, los corrompidos y los inaplicados a la oración y la penitencia. Los limpios de corazón, que buscan y ven a Dios, no pueden temerlo. Con la asistencia divina y la protección de María les vencen. Pero aun a éstos se les presenta de tantas maneras como ofrece la inmensa variedad de las formas, los colores y los placeres, que luego detallaremos en parte; porque, si fuéramos al detalle total, se necesitaría un grueso volumen.

No obstante; por las circunstancias de: a) la voz, b) el lenguaje, c) la mirada, d) la actitud, e) los modales, f) la finalidad empleada por el príncipe de las tinieblas, y g) por los efectos causados en el individuo se vendrá en perfecto conocimiento de que es él el que preside la mente, el corazón y la escena.

  1. Por la voz: La voz sensible del genio del mal es fuerte, áspera, ronca, chirriona, como de perturbado, de embriagado, de encolerizado. Por mucho que la suavice, la modere y la finja, reviste los caracteres de sujeto anormal, rabioso, en pugna con aquél a quien habla, y como de tirano que se le impone.
  2. Por el lenguaje: El lenguaje vocal de Satán es impuro, sucio, asqueroso, amenazador de fieros males, de verdulera de plazuela, de rufián de lenocinio; con tendencia a lo abyecto, a lo desquiciado, a lo fatuo, a lo desequilibrado, aunque muy atado. Por mucho que lo finja, pronto o tarde caerá en el léxico suyo, tan bajo, tan degradado, tan repulsivo.
  3. Por la mirada: Los ojos de Belcebú, adopte éste las formas racionales o irracionales que quiera, son de fiera, de gato montés, de lobezno, de monstruo (medio bestia medio hombre). De color negro, tirando al rojo; con pupila enardecida, ígnea; con mirada encendida, ardiente, siniestra; enfocada, como de astuto perdonavidas, en el sujeto a quien se dirige. Por mucho que los suavice —que a veces lo consigue, y parecen plácidos— hay que aguardar al final de la aparición, y entonces acaba por mostrarse como es.
  4. Por la actitud: No siempre el demonio se muestra en actitud airada, lasciva, descompuesta y amenazadora. Se presenta a los que más le conocen con ademanes suaves, taimados, hipócritamente místicos. Lo general son de turbación, de enloquecimiento; y cuando finge, los modera un tanto para engañar. Pero se le conoce bien.
  5. Por los modales: No sabemos qué herencia ha obtenido, ni en qué escuela ha cursado el espíritu del mal, que no posee ningún modal fino, correcto, atrayente. Todo en él es brusco, torpe, feo, primitivo. No tiene consideración a las personas, que, para él, todas son de miserable calidad, perdidas, candidatos para su reino. De todos se ríe y se burla; a todos amenaza y daña; con todos juega y se divierte; a todos quiere reventar, matar y llevar al infierno.
  6. Por la finalidad: Demás es sabido que la mirada del ángel caído es, sea como fuere, “perder a la humanidad”, apartándola de los buenos caminos y sugiriéndola, para ello, malos pensamientos, conduciéndola por malos pasos y hasta enseñándola reprobables acciones. Perdido él, con todos los que le siguieron, su gran hambre está en saciarse de la mala ventura de los hombres.
  7. Por los efectos: Finalmente causados en el individuo, se conoce, a posteriori, al genio de las tinieblas, quien deja a sus tentados, sugeridos o aparecidos, el disgusto, la inconstancia, la turbación, el mal pensamiento, y quizás, el deseo del logro de algún vicio capital; a no ser que, reaccionando, a causa de la asistencia divina, diga al tentador: “Vade retro, Sataná: Soli Deo servies” — 4, 10—.

Tenemos archivados múltiples casos, por los que se prueba todo lo que decimos.

Formas de aparición diabólica

No hay forma, no hay circunstancia, no hay coyuntura que el demonio no aproveche y emplee falazmente —siempre falazmente— con el propósito de seducir y perder a los videntes y a los que con ellos simpatizan, mas el desprestigio de la Obra de Dios, como finalidad última. El coraje lógico que nos ha tomado este enemigo común, precisamente por el trabajo encomendado, que entre manos llevamos, es tal que podría ser objeto de una sección aparte. Esto sería curioso e instructivo por demás y ocasión de mayores rabietas luciferianas.  Pero, por tocarnos tan de cerca, lo omitimos. Únicamente nos permitimos afirmar que, muchas veces en público, —y decimos esto porque se puede probar— ha mostrado tal coraje que hasta con frases indecentes ha requerido nuestra perdición. ¡Que reviente! Es su frase. Nos lleva montado en su nariz y creemos firmemente que, a no ser por protección especial del cielo, nos hubiera armado ya terrible jugarreta. Pero, confiamos en Dios y en su Santa Madre que, a causa de esto, ningún daño experimentaremos.

Mas, volviendo a lo primero, esto es, a las formas, circunstancias y coyunturas que Belcebú aprovecha y emplea falazmente para perder, hemos de confesar que las aprovecha todas y lo emplea todo para tal fin.

 Cierto día se le presenta a la vidente X en forma de Inmaculada, tan perfecta que ni aún en los ojos, que siempre los muestra aviesos, como de tigre o gato, y en los pies, que los lleva como garras de fiera, se le distinguía. La vidente dijo a la aparición: “Di, Avemaría” Y ella contestó: “Ave”, pero sin el “María” —Tú no eres la Virgen. —Sí lo soy. —Pues nombra el vocablo “María” después del “Ave”. —No quiero. —Pues no te reconozco como la Madre de Dios, vete—. Entonces la aparición arrancó los ojos postizos, que llevaba sobrepuestos, y los dejó caer; al propio tiempo que, debajo de dos rosas que, como pintan a la Virgen de Lourdes, sobre los pies llevaba, alzaban sus cabezas dos culebrillas, avanzando sobre las rosas mencionadas. El diablo acabó por mostrarse y marchó sañudo.

Unas veces se le ha presentado como caballero galán, rondándola y dirigiéndola frases tentadoras; otras, como indecente fauno que la invitaba a prevaricar; otras más, como bestia feroz para amilanarla. Pero todo esto, al principio, esto es, cuando aparece es tan oculto y sugestivo que se necesita la prueba para descubrirle.

De poco tiempo ha se muestra de sacerdote, parecido al autor de estas líneas, fingiendo a los videntes a quienes se les muestra, como buen amigo de éste y para quien les confía consejos mentidos. Les añade que él celebra Misa en determinada iglesia de tal localidad cercana al punto de nuestra residencia, yendo todos sus falsos consejos y engañosas tentativas a parar a apoderarse de las cuartillas de este Libro, o a impedirle su publicación, valiéndose de todas las bajas astucias que él conoce, hasta de nuestra desaparición personal del globo.

Pero, no es bastante listo el enemigo. Se le conocen sus tretas a poco que se examinen y aunque tememos, confiamos: a) en que el cielo nos asistirá; b) en que el demonio sólo puede lo que el cielo le permite, y c) en que procuramos basarnos en la humillación, la oración y la penitencia.

