Petrilla era un Sagrario vivo del Señor

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

14…   El falso médico. Las calumnias

En varias ocasiones me contó Petrilla el curioso suceso del falso médico. Confieso que lo recuerdo un tanto borroso, pero ocurrió  al principio de caer enferma, ya que aún vivían sus padres. El caso es que un señor desconocido, se presentó no sólo como conocedor de la enfermedad de Petrilla, sino asegurando que traía los remedios para su curación.

Petrilla desde el primer momento se dio cuenta de su falsedad, acentuada cuando después de convencer a la familia de que iba a curarla, exigió la inspección de la enferma. Pero cuál no sería su capacidad de persuasión y de qué manera convenció a sus familiares, que no pudieron comprender la negativa de Petrilla. Es más, Petrilla no solamente no fue comprendida, sino que la reprocharon su conducta duramente.

El caso es que después de repetir por segunda vez su visita y de escuchar la aún más tajante negativa de Petrilla, y comprendiendo que habían fracasado sus planes, se marchó enfurecido reprochando la tozudez de la enferma. Y según se iba alejando del pueblo, alguien  que le estaba viendo marcharse, dijo que desapareció como de repente.

Petrilla me contó, que fue una de los muchos ataques que ella tuvo que soportar del diablo.

No fueron menores los sufrimientos que así mismo me contara, y que fueron motivados por las calumnias que una mujer conocida, propagara por el pueblo. Todo ello movido por los celos de su fama de “alma santa”.

Duro, muy duro asimismo el comprobar que alguien obligado a ayudarla, quiso confundir los amores del cielo con los de la tierra. Y como reacción de su malogrado intento, todo fue lanzar las críticas más severas contra el alma más inocente.

Y termino con otro comentario que por tenerlo asimismo casi olvidado no quiero hacer con él, un punto y aparte, pero tampoco quiero dejar de mencionarlo: Petrilla fue catequista de los niños que iban a hacer la primera comunión. Aquellos niños, hoy adultos, la recuerdan con verdadera veneración. Y uno de ellos, el día de sus funerales, contó cómo Petrilla tenía que cubrirse con un pañuelo la chaquetilla para ocultar las manchas rojas que dejaban su corazón sangrante. Noticias que fueron causa de incomprensiones y comentarios muy hirientes.

Todo ello formaba parte del abandono a la que Dios la llevaba y que ya veremos más adelante.


15…
  Un deseo de Petrilla: Ver el Mar 

Aquel día tuve un insospechado y especial interés en consolar de alguna manera a aquella alma víctima que vivía en un total abandono. Interés nacido de un  profundo agradecimiento.

Y la pregunté sin rodeo alguno, que cuál sería su mayor deseo en este mundo. Al instante me contestó: El MAR, ver el MAR.

El proyecto se puso en marcha, pero no lo pude realizar.

Al cabo de un tiempo, cuando leí que el apóstol San Juan le hizo una petición semejante al Maestro, recordé el deseo de Petrilla.

Así nos lo cuenta un alma  mística —María Valtorta— en sus impresionantes escritos:

—Habla Jesús—. “Llegaremos al Tabor. Lo bordearemos en parte. Luego pasaremos cerca de Endor para ir a Naím, y de allí a la llanura de Esdrelón…”

“¡Será precioso! Dicen que desde la cima se ve el mar grande, el de Roma. ¡Me gusta mucho!, ¿nos llevas a verlo?”, suplica Juan con su rostro de niño bueno.

“¿Por qué te gusta tanto verlo?”, pregunta Jesús acariciándole.

“No lo sé… Porque es grande y no se ve el límite… Me hace pensar en Dios… Cuando estuvimos en el Líbano, vi por primera vez el mar y lloré de emoción. ¡Tanto azul! ¡Tanta agua!… ¡Y que no se desborda nunca!… ¡Qué cosa más maravillosa!… … Miraba el camino de oro del Sol hasta quedar cegado y el de plata de la Luna que llenaba de candor mis ojos, y los veía perderse muy lejos. Esos caminos me hablaban, me decían: “Dios está en aquella lejanía infinita, éstos son los caminos de fuego y pureza que un alma debe seguir para ir a Dios. Ven. Adéntrate  remando por estos dos caminos y encontrarás al Infinito…

Jesús en voz baja y con inmensa dulzura para no lacerar el sueño del  enamorado, le pregunta: “¿Qué estás soñando?”

