“Qué dicha, ser una ‘Hostia’ consagrada para Ti.”

Tomado del Libro: Conocí a Petrilla, un Alma víctima
Escrito por: andrésdeMaría

8… Un sacerdote de Valladolid

El Padre citado reside en Valladolid, pero que hace varias décadas, estuvo en el seminario de Burgos dedicado a la enseñanza.

Y conoció a Petrilla en otras misiones organizadas anualmente, como ya he dicho, por el párroco de Pampliega.

En más de una ocasión, Petrilla me ha encargado que salude de su parte a su recordado Padre. Y en su última Navidad, cuando ya Petrilla no tenía fuerzas ni para escribir, estando yo de visita, la indiqué que si le parecía bien, que le escribiría las postales de Navidad. Y como el “presente” de los santos está siempre lleno de la más bella actividad, aunque estaba totalmente agotada de fuerzas, empezó a buscar las señas de las personas a las que les íbamos a enviar las felicitaciones navideñas, a la vez que me dictó tres textos diferentes para que se los enviase, en la forma que creyese más conveniente a las doce personas que había seleccionado. Entre ellas estaba la del citado Padre.

Con motivo de su muerte, me puse en comunicación con él. Entonces fue cuando me enteré de la relación tan estrecha que mantuvo con Petrilla cuando residía en Burgos, atestiguada por la abundante correspondencia que de ella conserva.

Lo cierto, es que nos dio a conocer a varios íntimos de la difunta, unas poesías de las que al principio escribía Petrilla, y que se las envió a él en su día.

Dado que el obispo auxiliar de Oviedo, D. Raúl Berzosa, en la segunda parte de un reciente libro que ha publicado y cuyo título es “Orar con San Ireneo”, ha incluido varios fragmentos de la correspondencia que recibió de Petrilla, es por lo que no veo ningún inconveniente en transcribir las aludidas poesías, ya que reverberan el mismo espíritu.

La primera, la titula:
“Oblación de mi vida a Jesús por los sacerdotes”

Para que sean muy santos
tus sacerdotes, Señor,
quiero hacerte de mi vida
una completa “Oblación”

Por Ellos, por Ti y las almas
inmolada quiero ser,
cual Hostia humilde, oculta
entregada a padecer.

Solo quien tu amor ignora
rechaza los sufrimientos,
pero el alma que te ama
no te pide otro alimento.

Que importa padecer
si consigo consolarte?
¡una víctima de amor
sólo busca el agradarte!

Quiero sentir tus espinas;
quiero sufrir tus tormentos;
quiero gustar de tu cáliz
la humillación y el desprecio.

Sólo así, Jesús amado
sólo así, seré feliz,
qué dicha, ser una “Hostia”
consagrada para Ti.

Acepta esta pobre ofrenda
de mi completa “Oblación”
y dame en premio tu gracia
y un amor grande al dolor.

La segunda, dice así:

¿Me amas, Jesús mío? Hazme sufrir

Es la prueba del dolor
mi joya más estimada,
el vivir clavada en cruz
a ningún placer iguala

Gozo tanto, Jesús mío,
padeciendo por tu amor
que para hallar sufrimiento,
voy de tu cruz siempre en pos.

Ámame, Jesús, ¡bien mío!
con mucha predilección,
pues no me sentiré amada
si me niegas el dolor

No me ocultes, Dueño amado,
esos martirios de amor …
esas perlas que reservas
en tu dulce Corazón …

Y, no diré que me amas
si no me haces sufrir …
quiero vivir inmolada
en la Cruz, unida a Ti

Víctima, por tus Apóstoles
deseo ser ¡Oh, Jesús! …
para ello dame el tesoro
de más valor, que es tu Cruz.

En fin, que el tesoro que tiene en sus manos estimado Padre, bien se que lo va a utilizar con toda prudencia.


9… Las visitas de sacerdotes y seminaristas

La mayoría de las veces los que me acompañaban a visitar a Petrilla, eran sacerdotes y seminaristas. Y es que su total entrega al Señor, fue ofreciéndose principalmente por los sacerdotes, como expresa tan claramente en las poesías que acabamos de ver.

Recuerdo una visita con D. David, sacerdote entonces retirado y con residencia en la Casa sacerdotal de Valladolid, hoy ya difunto. Durante muchos años había sido el párroco del municipio de Simancas, pueblo famoso y muy próximo a Valladolid. En una de las visitas, celebramos La Santa Misa en su habitación dos días consecutivos, el 14 y 15 de septiembre: Festividad de La Exaltación de la Santa Cruz, y Nuestra Señora La Virgen de Los Dolores.

Petrilla nos recibió como siempre, pero hubo un instante en que yo advertí una pequeña mueca de dolor en su rostro. Poco después, comprendí por su comportamiento, que había sido un error mío de apreciación, y lo olvidé. El porqué no me acuerdo, pero cuando la hice referencia al detalle en una posterior ocasión, me dijo que el día de La Virgen de Los Dolores, antes de llegar nosotros, al bajarse de rodillas de la cama, se había fracturado dos huesos de la pierna. Ésta era Petrilla y su aceptación incondicional de todo tipo de dolor, ya fuesen físicos, morales o espirituales.