Simulaciones diabólicas a granel

Notamos que casi todas cuantas manifestaciones extáticas obra el cielo en los videntes de Ezquioga, procura el diablo simularlas en otras manifestaciones preternaturales, de forma que, si no es aplicando los recursos apuntados en este libro —recursos que son de los santos— es difícil conocerlas. No se olvide jamás la frase repetida de San Agustín: “El diablo es la mona de Dios” Simia Dei. De ahí que las formas que ha producido el Creador en el universo, son otros tantos modos de que esta vieja Simia se vale para manifestarse alguna vez a los hombres.

Este siniestro procedimiento acentuase más todavía cuando ve que el cielo adopta determinadas manifestaciones para comunicarse con la humanidad. Es entonces cuando él procura imitar la manifestación.

Y si, como en el caso excepcional de Ezquioga, aumentan las divinas manifestaciones, él trabajará también por aumentar las suyas, imitándolas lo mejor que sepa y pueda.

De ahí el número variado de éxtasis preternaturales o diabólicos, que extrañan a todos, asustan a muchos y ponen en guardia y estudio a los que a estos menesteres nos dedicamos, para obtener la consecuencia, no de que hay que acabar con todos ellos —porque esto es pueril— sino que hay que estudiarlos bien para darle el lugar que merecen, separándoles de los legítimos éxtasis que deben ocupar su lugar.

En las apariciones a los videntes, el demonio se coloca siempre detrás de la Virgen; y arrastrándose por debajo de Nuestra Señora, llega de espaldas a Ésta, hasta el vidente. No actúa sobre éste sino en la medida y el tiempo que se le permite. Por tanto, cuando el mal espíritu habla u obra con el vidente casi siempre está la Santísima Virgen delante, aunque más atrás que el diablo, quien astutamente se ha colocado delante por el procedimiento indicado. Cuando la Madre divina quiere que Satán cese de intervenir, extiende su mano, y éste cesa en seguida, retirándose en la misma forma que vino. La luz de Satán es tenebrosamente rojiza, de fuego flamante; mientras que la de la Santa Virgen es hermosamente deslumbradora, a modo de luz del alba.

Las frases del enemigo, relativas a Dios, a la Virgen, a los ángeles y santos y al cielo, son también muy especiales: Llama a éstos en singular o plural, según sea: Ése o Ésa, Esos, Ésas de arriba. Yo, dice él, soy el rey del mundo, y todos han de venir conmigo al infierno. Yo soy más que Dios, y hago todo lo que me da la gana. ¿Queréis ver cómo os aplasto? ¿Cómo os reviento? ¿Cómo os mato? Yo voy a ser crucificado y redimiré al mundo; me los llevaré a todos al cielo, y a todos los que hay en el cielo los arrojaré al infierno. Por este tenor son todos los disparates de Belcebú, Lucifer, Satán, Pedro Botero, el doctor Borracho, etc., (nombres que así propio se dan los diablos) pronuncian. Somos testigos oculares y auriculares de ello.

Vamos a reproducir aquí sintéticamente, y como muestra, algunas de las escenas ocurridas en nuestras experiencias. —De nuestros Cuadernos de Memorias, pág. 435-38—.

Escena 1ª.— A la vidente Benita, en perfecto éxtasis, se le aparece el diablo, como siempre, por la izquierda, y aquélla le dice:

—   ¿Ya estáis aquí?
—   Como os habíais ocupado de mí, (era cierto que acabábamos de contar algunas de las trapacerías suyas)  por eso he venido.
—  Pues no hacías falta alguna.
—   Vaya si hago falta.
—   Vete de aquí, pues nadie te ha llamado.
—   No me quiero marchar.

Seguimos rezando: “Dios te salve, María…” etc.

—No reces.
—“Dios te salve María…”
—Mira, que si rezas te vas a encontrar con lo que no esperas.
—Harás lo que te permitan.
—Haré lo que me dé la gana.
—Vete de aquí, que no te queremos: “Dios te salve, María…”
—¿A ver lo que tienes en la mano? (Llevábamos un rosario).
—No quiero (y cerrábamos la mano).
—Venga a ver (y nos empujaba para que se lo mostrásemos. Cerrábamos más la mano; y en un abrir y cerrar de ojos, rompió el rosario en 20 trozos, añadiendo) ¿Tú ves? Mira, (y señalaba el suelo). Mira aquí; mira allá y mira más adelante…
—Eres muy bruto. “Dios te salve María…”
—Que no reces.
—Pero si no lo conseguirás. Ven, Madre, y arregla esto.
—Ya me temía yo que saliera a relucir Ésta (y soltó un disparate).
—Quieras o no, Ella te aplasta la cabeza.
—No me la ha aplastado nunca.
—Vete de aquí, que si llamo a San Miguel te hace correr.
—Yo le gané a ése allá, arriba (en el cielo). Éste fue, como yo, malo allá…
—Ja, ja, ja. No dices más que mentiras. Mira, te voy a cantar aquel versito que te canté otra vez.
—Cántalo (como quien se encoje de hombros).
—Todos renegamos: tu triste poder: Vete a los infiernos: sucio Lucifer.
—Yo no soy Lucifer.

—Pues, ¿quién?, ¿el doctor Borracho?
—Entonces sí que estaba yo borracho. Soy Pedro Botero.
—Y ahora también estás borracho y más que borracho; estás hecho una fiera. Bueno, bueno. “Dios te salve, María…” (y lo decía muy despacio para que rabiara).
—¿Te callas?
—No me callo.
—Si habéis de venir todos conmigo a hacerme compañía.
—Eso, sí que no.
—Que sí.
—Que no.
—Todos, todos vosotros me haréis compañía.
—La gracia de Dios y el auxilio de María nos salvarán. Si yo quisiera poderte salvar, y tú ¿nos quieres condenar?
—Todos conmigo.

(Rezamos el exorcismo, empleando la fórmula aprobada).

—Esas cosas que haces con la mano (las cruces) ésas, ¿me van a apartar de aquí?
—Sí.
—No, y ¿de tu mano? Bah, ¡qué tontería!

Invocamos mentalmente a la Virgen, y el demonio dejó a los que oraban, arrojándose materialmente sobre Benita con propósito de ahogarla…

Escena 2ª.— En otra ocasión, parecida a la anterior, en que el diablo se presentó a la referida vidente empezó por amenazarnos, si no dejábamos el rezo.  Pero, sin hacer caso, seguimos rezando la letanía; y entonces, el enemigo nos empujó con violencia hasta casi derribarnos en el suelo. Lo tomamos a risa, con lo cual se enfurecía él más, añadiendo que “toda la culpa de que los asistentes al acto no le hicieran caso a él la teníamos nosotros. Que por esto se las íbamos a pagar todas juntas. Te mataré, decía; te quemaré los papeles; os llevaré a todos al infierno; yo me clavaré en la cruz, subiré al cielo, y arrojaré a todos los que hay en él al infierno y a vosotros con ellos”. Seguimos sin hacer caso alguno, viendo lo cual, derribó a la videntita, maltratándola de muchas maneras, según de otros videntes dejamos dicho.

