Enferma de gravedad y la mandan por obediencia que pida la salud

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO XVIII

Mi amada Madre en Badajoz.- Vuelta a Madrid de Real Orden.- Es entregada de nuevo a su Comunidad del Convento de Jesús.- Por mediación de los Reyes se traslada la Comunidad al Convento de Leganitos (Palacio de Osuna).- Expone la Sierva de Dios a D. Anselmo García de la Plaza, Tesorero de la Cruzada, su sentir y doctrina sobre algunos asuntos de interés.- Enferma de gravedad y la mandan por obediencia que pida la salud.

Llegada mi amada Madre a Badajoz, fue recibida tanto por la Comunidad como por las Autoridades eclesiásticas, con las mayores demostraciones der afecto y de respeto. Las religiosas se consideraban muy felices en tenerla en su compañía y alababan su bondad, su recogimiento, su fervor y la grande resignación y paciencia con que sobrellevaba los trabajos que le hacían pasar sus perseguidores, sin pronunciar nunca una sola palabra de queja, viéndola siempre con la misma dulzura y santa paz, puesta toda su confianza en Dios y en la Santísima  Virgen.

En el mencionado Convento de Santa Ana, se veneraba con mucha devoción y entusiasmo una devota Imagen de la Santísima Virgen, bajo la advocación de nuestra Señora de las Virtudes y Buen Suceso, muy milagrosa, la cual no era sacada de su camarín, sin permiso del Venerable Cabildo de la Santa Iglesia Catedral. Tan luego como mi venerada Madre llegó al Convento, las religiosas encomendaron el asunto de su Reverencia a la Soberana Reina del Cielo y tuvo también la Comunidad la atención de llevar la santa devotísima Imagen a la celda de su Reverencia, para que le hiciera una novena, agradeciendo mucho la Sierva de Dios tan extraordinario obsequio. Bien pronto vieron el feliz éxito, pues todo se arregló como era de esperar de la protección de tan amorosa Madre; porque enterado Narváez de la falsedad con que le habían informado, y convencido hasta la evidencia de la inocencia de la bendita desterrada, expidió una Real Orden para que, sin dilación, volviera a su Convento de Madrid.

Cuando el Gobernador de Badajoz recibió la expresada Real Orden, se hallaba la Sierva de Dios predispuesta a un vómito de sangre; pues su salud se había resentido mucho en el largo y precipitado viaje de Madrid a Badajoz; mas a pesar de eso, ni un solo día quiso retardar su salida, ni las autoridades se atrevieron tampoco a retenerla; pues en dicha Real Orden se apremiaba la salida para Madrid. Efectivamente, salió mi Madre Patrocinio de Badajoz al día siguiente de recibida la orden, quedando muy agradecida al cariño y distinciones de las religiosas del Convento de Santa Ana, y muy devota de la milagrosa y sagrada Imagen de la Santísima Virgen, tan venerada en aquella santa Casa. Más tarde, cuando su Rev. pudo, mandó lo necesario para que la celebrasen una o dos funciones solemnes de acción de gracias a la Santísima Virgen, y también regaló dos vestidos a la Sagrada Imagen de las Virtudes y Buen Suceso, conservando siempre gratísimo recuerdo de aquella venerable y edificante Comunidad.

Llegó del destierro al Convento de Jesús el día 10 de Diciembre de 1849, a las seis o siete semanas de su salida. Puede suponerse el grandísimo gozo de Madre e hijas al verse y abrazarse de nuevo; mas la alegría fue bien pronto mezclada con el dolor; pues le acometió un fuerte vómito de sangre, que repetido en los primeros días del año 1850, puso su vida en grave peligro y a las religiosas en grandísima aflicción. Al fin, quiso el Señor aliviarla; y así pudo continuar su Reverencia en el desempeño de su cargo de Prelada de la Comunidad, entregada totalmente al cumplimiento de sus deberes, siendo el ejemplar, alegría y consuelo de sus amadas hijas, que felices y dichosas bajo la dirección y amparo de tan sin igual ejemplarísima Madre, sólo les preocupaba el temor de perderla de nuevo; pues no ignoraban lo que para todos era notorio; que sus enemigos la perseguían sin descanso. En el mes de Abril de 1851, Martes Santo por cierto, a las dos de la madrugada, se hundió el coro del mencionado Convento de Jesús, por haber caído sobre su techo el tejado del mismo, quedando sólo ruinas y escombros. Tuvo la Sierva de Dios revelación de lo que había de suceder y, previniendo a las religiosas, les ordenó que ninguna se acercase al coro después de las nueve de la noche, una vez rezados los maitines, los cuales se adelantaron aquel día, por orden suya también.

