La llaga del costado es profundísima… Las de pies y manos penetran de parte a parte

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO XIV

En las Magdalenas de la calle de Hortaleza.- No se firma el acta de entrega.- Nuevos apuros del Juez.- El derecho de la fuerza en acción.- La virtud se impone.- Sufrimientos de la Sierva de Dios en las Magdalenas.- Una Superiora de carácter.- Se encuentran y no se ven.- Fuerza prodigiosa de la Venerable Madre.- Ni hubo tal declaración ni tal ampliación.- Testimonio irrecusable a favor de las llagas.- Fuera inútil protestar.- Informe irrefragable del P. Godínez a favor de la Sierva de Dios.- Otro informe del P. Estarta que no admite réplica.- Inocente, pero al destierro

El 23 de Enero de 1886 fue mi venerada Madre trasladada al convento de las Recogidas de Madrid, o sea de Santa María Magdalena, en la calle de Hortaleza.

Al hacer la entrega de la inocente víctima al Sr. D. Esteban Erre y Villanueva, reparó éste en que las vendas de las manos estaban muy ensangrentadas; y sin atender más que a lo que vio, hizo presente al Juez, que por lo que tan claramente se manifestaba, no podía, de ninguna manera, firmar el acta de entrega; puesto que en el expediente constaba que había de recibir a Sor Patrocinio con las llagas curadas.

Enfurecido el Juez y en un ímpetu de indignación, que no era el primero por lo que ya se ha visto, tiró de las vendas y saltó la sangre; era tan abundante, que manchó a cuantos se hallaban presentes. El Juez se veía perdido. No sólo se negaba el Sr. Villanueva a firmar el acta, sino que el Superintendente que había ido en el mismo carruaje, como ya he dicho, era el mayor testigo para dar fe del hecho. Tanto él como el Juez y el Notario habían observado a mi Madre en el coche semejante a una estatua, o como un ser privado de vida; no era dueña de moverse a voluntad, sino según se le ordenaba, con amenazas, por el Juez, quien en ningún momento la perdió de vista.

Compromiso grande fue para el Juez, que tan interesado estaba en confundir a su víctima, la actitud de los expresados señores; pero no se apuró, porque si la verdad y la justicia no estaban de su parte, lo estaba el poder y la fuerza; pues, tenía sobradas facultades para obrar, siempre que fuera abatiendo a la inocente. Apeló, pues, al poder y a la fuerza, y mi venerada Madre ingresó en el Monasterio. Dio a la Rectora las más severas disposiciones, prohibiendo, con amenazas, que persona alguna la viera, o que recibiera correspondencia; a tanto se extendía la prohibición, que hasta las religiosas de aquel Convento se hallaban comprendidas en ella. Sólo la Rectora podía verla, hablarla y observarla con escrupulosidad, prevenida como estaba de antemano contra la Sierva de Dios, por sus enemigos.

Mucho tuvo que sufrir en los principios esta paciente mártir, por los modales y malos tratamientos de las mujeres, en cuya compañía la pusieron; y de nada se quejó la fiel esposa del pacientísimo Jesús.

La Rectora, a quien tan mal habían prevenido, en cuanto trató y observó de cerca a mi Madre venerada, sin perderla de vista, como se lo habían encargado, quedó admirada, y le parecía imposible que hubiera llegado a tal extremo sus adversidades; pues no veía en la víctima más que una virtud a toda prueba y una grandeza de alma singular. Se convenció, hasta la evidencia, de que en ella no había sino verdad, demostrada por los hechos, inocencia, sencillez, dulzura, prudencia, caridad; en suma, la veía adornada de todas las virtudes que constituyen a una perfecta y santa Religiosa; jamás sus labios pronunciaron la más insignificante frase que pudiera calificarse de queja; gozaba siempre de la tranquilidad y paz de una conciencia hermosa que nada ni a nadie acusa. Todo esto conquistó de tal manera el cariño de la tan prevenida Rectora y así excitó su natural compasión, que, varias veces, derramaba abundantes lágrimas a vista de aquel ser inocente, de aquella dignísima joven, Religiosa modelo, sobre la que tantas persecuciones y tantas calumnias pesaban. Deseaba que todo el mundo tuviese ocasión de tratarla y observarla como ella, para que se convencieran de que nada, de cuanto la atribuían existía, ni podía existir en la inocente víctima. ¡No se podía imaginar la compasiva Madre que los mismos que la perseguían estaban convencidísimos de su inocencia!

Cierto día, una de aquellas mujeres, en cuya compañía habían puesto a mi angelical Madre, hizo algo que no pudo tolerar su rectitud y santidad, y la reprendió, aunque con mucha humildad y dulzura; pero por su falta de educación, o sugestionada por el demonio, la mujer se enfureció tanto, que se tiro al cuello de la Sierva de Dios para ahogarla; y así hubiera sucedido, si las otras mujeres con sus gritos y alborotos, no hubieran alarmado a los Superiores de la Casa que acudieron presurosos. Enterados éstos del caso que movió el alboroto, dieron cuenta al Gobierno, solicitando permiso para entrar a mi Madre Patrocinio dentro del Convento; pues las Religiosas, que ya la amaban mucho, aunque sin conocerla, por la prohibición que les impusieron de no verla, se aprovecharon de tan desastrosa escena para, bajo la responsabilidad de la Madre Rectora y de ellas, tenerla siempre a su lado, como hacía tiempo deseaban. En medio de sus amarguras, fue grandísimo el consuelo que mi amada Madre recibió, viéndose ya entre las Religiosas. En aquel santo retiro, como en todas partes, permitió Dios que vieran y admiraran las maravillas que Dios obraba en su fiel Sierva.