“Deseo ir por ese mar infinito… para hablar de ti… sueño con ir a los lugares oscuros para llevar la Luz… y así los que viven en las tinieblas te conozcan y vivan en comunión contigo: Luz del mundo. Sueño con un mundo mejor… Sueño con ser ese niño que, no conociendo sino el amor, se mantiene sereno incluso ante los tormentos… y que canta para infundir ánimo a los adultos, que reflexionan demasiado, y caminar hacia la muerte sonriendo, hacia la gloria con aquella humildad de quien no sabe lo que hace, de quien sólo sabe que está yendo a ti, Amor…”.

 Jesús le besa en la frente y le dice: “Iremos a ver el mar, para que sueñes otra vez con la realización de mi Reino en el mundo”.

En este momento pienso y creo, que Nuestro Señor y sin yo saberlo, aquel día después de despedirme, besó la frente de Petrilla y la llevó a ver la inmensidad de los mares.

Almas víctimas que después de los inefables descansos, el Señor las invita a beber la inmensa amargura de su Cáliz. Y digo esto porque después del bellísimo vuelo del apóstol Juan, viene la amarga experiencia para las almas enamoradas y unidas a Dios, del conocimiento de tantos y tantos vuelos rasantes de los que sólo buscamos  la proclamación de la “grandeza de nuestro yo.”

… Y es que a continuación de la invitación del Señor de llevarle a Juan a ver el mar, se despiertan  los deseos de otro apóstol, los de Judas de Keriot:

Señor… has dicho que después vamos a Endor. Muéstrate complaciente también conmigo… dice Judas Iscariote.

 Y Jesús le pregunta: ¿Qué quieres ver en Endor?  No es sino un mísero lugar entre rocas…

—Llévame… y te lo diré.

—Bien, de acuerdo; pero estate atento a que luego no tengas que sufrir por ello.

 —Si para éste —para Juan— ver el mar no puede significar sufrimiento, a mí no me puede perjudicar ver Endor.

—¿Ver?… No. Lo que puede hacer daño es el deseo de lo que se quiere ver cuando se mira. De todas formas, iremos…

Reanudan su camino. Se dirigen hacia el Tabor… El Tabor está ahora a espaldas de los caminantes. Ya lo han salvado.

—Aquello es Endor. ¿Estás decidido realmente a ir?dice Jesús.                 

—Si me quieres contentar… —responde Judas Iscariote.

—Pues vamos…    …pero no nos has dicho tu intención…

 ¿No fue a Endor adonde Saúl quiso ir para consultar a la pitonisa?

—Sí. ¿Y…?

—Pues, Maestro, que me gustaría ir a ese sitio y oírte hablar de Saúl.

—Bien, vamos.

Llegan a una covacha hecha con bloques de paredón y aprovechando las mismas cavidades del monte. Es una espaciosa gruta ahumada, en cuyas paredes hay todavía signos zodiacales.

…¿Exactamente, qué quieres saber? —pregunta a Judas de Keriot.

—Bien… Quisiera saber si —y por qué —Saúl pecó viniendo aquí… Quisiera saber si una mujer puede evocar a los muertos. Querría saber si… Bueno, en fin, habla y yo te haré preguntas.

Salen afuera, al sol, sentándose sobre los paredones  derruidos y Jesús responde:

El pecado de Saúl no fue sino uno de sus pecados,… culpable, en fin, del delito cometido aquí.

—¿Contra quién?, pues aquí no mató a nadie, responde Judas.

Mató su alma, terminó de matarla, aquí dentro. ¿Por qué bajas la cabeza?