… “Lo dijo terminantemente”, afirma Madre Isabel, “hasta el punto, que fue un día a la cocina y, sin rodeos, dijo a la previsora que no fuera al coro, porque se iba a hundir, y tan ello estábamos, que cuando sucedió no nos sorprendió, porque lo esperábamos con toda seguridad”.

Con motivo del expresado hundimiento, el Emmo. Señor Cardenal y Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, autorizaron al Rdo. P. Vicario Fr. Faustino de Losa y Cruz, para que, dentro de la clausura, en la capilla de la Santísima Virgen del Olvido, celebrara la santa Misa y diese la sagrada Comunión a las religiosas. Enterados Dª Isabel II y D. Francisco de Asís de lo ocurrido, y sabiendo el mal estado en que el Convento se hallaba (no obstante haberse hecho en él las reparaciones más precisas al instalarse la Comunidad), temiendo todos un nuevo hundimiento, determinaron SS. MM. trasladar a la Comunidad al Palacio del Duque de Osuna, en la calle de Leganitos, cuyo edificio compró el Rey con el fin de transformarle en convento e Iglesia. Ésta fue la primera fundación Real en obsequio de Nuestra Purísima y Santísima Madre del Olvido, Triunfo y Misericordias; en cumplimiento de un voto hecho por S. M. el Rey D. Francisco ante la sagrada Imagen de la Santísima Virgen del Olvido. El encargo de dirigir las obras del convento y de disponer todo a nombre de S. M. el Rey, fue el Emmo. Sr. Marqués de Alcañices, el cual, con el fin de sacar cuanto antes a mi venerada Madre y sus Religiosas del peligro en que estaban en el Convento de Jesús, activó las obras cuanto pudo y se verificó la traslación de la Comunidad en el mes de Mayo del referido año de 1851, por Real Orden, comunicada al Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, y con todas las licencias necesarias. Acompañaron a mi venerada Madre y sus Religiosas varios dignísimos Prelados; entre ellos, el muy Rdo. P. Provincial de nuestra Orden Seráfica, Fr. Antonio Espinosa. El Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo ofreció a SS. MM. asistir, personalmente, a la traslación de la Comunidad, acompañando a las Religiosas a su nuevo Convento; no pudo sin embargo Su Eminencia cumplir su palabra, ni satisfacer sus deseos; pero ordenó que se hiciera con toda la solemnidad posible; lo que se hizo con gran contento de S. M. la Reina Dª Isabel II y de su Augusto Esposo, y gratitud de mi venerada Madre y de sus Religiosas.

En el expresado Convento de la calle de Leganitos, titulado de Nuestra Señora del Olvido y Príncipe san Miguel, continuó la Sierva de Dios su obra de todas partes; la de darle gloria, propagar el culto de la Santísima virgen y de los Santos y el ejercicio de la más heroica caridad con los prójimos. Por aquí podrá comprenderse cuán lejos estaba de ocuparse de las cosas del mundo la que sólo en Dios tenía puestas las potencias de su alma y los afectos de su corazón. En confirmación de esto y para que se vea más la pureza y santidad del espíritu de esta bendita virgen, copiaré a continuación alguna de sus respuestas al ya mencionado Tesorero de Cruzada D. Anselmo García de la Plaza, en asuntos que le consultara: dice la Sierva de Dios:

“Mi muy estimado Sr. D. Anselmo y mi cariñoso hermano en Jesús y María. Deseo a V. perfecta salud, paz y toda consolación en el Espíritu Santo”.

“Con mucho gusto recibo sus apreciables cartas, deseando que nuestro Dios bondadoso mire a V. con ojos de benigna compasión y misericordia, por la mediación poderosa de la Madre del Amor y Santa Esperanza, nuestro Consuelo, nuestra Madre, Reina Abogada y, mil millones de veces, Madre nuestra y Madre de dulce Misericordia”.

“No sé cómo tiene V. tantos apuros; recuerde V. a la Santísima Virgen, y todo pasa, pues nada sucederá que no sea para nuestro mayor bien, si no temporal y aparente, sólido y espiritual. Los encargos de V. no olvido ninguno, particularmente, los que pertenecen a las Religiosas. Los que me dio V. acerca de favorecer a un caballero amigo de V. le manifiesto con la franqueza que le trato, que yo a los Señores jamás les hablo de destinos; porque creo que ni debo, ni conviene que me introduzca en cosas que sean puramente humanas; y aún, habiéndome los Señores invitado muchas veces, siempre les he dicho que nada”.

