Notificación del enorme sufrimiento por el que estaba y tenía que pasar la Iglesia

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

17…   El 8 de septiembre del 2007

Fecha que señaló una nueva estación del Calvario recorrido por Petrilla.

Se acercaban las Navidades, cuando Petrilla me dio a conocer lo ocurrido el día de la Natividad de la Virgen María. Al fondo de su habitación, junto a la puerta, se le presenta con una mirada tristísima, Juan Pablo II. Es tal la tristeza que trasmite, que al cabo de unos diez minutos, Petrilla ya no la soporta y tiene que dirigir la mirada hacia el suelo.

Pensé, y así se lo dije, que me parecía la notificación del enorme sufrimiento por el que estaba y tenía que pasar la Iglesia. Petrilla estaba de acuerdo. Pero no me di cuenta hasta pasados unos meses, que aquel sufrimiento era también una invitación muy personal e intransferible para Petrilla.

Más adelante veremos la dolorosa serie de acontecimientos que le esperan para sus últimos meses. Querer buscar la mínima relajación o desinterés en sus familiares o acompañantes sería como decirles a San Juan y La Magdalena, que por qué no ayudaron al Maestro cuando estaba crucificado. La Cruz de Petrilla estaba configurada hasta el último detalle.

Puede parecer extraña la aparición de Juan Pablo II. En este punto es momento de guardar silencio, solamente quiero decir que la relación de Petrilla con los papas fue del todo extraordinaria. Y digo esto porque ella me hizo personalmente, algún comentario sobre el asunto. Algo se vislumbra en un escrito que Petrilla envía en una carta a su director espiritual D. Raúl Berzosa, y que éste publica en el librito titulado “Orar con San Irineo”. Cuando estemos en el cielo, como muy tarde, nos enteraremos de las relaciones extraordinarias que las almas más unidas a Dios han tenido entre ellas, motivadas muchas veces por auténticas necesidades para poder desahogarse. Necesidad que me recuerda a la de San Juan de la Cruz, cuando estaba en Segovia, esperando la visita de su hermano Francisco.

Y como expresión más sublime de esta necesidad, la de Nuestro Señor solicitando en su corazón, la compañía de su amadísima Madre. María Valtorta en sus escritos, nos ofrece escenas conmovedoras de un Hijo que se acerca en varias ocasiones, corriendo a Nazaret, y dejando atrás a sus apóstoles, para recibir cuanto antes el consuelo y abrazo de la Madre. Necesidad llevada al más alto grado, cuando en la tarde del Jueves Santo, antes de la Santa Sagrada Cena, le pide Nuestro Señor a su “mamá”, que le infunda fuerzas, de la misma manera que cuando atrajo con sus oraciones al Espíritu Santo. Más adelante recordaré este comentario.  


18…   Los últimos meses.

Meses de la manifestación más extrema de la impotencia. Encarna ya no podía subir a atender a su hermana. Las piernas no le  funcionaban, se valía de un “taca-taca” y en varias ocasiones se cayó por los suelos.

Durante varios meses pudimos comprobar al asistir a los cenáculos de los jueves, como Encarna no podía acompañarnos, por serle del todo imposible subir las escaleras. En una ocasión a instancias de Petrilla, la ayudé a subir a la habitación de su hermana, pero no dio resultado. Encarna ya no volvió a subir ni un solo peldaño de la casa.

Era necesario contratar a una señora para que las ayudase al menos en las tareas más fundamentales. Por tratarse de un pueblo y dadas la gran dependencia en la que se encontraban, pasaron semanas sin poder solucionar la urgente necesidad. Por fin una señora de nacionalidad búlgara y residente en el pueblo, fue contratada por horas. Había un gran inconveniente, no sabía absolutamente nada de nuestro idioma, y dada su edad, ya era abuela, resultaba muy difícil que memorizase cualquier palabra, con lo que la dificultad era extrema para poder entenderse.

