La preciosísima Sagrada Imagen del Olvido era todo su amparo, su fortaleza, su consuelo y su escudo

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO   XII

Efervescencia satánica contra “La Monja de las Llagas”.- Madre y hermana que no lo parecen.- Todas incomunicadas y vigiladas.-  Protesta general del pueblo.- Conducta inconcebible de la madre de la Sierva de Dios y de su hermana.- Mansedumbre evangélica de la Santa Monja.- Es sacada entre bayonetas.- Un espía fiel.- En la calle de la Almudena.- Infames y crueles al mismo tiempo.-Todo menos tocar a su pudor, ni a la Virgen del Olvido.- Vivió allí prodigiosamente.- San Buenaventura: su “Capellán”.-  Favores celestiales del santo, de la Santísima Virgen y de Nuestro Señor.- Perfidia y malas artes de los enemigos de la Sierva de Dios, estando presa.

Fue horrorosa la persecución que por este tiempo se levantó contra las Órdenes Religiosas en España y, con tal motivo, circularon las  más negras calumnias por calles, plazas y sitios más públicos de Madrid, de todos modos y maneras, contra “La Monja de las Llagas”, la Milagrera… como sus calumniadores llamaban a Sor Patrocinio, mi indefensa, inocente y ejemplar Madre; para, por este medio, descargar el terrible golpe que venían preparando contra su inocente víctima; mientras ella, con la paz del justo, se ofrecía toda en manos del Señor, y sólo se ocupaba de su honra y santo servicio, mediante el cumplimiento de sus deberes religiosos y del canto de las divinas alabanzas, en el retiro y en la soledad.

Los agentes señalados para propalar las calumnias, por el que dirigía el hilo principal (D. Salustiano Olózaga), y los muchos que a su acción cooperaban, llegaron hasta intrigar a la madre y hermana de la Sierva de Dios. Valiéndose de mil mentiras, les hicieron creer, que era víctima de una superchería; que las mojas la estaban atormentando y le hacían las llagas, para fines particulares suyos. Con estas y otras calumnias, fingiendo interés y compasión, aconsejaron a Dª Dolores que diera cuenta a la Autoridad Civil, para que pusiera remedio. La alucinada madre, que aún alimentaba la idea de ver a su hija fuera del claustro y en diferente estado, cayó en los lazos que, maliciosamente, la tendían, y como la virtud y santidad de su hija le llamaban poco o nada la atención, se puso de parte de los perseguidores, delatándola a las autoridades civiles, para que la sacaran del convento.

En su consecuencia, el Ministro de Gracia y Justicia dio orden al Sr. Cortázar, Juez de Primera Instancia de la Corte, para que, tomando las medidas convenientes, hiciera las diligencias oportunas, para formar sumario contra la inocente víctima, que desde luego querían sacrificar como impostora, artificiosa y fanática, y por intervenir en la política.

Conforme a lo indicado por la Madre Pilar en el capítulo anterior, el día 7 de Noviembre de 1835, vísperas del Patrocinio de la Santísima Virgen, a la hora de vísperas, se vio cercado el convento por un piquete de la milicia urbana, conforme a lo dispuesto por el Jefe político, en su propósito de sacar del convento a mi venerada Madre, y sorprendiendo a la Comunidad.

Con aparato tan ruidoso, fueron a prender a una inocente religiosas de 24 años de edad, que no tenía más delito que el de postrarse a los pies de Jesús Crucificado, para pedir por los mismos que la perseguían. Entraron en el convento el Juez,  el Escribano, el Médico y cuantos más juzgaron éstos necesarios para el caso. El Juez ordenó, imperativamente, que en aquella misma tarde, saliera del convento mi venerada Madre, porque así lo tenían dispuesto y había de cumplirse. La muy digna Abadesa contestó que, sin licencia de los Prelados eclesiásticos, no era lícita la salida; y el Juez, obstinado y lleno de indignación, insistió que había que salir, sin más orden que la suya. La Rda. Madre Pilar, sin embargo, se confirmó en su negativa, en fuerza de su deber, y se opuso con heroica fortaleza a semejante atropello. Enfurecido el Juez, acudió a la fuerza armada, haciéndola entrar en el convento, con el fin de sacar de él a mi venerada Madre, conforme estaba decretado. La Rda. Madre Pilar, Sor María Vicenta de la Concepción y la Sierva de Dios, quedaron incomunicadas, y en concepto de prisioneras las demás religiosas, con centinelas de vista.