—Pienso, Maestro.

Piensas… Ya lo veo… ¿Y en qué estás pensando? ¿Por qué has querido venir aquí? Reconoce que no ha sido por pura curiosidad de estudioso.

—Siempre se oye hablar de magos, de nigromancias, de invocación de espíritus… Quería ver si descubría algo… Me gustaría saber cómo se producen estas cosas… Creo que nosotros, destinados a asombrar a la gente para captarla, deberíamos ser un poco nigromantes. Tú eres Tú y obras con tu poder, pero nosotros tenemos que pedir un poder, una ayuda, para realizar obras insólitas, obras que se impongan… …me parecía que, viniendo aquí, un poco de la magia de otros tiempos podría entrar en mí y hacerme más grande. Buscando tu interés, créeme.

Sé que este deseo tuyo de ahora es sincero; no obstante, te respondo con palabras eternas porque están contenidas en el Libro, y el Libro existirá mientras exista el hombre; existirá siempre, ya crean en él y lo empuñen en nombre de la Verdad, ya sea objeto de burla o de risa.

Está escrito: “Y Eva, visto que el fruto del árbol era apetitoso para el paladar y agradable a la vista, lo cogió, y comió, y se lo ofreció a su marido… Y entonces sus ojos se abrieron, y se dieron cuenta de que estaban desnudos y se hicieron unos ceñidores… Y Dios dijo: “¿Cómo os habéis dado cuenta de que estabais desnudos? Por haber comido el fruto prohibido”. Y los echó del paraíso de delicias”. En el libro de Saúl se lee: “Apareció Samuel y dijo: ¿Por qué me has incomodado invocándome? ¿Por qué me consultas después de que el Señor se ha retirado de ti? El Señor te tratará como te he anunciado… porque no has obedecido a la voz del Señor'”.

Hijo, no tiendas tu mano al fruto prohibido; el solo hecho de acercarte a él ya es una imprudencia. No tengas curiosidad por conocer lo ultraterreno; ten temor a que el veneno satánico de la curiosidad se te adhiera. Evita lo oculto y lo que no tiene explicación. Una sola cosa debe recibirse con santa fe: Dios. Mas evita aquello que no es Dios y que no se puede explicar con las fuerzas de la razón ni crear con las fuerzas del hombre; evítalo, para que no se te abran las fuentes de la malicia y comprendas que estás “desnudo”. Desnudo: repelente de humanidad mezclada con el satanismo. ¿Por qué quieres causar asombro con oscuros prodigios? Cáusalo con tu santidad, luminosa como cosa proveniente de Dios. No desees rasgar los velos que separan a los vivos de los difuntos. No molestes a los difuntos. Escúchalos a los sabios mientras están en este mundo y venéralos obedeciéndolos incluso después de la muerte. No disturbes su segunda vida. Quien no obedece a la voz del Señor pierde al Señor; mas el Señor ha prohibido el ocultismo, la nigromancia, el satanismo en todas sus formas. ¿Qué más quieres saber aparte de lo que te dice la Palabra?, ¿qué más quieres obrar aparte de lo que tu bondad y mi poder te conceden que obres? No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.

No te sientas avergonzado. Me agrada que reveles tu humanidad. Lo que te atrae a ti atrae a muchos, a demasiados. Lo único que le quita peso a esta humanidad, mucho peso, y le pone alas, es el fin que has puesto en este deseo, o sea, “tener potencia para atraer hacia mí”; pero son alas de ave nocturna. No, Judas mío, ponle alas solares, de ángel, a tu espíritu; bastará el viento de estas alas para captar a los corazones, y los llevarás, por tu surco, a Dios.

¿Nos vamos?

—Sí, Maestro. Confieso mi error…

No. Lo que ha sucedido es que has pretendido averiguar. El mundo estará lleno siempre de personas curiosas.

