¡Qué silencio! ¡Qué enorme silencio el de las almas eucarísticas!

Último Capítulo del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

20…   El Gran Silencio

Leí hace algún tiempo unas reflexiones de S. Pedro Julián Aymard referidas al silencio con que Jerusalén recibió a los Reyes Magos. Reflexiones que me sirven para hablar de otro silencio: el Gran Silencio de los amantes de la Eucaristía.

Decía S. Pedro Julián, que tres hombres inquietos en la  búsqueda de la Verdad, y procedentes de tierras muy lejanas, habían “creído” lo que se venía diciendo desde hacía siglos: “Que en el pueblo judío nacería el Mesías”.

Su fe hizo que sus deseos de conocer al Rey del Cielo fueran en aumento, hasta que Dios les dio a conocer que había llegado la hora.

¡Qué alegría! ¡Irían a felicitar al pueblo tan extraordinariamente afortunado! Pueblo que estaría celebrando loco de alegría la llegada del Mesías.

En primer lugar felicitarían al que creían que más se estaría alegrando de su llegada, tan esperada desde hacía siglos; y que su antecesor, Salomón, puso en conocimiento de su recordada reina de Saba.

Pero se encontraron a un pueblo ajeno completamente al acontecimiento y a un rey mentiroso y dispuesto a todo para que de ninguna manera se vieran amenazadas su gloria y poder.

Pero no, no se apagó la estrella de la fe y esperanza, sino que el apagón del pueblo judío redundó en una mayor luz interior de los tres peregrinos. La fiesta se celebró en sus corazones.

Anécdota muy apropiada para entender la incomprensión y soledad que viven las almas enamoradas de la realísima venida de Jesús en la Eucaristía. ¡Qué silencio! ¡Qué enorme silencio el de las almas eucarísticas!

Petrilla vivía con dolor, con mucho dolor el saber que el “Amor Eucarístico” no era amado.

Me parece oportuno referir los comentarios de la mística ya referida, e igualmente un alma víctima postrada en su lecho durante sus últimos y muchos años de su vida, acerca de la soledad incomparable que nuestra Madre vivió envuelta en un círculo de fuego, que la aislaba del mundo, y cómo deseaba la venida del Mesías:

Cose y canta en voz baja en una habitacioncita muy pequeña, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente y central del Templo, y al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos:

«Como una estrella dentro de un agua clara
me resplandece una luz en el fondo del corazón
Desde la infancia, de mí no se separa
y dulcemente me guía con amor.

En lo más hondo del corazón hay un canto.
¿De dónde venir podrá?
¡Oh, hombre, tú lo ignoras!
De donde descansa el Santo.

Yo miro mi estrella clara
y no quiero cosa que no sea,
aunque fuera la más dulce y estimada,
esta dulce luz que es toda mía.

Me trajiste de los altos Cielos,
Estrella, al interior de un seno de madre.
Ahora vives en mí; mas allende los velos
te veo, rostro glorioso del Padre.

¿Cuándo a tu sierva darás el honor
de ser humilde esclava del Salvador?
Manda, del Cielo mándanos al Mesías.
Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».

Entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita admirada del acto y del aspecto de María.

La llama: «María», y la Niña se vuelve con una sonrisa, y saluda diciendo: «Ana, paz a ti».

—¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?

Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos…  

 Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”, y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco… Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo… mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la carne, sino sólo a Éste que me ama…

…En la tierra es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto… y él lo acogerá en su interior.

—Pero, María… ¿con qué palabras lo vas a persuadir? Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida.

—Tendré conmigo a Dios… Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo… la vida perderá sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad. La Ley… Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”. Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”. ¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme —pues muchas cosas me dice— dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos… donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo lo pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar… y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan… ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento…

—¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma! ¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?

—¡Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No oso levantar la mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohveh. Allí está el Dios terrible del Sinaí. Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor! No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas… ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador! ¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¡Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios! ¡Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo! ¡Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo desangrado? ¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!….

María queda en silencio, llorando y abatida.

Ana está un rato en silencio. Luego, con su voz blanda de anciana conmovida, dice:

—¿Tienes algo más que enseñarme, María?

María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido y dice:

—¡Perdón! Tú eres maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazón. Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece. Lo sé. Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga… ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!

Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto. …María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra.


21…   El gran abandono de las almas víctimas

Aunque ya he hecho referencia a la soledad de Petrilla, quisiera despedirme de esta primera parte —en la que he tratado de recordar algunas de las anécdotas vividas con ella, con el  recuerdo imborrable que me dejó del comentario que tantas veces me hizo acerca de su abandono.