“Yo también he recibido el oficio de que V. me hace mención en su apreciable carta, abrazando todos los puntos que V. me indica. Es necesario que ya las Religiosas, a fuerza de golpes, aprendamos, no sólo a vivir y perfeccionarnos, sino también a confiar en Dios y en la Santísima Virgen. Muchos apuros hemos tenido, y la misericordia de Dios, por unos medios que no han estado a nuestro alcance, nos ha sacado de todos y espero en su infinita bondad nos sacará en adelante. Los Reyes, según todas las señales, son piadosos y no dejarán de hacer todo cuanto puedan; y así anímelas V., que Dios puede más que todo el infierno junto. Vea V. el año pasado, cuando mi destierro ¿quién imaginara entonces que todo aquello había de resultar en tanto bien, y que aquello, sabiendo los Reyes la ninguna parte que yo tenía en los trastornos del Gobierno, les había de servir de desengaño tal, que ellos mismos me dicen, no hubieran creído lo que sucedió?  Dios permitió aquellos sucesos, porque así convenía: digo esto porque nuestro entendimiento es muy limitado y no miramos los males de aparentes penas, más que con una ojeada triste, y Dios quiere en ellos nuestro mayor bien”.

En Octubre de 1851 le dice la Sierva de Dios:

“Mucho siento las aflicciones en que V. se halla sumergido. Espero que Dios misericordioso, por la protección de María Santísima, sacará a V. con bien y felicidad de todo, según se lo pido en mis pobres oraciones. Es necesario que se revista V. de fe y que se anime; pues siendo su intención de V. en cuanto ha hecho, tan buena, Dios ha de protegerle. Quédese V. con Dios, mi carísimo hermano. El Señor le bendiga, le ampare, le defienda y proteja, como lo pide y desea siempre su afectísima hermana, que le desea toda la felicidad en Dios, por Dios y para Dios”.

En esta ocasión fue cuando, afligida la Comunidad por la gravedad de su amada Madre y Prelada, viendo tan en peligro su vida, acudió al Rvdo. P. Vicario, suplicando mandase a la enferma que pidiera a Dios su alivio. El virtuoso Rdo. Padre, puesta toda su confianza en Dios, así lo hizo, mandando por Santa Obediencia a mi Reverenda Madre que no muriese y que así se lo pidiese al Señor. La obediente súbdita obedeció a su confesor, como ya en otra ocasión obedeció a su Prelada la Rda. María Benita del Pilar.

En ambas ocasiones pudo más en la Sierva de Dios la obediencia a los superiores y la caridad para con los prójimos, que las ansias de eterna felicidad que sentía en su enamorada purísima alma. De hecho los vómitos de sangre cesaron enseguida, y desapareciendo la gravedad, quedó muy aliviada y en disposición de continuar sus ordinarias tareas y ocupaciones de Prelada.  


CAPÍTULO XIX

Nuevas persecuciones y horribles calumnias contra mi Madre Patrocinio.- Es desterrada a Francia, pretextando que la llamaba el Papa Pío IX.- Manifestaciones de veneración y respeto en su viaje de parte de los pueblos y ciudades de tránsito.- Se detiene la Sierva de Dios en Bayona y en Tolosa por hallarse enferma.- En Carcasona vuelve a enfermar de gravedad.- Nuevas marchas y nueva detención en Montpellier.- Muerte edificante de la ejemplar Religiosa Sor María Vicenta de la Presentación.