Así estuvieron, desde las dos de la tarde, hasta las once de la noche, tomando declaraciones a unas y otras. En tanto, la multitud de gente que rodeaba el convento y estaba por las calles próximas, empezó a alarmarse, convencidos, unos de la inocencia de la víctima, y conociendo otros, que, aunque las calumnias fueran ciertas, se procedía con una crueldad inaudita; pues veían el grosero comportamiento de los urbanos dentro de la clausura, a presencia del Juez. Se excitaron los ánimos de la mayoría de tal manera, que el Juez, temeroso, determinó retirarse. Llamó a Mª Dolores Capopardo y a su hija Ramona, para que, dentro de la clausura, quedasen las dos vigilando a su hija y hermana, respectivamente, hasta que él, de acuerdo con el Gobierno, dispusiera que se llevara a cabo lo que se resolviese. Mandó al escribano levantar acta, para formar la injusta causa, que ya estaba bien trazada de antemano; y a las once de la noche, se retiraron el Juzgado y la fuerza armada, quedando mi angelical Madre con su madre y hermana; las cuales, según testimonio de las religiosas antiguas que lo presenciaron, la vigilaban día y noche y la trataban con indecible crueldad, especialmente la madre; porque no accedía a sus deseos. Yo les oí decir, que, llenas de pena las religiosas, al oír los golpes que la daban, buscaron ocasión de verla, y fue tal la impresión y el dolor que les causó su vista, que les duró toda la vida. Les pareció ser un Hecce Homo.

En medio de tan malos tratamientos y de tanto penar, jamás oyeron que mi Madre amada despegara sus labios para la menor queja; siempre permaneció en su humilde y santa paz.

Cuando Dª Dolores Capopardo y su hija Ramona entraron en clausura con el juez y demás, mi venerada Madre Patrocinio, al verlas, no pudo menos de manifestarles lo que ya el Señor le había revelado en cierta ocasión; y, dirigiéndose a su madre, llena de aflicción, de respeto y con la mayor paz y dulzura le dijo: “Madre, usted tenía que ser la que me entregara en manos de mis enemigos”. El ningún efecto que estas palabras, tan compasivamente dichas, produjeron en la infeliz y alucinada madre, ya se ha visto en el trato que la dio en los tres días que estuvo a su lado, que fueron para la Sierva de Dios el principio de su doloroso y prolongado martirio.

Apaciguado el tumulto del día 7, que tanto temía el Juez, y habiendo éste pedido, o exigido, a las autoridades eclesiásticas, que dieran su consentimiento para la salida de Sor Patrocinio, pasados tres días, el 9 por la noche, se personó otra vez en el Convento el Juzgado; y entre bayonetas, como si fuera un gran criminal, sacaron aquella angelical criatura, metiéndola en un coche cerrado, con su madre y hermana, al que seguían otros dos coches con los representantes de las autoridades eclesiástica y civil, y la depositaron en una casa particular de la calle de la Almudena (Casa de Dª Manuela Peirote, nº 119), bajo la custodia del ama de casa, (buscada a propósito, como puede suponerse) y de un piquete de la guardia urbana.

Quedó mi inocente Madre en aquella prisión, sin defensa alguna, en lo humano, y sin el menor consuelo que mitigase su dolor. La Rda. Madre Pilar y sus religiosas quedaron también desconsoladas y anegadas en amargo llanto, traspasados sus corazones de pena, de aflicción y temor por su amadísima hija y hermana, sin saber qué harían de ella, ni a dónde la conducirían, pidiendo a Dios saliese en defensa de su inocencia y virtud.

El fiel demandadero de la Comunidad, al que también, como al Rdo. P. Vicario, habían tenido preso en su portería e incomunicado, deseoso de saber dónde conducían a la angelical Religiosa, a la inocente víctima, se disfrazó como pudo, siguiendo los coches a alguna distancia. Así logró averiguar dónde y cómo quedaba, para dar de ello noticia a la Rda. Madre Abadesa y demás religiosas, que angustiadas todas, esperaban con ansiedad su llegada.

En la referida casa de la calle de la Almudena no es posible comprender lo que padeció mi Madre amada. Cuando en su presencia hablábamos de esto, nos contestaba, que el día del juicio se sabría.

Empezaron por hacerla creer que su Comunidad ya no la quería, ni la recibiría, aunque ellos la volvieran. Para esto, fingían cartas y otras cosas; pero la Sierva de Dios no les hacía caso. Decía mi venerada Madre que le parecía increíble lo bien que imitaban la letra de la Madre Pilar; pero su Reverencia, muchas veces, ni abría las cartas siquiera.