Con la nueva ayuda, la cruz parecía aligerar su peso. Pero de eso nada. Encarna empezó a sufrir dolores cada vez más agudos en sus articulaciones, agudizándose por las noches cuando se acostaba y se quedaban solas, ya que pasada la tarde, la señora búlgara al despedirse y para seguridad de las dos hermanas, cerraba la casa.

Muy pronto, los gritos de dolor de Encarna gimiendo en su cama de la planta baja llegaban a los oídos de Petrilla, que como ya sabemos, estaba postrada en la primera planta. 

En silencios llenos de dolores, Petrilla se lanzaba por los suelos y haciendo mil esfuerzos se llegaba hasta las escaleras, para solo Dios sabe cómo, bajarlas hasta llegarse donde su hermana y poder así consolarla en sus penas. Y calmado el ambiente, no quiero ni pensar como sería el retorno de Petrilla. La esperaba la escalera para volver a su “amada celda”.

Durante el día, Encarna estaba sentada en un sillón de la sala de estar, entreteniéndose con la compañía de Telediarios y telenovelas. Y buscando las soluciones más eficaces para la nueva situación, y con la mejor voluntad, sabiendo que Petrilla quería despedirse de este mundo sin salir de casa, y de que Encarna no dejaría sola a su hermana, se tuvo que tomar la única solución posible, bajar la cama de Petrilla a la sala donde pasaba el día Encarna.

Dios iba a pedir a Petrilla el mayor de los sacrificios, dejar el claustro en el que vivió durante setenta años, y tener por compañía durante el día a una pantalla de televisión a menos de tres metros de distancia, violentándola con sus sonidos e imágenes.

Petrilla sabía muy bien que había llegado el momento del mayor abandono por parte del cielo, y lo recorrió en silencio y sin que se advirtiese.

En una de mis visitas la dije: —Petrilla, este cambio de ambiente, tiene que ser muy duro para ti—. Con una sonrisa, no forzada, sino envuelta en sufrimiento, me contestó: —“Lo más importante no ha cambiado”, —y llevándose la mano al pecho me dijo: “lo llevo aquí dentro”.

Hortensia, a la cual presentaré junto con su esposo José Luís seguidamente, me contaba que cuando llegaba la hora del rosario, Encarna se la quejaba a su hermana, porque se dormía al poco de su comienzo. Y es que Dios no quiso que se trasluciera el éxtasis en que entraba Petrilla.

Hortensia y José Luis atendieron durante esta época de una manera muy singular a Petrilla. Recuerdo aquel día que con una niebla que hacía casi imposible viajar, a sabiendas de las necesidades de Petrilla, se fueron de Palencia a Pampliega. Pero nadie mejor que ellos saben los desvelos que con tanto agrado ofrecieron por Petrilla. Cuántas noches Hortensia compartía por teléfono los santos desahogos de Petrilla. Desahogos tan necesarios como acabamos de ver en el anterior apartado.


19…   Los últimos días.

Como ya he comentado, Encarna y Petrilla pasaban los días juntas, y asistidas unas horas por la señora búlgara. El hijo de Encarna acompañado de su esposa venían los fines de semana y si era necesario cuando se terciase. No podían hacer más. Begoña además tenía que cuidar durante largas temporadas a sus dos padres completamente dependientes. Y como ya he indicado, a Petrilla se la respetó su invariable deseo de terminar sus días en casa. 

Petrilla tenía la columna destrozada, los médicos que la atienden se llevan las manos a la cabeza del dolor que la tiene que estar provocando. No tiene apetito alguno, y parece un esqueleto viviente.

En más de una ocasión me confesó que los dolores físicos intensos, que hacía muchos años los tenía. Era algo así como si entrasen en el contrato de su condición de alma víctima. Y Petrilla estaba dispuesta, muy dispuesta a cumplirlo incondicionalmente.