El Juez, de acuerdo con el Gobierno, dispuso y ordenó, terminantemente, que no dejaran confesar a mi Madre amada sino con un confesor de la confianza de sus perseguidores; más las Religiosas, al ver tanta crueldad, compadecidas, la proporcionaron (sin temor a lo que pudieran exponerse) al Rdo. P. Fr. Antonio Carrascosa, que lo era de la Sierva de Dios en el Convento de Caballero de Gracia. Un día  en que las estaba confesando, llegó el Juez con otro sujeto y el confesor que ellos llevaban, y sucedió el prodigio siguiente: el pasadizo por donde iban era tan estrecho que sólo cabía una persona y, encontrándose de frente el Juez y el Rdo. P. Carrascosa, se detuvo éste, dando paso a aquél y a los demás, los cuales no advirtieron la presencia del venerado Padre. La Rda. Madre Sor María Josefa de San José, ejemplar Religiosa de nuestra Comunidad, cuando en diciembre del año 1886 vino de su pueblo a Madrid, para tomar el Santo Hábito en nuestro Convento de Torrelaguna, los días que permaneció en la Corte con su señor tío D. Tomás Chillón y en casa de Dª Juana Tordera, visitó con dicha señora a las Religiosas de Santa María Magdalena, deseosa de ver la habitación o habitaciones donde mi Reverenda Madre había estado, y entonces tuvo la ocasión de admirar el sitio donde sucedió el prodigioso hecho referido, que las Religiosas le contaron, llenas de cariño hacia mi Madre amada, con otras muchas cosas de las que en su Reverencia admiraron.

Otro día, con motivo de reunir la Comunidad de Caballero de Gracia con la Concepción Franciscana, no pudiendo llevar más que lo indispensable, por haber ya en dicho Convento tres Comunidades, trasladaron al de las Recogidas algunas cosas, entre elles una hermosísima imagen de nuestra Madre Purísima y otra de la Venerable Madre María de Jesús de Ágreda, ambas de tamaño natural y de tanto peso, que entre dos Religiosas no podían llevarlas ni por separado; pues como afirmaba la Rda. Madre Sor María Juana de la Purísima Concepción, cada imagen pesaba diez arrobas (115 Kg. aproximadamente). Oyó mi venerada Madre que no podían con dichas imágenes y yendo al sitio donde estaban, sin hacer asunto del peso, tomó una imagen en cada mano y así las llevó, con toda ligereza, al sitio que tenían preparado para colocarlas. Todas las religiosas iban detrás, siguiéndola, sin saber lo que les pasaba y llenas de admiración, con lo que se aumentó el amor que ya le profesaban y la veneración en que la tenían, con el temor de perderla; pues no ignoraban que sus enemigos, ni aún en aquel Santo Retiro la dejaban en paz, y veían, por otra parte, su insistencia en decir que las llagas estaban curadas, mortificándola al mismo tiempo por todos los medios imaginables, instigados por el demonio.

Viendo los calumniadores que en lugar que habían colocado a la Sierva de Dios salía triunfante la verdad. Decretaron el destierro que ya tenían acordado, y acumulando calumnia sobre calumnia, fingieron, para lograr sus pérfidos intentos, una segunda Declaración o Ampliación a la primera; más mi venerada Madre, ni hizo tal Ampliación, ni tuvo conocimiento de ella, hasta después de publicada; jamás pudo imaginar la inocente víctima que la maldad de sus enemigos pudiera llegar a tal extremo, y se llenó de admiración y asombro al tener conocimiento de tamaño crimen. Ella, la Sierva de Dios, hizo su primera declaración cuando la apresaron en el Convento, según ya queda referido, y entonces, aunque lleno su espíritu de amargura, compareció ante el Juez con la paz y la calma de una conciencia tranquila, con la resignación y heroísmo de un alma grande que se cree inocente y fía en sólo Dios; mil martirios y mil muertes prefiriera sufrir antes que faltar a la verdad en lo más mínimo. Siendo esto así, ¿cómo había de contradecir ella lo dicho en la primera declaración bajo juramento, con lo que en la supuesta Declaración segunda, o Ampliación, tan falsamente se le atribuía y tan osadamente publicaron sus enemigos en la injusta causa formada contra tan angelical criatura? Falsísimo fue todo, como falsas eran las cartas que para martirizar a mi Madre amada fingían de la Rda. M. Pilar, como ya se dijo al hablar de cuando la tuvieron presa en la casa de la calle de la Almudena, y como falsas fueron las firmas que se atrevieron a estampar, de algunos médicos, en contra de las llagas de la misma Sierva de Dios, según declaración de alguno de ellos, el cual, sorprendido por la noticia que de este hecho tuvo, consta que se expresó del modo que aparece en el escrito que copio a continuación:

“Cuando nos echaron de nuestro Convento de la Granja —dice la Rda. M. Apolonia del S. C.— estando yo en el Convento de Bernardas de S. Vicente, de Segovia, fue a visitarme al locutorio D. Luis Pérez, Religioso Benedictino, Mayordomo del Sr. Obispo Fr. Rodrigo Echevarría y Briones y me contó lo siguiente: Estando yo de cura en San Martín en Madrid, tenía un amigo médico, y cuando hicieron el reconocimiento de las llagas de la Madre Patrocinio, leí en un periódico muchas firmas de médicos en contra de las llagas de la Madre Patrocinio, y entre ellas la firma de mi amigo. Vino a verme y, en cuanto le vi, le dije: hombre, has tenido valor, siendo tan católico, de firmar tú también en contra de las llagas de mi bendita Madre Patrocinio— (sic) y contestó: —Hombre, qué me dice Vd.? Yo no he firmado nada, ni me he hallado en tal junta de médicos.— ¿Cómo no, si yo mismo he visto su firma? Para que te convenzas mírala. Entonces me dijo: —Es falso todo.”

“Todo lo arriba dicho, me lo refirió dicho sacerdote, lamentándose de que hubiese firmas falsas en contra de las llagas de mi bendita Madre Patrocinio”. —hasta aquí la referida Madre”.

Varias personas dignísimas y respetables sabían perfectamente la falsedad de la Ampliación a la declaración primera, e indignadas, acudieron a los Prelados, para que la falsedad del documento, tan diabólicamente inventado, se hiciera pública. Los respetables Prelados, por evitar mayores males sin duda y temerosos de aumentar el odio de los calumniadores y con él los tormentos de la angelical Religiosa que tenían en su poder, aconsejaron que se dejara y nada se hiciera. En una apuntación que conservamos archivada en este nuestro Convento, de D. Juan Antonio de Quiroga, hermano de la Sierva de Dios, se afirma terminantemente y se dice lo siguiente: “Cuando se publicó la ampliación de la declaración de mi hermana Dolores, el Rdo. Padre Carrascosa, confesor suyo, preguntó a varios señores del Tribunal de la Rota, si podría reclamarse contra la Declaración o Ampliación publicada por ser apócrifa, y le contestaron que se dejase”. A no haber mediado estos justos temores, seguramente que hubiera protestado contra tamaña falsedad, poniendo de manifiesto al público lo inicuo y diabólico de tan ruidoso como injusto proceso. Hubiera sido inútil todo, indudablemente, pues consta en el mismo proceso que, exigiendo el abogado defensor de la Rvda. M. Pilar la presencia de Sor Patrocinio en la Sala, el reconocimiento de sus llagas delante de él y que, también en su presencia, se ratificara en lo que le atribuía en la Declaración o Ampliación, nada de esto le fue concedido.