Durante semejantes actos, el demonio se burla de la oración, de las santas imágenes, a las que acocea, si puede; si invocamos a San Miguel, nos saca la lengua; si rezamos otras oraciones, en que tropezamos, esto es bastante para que nos maldiga; si sujetamos a la paciente para que no sufra tanto, chilla, como conejo; si la soltamos, la hace correr como bolo por el suelo; y si le decimos que la suelte y hacemos sobre ella la señal de la cruz, porque de lo contrario, nos marcharemos, nos amenaza con matarla, si nos marchamos. Tenemos que aguardar a que la Virgen quiera librarla.

De ordinario el diablo, astuto como es, estudia los flacos del hombre, y por estos asesta sus puñaladas. Y como la naturaleza humana, de suyo, es propensa a dichos flacos, y cree más fácilmente lo que por ellos se escurre, puesto que naturalmente, por ser débiles, los ama; por esto es que el demonio tiene por ahí  mayores esperanzas de éxito.

Un ejemplo lo aclarará: Uno es inclinado a la envidia. El demonio, que no lo ignora, procurará abultar los méritos de otro y las ansias de la gloria terrena de éste, a quien, soplando con fuerza, le hará caer en la emulación y, luego, en el odio, para acabar por procurar y hacer daño al emulado.

En Ezquioga sucede lo propio. Nuestro Señor y la Virgen se aparecen. Pues el demonio también. Aquellos hablan a los videntes: Éste también. Los primeros tratan del mejoramiento de costumbres: El segundo se valdrá de una parcial enmienda como medio para obtener un fin errado y perverso. El caso es entorpecer, enredar, confundir y extraviar cuando menos.

Manda Nuestra señora a los videntes: Obedeceréis al director que os he puesto. Y el demonio decía en otra ocasión a un vidente: Sí, le obedecerás “pero no en todo”. Tuvo que replicar la Santísima Virgen: En todo, en todo, en todo. Mientras tanto, pasaban días; y la vidente, no obedeciendo, se enfriaba, hasta pasar semanas enteras sin sujeción. Satán se había apoderado de ella mareándola con apariciones y revelaciones diabólicas, que hacía creer fuesen de la Santísima Virgen. De aquí a la caída total no medió más que un paso. He aquí la obra del diablo.

Tentaciones y acometimientos del diablo personificado

Era en un hotel de un pueblo, con fecha 16 de julio de 1933, a las ocho y media de la tarde. Estaban presentes, la familia del dueño del hotel, y con nosotros don Baudilio Serrano, presbítero, y el vidente José Garmendia, que pongo como testigos conocidos.

Acabábamos de llegar de Ezquioga, a la que en tal fecha había concurrido mucha gente, y aguardando en el corredor bajo del hotel nos disponíamos para la cena, cuando el dueño del restaurante nos dice: Ahí hay un hombre, como del campo, joven, que dice que necesita verle a Vd. Yo le he dicho que usted había salido, porque, ciertamente ignoraba si estaba usted aquí, pero por si había ya llegado le he preguntado de parte de quién era la visita.

—De uno de Ezquioga.
—Pues, que pase.

Estábamos hablando con los nombrados testigos, cuando se nos presenta un joven, como de 27 años, alto, fornido, de mal talante, que vestía pantalón usado, camisa con mangas arremangadas, alpargatas y en la mano un grueso palo, y aunque nos mira torvamente, le tendemos la mano y saludamos, creyendo que era verdaderamente de Ezquioga, saludo que no devolvió, pero que nos alargó su mano sin contestar. Entonces, fijándose mucho en nuestros ojos y con voz terrible, nos dice:

—Siga usted persiguiendo, que después vendrán las consecuencias.
—¿Qué, qué?
—Que siga usted persiguiendo en Ezquioga, que después vendrán las consecuencias.
—Yo, ¿persiguiendo?
—Sí.
—¿Nada más?
—Ya lo sabe usted —y se fue sin más despedirse—. Lo tomamos por semiborracho u otra cosa peor; y nos asustó un tanto, pues creíamos que se trataba de gente desaprensiva de Anduaga, que nos tramaba asechanzas.

Enseguida, todavía no había salido del hotel nuestro singular visitante, gritamos al dueño: Llame usted a la Guardia Civil, porque este hombre ha venido a amenazarnos.

Inmediatamente siguieron al terrible hombre, pero se les despareció de sus ojos. Entonces, las hijas del dueño dijeron: Venía acompañado de un cojo, a quien tampoco conocemos, deben de ser forasteros, y han estado rodeando y mirando hacia arriba del hotel (a nuestra habitación); luego, han marchado hacia la estación X, (donde solíamos pasear algunos ratos) y han vuelto hacia aquí. Una vez aquí me preguntaron, dice el dueño: —¿Usted es algo de aquí? —Soy el dueño. —¿Está aquí el P. Burguera? —Creo que no, etc.

Examinado el caso atentamente, se nos ocurrió pensar, si el pretendido visitante ¿sería el mismo diablo? Pero nos resistíamos a dar crédito a esta idea hasta que, a los dos días, la vidente María Recalde nos dijo haber sabido por revelación que fue el diablo quien, al darnos su mano, ésta se esfumó. Recalde le preguntó. ¿De dónde robaste la ropa que llevabas? —De un caserío. —Pues si el P. Burguera no se mete contigo, ¿cómo dices que te persigue? —Pues, ¿cómo no, contestó él, si está deshaciéndome todo lo que yo hago en Ezquioga? No he de parar hasta que le deshaga…!

He aquí la obra del espíritu del mal: engañar, seducir, amedrentar, deshacer, perder.

Denunciaciones propias del diablo

En ocasiones no es menester prueba, porque el mismo diablo la da. Tal es:

  1. La intensa peste a azufre y estiércol, casi imposible de aguantar, que arroja, destapando una especie de cofrecito del cual se desprenden tales asfixiantes gases (de una visión).
  2. Los irregulares ruidos desmesurados y espantosos, capaces de ensordecer y hasta de entorpecer a cualquiera, que producen malestar y desconfianza.
  3. Las descompasadas voces amenazadoras a la persona que las oye, de ordinario, temerosa de Dios; y las ítem halagadoras y prometedoras de bienes falaces y de perdición.
  4. El frio y el temblor, no patológicos, que, en determinadas personas espirituales, produce.
  5. El mareo, el cansancio y la pesadez de cabeza que causa, cuando hablan directamente o mediante la persona por él influida.
  6. Los golpes, magullamientos, porrazos, y otros linajes de acometimientos que, sin ser fortuitos o producidos por causas naturales, dejan la concreta sensación de que son determinados por arte del diablo.
  7. Ciertas actitudes, movimientos, voces, expresiones desordenadas etc., que el mal espíritu, revestido de forma humana, se permite, y permiten sospechar que es él el que se presenta. A posteriori se sabe siempre, que en efecto, ha sido él.

Mas, todo este linaje de diablos (hoc genus demoniorum) no se arroja sino con la oración y el ayuno. —Mat. 17, 20—.     

