Hermosura de las llagas. Impresas por Dios, ¿quién podrá borrarlas?

Tomado del Libro: Vida Admirable de la Sierva de Dios Madre Patrocinio
Escrita por: Sor María Isabel de Jesús, r.c.f.

CAPÍTULO IV

Hermosura de las llagas.- Estado ordinario de las mismas.- Vivía de milagro.- Impresas por Dios, ¿quién podrá borrarlas?- En Talavera y en las Recogidas de Madrid.- El día de la Santa Cruz.- Particularidades dignas de mención.- Cuentan lo que vieron y tocaron.- Arrecia la persecución del diablo a la Sierva de Dios.- Trabajos exteriores manifiestos y públicos.- Conjuros sin provecho.- Asilo seguro.- El poder de Satanás y la virtud del “Ave María”.- Ríndese la ciencia ante el milagro.- Virtud ilimitada del diablo.

Tratando la Rda. M. Pilar de la hermosura de las llagas de la Sierva de Dios, hace la pintura siguiente: “Pues ¿qué diré de la abundancia de la sangre que por todas derramaba y de la hermosura de todas ellas? Si las tiene cerradas, se ve como por un cristal, porque brilla la pielecita que la cubre y siempre manifiesta la roseta; si abiertas, es un pasmo, se ven los tendones o nervios, tiene como un agujero y no le quita el manejo para nada; siempre que echan sangre, sale también por la palma y, en los pies, por la planta también. Jamás se ha puesto nada absolutamente, más que cabezalitos finos y las vendas. Cuando se abren es la una mayor que la otra. Cuando se cierran no queda cicatriz en medio, ni nada más que la pielecita que la cubre; lo mismo la de los pies. La del costado, cuando está cerrada, parece como de relieve; la sangre que sale de todas es con tanta abundancia, a veces, que no podría vivir, al parecer, naturalmente; pues la del costado, después de calar el paño que siempre lleva en ocho dobleces, y una plancha de hilas, la túnica de lana, justillo, pañuelo y hábito, que siempre es gordo, le rebasa y cae hasta la misma fimbria del mismo hábito. Las llagas de la cabeza, en la frente, que es donde se pueden distinguir mejor, son de forma no redonda; y éstas, todo el tiempo que ha estado en el convento, ha sido casi a diario el echar sangre; pasaban dos o tres días lo más; lo común ha sido en la oración; aunque de noche y a otras diversas horas también; pero, comúnmente volvía del éxtasis, y se hallaba su cabeza y el rostro, de la que caía, lleno de sangre, y todo el escapulario, por delante, de manera que todo había que mudárselo. Yo, como veía tanta pérdida de sangre, muchas veces me afligía; y sucedió una o dos veces, que mandándola, mentalmente, que en trece días, y otra en nueve, no se le abriesen las llagas de la cabeza, ni echasen sangre, así sucedió; pero volvía lo mismo y ya no me atrevía yo a desear lo que conocía no era voluntad de Dios. Pero todo el tiempo que han sido mis ojos testigos, desde el primer día que se abrieron, ya de unas, ya de otras, ya de todas juntas, raro ha sido el día que no ha echado sangre de las llagas; y por esta continuación y lo poquísimo que tomaba de alimento parecía imposible el vivir, si Dios, para ostentar su poder, no la conservara.”

“Desde el 9 de Noviembre del año 1835, que la sacaron, hasta el día que la llevaron a Talavera, aunque no he sido testigo de vista; pero infiero por lo que diré que, o no se le han cerrado ni un día, o si han dejado de echar sangre alguna vez, ha sido muy rara: y, aunque las llagas lo mismo son cerradas que abiertas, porque lo que el Señor ha impreso no han podido borrarlo los hombres, y que, echen sangre o no echen, las llagas siempre están patentes y a la vista, pero creo ha querido el Señor manifestarlo más y más, para que no tengan disculpa.”

“El fundamento que tengo para decir esto es, que desde el 9 de Noviembre hasta el 26 de Enero, que la trasladaron a las Recogidas, en la casa donde estuvo depositada, no cesaron de pedir vendas y trapos, al convento”.

“Unos días antes de practicar aquella acta de mentiras, mandaron hacer vendas de tafetán negro y por dentro cabezal blanco; —bien claro estaba; —el cabezal, para empapar la sangre y lo negro para encubrirla”.