Celebrado ya el Proceso y devuelta la Sierva de Dios a su Comunidad por una Real Orden, como se dirá después, el Rdmo. P. Ministro General de la Orden Franciscana exigió al Rdo. P. Luis Godínez, confesor de la misma Madre mía, una declaración formal acerca del estado de las llagas de la célebre Monja, y véase lo que el expresado Padre respondiera… “Deseaba V. Rma., le informase sobre el estado de las llagas: si sigue o no con ellas, que juicio forman de ella los que la tratan o hayan tratado… Las llagas siguen en manos, pies y costado izquierdo, y las pertenecientes a una corona que ciñe la cabeza le hacen sufrir dolores intensos incesantes, que parece que ocasionan las místicas espinas de la corona sensible y heridas materiales. Por todo se verifican efusiones de sangre viva muy frecuentes, y en ciertos días son tan copiosas e increíbles que a veces ha sido necesario acudir a sábanas, toallas para empapar, quedando rendida, exánime y desalentada, pero a la media hora, o antes, se mira ya firme y en restauración pasmosa. La llaga del costado es profundísima, y he visto marcada sobre el paño que lleva siempre aplicado, haciéndola —por sorpresa— que se lo quite y me lo dé. Las de pies y manos penetran de parte a parte. Pero es lo más asombroso otra herida terrible que uno de los que componían la chusma, cuando violentamente la extrajeron del Monasterio, abrió en el pecho con espada. Ésta se conserva años abierta, vertiendo casi de continuo, más o menos exagerada, y todas sin materia, sin indicio de corrupción, ni mal olor, aunque no haya podido renovar los lienzos muchos días. Estas cualidades jamás han tenido alteración. Lleva además, quebradas dos costillas de un culetazo furioso de fusil; y de vez en cuando salen, aún de su mismo estado de dislocación, y levantan tanto, que no es fácil disimular el bulto exterior, ni ahuecando el escapulario; pero se aprovecha de ciertas trazas para llamar menos la atención y curiosidad de sus Monjas. Esto va ahora muy a lo ligero, porque en una carta no es fácil pintarlo todo… El Rdo. P. Porrero, Provincial que fue de ésta, se interesó e hizo varias pruebas, algunas muy inmediatas, y opinó bien del espíritu y señales de Sor Patrocinio: El Rmo. y cachazudo P. Iglesias, hallándose aquí con motivo de su Ministerio General, repitió otras de singular sutileza y previsión, que le condujeron a juzgar prósperamente sobre las gracias desacostumbradas de la dicha. Siempre opinaron igualmente cuantos han pulsado su espíritu y efectos. Un Padre, Benito Carrera, Religioso grave, sabio, práctico, virtuosísimo, y el único Director completo que ha disfrutado nuestra monja, murió víctima de los asesinatos del 34, dejando sólidos dictámenes relativos al llamamiento y senderos legítimos de Sor María Rafaela, seguridad de sus favores raros, etc. A mis contemporáneos, que la han examinado interior y exteriormente, siempre he oído opinar bien en todo sentido. Y ciertamente es de vida interior recogidísima, mortificada sin fin, desasida de todo, y de sí misma; nunca se le advierte la menor propensión a cosa de la tierra, ni apego a las celestiales; tan indiferente a comunicar sus secretos al Director fijo, como a otro, no por genio, o natural facilidad, sí por el espíritu de simple, pronta y determinada obediencia con que siempre corresponde, aún a las indicaciones; su estado es de simplicidad perfecta y santa unión. Padece lo inexplicable, singularmente de cabeza; los dolores intensísimos y permanentes de las llagas, y jamás se la oyó ni oye quejar, ni hablar de sus padecimientos, fruiciones… de nada propio, sino cuando es forzoso comunicarlo al director, y esto con todas las señales y caracteres del espíritu divino, en cuanto se acomoda al entendimiento y voluntad de la criatura. No abunda en su sentido para nada, ni acerca de nadie, y ahora que es Prelada lleva dentro de su voluntad y corazón el corazón y voluntad de todas rendidas al irresistible imperio de un atractivo formado entre ordenada fortaleza y discreta suavidad. Cuarenta días hace apenas, fue obligada por fallecimiento de la Abadesa y decisión de la Comunidad a aceptar, obedeciendo, el nombramiento de Presidenta que decretó  el Reverendo Padre Provincial, y sólo con su ejemplo, observancia, puntualidad, mañas graciosas, indicaciones oportunas, y nada de impertinencia, ya se han reformado muchas cosas, reverdeciendo las prácticas de otras, y ciertos perfiles que faltaban a la vida común bien entendida, unos se establecieron, los restantes se restaurarán gradualmente hasta tocar su perfección…”

Estas preciosas afirmaciones del R. P. Godínez se hallan confirmadas por el P. Estarta, confesor que también fue de la Sierva de Dios años después en Aranjuez y en otras partes. Después de afirmar el expresado Padre la verdad de la impresión de las llagas en manos, pies y costado, más las de la cabeza por la corona de espinas, en las fechas arriba indicadas, en su lugar correspondiente, prosigue y dice así: “Hasta que la sacaron de la Comunidad los Nacionales, todos los días tenía uno, dos, o tres éxtasis generalmente, viéndolo la Comunidad. Algunas veces era elevado el cuerpo más de dos varas (1.60.m. aproximadamente). En la cárcel fue maltratada de muchas y muy bárbaras maneras. La dieron muchas bofetadas, dos estocadas de espada en el pecho, bastantes para quitar la vida, si el Señor no la hubiera conservado, para hacer ostentación de su poder en la debilidad de esta criatura. Uno la dio un culetazo tan fuerte en la tabla del pecho que la puso arrojando sangre en abundancia por la boca; de manera que el facultativo mandó que la administrasen la Santa Unción, creyendo iba a morir. En medio de todo, Dios la favoreció con muchos arrobamientos; algunas veces en presencia de los guardias”. —Apuntes.—

Después de tan fehacientes y excepcionales testimonios, no parece que sea necesario insistir más acerca de la falsedad calumniosa de la célebre Declaración o Ampliación de los perseguidores de mi venerada Madre; y así proseguimos la narración de las maldades cometidas contra la inocente víctima.

Apoyados los perseguidores de mi Madre amada en la falsísima Ampliación que ellos mismos habían inventado, en la cual atribuían a la Monja milagrera, como ellos la llamaban, el haberse prestado a la impostura y artificio de la impresión de las llagas, dictaron la sentencia de destierro que tan preparada tenían.

Como los médicos afirmaban que las llagas estaban curadas, pidió el público que, si así era, quitasen los vendajes que cubrían las manos de la víctima y se mostrasen a todos. El Juez, al ver la insistencia de las voces, airado contestó: “Déjenme Vds. de la Monja, que cuando agarra al Padre Eterno nadie puede con ella”.