Los trabajos de Lucifer no terminan aquí. Cuando no puede directamente, obra indirectamente, valiéndose de personas desafectas a otras o a ideas, contra las cuales tiene enemiga. Es, entonces, cuando les atiza las pasiones dominantes para que se levanten ciegas, y furiosas contra esas personas que, siempre, para ellos fueron buenas o indiferentes y que, de otro lado, están tranquilas en su hogar.

Particularmente, cuando alguna de estas personas tiene confiado un ministerio de salvación de otros, notan extrañadas tales sublevaciones, que no responden, no pueden responder, en principio, a causas humanas y sí a artes diabólicas para perder también a las molestadas, y en último resultado, para enredar, confundir y sembrar discordias.

Esto se evita, asimismo, con la oración y la fuga del mundo.

Se pregunta:

¿Cómo es que Dios permite que a sus siervos aparezca el demonio, en forma semejante a las apariciones divinas; siendo así que de ello se puede seguir el engaño y la seducción de los que ven, y el desprestigio de las santas apariciones? ¿No parece que sería mejor que el cielo no consintiera esto?

Vamos a responder con el caso del, paraíso terrenal, y a su vez, formularemos el siguiente interrogante:

¿Cómo es que Dios permitió que Eva, acabada de obtener de la costilla de Adán, apareciese Satán, en forma de serpiente, y en su argumentación se valiese del mismo precepto que Dios había impuesto a Eva; siendo así que de ello se siguió el engaño y la seducción de ésta y pudo seguirse el desprestigio del Creador?

¿No parece que esto no debiera de haber sido así?

Pues, sin embargo, lo fue.

Y eso que el caso del paraíso fue mucho más trascendental y comprometido: fue único en la historia.

Luego, ninguna extrañeza puede ofrecer el caso propuesto. Porque:

  1. Dios, de quien para movernos y respirar necesitamos, por nada impide el libre albedrio del hombre, a quien le fue dado precisamente para que éste fuese responsable de sus actos.
  2. Una vez el hombre caído en la culpa primera, y en castigo de su rebeldía, permite el Creador las rebeldías todas presumibles, es a saber: la de la razón humana contra la razón eterna, la de las pasiones contra la razón, la de la carne contra el espíritu, la de los elementos, y entre ellos el demonio, contra el compuesto humano. Es el castigo más análogo a la culpa contraída.

Según esto, es natural y lógico que el demonio, que es enemigo de todo el orden creado, porque, asimismo, lo es del Creador de tal orden, arremeta contra él, para en último caso, destruirlo, si pudiera, valiéndose de toda la siniestra astucia natural en los ángeles caídos.

3º    Pero, Dios que, al propio tiempo que justo, es misericordiosísimo, pone altas vallas a la acción demoníaca, porque, de otro modo ésta acabaría con el orden creado. Tanto es el poder natural de Satán, si le fuera libre emplearlo.
4º  Quien, por lo mismo que es criatura, tiene límites. De ahí que su acción, a poco que el experto la estudie, conoce, a la postre, sus procedimientos, los cuales vienen a reducirse a la falacia; y por ésta, a la seducción; y para la consecución de ambas, la imitación.

Éste es el formidable ariete secular levantado por el diablo para la obtención de sus perversos propósitos. Y fijémonos de paso, que tales procedimientos emplean quienes, llamándose o reconociéndose hijos o imitadores del espíritu del mal, sean quienes fueran y pertenezcan al Catolicismo o a las sectas siniestras que fuesen, trabajan para perder a los demás.

Aún debemos fijar nuestra atención en otro procedimiento satánico, no reparado por muchos, que es, a la vez, en el diablo, el blanco de todas sus operaciones. Bien sabido es que la causa de su caída fue su rebeldía en no querer adorar el misterio de la Encarnación, más precisamente por intervenir en él una Mujer-Virgen. De ahí que Dios, en el mismo Edén, diese a Luzbel aquella terrible sentencia de que “una Mujer quebrantaría su cabeza, y de que él (el demonio) pondría asechanzas a su calcañar” —¿Cuál es este calcañar? —Pues es la descendencia espiritual, adoptiva de María; sus hijos y devotos de todos los tiempos. El demonio, por tanto, pone asechanzas, insidias a los hijos y devotos de María, ya que nada puede contra Ella, puesto que Ésta le tiene debajo de sus pies. Y cuanto más devoto, y más defensor de María, tantas más insidias le ha de armar el enemigo. ¿Qué tiene, pues, de extraño que éste aceche continuamente a todo lo de Ezquioga, precisamente por ser un hogar que la Santísima Virgen se ha creado y quiere en él a sus mejores hijos?

Dejemos, empero, este inciso que, de otro lado, está en su punto, y reanudemos el extremo caído: Es muy natural y lógico que Luzbel trate de imitar todo cuanto vea en Dios, la Virgen, los ángeles y santos, con respecto a la manifestación de éstos a los hombres (lo que en las divinas Escrituras se dice que el demonio se transforma en ángel de luz), pero para obtener siempre contrarios fines: si el cielo pretende el bien, el infierno el mal; si aquél la virtud, éste el vicio; si el primero la salvación eterna, el segundo, la condenación perpetua. En esto no hay tintas medias, ni caminos oblicuos, sino diametralmente opuestos.

El demonio, empero, trata de imitar los procedimientos divinos antes, en y luego de realizarse estos. Y así sucede que adopte imágenes, posturas, actitudes y frases, al parecer aceptables, para mejor perder a los que intenta seducir. Y nunca obtendrá tantos resultados, que en el acto de las visiones y revelaciones divinas, mezclándose él como lo hace, entre la visión divina y el vidente, a fin de hacer ver a éste que él es Dios, la Virgen, el ángel o el bienaventurado, para mejor seducirle y corromperle.

Ejemplos

Se cuenta en las crónicas franciscanas que un penitente novicio ansiaba padecer el martirio. Cierto día se le aparece en su celda una visión, como si fuera Nuestro Señor, y le dijo: Conozco tus deseos y en nada me agradaría más que si tú mismo, fabricándote una cruz, te clavas en ella y mueres, como yo.

El irreflexivo novicio, sin consultar, como debía, el caso a su maestro, se hizo una cruz, tomó unos clavos y el martillo, y tendiéndose sobre aquella, como pudo, puso un clavo en una mano, y asiendo el martillo en la otra, descargó tal golpe que se agujereó la mano, comenzando ésta a sangrar. Oyó enseguida, el novicio, horrible carcajada. Era el demonio que reía de satisfacción. Reconociéndose aquel engaño, echó a llorar desesperadamente, y a los estentóreos gritos, acudieron los frailes, quienes contemplando el triste cuadro se preguntaban: Pero ¿cómo es esto? Contó el triste novicio el caso, dejando estupefactos a todos, y dando ejemplo de que no hay que creer a todo, y menos al propio espíritu.