“Y fuese por poca cautela de la mujer o inadvertencia o lo que es más, Providencia de Dios, lo cierto es, que en casa —el convento— las hicimos; y cuando la mujer quiso evitarlo, sin duda, conociendo que para seguir el plan que se proponían, no convenía que supiésemos esta farsa, ya era tarde. Luego que fue trasladada a las Recogidas, como llevo dicho, dispuso Dios, que, no sólo la ropa, sino todo, se lavase y cuidase en el convento; porque la rectora, que es mujer muy virtuosa y de grande espíritu, quiso darnos este consuelo; y en los 16 meses justos que ha estado en aquella Santa Casa, aunque algunas vendas y cosas de sangre haya lavado dicha Señora; pero, comúnmente, ha venido todo y desde que fue, hasta el mismo día que fue el regente y Secretario a notificar el viaje, que por la tarde vinieron las vendas con la sangre fresca, no ha faltado algo que lavar, y esto puedo atestiguarlo; muchas veces ha venido de todo, tocas, vendas de pies y manos, hábitos y túnicas, y, en fin, se conoce claramente, que siempre han estado abiertas: Por la Santa Cruz del año pasado de 1836, fue con tanta abundancia la que salió de todas las llagas, que nos estremecimos al ver tanta sangre; y no lo estaba menos la Señora Rectora, que decía, temió se desangrara enteramente; y, por el peso y la abundancia, regulamos por lo menos cuatro libras, echando corto. Otras muchas veces ha venido mucha, pero como entonces nunca, pero siempre, más o menos, de unas o de otras llagas no ha dejado de venir”.

“Sucedió un día, que era cerca de Completas, y como las llaguitas de la cabeza, que cogen en la frente es más difícil encubrirlas, y más que algunas veces se veían dos oredenes echando mucha sangre, y, una, particularmente era mayor y vertía sin cesar; díjela yo que no podía ir a completas, y con aquella gracia que tiene en todo tan inocente, dice “ciérrate llaga”, y al momento mismo no volvió a echar una gota; y se puso de tal modo, que pudo al instante ponerse el tocado e ir al coro. Son tantas y tan particulares las cosas que a cerca de las llagas podía decir, que sería interminable y alguna vez hablando de los éxtasis, diré algo”.

“Yo misma he tenido la dicha de ver varias veces las de los pies, las de la corona de espinas en medio de la frente, estando cerradas, y la blancura y brillo de la pielecita que la cubría, era una hermosura. La de un pie es algo más grande que la del otro; no recuerdo la de cual pie era mayor, pues en mi veneración y en el gozo interior que experimenté al verlas, no me fijé en eso; sólo sí, pensé entonces y he pensado después muchas veces, si esto significaría que la Santísima llaga del pie que a nuestro Divino Salvador clavaron sobre el otro pie, sería mayor; puesto que la crucifixión del Señor fue con tres clavos, dos para las manos y uno para los pies, tocando al de encima la parte más gruesa del claco. Esto medité yo entonces, y pienso siempre al recordarlo.

Sigue hablando la Madre Pilar: “Estremece sólo la memoria de lo que el cruel enemigo de nuestra alma la ha hecho padecer; y, como es poco común esta clase de padecimientos, aunque nada extraña a quien tenga experiencia y entienda de Mística, y más principalmente en un alma tan grande, y que nada tiene de común y en todo es particularísima y admirable; pero, comúnmente, nada de esto se cree; y ya se ha visto que, sólo para burla y sátira se han valido de un suceso que fue verdadero; pero que lo teníamos oculto. En fin, yo que no puedo negar a mis ojos lo que he visto y oído y que, sencillamente, apunto lo principal de todo, diré algo de lo que presencié y vi”.

“Esta clase de padecimientos, según yo luego supe, hacía mucho tiempo que los padecía; pero el saberlo yo fue casi al mismo tiempo que se empezaron a manifestar sus éxtasis, y cuando el Señor quiso darla algún descanso aunque no seguido”.

“Como ocultaba de un modo particular todas las gracias del Señor y todo lo que padecía, y en lo exterior se descubrían un no sé qué, que manifestaba aquella tranquilidad de alma, aquel amor encendido a su Dios, aquella caridad y amor al prójimo, aquel silencio y, en fin, las virtudes todas con que nos pintan a los mayores Santos, la dije un día: ¡Ay, hija mía!, para su caridad son todos los dulces, y abrazándome con una gracia y sonrisa, me respondió: Madre mía, y también los amargos. Yo decía entre mí, ¿qué podrá tener esta criatura si es un ángel y siempre está en la presencia de Dios?

