Y es que Petrilla, con su eterna sonrisa, estaba gritando en silencio el inmenso mar en el que navegaba en sus adentros.

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

11… La llamé a medianoche

En más de una ocasión Petrilla me había indicado que no dormía ni durante el día ni durante la noche, motivo por el que estaba justificado llamarla por teléfono a cualquier hora del día.

Y sucedió que cierta noche, estando en el duermevela, me fue despertando un pensamiento que cada vez aparecía con mayor fuerza. Se trataba de responder a la pregunta de que cómo vería yo el mundo que me rodeaba, si todo, absolutamente todo, incluyéndome evidentemente a mí, se reducía a la mitad.

Vería todo igual, fue la evidente y sencilla respuesta.

Pero ocurría una cosa curiosa, que ahora yo seguía teniendo la “misma estatura” habiéndome quedado reducido a la mitad.

Y seguiría todo exactamente igual, aunque la reducción a la mitad se practicase miles y miles de veces.

Es decir que se ve exactamente igual un personaje a sí mismo y a su entorno, ya esté en una “pantalla pequeña” ya esté en una “pantalla grande”.

Entonces fue cuando con “asombro de medianoche” me pregunté: ¿Cuál es nuestra “medida o dimensión verdad”?

Intuí con claridad que ni la sabemos ni podremos conocerla mientras vivamos dentro de las limitaciones de los espacios y tiempos.

Unos elementales cálculos me indicaban que la velocidad de la luz podría verse con “velocidad de paseo”, si la operación de ir reduciendo a la mitad la realizase 28 veces.

Recordé con fuerza la identidad con la que se nos presenta el mismo Dios: SOY EL QUE SOY. Comprendiendo clarísimamente que nosotros somos únicamente en Él.

Intuí que podíamos caer en la tentación de adorar la grandiosidad de un universo, cuyas dimensiones no son Verdad, pero que El CREADOR quiso mostrarnos su relativa grandiosidad como una preciosa llamada para ir en busca de ÉL, SU AUTOR.

Entendí, como algunas almas que se han comunicado desde la Iglesia Triunfante o Purgante, a través de la Comunión de los Santos, han indicado cómo a la hora de dejar definitivamente espacios y tiempos, vieron como primero la tierra y finalmente el universo, se iban reduciendo a un punto antes de desaparecer por completo.

Comprendí que nuestra actual expansión del universo puede ser tanto del tamaño del momento del Big como el del actual Bang. Todo depende desde qué “pantalla” se mire. A un espectador del Bang le bastarían aproximadamente 50 reducciones a la mitad para ser habitante del Big, y seguir creyendo que todo es absolutamente igual. E igual sentimiento sería el del habitante del Big que por el mismo procedimiento, pero a la inversa, le pasasen a la escala del Bang.

Y es que la única dimensión Verdad es la del AMOR.

No nos van a examinar de nuestros “asombros humanos” ante la presencia de los “relativos e inmensos cosmos”. Nos examinarán únicamente de cómo supimos aprovecharnos de él -el cosmos- para arrodillar la razón y lanzarnos con humildad y sencillez a través de la fe, en busca de su AUTOR.

Y con estos pensamientos de por medio, llamé aquella noche a Petrilla, dada la inmensa necesidad que tenia de desahogar aquel pequeño volcán interior. Me escuchó en silencio y con gran respeto, pero no recuerdo que me hiciese ningún comentario. Lo que sí recuerdo, es que dormí en paz el resto de la noche.

Pasaron meses y años y de vez en cuando me venía a la memoria la necesidad de estar fuera de los límites del espacio y del tiempo para poder comprobar la relatividad de las dimensiones de nuestro mundo.

Y fue la fe la que me salió al paso, al proponerme una sencillísima reflexión aprovechando el más bello de los ejemplos. Ejemplo que hizo que durante toda su vida Petrilla relativizase este mundo poniéndolo bajo sus pies, como ella me dijo muchas veces.

El ejemplo lo tenemos en una Persona y un Gran Misterio: La Eucaristía.