A varios videntes de Ezquioga ha ocurrido engañarles el demonio, tomando apariencia de la Santísima Virgen. No hace mucho el vidente G. estaba rezando el Santo Rosario como otras veces, en la campa. De repente, entra en éxtasis y se le presenta la Virgen (así le parece) diciéndole: Anuncia al público que el 1º de Agosto habrá milagro. El vidente se fija y nota que la visión no lleva luz, ni Niño Jesús, ni ángeles, que otras veces suele llevar; y todo corrido, dice a la aparición: —Tú no eres la Virgen. —Sí, soy la Virgen, respondió. —No, le replica, porque no llevas a Jesús. —Es que me lo he dejado en el cielo. —Documentación Serie B. Apariciones del diablo. Manera de saber distinguirlo—. —No te creo. —Pues anuncia el milagro porque de otro modo te voy a hacer daño. Comprendió el vidente a todas luces, que se las había con el diablo; y en el entretanto, aparece la Virgen, Madre de Dios, haciéndole ademán de que no habría en tal día ni ése ni otro milagro parecido. Y que no tuviera miedo. El tiempo comprobó que si hubiera anunciado el milagro, se hubiera desacreditado, como otros se desacreditaron, porque éste no se obró, siendo la causa el diablo que por imitación, se apareció al vidente. —Declaración hecha por el propio vidente—.

Permite en consecuencia, el cielo todas estas intervenciones luciferianas, para a) humillación, b) escarmiento, c) aviso, d) estudio, e) purificación de nosotros, y f) muy en particular, para que resalte siempre la grandeza divina sobre todas las astutas arterías del enemigo.

No pretendamos juzgar y medir las cosas de Dios por las propias

En efecto; se pretende juzgar y medir las obras de Dios por las propias, por el propio raciocinio; y en ello hay una equivocación tan enorme, como enorme es la diferencia de la luz a las tinieblas. La razón es esta: Que, no obstante, habernos creado el Señor a su imagen y semejanza, —Gén 1, 26— sin embargo, “nuestros pensamientos y nuestros caminos no son los pensamientos y los caminos del Señor, ya que lo que está elevado el cielo de la tierra, lo están los pensamientos y caminos del Señor de los nuestros. La palabra divina, que es al propio tiempo la obra ídem, causa lo que expresa; jamás vuelve vacía e improductiva: no así la nuestra, que las más veces resulta estéril, y cuando productiva, con hartas quiebras e imperfecciones”.   —Isa. 50 y 57—.

De aquí las muchas extrañezas en nosotros del modo de obrar Dios, y consiguientemente, la extrañeza que este párrafo encabeza. Pero, somos nosotros los que hemos de reverenciar humildemente las obras de Dios, por más que muchas veces no nos las expliquemos.

Así, el Señor permite la tentación:

1º Para recordarnos nuestra pequeñez y la necesidad que tenemos de su ayuda en todo tiempo, sobre todo en los asaltos del enemigo. Muchos santos han tenido y visto al diablo cerca y sobre sí, molestándolos siempre y a veces dañándolos, en la medida de la permisión divina, que de ello quiere obtener un gran horror a Satanás y al pecado y un gran acercamiento al Señor.
2º Para probar nuestra fidelidad a Él. Recuérdese que “porque Tobías era acepto a Dios fue necesario que la tentación le probase” —Tob 12, 13—.  Nuestro Señor prueba al alma en el crisol de la tentación antes de concederla gracias extraordinarias.
3º Para humillarnos profundamente, castigarnos paternalmente y purificarnos santamente. “El que no es tentado, dice el Espíritu Santo, ¿qué es lo que sabe?” —Ecles 34, 9— Nuestro Señor, a) nos humilla profundamente “ante nosotros mismos” permitiendo que caigamos alguna vez en faltas que nos sonrojen y nos pesen, y que, de vez en cuando, nos azote el ángel de satán —2ª Cor. 12, 7—; y asimismo, nos humilla “ante los demás”, permitiendo que éstos no nos comprendan, nos desprecien y persigan. b) Nos castiga paternalmente, dándonos enfermedades y preparándonos disgustos y contrariedades para que desarraiguemos el suelo y arraiguemos en el cielo. —Apoc. 3, 19— Y, c) Nos purifica santamente, acudiendo con su gracia a nuestros sinceros deseos, alegrando nuestra tristeza y levantando el alma a Él  —Jacob. 1, 12—.

Toda la historia está llena de notables episodios en que el tentador, comenzando por Eva y siguiendo por Jesucristo y sus santos, desempeñó de mil maneras su siniestro oficio. El divino Maestro, en los rigores de su penitencia, es tentado triplemente por Satán con tentación de gula, de vanagloria y de idolatría; pero el enemigo es desbaratado completamente con actos interiores contrarios a la tentación y con palabras tomadas del sagrado Texto.

El tentador, si hace caer a los frágiles y poco avisados, se estrella contra los fuertes y advertidos. —Jacob. 1, 12—. Pero, para que se estrelle contra éstos se necesita conocimiento de causa y voluntad de rechazar al tentador; ya que por más que se tenga esta voluntad, si no se conocen a fondo las arterías del enemigo, siquiera sea sin culpa, será uno engañado y seducido.

De aquí el que sea necesario sujetar las apariciones al examen y consejo de un santo, sabio y experimentado director espiritual, que sea muy versado en las Sagradas Escrituras y la teología mística, a fin de que sepa discernir entre el grano y la paja, y aconsejar que, al propio tiempo que ésta sea arrojada al fuego, aquél sea almacenado.

Por esto se verá que son contados los que a esta labor puedan con fruto dedicarse. Todos los que tales condiciones de probidad no reúnan son a más de intrusos, perdedores.

En cuanto al desprestigio que por el engaño y la seducción pueda caber a las verdaderas apariciones, no hay caso, porque la aparición diabólica en nada afecta a la divina; además que, una vez conocida aquélla, queda ésta más reforzada y aquilatada.

El diablo no puede más que lo que Dios le permite

No se crea que porque el Señor da libertad al diablo para tentar y castigar a los hombres, es esta libertad ilimitada e incondicionada.

Cuando el siniestro espíritu, envidioso del santo Job, mostró deseos de tentar y herir a éste, el Señor se lo permitió, primero en la hacienda, y luego en el cuerpo de Job, a condición de que no le quitase la vida.

Cuando el Altísimo quiso castigar al impío rey Acab, preguntó: “¿Quién engañará a Acab, rey de Israel, para que vaya contra Ramot de Galaad? Se presentó el demonio y respondió: Yo le engañaré. —¿En cuánto? —añadió el Señor—. Pondré palabras de mentira en boca de sus profetas, agregó el diablo.  Bien, continuó el Señor. Le engañarás y prevalecerás. Anda y hazlo así”. —III Reg. 22, 22.—

De lo que se deduce que en todo y para todo hemos de andar con profunda humildad, a fin de no caer en la tentación. (Eso aparte la oración, la penitencia y la lección de las Sagradas Escrituras, de que también nos hemos de valer para vencer la tentación). Recuérdese el caso de los apóstoles cuando, de vuelta de sus correrías misioneras, dijeron llenos de gozo al Maestro: “Señor, hasta los demonios mismos se sujetan a nosotros por la virtud de tu nombre. A lo que respondió el Señor: “Yo estaba viendo a Satanás caer del cielo a manera de relámpago” —Luc. 10, 17 y 18— Como si dijera: A ver si la grandeza de los dones que os he dado os exaltan tanto que, por soberbia y vanagloria, caéis, como Satanás, a lo profundo. Gozaos más, añade el Señor, de que vuestros nombres están escritos en los cielos —Luc. 10, 20— a causa de hacer la voluntad de mi Padre celestial, por lo cual se entrará en dicho reino” —Mat. 7, 21—.