“Pero bien pronto conocí cuánta virtud había tenido que tener, para padecer tanto, sin despegar jamás los labios, para decir la más mínima palabra; por donde hubiésemos podido conocer los muchísimos y continuos trabajos que la bestia infernal le hacía padecer. Por aquellos días, iba el Señor dándome más a conocer, cuánto encerraba el Señor en aquella criatura dichosa. Gustaba ella mucho de que yo estuviese con ella algún ratito, y cada vez iba formando yo más alto concepto de su virtud admirable. Un día, por la siesta, que había estado con ella, me despedía ya, y me rogó e instó, para que no me fuese; y me declaró, cómo el Señor la había dado por alivio y como un asilo la celda y compañía de la Prelada. Fui sabiendo mucho de los grandísimos trabajos que había padecido y padecía; la crueldad con que este fiero dragón la trataba; el año de Noviciado tan penoso que había tenido; y más en los ejercicios, padeciendo todo solita y sin el menor consuelo, por parte de las criaturas; cómo todos los males extraños habían sido causados por los golpes que la daba y lazos que armaba; cómo la caída y la olla de agua, con que la abrasó todo el brazo derecho; y, en fin, es imposible referir las tramas de este maldito”.

“Sin duda, como Dios quería ir manifestando su poder y grandeza en esta alma tan amada suya, quiso que yo tuviese noticia de cosas grandes y maravillosas y que todas fuésemos conociendo mucho de esta alma tan grande”.

“Cuando yo supe estos padecimientos, fue grande mi asombro, y propuse velar con la mayor vigilancia; y aunque tan incapaz y tan miserable, como esa gracia era del oficio de la Prelacía, procuré por mi parte acudir de día y de noche a su alivio”.

“Escribir todo lo que ocurrió durante esta permisión que tuvo el demonio para atormentarla es casi imposible; pero, aunque sólo ella misma podría declararlo, por lo poco que diga, se puede conocer, cuánto sería lo que padeciese interiormente; pues permitió Dios que viésemos y tocásemos por decirlo así, cosas tan raras y poco frecuentes. Los golpes y ruidos, que el demonio hacía en el Convento, eran grandes, y en el coro, entrando ella, mayores; parecía que, en empezando el oficio Divino, tocaban a alarma; y, en su silla y en las inmediatas, daban unos golpes tan fuertes en los cajones, que causaban perturbación y por todas partes había ruidos; se oía como hablar; pero tan raramente, tantas sombras, en fin tales cosas, que llegó la Comunidad a acobardarse; pero lo más doloroso eran los golpes que daba este cruel enemigo de día y de noche a esta criatura; no la dejaba sosegar a ninguna hora. La estábamos viendo tan hermosa y con aquella gracia natural que tiene, y de pronto se le advertía como una mutación triste; íbamos a verla, y ya estaba llena de cardenales. Otras veces, se oían, claramente, las bofetadas; y aunque no veíamos quien las daba, veíamos en su rostro la señal. Debajo de sus pies, siempre estaban dando golpes; y si se echaba, sonaban debajo de su cuerpo. A todas horas, se le ponía delante; y ella sola podrá decir cómo y en que figuras y siempre atormentándola”.

“Yo de mí que conocí tanto y llegué a apurarme en extremo, aunque Dios me quitó el miedo natural que debía tener, más como soy tan flaca y ruin, cuántas veces decía yo en mi interior: ¡Jesús, Señor —¿Cómo hay quien siga este camino y os sea fiel?, porque yo no puedo de ningún modo ponderar mi estremecimiento y las angustias que mi alma padecía”.

“Por mandato de nuestro Rdo. Padre General Fray Luis Iglesias, entró el Padre Vicario a conjurar todo el convento, pero delante del mismo Padre y mientras conjuraba, hacía el diablo los mismos ruidos. Viendo que nada servía, hablando un día con el Rdo. Padre Fray Lorenzo de la Hoz, —porque yo no tenía ya corazón para ver padecer tanto a aquel Ángel —me dijo: No se cansen ustedes, las conjuras no servirán de nada, eso es la purgación pasiva de ese alma y que la fía Dios a pocas almas, y sólo a aquellas que quiere Su Majestad levantar a muy alto grado de santidad.