He conocido cuatro párrocos en Pampliega: del primero tengo vagos recuerdos. No así del segundo, D. Raúl Berzosa sacerdote joven y muy entregado a su labor. Hoy es Obispo auxiliar de la diócesis de Oviedo. Hasta el final, fue confesor de Petrilla. Personalmente me ofrecí a diseñar el cartel de Semana Santa de Pampliega, y uno de los años dibujé una pluma del pueblo con el monte de la Mota al fondo, llenando los caminos de personas subiendo al citado monte en procesión. En lo alto, La Cruz y la Santísima Virgen. Petrilla al verlo dijo con voz muy suave, hasta el punto de que puedo equivocarme, que era “profético” el dibujo. Como no supe porqué lo decía lo olvidé. Al cabo de unos años, creo haberlo entendido. Pero eso será para explicarlo o más adelante, o en otra ocasión.

Con el tercer párroco, recuerdo que fue mi esposa, Mª Ángeles, la que cada Pascua le pintaba al óleo un cirio precioso. A Encarna y Petrilla les encantaba. El caso es, que se fue a misiones a Sudamérica.

Y del actual, Petrilla destacaba las dificultades que tenía para valorar la espiritualidad de su condición de alma víctima.

Durante varios años, he ido a visitar a Petrilla con el P. Rey, sacerdote de La Compañía de Jesús e invidente. Íbamos muchos meses y en jueves, para asistir al cenáculo que Petrilla celebraba desde hacía muchos años con varias mujeres del pueblo. Al principio era un grupo numeroso, pero la edad le fue reduciendo hasta quedarse únicamente en tres mujeres de Pampliega. Hasta la misma Encarna tenía que quedarse en “su planta baja”, imposibilitada para subir a la “celda” de Petrilla. En dichos viajes nos acompañaron en muchas ocasiones Maxi y Antonio. Maxi al igual que yo, es uno de los lazarillos del P. Rey. Antonio con muy buena voz y oído, y que en muchas ocasiones dirige los cánticos en El Santuario Nacional de La Gran Promesa, de Valladolid, ni que decir tiene, que en Pampliega, durante el Cenáculo tenía el mismo oficio.

También fui con el P. García S.J., con un Padre carmelita, con D. Modesto, y con algún otro que en estos momentos no recuerdo.

Con D. Juan Luís y D. Julio fui antes y después de que se ordenaran sacerdotes. El último sacerdote al que acompañé fue al P. Justo, apóstol incansable de la Adoración Perpetua Eucarística en España.

En cierta ocasión en la que nos encontrábamos un Padre, Petrilla y yo hablando de la devoción a los Corazones Eucarísticos de Jesús y María, la pregunté que será necesario un sacerdote para darla a conocer, y sin darle mayor importancia, señalando al citado Padre nos dijo: éste puede ser. No entendí que fueran palabras proféticas, sino que estaba convencida de que llegaría el día en que sería dada a conocer la aludida devoción, de la que hablaremos largo y tendido en su momento.

Siempre que iba con sacerdotes, les dejaba a solas con Petrilla para que hablasen libremente, de tal manera, que he pasado mas tiempo hablando con Encarna que con Petrilla.

Pero al sacerdote que tenía más admiración, era a uno que conoció desde niño, y que era natural de un pueblo cercano a Pampliega. Cuántas veces alababa su sencillez y humildad. Creo recordar que cuando era pequeño ya visitaba a Petrilla compartiendo con ella su deseo de ser sacerdote. No me extrañaría que Petrilla le anunciase de alguna manera su futura condición.

Otro sacerdote muy vinculado a Petrilla es un antiguo hermano de las Escuelas Cristianas, compañero del Hno. Ginés de María, aunque bastante más joven, y que el Señor le llamó posteriormente por el camino sacerdotal. En aquella época no estaba permitida la ordenación sacerdotal a los Hnos. de la Salle.

En más de una ocasión me contó emocionado, como hace años el médico le diagnosticó un cáncer. Llamó a Petrilla, para compartir la fuerte noticia. Petrilla le dijo que no se preocupara, que después de la intervención, las primeras palabras que le iba a dirigir el médico, serían: “No lo comprendo, pero Ud. no tenía nada”, (o algo similar). Y el cirujano, al salir de la anestesia, le repitió exactamente la frase que le indicara Petrilla.

También recuerdo lo de una grave enfermedad que venía padeciendo desde hacía tiempo, sin poder casi alimentarse, y con temor a un pronto desenlace. Petrilla le indicó que el día de La Inmaculada quedaría totalmente curado. Y al finalizar el día 8 de diciembre, se repuso totalmente.