Doña Dolores Capopardo, tampoco se descuidaba. Un día se presentó con el joven a quien la había prometido; (Señor Olozaga) el cual, mostrándole una colección de trajes, joyas y adornos que llevaba en preparación, le dijo: “que se dejase de monjíos, que la llevaría a Londres y sería muy feliz; que no le quedaba otro remedio, porque su Comunidad no la quería”. Cuantos intentos diabólicos inventaron para convencerla, todo fue en vano; cuanto la presentaban, ni lo miraba siquiera, rechazándolo con fortaleza, heroísmo y dignidad propias de su virtud, de su estado y de su santidad.

Era vigilada día y noche por un piquete de Nacionales; renovándose éstos, tan a menudo como en otra cualquier guardia. Esta guardia a veces la compadecía ( que eran las menos) y otras la atormentaban de muchas y muy bárbaras maneras. La dieron en muchas ocasiones muchas bofetadas; otra vez dos golpes de espada en el pecho; bastantes para haberla quitado la vida, si el Señor no la hubiera conservado para ostentar su poder en aquella angelical víctima. Un día entró un furibundo con la espada desenvainada y se fue derecho a matarla. Quiso Dios que otro de la guardia le detuviera, diciéndole: “Bárbaro, ¿qué vas a hacer?” —“matarla”, contestó, “porque no la puedo ver con ese Hábito”— “Y ¿Por qué llevas tú ese uniforme?”, replicó el otro. —“Porque quiero”, contestó—. “Pues por eso mismo lleva ella ese Hábito”, dijo el primero; y con éstas y otras palabras le desarmó, y la dejó en paz, marchándose con los demás.

La preciosísima Sagrada Imagen del Olvido, que mi amada Madre tenía en su compañía, era todo su amparo, su fortaleza, su consuelo y su escudo.

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La imagen auténtica, que se conserva en el Convento Concepcionista de Guadalajara, tiene un dragón atado con una cadena sostenida por la mano virginal de María, que sostiene al Niño Jesús con la otra.

Muchas veces, le decían, que la iban a quemar con los libros (eran los del rezo del oficio Divino) y la muñeca, (así llamaban estos impíos a la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Olvido), pero, nunca pudieron tocar la Sagrada Imagen; pues, cuantas veces lo intentaron, o se les hacía invisible o quedaban ellos inmóviles y aterrados. Varias veces también, al hacerse invisible la Santa Imagen, permitió el Señor que tampoco vieran a mi Madre amada; lo mismo sucedía al querer los médicos reconocer la llaga del costado, no permitiendo el Señor que ojos tan impuros registraran el cuerpo de su virginal Esposa.

En todo el tiempo que la Sierva de Dios estuvo en aquella casa, ni durmió, ni se acostó, ni tuvo necesidad corporal alguna. Esto se supo, porque como ni un segundo la dejaba la guardia, ni de día ni de noche, preguntada después por su Prelada y por su confesor, dijo la gracia y favor tan extraordinario que Dios le había concedido.

Tampoco en aquel tiempo oyó Misa, ni recibió los Sacramentos de confesión y Sagrada Eucaristía (como fácilmente puede comprenderse); mas, el Señor la confortó, consoló y regaló, enviándola al Doctor Seráfico San Buenaventura, que varias veces le administró la Sagrada Comunión, e hizo otros muchos celestiales favores; por los cuales fue siempre muy grande la devoción que la Sierva de Dios tuvo al glorioso santo, al que solía llamar, con mucha gracia, su “Capellán”. Siempre que su Reverencia, pudo, celebró su fiesta con toda la solemnidad posible.

Fue también regalada por Dios y la Santísima Virgen, en medio de tanto tormento y dolor, con frecuentes apariciones y muchos arrobamientos, algunas veces en presencia y a vista de los guardias. Esto lo hemos oído referir varias veces al Rdo. P. Fr. Mariano Estarta y a las religiosas antiguas.

En una ocasión, movidos a compasión los que hacían guardia, trataron de libertarla, proponiéndole que se fugara y facilitándole medios para ello; pero la Sierva de Dios se negó por completo, y les pidió por favor que no volvieran a ocuparse de semejante cosa, que Dios Nuestro Señor, que permitía esos trabajos, la libraría de ellos; como milagrosamente, la libró; pues, milagro continuado fue  el que la dejaran con vida, como fácilmente puede comprender quien esto leyere y lo que a continuación se dirá, que nada es en comparación de lo que nos referían las madres antiguas; las cuales aseguraban que no quedó tormento que sus enemigos no proporcionasen a su naturaleza y a su espíritu.