Habiendo, pues, sabido que con la Prelada tendría algún asilo, no la dejaba más que lo preciso y porque las noches eran las más temibles y porque hubiera sido imposible que yo hubiera descansado ni un solo momento, dispuse durmiera en mi celda, y en efecto, sólo una noche tuvo el demonio permiso para entrar y el día que la sacó como luego diré, y el largo tiempo que hubo hasta que quitaron el permiso al demonio, para que la atormentara de este modo, a lo menos teníamos de noche seguridad; esto en cuanto a darla golpes, porque ruidos y sombras en las ventanas, que enteramente quitaban la luz, había mucho de esto. Apenas se creerá lo que padeció esta criatura; yo confieso que son imponderables las penas, zozobras y angustias que yo padecía en todo este tiempo, porque era imposible tener sosiego en ninguna parte. Un día, que fue el primero de Pascua del Espíritu Santo, y antes de que subiera el Noviciado, dije a la Maestra me bajaría; aquella noche la Maestra se fue a acostar y yo me quedé con ella. A poco rato dan un golpe, y ella como la veía, dijo: ya está aquí, y luego dan otro muy cerca; yo llamo a la Maestra, y con un lignun Crucis grande y las dos cubrieron y vimos levantar la cruz y darla con la misma cruz, cogerla del velo, y esto sucedió muchísimas veces, que teniéndola yo en el coro en mis brazos porque estaba enajenada, ya que no podía pegarla, tiraba con fuerza del velo”.

“El día de la Stma. Trinidad, del mismo año, estando en el claustro toda la comunidad, donde la noche antes se había quedado en éxtasis, cantando los gozos, como es costumbre cantarlos la víspera y día de tan gran solemnidad, empezamos a oír los ruidos y golpes de otras veces, y ella se turbó; la llevamos a mi celda, y ella veía la batalla que tenía para entrar; al fin entró —ésta fue la vez que ha dicho—, eran tantos los golpes que la dio que todas lloraban sin consuelo, al cabo de un rato, nos ocurrió sería bueno entrara el Padre Vicario; entró y la empezó a auxiliar, porque estaba morada, y a poco cesó de golpearla, pero la dejó tan molida que, sin poderla mover, allí mismo se echaron unos colchones. Otro día estando yo en el torno, oigo voces de las monjas que me llamaban arriba; subo exhalada, porque conocí sería algún trabajo suyo, en efecto, la había metido la cabeza por el agujero de un común y la sujetaba fuertemente; la Maestra tiraba  a ver si podía sacarla, pero en vano, y, dice, la daba contra una piedra; llegué yo y, cogiéndola con las dos manos, al instante la soltó, la llevamos a la enfermería, donde hallamos al médico que estaba visitando a una enferma, y como las monjas, con la turbación, no advirtieron que estaba dentro, asustado, vino donde oía las voces; éste dijo, que si hubiese estado más tiempo se hubiera ahogado”.

“El caso más doloroso para mi corazón y para el de toda la comunidad, fue cuando la sacó del convento, que tanto ha servido para mofa y escarnio de los impíos; pero como que fue verdadero y había tantos testigos como monjas viven de las que había entonces, no lo debo omitir”.

“El día 26 de Octubre del mismo año de 1830, salimos del coro a las diez y media, ella se fue con su Maestra y entró en nuestra celda por unas flores, la Maestra la dejó; yo me había quedado en el coro. Sor María Hipólita de San Felipe Neri que vivía en la celda inmediata, dice que así que pasó su Maestra, le dio un vuelco el corazón; se levanta, va a mi celda, vio que no había nadie; busca a su Maestra y la pregunta por ella, la dice donde la había dejado, y la de San Felipe —como sabían todas lo que atormentaba el demonio— dice: Vamos a buscarla. Todas se alborotaron y empiezan a llamarla; en esto bajo yo del coro y veo lo que sucedía. Desde luego, me temí la tendría en algún rincón golpeándola”.

Un sobresalto general se apoderó de todas, la buscan, se la llama a campana, ni responde ni aparece por ningún lado, crece con esto nuestra angustia, se encienden las luces para mirar por las cuevas, y desde la media naranja de la Iglesia, hasta la última cueva se registró, no quedó alacena ni cofre que no se abriera, viendo por nuestros mismos ojos que no estaba en el convento, entonces, si que creció nuestra congoja; lloramos, y casi fuera de nosotras mismas, dije a las monjas: Hagan Vds. oración a su Stmo. Cristo —era el Señor de la Palabra—, mientras yo voy a llamar al Padre Vicario, a ver qué hacemos. Yo me bajé al locutorio, y a muy breve espacio, estando afligidísima que no sabía ni lo que me pasaba ni lo que hacía, me llaman corriendo, diciendo que la novicia que era Sor María Josefa de la Soledad y estaba de cocina, había oído desde la huerta un quejido. Corrimos todas en tropel, unas por un lado y otras por otro de los claustros, mirando por todas partes, y vimos en un tejado a nuestra amadísima Patrocinio. ¡Oh, que gozo el nuestro!; sin más reflexión, salieron por las ventanas dos religiosas corriendo por el tejado, como pudieron por la sala mas tapizada; las demás estábamos a la misma ventana, la trajeron agarrada entre las dos; pero cuánto fue nuestro sentimiento viendo cómo la había puesto; toda desfigurada de los golpes, tan llena de polvo y arena, hecha una lástima, como si la hubiera arrastrado mucho tiempo, al pronto nos conoció, pero luego estaba tan turbada, como que le estaba viendo al demonio y la amenazaba”.