Me estoy refiriendo muy especialmente al abandono del Amado. No quiero ocultar, que cuando me hablaba del abandono,  me resultaba un momento muy favorable para poder decirla: ¡Gracias, muchas gracias Petrilla, cuántas almas estás salvando! Petrilla guardaba silencio y creo le servía como vaso de agua fresca.

Sí, yo lo tenía muy claro, ya que con ese sistema vino a buscarme cuando estaba herido en el camino, incluyendo en la factura todos los gastos de la cura.

Trataré de explicarme: No, no podía ser que el Amado abandonase a sus queridísimas almas víctimas de esa manera. Y ciertamente el abandono no era absoluto, ni mucho menos, estaban unidas como nunca con Él. La unión era en la más pura fe y como aval, una inalterable paz interior.

Fue por este motivo, por el que consulté, por una parte, con quién tenía obligación, como por otra, con quién me pareció que debía hacerlo. Las respuestas fueron claras, pero contrarias.

Mi consulta consistió en la siguiente reflexión: Como en Jesús hay dos naturalezas, la divina y la humana, cada cual con su entendimiento y voluntad independientes*, —no menciono la memoria, ya que dicha potencia no la necesitaba la divinidad—, bien pudiera ocurrir que el “Gran Matrimonio”, el celebrado en la Encarnación con ambas naturalezas, se uniera en los momentos elegidos por el Padre, por pura fe. De esta manera, Nuestro Señor era igual a nosotros en todo menos en el pecado. ¡Podía salir a nuestro encuentro y “entendernos”!

Perdón, pero antes de continuar, me parece muy oportuno traer a la memoria la famosa anécdota en la que un alma muy fiel al Señor, se queja de haberse quedado abandonada cuando más necesitaba de Él. La prueba que el alma tenía para su santo reproche, era el haber visto dos únicas huellas en los momentos de mayor necesidad, en contraste con las cuatro, las huellas del alma y las del Señor, que advertía, cuando todo iba bien. Y el Señor la respondió: Las dos huellas eran de mis pisadas, ya que en aquellos momentos tan delicados te tuve que tomar en mis brazos.

Creo que es en esos momentos cuando a las almas víctimas Nuestro Señor las alimenta con la fe que “ya conoce” el Hombre-Dios.

Este pensamiento me consolaba y daba sentido al abandono de Petrilla, que tan repetidamente compartía. Y no exagero si digo, que con toda mi alma, le daba las gracias a Petrilla por permitir al Señor que pudiera servirse de ella utilizando la más pura fe. Y la recordaba, la explicación que da San Juan de la Cruz, acerca del momento en que la naturaleza humana del Salvador lanzó el grito en la Cruz, al sentirse completamente abandonado. No, no veía al Padre, pero tuvo fe en Dios y a Él, únicamente a Él se dirigió. No dijo Padre, sino: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”. Y nos recuerda San Juan de la Cruz, que en aquellos momentos Nuestro Señor cumplió su misión con los mayores méritos de toda su vida de Redentor.

Y las almas victimas, y lo supe por ti, Petrilla, viven casi permanentemente acompañando al Jesús del viernes santo y a las tres de la tarde. ¡¡¡ Era el lugar del encuentro, del rescate, de las almas que “viven sin Dios” !!!

¡Jesús necesita de las almas víctimas para salvar!

Vuelvo a recordar lo que dejé escrito al principio:

“Ser Salvadores es una misión austera, la más austera de todas. Aquella en cuya comparación la vida del monje o de la religiosa de regla más severa resulta una flor respecto de un manojo de espinas, ya que ésta no es regla de una Orden humana sino regla de un sacerdocio, de un monacato divino del que Yo soy el Fundador que consagro y acojo en mi Regla y en mi Orden a los elegidos a ella, imponiéndoles mi hábito que es el Dolor total hasta el sacrificio.

Doy gracias a Dios de haberme encontrado con estas palabras, que sin miedo a equivocarme, son un perfecto retrato de nuestra admirable Petrilla. 

* Y para finalizar con el comentario de la fe del Hombre-Dios, voy a transcribir una explicación que encontré posteriormente en María Valtorta y que arroja a mi parecer, una inestimable luz:

“…el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas: “¿Quién es éste? No lo conozco…” Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la hora de las tinieblas, al abandono del Padre: horas tremendas en que Jesús fue el Hombre, y, además un hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser anatema por nosotros. Por tanto, las referencias de ignorancias de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su “omnisciencia”. 