Simultáneamente ella misma nos va descubriendo de varias maneras que le ha llegado la hora de dejar este mundo. Por ejemplo, en varias conversaciones telefónicas que mantuve con ella, me advertía de lo mal que estaba todo, pero acentuando lo mucho peor que se nos iba a poner, dando un claro sentido a la frase de no estar ella incluida. Y unos días antes de su “despedida”, me repitió varias veces y con un tono de clarísima advertencia, de los graves peligros que se nos avecinan: “Andrés, Andrés, preparaos, preparaos para lo que os espera”. Y al preguntarla si creía que se trataba de algo inmediato, me respondió afirmativamente.

No la hice más preguntas. ¿Se refería especialmente a nuestra España? No lo sé, lo que sí recuerdo a este respecto, que días antes del 11-M, Petrilla vio a España con una montaña en su interior, y saliendo de su cumbre, cuatro demonios muy contentos frotándose las manos, a la vez que iban diciendo: “éste es el momento, ahora es nuestra”, mientras bajaban cada uno en la dirección señalada por los puntos cardinales.

Lo que sí recuerdo es que inmediatamente identifiqué a las autonomías de Vascongadas (N), Andalucía (S), Cataluña (E) y de Galicia (O).

Unos días antes de su muerte, llamé a la noche por teléfono a Petrilla. Me hablaba muy angustiada: “No me dejéis sola, Andrés, no me dejéis sola”. Me sentí impotente del todo, ¿Qué podía hacer yo? Luego entendí, después del sueño, porque pronto me fui a la cama: Era una clara imagen de la soledad de Nuestro Señor en Getsemaní, y yo copié, la dormición de una hora, de aquella noche tan santa e importante.

Era una angustia y una soledad completamente espiritual.

Al amanecer, me llamó Hortensia, y me contó que estuvo consolando a Petrilla hasta altas horas de la noche. ¡Qué alegría me dio!

La familia, y lo vuelvo a recordar, estaba ajena a las invitaciones que desde el cielo, el Señor quiso hacer a un Andrés que se durmió y a una Hortensia que permaneció despierta. Son los planes de Dios.

Hortensia y José Luís fueron al día siguiente a visitarla.

El P. Rey y yo fuimos el viernes día 25 por la tarde, y estuvimos hablando con ella. Estaba con un rostro tranquilo y sereno, pero en el que ya se advertían las huellas de la agonía. Estuve a su cabecera un buen rato, y me asombré de la serenidad con que me estaba tratando un tema necesario, pero meramente humano. Petrilla hacía oración de todo.

El domingo a la mañana, día 27 de enero, me llamó por teléfono José Ramón, anunciándome el fallecimiento de su tía. Por la tarde nos fuimos el P. Rey, Juan Luís, entonces diácono, hoy sacerdote, y yo, a rezar junto a familiares y algunos vecinos del pueblo, el último rosario junto a su cuerpo presente.

Estaba vestida de blanco como esposa que se presenta para el  glorioso y eterno encuentro.

 

Esta entrada fue publicada en Mensajes y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Notificación del enorme sufrimiento por el que estaba y tenía que pasar la Iglesia

  1. Mª del Carmen dijo:

    El dar a conocer la vida de estas almas víctimas es de suma importancia, creo que su vida en cada uno produce un estremecimiento mas o menos agudo que se traduce en una mejoría en la correspondencia a la gracia.
    No puedo menos que preguntarme ¿ Que parte de mi vida queda sin cumplir porque he roto el eslabón de esa fidelidad a los planes de Dios ? ¿Cuanto bien he dejado de hacer y cuantas almas no verán la luz por mi culpa ?
    Gracias pues por estas publicaciones, cada uno rastree su vida y al cielo agradezca esta oportunidad.
    Un Gracias muy grande a los que lo publican así como a las personas que han colaborado en la recogida de datos y en el anonimato siguen trabajando para que los planes de Dios lleguen a su término.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.