“La bajamos a la sala de recreación, entró el Padre Vicario, que lo era el Padre Fray Manuel Riaza, al cabo de algún tiempo, huyó el maldito. Dos horas y media fue lo que estuvo fuera, o poco menos. Después que estuvo sosegada, la preguntó el Padre Vicario y después, nosotras, y nos refirió lo siguiente: Que apenas se separó de su Maestra, la cogió el maldito y la sacó por un balcón que hay enfrente de mi celda, que la llevó boca abajo y cogida sólo de un pie, que vio unos jardines y oyó unas campanas, vio unos patos; que en un camino la arrastró y dio muchos golpes, que luego la llevó a unos pinares y allí la dejo, entonces dice que fue cuando más se afligió, que vio un pastor en un alto, y entonces ya no vio al demonio; que clamó y dijo hablando conmigo: Madre, que hagan una rogativa, y entonces, la volvió el diablo a coger y la puso en la bola de la torre de casa, que por el ciprés de la huerta conoció era nuestro convento, que luego la puso en otro tejado, que cae enfrente de la calle de Peligros, y últimamente, la obligaron a que la pusieran donde la encontramos, que cae hacia dentro del convento. Cuando estuvo en la bola dice que estuvo si cae o no en el tejado, dijo había unas mujeres en un balcón y dio las señas de la ropa, y en efecto vieron ser así, sin quitar ni poner. Las Religiosas dijeron, que separadas de mí y de rodillas, empezaron a rezar en cruz en el altar del Stmo. Cristo que he dicho, y a la tercera Ave María, fue cuando avisó la novicia. De donde infiero que a un mismo tiempo dijo ella que hagan rogativa, que yo lo dije.

“Quedó de este lance tan estropeada y tan sin fuerzas en las piernas, particularmente la una, que en mucho tiempo era una lástima, y con dolores terribles, —toda la vida le duró el dolor y resentimiento de una pierna y un pie— como causados por tan cruel enemigo, además de eso tan oprimido el corazón, que yo temía mucho la diese algún accidente o mal de corazón. Echó mucha sangre cuajada y renegrida por la boca. Por todo eso determiné llamar al médico, como en efecto vino al día siguiente, hubo que decírselo todo, y lleno de compasión, me dijo estas palabras: Madre Abadesa, a mí me quita Dios las facultades, y así ni un vaso de agua mando. Vio los tejados y dijo, que sólo el haber salido una por un lado y otra por otro y andando sin suceder nada, era un milagro; al otro día volvió e instándole yo para que mandase algo, porque aunque aquello no era natural, podía muy bien, de resultas de esto, venirle algo, mandó una bebida antihistérica, mas no fue menester, ni la probó; porque aunque estaba tan lastimada, ni se quedó en cama, ni dejó de seguir la comunidad; sucedió, que fue a la oración por la tarde, y de ella salió ya tan otra y tan renovada, que no se puede explicar, y sólo la debilidad y los dolores de las piernas la duraron mucho tiempo”.

“Muchos fueron los estragos que el maldito hizo padecer a esta criatura, ya echándola alfileres en lo que había de tomar, ya no dejándola sosegar ni un instante; pero siempre se ha notado que donde ha cargado más, ha sido al brazo derecho y a los ojos. Cuando la quemó el brazo, también fue el tiro a los ojos, y creíamos que había quedado ciega; porque la olla de agua cociendo cayó a la lumbre, y todo este fuego subió al brazo y al rostro, y quiso Dios, que habiéndose tostado el hábito y padecido tanto el brazo, los ojos quedasen libres en medio del fuego. Siempre que la golpeaba, que era continuamente, siempre se veían las señales con más fuerza, y mucho mayores en el brazo derecho. Donde sin duda, no tuvo licencia para llegar nunca, fue en las llagas, jamás se vio ninguna señal, además preguntada por mí me lo dijo”.

“En todo este tiempo, algunas veces le quitaban (al demonio) la licencia por ocho o quince días, y ella que lo conocía, y sabía cuánto padecía mi corazón, me lo decía para que descansara; más, luego volvía con más fuerza. Así íbamos pasando, hasta que llegó el mes de Agosto del año de 1831, no me acuerdo del día fijo, pero sí que sucedió lo que diré antes del día de la Asunción”.

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Vida de la Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio publicada en este blog:
https://aparicionesdejesusymaria.wordpress.com/tag/sor-patrocinio/

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