En tanto que mi venerada Madre y sus virtuosas hijas vivían entregadas enteramente a Dios en el sagrado retiro de su amado Claustro, los calumniadores de la Sierva de Dios, que no veían satisfechos sus deseos de venganza y que acechaban sin descanso la más pequeña ocasión que los acontecimientos políticos les brindasen contra su víctima hasta acabar con su vida, si les fuere posible, como varias veces lo intentaron, irritados más y más por el afecto que advertían hacia ella en la Reina, efecto sin duda del convencimiento que había en su real ánimo de la inocencia, virtud y santidad de la atribulada Monja, llegaron al colmo de la iniquidad, inventando la más negra y vil calumnia, con motivo del horroroso atentado de Merino contra la vida de la misma Augusta Reina y Señora Dª Isabel II; en el que la hacían cómplice, para cometer una nueva tropelía con mi inocente angelical Madre. Mientras en altas regiones se trataba de semejante horror y los agentes encargados de extender la vil calumnia, de una a otra parte, lo hacían a satisfacción de quien les había prometido una gran recompensa, la Sierva de Dios, que ni sabía que tal cura Merino existiera en el mundo, se hallaba gravemente enferma acometida de un fuerte vómito de sangre, de los muchos que tenía, desde los indecibles malísimos tratamientos que en el primer destierro le hicieron sufrir, como queda dicho en su lugar correspondiente. A pesar de todo y no obstante lo difícil de la empresa, sus enemigos se proponían desterrar para siempre de España a mi Madre amada y disolver a su Comunidad, y habían de conseguirlo del modo que fuese. Echaron, pues, mano de la calumnia y la culparon de complicidad en el regicidio frustrado, para así decretar el destierro que se pretendía de la inocente Abadesa y de su Comunidad. La calumnia fue siempre el arma de la que se valieron, y la calumnia volvieron a manejar con la diabólica habilidad con que sabían hacerlo, inventado intrigas y conspiraciones. Se lanzó la vil calumnia; se aprobó; se aplaudió; y se hizo descargar el terrible golpe sobre la víctima inocente. Para mejor lograr sus pérfidos intentos, apelaron en esta ocasión a la Reina Madre Dª María Cristina, para que tomara parte en la empresa; hablaron también al Gobierno, adquiriendo algunos de los que lo componían el compromiso de llevar a cabo lo que se dispusiera, y con tal hábil astucia y sagaz malicia presentaron el proyecto de destierro a SS. MM. Dª Isabel II y D. Francisco de Asís, asegurando que había fundados motivos para temer males de la mayor transcendencia, no sólo para la misma monja, sino también para la Iglesia y el bien público, e hicieron firmar a DDª Isabel II la orden de expatriación y destierro de mi Madre Patrocinio y su salida para Roma. En el mismo sentido que SS. MM., habló el Gobierno al Sr. Nuncio y, aunque este Emmo. Señor estaba, firmemente persuadido de la injusticia con que se procedía en el asunto, y sabía muy bien que el viaje a Roma era un pretexto, no se atrevió a negar lo que con tanta insistencia le pedían y dio su licencia para la salida de clausura y expatriación.

Grande fue el sentimiento del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, D. Juan José Bonel y Orbe, al saber que el Emmo. Sr. Nuncio había dado su licencia para la salida de mi Madre amada, seguro como estaba de que si su Excelencia no hubiera accedido a la injusta petición y exigencias del Gobierno, S. M. la Reina se hubiera negado también a firmar la Real Orden que le presentaron; pues la misma Augusta Señora repitió después, varias veces, que ella no debió jamás permitir que se le hiciese salir de Madrid, bajo pretexto de que fuera a Roma. Ciertamente con la firmeza de tan Augusta Soberana y la del representante de Su Santidad, unidas a la del Emmo. Prelado Primado de las Españas, el destierro no se hubiera llevado a cabo, la inocente víctima no hubiera sufrido pesares sin cuento, ni su pobre Comunidad la amargura de verse separada una vez más de su amada Madre y Prelada; empero, Dios así lo permitió, para que los mismos medios de que se valían los perseguidores para abatirla y confundirla sirvieran para ensalzarla más y más, haciéndose pública por todas partes su virtud, su inocencia y santidad.

Obtenida la Real orden a satisfacción de los que la habían solicitado, pero temerosos éstos de ver defraudados aún sus intentos, apresuraron el destierro u expatriación de mi Madre venerada, no sin que antes pasaran comunicación a su hermano D. Juan Antonio de Quiroga, manifestándole lo dispuesto. El día 1 de Marzo habló con este señor sobre el asunto el presidente del Consejo de Ministros D. Juan Bravo Murillo, y al siguiente día, dos de marzo, el Subsecretario del Ministerio de Estado le escribía lo siguiente:

“Sr. D. Juan Antonio de Quiroga.- Amigo mío: Siento infinito verme en la necesidad de decir a V. que el horizonte se nubla y que es indispensable de todo punto que el Viernes esté en marcha la comitiva. Sirva a V. de gobierno, y si quiere más explicaciones que en realidad a poco conducen, se las podrá dar esta noche a las once en esta Secretaría su afectísimo amigo s. s. q. b. s. m.- Antonio Riquelme”.