Más vagamente recuerdo, como en cierta ocasión y para dedicársela al Señor, y nada me extrañaría que pensando en la devoción a los Corazones Eucarísticos de Jesús y María, dicho sacerdote creyó oportuno la adquisición de cierta casa en la ciudad de Burgos; pero como ocurre casi siempre, no había posibilidades económicas para realizar la compra. No sé si fue una invitación, intuición o inspiración, el caso es que saltándose la firme costumbre de no jugar, por no sentir la más mínima apetencia por la lotería, adquirió un décimo y le tocaron exactamente los millones que necesitaba para poder hacer realidad la compra. Hasta hace muy poco tiempo vivía en ella.

Finalmente, me viene a la memoria, la presentación que mencionado sacerdote, hizo de Petrilla a un Padre muy famoso de la Compañía de Jesús, confirmando éste el buen espíritu del “alma víctima”.


10… La acuarela de un pastor pentecostal

Entrañable pastor protestante, de nacionalidad finlandesa. Casado con una extraordinaria mujer, de la misma nacionalidad. Matrimonio del que tuvieron tres hijos que a buen seguro hace ya tiempo les hicieron abuelos.

Hace años que no sé nada de ellos. Llegaron a Valladolid procedentes de Burgos, para hacer proselitismo de su espiritualidad como protestantes pentecostales. Eran auténticos cristianos.

Los conocí precisamente a través de la mujer canaria residente en Valladolid, que me presentó a Petrilla. Ambos matrimonios se conocieron en Burgos.

Todas las semanas nos reuníamos en el salón de su casa, tanto católicos como protestantes, para compartir juntos unas horas de oración. Su acogida era ejemplar, pero no se quedaba atrás el respeto tan profundo al credo de cada cual. Como anécdota: cuando, obligado por su condición de pastor, tenía que dar anualmente cuenta de los nuevos convertidos, llevaba años expresando el mismo resultado: “cero”. Creo recordar que me dijo en una ocasión que era muy posible que prescindiesen de él en adelante.
La salvación a un posible disgusto de verse abandonado de los suyos, dada la “nulidad” de sus frutos, era el ser un extraordinario acuarelista. De manera que cuando precisaba de una ayuda económica, se iba principalmente por Asturias, y en una semana aseguraba el éxito tanto de la exposición, como el económico.

Durante una larga temporada todas las mañanas antes de ir yo al trabajo, me reunía con el “pastor” en una mesa camilla de su casa, y acompañados de unas velas, hacíamos una hora de oración.

Mi mujer y yo les tomamos un gran cariño. Varias Nochebuenas las pasamos las dos familias en nuestra casa.

En cierta ocasión, para la celebración de la Semana Santa, me pidieron el favor de que hiciese un cartel para la Parroquia de San Lorenzo, con el fin de colocarlo a la entrada de la Iglesia. Le propuse al acuarelista que me acompañase. Yo con un sentido del humor un tanto discutido, le dije que dibujase a María, San José y el burrito, y que yo me encargaría de la “yepa”. Casi terminado su trabajo me miró un tanto serio para preguntarme que qué es lo que iba a hacer yo. Y al contestarle que mi misión consistía en animarle con mis “yepes”, los dos, es decir, el matrimonio, se quedo sin saber que contestarme. Por fin les entró la risa. El cartel quedo precioso.

Pero como estamos con los recuerdos de Petrilla, contaré la anécdota de una acuarela que hizo del puente de Pampliega. Le propuse que fuésemos a visitar a Petrilla, de la que tantas veces nos había oído hablar. Le dije que sería un hermoso detalle como regalo para Petrilla, el de una acuarela que recogiese el amanecer en Pampliega del primer día del mes de mayo, dado el amor que Petrilla tenía a la Virgen y a su pueblo.

A las cinco de la mañana del uno de mayo, el pintor y Andrés salieron de Valladolid con dirección a Pampliega. Cuatro horas después, estaba finalizada una preciosa acuarela.
La sorpresa e ilusión que las hizo tanto a Encarna como a Petrilla fue muy grande.
En este momento de regalos y cuadros, quiero indicar la enorme radicalidad con la que Petrilla quería vivir de la Providencia. Creo que basta y sobra con la siguiente anécdota: De ninguna de las maneras quiso asegurar su humana existencia, aprovechando pensiones, que aunque mínimas, le correspondían legalmente. Renunció contra marea y viento a todo consejo que quisieran darle para convencerla a que llenase los necesarios papeles. Nunca lo he comentado con Encarna ni con su hijo, pero hubiera entendido que la consideraran “muy terca”.

Personalmente admiro la radicalidad de los enamorados de Dios, y en especial a los que se creen sin ningún “reparo” lo del cuidado que tiene la Providencia de los pajarillos y lirios del campo.

Como despedida, otra de las mías: El pastor finlandés era de constitución atlética, pero le faltaba una pierna, remediando su carencia con una ortopedia. Y como se acercaba la fiesta de la Inmaculada, propuse a los del grupo de oración que nos reuníamos en su casa, incluyendo a Petrilla en “el ajo”, para que el día 8 de diciembre, la Virgen María intercediese por Benito y le fuera devuelta la pierna.

Que yo sepa, al día de hoy Benito sigue con la ortopedia, Petrilla desde el cielo se estará sonriendo y a los del grupo, espero que se les haya olvidado el asunto.

 

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