No satisfizo esta respuesta, e insistieron en ver la curación, el Juez se resistía, temeroso sin duda, de que sucediera lo de las veces anteriores, quedando burlado; pero no pudiendo ya evadir el compromiso, señaló un día a los que se presentaron con la insistente petición, en el cual sería presentada Sor Patrocinio al público para que éste la viera y juzgara. Mas la noche antes, (según creo, la del 26 de Abril), a las doce, la hizo salir con todo sigilo, trasladándola desterrada a Talavera de la Reina. ¡Mentita est iniquitas sibi!

Se presentaron pues en el Convento de Santa María Magdalena, (vulgo recogidas) el Juez y el Notario, con la Orden Superior correspondiente, (como muy superior era también la persona que deseaba este destierro) y mi amada Madre salió del Convento, acompañada de los dos ya dichos señores, del Sr. Villanueva y de un oficial del Gobierno, dejando vivo recuerdo de su virtud a toda prueba en aquel piadoso Asilo, que había sido testigo fiel de su inocencia y santidad. Las religiosas conservaron tanto amor a la Sierva de Dios y ésta a las religiosas, que en todo tiempo y lugar se correspondieron afectuosamente, por escrito. Yo misma, por muchos años, hasta el fallecimiento de mi Madre amada, tuve la satisfacción de conservar, a nombre de su Reverencia, a varias cartas de la Rda. Madre Ministra de las Religiosas del expresado Convento de Santa María Magdalena. En prueba de dicho afecto y en agradecimiento a tan edificante Comunidad, escribió una Novena en obsequio de la Santísima Virgen en su hermosa advocación de “Las Misericordias”, dedicándola a la Rda. Madre Ministra y religiosas de aquella Santa Casa, cuyas preciosas y tiernas dedicatorias no copio, porque ya se publicaron en dicha Novena, y para no alargar más este capítulo.


CAPÍTULO   XV

Llegada al Convento de Talavera.- Enferma de gravedad.- Carta del médico D. José Mª de la Paz Rodriguez.- Es trasladada la inocente víctima al Convento de Concepcionistas Calzadas de Torrelaguna.- Favores extraordinarios que allí recibió.- Mueren su madre Dª Dolores Capopardo, la infanta Mª Luisa Carlota, el Juez Sr. Cortazar, el Médico Sr. Argumosa.- Copia de algunas cartas de la Madre Pilar a la Abadesa de Torrelaguna.

Eran las doce de la noche del 26 de Abril de 1837, cuando mi venerada Madre Patrocinio salió del Convento de Santa María Magdalena, en dirección a su destierro de Talavera de la Reina, acompañada como se ha dicho por el Juez, Notario, el Sr. Villanueva y por un oficial del Gobierno. El Juez y el Notario la acompañaron hasta el puente de Segovia y los otros dos señores eran los encargados de conducirla a Talavera de la Reina y depositarla en el Convento de Concepcionistas Calzadas, titulado de la Madre de Dios, habiendo oficiado de antemano a las autoridades Civiles y Eclesiásticas, para que se presentaran y dieran, como lo hicieron, el correspondiente aviso a la Autoridad Superior, con la formalidad que exige el caso. El recibimiento de la Sierva de Dios en Talavera, especialmente en el Convento de las religiosas, correspondió a la fama de la insigne desterrada. En este Convento permaneció la Sierva de Dios dos años, muy querida de todas las religiosas, las cuales, admiradas de su virtud, se consideraban dichosas por tenerla en su compañía.

Allí enfermó su Reverencia de gravedad, a causa de las muchas penas sufridas, de los malos tratamientos arriba dichos y por el mal estado del Convento, algunas de cuyas piezas se hallaban al descubierto. A tanto llegó la gravedad de la enfermedad, que hasta le fueron administrados los últimos Sacramentos. Quiso Dios Nuestro Señor que saliera de tan grave enfermedad, pero le quedó de ella una completa paralización de todos sus miembros, que la inutilizó para todo; pues ni moverse podía. Creo que fue ésta una de las ocasiones en que pasado algún tiempo, curó milagrosamente. De esta enfermedad da testimonio el mismo médico que asistió en ella a mi Madre amada en la encomiástica carta siguiente. Dice así:

“Talavera y 7 de Abril
Sr. D. José Ramírez.