Efectivamente, la fe nos dice que Nuestro Señor, Glorioso ya en la Eucaristía, está con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, sea cualesquiera el tamaño de la Hostia consagrada, y sean tantas como se quieran las partes en las que se divida el Pan Sagrado.

Y puede hablar al mismo tiempo a multitud de corazones, en silencio o con palabras, palabras o inspiraciones muy diferentes según las necesidades del comulgante. Pudiendo asimismo representar sin dificultad alguna, tanto sucesos pasados, como presentes o venideros.

Creo que tiene mucha, mucha más importancia que la que parece, el hecho de que nos están informando desde hace décadas, con los más bellos documentales tomados de la creación, ya sean de nuestro planeta, ya del inmenso cosmos, pero teniendo un exquisito cuidado de no mencionar jamás a su Autor y Creador, para ir formando una sociedad que sustituya “el misterio de los espacios y tiempos” por el mismo “dios”, aprovechando la necesidad que siempre tendrá el hombre de buscar su identidad en el “Misterio”. Paso en falso necesario para llevar durante un corto tiempo a la humanidad, a adorar a la “Bestia mayor”.

¡Cómo sabía lo que decía el gran místico San Juan de la Cruz cuando dejó escrito aquel bellísimo dicho de luz: “Más vale un pensamiento, que todo el mundo. Deduciendo que sólo Dios es digno de él!

Había “entendido” lo que Dios dijo por Isaías (40-17):
“Ante Él nada cuentan las naciones, carecen absolutamente de valor…”


12… Ya cosa no sabía. Y el ganado perdí que antes seguía

He de confesar que para acercarme a estos inigualables versos del Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz, necesito acordarme de tantos necesitados de vista y oído, o paralíticos y enfermos de lepra, que se acercaban a Jesús. Y aunque no veían, ni oían o estaban inmóviles o enfermos de muerte, les animaba y de qué manera, el saber que estaban ante la presencia del Misterio que puede sanarlo todo.

Así es como vestido de mi pobre espiritualidad, me acerco gozoso a la lectura del aludido cántico. Y creo que esta nueva forma de acercarme, tiene mucho que ver con las “migajas” solicitadas a Petrilla, y ¡qué alegría al recordarlo!, las que a las doce de la noche de un trece a catorce de diciembre, festividad del Santo, y que además acababa de conocerle, me mostró claramente su aprobación como forma de acercarme.

Y he recordado precisamente estos versos, porque en ellos San Juan de la Cruz manifiesta, que un alma que ya ha celebrado el matrimonio espiritual con el Amado, tiene una tan distinta manera de ver las cosas de cuantos estamos en las anteriores moradas.

Y es que recuerdo aquella tarde que hablando con Petrilla, estábamos únicamente los dos en aquella ocasión, se sonrió cuando le mencioné su para mí seguro matrimonio espiritual.

Sin palabras, puedo asegurar que entendí en aquella sonrisa el sabor añejo de tal acontecimiento. En una palabra, que ya había celebrado las de plata y las de oro, habiendo llegado hacía tiempo los esponsales de mayor grado: los de la Cruz. No, no me dijo nada, como acabo de indicar, pero no sé por qué, pero estoy seguro de que los gestos y su mirada me han llevado a esta segura respuesta.

Es curioso que San Juan de la Cruz tenga por seguro que tal matrimonio, necesita para su celebración, la Confirmación en Gracia. Y es que Petrilla, no solamente gozaba del inestimable requisito de dicha confirmación, sino que además el Señor la hizo quizás el mejor regalo que pueda desearse: el de la “impecabilidad”. Pero eso lo dejamos para otros momentos, ya que será motivo de otros escritos en los que entrarán en juego otras dos almas compartiendo con ella una devoción, que creo que en un día cercano, será aprobada por la Iglesia: “La Devoción a los Corazones Eucarísticos de Jesús y María”.