Pero el último apartado lo dejo para transcribir la homilía que D. Raúl Berzosa, obispo auxiliar de Oviedo y confesor de Petrilla durante sus últimos años, nos ofreció el día 28 de enero de 2008, en la celebración de sus funerales:


22…   Carne ungida en el lecho del dolor

La vocación de Petra del Orden (+ 28-1-2008)

1.- A modo de presentación:

(Homilía del Obispo Auxiliar de Oviedo, D. Raul Berzosa)

Es evidente que el Espíritu regala diferentes carismas, dones, vocaciones, ministerios y funciones. A veces, desconcertantes. Los que son obra del Espíritu Santo se conocen por sus frutos.

Conocí a Petra del Orden (“Petrilla”, como cariñosamente la llamaban en un mes de septiembre del año 1983. Me enviaron como Párroco a Pampliega (Burgos). Allí me sorprendió la existencia de esta mujer, que desde muy joven, desde los trece años, vivía postrada en el lecho del dolor. Con miedo y cierta prevención en un inicio, acepté, tal y como fue su deseo, acompañarla en confesión y dirección espiritual. Más tarde, habiendo salido de Pampliega, para otros destinos y servicios, pude visitarla, cartearme, y hablar con ella con relativa frecuencia. Confieso que la correspondencia, hasta el año 2002, la destruí por respeto a su intimidad. No habría razón para no hacer lo contrario. Sin embargo, desde esa fecha, conservé algunas de sus cartas. Ahora, cuando Petrilla ya ha nacido para el cielo, me atrevo a transcribir algunos de los párrafos que ella me legó. No sin antes advertir al lector, por honestidad, algo de lo que me atreví a predicar en su funeral. Que ella Petrilla, sepa perdonar esta indiscreción que solamente se justifica para edificar a quien lo leyere y para dar gracias a Dios por el regalo de su vida.

“La triste noticia se venía anunciando: Petrillla pronto nos dejará. Y lo hizo precisamente ayer, domingo, día de resurrección. Que bello, que el último día de su existencia terrena fuese el sábado dedicado a María.

Petra fue signo de controversia y de contradicción: para unos, una santa; para otros, alguien engañada y engañadora.

Ni lo uno ni lo otro: ni la canonicemos, ni la denigremos.

 Como sacerdote, en cuanto la conocí, debo deciros que en las cosas de Dios siempre se mostró muy prudente: pedía consejo y quería discernir si era realmente obra de Dios, o engaño suyo u obra del maligno.

Evidentemente el Señor le regaló dos dones para los demás: el del consuelo y el del consejo: De cuántas confidencias, buenas palabras y luces se han enriquecido decenas de personas…

Como brújula segura, los cuatro puntos cardinales de su espiritualidad fueron: N: amor a Jesucristo, especialmente crucificado; S: amor a la Iglesia, especialmente al Papa, a los obispos y a los ministros ordenados; E: amor a la Eucaristía, como fuente de vida cristiana y culmen de todo; y S: ofrecimiento existencial de su vida como hostia viva por los frutos de la redención y de la salvación.

Todo ello, en un clima de oración incesante y constante, en su “celda en medio del mundo”, como ella solía llamar a su habitación.

Hay otros aspectos que conocí de su vida en profundidad y que, como confesor, ni quiero ni debo revelar. Dios en su voluntad y la Iglesia, si lo estimase oportuno, lo desvelarán en su momento.

En cualquier caso, en ella se hizo patente la fuerza de Dios en medio de la debilidad; y la inteligencia espiritual y los dones del Espíritu en medio de una carne frágil y enferma. Se cumple lo de San pablo: llevamos un tesoro en vasijas de barro, que pueden romperse en cualquier momento. Y, es la garantía, de lo verdadero: a veces las cosas de Dios parecen locura y necedad para este mundo.

A esto, añado dos notas sobresalientes más: por un lado, procuró ser lo menos gravosa y dar los menores quehaceres en todo momento a quienes la rodeaban… Especialmente ejemplar han sido los últimos meses de su vida. Por otro lado, quiso de verdad a su Pueblo, a su Pampliega y, por extensión, a su Diócesis…

Me imagino cuando ayer domingo, se presentó ante el Señor y ante María, sus dos grandes amores, con el corazón y las manos llenas de nombres: y diría quiero seguir cuidando de ellos.

Por eso, no la perdemos: la sentiremos de otra manera: en la comunión de los santos, como a tantos otros familiares nuestros. Gracias a todos por vuestra oración, y por vuestro testimonio de fe en la resurrección.”

 

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Una respuesta a ¡Qué silencio! ¡Qué enorme silencio el de las almas eucarísticas!

  1. Enrique Delgado Morelos dijo:

    QUE GRAN MADRE NOS DIO NUESTRO SEÑOR.
    OJALA PUDIERAMOS MEDITAR TODA LA VIDA LA PROFUNDIDAD DEL DIALOGO ENTRE LA SANTISIMA SEÑORA Y SU MAESTRA ANA DE FANUEL

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