El día tres de Marzo, vuelve a manifestarse el afán que tenían por la salida de mi Madre venerada los que decretaron su destierro, y dice lo siguiente:

“Sr. D Juan Antonio de Quiroga.- Muy señor mío.- Mi jefe ha estado aquí ya y enterado de nuestra entrevista de esta mañana y de que le he entregado los ocho mil reales, los pasaportes y las órdenes para la guardia Civil, ha quedado sumamente satisfecho. Es tanta la impaciencia que hay en este negocio, que se me encarga ruegue a V. me avise mañana en el momento de ponerse en marcha, por medio de un billetito; pues temen, si esto no se verifica, verse en algún compromiso que desean evitar. Supongo que hay algún compromiso formal que tendrían que cumplir a todo trance.- De V. siempre afectísimo amigo q. b. s. m.- Antonio Riquelme.

D. Juan Antonio y su Sra. Dª Filomena, no quisieron que su santa hermana fuese sola al destierro y le acompañaron en su viaje y mientras vivió desterrada en Francia.

Mientras trataban los políticos de acelerar el destierro de su paciente víctima, ésta, traspasada de dolor por el horrendo atentado cometido contra la Reina, por ser un Sacerdote el agresor, y por verse acusada de complicidad en crimen tan atroz, sufría un verdadero martirio; mas, en su dulce semblante y en la paz de su alma nadie hubiera conocido cuán destrozado estaba su corazón; aunque pudo bien comprenderse, por los efectos; pues el 25 de Febrero tuvo un fuerte vómito de sangre, al que siguieron otros dos, llenando cinco grandes jofainas. A pesar de esto, como el intento de ciertas personas era acabar con su vida, si posible les hubiera sido, sin dejar de reponerse de su gravedad, apenas pudo ponerse en pie, casi exánime, le obligaron a salir de su amado claustro, arrancándola de los brazos de sus queridas hijas, que quedaron sumergidas en la mayor amargura y desconsuelo.

Así enferma, sin más consuelo que la tranquilidad de su conciencia y la paz de su alma, unidas a su gran fe y confianza en Dios, salió esta santa mártir de su sagrado retiro, de su amado convento el día 4 de Marzo de 1852 a las cuatro de la tarde, para conducirla a Francia y de allí a Roma, bajo el pretexto, según se ha indicado ya, de que la llamaba S.S. Pío IX.

Salió acompañada de una religiosa y en la Casa Vicaría del Convento se les unieron D. Juan Antonio de Quiroga, su esposa Dª Filomena y una hermana de ésta que quiso también acompañarles al destierro. Por orden del Eminentísimo Sr. Cardenal de Toledo, las dos religiosas llevaban cubierto el hábito, para no llamar la atención por los caminos.

Salieron de Madrid al anochecer los expresados y el Rdo. P. Vicario Fray Faustino de Losa y Cruz, siguiéndoles por todo el camino los agentes de la policía, los cuales a pesar de ver a mi venerada Madre tan enferma, la obligaban a caminar, sin permitirle más descanso que el que absolutamente no podían negarle, sin exponerla a una muere cierta y próxima. Así caminaban, con los agentes de policía siempre al lado; y a pesar de esto y de la horrenda calumnia levantada contra mi angelical Madre, nada fue bastante para impedir que de los pueblos por donde pasaban, sin saber cómo y sin poderlo evitar, salieron las gentes al encuentro y la aclamaban por Santa.

En Burgos, recibió una ovación completa; pues habiéndose parado para tomar un poco de agua, sin que nadie lo procurara, y más, sin que al parecer, nadie supusiera que pasaba tal señora, sin saber cómo, rodearon las gentes el coche, llamándola santa a boca llena y cortando pedazos de su vestido negro para llevárselos como reliquia; siendo muy de notar, que aunque las dos señoras que acompañaban a la Sierva de Dios eran casi de su misma estatura y por precaución iban igualmente vestidas y aún, para mayor disimulo, llevaban las manos cubiertas con mitones negros como la dichosa estigmatizada, a pesar de todo, sin la menor vacilación, se dirigían todos a ella, para saciar su devoción y entusiasmo santos. El sitio a donde pasaron a mi Madre amada para darle el refrigerio de un poco de agua, está en el mismo barrio, en la misma calle y creo que en la misma casa donde, siglos antes, pidió también un poco de agua la Sta. Madre Teresa de Jesús, llamando mucho la atención de algunos esta feliz coincidencia.