Sentado este necesario preámbulo, veamos:

¿Acaso los fenómenos extáticos podrían confundirse
con la teúrgia 
o la magia?

La teúrgia era, en sus principios, una especie de mal llamada magia, mediante la cual algunos de sus adeptos, con invocaciones y sacrificios puros, se comunicaban con la Divinidad y obraban prodigios. Fue cultivada por los caldeos y egipcios, que la derivaron de Hermes Trimegisto. Posteriormente la corrompieron con supersticiones politeístas, transmitiéndola a los griegos y neoplatónicos del III y IV siglo. Entre estos su desviación y corrupción llegó al colmo.

La magia, en general, es el arte que enseña a hacer cosas extraordinarias y admirables. Pero estas cosas pueden obtenerse dentro y fuera el reino de la naturaleza.

  1. “Dentro” el reino de la naturaleza obra la magia, llamada “blanca o natural”, por cuanto sus actores, los sabios o magos históricos, conocedores de la astronomía, la física, la química, la medicina, la farmacia, el derecho y la teología, obraban de acuerdo con estas ciencias, encaminadas siempre a buen fin; acuerdo que, siendo un secreto para el común de las gentes, se revelaba como cosa extraordinaria y maravillosa. Hasta aquí nada había de reprensible.
  2. “Fuera” del reino de la naturaleza obra la magia llamada “negra o no natural”, por cuanto sus actores, los magos abominables se valían de sus conocimientos supersticiosos para obtener efectos encaminados al mal. Este linaje de magia se dividía en dos géneros: a) El género, que hemos definido, el cual se valía de la ignorancia, del compadrazgo, del brebaje o de la superstición para maravillar a las gentes en orden al mal; y b) El género preternatural, que cultiva la acción de los genios, espíritus o demonios, en la naturaleza, asimismo en orden al mal.

Los paganos creían que estos genios, espíritus o diablos —a los que ellos llamaban “dioses”— presidían las fuerzas de la naturaleza, y por esto cultivaban la acción de los mismos mediante invocaciones y prácticas supersticiosas. Era el mismo politeísmo derivado a la idolatría. Por medio de este sistema, los magos “negros” obtenían efectos maravillosos, que no hay que confundir con los auténticos milagros. Tenemos de esto ejemplo en los magos del faraón, que imitaron, hasta cierto punto, los milagros de Moisés. Pero aún hay quien no quiere reconocer estos fenómenos como efectos preternaturales, sino naturales, tan secretos que escapan al conocimiento de los no iniciados.

Derivación de este género de magia han sido ciertas secretas prácticas de la secta de iluminados, espiritistas y masones en alguno de sus altos grados. La Iglesia tiene condenada la magia preternatural en todos sus géneros.

Ahora bien; pensará alguno si los fenómenos de Ezquioga, ¿podrían ser producidos por alguna de las tres clases de magias descritas? Porque, en el afán de querer desobrenaturalizarlo todo, se ha llegado por algunos a decir si lo de Ezquioga es producto de la magia o la teúrgia. Así: “a decir”, no “a probar”, que no probarán nunca. Pero, mientras tanto, se esparce la mentira, y algo queda.

Veamos: Los fenómenos de Ezquioga no tienen absolutamente contacto alguno con la magia ni menos aún con la teúrgia por las razones siguientes:

1ª Ninguno de los videntes ni de sus acompañantes conoce ni teórica ni prácticamente el arte de la magia ni de la teúrgia. Mal podrán, en consecuencia, pretextar visiones y revelaciones cuya causa son artes que absolutamente desconocen. Precisamente, para que no se les pueda achacar de magia ni teúrgia son gentes sencillas e incultas.
2ª Todos los verdaderos videntes obran en orden al bien y ninguno en orden al mal, prefiriendo antes la persecución y la muerte a que, por su medio, se obre el mal. Aun, en su modo de obrar bien no emplean medios potestativos o caprichosos propios, sino los medios que el Catecismo de la Doctrina Cristiana enseña.
3ª Nada ofrecen de paganos para tener otros el pretexto de acusarles de magia ni teúrgia; sino que son hijos sumisos y fervorosos de la Iglesia Católica. Por tanto; no cultivan los genios, espíritus o diablos, como se les ha achacado.  Lo que sucede es que, como éstos, permitiéndolo Dios, se mezclan alguna vez en los fenómenos de Ezquioga, para humillación, lección y escarmiento de los videntes o de los que les ven, y para mayor brillo de la gloria divina; de ahí que el no estudia más, ni ve más ni sabe ser útil a los otros, enseñándoles la verdadera doctrina.
4ª Los acompañantes de los videntes para nada se mezclan en las operaciones de éstos, las cuales surgen espontáneas, libres, por superior impulso, ajeno totalmente a la idea y a la voluntad de los que las experimentan.

De ahí el que, descontado como queda dicho, todo linaje de magia y teúrgia, como causa de los fenómenos extraordinarios y admirables (básicos se entiende) de Ezquioga no queda remedio que acudir a buscarlos en otro orden; es a saber:

“Sobre el reino de la naturaleza. Y aquí entramos ya en la obra exclusiva de Dios, en la que el Hijo y la Madre y sus ángeles forman lista: obra “exclusivamente” maravillosa que, como queda advertido, labora espontánea y directamente, sin que la iniciativa, el mérito y la energía de los videntes determinen cosa alguna en la gracia divina, que se derrama cómo y en la medida que quiere.

Es este orden, que se habrá ya adivinado, el sobrenatural, en el que tales maravillosos fenómenos se desarrollan, los cuales, al ser bien examinados, revelan que en ellos la causa es divina, y la criatura el instrumento escogido. Lo iremos viendo.

¿Superstición? ¿Comedia?

Se ha acusado de superstición al acto que un sacerdote bendiga velas, según el rito de la Iglesia Católica, con motivo de los futuros tres días de tinieblas, anunciados por la Santísima Virgen, como también se ha acusado de comedia a la oración y los éxtasis de los videntes. Respondamos:

1º Superstición es un culto vicioso por exceso o diferente del empleado por Jesucristo N. S., y de las ceremonias autorizadas por la Santa Iglesia. Ahora bien; el acto de que un sacerdote bendiga velas, según dicho rito, para que sean encendidas con fin piadoso, está perfectamente dentro de la órbita de los fines prescritos por esta Santa Madre Iglesia. Que este fin sea el hecho revelado mencionado, tampoco es óbice para la referida bendición.