“Mi estimado amigo: Como conceptúo que a Vd. no le será desagradable el saber con especificación el estado en que está Patrocinio, he creído oportuno el hacerlo, para que Vd. sepa el verdadero cuadro, aunque lamentable, de esta virtuosa doncella; pues, presumo que correrán al momento noticias más o menos verídicas. Patrocinio padeció esta Cuaresma una catarral con retoque al costado, de que, con los auxilios del arte médico que la di, logramos una crisis verdadera favorable, y si bien no poco debilitada, por sus achaques habituales y pasiones deprimentes del espíritu, el uso de la leche de burra la iba fortificando. El Jueves Santo comulgó con la Comunidad y asistió a los tres sermones de Mandato, Pasión y Soledad. Su delicadeza y lo destemplado de este país, junto con la mucha nieve que había caído en la Sierra de Gredos, me habían obligado a darla el consejo de que no siguiese a la Comunidad y evitase el frio. Demasiado dócil, accedió el Lunes de Pascua (aunque contra su voluntad), a las instancias de otra religiosa que, por distraerla, poco prudente, la hizo subir a las vistas, sitio que, por sus troneras, es un verdadero páramo; el día era muy frio y con recios aguaceros y, como permaneció en ellas hasta que pasó el entierro de la madre del Sr. Alcalde primero, cogió un fuerte constipado. El jueves por la tarde fui nuevamente llamado a visitarla, y me sorprendió verla levantada con fuerte calentura, dolor muy cruel al costado opuesto de la llaga y una tos, tan vehemente, que la sofocaba. Conocido era el mal; pero era evidente el peligro, ya atendida su mucha gravedad, ya a sus pocas fuerzas, ya que llovía sobre mojado. Fue preciso anunciarlo así a toda la Comunidad y al Vicario Eclesiástico. La contestación fue general. El viernes nos vimos precisados a ordenar se le administrase el Viático y nos temimos un término fatal en aquella misma noche; remedios oportunos pararon lo agudo de la enfermedad. Ayer sábado se presentó un sudor general, que nos prometía mucho; pero un irremediable aire le hizo huir. Por la tarde se aumentaron los síntomas, que hacían temer una congestión pulmonar que, por de pronto, hemos evitado, y en esta mañana se presenta algo aliviada, pero estoy con el justo temor del recargo de esta tarde. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Me tenéis destinado para ver expirar en mis brazos a esta santa joven? He aquí, amigo mío, mi continua exclamación. Estoy sumergido en el más profundo dolor, si bien muy edificado con su valor, y tan resignada a la voluntad del Altísimo. Sólo la atormenta la ausencia de su Prelada y el carecer de la vista de sus Hermanas. Creo tiene Vd. alguna comunicación con ellas; consuélelas usted mucho, mucho, y que si bien el mal es grave, no he perdido las esperanzas de salvarla. Dios me conceda esta gracia. Yo no me separo de la cabecera de la cama ni de día, ni de noche, ya para la observación, ya porque creo que por otros títulos, la sirve de algún consuelo. Últimamente dígalas Vd. que, si Dios la llama a sí, sírvales de consolación el tener una Santa en el Cielo. La enferma está más valiente que yo; y cada instante me dice con una sonrisa celestial: No tenga Vd. cuidado D. José, que yo ahora no me muero, tengo que darle a Vd. aún mucha guerra. Esto debe alentar nuestra esperanza. Este Sr. Vicario está también inconsolable y pone el mayor cuidado en la más exacta asistencia.— Es de Vd. suyo afectísimo q. b. s. m.— José Mª de la Paz Rodriguez”.

Esta carta y cuanto ya en otras partes queda referido, y lo que se referirá en adelante, prueba claramente que los mismos medios que inventaban y de que se valían los perseguidores de mi Madre amada para abatirla y confundirla, servían para ensalzarla más y más y para hacer públicas por todas partes las virtudes e inocencia de la paciente víctima.

El Sr. Vicario Eclesiástico, viendo lo mal que le probaba aquel clima, pidió y obtuvo permiso del Gobierno para trasladarla al Convento de Concepcionistas Calzadas de Torrelaguna.

Con gran sentimiento y dejando gratísimos recuerdos de su virtud, no sólo en las religiosas, sino en cuantas personas tuvieron necesidad de conocerla y tratarla, como lo prueban las cartas que de tan edificante Comunidad, de otras dignísimas y muy respetables personas (además de la que hemos copiado) conservamos en nuestro archivo, salió la bendita desterrada del Convento de Talavera de la Reina. La acompañaban, el Ilustrísimo Señor Vicario Eclesiástico y una piadosa señora; y no obstante la medida deshonrosa del Gobierno, de hacerla viajar de Justicia en Justicia, era recibida en todas partes con las mayores demostraciones de amor y respeto. La llegada a Torrelaguna y recibimiento que tanto las Concepcionistas como el pueblo la dispensaron, fue una espléndida y entusiasta manifestación de simpatía y gozo.

Permaneció la Sierva de Dios en este Convento cinco años, muy atendida y venerada por la Comunidad y por cuantos la trataban. En él recibió extraordinarios favores, siendo Dios Nuestro Señor servido ostentar el amor que tenía a esta su tan amada Esposa, por medio de muchas gracias y maravillas, con las que las Religiosas estaban llenas de admiración. En obsequio a la brevedad indicaremos sólo algunos de estos favores.

Un día, estando en Vísperas toda la Comunidad, se les desapareció de la vista no sólo mi bendita Madre, sino también la sagrada Imagen de Nuestra Señora del Olvido y, estando suspensas las Religiosas, sin saber lo que pasaba, de pronto, volvieron Madre e Hija; preguntada ésta última, por obediencia dijo, que venía la Santa Imagen del Cielo colmada de gracias y favores para sus verdaderos devotos.

Tenía muy frecuentes éxtasis a presencia de la Comunidad, en particular en acabando de comulgar, hasta que un día una religiosa lega llamó a su confesor, para que la viera, y en el momento volvió en sí y se salió apresuradamente del comulgatorio y no volvieron a verla nuca más en éxtasis; pues en cuanto comulgaba se subía a una tribuna, donde nadie la podía ver.