Cuando llegó a las provincias Vascongadas, salieron varios señores muy principales a su encuentro y le ofrecieron un convento para su Reverencia y sus Religiosas, diciéndola que no prosiguiese su camino, que ellos saldrían a todo. Mi Madre venerada, enternecida, les manifestó su gratitud y al propio tiempo, la imposibilidad de admitir tan noble como caritativa oferta.

Prosiguió su viaje; y en Francia recibió, por doquier, las mayores demostraciones de veneración y respeto, reprobando los franceses la nefasta conducta del Gobierno Español con una señora indefensa, con una religiosa que a primera vista, revelaba la paz y la tranquilidad de su alma, la nobleza y virtud que albergaba en su corazón; obligándola tan cruelmente a caminar de un punto a otro, a pesar de sus gravísimos padecimientos, en un suelo extraño, expuesta a concluir su vida, como efectivamente estuvo a punto de suceder, como todos sus acompañantes pudieron afirmar después.

Llegaron a Bayona en muy mal estado de salud de mi Madre venerada y, como el pasaporte dado por el Ministerio del Estado Español estaba expedido sólo para la dicha ciudad de Bayona, tuvieron que permanecer allí algún tiempo, en el cual descansó la enferma. Tuvieron que habilitar allí el pasaporte, y sólo a fuerza de reclamaciones del Gobierno Español hubo de refrendarlo el cónsul de Cerdeña, que se oponía a hacerlo.

El tiempo que mi amada Madre permaneció en Bayona, vivió como siempre en el mayor retiro, recibiendo sólo la visita del Secretario del Ilmo. Sr. Obispo y la del Cónsul Español, que pasaron a visitarla y a ofrecerse a su Reverencia para cuanto necesitase. El 21 de Abril escribía mi venerada Madre, a la Rda. M. María del Carmen y San José, Vicaria de la Comunidad y Maestra que había sido de su Reverencia de novicia y de joven, diciéndole lo siguiente:

“Mi muy amadísima M. Vicaria y mi queridísima Maestra: Deseo a V.M. salud, paz y toda consolación en el Espíritu Santo. Yo estoy un poco mejor, Sor Presentación ha estado dos días en cama, ya se ha levantado, y en fin, estamos tan particulares y sin fuerzas, que toda ponderación es poca. ¡Dios sea glorificado en todo! Ya contestó el Gobierno y arregló, que el embajador de Cerdeña visase los pasaportes; todavía no lo ha hecho, ni tampoco el de Toscana: pero, según dicen, lo visarán, y en este caso, saldremos para Burdeos. Ya avisaré, si así sucede; pues parece que Dios está en contradicción de lo que disponen los hombres; y cuando parece que ya  está todo arreglado, se suscitan nuevas dificultades y de una gravedad, que justamente nos impiden la salida. Mi tormento aquí es que no haya convento donde poder estar; porque son Beaterios, donde hay mayor comunicación con los seglares, por ser casas abiertas y de educación; así sucede en las hermanas de la Caridad; y, además, el trabajo de no entender ni una palabra. Todos los días estoy dentro, a Misa y comulgar, y nada podemos hacer más que mover la cabeza, de modo que es una pena; ayer estuvo a verme la Superiora, con otra monjita, y nada hablamos: es cosa muy triste”.

Lo que sigue de la carta se refiere a dar instrucciones sobre la conducta que las religiosas todas deben observar, si al fin del Gobierno las hace salir de su Convento de Leganitos y las reúne a otra Comunidad, como así sucedió, según más adelante diré.

Arreglado lo de los pasaportes, salió mi venerada Madre para Bayona, continuando su viaje por Francia en dirección a Roma; pero, al llegar a Tolosa, se resintió de tal modo su salud, que los médicos opinaron muy mal, haciendo presente al Rdo. P. Faustino de Losa y Cruz y a D. Juan Antonio de Quiroga, que no era posible continuar su marcha, sin gran peligro de perder la vida en el camino, cosa que ellos no podían consentir.

Deseosa mi Madre amada de retirarse del bullicio de la población, hizo que buscaran una campaña donde estuviera aislada y en la mayor soledad; lográndolo al fin, siendo visitada nada más que por los médicos, que asistían a su Recia. Y también a Sor Vicenta de la Presentación y a Dª María, que las tres cayeron enfermas de gravedad.