Le hicieron, varias veces, asistir a las juntas masónicas que tenían, con el pérfido fin de martirizar su corazón y su alma, mostrándole sus propósitos de maldad. Los decía nuestra venerada Madre al hablar de éstos, que eran tales, que si Dios no los impidiese, no hubiese quedado ni sacerdote, ni religioso, ni nada que tuviese carácter de religión.

En tanto que aquellos hombres trazaban sus infernales planes, la Sierva de Dios estaba en continua oración, pidiendo a Dios, a la Santísima Virgen y a todos los Santos el remedio a tanto mal.

Decía su Reverencia que no sabía los Padrenuestros y los oficios que había rezado a San Fernando, rey de España, y al Santo Ángel del Reino.

La Virgen Santísima y su Sagrada Imagen del Olvido, que como queda dicho tenía siempre consigo, era toda su esperanza y consuelo.


CAPÍTULO XIII

Sobre los hombres está Dios.- Convictos pero no confesos.- La ciencia médica ante la realidad sobrenatural de las llagas de la Sierva de Dios.- Apuros del juez y de los médicos.- Nuevas pruebas y peores tratamientos.- Fuera pruebas y triunfe la injusticia.- Ni el fiscal aprueba, ni la víctima se rinde ante la tiranía.- Triunfa la verdad en el martirio.- Al convento de las Recogidas, como una de tantas.  

Una de las cosas que más llamó la atención en la causa escandalosa movida por el infierno contra esta santa religiosa, es sin duda alguna la ofuscación de sus mismos enemigos, entre los cuales había muchos —tal vez los más— que no tenían inconveniente a veces a declarar a lo Pilatos, que no encontraban razón suficiente para, en justicia, perseguirla y encausarla, sin peligro de que después, por cobardía y por miras arto mezquinas, dijeran lo contrario y cargaran contra la inocencia de su víctima, inventando y armando contra ella nefandas imposturas. Triunfo y no pequeño fue de la inocencia de la Sierva de Dios el que sus delatores, no dieran el menor testimonio del menor hecho que mereciera castigo de los tribunales; pero si faltaron hechos, sobraron medios de todo género a los calumniadores, para continuar su obra; y, ya que no la pudieron presentar a la faz del mundo como conspiradora, apelaron a las llagas, permitiendo Dios que se apoyasen en su misma virtud; y que, pensando salir la maldad triunfante, el verdadero triunfo fuera para su inocente víctima; pues, cuando creyeron abatirla, la elevaron y la hicieron célebre; puesto que lo que querían hacer pasar por una farsa, dio Dios público testimonio de ser una verdad demostrada.

Formada la causa sobre las llagas, nombraron tres facultativos para reconocerlas, como efectivamente lo hicieron en las llagas de manos y pies; pues la del costado nunca pudieron; permitiendo Dios que, cuando lo intentaban, se les hiciera invisible mi venerada Madre; pero en las de las manos y pies saciaron bien su encono diabólico; pues la aplicaron cáusticos botones de fuego y cuantas ferocidades les fueron sugeridas por el demonio, de quien eran dóciles instrumentos. Después del reconocimiento, aseguraron que se prometían curarlas, diciendo que no procedían de poder sobrenatural, a pesar de que ellos mismos conocieron y se convencieron hasta la evidencia de que no alcanzaba su ciencia a tanto; sin embargo, hicieron pruebas a costa de un prolongado martirio en su inocente víctima, que todo lo soportaba sin despegar los labios.

Uno de los tres médicos, el Sr. Argumosa, que con más empeño se había propuesto curar las llagas, pasados algunos días, avisó al Juez, diciendo que estarían curadas muy pronto; al día siguiente de haber comunicado esta, para ellos, muy grata noticia, se presento el Sr. Argumosa con los otros dos médicos, muy satisfecho y persuadido de encontrar las llagas como él creía; más ¡cuál no fue su sorpresa al encontrarse con las vendas ensangrentadas y las llagas tan frescas como el primer día que él las había empezado a curar! Excusado es decir la admiración de los tres médicos. Su sorpresa llegó al extremo; tanto más, cuanto que les constaba, por los mismos centinelas, que no la perdían de vista ni un segundo, que mi amada Madre tuvo siempre la delicadeza de no tocarse las vendas para nada; según se las ponía el médico, así permanecían hasta que él mismo se las volvía a quitar. Sin embargo, las pruebas se repetían diariamente, a costa, como ya he dicho, del prolongado martirio de la víctima, sin que la curación que ellos deseaban, se consiguiera; pues, la segunda vez que creyeron los facultativos encontrar las llagas perfectamente curadas, se encontraron con un error mayor que el primero; porque al levantar las vendas que ellos habían puesto, no sólo las hallaron frescas y hermosas, sino que la misma sangre dio testimonio de la verdad, salpicando a los mismos que pensaban ver cicatrizadas las heridas.