Que la Santísima Virgen haya revelado, entre otros extremos, los tres días de tinieblas, se patentiza por testimonios de videntes de Ezquioga de diverso lugar, edad y condición; ítem por el “Secreto de la Salette”, aprobado por los papas Pío IX y León XIII; y finalmente, por el testimonio de otros siervos de Dios a quienes también fue revelado y consta en sus actas.

Negarse a bendecir las velas, sin que conste si es para torcidos fines, como no es torcido el indicado y sí piadoso, el negarse a conceder gratuitamente una bendición que la Iglesia autoriza y concede gratuitamente, es dar motivo de desedificación al que lo solicita y lo sabe.

2º Acusar de comedia la oración y los éxtasis de los videntes, y de comediantes a éstos, sin pruebas suficientes, es una injuria y una calumnia gravísimas, y cuando esta acusación se produce en público, como se ha producido, es además, escandalosa.

Dejamos dicho, “sin pruebas suficientes”, porque los que tal acusan carecen científicamente de ellas. Un parecer, una opinión, un sistema, una duda, una sospecha, un “dicen los demás”, un “eso no se cree”, no es bastante, no es serio, no sirve de nada.

¿Por qué en lugar de acusar lo que no se conoce ni se entiende, más que por las apariencias que engañan, no se estudia, no se comprueba, no se contrasta, no se emplean todos los medios humanos para llegar, con pruebas, a la afirmación o negación que se sienta?

¡Que es comedia…! Más respeto al cristiano sencillo, honrado y fervoroso, que da su honor y es capaz de dar su vida por la que llamáis comedia. Los que les acusáis de comediantes, ¿sois capaces de ofrecer vuestro honor y vuestra vida por la negra acusación que formuláis?

Menos picardía y más oración, solicitando la fe que os hace falta: que, siendo dóciles a la Gracia, no proferiréis disparates semejantes.

La Gran Compañía de Lucifer

En todas épocas el genio del mal ha conseguido reclutar del ateísmo, de la impiedad, de la apostasía, de la conveniencia propia y de todas las bajas pasiones humanas un ejército que le ha seguido.

En época de la redención humana sus tiros no fueron tanto contra el Hijo de Dios, a quien consideraba fuerte, cuanto contra la Madre Virgen a la que, reconociéndola pura criatura y viéndola sublimada sobre las demás criaturas puras, no podía, no quería acatar. Pesaba sobre su cabeza el aplastamiento dado por aquella Mujer. Desde entonces no ha parado de perseguirla, procurando destruir y, cuando menos, entorpecer, desvirtuar y disminuir su culto.

Lucifer está viendo ahora, cómo, teniendo de sus manos los hilos todos de su trama en el mundo, esa divina Mujer pretende, con su misericordia en Ezquioga, arrebatárselos. De aquí, como queda dicho, la intensidad de su actuación en estos puntos.

Consecuente con esta siniestra idea, está reclutando una compañía (que asociará a su ejército) compuesta de los siguientes factores:

Los falsos videntes, entendiéndose por tales: a) los que, creyendo que ven a la Santísima Virgen, sólo ven a Lucifer, disfrazado, y se dejan guiar por él; b) los visionarios que creen ver lo que imaginan, c) los exvidentes en faltas considerables caídos; d) los supuestos (los farsantes).
2º Los enemigos declarados de Ezquioga.
3º Los enemigos solapados de Ezquioga.
4º Los indiferentes a las Apariciones.
5º Los que, por motivo de las Apariciones, se les asocian, como se asociarían por cualquier otro motivo ruidoso.

Ésta es la Gran Compañía de Lucifer que, hoy, arteramente, pero mañana, abiertamente, se enfrentará con los verdaderos discípulos de María, apóstoles suyos, y con éstos librarán terrible batalla que, luego de vicisitudes muchas, triunfará, no cabe duda, la Virgen Madre, porque Ella seguirá aplastando la hidra infernal, (cunctas haereses sola interemisti in universo mundo).

¡Alerta estamos!

La “Contrapartida de Satanás”

Documentos inspirados por el diablo, simulado, en apariciones a videntes y exvidentes de Ezquioga que, ciegos, fueron creídos por seudos maestros y masas ignorantes, que acarrearon su desprestigio. En la comparación de esta “Contrapartida” con la Partida de nuestra Documentación A. B. C.”, se descubre la autenticidad de ésta y la falsedad de aquélla.

El demonio, para tentar, “inventa el mal”, así como “imita el bien”. Pero imita el bien, no lisa y limpiamente, sino burda y recovecamente: con segundas intenciones, siempre malas.

Sus apariciones y revelaciones son así. Podríamos formar una copiosa literatura diabólica sólo con aducir cuantas declaraciones, que parecieron buenas a los incautos, andan esparcidas por ahí y que, en parte, llevamos recogidas.

Sólo para muestra, analizaremos unas cuantas, y se verá cuál sea la “contrapartida de Satanás”. Esta contrapartida ha sido recogida por la “mona de Dios” que dijo, en contraposición a nuestra obra: “Éste es mi Libro”.

Su lectura, examen y comparación arroja la firme conclusión de la tesis expuesta. Y por ella se ve cuántos zapateros hay por esos mundos, que se meten a definir lo que no entienden.

Pero, se ve también cuán lógico es que el diablo inmediata y mediatamente nos persiga.

Por desgracia; esta contrapartida, basura de la Partida verdadera, es la que ha ido a parar a manos de ciertas autoridades. Era lógico que éstas, con tales bajos materiales, procediesen a lo que procedieron.

En la forma que el diablo tentó a Nuestro Señor Jesús, se nos da la pauta de las tentaciones generales a los videntes y, sobre todo, a los exvidentes.

Todos los recovecos del diablo se reducen a tentar por gula-pereza-lascivia: (Dí que estas piedras se conviertan en pan); por presunción-soberbia: (Échate de aquí abajo) y por avaricia-envidia: (Todo esto te daré si postrado me adorares).

Pero, cuando no puede o no le conviene atacar de frente y a fondo, como en el caso del divino Salvador, ataca de soslayo (por enredo de lo bueno con lo malo y chabacanerías).  Lo vamos a ver:

Nadie podrá negar, en lo de que a Ezquioga respecta, nuestro consejo de que no se dieran a conocimiento visiones y revelaciones que, antes, no fueren examinadas competentemente. Ítem, que nadie, temerariamente se pusiera a anotar los hechos y, sobre todo, que de anotarlos, se tomase al pié de la letra, sin alteración ninguna. ¡Que si quieres! Todo el mundo, se ha creído con autoridad suficiente para desempeñar una semejante secretaría, cuyo resultado, por la credulidad, ha aumentado la confusión, la división y el error. Es todo ello un tejido de falsedades.