Allí también, estando en oración ante una sagrada Imagen de la Piedad, que había en el Convento, se le apareció la Santísima Virgen, consolándola en sus penas y manifestándole de nuevo las fundaciones que había de hacer y el número de Hijas que había de tener, como asimismo que era su voluntad y la de su Divino Hijo, que en cuantos Conventos fundara, pusiera educación gratuita para las niñas pobres. Ya se verá después el amoroso celo y ardiente caridad con qué este encendido apóstol de la gloria de Dios y del bien de los prójimos cumplió el encargo de la Soberana Reina. En memoria de la celestial aparición, cuando su Reverencia dio principio a las fundaciones, para todos los Conventos que fundó, mandó hacer una Imagen de la santísima Virgen con el Divino Niño Jesús en sus brazos, para dar culto a tan amorosísima Madre bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad; y en la nube, o  peana de la Sagrada Imagen mandó poner una niña pobre, en actitud de tomar la mano que la Santísima Virgen le da, significando, que la Divina celestial Madre acoge bajo su protección a la desvalida infancia.

En este mismo Convento de Torrelaguna, sucedieron los dos casos que dejo referidos en el Capítulo décimo, al hablar de los milagros de Nuestra Señora del Olvido; el primero, la conversión del sacerdote distraído, que fue a visitar a su reverencia por el año 1841, y el segundo, el de los zapatitos de plata regalados a la sagrada Imagen por el mismo, ya ejemplar virtuoso Sacerdote, que, con la más santa muerte y cantando las alabanzas a la Santísima Virgen, falleció el año 1850, apareciéndose gozoso a mi venerada Madre.

Durante este destierro de mi venerada madre en Torrelaguna, cayó gravemente enferma Dª Dolores Capopardo y fue llevada al Hospital, por consejo de una hermana de la Caridad parienta suya; pues su hija Ramona no podía asistirla en su casa. La enfermedad fue agravándose, hasta el extremo de hacerse necesario administrar a la enferma los Santos Sacramentos; mas ella quiso, antes de recibirlos, implorar el perdón de su aborrecida y maltratada hija Sor Patrocinio; para lo cual exigió que le escribieran cuanto antes, pues estaba arrepentida de su mala conducta para con su inocente hija. Apenas recibió la Sierva de Dios la carta de su madre, contestó con el perdón deseado y con las más tiernas, filiales y consoladoras palabras que pudo formar su corazón, siempre lleno de amor para sus enemigos. En cuanto la madre recibió el perdón de su hija, le fueron administrados el Santísimo Viático, la Santa Unción y demás auxilios espirituales, y murió tranquila, dejando señales de la buena muerte que le había tocado; debido sin duda, después de Dios, a las lágrimas y oraciones de su bendita hija.

En su ardiente caridad u amor filial, no descansó hasta que, a fuerza de oraciones, penitencias, sufrimientos y toda clase de sacrificios, logró de la misericordia de Dios sacarla, después de nueve años, de las penas del purgatorio, como consta por una revelación que tuvo la Sierva de Dios.

Por entonces falleció también la Serenísima Infanta Dª María Luisa Carlota. Cuando Su Alteza se convenció de que su enfermedad era mortal, llamó a su hijo, el Serenísimo Señor D. Francisco de Asís María de Borbón, y le dijo, que hiciera cuanto pudiera a favor de Sor Patrocinio, para desagraviarla de lo que había contribuido es sus persecuciones, y que deseaba tener a la Santísima Virgen del Olvido para la hora de su muerte. Enseguida comisionaron al Rdo. P. Fulgencio, de las Escuelas Pías de Madrid, para que trajera la sagrada Imagen, la cual vestida y adornada primorosamente por mi amada Madre, y colocada en una de palo santo que habían regalado a la Divina Señora, se la mandó a  Su Alteza, que la tuvo hasta que expiró.

Algún tiempo después, murieron también el Sr. Cortázar, Juez que entendió en la causa de mi venerada Madre, y el médico Sr. Argumosa, que tanto empeño tuvo en la curación de las llagas y tan falsamente declaró de ellas. Ambos en sus últimos momentos, reconocieron su error y se arrepintieron de su mal proceder. El Sr. Argumosa dio encargo a persona respetable de toda su confianza, para que le obtuviera el perdón de la inocente víctima (así la llamó al dar el encargo). El Juez Sr. Cortázar, aún hizo más; pues, no sólo solicitó el perdón, sino que pidió que se hiciese público. Mas, como esto era a favor de mi venerada Madre, no faltaron personas que lo impidieron. Otra cosa fuera, si la declaración hubiera sido en contra de la paciente víctima; ya se hubiesen hecho lenguas sus enemigos para publicarla, con la rapidez y astucia con que propalaron cuantas calumnias inventaron para hacerla odiosa a los ojos de todos. Además del perdón solicitado y su deseo de que se hiciera público, solicitó también el Sr. Cortázar muy encarecidamente de la Sierva de Dios, que rogase al Señor por su alma y la encomendase a la preciosa Virgen del Olvido (palabras textuales), cuya protección deseaba y pedía. Es de creer que la obtendría de tan dulcísima Madre de amor y misericordia, por los ruegos y oraciones de su dilecta hija.