Desde Tolosa, escribe mi Madre amada a la Rda. M. Sor María Juana de la Santísima Trinidad, Maestra de novicias de la Comunidad y, entre otras cosas que a las novicias y a la Maestra pertenecen dice, refiriéndose a su salud, lo siguiente: “Yo, hija mía, estoy más aliviada estos días, sin que por eso deje el Señor, de visitarnos con enfermedades agudas. ¡Sea Dios bendito!, pues la hermana de Filomena creímos se moría hace tres días, a causa de una inflamación al hígado. Hoy está mejor, según dice el facultativo”.- La anterior carta tiene la fecha 13 de julio del referido año 1852.

En tan lamentable situación, tuvieron que disponerse a ejecutar el mandato de la autoridad, que comunicó a mi venerada Madre la orden de ser conducida por la policía hasta Niza, por reclamación del embajador español, que así lo disponía el Gobierno de España. D. Juan Antonio de Quiroga, al hablar de esto, dice en los apuntes que dejó escritos, que puede suponerse la pena y la angustia de todos los que a mi inocente Madre acompañaban, de aquella desolada familia en un país extraño, sin conocer a nadie, con tres señoras moribundas; sin el menor consuelo; pues al recibir mi amada Madre la orden de ser conducida por la policía francesa hasta Niza, para desde allí proseguir el viaje a Roma, no se ocuparon siquiera de averiguar el estado de salud en que las pobres desterradas se encontraban, sabiendo, como sabían, los sufrimientos de la inocente perseguida, aún antes de salir de España. Dispuso Dios al fin que las Autoridades francesas se mostraran deferentes con los desterrados, modificaron el modo de conducir a las enfermas, haciendo que marchase la inocente víctima acompañada de un individuo de policía que llevaba los pasaportes refrendados en Bayona.

Con mil penas y disgustos continuaron su viaje, parando el coche con bastante frecuencia, para dar lugar a que las enfermas respirasen y pudiesen continuar el camino en el triste estado en que se encontraban; pero al fin sucedió lo que no podía menos de suceder, que volvieron los vómitos de sangre: sólo por milagro volvieron a Carcasona, donde tuvieron que detenerse, hospedándose en un hotel. Llamaron al facultativo, el cual, al ver a mi Madre venerada y a Sor Presentación, quedó asombrado, diciendo que se encontraba con dos moribundas. En tal extrema gravedad, un desnaturalizado polizonte, después de haber dirigido a las enfermas palabras insultantes, las obligó a continuar su camino. Indignado D. Juan Antonio de Quiroga, ante semejante atropello, dio cuenta al Prefecto y al Embajador, pero mi Madre amada, con su acostumbrada bondad y caridad, interpuso su ruego, para que no impusieran al polizonte el castigo que su despiadada conducta merecía y que querían imponerle los expresados Prefecto y Embajador. Con este motivo tan desagradable, el Embajador de España en París escribió a D. Juan Antonio de Quiroga la siguiente carta, remitida a Carcasona en 1852:

“Sr, D. Juan Antonio de Quiroga.- Muy señor mío.- El desacato cometido por el Comisario de policía de que v. me habla, es escandaloso, aunque no de extrañar en personas que creen servir a su Gobierno, exagerando sus instrucciones. Algo me tranquiliza la conducta llena de mesura y de prudencia del Señor Prefecto. De todos modos, creo de mi deber autorizar a V., para mostrar esta carta a todas las autoridades que crea conveniente, por la que declaro que si bien el deseo del Gobierno Español, manifestado al francés y por éste a mi Autoridad, es que su Sr. Hermana de V. sea conducida a la frontera, el ánimo de ambos Gobiernos, es que lo sea con todo el decoro, con todos los miramientos que exigen su altísimo estado y hasta su sexo. Y si no hago más en este asunto, es por no contradecir la caridad de su Sr. Hermana de V. seguro servidor q. b. s. m..- El marqués de Valdegamas”.