El tiempo fijado para la curación llegaba a su término. El compromiso para el Juez era grande, como grande era también la obstinación de los médicos en salir con su empresa. Obstinados unos y otro, repitieron el martirio, y pasados algunos días más, cuando les pareció, porque ya estaban cansados, aseguraron los médicos que las llagas estaban perfectamente curadas; lo declararon en debida forma ante el juez y lo firmaron.

Al día siguiente de haber hecho y firmado su declaración, fueron a observar a la paciente, viendo otra vez con nueva sorpresa las vendas empapadas en sangre. Soltó las ligaduras el Sr. Argumosa y saltó la sangre en tanta abundancia, que le manchó todo el chaleco, corbata y pantalón. Puede comprenderse cuál sería su confusión. Y esto, después de haber hecho su declaración formal y haber estampado sus firmas, que aparecieron en el Juzgado. Pero su obstinación había llegado a un extremo tal, que cuanto más claro veían las pruebas, más se obstinaban en sostener lo contrario. Habían adquirido el compromiso con la persona principal; a la víctima no la querían defender, y pasando por la sorpresa, la admiración y el asombro, siguieron adelante, repitiendo el martirio de las pruebas, y mandando a la Sierva de Dios que se cubriera las manos con vendas negras y con mitones. Yo tengo la dicha de poseer una de estas vendas negras de hilo, que me la dio el año 1869 la venerable anciana Rda. Madre Vicaria Sor María Juana de la Santísima Trinidad, con otra blanca y un cabezalito en cuatro dobleces empapado en sangre de tan benditas llagas, y a veces, despide un aroma tan suave y tan grato, que conforta y consuela.

Cuando a los médicos les pareció, dispusieron dar el golpe seguro, según lo tenían acordado; oficiaron al Juez, para seguir la ceremonia; pues estaba bien al corriente de todo; pero les precisaba aparentar, para que el público creyera que obraba con justicia.

En vista de tal oficio de los facultativos, nombró el Gobierno una Comisión, presentando a mi venerada Madre ante ella, con la apariencia de una completa curación de las llagas, cosa que, en la realidad, no estaba en la posibilidad del hombre, a pesar de todos sus esfuerzos.

Cuando el Sr. Fiscal se aproximó a mi venerada Madre, al ver claramente las ensangrentadas vendas y las llagas, como él no podía imaginar, exclamó sorprendido: “Esto no es lo que a mí se me ha dicho; y ya no puedo hacer nada, en vista de lo que estoy viendo”. Intimó el Juez a mi amada Madre que firmara, como curada de sus llagas; y resistiéndose, como era natural y justo, puesto que la obligaba a dar fe de lo que no existía, enfurecido el Juez, levantó su bastón y lo descargó sobre la paciente con una indignación indescriptible. Después  que el Juez se retiró, habiéndose puesto mi venerada Madre a rezar Maitines (que ningún día dejó de rezarlos), se acercó uno de los centinelas de vista y le dio tan fuerte golpe en el pecho con la culata del fusil, que la causó un vómito de sangre, reduciéndola a un extremo tal, que los médicos temieron por su vida. Golpe terrible, que le arrebató la salud para no volver a gozar de ella; siendo su vida un continuo milagro. En este horrendo atentado, como en los repetidos malos tratamientos e injurias que mi venerada Madre sufrió, jamás desplegó los labios para la queja, ni consintió que nadie saliera en su defensa, ofreciéndolo todo a Dios, por cuyo amor sufría paciente y resignada.

Viendo el Juez y los demás que no podían salir con su empeño de curar las llagas, resolvieron por último que saliera desterrada de la Corte, trasladándola por de pronto al Convento de las Recogidas, en la calle de Hortaleza, previa comunicación al Superintendente de aquella Casa, que acompañó a mi angelical Madre en un carruaje, como igualmente el Juez y el Notario, para hacer la entrega de tan inocente víctima; y sucedió, al hacerla, lo que diré en el capítulo siguiente. 

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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