Personas curiosas que tanto hacemos sufrir a las almas que vuelan siempre en dirección al Sol, “caminando hacia la Gloria, de quien sólo sabe que está yendo hacia ti, Amor”. Como lo hiciera Petrilla, con alas de amor y de dolor…


16…
  Una amistad especial: Petrilla y Juanita

Juanita estaba consagrada al Señor. Era natural de Segovia. Su madre falleció al darla a luz. Su padre, notario de la ciudad, volvió a contraer matrimonio.

El sufrimiento fue desde entonces, su compañero inseparable, pero siempre con la mirada puesta en Dios. En repetidas ocasiones intentó ingresar en el Carmelo, pero no se lo permitió su salud.

En el mundo ejerció como maestra nacional. Se entregó en cuerpo y alma a los niños. Pero era tal su sensibilidad espiritual, que para no perder la dirección espiritual con un padre jesuita, se desplazó de Castilla a Orduña (Vizcaya), en donde la Compañía de Jesús tenía un noviciado, motivo por el que en esos momentos, se encontraba el referido padre en la ciudad vizcaína.

En Orduña fue maestra de Mª Ángeles, mi esposa, y de su hermana Rosita, que falleció a los cinco años. Mª Ángeles entonces  tenía doce. No puedo seguir adelante sin constatar un hecho muy relevante:

Juanita que conoció bien a Rosita, se quedó impresionada por su encanto.    

Estando ya al final de sus días, estaba tan preparada para recibir el Santísimo Sacramento, que el párroco no tuvo ningún inconveniente en darle la primera comunión. Fue tal el recogimiento que guardó durante un largo espacio de tiempo, que su padre pensó que Rosita estaba viviendo sus últimos momentos. Pero la niña levantó la cabeza y aclaró a su papá, que era porque estaba muy feliz con el Señor en su  pecho.

Guardaba la propina de los domingos para entregársela a los pobres.

Cuando ya sabía que se iba para el cielo, su mayor dolor era el ver el sufrimiento de sus padres. 

Juanita pensó seriamente en seguir el proceso de su beatificación.

Rosita se fue al cielo, pasaron los años y los misterios de la vida, hicieron que nos volviésemos a encontrar con Juanita en Valladolid. Ella en un principio ejercía de maestra en el pueblo de La Parrilla, provincia de Valladolid, pero ya jubilada, se vino a la capital a la residencia de las Angélicas, donde falleció al cabo de unos años.

Dada nuestra amistad, en una de sus frecuentes visitas a nuestra casa la invité para ir a conocer a Petrilla.

Fuimos alrededor de una decena de veces, dándose la casualidad de que solamente en una o dos ocasiones pudieron estar ellas a solas. Con nadie me había pasado otro tanto.

El motivo creo que lo entendí cuando Juanita ya se había ido al cielo: Eran dos almas víctimas, y el Señor era el dueño y administrador de sus sufrimientos y de sus consuelos. Petrilla me dijo que era con el alma que mejor se había entendido hacía ya mucho tiempo. Qué suspiros de dolor cuando la di la noticia del fallecimiento de Juanita.

Y para finalizar, diré que Petrilla era un Sagrario vivo del Señor, manteniéndose Sacramentado en su corazón de una a otra comunión. Lo que no puedo es precisar si fue una Gracia permanente o se alternó en el tiempo. Lo cierto es que motivado por algún comentario, le dije a Petrilla que me parecía que aquella gran amistad que se tenían, me hacía pensar que también Juanita gozaba del favor Eucarístico. Petrilla sonrió.

Muy bien pudiera ser que la venida del Señor en Gloria al final de los tiempos, que nada tiene que ver con el final del mundo, sea precisamente de esta manera. Favor Eucarístico que hará a un resto, que tendrá como misión llevar entre enormes dificultades, la Buena Nueva a todo el mundo.

Asistimos al entierro de Juanita, Mª Ángeles, unos sobrinos que por primera vez la vinieron a visitar, varias personas más, y yo. Su último deseo, que se cumplió, fue el de ser enterrada en el lugar destinado en el cementerio para los que son desconocidos, o carecen de medios económicos. 

 

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