Postrada en cama mi Madre venerada y Sor María de la Presentación, fue en aumento la gravedad, con unos vómitos de sangre tales, que todos los medios del arte para detenerlos fueron inútiles; tanto, que al tercer día el médico desesperó de su alivio. “¡Cuál sería el estado de las inocentes víctimas! (dice D. Juan Antonio Quiroga), que los criados del hotel, y hasta el policía que las vigilaba, salieron llorando de la habitación, ocultándose el último y diciendo, lamentaba la hora desgraciada en que le había tocado comisión tan odiosa”. En fin, a qué punto llegaría el estado de las pacientes mártires, que los mismos diputados provinciales que se hallaban en el hotel, tomaron parte en su obsequio para que el Prefecto las tuviera todo género de consideraciones; como de hecho se las tuvo, deshaciéndose en pruebas de afecto y estimación al ver la paciencia y resignación de las inocentes víctimas, horrorizándose al mismo tiempo al considerar la conducta del Gobierno español. Y como éste era tan público, nadie pudo extrañar los duros calificativos que los franceses que veían y presenciaban las cosas, dirigían al mencionado Gobierno español, diciendo unos que si los africanos y los indios hacían mártires, era en defensa de sus creencias religiosas y de sus supersticiones; y decían otras cosa que no es posible creer no viéndolo, que en naciones cultas sufrieran tan atroz persecución, ni el mayor criminal; otros, por fin, añadían que por mucho que hubieran dicho de la Inquisición, jamás en este tribunal se impusieron tormentos por sólo una arbitrariedad, como los que el Gobierno Español impusiera a estas inocentes víctimas.

Aliviadas por fin las enfermas, continuaron todos el viaje a Montpellier, donde apenas llegados, tuvieron que guardar cama la Sierva de Dios y Sor María Vicenta de la Presentación, efecto sin duda de las molestias del camino y a consecuencia de los disgustos y contrariedades padecidos desde que salieron d Madrid. El mismo D. Juan Antonio de Quiroga, enfermó también, viéndose sin medios bastantes para hacer frente a las múltiples necesidades que padecían, recurrió a la venta de unos cubiertos de plata y varias alhajas suyas que llevaba en prevención su esposa, con lo cual salieron por entonces del apuro en que se encontraban.

Véase  como la Sierva de Dios era alentada a sufrir por el médico de cabecera en aquel entonces. En dos ocasiones le escribe un billete diciéndole:

“Deseo, digna y respetable señora, que la salud de V. sea buena. Dios vela sobre V., y la protegerá tal y como V. le ama: valor, señora, valor, hay un tiempo para todo, Dios es tan grande, como poderoso, y no os olvidará. Deseo un pronto y perfecto restablecimiento a la buena señora Vicenta López; esa salud tan querida a vuestra familia y a los amigos que acompañan a V., es casi tan querida al que se ve obligado a veros sufrir desde la salida de Tolosa, sin poder socorreros: paciencia pues; la Providencia, el gran Dios todo poderoso, vela sobre Vds.”.

En Montpellier se agravó de tal modo la enfermedad de Sor María Vicenta de la Presentación, que falleció al fin, en el mismo hotel donde les habían hospedado, llamado Hotel du Midi, en el Boulevard de la Comedie, cuarto nº 30, el 25 de Octubre del ya citado año 1852, a las dos de la tarde, y a los treinta y nueve años de edad, habiendo recibido con la mayor devoción el Santísimo Viático y Extremaunción y demás auxilios espirituales de la Santa Iglesia. Su muerte fue edificante, tranquila y hermosa, como la del justo. Fue enterrada en el cementerio de San Lorenzo, con los sufragios y honores acostumbrados en Francia, para las personas de calidad y profesión de la virtuosa finada, de la ejemplar Religiosa que ofreció a Dios el sacrificio de sus sufrimientos y de su vida, para que tuvieran pronto término las penas y trabajos de su amantísima Madre y Prelada, y diera pronto su vuelta a España, al seno de su afligida y muy amada Comunidad.

Cuando esta buenísima religiosa, se ofreció a acompañar a mi Madre Patrocinio en su destierro a Francia, su Reverencia entendió de Dios que, no teniendo fuerzas para resistir las penas y las molestias que tendría que sufrir, moriría en el camino; y llena de compasión, de agradecimiento y cariño, así se lo manifestó, anunciándola claramente su muerte; mas, la amante súbdita prefirió sufrir y morir, a dejar salir a su amantísima Maestra, Prelada y Madre.

Con motivo de la desgracia ocurrida, del fallecimiento de la ejemplar Religiosa Sor Mª Vicenta de la Presentación, el Rdo. Padre Fr. Faustino de Losa y Cruz dirigió una carta a S. M. el Rey D. Francisco de Asís Mª de Borbón, que en una bellísima necrología, en la cual se encomian y recomiendan con verdadero entusiasmo y fervor las virtudes y santidad de tan esclarecida Religiosa.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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