Lo que ahora me interesa, y una vez hecho el comentario del anterior apartado, es el advertir que aunque Petrilla no me hizo ningún comentario, en la llamada que yo la hice por la noche, sí que me habló con su silencio; que como ya he dicho, me permitió dormir el resto de la noche.

Y es que Petrilla vivía al máximo el espíritu de los versos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz que encabezan este apartado.

“Lo cual, nos los explica San Juan de la Cruz, es porque, estando en aquel exceso de sabiduría alta de Dios, esle ignorancia la baja de los hombres; porque las mismas ciencias naturales y las mismas obras que Dios hace, delante de lo que es saber a Dios, es como no saber, porque donde no se sabe a Dios, no se sabe nada. De donde: Lo alto de Dios es insipiencia y locura para los hombres, como también dice San Pablo (1 Cor. 2, 14). Por lo cual, los sabios de Dios y los sabios del mundo, los unos son insipientes para los otros, porque ni los unos pueden percibir la sabiduría de Dios y ciencia, ni los otros del mundo; por cuanto la del mundo, como habemos dicho, es no saber acerca de la de Dios, y la de Dios acerca de la del mundo.

Y así, la esposa en los Cantares, después que había tratado esta transformación de amor suya en el Amado, da a entender este no saber con que quedó, por esta palabra, nescivi, que quiere decir No Supe.

Y es que habiendo entrado el alma en la “interior bodega”, lo pierde todo, quedando como habemos dicho, hechos todos en amor; en la cual más fácilmente se consumen estos ganados de imperfecciones del alma que el orín y moho de los metales en el fuego. Y así se siente ya libre el alma de todas niñerías de gustillos e impertinencias tras de que se andaba, de manera que pueda decir: El ganado perdí que antes seguía”.

Y es que Petrilla, con su eterna sonrisa, acompañada de una mirada llena de fortaleza y ternura, estaba gritando en silencio el inmenso mar en el que navegaba en sus adentros. El mundo lo había colocado hacía ya mucho tiempo a sus pies, no “sabiendo” otra cosa que la que Dios le enseñaba.


13… Petrilla ve “las procesiones” desde la ventana

Voy a contar una anécdota que la considero de poco interés e importancia, si no fuera porque en ella se descubre con claridad, un rasgo de la sencillez de Petrilla.

Antonio, uno de los habituales a la visita mensual a Pampliega, y que como he indicado anteriormente, dirigía los cantos del cenáculo, me contaba, que en cierta ocasión una mujer de Valladolid acompañada de su hija, fueron a visitar a Petrilla, coincidiendo que durante la visita pasó una procesión por la plaza de España, es decir frente a su casa.

La mujer con su hija se pusieron junto a una de las dos ventanas para ver pasar la procesión, dándose media vuelta posteriormente la madre, para contarle a Petrilla, como buena mujer, los detalles de la misma; pero cuál no sería su sorpresa, al comprobar que Petrilla, con los pies levantados del suelo, estaba asimismo contemplando la procesión desde la otra ventana.

La habían llevado los ángeles.

Muy pocas veces hablé con Petrilla de sus hechos extraordinarios o sobrenaturales, pero en aquella ocasión, cuando volvimos a vernos después del comentario que me hizo Antonio, no pude por menos de mencionarla el suceso de la ventana y la mujer de Valladolid.

Jamás que recuerde, Petrilla ocultaba sus respuestas, contestándome lisa y llanamente, que la mujer y su hija eran de Burgos y no de Valladolid, pero con una sonrisa que traducida al romance castellano antiguo o moderno, quería decir: pero Andrés, cómo eres.

Y he mencionado al principio “las procesiones”, ya que me ha venido a la memoria otro comentario que en alguna ocasión me ha contado Petrilla: “Que llegaría el día en que una multitud de personas lanzarían grandes gritos y amenazas en su Plaza, pero Petrilla intercedería por ellas, para conseguir la paz en sus almas.

Día que a mi parecer llegó hace mucho tiempo, pues no fuimos pocos los que la visitamos con los indicados signos en el alma, consiguiendo sin casi darnos cuenta la paz para nuestros corazones.

 

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