A la vista tenemos varias hojas publicadas a máquina, que han tenido la osadía de llegar a nuestras manos, no obstante las advertencias expuestas reiteradas veces. V. gr.:

Desde primera hora dijimos y sostenemos que la joven que abajo, otro nombra con iniciales, carece de visiones y revelaciones auténticas. Qué nunca vio a la Santísima Virgen; y, en consecuencia, es completamente falso que haya recibido la Sagrada Comunión de manos de Nuestra Señora ni de Jesús ni de ningún ángel. Dimos las razones, particularmente del hecho de la seudo-comunión, a cuyo acto fuimos llamados, resistiéndonos y explicando nuestra resistencia. Tal hecho pertenece al género de embaucamiento diabólico. Pues bien. He aquí lo que reza una de esas hojas:

“Visión de la joven L. M. en Tolosa, el día 30 de Noviembre de 1933.
En el local donde el señor le da la Sagrada Comunión con forma visible, nos pusimos a rezar el santo Rosario. Hallándose presentes la criada de la casa juntamente con mi cuñada V.J., y la vidente conmigo, al llegar al quinto misterio gozoso, se puso en éxtasis, y al llegar a las letanías empezó a hablar. Tomé las siguientes notas: (La joven habla en vascuence y su traducción, por la misma firma, es como sigue):

“Sí, Madre, si tú estás contenta, también nosotros estamos contentos. Ahora estamos bien, Ya vienen días de alegrarnos. Sí, Madre, días de alegría intensa. ¿Dónde estaremos aquel día? Sí, M. para entonces, ya seremos más. Cuando sobre el monte Ezquioga pongas una cruz de estrellas. ¡Que alegría! Dirán que también antes se veían esas cosas. ¿Estaremos allí, Madre? Ya se nos viene el día, sí. No piensan mucho en que hemos de marchar por allí. ¡Ay, qué contento, Madre! ¿Cuánto tiempo, Madre? ¿Menos de dos meses?
… Para que pase todo ello no restan muchos días. ¡Qué día más hermoso, Madre! ¿Será sábado?…  Sí, Madre, el catorce…”

De fecha 8, del mismo mes, se ha cursado otra hoja parecida, de los propios respectivos autores en la que el escribiente declara que “la joven de referencia tomó la Sagrada Comunión en forma visible, de manos de Jesucristo, a las siete de la tarde, en casa del señor Ormazábal de Tolosa”.

Pero, vamos a cuentas: ¿Cómo le consta al que tal escribe y propala, y a los que le siguen, que la joven L. M. recibe Comunión católica? ¿Y de manos de Jesucristo? ¿Han visto ninguno de estos a Jesús, ministrando la comunión a la joven? Pues, ¿cómo se atreve a escribir esto? ¿Porque ella lo afirma? ¿Porque ven ellos que la joven, sin que anteriormente se le vea nada en la boca, la mantiene cerrada, la abre luego, y muestra una materia blanca parecida a una hostia? ¡Y el caso es  a las siete de la tarde, como puede serlo a otra hora!

¡Qué raro es todo esto! Pero, ¿por qué esa joven se niega siempre, hasta después de dar la palabra, a que el autor de estas líneas le haga las pruebas conducentes a la averiguación de la autenticidad del hecho y de su procedencia? ¿Por qué no se nota que la joven huye de esta piedra de toque (aseguramos que si se sujetara a la prueba, se vería palpable enseguida el caso de embaucamiento diabólico) cuándo, de otro lado, la Santísima Virgen tiene declarado a varios videntes que L. M. jamás la vio a Ella, y que el caso de la seudo comunión es falsa?

Más, haciendo el juicio crítico del trozo de la también falsa revelación se notan enseguida los conceptos hueros y chabacanos; la alegría de vivir; la promesa de un milagro determinado; la fecha del mismo, etc., etc.: señales todas del mal espíritu que tales visiones y revelaciones gobierna.

El caso que acabamos de  de exponer y comentar, es de un falso vidente; pero el siguiente —y con él terminamos la lista de semejantes descarríos, ¿para qué más?— pertenece a un vidente, y lo transcribe la misma pluma y por el mismo procedimiento que el anterior. Dice así:

“Un caso inaudito… 30 de Noviembre de 1933. L.I.C. me entrega para sus copias lo siguiente: Estando éste a la una de la madrugada, rezando el rosario de las llagas en su habitación; y sin quedar en éxtasis, se le presentó un hombre, no muy alto, descalzo, con barbas, vestido de una manta roja, con frío y señales de cansancio: parecía Jesucristo, que representaba unos sesenta años, el cual le dijo: “me veo obligado a predicar esta carta. Yo te dictaré y tú escribe”. L. se sentó junto a su mesa, que tiene en su dormitorio, y temblando, se pone a escribir al dictado, ¿qué sería? La epístola católica del apóstol San Judas, desde su principio hasta el versículo XI inclusive, terminando de esta manera: “Vosotros, empero, queridos míos, acordaos, acordaos de mí. Adiós”.  Y desapareció.

Claro está, como el vidente ignoraba lo que escribía, su secretario, al consultar el caso con un sacerdote, quedó éste asombrado al observar que las palabras dictadas eran de la mencionada Epístola, versículos citados.

Casi todos, que sepamos, han llegado a creer que la aparición era cosa del cielo. Mas, enviada, como tal, a nosotros, y examinada, nos indignamos de ver cómo se creen y propagan especies, al parecer buenas en su contenido, pero malas por su origen. Lo vamos a ver, para lección de todos y escarmiento de los que se introducen en el santuario de los misterios sin conocerlos.

Repárese: 1º en que Jesús ni se muestra nunca viejo ni menos con una manta roja, y  2º y sobre todo, que el contenido de la epístola de San Judas, si bien es a la letra, pero —abran bien los ojos— en el dictado de la Aparición lleva notas intercalares de la versión del Ilmo. Félix Torres Amat, obispo que fue de Palmira, circunstancia que, de haber sido la Aparición, Nuestro Señor, o bien San Judas, no iban a dictar la epístola de éste con dichas notas intercalares.  Estas notas destruyen la presunción de la bondad de la Aparición, y dan a entender que fue el diablo, con manta roja, el que se presentó al vidente L. para engañarle y reírse de todos los que le dan crédito, con el señuelo de las auténticas palabras de la epístola, adicionada de las notas intercalares.  Estas, ciertamente, denuncian al diablo

De lo que se colige cuán alerta se ha de vivir y cuánta ciencia y perspicacia se ha de poseer para no errar en tales casos, extraviando a los demás. No todos ni mucho menos entienden la teología mística. Los que no la hayan cursado que se dejen de intervenir en los casos que a dicha alta y secreta ciencia pertenecen. Aun los que la han cursado teóricamente, si no han asistido a sus prácticas, les ha de ocurrir lo que a los estudiantes de medicina, que sólo saben de libros y profesores, pero, habiendo descuidado los experimentos, un acaloramiento, v. gr.: de un individuo, les parecerá, por el pulso agitado y el calor de la carne, una temperatura alta. Jamás serán buenos médicos.

Los demás, los profanos, que se contentan con ver y oír y preguntar a los competentes, ateniéndose a sus dictámenes.

Con tales avisos, y cotejando toda esta “Contrapartida de Satanás” con la “Partida de nuestra Documentación A. B. C.”, se descubrirá la autenticidad de ésta y la falsedad de aquélla.

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Los Hechos Ezquioga publicados en este sitio:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/los-hechos-de-ezquioga/

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