Mientras mi amada Madre estuvo en el religioso pueblo de Torrelaguna, se vio amada y respetada de todos, por su santidad y por la gran experiencia que del valor de sus oraciones tenían, cuantos la trataban, o acudían a ella en busca de consuelo o alivio en sus penas. Las Autoridades del pueblo manifestaron en varias ocasiones con obras, los sentimientos que de palabra expresaban; pues ni aún allí la dejaban tranquila sus perseguidores, yendo a mortificarla de varios modos diferentes veces.

En una ocasión llegaron los Nacionales y se empeñaron en sacarla del Convento, para que en la plaza les bordara una bandera; a cuyo desatino mi venerable Madre se resistió y se negó, como era natural; pero era tal el empeño de aquella horda de salvajes, que, furiosos, quisieron entrar en el Convento, para sacarla a viva fuerza y, si no lo ejecutaron, fue gracias, después de Dios, a la bravura del Sr. Alcalde, quien, con los demás señores y autoridades del pueblo, se opuso a semejante atropello, exponiendo su vida, antes que permitir que se profanase el precioso tesoro que Dios les había confiado. La misma conducta observaron en otras muchas ocasiones prestándole su valioso concurso y defendiendo su preciosa existencia denodadamente. Mi Madre venerada conservó siempre un recuerdo gratísimo de tan honrado pueblo, que mereció tenerla dos veces entre sus moradores, en aquel feliz Convento, al que su Reverencia llamó siempre “mi portalito de Belén”; porque en él dio, después, principio a sus fundaciones y reformas, como adelante diré.

Por fin, quiso el Señor oír la súplica de esta inocente víctima y de su amada Comunidad, levantándola el destierro por medio de una Real orden, según se dirá en el capítulo siguiente; mas antes de terminar éste, copiaré a continuación dos párrafos de dos cartas, dirigidas por la Rda. Madre Sor María Benita del Pilar a la Abadesa del Convento de Torrelaguna, a muy poco de la llegada de mi Madre venerada al mencionado Convento.

Entre otras cosas, dice la afligida Prelada lo siguiente:

“Madrid 22 de Julio de 1839

Mí apreciada Abadesa y Muy Sra. Mía:

Con el mayor consuelo recibí el Viernes por la noche la deseadísima carta de Vd., que leí a toda la Comunidad y todas se alegraron muchísimo.

Como regularmente llegaría tan quebrantada mi queridísima hija, pienso si estará en cama; yo quisiera por momentos saberlo todo y creo que es imposible, y que el Señor dispone sea mi vida un continuo sacrificio; el de tenerla tan cerca y no poderla ver ha sido grandísimo, y suplico a Vd. disimule mi solicitud, pues le aseguro vivo muriendo y ni sé cómo vivo, pues en tan terrible tribulación sólo sus cartas han podido ir sosteniéndome…

Incluso la adjunta para mi Patrocinio, mientras lo hago largo, que no le falte el consuelo de saber de su casa.

Yo doy a Vd. gracias por todo, y la saludo con el mayor afecto, etc.

Queda siempre suya afma. Hermana que sus manos besa —Sor Mª Benita del Pilar.”

En otra de las cartas dirigidas a la misma Madre Abadesa del Convento de Torrelaguna, entre otras cosas, dice lo siguiente:

“Madrid 17 de Agosto de 1840

Mi apreciada Sra. Abadesa:

Mucho deseo que se halle Vd. aliviadita de sus males; se lo pido a Dios en mis pobres oraciones, para consuelo de todas sus hijas y de mi amadísima Patrocinio, a la que he considerado muy afanada estos días, con la función de la Soberana Señora, hechizo de nuestras almas y esperanza nuestra. (Se refiere a la función de la Santísima Virgen del Olvido).

Yo bien sé lo que Vd. padece, y así no quiero, de ningún modo, que se moleste en escribir; pues con mi corderita me lo dice Vd. y crea que, si tengo ocasión, no dejaré de pedir por Vd.; lo he hecho otras veces; pero como no tenía conocimiento, no he sacado nada.

Repito a Vd. muchísimas gracias por todo lo que hace por esa prenda de mi corazón; yo vivo muriendo y una vida angustiadísima, sin mi único consuelo y todo mi bien. No extrañe Vd. que mi amor solicite el de todas para mi amada hija. Reciba Vd. cordialísimos afectos de todas mis Monjas y para todas las Señoras, con los de Alejandro, (éste era el fidelísimo demandadero de la Comunidad que disfrazado siguió el coche donde iba mi Madre venerada, cuando la sacaron entre bayonetas de su Convento de Caballero de Gracia, para depositarla en la casa de la calle de la Almudena, según ya queda referido). Y Vd. disponga como quiera de su afectísima hermana q. b. s. m. —Sor María Benita del Pilar”.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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